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Title: El niño proletario. Suplemento de educación, marzo de 1913
Description: Número de marzo de 1913 del suplemento mensual de educación que dirigía Otto Rühle: un ensayo sobre el niño y su entorno (familia deshecha por el capitalismo, miseria de la vivienda, desarraigo), un artículo sobre el maltrato infantil y el nuevo párrafo de protección de la infancia del Código Penal, otro sobre los mortinatos y el trabajo de las madres, y en «Trato con los niños» el consejo de dejar a Dios fuera de la educación con un diálogo entre padre e hija; cierran dos breves «Destellos». Las piezas van sin firma y se atribuyen a Rühle como editor (Stecklina 2002).
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1913-03%20Das%20proletarische%20Kind.%20Erziehungs-Beilage%2C%20M%C3%A4rz%201913
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<!-- Cabecera: «El niño proletario · Marzo · Suplemento de educación · 1913» (viñeta con niños tirando de un arado). El suplemento está pegado en el facsímil sobre las páginas de la Arbeiter-Zeitung (Essen, año 7) y ocupa la parte principal de las págs. 1-4; el resto de las columnas (noticias, anuncios) no se reproduce. -->

<!-- S. [1] -->

> ¡Venid, vivamos para nuestros hijos!
>
> Fr. Fröbel.

## El niño y su entorno.

En la educación se reúne una suma de influencias —conscientes e inconscientes, queridas y fortuitas, mediatas e inmediatas— en una consonancia más o menos unitaria y armónica, cuyos puntos de partida y campos de vibración son *la casa, la escuela y la vida*, y cuya meta es el bienestar del niño y su maduración para participar en la obra cultural de la humanidad.

En lo que toca a la participación de la escuela en la obra educativa, predominan en el conjunto de sus relaciones y acciones las influencias conscientes, queridas y mediatas, encuadradas en un sistema organizado con arreglo a un plan y aplicadas mediante medidas conscientes de su fin. La educación en la casa, en cambio, apoyada sobre todo en la tradición y en la experiencia de los legos, y llevada a cabo por legos, deja que, junto a las medidas educativas intencionadas y planificadas —que, por cierto, se presentan menos en la forma rígida de un sistema—, hagan valer su derecho en mayor medida las influencias inconscientes, fortuitas y ocasionales, indirectas y ocultas. Y no digamos la educación que transmite la vida: está enteramente orientada a la acción de influencias inmediatas, sin plan, traídas por el azar; el sistema queda del todo abandonado; aquí solo la experiencia forma, depura y educa.

Escuela, casa y vida, sin embargo, solo existen como esferas educativas aisladas e independientes entre sí en la teoría. La realidad de las cosas y del acontecer del mundo las suelda en una *unidad llena de vida*, en cuyo encadenamiento y fusión infinitamente múltiples acaba triunfando lo que crece orgánicamente sobre lo ordenado artificialmente, lo fortuito sobre lo planificado, precisamente porque las potencias naturales de la vida son más fuertes que todas las sabias teorías de la ciencia, y porque la mofletuda falta de sistema de la práctica se impone y se afirma con más fuerza que la exangüe profundidad de los sistemas. Así acaba toda pedagogía, aun la más pretenciosa, en el resignado reconocimiento de que la vida es más fuerte que las artes de la educación, y de que el niño no recibe el fruto de la obra educativa de manos del educador, sino del seno de la vida, del que brotan toda la fuerza y toda la riqueza de nuestra existencia.

