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Title: El trato con los niños. Un segundo librito
Description: Segundo cuaderno de divulgación pedagógica de Otto Rühle para padres obreros (Görlitz, 1914), continuación de «El trato con los niños» de 1913: doce capítulos encabezados por un principio en imperativo (ten respeto a los niños, no hables demasiado, no les regales armas, cuéntales cuentos, responde a sus preguntas, dales ocupación, sé veraz, deja que tengan voluntad, obsérvalos, nada de alcohol, edúcalos en la independencia, no olvides que también fuiste niño), cada uno con un texto de Rühle y una antología de escenas suyas y de fragmentos de otros autores.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1914%20Umgang%20mit%20Kindern.%20Ein%20zweites%20B%C3%BCchlein
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<!-- Portada (enmarcada, probablemente la cubierta): «El trato con los niños · Un segundo librito · Por Otto Rühle · Del 1.º al 5.º millar · Precio: 20 Pf. · Amaréis la tierra de vuestros hijos; sea este amor vuestra nueva nobleza. — Fr. Nietzsche[^t1]. · 1914 · Editorial de la Librería del “Görlitzer Volkszeitung”». -->

<!-- S. 3 -->

## Una palabra por adelantado

El primer librito, que salió hace un año para dar a padres serios y que buscan unas cuantas indicaciones para una educación nueva, ha encontrado en poco tiempo muchos amigos. No sabría qué podría hacerme más feliz que la conciencia de haber prestado, de un modo tan sencillo y fácil, un servicio a los padres en una tarea difícil y de haber hecho a los niños la juventud un poco más alegre y la educación un poco más llevadera.

Cierto que la educación es más una cuestión económica que una cuestión de instrucción y de buena voluntad. Se puede ser mejor educador en unas condiciones de vida ordenadas, con un buen salario, una jornada corta, una vivienda suficiente y pocas preocupaciones, que en situaciones en las que falta todo cuanto da a la existencia sentido y valor, encanto y armonía.

La mejora de las condiciones de existencia y de vida del proletariado solo puede ser producto de su lucha contra el orden capitalista. A quien hasta ahora su propia miseria no ha empujado todavía a las filas de los combatientes, quizá lo empuje a ellas la idea de que esa miseria se perpetúe en sus hijos. Y a quien ya está en la lucha, una mirada a los niños lo espoleará y entusiasmará hasta el más alto gozo combativo.

¡Ojalá este librito ayude a hacer de los combatientes *buenos educadores, y de los educadores valientes combatientes*!

Hellerau, junto a Dresde. Otto Rühle.

<!-- S. 4 -->

## Índice

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| ¡Ten respeto a los niños! | Página 5 |
| ¡No hables demasiado! | » 9 |
| ¡No regales al niño armas de matar! | » 14 |
| ¡Cuéntales cuentos a los niños! | » 18 |
| ¡Responde a las preguntas de los niños! | » 23 |
| ¡Da ocupación al niño! | » 28 |
| ¡Sé veraz! | » 32 |
| ¡Deja que el niño tenga voluntad! | » 41 |
| ¡Observa a tu hijo! | » 48 |
| ¡No des alcohol a los niños! | » 52 |
| ¡Educa en la independencia y la confianza en sí mismo! | » 56 |
| ¡No olvides que también tú fuiste niño! | » 62 |

<!-- S. 5 -->

## ¡Ten respeto a los niños!

Hasta ahora siempre fue al revés: los educadores exigían que los niños les tuvieran respeto. Vigilaban celosos y seguros de sí que se les tributara la consideración a la que creían tener un derecho escriturado, aunque en el fondo esa consideración no tuviera otro fundamento que la mera circunstancia de que ellos eran educadores. Que también hay educadores ineptos que no merecen ningún respeto, que el *cargo* de educar está muy lejos de garantizar por sí solo que el educador sea *digno de consideración*, más aún, que la verdadera consideración ha de ser producto del amor y de la confianza: eso no se les pasaba por la cabeza. Estaban juramentados con el principio de autoridad, según el cual el niño ha de ver y honrar en el educador a un representante de la autoridad instituida por Dios. Esta concepción ha cambiado sustancialmente con el tiempo. Se ha reconocido que no es el educador, sino *el niño, el centro de la obra educativa*, y que el educador existe por causa del niño. En la naturaleza del niño ha de sumergirse con seriedad y comprensión, con amabilidad y amor; la peculiaridad del niño ha de aprender a comprenderla y apreciarla; los dones y capacidades del niño ha de despertarlos, librarlos de trabas y llevarlos a su plenitud. «*Su Majestad el niño*»[^t2] — no hace falta tomar al pie de la letra el lema acuñado en Inglaterra, que expresa de forma drástica el vuelco en la posición del educador frente al niño, y menos aún rebajarse a esclavo de los caprichos y la mala crianza infantiles; pero tampoco hay que olvidar nunca que *en el niño crece nuestro futuro* y que el futuro está siempre por encima del presente, del que *nosotros* somos portadores.

<!-- S. 6 -->

### Más nobleza en la educación

No comportarse con tanta grosería con los niños, suponiendo que uno quiera educarlos para que sean personas, y no gamberros que gritan y andan a la greña. ¡No les grites! ¡No te burles de ellos con chistes baratos! ¡No les pegues ni les sermonees tanto! ¡Trátalos, en cambio, con respeto y dignidad! ¡Muestra ante sus debilidades tu superioridad espiritual! ¡Sal a su encuentro con confianza y no consideres a tus alumnos tus enemigos natos! Entonces todo se arregla, por así decirlo, solo.

*H. Scharrelmann*, Erlebte Pädagogik [Pedagogía vivida]. (Editorial de A. Janssen, Hamburgo.)

### El maestro nuevo

Muy alterada vino a verme una madre. «No», exclamó, «es increíble el maestro que tenemos».

«¿No aprenden nada los niños?»

«Oh, sí, aprenden incluso mucho y en todo están bastante adelantados, mucho más que con el viejo chantre[^t3], que en gloria esté.»

«¿Pega a los niños?»

«¿Pegar? ¡Qué va! Los niños están locos por él. Eso es precisamente lo malo. Ahí está otra vez —acabo de pasar por delante de la escuela—, durante el recreo, tumbado en la hierba con los niños, dejándose levantar y hacer rodar por los pequeños, y hay un ruido, un jaleo, y el maestro es el que más grita de todos.»

«Pero, por Dios», le pregunto a la mujer, «¿qué hay de malo en eso?»

«Pues», dice, y me mira desconcertada, «¿de dónde les va a venir el respeto a unos niños así?»

*El respeto*: ahí lo tenemos. Ese resto de vieja servidumbre ronda por la cabeza de la madre. Ella misma pasó por una escuela del respeto, y ahora cree que <!-- S. 7 --> por toda la eternidad tendrá que haber escuelas así. No conseguiremos convencerla de que la nueva educación también está justificada y de que el maestro nuevo es un educador de la juventud estupendo; pero nos alegramos en silencio de que la Tierra sea redonda y gire . . . .

### El maestro viejo

Cuando tenía seis años, una hermosa mañana me vi trasladado a una sala melancólica en la que se enseñaba a unos cincuenta o sesenta niños y niñas pequeños. De pie en semicírculo con otros siete niños alrededor de una pizarra en la que lucían grandes letras, escuchaba muy quieto y expectante las cosas que habían de venir. Como todos éramos novatos, el maestro principal, un hombre ya mayor de cabeza grande y tosca, quiso encargarse él mismo de la primera lección durante una hora y nos invitó a nombrar por turno aquellas figuras extrañas. Yo había oído hacía bastante tiempo la palabra *Pumpernickel*[^t4], y me gustaba muchísimo; solo que no lograba encontrarle ninguna forma corporal y nadie podía darme razón. Entonces, de pronto, me tocó nombrar la P mayúscula, que en su ser me parecía sumamente extraña y humorística, y en mi alma se hizo la luz, y dije con decisión: *¡Esto es el Pumpernickel!* No tenía ninguna duda, ni del mundo, ni de mí, ni del Pumpernickel, y estaba contento en mi corazón; pero cuanto más serio y satisfecho de mí mismo estaba mi rostro en aquel momento, tanto más me tuvo el maestro por un pícaro taimado y descarado cuya maldad había que quebrar en el acto, y se abalanzó sobre mí y me sacudió de los pelos durante un minuto con tal furia que perdí el oído y la vista. Este asalto, por lo extraño y nuevo, me pareció un mal sueño, y en el momento no le di más importancia <!-- S. 8 --> que mirar al hombre, mudo y sin lágrimas, pero lleno de angustia interior. Cuando el maestro vio que yo solo me llevaba la mano a la cabeza, asombrado, sin llorar, volvió a abalanzarse sobre mí para sacarme de raíz la supuesta obstinación y el empecinamiento. Ahora sí que sufría; pero en vez de prorrumpir en alaridos, exclamé suplicante en mi angustia: ¡Mas líbranos del mal!, y tenía ante los ojos a Dios, de quien tantas veces me habían dicho que era un padre auxiliador para los afligidos. Pero para el maestro aquello fue demasiado; me soltó en el acto, pensando con sincera preocupación qué tratamiento convendría allí. Nos despidieron por esa mañana, y el hombre mismo me llevó a casa. Solo allí rompí a llorar a escondidas, de pie junto a la ventana, vuelto de espaldas, quitándome de la frente los pelos arrancados, mientras oía cómo el hombre, que en el santuario de nuestra sala me parecía doblemente extraño y hostil, mantenía una seria conversación con mi madre y quería asegurarle que yo debía de estar ya echado a perder por algún elemento maligno. Ella no estaba menos asombrada que nosotros dos, pues, según dijo, yo era un niño muy tranquilo, que hasta entonces nunca se le había apartado de la vista y no había mostrado malos hábitos graves. El maestro se dio por satisfecho, aunque meneando la cabeza, y quedó íntimamente convencido de que yo mostraba disposiciones peligrosas.

*Gottfried Keller*, Der grüne Heinrich [Enrique el Verde]. (Editorial de G. J. Göschen, Stuttgart.)

<!-- S. 9 -->

## ¡No hables demasiado!

Lo que para el eclesiástico es profesión y cargo —pronunciar sermones— debe evitarlo el educador como un pecado mortal. Para él vale la máxima: *¡Forma, artista, no hables!*[^t5] Quieres formar hombres, forjar caracteres: para eso no sirven la cháchara ni el parloteo; quieres purificar almas, dotar los cerebros de impulso espiritual y plantar en los corazones la riqueza de una noble humanidad: no puedes guisar sopas de agua. Hablando se educa una generación de palabreros y de sabihondos superficiales. *Hablar mucho es superficial y vuelve superficial.* Esto vale para los largos sermones de castigo, cuya esterilidad es proverbial, como para los mil reproches y órdenes que pueden llevar a un niño literalmente a la desesperación. ¡Anda despacio! ¡Siéntate quieto! ¡Estate callado! ¡Deja eso! Hay padres que dan a sus hijos sesenta órdenes e indicaciones así cada hora, y encima se extrañan de que el niño ya no oiga en absoluto las palabras o de que, con la eterna monserga y el eterno amaestramiento, se ponga tan nervioso que se vengue de sus torturadores con maldades y bajezas rebuscadas. Pregúntate siempre: *¿De verdad tienes que mandar?* ¿Hay una obligación, una necesidad de hablar? Que el chico corra deprisa o despacio, que esté sentado o salte, que ría o calle, ¿tiene sentido mandar, hablar? ¡Deja que decida él sobre sí mismo! Si quieres influir en él, actúa. Muéstrale en silencio lo que debe hacer. Con los hechos se consiguen hombres prácticos, activos y mañosos. Y si tienes que hablar, di breve y resueltamente lo que quieres. Nunca dos veces lo que puede decirse de una. Nunca riendo e indiferente lo que quiere decirse en serio. En tu hijo no debe surgir nunca la <!-- S. 10 --> impresión de que detrás de tus palabras no hay ninguna resolución, ninguna energía. Dicho y hecho: palabra de hombre. Cada una de tus palabras pesará tanto más cuanto más parco seas con ellas.

### Sé parco con la palabra

Todas las personas charlan demasiado; con ello se degrada la palabra y se derrochan fuerzas valiosas. . . . No censures cada pequeñez ni estés hablando sin cesar a los niños, sino sal a su encuentro en silencio todo lo posible, háblales sin abrir los labios, para que también en ellos despierte el gusto por el silencio elocuente. Cuanto más se reserva una persona su juicio, su palabra, tanto más peso tiene cuando por fin lo pronuncia. Cuanto más hayamos aprendido a callar, tanto más a menudo daremos en el clavo cuando por fin rompamos el silencio. . . . Hoy nueve décimas partes de toda nuestra cháchara solo sirven para ocultar nuestros verdaderos pensamientos o para disimular su completa ausencia. Nueve décimas partes de nuestras palabras estarían mejor sin pronunciar.

*H. Scharrelmann*, Erlebte Pädagogik. (Editorial de A. Janssen, Hamburgo.)

