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Title: Estupefacientes
Description: Conferencia de Adler en la Casa de los Médicos de Berlín (marzo de 1931), publicada completa en la Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie en 1932: el morfinómano y el alcohólico como personas no preparadas para las tareas de la vida, que en la situación de prueba buscan un alivio; la falta de sentimiento de comunidad, la impaciencia, la hipersensibilidad y la ambición enfermiza; los niños con órganos inferiores, mimados y odiados; varios casos clínicos de morfinomanía y alcoholismo, la morfina como venganza en el matrimonio y la embriaguez como «ensueño diurno del adulto».
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1932%20Rauschgift
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<!-- S. 1 -->

# Estupefacientes[^1]

Por el Dr. ALFRED ADLER

El problema —las formas de vida psíquicas del morfinómano y del alcohólico— me plantea una tarea nada fácil. Me resulta tanto más difícil cuanto que mi material no es precisamente muy abundante. No con demasiada frecuencia tengo la posibilidad de penetrar más a fondo en el desarrollo psíquico de un morfinómano o de un alcohólico para reconstruir su estilo de vida, su melodía fundamental, y cuando hoy me puse a reunir en mi recuerdo los casos captados en su totalidad, no saqué a la luz un material demasiado grande. No habrá que esperar de mí, por tanto, una elaboración extensiva de este material de pacientes, pero quizá sí el resultado de una elaboración intensiva de casos aislados. Tampoco nos detendré en absoluto con una descripción o una indicación del daño, de los perjuicios orgánicos, de la conducta social, de la carga que pesa sobre toda la población, que tiene que cuidar de todos estos enfermos, etc. Quisiera más bien considerar solo aquellos puntos de vista que a mí, como psicólogo individual, me parecen importantes para devolver a la vida a un paciente al que de un modo u otro se ha liberado de su costumbre de tomar estupefacientes, y hacerlo fuerte para la vida y capaz de trabajar, capacidades que ha perdido total o parcialmente. No debe extrañarnos que la psicología individual dé tanto valor a este punto, pues al fin y al cabo no nos afanaríamos tanto con toda esta cuestión si no se viera que *las relaciones del individuo con las tareas de la vida* quedan perturbadas por los estupefacientes. Fenómenos que, por cierto, no oprimen demasiado al afectado, al que padece morfinomanía o alcoholismo, porque este se fija menos en ese punto y le atribuye menos peso, mientras que nosotros encontramos que solo podemos comprender el problema de los estupefacientes si tenemos presente la *relación del individuo entero con las cuestiones más o menos constantes de la vida civilizada*. Este es el punto de vista de la psicología individual en todas las cuestiones de los fracasos psíquicos, y en esa medida la psicología individual tiene derecho a llevar su punto de vista a la discusión también en la cuestión de los estupefacientes y a atender a qué tipo de hombre es en realidad el que, en su rechazo del «rendimiento», cae en la morfinomanía y en el alcoholismo. Para mí no hay duda de que hay personas a las que de ningún modo se podría mover a hacerse morfinómanos o alcohólicos, aunque los límites de lo posible pueden desplazarse extraordinariamente bajo <!-- S. 2 --> la presión de las circunstancias externas. Pero siempre hemos de tener presente la tensión que aparece entre la validez del individuo y la tarea que tiene ante sí, y aquí quisiera, puesto que todavía nos encontramos en el terreno del *diagnóstico general*, caracterizar el esquema general de la psicología individual, la manera en que tratamos de acercarnos al conocimiento de una persona así. Para nosotros lo decisivo es establecer en primer lugar: ¿en qué situación empezó el abuso? Pues si logramos aclarar esto, obtener una visión muy exacta de lo que ocurrió en esa situación, hallamos respondida la pregunta que dice: *¿Para qué situación no estaba preparado el paciente?* Se obtiene entonces la impresión de que avanza un trecho por el camino de su vida y luego tropieza con un problema al que trata de esquivar. Pero el esquivar es en el morfinómano y en el alcohólico un hecho llamativo, que el propio paciente comprende y expone. En todos estos casos se trata de personas que en una situación determinada buscan *un alivio*. Con ello podemos ya sacar otras conclusiones. No son aquellas personas que afrontan las dificultades con valor y paciencia, con un carácter educado, sino personas cuya mirada está siempre dirigida a buscar en primer lugar, en una situación difícil, *un alivio*.

¿Qué tipo de personas son en realidad las que tienen siempre la inclinación a aliviarse las cuestiones que todos tienen delante, que a todos se les plantean para que las resuelvan, a encontrar algún rodeo para esquivarlas? Es cierto que entre los morfinómanos y los alcohólicos hay personas que ante una dificultad se embriagan y luego, de algún modo, resuelven esa cuestión. Es un tipo que no se da tan raramente, y en particular de los morfinómanos tengo la impresión de que entre ellos se encuentran con frecuencia personas de alto nivel y con éxito, que sin duda sobresalen de la media, pero que alcanzan el éxito de modo condicionado, con el veneno en el cuerpo. Si queremos captar sin prejuicios, sin fórmulas, sin conjeturas, lo que pasa en ellos, hemos de decir que creen, o actúan como si creyeran, que solo la fuerza que traen consigo más la embriaguez les promete una solución lograda.

Luego hay otros que se atascan, que no avanzan, que, por ejemplo, en el estado de embriaguez o de consumo de morfina dejan sus cuestiones sin resolver, las apartan por completo, eliminan cuestiones mediante el estado de embriaguez, también tomando dosis cada vez más altas de morfina, con lo que se vuelven incapaces para el trabajo y para la vida.

