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Title: La locura de las brujas
Description: Artículo de divulgación librepensadora publicado en la «Frauenstimme», suplemento de Der Atheist (1925), y reimpreso en Der Freidenker (Zúrich, 1940): Alice Rühle-Gerstel explica la caza de brujas de los siglos XV a XVIII por la inseguridad de una Iglesia amenazada por la ciencia y la nueva economía y por la imagen masculina de la mujer como encarnación del mal, y la presenta como un caso de la lucha por el poder entre clases y entre sexos.
Author: Alice Rühle-Gerstel
URL: https://adler.school/archivo/ruhle-gerstel/1925-02%20Der%20Hexenwahn
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<!-- S. 43 -->

# La locura de las brujas[^t1]

Por la Dra. *Alice Rühle-Gerstel*.

Está en la naturaleza del desarrollo del espíritu humano que, en su viaje del error a un error cada vez menor, pase por las estaciones más diversas.

Los hombres primitivos, que en la lucha contra los peligros del entorno solo disponen de medios de defensa reales y espirituales del todo insuficientes, buscan consejo y ayuda en fuerzas invisibles. Es cierto que también ellos perciben ya, dentro del acontecer natural, cierta interacción de causa y efecto; pero no saben interpretarla, o solo de modo insuficiente, y el espíritu humano que busca no encuentra, en un determinado escalón de su ascenso, otra salida a sus apuros que el camino hacia lo sobrenatural.

La superstición de épocas anteriores ha de entenderse, por tanto, como un recurso para explicar cosas y fenómenos cuya conexión natural aún no se comprendía entonces. No la entenderemos tanto por la estupidez como por la debilidad de los hombres primitivos frente a su entorno.

Pero ¿cómo comprender la superstición de una época que poseía ya conocimientos científicos, que había descubierto en amplios terrenos las leyes de causa y efecto, una época a la que hombres como Leonardo da Vinci y Giordano Bruno, y más tarde Kepler y Newton, iluminaron el camino como antorchas del conocimiento libre?

La locura de las brujas y del diablo, una concepción angustiada de fuerzas y poderes misteriosos e inquietantes, estaba ya en declive en el siglo XIII.

A la Iglesia católica tiene que agradecerle la humanidad occidental que volviera a avivarse y que hasta la Edad Moderna devastara y consumiera los bienes humanos más valiosos.

En 1484 el papa Inocencio VIII promulgó su bula contra las brujas[^t2]; en ella se dan a los inquisidores («investigadores») nombrados por Roma plenos poderes para exterminar a las brujas, y se amenaza con penas terribles a cualquiera que se atreviera a oponerse, de opinión o de obra, a sus interpretaciones y disposiciones.

«Ha llegado a nuestro conocimiento que recientemente personas de uno y otro sexo pecan carnalmente con demonios en figura de hombre o de mujer y, con sus hechizos, cantos, conjuros y otras abominables supersticiones y excesos mágicos, vicios y crímenes, echan a perder y hacen perecer los partos de las mujeres, las crías de los animales, los frutos de la tierra, las uvas y los frutos de los árboles, así como a los hombres, las mujeres, los animales domésticos y otras clases de animales, también las viñas, los huertos, los prados, los pastos, el grano y otros frutos de la tierra; además atormentan a los hombres, a las mujeres y a las bestias de tiro, de carga y domésticas con terribles dolores internos y externos, impiden a los hombres engendrar y a las mujeres parir, y a los hombres cumplir el débito conyugal con las mujeres y a las mujeres con los hombres». Etc. Esos eran los reproches contra aquellos de quienes se sospechaba una relación con el diablo. ¿O… de quienes se quería sospechar? Dos de los profesores de teología encargados de ejecutar esta bula del terror, Institoris y Sprenger, publicaron luego, en 1487, el «Martillo de las brujas» (*Hexenhammer*)[^t3], el libro clásico de la más espantosa locura eclesiástica, una obra enormemente difundida y que aún en 1669 se reeditó. En él se exponían con todo detalle las clases de brujería, la naturaleza y las obras de las supuestas amantes del diablo, así como las normas para su interrogatorio, tortura y castigo. Decenas de miles de inocentes llevó a la hoguera esta verdadera obra del diablo; más aún, sus efectos en el ánimo y en la mentalidad de ciertos círculos fueron tan duraderos que todavía en el siglo XVIII, en tiempos de Goethe y de Lessing y de la Declaración de los Derechos del Hombre por la Revolución francesa, pudieron darse quemas de brujas. (Así, todavía en Kempten en 1775, en Glaris en 1782, en Posen en 1793)[^t4]. Quien se atrevía a oponer el juicio del sano sentido común a las opiniones defendidas en este «Martillo de las brujas», ensalzadas por el clero como auténticamente cristianas, caía bajo la sospecha de herejía o de complicidad en los crímenes de las brujas y tenía que temer por su vida.

