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Title: Literatura juvenil y libros infantiles
Description: Artículo del suplemento literario del Vorwärts en el que Rühle relaciona la literatura juvenil con los principios educativos de cada época, denuncia la producción industrial de libros baratos, las novelas de indios, las historias de guerra y la historiografía patriótica burguesa, y anuncia la selección de lecturas juveniles preparada por la comisión de educación del partido socialdemócrata.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1907-11-19%20Jugendschriften%20und%20Kinderb%C3%BCcher
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# Literatura juvenil y libros infantiles

Por Otto Rühle.

La *cuestión de la literatura juvenil* no es una cuestión que pueda tomarse aisladamente. Entre ella y los *principios educativos* dominantes en cada momento existen conexiones internas inconfundibles que hay que tener en cuenta cuando se considera la cuestión de la literatura juvenil. Igual que los principios y las formas de la educación pública, que a su vez son también productos del desarrollo histórico, el carácter de las lecturas juveniles refleja el medio social de una época determinada. Y aunque esos reflejos sean a veces débiles y de contornos poco nítidos, para los ojos de quien se ocupa seriamente del desarrollo de la literatura juvenil y de las fuerzas que la mueven son bastante claros y reconocibles. Sobre este hecho llamó ya la atención hace más de diez años Heinrich Wolgast, el guía intelectual del movimiento burgués de reforma de la literatura juvenil.

Cuando la Reforma obsequió a las escuelas populares fundadas por la clase burguesa en ascenso con el dudoso regalo de la enseñanza de la religión, el lugar de las viejas leyendas, sagas y cuentos, que antes habían pasado de boca en boca y se habían transmitido así, en viva comunicación, de generación en generación, lo ocuparon el catecismo, la Biblia y el libro de cánticos; ellos constituían la lectura del niño, como, en general, el único alimento espiritual de la casa y de la familia. Pero cuando, en el curso del desarrollo, el derecho del individuo se fue haciendo valer cada vez más, cuando la burguesía, cada vez más fuerte, rompió del todo las ataduras del feudalismo y en el terreno de la educación avanzó victorioso el filantropismo con el ropaje de la vuelta a la naturaleza de Rousseau, nacieron los primeros libros verdaderamente infantiles, en los que el autor se inclinaba hacia la generación en formación para ilustrarla, instruirla, formarla y educarla desde la juventud en el sentido de la clase burguesa en ascenso. La reacción romántica que vino después dio a los niños las sagas y las historias de héroes del pasado glorioso, para encender con ellas la fantasía fácilmente inflamable y el entusiasmo de la juventud. Luego empezó en Alemania una época sombría y rancia de reacción y de beatería, que trajo consigo un ejército de historias infantiles y de hilandería untuosas, piadosas y moralizantes. Fue el tiempo en que, entre otros, hacían de las suyas en la literatura Christoph Schmid, el devoto pintor de patriarcales relaciones de servidumbre, y Ottokar Schupp, el escritor prolífico beato y feudal; el tiempo en que Gustav Nieritz, el artesano literario alabado hasta las nubes por todas las tías de cuarto de niños, de uno y otro sexo, y Horn, el narrador de historias de hilandería, atontaban las cabezas de la juventud; el tiempo en que la Bonnett, Franz Hoffmann, Ottilie Wildermuth y otros cubrían la demanda de lectura para la juventud. Un alimento plano, aburrido, árido, avinagrado de moralina. Tras la fundación del Imperio alemán, cuando en la vida pública la idea nacional celebraba triunfos clamorosos y la historiografía cortesana se inclinaba servil y se arrastraba de vientre ante los «grandes hombres» de esa «gran época», tampoco la educación escolar escapó al contagio «nacional»; la consecuencia fue un auge desacostumbrado de literatura narrativa patriótica, nacional, patria, una verdadera competición en la glorificación de los héroes nacionales, en la propaganda a favor del ejército, la flota y las colonias: empezó una época de la más inescrupulosa amalgama histórica y de la más desvergonzada falsificación de la historia al servicio del interés capitalista. Estas tendencias siguen dominando hoy, en conjunto, el mercado de la literatura juvenil. El patriotismo impertinente, ruidoso y, sin embargo, tan falso, el cultivo artificial del entusiasmo por las cosas militares, la manía de la flota y la patraña colonial, el envenenamiento histórico de los pozos y la azuzada de la juventud contra la subversión: todos ellos son *frutos de nuestra economía y nuestra sociedad capitalistas*, que no pueden prescindir de la paz acorazada, del negocio de la guerra, del beneficio, de la libertad de explotación. Este mismo capitalismo nos ha creado una escuela que no garantiza ninguna educación, sino que, al contrario, descuida todo cuanto podría hacer valer plenamente al hombre en el hombre; su tarea se agota en transmitir al niño cierta cantidad de conocimientos aprendidos de manera exterior, para que más tarde sea un hombre lo bastante explotable al servicio de la industria y, por lo demás, sin voluntad y obediente. A la educación oficial de hoy le falta toda interiorización, toda profundidad; lo que es capaz de dar en formación al hombre en ciernes, y lo que considera bueno y suficiente darle, no pasa de la piel; todo es solo un barniz exterior, solo espejismo y apariencia hueca; ya los primeros temporales de la vida de fuera lavan de nuevo el mísero poquito de enlucido de cultura. *Pero precisamente a esta educación y a estos principios educativos corresponde también la literatura juvenil de hoy.* Por fuera brillante, chillona, ostentosa, decorativa, pretenciosa; por dentro hueca, sin espíritu, insulsa, de mal gusto: una nuez vana adornada con oropel.

