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Title: ¡Fuera la máscara! Carta abierta al panfletista Carl Richter, que, al lavar al moro de los profesores titulares del seminario de Oschatz, se ha vuelto él mismo moro, en respuesta a sus injurias
Description: Réplica polémica del joven maestro Otto Rühle (1897) al folleto «Contra Rühle» de Carl Richter, que defendía a los profesores del seminario de maestros de Oschatz frente a las denuncias de Rühle en «Seis años en un seminario de maestros sajón»: insiste en la verdad de sus acusaciones (insultos, dictado, malos tratos), compara la formación del seminarista con la del bachiller y anuncia que abandona el magisterio.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1897%20Maske%20herunter%21%20Offener%20Brief%20an%20den%20Pamphletisten%20Carl%20Richter
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<!-- Portada (Titelblatt) -->

# ¡Fuera la máscara!

Carta abierta al panfletista
Carl Richter,

que, al lavar al moro de los profesores titulares del seminario de Oschatz,[^t1]
se ha vuelto él mismo moro,

en respuesta a sus injurias.

Por

Otto Rühle.

Leipzig.
1897.
August Schupp.

<!-- La cubierta repite el título (con «selber» en lugar de «selbst»); en su cara interior figura un anuncio de la serie «Kleine Studien» de A. Schupp. Al dorso de la portada: «Reservados todos los derechos». -->

<!-- S. 3 -->

## Al panfletista Carl Richter, «maestro» en Hormersdorf.

Fue un sentimiento muy peculiar el que se apoderó de mí cuando mi señor editor me comunicó que se anunciaba un escrito de réplica que se refería a la escandalosa situación del seminario de Oschatz tratada en mis escritos «Seis años en un seminario de maestros sajón»[^t2] y que firmaba como autor un tal señor Carl Richter.

La expectación con que aguardé la aparición de su escrito difícilmente puede haber sido superada por nadie. Pues, cuando se tiene la certeza a prueba de bombas, la convicción inquebrantable de que los hechos que en los escritos contra Oschatz se han puesto bajo la lupa de una crítica franca descansan sin la menor duda en la verdad, uno solo puede hacerse ideas confusas y vagas sobre el carácter y la naturaleza de este «Contra Rühle». Los hechos, sencillamente, no se dejan refutar; en el escrito de réplica, sin embargo, usted lo ha intentado; al menos se ha preocupado de darles otra luz

Ciertamente, este lamentable engendro con que ha obsequiado usted al mundo ha sido un trabajo ingrato.

Le doy mi palabra: una ampliación o <!-- S. 4 --> complemento del cuadro del seminario de Oschatz le habría valido sin duda más agradecimiento —agradecimiento callado, naturalmente—. Y eso habría podido hacerse con facilidad. Numerosos antiguos alumnos de Oschatz me han prometido o puesto a disposición material suficiente; yo se lo habría transmitido a usted, y usted, como antiguo alumno de Oschatz, habría tenido con mucha más comodidad el placer de verse impreso por una vez como autor de un folleto.

Su «Contra Rühle» le ha costado, como se ve a primera vista, mucho esfuerzo. Muy cierto; pues no debe de ser ninguna broma tener que frotar hasta dejar blancos a unos moros que efectivamente no quieren volverse blancos, tener que dar la vuelta a unos hechos tan sólidamente trabados y tan seguramente fundados en el suelo de la verdad que, si se los fuerza a adoptar otra forma, ofrecen una imagen de lo más lastimosa.

Yo esperaba, ciertamente, que su escrito saliera de otro modo a la palestra. Me había preparado, y alegrado, para un combate valeroso con espadas afiladas. Pero hete aquí que de casi cada frase de mi contrincante habla la impotencia, la incapacidad, la ineptitud para asestar golpes vigorosos, sencillamente porque no está seguro de su causa, porque no siente bajo sus pies el suelo firme de la verdad, porque tiene que darme la razón en todo, pero no quiere, ni puede, ni debe hacerlo.

