---
Title: Deberes de la madre antes del nacimiento
Description: Capítulo de Margarete Hilferding para el primer volumen de «Das Buch vom Kinde» (1907), la obra colectiva de Adele Schreiber: defiende una maternidad consciente y responsable, sujeta a la salud de los padres y a la edad adecuada, y da consejos prácticos de higiene, vestido, alimentación y trato médico durante el embarazo.
Author: Margarete Hilferding
URL: https://adler.school/archivo/hilferding/1907%20Mutterpflichten%20vor%20der%20Geburt
---


<!-- S. XX -->

# Deberes de la madre antes del nacimiento.

Por la Dra. Margret Hilferding-Hönigsberg, de Viena.

Del gran número de niños que nacen a diario, solo una pequeña parte la traen los padres al mundo por voluntad propia y conscientemente, y una parte más pequeña aún con el claro sentimiento de la responsabilidad que entraña la paternidad.

La joven madre entra sin preparación en su nueva profesión y necesita el consejo y la ayuda ajenos para cumplir sus primeros deberes maternos. Es general, y justificada, la queja de que nuestras muchachas no se forman para la maternidad ni en la escuela ni en la familia.

Pero el instinto natural rige poderosamente también en la mujer.

Vemos a muchachas insensatas, casi niñas aún, madurar con la maternidad hasta convertirse en mujeres juiciosas.

Vemos a mujeres juiciosas, que hasta entonces habían hecho trabajo científico y artístico, dejar el escritorio y el caballete para ocupar por completo el lugar en que las ha puesto la naturaleza.

Vemos a mujeres mundanas, que antes malgastaban su tiempo en frivolidades, emprender con seriedad y escrúpulo la educación de sus hijos.

Y vemos a todas estas mujeres convertirse en madres capaces; la jornalera y la princesa reúnen del mismo modo en torno al niño su actividad, su interés, sus facultades físicas y mentales; la mujer del duro trabajo corporal y la mujer de la refinada creación intelectual son iguales en abnegación y espíritu de sacrificio.

Tan poderosamente obra el instinto en la mujer, tan vigorosamente vela la naturaleza por la generación futura.

<!-- S. XXI -->

¡Qué no sería de la generación venidera si las madres, que en su inconsciencia y su incomprensión, movidas por instintos puramente animales, logran algo tan adecuado a su fin, emprendieran su tarea con conciencia y comprensión!

Porque no basta con *ser* una buena madre —por azar y por instinto—; hemos de esforzarnos por *llegar a ser* buenas madres —por el conocimiento y la disciplina de uno mismo—.

En las familias numerosas, es cierto, esta ciencia llega con el sexto o el octavo hijo gracias a las experiencias anteriores. Pero ¿puede satisfacernos que solo los últimos hijos tengan buenas madres, mientras que a los primogénitos los crían mujeres todavía poco aptas para su oficio?

Así como en todas las profesiones podemos aprender de la experiencia de otros, así debería ser también en la profesión de madre.

Es verdad que tropezamos aquí con la dificultad de que el saber hacer de la madre no consiste en una acumulación de destrezas, principios higiénicos y máximas morales. Así como en el artista el dominio de la técnica no constituye el contenido de su profesión, tampoco en la madre. Y esto superior, esto en cierto modo artístico de la profesión de madre, que es la que más se parece a la del escultor, no puede aprenderse en la escuela ni en los libros. Para el concepto «madre» no puede establecerse ningún paradigma.

Pero no queremos que se nos entienda como si hubiera que rechazar todo conocimiento superior, como si la maternidad no fuera más que un instinto puramente animal.

No: solo la unión de la destreza y el instinto natural puede lograr lo más alto. Hay una técnica de la maternidad que se puede aprender, que se enseña en nuestros hogares infantiles (*Kinderhorte*)[^t1], jardines de infancia y escuelas normales de maestras; solo que esa técnica, por sí misma, quizá dé una buena cuidadora, pero no una madre.

