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Title: Cultura y escuela en la Austria uniformizada
Description: Artículo de Carl Furtmüller, firmado con el seudónimo «Karl Schratt» (atribución según psyalpha, Zaufarek 2010), en el semanario de los socialistas austriacos exiliados en París (agosto de 1939). Describe la vida cultural y escolar de Austria un año después de la anexión: depuraciones, teatros y conciertos vacíos, bibliotecas expurgadas, universidades y escuelas medias sometidas a las Juventudes Hitlerianas e incertidumbre sobre la escuela principal.
Author: Carl Furtmüller («Karl Schratt»)
URL: https://adler.school/archivo/furtmuller/1939-08-12%20Kultur%20und%20Schule%20im%20gleichgeschalteten%20Oesterreich
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KARL SCHRATT:

# Cultura y escuela en la Austria uniformizada[^t1]

Durante cinco años, Dollfuss y Schuschnigg habían intentado ahogar la verdadera vida cultural de Austria bajo una capa de recubrimiento: el producto artificial y reaccionario de una cultura específicamente «austriaca». Esta tenía, si no quería desenmascararse a sí misma, que mostrar todavía un resto de vergüenza ante Europa. Al régimen de Hitler le falta por completo, y con unos pocos golpes certeros ha sabido arrebatar a la vida intelectual y cultural de la «Marca del Este» (*Ostmark*), igual que a la política, todo rastro de autonomía y poner en su lugar un engranaje de funcionamiento puramente mecánico, que el Ministerio de Propaganda del Reich y la Cámara de Cultura del Reich mantienen en marcha como una máquina burocrática traqueteante.

La obligación de todo literato, periodista o artista creador o intérprete de pertenecer a la Cámara de Cultura o a la Cámara de Prensa del Reich no solo ha excluido de la comunidad de los creadores intelectuales a los judíos, a los mestizos y a los emparentados con judíos, sino que convierte también al ario, en sus posibilidades de actividad y, con ello, en su existencia material, en un instrumento indefenso de las concepciones y valoraciones culturales y artísticas dictadas desde arriba. Cuando se trataba además de empleos, ya en centros docentes e instituciones artísticas del Estado, ya en la prensa, se fue mucho más allá: se excluyó no solo a los políticamente comprometidos, sino también a todos los que por cualquier otro motivo resultaban mal vistos —mal vistos, por ejemplo, porque se les sospechaba una callada inclinación al «arte degenerado»—, naturalmente con la brutalidad propia del sistema. Así, un pedagogo musical de renombre internacional se enteró de su intención de jubilarse solo cuando uno de sus alumnos —este, personalmente, sin saber nada— se le presentó como su sucesor nombrado. Con la misma brutalidad se comunicó un día a un número bastante grande de miembros del personal artístico de la Ópera, a quienes faltaba poco para cumplir su tiempo completo de servicio, que quedaban despedidos con seis meses de preaviso y sin consideración a sus derechos de pensión. Fueron necesarios meses de negociaciones, que naturalmente tenían que pasar por Berlín, hasta que ese despido se revocó. Y la célebre orquesta de la Filarmónica —bajo cualquier régimen, un orgullo de Viena— tuvo que consentir que el señor Goebbels la mandara llamar al Kobenzl para amenizar su mesa y que luego un ayudante le pidiera que tocara más bajo, porque, si no, se estorbaban las conversaciones de la mesa...

