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Title: Lo que la vida debería significar para usted
Description: Libro de 1931, editado por Alan Porter, en el que Adler expone para el gran público la psicología individual: el sentido de la vida y sus tres problemas (la ocupación, la sociedad y el amor), mente y cuerpo, los sentimientos de inferioridad y de superioridad, los primeros recuerdos, los sueños, las influencias de la familia y de la escuela, la adolescencia, el crimen y su prevención, la ocupación, el hombre y sus semejantes, y el amor y el matrimonio.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1931%20What%20Life%20Should%20Mean%20to%20You
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<!-- Portada de la edición inglesa (Londres, 1932, 2.ª impresión, 1933); dedicatoria: «Este libro está dedicado a la familia humana, con la esperanza de que sus miembros aprendan de estas páginas a comprenderse mejor a sí mismos». -->

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## I. El sentido de la vida

Los seres humanos viven en el reino de los *significados*. No experimentamos circunstancias puras; experimentamos siempre las circunstancias en su significación para los hombres. Ya en su fuente nuestra experiencia está determinada por nuestros propósitos humanos. «Madera» significa «madera en su relación con la humanidad», y «piedra» significa «piedra en cuanto puede ser un factor de la vida humana». Si un hombre intentara escapar de los significados y entregarse solo a las circunstancias, sería muy desdichado: se aislaría de los demás; sus actos no servirían de nada ni a él ni a nadie; en una palabra, carecerían de significado. Pero ningún ser humano puede escapar de los significados. Experimentamos la realidad siempre a través del significado que le damos; no en sí misma, sino como algo interpretado. Será natural suponer, por tanto, que este significado está siempre más o menos inacabado, incompleto, e incluso que nunca es del todo acertado. El reino de los significados es el reino de los errores.

Si preguntáramos a un hombre: «¿Cuál es el sentido de la vida?», quizá no sabría responder. Por lo general, la gente no se preocupa por la pregunta ni intenta formular respuestas. Es verdad que la pregunta es tan antigua como la historia humana y que en nuestro tiempo los jóvenes —y también los mayores— prorrumpen a menudo en el grito: «Pero ¿para qué es la vida? ¿Qué sentido tiene la vida?». Podemos decir, sin embargo, que solo preguntan cuando han sufrido una derrota. Mientras todo marcha viento en popa <!-- p. 4 --> y no se les pone delante ninguna prueba difícil, la pregunta nunca se formula con palabras. Es en sus actos donde todo hombre plantea inevitablemente la pregunta y la responde. Si cerramos los oídos a sus palabras y observamos sus actos, encontraremos que tiene su propio «sentido de la vida» individual y que todas sus posturas, actitudes, movimientos, expresiones, gestos, ambiciones, hábitos y rasgos de carácter concuerdan con ese sentido. Se comporta como si pudiera confiar en una determinada interpretación de la vida. En todos sus actos hay un balance implícito del mundo y de sí mismo; un veredicto: «Yo soy así y el universo es así»; un significado dado a sí mismo y un significado dado a la vida.

Hay tantos significados dados a la vida como seres humanos, y, como hemos insinuado, quizá cada significado implica un error mayor o menor. Nadie posee el sentido absoluto de la vida, y podemos decir que ningún significado que sea mínimamente útil puede llamarse absolutamente erróneo. Todos los significados son variedades entre esos dos límites. Entre estas variedades, sin embargo, podemos distinguir unas que responden mejor y otras que responden peor; unas en que el error es pequeño y otras en que es grande. Podemos descubrir qué tienen en común los mejores significados y qué les falta a los peores. De este modo podemos obtener un «sentido de la vida» científico, una medida común de los significados verdaderos, un significado que nos permita hacer frente a la realidad en la medida en que concierne a la humanidad. También aquí debemos recordar que «verdadero» significa verdadero para la humanidad, verdadero para los propósitos y fines de los seres humanos. No hay otra verdad que esta; y si existiera otra verdad, nunca podría concernirnos; nunca podríamos conocerla; carecería de significado.

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Todo ser humano tiene tres vínculos principales, y es de estos vínculos de los que debe dar cuenta. Constituyen para él la realidad. Todos los problemas con que se enfrenta van en la dirección de estos vínculos. Tiene que responder siempre a estos problemas, porque siempre lo están interrogando; y las respuestas nos mostrarán su concepción individual del sentido de la vida. El primero de estos vínculos es que vivimos en la corteza de este pobre planeta, la Tierra, y en ninguna otra parte. Tenemos que desarrollarnos con las restricciones y las posibilidades que nos impone nuestro lugar de residencia. En el cuerpo y en el espíritu por igual tenemos que desarrollarnos de modo que podamos continuar nuestras vidas personales en la tierra y contribuir a asegurar la continuidad futura de la humanidad. Este es un problema que exige respuesta de todo hombre y al que ningún individuo puede escapar. Hagamos lo que hagamos, nuestros actos son nuestra propia respuesta a la situación de la vida humana: revelan lo que consideramos necesario, y conveniente, y posible, y deseable. Toda respuesta tiene que estar condicionada por el hecho de que pertenecemos a la humanidad y de que los hombres son seres que habitan esta tierra.

Ahora bien, si tenemos en cuenta la debilidad del cuerpo humano y la inseguridad en que nos hallamos, vemos que, por nuestras propias vidas y por el bienestar de la humanidad, tenemos que esforzarnos por consolidar nuestras respuestas, por hacerlas previsoras y coherentes. Es como si estuviéramos ante un problema de matemáticas: tenemos que trabajar para encontrar una solución. No podemos trabajar al azar ni a tientas, sino que debemos trabajar con método, usando todos los medios a nuestro alcance. No encontraremos una respuesta absolutamente perfecta, una respuesta establecida de una vez para siempre, pero, aun así, tenemos que emplear toda nuestra capacidad en encontrar una respuesta aproximada. Tenemos que esforzarnos siempre por encontrar una respuesta mejor, y la respuesta tiene que ser siempre <!-- p. 6 --> directamente aplicable al hecho de que estamos atados a la corteza de este pobre planeta, la Tierra, con todas las ventajas y desventajas que trae consigo nuestra posición.

Llegamos aquí al segundo vínculo. No somos los únicos miembros del género humano. Hay otros a nuestro alrededor, y vivimos asociados con ellos. La debilidad y las limitaciones del ser humano individual le impiden alcanzar sus propios fines aisladamente. Si viviera solo e intentara resolver sus problemas por sí mismo, perecería. No podría continuar su propia vida, no podría continuar la vida de la humanidad. Está siempre ligado a los demás hombres, y lo está a causa de sus propias debilidades, insuficiencias y limitaciones. El paso más grande para su propio bienestar y para el bienestar de la humanidad es la asociación. Toda respuesta a los problemas de la vida, por tanto, tiene que tener en cuenta este vínculo: tiene que ser una respuesta a la luz del hecho de que vivimos asociados y de que pereceríamos si estuviéramos solos. Si hemos de sobrevivir, incluso nuestras emociones tienen que estar en armonía con este máximo problema, propósito y meta: continuar nuestra vida personal y continuar la vida de la humanidad, en este planeta que habitamos, en cooperación con nuestros semejantes.

Hay un tercer vínculo que nos ata. Los seres humanos viven en dos sexos. La conservación de la vida individual y de la vida común tiene que tener en cuenta este hecho. El problema del amor y del matrimonio pertenece a este tercer vínculo. Ningún hombre ni ninguna mujer puede eludir dar una respuesta. Haga lo que haga un ser humano ante este problema, esa es su respuesta. Hay muchas maneras distintas en que los seres humanos intentan resolver este problema: sus actos muestran siempre su concepción de la única manera <!-- p. 7 --> en que el problema tiene solución para ellos. Estos tres vínculos, por tanto, plantean tres problemas: cómo encontrar una ocupación que nos permita sobrevivir dentro de las limitaciones que impone la naturaleza de la tierra; cómo encontrar una posición entre nuestros semejantes, de modo que podamos cooperar y compartir los beneficios de la cooperación; cómo acomodarnos al hecho de que vivimos en dos sexos y de que la continuidad y el progreso de la humanidad dependen de nuestra vida amorosa.

La psicología individual no ha encontrado en la vida ningún problema que no pueda agruparse bajo estos tres problemas principales: el de la ocupación, el social y el sexual. Es en su respuesta a estos tres problemas donde todo ser humano individual revela infaliblemente su propio sentido profundo de lo que es la vida. Supongamos, por ejemplo, que consideramos a un hombre cuya vida amorosa es incompleta, que no hace ningún esfuerzo en su profesión, que tiene pocos amigos y al que el contacto con sus semejantes le resulta penoso. Por los límites y las restricciones de su vida podemos concluir que siente el *estar vivo* como algo difícil y peligroso, que ofrece pocas oportunidades y muchas derrotas. Su estrecho campo de acción ha de interpretarse como un juicio: «La vida significa protegerme del daño, atrincherarme, escapar indemne». Supongamos, en cambio, que consideramos a un hombre cuya vida amorosa es una cooperación íntima y multiforme, cuyo trabajo da logros útiles, cuyos amigos son muchos y cuyos contactos con sus semejantes son amplios y fecundos. De un hombre así podemos concluir que siente la vida como una tarea creadora, que ofrece muchas oportunidades y ninguna derrota irreparable. Su valor para afrontar todos los problemas de la vida ha de interpretarse como un juicio: «La vida significa interesarme por mis <!-- p. 8 --> semejantes, ser parte del todo, aportar mi contribución al bienestar de la humanidad».

Aquí encontramos la medida común de todos los «sentidos de la vida» equivocados y la medida común de todos los «sentidos de la vida» verdaderos. Todos los fracasados —neuróticos, psicóticos, criminales, borrachos, niños difíciles, suicidas, pervertidos y prostitutas— son fracasados porque les falta solidaridad y sentimiento de comunidad. Abordan los problemas de la ocupación, la amistad y el sexo sin la confianza de que puedan resolverse mediante la cooperación. El sentido que dan a la vida es un sentido privado: nadie más se beneficia de que alcancen sus fines, y su interés se detiene en sus propias personas. Su meta de éxito es una meta de mera superioridad personal ficticia, y sus triunfos solo tienen significado para ellos mismos. Hay asesinos que han confesado haber sentido poder cuando tenían en la mano un frasco de veneno, pero está claro que solo se confirmaban su importancia a sí mismos; a los demás, la posesión de un frasco de veneno no puede parecernos que les dé un valor superior. Un sentido privado no es, de hecho, sentido alguno. El significado solo es posible en la comunicación: una palabra que significara algo para una sola persona carecería realmente de significado. Lo mismo ocurre con nuestros fines y nuestros actos: su único significado es el que tienen para los demás. Todo ser humano aspira a tener significación; pero la gente se equivoca siempre si no ve que toda su significación tiene que consistir en su contribución a la vida de los demás.

Se cuenta una anécdota de la dirigente de una pequeña secta religiosa. Un día reunió a sus seguidores y les anunció que el fin del mundo llegaría el miércoles siguiente. Sus seguidores quedaron muy impresionados, <!-- p. 9 --> vendieron sus bienes, abandonaron toda consideración mundana y esperaron agitados la catástrofe prometida. El miércoles pasó sin nada fuera de lo común. El jueves acudieron todos juntos a pedirle una explicación. «Mira en qué apuro estamos —le dijeron—. Abandonamos toda nuestra seguridad. Dijimos a todo el que encontrábamos que el fin del mundo llegaría el miércoles, y cuando se rieron de nosotros no nos desanimamos, sino que repetimos que lo sabíamos de fuente infalible. El miércoles ha pasado y el mundo sigue aquí, a nuestro alrededor». «Pero mi miércoles —dijo la profetisa— no es vuestro miércoles». De este modo, con un sentido privado, se puso a salvo de toda impugnación. Un sentido privado nunca puede ponerse a prueba.

La señal de todos los «sentidos de la vida» verdaderos es que son sentidos comunes: son sentidos que los demás pueden compartir y que los demás pueden aceptar como válidos. Una buena solución de los problemas de la vida abrirá siempre el camino también a los demás, porque en ella veremos problemas comunes resueltos con éxito. Incluso el genio no ha de definirse más que como utilidad suprema: solo cuando los demás reconocen que la vida de un hombre tiene significación para ellos lo llamamos genio. El sentido expresado en una vida así será siempre: «La vida significa contribuir al todo». No hablamos aquí de los motivos declarados. Cerramos los oídos a las declaraciones y miramos los logros. El hombre que resuelve con éxito los problemas de la vida humana actúa como si reconociera, plena y espontáneamente, que el sentido de la vida es el interés por los demás y la cooperación. Todo lo que hace parece guiado por el interés de sus semejantes; y cuando encuentra dificultades, <!-- p. 10 --> intenta superarlas solo por medios compatibles con el bienestar humano.

Para mucha gente, quizá, este es un punto de vista nuevo, y puede que duden de si el sentido que damos a la vida debe ser realmente la contribución, el interés por los demás y la cooperación. Preguntarán, quizá: «Pero ¿y el individuo? Si está siempre pensando en los demás y entregándose a sus intereses, ¿no sufre su propia individualidad? ¿No es necesario, al menos para algunos individuos, que, si han de desarrollarse como es debido, piensen en sí mismos? ¿No hay algunos de nosotros que deberían aprender, ante todo, a defender sus propios intereses o a fortalecer su propia personalidad?». Este punto de vista es, creo, un gran error, y el problema que plantea es un falso problema. Si un ser humano, en el sentido que da a la vida, desea hacer una contribución, y si todas sus emociones se dirigen a esta meta, se verá naturalmente obligado a ponerse en la mejor forma para contribuir. Se preparará para su meta; se entrenará en el sentimiento de comunidad y adquirirá destreza con la práctica. Dada la meta, el entrenamiento vendrá después. Entonces, y solo entonces, empezará a equiparse para resolver los tres problemas de la vida y para desarrollar sus capacidades. Tomemos el ejemplo del amor y del matrimonio. Si nos interesamos por nuestra pareja, si trabajamos por hacerle la vida más fácil y más rica, naturalmente sacaremos de nosotros mismos lo mejor que podamos. Si creemos que tenemos que desarrollar la personalidad *in vacuo*, sin una meta de contribución, solo conseguiremos volvernos dominantes y desagradables.

Hay otro indicio del que podemos deducir que la contribución es el verdadero sentido de la vida. Si miramos <!-- p. 11 --> hoy a nuestro alrededor la herencia que hemos recibido de nuestros antepasados, ¿qué vemos? Todo lo que sobrevive de ellos son las contribuciones que han hecho a la vida humana. Vemos tierras cultivadas; vemos caminos y edificios; vemos los resultados comunicados de su experiencia de la vida, en las tradiciones, en las filosofías, en las ciencias y las artes, en la técnica para manejar nuestras situaciones humanas. Todos estos resultados los han dejado hombres que contribuyeron al bienestar humano. ¿Qué ha sido de los demás? ¿Qué ha sido de los que nunca cooperaron, de los que dieron a la vida un sentido distinto, de los que solo preguntaban: «¿Qué puedo sacar yo de la vida?»? No han dejado rastro tras de sí. No solo están muertos: toda su vida fue inútil. Es como si nuestra propia tierra les hubiera hablado y les hubiera dicho: «No os necesitamos. No estáis hechos para la vida. No hay futuro para vuestros fines y afanes, para los valores que estimabais, para vuestras mentes y almas. ¡Fuera de aquí! No se os quiere. ¡Extinguíos y desapareced!». El juicio final para quienes dan a la vida cualquier otro sentido que no sea la cooperación es siempre: «Sois inútiles. Nadie os quiere. ¡Marchaos!». En nuestra cultura actual, desde luego, podemos encontrar muchas imperfecciones. Donde vemos que falla, tenemos que cambiarla, pero el cambio tiene que ser siempre uno que fomente aún más el bienestar de la humanidad.

Siempre ha habido hombres que han comprendido este hecho; que sabían que el sentido de la vida es interesarse por la humanidad entera y que intentaron desarrollar el sentimiento de comunidad y el amor. En todas las religiones encontramos esta preocupación por la salvación del hombre. En todos los grandes movimientos del mundo los hombres se han esforzado por aumentar el sentimiento de comunidad, y la religión es uno de los mayores esfuerzos en este sentido. Las religiones, <!-- p. 12 --> sin embargo, se han malinterpretado a menudo, y es difícil ver cómo pueden hacer más de lo que ya hacen, a no ser aplicándose más de cerca a esta tarea común. La psicología individual llega a la misma conclusión por vía científica y propone una técnica científica. Da, creo, un paso adelante. Quizá la ciencia, al aumentar el interés de los seres humanos por sus semejantes y por el bienestar de la humanidad, pueda acercarse más a la meta que otros movimientos, políticos o religiosos. Abordamos el problema desde un ángulo distinto, pero la meta es la misma: aumentar el interés por los demás.

