---
Title: ¿Hemos perdido a la juventud hitleriana?
Description: Artículo del exilio parisino de Carl Furtmüller, firmado con el seudónimo «Karl Schratt» (atribución según la bibliografía de psyalpha, Zaufarek 2010), en Der sozialistische Kampf (1940): examina con criterios de psicología juvenil por qué las Juventudes Hitlerianas atraen a los adolescentes austriacos, qué les quitan respecto del antiguo movimiento juvenil y qué los ata a ellas. Termina con un llamamiento a ganar a esa juventud, tras la caída de Hitler, con metas socialistas enteras.
Author: Carl Furtmüller («Karl Schratt»)
URL: https://adler.school/archivo/furtmuller/1940-04-20%20Ist%20die%20Hitlerjugend%20uns%20verloren
---


<!-- S. 179 -->

<!-- Arriba, en la pág. 179, termina otro artículo (sobre el imperialismo y la democracia burguesa); no se traduce. -->

KARL SCHRATT:

# ¿Hemos perdido a la juventud hitleriana?

Cuando en la emigración pensamos en los sufrimientos presentes y en las luchas futuras de la patria, nada nos llena de una inquietud tan angustiosa como la suerte de la juventud que está creciendo. De todos los demás grupos de edad, de todos los grupos profesionales, podemos hacernos al menos una idea aproximada de su estado actual; en todas partes, por mucho que el terror y la propaganda del adversario intimiden o hagan vacilar por el momento a muchos, podemos contar con un núcleo firme que ha seguido siendo, consciente y tenazmente, lo que era; y sabemos a qué elementos de educación política, a qué pasado organizativo tendremos que enlazar para hacer de los ahora pasivos de nuevo luchadores políticos que no sigan afectos momentáneos, sino un objetivo claro. Pero respecto de la generación nacida hacia 1925 andamos a tientas. Su desarrollo intelectual empezó cuando nuestras organizaciones tuvieron que sumergirse en la oscuridad de la ilegalidad; sobre su estado actual solo tenemos noticias muy inconexas; sabemos únicamente que están expuestos a la propaganda del nazismo sin que una influencia duradera, salida de nosotros, haya podido inmunizarlos jamás contra ese veneno. Lo seguro es que todos tememos lo peor. Dada la extraordinaria importancia que el desarrollo de esta juventud ha de tener para la suerte de nuestro movimiento, quizá sea útil, a falta de noticias suficientes, que intentemos llegar, a partir de conocimientos generales de la ciencia de la juventud y de la psicología, a ideas algo más fundadas sobre su estado anímico actual y sobre las posibilidades de su desarrollo futuro.

Que la juventud sea de por sí más propensa al nazismo que otras edades —esto quedó registrado de manera elocuente en el contraste entre las edades mínimas de voto en el plebiscito de Schuschnigg y en el de Hitler[^t1]— es fácil de entender por la historia del movimiento nacionalsocialista. Entre las fuentes más importantes de las que el joven movimiento sacó afluencia de personas, vibraciones afectivas y masas de representaciones estuvo, junto a las muy realistas «ligas de hombres» (*Männerbünde*) de los soldados del Báltico[^t2], el idealista movimiento juvenil burgués, la juventud «bündisch»[^t3].

Este movimiento juvenil, surgido en el primer decenio del siglo, había parecido revolucionario a los espíritus burgueses timoratos por sus formas a veces tumultuosas. Lo único cierto de ello era que para él, como para todas las aspiraciones emancipadoras de aquella época, el ejemplo de la lucha por la libertad de la clase obrera constituía el supuesto intelectual inconsciente. Pero las corrientes de ideas que se cruzaban tumultuosamente fueron tan incapaces de conmover los instintos de clase de la juventud burguesa que, en la posguerra, el movimiento se deslizó casi por entero hacia la extrema derecha, y Stephan George[^t4] pudo, en nombre de esta juventud «en movimiento», celebrar con entusiasmo, en un poema famoso o infame, años antes de la toma del poder, al *Führer* que prende «el nuevo signo en la vieja bandera».

