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Title: Sobre la cuestión de la prostitución
Description: Reseña, firmada «R.», del libro del médico Wilhelm Hammer *Zehn Lebensläufe Berliner Kontrollmädchen*: el autor elogia su franqueza contra la hipocresía moral y su crítica de los burdeles y de la policía de costumbres berlinesa, pero le reprocha que niegue el peso de la miseria social en la prostitución, que solo una sociedad socialista, al quitar al matrimonio su carácter económico, podrá suprimir.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1905-08-13%20Zur%20Frage%20der%20Prostitution
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# Sobre la cuestión de la prostitución

<!-- pág. 9 (2.º suplemento) -->

R. Tengo ante mí un librito que ha aparecido en la interesante serie de los *Großstadt-Dokumente* [Documentos de la gran ciudad] —editada por el poeta *Hans Ostwald*, conocido como pintor de la miseria— y que lleva por título: «*Zehn Lebensläufe Berliner Kontrollmädchen*» [Diez biografías de muchachas registradas[^t1] de Berlín]. Su autor es el Dr. med. *Wilhelm Hammer*, antiguo médico del asilo municipal para personas sin hogar de Berlín.

Hay que reconocer de entrada que el autor trata la cuestión de la prostitución con mirada libre y con un corazón cálido hacia las «mujeres públicas», tan despreciadas por los fariseos. Con todo, trata la cuestión más como médico que como político social, aunque no se muestra tan ciego ante las conexiones sociales como ciertas celebradas eminencias médicas.

Las diez «biografías» que anuncia el título del librito forman el marco exterior; las consideraciones sobre la esencia de la prostitución, el verdadero contenido del libro.

Las muchachas registradas que nos presenta el autor —ha cambiado los apellidos para no causarles molestias— proceden de los medios más diversos. Encontramos entre ellas hijas de artesanos, de cocheros, de obreros cualificados, una hija ilegítima, pero también la hija de un gran comerciante judío y la de un oficial (un capitán). El autor confirma lo que todo iniciado sabía desde hacía mucho: que poco más o menos todas las clases aportan su contingente a las prostitutas. Ciertamente, desde la camarera el paso a la prostitución es el más fácil; desde la criada tampoco es precisamente difícil, como tampoco desde la dependienta; pero también «hijas de familia» y maestras terminan como muchachas registradas. El nacimiento ilegítimo, la muerte de ambos padres o de uno de ellos, una madrastra más o menos insoportable, el matrimonio deshecho de los padres: todo ello contribuye, según las circunstancias, a echar a una muchacha a la calle; pero también muchachas de lo más protegidas, que viven en las relaciones familiares más ordenadas, caen a veces en la prostitución.

La prostitución como tal parece inseparable de la sociedad monógama y de capitalismo privado una vez alcanzado cierto nivel de cultura[^1]. Sabemos cuánto floreció la prostitución en la antigua Grecia, en Atenas y más aún en Corinto; pero también la Edad Media «piadosa» y «cristiana» tuvo sus «damas errantes», e incluso, como en Ginebra y en París, sus gremios de prostitutas. Las épocas tienen poco que reprocharse unas a otras en este aspecto. Los sabios de la Antigüedad y los teólogos de la Edad Media tuvieron que hacer la vista gorda, conformarse con la prostitución y, si no justificarla, al menos disculparla. El cristianismo se ha mostrado impotente frente a la sensualidad. Es cierto que en este o aquel individuo el cristianismo —como también el budismo, el estoicismo, el republicanismo, el socialismo y, en general, toda concepción del mundo que se apodere del hombre entero— ha hecho callar al demonio de la sensualidad; el cristianismo ha tenido sus monjes y sus puritanos, como el jacobinismo los suyos; pero los Savonarola y los Calvino han podido extirpar el comercio sexual fuera del matrimonio tan poco como los Robespierre y los Saint-Just han podido erigir su campesina república de la virtud. En lo político-económico, el *celibato*, que el gran papa Gregorio VII no tanto introdujo como impuso, fue y es una formidable palanca de poder de la Iglesia católica; si Haeckel lo desconoce, demuestra una falta de sentido histórico que, por cierto, comparte con muchos naturalistas; en lo moral, el celibato ha resultado un enorme fracaso, sin que haga falta siquiera pensar en los Borgia ni en sucesos recentísimos, ni siquiera en los ejercicios epistolares del señor Colbus[^t2].

