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Title: Ideas de psicología individual en un pediatra
Description: Ponencia de Margarete Hilferding ante el grupo de trabajo de médicos de la Sociedad Vienesa de Psicología Individual (marzo de 1935), publicada en la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie: comenta el artículo del pediatra Franz Hamburger sobre la costumbre («Ethisma») en la patología clínica, muestra que coincide con la doctrina adleriana del entrenamiento en la neurosis sin citarla y le reprocha ignorar el sentido final del síntoma y ocultarlo a los padres.
Author: Margarete Hilferding
URL: https://adler.school/archivo/hilferding/1935-12%20Individualpsychologische%20Gedankeng%C3%A4nge%20eines%20Kinderarztes
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<!-- S. 206 -->

# Ideas de psicología individual en un pediatra.[^1]

Por la Dra. med. Margret Hilferding-Hönigsberg (Viena).

A los psicólogos individuales no nos resulta nada insólito encontrar en trabajos médicos ideas que coinciden en tan gran medida con las corrientes en nuestra escuela que apenas podemos ya tenerlas por un encuentro casual de concepciones propias de la época. Y si en tales trabajos médicos faltan los nombres de *Alfred Adler* y de la *psicología individual*, nuestros propios trabajos nos dan para esos actos fallidos del olvido cierta comprensión benévola. Informaremos hoy brevemente sobre una conferencia del profesor *Franz Hamburger*[^t1], publicada como artículo en la *Wiener Klinische Wochenschrift* (cuaderno 4, del 25 de enero de 1935); trata un tema que nos <!-- S. 207 --> es bien conocido: la importancia de la costumbre en la patología clínica.

No es de suponer que el profesor *Hamburger*, como buen conocedor de la literatura científica, haya pasado por alto todos los trabajos de psicología individual, e incluso las reseñas de ellos. Por eso nos asombra también aquí, una vez más, la desenvoltura con que se proclaman mecanismos anímicos que hace tiempo que están investigados en su origen, determinados en su finalidad y aclarados en su importancia para el hombre sano y para el enfermo, por un lado como antiquísimo patrimonio de la medicina y, por otro, como nuevo descubrimiento de la ciencia. Podemos suponer que, al tratar su tema, *Hamburger* ha hundido en el inconsciente todo lo que guarda relación con las ideas de la psicología individual. Sacarlo de nuevo de ese hundimiento y compararlo con los hechos y las interpretaciones que comunica *Hamburger* es la tarea que me he propuesto hoy.

*Hamburger* parte de la exposición de un caso de *Wallis-Knöpfelmacher*. En un niño de 6 meses aparece una y otra vez, tras tomar alimento, un espasmo en la mitad del esófago; de modo análogo a las explicaciones de Husler sobre el espasmo esofágico debido a lesión tras la quemadura por lejía, *Hamburger* interpreta el caso así: tras una lesión o irritación ocasional del esófago, seguida de un espasmo de la deglución, el espasmo habría aparecido en ese lugar con mucha frecuencia en el «niño de disposición nerviosa correspondientemente fuerte». Como segundo ejemplo, *Hamburger* cita el pilorospasmo de los lactantes y señala expresamente la especial importancia de ambos complejos sintomáticos, porque en ellos —como dice— se muestra con particular claridad «que a una edad en que, según nuestros conceptos, todavía no puede hablarse de una representación, pueden desarrollarse tales trastornos debidos a la costumbre (*Hamburger* los llama *ethismos*, por la palabra griega *ethízein*, acostumbrarse)». Y ahora habría que citar en realidad literalmente todo lo que sigue; no hay en ello nada que no pudiéramos decir también, de modo parecido, los psicólogos individuales. «Así pues, un solo estímulo, seguido de determinados reflejos, es capaz de provocar de forma duradera complejos reflejos de la misma clase, que se repiten una y otra vez, tal como se desarrollaron en su momento a raíz de ese mismo estímulo, con la *condición* de que estímulo más complejo reflejo hayan causado una impresión bastante fuerte en la persona. Si el estímulo de entonces —"se" (?) lo ha llamado también el trauma psíquico— es recordado por alguna asociación, se produce el complejo reflejo, por ejemplo el vómito, la tos, el dolor de cabeza, los dolores de vientre y cosas parecidas. Pero ni siquiera es necesario un recuerdo consciente; las asociaciones que a menudo se producen en lo profundo del subconsciente son capaces de provocar los complejos reflejos correspondientes. La costumbre se produce por lo general mediante intentos inadecuados de deshabituación, mediante la llamada persuasión razonable o incluso mediante la explicación del mecanismo de la patogenia. *Así se le hace adquirir al niño o al adulto la costumbre de la enfermedad correspondiente*.»

