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Title: El vencido triunfante. Una conferencia del Dr. Adler sobre sadismo y masoquismo
Description: Crónica firmada «Ej.» del diario vienés Der Tag (24 de junio de 1924) sobre una conferencia de Adler, pronunciada poco antes, en la que, a propósito del reciente «proceso de los sádicos», expuso el caso de un paciente de unos treinta años: el hijo único entre un padre blando y una madre severa y ambiciosa, el sentimiento de inferioridad, el masoquismo aparente como sadismo y la victoria falseada del débil; concluye con un alegato contra el tratamiento penal de estas personas.
Author: Ej.
URL: https://adler.school/archivo/adler/cronicas/1924-06-24%20Der%20triumphierende%20Besiegte
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<!-- S. 3 -->

# El vencido triunfante.

## Una conferencia del Dr. Adler sobre sadismo y masoquismo.

<!-- En la columna izquierda de la crónica figura una caricatura dibujada de Adler (cabeza de perfil, firmada), sin pie. -->

Hace falta un caso concreto para caracterizar una situación; hay que subir *un* destino a la tribuna para que se preste atención al destino de innumerables personas.

Todavía no hemos aprendido a ver en la culpa y en el destino algo más que la suma final, el extravío, el delito en sí.

¿Quién de nosotros tiene la comprensión, la paciencia y el amor a los hombres suficientes para descomponer esa suma final en sus partidas, para desandar a tientas el camino que siguieron aquellos cuya meta nos parece tan incomprensible, tan sombría, tan enigmática?

Ay, nos hemos hecho culpables ante todos los culpables, y nuestra impaciencia, nuestra ignorancia y nuestro inhumano fariseísmo son peores que la peor falta, más crueles que la culpa más cruel.

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El «proceso de los sádicos», que se desarrolló hace poco tras los muy concurridos ojos de cerradura de un procedimiento secreto, ha logrado sacudir a la opinión pública, en el buen sentido y en el malo. Y el público al que se sirvió este desecho sensacionalista estuvo pronto dispuesto a formarse un juicio a partir de las informaciones deformadas y llenas de lagunas, para confirmar con él la sentencia, que es una bofetada a toda experiencia médica y psicológica.

Se convirtió en delito punible la disposición enfermiza en sí —no su explotación material, puesta en duda repetidas veces y confirmada solo por una de las partes—, y se incluyó esta falta *por primera vez* en una categoría cuyo alcance había sido hasta entonces muy limitado y del todo inequívoco.

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**Sobre estos extravíos —y solo sobre ellos, completamente al margen de las personas del proceso y de la manera en que lo entendió el tribunal— habló hace poco, en el marco de una conferencia, el psicólogo individual Dr. Alfred *Adler*. Expuso un caso de masoquismo y sadismo que había observado en un paciente de unos treinta años.**

El paciente es el único hijo de unos padres muy acaudalados. El padre es un hombre blando de corazón, condescendiente, fácil de influir, que nunca tuvo valor para oponerse a los deseos, a menudo ávidos y desenfrenados, del hijo único. El niño comprendió muy pronto que le resultaba fácil dominar al padre. Frente a esta blandura estaba la gran energía de la madre, procedente de una familia en la que siempre se había dejado a las mujeres llevar la voz cantante.

**Esta mujer era de una firmeza y una severidad férreas, que acompañaba a veces de castigos corporales. Era además muy ambiciosa y exigía, igual que a sí misma, también a su hijo rendimientos máximos, que excedían con mucho las capacidades del delicado muchacho.**

El niño aprendía bien, comprendía con rapidez y figuraba entre los mejores alumnos. Pero según el deseo de ella debía ser el primero, y cada pregunta en la escuela, cada calificación daba motivo a los más violentos reproches.

Esta opresión y este dominio del niño no disminuyeron con la juventud y se han mantenido hasta hoy. Durante la guerra, que el joven hizo en puestos muy expuestos, cada viaje de permiso fue causa de violentos choques. La primera palabra que la madre tenía para el hijo que volvía a casa era siempre la pregunta por una condecoración. Y el reproche «¿Por qué no tienes todavía la medalla al valor?» le amargaba todo el permiso.

La sensibilidad erótica apareció en el paciente extraordinariamente pronto. Y desde el principio fue el sentimiento de miedo, de humillación, de hundimiento lo que lo excitaba sexualmente.

**El niño había adquirido, pues, dos clases de experiencias: que era posible dominar mediante la energía, mediante exigencias desmedidas y tajantes (frente al padre), y que era posible además, mediante la humillación, el empequeñecimiento de sí mismo, los ruegos y el llanto, sustraerse por una parte a la dureza de la madre y, por otra, obtener de estos sentimientos excitación sexual. El muchacho llevaba en sí una mezcla de ambos caracteres, pero sobre todo, deformada, convertida en caricatura, la imagen de la madre.**

El *sentimiento de inferioridad*, que se había formado en el niño y en el joven por el continuo menosprecio de sus logros y la exageración de las exigencias, y que se veía reforzado además por circunstancias externas, por su constitución débil y por un ligero defecto del habla, se apoderó por igual de la actitud del paciente ante el entorno: ante la sociedad, ante el trabajo y ante la mujer.