La Iglesia católica no había hecho desplegar sin motivo una artillería tan pesada: poco a poco se extendía la luz sobre la humanidad. El renacimiento de la Antigüedad, sobre todo gracias a sabios y artistas italianos, y la labor ilustradora de los humanistas en Suiza y en Alemania caracterizan el siglo XV como una época de ascenso. Los acontecimientos que influyeron decisivamente en la vida económica, como el descubrimiento de América (por el que llegaron a Europa riquezas inmensas), el hallazgo de la ruta marítima a las Indias Orientales, la invención de la imprenta, etc., anunciaban el alba de una nueva época. La Iglesia sintió entonces que su poder se tambaleaba. Pues hasta entonces solo ella había regulado y repartido el saber y el obrar de los europeos según sus necesidades de dominio. Ahora la amenazaba un rival en forma de una ciencia secular; un principio económico que hacía del comercio y del tráfico su eje <!-- S. 44 --> tenía que parecerle a la Iglesia, la mayor terrateniente y señora feudal, también una desvalorización de su poder. En esta hora peligrosa la Iglesia tuvo que llamar en su ayuda a todas las reservas para asegurar de nuevo su posición amenazada; y lo consiguió. El espíritu y el ánimo de los pueblos estaban aún demasiado firmemente bajo el hechizo de la tradicional sumisión a Dios y del desaliento. Una concepción defendida por la que hasta entonces había sido la única y suprema autoridad, la Iglesia, tenía que convertirse pronto en la concepción de los más amplios círculos populares, tanto más cuanto que se imponía mediante un terror de la peor especie. Así, la fanática persecución de herejes y brujas, en una época que los historiadores llaman «el comienzo de la Edad Moderna» (la Edad Media termina con el descubrimiento de América, en 1492), aparece como acción defensiva y resistencia desesperada de los viejos poderes contra los nuevos que se abalanzaban. Una razón socioeconómica era la competencia de los mercaderes y comerciantes, a quienes ya no se podía seguir teniendo por «deshonrosos», pero que, como representaban la nueva idea económica, se volvieron peligrosos para la Iglesia señora feudal. Como causa accesoria y fenómeno parcial puede verse quizá la codicia de bienes siempre creciente de la Iglesia, que con la confiscación y el embargo de los bienes de herejes y brujas volvía a llenar su propia bolsa.

Como razón psicológica valga el sentimiento de una inseguridad creciente. La Iglesia y los círculos feudales afines a ella (terratenientes nobles) veían desvanecerse su influencia y su gloria. Así, tenía que hacer la prueba y, mediante decretos y actos de violencia hasta entonces inauditos, demostrarse por última vez su poder y su influencia, a sí misma y al mundo: ¡mirad lo que todavía podemos, lo que todavía nos atrevemos a hacer, a pesar de la Ilustración, la brújula, la imprenta y un modo de vida más libre! ¡Nos medimos con todo eso!