Puesto que el sentido dado a la vida actúa como si fuera el ángel de la guarda o el demonio perseguidor de nuestras trayectorias, es evidentemente de la mayor importancia que comprendamos cómo llegan a formarse estos sentidos, en qué se diferencian unos de otros y cómo pueden corregirse si implican grandes errores. Este es el campo de la psicología, a diferencia de la fisiología o la biología: el uso, para el bienestar humano, de una comprensión de los *significados* y del modo en que influyen en los actos y en los destinos humanos. Desde los primeros días de la infancia podemos ver oscuros tanteos en busca de ese «sentido de la vida». Incluso un bebé se esfuerza por hacerse una estimación de sus propias fuerzas y de su parte en la vida entera que lo rodea. Al final del quinto año de vida el niño ha alcanzado una pauta de conducta unificada y cristalizada, su propio estilo de abordar los problemas y las tareas. Ha fijado ya su concepción más profunda y duradera de lo que puede esperar del mundo y de sí mismo. A partir de entonces, el mundo se ve a través de un esquema de apercepción estable: las experiencias se interpretan antes de aceptarse, <!-- p. 13 --> y la interpretación concuerda siempre con el sentido original dado a la vida. Aunque este sentido esté gravísimamente equivocado, aunque la manera de abordar nuestros problemas y tareas nos lleve continuamente a desgracias y tormentos, nunca se abandona con facilidad. Los errores en el sentido dado a la vida solo pueden corregirse reconsiderando la situación en que se hizo la interpretación errónea, reconociendo el error y revisando el esquema de apercepción. En raras circunstancias, quizá, un individuo puede verse obligado por las consecuencias de una actitud equivocada a revisar el sentido que ha dado a la vida y conseguir efectuar el cambio por sí solo. Pero nunca lo hará sin cierta presión social, o sin descubrir que, si sigue con la actitud antigua, ha llegado al límite de sus fuerzas; y en la mayoría de los casos la mejor manera de revisar la actitud es con la ayuda de alguien entrenado en la comprensión de estos sentidos, que pueda colaborar en el descubrimiento del error original y ayudar a sugerir un sentido más adecuado.

Tomemos un ejemplo sencillo de las distintas maneras en que pueden interpretarse las situaciones de la infancia. A las experiencias desdichadas de la infancia pueden dárseles sentidos completamente opuestos. Un hombre con experiencias desdichadas a sus espaldas no se detendrá en ellas, salvo en la medida en que le muestren algo que puede remediarse para el futuro. Sentirá: «Tenemos que trabajar para eliminar situaciones tan desafortunadas y asegurarnos de que nuestros hijos estén mejor». Otro hombre sentirá: «La vida es injusta. Los demás siempre salen ganando. Si el mundo me trató así, ¿por qué habría de tratar yo mejor al mundo?». Así es como algunos padres dicen de sus hijos: «Yo tuve que sufrir lo mismo cuando era niño, y salí <!-- p. 14 --> adelante. ¿Por qué no ellos?». Un tercer hombre sentirá: «Se me debe perdonar todo por mi infancia desdichada». En los actos de los tres hombres se pondrán de manifiesto sus interpretaciones, y nunca cambiarán sus actos si no cambian sus interpretaciones. Es aquí donde la psicología individual rompe con la teoría del determinismo. Ninguna experiencia es causa de éxito o de fracaso. No sufrimos el choque de nuestras experiencias —el llamado *trauma*—, sino que hacemos de ellas precisamente lo que conviene a nuestros propósitos. Nos *autodeterminamos* por el sentido que damos a nuestras experiencias, y probablemente hay siempre algo de error cuando tomamos determinadas experiencias como base de nuestra vida futura. Los sentidos no están determinados por las situaciones, sino que nosotros nos determinamos por los sentidos que damos a las situaciones.

Hay, sin embargo, ciertas situaciones en la infancia de las que se extrae con mucha frecuencia un sentido gravemente equivocado. De los niños que se hallan en estas situaciones procede la mayoría de los fracasados. En primer lugar tenemos que considerar a los niños con órganos imperfectos, que sufren enfermedades o achaques en sus primeros años. Estos niños están sobrecargados, y les resultará difícil sentir que el sentido de la vida es la contribución. A menos que haya alguien cerca de ellos que pueda apartar su atención de sí mismos e interesarlos por los demás, es probable que se ocupen sobre todo de sus propias sensaciones. Más adelante pueden desalentarse al compararse con quienes los rodean, e incluso puede ocurrir, en nuestra civilización actual, que la compasión, la burla o el rechazo de sus semejantes acentúen sus sentimientos de inferioridad. Todas estas son circunstancias en las que pueden <!-- p. 15 --> encerrarse en sí mismos, perder la esperanza de desempeñar un papel útil en nuestra vida común y considerarse personalmente humillados por el mundo.

Fui el primero, creo, en describir las dificultades que se le presentan a un niño cuyos órganos son imperfectos o cuyas secreciones glandulares son anormales. Esta rama de la ciencia ha hecho progresos extraordinarios, pero no precisamente en la línea en que me habría gustado verla desarrollarse. Desde el principio yo buscaba un método para superar estas dificultades, y no un motivo para echar la responsabilidad del fracaso a la herencia o al estado físico. Ninguna imperfección de los órganos obliga a un estilo de vida equivocado. Nunca encontramos dos niños en quienes las glándulas tengan los mismos efectos. A menudo vemos niños que superan estas dificultades y que, al superarlas, desarrollan facultades insólitas para ser útiles. En este sentido, la psicología individual no es muy buena propaganda para los proyectos de selección eugenésica. Muchos de los hombres más eminentes, hombres que hicieron grandes contribuciones a nuestra cultura, empezaron con órganos imperfectos; a menudo tenían mala salud, y algunas veces murieron jóvenes. Es sobre todo de aquellas personas que lucharon duramente contra las dificultades, tanto del cuerpo como de las circunstancias exteriores, de donde han venido los progresos y las nuevas contribuciones. La lucha los fortaleció y llegaron más lejos. Por el cuerpo no podemos juzgar si el desarrollo del espíritu será malo o bueno. Hasta ahora, sin embargo, la mayor parte de los niños que empezaron con órganos imperfectos y glándulas imperfectas no han sido entrenados en la dirección correcta; no se han comprendido sus dificultades y se han interesado sobre todo por sus propias personas. Por eso encontramos un número tan grande de fracasados <!-- p. 16 --> entre los niños cuyos primeros años estuvieron cargados de órganos imperfectos.

El segundo tipo de situación que da a menudo ocasión a un error en el sentido dado a la vida es la situación del niño mimado. El niño mimado está entrenado para esperar que sus deseos se traten como leyes. Se le concede preeminencia sin que trabaje para merecerla, y generalmente acabará sintiendo esa preeminencia como un derecho de nacimiento. En consecuencia, cuando se encuentra en circunstancias en que no es el centro de la atención y en que los demás no se proponen como objetivo principal tener en cuenta sus sentimientos, se queda muy desconcertado: siente que su mundo le ha fallado. Ha sido entrenado para esperar y no para dar. Nunca ha aprendido otra manera de afrontar los problemas. Los demás se han mostrado tan serviles con él que ha perdido su independencia y no sabe que puede hacer las cosas por sí mismo. Su interés estaba consagrado a sí mismo y nunca aprendió la utilidad y la necesidad de la cooperación. Cuando tiene dificultades delante, solo tiene un método para afrontarlas: exigir a los demás. Le parece que si puede recuperar su posición de preeminencia, si puede obligar a los demás a reconocer que es una persona especial y que se le debe conceder todo lo que quiere, entonces, y solo entonces, mejorará su situación.

Estos niños mimados ya adultos son quizá la clase más peligrosa de nuestra comunidad. Algunos de ellos pueden hacer grandes protestas de buena voluntad; pueden incluso volverse muy «adorables» para conseguir una oportunidad de tiranizar; pero están en huelga contra la cooperación, como seres humanos corrientes, en nuestras tareas humanas corrientes. Hay otros que están en rebelión más abierta: <!-- p. 17 --> cuando ya no encuentran el calor fácil y la sumisión a que estaban acostumbrados, se sienten traicionados; consideran a la sociedad hostil a ellos e intentan vengarse de todos sus semejantes. Y si la sociedad muestra hostilidad hacia su modo de vivir (como casi sin duda hará), toman esa hostilidad como una nueva prueba de que se les maltrata *personalmente*. Por eso los castigos son siempre ineficaces: no pueden hacer otra cosa que confirmar la opinión: «Los demás están contra mí». Pero tanto si el niño mimado se declara en huelga como si se rebela abiertamente, tanto si intenta dominar mediante la debilidad como vengarse mediante la violencia, comete en realidad más o menos el mismo error. Encontramos incluso personas que prueban ambos métodos en momentos distintos. Su meta permanece inalterada. Sienten: «La vida significa ser el primero, ser reconocido como el más importante, conseguir todo lo que quiero», y mientras sigan dando este sentido a la vida, todo método que adopten será equivocado.

La tercera situación en la que es fácil cometer un error es la situación del niño abandonado. Un niño así nunca ha conocido lo que pueden ser el amor y la cooperación: se forja una interpretación de la vida que no incluye estas fuerzas amistosas. Se comprenderá que, cuando se enfrente a los problemas de la vida, sobrestimará su dificultad y subestimará su propia capacidad para resolverlos con la ayuda y la buena voluntad de los demás. Ha encontrado fría la sociedad para con él, y esperará que siempre lo sea. Sobre todo, no verá que puede *ganarse* el afecto y la estima con actos útiles para los demás. Será, por tanto, desconfiado con los demás e incapaz de confiar en sí mismo. No hay realmente ninguna experiencia que pueda ocupar el lugar del afecto desinteresado. La primera tarea de una madre es dar a su <!-- p. 18 --> hijo la experiencia de otra persona digna de confianza; después tiene que ampliar y extender este sentimiento de confianza hasta que abarque el resto del entorno del niño. Si ha fracasado en la primera tarea —ganarse el interés, el afecto y la cooperación del niño—, al niño le resultará muy difícil desarrollar el sentimiento de comunidad y un sentimiento de camaradería hacia sus semejantes. Todo el mundo tiene la capacidad de interesarse por los demás; pero esta capacidad tiene que entrenarse y ejercitarse, o su desarrollo se verá frustrado.

Si existiera un tipo puro de niño abandonado, odiado o no deseado, probablemente encontraríamos que era sencillamente ciego para la existencia de la cooperación; que estaba aislado, era incapaz de comunicarse con los demás e ignoraba por completo todo lo que podría ayudarle a vivir asociado con los seres humanos. Pero, como ya hemos visto, un individuo en estas circunstancias perecería. El hecho de que un niño sobreviva al período de la primera infancia prueba que ha recibido algún cuidado y alguna atención. Nunca tratamos, por tanto, con tipos puros de niños abandonados: tratamos con niños que recibieron menos consideración de la habitual, o que fueron abandonados en algunos aspectos, aunque no en otros. En suma, basta con decir que el niño abandonado es aquel que nunca encontró del todo otra persona digna de confianza. Es un triste comentario sobre nuestra civilización que tantos fracasos en la vida procedan de niños huérfanos o ilegítimos, y que tengamos que incluir a esos niños, en conjunto, entre los niños abandonados.

Estas tres situaciones —órganos imperfectos, mimo y abandono— son una gran incitación a dar un sentido equivocado a la vida, y los niños que proceden de ellas necesitarán casi siempre ayuda para revisar su manera de abordar <!-- p. 19 --> los problemas. Hay que ayudarles a encontrar un sentido mejor. Si tenemos ojo para estas cosas —lo que en realidad significa: si tenemos un verdadero interés por ellos y nos hemos entrenado en esta dirección—, seremos capaces de ver su sentido en todo lo que hacen. Los sueños y las asociaciones pueden resultar útiles: la personalidad es la misma en la vida soñada que en la vida despierta, pero en los sueños la presión de las exigencias sociales es menos aguda, y la personalidad se revelará con menos salvaguardias y disimulos. Sin embargo, la mayor de todas las ayudas para comprender rápidamente el sentido que un individuo se da a sí mismo y a la vida la proporcionan sus recuerdos. Todo recuerdo, por trivial que él lo considere, representa para él algo *memorable*. Es memorable por su relación con la vida tal como él se la representa; le dice: «Esto es lo que debes esperar», o «Esto es lo que debes evitar», o «¡Así es la vida!». Debemos subrayar de nuevo que la experiencia en sí no es tan importante como el hecho de que precisamente esa experiencia persista en la memoria y se utilice para cristalizar el sentido dado a la vida. Todo recuerdo es un *memento*.[^t1-1]

Los recuerdos de la primera infancia son especialmente útiles para mostrar desde cuándo existe la actitud peculiar del individuo ante la vida y para dar las circunstancias en que cristalizó por primera vez su actitud vital. Por dos razones el recuerdo más temprano de todos ocupa un lugar muy notable. En primer lugar, contiene la estimación fundamental del individuo y de su situación; es su primer balance de las apariencias, su primer símbolo más o menos completo de sí mismo y de las exigencias que se le plantean. En segundo lugar, es su punto de partida subjetivo, el comienzo de la autobiografía que se ha forjado. A menudo podemos encontrar en él, por tanto, el contraste entre una posición de debilidad e <!-- p. 20 --> insuficiencia en que se sintió y la meta de fuerza y seguridad que considera su ideal. Para los fines de la psicología es indiferente que el recuerdo que un individuo considera el primero sea realmente el primer suceso que puede recordar, o incluso que sea el recuerdo de un suceso real. Los recuerdos solo importan por lo que «se toman por»: por su interpretación y por su relación con la vida presente y futura.

Veamos aquí algunos ejemplos de primeros recuerdos y el «sentido de la vida» que consolidan. «La cafetera se cayó de la mesa y me escaldó». ¡Así es la vida! No debería sorprendernos que a la muchacha cuya autobiografía empezaba así la persiguiera un sentimiento de desamparo y que sobrestimara los peligros y las dificultades de la vida. Tampoco debería sorprendernos que, en su fuero interno, reprochara a los demás no haberla cuidado lo suficiente. ¡Alguien había sido muy descuidado al dejar a una niña tan pequeña expuesta a semejantes riesgos! Una imagen parecida del mundo presenta otro primer recuerdo: «Recuerdo que me caí de un cochecito de niño cuando tenía tres años». Con este primer recuerdo iba un sueño recurrente: «El mundo se acaba y me despierto en mitad de la noche y veo el cielo rojo brillante de fuego. Todas las estrellas caen y chocamos con otro planeta. Pero justo antes del choque me despierto». Este estudiante, cuando se le preguntó si tenía miedo de algo, respondió: «Tengo miedo de no tener éxito en la vida», y está claro que su primer recuerdo y su sueño recurrente actúan como desalientos y lo confirman en su temor al fracaso y a la catástrofe.

Un muchacho de doce años al que llevaron al consultorio por enuresis y por continuos conflictos con su madre dio como <!-- p. 21 --> su primer recuerdo: «Mi madre creyó que me había perdido y salió corriendo a la calle llamándome, muy asustada. Todo el tiempo yo estaba escondido en un armario de la casa». En este recuerdo podemos leer una estimación: «La vida significa llamar la atención dando que hacer. La manera de conseguir seguridad es el engaño. No me hacen caso, pero puedo engañar a los demás». También su enuresis era un medio bien adaptado para mantenerse en el centro de la preocupación y de la atención, y su madre lo confirmaba en su interpretación de la vida con su angustia y su nerviosismo por él. Como en los ejemplos anteriores, este muchacho había adquirido pronto la impresión de que la vida en el mundo exterior estaba llena de peligros, y había llegado a la conclusión de que solo estaba seguro si los demás estaban inquietos por él. Solo así podía asegurarse de que estaban allí para protegerlo si lo necesitaba.