En todo caso vemos a un individuo en un sentimiento de *inseguridad*, de *inferioridad, buscando un alivio*, un individuo que trata de encontrar ese alivio en un estado de embriaguez en el que, por consiguiente, la *prueba funcional* se supera mal o no se supera en absoluto. Esta *situación de prueba* puede sin duda establecerla un médico en cada caso. Es verdad que por lo general no encontramos nada de ella en las historias clínicas corrientes. <!-- S. 3 --> Pero con un interrogatorio prudente puede establecerse una y otra vez, y nos da una visión clara de un punto de la vida de esa persona, de su desarrollo. Ese es el lugar en que es vulnerable; hasta allí no llega su capacidad de rendimiento; para la solución de esta tarea no está bien preparado. Y entonces surge para nosotros la tarea siguiente: *investigar por qué no está preparado para la solución de esta tarea*. Aquí los psicólogos individuales podemos recurrir a la gran experiencia de la psicología individual, volviendo la mirada a su vida anterior y buscando en ella puntos de apoyo que expliquen por qué no se logró esta preparación. Los puntos de vista que surgen son bastante abundantes. Pero, si queremos, podemos dividirlos esquemáticamente en: cuestiones de la relación del yo con el tú, donde se trata de cuestiones de la amistad, del compañerismo, de la veracidad, de la fidelidad, de la capacidad de contacto, etc. Pensamos aquí, por ejemplo, en el bebedor silencioso, un caso especial que nos pone ante las cuestiones de la *comunidad*. Luego, de igual modo, la cuestión de la ocupación resultará extraordinariamente amenazadora cuando alguien aspira a todas las cualidades, a todos los atributos de la semejanza con Dios, cuando, impaciente, goloso, pretende tener un éxito extraordinario, satisfacer una ambición enfermiza, triunfar sobre los demás, lo que naturalmente conduce a una tensión psíquica extraordinaria y permanente. Esta tensión la encontramos como causa desencadenante en muchos otros casos de neurosis: así también en las neurosis funcionales, donde se extiende *al cuerpo*, a órganos inferiores; en la neurosis de angustia y en la fobia, con afectación del *terreno emocional*; en los fenómenos obsesivos, en los que en primer lugar se irrita *el proceso del pensamiento* para impedir el avance fluido hacia el rendimiento; en la histeria, con afectación de la esfera *motora*; en el suicidio, con la completa exclusión de la *convivencia*, con signos de ataque indirecto contra los demás, etc. Si volvemos aquí la mirada atrás, encontramos a cada paso fenómenos y formas de expresión que pueden enseñarnos que estos individuos no están realmente preparados para rendimientos plenos. Damos entonces con la *forma originaria* (*Urform*), el núcleo de una totalidad y de una personalidad, que puede percibirse ya en los cuatro o cinco primeros años, pero que sin duda se forma ya antes, sin que podamos rastrearlo hasta el germen, una *singularidad* que lleva ya en sí todas las posibilidades funcionales para la vida posterior, y todas las capacidades que más tarde, en la toma de posición ante la vida, expresan también *una opinión* sobre su capacidad de rendimiento y una opinión sobre la vida, y *que delimitan ya aproximadamente el espacio* en el que se desarrollará su acción. Comparando esta forma originaria, que yo llamo la *constitución psíquica* de una persona, con las exigencias del problema que tiene delante, podemos *predecir* aproximadamente que se producirá una tensión peligrosa. Para la solución de los problemas de la comunidad, del trabajo y del amor, el niño con órganos inferiores, el niño mimado o el abandonado no está preparado. Las estructuras que se encuentran en una forma originaria así pueden resumirse como estado de ánimo y actitud de inferioridad, inseguridad, etc.

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Una vez que hemos llegado a poder establecer que el individuo que ha caído en los estupefacientes se mostró ya en la primera infancia como una persona que no está bien preparada para las tareas de la vida, nos sale naturalmente al paso la pregunta: ¿qué significa, pues, estar bien preparado para las tareas de la vida? He mencionado la cuestión de la relación del yo con el tú y la cuestión de la ocupación, en las que siempre pueden observarse tempranamente ciertas preparaciones, cierto entrenamiento, una inclinación a resolver estas cuestiones, y precisamente en la toma de posición ante el mundo exterior. Me queda por mencionar la cuestión de la relación amorosa, de la que también puede establecerse, como de las tres cuestiones, que para resolverla es absolutamente necesaria cierta medida de interés por el otro. No puedo resolver de manera normal la cuestión, la relación del yo con el tú, ni dominar el problema de la amistad, del compañerismo, de la comunidad, si el interés no está ya presente en esta forma originaria y no avanza hasta las cuestiones de la vida. No puedo resolver la cuestión de la ocupación si no tengo el interés de colaborar, de participar en el juego, de llevar a cabo un *rendimiento*, lo que no puede entenderse de otro modo que como algo útil para la colectividad, y no puedo realizar el rendimiento útil si no lo tengo presente, si no llevo dentro de mí hacer algo por los demás. Y naturalmente tampoco puedo resolver la cuestión del amor si no llevo dentro este interés, esta posibilidad de entrega a una persona del otro sexo. Si no me es inherente este interés —del que no necesito saber nada— por colaborar en el bienestar del género humano, por considerar tarea mía la reproducción de la sociedad humana; si carezco de estas aspiraciones en mi estilo de vida, o, mejor dicho, si no he desarrollado en la forma originaria esta línea de movimiento hacia la comunidad, ni siquiera llego a las cuestiones principales de la vida, que exigen el sentimiento de comunidad (*soziales Interesse*)[^t1], la línea de acción del sentimiento de comunidad. Comprenderemos, pues, por qué la psicología individual da tanto peso a *captar la situación en la que se muestra, como en una prueba funcional*, que el afectado no es capaz de resolver una cuestión que pregunta incesantemente por el grado de sentimiento de comunidad. Este sentimiento de comunidad no puede extraerse como algo separado del cuadro de conjunto del individuo; es más bien la *melodía fundamental* que aparece en todas las formas de expresión. Mediante el acto de ver, por ejemplo, lo visible solo se capta, naturalmente, si existe realmente interés por el objeto. Como melodía fundamental del acto de oír encontraremos también, naturalmente, este sentimiento de comunidad, el grado de vinculación, e igualmente en la manera en que uno habla al otro y se vincula con alguien al hablar. Naturalmente, encontramos la melodía fundamental también en el desarrollo del entendimiento, del *common sense* (sentido común), que exige captar una situación cualquiera, una persona cualquiera, tal como espero que cualquier otro tendría que captarlas también. En mi juicio sobre cosas, problemas, personas, etc., soy entonces una parte del todo. En suma, en <!-- S. 5 --> todas las capacidades que son importantes para resolver una tarea, lo decisivo es siempre el grado de interés por el problema, y, como hemos visto, este problema solo es resoluble si aporto también el grado suficiente de interés.

Ahora bien, otra cuestión es esta: ¿quién es en realidad el que no está preparado en el sentimiento de comunidad? Puede decirse brevemente, naturalmente: el que piensa más en sí mismo que en los demás; uno que vive como si solo pudiera tomar y no dar; uno que se enfrenta a la vida como si la vida no tuviera otra tarea que procurarle comodidades, y que no espera que las dificultades de la vida le pertenezcan también y le planteen tareas que ha de resolver en interés de la colectividad. Vemos que en todas estas formas de vida, ante los problemas que para ellas son insolubles, sobreviene una tensión psíquica tal, que es la expresión del complejo de inferioridad —«No estoy seguro de mí, no puedo resolver la tarea»—, en las más diversas formas de la neurosis, en las más diversas formas de rasgos de carácter desviados, y comprobaremos que falta el grado suficiente de sentimiento de comunidad y que un individuo así no estaba preparado desde el comienzo de su vida para la vinculación. Con ello llegamos a hablar del fundamento que encontramos en todos los morfinómanos y alcohólicos: un escaso desarrollo del interés por la colectividad. Aquí, creo, nuestra investigación desemboca en una constatación comprensible para todos y aceptable para todos. El que se somete a los estupefacientes demuestra ya solo con ello que no estima en lo bastante las cuestiones de la colectividad. Cómo se llega a esto lo ha investigado y establecido la psicología individual de manera bastante amplia, de manera aguda, crítica, diría que escéptica. Encontraremos que los morfinómanos y los alcohólicos tenían de niños una inclinación desmedida a pensar en sí mismos y a excluir a los demás. Una parte de ellos padeció tempranamente debilidades corporales. Este padecimiento puede deberse a que vinieron al mundo con órganos inferiores, con una tara hereditaria corporal, y encontraron en su vivencia del mundo mayores dificultades que la media. Es comprensible que tales niños, que tuvieron una vivencia más difícil, que llevaban ya en la salida la carga mayor —*no hay en ello lógica ni causalidad alguna*—, es comprensible, digo, que a tales niños la vida no se les presente como un paraíso, sino como un valle de lágrimas, naturalmente también en las más diversas variantes, pero siempre de tal modo que encuentran difícil la vida. Sobre esto ya han llamado la atención médicos como, en particular, *Czerny*, y también la estadística demuestra que tales niños muestran con frecuencia más tarde rasgos de carácter desviados de una u otra clase.

