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Title: El comercio clandestino
Description: Artículo de Margarete Hilferding en Der Kampf (1919) sobre el comercio clandestino de víveres en la Viena de posguerra: sus fuentes, sus precios y el fracaso de las confiscaciones; sostiene que solo desaparecerá cuando haya víveres suficientes.
Author: Margarete Hilferding
URL: https://adler.school/archivo/hilferding/1919-05%20Der%20Schleichhandel
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<!-- S. 300 -->

<!-- En la pág. 300 termina el artículo anterior (sobre la casa pequeña con jardín), que no se traduce. -->

# Margret Hilferding: El comercio clandestino.

En todos los países que la guerra dejó aislados del mercado mundial, la escasez de víveres, que por fuerza natural no dejaba de crecer, creó una nueva forma de circulación de bienes: el comercio clandestino (*Schleichhandel*).[^t1] Junto a la administración estatal de los víveres (*Bewirtschaftung*), incapaz de captar y repartir en su totalidad lo existente, se formó un servicio privado de abastecimiento cuyos órganos trabajan con más rapidez, seguridad y eficacia que los del Estado. De este servicio privado de abastecimiento se encargan dos grupos: los llamados «acaparadores» (*Hamsterer*)[^t2] y los traficantes clandestinos. Ambos se sirven de los mismos medios y caminos para su «trabajo»; unos y otros transportan cantidades relativamente pequeñas (tráfico de mochila). Se distinguen por su fin: el acaparador atiende ante todo a su propio abastecimiento, el traficante al abastecimiento de otros a cambio de un pago. Para el uno acaparar es un recurso de necesidad; para el otro, un negocio. Cuando aquí se habla del comercio clandestino, se incluye también el tráfico de los acaparadores, que representa *en sí mismo* un comercio clandestino. El servicio privado de abastecimiento se ha desarrollado conforme a leyes determinadas, que se aproximan a las del comercio libre. Pequeño y apocado al principio, creció desmesuradamente en volumen y en precios a medida que crecía el hambre de la población. Cada descenso de la ración, cada perturbación e inseguridad en el suministro de los cupos hace subir los precios del comercio clandestino. El raro caso de un aumento de la ración (vuelta a la cuota completa de pan en agosto de 1918) tuvo automáticamente por consecuencia un descenso de los precios clandestinos de la harina y el pan. Toda traba al comercio clandestino mediante bloqueos, penas y amenazas de pena, confiscaciones, hace subir los precios; todo alivio por un control más laxo los hace bajar. Los precios máximos no pusieron un límite al precio por arriba, sino por abajo, y se convirtieron enseguida en precios mínimos. Tras cada medida de la autoridad para regular los precios, la mercancía desaparecía al instante del comercio abierto y volvía a aparecer en el clandestino. Cuanto menor se hacía la suma de los víveres administrados por el Estado, tanto más extenso el comercio clandestino. Pues aquí regían todavía la oferta y la demanda. Todas las intervenciones del Estado para mejorar la situación del mercado no provocaron, por el contrario, más que un empeoramiento y encarecieron los precios más que la propia codicia de los campesinos y comerciantes. En el comercio clandestino pagamos, además de los precios caros de los productores, a quienes no les basta la tasa estatal, los gastos de sustento del traficante, el transporte y los sobornos; pagamos también el riesgo profesional del traficante, que no solo pone en juego valores en dinero, sino <!-- S. 301 --> a menudo la libertad y la vida. El precio de la mercancía de contrabando que se puede comprar comprende a la vez el valor de tantas y tantas mochilas confiscadas. De ahí la gran diferencia entre los precios de los acaparadores en el campo y los de los traficantes en la ciudad. En las localidades industriales de la línea del Ferrocarril del Sur (*Südbahn*), donde desde hace años existe un comercio clandestino abierto, tolerado y aun favorecido a veces por los propios municipios, se observó una saludable estabilidad de los precios y de las cantidades suministradas. El municipio de Liesing reparte, además del pan racionado, panecillos blancos caros que se venden abiertamente. Situaciones semejantes se dieron en Viena poco después del derrumbe de la monarquía, cuando se produjo un relajamiento pasajero en la vigilancia del tráfico de víveres. Entonces se vendía también en Viena mercancía clandestina públicamente en muchas tiendas de comestibles. El alivio hizo que se obtuviera la mantequilla a 60 K., la harina, según su calidad, a 12-22 K. Bajo la presión del severo control de víveres de las últimas semanas (intervención de la Volkswehr,[^t3] incautación de la mercancía de contrabando en las estaciones de Viena), los precios han vuelto a subir desmesuradamente: la mantequilla y la grasa, a 110-140 K.; la harina, hasta 30 K.; la carne de vaca y de ternera, a 50-70 K.; el jamón y la carne ahumada, hasta 100 K.; un huevo, a 2,50-3 K. Estas mercancías, de las que una parte indeterminable cae en el decomiso, proceden casi siempre de las existencias de los productores campesinos, de los llamados «excedentes» de los autoabastecidos (*Selbstversorger*).[^t4] Estos «excedentes» no nacen del desinterés de los autoabastecidos, que de las cantidades de víveres que legalmente les corresponden hicieran todavía ahorros en favor de los hambrientos de la ciudad. Antes bien, tienen su origen en lo que se sustrae ilegalmente al servicio estatal de abastecimiento, sea por declaraciones falsas, sea por ocultación en el procedimiento de entrega. Estos «ahorros» se llevan al servicio privado de abastecimiento para que rindan mayores beneficios. Son una de las fuentes de que se alimenta el comercio clandestino.

