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Title: Cosas cotidianas de la vida infantil
Description: Artículo de Carl Furtmüller (1914) que propone a los educadores recoger escenas triviales de la vida de los niños sobre la diferencia de los sexos; con dos redacciones escolares muestra que la desvalorización de lo femenino llega al niño muy pronto y le prepara para la «protesta masculina» descrita por Adler.
Author: Carl Furtmüller
URL: https://adler.school/archivo/furtmuller/1914-05%20Allt%C3%A4gliches%20aus%20dem%20Kinderleben
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<!-- S. 53 -->

## Cosas cotidianas de la vida infantil.

Por el Dr. Carl Furtmüller.

¿Qué papel desempeña el problema de la diferencia de los sexos en la vida anímica infantil? La psicología y la pedagogía no han prestado hasta ahora a esta pregunta, ni de lejos, la atención que merece. Cierto que podría señalarse la posición privilegiada que ocupa el problema sexual en las discusiones de pedagogos de profesión, y más aún de pedagogos aficionados; la discusión, algo amortiguada en los últimos tiempos pero nunca del todo apaciguada, sobre la conveniencia, el momento, el alcance y el método de la ilustración sexual. Con ello no se habría refutado en modo alguno nuestra afirmación. Pero sí se habría dado una indicación que conduce a una explicación de este hecho llamativo. Precisamente porque, por razones que no es este lugar de discutir, un problema parcial pasó tan exclusivamente al primer plano, el problema principal que le sirve de base quedó sustraído a la atención. Se hizo como si aquí solo entrara en consideración la significación fisiológica y erótica de la sexualidad, y se pasó completamente por alto que la enorme significación social de la diferencia de los sexos, que va mucho más allá de lo sexual y se hace valer en todas las relaciones de la vida, sale al encuentro del niño ya en una época sorprendentemente temprana, aunque al principio solo de un modo oscuro y como presentimiento. Mucho antes de que el niño vea en la persona del otro sexo al «ser sexual» en sentido estricto, van unidas para él a los conceptos de masculino y femenino determinadas valoraciones, le parece que <!-- S. 54 --> la pertenencia a un sexo apunta a un cierto papel que hay que desempeñar en la vida, a tareas que hay que cumplir, a destinos que hay que padecer. Solo cuando se conoce este suelo nutricio pueden apreciarse y comprenderse la importancia que tienen para el niño los problemas sexuales propiamente dichos. Así, la ampliación del horizonte que pedimos debería beneficiar precisamente también a la pedagogía sexual especial, al proporcionarle un fundamento amplio y sólido.

Es, pues, sin duda de la mayor importancia práctica interesar por el problema planteado al principio a un número cada vez mayor de educadores. A este fin quisiera servir también la siguiente propuesta de una investigación colectiva modesta, pero sin duda no infructuosa. Se trataría de anotar y publicar pequeños rasgos de la vida infantil que guarden relación con nuestra pregunta. Y no pienso en acciones o dichos de niños especialmente llamativos, interesantes, sorprendentes o ingeniosos, sino justamente en otros bien cotidianos, «banales», que precisamente por eso se acreditan como típicos. Su fijación por escrito los pondría a plena luz de la atención y nos movería a examinar qué significan propiamente como síntoma. Y su carácter cotidiano permitiría esperar que cada una de estas pequeñas historias pudiera incitar al lector a una pequeña investigación colectiva, por así decir, para uso privado, de modo que ya no pasara de largo ante vivencias semejantes sin prestarles atención, sino que las retuviera y examinara su significado. Lo que ha de importarnos es justamente este despertar de la actividad psicológica propia, este aguzamiento de la propia observación. Con un uso libre de unas palabras de Kant podría decirse que no hemos de enseñar psicología, sino a ver psicológicamente.[^t1] Esto está estrechamente relacionado con la falta de «exactitud» de la psicología individual. Un experimento puede repetirse cuantas veces se quiera; precisamente por eso el individuo puede renunciar a esa repetición y, aun así, hacer suyos los resultados. Nosotros no disponemos de experimentos, y por eso el conocimiento individualpsicológico tiene que construirse en última instancia sobre la experiencia concreta del individuo.

Para ilustrar mi propuesta también con ejemplos, empiezo comunicando y comentando dos redacciones escolares. La primera la tomo del libro de Jensen y Lamszus *Der Weg zum eigenen Stil* [El camino hacia el estilo propio] (págs. 188 y sigs.). Una niña de doce años, <!-- S. 55 --> a la que se permite contar libremente en sus redacciones sus propias vivencias, entrega el siguiente trabajo:

