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Title: La elección de síntoma
Description: Conferencia publicada en 1936 en la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie. Adler sostiene que la elección del síntoma solo se comprende como obra creadora y finalista del individuo dentro de su estilo de vida: examina el papel de los órganos inferiores, del mimo y de los errores de educación, y lo ilustra con el caso de un muchacho ladrón y fugitivo, el de un niño de cinco años con terrores nocturnos y el de una maestra con miedo a morir en el metro.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1936-04%20Symptomwahl
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<!-- S. 65 -->

# La elección de síntoma.

Por ALFRED ADLER.

El tema que hoy he de tratar me parece el más difícil de todos en la psicología de las neurosis y en la psicología en general. Me parece que solo puede uno atreverse con este tema cuando ya ha superado las dificultades que se oponen continuamente a la psicología de las neurosis y a la psiquiatría. Ante todo hay que decir también que, cuando uno se acerca a la elección de síntoma para comprenderla, debe abstenerse por encima de todo de cualquier conjetura. Aquí todo tiene que estar sólidamente remachado, probado por todos los lados. No puede tambalearse ni una piedra del edificio. Más aún, tenemos que llegar a poder decir: si yo estuviera en el mismo lugar, si hubiera tenido el mismo error en mi opinión sobre la vida, si me hubiera entrenado de esa manera como este ser humano, si equivocadamente, como él, hubiera hecho de algo un problema, la causa de la organización de mi vida, entonces sufriría aproximadamente los mismos síntomas. Solo entonces, después de esta identificación, podemos afirmar que hemos comprendido de verdad a un ser humano y que entendemos su elección de síntoma. Claro que aún hay que añadir algunas cosas. Ante todo quisiera decir que, cuando hoy hablo de elección de síntoma, se me ha de permitir que no me refiera solo a la elección de síntoma en la neurosis, sobre todo porque —como establece la psicología individual— lo que llamamos neurosis no son en realidad más que síntomas, síntomas de un estilo de vida erróneo, fenómenos que aparecen cuando alguien no sale adelante con las cuestiones de la vida de la manera normal que esperamos. Este es uno de los puntos de vista que queremos tener en cuenta. Y si al final vemos que efectivamente nuestras investigaciones valen no solo para la neurosis, sino también para los niños difíciles de educar, para los delincuentes, etc., se me perdonará que haya extendido tanto mi tema.

Solo comprenderemos la elección de síntoma si la consideramos como una obra de arte. Tenemos que abstenernos de nuestro juicio de jueces y limitarnos a contemplar con admiración cómo cada ser humano es un artista en el camino de su vida, aunque sea a partir de sus errores, de influencias que sin duda no fueron las adecuadas y a las que el interesado tampoco respondió correctamente. Así pues, si partiendo de un síntoma cualquiera queremos establecer algo, no podemos, según toda previsión humana, hacer otra cosa que sentirlo *como una parte del todo*, es decir, encontrar en cada síntoma que queremos examinar y comprender algo más, aparte de la exterioridad que se <!-- S. 66 --> observa, aparte del contenido, aparte de que alguien, por ejemplo, *sufra* dolores de cabeza, fenómenos de angustia, ideas obsesivas, de que se haya vuelto ladrón o un holgazán en la escuela. Hay en él además algo personal, único. Una decisión no puede tomarse con una fórmula. Cuanto más atentamente se mira un síntoma de esos, y cuanto más se entiende de la construcción de la estructura anímica, tanto más se comprenderá que no existen síntomas que signifiquen lo mismo. Solo hasta cierto punto podemos nombrar las diferencias, debido a la pobreza de nuestro lenguaje. De ahí que otros vean igualdades donde nosotros encontramos diferencias. Pero una cosa sí puede decirse en todo caso: en esta realización creadora que tenemos delante, una realización creadora cuyo maestro es siempre el paciente en cuestión, o como queramos llamarlo, se encuentra siempre un rasgo que aspira a una especie de perfección, se encuentra un devenir, nunca un ser, un devenir que evidentemente tienen también ante sí todos los que hablan de una elección de síntoma. Lo sepan o no, quien habla de elección de síntoma tiene que unir a ello la idea de que se trata aquí de algo dirigido a una meta, de algo que solo puede entenderse y comprenderse *desde el punto de vista final*.

