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Title: La pregunta del niño
Description: Artículo de Otto Rühle en el suplemento de entretenimiento del Vorwärts (1914) sobre la «edad de las preguntas»: con las observaciones de la psicología infantil de la época (Preyer, Sully, los Stern, Scupin, Neugebauer) sigue la sucesión de las preguntas del niño, qué, dónde, cómo, por qué, y pide a los educadores responderlas con paciencia y claridad.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1914-03-11%20Die%20Kinderfrage
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<!-- S. 194 -->

# La pregunta del niño.

Vacilante, y sin embargo guiado por un apremiante afán de saber, el pequeño ser humano se adentra a tientas en el mundo grande y extraño para él. Todo lo que tiene extendido ante sí es tierra nueva que quiere ser descubierta, explorada y conquistada. El ojo y el oído envían ejércitos enteros de exploradores y espías, y mil preguntas abren mil puertas cerradas. Así avanza, paso a paso, el pequeño investigador y conquistador, y poco a poco se hace dueño del mundo.

La *pregunta del niño* está al comienzo de la educación consciente del intelecto. Es el testimonio elocuente de que el niño empieza a ponerse en una relación determinada con las cosas de su entorno. Se anuncia el proceso de aclimatación intelectual. O, si se quiere: el proceso de digestión necesario para elaborar, digerir y así hacer propia la cultura que nos rodea y de la que cada uno es heredero. Este proceso empieza muy pronto.

Mientras James Sully considera como comienzo de la *edad de las preguntas* hacia el final del tercer año, y Preyer en su niño a los dos años y 4 meses y Pollock en su hijita al año y once meses observaron inequívocas formulaciones de preguntas, los psicólogos infantiles Clara y William Stern pudieron comprobar que su hija Hilde, al año y 6 meses, decía «¡eso! ¡eso!» o «¿qués eso?», y su hijo Günter, al año y 7 meses, «¿eso? ¿eso?» con entonación interrogativa. La hija de Lindner preguntaba al año y 6 meses «¿qués eso?», y Major cuenta que su niño, al año y 11 meses, «desarrolló la manía de nombrar las cosas, como si quisiera decir a los demás sus nombres». Hanna Neugebauer oyó surgir en su hijo Rafael, al año y 7 meses, la primera pregunta por el nombre de las cosas. Señalaba con entusiasmo una piedra, un libro, etc., y gritaba «¡eso! ¡eso!». La madre al principio no supo qué hacer con ello, hasta que más tarde reconoció que se trataba de preguntas infantiles. El hijo de Scupin preguntaba ya al año y un mes por el nombre de las cosas. «En casa de los abuelos señalaba incansable cosas que le eran extrañas y por ello interesantes y decía en tono interrogativo: ¿eso? ¿eso?, que debía de querer decir: ¿qué es eso?» Como primera pregunta clara se hizo notar a los dos años y medio mes la exclamación «¿Qué era eso?» ante los ruidos; poco después siguieron preguntas como «¿Qués eso?», «¿quién viene ahí?».[^t1]

La pregunta con *¿Qué?*, ¿qué es?, ¿qué hace?, es por regla general la primera con la que el niño trata de ampliar el pequeño círculo de sus representaciones y de su vocabulario. Ya sea que quiera apoderarse de hechos completamente nuevos, ya sea que se trate de añadir y enlazar hechos nuevos a hechos conocidos ya existentes, para llegar a un todo conceptual. Como un coleccionista celoso e incansable, el niño agarra y caza al vuelo cada nombre, corre de punto en punto, de palabra en palabra, para reunir, almacenar y ordenar continuamente nuevo material para su mundo intelectual. Sully cuenta de un niño que, a la edad de tres años y nueve meses, asaltó a su madre con las siguientes preguntas: «¿Qué comen las ranas y los ratones y los pájaros y las mariposas? ¿y qué hacen? ¿y cómo se llaman? ¿Cómo se llaman todas sus casas? ¿Cómo llaman a sus calles, plazas, etc.?» ¡En verdad, un fuerte impulso de enriquecimiento intelectual, un celo casi atropellado, un verdadero afán de saber!

La *imposición de nombres* es el primer acto de dominio, dice Penzig,[^t2] que el relato mosaico de la creación atribuye al hombre frente a la naturaleza. Y en efecto, esta imposición de nombres es digna de un soberano. En el instante en que el hombre se siente interiormente obligado a nombrar un fenómeno al principio enteramente subjetivo, en lugar de dejarlo pasar ante sí con el ¡ah! asombrado y estúpido del salvaje, en ese instante reconoce que hay junto a él otros seres que sienten, quieren y piensan, con los que está dispuesto a entenderse; no deja pasar los fenómenos sin más, sino que los atrapa con su palabra, abarca su multiplicidad con el aro de hierro de su concepto, marca con su nombre de señor el ejemplar fugitivo del rebaño de los fenómenos.

A la pregunta por el nombre y por el hecho sigue casi siempre la *pregunta de decisión*, que busca lo correcto entre el sí y el no. En ella hablan todavía la indecisión de la experiencia que falta y el fuerte sentimiento de dependencia de la voluntad de los padres. Los hijos de los Stern decían al año y diez meses «trae el jamón, ¿sí?» y a los dos años y un mes «¿estás cansado?». El hijo de Lindner preguntaba a los dos años y tres meses «¿eso puedo comer?». Y Hanna Neugebauer observó en su Rafael, al año y nueve, diez y once meses, las preguntas «¿beber puedes?», «¿mamita enfadada?», «¿tienes dinero?».