En 1907 y después señalé con qué frecuencia tales niños, que han padecido de órganos inferiores, se oponen a la vida con ciertos rasgos de carácter hostiles, entre los cuales hay que señalar en primer lugar la *hipersensibilidad*. Esta hipersensibilidad muestra que este niño no está bien integrado, que no se considera como una parte del <!-- S. 6 --> todo, que se inclina a esquivar, que se toma a pecho cosas con las que otro se las arregla fácilmente. Si aquí estamos sobre la pista correcta, todos aquellos que en la situación que enferma muestran su falta de preparación tienen que poder comprenderse también a partir de este rasgo de carácter. Es verdad que este rasgo de carácter es también solo una parte del todo, y naturalmente no debemos renunciar a la consideración de la totalidad que nosotros inauguramos; tenemos que captar siempre la personalidad entera; pero solo podemos captar la personalidad entera inductivamente, avanzando desde fenómenos aislados perceptibles hasta la idea trascendental de la totalidad, de la personalidad. Esta totalidad de la personalidad no es fácil de describir ni de exponer en una sola expresión. Me limito por ahora a señalar que se presenta como anormal en el complejo de inferioridad, que se muestra cuando surge un problema para el que no está preparada, *en su hipersensibilidad psíquica*.

Otro rasgo de carácter que volvemos a encontrar tanto en la situación en que se toma el estupefaciente como en la constitución psíquica, en la forma originaria, es la *impaciencia*. Si queremos comprender lo que significa un rasgo de carácter, es necesario considerarlo como movimiento. *No hay ningún rasgo de carácter que no represente una relación social.* La manera individual en que uno toma posición ante otro, ante una tarea, etc., es lo que el lenguaje ha llamado rasgo de carácter. La expresión abstracta de una toma de posición concreta solo vale propiamente «en la corriente del mundo»[^t2]; el carácter no puede ser innato, porque significa una relación social, una expresión abstracta de una relación concreta. La «*posibilidad*» de rasgos de carácter tiene que estar ya en el embrión, pero lo que resulte de estas posibilidades se decide en los cuatro o cinco primeros años, porque aquí la relación social lleva ya cuatro o cinco años de entrenamiento, en circunstancias casi invariables. Y entonces la forma originaria, en su forma estabilizada, sigue avanzando para tropezar con problemas sociales. Así llegamos también a considerar el rasgo de carácter de la impaciencia. Podemos decir que tampoco esta es la cualidad de una persona que se siente fuerte. El fuerte puede esperar. El fuerte no es en general fácilmente accesible a los *afectos*. Cuanto más fuerte es uno, cuanta más confianza tiene en sí mismo, tanto menos encontraremos que es impaciente, hipersensible, que tiene inclinaciones afectivas. Pues el afecto de la impaciencia muestra siempre que uno teme que podría amenazarle una derrota, una privación, si el éxito no llega en seguida. Por otro lado, podemos establecer que la impaciencia significa algo más: un anhelo de saciedad. Podemos hablar de «*golosería*»[^t3]. En todas las personas a cuya forma originaria le falta interés por el otro encontramos esta golosería, este *estar dirigido según el principio del placer*, sin la gran melodía fundamental del sentimiento de comunidad. Así encontramos naturalmente, junto a la impaciencia, la golosería y la hipersensibilidad, también la *actitud egocéntrica*, en la que uno solo piensa en sí mismo y solo en su superioridad personal. Y aquí llegamos a otro rasgo fundamental que <!-- S. 7 --> probablemente se encuentra en todos los que sucumben a los estupefacientes: que tienen una *ambición personal enfermiza* que nuestra civilización no puede satisfacer fácilmente. Pero la insatisfacción de una ambición enfermiza es extraordinariamente dolorosa, y tanto más dolorosa para una persona que deja ver también que tiene rasgos de hipersensibilidad, impaciencia, golosería, que solo piensa siempre en sí misma, de modo que es vulnerable por todas partes y, en virtud de su sentimiento de inferioridad, soporta esta vulnerabilidad mucho peor que aquel a quien el interés por los demás le muestra el camino, que sabe que no solo las comodidades, sino también las incomodidades le pertenecen como tareas, que la vida plantea tareas en cuya solución tiene que colaborar.

Estos son los resultados que se encuentran en el *diagnóstico general* de todos los fracasos, y por eso también son insuficientes para las *investigaciones del caso individual*, ya que siempre tropezamos con algo *único*. La impaciencia del uno, que se entrega a la morfinomanía, es otra impaciencia que la del otro, que también se entrega a la morfinomanía. Para acercarnos al caso individual podemos servirnos del diagnóstico general, pero tenemos que entrar en el diagnóstico especial. Aquí podemos seguir un camino que ha mostrado la psicología individual y que he mencionado al hablar de la inferioridad de órganos, a consecuencia de la cual uno recibe la vida como una carga. Naturalmente será cauteloso, y así encontramos la *cautela* también en todos los fracasos. Encontraremos también una *falta de valor*. El valor, bien visto, significa sentirse en algún lugar en casa, como en la propia tierra, sentir este mundo, con todas sus incomodidades y comodidades, como algo que le pertenece a uno. Por eso a todos los fracasos les falta valor, y en su lugar tenemos los rasgos de la *astucia*. Esto prueba que todos los fracasos, como también los morfinómanos y los alcohólicos, viven como si estuvieran *en país enemigo*. También son *desconfiados, se vinculan difícilmente y esperan siempre algún ataque*, algún perjuicio. Ven siempre al otro, de una u otra manera, como enemigo, y recuerdo a un morfinómano que, durante una cura de desintoxicación que entonces se llevaba a cabo bajo narcosis, no dejó de hablar de lo mala persona que yo era, cuando antes había sido amigo mío o lo había parecido, de modo que en la narcosis salió a la luz su verdadera opinión. Junto a esta desconfianza encontramos también la inclinación a los *celos*, que encontramos con extraordinaria frecuencia no solo en los alcohólicos, sino también en los morfinómanos. Viven como en país enemigo y no se sienten parte de nosotros, lo que no significa otra cosa sino que tienen una *falta de sentimiento de comunidad*.

Hay un grupo bastante grande de niños en cuyo desarrollo esperamos fracasos, entre ellos alcohólicos, morfinómanos y cocainómanos. Son aquellos que han construido su forma originaria en una situación de *gran mimo*, en la que eran *dependientes* de otras personas y tenían así ocasión de hacer al otro dependiente de sí y de explotar *su* sentimiento de comunidad en beneficio de la propia persona. Por regla general era la <!-- S. 8 --> explotación de la madre. Los rasgos del mimo los ha estudiado con mucho cuidado la psicología individual, de modo que a partir de algunas formas de relación de un niño así, las muestre abiertamente o no, siempre podemos establecer si un niño ha sido mimado o busca el mimo. También un niño mimado crece como en país enemigo. Acostumbrado a la presencia de una sola persona, cualquier otra situación le parecerá inaceptable. Por eso encontraremos en las personas mimadas que todo cambio de su situación es para ellas una intervención grave. Todas las personas mimadas se ven presas entonces de una tensión psíquica, de la que he hablado antes, que siempre se extiende también, de diversa manera, a *pensamientos, sentimientos, motricidad o acciones*. Que también la persona mimada padece de falta de sentimiento de comunidad es claro, pues los mimados solo tienen interés por sí mismos y por una sola persona. Que también aquí haya *mil variantes* es un gran inconveniente para quien quiera ponérselo fácil; pero yo quisiera que no tomáramos todas estas cosas como fáciles y que, sin embargo, no nos asustáramos ante la dificultad de una investigación individualpsicológica.

