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Title: Suicidios infantiles. II
Description: Segunda y última entrega del artículo sobre el suicidio de niños: el miedo a la escuela —niños obreros agotados, niños enfermos tratados de holgazanes, la angustia de notas y exámenes, la sobrecarga de la enseñanza religiosa y memorística— y, sobre todo, el miedo al castigo corporal empujan a muchos escolares al suicidio; Rühle acusa a los «pedagogos del palo» y concluye que solo la superación de los antagonismos sociales hará desaparecer el mal.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1905-09-18%20Kinderselbstmorde.%20II
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# Suicidios infantiles

## II

¡El miedo a la escuela! Basta pronunciar la palabra y se alza ante nuestros ojos un mundo pequeño, pero a la vez muy grande, un mundo lleno de innumerables momentos de cuidado y angustia, de pena y fatiga, de repugnancia y horror, de dolor y desesperación, que con mil matices sacuden y hacen temblar los corazones y los cerebros de los niños. Ahí están los pequeños y dignos de lástima asalariados, uncidos de la mañana a la noche al yugo del trabajo, que, cuando llegan rendidos y con el estómago vacío a ocupar en la escuela el único lugarcito de descanso que les ofrece su jornada cargada de trabajo, no son capaces de seguir la clase; el aprender se les vuelve un tormento, el maestro que, a despecho de todos los obstáculos, quiere hacerlos avanzar les parece un verdugo, la escuela entera solo despierta en ellos sentimientos de angustia, rechazo y espanto; hacen novillos, son castigados por ello con dureza, vuelven a hacer novillos, no tienen entonces valor para volver a presentarse en la escuela, se escapan sin rumbo, vagabundean o buscan incluso escapar con el suicidio al castigo que les espera. No están mejor los enfermos, los anormales, los lisiados de toda clase, cuya debilidad e inferioridad mental a menudo no se reconoce, a quienes se trata a palos como «holgazanes», «tontos», «bobalicones», etc., y para quienes la clase se convierte en un infierno. Sobre todo Sajonia, donde las bendiciones de la explotación capitalista se hacen notar del modo más funesto en el cuerpo del pueblo, aporta en las regiones de miseria de sus proverbiales industrias del hambre un gran contingente de estos niños desdichados. Los hambrientos, los extenuados, los atrofiados por la desnutrición crónica, los que llevan una tara hereditaria, los que no tienen padres ni hogar, los empujados de aquí para allá, los degenerados y desmoralizados, los apaleados y descarriados, las víctimas de la educación forzosa y de las cárceles —¡casi interminable es la procesión del sufrimiento!—, todos ellos dan ya entre los jóvenes candidatos al suicidio en abundancia. Pero también a los sanos les asalta a veces la idea del suicidio.