La raíz psicológica del movimiento era la protesta contra la presión de la autoridad en la casa paterna y en la escuela, contra la sobrevaloración de la diferencia de edad, que se había convertido poco menos que en una diferencia de nivel social. Pero el movimiento juvenil no logró superar ni atenuar esa oposición, sino que la fijó con el signo contrario. Los «jóvenes» se enfrentaban a los adultos como a seres de una especie completamente distinta y, frente a ellos, no conseguían librarse del sentimiento de

<!-- S. 180 -->

inseguridad. De ahí el deseo de una vida separada de la de los adultos, en «ámbitos juveniles» propios. Y apenas se había negado la autoridad coactiva de padres y maestros, se buscaron otros adultos a los que adherirse con una confianza desbordante y un seguimiento ciego. Si el «principio del *Führer*» tiene una raíz en los cabecillas de banda de los del Báltico, la otra está en el caudillaje del movimiento juvenil. La fugacidad e inconstancia del movimiento traía consigo, por cierto, un rápido cambio de las personalidades dirigentes. Pero, por encima de las exageraciones y excrecencias del movimiento —de las que sería fácil mostrar cómo se relacionan con su carácter específicamente burgués—, no hay que pasar por alto en qué alto grado encontraron en él su expresión fenómenos y necesidades psicológicos naturales de la edad de la madurez. La oposición a los adultos es, hasta cierto punto, un componente necesario e imprescindible del proceso de maduración, del paso del niño, que tiene que ser guiado, al adulto, que ha de ser independiente. La proximidad de una multitud de tareas en la vida personal, profesional y pública, para las que todavía no se está del todo preparado y en las que todavía no se ha sido puesto a prueba, ha de producir un sentimiento de inseguridad que se mitiga permaneciendo en el ámbito juvenil, donde solo hay que medirse con los iguales. El sentimiento de una fuerza creciente que todavía no puede emplearse en tareas reales lleva al entusiasmo por metas elevadas, aunque al principio confusas. Al carácter de ensayo y de preparación que distingue a esta etapa de la vida corresponden el rápido cambio y el gran consumo de personas.

Si nos preguntamos ahora qué puede volver a encontrar la juventud en el nacionalsocialismo de lo que buscaba en el movimiento juvenil, hay que decir que aquí solo puede hablarse ya de movimiento en el sentido corporal del desfile y de la carrera de fondo; por lo demás, su lugar lo han ocupado el anquilosamiento y la reglamentación fija. En vez del dirigente que uno había elegido personalmente, del que podía apartarse en cualquier momento o al que podía derribar, con el que estaba en relación humana directa y cálida, el *Führer* sin más, difuminado en las nubes del mito y de la propaganda, inaccesible para el individuo. En lugar del contacto personal, escuchar un discurso por la radio o quedarse mirando un coche que pasa como una exhalación, y luego coros hablados repetidos sin fin: «Damos las gracias a nuestro *Führer*» o «Hemos visto al *Führer*». Y el «jefe de la juventud del Reich», Baldur von Schirach, no es desde luego la personalidad adecuada para cumplir las tareas de una dirección juvenil en el sentido de un *movimiento* juvenil. Su afectado bonzismo[^t5] —«Transfiero por la presente a las distintas iglesias la tarea de la educación religiosa de la juventud alemana», dijo en uno de sus discursos, y las parroquias evangélicas de Viena, muy satisfechas, fijaron la frase en las puertas de las iglesias como legitimación de su actividad— es todo lo «poco juvenil» que cabe imaginar, y así, sobre todo entre la juventud austriaca, probablemente solo podrá hacerse popular por su nombre chusco. Todo lo que viene después, hasta el más modesto subfuncionario, es nombrado desde arriba en virtud del «principio del *Führer*»; en ninguna parte existe la más mínima posibilidad de que la juventud decida por sí misma. Así, el «dirigente juvenil» se ha convertido sencillamente en una nueva clase de superior burocrático. Si antes la organización juvenil quería abrir al joven el camino hacia la libertad, ahora él no hace en ella más que cambiar la disciplina de la escuela por la del patio del cuartel. En lugar del romanticismo de la libre vida excursionista ha aparecido la instrucción y el desfile militares, una instrucción tediosa que, con sus exageraciones, pone en peligro a la juventud incluso físicamente, hasta el punto de que finalmente los generales de la Wehrmacht tuvieron que oponerse a los peores excesos de este espíritu de sargento. Desde que las Juventudes Hitlerianas se convirtieron en organización obligatoria[^t6], a la colaboración se le ha quitado todo resto de iniciativa personal, y las circunstancias de la guerra llevarán cada vez con más frecuencia y en mayor medida a utilizar la organización juvenil sencillamente para encuadrar con más comodidad a la juventud en el inmenso sistema del trabajo forzoso. El mejor símbolo de la mecanización sin espíritu de esta «empresa» juvenil es el redoble del tambor y el sonsonete monótono y entrecortado que ha ocupado el lugar de las canciones alegres de las organizaciones juveniles libres de todas las tendencias. Con las muchachas, a las que también alcanza la instrucción militar, aunque no del todo en la misma medida, las cosas quizá vayan un poquito mejor.

