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Title: Psicología del pensamiento y psicología individual
Description: Conferencia de Carl Furtmüller publicada en la Zeitschrift für Individualpsychologie (1914) que confronta la psicología del pensamiento de la escuela de Wurzburgo (Ach, Bühler, Koffka) con la psicología individual: la «tendencia determinante» converge con la «línea directriz» de Adler, y la disputa de métodos ha de resolverse en favor de una psicología de la personalidad entera orientada por la meta.
Author: Carl Furtmüller
URL: https://adler.school/archivo/furtmuller/1914-06%20Denkpsychologie%20und%20Individualpsychologie
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<!-- S. 80 -->

## Psicología del pensamiento y psicología individual.

Por el Dr. Carl Furtmüller.

Las siguientes consideraciones se proponen exponer en sus líneas principales los resultados de principio de la psicología del pensamiento (*Denkpsychologie*)[^t1] —esa orientación peculiar y sumamente importante de la psicología moderna que tuvo su punto de partida en el seminario de Külpe en Wurzburgo y cuyos representantes más importantes son Karl Marbe, Narziß Ach, H. J. Watt, August Messer, Karl Bühler y K. Koffka— y confrontarla con los puntos de vista de nuestro método individualpsicológico. No pretenden, pues, en modo alguno seguir a la psicología del pensamiento a través de todas las fases de su desarrollo y en las ricas ramificaciones de sus resultados particulares. Menos aún piensan entrar en una crítica de sus fundamentos y de su procedimiento y abordar los difíciles problemas que ahí se plantean desde el punto de vista experimental y fenomenológico. Pero con este cotejo de los dos métodos esperamos ganar mayor claridad sobre la *dirección* en que se mueve el trabajo de la psicología del pensamiento; podremos entonces apreciar también hasta dónde ha avanzado en esa dirección y dónde se ha detenido. Así, la ejecución de nuestro propósito tendrá que darnos también, desde luego, la posibilidad de una valoración crítica de la psicología del pensamiento.

El punto de partida de la psicología del pensamiento es la psicología experimental de la escuela de Wundt. Su peculiaridad se basa tanto en su problema como en su método. Si hasta entonces la psicología experimental había concentrado su trabajo principal en la investigación de las sensaciones, las representaciones y los sentimientos, en las investigaciones de la nueva orientación están desde el principio en el centro los procesos intelectuales; la serie de sus publicaciones empieza, significativamente, con las investigaciones de Marbe sobre el juicio (1901). Y si <!-- S. 81 --> originariamente se había visto el valor de los experimentos psicológicos de reacción en los resultados objetivos del experimento, y luego, poco a poco, se había recurrido cada vez más, como complemento, a la autoobservación de los sujetos, ahora esa autoobservación se convirtió en el pilar fundamental de todo el procedimiento. El dispositivo experimental puede ser de lo más variado; las tareas que se plantean al sujeto cambian según el fin especial del experimento. Unas veces se trata de indicar la representación que se enlaza inmediatamente con una palabra dicha en voz alta o leída; otras, de formar rimas con sílabas sin sentido; otras, de emitir juicios de valor comparativos sobre dos personalidades. Lo característico y común es siempre que, inmediatamente después de producida la reacción —en el «periodo posterior»—, el sujeto da cuenta con la mayor exactitud, a partir del recuerdo inmediato, de lo vivido en el periodo previo y en el principal. Los experimentos tienen que ser «no sabidos», es decir, el sujeto no debe saber a qué aspecto de sus declaraciones da importancia el experimentador; este tiene que asegurar, mediante preguntas cautelosas que eviten toda sugestión, que el informe sea completo y lingüísticamente unívoco. Este es el *método de la autoobservación experimental sistemática*. Aún tendremos que ocuparnos de la importancia del giro que aquí se ha producido.

