---
Title: ¡Demasiado «tira y afloja» en el amor!
Description: Entrevista con Adler firmada por Lillian G. Genn y distribuida por el Public Ledger, publicada en el suplemento dominical del Sacramento Union (19 de mayo de 1929). Trata de la relación entre los sexos; la superioridad masculina como tradición sin base real, los «juegos» de las mujeres (la debilidad o la imitación del hombre, es decir, la protesta masculina), el espíritu de competencia trasladado al matrimonio, la coeducación y un reparto justo del trabajo.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/entrevistas/1929-05-19%20Too%20Much%20Tug%20O%27%20War%20in%20Love
---


<!-- p. 36 -->

# ¡DEMASIADO «TIRA Y AFLOJA» EN EL AMOR!, *dice* el doctor Alfred Adler[^t1]

## *Entrenados para la competencia en la escuela, en el deporte y en los negocios, sostiene el célebre psiquiatra vienés, hombres y mujeres llevan este espíritu de antagonismo al matrimonio, y el resultado es una lucha por el dominio: ¡de ahí toda la infelicidad conyugal!*

Por Lillian G. Genn

<!-- Recuadro en el centro de la página, bajo el dibujo de Coll: -->

> **Las mujeres juegan un juego**
>
> AL NEGARSE el hombre a reconocer la igualdad de la mujer, dice el doctor Adler, esta se ve obligada a jugar un juego: o conquista al hombre por medio de la debilidad o demuestra que ella misma puede ser como un hombre.
>
> El hombre debe abandonar la vieja tradición de la superioridad masculina y tratar a la mujer como a su igual.
>
> La mujer debe renunciar a su protesta masculina y a su intento de imitar a los hombres.
>
> Mientras no se prescinda de la supuesta inferioridad de la mujer y de la falacia de la superioridad del hombre, no puede haber verdadera felicidad entre los sexos, ni puede alcanzarse una verdadera igualdad entre ellos.
>
> La desconfianza, tan universal entre los sexos, impide la franqueza, y la humanidad sufre naturalmente las consecuencias.
>
> Para ser feliz en el amor y en el matrimonio, cada uno debe dar. En el matrimonio no hay lugar para la competencia.

<!-- Fotografía de Adler sentado a su escritorio, con el pie: «El doctor Alfred Adler, eminente psiquiatra vienés, asegura que tanto los hombres como las mujeres están desempeñando papeles antinaturales en nuestra civilización moderna, lo que causa desasosiego doméstico». -->

¿Cuál es la verdad sobre las mujeres? Hasta la época de su independencia económica y política, se las tenía por seres frágiles, débiles y poco inteligentes, incapaces de hacer nada más importante que las tareas domésticas. Se les enseñaba a anular su personalidad y a inclinarse ante la fuerza y la sabiduría superiores de los hombres. Tan bien jugaron las mujeres ese juego que durante siglos nadie sospechó que tuvieran capacidad de razonar por sí mismas. Hoy, sin embargo, la situación es distinta. Las mujeres están demostrando que poseen una inteligencia igual a la de los hombres. No solo evitan en lo posible todas las actividades domésticas, sino que, lo que es más, se esfuerzan por adoptar el papel del hombre en la vida, hasta el punto de hacer suyos sus vicios y costumbres. Surge entonces la pregunta: ¿son ya las mujeres ellas mismas? ¿Se expresan tal como son realmente? ¿O siguen jugando un juego?

El doctor Alfred Adler, el célebre psiquiatra vienés, está especialmente capacitado para tratar este desconcertante enigma del sexo femenino. Es el fundador de la nueva escuela de la psicología individual, que se propone reeducar y readaptar a las personas para que lleven una vida feliz y más eficaz. Es también autor de *Understanding Human Nature*,[^t2] un libro que muestra un profundo conocimiento del alma humana y de sus luchas.

El doctor Adler es un hombre robusto, de complexión fuerte, de trato amable y cordial. Habla despacio y con calma, con apenas un rastro de acento.