Podremos representarnos fácilmente, de modo muy general, a un niño mimado en su relación social. Si planteo la pregunta de si un niño mimado mantendrá el orden, lo negaremos sin duda. Pues el niño mimado desea, en su existencia parasitaria, que casi siempre sea otro quien ponga orden. Si pregunto si el niño soporta ser separado de la persona que lo mima, también responderemos «No». Es extraordinariamente sensible ante toda situación nueva, impaciente, en tensión, inclinado a los afectos, a las emociones de la tristeza, de la ira, del miedo, de la impaciencia, y por tanto no está preparado para resolver tareas a las que debería salir al encuentro sin vacilar, sin excusa alguna. Pues bien, esta categoría de niños, en las mil variantes en que aparecen, forma sin duda el grueso de todos los fracasos, también del alcoholismo y de la morfinomanía. Son también los niños y los adultos más fáciles de seducir cuando se les sale al encuentro con amabilidad. Son los que siempre buscan calor y, cuando alguien les muestra calor, quedan ganados en seguida. Son los que, en su búsqueda de calor, se unen siempre al otro para ganarlo para sí, personas dependientes que volvemos a encontrar una y otra vez entre los fracasos, también entre los alcohólicos y los morfinómanos.

Hay que considerar también un tercer tipo, que también crece como en país enemigo, es decir, que busca su camino en la vida bajo una carga. Son los niños abandonados, los odiados, que nunca han experimentado nada del sentimiento de comunidad, que ni siquiera saben que existe un sentimiento de comunidad, y que en consecuencia sienten la vida entera como algo hostil, opuesto, que siempre hablan de la inquietud en la civilización y acusan a la civilización, pero no dan ningún paso para hacer esta civilización más favorable para la colectividad, que siempre quieren tomar, pero nunca están dispuestos a dar. También a este tipo lo encontramos ocasionalmente entre los morfinómanos y los alcohólicos, aunque con menos frecuencia, porque en general <!-- S. 9 --> este tipo puro no está muy extendido. Se lo encuentra ocasionalmente entre los hijos ilegítimos, los huérfanos o los hijos no deseados.

Así, a partir del *diagnóstico general* de los fracasos, que se refiere también a la morfinomanía y al alcoholismo, he intentado mostrar una línea fundamental, y quisiera, a partir de los casos que recuerdo, intentar demostrar cómo se refleja en mi material y se hace accesible al diagnóstico especial.

Para hablar de la morfinomanía, recuerdo a un paciente que de niño había sido torpe, de movimientos pesados; por ejemplo, cuando se quería estar tranquilo de él, bastaba con ponerlo boca arriba, en una postura de la que él solo, incluso cuando tenía cuatro años, no podía volver a levantarse. Padeció pronto fenómenos de angustia, por ejemplo cuando lo dejaban solo, y no había manera de hacerle ir a la escuela. Era de casa acomodada, que tenía gran influencia, y así los padres lograron arreglar los últimos exámenes que tenía que aprobar antes de ir a la universidad de modo que los examinadores fueran a su casa, alegando siempre sus fenómenos de angustia, su agorafobia. Más tarde se casó, pero nunca tuvo una relación verdadera con su mujer; la persiguió siempre con celos, de modo que la mujer, harta de él, se divorció. Era un hombre inteligente, perspicaz. Logró, mediante recomendaciones, obtener un alto puesto de funcionario, en el que, según la opinión de unos, se distinguió y, según la de otros, no hizo nada esencial. Antes de asumir ese puesto —según me contó— estaba muy agitado. Esa era para él la prueba funcional, y durante algún tiempo no pudo decidirse. Tenía entonces un conocido que le contó que en tales situaciones se ponía una inyección de morfina para superar las dificultades. Así empezó con la morfinomanía, y cada vez que en ese alto puesto, para el que en realidad no era apto, sentía alguna dificultad, recurría a la morfina, y continuó así durante un tiempo, de modo que al final la consumía ininterrumpidamente. Las dificultades en su puesto crecieron más y más; lo pasaron a un puesto inferior, lo que tuvo como consecuencia que elevara las dosis de morfina, en el sentimiento de la humillación y en una ambición exaltada, pues se tenía por el mejor de todos los funcionarios de su ramo, dentro del cual luchaba también contra todos los demás. Se casó por segunda vez, y la mujer, que no sabía qué hacer con el morfinómano, aunque él no había perdido en absoluto su potencia, se hartó de él, lo que lo llevó de nuevo a aumentar las dosis de morfina, aquí seguramente ya en la excitación contra su mujer, contra la cual el aumento de las dosis de morfina había de significar ahora un acto hostil, un ataque. Pues la mujer intentaba continuamente apartarlo de ello, y cuando llamó en su ayuda a varios médicos eminentes, él declaró que no podía levantarse de la cama, que era incapaz de mover los miembros y que padecía ataques cardíacos. En esta situación lo conocí <!-- S. 10 --> y traté de liberarlo de la morfinomanía, lo que también se logró, pero sin que pudiera de ningún modo sobreponerse al *fait accompli*, la aversión de su mujer. Como la mujer era especialmente obstinada y consideraba la separación como su buen derecho, él recurrió todavía a otro medio de ataque hostil y amenazó con el suicidio, que luego también llevó a cabo. De ello me enteré más tarde. Así, el curso de su vida, desde el comienzo de su infancia hasta el final, aparece claramente como una totalidad inquebrantable.

Mientras que aquí podemos observar el mimo y la neurosis precoz, de otro paciente cuyo caso quisiera contar ahora puedo decir que era un segundo hijo de enorme ambición y actividad. Era de baja estatura, un alumno excelente, ambicioso, terriblemente susceptible, lo que le incapacitaba para rodearse con facilidad de compañeros, tener amigos, etc. Estaba luego empleado en una oficina donde vivió la gran conmoción de que el jefe preguntara: «¿Dónde se ha metido el enanito?». Se despidió en el acto, no podía sobreponerse a la idea de cómo lo había rebajado su jefe, y empezó entonces, para no sucumbir al difícil problema de una crítica infame, con inyecciones de morfina. Es el único caso, entre los muchos, que pude liberar de la morfinomanía sin coacción externa alguna, en libertad. He de confesar que yo mismo creo que es un caso único y que ya no me atrevería a emprender de nuevo un caso así sin vigilancia alguna. También con médicos intenté, apoyándome en su comprensión, llevar a cabo una cura de desintoxicación en libertad, pero no lo logré.