### A todas las madres hay que recomendarles

que sean muy prudentes con el prohibir y el mandar. *En prohibir y mandar no consiste en absoluto el valor de la educación*; Rousseau querría incluso borrar del todo las dos palabras del diccionario del cuarto de los niños. Al niño muy pequeño, en efecto, tan pronto como aparecen sus primeras manifestaciones de conciencia, no habría que influirlo al principio en absoluto, sino solo *observarlo atentamente*. Cuántos malos hábitos se le inculcan con ello. ¡Cuántas veces la disposición natural a una voluntad firme se convierte por la educación en terquedad y obstinación! — <!-- S. 11 --> ¿Cómo aprende el niño pequeño a decir «no»? Pues solo porque los mayores quieren constantemente algo de él y *no lo dejan en paz*. Pero un niño pequeño quiere que lo dejen en paz. Su cerebro no es todavía capaz de seguir todos los saltos de pensamiento de los adultos. Va por sus propios caminos, piensa sus propios pequeños pensamientos. Comprende despacio, y si se lo solicita constantemente, le pasa exactamente igual que a los mayores: ya no puede seguir, se cansa, se pone de mal humor y se porta mal; el mayor, en un caso así, se pone nervioso.

*L. Frost*, Aus unsern vier Wänden [Entre nuestras cuatro paredes]. (Editorial de B. G. Teubner, Leipzig.)

### Por qué no se logra

«Si estoy amonestando a los niños constantemente para que pongan en orden sus cajones, para que hablen como es debido, para que se mantengan derechos, para que hagan un recado deprisa y con cuidado», dice la pobre madre con lágrimas en los ojos; sin duda, esta amonestación continua es aburrida y triste, porque para la madre no tiene esperanza. Sigue amonestando para su propia tranquilidad, pues hace mucho que dejó de esperar ningún resultado; y sabemos lo desconsolador que es trabajar sin esperanza. Pero ni siquiera la madre sabe lo *indeciblemente aburrida* que es para el niño esta eterna amonestación sin resultado. Al principio, el niño está impaciente y alterado al escuchar el inútil torrente de palabras; luego lo deja pasar sobre sí como algo inevitable; y *al final apenas oye que se está diciendo algo. Toda esa palabrería no causa impresión alguna en su carácter*, no forma ningún hábito verdadero; el niño hace una vez lo que se le manda, y lo deja de hacer en cuanto puede. Pero la pobre madre decepcionada dice: «De <!-- S. 12 --> verdad me he esforzado en inculcar a mis hijos buenos hábitos, *pero no lo he conseguido*». . . . Nuestros fracasos en la vida se deben casi siempre a los defectos de nuestras cualidades.

*Charl. M. Mason*, Erziehung im Hause [La educación en casa]. (Editorial de G. Braun, Karlsruhe.)

### ¿Cómo se dice?

Hice una visita. Como sabía que en la casa había un niño, llevé un pan de especias. Un pan de especias de colores con glaseado blanco, hecho a propósito para alegrar un corazón de niño. Y, sin embargo, no llevó ninguna alegría a la casa.

Cuando los puñitos agarraron aquella maravilla de colores y dulce, la madre se lanzó sobre el niño.

«¿Cómo se dice?»[^t6]

Dos manos sujetaban firmemente el pan de especias; una boca roja se deleitaba con él.

«¿Cómo se dice?», repitió con violencia la madre.

La boquita siguió muda. En cambio, los ojos brillaban tanto más cuando se deslizaban sobre el pan de especias.

«Vamos, ¿qué se le dice al tío que le regala algo?»

Enojada, la madre soltó estas palabras. Ahí tenía un niño bueno, al que quería más que a nada y de cuya bondad estaba tan orgullosa; y ahora que por una vez tenía que mostrar su bondad, se emperraba y fallaba.

«¡Un niño que no da las gracias tampoco tiene pan de especias!» Y con esto le arrancó el pan de especias de la mano.

¡Grita y patalea! . . . Una escena penosa, que solo terminó cuando sacaron por la puerta al niño, que chillaba. — — — — — — — — — — — —

¿Tenía que llegar este desenlace desagradable, que nos estropeó la hora alegre al niño y a nosotros mismos?

<!-- S. 13 -->

«¡Exijo que el niño se acostumbre a la cortesía!», declaró la madre, como para disculparse.

Ay, si padre y madre fueran tan corteses el uno con el otro como lo exigen del niño, corteses con un *¡por favor!* y corteses con un *¡gracias!* en todos sus pequeños y grandes servicios y favores, no necesitarían meter la cortesía en el niño a fuerza de riñas y de golpes.

<!-- S. 14 -->

## ¡No regales al niño armas de matar!

Como socialdemócrata eres enemigo de la guerra. Tu naturaleza humana se rebela contra los horrores y las inhumanidades del asesinato en masa; en tu cerebro se graba a martillazos, honda y penetrante, la conciencia de que matar hombres en carnicería es una locura y un crimen contra la humanidad. Alzas tu voz contra el sacrilegio y luchas contra el militarismo, la carrera de armamentos, el imperialismo y los apetitos de guerra. Te horroriza en lo más íntimo la idea de que el deber moral supremo del soldado haya de ser *disparar contra su padre y su madre*, y sientes que toda la sangre se te sube a las sienes[^t7]. *También tu hijo* tendrá que apuntarte un día con el fusil, enviar la bala mortal al corazón que día y noche no latía sino por el bien y la felicidad del niño. ¡Idea cruel, espantosa! ¡Todo lo humano que hay en ti grita a la revuelta, todos los sentimientos nobles y puros despiertan y te asaltan en protesta! *Tu hijo* —disparando, apuñalando, matando—, un corazón de padre que se estremece, un corazón de madre desgarrado que todavía anhela al hijo asesino. . . . ¡Imágenes atroces que atormentan y angustian tu alma! . . . ¿Y vas a poner tú, siguiendo una vieja irreflexión, un *fusil* bajo el árbol de Navidad de tu hijo, regalarle un *sable* o alegrar sus ojos y su ánimo con *uniformes* militares? ¿Un fusil, para que aprenda a tiempo a disparar contra sus padres y hermanos? ¿Un sable, para que más tarde sepa abrir con éxito, a sablazos, la cabeza y la espalda de sus compañeros de clase? . . . *No, no*: ¡no *puedes*, no *debes* hacerlo! La barbarie de la <!-- S. 15 --> guerra no debe mancillar tu fiesta de Navidad; ¡el crimen del asesinato no debe encontrar en el corazón de tu hijo semillero ni suelo donde arraigar! Sé en tu casa, negándote y rehusando, un propagandista del afán pacífico de cultura y de una hermosa humanidad.

### Vemos en los escaparates

cuarteles y campos de instrucción con soldados, aparatos de gimnasia, etc., barcos de guerra para el agua y el aire, y soldados de plomo de todas las naciones: prusianos, franceses, serbios, turcos, rusos, alemanes, austriacos. Al lado hay cascos, sables, cartucheras, corazas de húsar y de coracero, fusiles, carros de cantinera, cañones y trenes militares, y muchas cosas más. Los chicos, grandes y pequeños, asedian esos escaparates, se sienten héroes y mantienen conversaciones guerreras que han oído a los adultos.

Madres, no piquéis, y no compréis esa chatarra con el dinero que tanto os cuesta ganar. Si vuestros hijos manifiestan deseos así, *enseñadles lo nocivo del militarismo, asesino de pueblos*, cuyo sostenimiento chupa a los pueblos la médula de los huesos y, en caso de guerra, asesina en el campo de batalla a los padres y a los hijos del pueblo. Poned a vuestros hijos de doce a catorce años, en la mesa de los regalos, el librito «*Das Menschenschlachthaus*» [El matadero humano][^1], para que los invada el horror a todo lo que se llama militarismo. Llevad a los mayores al *movimiento juvenil proletario*[^t8]. Pero influid también en los pequeños, con todos los medios, ya en la elección de los juguetes, sobre la formación de su carácter; entonces vuestros hijos, aunque lleven la casaca de color[^t9], se sentirán siempre camaradas del pueblo y, aunque un día se les mande contra el enemigo interior y deban alzar el <!-- S. 16 --> arma contra padre, madre y hermanos, recordarán siempre la palabra que el maestro les grabó tan hondo en el corazón en la escuela: *¡Honrarás a tu padre y a tu madre!!*

[^1]: *Wilhelm Lamszus*, Das Menschenschlachthaus. Bilder vom kommenden Krieg [El matadero humano. Imágenes de la guerra que viene]. Precio: 1 M. Editorial de Alf. Janssen, Hamburgo.

*Wilhelmine Kähler.* («Leipziger Volkszeitung».)

### El deseo de Navidad

El padre lo había visto venir, y un buen día salió.

«Padre, regálame por favor por Navidad un sable, un casco y un fusil.»

«¿Un sable?», preguntó el padre. «¿Quieres matarme a puñaladas con él?»

«Ay, no, padre querido, solo para jugar.»

«¿Y un fusil? ¿Quieres matar a tiros con él a tu querida madre?»

El chico levantó la vista asustado. Al principio había creído que el padre bromeaba. Pero cuando vio su cara seria, comprendió que la conversación era para el padre una cosa muy seria.

«El sable y el fusil», dijo entonces el padre, «solo se usan *para matar hombres*. El emperador ha dicho a los soldados que deben matar también a su padre y a su madre si se lo mandan. Pero el quinto mandamiento dice: ¡*No* matarás!»

«Pero si yo solo juego con ellos, padre.»

«¿Quieres *jugar* con sable y fusil, con los que se *hace daño a las personas, se mata al padre y a la madre*?»

El chico puso cara de apuro y se quedó sin respuesta.

Cuando unos días después el padre iba con el chico por las calles y pasaron al galope los bomberos, supo lo que regalaría al chico por Navidad: <!-- S. 17 --> *un uniforme de bombero con casco y hacha.* Y cuando el chico lo recibió radiante de alegría en Navidad, el padre le dijo: Con esto no matarás ni harás mal; con esto *ayudarás y salvarás y serás útil a tus semejantes cuando estén en peligro y en apuros.*

<!-- S. 18 -->

## ¡Cuéntales cuentos a los niños!

Papá Noel (*Weihnachtsmann*) ha dejado un libro de cuentos en la mesa de los regalos. Los niños lo tendrán; habría estado *mejor destinado a los padres*. Los cuentos quieren ser menos leídos por los niños que *contados por los padres*. Si por la noche, cuando los pequeños están acostados, puedes liberarte un cuartito de hora, coge el libro, escoge un cuento bonito y apréndetelo de memoria; mañana o pasado, cuando lleguen las horas íntimas del crepúsculo, te sientas junto a la estufa caliente y, mientras por la portezuela brilla el resplandor rojo del fuego y crujen los leños, *cuentas* al pequeño grupo atento lo que has leído. No sospechas qué hora preciosa, solemne y hermosa das a tus hijos, una hora que alumbrará toda su vida y extenderá hasta la vejez un brillo poético sobre su juventud. Tus hijos quizá tengan más tarde poca alegría en la vida; las preocupaciones y la lucha serán su suerte. Andarán buscando trabajo y luchando por un salario miserable, tendrán que cocinar y lavar y criar hijos, y vivirán eternamente de esperanzas defraudadas, como tú. Dales para ese tiempo sin alegría ni poesía un pedacito de felicidad juvenil para el camino; regálales una hora deliciosa cuyo recuerdo dichoso centellee a través de la noche y la miseria de sus años: *cuéntales cuentos*, da alas a su fantasía, llena su corazón y su ánimo de deseos y anhelos, de luces y de colores alegres. Y si ya no te orientas bien en el mundo de los cuentos, bueno, *unas cuantas historias inventadas por ti* <!-- S. 19 --> sobre el viento, la lluvia y las nubes, sobre las flores, cómo celebran sus fiestas, y sobre los animales, cómo se van a dormir, también sirven. Cuenta, cuenta tú . . . mira, los pequeños ya esperan . . . .

### Del contar cuentos

Pocos de nosotros lo hemos vivido todavía; pero de oídas conocemos la escena entrañable: la abuela o la madre rodeada de niños atentos, contándoles cuento tras cuento, cuanto más largo más bonito, tan bonito que casi se oye latir los corazoncitos infantiles. Quizá estén todos acurrucados alrededor de las rodillas de la madre en un rincón íntimo y en penumbra, quizá chisporroteen mientras tanto manzanas asadas en el horno, quizá un gatito se restriegue con un ronroneo de gusto contra la narradora; pero sean cuales sean los recuerdos entrañables con que cada uno pueda adornar la escena, sobre ella reposa siempre una plenitud de resplandor crepuscular de oro oscuro, de paz, de bienestar, de feliz sosiego y de poesía.

Nuestro tiempo prosaico también ha pasado la mano por esta imagen; para miles la ha borrado del todo de su vida. Cierto que todavía hay madres y abuelas que viven enteramente para sus hijos y nietos y pueden regalarles en la intimidad de la convivencia toda la plenitud de su vida interior. Pero hay infinitamente más madres que se alegran si todavía les queda cada noche tiempo para remendar la ropa rota de sus hijos o para ponerles regularmente un poco de comida en la mesa. Y por mucho que sus hijos les pidan con anhelo: «¡Cuéntanos algo!», ellas tendrán que decir, ay, cuántas veces, decir con el alma suspirando: «¡No tengo tiempo!». Y tienen que irse a lavar, o a la zumbante <!-- S. 20 --> máquina de coser, o a la fábrica. ¿Cómo iban a tener tiempo, en el agobio de su vida, para hilar con sus hijos dorados sueños de cuento? Así crece una generación entera pobre en cuentos . . .