Es una actitud parecida a la de la burguesía contra los socialistas en tiempos de la ley antisocialista (1878-1890)[^t5]: se intenta una última prueba para demostrarse como el poder único, sin competencia. Después… hubo que reconocer al menos la existencia de los adversarios, ya no se la pudo silenciar, hubo que tomar nota de una concepción del mundo que hasta entonces se había querido exterminar a sangre y fuego. También la Iglesia tuvo que aprender más tarde a contar con los adversarios, con la Ilustración, la ciencia natural y la «herejía». Pero mientras la ley antisocialista se vino abajo a los doce años, la Inquisición pudo mantenerse en el poder durante tres siglos.

Y para entenderlo tenemos que penetrar aún más hondo y tratar de aclararnos qué concepción reinaba entonces sobre las mujeres, esas pobres víctimas de la locura de las brujas.

Desde la decadencia del derecho materno, que existió alguna vez en todos los pueblos, el hombre ha apartado a la mujer de toda actividad cultural y casi de la mayoría de los goces de la cultura. Se convirtió en su propiedad privada, en una cosa suya que se podía guardar bajo llave; el escenario de su vida eran la casa y el lecho conyugal. El hombre, pese a la forma aparentemente monógama del matrimonio, gozó siempre de la libertad del señor, también en el aspecto sexual. La mujer descendió a objeto de placer sexual. Pero precisamente en su sexualidad, el único terreno que el hombre le había dejado, buscó entonces compensación por todo lo que se le negaba. Y como el hombre la necesitaba en ese terreno como compañera, dependía en cierto modo de ella tanto como ella de él. La esposa honrada, que se plegaba sin condiciones a sus deseos, daba a las apetencias de dominio y de valía del hombre la mejor garantía de que también en el terreno sexual seguiría siendo el señor. Por eso la esposa virtuosa, con el lema «¡Él será tu señor!»[^t6], se sintió como una excelente salvaguardia contra la igualdad de derechos de las mujeres y se la puso en el pedestal. A ella se la podía adorar y presentar como modelo, porque de ella no había nada que temer. Pero las otras, las que hacían de su sexualidad un arma, las que amenazaban al hombre con la desvalorización como amante o incluso como calzonazos, tenían que ser presentadas como peligrosas y terribles. Así se explica la disputa eclesiástica de la Edad Media sobre si la mujer tiene alma, sobre si es siquiera un ser humano, etc., por el miedo de los hombres a que alguien pudiera meterse en su coto. (Por cierto, esta mentalidad tampoco ha desaparecido del todo hoy; un libro como el del profesor Moebius sobre la imbecilidad fisiológica de la mujer[^t7] ha conocido hasta fecha muy reciente innumerables ediciones. La concepción tan extendida de que en el fondo en toda mujer hay una ramera ronda hoy todavía, a menudo, por las cabezas.)

En una época, pues, en que las mujeres adquirían en los conventos una alta erudición, más alta que la de los hombres, ocupados casi exclusivamente en la guerra y el saqueo; en que había mujeres médicas y las mujeres empezaban a formar sectas religiosas, etc., el sexo dominante tenía, naturalmente, un interés especial en asestar un duro golpe a la mujer. No podía hacerse mejor que presentando a la mujer como amante del diablo, como hechicera, como bruja. Entonces, para demostrar la inferioridad de la mujer, se recurrió a los medios que ofrecía la época: se la envolvió en un estremecimiento misterioso que hacía que todos los cristianos piadosos dieran un gran rodeo para evitar a estas <!-- S. 45 --> aliadas del infierno, o que justificaba contra ellas el peor de los terrores. También el celibato, la soltería forzosa de los sacerdotes, ha de interpretarse como una salvaguardia de este tipo de los hombres contra el engaño que supuestamente amenazaba de parte de la mujer. En el «Martillo de las brujas» se lee: «¿Qué otra cosa es la mujer sino enemiga de la amistad, castigo ineludible, mal necesario, peligro doméstico, daño deleitable, mal de la naturaleza pintado de hermosos colores?»[^t8] Así aseguraba el hombre de entonces de dos maneras su preeminencia frente a la mujer: por una parte, rebajándola, bajo la aparente veneración del ama de casa virtuosa, al papel de esclavo mudo y obediente; por otra, imprimiendo el sello de lo diabólico, pecaminoso y vil a las mujeres que no querían plegarse a ese papel. Es tentador seguir las ramificaciones de esta mentalidad hasta el presente. Porque, por desgracia, la mayoría de los hombres sigue opinando que «la mujer pertenece a la casa», es decir, que no debe tener voluntad propia, y allí donde la hace valer se la sigue castigando con burla, repugnancia o tenaz obstinación.

