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Title: La lucha entre hermanos
Description: Contribución de Aline Furtmüller a Heilen und Bilden (1914), el volumen colectivo de la Asociación de Psicología Individual dirigido por Alfred Adler y Carl Furtmüller: describe, con ejemplos de la observación cotidiana y de la literatura, las formas que adopta la rivalidad entre hermanos en cada edad y según el sexo, y advierte a padres y educadores contra el arbitraje y la diplomacia temerosa.
Author: Aline Furtmüller
URL: https://adler.school/archivo/furtmuller-aline/1914%20Der%20Kampf%20der%20Geschwister
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# La lucha entre hermanos.

Por la Dra. *Aline Furtmüller.*

Tras no pocos rodeos —pasando por la frase aprendida del paraíso de inocencia de la infancia, por el abismo infernal dantesco de los pecadores de la lujuria que representa la infancia en Freud y por la criminalidad universal del niño—, hemos llegado provisionalmente a una concepción que nos hace ver la infancia exactamente como la misma lucha por afirmarse que constituye la vida de toda criatura, solo que en condiciones aún más difíciles. En toda la tropa de superiores y rivales en que se le presenta al niño su entorno más próximo, la mayor tensión y la menor distancia se dan entre él y sus hermanos, sus competidores más inmediatos. De esta primera constatación se desprenden dos preguntas, una de carácter diagnóstico y otra de carácter pedagógico. Primera: ¿qué formas adopta la relación entre hermanos?; y segunda: ¿qué consecuencias se siguen de ello para el educador?

Responder concienzudamente solo a la primera pregunta exigiría reunir un material que abarcara todos los grados de frío y de calor del sentimiento, desde el extremo de los hermanos enemigos hasta la ternura extasiada de Chateaubriand por Lucile o de las hermanas de Jasmin (en la novela de Friedrich Huch *Geschwister* [Hermanos]) por el hermano menor. Pero lo que aquí más nos interesa sería mostrar cómo en *todas* las relaciones entre hermanos se trasluce la disposición a la lucha.

Desde el primer momento de su existencia, el hermano menor es mirado con desconfianza y celos. Un niño de tres años dice que le cortará la cabeza a su hermanito; uno de dos años y medio declara que hay que «volver a llevar» al recién nacido que llora «al sitio de donde ha venido». Si junto a esto hay expresiones de satisfacción como «¡Oh, así siempre tendré *a alguien con quien jugar!*», en ellas entra muy claramente la esperanza de un papel dirigente; y la niña que dice con tono meloso «¡Oh, qué *muñequita* tan dulce!»[^t1] añade además la pose maternal de la que se hablará más adelante. En la edad de la lactancia, el intruso, una vez que uno se ha resignado a su existencia, no ofrece especial ocasión para las hosti-

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lidades. Pero el mayor sí se acostumbra entonces a una especie de exaltado sentimiento de superioridad y de independencia; la importancia con que puede contar a los extraños: «Tenemos un bebé en casa, pero llora muchísimo y todavía no entiende nada de lo que se le dice», lo pone directamente a la altura de los adultos. Entretanto estallan, claro está, impulsos de celos: uno ya no está rodeado de tanta atención como antes, de repente tiene que tener miramientos que antes no existían, se le trata con más naturalidad que al pequeño, sobre todo en lo que toca a la comida. Se llega entonces, con toda tranquilidad, a pequeñas incursiones como esta. Una niña de tres años pregunta por qué al pequeño no le dan más de beber, si seguro que llora de hambre; la madre contesta que no puede ser. «¿Qué pasa entonces?» A la respuesta de que entonces reventaría, sigue la observación tranquila y amable: «Pues que *reviente*». Ya en esta etapa se hacen notar, entre hermanos de distinto sexo, la tensión y la inquietud que acompañan al problema del papel sexual. Ahí está el niño que no acaba de entender la falta de pene de su hermanita y que —como se sabe por muchos trabajos— supone, por un lado, un desarrollo futuro en la niña y, por otro, una posible atrofia en sí mismo; ahí está la niña que percibe en el hermanito un plus a sus ojos injustificado y que, además, oye infaliblemente de alguien —parientes, vecinos, criadas— el comentario: «¿Un chico? ¡Pues ya está!», ese estigma con que la irreflexión marca a la niña mucho antes de que conozca por experiencia propia el papel femenino que la vida le prepara.