Antes que nada hay que resolver la importante cuestión, hoy especialmente subrayada, de hasta qué punto desempeña un papel la herencia, ya que a menudo puede observarse cómo en un árbol genealógico aparecen ciertos fenómenos semejantes. Pues bien, decía antes que de la semejanza o la igualdad exterior de los síntomas nunca podemos sacar una conclusión, y que aquí vale el dicho: cuando dos hacen lo mismo, no es lo mismo. En la psicología individual tratamos de establecer todos los hechos que han conducido a caminos equivocados. El primer hecho con que nos encontramos es cómo recibe el niño la vivencia de su corporalidad, con la que ha de entrar en la vida y con la que ha de hacer frente a la vida. Al cabo de algún tiempo se encuentra ya muy claramente marcado el comportamiento del niño y su toma de posición en el sentido de que un niño confía más en sí mismo y otro menos, de que uno procede activamente y otro de modo menos activo, de que un niño piensa casi con inquietud siempre en sí mismo, mientras que el otro está dispuesto a incorporarse y a colaborar, a ayudar, a jugar con los demás y a no cargar el peso a otros, a expresar si es una ayuda o una carga, etc. Naturalmente, al hablar aquí de esto, solo he escogido tipos que todavía no nos dan una solución definitiva para el caso individual, porque tenemos que contar continuamente con miles de variantes. Con todo, muy pronto podemos observar las influencias de la corporalidad, de la validez de los órganos, *de las posibilidades y capacidades anímicas, universalmente humanas, evidentemente innatas en grado diverso, de las que no podemos afirmar nada, ya que solo queremos calcularlas a partir de los resultados entrenados,* tal como *el niño las vive* y como el niño *las emplea y las aprovecha.* Naturalmente, al niño también pueden ocurrírsele errores. El niño se encuentra en algún estado de ánimo frente a las exigencias de la vida. Por pequeñas que sean estas exigencias, afectan sin embargo a la respiración, al movimiento, a la toma <!-- S. 67 --> del alimento, a la limpieza, al entorno, etc. Todas estas funciones guardan naturalmente relación también con la valía de los órganos. Y así la psicología individual pudo establecer, en mayor medida de lo que ya se sabía antes, que los niños que vienen al mundo con órganos más débiles reciben de ello de algún modo impresiones que podemos captar como impresión de debilidad, de inseguridad, de inferioridad, de dificultad u hostilidad de la vida, y que pueden repetirse una y otra vez como resultados de una inseguridad. En este punto tengo que exponer una idea importante que puede llevarnos más lejos en la comprensión de la elección de síntoma. Si un estado así de sentimiento de inseguridad, de sentimiento de inferioridad —que hoy, como enseñó la psicología individual, se reconoce de manera completamente general como un hecho—, dura largo tiempo, es evidente que ese niño construye entonces su vida y su plan de vida en esa situación, en esa sensación, en ese estado de ánimo, que toma posición en consecuencia, de modo que podemos afirmar que aquí hay *un entrenamiento*, un entrenamiento que da lugar a una fijación de la actitud ante las tareas vitales. Un entrenamiento que se caracteriza principalmente —como he podido mostrar— porque un niño así *puede estar* mucho más preocupado por sí mismo y produce todos esos rasgos de carácter que luego nos parecen comprensibles, pero que al niño le parecen necesarios y evidentes. Encontrarán ustedes, por ejemplo, rasgos de carácter de cautela excesiva, lo cual ya indica que se trata aquí de un individuo que no confía demasiado en sí mismo y que barrunta un mundo de peligros. Encontrarán rasgos de especial susceptibilidad, lo que permite comprender cómo teme este niño perder el apoyo cuando su angustiada visión de la vida barrunta una amenaza o cuando es atacado. Encontrarán rasgos de impaciencia, que nos muestran igualmente que tenemos que vérnoslas con un individuo que tiene poca confianza en sí mismo, que no puede esperar, sino que cree que ha de ver cumplidos en el acto todos sus deseos, so pena de que ello signifique una derrota; que tiene una inclinación excesiva a cargar a otros la solución de las tareas, a ser desordenado o, para sobornar a otros y conseguir una posición privilegiada, a someterse en apariencia y a seguir servilmente todas las reglas. Siempre, claro está, en la aspiración a conseguir una mayor notoriedad, cosa que en todas estas líneas solo es posible con una esfera de actividad restringida y con una emotividad acrecentada. Esta conduce muy a menudo también a estallidos abiertos de emociones, que se manifiestan claramente como ira, tristeza, ternura exagerada, en suma, como una afectividad acrecentada con el fin de enaltecerse a sí mismo.

Conocemos los síntomas que se manifiestan corporalmente, que persisten o reaparecen una y otra vez sin tener fundamento orgánico, aunque a menudo delatan el «locus minoris resistentiae». Comprobamos que en esos órganos inferiores aparecen no pocas veces, en el curso de la vida, fenómenos marcados de daño orgánico, pero también que el niño, sin que le parezca llamativo, dedica muy a menudo un interés especial a la protección y a una mayor realización creadora del locus minoris resistentiae.[^t1] Puede comprobarse entonces que los niños que <!-- S. 68 --> sufren alguna debilidad visual observan con especial interés las perspectivas, los colores, las líneas, las sombras y la simetría, para poder captarlo todo mejor. Es seguro que se hallan bajo una tensión mayor, que en ocasiones puede llevar a una gran ventaja, una tensión que quizá más tarde los lleve a captar mejor lo visible, mientras que otros, bajo otras influencias, abandonan muy pronto esta aspiración y no se esfuerzan por lo visible, porque han vivido la experiencia de no salir adelante. Lo mismo se encuentra en otros órganos, en la inferioridad del aparato digestivo, donde los niños sufren a menudo largo tiempo, donde tienen que pasar hambre para curarse o mantenerse con vida, donde les dan a tragar cosas desagradables, donde hay que tener mucho cuidado con su alimentación, de modo que en estos niños el interés se dirige artificialmente hacia lo comestible, como mostró *Czerny* hace ya muchos años. En estas personas se encontrará muy a menudo que no solo su aparato digestivo es propenso y muestra en ocasiones enfermedades, a veces, claro está, solo en el árbol genealógico. Sino que estas personas se interesan a menudo sin cesar por la comida, hablan de ella con gusto, pueden también aquí alcanzar ciertas ventajas, pero en el fondo se enfrentan a la vida con un eje principal que no encaja con la armonía de la vida. Porque tenemos que afirmar, cosa que confirma toda experiencia, que todo lo que en la composición, en la construcción de nuestra vida anímica, en la organización de nuestra vida experimenta un énfasis excesivo, perturba la armonía de la convivencia. No tienen más que pensar, por ejemplo, en la limpieza. Si a un niño cualquiera se le acostumbra a exagerar la limpieza y a considerarla el punto principal de la vida, si un niño así crece con semejante concepción de la vida, como si la limpieza fuera en todas las circunstancias lo más importante de todo y todo lo demás hubiera de descuidarse en comparación, ya podemos barruntar que desde ahí estará más cerca de una neurosis obsesiva de lavado. Una persona así hará valer sin duda tácitamente su limpieza frente a todos los demás, y también que ellos no son lo bastante limpios para ella, pero fracasará en la obra de su vida. Quizá haya una sola realización del organismo anímico de la que no puedo ver que pueda exagerarse nunca en perjuicio, en contra del interesado, y es el sentimiento de comunidad.[^t2] Aquí se abre un camino para comprender toda una serie de síntomas, no solo síntomas neuróticos. Por ejemplo, en las dificultades del aparato digestivo sucede muy pronto que un niño así, con su gran interés por todo lo comestible, con su hambre *quizá* extraordinariamente acrecentada y su avidez por la comida, extiende su interés, a partir de la relación de lo comestible con el problema del dinero, también al problema del dinero, y que en estas personas encontramos muy a menudo que se cargan enormemente no solo con la comida, sino también con la codicia de dinero. Si en este punto puedo mencionarles un tipo que hace ya tiempo describí como «pequeño Napoleón», se trata de magnates del dinero que a menudo han padecido toda su vida trastornos de estómago. Ford, por ejemplo, a quien sin duda puede contarse también <!-- S. 69 --> entre los hombres de negocios más hábiles, ha escrito, entre otras cosas, un manual de «alimentación correcta». Hay también otros ejemplos, y a veces se obtienen perspectivas de naturaleza tan interesante que no puedo sino recomendarles que tengan presentes estos puntos de vista. *Czerny* señaló hace ya tiempo la importancia de la debilidad del aparato digestivo para el desarrollo anímico y también para los problemas neuróticos. En el caso concreto puede decirse más al respecto; yo solo puedo trazar la línea fundamental, pero naturalmente, cuanto más clara la pregunta, más intrincada la respuesta. No se trata solo de órganos inferiores que influyen en el estilo de vida, sino también de todos los niños que de algún modo se han situado artificialmente de través ante los problemas de la vida y por ello no están preparados para las exigencias de nuestra cultura. Tenemos que acordarnos también de las influencias que, a través de la conducción de un niño, actúan muy tempranamente sobre él. No solo las condiciones económicas, no solo la habilidad de los educadores, la destreza y la experiencia de la madre actúan sobre el niño, sino también toda la situación familiar. Desde fuera, las olas de la vida social inundan hasta el cuarto de los niños e influyen sin cesar sobre el niño, el cual, por cierto, tiene la última palabra en su respuesta a las influencias de la herencia y del entorno.