La otra fuente mana de aquellas existencias que el servicio de abastecimiento ya ha captado. A las amas de casa de Viena se les escamotea por regla general, al hacer sus compras, una fracción de cada ración de harina, grasa, azúcar, carne, leche. Del paquete de harina de ¼ de kilo faltan de ½ a 1½ decagramos (del 2 al 6 por ciento); de la ración de grasa, ½ decagramo como mínimo (del 8 al 12 por ciento). El vendedor explica esta merma de peso con la excusa del envoltorio, pero excede el peso del papel. La carne asignada se recorta en el peso o se reduce con añadidura de inferior calidad; la leche se agua; e incluso el pan, sobre todo cuando no se vende como hogaza entera, no tiene el peso completo. Todas estas cantidades que faltan, ahorradas por los expendedores (*Verschleißer*), se revenden casi siempre a precios de comercio clandestino o de favor. El mismo camino siguen todas las raciones que el comprador no retira; sea porque los precios altos lo disuaden, como en la leche condensada, la carne, el arroz; sea porque las cartillas de racionamiento se entregaron en parte a cocinas de guerra, de empresa y comunales; sea porque no se retiran por viajes o defunciones. La suma de las cantidades ahorradas en las raciones podría ascender al 5-10 por ciento de las mercancías distribuidas por el servicio de abastecimiento.

Y estos víveres proceden solo de los últimos puntos de distribución del servicio de abastecimiento, de la venta al por menor. Pero ya en todas las fases anteriores de su recogida, transporte y distribución se filtra por caminos secundarios, que llevan igualmente al comercio clandestino, una parte nada desdeñable. Con un coste de producción mucho menor, su precio se ajusta a los precios clandestinos habituales y deja beneficios enormes e injustificables. A los abusos en las centrales de víveres, establecimientos de consumo, cocinas de guerra, comunales y de empresa, grandes empresas de víveres y centrales de compra al por mayor se debe la circulación de esas cantidades mayores que, según el uso del Reich alemán, se llaman «chanchullos» (*Schiebungen*). En los cafés más elegantes de Viena, no solo en la Leopoldstadt, sino también en la Ringstrasse, se cierran todavía hoy a diario tratos por vagones enteros de harina, azúcar, arroz, carbón. Comerciantes autorizados y no autorizados, estos últimos pertenecientes a menudo a los círculos más altos de la sociedad, <!-- S. 302 --> se reparten las ganancias. También las cantidades menores sustraídas por robo en los ferrocarriles y en los almacenes tienen importancia en la penuria general. El ministro alemán de Alimentación, Robert Schmidt, indica que en Alemania, en el mes de diciembre de 1918, se robaron durante el transporte 45.000 kilogramos de azúcar. Esta cantidad bastaría para abastecer a 600.000 consumidores austriacos con la ración completa de azúcar durante un mes. Una sola partida, la única que al menos no perjudica a nadie dentro del propio país, va por desgracia en continua disminución a causa de la fundación de los nuevos Estados. Es la mercancía de contrabando introducida desde territorios antes austrohúngaros y hoy extranjeros. Antes del derrumbe, numerosos austriacos alemanes tenían asegurado su sustento en Hungría, Bohemia, Yugoslavia, etc.; con el riguroso cierre de fronteras que hoy existe, apenas recibimos cantidades dignas de mención. No solo encontramos en el comercio clandestino nuestros propios víveres administrados por el Estado, sino también mercancía extranjera. Es cierto que ha cesado la venta abierta de chocolate, pero a escondidas sigue habiendo leche condensada (15-22 K.), arroz (28-40 K.) y chocolate. La exigencia de las misiones de la Entente de que sus donativos de caridad y otros envíos no vayan a parar al comercio clandestino es, en las circunstancias actuales, tan imposible de cumplir como la supresión del comercio clandestino en general.