El primer resultado profundo de la psicología del pensamiento fue la tajante separación entre el carácter intuitivo y la conciencia de un contenido psíquico. Para la psicología de la asociación, todo el inventario de la vida espiritual se había descompuesto en sensaciones, reproducciones de sensaciones y las más variadas combinaciones de estos elementos. Los experimentos de la psicología del pensamiento nos muestran una y otra vez cómo los sujetos declaran un saber sin que puedan demostrarse componentes fenomenológicos como sensaciones visuales, acústicas o cinestésicas, o imágenes mnémicas de ellas.[^1] Ach ha llamado *conciencia* (*Bewußtheit*)[^t2] a esta presencia de un saber dado de manera no intuitiva. Pero aún hay más. También donde se dan elementos intuitivos, al indicarlos no se agota en absoluto el contenido de conciencia de cada momento. Por ejemplo, de los datos intuitivos no podemos deducir en modo alguno si una representación está *pensada* como representación individual o como representación general. Puede resultar, según las circunstancias, que la representación más pobre en elementos intuitivos sea una representación individual y la más <!-- S. 82 --> rica, una representación general. Los contenidos intuitivos no son, pues, la representación misma, sino que son el material del que nos servimos para representar lo que queremos decir. El mismo pensamiento puede expresarse con material diverso; el mismo material puede servir para expresar pensamientos diversos. En esta concepción de lo psíquicamente dado como un *material* que encuentra un empleo psíquico y que solo por el modo de este empleo recibe su significado, el conocedor de nuestros esfuerzos individualpsicológicos siente vibrar cuerdas afines. Lo que la psicología del pensamiento intenta demostrar aquí para determinados elementos de conciencia, Alfred Adler se ha esforzado por demostrarlo para determinados complejos (por ejemplo, de recuerdos). Pero un paso empuja a otro. Si concibo así los contenidos intuitivos como (funcionalmente) dependientes de pensamientos que se representan en ellos, se desvanece toda esperanza de comprender causalmente su aparición en la conciencia y su desaparición, por ejemplo indicando leyes de asociación. Porque aunque algo se presente por asociación, no por eso tiene que ser *empleado*. En su lugar surgirá otra pregunta, a saber, cuáles son los pensamientos que se representan en ellos, la pregunta por el sentido que se expresa en ellos.[^2] En una palabra, la pregunta por el ¿por qué? tendrá que ser sustituida por el ¿para qué? Así, ya al acercarnos de la manera más fugaz, tenemos la impresión de que la psicología del pensamiento tiende hacia una concepción teleológica de los nexos psíquicos, impresión que se afianza tanto más cuanto más se penetra en este terreno.

Entre los resultados de toda investigación que abre caminos hay algunos —y no son en absoluto los de menos valor— que se habrían podido ver también antes, pero que se pasaron por alto sistemáticamente o no se tuvieron en cuenta. Así ocurre también aquí. Porque en realidad tendría que haber estado claro de antemano que una verdadera comprensión de los procesos que tienen lugar en un experimento psicológico de reacción es del todo impensable sin hacer intervenir un momento teleológico. Pues en cada uno de estos experimentos, también en el más sencillo, se le plantea al sujeto una tarea, se le fija una meta. El secreto está precisamente en cómo encuentra la psique el camino para acercarse a la meta, desconocida en su concreción. Este momento teleo<!-- S. 83 -->lógico podría eliminarlo si pronunciara una palabra ante una persona completamente desprevenida y anotara la primera palabra que dice después. Pero entonces no tendría por de pronto nada más que una relación puramente externa, temporal, y si quisiera informarme de la relación interna interrogando al sujeto, toparía con las circunstancias más complicadas, dependientes de múltiples factores imprevisibles. Si damos de antemano al sujeto el *encargo* de reaccionar, hemos simplificado mucho las circunstancias, desde luego, pero no podemos impedir que el sujeto *busque* justamente entonces una representación de reacción. Los protocolos de los psicólogos del pensamiento nos muestran los efectos de esta circunstancia con una insistencia sorprendente. Así, por ejemplo, los sujetos reciben la instrucción de escuchar de modo totalmente pasivo, sin expectativa alguna, una palabra que se les dice en voz alta y de indicar la representación que se les presente inmediatamente a continuación. Si esa representación no es una representación verbal, deben terminar el experimento con la palabra «Sí». De los protocolos resulta que en la mayoría de los casos la representación de reacción no es en absoluto la primera representación que surge. Así pues, también aquí las representaciones aparecen como *material* del que se escoge la que parece apropiada como representación de reacción. Como en nuestro caso la instrucción no plantea a la representación de reacción ninguna exigencia específica, resulta de ello, por cierto, también que los sujetos especializan la tarea que se les ha planteado, circunstancia que nos ocupará más adelante. Un caso particular puede ilustrar lo complicados que pueden ser en realidad casos en apariencia muy sencillos. A la palabra estímulo «píldora» sigue una vez la reacción «medicina». Visto desde fuera, parece tratarse de uno de los casos de asociación más banales y corrientes. Pero las declaraciones del sujeto revelan que siempre busca una comprensión exacta de la palabra estímulo. Cuando esta no se presenta enseguida, se pone a definir, y solo por el rodeo de la definición se produce la reacción «medicina».