Dicho francamente, su manera de combatir me ha decepcionado amargamente. Con sus palabras huecas y farisaicas de la introducción me ha recordado usted demasiado al filisteo Goliat.

Su folleto es por entero el retrato de su carácter. Me acusa de falta de amor a la verdad y <!-- S. 5 --> usted mismo incurre en graves falsedades; me acusa de haber trazado una caricatura de mi antiguo centro de formación, y emplea todo un librito con su prólogo en dar una caricatura de mis folletos; me reprocha silencios calculados, exageración desmedida, hábil combinación y afirmaciones osadas, y en su poco glorioso combate se sirve sin embargo de los mismos medios para pintar mi imagen, la del autor de los escritos sobre Oschatz, con la mayor negrura posible; afirma sin pruebas cosas que yo he rectificado o retirado hace tiempo en mis escritos y que, tras su máscara de hombre honrado, no pueden serle desconocidas, si es que ha leído mis escritos. Una sola cosa me ha extrañado: que no se haya servido usted otra vez de la hermosa imagen del pájaro malo que ensucia su propio nido, rebosante de inmundicia. Esa metáfora tan altamente poética y tan excelentemente apropiada para tapar la boca a alguien no debería habérsele escapado de ningún modo. Entonces sí que la imagen de su personalidad (porque usted también es maestro y, como tal —según dice usted mismo—, debe mostrar amor a la verdad, humildad, amor al prójimo, conocimiento de sí mismo, capacidad de juicio, modestia y carácter) no dejaría verdaderamente nada que desear.

Para atenuar en lo posible la impresión que han causado mis escritos, recurre usted a uno de los medios más baratos y afirma con su noble desfachatez: los escritos están redactados de manera subjetiva.

Pero al mismo tiempo da también la prueba de lo fácil que es pronunciar semejante juicio y de lo difícil que es demostrarlo. Se ha guardado usted muy prudentemente de salir con pruebas de su afirmación. Además, le resultaría <!-- S. 6 --> muy penoso. Yo he hecho certificar por testigos —a menudo por varios— cada punto, cada hecho; si impugna usted la verdad de mis datos, ofende al mismo tiempo a todos aquellos que han garantizado con su firma y su palabra de honor la verdad de las notas que me enviaron. Si está usted siquiera en condiciones de aportar pruebas, no lo sé; pero en todo caso la presunción, la arrogancia y la santurronería que se ponen de manifiesto en su libro jamás le habrían permitido privarse del triunfo de vencerme con pruebas en contrario. A algunos los engañará usted, sí, con esa fanfarronería; pero muchos acogerán también sus afirmaciones con escepticismo y dirán: «¡Pruebas, pruebas!». Y usted tendrá que responderles con Shakespeare: «Sí, si las pruebas fueran tan abundantes como las zarzamoras . . . .»[^t3]

Por esta razón, con toda probabilidad, ha escogido usted también aquellos insultos mansos, muy inofensivos en comparación con las demás groserías de Oschatz, de asno, cabeza de chorlito, gandul, patán, para ayudar con facilidad a sus lectores a convencerse de lo a menudo y lo fácilmente que a un maestro —también a usted— puede ocurrirle sin querer emplear un insulto así con los alumnos.

El último de los insultos citados, por cierto, no se encuentra entre las flores de tratamiento de Oschatz que yo he citado. Con toda probabilidad se ha equivocado usted de cajón y ha empleado también uno de su propio repertorio; un pequeño pero característico descuido que da una indicación nada desdeñable sobre la circunstancia de que precisamente usted se sienta llamado a ser el abogado de los señores de Oschatz.