*La vida como factor educativo* manifiesta sus influencias determinantes, formadoras y orientadoras sobre la psique infantil, primero en el círculo doméstico y familiar en el que el niño nace; en el aire que allí respira. Luego en el entorno más amplio, que actúa con irradiación mil veces repetida sobre su mirar y pensar, su sentir y querer; en toda la plenitud, inabarcablemente grande, de fenómenos, hechos y sucesos que cada día, cada hora de la existencia humana lleva en oleadas hasta la periferia de su círculo vital. El hombre es un ser comunitario que solo en la comunidad humana llega a la conciencia de su humanidad. De la comunidad humana recibe también las condiciones y los medios para elevarse a las cumbres de la dignidad humana. En la unión y el trato recíproco de la sociedad maduran sus fuerzas, se forma su vida interior, llega a percepciones y representaciones de lo humano. La vida en la comunidad lo acoge y lo sumerge en sus corrientes, para que en ese baño adquiera la frescura y la claridad del espíritu y del alma, la capacidad de decisión y la energía de la voluntad y del carácter que son necesarias para afirmarse en la vida, o incluso para dominarla y enriquecerla.

La forma más originaria de la vida en común y el primer círculo vital en el que el niño entra al nacer es la *familia*. Mientras la mayoría de los hombres vivía en tierra propia, llevaba el arado por el campo y se alimentaba de la agricultura, mientras florecía la pequeña industria y el artesano trabajaba creando en su taller, con el círculo de trabajo, de economía y de vida que representaba la familia estaba dado también un círculo educativo natural. «Cada miembro se adaptaba a un círculo de deberes firmemente delimitado y aprendía a sentirse miembro vivo y activo de la comunidad. Esa era la mejor escuela para la vida en la comunidad más amplia en la que la juventud iba entrando, para el estamento profesional al que estaba destinada por origen e inclinación». Todo el devenir intelectual y anímico del joven estaba anclado en los cimientos de la familia.

El desarrollo capitalista ha aflojado, si no roto, el lazo de la comunidad familiar. Al arrojar a cuatro millones de madres al trabajo servil, robó a diez, doce o más millones de niños su cuidadora, su compañera de juegos y su educadora. La vida familiar, que —como dice Wolgast— debería ser una obra de arte, llena de vida orgánica en el sosegado ir y venir del dar y el tomar, finamente afinada y sonando con pleno acorde, se ha convertido en un pobre recurso de convivencia; para muchas familias, solo el refugio común para comer y dormir, para leer el periódico y hacer los deberes. Falta el trato espiritual y afectivo; es, como la vida de fuera, un ir deprisa y pasar de largo; el alma vaga fuera, en el trabajo y la vida pública.

Así crece una generación que *ya no conoce la cohesión familiar* que ha perdurado durante milenios —según Sombart, «un hecho monstruoso»—, lo cual es de la más decisiva importancia, sobre todo para la trayectoria intelectual y anímica del niño proletario.

A ello se añade la influencia que ejerce sobre el niño la *miseria de la vivienda*. La desolación de la escasez de vivienda, sobre todo en los cuarteles de alquiler de las grandes ciudades, es conocida. Actúa de forma igualmente perniciosa sobre la naturaleza física, psíquica y moral del niño.