El primer recuerdo de una mujer de treinta y cinco años era el siguiente: «Cuando tenía tres años bajé a la bodega. Mientras estaba en la escalera, a oscuras, un primo, un poco mayor que yo, abrió la puerta y bajó detrás de mí. Me asusté mucho de él». Parecía probable, por este recuerdo, que no hubiera estado acostumbrada a jugar con otros niños y que se sintiera especialmente incómoda con el otro sexo. La conjetura de que era hija única resultó acertada; y a los treinta y cinco años seguía soltera.

Un desarrollo mayor del sentimiento de comunidad se muestra en el siguiente: «Recuerdo que mi madre me dejaba empujar el cochecito de mi hermana pequeña». En este caso, sin embargo, podríamos buscar también indicios de que solo se encontraba a gusto con personas más débiles, y quizá de dependencia de la madre. Cuando nace un niño, lo mejor es siempre ganarse la cooperación de los hijos mayores para cuidarlo; <!-- p. 22 --> interesarlos por el recién llegado y dejarles compartir la responsabilidad de su bienestar. Si se gana su cooperación, no tendrán la tentación de sentir la atención que se presta al bebé como una disminución de su propia importancia.

El deseo de estar acompañado no siempre es prueba de un interés real por los demás. Una muchacha, cuando se le preguntó por su primer recuerdo, contestó: «Estaba jugando con mi hermana mayor y dos amigas». Aquí podemos ver, desde luego, a una niña que se entrena para ser sociable; pero obtenemos una nueva visión de su afán cuando menciona como su mayor temor: «Tengo miedo de quedarme sola». Buscaremos, por tanto, indicios de falta de independencia.

Una vez encontrado y comprendido el sentido dado a la vida, tenemos la clave de toda la personalidad. A veces se afirma que el carácter humano es inmutable, pero esta posición solo pueden sostenerla quienes nunca han encontrado la clave adecuada de la situación. Como ya hemos visto, sin embargo, ningún razonamiento ni tratamiento puede tener éxito si no llega a descubrir el error original; y la única posibilidad de mejora está en el entrenamiento para una manera más cooperativa y valerosa de abordar la vida. La cooperación es también la única salvaguardia que tenemos contra el desarrollo de tendencias neuróticas. Es, por tanto, de suma importancia que los niños sean entrenados y alentados en la cooperación; que se les deje encontrar su propio camino entre niños de su edad, en tareas comunes y juegos comunes. Cualquier bloqueo de la cooperación tendrá las consecuencias más graves. El niño mimado, por ejemplo, que ha aprendido a interesarse solo por sí mismo, llevará consigo a la escuela esa falta de interés por los demás. Las lecciones solo le interesarán en la medida en que crea que puede ganarse el favor del maestro; solo escuchará lo que <!-- p. 23 --> considere ventajoso para él. A medida que se acerque a la edad adulta, su carencia de sentimiento de comunidad se volverá cada vez más evidentemente calamitosa. Cuando se produjo por primera vez su error, dejó de entrenarse para la responsabilidad y la independencia; y ahora está penosamente mal equipado para cualquiera de las pruebas de la vida.

No podemos culparlo ahora de sus defectos: solo podemos ayudarle a remediarlos cuando empiece a sentir las consecuencias. No esperamos que un niño al que nunca se le ha enseñado geografía responda con éxito a un examen sobre la materia; y no podemos esperar que un niño que nunca ha sido entrenado en la cooperación responda correctamente cuando se le plantean tareas que exigen entrenamiento en la cooperación. Pero todo problema de la vida exige para su solución una capacidad de cooperar; toda tarea tiene que dominarse dentro del marco de nuestra sociedad humana y de un modo que fomente nuestro bienestar humano. Solo el individuo que comprende que la vida significa contribución será capaz de afrontar sus dificultades con valor y con buenas probabilidades de éxito.

Si los maestros, los padres y los psicólogos comprenden los errores que pueden cometerse al dar un sentido a la vida, y si ellos mismos no cometen esos errores, podemos estar seguros de que los niños a quienes les ha faltado sentimiento de comunidad llegarán a tener una mejor idea de sus propias capacidades y de las oportunidades de la vida. Cuando se encuentren con problemas, no abandonarán sus esfuerzos, ni buscarán una salida fácil, ni intentarán escapar o echar la carga sobre los hombros de otros, ni reclamarán un trato delicado y una compasión especial, ni se sentirán humillados y tratarán de vengarse, ni preguntarán: «¿De qué sirve la vida? ¿Qué saco yo de ella?». Dirán: «Tenemos que hacer nuestras <!-- p. 24 --> propias vidas. Es nuestra propia tarea y somos capaces de cumplirla. Somos dueños de nuestros actos. Si hay que hacer algo nuevo o sustituir algo viejo, nadie tiene que hacerlo sino nosotros». Si se aborda la vida de este modo, como una cooperación de seres humanos independientes, no vemos límites al progreso de nuestra asociación humana.

[^t1-1]: Juego de palabras del original entre *memory* («recuerdo»), *memorable* y *memento* («recordatorio, advertencia»). (N. del T.)

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## II. Mente y cuerpo

Los hombres han discutido siempre si la mente gobierna el cuerpo o el cuerpo gobierna la mente. Los filósofos han intervenido en la controversia y han adoptado una u otra posición; se han llamado idealistas o materialistas; han aportado argumentos por millares; y la cuestión parece todavía tan debatida e irresuelta como siempre. Quizá la psicología individual pueda ayudar en algo a encontrar una solución, porque en la psicología individual nos enfrentamos realmente con las interacciones vivas de la mente y el cuerpo. Aquí hay que tratar a alguien —mente y cuerpo—, y si nuestro tratamiento parte de una base errónea, no conseguiremos ayudarle. Nuestra teoría tiene que surgir decididamente de la experiencia; tiene que resistir decididamente la prueba de la aplicación. Vivimos en medio de estas interacciones, y tenemos el mayor de los incentivos para encontrar el punto de vista acertado.

Los hallazgos de la psicología individual quitan a este problema buena parte de su tensión. Ya no se trata de un simple «o lo uno... o lo otro». Vemos que la mente y el cuerpo son ambos expresiones de la vida: son partes del todo de la vida. Y empezamos a comprender sus relaciones recíprocas dentro de ese todo. La vida del hombre es la vida de un ser que se mueve, y no le bastaría con desarrollar solo el cuerpo. Una planta está arraigada: se queda en un lugar y no puede moverse. Sería muy sorprendente, por tanto, descubrir que una planta tiene mente, o al menos una mente en algún sentido que pudiéramos comprender. Si una planta pudiera prever o <!-- p. 26 --> anticipar las consecuencias, esa facultad no le serviría de nada. ¿Qué ventaja tendría para la planta pensar: «Aquí viene alguien. Dentro de un minuto me pisará y quedaré muerta bajo sus pies»? La planta seguiría sin poder apartarse.

Todos los seres que se mueven, en cambio, pueden prever y calcular la dirección en que han de moverse; y este hecho obliga a postular que tienen mente o alma.

> «Sentido, sin duda, tenéis,
> pues de otro modo no tendríais movimiento».[^2-1]

Esta previsión de la dirección del movimiento es el principio central de la mente. En cuanto lo hemos reconocido, estamos en condiciones de comprender cómo gobierna la mente el cuerpo: fija la meta de los movimientos. Iniciar meramente un movimiento al azar de un momento a otro nunca bastaría; tiene que haber una meta para los afanes. Puesto que la función de la mente es decidir un punto hacia el cual ha de hacerse el movimiento, ocupa la posición rectora en la vida. Al mismo tiempo, el cuerpo influye en la mente; es el cuerpo el que tiene que ser movido. La mente solo puede mover el cuerpo de acuerdo con las posibilidades que el cuerpo posee y con las que puede entrenarse para desarrollar. Si, por ejemplo, la mente se propone mover el cuerpo hasta la luna, fracasará a menos que descubra una técnica adecuada a las limitaciones del cuerpo.

Los hombres se dedican al movimiento más que ningún otro ser. No solo se mueven de más maneras —como podemos ver en los complicados movimientos de sus manos—, sino que son también más capaces, por medio de sus movimientos, de mover el entorno que los rodea. Cabría <!-- p. 27 --> esperar, por tanto, que la capacidad de prever estuviera más desarrollada que en ninguna otra parte en la mente humana, y que los hombres dieran la prueba más clara de un afán intencionado por mejorar su posición entera respecto de su situación entera.

En todo ser humano, además, podemos descubrir, detrás de todos los movimientos parciales hacia metas parciales, un único movimiento que lo abarca todo. Todos nuestros afanes se dirigen a una posición en la que se ha alcanzado un sentimiento de seguridad, un sentimiento de que todas las dificultades de la vida se han superado y de que hemos salido por fin, en relación con toda la situación que nos rodea, sanos y salvos y victoriosos. Con este propósito a la vista, todos los movimientos y expresiones tienen que coordinarse y reducirse a una unidad: la mente se ve obligada a desarrollarse como si fuera a alcanzar una meta ideal final. No es distinto con el cuerpo: también el cuerpo aspira a ser una unidad. También él se desarrolla hacia una meta ideal preexistente en el germen. Si, por ejemplo, se rompe la piel, todo el cuerpo se afana en volver a recomponerse. El cuerpo, sin embargo, no queda simplemente abandonado a desplegar sus potencialidades: la mente puede ayudarle en su desarrollo. El valor del ejercicio y del entrenamiento, y de la higiene en general, está plenamente demostrado; y todas estas son ayudas que la mente proporciona al cuerpo en su afán hacia la meta final.

Desde los primeros días de la vida, sin interrupción hasta el final, continúa esta asociación de crecimiento y desarrollo. El cuerpo y la mente cooperan como partes indivisibles de un todo. La mente es como un motor que arrastra consigo todas las potencialidades que puede descubrir en el cuerpo y que ayuda a llevar al cuerpo a una posición de seguridad y de superioridad sobre todas las dificultades. En cada movimiento del cuerpo, en cada expresión y en cada síntoma, podemos ver la impronta del <!-- p. 28 --> propósito de la mente. Un hombre se mueve. Hay un significado en su movimiento. Mueve los ojos, la lengua, los músculos de la cara. Su cara tiene una expresión, un significado. Es la mente la que pone ahí el significado. Ahora podemos empezar a ver de qué se ocupa realmente la psicología, o ciencia de la mente. El campo de la psicología es explorar el significado contenido en todas las expresiones de un individuo, encontrar la clave de su meta y compararla con las metas de los demás.

En su afán por la meta final de seguridad, la mente se ve siempre ante la necesidad de concretar la meta; de calcular: «la seguridad está en este punto concreto; se llega a ella yendo en esta dirección concreta». Aquí, naturalmente, surge la posibilidad de un error; pero sin una meta del todo definida y sin la fijación de una dirección no podría haber movimiento alguno. Si levanto la mano, tiene que haber ya en mi mente una meta para el movimiento. La dirección que elige la mente puede ser, en realidad, desastrosa; pero se elige porque la mente la concibe equivocadamente como la más ventajosa. Todos los errores psicológicos son, pues, errores en la elección de la dirección del movimiento. La meta de seguridad es común a todos los seres humanos; pero algunos se equivocan sobre la dirección en que está la seguridad, y sus movimientos concretos los extravían.

Si vemos una expresión o un síntoma y no reconocemos el significado que hay detrás, la mejor manera de comprenderlo es, ante todo, reducirlo en sus líneas generales a un simple movimiento. Tomemos, por ejemplo, la expresión del robo. Robar es pasar la propiedad de otra persona a uno mismo. Examinemos ahora la meta del movimiento: la meta es enriquecerse y sentirse más seguro poseyendo más. El punto de partida del movimiento es, por tanto, un sentimiento de ser pobre y estar privado de algo. El <!-- p. 29 --> paso siguiente es averiguar en qué circunstancias se encuentra el individuo y en qué condiciones se siente privado. Por último, podemos ver si está siguiendo el camino adecuado para cambiar esas circunstancias y superar su sentimiento de privación; si el movimiento va en la dirección acertada o si se ha equivocado de método para conseguir lo que desea. No necesitamos criticar su meta final; pero quizá podamos señalarle que ha elegido un camino equivocado al concretarla.

A los cambios que el género humano ha hecho en su entorno los llamamos nuestra cultura; y nuestra cultura es el resultado de todos los movimientos que las mentes de los hombres han iniciado para sus cuerpos. Nuestro trabajo está inspirado por nuestras mentes. El desarrollo de nuestros cuerpos está dirigido y ayudado por nuestras mentes. Al final no podremos encontrar una sola expresión humana que no esté llena de la intencionalidad de la mente. No es en absoluto deseable, sin embargo, que la mente exagere su propio papel. Para superar las dificultades hace falta aptitud física. La mente se ocupa, por tanto, de gobernar el entorno de tal modo que el cuerpo pueda defenderse, que pueda protegerse de la enfermedad, de las dolencias y de la muerte, de los daños, los accidentes y los fallos de funcionamiento. A este propósito sirve nuestra capacidad de sentir placer y dolor, de crear fantasías y de identificarnos con situaciones buenas y malas. Los sentimientos preparan el cuerpo para hacer frente a una situación con un tipo determinado de respuesta. Las fantasías y las identificaciones son métodos de previsión; pero son también algo más: despiertan los sentimientos de acuerdo con los cuales actuará el cuerpo. De este modo, los sentimientos de un individuo llevan la impronta del sentido que da a la vida y de la meta que ha fijado a sus afanes. En gran medida, aunque <!-- p. 30 --> gobiernan su cuerpo, no dependen de su cuerpo: dependerán siempre, ante todo, de su meta y del estilo de vida consiguiente.

Está bastante claro que no es el estilo de vida solo el que gobierna a un individuo. Sus actitudes no crean sus síntomas sin más ayuda. Para la acción tienen que verse reforzadas por los sentimientos. Lo nuevo en la perspectiva de la psicología individual es nuestra observación de que los sentimientos nunca están en contradicción con el estilo de vida. Donde hay una meta, los sentimientos se adaptan siempre a su consecución. Ya no estamos, por tanto, en el reino de la fisiología o de la biología; el surgimiento de los sentimientos no puede explicarse con la teoría química ni predecirse mediante el análisis químico. En la psicología individual tenemos que presuponer los procesos fisiológicos, pero nos interesa más la meta psicológica. No nos importa tanto que la angustia influya en los nervios simpático y parasimpático. Buscamos, más bien, el propósito y la finalidad de la angustia.

Con este enfoque, no puede considerarse que la angustia surja de la represión de la sexualidad, ni que quede como resultado de experiencias desastrosas en el nacimiento. Tales explicaciones no dan en el blanco. Sabemos que un niño acostumbrado a que su madre lo acompañe, lo ayude y lo sostenga puede encontrar en la angustia —sea cual sea su origen— un arma muy eficaz para dominar a su madre. No nos satisface una descripción física de la ira; nuestra experiencia nos ha mostrado que la ira es un recurso para dominar a una persona o una situación. Podemos dar por supuesto que toda expresión corporal y mental tiene que basarse en un material heredado; pero nuestra atención se dirige al uso que se hace de ese material en el afán de alcanzar una meta determinada. <!-- p. 31 --> Este es, al parecer, el único enfoque verdaderamente psicológico.

En todo individuo vemos que los sentimientos han crecido y se han desarrollado en la dirección y en el grado que eran esenciales para alcanzar su meta. Su angustia o su valor, su alegría o su tristeza, han concordado siempre con su estilo de vida: su fuerza y su predominio relativos han sido exactamente los que podíamos esperar. Un hombre que logra su meta de superioridad mediante la tristeza no puede estar alegre y satisfecho de sus logros. Solo puede ser feliz cuando es desdichado. Podemos observar también que los sentimientos aparecen y desaparecen según se necesitan. Un paciente que sufre de agorafobia pierde el sentimiento de angustia cuando está en casa o cuando domina a otra persona. Todos los pacientes neuróticos excluyen toda parte de la vida en la que no se sienten lo bastante fuertes para ser vencedores.

El tono emocional es tan fijo como el estilo de vida. El cobarde, por ejemplo, es siempre un cobarde, aunque sea arrogante con los más débiles o parezca valiente cuando otros lo protegen. Puede poner tres cerraduras en su puerta, protegerse con perros policía y cepos y asegurar que está lleno de valor. Nadie podrá probar su sentimiento de angustia; pero la cobardía de su carácter queda suficientemente demostrada por el trabajo que se ha tomado para protegerse.