Porque el niño tiene que tomar posición para no desintegrarse en su estructura anímica. Tiene que encontrar una dirección, y esa dirección apuntará a salir adelante de algún modo con los problemas de la vida, a aspirar a alguna forma final, a una solución de las dificultades, etc. De la situación familiar procede naturalmente una gran afluencia de impulsos y excitaciones que pueden inducir a la elección de síntoma. Tenemos que considerar las influencias anímicas exteriores. Pero el niño tiene que encontrar la preparación para una vida constante, cambiante y creciente en sus exigencias. Esta es una tarea en la que debe ayudar la educadora, la madre. Como se trata aquí de realizaciones humanas, comprendemos bien que difícilmente podrá esperarse una solución ideal de esta tarea. Se darán mil variantes en la crianza del niño, en la conducción para poner en armonía con la cultura su capacidad primitiva de rendimiento. Podemos comprender entonces que puedan aparecer innumerables errores y que lleven cada vez más la autodeterminación de la actitud vital del niño en una dirección determinada, de modo que las cuestiones de la vida que han de venir encontrarán al niño deficientemente preparado. Los problemas de la vida pueden concebirse —naturalmente, esto no ha de tomarse al pie de la letra— como un problema matemático. Solo podrá encontrar la solución aproximadamente correcta quien tenga la preparación matemática. Se quiere educar al niño de modo que, como lo exigen nuestras cuestiones culturales, llegue a ser un verdadero semejante, que esté preparado para resolver cuestiones que no pueden resolverse sin sentimiento de comunidad, cuestiones del yo con el tú, cuestiones de la ocupación, cuestiones del amor, en las que siempre se trata de aportar un interés suficiente por la pareja, por el bienestar de la humanidad, <!-- S. 70 --> todas ellas cuestiones que no pueden resolverse si uno no está preparado en el sentimiento de comunidad.