*H. Maurenbrecher*, Wachstum und Schöpfung [Crecimiento y creación]. (Editorial de E. Reinhardt, Múnich.)

### La edad de los cuentos del niño

es muy distinta según el individuo, pero en general puede decirse esto: el tercero y el cuarto año de vida son en todos los sentidos favorables para contar cuentos. «Es la época en que el afán de saber del niño emprende su primer vuelo hacia el mundo. Los pasos y los brazos infantiles no alcanzan todavía a abarcarlo. Quien se lo pinta tal como corresponde a su fantasía, todavía desmesurada en el sentido más propio de la palabra, se gana su gratitud.» Pero poco a poco va penetrando en el alma del niño cada vez más de las realidades del mundo. Lo homogéneo se va juntando en ella más y más, y despacio alborea el pensamiento que pregunta por la causa y el efecto. Ese ya no es, desde luego, un suelo favorable para el prodigio del cuento . . . Entonces el niño viene con la tímida pregunta: ¿Y eso es verdad? Para el educador atento es una señal de que el niño ha llegado al límite de la verdadera edad de los cuentos, de que en él ha despertado el pensamiento y de que la fe en los prodigios del cuento va siendo desplazada poco a poco por las experiencias y los conocimientos de la vida real. . . . Convendría, tras las dudas del niño, no contarle ya cuentos demasiado prodigiosos, sino pasar poco a poco a historias de la vida real. Después de los años de transición, hacia el octavo o noveno año de vida del niño, los cuentos pueden volver a entrar en el cuarto de los niños, pues entonces el niño ha tomado posesión del mundo <!-- S. 21 --> real, puede distinguir apariencia y ser, realidad y figuración de la fantasía; se acerca, pues, al mundo de los cuentos con un ánimo muy distinto: está maduro para gozar de las bellezas poéticas del cuento.

*J. Prüfer*, Kleinkinderpädagogik [Pedagogía de la primera infancia]. (Editorial de Otto Nemnich, Leipzig.)

### El cuento, un símbolo

El público nato del hada de los cuentos son los hijos de la gente pobre. Los cuentos suben y bajan con el anhelo del corazón humano, y el anhelo solo lo conoce quien sufre. ¿Y qué dolor quema más en el ánimo que la conciencia de estar desterrado ya por el mero nacimiento al lado sombrío de la dicha y, sin embargo, como todo lo que vive, como desde el principio de los tiempos sobre todo la juventud humana, sentir latir en todas las venas el derecho divino a la felicidad?

El hijo del rey, la princesa a quienes el malvado hechicero viste de harapos y obliga a hacer trabajos de criado, son las criaturas predilectas del cuento, porque están tejidos enteramente de la materia de cuento del anhelo. Y un hijo de rey maltratado así, una princesa mendiga con el derecho, firmado por las estrellas, a la redención, lo es cada niño proletario, pues lleva harapos como ellos y es el conquistador del futuro.

¿Qué muchacha proletaria, qué muchacho proletario no habrá visto por eso en la Cenicienta de la leyenda alemana el símbolo encarnado de su destino, una imagen que precisamente en su doble sentido refleja ese destino de doble sentido? La ceniza es, en efecto, amarga y seria realidad en toda existencia infantil proletaria, pero también las zapatillas de oro con que el cuento entra bailando en su dichoso final le han venido bien a todo <!-- S. 22 --> niño proletario. ¡Y no solo en el sentido del cuento y en la dicha del sueño! ¿No es acaso la propia clase proletaria, de la que brota nuestra juventud, la Cenicienta de la sociedad, pero también una Cenicienta que, con la seguridad de un sonámbulo, avanza a través de toda la suciedad y la miseria del presente hacia la tierra prometida de sus victorias y de su liberación?

*K. Korn*, Jungvolk 1914 [Juventud 1914]. (Editorial de la Oficina Central para la Juventud Trabajadora de Alemania.)

<!-- S. 23 -->

## ¡Responde a las preguntas de los niños!

Cuando, caminando, llegas a una comarca desconocida, pierdes el camino y andas extraviado, ¡qué agradecido y contento estás entonces de encontrar personas que a tu pregunta dan de buena gana una respuesta bienintencionada y correcta! Tu hijo también está, igual que un caminante sin consejo ni sendero, en un mundo grande que todavía no conoce. Tímido y asombrado pregunta y avanza a tientas. Tú no eres el primero que pasa, al que se dirige para pedir información. De ti ha recibido comida y bebida, cuidados y atenciones todos estos años, ha sentido tu mano que lo guiaba y ha notado tu amor; y ahora el instinto seguro de su ser interior le dice que también serás su buen consejero y su guía. ¡No defraudes las esperanzas del pequeño caminante extraviado! *No seas gruñón ni áspero* si te pregunta a destiempo: no sabe que en las cabezas humanas hay todavía otras cosas más importantes; *no te pongas nervioso* si su preguntar e indagar no quiere tener fin: ay, le queda todavía tanto que preguntar y aprender, ¿qué va a hacer con su minúsculo puñado de experiencias en este mundo tan grande? Tampoco lo despaches con un sí o un no secos, y menos aún le cierres la boca y le obligues a dejar de preguntar. Descuidarías y abusarías gravemente de tu cargo de educador, pues responder al niño no es tu buena voluntad ni una gracia: es *tu deber de educador*. Puede ser a menudo difícil de cumplir, exigir mucha paciencia, tacto y energía; pero serás recompensado por ello, ricamente recompensado por la *confianza* que crece hacia ti desde el corazón del niño. ¿A quién podría <!-- S. 24 --> un ser humano que busca, desorientado y ajeno al mundo, dar mayor confianza que a quien fue siempre para él un consejero y guía seguro y fiel? Te conservará su confianza también más tarde y te pedirá consejo y ayuda en casos en que nada desearás tanto como ser escuchado. Y eso será para los dos una verdadera ganancia y una hermosa dicha.

### Preguntas de niños

El gigantesco trabajo intelectual que realiza todo niño en sus cinco primeros años de vida es mayor que todo el trabajo de una vida posterior de sabio; con las fuerzas de un Atlas abarca todo el mundo desconocido, para sostenerlo y no ser arrastrado por él; de cada nuevo contacto con él saca el conocimiento fuerzas frescas para dominar un pedazo más, y *las preguntas no son más que dedos extendidos que tantean* para agarrar con tanta más firmeza el mundo exterior. Todas las relaciones, personas, cosas, conceptos y representaciones que una larga vida nos ha hecho familiares están de golpe ante sus ojos asombrados; desde el sol en el cielo hasta el gusano en la tierra no hay nada que no le sea nuevo y que no quiera entrar en relación con el pequeño cerebro. A diario y a cada hora golpea el oído del niño una lengua extraña, formada a lo largo de muchos siglos para expresar con la mayor nitidez las más finas conexiones de pensamiento; oye palabras extravagantes y nota que los adultos se entienden con ellas. No quiere quedar excluido del círculo mágico que sus seres queridos trazan a su alrededor; y así lee las palabras en los labios, les da vueltas maravillado en el cerebro y pregunta por fin por la llave del gran misterio que lo rodea por todas partes.

*R. Penzig*, Ernste Antworten auf Kinderfragen [Respuestas serias a preguntas de niños]. (Editorial de G. Reimer, Berlín.)

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### El preguntar del niño

se subestima casi en general como medio de formación. El instinto de causalidad, que se despliega con fuerza creciente al aprender a hablar, el preguntar por qué, a veces apenas soportable para padres y educadores, tiene toda su justificación y *no debería, como por desgracia ocurre con demasiada frecuencia, desoírse, dejarse adrede sin respuesta, responderse adrede en falso.* Desde el principio he dado a mi chico, según mi mejor saber, cada vez una respuesta comprensible para él y no contraria a la verdad, y he observado que con ello, más tarde, en el quinto, sexto y sobre todo en el séptimo año, las preguntas, como se retienen las respuestas anteriores, resultan cada vez más inteligentes. Si, en cambio, no se responde en absoluto, o se responde con bromas y cuentos, no es de extrañar que un niño, incluso con excelentes disposiciones, haga preguntas tontas y necias y piense sin lógica, cosa que difícilmente ocurre si las preguntas se responden correctamente y se le corrige como conviene, por no hablar de que se cría superstición.

*W. Preyer*, Die Seele des Kindes [El alma del niño]. (Editorial de Th. Grieben, Leipzig.)

### Boquita parlanchina

I.

Iba con la niña pequeña por el campo verde. La niña aprovechaba el tiempo como nosotros, los mayores, no somos capaces con la misma aplicación y el mismo éxito. Todo lo que allí florecía, se arrastraba y volaba lo percibía, y *me lo preguntaba todo a fondo.* Quien quiera saber que no sabe nada apenas necesita leer antes el monólogo de «Fausto»; casi mejor se da cuenta tratando con niños que preguntan. Lo que yo respondía insuficientemente a la pequeña, se lo explicaba ella misma. A la pregunta de qué desayunan los abejorros <!-- S. 26 --> no era, al fin y al cabo, tan difícil responder: estos señores desayunan ensalada de hojas frescas de los árboles y beben rocío. Otros bichitos chupan café con leche y azúcar de tallos, hojas y flores; las hormigas alimentan y ordeñan pulgones o sacrifican gusanitos y escarabajillos para el almuerzo. — Peor me fue con la pregunta de por qué los escarabajos no saben cocinar. Pues, explicó la niña, sencillamente porque se caerían en la olla de la sopa. — ¿Por qué no llevan pantalones las liebres? Pues porque no son chicos[^t10]. — Más importante era la pregunta de por qué los gatos no llevan guantes . . . . .

II.

«¿Vas a dormir tranquila hoy cuando te haya acostado?», pregunta la madre.

«Querer sí que quiero», dice la pequeña.

«¿Me lo prometes?»

«Prometerlo del todo no puedo. Si se cae un cántaro al suelo, no puedo dormir.»

«Niña, si no se cae ninguno al suelo.»

«Si me pica una mosca, tampoco puedo dormir. Querer sí que quiero, pero no sé seguro si puedo.»

«¿Pero por lo menos estarás quieta y no charlarás?»

Entonces la pequeña Martha se calla. Estar despierta en la cama y no poder charlar: ¡eso es muy duro! Somos, al fin y al cabo, una mujercita, una pequeña. Decimos por la mañana la primera palabra que se dice en la casa: «Madre, ¿ya estás despierta? ¿Los ángeles llevan también medias? ¿Hoy ya están maduras las cerezas? ¿Por qué hay nubes? ¿Para que pueda llover? Pero si no tiene que llover. ¿Las babosas también se mojan cuando llueve?» Y así sigue todo el día. *No hay trabajo intelectual tan difícil como responder a un niño todas las <!-- S. 27 --> preguntas, aunque sea solo de manera sencilla.* Probadlo una vez y pronto veréis que vuestro entendimiento y vuestro saber quizá basten justo para los adultos, pero que son del todo insuficientes con los niños.

Bueno, el juego de preguntas y respuestas de doce y catorce horas tiene que terminar en la camita. Y como la madre insiste mucho, la chiquilla promete por fin que estará quieta, muy quieta. — Y cumple su palabra. Cuando lo ha prometido una vez, se queda en eso: palabra de muchacha. Pero el esfuerzo que le cuesta a la pequeña, eso no se tiene en cuenta. Aprieta los párpados uno contra otro, no sirve de nada, no puede dormir. La boquita roja la tapa con las dos manitas, que pone una sobre otra, porque quiere decir que no puede dormir, quiere preguntar si el cántaro seguro que no se caerá al suelo o si en la feria también se pueden tener hipopótamos vivos. Y no puede y no puede, porque ha prometido no charlar más. — De pronto se acaba todo el apuro, ya no necesita apretar los párpados ni taparse la boca: está en el dulce, sagrado sueño de los niños . . . .

*P. Rosegger*, Mein Weltleben [Mi vida en el mundo]. (Editorial de L. Staackmann, Leipzig.)

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## ¡Da ocupación al niño!

Nadie ha conocido mejor la naturaleza del niño que Fröbel; por eso ningún principio educativo es más acertado y feliz que el que dio a padres y educadores: *¡El niño ha de ser tratado desde el principio como un ser creador!* El vivo metabolismo propio del organismo infantil determina una necesidad extraordinariamente viva de movimiento y de ocupación. Un niño sano no puede estar quieto ni inactivo. La boquita tiene que parlotear y preguntar, los ojos hacen viajes de descubrimiento, las manos agarran, juegan, forman, crean, los pies no paran de corretear; hasta debajo de la mesa siguen balanceándose las piernecitas eternamente inquietas. En este hacer alegre y en este moverse libre es donde el niño se siente mejor y más feliz: «Lo que alegra y hace dichoso, y lo que mantiene así, es solo la actividad». Puede que esta actividad nos parezca juego y entretenimiento; para el niño es seria e importante. Mira cómo le arden las mejillas, cómo le brillan los ojos; observa cómo trabaja su espíritu: ¡en verdad, el niño es un ser creador! ¿Qué podría estar más cerca que la idea de que *este fuerte instinto creador ha de ser puesto en el centro de toda la obra educativa*? ¿No tienes un niño llorón, malhumorado y desobediente cuando se aburre, cuando tiene que estar sentado quieto y «portarse bien»? En cambio, cuando está ocupado con afán y animación, no lo ves ni lo oyes. Te quejas de los malos hábitos y las travesuras que comete tu hijo; ¿te has preocupado también de que su afán de actividad se encauzara por el buen camino y se satisficiera con una ocupación entretenida? Prepara en el patio o en el jardín un montón de arena; enseña a los niños cómo se <!-- S. 29 --> pueden modelar con barro o plastilina toda clase de cosas divertidas; haz silbar un pito de una rama de sauce o ayuda a los chicos a tallar un barquito de corteza de árbol: te asombrarás de los niños tan buenos, alegres y mañosos que tienes. Un lazo más firme y más hermoso de estima y amor mutuos unirá a los dos, y, como a lo largo de los milenios en el género humano, también en el crecer y el hacerse del individuo revelará el *trabajo* sus fuerzas bienhechoras, que hacen feliz y elevan.

