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Title: Sobre la psicología de las masas
Description: Artículo de Alfred Adler (1934) que explica los movimientos de masas desde la psicología individual; la psique de las masas expresa el estilo de vida predominante de una generación, formado en la primera infancia, y solo es fecunda cuando sigue la corriente de la evolución hacia el bien común; toma como ejemplos la caza de brujas, el sometimiento de la mujer y la guerra, y reclama educar a los niños en la solidaridad humana.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1934%20Zur%20Massenpsychologie
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# Sobre la psicología de las masas.

Por el Dr. Alfred Adler,
profesor del Long Island Medical College, Nueva York.

Sobre qué es la psicología de las masas, o sobre que existe una psicología de las masas, todos están de acuerdo. Todo el mundo habla de ella y todo el mundo emplea este concepto. Pero estamos en un aprieto en cuanto tenemos que decir cómo se forma la psique de las masas, qué valor y qué significado tiene para el progreso de la humanidad o qué fuerzas constructivas o destructivas le son inherentes. En casi todas las obras recientes aparece un mismo nombre, el del autor *Le Bon*, en cuanto se habla de la psique de las masas. Creo no hacerle injusticia, pese a sus méritos en el avance de este problema, si subrayo que tampoco él pasa de la constatación de que la psique de las masas es más que la suma de la configuración de sentido de los individuos, y de que un movimiento de masas puede perseguir tanto metas buenas como malas. También hay que reconocerle el haber subrayado que a la masa nunca le puede ser inherente el sentimiento de responsabilidad que, en mayor o menor medida, nunca abandona al individuo. El papel del caudillo en los movimientos de masas está muy destacado en todos los trabajos sobre el movimiento de masas. El tímido intento de *Freud* de explicar la subordinación de la masa al caudillo como libidinosa, de equipararla al amor del niño por el padre, podemos pasarlo por alto.

A los grandes historiadores como *Plutarco*, *Livio* y otros, hasta *Gibbon* y más allá de él, les debemos un material enorme que todavía espera la interpretación psicológica. Pero si prescindimos de los grandes movimientos de masas históricos, en su mayoría revolucionarios y bélicos, tal como se revelan con tanta frecuencia resultado de cambios en las condiciones económicas, de la escasez de lugares de sustento y de la deficiente organización de las masas, queda todavía toda una serie de hechos que solo pueden entenderse como acción de masas. Así, por ejemplo, la maravilla del lenguaje, que solo puede entenderse como producto de las masas, surgido de la cooperación unitaria de las partes de la masa en su nacimiento y en su desarrollo. Lo mismo vale de la validez universal de la razón práctica, a la que significativamente llamamos *common sense*[^t1]. Cada uno está obligado en su pensamiento a pensar y a entender como si en ello representara a la totalidad. Tampoco el sentido común, como el lenguaje, es inmóvil. Se completa, se corrige, se extiende, pero en todo progreso de ambos hay movimiento de masas y reconocimiento por la masa. La psicología individual declara como irrefutable que detrás de todos estos logros se encuentra la acción del sentimiento de comunidad, hoy, en su grandeza o en su pobreza, un regalo de la evolución, <!-- S. 134 --> y el uso que de él hace el individuo. Así también la prevención de los peligros y de la muerte antes del curso natural de la vida está confiada en gran parte al cuidado de la colectividad. También el sentimiento de compasión y de alegría compartida, el respeto y el reconocimiento ante los logros valiosos, ante la belleza en el arte y en la vida, permiten reconocer que la masa humana, con una unidad ciertamente incompleta, está guiada por un afán común de rendir tributo al bien de la humanidad y a su futuro. Así también la reproducción de la humanidad es un mandato que actúa secreta pero seguramente, al que se somete el individuo, colaborando o al menos reconociendo su importancia. Pues mandamientos religiosos como el de «Multiplicaos como la arena del mar» no habrían surgido, ni menos aún habrían sido reconocidos o incluso, en caso de rechazo, puestos en gran medida bajo sanción penal, si la necesidad de tal multiplicación no hubiera correspondido al proceso vital de todos. También la prohibición del matrimonio entre consanguíneos más o menos próximos solo puede explicarse, en contra de todas las demás hipótesis, por la coacción de la psique de las masas, que tenía que influir en favor de una amplia mezcla de sangre más allá de la familia, para hacer partícipes a todos en común del progreso y de la incorporación a la corriente de la evolución, en provecho de la colectividad, que así no se queda atascada, presa en la limitación de las particularidades familiares y tribales. En general, todas las santificaciones de mandamientos y prohibiciones, así como hasta hoy todas las instituciones penales, todas las valoraciones, todas las determinaciones de lo «bueno y malo», quedaron confiadas al dictado de la psique de las masas, igual que todos los preceptos religiosos y éticos, que debían servir todos al progreso y al bienestar de la humanidad.