Si, por otra parte, se dice de Rafael que habría sido un gran artista aunque hubiera nacido sin brazos, no podemos disimularnos que en tal caso no habría llegado a ser un pintor en el sentido corriente de la palabra, un «hacedor de cuadros». Y aquella mujer que tiene las mejores disposiciones anímicas para ser madre podrá educar a sus hijos aunque le falten las destrezas físicas y mentales que otras mujeres adquieren en las casas cuna, los jardines de infancia y las escuelas. Por otra parte, la mejor formación en el cuidado de los niños no basta para cumplir los deberes de madre.

Hay niños bien alimentados, limpios, formales y bien educados, a los que la propia madre presta todos los cuidados, y que sin embargo no saben lo que es el amor materno. Más de una mujer que a veces castiga con dureza a sus hijos es mejor madre que otra que los trata con dulzura.

Mujeres sencillas que no saben leer ni escribir son a veces genios de la maternidad. Y hay *madres* que nunca tuvieron un hijo propio.

Lo que de instintos maternos dormita en casi toda mujer es susceptible de formación y desarrollo. Y esa formación debemos dársela a las muchachas que crecen. Nuestros esfuerzos por formar buenas *madres* resultarán a menudo vanos, pero los principios del cuidado, la alimentación y la educación de los niños pueden aprenderse, para que al menos podamos dar a la generación futura buenas *cuidadoras de niños*. Y más de una madre se descubrió primero en la cuidadora de niños.

Una vieja comadrona de pueblo me dijo una vez estas acertadas palabras: «Las muchachas que han mamado del pecho de su madre tienen un pecho más hermoso y un corazón mejor que las criadas por nodriza o con biberón». Reducido a lo esencial, esto significa: las muchachas heredan de su madre la cualidad física para la maternidad <!-- S. XXII -->(desarrollo del pecho, capacidad de lactancia) y la disposición anímica (el buen corazón).

Lo que vale para la herencia de la madre vale también para la del padre y para la de las generaciones anteriores, hasta tiempos desconocidos. De familias sanas y robustas, en las que desde tiempo inmemorial no se ha transmitido por herencia ninguna enfermedad física o mental, salen las madres escogidas; de familias cuyas mujeres siempre han dado a luz con facilidad y bien; de familias en las que las madres han amamantado ellas mismas a sus hijos.

Y así como el criador de animales considera bien qué razas emplea para aumentar su ganado; como se guarda de aparear animales cuya constitución presenta diferencias demasiado grandes; como evita emplear para la cría animales enfermos: así también, en la elección del marido para esas madres predestinadas, no debería procederse según los principios con que hasta ahora se han emparejado los seres humanos, y no debería unirse a la fuerza lo que corporalmente no se corresponde. La salud de los padres no es solo una herencia importante de los hijos, sino también una garantía para la protección de su infancia.

Si un progenitor que padece una grave enfermedad del corazón, de los pulmones o de los riñones no debe traer hijos al mundo, porque a causa de su enfermedad no puede cumplir los deberes de padre plenamente ni durante el tiempo suficiente, las madres o los padres que padecen tuberculosis, sífilis o enfermedades mentales, por su parte, solo deben decidirse a procrear después de pedir consejo médico, para no dar a sus hijos, como equipaje, una dolencia funesta inoculada ya en el germen.

Toda muchacha que se casa debería examinarse con cuidado para saber si puede ser madre, si cree poseer la aptitud mental y física para ello. Y cuando se trate de defectos aún remediables, procure eliminarlos, perfeccionarse.

Nuestras abuelas y bisabuelas no veían ningún inconveniente en traer al mundo y criar una docena de hijos o más. En nuestro tiempo, con la lucha por la existencia más difícil, tal fecundidad impone una pesada responsabilidad. La mujer de hoy es menos apta que antes para dejar pasar la vida entre embarazos sin fin. La naturaleza misma se rebela a menudo contra ello, pues rara vez permite una larga cadena de embarazos de curso normal; la interrumpe con abortos y partos prematuros, con su peligro infinitamente mayor que el del parto a término. El gran número de nacimientos, por sí solo, tampoco tiene todavía valor económico para el país. Algunas mujeres que han pasado por 18 o 20 partos solo regalan a la humanidad, como resultado de su actividad multiplicadora del pueblo, uno o dos hijos sanos. Los demás no han visto la luz del mundo, han muerto pronto, se han malogrado y no han dejado más que las huellas de dolores y trabajos en el cuerpo de la madre.

