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Title: Seis años en un seminario de maestros sajón. Parte III: Cómo se «hacen» las calificaciones en Oschatz
Description: Tercera y última entrega (1896) del folleto con que el joven Otto Rühle denunció el seminario de maestros real de Oschatz, donde se había formado: réplica a la declaración de antiguos alumnos de Dresde contra las dos primeras partes y relato de cómo se fabricaban las calificaciones, desde los temas dictados y los exámenes preparados de antemano hasta su propia nota de conducta y las notas trimestrales que un profesor titular encargó redactar a un alumno.
Author: Otto Rühle
URL: https://adler.school/archivo/ruhle/1896%20Sechs%20Jahre%20in%20einem%20s%C3%A4chsischen%20Lehrerseminare.%20III.%20Wie%20in%20Oschatz%20Zensuren%20gemacht%20werden
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<!-- Cubierta (Umschlag) -->

Seis años
en un seminario de maestros sajón.[^t1]

Parte III:

Cómo se hacen
las calificaciones en Oschatz.

Por

Otto Rühle.

Leipzig.
1896.
August Schupp.

<!-- Las caras interiores y la contracubierta llevan anuncios de la editorial August Schupp (Greinz, Schröer, Hébert, Blockhuys y Gervais, y las partes I y II de esta serie); no se traducen. -->

<!-- S. 3: portada (Titelblatt) -->

# Seis años en un seminario de maestros sajón.

Por

Otto Rühle.

Parte III:

Cómo se «hacen» las calificaciones en Oschatz.

> Y si hubiera de decidir
> de nuevo todo mi camino, —
> de mis actos no dejaría
> sin hacer *ni uno* solo.
>
> Dahn, *Canto de muerte de Hagen*.[^t2]

Leipzig.
August Schupp.
1896.

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## Prólogo.

Como no se ha sido capaz de refutar en una lucha honrada, con lo esencial, lo que constituye el contenido de la parte I de mi folleto, se ha buscado refugio en lo accesorio y se ha salido a campo con ello. El resultado no podía ser otro que el que fue. Lo esencial y bien fundado no se derriba precisamente con nimiedades insignificantes y recortadas a capricho para la ocasión. Además, en el modo de semejante lucha se conoce a la vez la clase de los luchadores. En los círculos más amplios se ha llegado ya a este respecto al juicio acertado. Es seguro que la parte contraria no ha ganado nada con semejante proceder, con semejantes defensas, en las que todos ven a primera vista sobre qué piernas tan débiles se sostienen. De parte autorizada y con criterio se me comunicó: «No podemos librarnos de la impresión de que el seminario de Oschatz y todos los cómplices empeñados en su limpieza se retuercen bajo los mazazos del folleto en una rabia impotente y, tras repetidos intentos de defenderse de los justificados ataques, han soltado su veneno para —aunque ya no puedan salvarse— perjudicar al menos al enemigo
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desacreditando su persona, atribuyéndole motivos falsos para su actuación y sacando a relucir a la fuerza pequeñeces ridículas». Si —como muestra esta prueba— los lectores del folleto han llegado ya a este convencimiento, no tiene sentido que yo quisiera añadir algo más.

Con especial predilección se ha señalado —más de una vez— que yo habría necesitado todo un prólogo para justificarme.

En primer lugar pregunto: ¿he *querido* justificarme? Digo: «¡No!». En la página 12 de la tercera edición de la parte I, que tengo ahora delante, se lee expresamente: No quiero en modo alguno intentar lavarme las manos, etc. ¿No está dicho con bastante claridad? A redactar el prólogo y anteponerlo me movió más bien lo siguiente: tenía que suponer con seguridad que en ciertos círculos se tomaría el folleto como el acto de venganza de un sancionado. Pero como podía probar que *no* era así —críticos y pedagogos sin prejuicios, de juicio objetivo y fina formación psicológica lo han confirmado también por el carácter de todo el folleto—, antepuse al folleto el consabido prólogo para quitarle de antemano el terreno a esa interpretación y desarmar el reproche que lleva consigo.

En segundo lugar pregunto: «¿He justificado acaso mi proceder en el prólogo de la parte I?». Vuelvo a decir: «¡No!». Toda la historia previa del folleto la he contado con plena fidelidad a la verdad, sin rodeos ni coloración subjetiva alguna, y con ello la he dejado al juicio del público lector exactamente igual que las obscenidades y
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groserías de los señores en cuestión del seminario de Oschatz. Quien, pese a mis indicaciones de que no pretendía justificación alguna, afirme sin embargo tal cosa, lo hace contra su mejor saber y entender.