### ¿Cuándo son más felices los niños?

Cuando pueden hacer algo, trabajar en algo, formar, construir o destruir algo. ¡Sí, destruir! Pero eso es malo, ¿verdad? Tranquilícese usted, no olvide que el instinto de destrucción de los niños no es otra cosa que el instinto de actividad y de creación, sin formar, insatisfecho, sin guía y poderoso, de los niños. Un niño con instinto de destrucción es un vengador y un juez de nuestros pecados educativos. Formemos y guiemos el instinto creador del niño, y no destruirá.

¡Qué felicidad para los niños cuando pueden manejar pala y llana, hacha y martillo, cuchillo y sierra, cincel y taladro, cepillo y lima, tijeras y aguja! ¡Cómo les brillan los ojos! ¡Cómo respira todo en ellos satisfacción, alegría y felicidad!

*Robert Seidel*, Die Handarbeit usw. [El trabajo manual, etc.]. (Editorial de Orell Füßli, Zúrich.)

### El montón de arena

Si el sol es la mejor niñera, el montón de arena es el *compañero de juego predilecto* del niño. Más aún: lo han llegado a llamar el *mayor de los pedagogos*. En efecto, de él salen efectos educativos del todo extraordinarios. <!-- S. 30 --> Tiene en cuenta en la más amplia medida el instinto de ocupación, que constituye el elemento vital del niño, y enseña sin que se note, pero con eficacia, el uso de los sentidos. Sobre todo el tacto, tan importante para obtener sensaciones claras e impresiones bien marcadas, recibe un fomento especial. El niño llega a una percepción fresca e inmediata de lo corpóreo y es guiado enérgicamente a la actividad. Su mundo está allí donde puede ocuparse con sus dedos y sus manos, donde puede crear, construir, producir con sus propias fuerzas. No solo fortalece con ello la salud y desarrolla la fuerza muscular: despliega también su fantasía y se apropia sin querer y sin esfuerzo de un gran número de principios físicos y matemáticos. Una riqueza de figuras y formas se abre en el montón de arena al espíritu infantil; una plenitud de hechos y verdades, de fenómenos y acontecimientos sale al encuentro de su mundo de representaciones. ¡Y verdaderos torrentes de felicidad brotan de las almas de los niños! Si quieres ver niños alegres, creadores, felices, búscalos en los montones de arena de los jardines y de los campos de juego: allí los encontrarás, si no en ninguna otra parte.

### Dicha inolvidable

Me dieron una hachita roma y unos cuantos clavos; luego me dejaron solo, y podía carpintear a mi antojo con el hacha en los peldaños de madera de una escalera y clavar los clavos donde quisiera; todo alrededor estaba tan estropeado que no podía estropear nada. ¿Por qué me procuraba entonces el clavar clavos una satisfacción tan íntima que yo quería dedicarme a esa tarea, insaciable, un día tras otro, mientras que de los juegos me cansaba siempre <!-- S. 31 --> pronto, de modo que pedía cambio, compañía, instrucciones? Porque *trabajaba con esfuerzo y con arreglo a un fin*, y porque hacía algo visible y duradero. Al día siguiente podía volver la vista a lo que había carpinteado el día anterior, y podía continuar la obra. Probaba ahora por primera vez, en lugar de la dicha etérea y engañosa del juego que había conocido hasta entonces, una más auténtica, más seria: la dicha del artesano. Pero como no clavaba los clavos bajo la dirección de otro, sino libremente, según mi propia invención, era a la vez *dicha de creador*. Por eso el trabajo penoso podía satisfacerme tan íntima e insaciablemente.

*Carl Spitteler*, Meine frühesten Erlebnisse [Mis primeras vivencias]. (Süddeutsche Monatshefte, Múnich.)

### Lo antinatural de la educación escolar

No soy precisamente un especialista en pedagogía, pero esto sí lo veo: que nuestra práctica educativa actual *todavía no ha sabido aprovechar en absoluto* las posibilidades que para ella encierra este sencillo juego de niños. ¿Dónde habría cultivado alguna vez este instinto primordial de crear? ¿Dónde habría sabido llevar poco a poco este gusto por dar forma a la práctica del aprendizaje? ¡Y luego los muchos factores sociales que intervienen aquí y van preparando despacio al niño para la vida! Aquí aprenden jugando, perfectamente, aquello por lo que la disciplina escolar sigue esforzándose a fuerza de tanteos: la *colaboración solidaria*[^t11] *de los hombres* entre sí. El valor de la escuela queda fuera de discusión si opino que el joven sería un ser social mejor que hoy *si se le hubiera dejado crecer orgánicamente desde el juego de la juventud hasta el trabajo de la edad adulta*, en lugar de embutirlo en el aparato artificial, y por eso eternamente imperfecto, de la escuela.

*Paul Bröcker*, Bei spielenden Kindern im Sande [Con niños que juegan en la arena]. (Kultur der Familie, Leipzig.)

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## ¡Sé veraz!

Si la educación ha de ayudar a hacer del niño una personalidad con carácter, la educación para la veracidad es un requisito indispensable. Pero a la veracidad solo llega el niño si lo guía la fuerza de un modelo ejemplar. *Aquí el buen ejemplo lo es todo.* Sé escrupulosamente exacto con la verdad en todo, no exageres, evita también las mentiras de broma, que los niños pueden entender mal fácilmente. No intentes conseguir algo de los niños con promesas o amenazas que no puedes cumplir o cuya realización está fuera de tu poder. ¡Que viene el hombre del saco! ¡Knecht Rupprecht está ahí fuera![^t12] ¡El policía vendrá a llevarte! Con eso puedes asustar al niño un par de veces, pero pronto notará que le toman el pelo; se vuelve insensible a la verdad y a la mentira, ya no toma en serio las exageraciones, las inexactitudes y las falsedades directas, y acaba siendo víctima de la mendacidad, que puede dominar por completo a una persona. Los padres que delante de los niños se hacen negar ante extraños, que en el tren, a sabiendas de los niños, dan una edad falsa, que en la nota de justificación de los niños hacen constar datos inexactos, que ante extraños hablan de otra manera que en casa, etc., son *educadores para la falta de veracidad.* Sus hijos crecen con la impresión de que sus educadores son honrados; se les pierde la capacidad más fina de distinguir la verdad de la falsedad. La falsedad consciente la dicen los niños casi siempre solo allí donde falta la verdadera confianza y donde reina una severidad excesiva. Las mentiras de los niños, dice Rousseau, son obra de los educadores. En el <!-- S. 33 --> *modelo intachable del educador* está la mejor, por no decir la única, educación para la veracidad.

### Cómo aprendió a mentir el pequeño Max

Bajo mi ventana juegan unos niños que conozco bien; hijos de los vecinos, bien educados. Al oscurecer se abre arriba una ventana y la voz de la madre llama hacia abajo: «¡Subid ya, niños, que empieza a hacer fresco y a oscurecer!». — «¡Madre, déjanos jugar solo un ratito más!» Pero la ventana ya se ha cerrado. El pequeño Max parece indeciso sobre si debe obedecer la orden. Da unos pasos hacia la puerta de la casa, mira hacia arriba tanteando y vuelve a quedarse quieto, mirando a sus compañeros de juego que saltan alegres bajo los árboles. En eso sale de la casa la criada. Ella, que apenas ha aprendido a obedecer, menos aún sabe mandar. «¡Ven, Max!», llama. «Si no vienes, ahora mismo *aparece por la esquina el deshollinador* y te lleva.» — En lugar de exigir enseguida el cumplimiento, *el cumplimiento rápido* de la orden, también ella vuelve a entrar en la casa. Max mira hacia la esquina amenazadora; *no viene ningún deshollinador*, ninguna figura amenazadora le impide quedarse. Sonríe, se da la vuelta y sigue jugando, pues ve con asombro que le dicen algo *que no es verdad.* Nota también que lo han hecho para imponer un deseo, una voluntad. Los niños ven casi siempre con verdad y más hondo en las cosas, aunque de manera del todo instintiva, de lo que cree más de un adulto. También Max ha aprendido hoy mucho, solo que nada bueno. Max sabe ahora *cómo hay que mentir.*

### Confianza por confianza

Conocí a un chico que mentía a menudo. La madre lo sabía y dudaba fácilmente de sus palabras. Otra vez <!-- S. 34 --> había pasado algo malo, y otra vez el chico había negado obstinadamente ser el autor. Al día siguiente apareció la prueba de su culpa. «Pero ¿es que no eres capaz de decir la verdad?», dijo la madre desesperada. «¿Qué voy a hacer contigo? ¡No puedo estar pegándote siempre!» El chico había estado allí en un silencio empecinado. Cuando oyó las dolorosas palabras de la madre, también a él lo invadió el dolor. «*Si de todos modos no me crees*», sollozó con vehemencia, «*mienta o diga la verdad, todo da igual.* A los otros, a mis hermanos, sí los crees cuando dicen sí o no; ¡a mí nunca! *¡Tú crees que miento siempre!*» Como un duro reproche hirió la palabra del chico de catorce años el alma de la madre. «Tienes razón», dijo. «No siempre te he creído. Te prometo que a partir de ahora *te creeré siempre*, que ya no dudaré de lo que me digas. Pero prométeme tú también *ser siempre veraz.* Y si alguna vez piensas después: no fue del todo como se lo dije hoy a mi madre, entonces ven a mí, abrázame y dime: No fue del todo así, madrecita; otra vez me he equivocado. ¿Querrás, hijo mío?»

La madre cumplió su palabra. Todavía tuvo que dudar más de una vez de las palabras de su hijo; pero nunca se lo mostró. Tomaba siempre su palabra como algo indiscutible y no pensaba más en ello. El chico no vino nunca a disculparse, y ella comprendió también el sentimiento de vergüenza que se lo impedía. Pero vio con alegría íntima la transformación paulatina de su modo de ser, y su mirada libre y franca fue para ella la recompensa más hermosa.

*Laura Frost*, Aus unsern vier Wänden. (Editorial de B. G. Teubner, Leipzig.)

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### Mentira y bofetada

Es falso el viejo principio pedagógico de que a una mentira gorda le corresponde una bofetada gorda. Con ello solo se trata de una satisfacción inmediata del educador enojado, que en ese momento tendría algo mejor que hacer. Debe, en efecto, investigar cómo llega el niño a mentir, cómo se castiga la mentira en la casa paterna. Según que el niño convicto de mentira se comporte en el interrogatorio con descaro, con grosería o con miedo, con timidez, callado, empecinado o hipócrita, mojigato, locuaz, inocente u ofendido, el pedagogo sensible podrá sacar ciertas conclusiones sobre la vida, las circunstancias, el trato o el tratamiento educativo del alumno fuera de la escuela. Entonces aprenderá sin esfuerzo a juzgar al niño con indulgencia.

*Kuhn-Kelly*, Lüge und Ohrfeige [Mentira y bofetada]. (Editorial de Beyer & Söhne, Langensalza.)

### Cuantos menos palos, menos mentiras

Un chico mentiroso de diez años que hasta ahora ha recibido siempre palos cuando el padre se enteraba de alguna de sus mentiras se quedará sin duda asombradísimo si de repente no recibe ninguno. Seguramente se dirá al principio: ¡Esto es estupendo, ahora puedo mentir a mis anchas! Seguirá mintiendo incluso años, aunque nunca oiga una mentira de su padre ni de su madre. Pues donde la mendacidad ha echado raíces, es muy difícil volver a desterrarla. Pero ¿no llegará, antes de lo que se espera, el día en que por lo menos *ya no mienta* a sus padres? ¿Por qué miente, al fin y al cabo? En la inmensa mayoría de los casos, por miedo a los palos. En parte también, sin duda, para fastidiar a los padres. Es su venganza por los palos de antes. Pero si ya no tiene que temer palos ni castigo <!-- S. 36 --> alguno, ni tiene palos anteriores que vengar, en muchos casos le falta todo motivo para mentir. A otras personas, sobre todo a los maestros, a quienes considera sus enemigos jurados, probablemente seguirá mintiéndoles. Pero a los padres no, en cuanto sepa que de ellos no tiene nada malo que temer, sino que, al contrario, encuentra en ellos apoyo en cualquier situación difícil. — ¿Y no habría otro medio de hacerle notar que los padres están muy descontentos con su mentira? *No se tenga a los niños por más tontos de lo que son.* Un chico que ve que sus padres nunca mienten y sienten horror ante cualquier mentira, ¿se va a figurar a la larga que van a hacer una excepción precisamente con su mentira? Quien quisiera probar alguna vez el método aquí propuesto llegaría a resultados sorprendentes. Pero, desde luego, es necesario que el horror a la mentira no se finja, sino que se sienta real y sinceramente.