Hasta donde hemos podido establecer, a los tres, cuatro o cinco años el niño tiene un estilo de vida tan firmemente asentado que ya no cambia sin la comprensión de los errores que en él se esconden. Este estilo de vida tiene entonces la forma y la extensión que pudieron alcanzarse hasta ese momento, y la pregunta es: ¿cómo responderá este estilo de vida, de forma peculiar, sobre el que han actuado las influencias de la madre, del entorno, captadas individualmente por la fuerza creadora del niño, cómo responderá este estilo de vida ya firmemente asentado cuando se encuentre ante una cuestión para la que no está preparado? Muy pronto se ve hasta qué punto se hace valer en la respuesta del estilo de vida una concepción errónea del mundo exterior. Se ve en la manera como un niño se hace dependiente de otra persona y con ello hace a esa otra persona dependiente de él, como se encuentra en los niños mimados. En realidad hay muy pocos niños que no hayan sido mimados. Quizá todo niño tenga que experimentar cierto mimo al comienzo de su vida. La forma correcta de educación consistiría entonces en hacer del niño, lo antes posible, un colaborador independiente. A eso apunta sin duda la obra de nuestra educación. Ni siquiera hablaríamos de síntomas, de fracasos, de los extravíos de la vida anímica humana, si tuviéramos la seguridad de que los que yerran son semejantes, de que viven con los demás, trabajan con los demás, aman con los demás. Pero precisamente eso es lo que falta, y por eso la humanidad se esfuerza una y otra vez por poner orden, por conseguir mejoras, etc. Pues bien, la forma ideal de conducir la educación es extraordinariamente rara, y por eso en el desarrollo de un niño habrá que contar siempre, naturalmente, con algunas desviaciones. El niño, casi siempre olvidado, responde siempre de la manera que le parece exitosa. Pero entonces comienza en realidad la obra más aguda e importante de la educación: advertir tempranamente esa desviación y remediarla. A menudo oigo objeciones como esta: he hecho todo lo que podía, he intentado hacer independiente al niño y, sin embargo, no se ha conseguido; por ejemplo, sigue poniendo dificultades para comer, no quiere irse a dormir, tiene dificultades con las deposiciones, tiene celos de la hermana menor, moja la cama, grita por la noche, etc. Solo podemos responder: la obra no se ha logrado. Quizá hoy no hayamos llegado aún a dispensar a un niño la educación en una medida más acertada, de modo que su conducción hacia la solidaridad humana quedara asegurada de antemano. Claro que podríamos hacer mucho más de lo que hoy se hace, y entonces no veríamos, naturalmente, que un niño rechace, por ejemplo, la aceptación de la cultura; porque un niño solo rechaza la cultura cuando la madre no consigue adaptarlo a ella. Puede haber dificultades, pero que puede conseguirse no admite duda. Claro que «educación» no significa solo hacer valer influencias favorables, sino también ayudar cuando el niño no responde correctamente. Si alguien duda de las posibilidades de una buena educación, yo le plantearía la pregunta: «Si usted no se cree capaz de conseguir que un <!-- S. 71 --> niño llegue a estar en orden en su actitud ante la cultura, ¿no se creería capaz por lo menos de conseguir que cualquier niño se ensucie, no quiera comer, no quiera dormir, odie al padre o a la madre?». Eso sería sin duda fácil de lograr. De ahí podemos ver que aquí están en juego factores educativos, y son principalmente los niños mimados los que no están a la altura de los problemas de la vida, los que están acostumbrados a que se les cumpla cualquier deseo, los que naturalmente generan también en sí mismos un sentimiento y una aspiración a quererlo todo enseguida y a odiar a quienes se lo impiden. Esos son los niños que se apegan a una persona y quisieran excluir a todas las demás. Esos son los niños en los que más tarde, o ya antes, puede hablarse, desde luego de manera muy exagerada, de un complejo de Edipo. Esos son los niños que no han aceptado la cultura, que están en lucha contra la cultura porque nadie ha conseguido adaptarlos a ella. Siempre son niños llenos de amor propio que se empeñan en que «primero voy yo, hago lo que quiero y no tengo nada que ver con los demás». «Todo o nada», «plechea si neq neo supera Acheronta movebo».[^t3] Aquí ven ustedes pronto la negativa a colaborar. Este proceso empieza ya en los primeros días. No necesito decir más a los pediatras sobre lo importante que es no solo que un niño no sea mimado en el primer tiempo, sino que se establezca enseguida cierto orden en su forma de vida, que se evite que el niño entre en conflicto con la cultura. A menudo se consigue evitar errores de este tipo. Aquí no puede responderse como si tales niños tuvieran por naturaleza una aptitud para ciertas malas costumbres. La socorrida «barra fecal» no la ha visto en realidad nadie, y más bien es seguro que en el estreñimiento se detiene todo el curso del movimiento intestinal. Llego ahora a un punto que afecta principalmente a los niños mimados. Los niños mimados se hallan en una situación en la que su sentimiento de inferioridad se agudiza extraordinariamente. Hoy apenas es ya un secreto que el sentimiento de inferioridad de los niños mimados procede de que sienten toda situación nueva como un peligro, como una reducción de su ámbito de poder, de modo que viven en un mundo en el que temen continuamente inseguridades, peligros, derrotas. En la situación de mimo quieren al menos ser los amos. Los niños mimados son los más aptos para convertirse en tiranos domésticos. Que primero se incluya a la madre se debe a que la madre es la persona que primero se ofrece al niño, de modo que efectivamente el mimo de la madre desempeña un papel principal en los extravíos que emprende el niño en los primeros años. Ahora bien, hay innumerables familias que cometen el error que ya he mencionado antes, personas igualmente inseguras, quizá también criadas en una situación de mimo y cargadas de tradiciones erróneas que ahora transmiten, que, por ejemplo, conceden un valor exagerado a la comida, de modo que el niño encuentra ocasión de rebelarse contra ello. Si el niño mimado advierte entonces que de esta manera despierta una atención y un mimo mayores, <!-- S. 72 --> se rebela aún más. No cabe duda de que un niño así, que se niega a comer, tiene un sentimiento de poder mucho mayor y una satisfacción mucho más fuerte de su afán de poder que otros niños. Estos niños mimados dan, tras algunos tanteos previos, exactamente en el punto justo. Son estrategas experimentados, atacan por el punto más débil. Y si una familia concede gran valor a la limpieza de la cama, y el niño tiene la necesidad y la esperanza de poder atraer a la madre también de noche, cabe esperar que el niño moje la cama. No paso por alto que intervienen también las funciones de los órganos, diversas anomalías[^1], etc. Pero si a un niño así, con algunas pequeñas dificultades o también sin ellas, se le dirige insistentemente la atención siempre hacia un punto, por ejemplo, hacia el hablar correctamente, el comer, el dormir, las deposiciones y la orina, etc., y además de una manera que le haga advertir pronto cómo puede retener a alguien, entonces un niño mimado se convertirá con bastante seguridad en tartamudo, en un niño que se niega a comer y a dormir, en enurético. Lo mismo vale para las dificultades escolares. Hay cierto número de familias para las que las deposiciones son el centro de la vida. Un niño así lo advierte pronto y obliga a la familia a ocuparse sin cesar de sus deposiciones. La cuestión de cómo lo consigue intentaré resolverla más adelante. Ocurre sin duda instintivamente, en la línea de una emoción febril, y aumenta automáticamente la satisfacción del niño por ser el centro del mimo o por imponerlo con obstinación. Prefiero hablar del «estilo de vida mimado», que el niño puede desarrollar también aunque nadie lo haya mimado.

Sé que tengo que pasar por alto diversos puntos de vista, pero quisiera mostrarles sobre todo cómo puede producirse la selección de ciertos síntomas por defectos en la educación. Cuando los síntomas desaparecen más tarde, es siempre en una situación tal en que los síntomas ya no tienen valor para el interesado. Si el individuo crece y llega a una situación para la que no se siente preparado, es siempre por falta de capacidad para ser un semejante, un colaborador. Se ponen entonces en marcha todas esas tensiones corporales que, por las vías del sistema vegetativo, o bien alcanzan a los órganos inferiores, o bien el niño se comporta como siempre se ha mostrado victorioso. También aquí se tratará de nuevo, como en la neurosis, de poner a alguien a su servicio, de explotar la aportación de otros al rendimiento de la comunidad. Como he mostrado en otros trabajos, depende de la menor actividad de estos niños que se inclinen a la neurosis o a la psicosis.