Semejante creación inútil merma los derechos de aquellos hijos que crecen. Que el hombre y la mujer sean conscientes de la responsabilidad que contraen con cada uno de ellos al engendrar muchos hijos. A la mujer hay que decirle que su cuerpo, arrastrado de embarazo en embarazo, se marchita prematuramente, pierde capacidad de trabajo y adquiere el germen de muchas enfermedades y achaques.

Napoleón decía que la mujer a la que más estimaba era la que *más hijos había traído al mundo*; nosotros creemos que la mujer digna de alabanza es *la que ha criado a más hijos hasta hacer de ellos personas sanas y capaces de trabajar.*

No es de subestimar la importancia que tiene para la generación venidera la elección de la época en que se ejerce la maternidad. En general, <!-- S. XXIII -->los niños más robustos y mejor desarrollados proceden de mujeres de 20 a 30 años de edad. En esas mujeres el parto es más fácil y la capacidad de lactancia es mayor. Por el bien de la maternidad debemos insistir expresamente en que no se permita a la mujer entrar en la vida sexual antes de estar madura para la maternidad. La maternidad de muchachas de 14 o 15 años es una costumbre bárbara que se cobra un duro precio en la madre y en el niño. Es un espectáculo lamentable que, como sucedió hace poco en Viena, se acuse a una madre de 14 años de haber descuidado a su hijo. Por eso parece deseable modificar los artículos de la ley que protegen la vida sexual de la muchacha contra las agresiones brutales, en el sentido de fijar lo más alta posible la edad protegida, tan alta que la primera maternidad pueda sobrellevarse sin grave perjuicio en lo físico, en lo anímico y, no en último lugar, en lo material.

Porque si todo embarazo, «el dulce castigo que es herencia de la mujer», trae consigo dolor y preocupación, eso vale sobre todo para el primero. El primer embarazo, que a la mujer aún no acostumbrada a tales molestias le trae más fatigas que cualquiera de los siguientes; que al malestar físico, desconocido hasta entonces, añade un estado de ánimo enteramente peculiar, que por lo común solo se manifiesta como mayor irritabilidad e inquietud, pero que a veces degenera en completo trastorno mental; el primer embarazo, que va acompañado de un miedo al parto a menudo verdaderamente desatinado y que, agrandándolas fantásticamente, hace parecer abrumadoras y aplastantes las preocupaciones por el porvenir: ese es el tiempo en que las mujeres necesitan palabras amistosas de aliento, mejor si vienen del marido o de la madre.

Y ese es el último plazo que la naturaleza concede a la mujer inmadura para reflexionar sobre sus deberes de madre y prepararse para ellos.

El primer deber, y el más importante, es llevar a su desarrollo el germen concebido, dejar que el fruto madure sin perturbaciones en el seno materno.

