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Title: Los hijos ilegítimos
Description: Artículo sobre la situación de los hijos nacidos fuera del matrimonio: Rühle repasa el estigma histórico de los «hijos de puta», la asistencia eclesiástica (inclusas, torno), las estadísticas de natalidad, mortalidad, aptitud militar, profesión y criminalidad de los ilegítimos, y demuestra que su inferioridad no se debe a la ilegitimidad ni a la herencia, sino a la miseria y el abandono de las madres solteras, que solo acabarán con el capitalismo.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1905-12-27%20Uneheliche%20Kinder
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# Los hijos ilegítimos

Desde el momento en que la moral pública empezó a considerar deshonra la entrega de una mujer a un hombre fuera del matrimonio, los vástagos de ese trato amoroso ilegítimo, por íntimo y puro que fuera en lo demás, llevan en la frente, a juicio del pueblo, el estigma del deshonor. Si alguna vez inocentes han sufrido y expiado la culpa real o supuesta de otros, según la terrible amenaza de la cruel palabra del Sinaí de que el pecado de los padres será castigado en los hijos hasta la tercera y cuarta generación, los hijos ilegítimos han tenido que soportar hasta hoy una medida bien colmada de ese castigo inmerecido del destino. Hasta bien entrado el siglo XVIII el niño nacido fuera del matrimonio se consideraba en general «hijo de puta», al que no solo se infligía toda clase imaginable de oprobio y vergüenza, sino que estaba expuesto también, en el terreno jurídico, a las más groseras desventajas. «Ante ellos se cerraban las puertas de los talleres gremiales. Igual que los hijos de los desolladores, de los verdugos y de otros oficios infamados, no se los admitía en los oficios honrados.» Todavía en la segunda mitad del siglo XVIII Justus Möser, «el hombre magnífico, incomparable», como lo llamó Goethe, escribió en sus *Patriotische Phantasien* [Fantasías patrióticas] un artículo muy característico, «Sobre la vergüenza de las putas y de los hijos de puta, disminuida en nuestros tiempos», en el que se dice entre otras cosas: «Es impolítico dar a los hijos de puta la misma honra que a los legítimos, porque con ello desaparece el más fuerte motivo para el matrimonio. Es impolítico conservar a las desdichadas madres de esos frutos prohibidos su consideración anterior, porque precisamente el miedo a perderla ha de ser el verdadero medio de fomentar los matrimonios. Es impolítico conceder a la vida célibe en el estado burgués los mismos beneficios que a la conyugal, porque el hogar de una familia es más útil al Estado y contribuye más que el estado de los mozos sueltos… ¿Tantos son, pues, los hijos de puta, o tan poco fomento merece el matrimonio, que los hijos legítimos y cabales de otras gentes honradas tengan que dejarles los talleres a su gusto?».

Con el tiempo, sin embargo, ha cambiado bastante el menosprecio social del trato sexual extramatrimonial y, con él, del nacimiento ilegítimo, si no en general, sí en amplios círculos; la era de la humanidad, dice Kampffmeyer en su escrito sobre la prostitución, arrojó sus suaves rayos hasta los rincones más oscuros de Alemania, y hoy todo hombre verdaderamente ilustrado, de formación moderna, considera evidente quitar a los vástagos del libre trato amoroso no solo toda desventaja legal, sino incluso toda apariencia de mácula social. Claro que también en este terreno tan mal comprendido y vilipendiado de la vida social siguen rondando, incluso en el siglo XX, prejuicios medievales y estrecheces de ánimo cerriles en las cabezas y los corazones de los hombres, como muestra con grotesca plasticidad la siguiente noticia de la *Straßburger Post* (diciembre de 1905) desde el pueblo alsaciano de Gebweiler:

«A finales de la semana pasada nuestro encantador pueblecito fue escenario de un suceso singular. Por la tarde —pocos minutos después de las 7— una noche negra como el cuervo cubrió de pronto nuestra localidad, por lo demás tan bien iluminada, porque todas las luces eléctricas de las calles se apagaron de repente como a una orden. En vano cavilamos sobre la causa de esta repentina oscuridad egipcia. Ahora conocemos el motivo. ¡Lector, escucha y asómbrate! Ese día había venido al mundo aquí *un niño ilegítimo*. ¡El "hijo de la noche" tenía que quedar señalado también como tal! Con ese fin se mandó interrumpir el alumbrado público una media hora entera. Para que nadie se fijara en lo que ocurría, los padrinos fueron a la iglesia por su cuenta, mientras la comadrona, llevando al niño bajo el abrigo, los siguió unos minutos después.»

