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Title: El verdugo Coleta
Description: Artículo de Otto Rühle en el Unterhaltungsblatt del Vorwärts (octubre de 1908) contra la «locación», la costumbre escolar de asignar los asientos de la clase según el rendimiento y la conducta: sostiene que es imposible medir con justicia a los niños, que el registro de faltas que la sostiene es un procedimiento inquisitorial y que la ambición que fomenta destruye el sentimiento de compañerismo y ha llevado a niños al suicidio y al delito.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1908-10-17%20Henker%20Zopf
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<!-- S. 807 -->

# El verdugo Coleta[^t1]

Por Otto Rühle.

El mandarinato de la escuela goza de la fama de ser especialmente reacio a reformas y novedades y de oponerse con una incomprensión y una obstinación inusuales a todas las cuestiones que de algún modo pudieran allanar el camino a un desarrollo progresista de la escuela primaria y de la educación popular. Con toda razón se ha dicho que la historia de la reforma escolar es una historia de la resistencia de las autoridades contra la reforma escolar. De ahí el aire enmohecido y sofocante de la Edad Media que todavía hoy hay en nuestras mazmorras escolares; de ahí la multitud de coletas enmohecidas por los años con que la educación oficial de los niños todavía tiene que bregar, malgastando inútilmente fuerza y tiempo.

Entre las cosas que hasta el presente desempeñan un papel principal en la vida escolar de la juventud, junto al examen y las notas, ocupa el primer lugar la *locación* (*Lokation*). La costumbre, todavía hoy casi general, de fijar el *orden de los asientos de los niños en las clases* según su supuesto rendimiento y el grado de su madurez intelectual y moral es una de las coletas escolares más anticuadas y absurdas, que hace mucho merecía haber sido cortada y arrojada a la hoguera. Si hace poco se dedicó al verdugo Adiestramiento (*Henker Drill*) en la escuela un folleto que mostraba sus innombrables crímenes contra la juventud, aquí se trata de hacer frente al verdugo Coleta.

Todo pedagogo sabe lo que cualquier profano comprende: que clasificar a los niños según sus capacidades es una cosa tan insegura como imperfecta, y que por su misma naturaleza tiene que serlo. Es cierto que en cada clase hay maduros e inmaduros, normales y anormales, que se descubren fácilmente; también cuando las escuelas auxiliares han separado a los menos dotados se reconoce sin gran dificultad quiénes son los más capaces y quiénes los menos capaces. Pero además de estos hay tantos grados de aptitud entre ambos extremos, existe toda una gran escala de capacidad intelectual, moral, estética, práctica y de cualquier otro tipo, que no hay ninguna posibilidad de captar con nitidez y seguridad las diferencias finas, de medirlas, de valorarlas en su relación mutua y de derivar de ellas un juicio sobre la constitución intelectual en su conjunto, sin caer en errores, sin exponerse a conclusiones falsas y sin cometer injusticias. Las individualidades de los niños son tan distintas, los diversos aspectos de la psique infantil están tan desigualmente desarrollados y sometidos a menudo a cambios tan rápidos, todo el desarrollo intelectual y moral de esos pequeños espíritus en vías de hacerse hombres está expuesto a tan innumerables influencias sociales e impersonales y depende tanto también del entorno familiar y social del niño, que el maestro, que solo tiene al niño cerca unas pocas horas al día, no puede juzgar ni remotamente si un niño está, por sus capacidades o su rendimiento, por encima de otro o no. Intente uno fijar la imagen de las olas que ofrece el río en su curso: el segundo siguiente ya la ha destruido y sustituido por otra; júzguese la naturaleza y la constitución intelectual de un niño, y el día de mañana nos enseñará con seguridad que nos hemos equivocado. En él todo está todavía en flujo, en un desarrollo impetuoso y cambiante. La mejor y más ingeniosa psicología se hace añicos en ello. ¿Cómo podría medir hasta qué punto el rendimiento de los niños, su aprendizaje, sus deberes, su atención y su disposición intelectual para aprender están codeterminados por los infinitos factores imaginables que están fuera de la escuela? ¿No tiene que llegar necesariamente a la conclusión de que es absurdo decir que un rendimiento es mejor y otro peor? Desde luego: uno es menos que dos, y quien solo hizo una falta ha entregado un trabajo mejor que otro que llegó a seis o siete. Pero ¿se agota la sabiduría pedagógica en este mecánico ejercicio de suma? ¿Se queda pegada a esos rasgos puramente externos, con harta frecuencia puramente casuales? ¿No tiene otra medida para juzgar las capacidades y el grado de madurez intelectual de los niños? Desde luego, nos gritan los prácticos de la pedagogía, durante todo el año reunimos material, no se nos escapa nada de lo que entra en consideración para nuestro juicio sobre las disposiciones, la aplicación, la buena conducta, la atención, el amor al orden. Con esfuerzo, cuidado y escrúpulo se lleva durante el año registro de todo y de cada cosa; al cabo del año el juicio queda pronto fijado sobre la base de esos datos y conforme a él se determina luego el puesto en la clase.