Pero frente a todos estos factores, que tarde o temprano la juventud ha de sentir como negativos, si no reconocerlos, hay muchos y fuertes capaces de cautivarla y seducirla. Está el prestigio del uniforme, está la posesión del «cuchillo de excursión» o la expectativa de tenerlo, está la elevación del sentimiento de sí mismo que da el desfilar «en masas rudas». Pero hay además cosas de mayor alcance y más profundas, que elevan la posición de la juventud y dan apoyo a su conciencia de sí. La pertenencia a una organización grande y poderosa obra ya de por sí en este sentido, pero sobre todo permite al joven, invocándola a ella y a sus exigencias, procurarse cierta independencia frente a la escuela y la casa paterna. Y, en efecto, entre maestros y padres por un lado y Juventudes Hitlerianas por otro se libran luchas continuas. A las resistencias procedentes de la casa paterna se les ha hecho ahora concesiones en la guerra, disponiendo que dos sábados y dos domingos al mes queden libres de servicio en las Juventudes Hitlerianas. Queda por ver cómo se aplicará a la larga esta disposición; en la Alemania de Hitler los compromisos y los concordatos tienen su propio destino. En todo caso, es esta exigencia sobre la juventud la ocasión en que la resistencia de la población contra el régimen se ha atrevido hasta ahora a mostrarse con más claridad; hay bastantes madres a las que ya la mera vista de un grupo de chicos de catorce años con el puñal de las Juventudes Hitlerianas las pone fuera de sí. Por desgracia, precisamente aquí hay para la familia proletaria un peligro de grave malentendido entre hijos y padres. El padre y la madre, que no se atreven a expresar su oposición política contra esta clase de dirección juvenil, desahogan su malestar refunfuñando por los aspectos externos de la actividad: «Ya no se ve al chico en absoluto». «Ayer volvió otra vez a casa en plena noche».

<!-- S. 181 -->

«Más le valdría estar con sus libros de la escuela». Así, el hijo toma por terquedad y presunción de autoridad paternas lo que es la expresión encubierta del rechazo proletario al hitlerismo, y queda tanto más firmemente enredado en las redes de esta captura de hombres.

Pero en el nazismo hay todavía más cosas capaces de halagar el sentimiento de sí de la juventud. Aquí todo es «joven»: el propio movimiento nacionalsocialista es «joven»; el catolicismo, el liberalismo, el marxismo son, en cambio, «viejos». Los alemanes son un pueblo joven, en contraste con los ingleses y franceses, envejecidos. Los jóvenes fascismos se enfrentan a las democracias decrépitas. Y, en efecto, nunca en un movimiento político ha desempeñado la juventud, también la más joven, un papel semejante al que tuvo en el nacionalsocialismo en ascenso. En Austria, naturalmente, siguen actuando las vivencias de la «época de la prohibición»[^t7], en la que el gobierno de entonces certificó a los adolescentes su importancia política persiguiendo con penas severas a los alumnos de las escuelas medias y profesionales, y a sus padres con draconianos medios de presión económica. Y, en efecto, los más audaces de estos muchachos fueron empleados en tareas peligrosas y de responsabilidad, en la participación en atentados con bomba y voladuras de vías férreas, en ocasiones —expresión de la reconciliación entre la escuela y el movimiento juvenil— junto con sus profesores. Y en el «vuelco» [de marzo de 1938] a algunos de ellos les cupo una dicha a la que generaciones anteriores de alumnos de *Gymnasium*[^t8] no se habían atrevido a aspirar ni en sueños: pudieron detener a su propio director. Pero, de manera muy general, en el momento mismo del vuelco incluso los chicos de doce a catorce años que habían sido nazis «ilegales» alcanzaron, tanto en la escuela como en el movimiento, poco menos que una posición social. Y una y otra vez, en los incendios de sinagogas, en la expedición de castigo contra el palacio arzobispal[^t9], en registros domiciliarios y redadas, esta juventud encontró ocasión de una actividad valorada no solo por ella misma, sino también por los adultos con autoridad, como «intervención política». De esta mezcla tan singular de educación, descarrío y criminalidad nos devuelve a lo normal el atractivo que para los ambiciosos ha de tener la perspectiva de llegar, en esta enorme organización juvenil dotada de autoridad por el Estado y el partido, a una posición elevada y más tarde quizá incluso dirigente. Y de aquí no hay mucho trecho a consideraciones y esperanzas, por cierto, muy «poco juveniles»: haberse acreditado en las Juventudes Hitlerianas promete ventajas de toda clase para la decisión sobre la carrera escolar posterior, pero también para la vida posterior del adulto; y todavía más inmediatamente cierto es que, si el joven se mantiene apartado, le amenazan perjuicios prácticos. Esto es, naturalmente, también para muchos padres un motivo para revisar su actitud ante la organización juvenil. Con el tiempo, sin embargo, precisamente la lozanía juvenil del movimiento tendría que poner a la generación que ahora crece en una mala situación: en todas partes, en el Estado y en el partido, en la Wehrmacht y en la economía, muchos puestos de mando, pero sobre todo las funciones intermedias, están ocupados casi exclusivamente por gente joven, en parte muy joven, de modo que, si el sistema político continuara, sería inevitable cierto anquilosamiento del aparato dirigente en todos los campos, y los que vinieran detrás encontrarían ocupados todos los buenos puestos. Precisamente en este movimiento tan marcadamente «joven» se abriría, pues, con una agudeza inaudita, un problema generacional que hemos podido estudiar ya en otros lugares en menor medida. Pero la historia eximirá al nazismo de resolver este problema.