Otro paciente vino a tratarse conmigo solo después de haber pasado por seis curas. De este hombre puedo decir que era el único varón entre cinco niñas, y por tanto extraordinariamente mimado. También este paciente era muy egocéntrico y ambicioso. Tenía éxito, llegó incluso a un rango elevado, pero la carcoma estaba en la viga. Cuando se decidió a resolver la cuestión del amor, estaba en una tensión enorme y se casó con una muchacha llamativamente fea. Tales casos atestiguan por regla general que uno no se tiene en mucho, que quiere crearse una situación aliviada, más o menos como si esperara incesantemente que esa muchacha fea alzara hacia él los ojos llena de gratitud. Que esto es siempre un error, la gente no lo sabe. No saben que esta situación es insoportable. Así tienen la esperanza de que, si eligen por debajo de su condición, ello tendría que ser un alivio. También aquí vemos de nuevo cómo busca un *alivio* así. Fue durante la guerra cuando recibió una herida y, a causa de los dolores, le pusieron algunas inyecciones de morfina. Cuando regresó y volvió a su vida doméstica y a la vida conyugal con su mujer, encontró que la mujer era extraordinariamente rebelde y que también mostraba rasgos de infidelidad. Conmocionado por ello en extremo, sin comprender cómo él, ese hombre de éxito, mimado y muy estimado por todos, podía ahora, por la actitud de esa mujer, perder su confianza en sí mismo, <!-- S. 11 --> en una especie de recuerdo de cómo había obtenido alivio cuando estuvo herido, recurrió de nuevo a la jeringa de morfina y se hizo morfinómano; su mujer lo descubrió pronto, y vio en ello un fenómeno que indicaba que se trataba de un acto de venganza: mostrar a la compañera lo que había hecho de él. Algo parecido encontramos a veces también en los alcohólicos: mostrar una imagen lastimosa para acusar al otro, para castigarlo. Cuando la mujer vio que el marido no quería dejar la morfina, recurrió también ella a la morfina para iniciar el contraataque. Era, como dije, una niña muy fea y estuvo durante toda la infancia bajo la presión de un padre muy tiránico. Es quizá uno de los tipos que mencioné antes, una niña odiada, abandonada. Su fealdad era muy llamativa. Era susceptible, impaciente, inclinada a los afectos, de modo que naturalmente una armonía entre los dos solo pudo surgir cuando ambos estuvieron curados. La curación pudo lograrse porque pude explicar a ambos los defectos, los errores que habían cometido en su forma de vida originaria, su falta de interés por el otro, su miedo a no poder sostenerse si no pensaban siempre en sí mismos.

Otro, hijo único de una familia acomodada, del que podemos suponer que fue mimado. El padre, colérico, inclinado a los arrebatos afectivos, intervenía en todo, y cuando un día interrumpió violentamente una relación amorosa del muchacho, este empezó a deprimirse, fue a parar a un sanatorio para enfermos nerviosos, un morfinómano lo indujo a la morfinomanía, pasó por seis o siete curas de desintoxicación, hasta que después de la última vino a tratarse conmigo, donde se descubrieron todas las relaciones de su estilo de vida. Era extraordinariamente goloso, susceptible, impaciente, rebelde, inclinado a los arrebatos afectivos, y vivía siempre bajo la presión del padre, que lo criticaba continuamente y quería llevar siempre de la mano al hombre de 35 años. También él se curó cuando logró hacerse independiente del padre y apartar de sí esa presión, que no era en absoluto necesaria. La presión solo existía mientras tomaba en serio al padre. Cuando se logró hacerle ver lo secundario de esta relación, se logró también preservarlo de una recaída. Desde hace 8 años está libre de la morfina.

Otro hijo único de una familia millonaria, muy mimado, impaciente, empeñado en sacar el dinero del bolsillo a sus padres, se emborrachaba cuando no le daban bastante, armaba con ello gran escándalo, de modo que así podía conseguirlo todo, hasta que murió su padre y su madre pasó a una situación difícil, de modo que ya no podía darle tanto. Cuando notó que su estado de embriaguez no conseguía ablandarla, cayó un día en manos de un traficante de morfina, que lo indujo a la morfinomanía y a la cocainomanía. El paciente fue internado en un sanatorio.

Recuerdo luego un caso: era el menor de varios hijos de éxito. Respecto de los hijos menores podemos decir, en el diagnóstico general, que son extraordinariamente ambiciosos y siempre <!-- S. 12 --> se esfuerzan por pasar por encima de los demás. Es como en la historia del José bíblico, en la que José anda ensimismado y fantasea con que es más que todos los demás, etc. Este muchacho del que hablo fue siempre mimado por su madre, pero siempre oprimido por sus hermanos. Fue el de más éxito y llegó a reunir una fortuna enorme. Un día, en la época de la inflación, se le fue la mayor parte de su fortuna. Como solo podía mantener su sentimiento de fuerza si era más que sus hermanos, ahora se le vino abajo este apoyo que tenía. En esta tristeza, en este desamparo en que se sentía, conoció a una mujer que era morfinómana, que le confesó su amor, lo movió a casarse con ella y lo hizo morfinómano para sacarlo de sus preocupaciones, de su tristeza. Así empezó a hacerse morfinómano. Más tarde se divorció de su mujer y pasó por algunas curas de desintoxicación. En una pausa de la morfinomanía se casó de nuevo, pero volvió a hacerse morfinómano cuando su negocio dejó de ir bien. Entonces se inició algo que podría llamarse una morfinomanía inducida. La mujer, que quería siempre moverlo a dejar la morfinomanía, no se impuso; luchó tenazmente contra su morfinomanía, y como no lo logró, como en castigo, para mostrar lo que él había causado, y seguramente también en la convicción de que así podía liberarse de su pena, empezó también ella a tomar morfina. También ella había sido una niña mimada, que nunca soportó no imponer su voluntad. En general y en particular se mostró siempre como el tipo que he descrito como *carácter nervioso*.

Para hablar del alcoholismo, del que tampoco puedo ofrecer un material grande, pero sí casos que he estudiado intensivamente, quisiera destacar algunas cosas. Así en el caso de un hombre que vino a verme después de diversos tratamientos de toda clase porque de vez en cuando bebía tanto que perdía por completo el sentido. Muy pronto resultó que era un niño extraordinariamente mimado, que no soportaba la vida y sus tareas. Junto a una hermana mayor, siendo el único hijo varón, había sido mimado por la madre y por la hermana mayor, mientras que el padre no se ocupaba de él, de modo que entre padre e hijo surgió una relación tensa. De la madre podía esperarlo todo. Es interesante un pequeño suceso de su primera infancia. Cuando sus padres tuvieron que irse de viaje, quedó al cuidado de su abuela, que no lo mimaba. Un día, a los cuatro años, hizo su hatillo, se lo cargó a la espalda, se marchó y declaró que no se quedaba allí, que no le gustaba, que se iba. Aquí vemos que una persona se aleja de una situación en la que no está a gusto para salvarse de esa situación, que le parece insoportable, *en una situación más fácil*. Otro recuerdo era que su madre y su hermana lo disfrazaban de muñeca y lo llevaban en brazos de un lado a otro. Esto es un indicio claro de mimo. Cuando entró en la escuela, la madre habló con el maestro y le pidió que tratara al muchacho con delicadeza y amabilidad. Vivía en América, donde en aquel tiempo se aplicaban con rigor las leyes de la prohibición, lo que, sin embargo, no causaba <!-- S. 13 --> ninguna impresión en muchos que beben más de lo que bebían antes, solo que de peor calidad. Su padre bebía abundantemente sin sufrir daño visible, mientras que la madre protestaba con vehemencia y se excitaba por la bebida. Ahora bien, allí la juventud empieza a menudo a beber para mostrar su hombría. También él empezó a beber para compensar el sentimiento del mimado, del apuro, de la debilidad y de la inseguridad, para mostrarse adulto y fuerte, con lo cual este rasgo nos revela que se trata de una persona que tiene poca confianza en sí misma, que busca caminos fáciles para destacar. Fue a parar a una sociedad de bebedores y bebía. La madre se mostró conmocionada y le pidió, retorciéndose las manos, que nunca más volviera a beber. Él lo prometió. Durante un tiempo también cumplió su palabra. Para abrazar una profesión fue a otra ciudad, donde estaba solo, lo que sintió como demasiado difícil. Era tímido y se ocupaba de sí mismo, se quedaba solo en casa, leía mucho, era un buen músico. No podía evitar que de vez en cuando lo invitaran, lo que le oprimía. Entraba entonces en una gran tensión, y a menudo ocurría que antes de una situación así se emborrachaba y, naturalmente, no podía hacer la visita. Era guapo, inteligente, prometedor, de modo que a veces las muchachas se le acercaban con gusto, lo que también lo ponía en una gran tensión, de modo que salía huyendo y se entregaba a la bebida. En la profesión no tuvo buena mano. Cambiaba a menudo de profesión, y cuando tenía que hablar con clientes, echaba mano también de nuevo del vaso para darse valor, y vagaba a menudo dos o tres días sin sentido. Bebía con más frecuencia cuando no llegaba puntualmente de su madre el dinero que necesitaba para su sustento. Entonces iban y venían telegramas, y nunca podía poner orden en sus asuntos de dinero. Si la madre no enviaba el dinero a vuelta de correo, volvía a beber. Que con ello tenía a la madre en un puño y podía hacer con ella lo que quisiera, es claro. En este estado lo encontré, y logré, al cabo de algún tiempo, llevarlo hasta el punto de que abandonara el alcoholismo y se dedicara a su trabajo. Lo volví a ver al cabo de tres años en un estado completamente ordenado. Mi tarea tuvo éxito porque lo convencí de que era el juguete de su estilo de vida mimado.