Una depuración de personal tan amplia ha traído, naturalmente, a los partidarios del nacionalsocialismo una coyuntura comparable a la ola de arianización en la economía. Que en la lucha por las mejores prebendas desempeñaron un papel la intriga y el favoritismo es evidente. Pero allí donde las cosas se hicieron estrictamente según las directrices del partido, tampoco entre camaradas de partido decidió la mayor aptitud profesional, sino la magnitud de los méritos adquiridos en la ilegalidad. También aquí, por citar las palabras de un ingenuo nazi de la ilegalidad, el asesino tenía preferencia sobre el simple lanzador de bombas. En cambio, los pecados de un pasado más lejano no suponían en general ningún lastre. Así, al redactor jefe del *Neues Wiener Tagblatt*, Reinalter, no le ha perjudicado haber publicado en su día una selección de obras de Stefan Zweig con un prólogo entusiasta. Naturalmente, una gran parte de los huecos producidos se llenó también con jóvenes que afluían del Reich antiguo (*Altreich*). Hasta las octavillas de propaganda del partido delatan claramente el habla de Berlín, y tanto en el *Völkischer Beobachter* como en el *Neues Wiener Tagblatt* precisamente la sección diaria de humor en dialecto está en manos de gente que domina el dialecto vienés más o menos como un inglés el argot parisiense.

Si, pues, todos los que trabajan en la práctica en la vida cultural están condenados a una sumisión completa, al público que la recibe no se le puede arrebatar al menos el derecho de rechazar y de no acudir. Con la resistencia pasiva se pusieron pronto trabas, no solo en Viena sino también en Graz, a los intentos de introducir a los nuevos dramaturgos alemanes del partido. Ahora se recurre a la renovación de los clásicos, en la que, por ejemplo, *María Estuardo* ha de representar, por así decir, la tragedia del fascismo que fracasa por la insuficiencia del caudillo. Donde más suerte se tiene es con las numerosas nuevas puestas en escena de Nestroy, que quizá le resulta tan simpático al régimen porque puede enseñar a los vieneses a reaccionar ante una situación insoportable, en lugar de con un acto, con un buen chiste. A cambio se acepta que los espectadores aplaudan a veces atronadoramente en el lugar equivocado. En general, la asistencia a los teatros es alarmantemente mala. Y de nada sirve que la organización «La Fuerza por la Alegría» (*Kraft durch Freude*) intente sencillamente imponer las entradas a las empresas. Para rechazar las entradas de teatro se alegan el aumento de las deducciones del salario y la prolongación de la jornada. Peor aún es la merma en los actos musicales de calidad. No solo han desaparecido los judíos como oyentes, sino que también una parte considerable de los arios del antiguo público asiduo se ha retirado disgustada, y así pudo ocurrir que en un concierto organizado por la célebre Asociación Vienesa de Instrumentos de Viento bajo el patrocinio de «La Fuerza por la Alegría», en la sala mediana del Konzerthaus, no hubiera ni una docena completa de oyentes. Así, los propios miembros de la mundialmente famosa Orquesta Filarmónica tuvieron que vender abonos para los Conciertos Filarmónicos, que de otro modo se agotaban todos los años y bajo cualquier régimen, para que no quedaran medio vacíos en la temporada 1938/39.

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La falta de interés del público por el teatro se ve sin duda reforzada aún porque los periódicos, según la célebre disposición del Ministerio de Propaganda, ya no pueden publicar críticas teatrales, sino solo «caracterizaciones», es decir, en la práctica, prolijos reclamos publicitarios de la obra y de los intérpretes, en los que a lo sumo se cuela muy de tapadillo alguna tímida reserva. Este principio de que no solo en la política, sino en todos los terrenos, solo se puede servir al público *una* opinión, de que no puede haber discusión pública sobre nada, ni siquiera sobre una obra de teatro, no va necesariamente unido en sí mismo al sistema ni de la dictadura más tajante. Conocemos, por ejemplo, de Rusia el método opuesto: dejar libres a la discusión ciertas cuestiones de segundo orden para desviar el interés de los temas «prohibidos». Es esta monotonía obtusa del aparato cultural nacionalsocialista la que paraliza por completo toda participación intelectual y lleva a que los periódicos acaben distinguiéndose solo por su presentación exterior y por su sección de folletín, que en ocasiones podrá traer algún artículo interesante, pero que tampoco puede generar vida intelectual ni participación verdadera, porque tiene que evitar todo lo que tenga algo de problemático.