Hasta aquí *Hamburger*. Entre nosotros solo provocará contradicción el horror a explicar el mecanismo de la patogenia; en todo lo <!-- S. 208 --> demás estamos de acuerdo. «No se trata» —dice en otro lugar— «en modo alguno de presentar la costumbre como único factor patógeno: nunca se insistirá bastante en que la disposición es muy esencial. Pero para que se mantenga un síntoma patológico que ya ha aparecido importa muy especialmente la costumbre, o el habituarse. Sobre la disposición misma apenas tenemos influencia, pero el hábito, los errores de las personas que rodean a los niños, los errores que a menudo cometen también los médicos, con los que se favorece el habituarse o al menos se mantiene la costumbre, eso sí puede eliminarse. Tales errores se cometen con extraordinaria frecuencia; a niños y adultos se los ejercita y se los entrena, por así decirlo, en sus síntomas patológicos sin que lo sepan.» ¡Por fin está dicho: entrenado! Nuestra vieja y buena palabra «entrenado», muy usada por nosotros, muy malinterpretada y combatida por otros. *Hamburger* apoya sus consideraciones, si no en la doctrina de *Adler*, sí en múltiples observaciones y datos de publicaciones médicas. Se invoca al famoso perro de *Pavlov* igual que a la neurosis de costumbre de *Zappert*; se citan como autoridades a *Bickel, Czerny, Ibrahim*. «Pero si ya» —así seguimos, más o menos, las ideas de la conferencia— «en enfermedades indudablemente orgánicas el "ethisma", el hábito, tiene una influencia decisiva en la persistencia del síntoma, cuánto más en todo el ejército de las enfermedades nerviosas.» Como *siempre* marcados por el ethisma, *Hamburger* enumera:

Musculares: tics, espasmos, vómitos, estreñimiento espástico, disurias, ¿miopía?

Vasomotores: trastornos en diversos órganos.

Secretores: salivación, hiperacidez, aquilia, diarreas, etc.

Sensoriales: dolores de toda clase.

Psíquicos: representaciones obsesivas, fobias, malos hábitos, sentimientos de inferioridad, etc., algunas formas de esquizofrenia. Trastornos del sueño.

Como condicionados orgánicamente, pero a menudo marcados por el ethisma:

Struma parenchymatosa.

Acetonemia periódica.

¿Diabetes?

Estados febriles.

Verrugas.