Que la psique de las masas no haya sido capaz hasta el día de hoy de dar una solución lisa a todas las cuestiones de la humanidad es fácil de entender. Que a menudo se haya pasado de la meta deseable nos es conocido. Que, igual que la psique del individuo, pueda correr en direcciones falsas y nocivas para todos se debe a la falta de comprensión humana del sentido de la vida en la corriente de la evolución que impulsa hacia delante. Por citar un solo ejemplo, además de las innumerables guerras que una y otra vez han llevado a la humanidad al desierto: la persecución de las brujas, no demasiado alejada de nuestro tiempo, fue un movimiento de masas que se había apoderado de casi toda la humanidad. Más de un millón de muchachas y mujeres completamente inocentes sufrieron, tras indecibles tormentos, la muerte en la hoguera por múltiples causas mezquinas, entre las cuales la de más peso fue sin duda la de agravar, en un estallido furioso en favor del principio masculino, el sometimiento de la mujer tal como existía desde antiguo en la psicología de las masas.

La cuestión es: ¿cuándo está justificado un movimiento de masas y cuándo es nocivo? ¿Cuándo es escuela de la humanidad hacia metas más altas y cuándo impide el ascenso de la humanidad? ¿Cuándo está en la corriente de la evolución y cuándo hace retroceder a la humanidad a un nivel inferior?

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Hay que admitir que estas cuestiones pueden ser a veces discutibles. Nadie tiene a mano un programa del todo exacto para juzgar las corrientes políticas, religiosas y otras corrientes espirituales. Quizá haya que tener en cuenta también que la humanidad, puesta sobre esta pobre corteza terrestre, se ve obligada pasajeramente a rodeos erróneos bajo la presión de una necesidad apremiante. Pero algo puede decirse, sin embargo, para aclarar la cuestión sin que pueda levantarse una objeción justificada.

Si pudiéramos ponernos de acuerdo sobre el sentido de la vida, con independencia de lo que el individuo opine sobre él, se habría ganado mucho. Cada uno comprendería al menos que tendría que pagar las costas corporal y anímicamente en cuanto se hallara en contradicción grave con los hechos férreos que impone la coacción de la vida que se renueva eternamente, de la evolución humana. Con toda modestia he intentado en dos libros acercarme a esta tarea. Uno lleva el título "What Life should mean to you" (publ. by Little, Brown and Co)[^t2]; el otro, que va más al fondo, se titula «Über den Sinn des Lebens» [El sentido de la vida], hasta ahora solo publicado en alemán (en la editorial Dr. Rolf Passer, Viena), y se ocupa de los fracasos y de sus consecuencias tal como han de producirse necesariamente en los intentos extraviados de actuar contra el sentido de la vida.