Poco después de aparecer el primer ataque en las *Osch. Gem. Bl.*,[^t3] al que he respondido como correspondía tanto en el *Osch. Tgbl.* como en la segunda parte del folleto, mi señor editor me escribió más o menos lo siguiente: si llegan todavía algunas críticas bien malintencionadas, es posible que vendamos en poco tiempo tantos y tantos miles de ejemplares. Las *Osch. Gem. Bl.* parecen haberse esforzado en primer término por cumplir este piadoso deseo de editor, pues han vuelto a abrir sus columnas a la parte contraria para un ataque bien malévolo y —perdóneseme la expresión— chato. Lo firman unos cuantos maestros de Dresde, que intentan así romper una lanza por su tan alabado centro de «formación».

Quiero exponer primero cómo se produce semejante declaración y luego entrar paso a paso en los puntos que en ella se aducen.

Imagínese la cosa del modo siguiente: los señores firmantes, como actuales maestros de Dresde y antiguos seminaristas de Oschatz, se han reunido en un club llamado «Oschatzia». A él pertenece también un señor que antes formaba parte del claustro de Oschatz como *profesor auxiliar del seminario* y ahora ejerce de profesor titular de seminario en Dresde.[^t4] Con ocasión de una reunión se discute en esta Oschatzia mi actuación contra el seminario de Oschatz, y quizá se la comenta también de modo agudo —me atrevo, creo, a decir que «osado»— y «poco objetivo». Que este señor profesor titular no hable en perjuicio de sus antiguos colegas salta
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a la vista. El león ruge, pues, bien. Quien es listo ruge exactamente como el león le ha rugido antes. Porque tomar partido por el autor de semejante folleto, o aprobar acaso su actuación, es asunto sumamente espinoso. No se sabe qué dirán «arriba»; y no se querría en ningún caso causar escándalo, aunque solo fuera porque pudiera surgir la opinión de que se hace causa común con el autor de estos folletos. Así pues: mejor clavar en la cruz la propia opinión que echarse encima a algún superior por tomar partido imprudentemente. Aquello puede perjudicar más de lo que este profesor auxiliar podrá nunca ayudar. ¿Qué otra cosa queda, entonces, qué se puede hacer más astuto que poner el nombre al pie de lo «rugido»? Con ello se ha procurado uno la garantía segura de ser intocable en este asunto: se está en un punto de vista plenamente conservador, ¡se ha declarado uno públicamente *contra* el rebelde! Pensar, se puede pensar lo que se quiera; uno puede incluso alegrarse de que por fin se haya metido el palo en el avispero; pero solo muy en secreto, muy en silencio. De puertas afuera hay que estar indignado con ese «Rühle»; eso forma parte del pan de cada día. ¿Quién sabe? Quizá alguno de los señores superiores que —por colegialidad o por miedo a que tarde o temprano le pueda ocurrir algo parecido en carne propia— está también *contra* Rühle deje caer alguna vez un guiño benévolo o una palabra amable… ¡Oh, vosotros…!

¿Por qué se ha sentido movida únicamente la Oschatzia de Dresde a expresar su enojo por la publicación de las historias escandalosas de Oschatz? Intentó, es verdad, ganar también para su propósito a la Oschatzia de Leipzig; pues
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evidentemente habría causado más efecto si no solo los de Oschatz residentes en Dresde hubieran sido presa de esta epidemia de indignación. Pero la Oschatzia de Leipzig tenía demasiado sentido y sentimiento de la verdad y la justicia para avenirse a marchar en las filas de aquellos señores de Dresde. En su seno se celebró con alegría que por fin, con el folleto, se hubiera aplicado la horca a la limpieza de los establos de Augías de Oschatz. Se llegó también a la resolución de que uno no se sentía ni moralmente movido ni obligado a dar la cara por hombres que no eran capaces de decir una sola palabra para limpiarse ellos mismos. La *Leipziger Lehrerzeitung* [Periódico de los maestros de Leipzig] escribe con fecha del 6 de mayo, n.º 29, entre otras cosas: «Ante infamias como las que relata el escrito, uno se aparta con asco, y las personas que cometen semejantes cosas deberían estar en cualquier otro sitio, pero no en un seminario».

Este contraste en el juicio sobre el folleto entre los maestros de Leipzig y los de Dresde muestra clara y distintamente de qué espíritu son hijos estos últimos.

Ahora, los puntos de la declaración uno por uno:

1. … «No había ya ninguna necesidad de la publicación, puesto que los abusos habían sido remediados ya en mayo del año pasado a raíz de su queja ante el Real Ministerio»… Pido pruebas de esta afirmación y, para refutarla, remito a la página 10 de la parte I. Allí se lee con claridad indudable que tras los muros del seminario de Oschatz se seguía manejando la palmeta exactamente igual que antes. Lo que allí está escrito lo sostengo todavía hoy como un hecho. Y pasar por alto sin más hechos que pesan en favor de lo
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contrario de una afirmación es poco honrado.

2. … «Debemos además destruirle sin piedad el bello sueño de que muchos, muchísimos, estarían de corazón contentos con su tan anhelado librito»… Invito a la indignada Oschatzia de Dresde a convencerse con sus propios ojos de la cantidad de cartas que me han llegado a raíz del asunto de Oschatz. Tampoco le ocultaré el puñado de cartas *en contra* mía en cuanto haya revisado el montón de cartas *a favor*.

