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Title: El niño proletario. Suplemento de educación, mayo de 1914
Description: Número de mayo de 1914 del suplemento mensual de educación que editaba Otto Rühle para varios diarios socialdemócratas. Sus piezas sin firma, atribuidas a Rühle como editor, tratan de la mentira infantil como problema psicológico y no moral, de los perjuicios del adelanto del horario escolar de verano para el sueño de los niños y, en la sección «Trato con los niños», de la educación en la veracidad por el ejemplo.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1914-05%20Das%20proletarische%20Kind.%20Erziehungs-Beilage%2C%20Mai%201914
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<!-- El suplemento ocupa en el facsímil la parte central de las cuatro páginas (S. [1]-[4]); alrededor, texto y anuncios de la Arbeiter-Zeitung, que no se reproducen. -->

<!-- S. [1] -->

> ¿Por qué habría de mentirte tu hijo si lo educas de manera natural y libre? ¿Qué tiene que ocultarte? No lo reprendes, nunca lo castigas, no le exiges nada. ¿Por qué no habría de contarte todo lo que ha hecho con la misma inocencia que a sus pequeños compañeros de juego?
>
> J. J. Rousseau.

## La mentira infantil.

Hasta ahora la mentira infantil era únicamente un problema moral. Se la veía como una *falta moral* que en general se tenía por despreciable; y cuando una madre descubría en su hijo la primera falsedad, se sentía dolorosamente afectada y afligida; no escatimaba amonestaciones insistentes y esperaba confiada que el niño volviera a encontrar el camino de la virtud de la veracidad. Pues la idea de tener un hijo mentiroso y de ver perturbada la relación de confianza mutua basada en la franqueza y la veracidad le resultaba espantosa. Todavía hoy es así a menudo. ¡Nada peor que un niño mentiroso!, dicen los padres; un pedagogo reformista, por lo demás de ideas muy libres y avanzadas, llegó a declarar en una asamblea: Mis hijos tienen la más completa libertad, pueden hacerlo todo... ¡menos mentir! Y a diario puede observarse y comprobarse que padres y madres están dispuestos a perdonar todas las travesuras y diabluras de los niños, *pero con la mentira no hay perdón*; ahí la madre más indulgente reparte bofetadas y el padre más tranquilo se acalora, se enfurece y echa mano del bastón.

Y sin embargo apenas hay un terreno en el que padres y educadores pequen tanto y tan groseramente contra los niños como en este. Pues la mentira infantil no es en principio un problema moral, *no tiene nada que ver con el bien y el mal*. Es un asunto científico, un problema de la ciencia del alma. Por desgracia, la investigación psicológica infantil no ha logrado aún aclarar todos los aspectos de esta cuestión oscura y complicada; pero hay algo seguro: que el niño pequeño, cuando miente, *no es en modo alguno un niño malo* ni tiene por qué estar a punto de llegar a serlo. Lo que tantas veces se ha demostrado ya y nunca se repetirá bastante se muestra aquí con una claridad patente: que la acción en los niños parte de otros impulsos, se rige por otras leyes y, por tanto, *debe valorarse y juzgarse con otras medidas* que en los adultos.

Cuando los adultos mienten, eso significa que hacen conscientemente afirmaciones falsas con la intención de engañar. Dos cosas caracterizan la mentira: la *conciencia de la falsedad* y la *intención de engañar*. Si falta una u otra característica, no puede hablarse de mentira. En el niño pequeño faltan siempre; en los mayores, casi siempre. Por eso no es desconocimiento del mundo ni exageración afirmar, un poco paradójicamente, que nunca un niño de cuatro o cinco años ha dicho una mentira. Lo que hasta ahora se ha tenido por mentira infantil, y para innumerables padres lo sigue siendo, no merece en absoluto ese nombre feo y malo; la palabra y el concepto de mentira son demasiado toscos, demasiado hirientes para ello. Pues no se trata de mentiras, sino de *ilusiones de los sentidos y del recuerdo*, explicables y comprensibles psicológicamente, de *errores de tiempo, de lugar y de hecho*, de productos de una *fantasía* todavía desenfrenada o de *reacciones de defensa* casi reflejas, motivadas por el sentimiento de debilidad. Es decir, de fenómenos anímicos finos y complicados que quieren ser mirados con ojos comprensivos y tocados con dedos delicados. El niño tiene que salir primero del período de la imperfección natural de su capacidad de declarar antes de que en él, como dice Strümpell, «pueda fundarse aquella escrupulosidad del sentido histórico que exige completa fidelidad y exactitud en la reproducción o el relato aun del suceso más insignificante».