Para comprender la locura de las brujas nos basta haber conocido la doble raíz de su origen: la inseguridad de la Iglesia, fundada en el vuelco de las condiciones económicas y espirituales, y sus intentos de apuntalar su antigua preeminencia mediante un nuevo despliegue de poder. Y la valoración general, de orientación masculina, de la mujer como encarnación de todo mal.

En los espantosos actos de violencia se expresa una lucha por el poder: una lucha por el poder entre viejos y nuevos principios económicos y una lucha por el poder entre los sexos.

Por luchas parecidas, aunque de forma muy distinta, está desgarrada nuestra época; y así sacamos de esta consideración la lección de que los excesos de la Iglesia medieval no son más que un caso particular de la lucha general, que se repetirá bajo formas siempre cambiantes mientras clase se enfrente a clase y sexo a sexo. Trabajamos para destruir la ideología de este mundo partido en dos y para construir uno nuevo en el que el contenido de la vida no sean la lucha y la violencia, sino la paz y la ayuda mutua.

[^t1]: *Hexenwahn*, literalmente «locura (o delirio) de las brujas», es el término alemán habitual para la creencia en la brujería y la persecución que desencadenó; se traduce siempre «locura de las brujas». (N. del T.)

[^t2]: La bula *Summis desiderantes affectibus* (5 de diciembre de 1484). La autora la cita en una traducción alemana; aquí se traduce del alemán. (N. del T.)

[^t3]: El *Malleus maleficarum*, de los dominicos Heinrich Kramer (latinizado Institoris) y Jakob Sprenger. (N. del T.)

[^t4]: Casos citados habitualmente en la época como las últimas ejecuciones por brujería en Alemania y Suiza: en Kempten (Anna Maria Schwägelin, 1775, condenada aunque, según se sabe hoy, no ejecutada), en Glaris (Anna Göldi, 1782) y en la provincia de Posen (1793). (N. del T.)

[^t5]: La *Sozialistengesetz* de Bismarck, en vigor en el Imperio alemán de 1878 a 1890. (N. del T.)

[^t6]: Génesis 3, 16. (N. del T.)

[^t7]: Paul Julius Möbius, *Über den physiologischen Schwachsinn des Weibes* [Sobre la imbecilidad fisiológica de la mujer] (1900), con numerosas reediciones. (N. del T.)

[^t8]: Pasaje del *Malleus maleficarum* (I, cuestión 6), que la autora cita en alemán; se traduce de su versión. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original). El artículo apareció por primera vez en la «Frauenstimme», suplemento de *Der Atheist*, en febrero de 1925 (número no localizado); la fecha de la base y el año corresponden a esa primera publicación. El texto sigue la reimpresión en *Der Freidenker* (Zúrich), año 23, 1940, n.º 6, págs. 43-45, firmada «Dr. Alice Rühle-Gerstel», en e-periodica (ETH-Bibliothek, doi:10.5169/seals-409075). Solo se traduce el artículo de la autora; los demás textos de esas páginas no se recogen. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa de 1940.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Las cursivas del nombre de la autora reproducen el espaciado del original. Según el glosario del archivo, *Sicherung* se traduce «salvaguardia» (recurso concreto) y *sichern* «asegurar»; *Ausgleich*, «compensación»; *Geltung*, «valía»; *Minderwertigkeit*, «inferioridad»; *Mutterrecht*, «derecho materno»; *Trotz*, «obstinación». *Entwertung* se traduce «desvalorización».