3. Sobre los conceptos de «juez» y «acusador» parece reinar todavía bastante confusión en la indignada Oschatzia de Dresde. Mi escrito es una acusación que formulo como acusador. El fallo del juez lo dejo al pueblo. Quien quiera acusar a otros de irreflexión y falta de lógica hará bien en examinar primero si él mismo es irreprochable en este aspecto.

4. … «Rechazamos como monstruosa la afirmación de que hay que contar los años pasados en el seminario de Oschatz entre los "perdidos" de la vida, y de que este lugar es "una llama en la que se padece tormento"»…[^t5] ¿Querrían quizá los miembros de la indignada Oschatzia enumerarme lo que han ganado en las horas de «Schlot»[^t6] del señor Dr. P., etc.? Varios de los señores que firman parecen haber olvidado por completo que fueron al seminario conmigo y que dispongo de manifestaciones y calificativos salidos de su propia boca, tanto sobre profesores como sobre el centro, que están en la más cruda contradicción con su declaración. ¿Debo quizá dejarlos en evidencia para que se
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tenga ocasión de juzgar el carácter de los indignados señores?

5. … «Rechazamos como inaudita la indignante manifestación hecha en el *Oschatzer Tageblatt* de que el seminario está tan rebosante de suciedad que no se lo podría ensuciar más»… ¿Qué dirá la indignada Oschatzia de Dresde de la resolución de antiguos alumnos de Oschatz en la Oschatzia de Leipzig, que encuentra adecuado comparar el seminario de Oschatz con los establos de Augías?… Pero ¿para qué? Ha de haber, sin duda, personas que ya no ven en absoluto la suciedad.

6. … «Para poner al lado del cuadro nocturno un cuadro luminoso no hace falta recurrir a la mentira, como se atreve a decir el señor Rühle en el *Oschatzer Tageblatt*»… La indignada Oschatzia de Dresde, con su declaración, proporciona la prueba más contundente de lo insostenible e insuficiente de esta afirmación. Se ha tomado honradamente el trabajo de lavar a los finos señores del seminario de Oschatz y presentarlos bajo una luz medianamente mejor. Pero su lavado ha sido lavar al moro.[^t7] Mi cuadro nocturno estaba pintado con colores oscuros, pero los colores eran auténticos. ¡En cambio el cuadro luminoso! Basta tocarlo y sacudirlo para que todo el fino trasto se deshaga en polvo. Porque ¿qué es en realidad el «cuadro luminoso»? Una serie de afirmaciones sin pruebas, más algunas falsedades —a las que, como subraya expresamente la indignada Oschatzia, «no hace falta recurrir» al hacer un cuadro luminoso—, además un par de tergiversaciones cómodas y un par de palabras «indignadas»: ¡ese es todo el hechizo!… Un colegial ve qué colores se han empleado en este cuadro luminoso.
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7. … «Contamos con orgullo a toda una serie de hombres eminentes entre nuestros profesores, y por ellos —a pesar de Rühle— honraremos siempre con gratitud nuestro centro de formación»… La frase es honesta; con todo, tampoco es del todo sincera y honrada. Suena como si yo quisiera ver condenado el seminario de Oschatz en su conjunto. Pero eso no responde a la verdad. Ya en la primera parte, en los lugares correspondientes, para evitar una generalización, advertí: con excepciones. Y por la misma razón he indicado siempre los nombres de los pedagogos del palo y de los profesores de chistes obscenos solo con iniciales. Cuando sentí que la redacción de la parte 1 aún podía inducir a generalizaciones, lo señalé además especialmente y repetidas veces, y tanto en la página 8 como en la página 47 de la parte 2 dije con otras palabras lo mismo que la indignada Oschatzia de Dresde tiene por su más categórica resolución.

Para terminar, quede aquí expresado mi agradecimiento a los señores firmantes de la declaración del 8 de abril de este año por la publicidad que, aunque involuntariamente, han hecho al folleto con su declaración. Algunos boletines oficiales han sido tan astutos como para reimprimir la declaración. Con ello, en círculos más amplios se han recibido indicaciones directas y la gente se ha ocupado por sí misma del asunto. Que, después de leer uno mismo las historias escandalosas, se diera la razón a las exposiciones de la indignada Oschatzia, lo niego en tantos casos como se me ha dado noticia. El lavado de la Oschatzia fue precisamente lavar al moro.

Si a la Oschatzia de Dresde le apetece, que vuelva a tomar la palabra, cuando aparezca esta parte, en las *Oschatzer Gemeinnützige Blätter* para defender a aquellos señores
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a los que considera dignos de cubrir con su persona y su honor.

Espero su juicio salomónico —con toda probabilidad, otra vez una pieza modelo de verdad e imparcialidad— con calma estoica.

