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Title: En el consultorio para maestros
Description: Reportaje de la Arbeiter-Zeitung (página «Erziehung und Unterricht») sobre una sesión pública de orientación educativa dirigida por Adler ante cien maestros jóvenes en la escuela cívica (Bürgerschule) del distrito vienés de Brigittenau, en la primavera de 1925, con cuatro casos: un niño de seis años que habla como uno de tres, un chico de trece años desalentado por una madre autoritaria, una niña de nueve años con una lesión de cadera castigada con el aislamiento y una muchacha de catorce años que roba a su madre adoptiva.
Author: Periodista sin firma
URL: https://adler.school/archivo/adler/cronicas/1925-05-09%20In%20der%20Lehrerberatungsstelle
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<!-- S. 11 -->

<!-- Sección: Educación y enseñanza -->

# En el consultorio para maestros.

En la gran sala de dibujo de la escuela cívica (*Bürgerschule*) de Brigittenau se han reunido cien maestros y maestras jóvenes para escuchar las explicaciones del Dr. Alfred Adler, que expone con ejemplos prácticos con qué facilidad se puede llevar a todos los llamados niños malos a someterse a las leyes de la escuela y a una correcta receptividad en las asignaturas, con tal de haber aprendido primero a investigar correctamente las razones de su fracaso. Cómo esas razones residen siempre en una conmoción de su conciencia de poder y qué resultados inesperadamente favorables se producen cuando se restablece el equilibrio perturbado en el alma del niño.

Todos estos niños, por una educación desafortunada y torpe, han adquirido una actitud falsa ante la vida. No han aprendido a integrarse en una estructura social como es la escuela, y tampoco en la vida posterior se mostrarían nunca aptos para una actividad social si siguieran desarrollándose en la antigua dirección. Pero a todos estos niños se les ayuda si se les saca del callejón sin salida en que se han metido. La labor del consultorio consiste en mostrar a los padres y a los educadores los caminos para ayudar, y sobre todo en ayudar al niño mismo, pues quien vive fuera de la comunidad es un desdichado.

Un niño de seis años que no puede en absoluto seguir el ritmo de la escuela, sobre todo porque no sabe hablar bien. Habla como un niño de tres años; tiene un defecto del habla. El médico lo examina y no encuentra ningún defecto orgánico. Empieza a interrogarlo a él y a la madre. Resulta que, de pequeño, la madre había mimado al niño sin medida. Ahora eso ya no es posible, porque la madre tiene que trabajar para completar los ingresos del marido, que ya no bastan para los hijos que han venido entretanto. Resulta también que el niño no soporta a sus dos hermanos pequeños y una y otra vez los trata con hostilidad. Por su gran experiencia, el médico ve claro que el niño añora su primerísima infancia, cuando la madre se ocupaba solo de él. Ahora ella dedica a los hermanos pequeños el tiempo que le queda; por eso él quiere ser pequeño también. Intenta conseguirlo con la manera de hablar de los más pequeños, y realmente lo consigue. Pues así no sigue el ritmo de la escuela, obliga a su madre a ocuparse de sus fracasos, es decir, de él, y a volver a dirigirle su atención. Pero paga este éxito demasiado caro. Porque la madre está enfadada con él, el maestro está enfadado, sus compañeros se ríen de él. Y es sumamente interesante ver cómo este niño pequeño, cuando se le explicó de un modo comprensible para su edad lo inadecuado de su proceder, abandonó su método equivocado. Sobre todo cuando la madre, a quien se aconsejó que le hiciera prestar pequeños servicios en casa, le confió pequeñas funciones, es decir, le concedió una posición de poder que hacía superfluo querer conquistar el poder con mañas. Hoy ha pasado de los insuficientes a los notables y habla con toda claridad.

Un segundo chico, de trece años. No aprende nada, nunca hace una tarea, perturba constantemente la clase con preguntas que no vienen al caso, importuna a todos los maestros ofreciéndoles objetos completamente inservibles. Con las chicas es descarado y grosero. Su maestro tutor cuenta todo esto y cuenta también que el chico no se lleva en absoluto bien con sus padres. Después acuden los padres y el niño ante el orientador que dirige la sesión. La madre cuenta con enorme locuacidad todo lo que hace por el niño; opina que no se le podría vigilar mejor, que le obliga a todo y a cada cosa y que tampoco se escatiman las bofetadas. De este relato de la madre surge ante el oyente la imagen de un niño al que en casa se le ha quitado toda autonomía y al que, con castigos inadecuados como las abundantes bofetadas, se ha embotado por completo. La madre, que lleva una pequeña tienda y solo puede ocuparse del niño en los ratos libres, quiere compensarlo educando con especial concentración en el tiempo que le queda. Da órdenes sin cesar al chico, le quita así todo impulso de hacer algo por sí mismo, castiga con la mayor energía toda rebeldía y pone así al niño en una actitud de obstinación. El chico tiene la sensación de que de todos modos no sirve para nada; por eso está desalentado para la escuela, es decir, para el escenario principal de su actividad, ya ni siquiera intenta aprender como es debido; pero como, igual que todos, aspira a una posición de poder, intenta alcanzarla en escenarios secundarios. Es especialmente valiente para encabezar malas travesuras, especialmente atrevido y descarado con los maestros. También a este niño se le hizo ver lo inadecuado de su conducta de vida. Además, el maestro, muy comprensivo, le ofreció una ocasión de destacar: había notado su afición a la gimnasia; con el estímulo adecuado, el chico se convirtió en un gimnasta ejemplar, su sentimiento de sí mismo se fortaleció y ahora ya no tiene tanta necesidad de hacerse notar a toda costa y por todos los medios. Además, se pidió a la madre que lo tratara con más camaradería, que diera respiros a su educación y que evitara del todo las bofetadas. Así pudo volver a levantarse el sentimiento de sí mismo, constantemente pisoteado. A la vista de muchos casos análogos, cabe esperar que también a este chico le vaya mejor.