Pero, dígame ahora, para volver a lo anterior, <!-- S. 7 --> ¿por qué ha escogido usted precisamente estos insultos mansos de entre las colecciones casi sobreabundantes de apelativos cariñosos de los finos señores de Oschatz? ¿Por qué no otros, por ejemplo, perro sarnoso, bestia hedionda, jeta asquerosa, monstruo zanquilargo, etc.? ¿Por qué no ha intentado demostrar con estos ejemplos, y convencer a sus señores colegas, de que también usted y cualquier otro de sus colegas han pecado ya en este sentido o en otro semejante? — Entonces, claro está, el éxito de su carcomida demostración tendría un aspecto algo distinto. Los asentimientos de cabeza que probablemente le dedican ahora quienes temen, o tienen motivos para temer, que tarde o temprano les ocurra en carne propia lo mismo que finalmente se ha abatido sobre los señores de Oschatz, se convertirían en un preocupado menear de cabeza, en una negativa a dar su aprobación o incluso en un indignado rechazo de semejantes pretensiones por parte de todo el magisterio. Naturalmente, con asno, cabeza de chorlito y gandul se maneja uno con más facilidad y menos peligro, y se encuentra más cómodamente una disculpa que para perro sarnoso, bestia hedionda, jeta miserable y otras groserías de Oschatz por el estilo. Que estas últimas eran tan habituales como las primeras, eso puede callarse, para que el éxito no falte.

Pero toda esta manera de querer combatirme, como adversario de mi causa, con semejantes armas es sumamente desleal. Se percibe con chillona y descarada claridad que fue una tendencia biliosa la que le dictó la receta para preparar este lavado del moro.

Porque en mi contestación a la declaración de la Oschatzia de Dresde[^t4] en las *Oschatzer Gem[einnützige] Blätter* del 8 de abril de 1896 yo había pasado sencillamente por alto un punto —con la <!-- S. 8 --> intención de volver más tarde sobre él detenidamente, lo que ha de hacerse próximamente en un cuaderno aparte—, ella me acusó públicamente de falsificación, con sus maneras de pelo al rape. Aquí, señor Carl Richter, tenemos un caso semejante, que en principio coincide por completo con el mío. Si encuentra usted gracia a los ojos de la Oschatzia de Dresde, guardiana y custodia de un veredicto rigurosamente imparcial, quizá ella le conceda también con suma benevolencia el calificativo de «falsificador».

Lo que usted sabe contar, además, de otros centros de enseñanza y de la universidad, que también allí se producirían sucesos que guardan evidente semejanza con los que yo he esbozado, es harto pedestre, insustancial, insensato, y se sale por completo del marco; sin contar con que eso no justifica en absoluto, ni en lo más mínimo, la existencia de tales abusos en los seminarios. Los alumnos de bachillerato, y en la mayoría de los casos también los estudiantes universitarios, no están obligados a entrar inmediatamente después de terminar sus estudios —durante los cuales su educación transcurrió bajo la influencia de escenas y tumultos tan groseros, contrarios a toda urbanidad— en un cargo que exige un hombre cabal, que represente dignamente su profesión. El bachiller dispone todavía, hasta su ingreso en la profesión, de un largo período de transición durante el cual puede despojarse por completo de todo lo que se le ha pegado de los bancos de la escuela, si tiene ganas de ello. El estudiante, por su parte, encuentra ocasión suficiente, fuera de las horas en que suelen darse tan divertidas escenas, para pulir <!-- S. 9 --> y limar en un buen trato y en una escogida vida social todo lo que se le haya quedado pegado de esos sucesos nada finos. Otra cosa ocurre con el seminarista. Este se ve obligado a vivir sin interrupción en esa atmósfera peligrosa; hasta las últimas semanas antes de hacerse cargo de su puesto de maestro tiene que oír, en las horas de escándalo, que a menudo se repetían varias veces al día, las expresiones más groseras y más bajas, y no pocas veces también las más vulgares y ofensivas para el sentimiento moral, y asistir tranquilamente al progresivo embrutecimiento de su ánimo sin poder oponer ninguna resistencia ni dar expresión a su repugnancia. Las consecuencias son de lo más naturales. Si al seminarista de 19 años todavía se le insulta llamándolo buey o gandul —usted no lo considera nada grave—, no hay que extrañarse de que este, poco después, llame a sus alumnos piojosos y camellos.