> Y si hubiera de decidir
> de nuevo todo mi camino, —
> de mis actos no dejaría
> sin hacer *ni uno* solo.

*Oederan* (Sajonia),
el día de la publicación.

Otto Rühle.

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## III. Cómo se «hacen» las calificaciones en Oschatz.

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> ¡Qué mundo tan hermoso! ¿Quién es tan listo
> y no nota este engaño palpable? —
> ¿Y quién tan osado que diga que lo ve? —
>
> *Shakespeare*, Ricardo III.[^t8]

Ser aburrido no es solo el mayor pecado de la enseñanza, sino también del escribir historias, o respectivamente folletos. Por eso voy a esforzarme, dejando a un lado todo lo introductorio y lo de todos sabido, por ir derecho a la meta. Sobre el concepto de calificaciones reina sin duda claridad por doquier, lo mismo que sobre el modo en que procede más o menos un maestro cumplidor al poner las calificaciones. No hay, por tanto, necesidad de entrar en estas cosas.

Cómo se «hacen» las calificaciones.

La historia, o si se quiere, las historias ocurrieron en el Real Seminario de Maestros de Oschatz. El personaje principal es el señor profesor titular Gr.; el mismo que mostró tan extraordinaria habilidad en la construcción de aldeas Potemkin que pudo engañar a sus superiores durante años de la
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manera más refinada, aunque al ocupar su plaza fija de profesor juró administrar el cargo que se le confiaba como profesor fijo según su mejor saber y entender. Como personaje secundario aparece el señor director del seminario J.,[^t9] que tras solo dos años de ejercicio en Oschatz fue trasladado en Pascua de 1896 al seminario de Schneeberg. El señor J. solía decir a menudo en sus clases que para algunas personas sería muy recomendable que se las trasplantara con frecuencia. El citado señor J. tiene sin duda la culpa principal de que en Oschatz pudieran arraigar siquiera, en la medida descrita fielmente en las partes I y II, situaciones tan crasas, que frente a nuestra época, tan fuertemente influida por los movimientos humanitarios, son como una bofetada. Muy seguramente los deplorables desórdenes habían echado raíces ya en tiempos del consejero escolar E. y habían crecido entonces no poco. Pero mientras al señor consejero escolar E., por consideración a su salud, se le callaba buena parte de todos estos males, al señor J. le salieron al encuentro desde las filas del alumnado, le desplegaron el repugnante cuadro de esta espantosa mala gestión y le pidieron repetidas veces remedio. Se le había esperado —puede decirse abiertamente— con ansia. Es cierto que toda la miseria de esta situación no había llegado ni de lejos al estado de más tarde, en tiempos de J.; el señor consejero escolar E. siempre había sabido allanar y salvar con su manera conciliadora y paternal las desavenencias y diferencias que estallaban y se hacían notar entre profesores y alumnos. Bajo su gobierno nunca se sintió la miseria de esta vergonzosa gestión en toda su magnitud y gravedad. Muy distinto con J. A él, aunque la
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posición de un director entre profesores y alumnos es sumamente penosa en tales casos, le habría resultado con todo relativamente fácil producir un cambio. Pero no era un hombre de acción, sino solo de palabras vacías. Más aún, puede decirse: de palabras duras; los alumnos que le pedían remedio fueron calificados de «pértigas de heno»,[^t10] y un profesor titular llegó a llamar «canalla» a un seminarista. Tanto el señor J. como todos aquellos señores que se olvidan de su deber y arrojan a su alrededor inmundicia repugnante deberían estar en cualquier otro sitio, pero no en un seminario. Lo que pecan allí contra sus alumnos nunca podrán justificarlo. El señor J. no fue, pues, capaz de provocar un vuelco de la situación en el seminario de Oschatz. Si ya su inesperada y desagradable actitud ante los males reinantes había causado entre los seminaristas amarga decepción y resentimiento, esto aumentó todavía cuando, con su conducta sumamente torpe en asuntos disciplinarios y litigiosos, sus descalificaciones y humillaciones recíprocas, su inconsecuencia y su falta de amor a la justicia, echó aceite al fuego que poco a poco se avivaba. La granizada de infamias y groserías se hizo de día en día más densa, hubo más palizas que nunca, el verbalismo y la esclavitud del espíritu rebasaron todos los límites. Seguir siendo alumno bajo el peso de semejante situación era sencillamente imposible. Y no cabía esperar ayuda ni alivio de ninguna parte. Ruegos y representaciones quedaron sin el menor resultado. Entonces nació la idea de pedir ayuda a la suprema autoridad escolar y, si esto resultaba infructuoso, a la opinión pública. Así se ha hecho. Los dos primeros cuadernos han salido al mundo y han causado por todas partes la sensación más penosa. Es cierto que la prensa conservadora se ha esforzado por silenciarlos. Considera
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a la suprema autoridad escolar, y con ella al soberano del país, lo bastante miserables como para que con encubrir y silenciar este asunto candente, que tiene no poca trascendencia para el bien de todo el pueblo, se les pudiera hacer algún favor. Es una de esas lesas majestades para las que por desgracia no hay artículos en el código penal. Por lo demás, a la prensa conservadora no le ha salido bien el silencio. Gran número de periódicos se han ocupado de los escándalos de Oschatz y los han sometido, sin excepción, a una crítica severa.