Es sabido lo mal que vemos en general los adultos, es decir, lo poco fiel y fidedignamente que nuestro ojo, nuestro sentido de la vista, da cuenta de lo que quizá hemos visto a menudo, incluso cien o mil veces. Con el oído no ocurre nada mejor. También la observación más entrenada, más aguda y más constante está expuesta a errores e ilusiones. ¡Cuánto más fácil y frecuentemente tiene que caer un niño víctima de estas deficiencias inevitables! No todo niño es capaz de adquirir tal exactitud de observación, cuidado y constancia en la percepción, nitidez y claridad en la representación y corrección en la reproducción oral como para que su sugestibilidad natural (influenciabilidad) sea tan pequeña que pueda hablarse de un informe objetivo. Se ha mostrado a niños unos cuadros, se les ha llamado la atención sobre detalles y se les ha hecho anotar lo visto inmediatamente después o tras intervalos más largos o más cortos, con preguntas intermedias o sin ellas; se les ha hecho observar, en determinadas condiciones, objetos sueltos o agrupados, sucesos en la calle, vivencias en la escuela, en el teatro, etc., y luego fijarlos por escrito: siempre se ha visto que la diferencia entre el sentimiento subjetivo de que una prestación es correcta y su corrección objetiva era en los niños considerable, a menudo francamente enorme. Lo peor, naturalmente, en los niños pequeños, que, como les falta todavía todo sentido del tiempo, son incapaces de situar una vivencia en el momento correcto del pasado. Ayer, hoy, mañana: en el pequeño cerebro todo anda todavía revuelto, y fácilmente un suceso va a parar al <!-- S. [2] -->lugar equivocado; si se añade una pregunta sugestiva que pide al niño información sobre algún hecho (¿A quién has visto hoy? ¿Has dejado la pelota allí?), la «mentira» está hecha sin que el pequeño sea un mentiroso. Sobre todo si se le obliga a hacer memoria. ¡Cuántas veces les pasa incluso a los adultos que, cuando de pronto tienen que acordarse de algo, se quedan completamente perplejos y azorados y acaban dando respuestas que, para su propia consternación posterior, están en flagrante contradicción con la realidad!

Una seductora muy frecuente hacia la falsedad es en la infancia la viva *fantasía*. Sabemos cómo Goethe fantaseaba en su juventud, qué historias de magia y de asesinatos inventaba, cómo a los siete años contaba a sus compañeros de juego lo del «nuevo París» como si él mismo hubiera vivido todas aquellas cosas maravillosas:[^t1] es la alegría de inventar, el gusto por fabular, que vive en el niño y pugna por tomar forma. Lo que produce no es nada maligno ni inmoral; con C. y W. Stern, lo mejor será llamar a las fanfarronadas y fantasías inofensivas seudomentiras involuntarias. «Son solo una de las formas en que se plasma la fantasía del niño, continuamente activa. Igual que el niño juega con acciones, juega con afirmaciones. No hay diferencia de principio entre que corretee por la habitación fingiendo que hace la compra en ese momento, como si estuviera en la tienda, pida mantequilla y huevos, diga gracias, etc., o que, omitiendo la acción, sitúe en el pasado sucesos fingidos semejantes y diga ahora: Esto lo he comprado. Contar es para el niño a menudo solo expresión de su representación subjetiva del momento, haya correspondido a esa subjetividad algo real o no.» Así, los niños vivos y dotados de fantasía cuentan a menudo cosas increíbles y absurdas, en parte para su propio entretenimiento, en parte para dar expresión a los productos de su fantasía. Por ejemplo, que en una bicicleta iban montados 40 ciclistas, que en Berlín corrían liebres y perros por los tejados, que el niño había estado en América durante las vacaciones, y otras cosas así. Un niño contó a su padre que había visto cien liebres. El padre, que conocía a su hijo, se mostró poco asombrado; solo se extrañó de que el niño supiera el número exacto. «¿Las has contado todas?» «Eso no, padre.» «¿A lo mejor eran solo 99?» «Bueno, sí, a lo mejor.» «¿O solo 98?» Y así sucesivamente, hasta unas pocas. El padre tenía paciencia y buena mano pedagógica, no exenta de tacto y delicadeza. Cuando por fin planteó en serio la pregunta de conciencia: «¿Y la única liebre, dónde estaba, dónde la has visto?», salió la verdad: «Pero algo se movió en el matorral, de verdad, padre». Así son todos los pequeños héroes de la mentira; tómeselos más bien por el lado divertido, sígaseles en apariencia la corriente de sus fanfarronadas y hágaseles notar poco a poco que hay además de ellos otras personas que miran las cosas con sus propios ojos y descubren pronto el embuste. Este método callado e inteligente suele tener un efecto muy aleccionador, incluso en las fantasías más exuberantes.

