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Title: Salvar a la humanidad mediante la psicología
Description: Declaraciones de Adler procedentes de una entrevista de Eugene Bagger para The New York Times (1925), reimpresas en primera persona y con su firma en la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie. Expone el sentimiento de inferioridad y el sentimiento de comunidad como claves de los problemas individuales y de masas (la guerra, la lucha de clases, la moda del pelo corto, la lucha entre los sexos), describe las cualidades del dirigente y propone la educación individualpsicológica como remedio contra la autodestrucción de la civilización.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/entrevistas/1925%20Salvaging%20Mankind%20by%20Psychology
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# Salvar a la humanidad mediante la psicología[^1]

Por el Dr. Alfred Adler (Viena)

¿Qué puede hacer la psicología individual para evitar esa debacle de nuestra civilización que, en opinión de algunos de los pensadores más importantes de nuestros días, nos amenaza como consecuencia del desarrollo excesivo de la técnica científica a costa de la moralidad?

Hay acuerdo general en que el dominio del hombre sobre las fuerzas de la naturaleza ha crecido mucho más allá de su aptitud moral para ejercerlo, y también en que ahí reside la mayor amenaza para nuestra civilización. La última guerra nos ha presentado un prospecto de las posibilidades del exterminio científico. Si el mundo —nuestro mundo— ha de salvarse, es evidente que lo único necesario es elevar al hombre a un nivel en el que no corra constantemente el riesgo, como un niño que juega con una pistola cargada, de destruirse a sí mismo por el mal uso de su propio poder. Es difícil ver de dónde ha de venir esta educación, si no es de la nueva psicología, que pretende poner orden en el caos de las fuerzas que luchan ciegamente en la mente subconsciente del hombre.

La psicología individual sostiene que la clave más importante para comprender tanto los problemas personales como los de las masas es el llamado sentimiento de inferioridad, o complejo de inferioridad, y sus consecuencias. Hoy reconocen esta verdad todas las corrientes de la psicología y de la psiquiatría. Desde nuestro punto de vista, cada hecho de la historia, cada fase de la evolución de la cultura, representa un intento, unas veces logrado y otras vano, de borrar este sentimiento de inferioridad de una persona o de un grupo. A menudo los intentos de las personas y de los grupos confluyen en esta dirección.

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Según la psicología individual, el segundo principio fundamental que atraviesa toda la evolución histórica es el sentimiento de comunidad[^t1] innato en toda sociedad humana. El grado en que este sentimiento de comunidad está desarrollado en una persona da la medida no solo de sus deseos, sino, más aún, de sus actos. Lo mismo vale para los grupos.

La historia juzga las acciones humanas según el grado de solidaridad humana que se expresa en ellas. Sin excepción, se consideran grandes y valiosos los hechos y acontecimientos que están impregnados del sentimiento de solidaridad humana, que fomentan el bienestar del conjunto. La falta de este sentimiento de comunidad, debida siempre a un sentimiento de inferioridad acrecentado, empuja al individuo a la neurosis o al delito, y a los grupos y las naciones hacia el abismo de la autodestrucción.

Los motivos que mueven a una multitud están siempre envueltos en tinieblas, y las personas arrastradas por la corriente de masas los perciben e interpretan siempre como soluciones de sus necesidades y debilidades individuales. Naturalmente, favorece este proceso la circunstancia de que la relación de los grandes grupos con la vida es uniforme, y de que la presión del complejo de inferioridad de un grupo se hace sentir de algún modo en cada individuo, aunque sea de maneras distintas y en relación con problemas personales distintos. En un pequeño ensayo titulado «El otro lado. La culpa del pueblo en la Guerra Mundial»[^t2] he mostrado cómo las tendencias imperialistas de las grandes potencias financieras oprimían a los pueblos de otros países. Esta presión se manifestó en la vida de los individuos en las dificultades para ganarse el sustento, en las malas condiciones salariales, en la insuficiencia de los medios de educación y de cultura, en la renuencia de los jóvenes a casarse, en la renuencia de los casados a tener hijos, en una existencia sin alegría, en una irritación y un nerviosismo continuos, etc.