Sucesos como este, que dan testimonio de un atraso tan grande como la dureza de corazón, solo pueden ocurrir todavía en comarcas en las que la Iglesia ha sabido resistir con éxito hasta ahora al espíritu de la concepción moderna de la vida.

Que fuera la Iglesia la primera en ocuparse de los hijos ilegítimos no está en modo alguno en contradicción con este fenómeno. La asistencia de la Iglesia y de las congregaciones religiosas a los ilegítimos no estaba dictada por el amor compasivo, sino por el afán egoísta de ganar así adeptos obligados a la institución madre y, además, desligados de todo lazo familiar, circunstancia que la Iglesia católica, como se ve por la prohibición del matrimonio a sus sacerdotes, siempre ha sabido apreciar como medio importante para fortalecer su poder. En el año 787 se fundó en Milán la primera inclusa, y en 1198 el papa Inocencio III instaló el primer torno. Se entiende por torno una artesa giratoria encajada en la puerta o el muro de un establecimiento de expósitos, en la que las mujeres que quieren permanecer desconocidas depositan al niño del que desean desprenderse; a una señal de campana, tras la cual la madre se aleja en seguida, la artesa se gira hacia dentro sin que se abra la puerta y se recoge al niño. El torno fue en París hasta 1870 una institución generalmente conocida, y en Italia todavía en 1888 se encontraba en 500 localidades. Con el torno comenzó propiamente la protección de los ilegítimos. En el curso de los siglos ha sufrido diversas transformaciones y se ha manifestado a menudo en las formas más peculiares. En ciertas épocas la existencia de los ilegítimos no se ha visto ni siquiera con malos ojos, como en Francia cuando Napoleón necesitaba muchos soldados; el Código napoleónico prohibió entonces expresamente investigar la paternidad del hijo ilegítimo. Pero nunca se ha organizado la protección de los ilegítimos de forma planificada, nunca se ha regulado de manera unitaria y con grandes miras, nunca ha estado tan desarrollada que bastara para aliviar en serio la miseria de los niños abandonados y proporcionar una asistencia suficiente y duradera a un número apreciable de ellos. Tampoco el presente ha recuperado en esto lo que el pasado dejó de hacer.

En Alemania nacen cada año unos 180 000 hijos ilegítimos, es decir, casi una décima parte de todos los nacimientos. De cada 100 nacidos eran ilegítimos en 1903: en Mecklemburgo-Strelitz 13,3; en Sajonia, Baviera y Hamburgo 12,5; en Mecklemburgo-Schwerin 11,8; en Reuss (línea menor), Sajonia-Meiningen, Brunswick y Sajonia-Altenburgo, de 10,8 a 10,1; en Sajonia-Coburgo-Gotha, Anhalt, Sajonia-Weimar y Schwarzburgo-Sondershausen, de 9,9 a 9,5; en Wurtemberg 8,9; Lübeck 8,6; Bremen 7,5; Baden 7,3; Hesse 7,1; Prusia 7; Alsacia-Lorena 6,9; Waldeck 5,3; Lippe 5; Oldemburgo 4,8, y Schaumburgo-Lippe 2,9; por término medio, en todo el Imperio, 8,3. La enorme fuente de fuerza popular que se refleja en estas cifras se deja perder porque una moral atrasada sigue estigmatizando a la madre soltera, socava su existencia económica y la obliga así a confiar a su hijo, a cambio de dinero, a manos extrañas, situación que lleva a las consecuencias más funestas, que se expresan sobre todo en la frecuencia de enfermedad y la mortalidad extraordinariamente altas de los hijos ilegítimos.