De estos daños casi típicos del individuo y de la masa se puede aprender, se puede inferir una fuerza irresistible que dirige el destino de la humanidad. Si nos mantenemos en un terreno puramente científico, con toda la admiración por la fuerza intuitiva de la masa para encontrar reglas de vida correctas, de valor casi eterno, el pensamiento se dirige al comienzo de la vida de la humanidad y del individuo. En ambos casos encontramos que en la vigorosa estructura inicial está dada una capacidad de desarrollarse hacia una adaptación activa al sentido de la vida, de imponerse frente al mundo exterior «objetivo», de superarlo con ventaja. Con ello se fija a la vida del individuo y de la totalidad una meta lejanísima. Que a la vida humana originaria, como quiera que haya surgido, le fue inherente la posibilidad de perdurar y de llegar a un grado superior de dominio del mundo lo muestra la existencia actual de la humanidad. Pero en la célula germinal del ser humano actual reposa ya la capacidad altamente cualificada, adquirida por evolución, de retener y desarrollar el grado alcanzado de mejor aptitud para el ascenso. Mucho material vivo se perdió definitivamente en este ascenso. Siempre aquel que tendía en una dirección errónea. Lo que hoy existe tiene perspectivas de un ascenso ulterior, de una superación más favorable del mundo exterior «objetivo».

La masa y el individuo llevan en sí esta coacción hacia la evolución y la capacidad para ella desde que existe la vida. El individuo, gracias al regalo de la evolución, tiene en su fuerza de pensamiento la posibilidad de elegir la dirección de su desarrollo. Ciertamente, el tiempo de elección está limitado a los primeros 3 o 4 años de su vida, en los que su estilo de vida, su modo de andar, su dirección vital quedan fijados de manera tan duradera <!-- S. 136 --> que solo pueden cambiarse por una comprensión penetrante posterior de su eventual carácter erróneo. En la psique de las masas salen a la luz las ventajas y los inconvenientes de las psiques individuales que en las generaciones existentes tienen la preponderancia material o numérica. Las psiques individuales no se suman según la medida de sus cualidades especiales, individuales, sino en atención a su toma de posición ante la corriente de la evolución, ya paralelas a ella, ya oponiéndose a ella, según las ventajas o inconvenientes del estilo de vida de las generaciones existentes.

Y de nuevo surge la pregunta por la dirección más favorable.

Cuando, tras largas investigaciones y reflexiones, establecí que el estilo de vida, adquirido en la primera infancia, nace de una adaptación social a la estructura social del entorno próximo con medios relativamente insuficientes, mediante la fuerza creadora del niño, bajo la coacción evolutiva a la superación, me había acercado un paso a la solución. Reconocí que todo nuestro proceso vital transcurre en aquella dirección en la que nos parece hallarse, a cada uno de manera distinta, la solución correcta de nuestra relación, socialmente dada, con las tareas de la comunidad. Con otras palabras: la opinión sobre qué camino debemos tomar para desarrollar nuestras capacidades hasta el punto de no sufrir derrotas en las cuestiones que nos plantea la comunidad. Con otras palabras: que no queremos sentirnos ni reconocernos «sin valor», en el sentimiento de inferioridad, expulsados de la corriente de la evolución.

Así, la estructura social de nuestra vida penetra el desarrollo que nos impone la evolución y nos pone, con el grado de nuestra participación adquirido en la infancia, que ha resultado mayor o menor, frente a los problemas sociales de la vida, la relación con los demás, el trabajo, el amor. Esta toma de posición infantil está fuertemente influida por la atmósfera social del entorno, que acerca al niño las tareas sociales de la vida, a menudo trágicamente deformadas. La mayoría de las veces no es tarea fácil para el niño acercar su dirección vital a la corriente de la evolución, que ha puesto en nosotros la coacción hacia la comunidad como único camino para la conservación y el progreso de la humanidad. La actividad y el sentimiento de comunidad, y unida a ellos la estructura social de todas las formas de expresión humanas, mil veces distintas en calidad y cantidad, son las realizaciones creadoras del niño, creadas por él de manera autónoma y no según relaciones causales.

La actividad en la dirección del sentimiento de comunidad es, por tanto, la exigencia victoriosa de la evolución humana. Así como el entorno del niño refleja en mayor o menor medida el grado de solidaridad humana que actúa sobre él desde la comunidad humana y lo influye, así el grado de cooperación dentro del entorno del niño actúa en una dirección determinada por el niño: no determina su dirección vital, pero lo induce a desarrollarla en la dirección que a él, no a otros, le parece más favorable.