Si hasta ahora hemos dirigido nuestra atención sobre todo a cómo se emplean los contenidos de conciencia que aparecen en el sentido de la tarea, también puede verse, por otra parte, que de la tarea depende qué contenidos llegan siquiera a la conciencia. Si un sujeto ha recibido la instrucción de efectuar una de las cuatro operaciones aritméticas fundamentales con dos números que <!-- S. 84 --> aparecen en el cambiador de tarjetas, dependerá de su propósito especial de sumar, restar, etc., en el caso siguiente, que tras aparecer las cifras 6/2 lleguen a su conciencia los números 8, 4, 12 o 3. Y esta reacción se realiza sin que el pensamiento de la tarea vuelva a la conciencia. Los fenómenos de conciencia se suceden, pues, en el sentido de la tarea, pero la tarea misma es en ese momento inconsciente (= no consciente). Solo en casos especiales, sobre todo cuando surgen dificultades, vuelve el pensamiento de la tarea a la conciencia.

Estas observaciones sobre los efectos que parten de la tarea las ha condensado Narziß Ach en el concepto de *tendencia determinante*. «Por tendencias determinantes han de entenderse efectos que parten de un contenido representativo peculiar de la *representación de meta* y traen consigo una determinación en el sentido o conforme al significado de esa representación de meta».[^3] «De estas tendencias parte el efecto peculiar de que traen consigo una determinación del curso del acontecer espiritual en el sentido de la representación de meta».[^4] «Estas disposiciones que actúan en lo inconsciente, que parten del significado de la representación de meta y se dirigen a la representación de referencia venidera, y que traen consigo una aparición espontánea de la representación determinada, las llamamos tendencias determinantes».[^5]

Al mencionar las «tendencias determinantes» nos hemos acercado por sí solos a nuestra verdadera tarea, la confrontación de la psicología del pensamiento y del punto de vista individualpsicológico que defendemos. Porque las analogías que existen entre este concepto y el de «línea directriz» de Adler se imponen de inmediato. Pero también se ven enseguida diferencias muy esenciales, y estas tienen que servirnos de guía para la marcha ulterior de nuestra investigación. Estas diferencias radican sobre todo en los métodos, completamente distintos. Si nuestro afán se dirige a captar la conducta total de un hombre a lo largo de toda su vida, la psicología del pensamiento se orienta, al menos *por de pronto*, al estudio detallado más cuidadoso de los procesos psíquicos en periodos de tiempo estrechamente limitados durante los cuales actúa una tarea concreta. De ahí <!-- S. 85 --> que la «representación de meta» en que se piensa a propósito de la «tendencia determinante» sea muchísimo más especial que la que tenemos en mente con la línea directriz. Y como «efecto peculiar» de la línea directriz no concebimos solo una determinación «del curso del acontecer espiritual», sino de la conducta total del individuo. Pero como toda meta exige medios que pueden a su vez convertirse en metas de segundo orden, nos es habitual mostrar líneas directrices subordinadas, especiales. Y así, lógicamente, nada impediría incluir bajo el concepto de línea directriz incluso tendencias determinantes tan extraordinariamente especializadas y concretadas como las que intervienen en los experimentos de la psicología del pensamiento, aunque en nuestra práctica anterior no hayamos empleado el concepto con semejante especificación.