Pero ahora empieza el periodo más malo de la guerra entre hermanos: la invasión enemiga. El juego y el trabajo ya no están a salvo de molestias, toda propiedad está en peligro, incluso la seguridad personal se ve a veces muy desagradablemente amenazada, y frente a todo ello no hay absolutamente ninguna compensación, apenas la protección más primitiva. El pequeño es todavía «demasiado tonto» para jugar juntos, no se saca de él la menor ganancia y sí bastante pérdida, y el único privilegio, la superioridad física, no se puede aprovechar bien, porque los adultos intervienen en cuanto la cosa se pone interesante. Pero también el pequeño lo tiene difícil, doblemente indefenso, tanto frente a los adultos como frente al niño mayor, y continuamente excluido de toda clase de ventajas que

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benefician solo al mayor, en la comida, los juguetes, los paseos y las diversiones. En esta etapa nace —sobre todo en la convivencia apretada de la ciudad— esa irritación permanente de los hermanos entre sí, que a menudo acecha siempre en segundo plano a lo largo de la vida y que cada uno de nosotros ha observado ya en muchos casos.

En cambio, la etapa siguiente, la del juego y el aprendizaje en común, ofrece ya bastantes más contrapesos. La comunidad de intereses crece, se desarrolla una especie de espíritu de clase, los hermanos empiezan en algunos casos a hacer causa común contra los padres o las personas que los vigilan, y aquí importa también si el mayor es chico o chica. El chico mayor intenta a veces hacer de protector frente a la hermana y le cede con una generosidad algo desdeñosa más de una ventaja, pero no deja de hacerle sentir de vez en cuando, y mucho, el derecho del más fuerte. Ella se desquita con toda clase de pequeñas artimañas, con una agilidad mental que, según enseña la experiencia, rara vez les falta a las hermanas menores. Una niña suele poner antes de la comida en común en su propio sitio los cubiertos del hermano, regalo de su padrino; otra desarrolló una inapetencia enfermiza y se convertía luego en la mesa en el centro de la atención que de otro modo habrían recibido las primeras experiencias escolares del hermano. Recuerdo además la escena tan deliciosamente pintada por Gottfried Keller en *Pankraz der Schmoller* [Pancracio el enfurruñado], donde la pequeña Esther, en la fuente común de puré de patatas, se asegura la mayor parte de la mantequilla mediante galerías y zanjas de desagüe artificiales, hasta que el chico, lento y espoleado por su sentido de la justicia herido, se marcha de la mesa. Otra cosa es cuando la mayor es la niña. Es curioso que solo en raros casos se haga valer la superioridad física, aunque sin duda existe. En cambio, aparece aquí una línea completamente distinta, la pose maternal antes mencionada. La hermana se considera educadora y vigilante responsable del menor y no pierde ocasión de cumplir con celo su deber de autoridad. Si su vigilancia se siente como molesta y se paga con una rebeldía desagradecida, puede sentirse mártir ofendida del derecho y de las buenas costumbres. Es muy curioso hasta dónde se lleva a veces este papel pedagógico. Una niña de diez años suele cavilar durante horas sobre los medios con que podrían combatirse ciertas malas costumbres de sus hermanos menores, y sufre tormentos cuando tiene que

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presenciar impotente cómo los educadores cometen, a su juicio, graves errores. Hasta qué punto se manifiestan en el juego la superioridad y la subordinación es un hecho de experiencia bien conocido, y rara vez ocurrirá que, de dos hermanos, no sea el mayor quien haga de Robinson, de cochero o de maestro, mientras el menor tiene que conformarse con los papeles más modestos de Viernes, del pasajero o del alumno.

He tenido siempre presentes aquí casos completamente normales y he intentado mostrar cómo la guerra menuda entre hermanos no se deja sofocar ni siquiera en circunstancias favorables. Pero con bastante frecuencia el conflicto adquiere rasgos más agudos, que en la mayoría de los casos se deben o bien a la preferencia del entorno por una de las partes, o bien a un fuerte sentimiento de inferioridad en una de ellas. Este último caso es uno de los motivos más conocidos de los cuentos; más raramente presenta a un hermano deforme (cojo) que persigue al hermano *menor*, más hermoso, como en *Los bandidos* (o en el hermoso poema de K. F. Meyer «Der gleitende Purpur» [La púrpura que se desliza]);[^t2] más frecuente y popular es el lema[^t3] de la hermana mala y fea, la Marica Pez, que persigue a la Marica Oro; el de Tresojitos y Unojito, que odian a la hermosa Dosojitos, e innumerables otros en todas las lenguas del mundo. No creo que pueda establecerse la tesis de que los hermanos varones se llevan mejor que las hermanas. Pero el hecho de que los hermanos enemigos se encuentren más en el terreno del drama, de la novela y de la epopeya, y las hermanas enemigas más en el cuento, que está más cerca de la vida cotidiana, quizá se explique porque la lucha entre hermanas adopta formas mucho más íntimas y se libra con medios más mezquinos. Sobre el problema de los hermanos «no» enemigos quisiera remitir a la conferencia del Dr. Frischauf «Sobre el hermano menor».

