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Title: El problema de la muerte en la neurosis
Description: Artículo de 1936 en la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie. Adler examina cómo vive el niño la experiencia de la muerte según su estilo de vida, y explica la idea de la muerte que aparece en la neurosis como resultado del choque ante una derrota que amenaza el prestigio; lo ilustra con dos casos: una maestra que no puede seguir viajando en metro y un hombre con el impulso obsesivo de tirarse por la ventana.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1936-01%20Das%20Todesproblem%20in%20der%20Neurose
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# El problema de la muerte en la neurosis.

Por el Prof. Dr. ALFRED ADLER (Nueva York).

Se sabe poco de cómo actúa sobre el niño de corta edad la experiencia de la muerte. Seguramente no puede darse una respuesta única. Según nuestras observaciones, es seguro que la consolidación del estilo de vida, hacia el tercer año de vida, marca una diferencia decisiva. Antes de esa edad, la impresión o la huella que deja una experiencia así no parece ser muy distinta de la que puede dejar la desaparición de una persona o cosa más o menos conocida, suceso harto frecuente en la vida del niño. Quizá una impresión de este tipo actúe de manera que el niño se adapte al hecho de la desaparición a su propio arbitrio. Probablemente aprenda a contar con el hecho de que las personas y las cosas pueden desaparecer.

Otra cosa ocurre cuando, pasados los tres años, más o menos, el niño ya ha tomado posición ante los problemas del mundo exterior en las líneas principales de su estilo de vida. Entonces una experiencia así, o la visión de un muerto, se mide, se percibe, se asimila, se digiere y se responde con arreglo a esas líneas principales. Influye en ello, sin duda, el mayor o menor grado en que se sabe arreglárselas con los hechos consumados. Lo mismo sucede en los adultos. La psicología individual comprueba fácilmente que en esto se destaca con mayor claridad, en mil variantes, el estilo de vida mimado, con su complejo del «todo o nada», con su egocentrismo, con su sufrimiento ante los deseos incumplidos y con sus sentimientos exacerbados. Siempre he subrayado que este «estilo de vida mimado», como creación propia de los niños, se forma casi con más frecuencia en los niños abandonados o que se sienten abandonados. El papel principal lo desempeña entonces el mayor o menor apego del niño a la persona fallecida. No es raro que la muerte de personas no queridas, o que estorbaban el apego del niño a otra persona, no despierte en él ningún sentimiento de tristeza, y a veces incluso le produzca satisfacción. También hay que tener en cuenta, sin duda, lo que el niño piensa al respecto: si se trata de una desaparición para siempre o de algo limitado en el tiempo. Y asimismo su idea de la magnitud de la desgracia que ha caído sobre la persona fallecida y sobre los que la rodeaban.

La universalidad del hecho de morir actúa, a su vez, de diversas maneras, y seguramente siempre también en relación con la propia persona. Ante el hecho de que la vida es limitada, cada cual toma posición con toda su actitud ante la vida. Todas las formas de expresión, anímicas y automáticas, participan en ello. El suicidio y sus formas encubiertas, como la locura y la toxicomanía, son tomas de posición más <!-- S. 2 --> o menos activas contra supuestos impedimentos para seguir obedeciendo a las leyes de la vida.

No se hallará objeción alguna contra la concepción de la psicología individual según la cual en la estructura de la vida, que se impone con fuerza evolutiva, pueden reconocerse tres líneas principales. Una tiende a la perpetuación de la vida humana; otra, a la superación eficaz de las dificultades exteriores; la tercera, a la toma de posición ante las tareas de la vida social. Las tres tendencias son partes de un todo inseparable, la función de la vida. La amenaza contra una de ellas, el bloqueo de una de ellas en el sentimiento del ser vivo a consecuencia de una dirección errónea, de una meta final errónea, de un estilo de vida erróneo, amenazan el todo, aparecen como un peligro para la vida. Los resultados del choque que con ello se producen se superan en el mejor de los casos; de lo contrario, ante el peligro amenazador de una derrota decisiva, se fijan como coartadas que alivian (neurosis) o, cuando la actividad es mayor, se prolongan mediante fracasos activos (delincuencia, etc.) hasta un extravío que parece prometer el éxito. El choque se manifiesta siempre en la expresión de la incapacidad para resolver un problema social presente y necesario (complejo de inferioridad), de la que resulta luego, en la conmoción del cuerpo y de la psique, la retirada ante el problema o el ascenso y, en caso de un sentimiento de comunidad insuficiente, el fracaso activo.

Esta fase de conmoción se encuentra siempre en el camino del miedo a la muerte, ya que la línea hacia la solución eficaz del problema presente parece, por el momento, cortada. Y la solución eficaz de los problemas es un componente de la posibilidad de vivir.