El terreno de la sexualidad y del amor ofrece un testimonio parecido. Los sentimientos propios del sexo aparecen siempre que un individuo desea acercarse a su meta sexual. Mediante la concentración, tiende a excluir las tareas en conflicto y los intereses incompatibles, y así suscita los sentimientos y las funciones adecuados. La falta de estos sentimientos y funciones —como en la impotencia, la eyaculación precoz, la perversión y la frigidez— se establece negándose a <!-- p. 32 --> excluir las tareas y los intereses inadecuados. Tales anomalías las induce siempre una meta de superioridad equivocada y un estilo de vida equivocado. En estos casos encontramos siempre una tendencia a esperar consideración más que a darla, una falta de sentimiento de comunidad y una carencia de valor y de actividad optimista.

Un paciente mío, el segundo hijo, sufría muy profundamente de sentimientos de culpa ineludibles. Tanto su padre como su hermano mayor daban gran importancia a la honradez. Cuando el niño tenía siete años, dijo a su maestro en la escuela que había hecho solo un deber, aunque en realidad se lo había hecho su hermano. El niño ocultó sus sentimientos de culpa durante tres años. Por fin fue a ver al maestro y le confesó su terrible mentira. El maestro se limitó a reírse de él. Después acudió llorando a su padre y confesó por segunda vez. Esta vez tuvo más éxito. El padre se sintió orgulloso del amor de su hijo a la verdad; lo elogió y lo consoló. A pesar de que su padre lo había absuelto, el niño siguió deprimido. Difícilmente podemos evitar la conclusión de que este niño se ocupaba de demostrar su gran integridad y su escrupulosidad acusándose tan amargamente por semejante nimiedad. La elevada atmósfera moral de su casa le dio el impulso de sobresalir en integridad. Se sentía inferior a su hermano mayor en el trabajo escolar y en el atractivo social, e intentó alcanzar la superioridad por una vía secundaria propia.

Más adelante sufrió otros autorreproches. Se masturbaba y nunca se libró del todo de hacer trampas en sus estudios. Sus sentimientos de culpa aumentaban siempre antes de un examen. Con el tiempo fue acumulando dificultades de este tipo. Con su conciencia sensible estaba mucho más cargado que su hermano, <!-- p. 33 --> y así tenía preparada una excusa para todos sus fracasos en igualarlo. Cuando dejó la universidad, pensaba dedicarse a un trabajo técnico; pero sus sentimientos compulsivos de culpa se hicieron tan agudos que se pasaba el día entero rezando para que Dios lo perdonara. Así se quedaba sin tiempo para trabajar.

Para entonces su estado era tan grave que lo internaron en un manicomio, y allí se le consideró incurable. Al cabo de un tiempo, sin embargo, mejoró y salió del manicomio, pero pidió permiso para volver a ingresar si sufría una recaída. Cambió de ocupación y estudió historia del arte. Llegó la época de sus exámenes. Fue a la iglesia un día de fiesta. Se arrojó al suelo ante la gran multitud y gritó: «¡Soy el mayor pecador de todos los hombres!». De este modo volvió a conseguir llamar la atención sobre su conciencia sensible.

Tras otra temporada en el manicomio volvió a casa. Un día bajó a comer desnudo. Era un hombre bien formado y en este punto podía competir bien con su hermano y con otras personas.

Sus sentimientos de culpa eran medios para parecer más honrado que los demás, y de este modo luchaba por alcanzar la superioridad. Sus luchas, sin embargo, se dirigían hacia el lado inútil de la vida. Su huida de los exámenes y del trabajo profesional es señal de cobardía y de un sentimiento acentuado de insuficiencia; y toda su neurosis era una exclusión intencionada de toda actividad en la que temía una derrota. El mismo afán de superioridad por medios mezquinos se manifiesta en su postración en la iglesia y en su sensacional entrada en el comedor. Su estilo de vida los exigía, y los sentimientos que suscitaba eran del todo adecuados.

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Es, como ya hemos visto, en los primeros cuatro o cinco años de la vida cuando el individuo establece la unidad de su mente y construye las relaciones entre mente y cuerpo. Toma su material hereditario y las impresiones que recibe del entorno y los adapta a su búsqueda de superioridad. Al final del quinto año, su personalidad ha cristalizado. El sentido que da a la vida, la meta que persigue, su manera de abordar las cosas y su disposición emocional están todos fijados. Pueden cambiarse más tarde; pero solo pueden cambiarse si se libra del error que encerraba la cristalización de su infancia. Del mismo modo que todas sus expresiones anteriores eran coherentes con su interpretación de la vida, ahora, si es capaz de corregir el error, sus nuevas expresiones serán coherentes con su nueva interpretación.

Es por medio de sus órganos como el individuo entra en contacto con su entorno y recibe impresiones de él. Podemos ver, por tanto, por la manera en que entrena su cuerpo, la clase de impresiones que está dispuesto a recibir de su entorno y el uso que intenta hacer de su experiencia. Si observamos cómo mira y escucha y qué es lo que atrae su atención, habremos aprendido mucho sobre él. Por eso tienen tanta importancia las posturas: nos muestran el entrenamiento de los órganos y el uso que se hace de ellos para seleccionar impresiones. Las posturas están siempre condicionadas por los significados.

Ahora podemos añadir algo a nuestra definición de la psicología. La psicología es la comprensión de la actitud de un individuo ante las impresiones de su cuerpo. Podemos empezar a ver también cómo llegan a surgir las grandes diferencias entre las mentes humanas. Un cuerpo mal adaptado al entorno y al que le cuesta cumplir las exigencias del <!-- p. 35 --> entorno será sentido generalmente por la mente como una carga. Por esta razón, los niños que han sufrido de órganos imperfectos encuentran obstáculos mayores de lo habitual para su desarrollo mental. A su mente le cuesta más influir en su cuerpo, moverlo y gobernarlo hacia una posición de superioridad. Hace falta un esfuerzo mental mayor, y la concentración mental tiene que ser más alta que en los demás si han de conseguir el mismo objetivo. Así la mente se sobrecarga y se vuelven egocéntricos y egoístas. Cuando un niño está siempre ocupado con la imperfección de sus órganos y las dificultades de movimiento, no le queda atención para lo que está fuera de él. No encuentra ni el tiempo ni la libertad para interesarse por los demás, y en consecuencia crece con un grado menor de sentimiento de comunidad y de capacidad de cooperar.

Los órganos imperfectos suponen muchas desventajas, pero estas desventajas no son en absoluto un destino ineludible. Si la mente es activa por su parte y se entrena con ahínco para superar las dificultades, el individuo puede muy bien llegar a tener tanto éxito como aquellos que estaban originalmente menos cargados. De hecho, los niños con órganos imperfectos consiguen muy a menudo, a pesar de sus obstáculos, más que los niños que empiezan con instrumentos más normales. La desventaja fue un estímulo para llegar más lejos. Un muchacho, por ejemplo, puede sufrir una tensión fuera de lo común por la imperfección de sus ojos. Se ocupa más de intentar ver; presta más atención al mundo visible; se interesa más por distinguir colores y formas. Al final llega a tener una experiencia del mundo visible mucho mayor que los niños que nunca necesitaron esforzarse ni fijarse en pequeñas diferencias. Así, un órgano imperfecto puede resultar fuente de grandes ventajas; pero solo si la mente ha <!-- p. 36 --> encontrado la técnica adecuada para superar las dificultades. Se sabe que entre los pintores y los poetas una gran proporción ha sufrido de imperfecciones de la vista. Estas imperfecciones han sido gobernadas por mentes bien entrenadas, y al final sus poseedores pudieron servirse de los ojos con más provecho que otros que estaban más cerca de lo normal. El mismo tipo de compensación puede verse, quizá con más facilidad, entre los niños zurdos que no han sido reconocidos como zurdos. En casa, o al comienzo de su vida escolar, se les entrenó para usar su imperfecta mano derecha. Así, no estaban realmente tan bien equipados para escribir, dibujar o hacer trabajos manuales. Cabría esperar, si la mente puede utilizarse para superar tales dificultades, que a menudo esta mano derecha imperfecta llegara a desarrollar un alto grado de destreza artística. Esto es precisamente lo que ocurre. En muchos casos los niños zurdos aprenden a tener mejor letra que otros, más talento para el dibujo y la pintura o más habilidad en los oficios. Al encontrar la técnica adecuada, mediante el interés, el entrenamiento y el ejercicio, han convertido la desventaja en ventaja.

Solo un niño que desea contribuir al todo, cuyo interés no está centrado en sí mismo, puede entrenarse con éxito para compensar sus defectos. Si los niños solo desean librarse de las dificultades, seguirán atrasados. Solo pueden mantener el valor si tienen a la vista un propósito para sus esfuerzos y si la consecución de ese propósito les importa más que los obstáculos que se interponen en el camino. Es cuestión de hacia dónde se dirigen su interés y su atención. Si aspiran a un objetivo exterior a sí mismos, se entrenarán y se equiparán con toda naturalidad para alcanzarlo. Las dificultades no representarán más que posiciones que hay que <!-- p. 37 --> conquistar en el camino hacia el éxito. Si, por el contrario, su interés está en subrayar sus propios inconvenientes o en combatirlos sin otro propósito que librarse de ellos, no podrán hacer ningún progreso real. Una mano derecha torpe no puede convertirse mediante el entrenamiento en una mano derecha hábil a fuerza de pensar en ello, de desear que fuera menos torpe, ni siquiera de evitar la torpeza. Solo puede volverse hábil mediante el ejercicio en realizaciones prácticas; y el incentivo para la realización tiene que sentirse con más fuerza que el desaliento por la torpeza existente hasta entonces. Si un niño ha de reunir sus fuerzas y superar sus dificultades, tiene que haber para sus movimientos una meta fuera de sí mismo; una meta basada en el interés por la realidad, en el interés por los demás y en el interés por la cooperación.

Un buen ejemplo del capital hereditario y del uso que puede dársele me lo proporcionaron mis investigaciones sobre familias que sufrían de inferioridad de las vías urinarias. Muy a menudo los niños de estas familias padecían enuresis. La inferioridad orgánica es real; puede mostrarse en el riñón o en la vejiga o en la existencia de una *spina bifida*; y a menudo puede sospecharse una imperfección correspondiente del segmento lumbar por un *naevus* o lunar en la piel de esa zona. La inferioridad orgánica, sin embargo, no basta en absoluto para explicar la enuresis. El niño no está sometido a la coacción de sus órganos, y los utiliza a su manera. Algunos niños, por ejemplo, mojan la cama por la noche y nunca se mojan durante el día. A veces el hábito desaparece de repente, con un cambio en el entorno o en la actitud de los padres. La enuresis puede superarse, salvo en los niños débiles mentales, si el niño deja de utilizar la imperfección de sus órganos para un propósito equivocado.

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Pero, sobre todo, a los niños que padecen enuresis se les estimula no a superarla, sino a continuarla. Una madre hábil puede darles el entrenamiento adecuado; pero si la madre no es hábil, persiste una debilidad innecesaria. A menudo, en las familias que padecen trastornos del riñón o de la vejiga, todo lo que tiene que ver con orinar se exagera. Las madres intentan entonces, equivocadamente, con mucho empeño, cortar la enuresis. Si el niño se da cuenta de cuánta importancia se da a este punto, es muy probable que se resista. Le dará una ocasión excelente para afirmar su oposición a este tipo de educación. Si un niño se resiste al trato que le dan sus padres, siempre encontrará la manera de atacarlos en su punto más débil. Un sociólogo muy conocido en Alemania ha descubierto que una proporción sorprendente de criminales procede de familias dedicadas a la represión del crimen: de familias de jueces, policías o carceleros. A menudo los hijos de los maestros son obstinadamente atrasados. En mi propia experiencia he comprobado a menudo que esto es cierto; y he encontrado también un número sorprendente de niños neuróticos entre los hijos de médicos y de niños delincuentes entre los hijos de ministros de la religión. De modo parecido, los niños cuyos padres exageran la importancia de orinar tienen un camino muy despejado para demostrar que tienen voluntad propia.

La enuresis puede proporcionarnos también un buen ejemplo de cómo se utilizan los sueños para despertar las emociones adecuadas a los actos que nos proponemos. A menudo los niños que mojan la cama sueñan que se han levantado y han ido al retrete. De este modo se han disculpado; ahora tienen toda la razón para mojar la cama. El propósito al que sirve la enuresis es generalmente llamar la atención, subordinar <!-- p. 39 --> a los demás, ocupar su atención por la noche tanto como por el día. A veces es enfrentarse a ellos: el hábito es una declaración de enemistad. Desde cualquier ángulo podemos ver que la enuresis es en realidad una expresión creadora: el niño habla con la vejiga en lugar de con la boca. La imperfección orgánica no hace más que ofrecerle el medio para expresar su opinión.

Los niños que se expresan de este modo sufren siempre de una tensión. Generalmente pertenecen a la clase de los niños mimados que han perdido su posición de centro único de la atención. Quizá ha nacido otro niño, y les resulta más difícil conseguir la atención exclusiva de su madre. La enuresis representa así un movimiento para entrar en contacto más estrecho con la madre, aunque sea por medios desagradables. Dice, en efecto: «No estoy tan adelantado como crees: todavía hay que vigilarme». En otras circunstancias, o con otra imperfección orgánica, habrían elegido otros medios. Podrían haber utilizado el sonido, por ejemplo, para establecer la conexión, y en ese caso habrían estado inquietos y habrían llorado durante la noche. Algunos niños son sonámbulos, tienen pesadillas, se caen de la cama o tienen sed y piden agua. El fondo psicológico de estas expresiones es parecido. La elección del síntoma depende en parte de la situación orgánica y en parte de la actitud del entorno.

Estos casos muestran muy bien la influencia que ejerce la mente sobre el cuerpo. Con toda probabilidad, la mente no solo influye en la elección de un síntoma corporal concreto, sino que gobierna e influye en toda la formación del cuerpo. No tenemos pruebas directas de esta hipótesis, y es difícil ver cómo podría llegar a establecerse una prueba. <!-- p. 40 --> Los indicios, sin embargo, parecen bastante claros. Si un muchacho es tímido, su timidez se refleja en todo su desarrollo. No le interesarán las proezas físicas, o, mejor dicho, no las considerará posibles para él. En consecuencia, no se le ocurrirá entrenar sus músculos de manera eficaz, y excluirá todas las impresiones de fuera que normalmente serían un estímulo para el desarrollo muscular. Otros niños, que se dejan influir e interesar por el entrenamiento de sus músculos, llegarán más lejos en aptitud física; él, porque su interés está bloqueado, se quedará atrás.

De tales consideraciones podemos concluir con fundamento que toda la forma y el desarrollo del cuerpo están influidos por la mente y reflejan los errores o las deficiencias de la mente. A menudo podemos observar expresiones corporales que son claramente el resultado final de fallos mentales, cuando no se ha descubierto la manera acertada de compensar una dificultad. Podemos estar seguros, por ejemplo, de que las propias glándulas endocrinas pueden verse influidas en los primeros cuatro o cinco años de la vida. Las glándulas imperfectas nunca tienen una influencia compulsiva sobre la conducta; por el contrario, se ven continuamente afectadas por todo el entorno, por la dirección en que el niño procura recibir impresiones y por la actividad creadora de su mente en esta interesante situación.

Otro indicio se comprendería y aceptaría quizá con más facilidad, puesto que es más familiar y lleva a una expresión pasajera, no a una disposición fija del cuerpo. En cierta medida, toda emoción encuentra alguna expresión corporal. El individuo mostrará su emoción de alguna forma visible: quizá en su postura y su actitud, quizá en su cara, quizá en <!-- p. 41 --> el temblor de las piernas y las rodillas. Podrían encontrarse cambios parecidos en los propios órganos. Si se ruboriza o palidece, por ejemplo, se ve afectada la circulación de la sangre. En la ira, la angustia, la pena o cualquier otra emoción, el cuerpo habla siempre, y el cuerpo de cada individuo habla en un lenguaje propio. Cuando un hombre está en una situación en la que tiene miedo, tiembla; a otro se le ponen los pelos de punta; un tercero tiene palpitaciones. Otros sudan o se ahogan, hablan con voz ronca o se encogen físicamente y se acobardan. A veces se ve afectado el tono del cuerpo, se pierde el apetito o se provocan vómitos. En unos es sobre todo la vejiga la que se irrita con tales emociones; en otros, los órganos sexuales. Muchos niños sienten una excitación en los órganos sexuales cuando se examinan; y es bien sabido que los criminales acuden con frecuencia a un prostíbulo, o a sus amantes, después de haber cometido un crimen. En el ámbito de la ciencia encontramos psicólogos que sostienen que el sexo y la angustia van juntos y psicólogos que sostienen que no tienen la menor relación. Su punto de vista depende de su experiencia personal: en unos hay una relación, en otros no.