Que la ideología nacionalsocialista pueda ejercer un atractivo especial sobre los jóvenes no puede extrañar. La concepción del mundo del nazismo y su ciencia de las razas tienen un marcado carácter de pubertad. Gente como Göbbels y Rosenberg pertenece al tipo del alumno de *Gymnasium* precoz que se ha quedado estancado en esa etapa del desarrollo. Lo que como estadio de transición pasajero en el desarrollo del individuo parece natural e inofensivo, aquí se ha fijado y se ha anquilosado en una mueca sin espíritu. Al carácter contradictorio de la pubertad, que retrocede ante el mundo de los adultos y, sin embargo, aspira a él, corresponde la coexistencia de una crítica corrosiva y de una inclinación a la entrega exaltada a personas e ideas; esto conduce a una imagen del mundo en técnica de blanco y negro, llena de los más agudos contrastes. Que precisamente el adolescente bien dotado se atreva a menudo con tareas intelectuales que al principio le superan, que surja entonces una extraña mezcla de masas de saber tradicional asumidas sin crítica y de ocurrencias propias inconexas, que se confunda la imitación de los gestos externos de la ciencia con el verdadero trabajo científico: nada de esto puede reprochársele al que está creciendo, aunque pueda convertirse en un peligro para él. Pero precisamente estos rasgos son característicos de las creaciones científicas y de concepción del mundo del nacionalsocialismo, con su singular mezcla de autodidactismo de aficionado y frívolo folletinismo. El joven encuentra, pues, que aquí resuenan facetas vivas de su propio ser, aunque precisamente las de menos valor y las que han de superarse. Como objeto de ardiente entrega personal, la imagen ideal del *Führer* quizá esté ya demasiado estereotipada y gastada, pero sigue encendiendo los ánimos el entusiasmo por el propio pueblo, el pueblo elegido, y por la raza elegida, la raza noble. A la crítica corrosiva y denigrante queda entregado no solo todo el resto del mundo —los judíos, los negros y mongoles, los eslavos y los latinos, los pueblos enemigos en la guerra—, sino también, dentro del propio pueblo, todo lo que se opone al nazismo; y no solo en el presente, sino en todo el espacio de la historia, desde los políticos de la República alemana hasta Carlomagno. Y, sin embargo, cada condenado puede, con un cambio del punto de vista o de la situación, pasar como en un calidoscopio del sector negro al blanco, una elasticidad en la toma de posición que, de nuevo, se acomoda muy bien al carácter de ensayo de la vida anímica juvenil. Ahora bien, no hay que pasar por alto que, por el hecho de la guerra, esta manera de ver el mundo ha de ganar todavía en atractivo para la juventud. El efecto afectivo es naturalmente mucho más fuerte cuando los «enemigos» de este mundo en blanco y negro ya no son enemigos metafóricos, sino reales. La soberbia frente a otros