A esta lista, que probablemente provocará más de una objeción por parte de la medicina académica, los psicólogos individuales tendremos sin duda algo que añadir, sobre todo cuando se trata de precisar denominaciones tan vagas como trastornos vasomotores en diversos órganos o dolores sensoriales de toda clase. Quiero señalar aquí ante todo las neuralgias, con especial hincapié en la neuralgia del trigémino, que se ha vuelto casi clásica para nuestra doctrina, así como algunos ataques estenocárdicos condicionados por la costumbre. Tampoco puedo renunciar, como ginecóloga, a mencionar las relaciones, particularmente familiares en mi especialidad, en la cuestión de los trastornos menstruales; en qué medida influyen aquí en la sintomatología lo constitucional, las influencias del <!-- S. 209 --> entorno, la expectativa angustiosa y la posibilidad del factor costumbre, que la repetición regular de la menstruación da en medida particular, se ha discutido tantas veces no solo en nuestro círculo, sino también en la escuela del ginecólogo vienés profesor *Nowak*, que huelga extenderse aquí. Para muchos médicos, pero desde luego no para nosotros los psicólogos individuales, supone una sorpresa que figuren algunas formas de esquizofrenia en la lista de *Hamburger*. En cambio, el anclaje de los trastornos del sueño en la costumbre no debería ser una novedad ni siquiera para el más convencido partidario de la medicina académica. La mención quizá más interesante de la lista de *Hamburger* es la referencia a la diabetes, que el propio autor acompaña de un signo de interrogación. A pesar de sus propias dudas, *Hamburger* no está en condiciones —quizá, como él mismo cree, por un conocimiento insuficiente de la literatura pertinente— de aportar pruebas de su suposición. Pero cita una interesante observación del pediatra de Bratislava *Chura*: pudo demostrar que, tras administrar diariamente, al son de una campanilla, té con dextrosa, se produce una secreción de insulina también cuando se da al son de la campanilla té sin dextrosa. ¿Quién no se acuerda aquí de las buenas y viejas carpas de *Kreidl* de las lecciones de fisiología? Eran famosas y respetadas porque se habían acostumbrado tanto a la comida anunciada por un toque de campana que seguían yendo al comedero aun cuando hacía tiempo que solo se daba el toque de campana y ya no la comida. Por lo demás, el condicionamiento psíquico del curso de la diabetes es conocido; habría que investigar más de cerca las relaciones más finas entre costumbre y acontecer psíquico y su efecto sobre el síntoma, aquí la eliminación de azúcar.

*Hamburger* habría podido incluir también en su lista algunas formas de úlcera de estómago y de duodeno; al mencionar la hiperacidez entre sus «ethismos» deja abierto el camino para ello.

Sobre la cuestión de la miopía debería pronunciarse un oftalmólogo; aunque yo misma soy miope, no he podido hacer observaciones parecidas ni en mí misma ni en otros. Pero conozco por los escritos autobiográficos de *Grillparzer* una autoobservación que podría dar la razón a *Hamburger*. *Grillparzer*, en un momento de completa distensión anímica, tuvo una percepción visual nítida cuya agudeza estaba en contradicción con su miopía y con sus demás impresiones visuales.

La inclusión de la *struma parenchymatosa* en la lista de los ethismos es sin duda responsabilidad exclusiva de *Hamburger*; a su favor habla, con todo, la relación, conocida y reconocida desde hace tiempo, de la *enfermedad de Basedow* con mecanismos psíquicos y de costumbre. Tampoco nadie dudará de que la *hipertermia habitual* según Moro figura con razón en esta lista, aunque no solo limitada a la edad infantil.

En cuanto a la proporción de los casos afectados estamos sin duda de acuerdo con *Hamburger*, que, según sus propios recuentos en el ambulatorio de la Clínica <!-- S. 210 --> Pediátrica de Viena, calcula el número de ethismos en aproximadamente dos tercios de todas las enfermedades crónicas de la edad infantil; tampoco nosotros calculamos mucho más alto el número de neurosis entre los casos de la medicina general. Característica de la concepción de *Hamburger* es la expresión, acuñada por él, de «el ejército de los ethismos nerviosos». Pues lo que *Hamburger* designa con la expresión de nuevo cuño «ethisma» no es en realidad otra cosa que nuestra vieja y familiar neurosis; el ejercicio habitual del síntoma que él observa es nuestro entrenamiento para la neurosis; por eso, en nuestro sentido, el título de la conferencia debería decir: Neurosis y entrenamiento en la sintomatología de las enfermedades crónicas. Concedamos que algo habla a favor de sustituir por otra denominación bien escogida la expresión «*neurosis*», muy cargada desde tiempos pasados para médicos y pacientes. Pero dudo que la palabra «*ethisma*», etimológicamente difícil de entender, sea un sustituto de pleno valor, tanto más cuanto que le falta toda referencia al componente patológico, que no puede suprimirse. En cambio, no parece necesario sustituir por otra la palabra «*entrenamiento*», que hoy, en la era del deporte, todo el mundo entiende sin más. Que discutan sobre ello los sabios de la medicina académica: los psicólogos individuales nos quedamos con nuestra vieja terminología.

