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Title: Niños, animales y plantas
Description: Artículo de divulgación para madres (Viena, 1924) sobre el valor educativo de convivir con animales y plantas en la gran ciudad: explica la crueldad infantil con los animales como reflejo del afán de dominio de los adultos y de su propio sentimiento de inferioridad, y describe cómo un pájaro, un gato y unos cactus pueden enseñar responsabilidad, compañerismo y curiosidad.
Author: Alice Rühle-Gerstel
URL: https://adler.school/archivo/ruhle-gerstel/1924-12-01%20Kinder%2C%20Tiere%20und%20Pflanzen
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# Niños, animales y plantas

Estamos tan alejados de la naturaleza en nuestras grandes calles y entre tantas casas que una rara excursión dominical al campo nos encuentra torpes y extraños ante la vida: ante la vida por cuyo sentido se libra, sin embargo, nuestra lucha en las calles y en las fábricas, esa vida originaria de persona a persona y de persona a naturaleza; hemos perdido de vista ese sentido.

Y de esta necesidad del adulto urbano hacemos la virtud de nuestra educación, y metemos también a nuestros hijos en la bisagra del excursionista rígido y ordenado.[^t1] El niño no puede jugar en la hierba, porque la ropa limpia cuesta tiempo y dinero; no puede trepar a los árboles ni vadear el arroyo; tiene que ser «bueno». ¿De verdad ya no sabemos, todos los que nos apretujamos cohibidos y aburridos en los trenes y nos sentamos en las cervecerías al aire libre, o quizá no lo hemos sabido nunca (porque nuestros padres hicieron lo mismo con nosotros), qué valiosa materia de vida les negamos así a los niños, qué reino de experiencias y de felicidad y, para hacer justicia también a los concienzudos educadores de pacotilla, qué medio de formación?

Unas cuantas tomateras en el balcón de la cocina o un anacrónico jamelgo de coche de punto en el arrabal: es lo único con lo que un niño de la gran ciudad puede todavía configurar su relación con la naturaleza. No es culpa nuestra. El siglo de la técnica ha puesto el automóvil y la radio en el centro también del horizonte infantil, y ha empujado a las plantas y a los animales a la periferia. En muertos manuales de ciencias naturales, en el mejor de los casos en el parque municipal o en el jardín zoológico, siguen medio vivos.

Y sin embargo, ¡cuántas posibilidades hay todavía en un círculo tan reducido! Una gata, que se conforma con un poco de papilla de leche y patatas, abre ya posibilidades inmensas a la experiencia infantil. En relación con el niño no es tan pequeña, y es mucho más parecida a una persona que en relación con nosotros. No sabe hablar; bueno, el niño también tiene todavía muy pocas palabras. Con movimientos, saltos y miradas elocuentes la gata da a conocer su vida anímica, y el niño, todavía no cargado de consideraciones racionales, la entenderá fácilmente. Y como la madre tiene al niño en brazos, así abraza el niño a la gata, orgulloso y contento de poder cuidar de algo más pequeño, de tener algo blando que acariciar, algo vivaracho con que jugar.

Mientras no sepamos ser para nuestros hijos camaradas sinceros, sin aureola de autoridad, el niño, por más que nos esforcemos honradamente y por «buenos» que seamos con él, se sentirá siempre el que pierde, el inferior. Nuestra sociedad, orientada a la subordinación y la supraordinación, nuestra actitud de amo o de criado, convertida ya casi en instinto, dejan que en el niño surja ya de por sí a duras penas la conciencia de su propio valor y de su propio derecho. Los animales son pequeños, y las plantas mudas e inmóviles: ahí puede el niño sentirse por una vez, a su vez, el superior, el adulto. Las crueles torturas de animales por parte de los niños, o la manía de arrancar y deshojar plantas sin sentido, no revelan más que la misma falta de respeto por lo pequeño e indefenso que los niños tienen que experimentar tan a menudo por parte de los adultos. También un impulso de probar la propia fuerza, de mostrar hasta dónde se puede llegar con la violencia o con la astucia sobre lo más débil. Es decir, una imagen rejuvenecida de nuestra propia conducta.

Nosotros no torturamos animales ni deshojamos flores, pero no porque sintamos más respeto o más compañerismo hacia ellos —no nos hagamos ilusiones—, sino porque hemos aprendido a calcular su valor en dinero y su utilidad, y porque encontramos bastantes otros objetos para nuestra agresividad. El rico encuentra al pobre, el hombre a la mujer, los adultos al niño, y desahoga en él su instinto de dominio y compensa el sentimiento de inferioridad que tanto se le impuso en su propia juventud. ¡No nos extrañemos, pues, si ahora los niños desarrollan a su vez ese instinto de dominio y —a falta de otros objetos— lo descargan sobre niños más pequeños, sobre animales y plantas! No hacen más que lo que han aprendido de nosotros. En última instancia, tras este hacer de los niños, como también en el afán de poder degenerado y exacerbado de los adultos, se esconde un impulso de dominar las cosas, una curiosidad, una prueba de la propia fuerza. Castigar a los niños por torturar animales, o porque «querían ver la muñeca por dentro», es tanto como expulsar al diablo con Belcebú, como ahorcar a un asesino.