Lo que llamamos «bueno», «malo», «valioso» se determina, por consiguiente, por la cercanía a la corriente de la evolución; el pueblo lo capta intuitivamente, la mayoría de las veces, <!-- S. 137 --> de manera correcta, y según lo expuesto puede subordinarse a la razón práctica y al common sense. Esta captación intuitiva de la masa, observable de manera casi uniforme, nos muestra una vez más la psique de las masas como fuerza productiva. En su efecto no hay solo una constatación para el presente, sino, mucho más allá, una constatación sub specie aeternitatis de que algo es bueno, malo, valioso por toda la eternidad. También el materialismo histórico, con su afirmación del acontecer humano conforme al modo en que una masa obtiene su sustento sobre la base de las condiciones económicas, solo tendría validez para un futuro lejano si todos los fracasos posibles de los movimientos de masas se hubieran disuelto y revisado por sí mismos tras sacrificios y tormentos inauditos. *Pero para cada presente*, las condiciones económicas son reflejadas y respondidas por cada individuo y por las masas *según el estilo de vida adquirido previamente*. Puede ser que el fuerte énfasis en la exactitud de la concepción materialista de la historia, pese a todas las negaciones, rebaje mucho el empuje de sus partidarios. Hoy, tras las pruebas irrefutables de la psicología individual, ya no puede pasarse por alto que las personas que, por ejemplo, han construido en la infancia su estilo de vida adaptándose al mimo, más tarde en la vida concebirán todas las situaciones, también las económicas, de tal modo que en cualquier circunstancia desearán una situación facilitada, creada por otros. Sea cual sea la corriente a la que se unan, religiosa, política o cultural, lo esperan todo de los demás, casi siempre de un caudillo que piense por ellos, actúe, asuma la responsabilidad y les permita apoyarse en él. Si les muestra la posibilidad de posiciones más favorables, aunque vayan contra la meta del perfeccionamiento de la humanidad, lo seguirán con entusiasmo aun cuando el sentido común hable en contra.

Para mostrar otro ejemplo: he demostrado que todo primogénito se adapta a su situación peculiar, que no corresponde a ningún otro hijo de la misma familia. Durante un tiempo es hijo único y, al cabo de un tiempo, la mayoría de las veces es destronado de su condición única por otro hijo. Suceda lo que suceda más tarde en la vida de estos primogénitos, siguen siempre «la ley según la cual se pusieron en marcha»[^t3]. Dondequiera que estén, sabrán apreciar el poder más que los demás y temerán más el destronamiento. Incluso el bien de la colectividad les parecerá depender del poder del individuo. Que de ello nacen concepciones del mundo no ofrece ninguna duda, como tampoco que pueden atraer a personas de orientación más o menos igual y dar lugar a corrientes de masas. También el desarrollo del arte está sometido a estas y otras corrientes, porque el artista tiene que representar su pieza en el escenario de la vida y para el escenario de la vida.

En todo el curso del desarrollo humano, que con el sacrificio de los que se resisten conduce hacia arriba y al bien de la colectividad, la corriente pasa por encima de actitudes vitales insostenibles hacia el <!-- S. 138 --> equilibrio activo, corporal y espiritual, con las influencias cósmicas. El sentimiento de valor que cada individuo ha de adquirir en ello concuerda con las opiniones sobre el sentido de la vida, que cada uno, sin haberlas comprendido ni examinado, sigue hilando de manera ingenua desde el primer período de la infancia. Esta opinión, siempre individual, sobre el «sentido de la vida» está en la base de toda aspiración al valor, que el individuo y la masa tienen que seguir sin poder detenerse. Cómo se considera uno valioso determina sus decisiones y sus tomas de posición en cada cuestión de su vida. Determina también su toma de posición ante los movimientos de masas y las opiniones de masas. Puede observarse ahí con claridad cómo se sitúa el individuo frente a la masa y cómo actúa la opinión de masas sobre el individuo. He demostrado con qué facilidad un niño menos activo, mimado, dotado de escaso sentimiento de comunidad y de un grado escaso de capacidad de colaboración, se asusta ante las cuestiones de la vida que exigen colaboración (comunidad, profesión, amor). Los efectos de choque configuran su neurosis. Durante mucho tiempo fueron los síntomas de la histeria los que provocaban el asombro del mundo erudito y de los profanos. Poco a poco esas formas cayeron en descrédito. La histeria llegó a valer como insulto. Y cuando además se difundió, aunque injustificadamente, la opinión de que los síntomas histéricos eran estallidos de excitación sexual, desaparecieron casi por completo del panorama de la clínica médica y fueron sustituidos por otras formas de nerviosidad.