Se sentía incapaz de desempeñar profesión alguna, aunque ni sus capacidades ni su buena formación lo justificaban en absoluto. **Se retiró por completo de la sociedad,** no tenía trato con ninguna mujer, ni amigos.

Es evidente que la sexualidad indómita que dominaba al paciente exigía satisfacción de un modo u otro. El camino hacia la mujer, a la que por una parte temía y por otra quería dominar, había quedado completamente destruido por la tensión con la madre. Seguía necesitando, para excitarse sexualmente, el sentimiento de humillación, la representación del sufrimiento, del suyo y del de otros, que transponía a sí mismo.

Todas las experiencias de su vida no lograron borrar la impresión de la madre, ante la cual seguía siendo el más humillado, el castigado, ante la cual seguía siendo el niño. Su madre era grande, él pequeño; ella era la madre, él el niño, y de este ser niño procedían sus sufrimientos, que, manifiestos solo para él, encerraban un dulce núcleo.

Para trasladarse al sentimiento del sufrimiento que necesitaba para su satisfacción erótica, tenía que sufrir como niño o —subterfugio de la cobardía— imaginarse los sufrimientos de otros niños.

Una imagen que vio en su primera infancia —Moloc, que devora niños— se le quedó grabada hasta hoy.

Pero no era en absoluto su tendencia someterse sin más y definitivamente.

**Se creó un estado de ánimo en el que fijó para todo el futuro, como intención final, transformar su problema erótico: ser aparentemente el inferior y el que sufre, pero en realidad, por los sentimientos que experimentaba en ese sufrimiento, el superior y el vencedor.**

Una victoria por el camino recto —fuera en el terreno intelectual, en el moral o en el sexual— se había vuelto imposible para su debilidad. Así que se valió de una falsificación, de una astucia inconsciente. Despreciaba la sociedad, que lo habría condenado a una posición modesta, la evitaba y se procuraba mediante esta distancia una superioridad aparente. Evitaba a la mujer, ante la que se sentía inseguro, evitaba el trabajo, en el que habría fracasado, y era así el triunfador desde lejos.

De este mundo imaginario en el que vivía el joven ya no había mucha distancia hasta la realidad.

La casualidad puso en su camino a una mujer de índole parecida, dominante, de alto nivel intelectual, extraordinariamente maternal, en la que enseguida vio a la madre, aquella madre ante la que tenía que humillarse para dominarla. Su aparente *masoquismo* no era otra cosa que *sadismo*, pues los sufrimientos que él mismo sentía y que, en virtud de su inaudito entrenamiento, sentía con los demás, en realidad no los padecía él. Representaba, en la humillación, con ruegos y llanto, el papel que había representado ante su madre y que por un momento lo sustraía a su poder y le daba el sentimiento del triunfo.

Creía vencer a su madre mediante la victoria falseada sobre esta mujer, a la que, con su aparente debilidad, llevaba siempre adonde él quiere tenerla.

Como rasgo externo, el paciente tiene una manera extraña y llamativa de andar. A cada paso se agacha para, de repente, impulsarse hacia arriba. Más llamativo todavía es el movimiento de la mano con que despacha todo —personas, libros, acontecimientos—: un movimiento rápido y violento que expresa desprecio y se parece a un latigazo.

**La fórmula a la que ha reducido toda su vida puede expresarse en pocas palabras: «Como soy tan débil, tengo que procurar ser el más fuerte por medio de la astucia».**

El Dr. *Adler* concluyó su exposición de este caso, uno entre cien, con las palabras:

«La opinión pública se cree autorizada por el estado actual de las leyes a ver a estas personas como delincuentes y a aislarse de ellas. En realidad son personas muy pobres, eternos fugitivos, extraños que han tenido la desgracia de perder el bien más importante y valioso —el contacto con el entorno—, que en la cárcel se pierde por completo».

Ej.

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): *Der Tag* (Viena), n.º 564, 24 de junio de 1924, p. 3, crónica firmada «Ej.», transcrita sobre la imagen de la página (ANNO / ÖNB, ANNO_tag19240624).

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan el título y el subtítulo, la división en párrafos, las negritas del original y las cursivas que reproducen su espaciado. *Minderwertigkeitsgefühl* se traduce «sentimiento de inferioridad», y *Distanz*, «distancia», según el glosario del archivo; *Training*, «entrenamiento». El cambio de tiempo verbal del original («wo er sie haben will») se mantiene.