<!-- S. [2] -->«¿Es un "hogar" un cuarto en el que habita toda una familia, pared con pared con otras cien familias, y en el que se cocina, se cose, se seca la ropa, en el que los niños gritan, los padres riñen, los enseres están revueltos, no hay mesa ni silla libre y falta todo adorno, toda intimidad? Aquí, donde en verano entran por las ventanas abiertas todo el chismorreo, toda la riña, todo el traqueteo, zumbido, ronroneo y runrún de las máquinas de coser y de las de zapatero, todo el griterío infantil, todo el berrido del gramófono, todo el estruendo de la maquinaria de la fábrica del patio y todo el estrépito del tranvía, todo el vaho y el olor de 40 o 50 cocinas con su olor a sebo y a rancio; donde no se puede abrir una puerta sin que penetren miradas curiosas, envidiosas o maliciosas; donde ningún secreto puede respirar, donde el nacer y el morir, lo más personal e íntimo, no sucede sin observadores ni testigos: ahí se acaba todo sentirse en casa y toda intimidad». ¿Cómo va a acostumbrarse un niño a la limpieza, al sentido del orden, al cumplimiento del deber, si la escasez de vivienda impide todo modo de vida ordenado y ningún objeto tiene su sitio fijo? ¿Cómo va a desarrollar el sentido de la belleza, el gusto, la sensibilidad artística en una morada desprovista de todo atractivo estético? ¿Cómo va a llegar al pudor, a la discreción, a la consideración de las necesidades e intereses de los demás en una vivienda en la que cada mirada a través de la puerta abierta descubre cien veces al día lo más sagrado, y en la que el amor y el odio se delatan a todo el vecindario por las ventanas abiertas? ¿Cómo va a ser pacífico, tratable, conciliador y dispuesto al bien, y llegar a las virtudes sociales, donde a diario y a todas horas los roces y fricciones llevan a conflictos y escándalos? La vivienda del niño proletario no recoge ni eleva, no equilibra ni dispone a la paz y a la alegría; irrita y pone nervioso, deja vacíos el corazón y el alma, conduce incluso a un *empobrecimiento interior y al desarraigo*, por no hablar de que con harta frecuencia la peligrosa influencia de elementos ajenos a la familia inyecta demasiado pronto en las almas infantiles el veneno de la seducción y de la corrupción moral.

La acción de un medio de vivienda desfavorable se intensifica en todos los sentidos por el *frecuente cambio de vivienda* y por el moderno nomadismo del proletariado asalariado; la completan las influencias, casi siempre perniciosas, *de la calle*, que, sobre todo en la gran ciudad, penetran con su oleaje en el círculo educativo de la casa. El resultado global de esta *falta de familia, de patria chica y de terruño* a la que la fuerza del desarrollo y las condiciones que este ha creado arrastran al niño de los pobres de hoy es una *miseria interior* como ningún tiempo ha conocido en tal extensión y con tal inexorabilidad. Una miseria que ninguna estadística puede demostrar ni calcular en cifras, pero que despoja al ser humano en crecimiento de inmensos valores intelectuales y anímicos y sitúa su educación en un *páramo cultural y una desolación* que llenan de espanto e indignación a quien los conoce y es capaz de medir todo su alcance.

La burguesía, que no comprende ni quiere comprender las conexiones internas de este fenómeno, imputa a la prole proletaria, como culpa propia, las carencias de personalidad y de cultura que de él resultan, y se queja de precocidad, descarrío, falta de respeto y de piedad filial, grosería y corrupción moral. También nosotros sentimos esas carencias y nos duele que nuestra juventud se vea sometida a condiciones e influencias que no favorecen su formación intelectual ni afectiva, ni la educación de su voluntad ni de su carácter. Pero reconocemos también las causas, y este conocimiento nos pone en la mano los medios para remediarlo. *Con la abolición de la esclavitud asalariada y la superación del actual sistema económico, el matrimonio y la familia, la casa y la patria chica han de recibir un nuevo contenido cultural, una nueva valoración y profundización espiritual y anímica.* Con ello se ganará también para el niño un suelo educativo nuevo y rico, y la obra educativa quedará encuadrada en un nuevo marco y llena de un nuevo espíritu.

## Malos tratos a los niños.

El castigo corporal, que por desgracia todavía tiene, también en los círculos de la clase obrera ilustrada, si no muchos defensores teóricos, sí numerosos ejecutores prácticos, encierra una multitud de desventajas educativas y de peligros sanitarios, intelectuales y anímicos para el niño. Su mayor peligro es que con demasiada facilidad induce al que pega a cometer *malos tratos*. Ya sea que la ira, la rabia y la pasión ciega hagan olvidar toda medida y todo límite en el castigo, ya que el efecto embrutecedor y que endurece del castigo corporal engendre con el tiempo en el que pega tal grado de brutalidad que ya solo es capaz de administrar castigos en forma de malos tratos bárbaros y ejemplares, de uno u otro modo el niño se ve expuesto a perjuicios y peligros que amenazan del modo más grave su bienestar, su educación, incluso su desarrollo futuro y quizá todo su destino ulterior. Pero, como el niño no pertenece solo a los padres, sino *también a la sociedad*, a esta le incumbe el deber de protegerlo en cuanto aquellos lo ponen en peligro con malos tratos.