*Julian Borchardt*, Wie sollen wir unsere Kinder ohne Prügel erziehen? [¿Cómo educaremos a nuestros hijos sin palos?]. (Editorial del «Vorwärts», Berlín.)

### Educación para la mentira

Ante la junta escolar suiza reunida en pleno está un chico de diez años. Se desarrolla el siguiente juicio.

El presidente: «¿Por qué no has venido a la escuela los últimos cinco días?»

El chico: «Madre estaba enferma, tenía que quedarme en casa.»

Presidente: «¿Qué enfermedad tiene tu madre?»

El chico: «No lo sé.»

Presidente: «Vaya, no lo sabes; ¿estaba tu madre en la cama?»

«El chico: «No.»

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Presidente: «¿Qué has hecho en casa?»

El chico: «Trabajar.»

Presidente: «¿Trabajar en qué?»

El chico: «De todo.»

Presidente: «Di la verdad: has ido todos los días a patinar.»

El chico: «¿Quién lo ha dicho?»

Presidente: «Te han visto; tu madre no estaba enferma; eh, mocito, ¿no es así? ¿Por qué has faltado a la escuela? Pero no mientas más, dinos la verdad, o habrá golpes. ¿Tenías que quedarte en casa?»

El chico: «No, es que prefería ir al hielo; por eso dije en casa que no había escuela, y al maestro, que tenía que quedarme en casa.»

Presidente: «Vaya, vaya, así que has mentido en casa y en la escuela, ¿eh?»

El chico: «¡No lo haré más!»

Presidente: «Bien, ahora otra cosa. El maestro dice que les quitas cosas a los niños. Las buscan por todas partes, y a los tres o cuatro días las vuelves a traer. ¿Dónde metes las cosas?»

El chico: «¡Las escondo en casa!»

Presidente: «¿Por qué haces eso?»

El chico: «Porque es divertido cuando todos buscan.»

Presidente: «Hum, una alegría peculiar, pero que se castiga severamente. Puedes retirarte ahí a la habitación de al lado hasta que te llame. ¿Qué dicen ustedes, señores? ¿Cómo castigamos a este chico echado a perder?»

Varias voces: «Palos, arresto, recuperar las horas de clase en que hizo novillos.»

Entonces el vecino del chico, que casualmente también forma parte del consejo escolar, pide la palabra.

«Señores, una palabra. ¿No preferiríamos castigar al padre antes que al muchacho?»

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Asombro general.

Presidente: «Explique, por favor, señor doctor, ese extraño deseo.»

Doctor: «Pues escuchen, señores. Vivo justo al lado de donde vive el pequeño pecador, y muchas veces me he puesto a pensar en la educación del pequeño. En el jardín el padre jugaba a menudo a la pelota con los pequeños. Arnold tenía entonces tres o cuatro años. De repente, un gran berrido del chico: ¡la pelota ha desaparecido! El pequeño busca y grita. El padre está allí al lado; al cabo de unos cinco minutos saca la pelota del bolsillo: “¿Ves? Ya la hemos encontrado”. El chico grita de alegría: “Padre, la tenías tú, por eso no la encontraba yo”. Mi mujer ha observado muchas veces cómo Arnold hacía exactamente lo mismo con nuestros hijos. El padre le enseñó también a coger rápidamente azúcar de la mesa sin que lo vea mamá. Dicen que el chico tiene en eso una gran habilidad. Una vez el chico está mucho rato en la esquina junto a mi jardín. Yo lo he estado observando. Espera algo, pienso para mí. Le pregunto: “¿Por qué estás tanto rato solo? “Tengo que esperar al señor, al viajante de la maletita negra. Entonces tengo que decirle: El padre no está en casa, ha ido a un entierro a Zúrich.” “Vaya, ¿y quién se ha muerto en Zúrich?” “Nadie, pero es que el viajante no puede venir, el padre ahora no tiene dinero. Sí, y el padre ha dicho que, si lo hago bien, me da 20 Rappen[^t13]. Allí viene, ese es. Adiós, señor doctor.” Ya entonces me dio lástima el chico porque lo educan así. Y en el taller donde trabaja el padre, el chico ha tenido que disculparlo muchas veces por enfermedad, cuando al padre solo le faltaban las ganas de trabajar. ¿Qué tiene de extraño que el chico despierto haga las mismas manipulaciones? En mi opinión, el castigo le corresponde al padre.»

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Al chico se le explica lo indebido de su modo de obrar y se le advierte que no vuelva a hacer algo así.

El padre recibe un escrito que no le gusta. En casa el chico recibe palos por haber dicho la verdad. ¿No es cruel?

(Zeitschrift für Jugenderziehung [Revista de educación de la juventud].)

### La visita

Pues sí, el tío Franz había venido y le había dado a la madre un gran pfennig blanco[^t14], y a él, a Alfred, le había traído un cucurucho de golosinas.

No era agradable estar en la estrecha habitación con el cucurucho en la mano y una sensación tan tonta en el corazón: rápidamente el pequeño se escabulló a la calle.

¡Es tan terriblemente bonito cuando pasan zumbando los tranvías y cuando vienen los carros de carga, de los que uno puede colgarse . . .!

Y qué piernas tan largas tienen los caballos . . .

Y el Willi de los Wenk también está . . .

«Sí, tenemos visita», dijo dándose importancia a sus compañeros de juego, y les dio de sus golosinas, «ha venido el tío Franz, me ha traído un cucurucho y le ha dado a mi madre un pfennig blanco grande, muy grande.»

Cuando ya había retozado y jugado bastante y volvió a casa, la madre lo recibió con reproches.

«Imagínate», le dice a su marido, «vino tu hermano y me devolvió los cinco marcos, y para Alfred un cucurucho de golosinas, ¿y qué hace el mocoso? No da las gracias, y en cambio se va a la calle y les cuenta a todos los niños que ha venido el tío y me ha dado dinero. Así me pone el granuja en boca de la gente . . .»

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«Ay, tú…», levantó la mano para pegarle, porque los insultos la habían puesto furiosa; pero el padre se puso serio y dijo: «Deja los palos, mujer. Alfred es un niño; ¿quieres que *mienta*?»

A Alfred se le saltaron las lágrimas. No se sentía culpable de nada. Se había *alegrado* tanto de contar algo nuevo, y no era ninguna mentira. Sí, estaba *orgulloso* de que el tío Franz viniera a ver a *su* madre.

*Max Barthel.*

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## ¡Deja que el niño tenga voluntad!

El hombre ha de poseer una voluntad libre, fuerte, independiente. En ello están el valor y la grandeza de su personalidad. Todo el trabajo educativo sobre el hombre culmina por eso en la formación de la voluntad. Hasta ahora, el modo y el fin de la formación de la voluntad los dictaba siempre la necesidad de dominio de la clase poseedora. Pero ahora que el proletariado ha despertado a la conciencia de clase y libra luchas por sus intereses de clase, queremos que la *juventud crezca como una generación libre, fuerte y consciente de sí*, cuya voluntad se dirija a la más alta de todas las metas de la cultura: la liberación de la humanidad de la pobreza, la servidumbre y las tinieblas. Quien priva a los que quieren y luchan de sus armas más importantes en esta lucha —su voluntad valiente y resuelta— comete un grave crimen contra el futuro, un pecado contra el espíritu santo de la libertad y de la humanidad. Que se lo apliquen sobre todo quienes todavía creen en *la omnipotencia de la obediencia en la educación*. La obediencia es necesaria y útil; pero justificación moral y pedagógica solo la tiene cuando la sostienen la comprensión y la decisión voluntaria. Toda obediencia forzada, violenta, prestada a regañadientes perjudica la educación de la voluntad, pone en peligro el desarrollo de la personalidad, hace del hombre un cadáver sin voluntad[^t15]. Por eso, *deja que el niño tenga una voluntad libre e independiente*, para que la fortalezca y la ejercite con el uso y la práctica; no prohíbas demasiado; no estreches la autodeterminación del niño de un modo tan insoportable que se convierta en esclavo de tus órdenes y de tu arbitrariedad. *Un niño debe poder hacer todo* lo que no perturbe ni ponga en peligro los derechos y el bienestar de los demás.

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### No quebrar, sino doblar

Muchas veces me han planteado madres la pregunta de si es del todo correcto quebrar la voluntad propia del niño, a lo que los padres suelen estar muy inclinados. En efecto, una *voluntad propia fuerte y consciente de sí* es, en nuestra época de reglamentación y disciplina, y no solo de los niños, *algo tan valioso* que la pregunta parece muy justificada. Solo que siempre se plantea demasiado tarde. *Quebrar solo hay que hacerlo allí donde algo se ha vuelto demasiado duro para doblarlo.* Que llegue siquiera a surgir la pregunta de quebrar la voluntad es siempre ya *un descuido de la primera educación*, que debería empezar como mínimo exactamente con la primera hora de vida del niño. La voluntad del lactante no hay que quebrarla, sino dirigirla. Pero quien, por comodidad o por buen corazón, le cumple al niño de pañales también sus deseos injustificados compra décadas inquietas y llenas de preocupaciones a cambio de un cuartito de hora de tranquilidad externa. Una voluntad enérgica, consciente de sí, fuerte y no quebrantada crece también allí donde los padres han sabido dar dirección al tallo joven de la voluntad con la tracción y la contrapresión más suaves y ligeras.

*R. Penzig*, Ernste Antworten auf Kinderfragen. (Editorial de G. Reimer, Berlín.)

### Las madres intolerantes

¿Pueden sus hijos vivir aunque sea un solo día al año según *su* voluntad? ¿O no los cargan y atormentan más bien cada día con prohibiciones inútiles? *Esto* no deben hacerlo y *aquello* deben dejarlo. Tienen que interrumpir por motivos fútiles los juegos empezados; los juegos ruidosos están prohibidos, los alborotados se rematan con una tunda. Quieren ayudar a la madre a cocinar, a lavar, a ordenar. <!-- S. 43 --> Pero enseguida la madre lo rechaza: «Si no haces más que desordenar». Así que sienta al niño en el taburete y le tapa la boca con un trozo de pan. El niño tiene que estarse quieto justo cuando le hormiguean todos los miembros de ganas de moverse; lo destierran al rincón con su muñeca, cuando acababa de descubrir, para su encanto, una palangana con agua; tiene que estar metido en la habitación justo cuando con tantas ganas jugaría fuera en la arena. Así su gusto se le convierte diez veces al día en disgusto, su afán en inactividad, su alegría en desgana, su actividad en aburrimiento. ¿Y por qué? Porque la madre siempre quiere precisamente otra cosa, y porque además piensa que es un error *dejarle al niño hacer su voluntad.*

*Pero el padre tiene exactamente igual de poco respeto por el niño*; solo tiene otro método. Cuando está en casa, los niños tienen que cuadrarse en respeto y obediencia. Ay de aquel a quien le apetezca precisamente otra cosa que lo que el padre manda. El chico está indignado en lo más hondo de su corazón cuando lo apartan una y otra vez de una historia apasionante solo para llevarle al padre el sacabotas o las cerillas o el periódico. Lo lleva, naturalmente, porque sabe que tiene que hacerlo; pero ni se le ocurre hacerlo con gusto. Nunca hará con gusto un trabajo que le imponga este padre violento.

*Hulda Maurenbrecher*, Wachstum und Schöpfung. (Editorial de E. Reinhard, Múnich.)

### De los andadores morales

El hombre siente una aversión natural contra todos los mandatos y prohibiciones. Siempre quiere hacer su propia voluntad; si lo dudas, lector mío, observa tú mismo lo que pasa en ti cuando tu libertad se ve limitada por mandatos y prohibiciones. Tan pronto como en los niños <!-- S. 44 --> empieza a despuntar lo humano, tan pronto como se desarrollan las facultades del espíritu, se muestra también la aversión a los mandatos y las prohibiciones. Si se intenta entonces llevarlos de los andadores con mandatos y prohibiciones y con los castigos y recompensas que van unidos a ellos, surgen el enfado y la aversión contra el que manda, se despierta un afán de esquivar sus leyes, y cuando cesa la relación con el legislador, aparece el desenfreno, porque ya no hay nada que impida satisfacer los deseos que hasta entonces abrigaban y tenían que reprimir.

*Déjese, pues, al niño hacer siempre su propia voluntad, y será bueno.*

¿Os horroriza esta afirmación? ¿Preguntáis para qué hace falta el educador si el niño ha de hacer siempre su propia voluntad?

Queridos amigos, mi opinión es esta: el educador debe procurar llevar al educando a que él mismo quiera el bien y lo haga, no porque otros se lo manden y le prohíban lo contrario, ni porque espere recompensa por cumplir el mandato y castigo por infringirlo, *sino porque él mismo lo quiere.*

*Chr. Gotth. Salzmann*, Ameisenbüchlein [Librito de las hormigas]. (Editorial de Ph. Reclam, Leipzig.)