Otra diferencia parece a primera vista mucho más de principio. Las tendencias determinantes que parten de las tareas deben su origen, en efecto, a una decisión propia de la voluntad; aunque su *efecto* transcurra en lo inconsciente, parten de la conciencia y se refieren a una representación de meta consciente, aunque aún no concretada. Pero precisamente aquí la psicología del pensamiento ha dado otro paso importante. Koffka ha acuñado el concepto de «disposición latente» (*latente Einstellung*)[^t3] y la ha definido como *tendencia determinante involuntaria, surgida sin una conciencia desencadenante*.[^6] Así, en experimentos con la instrucción reproducida más arriba, un sujeto dio, llamativamente, solo reacciones *verbales* y se distinguió de los demás por tiempos de reacción considerablemente más cortos. Koffka concluye de ello que estaba bajo la disposición latente de «reaccionar lo más deprisa posible». Las condiciones especiales creadas por el experimento hacen, desde luego, que las disposiciones latentes observadas por Koffka estén siempre subordinadas a las tendencias determinantes que parten de la tarea. Pero eso no menoscaba el valor de principio del descubrimiento de que la conciencia no es necesaria para el origen de una tendencia determinante. En la disposición latente despiertan además nuestro interés especial otros dos momentos. Las disposiciones latentes tienen, según Koffka, la función de facilitar la solución de la tarea; *solo se forman donde son útiles, y con ello entran en un curioso paralelismo <!-- S. 86 --> con los «recursos conscientes»* de que a veces se sirven los sujetos. La analogía con los artificios psíquicos inconscientes, cuya demostración atraviesa los escritos de Adler, salta a la vista. Pero además a Koffka le parece probable que esta función de la disposición latente pueda concebirse como el caso especial de una ley más general formulada por Ach: en igualdad de circunstancias, las tareas más especiales serían más fáciles de resolver que las generales, y así se formaría una tendencia a la especialización. Naturalmente, semejante especialización puede convertirse, según las circunstancias, en una fuente de errores. También aquí sentimos vibrar cuerdas conocidas. La psicología individual ha hecho una observación paralela, por así decir, a mayor escala. Hemos podido mostrar repetidamente cómo existe en la vida psíquica una tendencia a sustituir la línea directriz más general por otra más especial, porque así se facilita la orientación, porque en realidad solo con semejante limitación se hace posible la acción. Pero tampoco pudimos pasar de largo ante el reverso peligroso y a menudo funesto de este fenómeno: aferrarse rígidamente a una línea directriz demasiado especializada reduce la capacidad de adaptación y excluye al individuo de posibilidades importantes.

Pero cuanto más claramente resaltan estas analogías en la concepción del modo de funcionar de la psique, tanto más extraña tiene que resultar la oposición de los dos *métodos*. Ya no podemos eludir la pregunta por su relación mutua. ¿Pueden coexistir con iguales derechos? ¿O tiene uno que subordinarse al otro, o tal vez incluso cederle por completo el campo?

Es muy de suponer que la postura de la mayoría de los representantes de la psicología del pensamiento ante estas preguntas será intransigente. Está en la naturaleza de las cosas que los representantes de un método experimental, invocando la exactitud de los hechos establecidos mediante el experimento, tiendan fácilmente a no tomar en serio otras orientaciones científicas y a sospechar en ellas falta de cientificidad y arbitrariedad. Así, Narziß Ach expresó una vez la convicción de que «se abrirá paso cada vez más el reconocimiento de que psicología y psicología experimental coinciden».[^7] Y en una interesante discusión con Selz llegó incluso a sostener que también el derecho a la crítica corresponde solo a quien refute los resultados de sus experimentos con otros experimentos. Pero <!-- S. 87 --> semejante agudización excesiva del principio experimental tiene que tropezar con dificultades ya dentro de la propia psicología del pensamiento. De hecho, el mismo Ach ha dicho de los experimentos de pensamiento de Bühler que en ellos «no puede hablarse de experimentos en el sentido propio de la palabra».[^8] Ya una circunstancia externa documenta cierto debilitamiento del punto de vista estrictamente experimental en la psicología del pensamiento. Mientras Ach determina los tiempos con el cronoscopio de Hipp con precisión de sigma,[^t4] toda una serie de otros investigadores se conforma con el reloj de quintos de segundo. Y por importantes que sean los tiempos de reacción medidos con exactitud desde el punto de vista del método experimental, puesto que representan un factor objetivo, tan poco puede decirse que tengan una importancia central para los resultados de las investigaciones de la psicología del pensamiento.