En ningún terreno andan tan a la greña la teoría y la práctica como en el de la sexualidad. Incapaz de dirigir la práctica, la teoría es más bien descompuesta por ella. Restos de la concepción cristiana, que establece el ideal de castidad y proscribe al menos la cópula extramatrimonial, luchan con la sensualidad natural y la sobremadura, y con las consecuencias y fenómenos concomitantes del capitalismo, que se hacen valer muy especialmente en el terreno de la vida sexual. Así, la «opinión pública» burguesa sobre el comercio sexual se compone de puras contradicciones. El Dr. Hammer da unas cuantas muestras de estas contradicciones, muestras que serían divertidas si la cosa no fuera tan terriblemente seria.

«La abstinencia sexual es dañina e inocua. Para ambas concepciones se encuentran testigos.» (p. 78.)

«La opinión pública pisotea a veces en el fango a la muchacha que se hace madre, mientras sonríe al vividor.» (p. 79.)

«Se considera inmoral tener relaciones fuera del matrimonio o impedir la fecundación. Pero muy pocos se preocupan por ello.» (p. 79.)

El Dr. Hammer reconoce las contradicciones, pero no es capaz de resolverlas. No debe ser esto un reproche. Dentro del orden social capitalista —y en su terreno se mueve el libro— estas contradicciones no pueden resolverse. Ni sabe el Dr. Hammer responder con suficiente claridad a la pregunta «¿Qué hace que las muchachas se conviertan en prostitutas?», ni sabe proponer medios que pongan algún remedio siquiera a los fenómenos concomitantes de la prostitución peligrosos para los *hombres*, y menos aún posee una receta contra la prostitución misma.

A la pregunta «¿Cómo llega una muchacha a la prostitución?» se ha respondido de muy diversas maneras. Unos dicen, con toda generalidad y sin especificar: «Por la miseria social»; otros: «Por la inclinación innata», por la *ninfomanía*, como reza la expresión científica. Unos declaran: «Solo hay prostitutas *natas*»; otros, en cambio, solo quieren reconocer prostitutas *hechas*.

El Dr. Hammer toma un camino intermedio. Su puesto de médico en el asilo para personas sin hogar le ha aguzado demasiado la mirada sociológica como para que pudiera presentarse como profeta de la teoría de la ninfomanía; pero, por otro lado, también hace frente a quienes quieren explicar la prostitución exclusivamente por causas sociales. Termina su libro con la observación, que en efecto explican una o dos de las biografías anteriores: «Por último, quisiera subrayar que, pese a la educación más cuidadosa, una muchacha puede convertirse en prostituta.» (p. 103.) Contra esta observación no hay nada que objetar; en cambio, el giro, ya recogido por algunos periódicos: «Las prostitutas no se ven forzadas por el hambre de pan a hacer la calle», da a quien escribe estas líneas ocasión para unas cuantas observaciones críticas.

«¡No por el hambre de pan!» Pues bien, el propio Dr. Hammer describe con palabras penetrantes la miseria de las *camareras*. Las tristemente famosas «*tabernas de alterne*» son francamente el caldo de cultivo de la prostitución. Y además, el propio autor cuenta de una prostituta de más edad que en su juventud había sido criada de un feriante de una pequeña ciudad (de Turingia) por la friolera de 12 táleros, es decir, *36 marcos de salario anual*. Claro que eso era a comienzos de los años setenta. Desde entonces han subido sin duda los salarios de los criados, pero más en la gran ciudad que en el campo llano y en las pequeñas ciudades. Según mi experiencia, las muchachas del campo empujadas a Berlín por los bajos salarios y el mal trato, sobre todo desde el Este, aportan un contingente extraordinariamente fuerte a la multitud de las prostitutas. Ciertamente, en la mayoría de los casos —tampoco en todos— habrán tenido comida suficiente. Pero sería restringir la cuestión social de un modo indebido, rayano en lo ridículo, entenderla en el sentido más estrecho como «cuestión del estómago». A la vida pertenece sin duda algo más que el comer, más incluso que la vivienda y el vestido; la juventud tiene derecho a exigir alegría de vivir, y que con el progreso de la cultura crecen en general las exigencias del nivel de vida es un principio que a estas alturas toda la ciencia económica tiene más que sabido.

