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Title: La educación, un problema central de la posguerra
Description: Artículo de Carl Furtmüller en Austrian Labor Information (Nueva York, 1943) sobre la educación en Alemania y Austria tras la caída del nazismo: critica la idea de un «desarme psicológico» vigilado desde fuera y sostiene que la escuela democrática solo es posible en una Alemania democrática, con la experiencia de la reforma escolar de la Viena roja como ejemplo.
Author: Carl Furtmüller
URL: https://adler.school/archivo/furtmuller/1943-02-20%20Erziehung%20%E2%80%94%20ein%20zentrales%20Nachkriegsproblem
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CARL FURTMUELLER:

# La educación, un problema central de la posguerra

En la reconstrucción de Alemania y de Austria tras la caída del nazismo, los problemas de la educación desempeñarán un papel destacado: la reconducción educativa (*Rückerziehung*) de la parte de las masas que pasó por un tiempo al séquito del nazismo o que, al menos, asimiló sin darse cuenta una parte de la ideología nazi; la reeducación (*Umerziehung*) de aquella generación de la juventud que desde el principio quedó expuesta sin contrapeso a la influencia de las escuelas y las organizaciones juveniles nazis; y la educación, en sentido estricto, de los niños y adolescentes que tras la caída de Hitler estén en edad escolar o entren en ella. Por supuesto, ninguna de estas tareas puede quedar relegada detrás de las otras dos, pero podría parecer que la última es, relativamente, la más fácil y segura de resolver. Esto no debe engañarnos sobre la magnitud de la tarea ni sobre las enormes dificultades que habrá que superar.

También aquí vemos cuánto peor es hoy la situación espiritual de Europa que incluso durante la primera guerra mundial. Entonces, no solo los diarios y las revistas profesionales alemanes y austriacos podían discutir abiertamente las cuestiones de una reorganización fundamental de la enseñanza, sino que era posible incluso, en cierta medida, una fecundación intelectual por encima de las líneas de trincheras. Hoy el control absoluto que el nazismo ejerce sobre toda actividad literaria y sobre toda acción colectiva impide cualquier preparación intelectual coherente para un futuro sin Hitler. Los hombres que, tras el derrumbe del fascismo, asuman la responsabilidad de educar a la juventud tendrán que llevar a cabo, por así decirlo, improvisando, obras creadoras ingentes.

Desde luego, las ideas que nos guiaron en la lucha escolar austriaca siguen vivas hoy, pero nadie creerá que, por ejemplo, las escuelas de Viena puedan sin más, el día de la liberación, continuar donde lo dejaron en 1934. Tendrán que servir a tareas cambiadas en un mundo cambiado y, para ello, utilizar como materia prima las formas de organización y los medios materiales dejados por los nazis, en la medida en que resulten aprovechables para los nuevos fines. Quizá puedan aprovecharse las *Ordensburgen*,[^t1] como en 1918 nosotros hicimos de los establecimientos de educación militar centros de renovación escolar. Por desgracia, no podrá aprovecharse nada de lo que ahora hay en libros de texto y en bibliotecas escolares destinado a las manos de profesores y alumnos, porque cada uno de esos libros, hasta los manuales de botánica o de geometría descriptiva, está de algún modo infectado de veneno nazi. Pero lo más crítico será la cuestión del personal, aun cuando al principio haya que conformarse con que solo una minoría de profesores y profesoras represente el nuevo espíritu de verdad, como guía y con capacidad de arrastre, mientras la mayoría se incorpore de un modo más bien pasivo, eso sí, con todas las salvaguardias contra el sabotaje.

Es satisfactorio que también en los Estados Unidos la opinión pública reconozca la importancia que tendrá la configuración de la escuela para una incorporación pacífica de los territorios alemanes de Europa al nuevo orden del mundo, y, ante las dificultades que acabamos de exponer, es comprensible que no se conceda de antemano a los futuros gobernantes, todavía desconocidos, la confianza de que reunirán por sí mismos la fuerza y la constancia necesarias para superarlas. Así se entiende que una de las personalidades dirigentes de este país, el vicepresidente Wallace, pudiera poner el «desarme psicológico» al lado del desarme militar y prever para él un control permanente de la enseñanza alemana o, al menos, una inspección fiscalizadora por parte de los Estados vencedores. Con ello la configuración de la escuela ha entrado, por así decirlo, oficialmente en la primera fila de los problemas de la posguerra. La satisfacción por ello no puede quedar demasiado empañada por el hecho de que, en un primer esbozo, se contemple un medio que, examinado más de cerca, resulta no conducir a la meta.

Sin duda, la consigna «desarme psicológico» da a la idea subyacente una expresión concisa y llamativa; pero la vecindad con el desarme militar no es afortunada. Este es una medida coercitiva contra un perturbador de la paz vencido; lo coloca, por su naturaleza y deliberadamente, en una situación peor que la de sus vecinos, y tiene por tanto como correlato necesario un control venido de fuera. El «desarme psicológico» aspira a una actitud espiritual de la juventud como la que las fuerzas democráticas y amantes de la paz de la propia Alemania anhelan como condición necesaria para la reconstrucción de su país y de Europa. Esa meta no tiene nada de discriminación; al contrario, quiere poner a la juventud alemana en la misma línea que la mejor parte de la juventud de los demás pueblos. ¿Por qué, entonces, equiparar en apariencia dos cosas tan distintas y crear una situación de coacción allí donde la juventud ha de aprender que la caída de Hitler es una liberación no solo del resto de Europa, sino también, y sobre todo, de Alemania?