### Ninguna voluntad propia y, sin embargo, reproche

Una madre está de visita con su chico de cuatro años en casa de una amiga. Se toma café, y la señora de la casa pregunta al pequeño invitado: «¿Quieres un trozo de pastel o prefieres un panecillo con mantequilla?»

El chico pide pastel. Pero apenas ha dado unos bocados, pide panecillo.

La señora de la casa está dispuesta a mandar a buscar enseguida [panecillos][^t16]. La madre, en cambio, declara que entonces mejor le den <!-- S. 45 --> pan negro. A la nueva pregunta de la señora de la casa, el niño se decide por el panecillo. Lo traen de la panadería.

Después de dar un bocado, el chico declara que preferiría pan negro.

A la madre le resulta penoso y ofrece al niño otra vez pastel. Pero la amable señora de la casa manda traer pan negro. Pero apenas ha comido el chico un poco, le entran ganas de pastel. No se le niega el deseo, y ahora se regala con el pastel.

¿Merece ahora un reproche el chico de cuatro años, o lo merecen las dos mujeres? Sin duda las segundas, pues «no tiene sentido poner a un niño pequeño ante una elección. Para decidirse a favor o en contra de una cosa hay que poder calcular sus ventajas o desventajas. ¿De dónde les va a venir a los niños esa experiencia? En la mayoría de los casos solo pueden decidirse a la buena de Dios y por eso tienen que equivocarse a menudo en sus decisiones». Todavía no saben lo que quieren, y eso no es ninguna vergüenza para ellos. Lo necio es solo que los adultos pongan a los niños ante decisiones independientes.

*J. Prüfer*, Kleinkinderpädagogik. (Editorial de Otto Nemnich, Leipzig.)

### La verdadera terquedad

«Oye, quiero ver tu reloj», declaró Teddy, el pequeño, tirando de la cadena de mi reloj y revolcándose en mi regazo.

«¡Ay, sííí, yo también!», gritó Bob, tomando a toda prisa posesión de mi otra rodilla y limpiándose de paso, sin ningún reparo, los zapatos polvorientos en mis pantalones y en los faldones de mi chaqueta. Cada pillo, para no caerse, me pasó el <!-- S. 46 --> brazo por el cuello mientras yo, obediente, abría la tapa del cristal y les enseñaba la esfera de mi reloj de trescientos marcos.

«Yo digo que quiero ver cómo dan vueltas las ruedecitas», dijo Bob.

«Ve las uedecitas da vuetas», repitió el eco[^t17].

«No, niños, aquí no puedo abrir el reloj, aquí hay demasiado polvo.»

«¿Y eso qué importa?», opinó Bob.

«Quiero ve las uedecitas da vuetas», gritó Teddy otra vez.

«No puede ser; el polvo malo se mete dentro y estropea las ruedecitas», intenté convencerlo.

«Quiero ve las uedecitas da vuetas», repitió el jovencito por tercera vez.

«Te digo que no puede ser, Teddy. El polvo estropea los relojes.» Mi voz sonaba bastante severa.

Los inocentes ojos grises del niño me miraron asombrados, la boquita sucia y bonita se abrió despacio y murmuró: «Quiero ve las uedecitas da vuetas».

Resuelto, cerré el reloj y me lo guardé. Entonces el labio inferior de Teddy empezó a volverse hacia fuera de un modo inquietante, cada vez más y más, tanto que temí seriamente ver pronto al descubierto los huesos de su barbilla. De pronto se le cayó además la mandíbula inferior y, con un berrido asesino, sonó: «Aaah — h — h — h — h las ue — de — ci — tas da — vueeee — tas — —».

«Karl», grité —ese es en realidad su nombre de pila—, «Karl, deja ahora mismo de berrear, ¿me oyes?»

«— — Sa — a —, — oo — u — hu — u — u — u — —»

«¿Vas a parar de una vez?»

«Las — ue — de — ci — — — — —»

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«Teddy, escucha, tengo caramelos en mi maleta; no te daré ni uno solo si no dejas de berrear.»

«Ya solo quiero ve las uedecitas — da — vuetas, hu — u — hu — u — u —»

«Pero, Teddy querido, mira, ahí vienen dos señoras en un coche elegante; ¿qué van a pensar si te ven llorar así? Ya verás dar vueltas a las ruedecitas en cuanto lleguemos a casa.»

El coche en que iban las señoras se acercó peligrosamente cuando mi Teddy volvió a alzar la voz: «Ah — h — h, las uedecitas da vuetas — iihhh — — —».

*Fuera de mí, saqué el reloj del bolsillo, abrí la caja y le dejé contemplar el mecanismo.*

*John Habberton*, Helenes Kinderchen [Los chiquillos de Helena][^t18]. (Editorial de Josef Singer, Estrasburgo.)

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## ¡Observa a tu hijo!

El alma del niño encierra un mundo propio y maravilloso que, sostenido por oscuros instintos e impulsos, dominado por afectos incontrolados y todavía desenfrenados, se manifiesta de mil maneras y malas maneras, y encuentra expresión y forma en cada momento en una cantidad infinita de intentos y actividades, de deseos y anhelos. Como por un país de cuento camina el niño pequeño por este mundo, tanteando y jugando, gozando de los sentidos, inconsciente . . . Al educador el mundo del niño debe serle consciente y familiar, conocido y presente en toda su peculiaridad. Debe conocerlo en todas sus bellezas y riquezas, como en sus carencias y desequilibrios. Como un libro abierto debe estar ante su mirada el interior del niño. *El mejor observador y conocedor del alma infantil será el mejor educador del niño.* Esta alma infantil exige, desde luego, un estudio serio, profundo y aplicado. Cómo vive y trabaja el niño en lo espiritual, cómo habla, reflexiona, juega y crea . . . eso es lo que hay que observar, comparar, examinar; ahí hay que investigar causas, descubrir relaciones, seguir efectos. Todo está todavía en devenir y en crecimiento; se produce un constante germinar y apremiar; un abigarrado y juguetón revoltijo de progresos y frenos, de cosas a medio hacer y de cosas superadas desfila ante nosotros. Desde luego, no es un estudio fácil un alma infantil así, no es una afición de ratos libres; pero es una ocupación amable, que alegra el corazón, para todo aquel a quien los niños son capaces de dar alegría, un deber educativo que lleva en sí mismo su dicha y su recompensa y agradece todo esfuerzo con abundantes frutos.

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### Cada niño es distinto

La observación más sencilla nos enseña que cada niño trae al mundo sus peculiaridades. Si Darwin informa, y sin duda todos admiten, que ya en niños muy pequeños aparecen movimientos expresivos del todo específicos que han heredado comprobadamente de su padre o de su madre, bien puede suponerse que también se han heredado peculiaridades del sentir. Precisamente la vida afectiva es desde el principio muy diversa: compárese solo al niño irritable y colérico, al manso, al flemático, y dúdese todavía de las diferencias innatas, al menos en el sentimiento: el temperamento apenas puede cambiarse, está fijado desde el principio. También el tempo del sentimiento, la rapidez, por ejemplo, del agarrar y del rechazar, es muy distinta en los distintos niños; que lo es también la tonalidad afectiva de determinados grupos de representaciones y de complejos enteros no puede ser dudoso. *Cada niño vive desde su más temprana infancia en su mundo particular.* Si se piensa en la importancia del sentimiento para toda la vida intelectual, está claro que también esta ha de ser de distinta índole en cada niño. Si el niño, precisamente, solo recoge a menudo lo que le da alegría, si solo se le graba lo que le produce placer o dolor, muy pronto también la imagen del mundo de cada niño tendrá que ser distinta. Cada vez parece más claro, además, que desde temprano los hombres prefieren distintos sentidos para captar el mundo, uno el oído, otro la vista: así puede suponerse que lo mismo deja huellas muy distintas en distintos niños.

*Max Brahn*, Das Seelenleben des Kindes [La vida anímica del niño] (Das Buch vom Kinde [El libro del niño]. Editorial de B. G. Teubner, Leipzig.)

### La transformación

—Una hermosa tarde de descanso podría tener —dijo el padre, pensativo y con cara de fastidio, mientras <!-- S. 50 --> volvía a casa del trabajo—, si no fuera por el mismo disgusto tarde tras tarde . . .

Y ante sus ojos apareció la escena odiosa que se repetía todas las tardes en cuanto ponía el pie en el umbral: la mujer, alterada; los niños, huraños y llenos de miedo en los rincones; luego, el informe de las *innumerables travesuras* cometidas durante el día a pesar de muchas amonestaciones y advertencias . . . El mayor ha roto el cristal de la ventana del vecino . . . Ernst ha trepado por la cerca, se ha roto los pantalones y ha pisoteado los pepinos cuidados con tanto trabajo . . . Gustav ha venido a casa con la ropa mojada, chorreando de arriba abajo . . . Fritz ha . . . el pequeño ha . . .

Todas las tardes el mismo parte. Y todas las tardes la rabia se apoderaba del padre; reñía y se enfurecía, se desabrochaba el cinturón y *la emprendía a golpes con la chiquillería que aullaba.*

Era espantoso. Y todas las tardes, cuando el sosiego del descanso se había ido al diablo, venían la reflexión y el ejército de los reproches: debiste quedarte tranquilo, ¿para qué los golpes todos los días? Y entonces el estado de ánimo se volvía aún más sombrío y desconsolado.

Tampoco hoy se había equivocado. Parte. Ejecución. Gritos y agitación. Una escena repugnante y torturadora. La madre llevó a la cama a los niños, que lloraban, y el padre, todavía hirviendo de ira, se paseaba de un lado a otro.

—No deberías haberles pegado tan fuerte hoy . . .

—¡Encima me vienes con reproches! —le espetó él—. Primero me cuentas mil travesuras de esos vagabundos, hasta hacerme creer que tengo los hijos más descarriados de todo el pueblo, ¡y luego te pones de su parte!

—Ay, los niños no son tan malos como piensas. *Ninguno puede dormirse sin haber <!-- S. 51 --> abrazado a su madre y haberle dado un beso.*

El padre se queda parado delante de la madre con la mirada fija.

—¿Mis chicos? — — ¿Te abrazan? — — ¿Y te dan un beso? — —

La madre está avergonzada, porque se siente en parte culpable de que un padre no tenga la menor idea del verdadero modo de ser de sus hijos. ¿Cómo iba a tenerla? Se va temprano, vuelve tarde por la noche. . . . Y el poquito de domingo. . . .

—¿Mis chicos? —repitió el padre, preguntando y meneando la cabeza—. *¿Eso hacen estos granujas, estos malvados?*

Estuvo toda una noche pensándolo y dando vueltas de un lado a otro con sentimientos muy tontos y torturadores. Después decidió no pegar más y, en cambio, *observar* a los niños dondequiera y cuandoquiera que pudiera.

Y los observó con creciente asombro. Desde luego, eran vivos, revoltosos, salvajes; *pero en el fondo de su corazón, unos chicos espléndidos y buenísimos.* Toda la culpa había sido suya. Como en una tierra recién descubierta miraba en los corazones de sus hijos. ¡A unos chicos tan queridos, tan alegres, tan encantadores ya no podía pegarles!

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## ¡No des alcohol a los niños!

Si el orgullo y la riqueza de una nación consisten en la fuerza, la salud y la aptitud para la vida de todos sus miembros, para una clase de la población —sea la que sea— no puede haber deber más importante ni más sagrado que procurar una generación sana, fuerte y apta para la vida. *La clase obrera tiene además un deber particular.* Necesita ante todo una generación fuerte y dispuesta a luchar por la liberación del proletariado, capaz y lo bastante idealista para entusiasmarse sincera y abnegadamente por los fines de la lucha proletaria de emancipación. La revolución de la sociedad presupone una revolución de los cerebros. Por eso toda la esperanza del proletariado descansa en las generaciones venideras, en las todavía no nacidas, que suben detrás de nosotros. Ellas tendrán que librar las luchas decisivas, levantar el hermoso edificio de la humanidad. Serán maestros y oficiales, obreros y peones, cada cual a su manera, con la llana en una mano y en la otra la espada[^t19]. Cabezas claras e inteligentes, ojos despiertos y agudos, manos ágiles y hábiles, y una voluntad sincera y enérgica harán falta para ello. Quien nos inutiliza el cerebro y las manos, los ojos y la voluntad, pone en peligro la obra y es nuestro enemigo. *El alcohol es ese enemigo.* Impide que los niños se hagan sanos y fuertes, inteligentes y de voluntad firme; enturbia el espíritu y paraliza la decisión, desgasta la fuerza y echa a perder el carácter. Ante la tarea enorme que tiene planteada el proletariado, y ante el ejército de enemigos que tratan todos de frustrar la solución de esa tarea, no te conviertas tú mismo, encima, en el corruptor de tus mejores combatientes y de tu obra: *No des alcohol a los niños.*

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### ¡La mano en el corazón!