> *Werner no quiere ser niña.* Estábamos sentados tan a gusto en el cuarto de estar; solo Werner estaba sentado en un rincón, abatido y triste.
>
> —Bueno, Werner, ¿qué te pasa? —dijo mi madre.
>
> —Ah, ah, nada —dijo él, y gimió como si tuviera grandes dolores.
>
> —¿Es que ya no quieres ser un chico? ¿Prefieres convertirte en una niña pequeña? —dijo mi madre, porque con eso se le puede hacer enfadar muchísimo.
>
> Primero puso cara de no haberlo oído siquiera. Luego dijo:
>
> —¿Niña? No, yo no quiero ser una mocosa de esas.
>
> —Ay, Werner, entonces te regalarán por tu cumpleaños unos pantalones blancos muy bonitos con puntillas.
>
> —Ah, no, ni hablar.
>
> —Oh, Werner, y luego te regalarán un vestido blanco muy bonito y dos trenzas largas y cintas en las trenzas —dijo mi madre, aguantándose la risa.
>
> —No, si me quieres regalar algo así, entonces no quiero nada de nada, entonces tiro todo de mi mesa de cumpleaños, sí, eso es lo que hago —dijo él apartándose con un gesto de la mano, y de rabia se le puso la cara toda colorada.
>
> —¿Es que quieres ir siempre con tus pantalones negros de terciopelo? ¿Te parecen mejores?
>
> —Oh, me parecen muchísimo más bonitos, pero ser niña, eso no lo quiero.
>
> Así se excitaba con eso. No quería ser niña de ninguna manera; y solo se tranquilizó cuando mi madre dijo:
>
> —Bueno, pues entonces mejor sigue siendo un chico.[^t2]

La pequeña escena está contada de un modo insólitamente vivo y plástico, pero en sí misma no hay en ella nada extraordinario. Algo parecido ocurre innumerables veces en innumerables cuartos de niños. ¡Pero dediquemos, a pesar de todo, nuestra atención especial a este solo incidente! Enseguida vemos con claridad que este incidente es del todo impensable como hecho aislado, y que presupone muchos incidentes igual de insignificantes en sí. Porque ¿cómo es que al niño pequeño se le puede hacer enfadar muchísimo anunciándole que se convertirá en una niña? Nadie habrá filosofado con el chiquillo sobre el valor y el destino de la mujer; han tenido que ser las palabras y la actitud de su entorno, en innumerables ocasiones de la vida diaria, las que han despertado poco a poco en él la idea de que la pretensión de que se convierta en niña tiene algo de humillante. Y desde luego, al reconocer su entorno esto como un tema adecuado para las bromas, confirma expresamente que <!-- S. 56 --> comparte su opinión. Pero en el mismo ambiente vive también su hermana; también a ella, pues, tiene que salirle al paso una y otra vez el mismo juicio de valor, por así decir por todos los poros de la vida diaria. ¿Cómo tiene que influir esto en la niña? Nos da una indicación el hecho mismo de que haya escrito este relato, de que entre todas sus pequeñas vivencias de toda una serie de días haya considerado digno de anotarse precisamente este diálogo. Eso nos muestra que ha empezado a prestar especial atención a estas cosas, que también ella, por así decir, lleva a cabo su pequeña investigación colectiva. La ruidosa alegría con que expone el asunto puede parecernos algo forzada. Y este relato, interiormente emparentado en esto con una obra de arte, ha de liberarla de una impresión inquietante al representarla. Pero nos muestra también cómo reacciona la autora a la desvalorización de su sexo en la realidad, que le sale al paso y que ella subraya tendenciosamente. Busca una compensación destacando especialmente la diferencia de edad entre ella y el hermanito y riéndose con aire de sabihonda de su carácter infantil. Desde aquí comprendemos ahora la actitud afanosamente maternal de las hermanas mayores con los hermanos pequeños, la actitud altiva y tiránica de más de una jovencita con sus jóvenes admiradores y actitudes semejantes en muchachas y mujeres adultas.

Pero ocupémonos también por un momento del héroe de nuestra historia. Lo que más llama la atención en él es cómo valora la propuesta materna de convertirse en una niña pequeña. Reacciona a ella como si fuera la cosa más plausible del mundo, cuya realización dependiera solo de una decisión de su voluntad o de la de su madre. Ahora bien, no hay que pasar por alto que en esta broma se trata de una especie de juego y que la suposición de que el sexo es intercambiable se presenta como una regla del juego tácitamente presupuesta. En serio, la cosa le parecerá sin duda mucho más problemática; ahí le surgirían graves dudas sobre la posibilidad de semejante cambio de papeles. Pero justamente dudas, y no certeza. Encontramos aquí, por tanto, la convicción de la inferioridad de la mujer en un momento en que el niño todavía no ha cobrado plena conciencia, ni mucho menos, de que su pertenencia a un sexo es inalterable. Qué importancia puede tener esto para el desarrollo posterior, de ello encontramos un indicio en el segundo trabajo escolar que quiero comunicar.