<!-- S. 182 -->

pueblos y razas se refuerza cuando el servicio de propaganda sabe anunciar a diario el sometimiento y la aniquilación efectivos de los débiles y, al menos, aventuras «heroicas» en el mar y en el aire en lucha con los fuertes. Y el ideal de la grandeza futura del pueblo alemán enciende más los ánimos cuando su realización ya no flota en una lejanía nebulosa, sino que parece haberse acercado al final de esta guerra. En el «Hoy nos pertenece Alemania, mañana el mundo entero»[^t10], el «mañana» ya no remite a un futuro indeterminado, sino que el resplandor de esa mañana parece anunciarse con el arrebol del horizonte no solo en el Este, sino en todos los puntos del mundo. En esto reside la magia de los éxitos nacionalsocialistas: en que ayudan a los ensueños de la pubertad a una realización, aunque solo sea pasajera y engañosa. Y de nuevo el atractivo de este ideal histérico aumenta por un componente muy realista: si se va a repartir un pastel tan enorme, cada uno puede esperar sin duda también para sí un buen trozo con muchas pasas dentro.

El entusiasmo bélico del joven tropieza, como es comprensible, con inhibiciones internas más bien cuando se acerca el día en que él mismo tendrá que presentarse por primera vez a la revisión militar. Prueba del refinamiento de la propaganda alemana es que, desde el comienzo de la guerra, a la juventud alemana se le llama la atención una y otra vez sobre la aviación y el combate aéreo no solo con alocuciones radiofónicas y con la prensa, sino también con una influencia incesante en la escuela, regulada ahora por extensas disposiciones. Así olvida que, en su inmensa mayoría, tendrá que cargar con la suerte nada romántica y sumamente sucia del soldado de infantería, y cada uno se ve como piloto de combate que obra verdaderos prodigios sobre Scapa Flow, Londres y París. Así como la película de la Ufa[^t11] hace creer al pequeño empleado que un día cambiará en un abrir y cerrar de ojos su suerte de proletario por toda la gloria del mundo, aquí se quiere mantener a los futuros guerreros, mediante la fijación artificial de fantasías profesionales infantiles, en la ignorancia de que a la inmensa mayoría de ellos les aguarda como soldados una suerte de proletarios.

Pero más peligrosos que la ideología y la propaganda con que el nazismo actúa sobre la juventud son probablemente las formas de vida en que la coloca y cuyas valoraciones ella asume sin darse cuenta: es lo negativo, la privación de valores que se habían considerado ya una adquisición definitiva de la humanidad[^t12]. Peligrosa es la barbarie que ya no conoce una vida personal con derecho propio, sino que ve en el muchacho sobre todo al futuro soldado y en la muchacha a la futura productora de soldados; la barbarie que solo reconoce las realizaciones intelectuales en la técnica, la ciencia y el arte en la medida en que sirven a los fines de la política nazi, y que por eso tiene que despreciarlas casi siempre —¡ah, si la ciencia fuera una buena vaca que abasteciera de mantequilla a la economía alemana!—; la barbarie que no solo hace caso omiso de la idea de humanidad, sino que la niega expresa y brutalmente. Nunca antes del nacionalsocialismo una educación, viniera de donde viniera, había intentado renunciar a las ideas del derecho humano y de la dignidad humana, no en sentido político, sino en sentido ético. Tendencias reaccionarias, enemigas del pueblo, utilizaron estos conceptos con hipocresía y como frases hechas; pero, al hablar de ellos, daban ocasión al desarrollo interior del joven o a la ilustración venida de fuera para enlazar con ellos y exigir, en lugar de la bella frase, la seriedad de los hechos. Y nunca un régimen reaccionario de violencia poseyó tal abundancia de medios técnicos para mantener a la juventud alejada del contacto con círculos de ideas que desagradan al sistema.