Es inconcebible e increíble qué malos tratos inhumanos, a menudo francamente bestiales y satánicos, son capaces de infligir a veces los padres a niños inocentes e indefensos, que a veces están todavía en la más tierna edad.[^t1] «Sin motivo o por faltas leves vemos a niños apenas vestidos pasar las noches en escaleras o desvanes fríos; el puño pesado, mangueras, tubos de agua, llaves, escobas, trozos de madera afilados, zuecos, cuchillos, tijeras, planchas, atizadores de hierro, varas de sacudir, sacudidores son instrumentos de tortura preferidos, de los que dan testimonio los verdugones y las heridas; a los niños se los ata a una tabla y luego una, dos y hasta tres personas los golpean y azotan hasta que las desdichadas criaturas pierden el sentido; se los ata a los pies de la cama y tienen que pasar así toda la noche; baños helados, quemaduras de partes del cuerpo, patadas, costillas rotas, arrancar el pelo, desgarrar las orejas, untar las heridas con ácidos corrosivos no son ninguna rareza; a los niños se los lanza contra la pared, se les golpea la cabeza contra objetos duros, se los hace pasar hambre o comer alimentos podridos, cosas repugnantes o incluso sus propios excrementos. Para no concederles siquiera el alivio de gritar y no llamar la atención de los vecinos, durante los malos tratos se les venda la boca o se les mete la cabeza bajo una manta. Nada de estos martirios es inventado; todos ellos los ha comprobado en Berlín la Asociación para la Protección de los Niños contra la Explotación y los Malos Tratos». (Sprengel.)

Lo peor es que el maltrato infantil, como prueban todas las observaciones y experiencias, está extendido en las *capas populares inferiores*. La falta de educación y de cultura, la necesidad y las preocupaciones domésticas, la estrechez de las habitaciones, la irritabilidad nerviosa por la desnutrición, el exceso de trabajo, la debilidad, el ruido de la fábrica, etc., el alcoholismo, la abundancia de hijos y las insuficientes oportunidades de educación, y muchos otros *factores derivados de las condiciones sociales*, provocan aquí una tensión de los ánimos y crean una atmósfera de trato cuya única descarga es en la mayoría de los casos un maltrato brutal, y cuyas víctimas son los más débiles: los niños. Especialmente perjudicados son en ello los *hijos ilegítimos*, que en la familia se sienten con demasiada frecuencia como cuerpos extraños, que molestan a la madre como testigos de deslices que quisiera hacer olvidar, o que el padre, por sentimientos afines, no puede soportar. Según Frida Duensing, los hijos ilegítimos corren un riesgo más de cuatro veces mayor que los legítimos de ser maltratados por quienes los educan.

El *derecho penal* vigente hasta ahora solo permitía la persecución judicial y la sanción legal en los casos de malos tratos si el representante legal del niño (padres, tutor, etc.) había presentado denuncia; fallaba, pues, por regla general, por completo en cuanto los malos tratos procedían del propio representante legal del