Los hechos consignados en la presente tercera parte completan todavía en no poco el cuadro del seminario de Oschatz. Junto con los puntos tratados en la primera y la segunda parte, dan poco a poco una impresión de conjunto de toda la miseria de Oschatz y confirman también a quien al principio pensara quizá con optimismo que para componer un cuadro luminoso al lado de mi «cuadro nocturno», mantenido en profunda negrura, queda una luz espantosamente escasa.

Cómo se «hacen» las calificaciones.

Ya en la expresión «hacer» está dicho lo rutinario y mecánico de todo el reparto de calificaciones. Procede de la boca del señor profesor titular Gr., para quien, como para ningún otro, es la más característica en su sentido más desolador. Le servía de eficaz fuerza motriz para estimular a un ritmo más rápido las ruedas de cuerda, calibradas para determinados carretes, de los atormentados seminaristas, que antes de San Miguel o de Pascua[^t11] se mantenían casi constantemente en marcha a fuerza de repasos continuos de grandes masas de materia. «Espabílense, que ahora se "hacen" las notas».
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Verdaderamente no podía caracterizarse a sí mismo y a su reparto de notas de modo más certero.

Cómo se «hacen» las calificaciones.

Uno podría pensar todavía en muchas cosas. En primer lugar, en un profesor titular del seminario de Oschatz que por lo general estaba muy distraído. Los nombres de ciertos alumnos no lograba de hecho retenerlos; en otros confundía constantemente persona y nombre. Así, llamó todo el año N. al seminarista R.; a N., en cambio, se le llamaba como R., etc. En las clases, dicho señor no ponía notas sobre el rendimiento de sus alumnos, como suelen hacer algunos otros señores, ni hacía tampoco rayas como el señor profesor titular Gr. Pero unas semanas antes de Pascua nacían las calificaciones en un rincón tranquilo, en la sala de la biblioteca o algo así. No podían copiarse del cuaderno de notas, porque ni en las clases ni inmediatamente después se habían anotado calificaciones a lo largo del año, o se habían anotado de manera sumamente irregular. Así que de memoria. Ciertamente, todo maestro sabe lo que rinde este o aquel, lo que merece. Pero ¿y si confunde constantemente los nombres de los alumnos? ¿Quién quiere garantizar la absoluta exactitud y la justa asignación de las calificaciones? Cada vez que he pensado en esta manera de calificar no he podido librarme de la convicción de que en Oschatz algunos señores precisamente «hacen» las calificaciones.

En segundo lugar, ante la expresión «hacer» podría pensarse también en la corrección de los trabajos de alemán. El señor profesor titular Gr. ponía en la clase I casi todos los años los mismos temas, de los que dictaba casi todo el trabajo. Bastaba unir unas con otras las distintas frases y pasarlas
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al cuaderno en limpio, y el trabajo estaba hecho. Algunos ni siquiera se tomaban esa molestia. Copiaban sin más el trabajo de un alumno de la promoción anterior. La ganancia que sacaban de ello era nula; pero tampoco el ensamblar las frases dictadas aportaba más; y además se perdía con ello mucho tiempo que hacía más falta para empollar. A los trabajos copiados, que el señor profesor titular Gr. tomaba naturalmente por originales, les caían a veces calificaciones bien curiosas, que estaban en la más delicada contradicción con las calificaciones puestas al trabajo original. Pequeñas oscilaciones son inevitables y no se mencionarían. Pero saltos desde IIa en el trabajo original hasta IIIa en la copia con correcciones[^t12] son demasiado grandes y apenas permiten concluir una calificación concienzuda y cuidadosa. «Explicadme, conde Orindur, esta discordia de la naturaleza».[^t13] Daré algunos indicios: el autor del trabajo original se sentaba entre los primeros de la clase; el que hizo la copia corregida, entre los últimos. A eso se llama «hacer» las calificaciones.