Ya en el parto y antes de él muere el 5 % de los ilegítimos frente al 3 % de los legítimos en la media del Imperio, y de los 404 500 lactantes muertos en el Imperio en 1903, 350 000 eran de nacimiento legítimo y 53 000 de nacimiento ilegítimo; comparadas con la cifra de nacimientos, a cada 100 nacimientos legítimos correspondían 19,3 defunciones, y a otros tantos ilegítimos no menos de 32,7. Mientras que de los nacidos en el matrimonio cuatro quintas partes llegaban a cumplir el primer año, entre los nacidos fuera de él solo lo lograban dos tercios. En Prusia mueren de cada 100 nacidos vivos 19,4 legítimos y 36,2 ilegítimos; en Baviera, 27,6 legítimos y 36,6 ilegítimos; en Sajonia, 26,4 legítimos y 38 ilegítimos. En Charlottenburg mueren durante el primer año de vida, de cada 100 hijos ilegítimos, unos 20 más que del mismo número de hijos legítimos. En *Leipzig* la diferencia de mortalidad entre los nacidos dentro y fuera del matrimonio fue en 1891 y en 1901 del 50 %; en los años intermedios presentó oscilaciones considerables. La mortalidad de los hijos legítimos no ha cambiado aquí en absoluto desde los años ochenta, mientras que la de los ilegítimos fue de 1881 a 1890 por término medio del 26,1 %, y de 1891 a 1901, en cambio, del 31,7 %. Especialmente baja fue la mortalidad de los hijos legítimos e ilegítimos en los años 1886 a 1889: la de los primeros, el 18,8 %; la de los segundos, el 22,6 %. En Estrasburgo la diferencia, en el promedio de los años 1891 a 1901, fue bastante pequeña (7,2 %), y en los cinco primeros años menor que en los seis últimos (5,8 % frente a 8,4 %), porque la mortalidad de los hijos legítimos ha disminuido y la de los ilegítimos ha seguido al mismo nivel. En Halle la diferencia fue por término medio del 11,4 %, pero allí han aumentado con los años tanto la mortalidad de los hijos legítimos como la de los ilegítimos y la diferencia entre ambas. La mortalidad de los hijos legítimos fue de 1891 a 1895 por término medio del 19,3 %, y en los años 1896 a 1901 del 21,2 %; la de los ilegítimos, en el primer período, del 27,9 %, y en el segundo, del 34,8 %. En Berlín la situación era parecida a la de Charlottenburg. Aquí, de 1891 a 1901, la mortalidad en el primer año de vida bajó del 24,86 al 22,45 %; la de los legítimos, del 22,3 al 19,9 %, y la de los ilegítimos, del 42,4 al 36,9 %.

