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Title: Torturas de los nervios
Description: Artículo de higiene escolar contra los exámenes: Rühle reúne las observaciones médicas sobre la nerviosidad de los escolares y sobre los efectos de los exámenes en el pulso, la presión sanguínea y el peso de los alumnos, relaciona la angustia ante el examen y las notas con los suicidios de escolares y pide suprimir no solo el terror de exámenes y calificaciones, sino estas instituciones mismas.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1905-03-01%20Nervenfoltern
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# Torturas de los nervios

Gracias a los esfuerzos de numerosos médicos y pedagogos, entre los cuales merecen citarse como los más destacados Erisman, Trüper, Kemsies, Axel Key, Mosso, Kraepelin, Eulenburg, Schmidt y otros, se ha logrado poco a poco cada vez más, con ayuda de amplias investigaciones metódicas, obtener desde el punto de vista del higienista, del fisiólogo y del psiquiatra una visión exacta del funcionamiento de la enseñanza en nuestras escuelas, y observar, medir y valorar los efectos de la enseñanza en general y de cada una de sus ramas en particular sobre la salud, el bienestar y la capacidad de rendimiento de los alumnos, sobre la fatiga, la atención, la capacidad de pensar y la memoria, etc. Con ello se ha confirmado en todos los casos que «una enseñanza escolar impartida de manera irracional es muy capaz de ejercer una influencia patológica sobre el sistema nervioso». En clases de 60, 80 o más niños queda excluida de antemano la posibilidad de una enseñanza racional, de donde se sigue sin más que nuestras escuelas ejercen en numerosos casos una influencia nociva para la salud de los niños. En efecto, el número de escolares nerviosos es también espantosamente grande y crece de forma enorme. En un período de diez años, el Dr. Saenger trató, entre 80 000 pacientes de la policlínica, a no menos de 1020 niños en los que había, a consecuencia de la nerviosidad, un trastorno de la vista. «Tales niños nunca leen con fluidez, sueltan las palabras a trompicones, la cabeza se les va ora a la derecha, ora a la izquierda, y al final tienen la nariz pegada al libro. Los oculistas suelen recetar gafas a esos niños; la utilidad, naturalmente, es nula, porque la mayoría de las veces los ojos están completamente sanos y la causa del fenómeno patológico es más bien una astenopía nerviosa, es decir, una fácil fatigabilidad del ojo por relajación del músculo de la acomodación.» En otros casos, los rasgos característicos de las afecciones nerviosas son el temblor de las manos, el semblante cambiante, unido a manos frías y pálidas, a consecuencia de espasmos de los vasos sanguíneos, las palpitaciones, los dolores de espalda (sobre todo en las niñas), la sensibilidad al calor, la tendencia al vómito, el estreñimiento, la micción nocturna y las manifestaciones sexuales precoces.

Ahora bien, diversos neurólogos, entre ellos el profesor Windscheid, de Leipzig, opinan que los niños sanos de cuerpo y de espíritu y de desarrollo vigoroso solo en los casos más raros padecen la llamada nerviosidad escolar y la debilidad nerviosa irritable general. Es evidente, pero por desgracia los exámenes médico-escolares han llevado a la conclusión de que la inmensa mayoría de nuestra juventud escolar no puede calificarse de sana; de ahí el fenómeno de que, incluso en las escuelas relativamente mejores en cuanto a sus instalaciones higiénicas, haya un número nada pequeño de alumnos en los que se hacen notar la sobrecarga escolar y sus secuelas, sobre todo fenómenos persistentes de fatiga patológica y de irritabilidad. Según Baer, estos trastornos se encuentran ante todo en niños aquejados de una capacidad de rendimiento psíquico congénitamente menor y de una predisposición a las enfermedades nerviosas y mentales. Una degeneración semejante está condicionada por la transmisión hereditaria de enfermedades, por el alcoholismo, el desenfreno, el exceso de trabajo y la desnutrición de los padres, por todas las formas de la miseria y la necesidad que destruyen la médula de la vida y que ya en la concepción del niño trasplantan a sus venas y a sus nervios los gérmenes de la decadencia. Un material escolar así, psíquicamente inferior, que padece afectos patológicos y presenta todos los rasgos de la degeneración, naturalmente es poco o nada capaz de cursar la escuela con un éxito satisfactorio. Aprender es para él un martirio, el maestro un verdugo, la escuela entera un infierno en el que hay que sufrir tormento tras tormento. Pero una de las peores, de las más terribles torturas, un verdadero potro de tormento para el sistema nervioso, es el examen.