Del máximo interés para nosotros y para todos los psicoterapeutas me parece cómo se comporta *Hamburger* como médico que cura. Habla incluso de terapia timotropa, que, eso sí, quiere relegar al subconsciente. «Todas las enfermedades que hoy he tratado —expone— se caracterizan por que, en ciertas circunstancias, pueden curarse de repente; y de la curabilidad repentina se tiene derecho a concluir que el ethisma desempeña un papel o muy grande o al menos considerable.» Enlaza aquí con el conocido libro de *Liek*, *Das Wunder in der Heilkunde* [El milagro en la medicina], a cuyas ideas desea mayor difusión. Junto a la terapia timotropa, sin embargo, no renuncia en absoluto a la receta; la recomienda sobre todo en la forma que llama «*terapia de impulso*» y la compara con el «*golpe al sistema*» según *Liek* y con el «*golpe de piramidón*» de *Weltmann*; de sus propias experiencias aduce sobre todo el éxito, publicado por su discípulo Rupilius, en la struma parenchymatosa del niño pequeño, que en varios casos pudo eliminarse con una única dosis de yodo (0,0001). Tales mecanismos le sirven para explicar algunos casos de acetonemia periódica que, tras días de estado de crisis, se curaron con una sola inyección de 1 cc de solución salina fisiológica. De modo parecido explica *Hamburger* también la curación de la esquizofrenia de Aschner. Quisiera añadir que la administración de pequeñas dosis de quinina en estados febriles prolongados de procedencia oscura, tal como la practicaban ya los médicos antiguos, aunque no con la moderna denominación de «golpe», pertenece al mismo capítulo; así como el viejo método, hoy no tan apreciado, de las curas purgantes, que no podían tener otro sentido que acostumbrar el intestino a una actividad regular, es decir, educarlo. La forma más popular de esta cura era la «cura de primavera», que a menudo hacían familias enteras y que, <!-- S. 211 --> además del efecto purgante de los jugos de hierbas, ofrecía la ventaja de un aporte abundante de las vitaminas, entonces todavía desconocidas como concepto, del ejercicio muscular al aire libre y de una abundante exposición al sol, o al menos a la luz, tras los meses de invierno pobres en sol y en vitaminas. No nos equivocaremos si explicamos de modo parecido el éxito de algunas curas de aguas modernas. Estos detalles muestran cuán eficaz era ya en tiempos pasados, por experiencia, la combinación de métodos curativos puramente médicos con influencias psicopedagógicas. Sigue siendo hoy —a menudo sin confesarlo— el método de elección del médico práctico en la lucha contra el síntoma neurótico, que por principio solo recurre al psicoterapeuta en los casos que le parecen desesperados. La psicoterapia rechaza por principio, igualmente, la ayuda de la terapia medicamentosa; pero queda por ver si con ello el psicoterapeuta no se dificulta a menudo su propia tarea. Precisamente las explicaciones de *Hamburger* sobre el «golpe al sistema» me parecen notables también en este sentido. Sobre las relaciones de semejante terapia con la «curación milagrosa» en el sentido de *Liek* no se ha hablado todavía bastante. Seguramente no hay psicoterapeuta, y probablemente ningún médico, que no tenga algo que contar sobre este tema por experiencia propia. Solo diremos que el conocido efecto favorable de los nuevos medicamentos o de los nuevos métodos curativos en el curso de una enfermedad prolongada, que menciona *Hamburger*, pertenece al mismo capítulo; también el médico nuevo (cambio de médico) suele tener ese efecto favorable. Incluso el éxito de los sistemas de tratamiento recién descubiertos —la historia de la medicina es rica en ejemplos instructivos, desde *Priessnitz*[^t2] hasta las ondas cortas, desde la homeopatía hasta la inyección intravenosa— se basa en parte en mecanismos anímicos parecidos, a los que el médico puede sustraerse tan poco como el enfermo. Quizá pertenezca también aquí la *dieta en zigzag* que Noorden empleó con tanta fortuna.