Podría pensarse que la alta cifra de mortalidad de los ilegítimos se debe a que, como descendientes de padres inferiores y degenerados, vienen al mundo con una carga hereditaria y una aptitud para la vida debilitada. Pero entonces habría que sostener que todo el que engendra un hijo fuera del lecho conyugal autorizado por el Estado tiene que ser, naturalmente, un individuo degenerado y depravado que solo puede tener criaturas inferiores como descendencia. Este prejuicio queda refutado, sin embargo, por las encuestas estadísticas y los resultados de las investigaciones científicas. Es cierto que ocurre que hijos engendrados fuera del matrimonio reciban de sus padres, moralmente descarriados, degenerados, dados al alcohol o anormales o enfermizos de otro modo, la herencia de una degeneración física y psíquica; pero estos son casos aislados, que se dan igualmente entre los nacidos en el matrimonio y que en la estadística apenas pesan de forma perceptible en la balanza. Más bien los hijos ilegítimos están dotados de gran fuerza vital, porque casi siempre nacen de un trato amoroso libre e íntimo y sus padres están en la flor y en la plena fuerza de la juventud. En el campo los jóvenes y las muchachas suelen mantener un trato sexual recio y sensual; en muchas comarcas incluso, como han mostrado indagaciones estadísticas de pastores protestantes, el coito prematrimonial se ha convertido francamente en regla. El primer fruto del trato amoroso de estos jóvenes lozanos es con harta frecuencia un hijo nacido fuera del matrimonio. La población más pobre tiene en general, en cuestiones sexuales, una moral propia, y por cierto primitiva y natural. El trato sexual prematrimonial no está tan mal visto —cuando la pera está madura, cae del árbol, dice el carretero Henschel de Gerhart Hauptmann al enterarse de que Hanne ya tiene un hijo—, y el matrimonio a menudo solo se contrae cuando el primer hijo ya ha nacido o al menos está en camino. La estadística muestra, en efecto, que un gran número de hijos ilegítimos —en Berlín, por ejemplo, dos quintas partes— son legitimados después, es decir, reconocidos oficialmente. También el Dr. Spann ha demostrado en sus investigaciones sobre la población ilegítima de Fráncfort del Meno que el reconocimiento de la paternidad es relativamente más favorable en las obreras, amas de llaves y mujeres sin profesión, y más desfavorable en las madres solteras de las profesiones liberales y de las empleadas del comercio; una posición intermedia ocupan las del servicio doméstico y las independientes del comercio (vendedoras ambulantes y similares). Cuanto más alto es, pues, el estrato social al que pertenecen los grupos profesionales de las madres, tanto menor es el porcentaje de nacimientos ilegítimos en que se reconoce la paternidad. De ello hay que concluir que el trato extramatrimonial en los estratos sociales superiores es casi siempre más frívolo que en los inferiores; por eso una degeneración de la raza por obra de los ilegítimos podrá observarse más fácilmente en aquellos que en estos. Además, las madres solteras son criadas en Fráncfort del Meno en un 43,6 %, en Berlín en un 33,6 %, en Dresde en un 38,5 % y en Viena en un 30,5 %, un estamento al que se atribuye más una fuerza vital indestructible que debilidad física y degeneración. No se trata, pues, en la gran mayoría de los padres y madres solteros, de individuos depravados y degenerados, sino de hombres sanos y aptos para la vida, perfectamente capaces de engendrar y traer al mundo una descendencia vigorosa. Tampoco cambia mucho las cosas la objeción de que la madre soltera lo tiene más difícil durante el embarazo que la casada y de que su descendencia sufre sensiblemente por esa desventaja. Tampoco la proletaria casada puede cuidarse durante el embarazo, y menos que ninguna las 229 000 que (en 1901) tenían que trabajar por un salario además de las tareas de la casa; por su situación de clase, a menudo están todavía peor que las madres proletarias solteras.

De todo ello resulta que la mayor mortalidad de los hijos ilegítimos tiene que tener sus causas principales en factores que solo actúan después del nacimiento del niño, es decir, en el cuidado negligente, la peor atención, la alimentación insuficiente o la eliminación intencionada, la llamada «fabricación de ángeles».[^t1]

La exactitud de esta conclusión se confirma en las pruebas estadísticas sobre la mortalidad de los niños criados por nodrizas y en acogida, que, ciertamente, no son muy numerosas. Pero ya las pocas que hay tienen gran fuerza probatoria. En Charlottenburg murieron en 1903, de cada 100 niños en acogida que estaban en su primer mes de vida, 41,9, y de cada 100 niños en crianza, 24,6, antes de cumplir el primer año. Los niños en acogida y en crianza juntos presentaban una mortalidad del 41,3 %. En Berlín la mortalidad de los niños dados en crianza fue muy grande hasta 1901; solo tras la creación de un asilo infantil, en el que se admite a todos los lactantes antes de que pasen a la crianza, ha disminuido considerablemente la mortalidad de los niños en acogida de Berlín. En el primer año tras la creación del asilo la mortalidad de los lactantes fue del 59,7 %, en el segundo del 45,4 %; estas cifras, aunque todavía bastante altas en sí, son menores que las de los años anteriores.