Todos estos factores aumentan el sentimiento de inferioridad, producen una sensibilidad exagerada y empujan al individuo a buscar «soluciones». Cualquier intervención exterior le parece a un individuo en este estado de ánimo una amenaza para su seguridad y lo mueve a una defensa propia activa o pasiva. Los jóvenes que asesinaron al heredero del trono austriaco eran individuos en conflicto consigo mismos. Las multitudes que luego clamaron por la guerra como solución, y las multitudes aún mayores que aceptaron la guerra como solución, estaban formadas igualmente por individuos en conflicto consigo mismos.

Los motivos de odio se manifiestan con la mayor claridad en las perturbaciones económicas de nuestro tiempo. La lucha de clases la llevan a cabo multitudes compuestas por individuos cuya búsqueda de un modo de vida equilibrado por dentro y por fuera se ve frustrada. Por otra parte, estos movimientos de masas producen en los individuos nuevos motivos de perturbación.

Los movimientos de masas avanzan siempre con paso firme y resuelto hacia sus fines destructivos, porque la destrucción significa para las masas la liberación de situaciones que sienten como intolerables y aparece así como condición previa de una mejora.

El ansia de poder es en las masas, como lo es en los individuos, la expresión del sentimiento de inferioridad, de insuficiencia. Por eso los movimientos de masas solo pueden comprenderse debidamente desde la perspectiva de la psicología individual, que muestra cómo este afán de elevarse, que atraviesa toda la humanidad, se origina en el individuo. En su lucha por una mayor seguridad, el hombre tiene siempre razón de algún modo, aunque sus métodos sean inadecuados.

Así, la moda del pelo corto, que expresa el deseo de la mujer de eliminar una diferencia exterior entre ella y el hombre, se origina en la llamada «protesta masculina» de las mujeres, en la tendencia de las mujeres a ser y a sentirse del mismo rango que los hombres. Cada mujer puede encontrar razones personales para cortarse el pelo; puede decirse que el pelo corto le ahorra esfuerzo o la hace parecer más guapa, que «todo el mundo lo lleva», o puede que simplemente quiera hacer rabiar a su marido; subconscientemente sigue, de todos modos, la línea de la protesta masculina.

Si las tendencias vitales de un individuo coinciden por completo o casi por completo con la dirección de un movimiento de masas, si el anhelo de las masas se encarna en él, si puede prestar su voz y su brazo al afán mudo y oscuro <!-- p. 334 --> de su pueblo o de su grupo, es un conductor de hombres elegido. Todos los grandes logros de la humanidad se originan en el genio social de individuos. Las preguntas de una época buscan una respuesta y la encuentran en un hombre. En él se repite la lucha de la humanidad por su salvación, solo que con mayor claridad e intensidad que en los demás hombres. La esencia misma de su ser es esta lucha, y por eso no puede encajar en las formas de vida heredadas. Lo oprimen, y trata de hacerlas estallar. Para adaptarse a la existencia tiene que reorganizarla. Pero solo puede tener éxito si su empeño coincide con una corriente de masas y sirve para impulsar y elevar al grupo. El poder del dirigente individual, del «gran hombre», está limitado por la preparación de las masas, por su capacidad de ponerse en línea con él.

¿Cuáles son los requisitos personales de esa capacidad de dirección? Un sentimiento de comunidad fuertemente desarrollado es el primero de todos. Una visión optimista y suficiente confianza en sí mismo son igualmente necesarias. El dirigente ha de estar dotado de capacidad para la acción rápida: no debe pertenecer al tipo del soñador o del espectador. Ha de tener facilidad en el trato con la gente y poseer tacto para no frustrar el asentimiento de los demás. Su preparación, su formación, han de estar por encima de la media. Ha de ser, en una palabra, un verdadero ser humano que posea valor y preparación. En él vive lo que los demás hombres sueñan.

Todos estos rasgos requeridos son producto de la educación en el hogar, en la escuela y en la vida. Hoy la educación de los niños está lastrada por muchos errores. La psicología individual señala las debilidades de la educación actual e idea una mejor preparación para la batalla de la vida. Para la educación tanto de los niños normales como de los abandonados o nerviosos, prescribe medidas que refuerzan el sentimiento de comunidad, contrarrestan el sentimiento de inferioridad y lo convierten en una fuente de laboriosidad y esfuerzo, estimulan el valor y mejoran la preparación general del espíritu y del cuerpo.