«En Berlín ha de haber prostitutas que se entregan por 25 pfennigs.» (p. 94.) El autor podría decir tranquilamente: hay prostitutas que se entregan a los hombres por ese precio. Con la sola comprobación de este hecho queda ya demostrado qué papel desempeña la miseria social en la prostitución.

Tan insatisfactorias como los intentos de explicación del Dr. Hammer son sus «propuestas de mejora» (apartado X). Él mismo es muy consciente de la insuficiencia de sus propuestas. Rechaza con razón los *burdeles* —lástima que no se refiera a *Hamburgo*—, esos establecimientos que no protegen a los hombres y ahogan el último resto de humanidad en las prostitutas.

«Los burdeles alemanes que existen hoy no protegen de las enfermedades venéreas, *sino que ofrecen al joven casi la seguridad de enfermar* si los frecuenta con regularidad. No protegen a las muchachas, sino que les ofrecen casi la *seguridad de arruinarse física y mentalmente con el alcohol y de no ganar a menudo, aparte de la comida y la bebida, ni un pfennig*.» (p. 100.) Tampoco el *control de las prostitutas* ofrece protección contra las enfermedades venéreas; al contrario: «El *control de las prostitutas* que viven libremente, con las restricciones de la policía de costumbres berlinesa, *ofrece una seguridad casi completa de que cliente y muchacha enfermen*.» (p. 101.) El Dr. Hammer califica con razón de *impracticable* el castigo del comercio con prostitutas en hombres y mujeres (ibídem). «Los artículos correspondientes llevarían probablemente a extorsiones generalizadas.» ¡Muy cierto! La *educación* puede hacer mucho, pero queda en todo caso estéril si las palabras y los actos de los padres están en una contradicción reconocida o sentida por los hijos (p. 102). Las *medidas legislativas* son difíciles y prometen poco éxito (ibídem). Todos darán la razón al autor cuando declara: «El hombre individual, la mujer individual, puede abolir para sí personalmente la prostitución» (p. 162)[^t3]; pero esta abolición personal no toca la prostitución como tal, la prostitución como fenómeno social. No puede quedar sin réplica que el autor diga: «La *elevación de la situación social* de la gran masa puede ser en sí deseable. *Una disminución de las enfermedades venéreas y de la prostitución por este camino no la considero probable.*» (p. 101.) Aquí el político social tiene que salir al paso del médico. Ciertamente, las medidas de reforma social no pueden suprimir la prostitución dentro del marco de la sociedad actual, porque es precisamente una parte de nuestra sociedad actual; pero que tales medidas no puedan producir tampoco una disminución es algo que solo se afirma, no se demuestra. *Una sociedad que despoje al matrimonio de su carácter económico suprime también la entrega por dinero y, con ella, la prostitución.* Qué formas adoptarán las relaciones entre ambos sexos en una sociedad futura, no podemos saberlo; pero una prostitución en sentido económico y por causas económicas no puede existir en una sociedad socialista.

Si nuestras conclusiones son distintas de las del Dr. Hammer, esta diferencia de opinión no nos impide en absoluto saludar su librito con alegría y como un acto valiente. Muy de agradecer es la decisión con que el autor se enfrenta a la *hipocresía moral*. No sin amarga ironía se pone en su sitio la arrogancia de las «mujeres decentes» frente a las «prostitutas»: «Lo mismo que entre las prostitutas, hay entre las mujeres (llamadas) decentes unas que son modestas en sus pretensiones y otras que plantean altas exigencias al bolsillo del hombre. Más aún, las mujeres (llamadas) decentes consideran a menudo evidente que un joven caballero pague por ellas en los paseos sumas con las que podría tener una belleza sobresaliente, mientras que la (llamada) decente a veces se olvida de dar las gracias y considera de lo más natural que el caballero pague por ella... Las llamadas mujeres decentes son casi siempre vivas partidarias de la doble sensualidad y despreciadoras de las prostitutas; *en cambio, no pocas veces dispensan a los vividores su favor especial*.» (p. 94 s.)