«NO SON solo las mujeres las que no son ellas mismas, sino también los hombres», dijo el doctor Adler en respuesta a las preguntas de la entrevistadora. «La superioridad masculina no es ni más ni menos que una tradición que no tiene ninguna base en la realidad. Por eso hay hombres que, a causa de esta tradición, tratan continuamente de demostrar su masculinidad en cualquier circunstancia, aunque tengan que hacerlo mediante la traición o la fuerza. Ya ve, pues, que también el hombre está desempeñando un papel, uno que no le es natural.»

Tras esta interesante revelación, el famoso psicólogo hizo una pausa. Parecía que, aunque se suponía que la conversación iba a tratar sobre todo de las mujeres, los hombres no iban a escapar al penetrante análisis del doctor Adler.

«Aunque la emancipación ha llegado lejos», continuó, «y las mujeres se expresan hoy más que nunca, todavía no pueden desempeñar su verdadero papel mientras el hombre tenga una opinión exagerada e infundada de su lugar en la vida. Por eso sigue existiendo una tensión entre los sexos. El hombre lucha por mantener prerrogativas que no son justificables, mientras que la mujer, por su parte, lucha por conseguir sus derechos.

»El mundo ha estado durante muchos siglos bajo el dominio del hombre, a pesar de que no hay ningún fundamento biológico para tal situación. De hecho, ha habido épocas en la historia en que hubo matriarcados, en que gobernaban solo las mujeres. Estas empleaban para someter a los hombres los mismos argumentos que los hombres emplean ahora para someter a las mujeres. Cuando los hombres empezaron a imponerse, se aseguraron de conservar sus derechos por medio de las leyes. Así, poco a poco, mediante la ley y la costumbre, y también mediante los preceptos religiosos, pudieron mantener esta superioridad artificial.

»DESDE QUE el hombre ha tenido el privilegio de elegir a la mujer, esta ha tenido que adaptarse física y mentalmente a los gustos y deseos de los hombres. Tenía que ser dulce, sumisa, débil y hogareña. Con el tiempo, todo lo "femenino" llegó a identificarse con la debilidad y el servilismo.

»Naturalmente, las mujeres han mostrado cierta susceptibilidad contra el hecho de ser elegidas, contra el desempeñar el papel secundario. Como el ideal de nuestra cultura es el del dominio masculino, en el que todo lo "masculino" significa valor, fuerza, intelecto, la capacidad de vencer y de dominar, nuestras mujeres y muchachas se han visto naturalmente afectadas por este ideal y, en número cada vez mayor, se han sentido insatisfechas con el papel que se les ha asignado en la vida.

»Hay mujeres que se resignan humildemente al papel que los hombres esperan que desempeñen y que se tragan la teoría de la superioridad masculina. Se consideran seres humanos inútiles de quienes no cabe esperar ningún trabajo activo. Si quieren hacer algo, les falta confianza en sí mismas y se sienten débiles. Como están oprimidas por un complejo de inferioridad, son incapaces de lograr una adaptación social adecuada. Hay otras que, aunque no vacilan en admitir que son más débiles, exigen por ello un apoyo adicional. A la larga conquistan a los hombres mediante la expresión de la debilidad, con lágrimas y con rabietas. Descargan sus responsabilidades sobre los hombres, y por lo general consiguen lo que quieren de ellos mediante una especie de astucia.

»Además, encontramos mujeres que en casi todos sus esfuerzos tratan de alcanzar la meta del hombre. Quieren demostrar no solo que valen tanto como los hombres, sino que pueden ser como ellos, al menos en algunos aspectos. Si se considera que este es un mundo masculino y que una niña ve constantemente desde la infancia las ventajas que reciben los hombres, no es de extrañar que exprese lo que yo llamo una protesta masculina y trate de identificarse con el papel del varón dominante. Se vuelve extraordinariamente enérgica y ambiciosa, y lucha constantemente por los premios de la vida. Incluso intenta superar a sus hermanos y a sus compañeros varones.

»Pero la mujer no debe olvidar que la tradición y la técnica en los negocios, en el arte y en la ciencia se han adaptado hasta ahora a los hombres. Solo en dos campos, la danza y la interpretación, no existe una tradición masculina, y en esos campos las mujeres han llegado a lo más alto. Lo que hace falta, por tanto, es que se cree una tradición "femenina" en las artes y en los negocios. Solo entonces podrán las mujeres alcanzar el mismo alto nivel que nuestros hombres más destacados. Es probable que estemos ahora en el umbral de una época así.