Quiero además mostrar un informe sobre un alcohólico al que nunca he visto. Este informe es sin duda completamente insuficiente y probablemente tampoco está redactado según los principios de la psicología individual:

«Es el único hijo de sus padres». Volvemos a encontrar el mismo factor del que he hablado antes. «Es de constitución delicada, pequeño, inteligente». Quizá de inferioridad endocrina. «Su padre era bebedor, pero capaz de desempeñar su profesión de trabajador intelectual. Murió pronto, de modo que la madre tuvo que llevar sola la educación del único hijo». Esta es la situación que a menudo aparece como insuficiente, cuando *solo* la madre es la única persona de referencia. Si ahora oímos además que la madre vela por él sin cesar, no podremos sustraernos a la impresión de que solo está en relación con la madre. «En la escuela estaba dispensado de los juegos y del deporte. <!-- S. 14 --> La madre lo disculpaba a menudo contra su propio conocimiento». Esperamos que la madre no lo suelte de la mano. En su forma originaria no existe otra relación que la que tiene con la madre cariñosa. «Se decidió por la profesión de maestro, en la que no le faltaron recomendaciones. Aunque la madre quería preservarlo del alcoholismo, empezó, abandonado más a sí mismo, a beber cerveza». Aquí tenemos de nuevo la *prueba funcional*. Si la madre no está, la cosa no va, y en particular cuando dispone de sumas de dinero mayores. Ahí se muestra la *golosería*. Ahí no puede contenerse, en esta situación que significa un esfuerzo, de procurarse cualesquiera delicias, sosiego, una embriaguez que lo libre de *la dificultad de la situación*, de estar solo con su trabajo. Esto significa naturalmente también: «Mi madre tiene que estar aquí, no puedo sostenerme solo, soy demasiado débil». Aquí tenemos la expresión del complejo de inferioridad. «La madre mentía por él cuando le surgían contrariedades. Logró aprobar todos sus exámenes y obtener una colocación. Cuando dispuso él solo de su sueldo, se entregó al alcoholismo, sobre todo los días de cobro, lo que llegó a tal punto que a menudo se gastaba todo su dinero».

En este punto quisiera hacer una observación que les ruego comprobar. Se refiere a lo que llamamos «bebedores periódicos» (*Quartalssäufer*)[^t4]. A menudo se ha expresado la opinión de que para ello no hay motivos, es decir, de que habría una causa endógena. Hasta donde he podido ver, siempre hay motivos. No debemos olvidar que el hombre cobraba su sueldo cada fin de mes. Por eso no es un bebedor periódico, sino que se comporta de acuerdo con la situación, por motivos de la inseguridad en que se encuentra.

«Se quedó soltero». También aquí tenemos de nuevo la indicación: incapaz de resolver una cuestión que exige interés por el otro. Estoy convencido de que también su sexualidad se configuró de una manera que muestra claramente que no tiene sentimiento de comunidad. Es sin duda una sexualidad como la de un solitario huraño, o masturbación o vacío, condicionada por la totalidad de su estilo de vida, y no al revés. — «La madre ya no pudo ocultar al final su vicio y se confió al superior. Cuando la madre le hacía reproches, la trataba con grosería y brutalidad». Esto lo encontramos a menudo en los niños mimados, que se convierten pronto en tiranos de la casa, tempranamente obstinados, más tarde agresivos y peligrosos. «Ingresó en una asociación de abstemios. Recayó. Se escapó de un sanatorio porque, según dijo, tenía que trabajar físicamente. Vuelto a su profesión, cayó, pese a las advertencias de su madre, a cada fin de mes, por un tiempo más o menos largo, en el alcoholismo. Faltaba a su servicio, durante horas no sabía lo que hacía».

Podremos deducir también de este informe que se trata de una persona que no está preparada para la vida, en particular que no puede estar sola, que quiere tener a su disposición a su madre o a un sustituto. Probablemente hay en su afición a la bebida también un ataque contra su madre, que ahora lo reprende de una manera que ofende su ambición enfermiza.

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Si resumo, quisiera decir que, volviendo la mirada a la forma originaria, a la constitución psíquica adquirida en los primeros años, podemos establecer lo que en muchos casos hemos hallado acertado. Esta búsqueda convulsa de alivio la encontramos ya expresada en la infancia en fracasos, en niños difíciles de educar, nerviosos y delincuentes. Uno de los caminos más transitados, uno de los más baratos, es el *ensueño diurno*. Encontramos una y otra vez el arranque de un ensueño diurno cuando un niño no se siente lo bastante fuerte, padece sentimientos de inferioridad mayores y tiene un sentimiento de humillación. Como en un impulso, huye a la fantasía y construye grandes planes e imágenes que le ayudan a olvidar su situación real, o le ayudan a no sufrir ya bajo su situación real. Es el anhelo de librarse del sufrimiento psíquico. Y así podemos, a modo de comparación, designar la morfinomanía y el alcoholismo como el ensueño diurno del adulto.

Respecto de la cuestión de si para el tratamiento ha de aplicarse solo la psicoterapia, estamos todos de acuerdo. Mientras no pongamos a buen recaudo al morfinómano o al alcohólico, no podemos hablar ni trabajar con él. Por eso es necesario llevar a cabo la desintoxicación. La causa de los síntomas de abstinencia parece consistir en una intoxicación por agua, que probablemente se elimina mejor con eufilina. En la clínica psiquiátrica del profesor *Pötzl*, en Viena, la Dra. *Alexandra Adler* ha llevado a cabo la cura de desintoxicación del morfinómano en estado de vigilia en unos 3-8 días, casi siempre de modo que apenas hay molestias importantes.