Numerosas y diversas son las prescripciones sobre el modo de vida de las embarazadas. La verdad es que no pueden establecerse reglas fijas y de validez general. Aquí debe regir ante todo el principio: ninguna desviación demasiado grande del modo de vida anterior. Quien está acostumbrada al trabajo corporal debe seguir haciéndolo con mesura durante el embarazo. Quien ha llevado una vida sedentaria no debe dejarse inducir por libros y prescripciones a dar de pronto paseos de horas. Hay que vivir como exige la higiene, con pocas excepciones que se refieren al estado de embarazo. Solo en los primeros meses del embarazo y poco antes del parto debe tenerse especial cuidado. La natación, la bicicleta, la gimnasia y los viajes, aunque algunas los toleran bien, es mejor dejarlos. En cambio, la limpieza del cuerpo debe cuidarse con especial esmero. Sobre todo hacia el final del embarazo, los baños calientes son una preparación necesaria para el parto. El ejercicio físico regular al aire libre es necesario. Ahora hay que renunciar por completo a las prendas que oprimen. El corsé impide el libre desarrollo del pecho y entorpece la acción de los músculos abdominales, que es de importancia esencial para el parto. A la «cintura» debería renunciar de buen grado la mujer que va a ser madre. Pero mientras haya mujeres que consideren el estado de buena esperanza como algo que afea y avergüenza, seguiremos viendo todos esos extraños disfraces con los que las embarazadas, con la intención de ocultar su aspecto, suelen llamar especialmente la atención. Un sostén proteja el pecho de volverse flácido. Los vestidos no deben sujetarse a las caderas, sino ajustarse a la llamada moda reformista, es decir, caer desde los hombros. La liga redonda, llevada por encima o por debajo de la rodilla, debe desterrarse por completo. No hace más que aumentar <!-- S. XXIV -->la tendencia, ya existente de por sí durante el embarazo, a que se formen varices, a las que el habla popular llama con tanto acierto «pies de niño». En los últimos meses, una faja abdominal bien hecha, que sin embargo no debe llevarse continuamente, presta buenos servicios contra el descenso excesivo del vientre. La misma faja, convenientemente arreglada, debe volver a ponérsela después la parturienta.

El vestuario durante el embarazo no debe ser, por buenas razones, ni demasiado abundante ni demasiado acicalado. Basta con que los vestidos no sean ni demasiado estrechos ni demasiado cortos. Quien está en estado de buena esperanza no tiene por qué ser una dama a la moda.

La alimentación durante el embarazo debe partir del mismo principio de «como antes». La mayoría de las mujeres comen durante el embarazo más que de costumbre; algunas, bastante menos. Ambas cosas son inofensivas. El miedo a engordar durante el embarazo carece de fundamento, pues durante el puerperio las mujeres suelen perder de nuevo todo lo ganado. La gordura que les queda a las mujeres se adquiere por regla general durante la lactancia, es fisiológica y desaparece después del destete con medidas dietéticas e higiénicas adecuadas. El temor de que una buena alimentación de la madre haga más grande el fruto y más difícil el parto es infundado; las curas de adelgazamiento, de limón y otras semejantes emprendidas por ese motivo son insensatas, porque debilitan a la mujer poco antes del parto, en un momento en que más necesita sus fuerzas. Así pues, quien tenga apetito, que coma sin preocupación y se consuele pensando que come por dos. A los antojos anormales de las embarazadas, que por lo demás no son tan frecuentes como cuentan las comadres, se puede ceder casi siempre. Incluso las comidas pesadas se toleran a veces bien.

Grandes trastornos frecuentes en la alimentación los causan los vómitos. Algunas mujeres pueden volver a comer inmediatamente después; otras vomitan una y otra vez. Si no se toleran ciertos alimentos, puede seguirse sin reparo durante semanas una dieta restringida (leche, platos de leche, huevos, jamón, etc.). En algunos casos basta con el reposo en cama (al menos durante el desayuno).

A veces se toleran mejor los alimentos sólidos que los líquidos. Un motivo frecuente de los vómitos matinales es la limpieza de la boca; conviene, pues, dejarla para otra hora del día.

Contra las náuseas y las ganas de vomitar prestan a menudo buenos servicios las pastillas de menta. El coñac y el vino deben evitarse por completo, para que el alcohol no se convierta en bebida habitual. Los trastornos digestivos que suelen aparecer deben tratar de remediarse con una dieta adecuada; si esto no da resultado, se recurrirá a lavativas de agua o a laxantes suaves como el ricino, el ruibarbo o el agua de Karlsbad. En el segundo o el tercer mes aparece casi siempre una mayor necesidad de orinar; es molesta, pero no exige intervenir.