Entre las formas de la competencia entre hermanos hay que mencionar todavía una que suele ocupar una posición intermedia entre la guerra abierta del cuarto de los niños y el medirse y compararse reprimido de los adultos. Es la emulación en los rendimientos, que suele tener como punto de partida la escuela y el deporte. La actitud abiertamente hostil no tiene aquí mayor interés. Sí lo tienen, en cambio, los casos en que reina en apariencia un buen entendimiento, e incluso ternura. Ahí quisiera distinguir dos grupos. Todo maestro conoce el fenómeno de que los rendimientos de hermanos,

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cuando no son más o menos igual de buenos, suelen diferir de manera muy llamativa, pero el extremo malo se siente muy a gusto y se lleva bien con su contrario. La explicación corriente de que le falta ambición no puede satisfacernos. Más bien, quizá, la suposición de que se trata aquí de una salvaguardia: el más débil renuncia de antemano a entrar siquiera en la competencia, y de este modo puede mantenerse junto al más dotado despertando, con todo, una especie de atención. El otro caso se observa en hermanos tiernos e igual de dotados, en que se vigila y se lleva la cuenta con angustioso cuidado de que los rendimientos sean iguales hasta en el menor detalle y se valoren igual. He presenciado escenas de llanto porque las notas de dos hermanas diferían en un grado en una asignatura. También aquí, salvaguardia: ¡quién sabe cómo estaríamos la una con la otra si surgieran diferencias entre nosotras!

En cuanto a la parte pedagógica —casi diría terapéutica— del problema, es decir, la actitud de los padres y educadores ante la lucha entre hermanos, solo quisiera mencionar aquí lo que considero evitable o equivocado, pues una exposición positiva requiere elaborar a fondo un material todavía incompleto. Pero creo poder considerar desacertados dos caminos. Uno es el procedimiento arbitral que los padres ensayan a menudo: se trata de averiguar con toda objetividad quién «tiene razón», quién «ha empezado», a quién «pertenece» un objeto, quién tiene que recoger, etcétera. Pero con ello no se ayuda a nadie, pues razón solo hay una y las dos partes quieren salirse con la suya; y el conflicto de dominio, que es lo que en el fondo importa, no lo elimina ningún tribunal arbitral. El sentido de la justicia que tan a menudo se encuentra en los niños no es él mismo más que un arma, y por cierto arma tanto de ataque como de defensa, y se emplea infaliblemente contra los propios jueces en cuanto el niño ha visto que impresiona con su reclamar justicia. Tampoco espero nada de la diplomacia temerosa con que a los hermanos no se hace más que recordarles una y otra vez que son peligrosas potencias enemigas; en vez de salvar así la posición de enemistad, se la subraya todavía más, se la reconoce, por así decir, oficialmente. Lo que en cambio no puede hacer daño es señalarles en qué puede ser cada uno útil y necesario para el otro.

[^t1]: *Pupperl*: diminutivo vienés de *Puppe*, «muñeca». (N. del T.)

[^t2]: *Los bandidos* (*Die Räuber*), drama de Schiller, en el que el deforme Franz Moor persigue a su hermano Karl. El poema «Der gleitende Purpur» es de Conrad Ferdinand Meyer; la autora escribe «K. F. Meyer». (N. del T.)

[^t3]: Así en el original («Motto»), seguramente por «Motiv», «motivo». Marica Oro y Marica Pez son las hermanas del cuento «Frau Holle» de los hermanos Grimm; Unojito, Dosojitos y Tresojitos, las del cuento del mismo nombre. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de *Heilen und Bilden. Ärztlich-pädagogische Arbeiten des Vereins für Individualpsychologie*, ed. de Alfred Adler y Carl Furtmüller, Múnich, Ernst Reinhardt, 1914, págs. 262-266, digitalizado en Internet Archive. El volumen colectivo, con su índice, está en el archivo de Adler: [Curar y educar](https://adler.school/archivo/adler/1914%20Heilen%20und%20Bilden).

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Las cursivas reproducen el espaciado del original; las equivalencias de los términos de la psicología individual (sentimiento de inferioridad, salvaguardia) siguen el glosario del archivo. Las adiciones del traductor van entre corchetes.