Obrero alemán, ¿cómo andas tú? ¿Haces todo lo que puedes hacer para que tus hijos sean capaces? ¿Evitas todo lo que puedes evitar para que no les haga daño? ¿Puedes responder a estas preguntas con un «sí» sincero y sin reservas? — *No*, no puedes, no debes hacerlo mientras, siguiendo costumbres heredadas, tú mismo tomes bebidas alcohólicas a menudo en exceso y envenenes así los gérmenes de los que han de brotar tus hijos, mientras, en funesta ceguera, les des tú mismo a probar la bebida embriagadora que los corrompe, que los hace sus esclavos y se erige en dueña de su destino cuando aún son débiles y no tienen apoyo. *¡Fuera las bebidas alcohólicas, fuera el alcohol de la vida del niño!* Déjalos crecer limpios y claros, deja que su alma joven se despliegue libre y sin quebrantar, no consientas que vean el mundo a través de la engañosa penumbra del aturdimiento alcohólico. Una generación fuerte ha de crecer en las filas juveniles del proletariado alemán, que con los sentidos despejados, con una voluntad obstinada e inflexible, marche hacia sus altas metas. Pero quien ya de niño se ha hecho esclavo del alcohol, veneno del cerebro que asesina el carácter, ya no llegará a ser un hombre entero: queda debilitado y sin nervio para toda su vida.

*Dr. med. Holitscher*, Alkohol und Kind [Alcohol y niño]. (Editorial: Deutscher Arb.-Abst.-Bund [Liga Alemana de Obreros Abstemios], Berlín.)

### La naturaleza nos deja elegir

O bien tenemos que cargar, en nosotros mismos y en nuestros hijos, con las consecuencias de nuestro modo de vida, o bien tenemos que evitar lo que echa a perder cuerpo y espíritu. O bien tenemos que ceder a los caprichos de nuestros momentos de debilidad, o bien aprender a renunciar a presumir del progreso de la humanidad. O bien tenemos que construir cada vez más <!-- S. 54 --> hospitales y asilos para enfermos incurables y manicomios y cárceles y presidios, o bien hacernos dignos, por la disciplina de nosotros mismos, de una descendencia que vuelva la vista hacia todas estas instituciones como nosotros miramos los miles de leproserías que construyeron nuestros antepasados en la Edad Media.

*Prof. Dr. Sticker*, Gesundheit und Erziehung [Salud y educación]. (Editorial de J. Ricker, Giessen.)

### El fin

Entré en una taberna de pueblo. Alrededor del mostrador, detrás del cual se bamboleaba atareada la barriguita del tabernero, estaban en semicírculo campesinos y obreros. Todos con los vasos en la mano, riendo y en animada conversación. Cuando me hube quitado el sombrero y dejado el bastón y me hube sentado, advertí en el grupo a un hombre que destacaba de todos los demás y llevaba la conversación con mucha palabrería y gestos nerviosos. Entretanto guiñaba sus ojos vidriosos y fijos a la moza de la taberna, que, apoyada en una mesa, miraba el jaleo.

Era un vagabundo, que acababa de entrar desde la carretera y había ido a parar entre el grupo de parroquianos; muy andrajoso en el vestir, sin cuello, con unos pantalones raídos sobre unos zapatos polvorientos y gastados. Más que la ropa que le colgaba en torno al cuerpo flaco, interesaba la cara: enrojecida por el aguardiente, barbuda, con una mirada ausente y, sin embargo, no falta de inteligencia. El tipo de un hombre que ha conocido días mejores. . . .

Hablaba de Buenos Aires, donde decía haber estado, de Norteamérica, de los viajes por mar, del puerto de Hamburgo . . . . medio curiosos y asombrados, medio incrédulos, lo escuchaban los demás.

Y poco a poco . . . uno le gritó que le pagaba otro vaso . . . el vagabundo empezó a sacar cada vez más cosas del hatillo de su peregrinación por la vida.

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También él venía de una casa de comidas, era hijo de gente rica; nadie le había cantado en la cuna que acabaría un día de vagabundo.

«Mi padre era un hombre bueno, pero débil . . . No aguantaba nada . . . ni cerveza, ni vino, ni aguardiente . . . y tenía que salir, sin embargo, salir mucho, pues sí, ya se sabe cómo es eso . . . así que me llevaba siempre con él. Y yo tenía que beber por él. Se alegraba cuando me gustaba la cerveza . . . estaba orgulloso de que pronto aguantara mucho, más que un adulto. . . Este es un chico que vale para el mundo, decía; un tipo capaz tiene que poder aguantar a tiempo algo fuerte. . . El buen padre, no lo hizo con mala intención. Pero de esa manera me enseñó a emborracharme. . . Cuando murió, me dejó una gran herencia. . . Pero también la borrachera . . . y me lo he bebido todo . . . he ido cayendo poco a poco, hasta abajo del todo, cada vez más hondo, . . . solo por la borrachera.»

En la sala se había hecho el silencio. Unos miraban pensativos ante sí; otros dejaban descansar sobre el vagabundo sus miradas, en las que se leían compasión y lástima.

Pero él —la mano flaca agarrada como una garra a la jarra de cerveza— miraba con ojos vacilantes al vacío.

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## ¡Educa en la independencia y la confianza en sí mismo!

Nuestros hijos han de llegar a ser personas libres, rectas, independientes. Eso es lo que deseamos y queremos de ellos. ¿Pero qué desean ellos de nosotros? *Que los eduquemos en la independencia, en la responsabilidad propia y en la confianza en sí mismos.* Solo las personas que han aprendido pronto a usar, probar y dominar su voluntad serán capaces de gobernarla. Solo las personas que disponen libremente de su voluntad pueden hacerse conscientes de la magnitud de la responsabilidad que asumen al ejercer su voluntad. Y solo las personas que se han acostumbrado a poner en segura concordancia voluntad, acción y responsabilidad llegarán a una confianza en sí mismas grande e infalible. Aquí están las condiciones previas para la entrega valerosa a una meta elevada, para la perseverancia fiel en luchas duras y llenas de sacrificios, para la fuerza moral de una firme confianza en la victoria. Por eso comete un grave error con sus hijos, como con su clase, quien obliga a los niños a una dependencia y falta de libertad permanentes, estrecha su voluntad y paraliza su decisión propia. Padre, ¿puedo . . . Madre, ¿me dejas . . . eso está prohibido . . . eso está permitido: con estas espalderas de alambre y estos collares de púas se amaestra y se tiraniza, pero no se *educa*. En las cuestiones grandes, sopesa con el niño el pro y el contra, procura ganar su comprensión y su convicción, pero no te cierres por principio a sus argumentos; la última decisión es tuya, y entonces puedes también, si hace falta, pronunciar alguna vez una palabra de autoridad. Pero en las cosas pequeñas, *deja al niño mano completamente libre.* Crecerá en esta independencia y llegará a ser una personalidad libre, valiente y propia.

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### ¡Nada de tiranía!

Se oye decir a menudo que la voluntad del niño ha de ser «quebrada», que la mejor educación de la voluntad en el niño consiste en que aprenda a someter su voluntad a la de los adultos. Aparte de la injusticia que subyace a todo proceder tiránico, esta idea es absurda, porque el niño no puede renunciar a lo que no posee en absoluto. Le impedimos así formar su propia fuerza de voluntad y cometemos un error muy grande y censurable. Nunca tiene tiempo ni ocasión de ponerse a prueba, de conocer su propia fuerza y sus límites, porque siempre se le detiene y se le somete a nuestra tiranía, y sufre la injusticia de que se le reproche constantemente no tener lo que, sin embargo, los adultos destruyen constantemente en él.

*Dr. Maria Montessori*, Selbsttätige Erziehung [Educación autoactiva][^t20]. (Editorial de Jul. Hoffmann, Stuttgart.)

### Independencia también en los niños débiles y enfermizos

Hay niños cuya *disposición nerviosa* solo pudo desarrollarse tanto porque su madre nerviosa estaba siempre pendiente de ellos y les enseñaba a tomar todas las dificultades, todo lo que entraña peligro, del modo más grave. *Pero los niños tienen que aprender a atreverse*, ¡tienen que intentar y probar! Es mejor, por ejemplo, enseñar al niño a usar las tijeras que prohibírselas. Aparte de que en un momento en que no se le vigile echará mano a la cosa prohibida y entonces podrá herirse fácilmente por torpeza, es educativo permitirle manejar una cosa en cierto sentido peligrosa una vez que ha aprendido a manejarla bien. Eso ejercita el valor, la energía y la <!-- S. 58 --> habilidad. Cuantas más acciones de este tipo aprenda a atreverse el niño, mejor. Un niño debe ejercitarse también en llevar cosas frágiles; no hace bien quien se las quita sin más de la mano. ¿De dónde va a sacar audacia si se le hace esquivar todos los escollos? Enseñad a los niños (también a las niñas) cómo trepar, y luego dejadlos trepar: ¡eso da fuerza y templa el valor! Enseñad a los niños cómo hay que cruzar una calzada, y luego dejadlos cruzar solos, primero bajo vuestra vigilancia. A un niño acostumbrado a la independencia le ocurre una desgracia con menos facilidad que a los que están siempre vigilados y se mantienen en dependencia. Los adultos tampoco deben ocuparse de cada riña que estalla en el círculo de los niños; mientras no se trate de conflictos serios y duraderos, los pequeños tienen que salir solos del pleito. Cosas así no hay que tomarlas de modo demasiado trágico delante del niño; si no, la personita se cree importantísima; tampoco deben compadecerla los educadores «porque los otros son tan malos con ella». *Se favorece el desarrollo de la susceptibilidad y del capricho* cuando se da siempre la razón al niño y se echa la culpa a los demás. Ya con el niño muy pequeño se empieza con esta necedad cuando se pega a la mesa con la que se ha golpeado. «La próxima vez ten más cuidado» es una respuesta más consecuente.

*Nelly Wolffheim.* Die erziehliche Beeinflussung und Beschäftigung kranker Kinder [La influencia educativa sobre los niños enfermos y su ocupación]. (Editorial de L. Oehmigke, Berlín.)

### Ejemplos varios

En el tren va sentado a mi lado un niño pequeño. Celosamente guardado por su madre, mira el mundo con ojos despiertos. La locomotora, que resopla y echa vapor, despierta su especial interés.

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Apenas se pone el tren en marcha, se arrodilla en el asiento. Quiere ver el puf, puf; ¡puf, puf!, exclama una y otra vez.

Pero la madre no consiente que esté de rodillas en el asiento y mire por la ventana. Tiene que estar sentado como es debido, como ella misma y como los demás . . . tieso, sin interés, embotado.

A sus repetidos intentos de apartar al pequeño de la ventana y clavarlo en su asiento, digo yo, conciliador y con una sonrisa alentadora hacia el pequeño: «Ay, si no molesta, y está sentado tan formal . . .»

Entonces la madre replica secamente: «Aunque sea así, *no tiene que salirse con la suya*».

¡Pobre chico!

\*

«¡Hoy te pones el vestido verde cuando salgamos de paseo!», manda la madre.

«Preferiría el blanco; es más ligero y con el calor me encuentro mejor con él.»

«¡Te pones el verde!»

«¿Pero por qué?»

«*¡Porque sí!* — Ni una palabra más.»

En el fondo es más sensato ponerse el vestido blanco, piensa la madre para sí; la niña tiene razón. Pero ahora ya ha dado la orden; perjudicaría, cree ella, a su autoridad que la niña se saliera con la razón. Así que se queda en el verde, que es grueso, molesto e incómodo. Lo que ella tiene por autoridad no es más que terquedad, y la niña llegará a ser más tarde una auténtica pelele o una persona rebelde y respondona.

\*

Dos niños pequeños juegan a la pelota. La pelota vuela por encima del seto y ya no se ve. Pero uno <!-- S. 60 --> cree que el otro la tiene en la mano. Entonces el hombrecito declara: «No la tengo, te lo digo yo, y si yo lo digo, es verdad». La madre, que está sentada al lado, se mete y pregunta otra vez si no tiene la pelota. El hombrecito vuelve a declarar con firmeza que no la tiene, pero la madre empieza a registrarle los bolsillos, le hace enseñar las manitas y no quiere creerle. Entonces el pequeño se suelta y grita furioso: «No la tengo, si lo estoy diciendo todo el rato». Otra mujer que pasa comenta: «¡Qué niño tan terco y obstinado!». Pero el niño no era en absoluto obstinado; solo exigía que se creyeran sus palabras verdaderas; quería confianza en su amor a la verdad y ha mostrado por primera vez lo firme y pura que es su voluntad, pero se ha desconfiado de él.

Otra escena: una niña de doce años ama apasionadamente los libros. Querría leer y leer; esa es su mayor felicidad. Pero la madre opina que las muchachas deben bordar y hacer ganchillo, y le quita los libros a la niña; tampoco le permite que pida libros prestados. Entonces la niña ahorra trabajosamente los pfennigs que le dan aquí y allá y se compra libritos de las bibliotecas infantiles baratas. Guarda con cuidado sus tesoros en el compartimento de los libros de la escuela. Un día los encuentra la madre, que se indigna, porque no ve en ello otra cosa que obstinación y terquedad. Le quitan los libros y se desata un gran juicio de castigo. ¿Era eso terquedad y obstinación? No, era la manifestación de una voluntad firme e inflexible que quiere alcanzar su meta. Una madre sensata no habría celebrado ningún juicio de castigo, sino que habría dicho: «Si tanto quieres los libros, quédatelos. No diré nada contra la lectura; *solo que no debes descuidar otros trabajos*».