En este cuadro que nos hacemos de la situación de la juventud en Austria no hemos querido ocultar nada ni embellecer nada. Por sombrío que sea, no creemos, sin embargo, que conduzca a conclusiones pesimistas. Hemos visto con qué habilidad sabe el nazismo aprovechar ciertos aspectos problemáticos del desarrollo juvenil para apoderarse de la juventud. Pero hemos visto también cuánto de lo que la juventud reclama para sí, cuando puede seguir las necesidades naturales de su crecimiento, él le niega. En lugar de la libre camaradería y la amistad de los afines, una comunidad forzosa indiferenciada. En lugar de la libre elección y el libre cambio de los intereses que uno quiere seguir, como corresponde al carácter de ensayo de esta etapa de la vida, una orientación rígida y unilateral hacia la educación premilitar; y, además, de cuando en cuando, el reclutamiento para trabajos forzosos poco estimados, lo que tiene que reforzar los sentimientos de inferioridad del adolescente. La necesidad juvenil de soñar con el futuro, de hacer planes para él, de construir castillos en el aire, ya no tiene calma ni ocio para vivirse individualmente en cien matices, sino que ha de satisfacerse para todos por igual con el rancho colectivo del cocido único[^t13] ideológico de las fantasías nacionalsocialistas de dominio mundial.

Aquí se estafa a una generación su juventud. Se le han retirado nutrientes importantes para su vida intelectual y afectiva, y está sometida a la presión de una organización obligatoria que pesa sobre el joven sin el calor de la casa paterna y con una dureza que no conoce ni la escuela más severa. Sabemos cómo semejante presión ha de llevar a un enorme refuerzo del sentimiento de inferioridad y, por reacción necesaria, a una rebelión interior convulsa. A esto se añade que, por mucho que las Juventudes Hitlerianas, con sus formas de vida espartanas, se esfuercen en disimular las oposiciones de clase, con el avance de la guerra los instintos de clase de la juventud proletaria se reavivarán necesariamente. Por una parte, cada vez más miembros de la familia caerán en la suerte del proletario en la Alemania de Hitler: convertirse en trabajador forzoso. Y, por otra, sabemos por la época de la crisis que el contraste entre la abundancia por un lado y una satisfacción modesta pero suficiente de las necesidades por otro está lejos de ser tan irritante y perturbador como la coexistencia de distintos grados de carencia. Por eso no tiene por qué cambiar de momento nada en la imagen exterior que ofrece la juventud; seguirá marchando marcialmente, aunque con cara aburrida y cansada, detrás de las banderas con la cruz gamada. Que estos procesos anímicos se desarrollen muy por debajo de la superficie no les quita

<!-- S. 183 -->

nada de su importancia. Pero cuando en Alemania la evolución interna se ponga en movimiento, entonces se hará visible de pronto también el hervor y la fermentación de la juventud; todas las decepciones, todas las ofensas se harán oír, más de un rencor acumulado clamará venganza, más de un anhelo insatisfecho acusará en el momento en que se derrumbe la gran fe que hasta entonces había tenido que servir para apaciguar todo aquello. Cuando el Sansón de la revolución sacuda el templo del hitlerismo, se verá que la columna de la juventud estaba agrietada desde hacía mucho.

En ese momento estaremos, en general y en particular frente a la juventud, ante tareas inmensas. La liberación de la juventud de la coacción del «servicio» y de la fe delirante en la ideología nazi solo le regala, de momento, una libertad puramente negativa, que al mismo tiempo la priva de los apoyos que hasta entonces le daban al menos un sostén externo. Si se la deja a su suerte, amenaza con empantanarse en una indiferencia obtusa, hundirse en una desesperación sin salida o deslizarse a la criminalidad abierta. Tendremos que luchar por esta juventud, conquistarla para nosotros y darle con ello un nuevo contenido vital. Podremos y deberemos enlazar en ello de dos maneras, por contraste, con la herencia del hitlerismo. Esta juventud está acostumbrada a la organización; así nos será más fácil, por nuestra parte, atraerla y unirla en formas externas cambiadas y con un espíritu completamente cambiado, dando espacio a la libre discusión y a la iniciativa del individuo y del grupo y sustituyendo la obediencia muda por el principio de la autodeterminación o de la codeterminación. Y esta juventud está acostumbrada a que se le muestren grandes metas y se le exija que entre en lucha por ellas. La elasticidad de la juventud y el ritmo tempestuoso de una época agitada harán que aprenda pronto, si oponemos con todo impulso a la vaciedad interior de sus viejos ideales los nuestros propios y la llamamos a luchar enérgicamente por ellos. Con metas a medias y medios a medias no se ganará a esta juventud. ¡Valga para ella la expresión que Otto Bauer había dedicado ya a otra anterior: la «generación de la consumación»[^t14]!