Una cosa que es clara y está decidida suele tener su sitio determinado. El pequeño cerebro pone orden en la multitud de nombres y cosas que ha reunido y asigna a cada objeto su lugar en la serie. ¡Ahí es donde vas tú! Si falta de su sitio, el entendimiento que busca y comprueba reacciona con la pregunta *¿Dónde?*, ¿dónde está?, ¿dónde tiene? Aparece la pregunta por el lugar y pronto se amplía a ¿de dónde?, ¿adónde? El hijo de Preyer y el de Lindner preguntaban por el lugar a los dos años y tres meses, el Bubi de Scupin a los dos años y dos meses, el pequeño Neugebauer al año y nueve, Hilde Stern incluso ya al año y siete meses.

Al ¿dónde?, que se queda en lo exterior, se añade pronto el *¿Cómo?*, que penetra más en lo interior. La vida intelectual del niño da con ello un paso más. El conocimiento gana en profundidad. «¿Cómo va eso?», «¿Cómo es eso?». Así brotan las preguntas en rápida sucesión. «¿Cómo se quita la ruedecita?», preguntaba Rafael a los dos años y tres meses. «¿Cómo hace eso?», indagan la mayoría de los niños de esta edad, una vez que han experimentado que el cuchillo corta, el fuego quema, la aguja pincha, el perro ladra. Una serie de percepciones determinadas les ha familiarizado con las cosas del entorno y sus propiedades y ha enriquecido el horizonte intelectual con numerosas representaciones que significan un «hacer», una acción, una actividad. Para un niño, dice Sully, no hay nada más interesante que la producción de las cosas. ¡Cuántas horas no pasa asombrándose de cómo se hacen los guijarros, las estrellas, los pájaros, los niños pequeños! Este vivo interés por la producción es en alto grado un interés práctico. Uno de los mayores placeres de los niños es ser capaces de hacer cosas ellos mismos, y este deseo de dar forma lleva naturalmente a indagar el modo de producirlas. La pregunta «¿Cómo hace eso?» caracteriza todavía el estadio en que el niño personifica todas las cosas de su entorno; un estadio más, y las cosas ya no son sujetos sino objetos, ya no productores sino productos, y la pregunta *¿Por qué?*, ¿por qué es eso?, resulta como consecuencia lógica.

Con la pregunta por qué el niño tropieza por primera vez con la ley de la causalidad. La conexión entre causa y <!-- S. 195 -->efecto sale de la oscuridad de su conciencia dormida y se le hace manifiesta. ¡Es un momento significativo en su desarrollo! «El día 1028», escribe Preyer de su hijito, «se preguntó por primera vez ¿por qué? Presté la mayor atención a la primera aparición de esta palabra. La frase decía: ¿Por qué ir a casa? No quiero ir a casa. El instinto causal, que ya más de un año antes se había manifestado en una especie de actividad investigadora, en experimentos, y aún antes en la atención, encontró expresión verbal.» En Rafael Neugebauer este afán teórico de saber se anunció mucho antes, a los dos años y cuatro meses, en el Bubi de Scupin a los dos años y ocho meses, con preguntas por qué, mientras que el hijo de Ament necesitó para ello tres años y mes y medio, y Hilde Stern tres años y dos meses.

Con la pregunta por qué el niño entra, por decirlo con Penzig, en el terreno de la razón suficiente del conocimiento y de la acción. «Aquí el niño inocente nos pone, pues, empulgueras psicológicas y espera de sus educadores, con un optimismo, digámoslo francamente, bastante exaltado, que le descubran para cada juicio que se les escapó del cerco de los dientes la razón suficiente, y para cada acción el verdadero motivo. Nada hay por eso más incómodo que el eterno e implacable por qué de un niño despierto.»

*Incómodo o no*, el educador concienzudo que se tome en serio el fomento intelectual de su hijo intentará responder a todas las innumerables preguntas que le dirige la pequeña boca, aunque a menudo le parezcan absurdas o pongan a prueba sus nervios y su paciencia. Es un deber educativo ineludible ayudar al niño, mediante *informaciones correctas, claras y solícitas*, a encontrar en su desarrollo intelectual el camino que lleva a la meta segura. La impaciencia y el enojo son aquí graves errores educativos; di mejor alguna vez «¡Eso no lo sé!», prueba, si te cansas, a distraerlo, o bien, para estimular la propia reflexión del niño, haz una broma pequeña, pero muy prudente, con una respuesta falsa, que el niño, eso sí, tiene que reconocer en seguida como tal y corregir con su propio saber mejor, para regocijo de ambos. Para el educador se trata siempre de ser consciente de que el niño recibe con las respuestas a sus preguntas un material de construcción importante y valioso para su mundo intelectual; con él se ensamblan los cimientos de su concepción del mundo. Y además: ¿qué?, ¿dónde?, ¿cómo?, ¿por qué?: en las respuestas a estas pocas preguntas infantiles, ¿no está encerrada la suma de todo el conocimiento humano?

Otto Rühle.

[^t1]: Las preguntas infantiles se traducen imitando su habla imperfecta; en el original, «is'n das?», «chol de schinken, ja?», «di essen darf ich?», «Mutll böse?», etc. (N. del T.)

[^t2]: Rudolph Penzig, pedagogo librepensador berlinés, autor de obras de divulgación pedagógica para padres. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Otto Rühle, «Die Kinderfrage», *Unterhaltungsblatt des Vorwärts*, n.º 49, 11 de marzo de 1914, págs. 194-195 (facsímil de la Friedrich-Ebert-Stiftung, Historische Presse der deutschen Sozialdemokratie).

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original. Las citas de Preyer, Sully, Scupin y Penzig se traducen del texto de Rühle.