A menudo la mentira se presenta en los niños también como una especie de *reacción de defensa*. Resulta que el niño ha perdido una llave. «La araña se ha comido la llave», es la interesante respuesta de Bubi.[^t2] Otra vez es el pajarito el que ha arrancado la cal de la pared, el hermano el que ha roto el plato, etc. Probablemente es el miedo al castigo el que inspira aquí a los niños la idea de salvarse con mentiras. En general, el *miedo* debe de ser *una fuente principal de la mentira*; miedo al padre severo, a la madre regañona, al maestro antipático; a los deberes escolares va unido todo un ejército de mentiras. Los niños quejicas, que tienen una fuerte necesidad de protección, mienten para despertar compasión y gozar de consideraciones; no pueden cantar «porque tienen el pulmón débil», ni hacer gimnasia «porque les pinchan las articulaciones», ni escribir «porque les da el calambre», ni comer arroz «porque les atormenta el dolor de tripa», etc. Aquí una gran condescendencia y consideración puede fomentar la tendencia a la falsedad tanto como, en el caso contrario, una severidad excesiva y un trato áspero que infunda miedo.

Hay además mentiras por *afán de presumir* y por darse importancia infantil, otras que nacen de la fe en la autoridad y de ciertas simpatías y antipatías, y por último *mentiras heroicas*, en las que los niños hacen confesiones falsas para librar del castigo a sus compañeros. Todas estas mentiras son relativamente inofensivas y no dan motivo de preocupación; en cambio, la *mentira patológica*, que puede convertirse en manía de mentir (*Lügensucht*), es un asunto serio y, según las circunstancias, muy difícil para el educador.

En todo caso, el educador tendrá que *observar cuidadosamente* al niño que anda con la falsedad, para averiguar primero por qué causas y con qué motivos surge la mentira. Esto es por de pronto lo principal, pues la elección del medio que debe emplearse para salir eficazmente al paso del mal resulta de ello por sí sola. En general, valga como regla: *pocas palabras, ningún sermón moral, sobre todo ningún golpe*; en cambio, en el acto, una mirada que diga en seguida al niño lo que pasa; por lo demás, un *tono de trato amistoso*, que haga nacer el afecto y la confianza, y una *relación de camaradería, una habituación consecuente a la veracidad* en palabras y en obras, y sobre todo un *ejemplo personal de veracidad incondicional*, que nunca deja de ejercer su fuerza sugestiva sobre lo bueno, capaz de formarse y de desarrollarse, que hay en el interior del ser humano.

<!-- Omitido: «Kindergebete» [Oraciones infantiles], firmado por Anna Blos (S. [2]-[3]). -->

<!-- S. [3] -->

## Sobre el comienzo de las clases.

Cuando después de Pascua los niños se preparan para volver a la escuela, hacen con mucha frecuencia un descubrimiento desagradable: tienen que *levantarse una hora antes*, porque el horario del semestre de verano empieza una hora más temprano. Es verdad que un viejo refrán dice: «La hora de la mañana tiene oro en la boca»,[^t3] y sin duda es también una dicha caminar a primera hora de la mañana por la naturaleza recién despierta, húmeda de rocío y luminosa de sol; pero para ello hace falta haber dormido bien y estar bien atendido y en buena forma de cuerpo y de espíritu en todos los sentidos. Los niños que por la mañana van deprisa a la escuela no ofrecen casi nunca la imagen de esta lozanía. Por regla general, sobre todo en los períodos de crecimiento más rápido, por la mañana están todavía muy cansados, luchan con el abatimiento, bostezan y van a la escuela literalmente dando tumbos. Si son nerviosos, levantarse temprano les resulta especialmente difícil, pues las personas nerviosas suelen dormir peor por la noche y, en cambio, profunda y firmemente hacia la mañana. Se les despierta en lo mejor del sueño, porque la escuela exige su tributo. Si las clases empiezan en el semestre de verano a las 7, como será lo más frecuente, los niños, teniendo en cuenta que el camino a la escuela no siempre es corto, tienen que salir de casa hacia las 6 y media. Si se calculan para lavarse, vestirse, peinarse, tomar el café, recoger los libros, etc. (sobre todo cuando hay que atender a varios niños y la madre no tiene ayuda) unos tres cuartos de hora, resulta que los niños *tienen que levantarse hacia las 5 y media*. Es decididamente demasiado temprano y significa para innumerables niños un *recorte preocupante del tiempo de sueño necesario*.