¿Cómo podría actuar una comisión de desarme psicológico semejante? Su creación partiría de la idea de que el régimen que suceda a Hitler en Alemania no es favorable a esa idea; el mero hecho de una vigilancia extranjera agravaría sin duda todavía más ese estado de ánimo. La comisión podría revisar los planes de estudios y los libros de texto, podría exigir la separación de los profesores que se opusieran abiertamente a la idea de la pacificación, pero sería impotente ante los innumerables pequeños detalles de la vida escolar. Si la atmósfera está llena de odio, sobran artificios para convertir en su contrario el efecto de las frases más bellas de un libro de texto y también el sentido de las palabras reglamentariamente pacíficas del profesor. Así, ni siquiera

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una actuación exteriormente del todo eficaz de semejante control internacional de la enseñanza podría garantizar el éxito interior.

A esto se añade que el desarme psicológico no es, como el militar, algo negativo; podría llamarse igualmente armamento espiritual. Presupone que se muestren a los alumnos, y se les hagan vivas, la posibilidad de una cooperación internacional pacífica y sus condiciones; solo puede tener éxito duradero si la juventud se inmuniza contra el veneno de la influencia subterránea mediante el desenmascaramiento implacable del carácter bárbaro del fascismo, también en las formas del semifascismo y del criptofascismo. Y en el país en que se acuñó la consigna pedagógica «Learning by doing» se comprenderá sin más que toda labor educativa de ese tipo solo puede hacerse de verdad fecunda si la propia vida de la juventud, en la escuela y en las organizaciones juveniles, se organiza en el sentido de una libre colaboración democrática. Pero para ello es necesario que la juventud tenga el sentimiento de actuar en libertad y no por encargo internacional, y que todo su entorno no esté en flagrante contradicción con el ideal de la cooperación pacífica y de la justicia democrática.

Con esto llegamos al verdadero núcleo del problema. El desarme militar puede imponerse desde fuera; la escuela y la educación son una función de la sociedad y no pueden separarse del torrente sanguíneo del cuerpo social. Solo tendremos, pues, educación para la colaboración pacífica y para la integración democrática en un gran todo allí donde el trabajo social y político de conjunto de la nación apunte en esa dirección. Estábamos con razón orgullosos de nuestros chicos y chicas vieneses de trece y catorce años que, en la época de Dollfuss, supieron plantar cara a la influencia fascista con tanta habilidad y tanto tacto, y vemos en ello el mejor éxito de la reforma escolar vienesa. Pero ese éxito solo fue posible porque la juventud de esos niños había transcurrido en la libertad democrática de la Viena roja. Quien, dentro de las Naciones Unidas, quiera que después de la guerra se implante en Alemania un sistema educativo de desarme psicológico, no lo logrará con métodos de vigilancia burocrática. El único camino hacia esa meta es dar mano libre después de la guerra a las fuerzas antifascistas de los territorios alemanes cuando traten de emprender la reconstrucción en el sentido de la democracia política y social. La educación como tal encierra por su naturaleza ciertas tendencias conservadoras, y así podemos ver a menudo que la enseñanza de un país se queda rezagada respecto de las tendencias de un gobierno progresista; la historia no nos muestra ningún ejemplo en que la enseñanza de un país, en su conjunto, haya sido más progresista y democrática que su gobierno.

Con todo esto no queremos decir que el desarrollo democrático de las escuelas alemanas y austriacas después de la guerra no pueda recibir múltiples impulsos desde fuera. El primer punto será que habrá que hacer posible a las autoridades destinar una parte adecuada y suficiente de la renta nacional a la escuela y a la asistencia a la juventud. Y precisamente de América, que ha quedado psicológicamente menos lastrada que los países de Europa que atraviesan la ignominia de Hitler, puede venir una abundancia de colaboración personal inestimable. Profesores visitantes americanos serían una ayuda valiosa para las universidades a la hora de reconstruir los centros de investigación y de enseñanza devastados espiritualmente por los nazis. Jóvenes americanos y americanas que, sin ninguna segunda intención política, compartieran la vida de la juventud alemana en las organizaciones juveniles y la ayudaran a encontrar formas de vida democráticas, crearían un material de vivencias que daría a las enseñanzas teóricas sobre la cooperación internacional una base sólida. Quien recuerde cómo los numerosos visitantes extranjeros estimularon y enriquecieron la vida pedagógica en la Viena de la reforma escolar comprenderá el valor que pueden tener huéspedes extranjeros benévolos e interesados —no vigilantes—. Y cuanto más hondo penetren esos observadores extranjeros en el problema, con tanta más insistencia podrán informar de las estrechas relaciones entre el desarrollo de la escuela y la situación política y social de conjunto. Quien quiera la verdadera escuela alemana tiene que querer la verdadera Alemania.

[^t1]: *Ordensburgen*: los «castillos de la Orden», internados del partido nazi (Vogelsang, Crössinsee, Sonthofen) para formar a sus futuros cuadros dirigentes. En 1919-1920 los antiguos establecimientos de educación militar de Austria se convirtieron en las *Bundeserziehungsanstalten* (establecimientos federales de educación), escuelas experimentales de la reforma escolar. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de *Austrian Labor Information* (Nueva York, Austrian Labor Committee), n.º 11, 20 de febrero de 1943, págs. 11-12, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek (aid=ali, 1943). Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos y lo que el original da en inglés («Learning by doing»). Los términos sin equivalente exacto se dan la primera vez en alemán, en cursiva, con nota del traductor si hace falta; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