Creo que, sobre estas diferencias entre bachilleres y seminaristas, en la medida en que pueden relacionarse con lo peligroso de un trato inadecuado, podría usted tener las ideas claras, hombre sabio e iluminado, en lugar de intentar echar arena a los ojos de los lectores con este enjalbegado de contrastes evidentes. Pero se me había olvidado por completo: a usted no le importa en absoluto aducir refutaciones que se sostengan y estén pensadas para un combate honrado; usted solo se propone, echando mano de algunos puntos que a una consideración superficial no dejan reconocer su nulidad interior, arrollar a fuerza de palabrería al autor de «libelos» Rühle y ensordecer a quienes acaso estén de mi parte con el retintín de sus palabras de aire pastoral y de sermón moralizante, que chorrean «seriedad moral».

También al «desacreditado método del dictado» dedica usted algunas palabras; pero se hace el listo y se guarda de entrar en <!-- S. 10 --> detalles. Y la sustancia de su largo discurso es esta: no se refiere usted para nada a la manera sacrílega del método de dictado del señor profesor titular Gr. de Oschatz, tal como yo la he descrito con todo detalle, e intenta presentar las cosas como si con esos dictados se hubiera tratado solo de una salida necesaria, que se hizo inevitable por la sobreabundancia de la materia de enseñanza. ¿Ha leído usted siquiera la segunda parte de mis escritos? ¿Nunca ha «disfrutado» usted de las clases del señor profesor titular Gr.? Si en ninguna parte se expresa más abiertamente su intención de dorar la píldora, y se reconoce más claramente qué puntos de vista le han guiado al redactar su libelo, tiene que ser aquí.

Mi postura sobre la cuestión de si al director del centro le resultó tarea fácil o difícil poner remedio ya la he expuesto detenidamente en mi tercera parte (págs. 18 y ss.), a la que me remito. Que el director posterior del centro haya entendido su cargo como el de un padre, lo niego, y estoy convencido de que quien haya estado bajo su régimen me dará la razón. Solo a condición de que usted esté convencido de que también hay padres desnaturalizados[^t5] estoy dispuesto a suscribir sus explicaciones; usted nunca lo conoció como superior suyo, ni tiene idea del tono que el citado señor empleaba en el trato con sus alumnos. Le ruego que vuelva a leer a fondo los cuadernos. A un director dotado de toda la energía, capaz de acabar radicalmente con el espantoso desgobierno, lo habríamos saludado con corazón alegre y agradecido como nuestro libertador y redentor.

Lo que usted rasca además de las paredes para dejarme en evidencia solo puede ser vergonzoso para usted y deja ver su <!-- S. 11 --> carácter bajo una luz triste. No hace usted sino traer por los pelos nimiedades y ordenarlas con intención turbia de modo que la apariencia de la culpa recaiga sobre mí. Anunciar las propias obras en una de las hojas libres aún sin imprimir es —como ya subrayé en el cuaderno 2— una costumbre del comercio del libro. Si el autor aún no ha publicado nada con el editor en cuestión, se anuncian obras aparecidas en otra parte. Esto es habitual entre los autores; ya Hoffmann v. Fallersleben (*Gedichte* en C. Rümpler, Hannover 1853), Albert Träger (*Übergänge* en C. F. Winter, Leipzig y Heidelberg 1860) y muchos otros se han servido de ella, y últimamente se ha hecho cada vez más corriente. Véanse Otto Jul. Bierbaum, *Nemt Fruwe, disen Kranz*, en G. Schuhr, Berlín 1894, pág. 111; Maurice von Stern, *Ausgew. Gedichte*, en Pierson, Dresde 1891, pág. 295; *Auf sonnigen Pfaden*, de Max Geißler; Adolf Brieger, *Gedichte*, Baumert & Ronge, Großenhain, 1895, pág. 199; Albr. Goerth, *Johanna Ambrosius*, en Lützenkirchen, Wiesbaden 1896, cubierta, etc., etc. No he hecho más que echar mano a mi biblioteca para traerle estos ejemplos; pueden multiplicarse casi hasta el infinito. Una pregunta de conciencia: ¿le resultó a usted muy penoso no poder anunciar, en las dos últimas páginas libres de su engendro, ninguna otra obra de su pluma digna de admiración?