Como las mercancías del servicio privado de abastecimiento, con excepción de los chanchullos, se transportan y venden solo en pequeñas cantidades (tráfico de mochila), se comprende que un ejército de gentes que se ganan la vida trabaje en su distribución. El comercio clandestino no es, pues, solo una posibilidad de abastecimiento para grandes capas de la población que, sin él, quedarían a merced del hambre, sino también un medio de vida para miles de parados y semiinválidos que no pueden vivir solo del subsidio. Pequeñas tiendas de comestibles que, con la venta de los artículos asignados por distritos,[^t5] tendrían que cerrar, ganan con el comercio clandestino. Un número bastante grande de personas presta ayuda, a cambio de sobornos, en el transporte y en el control en las estaciones y en las fronteras de los Länder y de los distritos. El comercio regular apenas da hoy dinero que ganar. El comercio clandestino pone en circulación sumas grandes, por desgracia incalculables, que no figuran en ninguna declaración de impuestos y son difícilmente accesibles a un impuesto sobre el patrimonio. Estas sumas no son solo el dinero de los ricos, sino que la clase media y los más pobres contribuyen en la medida de sus fuerzas. Pues ante el fracaso total del servicio estatal de abastecimiento, que en forma de raciones apenas cubre una cuarta parte de nuestras necesidades vitales, quienes no se autoabastecen se ven obligados a sostener su vida con ayuda del servicio privado. Cada cual lo utiliza de modo permanente o pasajero según sus medios. No estamos en condiciones de calcular la circulación de mercancías del comercio clandestino, pero no erraremos mucho al suponer que alcanza el volumen de los víveres que están en el servicio público, y quizá incluso lo supera. Captar esos víveres y llevarlos del modo más completo posible al servicio de abastecimiento es una tarea urgente de nuestra Oficina de Alimentación, la más urgente junto al empeño por aumentar los suministros de la Entente.