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¡Traed un pájaro a casa! Pero no lo encerréis en una jaula, donde se le olvida volar y pronto se vuelve muy aburrido. Dejadlo volar por la habitación. Cuando se ventila, el niño tiene que atraerlo o llevarlo a la otra habitación. El comedero no tiene, como en la jaula, un sitio fijo, sino que se pone unas veces aquí y otras allá. Es tan emocionante ver cómo el amarillo Hans[^t2] se asoma con cautela desde la barra de la cortina, lo intenta varias veces y solo cuando se cree no observado se atreve a comer. Al día siguiente el comedero se acerca ya un poco más; Hansito se atreve a ir más allá cuando sabe que el Hans grande no le pega ni intenta atraparlo, sino que lo deja picotear tranquilo. ¡Al final llega incluso a la mesa del café! Entonces se inspecciona todo en la habitación y sobre más de un libro o estante se deja una pequeña tarjeta de visita blanca. No importa. El Hans grande coge un trapo húmedo y repara el daño. Igual que la madre le arregla a él sus cosas cuando todavía no puede hacerlo solo. Hans tiene así sus pequeñas obligaciones: la madre cocina, y él da a Hansito comida y agua. La madre limpia la habitación, y Hans limpia las tarjetas de visita de Hansito y, de paso, el polvo de los muebles.

Pero también hay dos macetitas con cactus, y a Hansito le gusta tanto picotearles los brotes tiernos; y también está la Miz,[^t3] que mira ardientemente a Hansito desde un rincón: hay que poner paz para que el más grande no le haga nada al más pequeño, exactamente como hace la madre entre los hermanos. Es cierto que los sermones no sirven de mucho aquí (tampoco, por cierto, con los niños), pero también se puede educar a los animales, y entienden mucho más de lo que creemos los mayores presuntuosos. — El cactus es redondo y espinoso; alrededor de su cuerpo grueso se han formado pequeñas bolitas de espinas. Hans busca una macetita, le echa arena y tierra, desprende con cuidado las bolitas y les da una casa propia: en unas semanas son ya tan grandes que cada una tiene que tener su propia maceta. Hay que regarlas y ponerlas al sol. Pero, alto, la Miz va de un lado a otro junto a la puerta y maúlla; no puede ocurrir ninguna desgracia: ¡rápido, fuera con ella al balcón de la cocina, donde tiene su rinconcito de arena! Toda una serie de pequeñas obligaciones le crece así al niño, incluso en una buhardilla de la gran ciudad.

Y luego la madre le lee a uno en voz alta de un libro, de los tiempos en que los gatos eran todavía grandes fieras salvajes y de cómo los hombres los acostumbraron poco a poco a la casa. Hans ya sabe que la Miz, para hacer sus necesidades, escarba un hoyo en la arena y luego lo vuelve a tapar con cuidado; hasta ahora había creído que lo hacía por decoro, y ahora se entera de que es un resto de sensibilidad que le queda de los tiempos del gato montés, que tenía que esconder sus huellas de perseguidores más grandes. Y la madre lee en voz alta sobre los grandes palmerales de África, donde Hansito tiene en realidad su casa y donde vuelan pájaros de muchos colores y muy raros que aquí no hay. ¡Sí que hay! En el museo de historia natural se los puede ver disecados; allí iremos un domingo, ¿verdad, madre? ¿Y los cactus? Sí, en Italia ya son tan grandes como aquí las zarzas, Hans; quizá algún día hagas allí una excursión a pie, cuando seas mayor, y de paso veas cómo crecen los limones y las naranjas. Pero aquí también se está muy bien. Mañana es fiesta; iremos al bosque a ver los jilgueros y los lúganos, los picos picapinos y las urracas, y en la charca del bosque quizá encontremos incluso un somormujo, ¡con su cómica gorguera! Allí veremos que cada pájaro tiene su carácter y se comporta a su manera. Y veremos muchas cosas más: las grandes espadañas pardas que se cierran sobre los patos salvajes, nidos de pájaro hechos con arte, hormigas en su hormiguero, donde todo marcha como en una casa ordenada, muchas cosas... ¡ay, qué bien va a estar! Pero ahora tenemos que irnos a dormir. Hans, mira, Hansito ya se ha metido también en su jaula para dormir; rápido, tápalo para que no pase frío por la noche. ¡La Miz también se ha acurrucado ya en su cestito! ¡Buenas noches, animalitos; buenas noches, Hans!

Si tratamos así con nuestros hijos y con los animales, iremos notando que nosotros mismos todavía tenemos mucho que aprender de ellos. Y si pudiéramos tener incluso dos pájaros, dos gatos, dos tortugas (!), veríamos cómo se comportan los animales entre sí; ¡y quién sabe si no es ahí donde más podríamos aprender de ellos!

Alice Rühle-Gerstel.

<!-- En la mitad inferior de ambas páginas, separada por una raya, la revista imprime la continuación de un cuento sobre los niños Wanja y Nina y unos gatitos («Un acontecimiento», de Antón Chéjov); no es de la autora y no se traduce. -->

[^t1]: *Scharnier* («bisagra») en el original; quizá por *Schablone* («molde») o *Schema*. Se traduce literalmente. (N. del T.)

[^t2]: Nombre que el niño, también llamado Hans, da al pájaro (un canario); en el texto alternan «Hans», «Hänschen» (Hansito, el pájaro) y «der große Hans» (el Hans grande, el niño). (N. del T.)

[^t3]: *Miez*: nombre familiar para un gato, como «Michi» o «Misi». (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes de *Die Mutter* (Viena), 1 de diciembre de 1924, págs. 14-15, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos y la paginación original. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