Un niño de cinco años recibió una bofetada de su tía. Llorando a gritos, exclamó: «¿Cómo voy a seguir viviendo después de que me has humillado así?». Años más tarde desarrolló una melancolía en la que siempre tenía en mente la muerte y el suicidio.

Lo poco que, por otra parte, afecta la muerte a los niños que tienen el estilo de vida mimado y a la vez —uno de los mil matices— están acostumbrados a que la persona que los cuida les retire personas y cosas, lo muestra el caso de un niño de seis años al que se le comunicó la muerte de su padre, tras lo cual se volvió hacia su institutriz y le preguntó: «¿Puedo ir a jugar ahora?». Lo encontré treinta años después, cuando se arruinó. Lo sobrellevó con la misma impasibilidad que la muerte de su padre.

En los neuróticos, que, como he mostrado, poseen todos el estilo de vida mimado y en la infancia han desarrollado poco sentimiento de comunidad e igualmente poca actividad, pesa mucho que, en cuanto creen encontrarse ante una derrota que amenaza con quebrantar su vanidad, su prestigio, sufran en su exaltación afectiva un choque tan grave que lo sienten como la muerte. Un paso más, y ven en la muerte la única esperanza de evitar una pérdida eminente de prestigio, como en el suicidio o en el juego con un deseo de muerte. *Freud* había demostrado mucho antes este deseo de muerte en los sueños de sus pacientes, pero lo malinterpretó con arreglo a su concepción <!-- S. 3 --> de la libido sexual y del instinto innato de destrucción. Pese a mis indicaciones, hasta ahora ha pasado por alto que el neurótico «potencial» desde la infancia piensa demasiado en sí mismo («¿Por qué he de amar a mi prójimo?»), vive como en tierra enemiga a causa de su imagen del mundo, ajena a la realidad, y, hipersensible, impaciente, acalorado en sus sentimientos y en la sobrestimación de su propia persona, llega inevitablemente al error educativo artificial del resentimiento «pasivo», como he expuesto en «El instinto de agresión en la neurosis» [*Aggressionstrieb in der Neurose*], 1908, y en *El carácter nervioso* [*Über den nervösen Charakter*], 1912.[^t1] El desarrollo deficiente de su sentimiento de comunidad y de su actividad hace de él el tipo expectante (véase también *Kräpelin*), que presupone y explota el sentimiento de comunidad de los demás, a diferencia del delincuente, que considera al otro como adversario y presa.

Siempre con ocasión de un «hecho exógeno», de una tarea que ha de resolverse socialmente, a la que el neurótico potencial no se cree a la altura y que amenaza con aniquilar su exacerbada ansia de prestigio, se produce el choque, que provoca irritaciones corporales y anímicas, síntomas. Luego llega la salvación ante la pérdida definitiva de prestigio, de modo semejante a como ocurría en la infancia cuando se le negaba un éxito. Todo el interés del neurótico se vuelve hacia los resultados del choque, los síntomas. La tarea que amenazaba con la pérdida de prestigio queda casi olvidada; el paciente se declara incapaz de resolver su tarea «a causa de los síntomas y solo a causa de ellos», y espera que la resuelvan los demás o, por lo menos, que se le exima de toda exigencia, y no pocas veces solo «circunstancias atenuantes». Tiene su «coartada» que le alivia y siente a salvo su prestigio. La línea del éxito, inserta en el proceso de la vida, puede seguir libre de interrupciones, pagando las costas. El principio tan importante de la vida, la aspiración a resolver eficazmente un problema, ya no está amenazado; el problema de la muerte se aleja. Pero puede mantenerse a la vista con mayor o menor claridad según el estilo de vida del afectado, unas veces más claramente, otras de manera confusa —*Freud* diría: reprimido en lo inconsciente—. El sufrimiento del paciente es real, casi siempre exagerado para protegerse de la pérdida de prestigio. Es un abuso general en la literatura psiquiátrica hablar como si el paciente huyera a la neurosis, como si estuviera enamorado de sus síntomas, como si no quisiera abandonarlos. Al contrario: los abandonaría con gusto si no corriera el riesgo del mal aparentemente mayor: el peligro de muerte que hay en la pérdida de prestigio.

Principiantes necios en la comprensión de la psicología individual sacan la conclusión de que queremos hacer responsable al neurótico de su sufrimiento. Este malentendido procede sin duda de desconocer la insuficiencia de nuestro lenguaje. Como nosotros lo hacemos comprensible, concluyen que también el paciente podría comprenderlo. Solo es responsable después de haber comprendido. Lo mismo vale para el crítico.