Escojo a propósito casos poco complicados, porque se trata más bien de mostrar cómo puede empezarse para llegar a comprender una elección de síntoma. Si ahora sigo adelante, quisiera decir que hay niños en los que, también por un interés deficiente por la colectividad, resulta deficiente algo que constituye en realidad el valor <!-- S. 73 --> del ser humano, y eso es el *rendimiento.* Ahora bien, en nuestra cultura es difícil, ya en la infancia, escamotear el rendimiento. Pero uno puede arreglárselas. Así se encuentra en la neurosis. La aportación a la que todo el mundo está obligado porque vive en un vínculo social puede ahorrarse en nuestra cultura recurriendo a otro que suministre esa aportación, de modo que se exige la colaboración del otro, pero uno mismo no contribuye en realidad nada. Esto solo ocurrirá cuando alguien se vea a sí mismo ante una derrota, cuando alguien tenga la impresión más o menos oscura de que él mismo es demasiado débil, de que es inferior. Podría salir a la luz el sombrío secreto de que en realidad no tiene *ningún valor*. Son de nuevo los que solo piensan en sí mismos, en su vanidad, y no en los demás, los que no pueden olvidarse de sí, los que no pueden poner la fuerza en el trabajo y solo están siempre pendientes de: ¿qué aspecto tengo, qué impresión causo, qué piensan de mí, qué obtengo? Son las personas en las que encontramos sentimientos fuertemente antagónicos, en las que se encuentran obstinación, envidia, celos, etc., señales siempre de que aquí la relación social se ha vuelto hostil, algo que puede seguirse hacia atrás hasta el comienzo de la vida, cuando no se consiguió formar de la forma primitiva del niño un semejante. Este proceso puede encontrarse confirmado de nuevo en cada caso si se avanza por esta línea. Pues bien, cuando alguien niega abiertamente su rendimiento a la comunidad, queda excluido lo que llamamos neurosis. Esto es posible, por ejemplo, en el suicidio, en el delito, en el alcoholismo y en la perversión activa. En la neurosis no es posible; porque el neurótico se muestra con una estructura anímica tal como si quisiera decir: yo sí quisiera colaborar, pero no puedo. Naturalmente, mira siempre las resistencias interiores que surgen en el mal preparado y los obstáculos exteriores, y une a ello la exigencia de que se le exima de colaborar. En sus fenómenos de angustia vemos claramente que se siente inferior, que está como ante un abismo, sin que nosotros podamos confirmarlo. Porque precisamente nosotros, los psicólogos individuales, somos de un optimismo tan incorregible que llegamos a afirmar que todo el que está en posesión de sus sentidos puede rendir por lo menos todo lo que rinde el término medio. Pero si alguien no ha aprendido todavía el sentimiento de comunidad, no queda más remedio que aprenderlo. En efecto, el sentimiento de comunidad, que como posibilidad innata es la dote más importante del niño para esquivar la neurosis y todos los fracasos, tiene que despertarse en la infancia, o bien recuperarse más tarde. El interesado tiene que repetir curso. Como el neurótico se sitúa en el punto de vista del «sí, pero», tiene naturalmente que desarrollar con extraordinaria fuerza los motivos que le ofrecen una excusa. El reconocimiento de la necesidad de la colaboración se mantiene en él. Su voluntad —como dicen todos los pacientes nerviosos— está siempre ahí. Lo que no está es el rendimiento. Este rendimiento lo impide, lo aplaza, apoyado siempre en algunos argumentos que pueden servir de excusa, pero que proceden de pura tensión anímica, como resultados del choque, tal como lo he <!-- S. 74 --> descrito en esta revista. Ahora bien, en la psicología de las neurosis se trata de ver cómo produce el paciente sus excusas. Cuando alguien *quiere* llevar a cabo algo, cuando alguien *reflexiona* sobre algo —sea lo que sea lo que ocurra en la vida anímica—, no puede utilizar sino lo que está en su experiencia (anterior). Es imposible proceder de otro modo que utilizando la experiencia anterior. Tiene entonces que remontarse hasta una situación en la que ya pudo una vez negar su colaboración en las circunstancias más favorables posibles, como angustia, como pretexto, como coartada. Si además le favorece un entrenamiento ulterior de su actitud neurótica, tanto mejor. Si entran en consideración órganos inferiores como apoyos, sin duda se aprovechan, porque empiezan a vibrar por sí mismos en cuanto se excita una tensión anímica. Ante una tensión anímica empieza a vibrar todo el cuerpo. Pero solo lo percibimos en los lugares donde los fenómenos se muestran con más claridad, y esto ocurre casi siempre en los órganos inferiores o en alguna actividad de los órganos que ya se vivió antes, en la infancia, por razones que ya he indicado. Ahora bien, naturalmente no basta con remontarse sin más, sino que aquí hay ya una meta, una meta sustitutiva que ofrece un sentimiento de superioridad, aunque, descrita en palabras escuetas, dice en realidad: «¿Cómo hago para quedar exento, para no tener que llevar a cabo la tarea que temo?». La confesión de la cobardía no es grata; por eso el proceso tiene que refundirse. El interesado casi nunca dirá: estoy excitado porque creo que no valgo nada, que no soy capaz de resolver la tarea, sino que se verá llevado a procurarse de algún modo una cobertura y a mirar sin cesar solo los resultados de la excitación, que se alzan ante él como una salvaguardia. Salvaguardia frente a una derrota, frente a una desvalorización de la propia personalidad. Esta tensión mostrará resultados diversos en personas diversas. Es en sumo grado importante e interesante que irradie *también al ámbito del pensamiento*, como he comprobado, por ejemplo, en la neurosis obsesiva, donde alguien se llena de tal material de pensamiento y adquiere un sentimiento de ello que lo libera de las tenazas de la realidad, y «solo» sus fenómenos obsesivos le impiden rendir más de lo que rinde, mientras que automáticamente, sin pensar en ello, se atribuye una preponderancia sobre los demás. Por un lado, esto es como un bálsamo para la ambición herida; por otro, un sufrimiento, las costas que paga por su escapatoria. Para aclarar este punto quisiera decir que los sufrimientos no le son sin duda agradables al neurótico, no son una realización de deseos, ni la satisfacción de apetitos sexuales o de sentimientos de culpa, sino que son las tristes costas que paga por quedar exento, por poder esquivar una derrota. Pero los sentimientos, los pensamientos que allí surgen —*sentimientos* como en la neurosis de angustia, *pensamientos* como en la neurosis obsesiva, fenómenos de motilidad como en la histeria, etc.— indican, nos dejan adivinar dónde ha puesto el interesado su meta para poder sustraerse a su verdadera tarea, a su colaboración, y qué fueron para <!-- S. 75 --> él en la infancia compensaciones de su sentimiento de inferioridad: pensamientos, sentimientos, motilidad, que ahora vuelven a ser realizaciones. También aquí se ve de nuevo algo «tramposo» en el modo de ser del neurótico, en el modo de ser de todos los fracasos; por eso reaparecen una y otra vez ciertos rasgos de carácter que en realidad no pertenecen al fuerte, al seguro de sí, sino siempre al que se estima débil, pero que trata con todas sus fuerzas de impedir que se descubra su sentimiento de debilidad, el que, por tanto, culpa a otros de lo que ha producido su estilo de vida. La hipersensibilidad, la impaciencia, la golosina en todas sus formas, la timidez angustiada, el anhelo de facilidades ilícitas y una fuerte disposición afectiva son sus compañeros de camino constantes.