También los internistas vieneses *Bix* y *Czylarz* («Sobre la imitación del efecto del Salyrgan mediante sustancias indiferentes», *Wiener Klinische Wochenschrift* 1935/12) enlazan con la doctrina de *Pavlov* de los reflejos condicionados; no solo comunican su propia observación en el mismo sentido (la sustitución de la inyección diurética de Salyrgan por una sustancia indiferente en el curso de una cura produce el mismo efecto), sino que citan además, en apoyo de su comunicación, experimentos de *Bogner* (son de trompeta y secreción de jugo gástrico) y de *Marinesko*, *Sagar* y *Kreindle* (gramófono y eliminación de orina) de resultado análogo. Que también los médicos antiguos intentaban trabajar con los mismos supuestos nos lo muestra la historia de las curas de deshabituación de la morfina; era un viejo truco sustituir temporalmente la morfina por inyecciones inocuas; por desgracia, este tratamiento no tuvo éxito y se abandonó. Habría que comprobar en una serie más larga de experimentos si no sería eficaz en condiciones experimentales preparadas psicológicamente de forma adecuada.

Vemos, pues, que la observación puramente empírica junto al lecho del enfermo aporta una y otra vez nuevas pruebas a la doctrina del origen psíquico del síntoma, o al menos de su <!-- S. 212 --> condicionamiento psíquico preponderante; el propio *Hamburger*, pediatra de la más estricta observancia, procedente de la medicina académica, de la que, que yo sepa, nunca ha renegado hasta ahora, y que no tiene nada que ver con la psicoterapia moderna —si no, tendría que mencionarla—, se ve obligado por sus experiencias junto al lecho del enfermo a ocuparse del componente anímico de la enfermedad. Con ello pasa por alto —de buena fe, naturalmente— que este componente ha sido estudiado por los psicoterapeutas de todas las tendencias, documentado con buenos ejemplos, elaborado científicamente y expuesto en una serie casi inabarcable de libros y tratados para todos los campos de las ciencias del espíritu y muy especialmente para la medicina. Libre de todo ello, *Hamburger* aborda su tarea. ¡Y he aquí que en poco tiempo llega a un resultado que coincide en puntos muy esenciales con el que nosotros hemos adquirido en decenios de trabajo laborioso! Pues la concepción de *Hamburger* sobre la importancia del «entrenamiento» para el desarrollo del síntoma patológico apenas se distingue de nuestra propia opinión; lo distinto no es tanto la cosa como el nombre que él da al mismo concepto. La verdadera diferencia está en otro terreno.