»Mientras las mujeres expresen una protesta masculina y traten de imitar a los hombres, estarán en desventaja. Deben tratar de expresarse como mujeres y no como hombres. Deben ser compañeras e iguales de los hombres, no competidoras antagónicas. Desde luego, antes de que pueda alcanzarse este deseable estado de cosas, tendremos que desarrollar un medio mejor de educar a nuestras muchachas para que comprendan la gloria de ser mujer, porque hoy no siempre se reconoce. Debemos reconciliarlas con la inmutabilidad del papel femenino. Cuando tengamos una completa igualdad y cooperación entre los sexos, entonces la mujer, igual que el hombre, tendrá más posibilidades de ser feliz.»

En este punto el doctor Adler señaló que es imposible que el hombre sea feliz mientras luche por mantener una superioridad a la que no tiene ningún derecho natural.

«Como nuestra cultura es de dominio masculino, el niño crece considerando al hombre la figura importante del mundo. Una docena de veces al día se le hace ver que su padre es el cabeza de familia y tiene más poder que nadie. Incluso donde hay igualdad entre marido y mujer, siempre hay muchos indicios de que el varón es el miembro privilegiado de la sociedad. Durante sus primeros años se le anima a ser "varonil" y se le reprende si muestra algún rasgo llamado "femenino". Poco a poco llega a la conclusión de que los hombres son un sexo superior a las mujeres, y se pone a demostrar su superioridad y su importancia.

»Naturalmente, cuando una persona es realmente superior, no tiene que demostrarlo. Pero cuando tiene un complejo imaginario de superioridad masculina, está constantemente poseído por un afán inquieto de afirmarse. Y así tiende a ser dominante y tiránico con las mujeres, y le molestan las sugerencias, consejos o correcciones que aceptaría en cambio de los hombres. Ya sea por terquedad, por la insistencia en sus privilegios o por astucia, se ve obligado a demostrar su masculinidad.»

Y así, también el hombre está oprimido por complejos; es neurótico, inquieto y desdichado. Hay que halagar continuamente su vanidad. Tan convencido está de su superioridad y de sus capacidades que con frecuencia, en el mundo de los negocios, se impone en puestos que no es capaz de desempeñar sino con un esfuerzo sobrehumano. Por vanidad, también, le molesta todo intento de las mujeres de ocupar puestos directivos.

«Otro factor que contribuye al naufragio del matrimonio es que el hombre tiene de su parte la ventaja económica. Esto no es de por sí razón suficiente para sentirse superior. Pero los hombres se engañan creyendo que lo es. Y esta superstición les impide gozar de la dicha más alta en el amor y en el matrimonio.

»El abuso que el hombre hace de esta supuesta superioridad explica que tantas muchachas se nieguen a casarse.

»La supuesta inferioridad de la mujer, que mantienen la ley y la tradición», prosiguió el doctor Adler, «y la falacia de la superioridad del hombre impiden la posibilidad de una felicidad real entre los sexos. La subordinación de un individuo a otro produce descontento y desasosiego. Es, además, una mentira contra la naturaleza. Por eso encontramos en el amor y en el matrimonio una tensión continua. Los privilegios que buscan los hombres, y que creen que los harían felices, solo contribuyen a provocar su propio desastre. ¿Por qué? Porque perturban la armonía del amor y del matrimonio y crean una lucha por ambas partes.

»Para ser feliz en el amor y en el matrimonio, cada uno debe ceder, cada uno debe dar. El hombre no debe sentir la necesidad de demostrar que es superior a su mujer. La mujer no debe sentir que él toma más de lo que le corresponde. Ambos deben comprender que son compañeros. En el amor y en el matrimonio no hay lugar para la competencia.

»El problema es que marido y mujer no se dan cuenta de que dando no pierden nada. Pero como hombres y mujeres están entrenados para la competencia personal en todo, ya sea en la escuela, en el deporte o en los negocios, llevan este sentido de la competencia al matrimonio. Pronto sobreviene una lucha por el dominio. Hay riñas, y cada uno sospecha siempre del otro, de modo que siempre están alterados.