Que el § 193 del Código Penal del Imperio,[^t6] que ciertamente me ampara, sea demasiado generoso no encuentra su aprobación; también lamenta usted que todavía no se me haya procesado. Pues bien, de haberse sabido antes que no está usted satisfecho con el Código Penal del Imperio en este punto, quizá le habrían agregado a la comisión legislativa <!-- S. 12 --> que ha elaborado el nuevo Código Civil. Ahora, por desgracia, es demasiado tarde. Además, sería sin duda muy oportuno, y de gran provecho para la colectividad, que se moviera a la autoridad escolar suprema a pedir siempre primero su sabio consejo en asuntos como lo es la aparición de los folletos, para que no vuelva a cometer semejantes pifias y no admita en el servicio escolar a gente como yo y ni siquiera me procese.

Sí, esto último habría sido para usted una verdadera alegría, ¿no es cierto? Una alegría por el mal ajeno bien diabólica. También un noble rasgo de carácter en un educador del pueblo.

Parece usted familiarizado con los artículos del Código Penal. Eso le ha permitido encontrar u oír injurias en mis escritos. ¡Haga el favor de mirar ahora su propio escrito! ¿No ve que está plagado de injurias punibles? — Otra vez una ilustración drástica de la pequeña historia del hombre que ve la paja en el ojo de su hermano, pero no se percata de la viga en el propio.

Que además del oficio de maestro de escuela me dedique con ahínco a escribir no es de su gusto. Envidioso no es usted, ni hablar. Pero se refiere usted al permiso para ejercer actividades accesorias, como ahí se dice. Pues sepa usted que he solicitado a mi superior inmediato un permiso para trabajos literarios accesorios. Pero permítame una pregunta: ¿cómo anda usted de ese permiso? ¿Tiene usted acaso permiso para echar al mundo un producto del espíritu tan mentiroso y confuso como su Contra-Rühle? —

Y que no me hayan «echado», como usted gusta de <!-- S. 13 --> expresarse, ¡eso sí que habría sido algo para usted! ¡Pícaro, más que pícaro! ¿No es usted un hombre piadoso, como corresponde cuando uno quiere hacerse amigo de cierta gente? Pero el amor al prójimo y el amor al enemigo —y eso es lo que somos— no parecen existir en usted. Muy significativo. Yo creo, en cambio, que más vale no hacer el papel de hombre piadoso cuando no se puede serlo. Poner los ojos en blanco y escupir con malicia un veneno repugnante no rima demasiado bien. Pero no se preocupe. Abandono la profesión de maestro, que se me ha amargado hasta la raíz más honda con imperdonable falta de escrúpulos, por decisión propia y libre, e ingreso en una profesión que me permite mirar al futuro con ojos tranquilos y satisfechos. Si quiere saber más, lea los detalles en mi librito que aparecerá próximamente en la editorial de A. Schupp, Leipzig: «Por qué no quiero seguir siendo maestro de escuela popular».

Para terminar, algo de lo exterior.

Mis dos primeros cuadernos aparecieron con un grosor de tres pliegos (48 páginas) y costaban 60 pfennigs cada uno. Cuando el tercer cuaderno se publicó con solo 2 pliegos y mi editor lo cobró también a 60 pfennigs, se alzó por todas partes en el campo de los enemigos de la verdad una gran gritería. Se me reprochó entonces la explotación codiciosa de la situación de Oschatz, entonces solo me importaba hacer un buen negocio, entonces la actividad literaria rozaba demasiado lo mercantil, y otros comentarios por el estilo, groseros y falsos, que naturalmente se recalentaban todas las veces posibles para tener siempre ocasión, o al menos siempre un motivo, de insultar. Todas esas molestias, porque llevaban inconfundiblemente impresa la <!-- S. 14 --> intención, las he pasado por alto casi siempre en silencio. Si uno quisiera devolver cada codazo con otro, no avanzaría nunca en su camino. Mi tercer cuaderno tiene 23 páginas de texto; el suyo, solo 19. Y además las páginas de mi cuaderno son bastante más grandes que las del suyo. Calculadas por líneas y sílabas, las 19 páginas de texto de su libro darían algo más de 12 páginas del mío. Mi editor cobró el tercer cuaderno a 60 pfennigs; usted, en cambio, cobra el suyo, con aproximadamente la mitad de páginas de texto, a 50 pfennigs. Si alguna vez se ha hablado de una . . . . , tiene usted que darse por aludido. He celebrado con alegría poder echarle estas cuentas. De ello puede deducirse —y ese es el propósito del cálculo— de qué manera se juzga desde el bando contrario y de qué manera se procura evitar uno mismo lo que se reprocha al adversario como un reproche amargo e hiriente.