De agradecer es también la dura crítica que el Dr. Hammer hace del modo en que se ejerce en *Berlín* el «*control de costumbres*». Todo el método tiende a entregar atadas de pies y manos a la policía de costumbres —la «Sitte», dicen sin más las prostitutas— a las prostitutas, a las que la disposición correspondiente de la jefatura de policía llama despectivamente «hembras». En las muchachas registradas se cría un sentimiento de dependencia servil respecto de cada guardia; es el único resultado palpable de la prolija disposición; por lo demás, no sirve sencillamente para nada, aunque solo sea porque las numerosas prescripciones impuestas a las muchachas son de todo punto *impracticables*. Una muchacha registrada que quiera vivir según las prescripciones tiene sencillamente que *morirse de hambre*. Un ejemplo entre muchos: en aquella disposición, que el Dr. Hammer reproduce literalmente, se prohíbe a las prostitutas pisar numerosas calles, precisamente *las más concurridas*, entre ellas *la Friedrichstraße* desde la puerta de Oranienburg hasta la Puttkamerstraße y la Besselstraße (es decir, con excepción de la parte más meridional y tranquila, junto a la puerta de Halle) (p. 24). ¿¡Quién se ríe!? Además se prohíbe a las prostitutas detenerse, e incluso todo «comportamiento» que atraiga sobre ellas la «atención» de otros (p. 23). Un gesto de la boca, una sonrisa, un movimiento con el paraguas, la forma del sombrero, el peinado: todo puede dar al guardia motivo o pretexto para una detención.

¿Y qué han conseguido estas prescripciones? «*Pese al control, en Berlín corresponden por término medio 1,2 enfermedades venéreas a cada hombre sexualmente maduro.*» (p. 29.) Cualquier comentario no haría más que atenuarlo.

De la *educación tutelar*[^t4] parece esperar el Dr. Hammer bastante; al menos le dedica un capítulo entero (el III). Nos permitimos ser de otra opinión. Todas las profecías que la prensa socialdemócrata asoció a la presentación de la ley prusiana de educación tutelar se han cumplido: se han abierto de par en par las puertas a la arbitrariedad policial; ninguna vista judicial pública limita el criterio personal del juez de tutelas; se han entregado nuevas víctimas indefensas a la explotación industrial y agraria. Por lo demás, el Dr. Hammer considera la educación tutelar muy necesitada de reforma; pero no logra librarse del hechizo de la pedagogía del palo; los *golpes* que considera necesarios no deben ser demasiado fuertes, pero tampoco demasiado suaves (p. 39). Volúmenes dice la siguiente frase, que se encuentra en la misma página: «*Los desgarramientos sangrientos* como los que antes estaban a la orden del día en los presidios *los considero inapropiados en los establecimientos de educación tutelar*.» ¿¡Así que se dan!?

Resistimos la tentación de extender más nuestra reseña del librito de Hammer. Una vez más: los resultados no nos satisfacen; en las concepciones político-sociales fundamentales discrepamos del autor; pero reconocemos la laboriosidad, la buena voluntad y el corazón cálido del Dr. Hammer; saludamos sus exigencias y comprobaciones como un material importante y valioso, y nos alegra observar que también los médicos empiezan a considerar, para juzgar la prostitución, *más importantes las encuestas sociales que las mediciones y comprobaciones de defectos físicos*.

[^1]: Por ejemplo, al comienzo del *período manufacturero*, como tan acertadamente lo llamó el economista List. Pero también *sociedades puramente agrarias* muestran indicios de prostitución.

[^t1]: *Kontrollmädchen*: prostituta inscrita en el registro de la policía de costumbres y sometida a su control sanitario y reglamentario. (N. del T.)

[^t2]: Alusión a un caso de actualidad que no se ha podido identificar. (N. del T.)

[^t3]: Así en el impreso, probablemente por p. 102; las comillas de la cita no se cierran en el original. (N. del T.)

[^t4]: *Fürsorgeerziehung*: internamiento de menores en establecimientos o familias por decisión judicial, regulado en Prusia por la ley de 2 de julio de 1900. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen del *Hamburger Echo*, año 19, n.º 188, 13 de agosto de 1905, segundo suplemento, pág. 9 (OR1905-29), digitalizado por la Staats- und Universitätsbibliothek Hamburg Carl von Ossietzky (Deutsches Zeitungsportal). Firmado «R.»; atribuido a Rühle por la bibliografía.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). *Dirne*, *Dirnentum* se traducen «prostituta», «mujer pública», «prostitución»; *Kontrollmädchen*, «muchacha registrada»; *Sittenpolizei*, «policía de costumbres»; *Fürsorgeerziehung*, «educación tutelar»; *Animierkneipe*, «taberna de alterne».