<!-- S. [3] -->niño. De oficio solo podía intervenirse si los malos tratos ponían en peligro la vida o se cometían con un instrumento peligroso. Ahora la *pequeña reforma del Código Penal* del 9 de mayo de 1912 ha introducido un cambio, al ampliar considerablemente la protección de la juventud, como ya habían hecho antes Inglaterra, Francia, Noruega e Italia. En el § 223a, párrafo 2, del Código Penal introdujo el llamado *párrafo de protección de la infancia*, con el siguiente tenor: «La misma pena (no inferior a dos meses de prisión) se impondrá cuando se cometa una lesión corporal mediante trato cruel o malicioso contra una persona menor de dieciocho años, o indefensa por debilidad o enfermedad, que esté bajo la asistencia o custodia del autor, o pertenezca a su casa, o que el obligado a su asistencia haya dejado bajo el poder del autor». El progreso respecto a antes consiste en que la persecución se hace siempre de oficio, en que la pena (¡si eso es un progreso!) es más severa y en que la edad protegida se ha elevado de 14 a 18 años. El Consejo Federal se pronunció por elevarla a los 16 años; la socialdemocracia propuso los 21, pero su propuesta fracasó ante la objeción del gobierno y de los conservadores de que entonces también algunos malos tratos a soldados caerían bajo el párrafo.

Con el párrafo de protección de la infancia de la pequeña reforma penal se ha atendido provisionalmente la exigencia de una protección más amplia de los más desvalidos y miserables de todos los seres humanos frente a malos tratos brutales y peligrosos por parte de sus allegados más próximos. Pero la conciencia pública, una vez despertada, no podrá darse por satisfecha. A la pena más severa de los torturadores habrán de seguir medidas que pongan a los torturados a salvo de forma duradera de los peligros de ese lado, alojándolos en otra parte y cuidando de su educación. La educación tutelar (*Fürsorgeerziehung*), que hoy es peor que la cárcel y el presidio, ha de considerarse del todo inadecuada para ello. Ante todo se trata de mejorar el medio en el que el niño de las capas más pobres tiene que vivir y crecer. Más o menos en el sentido en que lo expresa Léon Frapié cuando dice: «Con una hogaza de pan de cuatro libras es como mejor se impide a los padres matar a golpes a sus hijos».

## Mortinatos.

El niño proletario está ya, antes de nacer, gravísimamente perjudicado frente a los niños de otras clases y estamentos. No solo tiene que pasar hambre ya en el seno materno: también, antes de despertar del todo a la vida, *lo alcanza la muerte* con harta frecuencia. Está demostrado que una alimentación insuficiente e inadecuada, unida a un trabajo duro y a la falta de cuidados y de reposo durante el embarazo, pueden causar la muerte del fruto. Un alto porcentaje de los cerca de *60 000 mortinatos al año* (1908: 61 595; 1910: 58 057) carga sin más la cuenta social, pues está demostrado, e incluso establecido en cifras, que en las capas económicamente peor situadas la proporción de mortinatos es medio punto porcentual más alta que en las mejor situadas. (La media fue en 1910 del 2,9 por ciento). Así exige la Parca, con el traje de mendigo de la pobreza, su tributo de lo más precioso que posee la humanidad.

La carga del trabajo y las privaciones preparan su triste misión. Una estadística de la *Caja Local de Enfermedad de Leipzig* referida a períodos largos muestra la diferencia entre las proletarias y las mujeres mejor situadas. Tuvieron:

| | afiliadas voluntarias | afiliadas obligatorias |
|---|---|---|
| Trastornos del embarazo | 2,1 por ciento | 5,5 por ciento |
| Abortos | 2,5 por ciento | 15,5 por ciento |
| Mortinatos | 0,3 por ciento | 1,7 por ciento |

El profesor *Conrad* comunica en su trabajo sobre la influencia de la posición social en la mortalidad que en Halle del Saale el porcentaje de mortinatos era

| | |
|---|---|
| en los estamentos superiores | 2,1 por ciento |
| en los artesanos | 4,1 por ciento |
| *en los obreros* | 5,0 por ciento |

Según una estadística elaborada en Berlín en 1902, por cada 100 nacimientos legítimos hubo mortinatos

| | |
|---|---|
| entre funcionarios, oficiales, médicos | 2,8 |
| comerciantes independientes | 2,9 |
| *obreros y gente modesta* | 3,9 |