Son, en efecto, torrentes de fuerza popular los que se pierden de este modo. El interés del pueblo, cuya riqueza consiste en la aptitud para la vida de sus miembros, y sobre todo de su descendencia, exige imperiosamente medidas que pongan fin a esta terrible situación. Aquí y allá se han dado ya pasos en ese sentido. Así, en Leipzig se ha sustituido la tutela individual, que en innumerables casos es un cuchillo sin mango ni hoja, por la tutela colectiva profesional, de modo que la oficina municipal de niños en crianza es de antemano tutora de todo hijo ilegítimo. Todo padre ilegítimo es obligado, ya antes o inmediatamente después del parto de la madre, a reconocer la paternidad y a pagar los alimentos, de modo que en 1901 los padres tuvieron que mantener a 1821 de 2900 niños, es decir, aproximadamente el 62 %, mientras que en general, según el Dr. Spann, en el 66 % de los casos no se paga pensión alimenticia alguna, en el 11,8 % solo parcialmente y únicamente en el 22,2 % con regularidad. En 1902, año en que el concejal Hentschel ejercía el cargo de tutor general sobre 3441 niños, solo por mediación de la oficina de niños en crianza 560 padres contribuyeron al mantenimiento de sus hijos, y para 88 niños el sustento se pagó con los intereses de la suma de indemnización abonada por el padre. En 1903, de 6056 niños, el 80 % estaba bajo tutela general, y 718 padres pagaban a la oficina de niños en crianza. En Leipzig existe también un servicio municipal de atención a los hijos ilegítimos hasta los 14 años, tanto si están con la madre, con los abuelos, con parientes o con extraños. La supervisión corre a cargo de tres médicos y 24 inspectoras pagadas.

Al salir de la escuela deja de actuar ese servicio de atención infantil, cuando ya antes, por lo general al terminar la lactancia, y en el mejor de los casos al comenzar la escolaridad obligatoria, ha cesado la tutela general. Y sin embargo, el hijo ilegítimo necesita con no menos urgencia, precisamente en esos años, protección, ayuda y asistencia. El camino de su desarrollo es y sigue siendo un sendero de espinas, y para casi todos ellos vale la comprobación: el aspecto general más desfavorable de los sectores de la población de origen ilegítimo no es consecuencia de la ilegitimidad, sino que se debe a las malas condiciones de vida que se dan en la inmensa mayoría de los casos, a la miseria y el abandono de las madres *solas* y a la consiguiente alimentación insuficiente y la desatención de los niños. La prueba positiva de la solidez de esta comprobación se desprende, además de todo lo ya dicho, de que el estado físico y moral de los niños completamente huérfanos, y por eso puestos bajo los órganos públicos de asistencia, es más favorable, y además de que los hijos ilegítimos que, por el matrimonio posterior de la madre, entran en una llamada familia con padrastro no se diferencian en nada de los hijos legítimos. No es, pues, la ilegitimidad en sí, sino las malas condiciones económicas y sociales en que crecen los ilegítimos, lo que produce el desclasamiento físico y —como veremos— también intelectual y moral de estas desdichadas criaturas.

Como puede verse en los *Jahrbücher für Nationalökonomie* [Anuarios de Economía Nacional], los recuentos de los años 1869/70 y 1889/90 dieron como resultado que en Berlín, de cada 1000 legítimos nacidos vivos, 589 y 507 llegaron al reconocimiento militar, es decir, estaban vivos, y de cada 1000 ilegítimos solo 140 y 185. El Dr. Spann comprueba para Fráncfort del Meno que de cada 1000 niños legítimos nacidos vivos llegaron a los 20 años 660,5, y de otros tantos ilegítimos solo 181,5. Muestra además, con los resultados de los reconocimientos militares, que los ilegítimos cuya madre siguió viviendo soltera presentaban la peor constitución física. De los hijastros ilegítimos, el 52,4 % era apto y el 7 % completamente inútil; de los puramente ilegítimos, solo el 36,8 % era apto, y en cambio el 11,4 % completamente inútil. Los índices de aptitud de los hijastros ilegítimos igualaban del todo a los de los hijos legítimos; solo los propiamente ilegítimos mostraban degeneración física, mientras que los huérfanos estaban en general en mejor situación. Según esto, a los hijos ilegítimos les habría convenido más que su madre hubiera muerto en vez de seguir viviendo sin casarse. Una comprobación infinitamente triste, que arroja una luz cruda sobre las lamentables condiciones en que crece el ejército de los ilegítimos.