Pero tales comprobaciones pueden a lo sumo *señalar* ciertas tendencias de una orientación científica, y carecerían de valor si no se lograra mostrar claramente esas tendencias. Lo decisivo me parece que es que, con la introducción del concepto de tendencia determinante en la psicología del pensamiento, ha entrado en ella un factor que hace imposible, cuando menos, el dominio exclusivo del método de la autoobservación experimental sistemática. Esta afirmación requiere, desde luego, una fundamentación algo más amplia.

Ya al principio he señalado el momento teleológico que encierra el concepto de tendencia determinante. La importancia metodológica de esta circunstancia no puede valorarse lo bastante. Porque el ¿para qué?, igual que el ¿por qué?, no es una pregunta que pueda quedar aislada; ambas prescriben más bien la dirección de las preguntas ulteriores. Así como todo ¿por qué? exige un nuevo ¿por qué?, todo ¿para qué? exige un nuevo ¿para qué? De ahí que sea del todo imposible asignar a las tendencias determinantes un lugar delimitado en lo psíquico: en cuanto se les da entrada, se apoderan de todo el terreno. A ello corresponde perfectamente que la psicología del pensamiento nos muestre cómo, por un lado, es imposible un proceso de pensamiento sin tendencias determinantes y cómo, por otro, no hay curso de representaciones sin un momento intelectual, cómo siempre se presenta un «sentido». A esto pertenece también que el concepto de «tarea» se amplíe tan extraordinariamente para los psicólogos del pensamiento. El músico que interpreta cada nota en el sentido de la clave <!-- S. 88 --> presupuesta, el conocedor de varias lenguas que se sirve de una determinada y al que «por sí solas» le afluyen solo palabras de esa lengua, actúan «como si» en su hacer estuvieran dominados por esta o aquella «tarea».[^9] Y si los psicólogos experimentales anteriores establecieron, de modo puramente descriptivo y basándose en los resultados de los experimentos, una serie de tipos de reacción, Narziß Ach cree poder arrojar luz sobre estas intrincadas circunstancias concibiendo las diferencias típicas en el modo de reaccionar como dependientes de la tarea que se plantea el sujeto y, dicho brevemente, del «material» de que dispone para resolverla. «Así se explican los diversos tipos por los diversos planteamientos de la tarea y por la diversa conducta con que cada persona, en virtud de su costumbre, su disposición y su modo de entender la instrucción, se enfrenta a estas tareas».[^10]

Pero una vez reconocida esta ubicuidad de las tendencias determinantes, tiene que resultar también necesariamente su primacía psicológica. Los elementos de conciencia aislados son lo que cambia como en un caleidoscopio; las tendencias determinantes, lo que dura, al menos comparativamente; aquellos son lo de suyo inconexo; estas constituyen la conexión. De nada puede servirme tener en la mano las partes sueltas mientras no conozca el lazo espiritual que las mantiene unidas. Solo captando las tendencias determinantes puedo, pues, *comprender* los procesos psíquicos. Y así su investigación tiene que constituir la tarea más esencial, *la tarea propiamente dicha de toda psicología*.