De manera semejante se expresa la peor asistencia social de las madres *solteras* frente a las casadas en cifras más altas de mortinatos. De cada 100 nacidos, en el promedio de los años 1901-1905, nacieron muertos

| | legítimos | ilegítimos |
|---|---|---|
| Alemania | 3,0 | 4,1 |
| Prusia | 3,0 | 4,4 |
| Sajonia | 3,3 | 4,2 |
| Austria | 2,5 | 3,7 |

Francamente asesino es para la vida en germen del niño no nacido el *trabajo de la mujer*. Mientras que la proporción media de mortinatos en los años 1898 a 1901 fue en Alemania del 3,3 por ciento y en Austria del 2,9 por ciento, en la *región textil de Bohemia*, con un trabajo fabril femenino casi generalizado, fue del 8,9 por ciento en Reichenberg, del 5,8 en su distrito rural, del 6,3 en Friedland, del 4,6 en Gablonz, del 5,4 en Rumburg, y del 3,2 por ciento de media en toda Bohemia.

Para los nacidos fuera del matrimonio las cifras eran en parte casi el doble. El informe sanitario de Bohemia para 1899-1901 aduce expresamente, para explicar este fenómeno, que las mujeres, para no perder la afiliación a la caja, siguen trabajando hasta el final del embarazo, lo que provoca posiciones anómalas del feto, prolapsos del cordón umbilical, partos prematuros, etc.

Ya en 1844 *lord Ashley*[^t2] señaló en el Parlamento inglés los peligros del trabajo fabril para la futura madre. Según declaraciones de los médicos, a consecuencia de estar mucho tiempo de pie se producen deformaciones de la pelvis, varices, úlceras, abortos y otras consecuencias de un embarazo maltratado. «A menudo es deber doloroso del tocólogo destruir la vida del niño en las mujeres que han trabajado largas horas en la fábrica». También otro autor inglés, *George Reid*, junto con autores franceses (Pinard, Bachimont y otros), ha demostrado que el trabajo asalariado durante el embarazo predispone a partos prematuros, abortos y mortinatos.

Especialmente pernicioso para el fruto es el trabajo asalariado de las mujeres en *industrias insalubres*. Así, la acción del *plomo* metálico en la metalurgia, la fabricación de loza, la alfarería, la imprenta, el blanqueo de sombreros de paja, etc., conduce en medida llamativamente alta a interrupciones del embarazo y a mortinatos. Ya en 1860 *Paul* estimaba el efecto del plomo sobre los abortos superior al de la sífilis. *Bakand* halló que 82 embarazos de 30 mujeres dieron lugar a 24 partos a término y 48 prematuros, y que hubo diez abortos, entre ellos ocho mortinatos, y 20 niños muertos prematuramente. Según *Tardieu*, el 60 por ciento de las obreras del plomo sufren partos prematuros. *George Reid* registró, por cada 100 mujeres, partos prematuros, abortos y mortinatos: en el trabajo doméstico, 43,2; en el trabajo fabril, 47,6; en el trabajo con plomo (antes del matrimonio), 86; (después del matrimonio hasta el parto), 133,5.

No menos peligrosos que el plomo son el *polvo de tabaco*, el *mercurio*, el *ácido cianhídrico*, etc. También las enfermedades infecciosas pueden causar abortos y mortinatos; según Fellner, las *tuberculosis* antiguas llevan al aborto en el ocho por ciento de los casos. Para las madres proletarias procedentes de capas pobres de la población hay que tener en cuenta además un factor que señala el doctor *Prinzing* (*Allg. Stat. Archiv*, 1907), a saber, «que entre ellas el *raquitismo* está muy extendido en la infancia, lo que condiciona la mayoría de las *anomalías pélvicas* de las futuras madres». La experiencia enseña que una pelvis femenina demasiado estrecha tiene muy a menudo como consecuencia la muerte del niño antes o durante el parto.