Todas estas respuestas pertenecen a distintos tipos de individuos. Probablemente podría descubrirse que son en cierta medida hereditarias, y las expresiones físicas de este tipo nos darán a menudo indicios de las debilidades y peculiaridades del árbol genealógico. Otros miembros de la familia pueden dar una respuesta corporal muy parecida. Lo más interesante aquí, sin embargo, es ver cómo, por medio de las emociones, la mente es capaz de activar las condiciones físicas. Las emociones y sus expresiones físicas nos dicen cómo actúa y reacciona la mente en una situación que <!-- p. 42 --> interpreta como favorable o desfavorable. En un arrebato de mal genio, por ejemplo, el individuo ha querido superar sus imperfecciones lo más deprisa posible. La mejor manera le ha parecido golpear, acusar o atacar a otro individuo. La ira, a su vez, influye en los órganos: los moviliza para la acción o les impone una tensión adicional. Algunas personas, cuando se enfadan, tienen al mismo tiempo trastornos de estómago o se ponen rojas. Su circulación se altera hasta tal punto que les sobreviene un dolor de cabeza. Generalmente encontraremos una rabia o una humillación no reconocidas detrás de los ataques de migraña o de los dolores de cabeza habituales; y en algunas personas la ira desemboca en neuralgia del trigémino o en ataques de naturaleza epiléptica.

Los medios por los que se influye en el cuerpo nunca se han explorado por completo, y probablemente nunca tendremos una descripción completa de ellos. Una tensión mental afecta tanto al sistema voluntario como al sistema nervioso vegetativo. Donde hay tensión, hay acción en el sistema voluntario. El individuo tamborilea en la mesa, se tira del labio o rompe trozos de papel. Si está tenso, tiene que moverse de algún modo. Mordisquear un lápiz o un cigarro le da una salida para su tensión. Estos movimientos nos muestran que se siente demasiado enfrentado a alguna situación. Lo mismo da que se ruborice cuando está entre desconocidos, que empiece a temblar o que muestre un tic: todo ello es resultado de la tensión. Por medio del sistema vegetativo, la tensión se comunica a todo el cuerpo; y así, con cada emoción, todo el cuerpo está en tensión. Las manifestaciones de esta tensión, sin embargo, no son igual de claras en todos los puntos, y solo hablamos de síntomas en aquellos puntos donde los resultados son perceptibles. Si examinamos más de cerca, encontraremos que todas las partes del cuerpo <!-- p. 43 --> intervienen en una expresión emocional, y que estas expresiones físicas son las consecuencias de la acción de la mente y del cuerpo. Siempre es necesario buscar estas acciones recíprocas de la mente sobre el cuerpo y del cuerpo sobre la mente, puesto que ambos son partes del todo que nos ocupa.

De tales indicios podemos concluir razonablemente que un estilo de vida y la disposición emocional correspondiente ejercen una influencia continua sobre el desarrollo del cuerpo. Si es verdad que el niño cristaliza muy pronto su estilo de vida, deberíamos poder descubrir, si tenemos experiencia suficiente, las expresiones físicas resultantes en la vida posterior. Un individuo valeroso mostrará los efectos de su actitud en su físico. Su cuerpo estará constituido de otro modo; el tono de sus músculos será más fuerte, el porte de su cuerpo más firme. La postura influye probablemente de manera muy considerable en el desarrollo del cuerpo y explica quizá en parte el mejor tono de los músculos. La expresión de la cara es distinta en el individuo valeroso, y, al final, toda la fisonomía. Incluso la conformación del cráneo puede verse afectada.

Hoy sería difícil negar que la mente puede influir en el cerebro. La patología ha mostrado casos en que un individuo ha perdido la capacidad de leer o escribir por una lesión en el hemisferio izquierdo, pero ha podido recuperarla entrenando otras partes del cerebro. A menudo ocurre que un individuo sufre un ataque de apoplejía y no hay posibilidad de reparar la parte dañada del cerebro; y, sin embargo, otras partes del cerebro compensan, restablecen las funciones de los órganos y completan así de nuevo las facultades del cerebro. Este hecho es especialmente importante para <!-- p. 44 --> ayudarnos a mostrar las posibilidades de la aplicación educativa de la psicología individual. Si la mente puede ejercer semejante influencia sobre el cerebro; si el cerebro no es más que el instrumento de la mente —su instrumento más importante, pero en cualquier caso solo su instrumento—, entonces podemos encontrar maneras de desarrollar y mejorar ese instrumento. Nadie que haya nacido con un cerebro de cierto nivel tiene por qué quedar ineludiblemente atado a él toda su vida: pueden encontrarse métodos para hacer que el cerebro esté más preparado para la vida.

Una mente que ha fijado su meta en una dirección equivocada —que, por ejemplo, no desarrolla la capacidad de cooperar— no ejercerá una influencia provechosa sobre el crecimiento del cerebro. Por esta razón encontramos que muchos niños a los que les falta la capacidad de cooperar muestran, en la vida posterior, que no han desarrollado su inteligencia, su capacidad de comprender. Puesto que todo el porte de un adulto revela la influencia del estilo de vida que construyó en los primeros cuatro o cinco años, puesto que podemos ver visiblemente ante nosotros los resultados de su esquema de apercepción y el sentido que ha dado a la vida, podemos descubrir los bloqueos de la cooperación que padece y ayudar a corregir sus fallos. En la psicología individual tenemos ya los primeros pasos hacia esta ciencia.

Muchos autores han señalado una relación constante entre las expresiones de la mente y las del cuerpo. Ninguno de ellos, al parecer, ha intentado descubrir el puente entre ambas. Kretschmer, por ejemplo, ha descrito cómo en la constitución del cuerpo podemos descubrir una correspondencia con cierto tipo de mente. Puede así distinguir tipos en los que encaja una gran proporción de la humanidad. Están, por ejemplo, los pícnicos, individuos de cara redonda, nariz corta y <!-- p. 45 --> tendencia a la corpulencia; los hombres de los que habla Julio César:

> «Rodeadme de hombres gordos,
> de cabeza lustrosa y que duerman por las noches».[^2-2]

Con este físico relaciona Kretschmer determinadas características mentales; pero su obra no aclara las razones de esta correlación. En nuestras condiciones, los individuos de este físico no parecen sufrir de imperfección orgánica; sus cuerpos están bien adaptados a nuestra cultura. Físicamente se sienten iguales a los demás. Tienen confianza en su propia fuerza. No están tensos, y, si quisieran pelear, se sentirían capaces de hacerlo. No tienen necesidad, sin embargo, de ver a los demás como enemigos ni de luchar con la vida como si fuera hostil. Una escuela de psicología los llamaría extravertidos, pero no ofrecería ninguna explicación. Es de esperar que sean extravertidos, porque su cuerpo no les causa ningún problema.

Un tipo opuesto que distingue Kretschmer es el esquizoide, o bien infantil o bien inusitadamente alto, de nariz larga y cabeza en forma de huevo. Cree que estos son reservados e introspectivos, y que, si sufren trastornos mentales, se vuelven esquizofrénicos. Son del otro tipo del que habla César:

> «Aquel Casio tiene un aspecto flaco y hambriento;
> piensa demasiado: tales hombres son peligrosos».[^2-3]

Quizá estos individuos sufrieron de órganos imperfectos y crecieron más interesados en sí mismos, más pesimistas y <!-- p. 46 --> más «introvertidos». Quizá exigieron más ayuda y, cuando vieron que no se les tenía suficientemente en cuenta, se volvieron amargados y desconfiados. Podemos encontrar, sin embargo, como admite Kretschmer, muchos tipos mixtos, e incluso tipos pícnicos que se han desarrollado con las características mentales atribuidas a los esquizoides. Lo comprenderíamos si sus circunstancias los hubieran cargado de otro modo y se hubieran vuelto tímidos y desalentados. Probablemente podríamos, mediante un desaliento sistemático, convertir a cualquier niño en una persona que se comportara como un esquizoide.

Si tuviéramos mucha experiencia detrás, podríamos reconocer en todas las expresiones parciales de un individuo el grado de su capacidad de cooperar. Sin saberlo, la gente ha buscado siempre estos indicios. La necesidad de la cooperación nos apremia siempre, y ya se han descubierto indicios, no científica sino intuitivamente, que nos muestran cómo orientarnos mejor en esta vida caótica. Del mismo modo podemos ver que antes de todos los grandes reajustes de la historia la mente del pueblo había reconocido ya la necesidad del reajuste y se esforzaba por conseguirlo. Mientras el afán es solo instintivo, es fácil cometer errores. A la gente le han desagradado siempre los individuos con peculiaridades físicas muy llamativas, las personas desfiguradas o los jorobados. Sin saberlo, los juzgaban menos aptos para la cooperación. Era un gran error, pero su juicio se basaba probablemente en la experiencia. Todavía no se había encontrado la manera de aumentar el grado de cooperación de los individuos que sufrían de estas peculiaridades; por eso se exageraron sus inconvenientes y se convirtieron en víctimas de la superstición popular.

Resumamos ahora nuestra posición. En los primeros cuatro o <!-- p. 47 --> cinco años de la vida, el niño unifica sus afanes mentales y establece las relaciones fundamentales entre su mente y su cuerpo. Se adopta un estilo de vida fijo, con el correspondiente *habitus* emocional y físico. Su desarrollo incluye un grado mayor o menor de cooperación; y es por ese grado de cooperación como aprendemos a juzgar y comprender al individuo. En todos los fracasos, el máximo común denominador es un escaso grado de capacidad de cooperar. Podemos dar ahora una definición todavía más amplia de la psicología: es la comprensión de las deficiencias en la cooperación. Puesto que la mente es una unidad y el mismo estilo de vida recorre todas sus expresiones, todas las emociones y los pensamientos de un individuo tienen que estar en consonancia con su estilo de vida. Si vemos emociones que aparentemente causan dificultades y van en contra del propio bienestar del individuo, es completamente inútil empezar intentando cambiar esas emociones. Son la expresión acertada del estilo de vida del individuo, y solo pueden extirparse si cambia su estilo de vida.

Aquí la psicología individual nos da una indicación especial para nuestra perspectiva educativa y terapéutica. Nunca debemos tratar un síntoma ni una expresión aislada: tenemos que descubrir el error cometido en todo el estilo de vida, en la manera en que la mente ha interpretado sus experiencias, en el sentido que ha dado a la vida y en los actos con que ha respondido a las impresiones recibidas del cuerpo y del entorno. Esta es la verdadera tarea de la psicología. No puede llamarse propiamente psicología clavar alfileres a un niño y ver cuánto salta, o hacerle cosquillas y ver lo fuerte que se ríe. Estas empresas, tan comunes entre los psicólogos modernos, pueden decirnos de hecho algo de la psicología de un individuo; pero solo en la medida en que <!-- p. 48 --> prueban la existencia de un estilo de vida fijo y particular. Los estilos de vida son el objeto propio de la psicología y el material de la investigación; y las escuelas que toman cualquier otro objeto se ocupan, en su mayor parte, de fisiología o de biología. Esto vale para quienes investigan estímulos y reacciones; para quienes intentan rastrear el efecto de un *trauma* o experiencia de choque; y para quienes examinan las capacidades heredadas y observan cómo se despliegan. En la psicología individual, en cambio, consideramos la psique misma, la mente unificada; examinamos el sentido que los individuos dan al mundo y a sí mismos, sus metas, la dirección de sus afanes y las maneras en que abordan los problemas de la vida. La mejor clave que poseemos hasta ahora para comprender las diferencias psicológicas nos la da el examen del grado de capacidad de cooperar.

[^2-1]: *Hamlet*, acto III, escena 4.

[^2-2]: *Julio César*, acto I, escena 2.

[^2-3]: *Julio César*, acto I, escena 2.

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## III. Sentimientos de inferioridad y de superioridad

El «complejo de inferioridad», uno de los descubrimientos más importantes de la psicología individual, parece haberse hecho famoso en todo el mundo. Psicólogos de muchas escuelas han adoptado el término y lo emplean en su propia práctica. No estoy nada seguro, sin embargo, de que lo entiendan o lo usen con el significado correcto. Nunca nos sirve de nada, por ejemplo, decirle a un paciente que sufre un complejo de inferioridad; hacerlo solo serviría para acentuar sus sentimientos de inferioridad sin mostrarle cómo superarlos. Hemos de reconocer el desaliento específico que muestra en su estilo de vida; hemos de alentarlo en el punto preciso en que le falta valor. Todo neurótico tiene un complejo de inferioridad. Ningún neurótico se distingue de los demás neuróticos por el hecho de que él tenga un complejo de inferioridad y los otros no. Se distingue de los demás por el tipo de situación en que se siente incapaz de seguir por el lado útil de la vida, por los límites que ha puesto a sus afanes y actividades. Decirle «Usted sufre un complejo de inferioridad» no le ayudaría a ser más valeroso, del mismo modo que no ayudaría a alguien con dolor de cabeza que le dijéramos: «Puedo decirle lo que le pasa. ¡Tiene usted dolor de cabeza!».

Muchos neuróticos, si se les preguntara si se sienten inferiores, responderían: «No». Algunos hasta responderían: «Todo lo contrario. Sé muy bien que soy superior a la gente que me rodea». No necesitamos preguntar: nos <!-- p. 50 --> basta observar la conducta del individuo. Es ahí donde advertiremos qué artimañas emplea para asegurarse de su importancia. Si vemos a alguien arrogante, por ejemplo, podemos adivinar que siente: «Los demás tienden a pasarme por alto. Tengo que demostrar que soy alguien». Si vemos a alguien que gesticula con fuerza al hablar, podemos adivinar que siente: «Mis palabras no tendrían ningún peso si no las subrayara». Detrás de todo aquel que se comporta como si fuera superior a los demás podemos sospechar un sentimiento de inferioridad que exige esfuerzos muy especiales para ocultarlo. Es como si un hombre temiera ser demasiado bajo y caminara de puntillas para parecer más alto. A veces podemos ver esta misma conducta cuando dos niños comparan su estatura. El que teme ser más bajo se estirará y se mantendrá muy tenso; intentará parecer más alto de lo que es. Si le preguntáramos a un niño así: «¿Crees que eres demasiado bajo?», difícilmente esperaríamos que lo reconociera.

No se sigue de ello, por tanto, que un individuo con fuertes sentimientos de inferioridad vaya a parecer una persona sumisa, callada, reservada e inofensiva. Los sentimientos de inferioridad pueden expresarse de mil maneras. Quizá pueda ilustrarlo con la anécdota de tres niños a los que llevaron por primera vez al zoológico. Cuando estaban delante de la jaula del león, uno de ellos se escondió tras las faldas de su madre y dijo: «Quiero irme a casa». El segundo se quedó donde estaba, muy pálido y temblando, y dijo: «No tengo ni pizca de miedo». El tercero miró al león con ferocidad y preguntó a su madre: «¿Le escupo?». Los tres niños se sentían realmente inferiores, pero cada uno expresó sus sentimientos a su manera, de acuerdo con su estilo de vida.