El modo de trabajar de la psicología del pensamiento resulta así para nosotros extraordinariamente valioso en cuanto representa un camino que conduce a este conocimiento. Pero, una vez que poseemos este conocimiento, su valoración ulterior dependerá de en qué medida el método de la autoobservación experimental sistemática se acredite como instrumento de esta tarea psicológica suprema. Una cosa me parece que resulta enseguida de modo inequívoco: no podrá hacer valer ninguna pretensión de dominio exclusivo. Tampoco él está, evidentemente, en condiciones de captar directamente las tendencias determinantes; también él depende de <!-- S. 89 --> *inferirlas* a partir de procesos de conciencia, por exactamente que se hayan protocolizado. Y enseguida se ve que para esta inferencia no siempre es necesario, al menos, el conocimiento de todos los eslabones intermedios que aparecen en la conciencia. Sin duda sería posible en muchos casos, aunque de una serie experimental no tuviéramos más que las representaciones estímulo y las representaciones de reacción, inferir de su comparación la tarea planteada, es decir, establecer las tendencias determinantes. La propia psicología del pensamiento depende de este camino cuando se trata de captar aquellas disposiciones latentes que no han encontrado representación alguna en la conciencia. Así, la psicología del pensamiento se ve empujada, en cierto modo forzosamente, aunque vacilando y a tientas y sin ser consciente de ello, a entrar en una senda por la que nosotros caminamos con plena conciencia. Junto al método de la autoobservación experimental sistemática se coloca otro *que pone la vista en los puntos de partida y en los puntos finales de una serie de modos de conducta del individuo —ya sean fenómenos de conciencia o acciones externas en el sentido más amplio—, destaca lo común en las relaciones entre punto de partida y meta y desde ahí infiere la tendencia dominante*. Este método será menos elegante, será menos «científico», en el sentido por así decir estético de la palabra, que el método de la autoobservación experimental, que subraya su exactitud con un voluminoso aparato; en todo caso, apunta conscientemente a la investigación de las tendencias determinantes y ofrece además la ventaja de no limitarse a las vivencias de sujetos aislados durante un lapso estrechamente limitado, sino de someter a su elaboración la conducta total del individuo.

Esto no es en modo alguno algo meramente externo o puramente cuantitativo; la pregunta por las tendencias determinantes empuja necesariamente más allá del estrecho marco en que, por su naturaleza, tiene que moverse el experimento. Porque toda tendencia determinante remite a su vez a otra. En el experimento, la tendencia determinante brota de la tarea, pero que la tarea haya sido *aceptada* presupone a su vez una tendencia determinante, y así sucesivamente. Ach ha escrito en cada uno de sus dos libros la frase siguiente: «El fenómeno parcial de un proceso psíquico solo es comprensible... en la influencia recíproca de los fenómenos <!-- S. 90 --> espirituales, en su relación con la vivencia total. Desligado de este contexto, pierde su significado».[^11] Esta frase se vuelve ahora, en cierto sentido, contra la propia psicología experimental. Ciertamente, ninguna psicología puede evitar del todo este desligar fenómenos parciales. Pero en el método de la psicología del pensamiento este momento está especialmente acentuado. Y no pienso tanto en que se proponga precisamente provocar procesos psíquicos de corta duración con un punto inicial y final claramente destacados, sino que doy mucha más importancia a que no está en condiciones de captar en su totalidad ni siquiera uno solo de esos procesos. El psicólogo del pensamiento comprueba, por ejemplo, que un sujeto modifica individualmente la tarea planteada. Así se le plantea el problema de la personalidad, pero no puede resolverlo. Comprueba disposiciones latentes, pero no puede encontrar dónde enlazarlas. Entre los presupuestos del experimento está la personalidad del sujeto en toda su amplitud, pero él solo conoce la instrucción que le ha leído. Así se le escapa el matiz personal de cada experimento, el significado que este ocupa en la vida psíquica del sujeto. Y con ello entra necesariamente en la investigación de la psicología del pensamiento, a pesar de todo su afán de especificación concreta, un rasgo abstracto.

Si la tarea de la psicología se determina ahora para nosotros con más precisión como la de investigar las tendencias determinantes del individuo en su conexión, lógicamente se nos presentan dos posibilidades: estas tendencias determinantes pueden encadenarse como los eslabones de una cadena, de modo que una releve siempre a otra, o bien las tendencias más especiales pueden resultar determinadas por otras superiores y más generales. No es difícil ver que solo la segunda posibilidad es plausible. Solo así se comprende que la conducta del individuo no represente un zigzag sin dirección, sino que, en toda la cambiante variedad de la conducta particular, produzca esa impresión de cohesión y unidad que conduce al concepto de personalidad. Si para la psicología de la asociación la individualidad descansa sobre todo en la constancia comparativa de las asociaciones acumuladas, para nuestro punto de vista descansa en la constancia de líneas directrices dominantes. *Ascender desde las tendencias determinantes que actúan en el proceso psíquico <!-- S. 91 --> particular hasta el descubrimiento de las líneas directrices que dominan la vida entera, seguir de nuevo estas líneas directrices hasta sus especificaciones, estudiar el cambio de estas especificaciones, sondear el constante juego recíproco entre tarea y material: tal tiene que ser, pues, el programa de nuestra psicología.*