La tendencia al empobrecimiento de la literatura juvenil se ha visto reforzada además por el hecho de que *el capital se ha apoderado de la producción de libros juveniles*, del abastecimiento de la demanda de literatura juvenil. La era capitalista, en la que hasta el cuerpo y el alma, el espíritu y el ánimo han tomado el carácter de mercancías, conoce fábricas de libros juveniles en las que la gran industria editorial se dedica al suministro de literatura juvenil según todas las reglas de la producción capitalista. Barato y malo, pero brillante por fuera: esa es la marca. Así han salido engendros de la peor especie, engendros como los que podemos encontrar sobre todo en las papelerías y librerías de los suburbios, en los grandes almacenes y en los bazares de saldos, es decir, allí donde la gente modesta suele cubrir su necesidad de libros de Navidad. El llamado *libro de mayorista* (*Grossobuch*) domina hoy el mercado. Es mercancía de fábrica de la peor calidad, pura mercancía, puro objeto para ganar dinero, un artículo de saldo sin valor artístico ni contenido ideal que inunda el mercado en millones de ejemplares. El texto, casi siempre desfigurado, se imprime en grueso papel de madera para que el volumen salga lo más abultado posible, y unas ilustraciones chillonas y estereotipadas, que a menudo no guardan relación alguna con el contenido, especulan con éxito con el gusto infantil por los colores vivos y estridentes. La distribución y venta de estos libros se hace en lo principal fuera del comercio librero regular; apenas se cierran, o no se cierran en absoluto, contratos por menos de 50 000 ejemplares.

A la misma altura están los *libros de indios*, que gozan de tanta popularidad porque el niño encuentra en ellos el alimento más grato y cautivador para su fantasía viva y desbordada. La juventud los busca con tanta más avidez cuanto más la hastía el aburrimiento del resto de la literatura juvenil. Las desnudas habitaciones de una casa de pastor o de comerciante, en las que los «queridos» Nieritz y Wildermuth gustan de situar sus historias, son demasiado tristes y poco interesantes para que puedan satisfacer la necesidad de fantasía del niño. Así, la cosa se vuelve del revés: las aventuras se trasladan a la pradera, al desierto, al mar glacial, a las selvas vírgenes y a los kraales de los cafres. A orillas del Misisipi, en Ohio, Texas, el Transvaal y el Asia oriental, en el campamento de los hotentotes, en la región de los buscadores de oro, en un barco que naufraga o en la batalla con los caníbales, los sucesos y los personajes actúan de manera muy distinta sobre la viva imaginación de los niños. Una tensión que corta el aliento envuelve entonces al pequeño lector, y los escalofríos del horror y del miedo le recorren la espalda cuando oye las hazañas y aventuras del jefe Garra o de Ojo de Halcón, cuando Noudschi, la bella hermana de Winnetou, tiene que pasar por todas las aventuras imaginables, cuando el valor, la astucia y la intrepidez de Old Shatterhand celebran triunfos desmesurados. Cómo las fieras salvajes asaltan al rostro pálido germánico, lo atan, le disparan flechas envenenadas, lo torturan, le arrancan la cabellera, lo cuelgan, lo asan al fuego y al fin se lo comen: es tan horriblemente hermoso que se le erizan a uno los pelos y los sueños salvajes de la noche le hacen sudar de angustia por todos los poros. Pero la juventud está como hipnotizada; se pasa horas, días y noches enteras embriagándose con las atrocidades sangrientas de una fantasía asilvestrada. No hace falta, por eso, ser enemigo jurado de las historias de indios. Igual que todo muchacho sano tiene sus años de pillo, también pasa una época en que se absorbe en la lectura de historias de indios y los mohicanos, los apaches, los pieles rojas y los negros forman su compañía espiritual. Que lea entonces su Robinson y, en último caso, que disfrute también de su *Medias de Cuero*; pero las novelas de Karl May y el resto de la riada de novelones de indios, manténganse lejos de él. Todos ellos son productos falsos, mentirosos, de una fantasía recalentada, que solo satisfacen la voracidad de argumento, estropean el gusto, embrutecen el ánimo y extravían y devastan la disposición artística del niño. Con bastante frecuencia los libros de indios han sido ya la causa de delitos que han llevado a niños al banquillo o a la cárcel.