La psicología de las masas tiene que verse sin duda desde el mismo punto de vista que la psicología del individuo, porque en ella confluyen los anhelos de los individuos. En primer lugar hay que considerar, por tanto, el afán de superar una situación de inferioridad (*Minussituation*), exigido por el peso de la evolución. Presupuesto esto, llegamos al juicio, firmemente fundado en la experiencia, de que, igual que en el individuo, también en la masa el afán de superación puede presentar un sinnúmero de fracasos. Es de suponer que, en el sentido de la evolución de la humanidad, como en un problema matemático, solo hay un único camino correcto para la solución ideal de las tareas de la vida dadas cósmica y socialmente. Por desgracia, nadie está en posesión de la fórmula que las resuelve. Pero parece que hasta ahora la concepción del mundo de la psicología individual se halla más cerca de esa fórmula que otras. Quizá resulte convincente el siguiente ejemplo: el desarrollo de nuestra vida social va desde hace 2000 años en la dirección de la igualdad de derechos de los sexos. La subordinación de la mujer vino dada por la invención de la guerra, a consecuencia de la sobrestimación de la fuerza[^t4] y la resistencia corporales. El movimiento de masas y la concepción del mundo que de ello surgieron fueron enteramente desfavorables a la mujer; duran hasta hoy por la incapacidad de la humanidad para poner fin a las guerras, y actúan con más fuerza en los países belicosos, con toda clase de exigencias insostenibles como la de que solo goce de pleno derecho quien puede llevar armas. El desarrollo superior de la técnica, de la ciencia, y sin duda también del amor, <!-- S. 139 --> favoreció sin cesar, sin embargo, el ascenso de la mujer y su participación en la vida pública. Estas dos contracorrientes causaron mucha desgracia en la vida personal y social de la sociedad humana. Y siempre que los derechos de la mujer se expresaron con más fuerza, se les cruzó en el camino la privilegiada concepción masculina del mundo. Entre los intentos sangrientos y más reprobables de volver a arrojar a la mujer a su posición subordinada, el primer lugar lo ocupan los 300 años de quema de brujas, que costaron la vida, entre los más espantosos tormentos, a más de un millón de mujeres inocentes. A quien lo comprende no le sorprende, y como un indicador hacia nuestro tiempo, que las universidades con sus profesores fueran las que con más seguridad se sumaron y aportaron «pruebas eruditas» de las artes de brujería de las mujeres. Naturalmente, hoy suena pueril subrayar que, con una comprensión más acertada de la línea de desarrollo ineludible de la humanidad, nos habríamos ahorrado este período inauditamente terrible que duró 300 años; es decir: con un desarrollo más fuerte del sentimiento de comunidad. Pero, considerando esta y otras infamias, una cosa debería quedarle clara a la humanidad: que *solo la educación del niño en la solidaridad humana* puede ayudarnos a superar los fracasos de la masa, que solo pueden evitarse si la formación del niño lo acerca a la corriente de la evolución, más cerca del bienestar y del desarrollo superior de toda la humanidad. Porque, de lo contrario, los movimientos de masas y la psique de las masas seguirán siempre enredados en reunirse para satisfacer apetitos errados, personales, nacidos de un estilo de vida erróneo.