Especialmente significativa de la exclusión de la población de toda participación en las cuestiones culturales es la historia del monumento a Lessing. ¡Cómo habrían dividido antes los ánimos los pros y los contras de semejante disputa! Ahora, un día, los transeúntes de la Judenplatz advierten que se está desmontando el monumento a Lessing. La noticia corre por Viena, la gente menea la cabeza, pero ni un solo periódico lo ha anunciado ni informado de ello con una sola palabra. Solo el *Völkischer Beobachter* publicó una semana después una nota desvergonzada en la que señalaba que la cuestión de la ascendencia de Lessing no estaba en absoluto aclarada y que, por lo demás, había perpetrado el «Nathan». Estas circunstancias explican también la gran mortandad de periódicos en Viena y el descenso de tirada de los diarios que quedan.

Las bibliotecas populares y de propaganda, después de que el clericofascismo las hubiera mutilado ya una vez, han sido ahora despojadas casi por completo de sus antiguos fondos y rellenadas con literatura de propaganda nacionalsocialista. La consecuencia fue un descenso catastrófico de los préstamos, que luego se quiso combatir con una gran campaña de propaganda con numerosos carteles callejeros. La estadística oficial, naturalmente imposible de comprobar, afirma para los últimos tiempos un aumento notable de los préstamos. Si se señala con orgullo que el interés por las ciencias naturales crece más que por las bellas letras, eso muestra que los lectores se desvían precisamente hacia un terreno que hasta ahora ha sido el menos accesible a la deformación por la «concepción del mundo» nacionalsocialista. Concuerda con ello el hecho de que también en las universidades populares y en la «Urania» —igual que ya bajo Dollfuss y Schuschnigg— solo las materias prácticas muestran verdadera vida.

Los únicos actos culturales en los que se ha logrado hasta ahora realmente una participación de masas son las exposiciones «El judío eterno», la «Exposición anti-Komintern» y «El arte degenerado». Aquí se ha creado de verdad algo nuevo en la disposición y la presentación, de lo que a su debido tiempo también el adversario podrá aprender. Característico es también aquí el modo en que se organiza la visita. Lo que se quiere no es la visita individual, sino la visita guiada de masas, una visita guiada que no quiere preparar al individuo para ver por sí mismo y juzgar por sí mismo, sino impedirlo. No solo toda la exposición está compuesta y ordenada según criterios propagandísticos; también ese material cribado ha de contemplarse solo en la medida y del modo que quieren los organizadores. Naturalmente, también esta forma de influencia tiene sus límites, y no se pudo impedir, por ejemplo, que en «El arte degenerado» los visitantes se agolparan precisamente en torno a las colecciones de caricatura política y social.

Por lo demás, como estímulo cultural quedan el cine y la radio. Es superfluo caracterizar aquí la producción cinematográfica alemana y la radiodifusión alemana. De vez en cuando se cuela todavía alguna película extranjera valiosa, y con un buen aparato de radio se oye también el extranjero. Ahí, claro está, el obrero vienés no busca por lo general programas culturales, sino las emisiones políticas de Estrasburgo, Moscú y Londres.

Pero la parálisis artificial de la vida intelectual no se muestra en ninguna parte tan claramente como en la relación de la población con la escuela. Las luchas por la escuela —desde la escuela popular hasta la escuela superior— suscitaron antes en Viena, durante años, pasiones políticas e interés objetivo de manera ininterrumpida e intensa. De todo eso, nada. En las escuelas superiores reina la paz. Como ya no hay judíos a los que echar a palos, la relación interior de la mayor parte del estudiantado nacionalsocialista con el *alma mater* se ha aflojado considerablemente. Es significativo de la ética profesional de este grupo que se pueda oír repetidamente a estudiantes nazis de medicina «refunfuñar» porque tendrían que pasar el segundo año de su servicio militar en el hospital en lugar de en el cuartel, porque así se les obligaría a ser médicos militares y se les cerraría el «ascenso» a oficial de la reserva. Para el estudio solo queda el tiempo y la fuerza que no absorben la instrucción física obligatoria, los campamentos de adoctrinamiento y el trabajo de partido. El *Gauleiter* Bürckel declaró expresamente que ya les echaría a perder los planes a quienes creyeran poder sacar ventaja dedicándose por entero al estudio... Si se piensa ahora que pronto también en Austria, como ya en el Reich antiguo, el futuro estudiante universitario tendrá tras de sí, después del examen de madurez, dos años y medio de servicio de trabajo y servicio militar y habrá perdido, por tanto, toda conexión con el estudio y todo hábito de trabajo intelectual regular, hay que temer lo peor no solo para la disposición intelectual, sino también para la formación profesional técnica de los futuros universitarios.