En tercer lugar, podría pensarse en la nota de conducta que se me puso al dejar el seminario de Oschatz en Pascua de 1895. He contado todo el asunto con todo detalle en el prólogo de la primera parte. El Real Ministerio de Cultos e Instrucción Pública opina que merecí la nota baja de conducta por comportamiento irrespetuoso hacia mi profesor. Este laudo es para mí, mientras esté en el cargo y cobre el sueldo, intocable. Nunca tuve un altercado ni una escena con profesores; en cinco años y medio no fui castigado jamás con nota baja de conducta, calabozo escolar o cosa parecida; no ofendí a ninguno de mis profesores
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ni de obra ni de palabra. Si yo me formé de uno de mis profesores un juicio —dicho sea honradamente— del todo acertado, escribí este juicio en mi librito de bolsillo y no se lo enseñé a nadie, eso no puede ser peor que si el juicio hubiera estado solo en mis pensamientos. Si se me arrebata a la fuerza el librito y se hace público ante los demás alumnos el juicio sobre ese señor, no puedo tener de ello culpa directa. Naturalmente, el señor profesor titular Gr. quedó en ridículo con esa frasecita «irrespetuosa» —tal como se lo merece—, pero quien lo puso en ridículo debería recibir también el castigo. Pero basta de este punto. Yo no había pedido al Real Ministerio respuesta a la pregunta: «¿Por qué he recibido la nota baja de conducta?», sino: «¿Fue justo el modo de ponerla?». Todavía hoy espero una resolución sobre esta pregunta. Y, sin embargo, me resultaría de lo más interesante conocer la postura de la más alta instancia sobre ella. Los hechos son conocidos por el prólogo de la parte I: la comisión examinadora del Real Seminario de Maestros de Oschatz me asignó en Pascua de 1895, a propuesta del señor director del seminario J., el Ib de conducta[^t14] sin que él le hubiera expuesto antes por qué motivo debía recibirlo. Toda la comisión juzgó, pues, con los ojos vendados. Uno se pregunta en primer lugar: ¿por qué no comunicó el señor J. los motivos a la comisión? Sobre ello pueden hacerse dos conjeturas. O bien quería evitar tener que presentar el librito, cosa que con ello habría resultado necesaria, porque en él se leía también bajo su nombre un registro bastante extenso; o bien temía no obtener el asentimiento del claustro. Sea como
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fuere, todo el modo de asignarla indica en cualquier caso que el señor J. no se sentía muy seguro de lo suyo; de lo contrario no habría necesitado esconderlo de la luz. La imposición del Ib de conducta fue, pues, un acto de arbitrariedad puramente personal. Él «hizo» el Ib para mí, la comisión sin voluntad dijo «sí», y yo lo recibí. Quién sabe si habría sucedido de haberse sospechado que aún hoy se les pediría cuentas por ello. Con el arrebato violento del librito, el señor J. creyó haberme dejado sin capacidad de hacer daño. En eso, por cierto, se había engañado amargamente.

Ante el «hacer» calificaciones podría pensarse, por último y no en menor medida, en ciertos sucesos que solían ocurrir especialmente en los exámenes de habilitación.[^t15] Mayores dificultades que cualquier otro examen le causaban al señor profesor titular Gr. los exámenes de habilitación, pues entonces no tenía tiempo ni ocasión de adiestrar a los examinandos en los temas que habían de tratarse en el examen, como ocurría en las clases. Allí se insistía durante semanas en uno o varios apartados de historia, literatura, religión o similares; allí se trabajaban varias veces en historia temas sueltos a la manera de los ejercicios de examen escrito; allí caían observaciones e insinuaciones y, a veces, al salir de clase, incluso se caían de un libro hojas con notas valiosas que, desde ese momento, dejaban a los seminaristas más o menos fuera de duda sobre la elección de los temas del examen. Pero con los examinandos del examen de habilitación, tales indirectas como puños eran por desgracia imposibles. Había, pues, que idear otro truco para no dejar a los candidatos tan del todo sin ayuda alguna. Las clases
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de la mañana, con un horario de 24 —digo y escribo veinticuatro— horas semanales, el señor profesor titular Gr. las necesitaba en los días de examen para «prepararse para el examen». A la clase se la tenía mientras tanto ocupada de algún modo. Por lo general, en estas horas de preparación el señor profesor titular Gr. solía escribir en una papeleta los temas para el examen oral de la tarde o las frases que acaso habían de analizarse en el examen de alemán. Algunos alumnos de la clase tenían luego que copiar lo escrito durante el tiempo de preparación. ¡Qué inocente y, sin embargo, qué ladino! Cae por su peso, naturalmente, que en cuanto terminaba la hora los alumnos en cuestión comunicaban a los candidatos lo sucedido. ¿Hace falta todavía mencionar que los exámenes de esas asignaturas salían sin excepción bien? Sí, sí, el señor profesor titular Gr. entendía de «hacer» calificaciones.

¡Pero lo más disparatado viene al final!