Nos queda por examinar cómo se muestra la fuerza creadora del individuo en la producción de sus síntomas. Un ejemplo: si tengo ante los ojos la meta de sustraerme a una tarea, y desde la infancia estoy entrenado por mi timidez a hacer que otro trabaje por mí, que me acompañe, que me proteja, a privarle de su libertad, a someterlo a mí, etc., si estoy en ese camino, tengo naturalmente que desarrollarlo con la mayor fuerza posible, de modo que pueda alcanzar mi meta con seguridad. Pues bien, ¿cómo se produce una angustia que me permita eludir realizaciones necesarias y obligue a otro a aliviarme esa angustia? Los pacientes lo dicen con toda claridad. No entienden lo que nos dicen, no tienen ni idea de que nos dejan echar un vistazo al taller de la neurosis cuando dicen, por ejemplo: «siento que el suelo se tambalea», o cuando dicen: «pienso en la muerte de mi marido, en mi propia muerte», «temo desmayarme, sufrir un ataque al corazón», etc. Sobre todo en las personas mimadas, la idea de la muerte desempeña un papel increíble en cuanto su aspiración al éxito se ve seriamente cuestionada, porque entonces podrían perder su apoyo, porque podría desaparecer alguien que pertenece a su corte. El paciente está continuamente ocupado con la idea de lo desdichado que sería si perdiera su apoyo; pero gracias a esta idea, que para él toca a su necesidad vital, es capaz de producir por empatía una angustia como *si* la indispensable «corte» pudiera perderse; es decir, se identifica con una situación que posiblemente podría darse en el futuro. Donde mejor puede verse es en el melancólico, que vive como si la desgracia ya hubiera ocurrido.

Con esta exposición solo he podido darles, naturalmente, las líneas fundamentales, y creo que tenemos aquí un campo extraordinariamente fecundo para llegar a comprender la elección de síntoma. Pero quisiera mostrarles con uno u otro caso, que he escogido por su sencillez porque son extraordinariamente transparentes, lo temprano que se funda ya la elección de síntoma y lo difícil que es, aun en los casos más sencillos, descubrir correctamente la elección de síntoma sin conjeturas.

«En un caso se trata de un muchacho de trece años que estaba en el quinto año de la escuela primaria, es decir, que ya había repetido <!-- S. 76 --> dos veces, y que pasaba por ser el peor alumno de aquella escuela. Además, había cometido varios robos y también se había escapado de casa algunas veces, desapareciendo durante algunos días hasta que la policía lo encontraba y lo traía de vuelta. El maestro lo había intentado con castigos, con amonestaciones, pero ni así ni por las buenas había conseguido nada, de modo que se decidió enviar al muchacho a un reformatorio. Llegó allí con un certificado en el que estaba escrito que el muchacho era débil mental. En este reformatorio había un maestro que era alumno mío y que no se contentaba con mirar solo los síntomas, sino que quería comprender también el estilo de vida y con él la elección de síntoma, convencido de que ningún robo es igual a otro. Como sabía que en las faltas mencionadas tenía que tratarse de manifestaciones de la personalidad entera, procuró penetrar hasta el núcleo de la personalidad, encontrar lo que yo he llamado la "constitución psíquica", que se ve desarrollarse en los años tercero, cuarto y quinto de vida, que permanece siempre presente y siempre percibe, responde y asimila como tal mientras no se vuelva hacia lo mejor. Así sabía también que podía empezar por cualquier punto, porque en cada síntoma está siempre toda la gran melodía del individuo. Comenzó por examinar las calificaciones. Encontró que el muchacho había tenido buenas notas en los tres primeros cursos y malas solo en el cuarto. De ello concluyó que, por alguna razón, no tenía la preparación adecuada para el cuarto curso de primaria. El maestro del reformatorio concluyó además que en el cuarto curso el muchacho había tenido otro maestro. Esto se confirmó también. Y pudo concluir además que en los tres primeros años el muchacho había tenido un maestro amable, y en el cuarto uno nada amable, para el que su estilo de vida no estaba preparado. Pudo inferir que se trataba aquí de un niño mimado que, conforme a su estilo de vida, solo avanzaba *condicionalmente*, si se le trataba con amabilidad. Resultó, pues, que este muchacho, con su constitución psíquica, sometido a una prueba de funcionamiento, como en este caso ante un maestro severo, tenía que indicar con un síntoma que fallaba, porque solo estaba preparado para el calor. Hasta aquí llegó el maestro con solo examinar las calificaciones. Estos hechos fueron confirmados por el muchacho. Le preguntó además: "¿Qué hiciste con el dinero robado y con las cosas robadas?". El muchacho respondió entonces: "Se lo regalé a mis compañeros para que fueran mis amigos, porque no tengo amigos, y como soy un muchacho pobre y el peor de la clase, los demás me evitan". De nuevo se oye la gran melodía fundamental en la elección de síntoma del robo, porque apenas había otro camino para sobornar a los compañeros. Vemos el anhelo del muchacho, su hambre de ternura, y cómo quiere comprar la ternura mediante el soborno. Podemos inferir que evidentemente la madre lo mimó, y tendremos que demostrarlo. El maestro le pregunta: "¿Cómo fue que te escapaste?". Él dijo: "Me escondía en el bosque <!-- S. 77 --> o en un granero cuando mi padre quería pegarme. Pero por la noche siempre recogía leña en el bosque y la dejaba delante de la cocina de mi madre, para que tuviera leña para cocinar". Volvió a robar con el fin de sobornar a su madre, de ganarse su amor, igual que trataba de ganarse el amor de sus compañeros. No conoce otro medio para llegar a ser mimado, lo cual es para él la cumbre de la vida. Un mal alumno, golpeado por el maestro, incapaz de avanzar, ¿cómo iba a conseguir amigos? También podemos afirmar, en contra de su informe escolar, que el muchacho es inteligente. Ha hecho algo que otra persona inteligente tampoco habría podido hacer mejor ni más adecuadamente a su fin».