Guttstadt llevó a cabo una investigación de los suicidios de escolares en Prusia para los años 1883 a 1888. Examinó 289 casos (240 varones y 49 niñas), de los cuales 82 correspondían a escuelas superiores y 207 a escuelas elementales. De los primeros, 15 muchachos se habían dado muerte por miedo al examen, por no pasar de curso y por haber suspendido el examen; de los segundos, 1 muchacho y 1 niña. Otros motivos relacionados con la asistencia a la escuela habían sido determinantes del acto suicida en 5 muchachos de escuelas superiores y en 8 muchachos y 1 niña de escuelas elementales. Esta investigación, como muchas otras, muestra que la escuela actual, con su miedo a las notas y su plaga de exámenes, dos instituciones de nuestra burocracia escolar de las que se podría prescindir de sobra, empuja a la muerte a buen número de los suicidas jóvenes. Se sabe que los exámenes escolares ejercen sin duda una influencia perjudicial sobre la salud corporal de muchos alumnos —baste recordar los experimentos de Ignatieff y Kosinzoff—; se sabe también que de la excitación nerviosa de algunos alumnos en los exámenes, de la inquietud extrema o del ánimo abatido, a menudo no hay más que *un* paso hasta el suicidio. Mucho contribuye al efecto funesto, observa además Baer a este respecto, la excesiva importancia que la vida familiar moderna concede a los progresos de los hijos en la escuela. En la familia, sobre todo en las clases sociales media y alta, la nota, el puesto en clase y el paso de curso de los hijos constituyen el centro de todos los acontecimientos, en torno al cual gira a ratos todo. Si en las clases, casi siempre abarrotadas, el alumno se halla ante un maestro no siempre suficientemente capacitado en lo pedagógico y psicológico como un extraño y un desconocido, si queda a veces incluso a merced de la opinión preconcebida e imaginaria de este, si el maestro, por falta de tiempo y de ocasión, no está a menudo en condiciones de conocer la peculiaridad del alumno, no puede dejar de ocurrir que juzgue mal a uno u otro alumno y lo empuje a la desesperación con un trato equivocado, quizá también injusto. Habrá, pues, que cargar también a la cuenta de la escuela —y Siegert comparte esta opinión— una parte de los suicidios infantiles «por ambición herida», y quizá también los casos de «exaltación religiosa», que encuentra preparación y base suficientes en la enseñanza de la religión de nuestra escuela primaria. Por lo demás, mediante las innumerables investigaciones realizadas por destacados pedagogos y médicos (Griesbach, Wagner, Trüper, Kemsies, Axel Key, Mosso, Erismann, Kraepelin, etc.) se ha obtenido una visión del funcionamiento de la enseñanza en nuestras escuelas superiores y elementales que confirma en toda su amplitud que «una *enseñanza escolar llevada a cabo de modo irracional* es muy capaz de ejercer una influencia morbosa sobre el sistema nervioso».

Ahora bien, en nuestras escuelas se encuentra por desgracia a menudo una de esas «enseñanzas escolares llevadas a cabo de modo irracional». Siegert, un maestro de Leipzig, considera demasiado altos los objetivos de enseñanza de la escuela primaria, opinión que no podemos compartir. Si, suprimiendo la enseñanza de la religión, se concediera a los niños más libertad, tiempo y fuerzas para las materias científicas, la sobrecarga del espíritu, el maltrato de la memoria y el agotamiento de los nervios no serían ni de lejos tan grandes como hoy, cuando se ahoga con dogmas la capacidad de pensar y se devasta con versículos de la Biblia la memoria. Pero, por lo demás, Siegert tiene razón cuando escribe: «Exigimos con demasiada frecuencia lo pedagógicamente inútil y lo psicológicamente imposible, cosas que sirven para lucirse en el momento, pero no para el fomento duradero del desarrollo del espíritu… Échense al fuego los planes de estudio sistemáticamente urdidos y créense otros nuevos, sencillos, aconsejados por principios higiénicos, que acaben de una vez con el inútil lastre de la memoria, eviten el saber enciclopédico que dispersa las fuerzas, den a la enseñanza una orientación unitaria y sean capaces de educar al mundo infantil en la noble sencillez y naturalidad del pensar, el sentir y el querer… Y no hagáis que el cuerpo pague los progresos del espíritu. Aumentad la fuerza corporal, templad los nervios, poned equilibrio en la formación del cuerpo y del espíritu. Dad espacio al alegre juego infantil, al ejercicio corporal al aire libre y al sol, organizad desde la escuela paseos por el bosque y el campo… Así educaréis niños a los que la idea del suicidio no se les ocurrirá ni en sueños». Nuestra escuela está todavía lejos de todo esto; lo demuestra, no en último lugar, la cantidad de suicidios infantiles. Siegert cuenta de un muchacho de Zwickau que se ahorcó al terminar las vacaciones de verano, y de un muchacho de Meißen que, para no tener que volver a la escuela, saltó desde un tercer piso al empedrado de la calle. Casper da noticia de un muchacho de Liebenow que se ahorcó porque no era capaz de aprenderse los versículos que le había puesto el párroco; en un pueblo cerca de Halle se quitó la vida otro porque desesperaba de llegar a aprender nunca nada; en Berlín un muchacho y, según cuenta Durand-Fardel, una niña fueron empujados a la muerte por la preocupación por sus deberes escolares. Y así sucesivamente.