¿Puede la psicología individual hacer de cada niño un dirigente? Claro que no. Aparte de cualquier otra consideración, no pretendemos poseer una técnica de formación infalible. Pero sí afirmamos que somos capaces de aumentar el número de los aptos para dirigir, de asegurar a todos un mejor comienzo en la competición de la vida, de impedir ese deterioro del material humano que inevitablemente rebajaría el nivel de todos los logros.

La psicología individual pretende elevar el nivel de eficiencia y de rendimiento individuales, y con ello también el de los grupos. Podemos señalar ya una larga serie de éxitos en la recuperación de niños abandonados, nerviosos o poco desarrollados en la escuela, y en la devolución de un gran número de neuróticos a una actividad normal y al disfrute de la vida. La aplicación de nuestros principios educativos a gran escala produciría resultados que en pocos años supondrían una diferencia muy perceptible.

La mayoría de los métodos que hoy se emplean para resolver problemas apremiantes de la vida de los pueblos o de los grupos son anticuados e inadecuados. Se basan sobre todo en avivar las pasiones nacionalistas y religiosas, y conducen a la opresión, a la persecución y a la guerra. Una educación basada en los principios de la psicología individual eliminaría estos delirios del egoísmo y de la insensatez y pondría en su lugar un afán general por el bien común. La psicología individual podría reunir todas las fuerzas latentes para el bien que son inherentes a los grupos, igual que ya reúne tales fuerzas latentes en los individuos. La guerra, los odios nacionales y la lucha de clases, estos grandes enemigos de la humanidad, arraigan en el deseo de los grupos de escapar del aplastante sentimiento de su inferioridad o de compensarlo. La psicología individual, que puede curar a los individuos de los efectos nocivos de este sentimiento de inferioridad, podría convertirse en un instrumento poderosísimo para librar a las naciones y a los grupos de la amenaza de sus complejos de inferioridad colectivos.

Lo que he dicho acerca de los odios y los celos que lanzan a unas naciones y unos grupos contra otros vale también para la encarnizada lucha entre los sexos, <!-- p. 335 --> una lucha que envenena el amor y el matrimonio y que renace una y otra vez de la valoración inferior de la mujer. La imagen idealizada de una masculinidad sobrevalorada impone tanto al muchacho como al hombre adulto la obligación de parecer superior a la mujer, si no de serlo, y esto hace que desconfíe de sí mismo, que exagere sus exigencias y sus expectativas respecto de la vida, y aumenta su sentimiento de inseguridad. Por otra parte, la niña siente que se la valora menos que a un niño, y esto la estimula a hacer esfuerzos exagerados para compensar su insuficiencia, a combatir por todas partes una infravaloración real o aparente, o bien la llevará a resignarse a su supuesta inferioridad.

En esta atmósfera espiritual es imposible encontrar soluciones satisfactorias para los problemas del amor y del matrimonio. Además, los logros de las mujeres quedan a menudo por debajo de sus propias posibilidades, porque las mujeres tienden a infravalorarse bajo la presión de la tradición y del prejuicio.

Por desgracia, esta tradición y este prejuicio arraigan tan hondo en ambos sexos que harán falta al menos dos generaciones para que se disipen de forma última y definitiva. También en este terreno la psicología individual es de lo más eficaz para lograr una mejora.

[^1]: De una entrevista de Eugene Bagger en *The New York Times*.

[^t1]: En el texto inglés, *sense of solidarity* («sentimiento de solidaridad»), versión inglesa del *Gemeinschaftsgefühl* de Adler, que el archivo traduce siempre por «sentimiento de comunidad». Donde el inglés dice *human solidarity* («solidaridad humana») se mantiene la expresión. (N. del T.)

[^t2]: *Die andere Seite. Eine massenpsychologische Studie über die Schuld des Volkes* [El otro lado. Estudio de psicología de masas sobre la culpa del pueblo], Viena, 1919. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la reimpresión en la *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie*, año 3, n.º 6 (Viena, noviembre-diciembre de 1925), págs. 332-335, digitalizada en Internet Archive. Según la nota, el texto procede de una entrevista de Eugene Bagger en *The New York Times* (1925), cuyo original no se ha visto. Los ids AA1925-11 y AA1925-06 del inventario corresponden a esta única pieza. Los comentarios `p. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa de la reimpresión.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos y la paginación de la reimpresión; las erratas evidentes del texto inglés (señaladas en la versión original) se traducen según el sentido. *Sense of solidarity* se traduce «sentimiento de comunidad». Las equivalencias fijas de los términos de la psicología individual se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.