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Los sentimientos de inferioridad nos son comunes a todos en alguna medida, puesto que todos nos encontramos en situaciones que deseamos mejorar. Si hemos conservado el valor, nos pondremos a librarnos de esos sentimientos por el único medio directo, realista y satisfactorio: mejorando la situación. Ningún ser humano puede soportar mucho tiempo un sentimiento de inferioridad; se verá arrojado a una tensión que exige algún tipo de acción. Pero supongamos que un individuo está desalentado; supongamos que no es capaz de concebir que, si hace esfuerzos realistas, mejorará la situación. Seguirá sin poder soportar sus sentimientos de inferioridad; seguirá luchando por librarse de ellos; pero probará métodos que no le hacen avanzar nada. Su meta sigue siendo «estar por encima de las dificultades», pero en lugar de vencer los obstáculos intentará hipnotizarse o autointoxicarse para *sentirse* superior. Entretanto sus sentimientos de inferioridad se acumularán, porque la situación que los produce sigue inalterada. La provocación sigue ahí. Cada paso que dé lo llevará más lejos en el autoengaño, y todos sus problemas lo acosarán con una urgencia cada vez mayor. Si miráramos sus movimientos sin comprenderlos, nos parecerían faltos de propósito. No nos darían la impresión de estar pensados para mejorar la situación. En cuanto vemos, sin embargo, que está ocupado, como todos los demás, en luchar por un sentimiento de suficiencia, pero ha perdido la esperanza de alterar la situación objetiva, todos sus movimientos empiezan a cobrar coherencia. Si se siente débil, se mueve hacia circunstancias en las que pueda sentirse fuerte. No se entrena para ser más fuerte, para estar más a la altura; se entrena para parecer más fuerte a sus propios ojos. Sus esfuerzos por engañarse a sí mismo solo tendrán un éxito parcial. Si se siente incapaz de afrontar los problemas de la ocupación, <!-- p. 52 --> quizá intente asegurarse de su importancia haciendo de tirano doméstico. De este modo puede drogarse; pero los verdaderos sentimientos de inferioridad permanecerán. Serán los mismos viejos sentimientos de inferioridad, provocados por la misma vieja situación. Serán la corriente subterránea permanente de su vida psíquica. En un caso así podemos hablar con propiedad de un complejo de inferioridad.

Es hora ya de dar una definición del complejo de inferioridad. El complejo de inferioridad aparece ante un problema para el que el individuo no está debidamente adaptado o pertrechado, y expresa su convicción de que es incapaz de resolverlo. Por esta definición vemos que la ira puede ser expresión de un complejo de inferioridad tanto como las lágrimas o las disculpas. Como los sentimientos de inferioridad producen siempre tensión, siempre habrá un movimiento compensatorio hacia un sentimiento de superioridad; pero ya no estará dirigido a resolver el problema. El movimiento hacia la superioridad irá así hacia el lado inútil de la vida. El problema real quedará arrinconado o excluido. El individuo intentará restringir su campo de acción y estará más ocupado en evitar la derrota que en avanzar hacia el éxito. Dará la imagen de quien vacila, se detiene o incluso retrocede ante sus dificultades.

Esta actitud puede verse con gran sencillez en los casos de agorafobia. Este síntoma es la expresión de la convicción: «No debo ir demasiado lejos. Tengo que mantenerme en circunstancias conocidas. La vida está llena de peligros y debo evitar encontrármelos». Cuando esta actitud se lleva a cabo con coherencia, el individuo se recluirá en una habitación, o se meterá en la cama y se quedará allí. La expresión más radical de una retirada ante las dificultades es <!-- p. 53 --> el suicidio. Aquí el individuo se rinde ante todos los problemas de la vida y expresa su convicción de que no puede hacer nada para mejorar su situación. El afán de superioridad en el suicidio puede entenderse cuando nos damos cuenta de que el suicidio es siempre un reproche o una venganza. En todo suicidio podemos encontrar siempre a alguien a cuya puerta deja el suicida la responsabilidad de su muerte. Es como si el suicida dijera: «Yo era la más tierna y sensible de todas las personas, y vosotros me tratasteis con la mayor brutalidad».

En un grado u otro, todo neurótico restringe su campo de acción, sus contactos con la situación en su conjunto. Intenta mantener a distancia los tres problemas reales de la vida que se le plantean y se ciñe a circunstancias en las que se siente capaz de dominar. De este modo se construye un establo estrecho, cierra la puerta y pasa la vida a resguardo del viento, de la luz del sol y del aire fresco. Que domine intimidando o lloriqueando dependerá de su entrenamiento: elegirá el recurso que mejor haya probado y que le haya resultado más eficaz para sus fines. A veces, si no está satisfecho con un método, probará el otro. En ambos casos la meta es la misma: obtener un sentimiento de superioridad sin trabajar para mejorar la situación. El niño desalentado que descubre que puede tiranizar mejor con lágrimas será un llorica; y una línea directa de desarrollo lleva del llorica al melancólico adulto. Las lágrimas y las quejas —el medio que he llamado «fuerza hidráulica»— pueden ser un arma extremadamente eficaz para perturbar la cooperación y reducir a los demás a la esclavitud. En estas personas, como en las que padecen timidez, apuro y sentimientos de culpa, encontraríamos el complejo de inferioridad en la superficie; admitirían de buen grado su debilidad y su <!-- p. 54 --> incapacidad para valerse por sí mismas. Lo que ocultarían a la vista sería su exaltada meta de supremacía, su deseo de ser los primeros a toda costa. Un niño dado a jactarse, en cambio, muestra su complejo de superioridad a primera vista; si examináramos su conducta en lugar de sus palabras, pronto descubriríamos los sentimientos de inferioridad no confesados.

El llamado complejo de Edipo no es en realidad más que un caso especial del «establo estrecho» del neurótico. Si un individuo teme afrontar el problema del amor en el mundo en general, no conseguirá librarse de este problema. Si restringe su campo de acción al círculo familiar, no nos sorprenderá encontrar que también sus afanes sexuales se elaboran dentro de esos límites. Por su sentimiento de inseguridad nunca ha extendido su interés más allá de las pocas personas con las que tiene más familiaridad. Teme que con otros no sería capaz de dominar de la manera acostumbrada. Las víctimas del complejo de Edipo son niños mimados por sus madres, a quienes se entrenó para creer que sus deseos llevaban consigo el derecho a verse cumplidos y que nunca vieron que podían ganarse el afecto y el amor por sus propios esfuerzos fuera de los límites del hogar. En la vida adulta siguen atados a las faldas de su madre. En el amor no buscan una compañera igual, sino una sirvienta; y la sirvienta de cuyo apoyo están más seguros es su madre. Probablemente podríamos inducir un complejo de Edipo en cualquier niño. Bastaría con que su madre lo mimara y se negara a extender su interés a otras personas, y con que su padre fuera relativamente indiferente o frío.

Este cuadro de movimiento restringido lo dan todos los síntomas de la neurosis. En el habla del tartamudo <!-- p. 55 --> podemos ver su actitud vacilante. El residuo de sentimiento de comunidad que conserva le empuja a establecer relación con sus semejantes, pero su baja opinión de sí mismo, su miedo a ser puesto a prueba, entra en conflicto con su sentimiento de comunidad, y vacila al hablar. Los niños «retrasados» en la escuela, los hombres y mujeres que a los treinta años o más no han encontrado ocupación o han arrinconado el problema del matrimonio, los neuróticos obsesivos que tienen que repetir una y otra vez la misma acción, los insomnes que se agotan para las tareas del día: todos ellos revelan el complejo de inferioridad que les impide avanzar en la solución de los problemas de la vida. La masturbación, la eyaculación precoz, la impotencia y la perversión muestran todas un estilo de vida vacilante, consecuencia del miedo a no estar a la altura en el acercamiento al otro sexo. La meta concomitante de supremacía se nos ocurrirá si preguntamos: «¿Por qué tanto miedo a no estar a la altura?». La respuesta solo puede ser: «Porque el individuo se ha fijado una meta de éxito tan elevada».

Hemos dicho que los sentimientos de inferioridad no son anormales en sí mismos. Son la causa de todos los progresos en la situación de la humanidad. La propia ciencia, por ejemplo, solo puede surgir cuando las personas sienten su ignorancia y su necesidad de prever el futuro: es el resultado de los afanes de los seres humanos por mejorar toda su situación, por conocer más el universo y poder dominarlo mejor. De hecho, me parece que toda nuestra cultura humana se basa en sentimientos de inferioridad. Si imaginamos a un observador desinteresado que visitara nuestro planeta humano, sin duda concluiría: «Estos seres humanos, con todas sus asociaciones e instituciones, con todos sus esfuerzos por la seguridad, con sus tejados para protegerse de la lluvia, sus ropas para abrigarse, sus calles para facilitar los desplazamientos..., es evidente que <!-- p. 56 --> se sienten los más débiles de todos los habitantes de la tierra». Y en algunos aspectos los hombres son los más débiles de todas las criaturas. No tenemos la fuerza del león o del gorila, y muchos animales están mejor dotados para afrontar solos las dificultades de la vida. Algunos animales compensan su debilidad mediante la asociación: se juntan en manadas; pero los seres humanos necesitan una cooperación más variada y profunda que la que podemos encontrar en ningún otro lugar del mundo. El niño humano es especialmente débil; necesita cuidados y protección durante muchos años. Puesto que todo ser humano ha sido en algún momento el más pequeño y débil de la humanidad, y puesto que la humanidad, sin cooperación, estaría completamente a merced de su entorno, podemos entender cuán ineludiblemente un niño que no se ha entrenado en la cooperación se verá empujado hacia el pesimismo y hacia un complejo de inferioridad fijo. Podemos entender, también, que la vida seguirá planteando problemas incluso al individuo más cooperativo. Ningún individuo se encontrará en la situación de haber alcanzado su meta final de superioridad, de ser dueño absoluto de su entorno. La vida es demasiado corta; nuestros cuerpos son demasiado débiles; los tres problemas de la vida admitirán siempre soluciones más ricas y plenas. Siempre podemos aproximarnos a una solución; nunca podemos darnos por satisfechos con lo logrado. El afán continuará en cualquier caso; pero en el individuo cooperativo será un afán esperanzado y que contribuye, dirigido a una mejora real de nuestra situación común.

Nadie se inquietará, creo, por el hecho de que no podamos alcanzar finalmente la meta más alta de nuestra vida. Si pudiéramos imaginar a un solo individuo, o a la humanidad en su conjunto, llegados a una situación en la que ya no hubiera más dificultades, pensaríamos que la vida en esas <!-- p. 57 --> circunstancias tendría que ser muy aburrida. Todo podría entonces preverse, todo calcularse de antemano. El mañana no traería oportunidades inesperadas; no habría nada que esperar del futuro. Nuestro interés por la vida procede principalmente de nuestra falta de certeza. Si todos estuviéramos seguros, si lo supiéramos todo, ya no habría discusiones ni descubrimientos. La ciencia habría llegado a su fin; el universo que nos rodea no sería más que un cuento mil veces contado. El arte y la religión, que nos alientan con la imaginación de nuestras metas no alcanzadas, ya no tendrían ningún sentido. Es una suerte para nosotros que la vida no se agote tan fácilmente. Los afanes de los hombres son continuos, y siempre podemos encontrar o inventar nuevos problemas y crear nuevas oportunidades de cooperación y contribución. El neurótico está bloqueado desde el principio; sus soluciones se quedan en un nivel bajo y sus dificultades son, en consecuencia, grandes. El individuo más normal va dejando tras de sí una solución cada vez más plena de sus problemas; puede avanzar hacia nuevas dificultades y llegar a nuevas soluciones. De este modo es capaz de contribuir al bien de los demás: no se rezaga ni se convierte en una carga para sus semejantes; no necesita ni exige consideraciones especiales, sino que procede con valor e independencia a resolver sus problemas de acuerdo con el sentimiento de comunidad.

La meta de superioridad, en cada individuo, es personal y única. Depende del sentido que da a la vida; y este sentido no es cuestión de palabras. Está edificado en su estilo de vida y lo recorre como una extraña melodía de su propia creación. En su estilo de vida no expresa su meta de manera que podamos formularla de una vez por todas. La expresa vagamente, de modo que tenemos que adivinarla a partir de los indicios que da. Comprender un estilo <!-- p. 58 --> de vida es semejante a comprender la obra de un poeta. Un poeta tiene que usar palabras; pero su significado es más que las meras palabras que usa. La mayor parte de su significado hay que adivinarla; tenemos que leer entre líneas. Así sucede también con esa creación, la más profunda y la más intrincada, que es un estilo de vida individual. El psicólogo tiene que aprender a leer entre líneas; tiene que aprender el arte de apreciar los sentidos que se dan a la vida.

No podría ser de otro modo. Al sentido de la vida se llega en esos primeros cuatro o cinco años; y no se llega por un procedimiento matemático, sino a oscuras y a tientas, mediante sentimientos no del todo comprendidos, atrapando indicios y buscando torpemente explicaciones. La meta de superioridad, de manera parecida, se fija a tientas y por conjeturas; es un afán vital, una tendencia dinámica, no un punto cartografiado y determinado geográficamente. Nadie conoce su propia meta de superioridad hasta el punto de poder describirla por completo. Quizá conozca sus objetivos profesionales, pero estos no dan más que una pequeña parte de sus afanes. Incluso cuando la meta se ha concretado, puede haber mil variedades de afán hacia ella. Un hombre, por ejemplo, querrá ser médico; pero ser médico puede significar muchas cosas distintas. No solo puede desear ser especialista en medicina interna o en patología; mostrará en sus actividades su propio y peculiar grado de interés por sí mismo y de interés por los demás. Veremos hasta qué punto se entrena para ayudar a sus semejantes y hasta qué punto limita su ayuda. Se ha propuesto ese objetivo como compensación de un sentimiento de inferioridad específico; y tenemos que ser capaces de adivinar, por sus manifestaciones en su profesión y en otros ámbitos, el sentimiento específico que está compensando.

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Con mucha frecuencia encontramos, por ejemplo, que los médicos conocieron en su infancia, tempranamente, el hecho de la muerte; y la muerte fue el aspecto de la inseguridad humana que más les impresionó. Quizá murió un hermano o uno de los padres; y su entrenamiento posterior se orientó a encontrar el modo de estar, ellos mismos y los demás, más protegidos contra la muerte. Otro hombre puede hacer de ser maestro su meta concreta; pero sabemos muy bien lo distintos que pueden ser los maestros. Si un maestro tiene un grado bajo de sentimiento de comunidad, su meta de superioridad al ser maestro puede ser mandar entre sus inferiores; puede que solo se sienta seguro con quienes son más débiles y tienen menos experiencia que él. Un maestro con un alto grado de sentimiento de comunidad tratará a sus alumnos como a sus iguales; deseará de verdad contribuir al bienestar de la humanidad. No hace falta más que mencionar aquí lo distintas que pueden ser las capacidades e intereses de los maestros, y cuán reveladoras de su meta resultarán todas esas manifestaciones. Cuando una meta se concreta, las potencialidades del individuo tienen que recortarse y limitarse para ajustarse a ella, pero la meta completa, el prototipo, empujará y tirará siempre de esos límites y encontrará el modo, en cualesquiera condiciones, de expresar el sentido dado a la vida y el afán final e ideal de superioridad.

Con cada individuo, por tanto, hemos de mirar por debajo de la superficie. Un individuo puede cambiar el modo en que concreta su meta, igual que puede cambiar una de las expresiones de su meta concreta: su ocupación. Hemos de buscar todavía la coherencia subyacente, la unidad de la personalidad. Esta unidad está fijada en todas sus expresiones. Si tomamos un triángulo irregular y lo colocamos en distintas posiciones, cada posición parecerá darnos un <!-- p. 60 --> triángulo completamente distinto; pero si miramos con atención descubriremos que el triángulo es siempre el mismo. Así sucede también con el prototipo: su contenido nunca se agota en una sola expresión, pero podemos reconocerlo en todas sus expresiones. Nunca podemos decirle a un hombre: «Su afán de superioridad quedaría satisfecho si hiciera usted esto o aquello...». El afán de superioridad sigue siendo flexible; y, de hecho, cuanto más cerca está un individuo de la salud y la normalidad, más capaz es de encontrar nuevas salidas para sus afanes cuando se le cierran en una dirección determinada. Solo el neurótico siente, ante las expresiones concretas de su meta: «Tengo que tener esto o nada».