Por la segunda parte conocemos al señor profesor titular Gr. como un hombre cuyo olvido del deber y comodidad —digámoslo en buen alemán: cuya pereza— no tiene igual. Sus clases, por cada una de las cuales se le pagaban 5 marcos, podría haberlas dado igual de bien su criada o el primer vendedor de rosquillas que pasara. Quizá estos, al menos, no habrían ejercido semejante tiranía y esclavitud del espíritu como la que ejerció el señor profesor titular Gr. Él —¿por qué no suponerlo?— a lo mejor estaba incluso convencido de ello. Se habrá dicho: no es necesario que *tú* des precisamente esta enseñanza; cualquier otro es capaz de rendir por lo menos lo mismo que tú. Por tanto, tampoco será necesario que seas tú precisamente quien ponga las calificaciones. Difícilmente puede haber nadie más sin conciencia y más olvidado
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de su deber que tú. Así que también el primero que pase puede «hacer» las calificaciones.

Y el señor profesor titular Gr., el primer profesor titular del Real Seminario de Maestros de Oschatz, llamó en secreto al entonces primero de su clase, más tarde destituido, el actual maestro auxiliar Kr. de Großenhain, y le encargó «hacer» las calificaciones de San Miguel de 1894 para su clase.

La personalidad de Kr. nos es suficientemente conocida por la primera parte. Es el mismo que cometió conmigo la traición. Perdóneseme si entro aquí en algo personal; para juzgar todo el asunto es por desgracia inevitable. Kr. llevaba como seminarista una vida sumamente disoluta y estaba por ello en constantes apuros de dinero. Así que «debía» siempre por todas partes. Por lo demás, desconsiderado, duro y tiránico con los de abajo, rastrero y servil con los de arriba, es para mí la fisonomía de adulador más acusada que he conocido en mi vida. Este joven fabricó, pues, las calificaciones de sus compañeros de clase. ¿Cómo llegó precisamente *él* a ello? En primer lugar, era el primero de la clase. Pero el asunto tenía seguramente un motivo más profundo. Ya lo he rozado en la primera parte. Hubo un tiempo en que el padre del susodicho Kr. estaba indignado y escandalizado por el método de dictar y hacer empollar tal como se practicaba en Oschatz. Tronaba contra él en locales públicos y no solo allí, sino que también —según él mismo afirmaba— expresó ante el señor inspector escolar de distrito Dr. G. de Gr. el propósito de dar pasos enérgicos contra los desmanes de Oschatz. El señor inspector escolar de distrito Dr. G. de Gr. es amigo de algunos de los señores de Oschatz. De una actuación del señor Kr. padre no se ha
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notado nada. En cambio, otro fenómeno fue muy llamativo. Kr. hijo subía de día en día en el arte[^t16] del señor profesor titular Gr.; más aún, se veía llevado por completo por su favor. La cumbre y el punto culminante de esto se alcanzó cuando este le encargó «hacer» las calificaciones de San Miguel de sus compañeros. Su propia calificación la dejó en blanco el susodicho Kr.; conocía demasiado bien la galantería del señor profesor titular Gr. Y el señor profesor titular Gr. no tardó, por pura gratitud y —para que el silencio resultara más fácil—, en llenar el hueco con un I.

¿Sabéis ahora de dónde salen en Oschatz los relucientes sobresalientes?

Si de este hecho comunicado, y garantizado por el susodicho Kr. con su firma, se extraen las consecuencias y perspectivas que se siguen necesariamente, quedan abiertas dos preguntas.

Primera: ¿por qué criterios se habrá guiado el susodicho Kr. al poner las calificaciones? Que en este importante negocio fuera decisivo para él el rendimiento de sus compañeros apenas puede suponerse. Para eso tenía demasiado poco carácter, si es que merece siquiera que se le llame un carácter. Así pues, con él solo puede haber ido por favor. Y el favor era fácil de ganar, porque Kr. necesitaba constantemente dinero y siempre tenía muchas cuentas pendientes. Opino que una ilustración más acertada de la expresión «hacer calificaciones» que la ofrecida por el señor profesor titular Gr. no es siquiera concebible. En todo caso, para todo compañero de clase de Kr. ha de ser sumamente interesante buscar las hojas de calificaciones de años pasados y ver, por la bondad de las notas obtenidas en las asignaturas de Gr., en qué relación se estaba entonces con Kr.
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Segunda: ¿ha sido Kr. el primero y el único que ha fabricado calificaciones para sus compañeros? Cabe suponer: difícilmente. El caso de Kr. no puede negarlo ni Kr. ni Gr. Es un hecho. Y el refrán dice: a quien miente una vez no se le cree, aunque diga la verdad.

El señor profesor titular Gr. está moralmente juzgado. De la manera más olvidada del deber y más sin conciencia ha ejercido su cargo durante años. Cómo se puede siquiera tolerar todavía a un hombre así, a un dómine tan lamentable y tan poco honrado, en la cátedra de una escuela es sencillamente incomprensible. Uno podría verdaderamente perder la fe en que haya verdad y justicia en este mundo. Pero esperamos que también a él le resuene todavía el atronador: «Siervo malo y negligente…».[^t17]

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Con esta tercera parte, la serie de folletos *Seis años en un seminario de maestros sajón* ha llegado por ahora a su término. Es posible que más adelante se trate todavía en un folleto un cierto número de lamentables abusos del seminario de Oschatz. También me ha llegado sobre otros seminarios una cantidad de material que bastaría por sí sola para llenar algunos cuadernos. Pero no es mi voluntad vivir del escándalo. Destapar la mala gestión de Oschatz lo consideré mi deber, porque yo mismo he tenido que soportar la miseria y la lamentable situación de tan espantosas condiciones. Ahora toca a las autoridades producir un cambio. Si sientan aquí un escarmiento como el caso exige, también dentro de los
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muros del seminario se procurará por sí mismo limpiar todo lo turbio y falso. Ese no puede ser sino mi más sincero deseo, pues lo que he querido es una reforma y nada más.