Ahí vemos la elección de síntoma: da en el punto justo para llegar a su meta. En la escuela solo esperaba que lo insultaran. Si yo tuviera la misma expectativa, tampoco iría. También esta elección de síntoma es inteligente, comprensible y *forzosa*. Se escapó de casa porque el padre era severo con él, y cuando traía malas notas el padre le pegaba, la madre lloraba y se mostraba poco amable. Así que se escapó para conmover el corazón de la madre. Se ve cómo cada uno de los síntomas apunta más allá de sí mismo y lleva en sí la melodía fundamental: el robo, para sobornar a otros; la fuga, para hacer temblar a la madre, para arrancarle su ternura; el fracaso en la escuela, como protesta contra la falta de cariño del maestro; todo solo en la aspiración a ganar calor, a ser mimado y, si no hay esperanza, a fallar. Hasta dónde se remonta en la infancia esta constitución psíquica quisiera mostrárselo también con este caso. Sabemos que la psicología individual concede un valor enorme a los recuerdos infantiles más antiguos, porque los recuerdos infantiles más antiguos indican el interés principal de una persona cuando, mirando hacia atrás, destaca entre mil influencias una que le causó especial impresión. Él cuenta:

«Cuando tenía cuatro años, mi padre me mandó a por un periódico, pero» —cuando se oye este «pero», se ve ya un movimiento del muchacho para sustraerse a la tarea que le impone el padre severo. No se interesa por el padre, como tampoco se encariña con el maestro severo.— La continuación de este recuerdo dice: «Fui a casa de mi tío, me regaló un pastel y se lo llevé a mi madre». Aquí se ve en su línea de movimiento que este niño solo conoce a su madre, y solo se conforma con otro —sea hombre o mujer— si lo mima de la misma manera. Pero sin mimo no avanza.

En cuanto al tratamiento de un muchacho así, puede concluirse que no se puede influir en él si primero no se le trata solo con amabilidad, y esto naturalmente solo puede entenderse cuando se ha reconocido todo su estilo de vida. Desde luego, con mimarlo todavía no se ha hecho nada. Esa sería la misma situación que ya conoce de antes. Pero sin un calor inicial el muchacho no es tratable. Eso es lo que experimentó también el último maestro. Otro recuerdo de este muchacho: «Una vez, en la estación, empezó a arder un <!-- S. 78 --> vagón. En el vagón había pelotas de niño. Los trabajadores se esforzaron por salvar las pelotas del fuego y las tiraron fuera. Unos cuantos niños y adultos estaban alrededor y se quedaron con esas pelotas». Así pues, a los tres años el robo le pareció algo corriente, posible. Así se puede conseguir algo de manera fácil, sin aportación, sin colaboración, sin rendimiento, simplemente haciendo trabajar a los demás, asegurándose la colaboración de los demás y participando de sus logros. De su infancia se infiere fácilmente una gran actividad y una falta de sentimiento de comunidad. Era un delincuente potencial hasta que se curó».

Quisiera ahora comunicar otro caso que también es sencillo, de modo que la elección de síntoma se comprende fácilmente. He señalado que los niños mimados son cobardes y miedosos, porque siempre están acostumbrados a tener un apoyo, y que manifiestan una y otra vez fenómenos de angustia cuando llegan a una situación en la que prevén una derrota.

«Cuando el muchacho tenía cinco años, era uno de los niños más indómitos. La madre estaba siempre agotada, tanto la acaparaba. Se subía con los zapatos a la mesa, metía las manos en la sopera, sacaba con una herramienta todos los tornillos de su cama, rompía todos sus juguetes, etc. Si su madre quería leer, apagaba la luz; si quería tocar el piano, se tapaba los oídos y empezaba a gritar estridentemente, etc. El muchacho era, naturalmente, una gran carga; los padres intentaron muchas cosas con él para volver a ponerlo en el buen camino. Comprendemos ya que sus malas costumbres son evidentemente el resultado de una prueba de funcionamiento que el muchacho no superó. Los padres reciben diversos consejos sobre lo que deben hacer. Se les aconsejó que mandaran al muchacho con otros muchachos. Así lo hicieron. El muchacho trajo a casa un sinnúmero de expresiones groseras y volvía siempre sucio.

El padre lo llevó al zoológico para distraerlo. El muchacho ya había llamado siempre la atención de los padres porque, como hacen tantas veces los niños mimados, dormía inquieto, gritaba por la noche y a veces era sonámbulo. Después de ir al zoológico siguió gritando por la noche, y al acostarse se quejaba de que no podía cerrar los ojos, porque en cuanto los cerraba veía las serpientes que el padre le había enseñado en el zoológico. Se puede mandar también al muchacho al zoológico: siempre hará de ello solo el uso que encaja en su estilo de vida. Pero la prueba de funcionamiento no la había superado porque le había nacido un hermano menor. Su ámbito de poder se había reducido y trataba con todas sus fuerzas de ampliarlo para volver a ser el centro como antes.