He terminado.

Las palabras pedían palabras. Hemos visto lo que hay detrás de la máscara de hombre honrado. Bellas y sonoras palabras, untuosas consideraciones morales, arrogancia farisaica y santurrona según el modelo del famoso «Te doy gracias, Dios mío, porque no soy como . . . .» no bastan. La verdad es lo primero que hay que exigir. Que a usted le falta por completo se lo he expuesto con detalle. — No tenemos nada más que tratar.

Renuncio a la palabra.

*Oederan* (Sajonia), 26 de octubre de 1896.

Otto Rühle.

<!-- Siguen cuatro páginas de anuncios de la editorial de August Schupp (entre ellos, de «Sechs Jahre in einem sächsischen Lehrerseminare», partes I-III, y de «Die Geschichte der Nordpolfahrten», de Rühle); no se traducen. -->

[^t1]: *Mohrenwäsche*, «lavado del moro»: expresión proverbial alemana (de Jeremías 13, 23: «¿Mudará el etíope su piel?») para el intento vano de blanquear a alguien culpable. Rühle la vuelve contra Richter: al intentar «blanquear» a los profesores titulares (*Seminaroberlehrer*) del seminario de maestros de Oschatz (Sajonia), se ha ennegrecido él mismo. (N. del T.)

[^t2]: *Sechs Jahre in einem sächsischen Lehrerseminare*, tres cuadernos publicados por Rühle en 1896 con la misma editorial, sobre su formación en el seminario de maestros (*Lehrerseminar*, centro de formación de los maestros de escuela popular, equivalente a la escuela normal) de Oschatz. (N. del T.)

[^t3]: Alusión a Shakespeare, *Enrique IV*, primera parte, II, 4, donde Falstaff dice: «if reasons were as plenty as blackberries, I would give no man a reason upon compulsion» («si las razones fueran tan abundantes como las zarzamoras…»). En la traducción alemana de Schlegel, *reasons* se vierte por *Gründe*; Rühle cita «Beweise» («pruebas»). (N. del T.)

[^t4]: *Oschatzia*: por el contexto, agrupación de antiguos alumnos del seminario de Oschatz con sede en Dresde. El original abrevia el título del periódico local como «Oschatzer Gem. Blätter»; el desarrollo *Gemeinnützige* es conjetura del traductor. (N. del T.)

[^t5]: *Rabenväter*, literalmente «padres cuervos»: padres que descuidan o maltratan a sus hijos. (N. del T.)

[^t6]: El § 193 del Código Penal del Imperio alemán (*Reichsstrafgesetzbuch*, 1871) declaraba no punibles las manifestaciones críticas hechas en defensa de intereses legítimos (*Wahrnehmung berechtigter Interessen*). El nuevo Código Civil (*Bürgerliches Gesetzbuch*) se había aprobado en 1896. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil digital de la Bayerische Staatsbibliothek (Münchener DigitalisierungsZentrum, bsb11820114): Otto Rühle, *Maske herunter! Offener Brief an den Pamphletisten Carl Richter, der bei seiner Mohrenwäsche der Oschatzer Seminaroberlehrer selbst zum Mohren geworden, als Antwort auf seine Schmähungen*, Leipzig, August Schupp, 1897, 14 págs. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español de la primera y única edición (1897), hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original; los insultos citados se traducen por equivalentes de registro parecido. Los términos técnicos e históricos se explican en notas del traductor; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