La comprensión de este problema abre una amplia perspectiva. También la muerte efectiva significa el fin de la aspiración a resolver eficazmente los problemas de la vida. Son conocidos los múltiples esfuerzos por disminuir la importancia de la muerte corporal. La muerte <!-- S. 4 --> espiritual, tal como se le presenta sobre todo al neurótico, no tiene menor fuerza aterradora.

He aquí un ejemplo de la práctica clínica:

Una maestra de treinta años, casada desde hacía seis meses, perdió su empleo en la tormenta económica de los últimos años. También su marido se quedó sin trabajo, y así ella se decidió, muy a su pesar, a aceptar un puesto de mecanógrafa. Iba a diario al trabajo en el metro, cuando un día la asaltó la idea *de que, si no se levantaba inmediatamente de su asiento, tendría que morir.* Unos compañeros la llevaron a casa, donde se repuso del susto. Pero desde entonces la asaltaba la misma idea terrible de una muerte repentina cada vez que tomaba el metro, de modo que le resultó del todo imposible seguir trabajando.

La comprensión general del caso no era difícil. La psicología individual concede más importancia que otras escuelas al tipo de movimiento y lo cuenta, igual que el movimiento del habla, entre las formas de expresión interpretables del individuo. También el material del pensamiento y de lo que puede decirse está impregnado de impulsos no comprendidos, como he mostrado. Lo mismo vale para todas las demás clases de movimiento que se manifiestan en relación con el mundo exterior. El campo de investigación de la psicología individual, a diferencia del material de investigación de otras escuelas, es la relación, realizada en actos, de un individuo estilizado de modo peculiar con las cuestiones del mundo exterior. Los contenidos y las funciones aisladas de la vida anímica (percepción, memoria, esfera del pensamiento y del sentimiento, instintos, libido, pulsiones, reflejos, totalidades, etc.) ocupan más el interés de otras escuelas. Agradecemos toda ampliación de nuestro saber en esta dirección, pero estamos muy lejos de suponer que a partir de contenidos, aun reconocidos, pueda comprenderse el enigma de una personalidad única. Por eso nos ocupamos de lo casi mensurable: la relación del individuo único con los problemas de la vida. Quien no conozca estas diferencias en el material investigado se inclinará fácilmente a rechazar cualquier escuela que no sea la suya por «no científica», por «no lo bastante profunda», etc.

Si en nuestro caso prescindimos, pues, del contenido intelectual de la angustiosa representación de la paciente, que le pone la muerte ante los ojos como una amenaza, encontramos un movimiento que, según nuestra premisa, ha de considerarse exitoso para la paciente. Se mueve, por tanto, desde un lugar sentido como derrota hacia otro sitio que de algún modo promete protección frente a la derrota temida. Si introducimos ahora los contenidos, el estar sentada en cualquier silla, y evidentemente lo que va unido a ello, el trabajo en ese puesto, tuvo que parecerle humillante, una derrota completa. Solo de esto puede decirse mucho del estilo de vida y de la imagen del mundo de esta paciente. Ha de tener una gran vanidad, presunción, una conciencia de sí probablemente exagerada; ha de mostrar falta de sentimiento de comunidad y falta de actividad, un matiz especial del «estilo de vida mimado». Habría que aducir argumentos muy sólidos para invalidar estas conclusiones.

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Pero, por convencidos que estemos de nuestras conclusiones, tenemos el deber de convencer a la paciente y de instruir a los que aprenden. Por eso hemos de aportar confirmaciones a partir de su biografía detallada, aun a riesgo de tener que corregirnos. De su infancia sabemos que era la segunda hermana entre tres hijos. El tercero era un varón. He mostrado que el segundo hijo elabora fácilmente una posibilidad de éxito que consiste en superar al primero. Así ocurrió también aquí. La paciente contó que su hermana nunca conseguía nada del padre, un hombre huraño, y ella siempre, sobre todo llorando. Esta relación con el otro, que puede llamarse «fuerza hidráulica», es el arma del débil, del ser humano menos activo, y promete el éxito ablandando al otro. Con el mismo medio consiguió también reclamar para sí toda ventaja que obtenía su hermana. Cuando esta recibió de la madre un anillo con ocasión de un examen final, la paciente no cesó en sus ruegos y lágrimas hasta recibir el mismo anillo. El hermano menor era para ella un fuerte rival. Era el preferido del padre, que se ocupaba poco de su mujer y de las niñas. Además, el matrimonio de los padres era cualquier cosa menos feliz, lo que desde siempre había quebrantado la opinión de la paciente sobre la fiabilidad de los hombres. A la pregunta de si era feliz en su matrimonio, se echó a llorar violentamente y declaró que era la mujer más feliz del mundo. Preguntada por qué lloraba entonces, respondió que siempre temía que aquello no pudiera durar. Todas las derrotas reales y posibles la conmovían en extremo. La meta final a la que manifiestamente tendía era afianzar su superioridad y su seguridad ofreciendo por costumbre, aunque sin entender la relación, la imagen de una persona fácil de conmover, que contaba con la blandura y la condescendencia de quienes la rodeaban; pertenecía, por tanto, como todos los neuróticos, al tipo antes descrito, que tiene poco interés por el otro, lo considera más bien un objeto de explotación y muestra poca actividad.