*Emmy Freundlich.*

\*

<!-- S. 61 -->

Ahí salta un chiquillo despierto, delante de su madre, los escalones del tranvía y se planta radiante ante ella para oír reconocimiento por esta hazaña. Pero la madre es capaz, de verdad, de reñirle: «Si te hubieras caído, encima te habrías llevado algo». Porque quería que el chico esperara y se dejara bajar en brazos. Y casi se diría que en el fondo le sabe mal que el pequeño granuja no se haya caído, como «premio» a su atrevida independencia. ¡Madre extraña! Pero, siguiendo nuestro camino pensativos, ya volvemos a tropezar con un ejemplar de madre igual de extraño: quiere estar sentada en el banco al sol caliente, pero sus hijos quieren corretear. ¿No pueden conciliarse del modo más sencillo estos deseos distintos? Pero no, la madre no ceja hasta tener a derecha e izquierda un niño exteriormente «formal» e interiormente, como es natural, rebelde. Seguramente tiene también sus razones para comportarse así; solo que no conoce la única razón de peso: que los niños también pueden ser alguna vez independientes.

*Hulda Maurenbrecher*, Wachstum und Schöpfung. (Editorial de E. Reinhardt, Múnich.)

<!-- S. 62 -->

## No olvides que también tú fuiste niño

Te disgustan tus hijos. Son desobedientes y quisieras castigarlos. Se te ha acabado la paciencia. ¡Pero alto! Antes de coger el bastón, concédeme una pregunta: *¿No hacías tú también de niño, a veces, lo mismo que ellos?* Imagínate a tu padre cuando se enteró de que eras tú quien le había saqueado el manzano joven. O a tu madre, cuando te pilló en la despensa comiendo golosinas a escondidas. No siempre fuiste un niño modelo, y tus padres tuvieron más de un disgusto contigo. Te educaron como supieron; golpes no faltaron. Hoy dices seguramente: no me hizo ningún daño. Pero quizá habría sido mejor que se hubiera hecho sin golpes. Prueba alguna vez a ser más suave. *Piensa en tu infancia y lo conseguirás.* — Tus hijos te piden algo. Crees que no puedes conceder lo que te piden. Bien, seguro que tienes tus razones. Y es correcto ser consecuente, también al negar algo. Pero permíteme: quizá las razones solo son acertadas cuando uno se enfrenta al asunto *como adulto*. En el corazón y en el cerebro del niño las cosas se pintan de otro modo. Piensa y siente por una vez como el niño. *También tú fuiste niño.* — Tus hijos lo tienen mejor de lo que tú lo tuviste en tu juventud. Te alegras por ellos y te alegras de ello. Pero a veces te enfadas bastante cuando los niños no quieren reconocerlo, no lo aprecian ni lo agradecen. «Cuando pienso», dices seguramente, «en cómo lo pasé yo de niño . . .» Muy bien, piensa en ello y *no olvides que desde entonces han pasado treinta años o más.* En treinta años el mundo ha avanzado <!-- S. 63 --> un trecho. La juventud tiene hoy *derecho* a que le vaya mejor que a la juventud de entonces. Eso no es una gracia que haya que agradecer; son las cosas evidentes del desarrollo. Aprenderás a comprenderlas y a sentirlas como justas *cuanto más a menudo y más pensativamente recuerdes tu infancia.*

### Lo que me dice mi recuerdo

Mi hermano y yo éramos los peores granujas del pueblo. No había fechoría en la que no hubiéramos tomado parte. Ni un nido que no hubiéramos descubierto y destruido, ni un cerezo que no hubiera sido víctima de nuestro saqueo. Y todo esto *a pesar de* —mejor dicho: *a consecuencia de*— la más severa educación. Tres veces al día, cada vez que el padre llegaba a casa, había una tunda; entremedias zumbaban por docenas los sopapos, los empujones, los coscorrones y las bofetadas. Era a menudo espantoso verse todo el día amenazado, perseguido y castigado. La única salvación de este tormento era la voluptuosidad de la siguiente gamberrada, que, desde luego, daba cada vez una nueva aspereza a la situación. Sé muy bien que en el fondo yo no era malo, que tampoco las malas pasadas me daban una alegría especial. Sé también que a menudo nos propusimos ser niños buenos y formales. Pero cada vez un tortazo inesperado nos arrancaba de nuestros buenos propósitos, o una mirada torva del padre nos incitaba a un obstinado «¡pues ahora no!». Nadie nos comprendía; por eso nadie sabía tratarnos. Hoy no veo en los niños ningún mal hábito que yo no haya cometido también; pero recordando mi propia infancia, los comprendo y los perdono. Mi recuerdo me dice: *no son los niños los culpables, y tampoco los padres serían culpables si fueran como los niños . . .*

<!-- S. 64 -->

### La propia juventud

Cansado, pero con las mejillas rojas y los ojos brillantes, el pequeño Max, de ocho años, ha subido de la calle. ¡Era demasiado bonito allí fuera, en la pista de hielo lisa como un espejo! ¿Frío? ¡Claro! Pero qué maravilla volar así por la ancha superficie. ¡Y cuando uno de los compañeros se caía y luego todos rodaban unos encima de otros! ¡Ja, ja!

Maxito recibe su pan con mantequilla y tiene que desvestirse; la madre quiere llevarlo a la cama. Cuelga la chaqueta y los pantalones en la percha y revisa los bolsillos. ¿Qué sale a la luz? Un trapo gris y sucio, mojado, arrugado, repugnante . . .

¿Qué es esto?, pregunta la madre, y ya empieza a sospecharlo: el pañuelo.

¡El pañuelo! Al mediodía te metí el pañuelo limpio en el bolsillo, ¿y ahora? ¿Cómo está? Lleno de suciedad: *¿es que has barrido la pista de hielo con él?*

Entonces se mete también el padre en el juicio. Sus palabras son serias y severas; sus ojos miran amenazadores.

«¿Barrido la pista?», pregunta Max, desenvuelto y asombrado. «¿Y tú cómo lo sabes? ¿Me has visto en el hielo?»

«No», respondió el padre, «no lo he visto, pero — —»; entonces deja caer la mano levantada para pegar y se da la vuelta. «. . . *yo también lo hacía así de chico*», dice en voz baja para sí, y la severidad de su mirada se transforma en un brillo suave y cariñoso de amor.

*P. B.*

<!-- Tras la pág. 64: anuncio editorial: «El trato con los niños · Principios · Consejos · Ejemplos · Por Otto Rühle · Del 9.º al 12.º millar · Precio: 20 pfennigs», con los títulos de los capítulos del primer librito («¡Cultiva la habituación! · ¡Da buen ejemplo! · ¡Practica la distracción! · ¡Sé alegre con los niños! · ¡No olvides tener paciencia! · ¡Aprende a mandar! · ¡No desdeñes tampoco los medios pequeños! · ¡No hagas a los niños miedosos! · ¡Castiga solo para ayudar! · ¡Educa sin palos! · ¡Deja a Dios fuera del juego! · ¡Ocúpate de la ilustración sexual!»); «Tú y tu hijo · Pequeña biblioteca educativa para padres obreros · Cuaderno 1: El niño que pregunta · Cuaderno 2: El niño que trabaja · Cuaderno 3: El niño terco · Cuaderno 4: El niño mentiroso · Cada cuaderno, 15 pfennigs»; «Niño · Alcohol y educación · Precio: 10 pfennigs»; «Editorial: Librería del “Görlitzer Volkszeitung”». Última página impresa: «Impreso en la Cooperativa de Producción Imprenta Obrera, Görlitz, Luisenstraße 8». -->

[^t1]: Nietzsche, *Also sprach Zarathustra* [Así habló Zaratustra], III, «Von alten und neuen Tafeln» [De las tablas viejas y nuevas], § 12. (N. del T.)

[^t2]: En inglés, «His Majesty the Baby», frase hecha difundida a fines del siglo XIX. (N. del T.)

[^t3]: *Kantor*: en la Alemania protestante, el maestro de escuela que dirigía además el canto de la iglesia; en los pueblos ambos cargos solían ir juntos. (N. del T.)

[^t4]: *Pumpernickel*: el pan negro de centeno de Westfalia; la palabra, de sonido cómico, se usaba también como apodo burlesco. (N. del T.)

[^t5]: Goethe, «Bilde, Künstler! Rede nicht! / Nur ein Hauch sei dein Gedicht», lema de la sección «Kunst» [Arte] de sus poesías. (N. del T.)

[^t6]: «Wie sagt das Kind?» [literalmente, «¿Cómo dice el niño?»], fórmula con que se exigía a los niños que dieran las gracias. (N. del T.)

[^t7]: Alusión al discurso de Guillermo II a los reclutas de la guardia en Potsdam (noviembre de 1891), en el que les dijo que, si él lo ordenaba, debían disparar contra sus propios parientes, padres y hermanos. A él se refiere también «El deseo de Navidad». (N. del T.)

[^t8]: *Proletarische Jugendbewegung*: las organizaciones juveniles obreras, agrupadas desde 1908, por la ley imperial de asociaciones, en torno a la Oficina Central para la Juventud Trabajadora de Alemania, que editaba el anuario *Jungvolk* citado más adelante. (N. del T.)

[^t9]: *Der bunte Rock*: la casaca de color, es decir, el uniforme del soldado. (N. del T.)

[^t10]: En alemán, juego de palabras entre *Hasen* («liebres») y *Hosen* («pantalones»). (N. del T.)

[^t11]: *Genossenschaftlich*: de *Genossenschaft*, «cooperativa», y *Genosse*, «compañero»; el adjetivo designa una colaboración entre iguales. (N. del T.)

[^t12]: *Knecht Ruprecht* (aquí «Rupprecht»): figura del folclore alemán que acompaña a san Nicolás y castiga a los niños desobedientes; servía de coco. (N. del T.)

[^t13]: *Rappen*: el céntimo del franco suizo. (N. del T.)

[^t14]: El niño llama así a la moneda de plata de cinco marcos, que según se sabe después devolvía el tío. (N. del T.)

[^t15]: Eco de la *Kadavergehorsam* u «obediencia de cadáver», del *perinde ac cadaver* de las constituciones de los jesuitas. (N. del T.)

[^t16]: El impreso está dañado: solo se lee «sofort […]chen holen». La lectura «Brötchen» [panecillos] es conjetural. (N. del T.)

[^t17]: En el original, Teddy, que aún no pronuncia bien, dice «Jedersen jumdehn sehn» por «Räderchen rumgehen sehn» («ver dar vueltas a las ruedecitas»); se imita su media lengua. (N. del T.)

[^t18]: Traducción alemana de la novela humorística *Helen's Babies* (1876) del norteamericano John Habberton. (N. del T.)

[^t19]: Imagen de Nehemías 4, 17: los constructores del templo trabajaban con una mano y con la otra empuñaban el arma. (N. del T.)

[^t20]: Título de la traducción alemana (1913) de *Il metodo della pedagogia scientifica* (1909). (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo ([versión original](https://adler.school/archivo/ruhle/original/1914%20Umgang%20mit%20Kindern.%20Ein%20zweites%20B%C3%BCchlein)), hecha a partir del ejemplar digitalizado de la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg (procedente de la biblioteca del Altonaer Museum, signatura Nka 1425; https://resolver.sub.uni-hamburg.de/kitodo/PPN1743373627): Otto Rühle, *Umgang mit Kindern. Ein zweites Büchlein*, Görlitz, Verlag der Buchhandlung «Görlitzer Volkszeitung», 1914 (del 1.º al 5.º millar), 64 págs. La portada lleva la fecha de 1914; la bibliografía de Rühle lo fecha en 1913/14, y el prólogo dice que el primer librito había salido «hace un año» (el *Umgang mit Kindern* de 1913), de modo que el segundo debió de aparecer a fines de 1913 o comienzos de 1914. Es, como el primero, una pequeña antología: cada uno de sus doce capítulos abre con un texto de Rühle y sigue con piezas breves, unas sin firma (de Rühle: «El montón de arena», por ejemplo, reproduce el comienzo de su reseña [«Der Sandhaufen»](https://adler.school/archivo/ruhle/1910-07-14%20Der%20Sandhaufen) de 1910) y otras de diversos autores (Scharrelmann, Gottfried Keller, Laura Frost, Charlotte M. Mason, Hulda Maurenbrecher, Penzig, Preyer, Rosegger, Spitteler, Salzmann, Montessori, Max Barthel, Emmy Freundlich, etc.), con su procedencia. Se traduce todo el texto, incluidas las piezas ajenas, el prólogo y el índice; las cubiertas y los anuncios se describen en comentarios. Muchas de estas piezas pasaron a la segunda edición, muy ampliada, del [primer cuaderno](https://adler.school/archivo/ruhle/1924%20Umgang%20mit%20Kindern.%20Grunds%C3%A4tze%2C%20Winke%2C%20Beispiele) (1924), también en este archivo. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en capítulos y piezas, la paginación original y la forma de tú con que Rühle se dirige a los padres; los títulos de los capítulos, imperativos, se traducen como tales y siguen, donde coinciden, los de la edición de 1924 publicada en este archivo. El espaciado del original se da en cursiva. Los conceptos siguen el glosario del archivo (*Trotz* = «obstinación»; *Eigensinn* = «terquedad»; *Unart* = «mal hábito», «travesura»). Los títulos de las obras citadas van con su traducción entre corchetes la primera vez. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