Se repite al estudiar las condiciones profesionales de los ilegítimos. Según el Dr. Spann, para los ilegítimos sin antecedentes penales (presumiblemente no degenerados) resultó el orden siguiente: obreros cualificados, el 58,9 %; no cualificados, el 22 %; empleados de comercio y similares, el 13,7 %; profesiones liberales, funcionarios, etc., el 2,7 %; en preparación profesional (aprendices, estudiantes, etc.), el 1,7 %; independientes (también vendedores ambulantes), el 1 %. La situación de los hijastros era también aquí considerablemente más favorable que la media. Los obreros cualificados subían en ellos al 63,8 %, los no cualificados bajaban al 16,9 %; finalmente, en los hijos ilegítimos de madres solteras el número de obreros cualificados había bajado al 51,8 % y el de no cualificados había subido al 22,7 %. También aquí, pues, el resultado de que la familia con padrastro produce en lo esencial condiciones igual de favorables que el matrimonio normal, pero que también los huérfanos presentan condiciones todavía más favorables que los ilegítimos absolutos; de ahí la terrible consecuencia: mejor para el niño que la madre soltera muera que no que siga viva.

Es evidente que tales condiciones de existencia desfavorables para los ilegítimos tienen que acarrear consecuencias sociales que solo sirven para enriquecer los lados oscuros de la sociedad humana con matices de depravación, de decadencia moral, de vicio y de vergüenza. El mundo de los delincuentes, las prostitutas y los vagabundos se recluta en una parte aterradora entre los nacidos fuera del matrimonio. Para pedagogos y médicos está claro desde hace tiempo que un alto porcentaje de los de escasa capacidad y de los inferiores psicopáticos, de cuyas filas reciben las cárceles y los presidios su mayor contingente, es de nacimiento ilegítimo. La entrada temprana de muchachas jóvenes en el ejército de las prostitutas, anterior incluso a la etapa de formación económica, se debe por lo general a «graves trastornos funcionales de la familia», sobre todo a la falta del padre, de modo que el niño crece en una familia materna, que desde siempre, y con razón, se considera aun en el mejor de los casos una cosa a medias. De los niños entregados por descarriados a la educación forzosa, por término medio el 17 % son de nacimiento ilegítimo; en Prusia, en 1901, de 2858 pupilas de la educación tutelar eran ilegítimas 534 (aproximadamente el 19 %), y en 1902, de 2063, casi el 20 %, a saber, 406. El Dr. Spann comprobó que en Fráncfort del Meno el 10,8 % de todos los ilegítimos tenía condenas y que a cada condenado correspondían 2,1 condenas y 3,3 delitos, a saber, 2,8 delitos menores, 0 crímenes y 0,5 contravenciones. El 50,9 % solo había sido condenado una vez; el 49,1 % ya varias veces al llegar a la edad militar. En cambio, en los legítimos el número de condenados era solo del 7,6 %, y a cada condenado le correspondían solo 1,6 condenas y 2,3 delitos. Dos tercios de los legítimos condenados lo habían sido una sola vez, y un tercio varias. Se muestra, pues, que la penuria económica desempeña entre los ilegítimos un papel mucho mayor que entre los legítimos; la mayor criminalidad de los primeros es consecuencia de peores condiciones de existencia, lo que prueba además, por si fuera poco, el hecho de que entre sus delitos predominan los delitos contra la propiedad.

Hambre, miseria, penuria… toda la terrible gama de colores de la miseria humana y social se refleja en el sombrío capítulo de los hijos ilegítimos. Por mucho que se idee y se disponga en medidas e instituciones para proteger y asistir a estos pobres abandonados, su necesidad y su desdicha nunca se aliviarán del todo mientras la humanidad sangre por las innumerables heridas que le inflige el capitalismo cada día y cada hora.

O. R.

[^t1]: *Engelmacherei*: la muerte, por abandono deliberado, de niños confiados a nodrizas mercenarias («fabricantes de ángeles»). (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde las imágenes de la *Leipziger Volkszeitung*, 12.º año, n.º 298, 27 de diciembre de 1905, suplemento de folletín (SLUB Dresden, digital.slub-dresden.de/id394414608-19051227).

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). *Uneheliche* se traduce «ilegítimos» o «hijos ilegítimos»; *Hurkind*, «hijo de puta» (término de la época, citado por Rühle); *Drehlade*, «torno»; *Findelhaus*, «inclusa»; *Halte- und Pflegekinder*, «niños en crianza y en acogida»; *Generalvormundschaft*, «tutela general»; *Zwangserziehung*, «educación forzosa»; *verwahrlost*, «descarriado», según el glosario.