Entre ella y el puesto que sentía como humillante interpuso el problema protector de la muerte. Es decir, este se presentó por sí solo cuando la paciente se creyó privada de toda posibilidad de éxito. En este sentido son también interesantes sus sueños, en los que siempre aparecían imágenes de difuntos. Quien conozca la doctrina de los sueños de la psicología individual no se sorprenderá, e incluso habría podido adivinar el contenido de sus sueños. Su estilo de vida tenía que hacer esta selección para que no desapareciera la idea de la muerte. Así llegó a reforzar su aterradora representación de la muerte, realizando en sueños un entrenamiento que la reforzaba. Su actitud en la neurosis puede expresarse de manera sencilla y breve como si quisiera decir: antes morir que conservar este puesto. Lo cual, en definitiva, no significa morir, sino abandonar el puesto.

Lo que ella sabía de su caso eran detalles inconexos. Lo que no sabía es la relación que se formaba a partir de su forma de vida, de su imagen del mundo y de los factores externos. <!-- S. 6 --> Algunos llaman a esta relación no comprendida lo inconsciente. Pero entonces está también en lo inconsciente de todos los que no comprenden esta relación.

Quiero exponer con el caso siguiente que el problema de la muerte que surge en la neurosis admite además otras complicaciones, y no raras veces y con múltiples transiciones.

Un hombre de unos cincuenta años se quejaba de un síntoma de aparición obsesiva: el impulso de arrojarse por la ventana en cuanto se encontraba en un piso alto. Este síntoma lo había asustado siempre desde la pubertad, sobre todo porque en su profesión, que ejercía con gran éxito, se veía obligado a visitar también a personas en pisos altos.

El primer pensamiento que se me ocurrió fue que este hombre, a pesar de todo, estaba vivo ante mí. Lo cual quiere decir, sin duda, que había vencido victoriosamente el deseo de muerte y aún lo seguía venciendo. Me pareció uno de esos muchos juegos que los niños juegan a menudo en secreto, como no pisar las juntas entre las losas, etc. Tampoco podía descartarse una semejanza con ciertos impulsos supersticiosos. Aparecía como el vencedor de una pesada opresión.

De su biografía resultó que era el menor de una familia numerosa, el preferido mimado de su madre, y que había tenido todos los rasgos de carácter del niño mimado que yo he descrito. Ahora, sin embargo, los había superado en su mayor parte. De nuevo estaba ante mí como un vencedor.

Mi concepción encontró una hermosa confirmación en el sentido de un recuerdo infantil más antiguo, ya que la interpretación de los recuerdos más antiguos me parece uno de los dones más valiosos de la psicología individual. Contó que el primer día de clase llegó a la escuela lleno de miedo. Allí se encontró con un niño que hizo ademán de abalanzarse sobre él. Estuvo a punto de desmayarse. Pero luego hizo acopio de todas sus fuerzas, se lanzó sobre el niño y salió vencedor de aquella situación terrible.

He aquí un caso que muestra cómo el miedo a la muerte nacido de un choque puede tomarse como estímulo para sentirse vencedor al superarlo. Si el paciente hubiera conocido esta relación, su heroísmo le habría parecido un juego pueril. Pero así su profesión le ofrecía reiteradas ocasiones de acreditarse de manera ficticia. Él miraba los resultados del choque, los síntomas de su neurosis; yo, las consecuencias. Si se hubiera alegrado de burlar a la muerte, pronto se habría cansado de aquel juego que tanto apreciaba. Eso habría puesto en tela de juicio todo el valor de su afán de éxito. Su estilo de vida vanidoso y complaciente consigo mismo llevaba la voz cantante y le dictaba lo que debía mirar y lo que no.

[^t1]: Adler cita abreviadamente sus trabajos «Der Aggressionstrieb im Leben und in der Neurose» (1908) y *Über den nervösen Charakter* (1912). *Kräpelin*: el psiquiatra Emil Kraepelin. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el facsímil de la *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie*, año XIV, cuaderno 1 (enero-marzo de 1936), págs. 1-6 (Viena, Verlag Moritz Perles), digitalizado en Internet Archive. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas y la paginación del original. *Verzärtelt* se traduce «mimado»; *Weltbild*, «imagen del mundo»; *Schockresultate*, «resultados del choque»; *Erwartungstyp*, «tipo expectante»; *Gemeinschaftsgefühl*, «sentimiento de comunidad». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo.