Mis consideraciones habrían errado por completo su fin si no hubieran dejado ver cuán alto estimo la importancia de la psicología del pensamiento y con cuánto respeto me sitúo ante lo que una serie de investigadores de gran talento ha creado aquí en años de trabajo. Pero aunque en cierto sentido seamos parte, no podremos retroceder ante la tarea de sacar la conclusión de lo expuesto. Creo que la disputa de los métodos tiene que decidirse en el sentido de la psicología individual. El método de la autoobservación experimental sistemática solo me parece prometer un progreso de principio más allá de lo alcanzado hasta ahora en la medida en que pueda subordinarse a los puntos de vista directores de la psicología individual. No hay en esto presunción alguna por nuestra parte. Pues con psicología individual no nos referimos en absoluto a lo que hemos realizado hasta ahora, cuyo carácter incompleto y necesitado de mejora conocemos nosotros mismos mejor que nadie, sino que nos referimos a la *psicología individual como tarea*, una psicología individual, eso sí, orientada por la idea de la línea directriz.

[^1]: Cf., por ejemplo, Ach, *Die Willenstätigkeit und das Denken* [La actividad de la voluntad y el pensamiento], sobre todo págs. 210 y sigs.

[^2]: Sobre el problema del «sentido», véase Königswald, «Prinzipien der Denkpsychologie» [Principios de la psicología del pensamiento] (*Kantstudien*, 1913).[^t5]

[^3]: W. u. D., pág. 187.

[^4]: W. u. D., pág. 224.

[^5]: W. u. D., pág. 229.

[^6]: Koffka, *Zur Analyse der Vorstellungen und ihrer Gesetze* [Sobre el análisis de las representaciones y de sus leyes], pág. 319.

[^7]: W. u. D., pág. 21.

[^8]: *Willensakt und Temperament* [Acto de voluntad y temperamento], pág. 16.

[^9]: Cf. Messer, «Untersuchungen über das Denken» [Investigaciones sobre el pensamiento], *Archiv f. die ges. Psychologie*, vol. 8, pág. 109.

[^10]: W. u. D., pág. 23.

[^11]: W. u. D., pág. 19; W. u. T., pág. 11.

[^t1]: Nombre que se dio a la escuela de Wurzburgo (Oswald Külpe y sus discípulos), que estudió experimentalmente el pensamiento mediante la autoobservación provocada. (N. del T.)

[^t2]: Término de Ach para la presencia de un saber sin contenido intuitivo (sensaciones o imágenes); no debe confundirse con *Bewußtsein*, «conciencia» en sentido general. En lo sucesivo se traduce también «conciencia» cuando el contexto lo deja claro. (N. del T.)

[^t3]: *Einstellung*, término técnico de la escuela de Wurzburgo, se traduce aquí «disposición» (alt.: «actitud»). (N. del T.)

[^t4]: El sigma (σ) es la milésima de segundo, unidad del cronoscopio de Hipp, el aparato usual para medir tiempos de reacción. (N. del T.)

[^t5]: Se refiere a Richard Hönigswald, «Prinzipien der Denkpsychologie», *Kantstudien* 18 (1913). El original imprime «Königswald». En las notas, «W. u. D.» abrevia N. Ach, *Über die Willenstätigkeit und das Denken* (1905), y «W. u. T.», N. Ach, *Über den Willensakt und das Temperament* (1910). (N. del T.)

<!-- En el original las notas van marcadas con asteriscos por página; aquí se numeran seguidas. -->

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado en Internet Archive (zi-1914-1-3): Carl Furtmüller, «Denkpsychologie und Individualpsychologie», *Zeitschrift für Individualpsychologie*, ed. por Alfred Adler y Carl Furtmüller, vol. I, cuaderno 3 (junio de 1914), Múnich, Ernst Reinhardt, págs. 80-91. Según los «Sitzungsberichte» de la revista, el texto se presentó como conferencia en la Asociación de Psicología Individual en el invierno de 1913-1914. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor y la paginación original. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