El muchacho eligió la angustia como síntoma. ¿Por qué no moja la cama? ¿Por qué no pone dificultades con las deposiciones? ¿Quizá tiene por naturaleza otra disposición, otras zonas erógenas? Qué fácil sería hacer del muchacho un enurético y cultivarle dificultades con las deposiciones. Preferimos concluir de ello <!-- S. 79 --> que la madre no prestó atención a las funciones de defecación y micción, de modo que el muchacho no advirtió que también eran puntos vulnerables por los que podía atacar.

Por lo demás: «también el buen Homero se duerme a veces».[^t4]

Comprender la elección de los síntomas no es un asunto matemático que pueda resolverse con una fórmula. Hay que evitar toda fórmula. Aquí se trata de comprender, de aportar pruebas de lo que se puede adivinar en virtud de una mayor experiencia. Hay que aplicar sin duda el diagnóstico general de la psicología individual, pero sin contentarse ni mucho menos con ello, sino haciéndole seguir el diagnóstico especial, hasta llegar a descubrir la totalidad, la personalidad, la individualidad. De ahí «psicología individual».

«Una mujer de veintiséis años, recién casada, perdió en la época de la depresión económica su puesto de maestra, del que estaba muy orgullosa, y aceptó un puesto de escribiente, mientras que su hermana mayor, también maestra, conservó el suyo. Poco después de entrar en el nuevo puesto, un día la invadió de repente la sensación de que moriría en el acto si no se levantaba de la silla en que estaba sentada trabajando. Este miedo a morir la asaltó también poco después cuando quería ir en metro a su lugar de trabajo, de modo que, aun yendo ya acompañada de su marido, tenía que bajarse una y otra vez.

Con jactancia contó, ya al comienzo del tratamiento, cómo de niña siempre había podido salirse con la suya, incluso con el padre severo, que solo tenía interés por el menor, un varón. Como típica segunda, le resultó tentador superar a su hermana en todo, cosa que por lo general conseguía, sobre todo cuando con el llanto («fuerza hidráulica») hacía ceder a sus padres. Pero le dolió mucho que al hermano se le concediera tanto más favor que a ella. El dominio del padre en la casa y la superioridad concedida al hijo tiñeron su rebeldía, convertida en queja, del miedo al papel femenino, de la «protesta masculina», que se manifestaba, entre otras cosas, en una dismenorrea, como yo he señalado que es síntoma habitual. También el hecho de que, aleccionada por las experiencias con el padre y con el hermano, buscara y encontrara prudentemente un marido inferior a ella muestra su actitud ante la vida y ante el sexo masculino. Aunque su joven matrimonio era del todo feliz, al mencionarlo se echó a llorar y expresó el temor de que también en el matrimonio pudiera salir derrotada. Como su fobia, que se agravó hasta convertirse en agorafobia, persistía, su marido se vio obligado a ponerse por completo a su servicio, a acompañarla a todas partes y a cumplir todos sus deseos. El rechazo de un puesto que la humillaba, escondido tras su miedo a la muerte, se alimentaba además de que la hermana, también maestra, a la que ella siempre había superado, había conservado su puesto. La elección de su síntoma nervioso era completamente idéntica a su comportamiento en la infancia, cuando igualmente, desplegando su personalidad afligida hasta la muerte, recuperaba la superioridad si se sentía perjudicada. El matiz especial de este comportamiento era que frente al marido se sentía <!-- S. 80 --> insegura, como en la infancia frente a su padre y su hermano, de modo que los resultados del choque causados por su derrota frente a la hermana le vinieron muy a propósito para conseguir una superioridad mayor frente a su marido.

Naturalmente, en situaciones en que estaba segura de su éxito podía asegurarlo también con firmeza y con arrebatos de ira, igual que en los casos difíciles lo hacía con la angustia y el llanto. La inseguridad de los autores que en tales casos hablan de ambivalencia, polaridad o *double life* se debe a que no ven el todo de la personalidad como unitario, sino solo los medios que conducen a la meta del estilo de vida. Claro que no tenemos un nombre unificador para los estilos de vida matizados. Si lo tuviéramos, nadie pensaría en una ambivalencia.

De nuevo se nos muestra por la exposición anterior que el camino para prevenir los fracasos está dado cuando hemos comprendido, como he mostrado, que la elección de síntoma está impuesta por el estilo de vida unitario.

[^1]: *Alfred Adler*, Studie über Minderwertigkeit von Organen [Estudio sobre la inferioridad de los órganos]. Bergmann, Múnich.

[^t1]: «Locus minoris resistentiae»: lugar de menor resistencia. La segunda vez el impreso dice *locus minorus resistentiae*. (N. del T.)

[^t2]: El original dice aquí y en otros pasajes *das soziale Interesse*, calco del inglés *social interest* que Adler emplea en sus últimos años como equivalente de *Gemeinschaftsgefühl*; se traduce siempre «sentimiento de comunidad». (N. del T.)

[^t3]: Cita deformada en el impreso del verso de Virgilio (*Eneida*, VII, 312) *flectere si nequeo superos, Acheronta movebo*: «si no puedo doblegar a los dioses de arriba, moveré el Aqueronte». Freud lo puso como lema de *La interpretación de los sueños*. (N. del T.)

[^t4]: Sentencia de Horacio (*Ars poetica*, 359): *quandoque bonus dormitat Homerus*. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de la *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie*, año XIV, cuaderno 2 (abril-junio de 1936), págs. 65-80 (Viena, Verlag Moritz Perles), digitalizado en Internet Archive. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las divisiones en párrafos, las cursivas y la paginación del original, así como las comillas de apertura de los casos citados, que el impreso no siempre cierra (aquí se cierran donde termina cada relato, y el diálogo interior se da con comillas inglesas). *Symptomwahl* se traduce «elección de síntoma»; *verzärtelt*, «mimado»; *Leistung*, «rendimiento» o «realización» según el contexto; *Mitmensch*, «semejante»; *Funktionsprüfung*, «prueba de funcionamiento»; *Schockresultate*, «resultados del choque»; *soziales Interesse* y *Gemeinschaftsgefühl*, «sentimiento de comunidad». Las erratas del impreso señaladas con [sic] en la versión original se traducen sin marca.