Desde que empezó la escasez de víveres nos movemos en un círculo vicioso. Como tenemos demasiado pocos víveres, crece el comercio clandestino, que reduce todavía más las existencias de víveres de la colectividad. Pues el incentivo para hacer desaparecer, en favor de la población acomodada, una gran parte de lo poco que hay es tan grande y tan abrumador que arrasa todas las barreras de la honradez y de la legalidad. No se crea que nuestra población es moralmente inferior a la de otros Estados. También en otras partes hay comercio clandestino, y si entre nosotros ha adoptado las formas más graves, es solo porque su causa, la penuria de víveres, se ha presentado aquí de manera más terrible que en otros países. Pues mientras que, como ya se ha dicho, en los peores tiempos los víveres concedidos por el Estado solo podían cubrir una cuarta parte de nuestras necesidades, los habitantes de las ciudades del Reich alemán alcanzaban todavía, con 1100-1200 calorías, casi la mitad de lo necesario. El camino natural y obvio para la administración estatal de los víveres, la cap- <!-- S. 303 --> tación en el productor, ha fracasado entre nosotros, por un lado por la desorganización de la administración, por otro por una condescendencia improcedente con los agrarios, ya de por sí bien situados. El propietario rural no quería entregar sin reservas sus productos al Estado. Opuso resistencia y consiguió así retener para emplearla a su antojo una buena parte de los víveres que debían corresponder a la colectividad. En torno a estos víveres, que, como se ha dicho antes, constituían la base del comercio clandestino, se entabló la competencia de los consumidores. Pero tampoco el Estado quería renunciar sin más a estos víveres e intentó de nuevo echarles mano. Aquí empieza aquel error funesto que hundió todavía más en el lodazal el carro, ya atascado, de los víveres y ayudó a extender el comercio clandestino. Lo que el servicio de abastecimiento no pudo captar en el productor, intentó ahora confiscarlo en el consumidor. Estas confiscaciones se hicieron donde técnicamente resultan más fáciles: en el transporte. En las fronteras de los distritos y de los Länder, en todas las estaciones, actuaba un enorme aparato de control. Por su completa descentralización, él mismo no es controlable. Sobre las confiscaciones y el destino de los víveres incautados no se publica ningún informe. La confianza de la población en los órganos de control es por eso escasa, y no debe extrañarnos que se afirme una y otra vez que las confiscaciones se hacen en provecho privado. Para Baviera, que tiene un servicio de control bien organizado, los decomisos logrados en el otoño de 1918, es decir, inmediatamente después de la cosecha, se calcularon en el 10 por ciento del total de la mercancía de contrabando. Esta cifra quizá no pueda trasladarse sin más a nuestras circunstancias, sino que parece demasiado alta dada nuestra peor organización. Pero mientras que en Baviera la mercancía decomisada se entregó íntegramente a los consumidores urbanos, entre nosotros el aprovechamiento de los víveres confiscados no está regulado. Si ya por sus escasos resultados, que no guardan proporción con el tamaño del aparato, hemos de rechazar este control por inadecuado, tanto más porque no es apto para captar el verdadero comercio clandestino. Los afectados son siempre solo esos pequeños acaparadores ocasionales que han dado su último dinero o sus prendas de vestir por lo que el gendarme les vuelve a quitar junto con la mochila y las ollas. Los verdaderos traficantes, que disponen de capital para allanarse el camino, no son molestados. Otro paso hacia la captación de los víveres en el consumidor fue la acción de la Volkswehr. Este episodio de nuestra política alimentaria, saludado por periódicos ultrarradicales como la liberación del comercio clandestino, terminó pronto. La Volkswehr publicaba informes regulares que sorprendían por lo insignificante de las cantidades incautadas. La acción encontró gran resistencia en la población y se restringió, no sin dejar huellas visibles: en 14 días los precios del comercio clandestino subieron por su influjo al doble.

Los intentos de nuestra política alimentaria de captar los víveres en el consumidor no podían conducir a otro resultado que a vejaciones y arbitrariedades desmedidas contra una población ya de por sí atormentada, sin perturbar el beneficio del traficante ni, por tanto, el incentivo de su negocio. Al contrario, lo fomentaron al restringir su cantidad de mercancía, sin aumentar los víveres para la colectividad. Tenemos que tener clara una cosa: si renunciamos a que la iniciativa privada del traficante y del acaparador saque las últimas existencias de los productores, que el Estado no puede captar, tenemos que renunciar del todo a esas existencias. A esta iniciativa no se le deben poner *ahora* obstáculos en ninguna circunstancia. No olvidemos que los diez kilos de patatas, o los tres litros de leche, o los dos kilos de harina que benefician al acaparador o al traficante no pueden llegar a la gran ciudad por ningún otro camino que en la mochila. A la alimentación del pueblo no le sirve de nada que esas cantidades se queden en el productor. Allí se darían de comer al ganado, se echarían a perder o, en el mejor de los casos, servirían de reserva para el comercio clandestino futuro en las explotaciones, ya bastante bien provistas, de los autoabastecidos.

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La injusticia que hay en la mejor posibilidad de abastecimiento de los acomodados no la quitaremos del mundo, porque seguimos precisamente en pleno capitalismo. Vivimos aquí de nuevo la tragedia de una socialización en el momento más desfavorable. Lo que el hundimiento de las empresas y la falta de carbón y de materias primas significan para la socialización de la industria, eso significa la falta de víveres para la socialización de la alimentación, a la que por fin queremos llegar. Si tuviéramos víveres suficientes, no habría comercio clandestino. Pues solo la hambruna lo ha provocado y lo mantiene.