Está comprobado por parte médica que los exámenes escolares ejercen una influencia indudablemente perjudicial sobre la salud corporal de la mayoría de los alumnos, por no decir de todos. Incluso en alumnos completamente sanos se hacen notar las consecuencias de la extraordinaria tensión intelectual de la época de exámenes en recaídas del bienestar corporal. El Dr. Putermann examinó a 48 alumnos (de 10 a 16 años) de la *Realschule*[^t1] de Sosnowitzy[^t2] en la época sin exámenes, antes y después de los exámenes y durante los exámenes mismos, midiéndoles la frecuencia del pulso y la presión sanguínea. Once alumnos padecían enfermedades pulmonares, cardíacas y nerviosas de origen hereditario. En el examen practicado durante la época de exámenes, los alumnos se quejaban sobre todo de dolores de cabeza, vértigos, punzadas en el costado, fatiga rápida en el trabajo intelectual, hemorragias nasales, temblor de las manos al escribir, dolores en las extremidades, palpitaciones y sensación de angustia. En la época sin exámenes, la frecuencia del pulso mínima era de 68 y la máxima de 120; la presión sanguínea mínima, de 65 milímetros, y la máxima, de 130 milímetros. Antes del examen, el pulso era más rápido en 36 casos (84 por ciento), en 4-36 pulsaciones por minuto, y la presión sanguínea estaba elevada en 37 casos (86 por ciento), en 2-40 milímetros. Inmediatamente después del examen, el pulso de 34 de los alumnos examinados era, en comparación con la frecuencia anterior al examen, de 2 a 40 pulsaciones más lento, y la presión sanguínea de 2-23 milímetros más baja. En los alumnos de las clases superiores, el efecto de los exámenes sobre la frecuencia del pulso y la presión sanguínea se manifestó con mayor intensidad. El Dr. Ignatieff, midiendo el peso corporal de los alumnos durante la época de exámenes, halló que el 70 por ciento de los alumnos perdían peso y que la disminución media por alumno era de 1516 gramos. Llega a la conclusión de que «en las circunstancias dadas, los exámenes son comparables, por su efecto sobre el organismo juvenil, a una enfermedad grave, que trae consigo importantes trastornos de la nutrición y de los tejidos y que en todo caso no deja intacto el órgano que más intensamente trabaja durante el período de exámenes: el cerebro». También el Dr. Kosingoff, que ha establecido una larga serie de observaciones, ha llegado a la conclusión de que las tres cuartas partes de todos los niños pierden peso durante los exámenes y de que en las clases superiores, cuyos alumnos se toman los exámenes más en serio, la pérdida de peso se daba en un número mayor que en las clases inferiores. Ambos observadores consideran sumamente funesta para la juventud estudiosa la gran excitación nerviosa en que los exámenes ponen a los niños, que les quita el sueño y el apetito y se manifiesta en forma de miedo, de inquietud general, de un estado de ánimo abatido o morbosamente exaltado. El Dr. Andreae describe la manera en que el estado de excitación se manifiesta según la individualidad de los alumnos, cuando escribe: «Los ánimos temerosos padecen una inquietud permanente que no les deja disfrutar de la vida. También los padres saben contar qué sombras proyectan sobre la vida familiar las tareas escolares y los trabajos semestrales. Las naturalezas imaginativas ven en cada tarea fallida el fantasma del examen que se avecina; el alumno de disposición pesimista pinta su infortunio con los colores más negros.» Si a esto se añade que un alumno tan atemorizado tampoco encuentra en la familia una concepción más tranquila y serena de las cosas, sino que —fenómeno que se observa con frecuencia sobre todo en las capas sociales medias y altas— se le aguijonea una y otra vez con reproches, lamentos y apremios impetuosos, no es de extrañar, al final, que el alumno caiga en la desesperación y —sea por falsa vergüenza, por ambición herida, por angustia invencible, por miedo al castigo o cosa semejante— se quite la vida. Precisamente en la juventud, dice muy acertadamente el pedagogo de Leipzig Siegert (*Das Problem der Kinderselbstmorde* [El problema de los suicidios infantiles]), que en sí ya es demasiado propensa a medir todos los fenómenos de la vida con una vara idealista exaltada, esta exacerbación del sentimiento del honor por encima de la altura razonable tiene efectos perniciosos. Un niño, un alumno con un sentimiento de sí mismo así constituido, que examina todo lo que hace solo desde el punto de honor, exige imperiosamente el respeto de padres y maestros; si por razones fundadas o infundadas se le niega, aprende a despreciar su existencia y a tener su vida por digna de ser destruida. Y de la idea del suicidio al acto del suicidio no hay más que un paso.