Un niño de once años me entrega:

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> *Una historia inventada por mí.* Era invierno, ¡y de los más crudos! Robert, el único hijo varón de la casa, un niño mimado que hasta entonces solo había estado sentado detrás de la estufa, tenía que salir ahora al aire libre y aprender a patinar. ¡Ay, cómo gritaba y alborotaba cuando llegó por primera vez a la pista de hielo! «¡Tengo frío, frío; y me caigo, me caigo!». No servía de nada darle ánimos, y la madre acabó enfadándose. Entonces, de repente, un enanito se sentó en el hombro del niño revoltoso, le tocó con sus deditos helados y le susurró al oído: «¡Qué! ¿Quieres ser un niño valiente y te portas como una niña miedosa? Ahora mismo te voy a convertir en una como castigo».
>
> ¡Esto hizo milagros! Un nuevo intento sobre el hielo con la ayuda de la madre, y salió bien. De nuevo apareció el hombrecillo, le sonrió amistosamente y dijo: «¿Ves cómo ha ido bien? Aprende a vencer con valor todo miedo en la vida y lo conseguirás». Y con esto desapareció el enano. Robert no volvió a tener miedo nunca más.

Aquí encontramos el motivo de la intercambiabilidad del sexo aprovechado, desde luego, de un modo puramente poético, sin que se piense ni en lo más mínimo en que pueda realizarse. Pero no por eso carece en absoluto de significado. Si en el caso del pequeño chiquillo se trataba de la cuestión concreta de si había de ser un chico o una chica, el muchacho que está creciendo tiene ante los ojos la masculinidad y la feminidad como dos principios abstractos que llenan juntos todo el mundo moral y entre los que ahora ha de elegir. Así nos muestra a su héroe en una situación que recuerda a Hércules en la encrucijada. Allí se trataba de diferencias de valor en casos particulares; aquí los contrarios masculino y femenino se han convertido en los polos de toda escala de valores.[^1] Y así existe para el muchacho, con mayor razón aún, la posibilidad de convertirse en «mujer», una posibilidad contra la que quiere asegurarse reprimiendo todas las cualidades «femeninas» y acentuando todas las «masculinas». En este impulso hacia lo masculino puede encontrar buen empleo el recuerdo de la antigua inseguridad real sobre el propio papel sexual. La parábola tiene un efecto estimulante; se trata de evitar <!-- S. 58 --> el extravío hacia lo femenino con tanta resolución como si existiera realmente el peligro de transformarse en mujer. Sin duda no es casual que el trabajo proceda de uno de los alumnos más pequeños de la clase, un niño delicado, protegido con un cuidado excesivo por sus padres, que con una precocidad intelectual, con una réplica pronta algo impertinente en la conversación y con la ambición en los ejercicios corporales delata que reacciona con un fuerte impulso a la sobrecompensación a un sentimiento de inferioridad basado en la constitución corporal y en el ambiente.

Así, el examen sin prejuicios de dos comunicaciones insignificantes de la vida infantil nos acerca mucho al problema de la «protesta masculina» que ha planteado Alfred Adler.[^2] Ciertamente, ejemplos «más interesantes» habrían podido dar un rendimiento más abundante. Pero ya he dicho por qué atribuyo a los casos «poco interesantes» una fuerza de convicción particular. Y además: cuanto más aprendan los educadores a comprender en todo su alcance psicológico las manifestaciones discretas y cotidianas del niño, tanto más raras se harán las manifestaciones anormales.

[^1]: Si ya en un caso tan sencillo tiene que sorprender lo decidido y lo incondicional de la valoración, habrá que estar preparado, desde luego, a que cuando se agudice de manera natural el carácter absoluto con que se presenta lo femenino como lo inferior por antonomasia adopte formas francamente grotescas. Pero cargar esto en la cuenta del terapeuta individualpsicológico, como hace Kuno Mittenzwey en su trabajo, por lo demás tan rico en ideas y tan luminoso (*Zeitschr. für Pathopsychologie*, vol. II, pág. 629), se basa evidentemente en un malentendido. No es el psicólogo individual quien valora así, sino que encuentra esta valoración en las personas que examina, la reconoce como neuróticamente falseada y procura corregirla.

[^2]: Véanse sobre todo los trabajos de Adler sobre el «hermafroditismo psíquico» y sobre «Obstinación y obediencia» en *Heilen und Bilden* [Curar y educar].

[^t1]: Alusión a la conocida frase de Kant según la cual no se puede aprender filosofía, sino solo a filosofar (*Crítica de la razón pura*, B 865). En el original, *Psychologisch-sehen*. (N. del T.)

[^t2]: La redacción reproduce el habla de la niña y de su hermano, con rasgos del bajo alemán del norte (*Därn*, «muchacha»; *glos nich*; *haupt* por *überhaupt*) y erratas infantiles (*Eburtstagtisch* por *Geburtstagstisch*, *deutend* por *bedeutend*), que la traducción no intenta imitar. (N. del T.)

<!-- Las dos notas del autor van marcadas con asterisco en el original (págs. 57 y 58). Las redacciones escolares, en letra menor en el original, se dan como cita. -->

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado en Internet Archive (zi-1914-1-2): Carl Furtmüller, «Alltägliches aus dem Kinderleben», *Zeitschrift für Individualpsychologie*, ed. por Alfred Adler y Carl Furtmüller, vol. I, cuaderno 2 (mayo de 1914), Múnich, Ernst Reinhardt, págs. 53-58. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor y la paginación original. Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