<!-- Siguen en el original dos páginas de anuncios editoriales (Baumert & Ronge, Großenhain y Leipzig; H. Starke, Großenhain) de los libros de poemas de Rühle *Der erste Strauß* y *Aus jungen Tagen*, de *Die Schund-Litteratur* y del *Hausbuch der Lyrik deutscher Frauen*, con juicios de prensa, y el pie de imprenta; no se traducen. -->

[^t1]: *Lehrerseminar*: seminario de maestros, centro de formación de los maestros de la escuela popular (*Volksschule*), equivalente a la escuela normal; en Sajonia la formación duraba seis años y se hacía en régimen de internado. Rühle salió del seminario real de Oschatz en la Pascua de 1895. El título usa la forma dativa antigua *Lehrerseminare*. (N. del T.)

[^t2]: Felix Dahn (1834-1912), novelista y poeta alemán; los versos pertenecen a su poema *Hagens Sterbelied*. (N. del T.)

[^t3]: *Oschatzer Gemeinnützige Blätter* y, a continuación, *Oschatzer Tageblatt*: periódicos locales de Oschatz. (N. del T.)

[^t4]: *Seminaroberlehrer*: profesor titular de seminario, categoría de los profesores de plantilla de los seminarios de maestros sajones, por encima de los profesores auxiliares (*Hilfslehrer*). El texto abrevia *Obl.* (N. del T.)

[^t5]: Eco de Lucas 16, 24 (el rico epulón: «estoy atormentado en esta llama»). (N. del T.)

[^t6]: *Schlot*: literalmente «chimenea»; en el habla popular, también tipo zafio o perezoso. Parece mote de las clases de este profesor, cuyo sentido exacto no se explica aquí. (N. del T.)

[^t7]: *Mohrenwäsche*: expresión proverbial (cf. Jeremías 13, 23) para el intento vano de blanquear a quien no tiene remedio. (N. del T.)

[^t8]: *Ricardo III*, acto III, escena 6 (monólogo del escribano), citado en traducción alemana. (N. del T.)

[^t9]: En la letra Fraktur del original no se distinguen I y J; se transcribe J. (N. del T.)

[^t10]: *Heubaum*: pértiga con que se sujeta la carga de un carro de heno; como insulto, «zoquete», «pasmarote». (N. del T.)

[^t11]: San Miguel (*Michaelis*, 29 de septiembre) y Pascua eran las dos fechas de los exámenes y calificaciones semestrales en las escuelas sajonas. (N. del T.)

[^t12]: Las calificaciones se expresaban con números romanos (I la mejor) subdivididos en a y b; IIa es, pues, una nota buena y IIIa una mediocre. (N. del T.)

[^t13]: Verso de la tragedia *Die Schuld* (1813) de Adolf Müllner, convertido en cita proverbial. (N. del T.)

[^t14]: *Sitten-Ib*: nota de conducta Ib, inferior a la I; es la «nota baja de conducta» (*niedere Sittenzensur*) de que habla antes. (N. del T.)

[^t15]: *Wahlfähigkeitsprüfung*: segundo examen de maestros en Sajonia, que se hacía tras unos años de servicio provisional y habilitaba para una plaza fija; se celebraba en los seminarios. (N. del T.)

[^t16]: Así en el original (*Kunst*), probablemente errata por *Gunst*, «favor», palabra que aparece justo después. (N. del T.)

[^t17]: Mateo 25, 26 (parábola de los talentos). (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil digital de la Bayerische Staatsbibliothek (Münchener DigitalisierungsZentrum, bsb11820113, https://www.digitale-sammlungen.de/de/view/bsb11820113): Otto Rühle, *Sechs Jahre in einem sächsischen Lehrerseminare. III. Teil: Wie in Oschatz Zensuren „gemacht“ werden*, Leipzig, August Schupp, 1896, 29 págs. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Las partes I (*Die Behandlung der Seminaristen*) y II (*Die Lehrmethode in Oschatz*) son folletos aparte (OR1896-12 y OR1896-13).

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en apartados, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las abreviaturas de nombres de personas y la paginación original; las erratas del impreso se respetan y, cuando afectan al sentido, se explican en nota. Los términos técnicos e históricos se explican en notas del traductor; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