La estadística de suicidios demuestra que, en efecto, un número desproporcionadamente grande de niños no está a la altura de las torturas nerviosas de los exámenes escolares. Una investigación de los suicidios de escolares en Prusia realizada por Guttstadt para los años 1883-1888 muestra que, de 62 suicidios cometidos por alumnos de escuelas secundarias, no menos de 15 (cerca del 24 por ciento) tuvieron como motivo el miedo al examen, el no pasar de curso o el suspenso en el examen. Pero también de los 11 suicidios debidos a la ambición herida, una parte considerable habría que cargarla a la cuenta de la escuela o, mejor dicho, del tormento de los exámenes y del reparto de notas. Siegert, por ejemplo, informa de varios casos en los que se dieron como motivos «una nota que había salido mal», «la pérdida del puesto de confianza de primero de la clase», «porque solo había quedado el segundo alumno de la clase», etc. También v. Krafft-Ebing admite el fracaso escolar y la ambición herida como causas esenciales «que se conocen para la producción de los suicidios de escolares, hoy nada raros».

Siegert opina ahora que «todas estas consideraciones justifican suficientemente la propuesta de quitar a las calificaciones y a las angustiosas condiciones de los exámenes y del paso de curso el terror que hoy les es inherente». Pero sin duda sería más acertado ir más allá de esta exigencia a medias, pidiendo no solo la supresión del terror de esas instituciones, sino la supresión de las instituciones mismas. Colocar a los niños según sus capacidades es una educación para la vanidad, la ambición y la soberbia, y por tanto no tiene lugar en la escuela; dar calificaciones sobre la base de los resultados de los exámenes encierra tantas injusticias y tantos elementos contrarios a la educación que merece ser abolido cuanto antes, en interés de la escuela y de los niños. Pero, ante todo, póngase fin a las torturas nerviosas de los exámenes escolares, que hacen pagar diez veces a la salud corporal lo que gana el desarrollo intelectual. Ya Montaigne dedicó casi toda la obra de su vida a la idea de que el cuerpo no debe pagar por el espíritu los costes de la instrucción. Desde su muerte han pasado más de 300 años...

O. R.

[^t1]: *Realschule*: escuela secundaria sin latín, orientada a las ciencias y las lenguas modernas; se deja en alemán. (N. del T.)

[^t2]: Así parece leerse en el impreso (lectura dudosa); se trata de Sosnowiec (en alemán, Sosnowitz), en la Polonia rusa. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha desde la imagen de la *Leipziger Volkszeitung*, 12.º año, n.º 50, 1 de marzo de 1905, suplemento de folletín (*Feuilleton-Beilage*), digitalizada por la SLUB Dresden (digital.slub-dresden.de/id394414608-19050301, imagen 11).

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). *Nervenfolter(n)* se traduce «tortura(s) de los nervios» en el título y «torturas nerviosas» en el texto; *Nervosität*, «nerviosidad»; *Schulüberbürdung*, «sobrecarga escolar»; *Zensur*, «nota» o «calificación»; *Versetzung*, «paso de curso»; *Schülerselbstmord*, «suicidio de escolares»; *Schülermaterial*, «material escolar», como en el original. Los títulos de obras citadas se dejan en alemán con traducción entre corchetes.