Ahora viene una niña de nueve años, preciosa y muy bien cuidada, de tercer curso de la escuela primaria. Se le nota que vive en un ambiente cariñoso y atento, y, sin embargo, la maestra se queja de un completo asilvestramiento anímico. La niña perturba toda la clase con ataques de rabia de la mayor intensidad. Si otro niño tiene un objeto que le interesa, sencillamente se lo quita por la fuerza. No hay manera de moverla a hacer un favor a otro niño. En las asignaturas fracasa por completo. Pero no siempre fue así: solo después de volver de una colonia de verano se habría vuelto así. El médico comprueba una lesión de la articulación de la cadera que le produce una ligera cojera. Preguntando, se averigua que la pequeña vivió precisamente durante su estancia en la colonia lo siguiente: en un paseo en grupo, que se hacía bajo la dirección y vigilancia de una hermana,[^t1] nuestra pequeña empujó por descuido a una compañera al agua. La vigilante respondió al incidente excluyendo a la niña de los paseos en grupo. Fácilmente puede uno imaginarse su estado de ánimo cuando la dejaban así encerrada sola en casa con el más hermoso tiempo de verano. Esta manera de castigar es el modelo de lo que un castigo nunca debe ser. El aislamiento, el apartar de la comunidad, tiene que hacer daño siempre. Solo mejora quien vuelve a encontrar el camino hacia la comunidad. Aquí, la manera insensata del castigo tuvo como consecuencia que la niña se vengara de su aislamiento y se volviera tal como es ahora. Este caso es especialmente difícil porque ya el daño físico existente provoca un sentimiento de exclusión, de inferioridad. Estos niños tienden ya por eso a una actitud hostil hacia la comunidad, porque en ella se sienten en desventaja frente a los completamente sanos. Por eso caen en los caminos secundarios más asombrosos si no hay alguien que les muestre las conexiones. A la pequeña se le explicó que no importa en absoluto si uno tiene razón o no, si vive un éxito o una derrota. Se le habló con ánimo, y pareció comprender lo que se le decía; comprendió también que, a pesar de la lesión de cadera y a pesar de la injusticia sufrida, se puede ser un miembro muy apreciado del tercer curso (es decir, de su comunidad), aunque no se intente dominar allí por la ley del más fuerte. Y si lo ha comprendido, abandonará sin duda su método.

El último caso es sin duda el más triste. Una muchacha grande y robusta de catorce años; se le podrían echar dieciocho. Objeto de la consulta son delitos contra la propiedad repetidos una y otra vez. No quiere hablar, no responde a las preguntas. Con una paciencia y una inventiva incansables, el orientador consigue, sin embargo, hacerla hablar. Al fin sale a la luz, a trompicones y a regañadientes, la siguiente historia de vida: hija ilegítima, criada por padres adoptivos. La madre adoptiva le dice una y otra vez lo agradecida que debe estarle. Su propia madre, esa mala persona, no se ocupa de ella, y ella, una extraña que no tiene ninguna obligación para con ella, le hace un favor tan grande. En suma, hace con gran diligencia todo lo que es apropiado para causar una devastación completa en el alma de esta niña. Las peores consecuencias, que eran de esperar, se produjeron; tenían que producirse. La niña se sintió humillada en lo más hondo, se sintió en la peor desventaja frente a sus compañeras y, en lugar de gratitud, sintió solo rebeldía contra su madre adoptiva. ¿Qué hizo entonces para mejorar su posición? Dio con la idea más desdichada: compensar sus desventajas sociales con ventajas materiales. Si las demás tenían una madre como es debido, ella tenía en cambio el plumier más bonito, el limpiaplumas más fino, las golosinas más abundantes y cosas semejantes. Y como no tenía dinero, pero esas cosas eran imprescindibles para su psique extraviada, robaba a su madre adoptiva. Lo hacía con tanta menos aprensión cuanto que en su corazón no vivía el menor sentimiento por ella. Pasó a otra casa, donde se la trató como a un miembro de pleno valor y en pie de igualdad, y los robos han cesado.

De todos estos casos vemos cuán deseable es que los pedagogos se [¿familiaricen?] con los principios que el Dr. Alfred Adler ha expuesto en su psicología individual. [ilegible]

[^t1]: Probablemente una religiosa o una enfermera (*Schwester*). (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): *Arbeiter-Zeitung* (Viena), n.º 127, 9 de mayo de 1925, p. 11, reportaje firmado con unas iniciales ilegibles, transcrito sobre la imagen de la página (ANNO / ÖNB).

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan el título y la división en párrafos. *Beratungsstelle* se traduce «consultorio»; *Ungenügend* y *Gut*, las notas escolares austriacas, «insuficiente» y «notable». Las adiciones del traductor van entre corchetes.