No deberíamos intentar formular con demasiada ligereza ningún afán de superioridad particular; pero podemos encontrar en todas las metas un factor común: el afán de ser como Dios. A veces encontramos niños que se expresan de este modo con toda franqueza y comentan: «Me gustaría ser Dios». Muchos filósofos han tenido la misma idea; y hay educadores que desearían formar y educar a los niños para que fueran semejantes a Dios. En antiguas disciplinas religiosas es visible el mismo objetivo: los discípulos debían educarse de tal manera que llegaran a ser semejantes a Dios. Este ideal de semejanza con Dios aparece de un modo más modesto en la idea del «superhombre»; y es revelador —no diré más— que Nietzsche, cuando enloqueció, firmara una carta a Strindberg como «El Crucificado». A menudo los locos expresan su meta de superioridad de forma no disfrazada: afirmarán «Soy Napoleón» o «Soy el emperador de la China». Quieren ser el centro de atención del mundo entero, ser mirados desde todos lados, estar conectados con el mundo entero por la radio y escuchar todas las conversaciones, predecir el futuro, <!-- p. 61 --> ser portadores de un poder sobrenatural. De un modo más razonable, quizá, la misma meta de semejanza con Dios aparece en el deseo de saberlo todo, de poseer una sabiduría universal, o en el deseo de perpetuar nuestra vida. Ya sea nuestra vida terrena lo que deseamos perpetuar, o nos imaginemos volviendo a la tierra una y otra vez a través de muchas encarnaciones, o preveamos una inmortalidad en otro mundo, todas estas perspectivas se basan en el deseo de ser como Dios. En las enseñanzas religiosas es Dios el ser inmortal, el que sobrevive a través de todo el tiempo y la eternidad. No estoy discutiendo aquí si estas ideas son acertadas o erróneas: son interpretaciones de la vida, son *significados*; y en alguna medida todos estamos atrapados en este significado: Dios y la semejanza con Dios. Incluso el ateo desea vencer a Dios, ser más alto que Dios; y podemos ver que esta es una meta de superioridad singularmente fuerte.

Una vez concretada la meta de superioridad, no se cometen errores en el estilo de vida. Los hábitos y síntomas del individuo son exactamente los adecuados para alcanzar su meta concreta; están por encima de toda crítica. Todo niño problemático, todo neurótico, todo borracho, criminal o pervertido sexual hace los movimientos apropiados para lograr lo que él considera la posición de superioridad. Es imposible atacar sus síntomas por sí solos; son exactamente los síntomas que debe tener para semejante meta. En una escuela, al chico más perezoso de la clase le preguntó su maestro: «¿Por qué te va tan mal en tus tareas?». Él respondió: «Si soy el chico más perezoso de aquí, usted siempre estará ocupado conmigo. Nunca presta atención a los chicos buenos, que nunca molestan en clase y hacen todas sus tareas como es debido». Mientras su objetivo fuera llamar la atención y dominar a su maestro, <!-- p. 62 --> había encontrado la mejor manera de hacerlo. No serviría de nada intentar quitarle la pereza; la necesitaba para su meta. Tenía toda la razón, y si cambiara de conducta sería un necio. Otro chico era muy obediente en casa pero parecía tonto; iba retrasado en la escuela y en casa no era nada despierto. Tenía un hermano dos años mayor que él, y su hermano era muy distinto en su estilo de vida. Era inteligente y activo, pero siempre se estaba metiendo en líos por su descaro. Un día oyeron al hermano menor decirle al mayor: «Prefiero ser tan tonto como soy a ser tan descarado como tú». Su tontería era en realidad bastante inteligente si le concedemos la meta de escapar de los líos. Gracias a su tontería se le exigía menos, y si cometía errores no se le culpaba de ellos. Concedida su meta, habría sido un necio si no hubiera sido tonto.

Hasta el día de hoy, el tratamiento habitual ha consistido en atacar el síntoma. A esta actitud se opone por completo la psicología individual, tanto en medicina como en educación. Cuando un niño va retrasado en aritmética, o tiene malas notas en la escuela, es inútil concentrar nuestra atención en esos puntos e intentar mejorarlo en esas manifestaciones concretas. Quizá quiere molestar al maestro, o incluso escapar de la escuela por completo haciendo que lo expulsen. Si lo frenamos en un punto, encontrará otro modo de alcanzar su meta. Lo mismo ocurre con el neurótico adulto. Supongamos que padece, por ejemplo, migraña. Esos dolores de cabeza pueden serle muy útiles y quizá se presenten en el momento preciso en que más los necesita. Gracias a sus dolores de cabeza puede eludir los problemas de la sociedad; pueden presentarse <!-- p. 63 --> siempre que se enfrenta a la necesidad de conocer gente nueva o de tomar una nueva decisión. Al mismo tiempo, pueden ayudarle a tiranizar al personal de su oficina, o a su mujer y su familia. ¿Por qué habríamos de esperar que renunciara a un recurso tan bien probado? El dolor que se inflige, desde su punto de vista actual, no es más que una inversión sensata; le reporta todos los beneficios que pudiera desear. Sin duda podríamos quitarle este síntoma a fuerza de susto, dándole una explicación que le escandalizara, igual que a veces a los neuróticos de guerra se les quitaban los síntomas a fuerza de susto con descargas eléctricas u operaciones simuladas. Quizá el tratamiento médico le aliviara en este punto y le hiciera más difícil continuar con el síntoma concreto que ha elegido. Pero, mientras su meta siga siendo la misma, si abandona un síntoma tendrá que encontrar otro. «Curado» de sus dolores de cabeza, desarrollará insomnio o algún otro síntoma nuevo. Mientras su meta siga siendo la misma, tendrá que seguir persiguiéndola. Hay neuróticos que pueden abandonar síntomas con asombrosa rapidez y adoptar otros nuevos sin un instante de vacilación. Se convierten en virtuosos de la neurosis y amplían continuamente su repertorio. La lectura de un libro de psicoterapia solo les sugerirá algunos trastornos nerviosos más que aún no han tenido ocasión de probar. Lo que hemos de buscar siempre es el propósito para el que se adopta el síntoma y la coherencia de ese propósito con la meta general de superioridad.

Supongamos que en mi aula mandara traer una escalera de mano, subiera por ella y me encaramara encima de la pizarra. Cualquiera que me viera pensaría probablemente: «El doctor Adler está completamente loco». No sabrían para qué era la escalera, <!-- p. 64 --> por qué subí por ella ni por qué estaba sentado en una postura tan incómoda. Pero si supieran: «Quiere sentarse en la pizarra porque se siente inferior si no está físicamente más alto que los demás; solo se siente seguro si puede mirar desde arriba a su clase», no pensarían que estoy tan loco. Habría elegido un medio excelente para alcanzar mi meta concreta. La escalera parecería entonces un recurso muy sensato, y mis esfuerzos por subir por ella parecerían bien planeados y ejecutados. Solo en un punto estaría loco: en mi interpretación de la superioridad. Si me convencieran de que mi meta concreta estaba mal elegida, podría cambiar mi actividad. Pero si la meta permanece y me quitan la escalera, lo intentaré de nuevo con una silla; y si me quitan la silla, veré qué puedo hacer saltando, trepando y alzándome a pulso. Lo mismo ocurre con todo neurótico: no hay nada equivocado en su elección de los medios, que están por encima de toda crítica. Solo podemos mejorar su meta concreta. Con un cambio de meta cambiarán también los hábitos y actitudes mentales. Ya no necesitará los viejos hábitos y actitudes, y otros nuevos, ajustados a su nueva meta, ocuparán su lugar.

Permítaseme poner el ejemplo de una mujer de treinta años que vino a verme porque padecía ansiedad e incapacidad para hacer amigos. No conseguía avanzar en el problema de la ocupación y, en consecuencia, seguía siendo una carga para su familia. De vez en cuando aceptaba pequeños empleos de taquígrafa o secretaria, pero, por una desdichada fatalidad, sus jefes siempre la cortejaban y la asustaban tanto que tenía que dejar la oficina. Una vez, sin embargo, encontró un puesto en el que su jefe no se interesaba tanto por ella. Se sintió tan humillada que <!-- p. 65 --> dejó también este empleo. Había recibido tratamiento psicológico durante muchos años —durante ocho años, creo—, pero el tratamiento no había conseguido hacerla sociable ni ponerla en condiciones de ganarse la vida.

Cuando la vi, rastreé su estilo de vida hasta los primeros años de su infancia. Nadie puede comprender al adulto si no aprende a comprender al niño. Había sido la menor de su familia, muy guapa y mimada hasta lo increíble. Sus padres estaban por entonces en muy buena posición, y le bastaba expresar un deseo para que se lo concedieran. «¡Vaya!», dije al oírla, «la criaron a usted como a una princesa». «Qué curioso», respondió. «Todo el mundo me llamaba Princesa». Le pedí su primer recuerdo. «Cuando tenía cuatro años», dijo, «recuerdo que salí de casa y encontré a unos niños que estaban jugando. De vez en cuando daban un salto y gritaban: “¡Que viene la bruja!”. Me asusté mucho y, cuando volví a casa, le pregunté a una anciana que vivía con nosotros si había brujas de verdad. Me contestó: “Sí, hay brujas, y ladrones, y bandidos, y todos vendrán a por ti”». Por esto podemos ver que le aterraba quedarse sola en casa; y expresaba su miedo en todo su estilo de vida. No se sentía con fuerzas para salir de casa, y los de casa tenían que mantenerla y cuidarla en todos los sentidos. Otro de sus primeros recuerdos era este: «Tenía un profesor de piano, un hombre; y un día intentó besarme. Dejé de tocar y fui a contárselo a mi madre. Después de aquello ya no quise tocar más el piano». También aquí podemos ver que se entrenó para poner una gran distancia entre ella y los hombres; y su desarrollo sexual estaba de acuerdo <!-- p. 66 --> con la meta de protegerse del amor. Sentía que estar enamorada era una debilidad. Debo decir aquí que muchas personas se sienten débiles cuando están enamoradas; y hasta cierto punto tienen razón. Si estamos enamorados, tenemos que ser tiernos, y nuestro interés por otro ser humano nos deja expuestos a la perturbación. Solo el individuo cuya meta de superioridad es «Nunca debo ser débil, nunca debo quedar expuesto» evitará la dependencia mutua del amor. Estas personas se entrenan para apartarse del amor y están mal preparadas para él. A menudo encontrará usted que, si se sienten en peligro de enamorarse, convierten la situación en algo ridículo. Se ríen, hacen bromas y toman el pelo a la persona que les hace sentirse en peligro. De este modo intentan librarse de su sentimiento de debilidad.

También esta muchacha se sentía débil cuando pensaba en el amor y el matrimonio; y, en consecuencia, le impresionaba mucho más de lo necesario que los hombres la cortejaran en sus empleos. No veía más salida que huir. Mientras aún se enfrentaba a estos problemas, murieron su madre y su padre, y su corte casi llegó a su fin. Consiguió encontrar parientes que vinieran a cuidarla, pero su situación no era ni de lejos tan satisfactoria. Al cabo de un tiempo sus parientes se aburrían muchísimo de ella y dejaban de prestarle toda la atención que ella sentía necesitar. Ella los regañaba y les decía lo peligroso que era para ella quedarse sola; y de este modo esquivaba la tragedia de verse abandonada a sus propios recursos. Estoy convencido de que, si su familia hubiera dejado de ocuparse de ella por completo, se habría vuelto loca. El único modo de alcanzar su meta de superioridad era obligar a su familia a mantenerla y permitirle excluir todos los problemas de la vida. Conservaba en su <!-- p. 67 --> mente la imagen: «No pertenezco a este planeta, sino a otro planeta, donde soy una princesa. Esta pobre tierra no me comprende ni reconoce mi importancia». Un paso más la habría llevado a la locura; pero mientras tuviera algunos pequeños recursos propios y pudiera aún conseguir que parientes o amigos de la familia la cuidaran, no había motivo para dar el paso final.

He aquí otro caso en el que pueden reconocerse claramente tanto el complejo de inferioridad como el complejo de superioridad. Me enviaron a una muchacha de dieciséis años que robaba desde los seis o siete y que desde los doce pasaba las noches fuera con chicos. Cuando tenía dos años, sus padres se habían divorciado tras una larga y amarga lucha personal. Su madre se la llevó a vivir con ella a casa de su abuela; y su abuela, como sucede tan a menudo, se entregó a mimar a la niña. Había nacido cuando la lucha entre sus padres estaba en su punto álgido, y su madre no había recibido con agrado su llegada. Nunca había querido a su hija, y entre ambas existía una tensión. Cuando la muchacha vino a verme, hablé con ella de manera amistosa. Me dijo: «No me gusta coger cosas ni andar por ahí con chicos; pero tengo que demostrarle a mi madre que no puede conmigo». «¿Lo haces por venganza?», le pregunté. «Supongo que sí», contestó. Quería demostrar que era más fuerte que su madre; pero tenía esta meta solo porque se sentía más débil. Sentía que su madre no la quería y sufría un complejo de inferioridad. El único modo que se le ocurría de afirmar su superioridad era causar problemas. Cuando los niños cometen robos u otros delitos, suele ser por venganza.

Una muchacha de quince años desapareció durante ocho días. Cuando <!-- p. 68 --> la encontraron la llevaron al tribunal de menores; y allí contó una historia según la cual la había secuestrado un hombre que la había atado y la había tenido encerrada en una habitación durante ocho días. Nadie la creyó. El médico habló con ella en tono muy íntimo y le instó a confesar la verdad. Ella se enfadó tanto con él por no aceptar su historia que le dio una bofetada. Cuando la vi, le pregunté qué quería ser y le di la impresión de que solo me interesaban su propia suerte y lo que yo pudiera hacer para ayudarla. Cuando le pedí un sueño, se rio y me contó el siguiente: «Estaba en un bar clandestino. Al salir me encontré con mi madre. Enseguida llegó mi padre, y le pedí a mi madre que me escondiera para que él no me viera». Tenía miedo de su padre y estaba luchando contra él. Él solía castigarla; y como tenía miedo del castigo se veía obligada a mentir. Siempre que oigamos hablar de un caso de mentira, hemos de buscar un padre o una madre severos. Una mentira no tendría sentido si no se sintiera la verdad como peligrosa. Por otra parte, podemos ver que esta muchacha tenía cierta cooperación con su madre. Me contó entonces que alguien la había atraído a un bar clandestino y que había pasado allí los ocho días. Le daba miedo confesarlo por su padre; pero al mismo tiempo su proceder había estado dictado por el deseo de ganarle la partida. Se sentía subyugada por él, y solo podía sentirse vencedora haciéndole daño.

¿Cómo puede ayudarse a las personas que han equivocado el camino hacia la superioridad? No es tan difícil si reconocemos que el afán de superioridad es común a todos los hombres. Podemos entonces ponernos en su lugar y comprender sus luchas. El único error que cometen <!-- p. 69 --> es que sus afanes están en el lado inútil de la vida. Es el afán de superioridad lo que está detrás de toda creación humana, y es la fuente de todas las aportaciones que se hacen a nuestra cultura. Toda la vida humana avanza a lo largo de esta gran línea de acción: de abajo arriba, de menos a más, de la derrota a la victoria. Los únicos individuos que pueden realmente afrontar y dominar los problemas de la vida, sin embargo, son los que muestran en su afán una tendencia a enriquecer a todos los demás, los que avanzan de tal manera que también los demás salen beneficiados. Si nos acercamos a las personas del modo adecuado, no nos resultará difícil convencerlas. Todos los juicios humanos de valor y de éxito se fundan, en último término, en la cooperación; este es el gran lugar común compartido del género humano. Lo único que pedimos a la conducta, a los ideales, a las metas, a las acciones y a los rasgos de carácter es que sirvan a nuestra cooperación humana. Nunca encontraremos a un hombre completamente desprovisto de sentimiento de comunidad. También el neurótico y el criminal conocen este secreto a voces; podemos ver que lo conocen por el empeño que ponen en justificar su estilo de vida o en echar la responsabilidad a otros. Pero han perdido el valor para avanzar por el lado útil de la vida. Un complejo de inferioridad les dice: «El éxito en la cooperación no es para ti». Han dado la espalda a los problemas reales de la vida y se dedican a luchar contra sombras para asegurarse de su fuerza.

En nuestra división humana del trabajo hay sitio para una gran variedad de metas concretas. Quizá, como hemos visto, toda meta implique cierto pequeño grado de error; y siempre podríamos encontrar algo que criticar. A un niño la superioridad le parecerá residir en el saber matemático; a otro, en el arte; a un tercero, en la fuerza física. El niño con una inferioridad digestiva puede llegar a pensar que los <!-- p. 70 --> problemas que se le plantean son principalmente problemas de nutrición. Su interés puede volverse hacia la comida, ya que de este modo concibe que puede mejorar su situación. En consecuencia, puede llegar a ser un cocinero experto o un profesor de dietética. En todas estas metas especiales podemos ver, junto a una compensación real, cierta exclusión de posibilidades, cierto entrenamiento para limitarse a sí mismo. Podemos comprender, por ejemplo, que un filósofo tenga realmente que exiliarse de vez en cuando de la sociedad para pensar y escribir sus libros. Pero el error que ello implica nunca es grande si un alto grado de sentimiento de comunidad va unido a la meta de superioridad. Nuestra cooperación necesita muchas excelencias distintas.