Los irreflexivos alaban nuestra época como la de la humanidad. Pero ni la madre proletaria, que, apartada del hogar, tiene que penar en la fábrica, ni el niño proletario, condenado a muerte por cientos de miles ya en la edad de lactancia, perciben un soplo de esa humanidad. Más aún: incluso frente al no nacido la era del capitalismo se convierte en una violencia asesina. A la pobre madre angustiada que por preocupación y desesperación recurre al aborto se la mete en presidio; pero la sociedad tiene derecho a asesinar, a envenenar, a matar…

<!-- S. [4] -->

## Trato con los niños.

**¡Deja a Dios fuera del juego!** En la educación la personalidad lo es todo. Cuanto más fuerte, independiente y libre es, tanto más intensa y duraderamente puede actuar sobre el niño. De las personalidades fuertes emana una fuerza de sugestión a menudo insospechada e inexplicable. Ahí están los secretos de una educación que a veces obra milagros. Pero estas valiosas fuentes del éxito corren peligro cuando por encima de la autoridad del educador se coloca otra más alta, que además permanece eternamente invisible y problemática. El niño, que quiere captarlo todo con los sentidos, es incapaz de imaginarse bajo ese Dios que supuestamente vigila su hacer y deshacer y es la instancia suprema de su existencia otra figura que una grosera y banal, quizá incluso grotesca y blasfema. ¡Y qué pronto lo ilustran, de modo que acoge las alusiones a Dios con una sonrisa incrédula! ¿Y en qué lugar quedas tú entonces? Son consecuencias penosas y feas, en las que el educador pierde mucho y el niño no gana nada. *Por eso, deja a Dios fuera del juego.* No hagas de él ni una niñera que vigila cada paso de tu pequeño, ni un coco ante el que se asuste y se esconda. También debes renunciar a la sorda e insípida mística de las oraciones infantiles. Deja más bien que tus fuerzas y dotes humanas actúen tanto más alegre y libremente en el trato con el niño, cultiva tu personalidad y haz que se haga valer ante el niño de manera estimulante y bienhechora.

**Una conversación dominical sobre Dios.** Un domingo por la mañana salimos al campo mi hijita y yo. El sol transfigura radiante todo el paisaje. Respiramos el día joven, y cuanto más nos alejamos de la estrechez de la ciudad, tanto más amplio y libre se vuelve también todo dentro de nosotros. Estamos tan hundidos en la contemplación que ninguno quiere romper el silencio.

—Papá —se manifiesta entonces en voz baja el corazón de la pequeña—, *¿qué es en realidad Dios?*

Yo sabía que esta pregunta llegaría algún día. Y, cuando había pensado en ello, me había preparado sin duda una buena respuesta. Pero ahora, cuando esta mañana divina despertó la pregunta en el pequeño corazón que buscaba, me tomó por sorpresa.

—Qué es Dios, querida niña, es una pregunta difícil. Quizá la más difícil de todas. Desde que hay hombres se la han planteado. Y se le han dado muchas respuestas. Y, sin embargo, la mayoría de la gente todavía no está satisfecha ni conforme con ellas.

—Pero en la escuela siempre hablamos de Dios.

—Es verdad: se dice que Dios creó el mundo, también a nosotros y todo lo que vive y existe. Que también nos conserva y que es un ser todopoderoso, omnisciente, infinitamente bueno. Algunos se lo imaginan como una persona que vive en el cielo, por encima de las nubes y las estrellas. Otros lo tienen por una fuerza, un espíritu. Y otros dicen que uno solo se imagina a un Dios, mientras que en realidad no lo hay.

—¿Hay entonces un cielo, papá?

—Lo azul que ves no es más que aire. Más allá no ha llegado todavía nadie. Un cielo con Dios y ángeles no lo ha descubierto aún nadie. Así que pienso que tampoco lo hay.

—¿Y tú qué piensas de Dios, papá?