Comentaremos ahora además la historia clínica de un toxicómano que el Dr. *Meyer*, de Berlín, ha tenido la amabilidad de remitirnos. Del extenso informe solo destacaré algunos puntos que son importantes para nuestro modo de ver y resumiré algo más brevemente las demás partes del informe.

El tratamiento general de los toxicómanos se apoya principalmente en las curas de desintoxicación, que se han facilitado mucho mediante instalaciones adecuadas y el perfeccionamiento de los métodos de desarrollo[^t5]. Que estos métodos por sí solos garanticen un éxito *duradero* parece ahora a todos, sin duda, más que dudoso. También sobre los propios estados de embriaguez reina todavía gran oscuridad. Lo único seguro es que en el estado de embriaguez desaparecen inhibiciones psíquicas y físicas, lo que naturalmente significa muchísimo para el paciente en todos los casos de inhibición opresiva. De ahí viene que los morfinómanos y los cocainómanos aludan ocasionalmente a una gran sensación de placer y no raras veces establezcan también una relación con la sexualidad. Como el instinto sexual puede entrar en toda clase de combinaciones, no tiene por qué extrañarnos, y de ello no tiene por qué seguirse en absoluto para nosotros la conclusión de que el consumo de morfina esté en una relación particular con la sensación sexual.

Cabe preguntarse si no buscan hoy todos los hombres distensión. Es decir, que no necesitamos suponer que un estado particular provoca en <!-- S. 16 --> cada uno este afán de distensión. Si sabemos que hay morfinómanos que pueden deshabituarse por sus propias fuerzas y que, por otra parte, otros casos no pueden curarse ni siquiera con muchas curas de desintoxicación, ello habla a favor de que la posibilidad de curación depende más de condiciones generales de la personalidad que de una situación especial.

Nosotros, que en la psicología individual partimos de la unidad de la personalidad y también en la morfinomanía nos preguntamos hasta qué punto está condicionada por el estilo de vida del paciente, plantearemos por eso en cada caso particular la pregunta: ¿hasta qué punto se muestra el paciente adaptado de manera activa a las tareas de la vida? En todos los morfinómanos hemos tenido que comprobar que estaban más cargados por la vida de lo que les parecía soportable.

Pero antes de pasar a la exposición siguiente de nuestro modo de ver, hemos de examinar otra posibilidad. ¿Habría que explicar quizá este fenómeno por procesos hereditarios? Pues bien, también los representantes de esta orientación solo pueden aplicar su teoría a la morfinomanía de una forma muy vaga, a saber, que los «psicópatas» son más accesibles a la morfinomanía. Vemos que esto afecta solo a una fracción y no da explicaciones para el complejo total de los fenómenos.

Frente a ello, la psicología individual afirma: la morfinomanía es uno de los muchos *intentos de sustraerse a la responsabilidad en la gravedad de la vida*.

Naturalmente, la prueba de esta afirmación ha de aportarse en cada caso sin frases y sin fórmulas, examinando con exactitud las condiciones individuales, es decir, estableciendo con exactitud el matiz de la forma de vida, reconociendo claramente la variante. Entonces podremos llegar también a un juicio seguro y probar nuestra afirmación. Para ello nos serán naturalmente útiles ciertas líneas generales y constantes *para nuestra orientación*; nos servirán para iluminar nuestro campo de trabajo.

En todos los morfinómanos encontré en común la imagen de una persona poco adaptada, a la que desde la infancia le faltaba ya el debido sentimiento de pertenencia a otras personas y a sus tareas. Tendremos, pues, que investigar siempre hasta qué punto esta pertenencia era ya deficiente antes de su adicción a la morfina.

Hay que mencionar de antemano otro punto de vista. Hay que tener en cuenta que un paciente, cuando viene a tratarse, todavía no está en modo alguno a salvo de recaídas, pero hay que tratarlo de la forma más amable y suave para no engendrar en él resistencias que pueden provocar fácilmente recaídas. Aquí, como en muchos casos, hemos de considerarnos enteramente como una sociedad de salvamento y tratar de evitar la protesta del paciente.

Si queremos llegar a una consideración de conjunto, hemos de preguntarnos primero en qué grupo de fracasos hemos de <!-- S. 17 --> clasificar la morfinomanía. En las formas límite difusas de la neurosis podemos observar siempre que todo neurótico intenta interponer entre él y el rendimiento un obstáculo, una posibilidad de aplazamiento, una excusa. Aquí nos resulta claro que un morfinómano pone su morfinomanía, como todo síntoma neurótico, entre él y su tarea. Basta con preguntar a un paciente: «¿Qué haría usted si no fuera morfinómano?». Oiremos entonces en seguida hablar de los rendimientos que llevaría a cabo, pero ante los cuales retrocede a causa de su peculiaridad y de su falta de preparación. Así pues, también en él encontramos lo tan característico del neurótico: «*Sí, pero*».

Leemos en el informe que tenemos delante que el paciente sufría ya en 1925 una indisposición nerviosa que lo inquietaba. Se presentaron hipersensibilidades del oído, ligeras molestias cardíacas, etc. En esa época tuvo diarrea, por la que el médico le dio repetidas veces opio.

Hay pacientes que responden con diarrea a la más pequeña excitación. Así pues, también para esta diarrea pueden muy bien haberse dado causas psíquicas, y nos preguntaremos: ¿a qué cuestiones respondía el paciente con estos síntomas? «En 1926 contrajo matrimonio con una muchacha con la que ya antes tenía trato y a la que dejó embarazada la primera vez. Cuando la muchacha quedó encinta, decidió casarse con ella, aunque tenía grandes dudas de que el embarazo fuera suyo». — Vemos que tenemos que ver con una persona desconfiada, que atribuye a su «pareja amorosa» lo peor.

«Mirando atrás, no describe en absoluto este matrimonio como un matrimonio por amor. Llama la atención también que diga: me decidí al matrimonio precisamente porque la muchacha y los padres *no* me empujaban a ello». — ¿Qué clase de persona es esta? Encontramos ciertas analogías si pensamos en las personas que prefieren para casarse precisamente a un lisiado o a una pareja inferior. Son personas que cuentan con una gratitud eterna y que en el matrimonio querrían estar arriba.

«De niño era terco», — pertenece, pues, al tipo que busca su fuerza en la oposición. También a su mujer la describe como terca, y observa de nuevo que este matrimonio «no puede llamarlo matrimonio por amor». — Así pues, tuvo que vivir entonces bajo grandes tensiones: no era un matrimonio por amor, dudas de si el niño era suyo, mala relación con los suegros, que no querían saber nada de un matrimonio así. ¿Quiso por eso el matrimonio?

«Educa mucho a su mujer, le señala sus defectos, pero ella es terca». — Se encuentra, pues, aquí ante un problema insoluble y se ve defraudado en los supuestos de su matrimonio, en que la mujer alzara siempre los ojos hacia él.

«Nunca ha dado un paso hacia mí, de modo que todavía hoy no sé cuánto me quiere mi mujer. Como madre y ama de casa es buena, pero como mujer no puede bastarme». — Vemos, pues, que valora a la mujer solo como objeto sexual. ¿Qué hace un hombre en un caso así? Intenta vengarse. La forma más corriente de esta venganza son las aventuras extraconyugales. <!-- S. 18 --> Con lo cual siempre resulta luego que todas las demás mujeres le gustan más que la propia.