Pero todavía peor que el aprender actúa sobre el niño, angustiándolo y paralizándolo, el *miedo al castigo*. La vara escolar, que para vergüenza de nuestro tiempo y de nuestra civilización sigue gozando de derechos de soberanía en la escuela primaria, tiene sin duda la culpa de la mayoría de los suicidios infantiles. El «miedo al castigo» aporta entre los suicidas jóvenes, sobre todo entre los alumnos de la escuela primaria, uno de los mayores contingentes; según las averiguaciones oficiales citadas, de 104 alumnos de escuela primaria considerados se quitó la vida por esta causa el 48 %, y de 85 niñas el 65 %, mientras que en las escuelas superiores, donde, como es sabido, no se pega, de 62 muchachos solo uno atentó contra sí mismo por miedo al castigo. Con el palo, nuestros maestros de escuela primaria no solo arrancan a los hijos de los pobres todo respeto de sí mismos y toda independencia, todos los mejores impulsos del corazón y los sentimientos más nobles, sino que pueden incluso empujar con él a la muerte a esos desdichados. En innumerables casos en que las estadísticas indican «miedo al castigo» como motivo de suicidio en niños, la averiguación ha dado como resultado que se trataba siempre de castigos escolares. Es especialmente frecuente que los niños hicieran novillos y luego, por miedo a los palos, se arrojaran por la ventana. Baer da a conocer siete casos de este tipo, y también en las relaciones de otros autores aparecen con bastante frecuencia suicidios de esta clase y con este motivo. «El trato brutal y malo por parte de los maestros», explica Baer, «es no pocas veces la causa de que los niños falten a la escuela y de que, a consecuencia de ello, el miedo al castigo se convierta a su vez en causa del suicidio… Cuanto más brutal y desenfrenada es la disciplina punitiva del maestro, cuanto más se angustia y teme el niño ante los duros castigos corporales y malos tratos del maestro, tanto más fundado es el reproche que con derecho se puede hacer a este sistema por los casos de suicidio infantil». Y en la *Schulgesundheitslehre* [Higiene escolar] de Eulenberg y Bach se dice: «La relación del suicidio de escolares con la escuela es la más triste de todas cuando el miedo al castigo escolar empuja a los niños a la muerte». Siegert opina, ciertamente, que son «solo unos pocos del estamento de los maestros a los que la excitación del momento arrastra a castigos corporales crueles»; pero la masa del pueblo, que ha pasado ocho años por la escuela primaria, lo sabe mejor: el palo sigue formando parte del repertorio fijo de la educación popular de gremio y se blande todavía de un modo completamente bárbaro sobre las cabezas de la juventud proletaria. Todos esos pedagogos del palo son cómplices de la miseria y la desolación que, desde las columnas de cifras de la estadística del suicidio infantil, claman venganza.

Así, también nuestra educación oficial es un Moloch al que el pueblo tiene que sacrificar hecatombes. Ricos y pobres: unos por causas que su posición de dominio trae consigo, los otros bajo la presión de la servidumbre y la pobreza. Algo malsano hay en ambos; procuremos que, mediante la supresión de los abismales antagonismos, la sociedad llegue a sanar. Entonces síntomas morbosos tan feos, tan malignos como los suicidios infantiles desaparecerán por sí solos del cuerpo del pueblo.

O. R.

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen de la *Leipziger Volkszeitung*, 12.º año, n.º 216, 18 de septiembre de 1905, suplemento de folletín (*Feuilleton-Beilage*), digitalizado por la SLUB Dresden (digital.slub-dresden.de/id394414608-19050918, imagen 11). Continúa la primera entrega (*1905-09-16 Kinderselbstmorde. I*).

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). *Kinderselbstmord* se traduce «suicidio infantil»; *Schulbakel*, «vara escolar»; *Prügel*, «palo» o «palos»; *Verwahrloste*, «descarriados»; *Zwangserziehung*, «educación forzosa»; *Ueberbürdung*, «sobrecarga»; *Zensur*, «nota». Se corrigen en la traducción las grafías de nombres propios del impreso («Axel, Key» > Axel Key; «Erisman» > Erismann); «Eulenberg» se deja como en el original. Se conservan las cursivas del original, que reproducen su espaciado.