»¿Cómo puede haber, entonces, sinceridad y honradez en esta relación, la más vital y delicada de todas? La desconfianza, tan universal entre los sexos, impide la franqueza, y la humanidad sufre naturalmente las consecuencias.»

SE PREGUNTÓ al doctor Adler si creía que la coeducación ayudaría a lograr una mayor armonía entre hombres y mujeres.

«Sí, ayudará, pero no del modo en que se dirigen hoy las escuelas mixtas. Están construidas sobre la idea de la supremacía masculina, y a las alumnas se las tolera como un segundo sexo. De hecho, la lucha entre ellos se intensifica, porque la educación todavía no representa un entrenamiento y una preparación para la cooperación entre los sexos.

»Permítame decir aquí que considero muy valioso que las mujeres compitan o trabajen con los hombres en los negocios, en las artes y en la sociedad, pero no deben hacerlo de un modo antagónico.

»El problema del matrimonio es, ante todo, que no estamos preparados para él», continuó el doctor Adler. «Desde la infancia se nos enseña a llevarnos bien con los demás en la escuela, en casa, en sociedad y en el trabajo, pero a muy pocos se nos enseña a vivir una vida en común con otra persona del sexo opuesto, a adaptarnos a otro en el estado matrimonial.»

Lo que la mujer moderna debe conseguir, señaló el doctor Adler, es un reparto justo del trabajo, dictado no por la costumbre sino por la eficacia práctica.

«Es una vieja idea tradicional que el lugar de la mujer está en el hogar y que sus actividades deben limitarse a él. No es más que un despilfarro de fuerzas y de vida humana. Esto es particularmente cierto hoy, cuando hay tan poco que hacer en casa para la mujer. Por tanto, las mujeres no solo deberían, sino que deben salir al mundo para ocupar su puesto al lado de los hombres, y el trabajo debe repartirse con justicia. Hay que animarlas y darles todas las oportunidades para que sean verdaderas compañeras de los hombres. Los hombres, a su vez, deben comprender que les beneficia ayudar a las mujeres en sus esfuerzos por conseguir esta igualdad.

»El deseo del hombre de conservar sus privilegios es, en general, un sentimiento inconsciente. Puede creer que concede la igualdad a las mujeres, pero en realidad es esclavo de la tradición.

»Hace poco», contó a modo de ejemplo el doctor Adler, «di una conferencia sobre la neurosis ante una sociedad médica. Un médico insistió en que quizá en Europa las mujeres se sientan inferiores, pero que eso no es cierto en América, donde se da a las mujeres un lugar igual al de los hombres. Todos los argumentos que empleé para demostrar lo contrario fueron inútiles. Sin embargo, más tarde, cuando almorzamos juntos, habló de asuntos privados y me contó lo de sus tres encantadoras hijas. Luego me preguntó qué creía yo que debía hacer con ellas. Le respondí: "Ya ve usted: si tuviera tres hijos varones, no me preguntaría qué hacer con ellos".»

En su fuero interno, el hombre todavía no ha digerido la verdad de que la mujer es en todo su igual. Así que la mujer se ve obligada a seguir jugando un juego: ¡o conquista al hombre por medio de la debilidad o demuestra que ella misma puede ser como un hombre!

*Copyright del Public Ledger*

[^t1]: *Tug o' war*: la «sogatira», juego en que dos equipos tiran de una cuerda en sentidos opuestos, como en el dibujo que ilustra la página. (N. del T.)

[^t2]: *Conocimiento del hombre* (*Menschenkenntnis*, 1927), en su traducción inglesa. (N. del T.)

---

*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la imagen de la página en la California Digital Newspaper Collection (CDNC, SDU19290519.1.36): Lillian G. Genn, «Too Much "Tug O' War" in Love! Says Dr. Alfred Adler», *Sacramento Union*, suplemento dominical, 19 de mayo de 1929, p. 36 («Copyright by Public Ledger»). Una versión anterior, muy fragmentaria, de la misma entrevista sindicada apareció en el *Oakland Tribune* el 23 de julio de 1928, p. 20 (CDNC, OT19280723.1.20).

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026), con titulares, recuadro y pie de foto tal como se imprimieron.
