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Title: Alfred Adler, sobre los errores de educación. Una conferencia en Freudenstadt
Description: Crónica de J. B. Schairer en el folletón del Stuttgarter Neues Tagblatt sobre la conferencia «Erziehungsfehler» [Errores de educación] que Adler dio a comienzos de enero de 1929 en el nuevo teatro del balneario de Freudenstadt (Selva Negra): retrato de Adler, su explicación, en conversación privada y en vienés, de por qué Viena se convirtió en la ciudad de la psicología, el secreto de la educación en tres pasos, la madre como primer semejante, los niños mimados, orgánicamente inferiores, odiados y sobrecargados, y las comidas familiares.
Author: J. B. Schairer
URL: https://adler.school/archivo/adler/cronicas/1929-01-11%20Alfred%20Adler%20%C3%BCber%20Erziehungsfehler
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# Alfred Adler, sobre los errores de educación

## Una conferencia en Freudenstadt

Por J. B. Schairer

El fundador de la psicología individual, el Dr. *Adler*, de Viena, habló en la nueva sala del teatro del balneario sobre «*Errores de educación*». El Dr. Bauer, en cuyo sanatorio de Hohenfreudenstadt el célebre hombre estuvo unos días como huésped, lo presentó, al mismo tiempo en nombre del pequeño pero activo grupo de trabajo de psicología individual (*Individualpsychologische Arbeitsgemeinschaft*) de la localidad.

Una figura rechoncha, de unos cincuenta y muchos años, de rostro blando y expresión inmóvil, serena: así se presenta Adler ante nosotros. Su gesto descuidado y su actitud despreocupada no producen, sin embargo, en absoluto el efecto de una indiferencia altiva, sino el de fruto maduro de un enorme caudal de experiencia, el de rendimiento tranquilizador de una vida de trabajo infatigable. Adler es vienés de pura cepa. Preguntado en conversación privada cómo la ciudad del Danubio, además de sus demás peculiaridades, había llegado a ser el baluarte de la psicología práctica moderna, me explica con plácida plasticidad: «Pues, ¿cómo era entre nosotros? Ahí estaba la corte y ahí estaba la Iglesia; el que pertenecía a una de las dos podía llegar a algo. Pero los demás, nosotros, teníamos que mirar, qué le vamos a hacer. Y, sabe usted, cuando uno mira a los demás cómo lo hacen, se vuelve contemplativo. ¿Qué otra cosa nos quedaba? Eso es todavía hoy lo mejor que tiene el vienés: estarse ahí parado mirando al otro cómo se las arregla. Y así es como nos hicimos psicólogos».[^t1]

Esta calma contemplativa, que ya nada puede perturbar, pero que hace un bien tan infinito a otras almas agitadas y necesitadas, reside en este hombre como su fuerza, como la fuerza que hace de él un verdadero médico, un benefactor con los medios más sencillos. Explica también su poder sobre las personas. Está más en su tono, en su manera de ser, que en sus palabras, a menudo muy sencillas, casi banales en apariencia.

Así también el tono y el contenido de su conferencia sobre los errores de educación. Antepone unas cuantas frases breves y contundentes sobre el contenido global del método y del movimiento de la psicología individual que él ha creado. No tomar nunca nada del ser humano, por ejemplo un defecto o una queja, aisladamente, sino considerar siempre la personalidad entera, la individualidad como tal. El peor error de educación es combatir, castigar en el niño un defecto como tal. Hay que buscar y tantear siempre lo que se esconde detrás, en la psique entera. Casi siempre es un desaliento, un sentimiento de inferioridad. El secreto de toda educación: 1.º *hacer que la persona viva su propio valor*; 2.º *despertar en ella interés por los demás mediante un amor que gane su afecto*; 3.º *conducir ese amor despertado hacia la colectividad*.

La primera llamada a ello es siempre y siempre la *madre*. Debe ser el primer «semejante» (*Mitmensch*). Si descuida o yerra su tarea, vienen más tarde las neurosis, los trastornos del desarrollo. Si se quiere ayudar a los adultos, no queda más camino que repetir lo que la madre debería haber hecho: despertar la vivencia de la comunidad y trasladar ese impulso a objetos útiles. La educación nunca hará de una persona mala una buena, sino solo una menos mala. La individualidad no debe en ningún caso doblegarse ni cambiarse radicalmente: que cada cual se desarrolle como quiera, ¡con tal de que llegue al «lado útil de la existencia»! A menudo hay que darse por satisfecho con sustituir las tonterías mayores en que uno está metido por otras menores.

La objeción digna de consideración que se hace a menudo a la psicología individual afirma que este método es demasiado superficial en su planteamiento, demasiado chato en sus fines, y que aspira además a cierto bienestar general y a una utilidad pequeñoburguesa. Ahora bien, el Dr. Adler sabe muy bien —se le puede suponer a un médico que ha tenido en sus manos decenas de miles de destinos vitales complicados— que las circunstancias no son tan sencillas como para tratarlas con medios baratos o hasta con trucos. Pero —dice— ¿por qué hacer las cosas aún más difíciles de lo que son? No es cortedad de miras, sino arte; no es estrechez, sino método, que trate de reducir todos los descarrilamientos, trastornos y defectos a una fórmula sencilla. Esta dice: afán de notoriedad mal dirigido, malogrado. Y si después, en la formación de la meta, aparece y se vuelve dominante el concepto de «colectividad», de aptitud para la comunidad, los pasajes más solemnes de la conferencia dejaron claro que Adler ve, ciertamente, en la configuración social del individuo la única salvación. Pero las palabras «colectividad» y comunidad adquieren a sus ojos verdaderamente el significado de magnitudes metafísicas.