Nuestros niños duermen ya, en general, demasiado poco. En Berlín, el Dr. Bernhard, interrogando a 6551 escolares de todas las edades, comprobó que en los niños de seis a siete años el sueño era por término medio 40 minutos demasiado corto, en los de siete a ocho años alrededor de una hora y en los de 13 a 14 años, 1 hora y cuarto. Estas constataciones valdrán en general, sobre todo en las grandes ciudades, donde las condiciones de vida y de vivienda obligan a acostarse tarde, pero también en el campo, donde a menudo se saca a los niños de la cama todavía antes de las 5 y tres cuartos.[^t4] Hay incluso comarcas donde las clases empiezan ya a las 6 de la mañana, para poder aprovechar mejor a los niños durante el día. Estos pequeños esclavos asalariados, que casi siempre se acuestan muy tarde, por la mañana tienen todavía menos sueño recuperado; siguen la clase entre la vigilia y el sueño, una clase que por vieja costumbre suele empezar con la tan interesante clase de religión, escuchan solo a medias, dan respuestas confusas y su aprovechamiento es igual a cero. Así, al tormento se suma la inutilidad. Y detrás viene la alteración del bienestar físico. El nerviosismo escolar, el dolor de cabeza escolar y otras malas enfermedades escolares tienen sin duda su causa, entre otras cosas, en la *falta de sueño* de los niños y en sus prisas antes del comienzo de las clases. ¿Cómo se explicaría si no que en las vacaciones los niños estén mucho mejor y más sanos, más aún, que florezcan literalmente en cuanto se suprime de forma duradera una sola hora de clase, sobre todo la primera de la mañana? En los hogares también se estaría muy conforme con que las clases empezaran más tarde. Hoy la madre, que temprano tiene que atender al marido y a los hijos que van a trabajar, apenas recobra el aliento; si además hay que preparar a la misma hora a un par de niños para la escuela, cuando el último de ellos sale de casa la madre está agotada y muerta de cansancio antes de que el día haya empezado de verdad. ¡Léase la viva descripción que John Habberton hace en su librito *Frau Marburgs Zwillinge* [Los gemelos de la señora Marburg] de los nervios y fatigas que esperan a una ama de casa y madre a primera hora de la mañana! La escuela debería tener un poco de consideración con la casa y, retrasando el comienzo de las clases, permitir que las tareas domésticas se despacharan con más calma. Por desgracia, la implantación de la jornada de clase continua por la mañana, discutible también por otras razones, ha cerrado en muchos sitios el camino a la reforma.

<!-- S. [4] -->

## Trato con los niños.

### ¡Sé veraz!

Si la educación ha de ayudar a hacer del niño una personalidad con carácter, la educación en la veracidad es un requisito indispensable. Pero el niño solo llega a la veracidad si lo guía la fuerza de un ejemplo modélico. *Aquí el buen ejemplo lo es todo.* Sé escrupulosamente exacto con la verdad en todo, no exageres, evita también las mentiras en broma, que los niños pueden entender mal fácilmente. No intentes conseguir algo de los niños con promesas o amenazas que no puedes cumplir o cuya realización está fuera de tu poder. ¡Que viene el hombre del saco! ¡Ahí fuera está Knecht Rupprecht![^t5] ¡El policía vendrá a llevarte! Con eso puedes asustar al niño un par de veces, pero pronto notará que se le toma el pelo; se vuelve insensible a la verdad y a la mentira, ya no se toma en serio las exageraciones, las inexactitudes y las falsedades directas, y acaba siendo víctima de la tendencia a mentir, que puede dominar por completo a las personas. Los padres que en presencia de los niños se hacen negar ante extraños, que en el tren declaran con conocimiento de los niños una edad falsa, que escriben datos inexactos en el justificante de falta de los niños, que hablan ante extraños de otro modo que en casa, etc., son *educadores para la falsedad*. Sus hijos crecen con la impresión de que sus educadores son honrados; pierden la capacidad más fina de distinguir la verdad de la falsedad. Los niños solo suelen decir falsedades conscientes allí donde falta la verdadera confianza y reina una severidad excesiva. Las mentiras de los niños, dice Rousseau, son obra de los educadores. En el *ejemplo intachable del educador* está la mejor educación en la veracidad, por no decir la única.