Pero también todos estos movimientos de masas, que sucumbieron con miles de víctimas, correspondían a una psique de las masas que hacía creer al individuo y a la masa en un sentimiento de valor superior, que parecía arrancarlos del sentimiento de no valer nada y que regularmente sacaba su sentimiento de valor de la falta de valor de otros, a la que quería condenar a esos otros. En la psique de las masas se da el mismo juego estéril que en el individuo cuando se extravía y cuando su capacidad de cooperación no se desarrolló en la infancia. Busca su sentimiento de valor siempre al margen del bien de la colectividad, y se engaña y se deja engañar de buena gana con dichos, frases y alegorías, al margen del common sense, por los caminos de una «inteligencia privada».

En las grandes y pequeñas corrientes religiosas latía siempre imperturbable, como en los grandes logros de la filosofía, de la ciencia, del arte y de la sabiduría de los estadistas, el corazón de la humanidad, claramente perceptible solo para aquellos cuyo sentido se dirigía a la elevación del género humano. Todos ellos, ya quisieran penetrar hasta la verdad o tratasen de ennoblecer el pensar, el sentir, el ver y el oír de la humanidad, llevan profundamente grabada en su última meta ideal, sabiéndolo o sin saberlo, la expresión más sublime de la grandeza humana, el «Ama a tu prójimo». Ya sea el individuo, captado por esta sublimidad, ya un grupo, un pueblo, una nación, un Estado, a todos los abarca y une la idea que los sostiene: buscar su valor y su sentimiento de valor en sus aportaciones al bien de toda la <!-- S. 140 --> humanidad. Ningún sufrimiento, ninguna opresión pudo desterrarlos de este mundo, que es exclusivamente el suyo. Porque han acogido en sí el espíritu inmortal de sus antepasados y lo llevan adelante hacia la inmortalidad. Solo ellos, como individuos y como masa, poseen el impulso hacia nuevas obras y pensamientos que lleva a la humanidad hacia arriba. Porque solo ellos se sienten correctamente insertos en el gran acontecer de la evolución y no pierden el valor para la profesión de fe y para la acción, para alegrarse de todas las conquistas y no retroceder ante las dificultades.

Puesto que los movimientos de masas nacen siempre del estilo de vida que predomina en una o dos generaciones, y son acogidos por él, para el investigador en el campo de la psicología de las masas es indispensable familiarizarse con los hechos que están en la base de la formación del estilo de vida. La herencia y las impresiones del medio son solo los materiales de construcción que el niño utiliza para formar con ellos su personalidad, que dura hasta el final de la vida y solo puede cambiarse si el individuo reconoce por completo el error en el uso de su herencia y en el empleo de las influencias de su medio. Este reconocimiento es necesario también cuando un movimiento de masas se ha extraviado. Solo que entonces este cambia o se detiene en cuanto se abre paso lo que en los fracasos tiene que abrirse paso: que por el camino falso no se puede alcanzar un sentimiento de valor o, lo que significa lo mismo, que la liberación del sentimiento de no valer nada solo puede alcanzarse por otro camino. Quien quiera, pues, detener movimientos de masas equivocados tiene que ser capaz de demostrar claramente que el sentimiento de no valer nada solo puede remediarse por otro camino.

La meta ideal de la evolución es — idea, y solo puede captarse por vía especulativa. Para hacerse eficaz en la vida, tiene que traducirse a lo terrenal, concretarse según las circunstancias de la época. Esto sucede regularmente en la más temprana infancia, en la época más plástica del desarrollo, en la que el niño busca una solución unitaria en la adaptación activa a sus vivencias y en la configuración individual de estas. Sus intentos de solución siguen también después en la misma dirección.