En las escuelas medias[^t2] se ha destituido, naturalmente, a todos los directores que no eran declaradamente nacionalsocialistas, y la dirección se ha confiado por lo general al hombre de confianza nazi de la ilegalidad, sin consideración a la antigüedad ni a la aptitud profesional. Pero precisamente el profesorado de las escuelas medias, esa vieja tropa de choque del nacionalsocialismo, no puede alegrarse de su victoria. Pues tiene ahora que

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compartir el dominio sobre la escuela con las Juventudes Hitlerianas, y estas se llevan la parte del león. Los roces son tan grandes que ni siquiera en los discursos de las celebraciones pedagógicas se pueden pasar del todo por alto. Donde las dos corrientes coinciden es en la difusión del tono de suboficial y en la introducción de formalidades militares en la escuela. El esfuerzo físico, más aún, el agotamiento en las Juventudes Hitlerianas (¡la carrera de resistencia cuesta arriba sobre adoquines de granito es uno de los ejercicios favoritos!) y las muchas medias jornadas que se reclaman para tales ejercicios hacen bajar, naturalmente, el rendimiento escolar; por eso, en el juicio sobre la madurez se tiene en cuenta no solo el saber, sino también el carácter, es decir, la marcialidad como miembro de las Juventudes Hitlerianas. Es natural que esto no les guste ni a los profesores ni a los padres, aunque sean nacionalsocialistas. Las repetidas ausencias de los muchachos y las muchachas durante toda la noche, el que se equipe a los chicos con puñales, indignan a la gente. También el que se hiciera participar a las Juventudes Hitlerianas (HJ) y a la Liga de Muchachas Alemanas (BDM) en las ceremonias de la quema de sinagogas ha provocado mala sangre hasta muy dentro de los círculos del partido.

Pero la decisión más importante para el sistema escolar austriaco ha de tomarse en este momento en el terreno de la escuela obligatoria. Ya la antigua escuela cívica (*Bürgerschule*) era sin duda una gran ventaja organizativa del sistema escolar austriaco sobre el alemán del Reich. Tanto más la escuela principal (*Hauptschule*)[^t3], a la que, aun después de su mutilación por el clericofascismo, le ha quedado una cierta semejanza de organización con la escuela media inferior, que al menos reduce la distancia entre la escuela obligatoria y la escuela de selección. Según el programa escolar del nacionalsocialismo, que de palabra se dirige también contra el privilegio de la cultura, habría cabido esperar que no solo conservara esta institución, sino que la liberara de los empeoramientos de Schmitz y Schuschnigg y preparara su adopción en el Reich antiguo. Tal adopción de instituciones austriacas acreditadas se había anunciado, en efecto, pero hasta ahora solo se ha hecho realidad con la Caja Postal de Ahorros. A lo largo del último año han aparecido uno tras otro cuatro comunicados, oficiosos por la forma y completamente contradictorios entre sí por el contenido, sobre el destino de esta escuela principal, que unas veces había de conservarse, otras disolverse, otras transformarse en un ciclo inferior de la «escuela media» según el modelo prusiano —en la antigua Prusia, «escuelas para la clase media», como los *Gymnasien* eran «escuelas secundarias» (*höhere Schulen*, literalmente «escuelas superiores») para las «clases superiores»—. A las consultas a las autoridades escolares se respondía cada vez que el comunicado correspondía al estado actual de la cuestión, pero que no se podía decir nada definitivo. En realidad, la decisión está por completo sustraída a la influencia directa de las instancias austriacas y hasta ahora ha fracasado por las divergencias entre el Ministerio de Instrucción del Reich y la Oficina del «Representante del Führer», ante la cual algunos grupos de interesados austriacos saben hacerse oír de vez en cuando. Y todo esto ocurre completamente a espaldas de los padres, para quienes el boletín de notas de la escuela principal en manos de sus hijos, comparado con el simple certificado de salida de la escuela popular, fue siempre un bien valioso. ¡Semejante exclusión, no solo de la colaboración, sino también del interés, en la ciudad en la que en otro tiempo desfilaron decenas de miles ante el Parlamento para manifestar su voluntad en cuestiones escolares!