La tendencia a las varices, así como la ligera hinchazón de las piernas que aparece en los últimos meses del embarazo, se combaten con vendajes de franela. Una hinchazón más fuerte y persistente, así como las molestias urinarias permanentes, o incluso la aparición de sangre y pus en la orina, hacen necesario un análisis de orina por un especialista.

Las relaciones sexuales no están prohibidas durante el embarazo; pero en las primeras y en las últimas semanas deben ser poco frecuentes y practicarse con cuidado. Solo deben prohibirse del todo en los casos de aborto habitual, en los que hay que aplicar también otras precauciones especiales (reposo en cama, evitar el esfuerzo y la excitación).

El habla popular dice que las mujeres en estado de buena esperanza están a salvo de penas y preocupaciones. En efecto, vemos que a menudo sobrellevan con entereza duros golpes del destino. Quizá sea realmente la constante ocupación en el porvenir, la <!-- S. XXV -->mirada puesta en los futuros deberes de madre, lo que da a la mujer esta serenidad de ánimo. Quienes la rodean deben guardarse de destruirla, pues es la mejor garantía de un porvenir feliz. La naturaleza misma parece apoyar a la madre en este tiempo. Las molestias del embarazo y la dispersión nerviosa de los primeros meses desaparecen. Empiezan los movimientos del niño y despiertan ya en la joven madre una relación personal con el no nacido. El aumento del volumen del vientre obliga a una vida casera y tranquila. El sueño, que al principio era inquieto, se vuelve firme y profundo.

Solo una preocupación crece amenazadora: el miedo al parto. Entonces no hay que tolerar que comadronas necias y comadres sabihondas desplieguen ante la afligida oyente las crónicas de partos difíciles. No hay que ponerle en las manos libros especializados de obstetricia, en los que precisamente los partos patológicos ocupan un amplio espacio. Al contrario, hay que orientarla también en sus lecturas hacia lo que vendrá: el puerperio, la lactancia, el desarrollo del lactante. Aquí no ha de subestimarse el consejo y el aliento del médico. El reconocimiento médico puede predecir con casi total certeza el curso del parto; puede reconocer y combatir una dificultad previsible del parto.

Toda mujer debería consultar al médico durante el primer embarazo, aun encontrándose perfectamente bien. Así esperará con más tranquilidad lo que ha de venir. Pero si las molestias del embarazo son fuertes, es indispensable llamar a un médico, que es el único que puede fijar aquí el límite entre lo fisiológico y lo patológico. La emperatriz María Teresa, hace casi 150 años, *escribió* a su hija María Antonieta durante el embarazo de esta, junto con muchas otras enseñanzas dignas de tenerse en cuenta: «No hagas caso de lo que dicen las viejas, sino cree a los *médicos*».

El curanderismo y la superstición deben desterrarse del cuarto de la parturienta y, más tarde, del cuarto de los niños.

Saber y claridad deben reinar entre la madre y el hijo. Misterioso y extrañamente místico solo sigue siendo el poderoso instinto que fue y será eternamente: el *amor materno*, que todo lo vence.

<!-- Fin del capítulo (viñeta de cierre). La lista bibliográfica de la S. XX pertenece al capítulo anterior y no se traduce. -->

[^t1]: *Kinderhort* (plural *Kinderhorte*), «hogar infantil»: establecimiento que acogía durante el día, fuera del horario escolar, a los niños en edad escolar cuyas madres trabajaban; distinto del jardín de infancia (*Kindergarten*), destinado a los más pequeños. (N. del T.)

---

*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del escaneo de Google del ejemplar digitalizado en archive.org (bub_gb_RwESAAAAYAAJ): Margret Hilferding-Hönigsberg, «Mutterpflichten vor der Geburt», en Adele Schreiber (ed.), *Das Buch vom Kinde. Ein Sammelwerk für die wichtigsten Fragen der Kindheit*, vol. I, Leipzig y Berlín, B. G. Teubner, 1907, págs. XX-XXV. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