Como viejo científico de la naturaleza, *Hamburger* no deja de plantear la pregunta por el «*porqué*». El «*para qué*», en cambio, queda por completo fuera de su modo de consideración. El sentido de orientación final del síntoma, de la neurosis en general, que constituye el núcleo de la doctrina de *Adler*, ha escapado a su observación. Esa es también la razón por la que su opinión sobre la terapia se distingue de la nuestra en puntos esenciales; la razón, sobre todo, por la que quisiera ocultar ansiosamente —casi podría decirse neuróticamente— a la comprensión de los pacientes jóvenes y de sus cuidadores (los padres) todo lo que el propio médico podría aportar para aclarar el sentido del síntoma; ya se ha aludido a esta actitud. «Cuanto más en lo profundo del subconsciente», dice *Hamburger*, «se practique la terapia timotropa, tanto mejor. Una cosa, eso sí, hay que decirla con insistencia: la importancia de la costumbre en tales enfermedades no debe comunicarse a la mayoría de los pacientes, ni tampoco a sus familiares, porque casi nunca se consigue que los profanos crean en ello y porque, por tanto, el médico se cierra a sí mismo el camino para curar tales estados.» Que *Hamburger* se tome la molestia de visitar nuestras horas de consulta; nosotros hemos hecho experiencias contrarias. La comprensión de la elección del síntoma con vistas a un fin, el descubrimiento del estilo de vida y, con ello, de la dirección en que el síntoma ha de actuar, todo eso no queremos ocultarlo a nuestros enfermos ni a su entorno, precisamente porque este, con una conducta poco sensata, refuerza al enfermo en su objetivo, como *Hamburger* ha observado muy acertadamente. Y vemos, de nuevo al contrario que *Hamburger*, que nuestros enfermos nos entienden, que incluso niños muy pequeños aceptan la explicación del sentido de su síntoma y —la mejor prueba para nosotros— responden con su curación. Y también el entorno de los enfermos, apenas menos neurótico que los propios pacientes, no es, según nuestra observación, tan difícilmente accesible como lo describe *Hamburger*. Por otra parte, <!-- S. 213 --> él mismo dice que a menudo las madres vienen con la pregunta: «No sé: ¿esto del niño es una enfermedad o es una costumbre?». La madre nota, pues, con toda precisión que detrás del síntoma patológico se esconde algo más, algo que no comprende del todo pero que en todo caso le es hostil y que no puede vencer con sus propios medios; pide explicación y ayuda. La madre así dispuesta ya entiende la explicación del médico, aunque de momento no quiera admitirlo, pues le cuesta reconocer que ella misma desempeña a menudo un papel decisivo en este juego en torno a la enfermedad. Y por eso, en la terapia, se trata de asegurarse su colaboración, como acostumbramos a intentar al menos. Si se consigue, el médico ha ganado una auxiliar que, precisamente porque no cree en milagros, no cerrará al médico el camino de la curación, como teme *Hamburger*. Esto vale no solo para la madre, sino también para todos los demás que rodean e influyen al niño; en una palabra, para el ambiente, cuya importancia *Hamburger* aprecia tan acertadamente.

Por último, una pregunta: ¿debemos sentirnos ofendidos porque *Hamburger* haya pasado por alto, al parecer, todo nuestro gran trabajo? ¿Debemos buscar una explicación psicológica de su conducta? Ninguna de las dos cosas sería oportuna. Nos alegramos cuando y dondequiera que se practique la psicoterapia en el sentido de la psicología individual; saludamos todo resultado, como quiera que se haya obtenido, como parte de esa gran concepción que ha de ayudar a los hombres a vencer las dificultades de la vida.

[^1]: Ponencia presentada en el grupo de trabajo de los médicos psicólogos individuales (Sociedad Vienesa de Psicología Individual) el 6 de marzo de 1935.

[^t1]: Franz Hamburger (1874-1954), catedrático de pediatría y director de la Clínica Pediátrica de la Universidad de Viena desde 1930; más tarde, partidario declarado del nacionalsocialismo. (N. del T.)

[^t2]: Vincenz Priessnitz (1799-1851), promotor silesio de la hidroterapia. El original escribe *Prießnitz*. (N. del T.)

<!-- En la pág. 206 el artículo va precedido del final de otro texto del mismo número, y en la pág. 213 lo sigue «Zwei Beiträge zur Individualpsychologie» de Oliver Brachfeld; no se traducen. -->

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado de la *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie* 13 (1935), cuaderno 4, págs. 206-213, en archive.org (izi_13_1935_4). Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Las cursivas reproducen las del original (nombres propios y términos destacados); los títulos de obras citadas se dan en alemán con traducción entre corchetes la primera vez. «Training» se traduce siempre «entrenamiento», según el glosario. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