Si vemos la tarea de nuestro servicio de abastecimiento en poner en circulación la mayor cantidad posible de alimentos, por un lado para acabar con el hambre de las grandes capas y con los daños para la salud que lleva consigo, por otro para quitar así el terreno al comercio clandestino, no podemos ocultarnos que las dificultades que se oponen a esta tarea son casi insuperables. La captación de las existencias en el campo es imposible sin la colaboración de los productores campesinos y de sus organizaciones. ¿Vencerá la autoridad del Estado, que ha sucumbido en todos los periodos anteriores, después de la cosecha de 1919? Pero si en poder de los campesinos quedan existencias mayores, *no pueden* seguir otro camino que el del comercio clandestino, pues el comercio libre está excluido para la mayoría de los productos. Aunque se captara por completo la producción nacional de víveres, no podría bastar para acabar con la hambruna. Tiene que completarse con mercancía extranjera en cantidades y a precios que la hagan aprovechable para la alimentación del pueblo. De nuestra desesperada situación alimentaria solo puede salvarnos por lo pronto el restablecimiento de nuestro crédito y de nuestra solvencia. Si hay un Ballod[^t6] que calcula esta salvación mediante el aumento de nuestra propia explotación del suelo, por desgracia no hay nadie que convierta en hechos la cuenta de Ballod. Y la penuria de víveres no se combate con cálculos ni con decretos, sino solo con víveres.

Tras casi cinco años de economía de guerra (¡¡socialismo de guerra!!), también nuestra política alimentaria oficial comprende por fin la relación entre la penuria de víveres y el comercio clandestino, así como la imposibilidad de eliminarlo en las circunstancias existentes. Pues no podemos suprimirlo mientras lo necesitemos con tanta urgencia como… pues eso, como un bocado de pan. *Robert Schmidt*, el ministro alemán de Alimentación, dijo en el debate sobre la alimentación de la Asamblea Nacional alemana en Weimar: «El comercio clandestino solo podría combatirse eficazmente si las raciones pudieran fijarse tan altas que desapareciera el interés por el comercio clandestino». *Eldersch*[^t7] dijo algo parecido en la *Arbeiter-Zeitung* del 23 de marzo de 1919: «Mientras la administración estatal no haga posibles raciones que basten para sostener la mera vida, no se podrá reprimir la irresistible necesidad de acaparar». Si estuviéramos en condiciones de comprar en el mercado mundial todo lo que necesitamos —para lo cual no solo hace falta el levantamiento del bloqueo, sino, además de la posibilidad de transporte, sobre todo nuestra solvencia—, cesaría toda discusión sobre la lucha contra el comercio clandestino, porque desaparecería sin lucha. Por desgracia no hemos llegado tan lejos. Quizá durante años tengamos que contar todavía, junto a la administración estatal, con el comercio clandestino o con otro abastecimiento complementario como un factor importante de nuestra alimentación popular.»

<!-- Fin del artículo (viñeta de cierre). Las comillas de cierre tras «alimentación popular» están así en el impreso, sin las correspondientes de apertura. Sigue solo el pie de imprenta del número. -->

[^t1]: *Schleichhandel*: literalmente «comercio furtivo»; el tráfico ilegal de víveres racionados o intervenidos, al margen del sistema estatal de abastecimiento de guerra y posguerra. Se traduce siempre «comercio clandestino», y *Schleichhändler*, «traficante clandestino» o «traficante». (N. del T.)

[^t2]: *Hamsterer*, de *hamstern* («acaparar como un hámster»): el habitante de la ciudad que iba al campo a comprar o trocar víveres para su propio consumo. La autora lo distingue del traficante, que vende a otros. (N. del T.)

[^t3]: Volkswehr: el ejército de voluntarios de la República de Austria alemana (1918-1920), que en la primavera de 1919 hizo controles de víveres en las estaciones de Viena. (N. del T.)

[^t4]: *Selbstversorger*: los productores agrícolas que, en el régimen de racionamiento, se quedaban con una cuota de sus propios productos y no recibían cartillas. (N. del T.)

[^t5]: *rayonierte Waren*: artículos racionados cuyo reparto se hacía por distritos (*Rayons*), con cada hogar asignado a una tienda determinada. (N. del T.)

[^t6]: Karl Ballod (1864-1931), economista y estadístico, autor de *Der Zukunftsstaat* (1898; nueva ed. 1919), donde calculaba la autosuficiencia alimentaria de una economía socialista planificada. (N. del T.)

[^t7]: Matthias Eldersch (1869-1931), dirigente socialdemócrata austriaco, miembro del gobierno de Karl Renner en 1919. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de *Der Kampf. Sozialdemokratische Monatsschrift* (Viena), año 12 (1919), n.º 7, págs. 300-304, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek (dks19190107, imágenes 20-24). Firmado «Margret Hilferding». Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las cifras y la división en párrafos; las monedas se dejan sin convertir (K. = coronas). Los términos de la economía de guerra se dan la primera vez en alemán, en cursiva, y se explican en notas del traductor; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