«En esta época toma opio sin cesar, estuvo mucho en tratamiento, también con curanderos. Los médicos no advirtieron su adicción o no supieron contrarrestarla. En esta época era muy irascible con su mujer y estaba muy descontento de ella, y tenía también muchos dolores de cabeza». — Muestra síntomas que exigen consideración. Toda su conducta ha de explicarse como una venganza contra la mujer, con la que no podía.

«Subraya llamativamente que tenía también grandes dificultades con su hijo mayor, que se le parecía mucho y al que precisamente por eso no podía soportar». — El *common sense* nunca juzgaría así. ¿Cómo hemos de explicarnos que le resultaría tan especialmente agradable que el hijo no fuera como él? Tendría entonces, naturalmente, un arma nueva contra su mujer, ya que su sospecha respecto de la paternidad estaría más justificada.

De su primera infancia cuenta «que estaba muy apegado a su padre y que frente a la madre era extremadamente crítico». — Esta situación la reconozco siempre como segunda fase en la relación del niño con su madre. El niño tiene que haber vivido ya entonces algún desengaño con su madre.

«La madre era morfinómana y muy nerviosa. Una hermana mayor que tenía significaba poco para él; con su hermana menor vivía en constante disputa». — Vemos dos mujeres con las que vive en una relación muy mala. Sabiendo que el estilo de vida adquiere formas fijas ya en los cinco primeros años, no nos extrañará que este hombre no encontrara una buena relación con las mujeres.

«Tenía relaciones sexuales desde los 17 años, rara vez con satisfacción; solía dejar a cada mujer después del primer encuentro y tuvo con el tiempo unas 30 mujeres. Cuando amaba de verdad a una muchacha, no podía tener relaciones sexuales con ella. En el matrimonio no se ocupa demasiado de sus hijos; cuando le parece indicado castigarlos, encarga a su mujer la tarea de castigarlos». — Así pues, una persona que quiere estar arriba, pero que no se cree con fuerzas para ello.

«A su mujer le reprocha que tiene la voz grave y que es tosca». — Otros neuróticos se quejan de que la mujer tiene la voz demasiado aguda; cuando se busca reprochar, siempre se encuentra un motivo.

Si resumimos nuestras experiencias hasta aquí, encontramos que nuestro paciente está mal adaptado a las exigencias sociales. En su conducta se muestra la tendencia a rebajar a los demás. A ello corresponde una inclinación a maltratar animales. También atormentando puede uno rebajar. Es esencial además que en la escuela tuvo dos maestros que no solo pegaban sin piedad a sus alumnos, sino que evidentemente disfrutaban con toda clase de malos tratos. Esto no habrá dejado de influir en él. Describe estos sucesos como si los rechazara. En el fondo, su conducta muestra la misma tendencia.

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No debemos olvidar que ya en sus primeros años de niño aprendió de su madre, la morfinómana, cómo se puede atormentar extraordinariamente al entorno mediante tales autolesiones, procurándose alivios; que su posición ante el matrimonio, el deseo de vengarse de su mujer, le hacía deseable este tormento, y que esto, en una persona que desde la primera infancia mostraba inadaptación social, podía adoptar formas más fuertes al aumentar las exigencias sociales, de modo que se nos hace comprensible su adicción al estupefaciente, que en este último sentido ocupaba, como fracaso, el lugar de la disposición social: alivio para él y excusa de su fracaso en la vida, acusación y castigo para su mujer.

Respecto del alcoholismo, me parece que, junto a otras causas, existe a menudo una inclinación específica del gusto por el alcohol, que desempeña un papel en la elección del síntoma. Aparte de mis propias observaciones sobre ello, no encuentro hasta ahora pruebas al respecto en la bibliografía. Es verdad que, como se ha observado antes, la lucha contra una persona de referencia sensible en este punto podría hacer superflua la inclinación del gusto, e incluso producirla. Pero recuérdese solo la inclinación por el aceite de hígado de bacalao en los raquíticos, que no se da en otros niños, la predilección de muchas personas por los alimentos ácidos, por alimentos de olor y sabor poco agradables, para prestar atención también a este punto de vista respecto de la elección del síntoma del alcoholismo.

[^1]: La primera parte de esta publicación apareció en el número 14, del 10 de julio de 1931, de la revista «Fortschritte der Medizin», Med. Verlag Hans Pusch G. m. b. H., Berlín, según una conferencia (pronunciada en la Casa de los Médicos de Berlín el 25 de marzo de 1931).

[^t1]: Adler usa aquí y en lo que sigue *soziales Interesse* como sinónimo de *Gemeinschaftsgefühl*; ambos se traducen «sentimiento de comunidad», según el glosario del archivo. (N. del T.)

[^t2]: Alusión a Goethe, *Torquato Tasso* (acto I, escena 2): «Es bildet ein Talent sich in der Stille, / Sich ein Charakter in dem Strom der Welt» («El talento se forma en la quietud; el carácter, en la corriente del mundo»). (N. del T.)

[^t3]: *Genäschigkeit*: la afición a las golosinas (*naschen*, «golosinear»), aquí en sentido figurado: la avidez de satisfacciones inmediatas. Se traduce siempre «golosería», y *genäschig*, «goloso». (N. del T.)

[^t4]: *Quartalssäufer*, literalmente «bebedor trimestral»: el que bebe en accesos periódicos, separados por intervalos de abstinencia (la dipsomanía de la psiquiatría de la época). (N. del T.)

[^t5]: Así en el impreso (*Entwicklungsmethoden*); probablemente errata por *Entziehungsmethoden*, «métodos de desintoxicación». (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del volumen digitalizado publicado en Internet Archive: Alfred Adler, «Rauschgift», *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie* 10 (1932), cuaderno 1, págs. 1-19. Según la nota del artículo, procede de una conferencia pronunciada en la Casa de los Médicos de Berlín el 25 de marzo de 1931, cuya primera parte se publicó en *Fortschritte der Medizin* 49 (1931), n.º 14, 10 de julio de 1931 (no consultado). De ahí la fecha de 1931 con que suele citarse el texto y que lleva su Id en el inventario (AA1931-05); el fichero lleva la de la publicación transcrita, 1932. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas y la paginación del original. *Rauschgift* se traduce «estupefaciente»; *Rausch*, «embriaguez»; *Morphinist*, «morfinómano»; *Alkoholiker* y *Alkoholist*, indistintamente, «alcohólico»; *Rauschgiftsüchtiger*, «toxicómano»; *Entziehungskur*, «cura de desintoxicación». *Gemeinschaftsgefühl* y *soziales Interesse* se traducen siempre «sentimiento de comunidad»; *Verzärtelung, verzärtelt*, «mimo, mimado»; *vernachlässigt*, «abandonado»; *Lebensstil*, «estilo de vida»; *Urform*, «forma originaria»; *Grundmelodie*, «melodía fundamental»; *Funktionsprüfung*, «prueba funcional»; *Leistung*, «rendimiento»; *Fehlschlag*, «fracaso»; *Überempfindlichkeit*, «hipersensibilidad»; *empfindlich*, «susceptible» o «sensible»; *Ungeduld*, «impaciencia»; *Genäschigkeit*, «golosería»; *Bezogenheit*, «relación»; *Training*, «entrenamiento»; *bockig*, «terco». *Common sense* se deja en inglés, como en el original. Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