Nuestra sensibilidad moral y estética más fina se rebela también contra que se ofrezcan al niño *historias de guerra* en las que se glorifican los horrores y las bestialidades del asesinato en masa. La guerra es una barbarie de la que no debería hablarse sino con repugnancia. Quien glorifica la

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guerra glorifica el asesinato brutal, se hace panegirista de la violencia bruta y pisotea con ello sin miramientos todo lo que en el alma humana pugna por salir a la luz como amor y bondad, nobleza y grandeza de alma, dulzura y misericordia. Nuestra historiografía oficial cree que, para acercarnos intelectualmente el curso del desarrollo de la humanidad, no puede arreglárselas sin guerras y derramamiento de sangre. Presérvese a la juventud de esta horrible ideología.

También en otro aspecto se impone una cautela urgente con los libros de historia para la juventud. Toda la historiografía de la burguesía se basa en la concepción ideológica de la historia, que un abismo infranqueable separa de la concepción de la historia del proletariado, la materialista. Por desgracia, hasta hoy ningún historiador de gran estilo ha sabido darnos una historia universal en nuestro sentido. Y mucho menos poseemos una elaboración materialista de la historia para la juventud. Dependemos, pues, por completo de las exposiciones históricas de la burguesía. Y en ellas, como es sabido, la gente por la gracia de Dios desempeña un papel enorme. Lo que en las biografías de un Lutero, de Federico el Grande, de Bismarck, etc., se consigue en falsificación de la historia, bizantinismo e idolatría raya en lo increíble. El valor pedagógico y estético de tales productos literarios es igual a cero; solo sirven al *adiestramiento patriótico*. Pero nosotros, los socialdemócratas, no tenemos absolutamente ningún interés en que se amase a nuestros hijos de manera bizantina y patriotera en interés de su futura opresión, ni en inculcarles arrobos corruptos ante el desollamiento de pieles humanas infladas a tamaño mayor que el natural, para que aprendan a morir de veneración ante las altas y altísimas señorías del pasado, del presente y del futuro. Cuanto más preservemos a nuestros hijos de los dudosos productos de la amalgama histórica burguesa, menos trabajo nos costará más tarde arrancar la falsa concepción de la historia que la escuela les ha implantado a toda presión y poner en su lugar otra más acertada.

Las deficiencias estéticas, y también las éticas, de la literatura juvenil están reconocidas desde hace años, y un círculo de maestros sostiene contra ellas, como ya se ha dicho, una lucha tenaz y fructífera. Aunque solo pueda valorarse como un paliativo, merece atención y apoyo, tanto más cuanto que la burguesía la mira con sentimientos encontrados. Mientras la limpieza del mercado de la literatura juvenil la dictaba solo la estética, se la aprobaba en general; pero cuando atacó en serio también la impertinente tendencia religiosa y patriótica, se produjo la reacción. Así ocurrió que en el Congreso de Maestros de Múnich se impuso el acuerdo de que «las obras literarias que, con pleno respeto de las leyes de la creación artística, ejercen a la vez sobre el niño un efecto religioso, moral y patriótico» son «absolutamente recomendables» como lectura juvenil.

Con ello se dio a la socialdemocracia la señal para tomar en sus propias manos la selección de los libros para la juventud proletaria. Las deficiencias estéticas de las lecturas juveniles, contra las que los pedagogos burgueses movilizan sus fuerzas, pesan lo que un copo de pluma comparadas con las monstruosidades históricas ante las que pasan de largo, indiferentes e inactivos, porque ellos mismos llevan puestas las gafas de la ideología burguesa. Contra eso hay que actuar desde el lado proletario. El comienzo ya está hecho.

Una *selección de libros juveniles preparada por la Comisión de Educación del partido* (*Bildungsausschuß*), que se dará a conocer a los padres socialdemócratas todavía a tiempo antes de las fiestas de Navidad, ofrece una criba de la producción de nuestra literatura juvenil según los puntos de vista decisivos de la concepción proletaria del mundo. Mientras esa selección está destinada a todo el Imperio, para Berlín una comisión especial publicará un catálogo de literatura juvenil de alcance más amplio.

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del número completo del *Unterhaltungsblatt des Vorwärts*, Nr. 225, Berlín, 19 de noviembre de 1907, págs. 898-899, digitalizado por la Friedrich-Ebert-Stiftung. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos y la paginación original. *Jugendschriften* se traduce «libros juveniles» o «literatura juvenil»; *Jugendschriftenfrage*, «cuestión de la literatura juvenil»; *Grossobuch* (libro de venta al por mayor, de fabricación masiva), «libro de mayorista»; *Spinnstubengeschichten*, «historias de hilandería» (relatos edificantes de las veladas de hilado); *Geschichtsklitterung*, «amalgama histórica». Se restituyen en la traducción las formas correctas de los nombres que el impreso trae alterados: Christoph Schmid (el original, «Schmidt») y Franz Hoffmann («Hofmann»); «Noudschi», como en el impreso, es la Nscho-tschi de Karl May. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