«Una vez —escribe un maestro en la *Sächs. Schulzeitung* [Gaceta Escolar Sajona]— vi uno de esos libros. Se había quedado olvidado y le eché un vistazo. Pero muy pronto y muy deprisa lo volví a cerrar y lo dejé. ¿Qué había escrito? Pues: 25 de mayo. Müller llegó dos minutos tarde. Fue amonestado. Paul no traía pañuelo, además leyó mal. Lange ha limpiado mal las botas. 27 de mayo. Müller llegó otra vez tarde pese a la amonestación. Hermann no tiene papel secante en el diario. Friedrich ha olvidado el libro de sentencias. Y así sigue durante días, semanas, meses, todo el año. Pero en la época de las notas el librito presta entonces servicios inestimables. Se suma cuántas veces llegó Müller tarde en el año, cuántas veces uno no trajo pañuelo, otro no trajo portaplumas, cuántas veces algo no se había aprendido entero o solo con inseguridad. ¡Ay, me entra angustia cuando lo pienso!».

Difícilmente puede pensarse un método más miserable y desolador para investigar el grado de desarrollo y de madurez intelectual de los niños. Precisamente la inquietud nerviosa que este procedimiento inquisitorial lleva a las clases y la continua depresión psíquica que se apodera de los niños eternamente calificados frustran con seguridad mortal lo que la mísera sobreastucia de pedantes insulsos y obtusos cree haber logrado. Con este procedimiento las notas resultan sin duda aún más injustas que de ordinario, y también el puesto que se asigna al niño en la clase se siente como una dura injusticia. Y sobre la educación del niño un trato injusto ejerce el efecto más perjudicial y funesto que pueda imaginarse. No pocas veces ha ocurrido que un niño, en la torturante contradicción de sentimientos que desencadenaba un trato injusto en la escuela, no supo encontrar otra salida que el suicidio.

Todavía otras consideraciones hablan contra la locación. Para muchos niños el deseo de un puesto más alto en la clase es el único o al menos el principal estímulo para aprender; en lugar del interés y la alegría por el trabajo, la ambición hace el papel de educador. Eso es pedagógicamente reprobable del todo. La ambición no puede ser un medio de educación. Ahoga todo sentimiento de compañerismo, paraliza el sentido del deber o lo desvía, impide el desarrollo de la conciencia de solidaridad y fomenta todos los instintos antisociales del niño: «El juicio ajeno ocupa para el alumno el primer plano. Por él trabaja. Su afán de honor mira siempre con malos ojos a este o aquel compañero al que debe aventajar, o con altivez a aquel al que ha adelantado. Una y otra vez se le aguijonea. Su sentido de la comunidad se echa a perder. No concede al débil ninguna ayuda, ningún apoyo, y menos aún se los presta él mismo. Su sentimiento natural de la justicia se tergiversa. No se premian las virtudes de la lealtad, de la aplicación, etc., que tendrían pleno derecho a ello; el egoísmo recibe su corona. Con ello entra en el corazón del alumno todo un ejército de defectos, junto con una multitud de gérmenes que traen futuros tormentos y sufrimientos para sí mismo. Sobre todo se le envenena al alumno la bendición del trabajo; se le expulsa de su paraíso con espada de doble filo» (Lobsien). Cuán pernicioso puede ser el efecto de la ambición sobre la vida intelectual y afectiva del niño lo demuestran, además de los casos ya mencionados en que se llegó al suicidio, también actos delictivos nacidos de tales motivos. Hace solo un par de años, en Berlín, un alumno de la escuela municipal, por lo demás muy formal, atentó con un cuchillo contra el maestro de su clase porque le habían quitado el primer puesto. Instituciones y medios educativos que conducen a tales resultados han perdido su derecho a existir en la escuela. Por eso el verdugo Coleta debería recibir el pasaporte junto con el verdugo Adiestramiento.

[^t1]: *Zopf* («coleta») es en alemán imagen corriente de lo anticuado y rutinario, desde las pelucas con coleta del siglo XVIII; *Schulzopf*, «coleta escolar», es un vestigio caduco de la escuela. El título alude a un folleto contra el *Drill*, el adiestramiento mecánico, presentado como «verdugo» (*Henker Drill*). (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del facsímil: *Vorwärts*, *Unterhaltungsblatt*, n.º 202, 17 de octubre de 1908, p. 807. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original; las palabras alemanas en cursiva y las adiciones entre corchetes son del traductor. *Lokation* se traduce «locación» (término escolar de la época para la asignación de puestos en la clase).