Si de todos estos detalles se saca la conclusión de conjunto, hay que decir que, en las circunstancias actuales, para el intelectual que dispone de su biblioteca, de un puñado de amigos afines y de un caudal de intereses intelectuales arraigados desde hace tiempo, la vida intelectual sigue siendo posible también hoy, aunque sea la vida de un ermitaño separado de la gran corriente europea de ideas y del intercambio de pensamiento. Para las grandes masas, en particular para la clase obrera, se ha producido sin duda un embotamiento de la receptividad, un estrechamiento del círculo de intereses, un descenso del nivel, que, si el régimen perdura, crecerá, y probablemente crecerá a velocidad creciente. Los intereses políticos y sociales inmediatos los despierta una y otra vez la necesidad del día; la vida del espíritu pertenece a los artículos de lujo a los que hay que renunciar bajo el dominio del Plan Cuatrienal. Son hechos que tendremos que tener presentes también cuando volvamos a tener acceso en mayor medida a la clase obrera austriaca, y que tendremos que tener en cuenta entonces tanto en nuestra propaganda inmediata como en nuestra labor educativa calculada a más largo plazo.

[^t1]: *Gleichschaltung*, «uniformización»: término nazi para la sumisión forzosa de todas las instituciones, organizaciones y ámbitos de la vida pública al régimen y al partido. (N. del T.)

[^t2]: *Mittelschule*: en Austria, el conjunto de centros de enseñanza secundaria de 10 a 18 años (*Gymnasium*, con latín y griego; *Realgymnasium*, con latín y una lengua moderna; *Realschule*, sin latín: tipos que se dejan en alemán, porque «gimnasio» o «instituto» no les corresponden) que conducen al examen de madurez; no corresponde a la «escuela media» española. La *Untermittelschule* (escuela media inferior) es su ciclo de 10 a 14 años. (N. del T.)

[^t3]: La *Hauptschule* («escuela principal») fue creada por la ley escolar austriaca de 1927 en sustitución de la *Bürgerschule* («escuela cívica»), escuela obligatoria de grado superior para alumnos de 10 a 14 años; Schmitz, ministro de Instrucción del régimen de Dollfuss y Schuschnigg, la reformó a partir de 1934. (N. del T.)

<!-- Sigue en la S. 379 la sección «Notizen» (necrológica de Heinrich Schoof, sin firma) y un anuncio; no se traducen. -->

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del facsímil de *Der sozialistische Kampf / La lutte socialiste* (París), n.º 16, 12 de agosto de 1939, págs. 377-379, en ANNO, Österreichische Nationalbibliothek. Firmado «Karl Schratt», seudónimo de Carl Furtmüller en el exilio de París (atribución según la bibliografía de psyalpha, Zaufarek 2010). Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos y las cursivas del original. Los nombres de periódicos se dejan en alemán, en cursiva; los términos del régimen nazi y del sistema escolar austriaco se dan la primera vez en alemán, en cursiva, y se explican en notas del traductor; las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