El «interés por los demás» es decisivo para el valor de toda personalidad; solo como miembro del todo que aspira se realiza esta. Agradecemos a Adler que, para prevenir toda abstracción, nunca elija grandes palabras. Tanto más concretamente entró en las pequeñísimas circunstancias de la vida cotidiana, en la vida familiar y profesional. Con intuitiva perspicacia descifra al niño «*mimado*», al que desgraciadamente se ha convertido en el centro y que ahora, durante toda su vida, solo reacciona al amor y al calor, pero fracasa por completo allí donde la dura existencia le niega esas condiciones favorables. Esas personas viven siempre solo para complacer a otros o para llevarles la contraria, en lugar de dedicarse a trabajar objetivamente en las tareas de la vida. Sus investigaciones médicas especiales las dedicó al niño «*orgánicamente inferior*», cuyo carácter aparece determinado o modificado de raíz por algún defecto innato o adquirido. Entre ellos cuenta también a los niños «*feos*», a quienes su deformidad carga desde la juventud con los más fuertes sentimientos de inferioridad. En la reacción contra ello, en el afán de afirmarse pese a todo frente a un mundo despiadado, se descarrían hasta el delito. A una ciencia que reconstruye falsamente a posteriori le queda luego reservado formar, a partir del desenlace, el «tipo del delincuente nato», que Adler niega por completo. El noble filántropo calificó de amarga vergüenza para la cultura que todavía hoy haya niños «*odiados*», no deseados ya al nacer y después, sea como huérfanos, sea como ilegítimos, zarandeados, despreciados y evitados. Una angustiosa perplejidad se apodera también, en el curso posterior, de los niños «*sobrecargados*», a los que en su temprana juventud se exigió demasiado, ya sea porque tuvieron que brillar y lucirse en la buena sociedad (niños prodigio), ya porque, en condiciones de pobreza, se echó demasiado pronto la carga de la vida sobre sus débiles hombros. Reconfortantes en el mejor sentido fueron las partes de la conferencia que mostraron dónde y cómo debe y puede proporcionarse al niño la vivencia de la comunidad. Del papel de la madre en ello ya se ha hablado. Pero merece toda la atención lo que expuso sobre la importancia de las comidas en común a este respecto. En cuántas familias la comida es la única ocasión de estar realmente todos juntos; y, sin embargo, cómo se echa a perder esa maravillosa posibilidad de integrar al niño con el continuo corregir, reprender, comentar los defectos del niño, las malas notas escolares, la manera defectuosa de sostener el tenedor, etc., etc. En general, el pedagogo previno mucho contra poner una virtud cualquiera, aunque sea la mejor, demasiado en el centro de la educación. Si a un niño se le atormenta unilateralmente con la limpieza, la escrupulosidad, la obediencia, la inteligencia, etc., de ese adiestramiento resultará necesariamente una incapacidad para la vida. Una escrupulosidad y una veracidad exageradas desembocan, por ejemplo, muchas veces en un sentimiento de pecado y de culpa que esclaviza. Y el psicoterapeuta tiene que desmontar trabajosamente lo que unos padres cortos de miras han hecho demasiado bien.

Al final de la conferencia tuve que pensar en otra frase de la psicología individual: «Educar no es nada difícil; solo hay que hacerlo bien».

Que el Dr. Adler sabe mostrarnos cómo se hace bien, que tampoco exagera las exigencias de la pedagogía, sino que, con sabia modestia, conoce y señala con exactitud sus límites y posibilidades: eso se lo agradecemos.

El conferenciante siguió viaje al día siguiente a París, para ir desde allí a América por unos meses. Allí, él, el sencillo médico vienés, hablará ante miles de personas. Entretanto escribe, con un rendimiento de trabajo genial, libros altamente científicos y, sin embargo, «evidentes». Su *Menschenkenntnis* [Conocimiento del hombre] (editorial Hirzel, Leipzig) no debería ser ajeno a ningún pedagogo, a ninguna pareja de padres que quiera dar a sus hijos lo bueno y ahorrarles lo malo. Es de esperar que el grupo de trabajo de psicología individual de Stuttgart consiga traer al Dr. Adler en octubre de este año para una conferencia o un curso también en Stuttgart.

[^t1]: En el original, en alemán coloquial vienés («wie wars denn bei uns?», «Und wissen 'S», «dem Wiener sein Bestes»). (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): *Stuttgarter Neues Tagblatt*, edición de la mañana, n.º 17, 11 de enero de 1929, p. 2, folletón firmado por J. B. Schairer, transcrito sobre la imagen de la página (Württembergische Landesbibliothek Stuttgart, vía Deutsche Digitale Bibliothek).

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan los títulos, la división en párrafos y las cursivas que reproducen el espaciado del original. *Geltungsstreben* se traduce «afán de notoriedad»; *Minderwertsgefühl*, «sentimiento de inferioridad»; *Gemeinschaftserlebnis*, «vivencia de la comunidad»; *Mitmensch*, «semejante». Las adiciones del traductor van entre corchetes.