Hay mucho de incalculable en la elección del niño, en cómo llega desde las vivencias a direcciones de meta. Con todo, la experiencia nos da indicios y posibilidades para un cálculo de probabilidades estadísticas. Por eso podemos reconocer ciertas impresiones de la infancia como determinantes, no como «causales», para la formación de su estilo de vida, porque podemos seguir sus huellas y consecuencias hasta la edad avanzada. Si, por ejemplo, un niño experimenta, siente y reconoce tempranamente injusticias en su entorno, que aparecen como una invitación poco amable a la vida, puede tomar conciencia de la hostilidad de la vida, quizá sin poder todavía vestirla de palabras. Su inseguridad puede crecer, y en esa inseguridad tendrá que tomar posición ante el hecho existente de la injusticia. Qué posición adopte el niño, si prefiere apoderarse él mismo de la posición <!-- S. 141 --> del injusto o rebelarse contra las injusticias —y entre ambas hay cien posibilidades distintas—, no puede predecirse, sino solo reconocerse más tarde. Solo si el niño ha despertado ya al sentimiento de comunidad puede esperarse con seguridad que concebirá las injusticias como carentes de valor y opresivas, dondequiera que pueda observarlas más tarde. En la masa se expresa siempre el estilo de vida de los individuos reunidos, ya en rebeldía contra ellas, ya en su tolerancia y su perpetración.

Es igualmente seguro que los niños que han vivido la guerra a edad temprana —las introducciones posteriores a la historia de la guerra, cualquiera que sea su actitud, ya no cambian nada en su actitud[^t5]— reaccionarán ante este hecho según que su contacto humano y su sentimiento de comunidad estén mejor o peor desarrollados. A todos los que se hallan en el camino de la cooperación humana la guerra les parecerá abominable e inhumana. Si una generación, o una parte de ella, crece sin suficiente sentimiento de comunidad, de modo que le importa más su interés personal que el bien común, entonces la guerra puede parecerle un medio justificado para satisfacer intereses personales y egoístas.

Cuando se abarcan con la vista largos períodos, se llega a la conclusión de que todos los movimientos de masas solo pudieron tener un éxito duradero si discurrían en el sentido de la evolución. En otro caso[^t6] entraron siempre en contradicción con los hechos creados por la evolución. Nuevas luchas, derrotas y aniquilación demostraron su carácter insostenible en la corriente del tiempo.

Nuestras experiencias de psicología individual permiten, por tanto, concluir que en cada generación sale a la luz como psique de las masas el estilo de vida aproximadamente igual del grupo más activo. Esto vale para todas las corrientes de la vida social, tanto para el arte como para la política y la concepción del mundo. Este estilo de vida está completamente desarrollado en los tres primeros años de la infancia y solo puede mejorarse de manera científica. En la psique de las masas de una generación se reflejan, en sentido positivo o negativo, las impresiones de la vida social en la infancia. La medida del sentimiento de comunidad, cultivado, acrecentado o limitado, es lo que decide la dirección del movimiento de masas. La parte menos activa de la generación o es arrollada o se suma como acompañante, hasta que otro movimiento de masas la acoge. El juicio, confirmatorio o condenatorio, lo pronuncia el poder invencible de la evolución humana, que, hasta donde la comprensión humana muestra sin contradicción, exige sin miramientos el bien de la colectividad para la conservación de la humanidad, para el cumplimiento del sentido de la vida.

[^t1]: En inglés en el original, aquí y más adelante; se deja en inglés donde Adler lo escribe así. (N. del T.)

[^t2]: *What Life Should Mean to You*, Boston, Little, Brown and Co., 1931; *Der Sinn des Lebens*, Viena y Leipzig, Rolf Passer, 1933. Adler cita el título alemán como «Über den Sinn des Lebens». (N. del T.)

[^t3]: Cita de Goethe, «Urworte. Orphisch» (estrofa «Daimon»): «Nach dem Gesetz, wonach du angetreten» («según la ley conforme a la cual emprendiste el camino»). (N. del T.)

[^t4]: El original imprime «Kaft», errata por «Kraft» (fuerza). (N. del T.)

[^t5]: Así en el original («an seiner Haltung», en singular), aunque el sujeto es «los niños». (N. del T.)

[^t6]: El original dice «Andererseits» («por otra parte»); el sentido pide «de lo contrario», y así se traduce. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen de 1934 de la *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie* digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «Zur Massenpsychologie», *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie* 12 (1934), cuaderno 3, págs. 133-141. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas y la paginación del original. *Massenpsyche* se traduce «psique de las masas»; *Wertgefühl*, «sentimiento de valor»; *Mitmenschlichkeit*, «solidaridad humana». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.