<!-- Siguen en la pág. 183 los «Berichte aus Oesterreich» [Informes de Austria], que no son de Furtmüller; no se traducen. -->

[^t1]: En el plebiscito convocado por Schuschnigg para el 13 de marzo de 1938, que no llegó a celebrarse, se fijó la edad de voto en 24 años, con el fin de excluir a los votantes jóvenes, más proclives al nazismo; en el de Hitler del 10 de abril de 1938 sobre la anexión votaban los mayores de 20 años. (N. del T.)

[^t2]: Los *Freikorps* que combatieron en 1919 en el Báltico y que, tras su disolución, nutrieron las ligas paramilitares de la extrema derecha alemana. (N. del T.)

[^t3]: *Bündische Jugend*: nombre dado a las ligas (*Bünde*) del movimiento juvenil alemán de posguerra, herederas del *Wandervogel*. (N. del T.)

[^t4]: Así en el original, por Stefan George (1868-1933). El poema aludido es probablemente «Der Dichter in Zeiten der Wirren» (1921), en *Das neue Reich* (1928), que termina con el caudillo que «heftet das wahre sinnbild auf das völkische banner» [prende el verdadero símbolo en el estandarte del pueblo]; la cita de Furtmüller no es literal. (N. del T.)


[^t5]: *Bonze* (plural *Bonzen*), «bonzo»: en el alemán político de la época, término despectivo para el funcionario de partido o de sindicato aferrado a su cargo y a sus privilegios; *Bonzentum*, «bonzismo», la actitud correspondiente. (N. del T.)

[^t6]: Por la ley de 1 de diciembre de 1936 sobre las Juventudes Hitlerianas y los reglamentos de aplicación de marzo de 1939, que hicieron obligatorio el servicio juvenil. (N. del T.)

[^t7]: El período (junio de 1933 - marzo de 1938) en que el partido nazi estuvo prohibido en Austria. (N. del T.)

[^t8]: *Gymnasium* (plural *Gymnasien*): centro de enseñanza media de tipo humanístico, con latín y griego, que conducía al examen de madurez (*Matura*) y daba acceso a la universidad. Se deja en alemán, como *Realgymnasium* y *Realschule*, porque ni «gimnasio» ni «instituto» le corresponden en español. (N. del T.)

[^t9]: El asalto al palacio arzobispal de Viena por jóvenes nazis el 8 de octubre de 1938, al día siguiente de un acto de la juventud católica con el cardenal Innitzer. (N. del T.)

[^t10]: Variante del estribillo de la canción nazi «Es zittern die morschen Knochen» (Hans Baumann, 1932): «denn heute gehört uns Deutschland / und morgen die ganze Welt». (N. del T.)

[^t11]: Ufa (Universum-Film AG), la gran productora cinematográfica alemana, controlada desde 1937 por el régimen. (N. del T.)

[^t12]: La frase es anacolútica en el original («…sind wohl die Lebensformen, in die er sie hineinstellt und deren Wertungen sie unwillkürlich übernimmt, ist das Negative…»); se traduce respetando la ruptura con dos puntos. (N. del T.)

[^t13]: *Eintopfgericht*: el plato único que el régimen nazi imponía a los hogares un domingo al mes (*Eintopfsonntag*), entregando lo ahorrado al Socorro de Invierno. (N. del T.)

[^t14]: *Generation der Vollendung*: expresión de Otto Bauer (1881-1938), dirigente de la socialdemocracia austriaca y fundador de *Der sozialistische Kampf*, dirigida a la juventud socialista de la primera República. (N. del T.)

---

*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de *Der sozialistische Kampf / La lutte socialiste* (París), n.º 8, 20 de abril de 1940, págs. 179-183, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek (aid=dsk, 19400420; imágenes 15-19 del documento IIIF ANNOP_dsk19400108). Firmado «Karl Schratt», seudónimo de Carl Furtmüller en el exilio de París (según la bibliografía de psyalpha, Zaufarek 2010). Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas del original y la paginación original. «von eben her» se traduce como «desde arriba» (probable errata por *von oben her*). Los términos históricos se dan la primera vez en alemán, en cursiva, y se explican en notas del traductor; las equivalencias fijas (*Verwahrlosung* = descarrío; *Minderwertigkeitsgefühl* = sentimiento de inferioridad) se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