—Que Dios sea un hombre que gobierna el mundo entero no me lo puedo imaginar. Y si es una fuerza, no necesito llamarla Dios. Creo que los hombres, cuando hablan de Dios, se refieren a *la voz interior* que a veces habla en nosotros…

—¿Qué voz interior?

—Pues, a menudo nos decimos, muy bajito y a nosotros mismos: quiero ser una persona buena y honrada, quiero ser trabajador y veraz, quiero ayudar a los pobres y a los débiles… ¿Ves? A esa voz interior la llaman los hombres Dios, me parece a mí.

—Pero, papá, entonces no tenemos que decir: *Dios quiere* que seamos buenos; prefiero decir entonces: *yo misma quiero* ser una buena persona.

—¡Tienes razón, querida niña!… Yo mismo quiero… nosotros queremos… *¡de nosotros depende!* Ese es todo el secreto. Dios habita en el pecho mismo del hombre. *Nuestra voluntad sincera y fuerte de hacer el bien: ¡eso es Dios!*

Dos ojos de niña me miran agradecidos y llenos de comprensión; un pequeño corazón late más ligero y más libre.

Y seguimos caminando por el sol de la mañana: dos negadores de Dios con un Dios hermoso y vivo en el corazón…

<!-- Omitido: «Cómo se ve a Dios desde la perspectiva infantil», relato con indicación de procedencia: «De: Meta Schoepp, Mein Junge und ich (Concordia, Deutsche Verlagsanstalt, Berlín W. 30)». -->

## Destellos.

Cuando el economista doctor Stillich estudiaba la industria juguetera del Oberland de Meiningen, un párroco le aseguró que en su localidad «la gente vive bien y *agradablemente*, y no existe cuestión de la vivienda». Pero ya la primera casa que Stillich visitó mostraba *unas condiciones de vivienda espantosas*, que sonaban como una burla hiriente de las palabras del pastor de almas.

\*

Una muchacha que había andado vagabundeando fue citada ante el juez de menores bajo sospecha de prostitución. «No puede usted dedicarse a la prostitución», le dijo este a modo de advertencia, «*mientras no esté usted "bajo control"*».[^t3] Entonces surgió en la niña como una sugestión: «Mientras no esté usted "bajo control"». Así que entonces lo prohibido, lo pecaminoso, lo vergonzoso está *permitido*. «Pues, ¡así una queda impune: *me pongo bajo control*!». Y el destino de la muchacha quedó sellado.

Responsable de la redacción: *Otto Rühle*, Halle del Saale.

[^t1]: El impreso repite aquí por error la línea «Sin motivo o por faltas leves». (N. del T.)

[^t2]: Anthony Ashley-Cooper, lord Ashley (más tarde conde de Shaftesbury), promotor de la legislación fabril inglesa; el original escribe «Ashly». (N. del T.)

[^t3]: *Unter Sitte stehen*: estar inscrita en el registro de la policía de costumbres (*Sittenpolizei*) como prostituta tolerada, sometida a control sanitario. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): *Das proletarische Kind. Erziehungs-Beilage*, marzo de 1913, suplemento mensual editado por Otto Rühle para varios diarios socialdemócratas, según el facsímil de la edición de la Arbeiter-Zeitung (Essen), ULB Bonn / zeit.punkt NRW. Piezas sin firma, atribuidas a Rühle como editor responsable (Stecklina 2002); se omite, como en el original del archivo, el relato de Meta Schoepp.

*Traducción:* traducción íntegra al español de las piezas sin firma, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). *Erziehungs-Beilage* = «Suplemento de educación»; *Umgang mit Kindern* = «Trato con los niños»; *Schlaglichter* = «Destellos»; *Gemeinschaftswesen* = «ser comunitario»; *Fürsorgeerziehung* = «educación tutelar». Las citas de Fröbel, Wolgast, Sombart, Sprengel, Frapié y Prinzing se traducen del texto alemán del suplemento. Las cursivas reproducen el espaciado del original.