### Cómo aprendió a mentir el pequeño Max.

Bajo mi ventana juegan unos niños a los que conozco bien; niños vecinos, bien educados. Al oscurecer se abre una ventana arriba y la voz de la madre llama hacia abajo: «¡Subid ya, niños, que hace fresco y está oscureciendo!». «¡Mamá, déjanos jugar un ratito más!» Pero la ventana ya se ha cerrado. El pequeño Max parece indeciso sobre si obedecer la orden. Da unos pasos hacia la puerta de la casa, mira hacia arriba tanteando y vuelve a quedarse quieto, mirando a sus compañeros de juego que saltan alegres bajo los árboles. Entonces sale la criada de la casa. Ella, que apenas ha aprendido a obedecer, todavía sabe menos mandar. «¡Ven, Max!», grita. «Si no vienes, *ahora mismo viene por la esquina el deshollinador* y te lleva.» En lugar de insistir en que se cumpla la orden en seguida, *rápidamente*, también ella vuelve a entrar en casa. Max mira hacia la esquina amenazadora; *no viene ningún deshollinador*, ninguna figura amenazadora le impide quedarse. Sonríe, se da la vuelta y sigue jugando, porque ve con asombro que se le dice algo *que no es verdad*. Nota también que se ha hecho para imponer un deseo, una voluntad. Los niños ven casi siempre las circunstancias con más verdad y más hondura, aunque de forma del todo instintiva, de lo que cree más de un adulto. También Max ha aprendido hoy mucho, solo que nada bueno. Max sabe ahora *cómo hay que mentir*.

<!-- Omitido: «Vertrauen gegen Vertrauen» [Confianza por confianza], firmado por Laura Frost (de su libro «Aus unsern vier Wänden»). Omitidos también dos extractos firmados: «Lüge und Ohrfeige» [Mentira y bofetada], de Kuhn-Kelly, y «Je weniger Prügel, desto weniger Lügen…» [Cuantas menos palizas, menos mentiras], de Julian Borchardt («Wie sollen wir unsere Kinder ohne Prügel erziehen?»). Al pie: «Responsable de la redacción: Otto Rühle». -->

[^t1]: Alusión al cuento «Der neue Paris» que Goethe narra en *Poesía y verdad* (libro II), inventado de niño para sus compañeros. (N. del T.)

[^t2]: En el original, «Die Spinne hat den Slüssel aufgefreßt», con la pronunciación y la gramática infantiles («Slüssel» por *Schlüssel*). (N. del T.)

[^t3]: *Morgenstunde hat Gold im Munde*, refrán alemán equivalente a «A quien madruga, Dios le ayuda». (N. del T.)

[^t4]: Así en el texto («noch früher als 5¾ Uhr»), aunque poco antes se calcula que en la ciudad los niños se levantan a las 5 y media; la cifra queda oculta en la imagen del ejemplar. (N. del T.)

[^t5]: *Knecht Ruprecht*, acompañante de san Nicolás que en la tradición alemana castiga a los niños desobedientes. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): *Das proletarische Kind. Erziehungs-Beilage*, mayo de 1914, suplemento mensual editado por Otto Rühle, según la edición de la Arbeiter-Zeitung (Essen), facsímil de la ULB Bonn / zeit.punkt NRW. Piezas sin firma, atribuidas a Rühle como editor (Stecklina 2002, secc. 1.6.2); se omiten las colaboraciones firmadas por otros autores.

*Traducción:* traducción íntegra al español de las piezas sin firma, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original. Traducciones fijas del suplemento: *Erziehungs-Beilage* = «Suplemento de educación»; *Umgang mit Kindern* = «Trato con los niños».