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## IV. Primeros recuerdos

Puesto que la lucha por alcanzar una posición ventajosa es la clave de toda la personalidad, nos la encontraremos en todos los puntos de la vida psíquica del individuo. Reconocer este hecho nos proporciona dos grandes ayudas en nuestra tarea de comprender un estilo de vida individual. En primer lugar, podemos empezar por donde queramos: toda expresión nos llevará en la misma dirección, hacia el único motivo, la única melodía, en torno a la cual está construida la personalidad. En segundo lugar, disponemos de un vasto acopio de material. Cada palabra, pensamiento, sentimiento o gesto contribuye a nuestra comprensión. Cualquier error que pudiéramos cometer al considerar una expresión con demasiada prisa puede comprobarse y corregirse mediante otras mil expresiones. No podemos decidir definitivamente el significado de una expresión hasta que podamos ver su papel en el conjunto; pero todas las expresiones dicen lo mismo, todas nos empujan hacia la solución. Somos como arqueólogos que encuentran fragmentos de loza, herramientas, los muros en ruinas de los edificios, monumentos rotos y hojas de papiro, y a partir de esos fragmentos proceden a inferir la vida de toda una ciudad desaparecida. Pero no tratamos con algo que ha desaparecido, sino con los aspectos interrelacionados de un ser humano, una personalidad viva capaz de ponernos delante continuamente nuevas manifestaciones de su propio sentido.

No es tarea fácil comprender a un ser humano. La psicología individual es quizá la más difícil de <!-- p. 72 --> todas las psicologías de aprender y de practicar. Hemos de atender siempre al conjunto. Hemos de mantenernos escépticos hasta que la clave se haga evidente por sí misma. Hemos de recoger indicios de una multitud de pequeñas señales: de la manera en que un hombre entra en una habitación, de cómo nos saluda y nos da la mano, de cómo sonríe, de cómo camina. En un punto podemos extraviarnos, pero siempre aparecen otros que nos corrigen o nos confirman. El propio tratamiento es un ejercicio de cooperación y una prueba de cooperación. Solo podemos tener éxito si nos interesamos sinceramente por el otro. Hemos de ser capaces de ver con sus ojos y escuchar con sus oídos. Él tiene que aportar su parte a nuestra comprensión común. Hemos de elaborar juntos sus actitudes y sus dificultades. Aunque sintiéramos que lo habíamos comprendido, no tendríamos ningún testimonio de que estábamos en lo cierto a menos que también él lo comprendiera. Una verdad sin tacto nunca puede ser toda la verdad; muestra que nuestra comprensión no era suficiente. Quizá sea de una mala comprensión de este punto de donde otras escuelas han derivado el concepto de «transferencias negativas y positivas», factores que nunca se encuentran en el tratamiento de la psicología individual. Mimar a un paciente acostumbrado a que lo mimen puede ser un modo fácil de ganarse su afecto; pero su deseo de dominio será visible por debajo. Si lo menospreciamos y lo pasamos por alto, podemos fácilmente ganarnos su enemistad: puede interrumpir el tratamiento, o puede continuarlo con la esperanza de justificarse y de hacernos arrepentir. No podremos ayudarlo ni mimándolo ni menospreciándolo: hemos de mostrarle el interés de un hombre hacia un semejante. Ningún interés podría ser más verdadero ni más objetivo. Hemos de cooperar con él para encontrar sus errores, tanto en su propio beneficio como por el bienestar de los demás. Con este objetivo a la <!-- p. 73 --> vista nunca correremos el riesgo de provocar «transferencias», de dárnoslas de autoridades o de ponerlo en una situación de dependencia e irresponsabilidad.

Entre todas las expresiones psíquicas, algunas de las más reveladoras son los recuerdos del individuo. Sus recuerdos son los recordatorios que lleva consigo de sus propios límites y del significado de las circunstancias. No hay «recuerdos casuales»: del incalculable número de impresiones que le llegan a un individuo, elige recordar solo aquellas que siente, por oscuramente que sea, que guardan relación con su situación. Así, sus recuerdos representan su «Historia de mi vida», una historia que se repite a sí mismo para prevenirse o consolarse, para mantenerse concentrado en su meta, para prepararse, mediante experiencias pasadas, a afrontar el futuro con un estilo de acción ya probado. El uso de los recuerdos para estabilizar un estado de ánimo puede verse claramente en la conducta cotidiana. Si un hombre sufre una derrota y queda desalentado por ella, recuerda casos anteriores de derrota. Si está melancólico, todos sus recuerdos son melancólicos. Cuando está alegre y animoso, selecciona recuerdos muy distintos; los incidentes que recuerda son agradables y confirman su optimismo. Del mismo modo, si se siente enfrentado a un problema, evocará recuerdos que le ayuden a preparar el estado de ánimo con que va a afrontarlo. Los recuerdos sirven así en gran medida al mismo propósito que los sueños. Muchos hombres, cuando tienen que tomar decisiones, sueñan con exámenes que aprobaron. Ven su decisión como una prueba e intentan recrear el estado de ánimo en que tuvieron éxito antes. Lo que vale para las variaciones del estado de ánimo dentro de un estilo de vida individual vale también para la estructura y el equilibrio de sus estados de ánimo en general. Un melancólico no podría <!-- p. 74 --> seguir siendo melancólico si recordara sus buenos momentos y sus éxitos. Tiene que decirse: «Toda mi vida he sido desdichado»; y selecciona solo aquellos acontecimientos que puede interpretar como ejemplos de su infeliz destino. Los recuerdos nunca pueden ir en contra del estilo de vida. Si la meta de superioridad de un individuo exige que sienta «Los demás siempre me humillan», elegirá para recordar incidentes que pueda interpretar como humillaciones. En la medida en que su estilo de vida cambie, cambiarán también sus recuerdos: recordará incidentes distintos o dará una interpretación distinta a los incidentes que recuerda.

Los recuerdos tempranos tienen una significación especial. Para empezar, muestran el estilo de vida en sus orígenes y en sus expresiones más simples. Podemos juzgar por ellos si el niño fue mimado o abandonado, hasta qué punto se estaba entrenando para la cooperación con los demás, con quién prefería cooperar, qué problemas se le planteaban y cómo luchó contra ellos. En los recuerdos tempranos de un niño que tuvo dificultades de visión y que se entrenó para mirar con más atención encontraremos impresiones de naturaleza visual. Sus recuerdos empezarán: «Miré a mi alrededor...», o describirá colores y formas. Un niño que tuvo dificultades de movimiento, que quería andar, correr o saltar, mostrará estos intereses en sus recuerdos. Los acontecimientos recordados de la infancia tienen que estar muy cerca del interés principal del individuo, y si conocemos su interés principal conocemos su meta y su estilo de vida. Es este hecho el que da a los recuerdos tempranos tanto valor en la orientación profesional. Podemos descubrir, además, las relaciones del niño con su madre, con su padre y con los demás miembros de la familia.

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Es relativamente indiferente que los recuerdos sean exactos o inexactos; lo más valioso de ellos es que representan el juicio del individuo: «Ya en la infancia yo era tal o cual persona», o «Ya en la infancia encontré el mundo así».

Lo más esclarecedor de todo es la manera en que empieza su historia, el incidente más temprano que puede recordar. El primer recuerdo mostrará la visión fundamental de la vida del individuo, la primera cristalización satisfactoria de su actitud. Nos ofrece la oportunidad de ver de un vistazo qué ha tomado como punto de partida de su desarrollo. Yo nunca investigaría una personalidad sin preguntar por el primer recuerdo. A veces la gente no responde, o asegura que no sabe qué acontecimiento fue el primero; pero esto mismo es revelador. Podemos deducir que no desean hablar de su sentido fundamental y que no están preparados para la cooperación. En general, la gente está perfectamente dispuesta a hablar de sus primeros recuerdos. Los toman como meros hechos y no se dan cuenta del significado que encierran. Casi nadie entiende un primer recuerdo; y la mayoría de las personas son por eso capaces de confesar su propósito en la vida, su relación con los demás y su visión del entorno de manera perfectamente neutral y desenvuelta a través de sus primeros recuerdos. Otro aspecto interesante de los primeros recuerdos es que su concisión y sencillez nos permiten usarlos para investigaciones masivas. Podemos pedir a una clase escolar que escriba sus recuerdos más tempranos y, si sabemos interpretarlos, tendremos una imagen sumamente valiosa de cada niño.

Permítaseme, a modo de ilustración, dar algunos primeros recuerdos e intentar interpretarlos. No sé nada <!-- p. 76 --> más de los individuos que los recuerdos que cuentan; ni siquiera si son niños o adultos. El significado que encontremos en sus primeros recuerdos tendría que comprobarse con otras expresiones de su personalidad; pero podemos usarlos tal como están para nuestro entrenamiento y para afinar nuestra capacidad de adivinar. Sabremos qué podría ser cierto y podremos comparar un recuerdo con otro. En especial, podremos ver si el individuo se entrena hacia la cooperación o en contra de ella, si es animoso o está desalentado, si desea que lo mantengan y lo vigilen o ser autosuficiente e independiente, si está dispuesto a dar o solo ansía recibir.

1\. «Como mi hermana...». Es importante observar qué personas del entorno aparecen en los primeros recuerdos. Cuando aparece una hermana, podemos estar bastante seguros de que el individuo se ha sentido muy influido por ella. La hermana ha proyectado una sombra sobre el desarrollo del otro niño. Por lo general encontramos una rivalidad entre los dos, como si compitieran en una carrera; y podemos comprender que semejante rivalidad añade dificultades al desarrollo. Un niño no puede extender su interés a los demás tan bien cuando está ocupado en una rivalidad como cuando puede cooperar en términos de amistad. No nos precipitaremos en las conclusiones, sin embargo; quizá los dos niños eran buenos amigos.

«Como mi hermana y yo éramos las más pequeñas de la familia, no me dejaron ir a la escuela hasta que ella (la menor) tuvo edad para ir». Ahora la rivalidad se hace evidente. ¡Mi hermana me ha estorbado! Era menor que yo, pero me obligaron a esperarla. Ella redujo mis posibilidades. Si este es realmente el significado del recuerdo, cabría esperar que esta niña o niño sintiera: «El mayor peligro de mi vida <!-- p. 77 --> es que alguien me restrinja y me impida desarrollarme libremente». Probablemente quien escribe es una niña. Parece menos probable que se retuviera a un niño hasta que una hermana menor estuviera lista para ir a la escuela.

«De modo que empezamos el mismo día». No diríamos que esta sea la mejor educación para una niña en su situación. Bien podría darle la impresión de que, por ser la mayor, tiene que quedarse atrás. En todo caso, vemos que esta niña en concreto lo ha interpretado en este sentido. Siente que se la relega en favor de su hermana. Acusará a alguien de esta desatención; y probablemente será a su madre. No nos sorprendería que se inclinara más hacia su padre e intentara convertirse en su favorita.

«Recuerdo claramente que mamá le contaba a todo el mundo lo sola que se había sentido el primer día que fuimos a la escuela. Decía: “Salí corriendo a la verja muchas veces aquella tarde a ver si venían las niñas. Creía que no iban a volver nunca”». He aquí una descripción de la madre, y una descripción que no la muestra comportándose de manera muy inteligente. Es el retrato que la niña hace de su madre. «Creía que no iban a volver nunca»: la madre era evidentemente cariñosa, y las niñas conocían su cariño; pero al mismo tiempo estaba angustiada y tensa. Si pudiéramos hablar con esta niña, podría contarnos más sobre la preferencia de la madre por la hermana menor. Semejante preferencia no nos asombraría, porque el hijo menor es casi siempre mimado. Del conjunto de este primer recuerdo yo concluiría que la mayor de las dos hermanas se sintió estorbada por la rivalidad de la menor. En su vida posterior esperaríamos encontrar señales de celos y de miedo a la competencia. No nos sorprendería que le desagradaran las mujeres más jóvenes que <!-- p. 78 --> ella. Algunas personas se sienten demasiado viejas durante toda su vida, y muchas mujeres celosas se sienten inferiores ante las personas de su propio sexo más jóvenes que ellas.

2\. «Mi recuerdo más temprano es el entierro de mi abuelo, cuando yo tenía tres años». Quien escribe es una niña. Le impresiona profundamente el hecho de la muerte. ¿Qué significa esto? Ha visto la muerte como la mayor inseguridad de la vida, el mayor peligro. De lo que le sucedió en su infancia extrajo la moraleja: «El abuelo puede morir». Probablemente descubriremos que era la favorita de su abuelo y que él la mimaba. Los abuelos casi siempre miman a sus nietos. Tienen menos responsabilidad hacia ellos que los padres, y a menudo desean apegar a los niños a sí mismos y demostrar que todavía pueden ganarse el afecto. Nuestra cultura no les pone nada fácil a los viejos convencerse de su valía, y a veces buscan convencerse por medios fáciles: por ejemplo, quejándose. Aquí nos inclinamos a creer que el abuelo mimó a esta niña cuando era pequeña y que fueron sus mimos lo que lo grabó tan hondo en su memoria. Cuando murió, ella lo sintió como un gran golpe. Le habían arrebatado a un súbdito y aliado.

«Recuerdo tan vivamente haberlo visto en el ataúd, tendido allí tan quieto y tan blanco». No estoy seguro de que sea buen procedimiento dejar que una niña de tres años vea a un muerto. Al menos sería mejor preparar antes a la criatura. Muchos niños me han contado que les había impresionado profundamente ver a alguien que había muerto y que nunca habían podido olvidarlo. Esta niña no lo ha olvidado. Estos niños se esfuerzan por disminuir o vencer el peligro de la muerte. A menudo su ambición es llegar a ser médicos. <!-- p. 79 --> Sienten que un médico está mejor entrenado que los demás para luchar contra la muerte. Si a un médico se le pregunta por su primer recuerdo, a menudo incluirá algún recuerdo de la muerte. «Tendido en el ataúd tan blanco y tan quieto»: un recuerdo de algo visible. Probablemente esta niña es de tipo visual, interesada en mirar el mundo.

«Luego, en la tumba, mientras bajaban el féretro, recuerdo cómo sacaban las correas de debajo de la caja tosca». De nuevo nos cuenta lo que vio, y se confirma nuestra conjetura de que es de tipo visual. «Esta experiencia parece haberme dejado un miedo tembloroso cada vez que se menciona a alguno de mis parientes, amigos o conocidos que han pasado a la otra vida, la del más allá».

De nuevo podemos advertir la gran impresión que le dejó la muerte. Si tuviera ocasión de hablar con ella, le preguntaría: «¿Qué te gustaría ser de mayor?», y quizá respondería: «Médica». Si no respondiera o eludiera la pregunta, yo mismo le sugeriría: «¿No te gustaría ser médica o enfermera?». Cuando menciona «la otra vida, la del más allá», podemos ver un tipo de compensación del miedo a la muerte. Lo que hemos sabido por su recuerdo en conjunto es que su abuelo era cariñoso con ella, que es de tipo visual y que la muerte desempeña un gran papel en su mente. El sentido que ha extraído de la vida es: «Todos tenemos que morir». Esto es indudablemente cierto; pero no encontraremos a todo el mundo con el mismo interés principal. Hay otras cosas que pueden ocupar nuestra atención.

3\. «Cuando yo tenía tres años, mi padre...». Ya al principio aparece su padre. Podemos suponer que esta niña estaba más interesada en su padre que en su madre. El interés por el padre es siempre una segunda fase <!-- p. 80 --> del desarrollo. Al principio el niño está más interesado en la madre, puesto que en el primer año o dos la cooperación con la madre es muy estrecha. El niño necesita a la madre y está apegado a ella; todos los afanes psíquicos del niño están ligados a la madre. Si el niño se vuelve hacia el padre, la madre ha perdido la partida. El niño no está satisfecho con su situación. Esto es por lo general consecuencia del nacimiento de un hermano menor. Si en este recuerdo nos enteramos de que hay un hermano menor, nuestra conjetura quedará confirmada.

«Mi padre nos compró un par de ponis». Hay más de un niño, y nos interesa saber del otro. «Los trajo a casa del ronzal. Mi hermana, que tenía tres años más que yo...». Tenemos que revisar nuestra interpretación. Esperábamos que esta niña fuera la hermana mayor, y resulta ser la menor. Quizá la hermana mayor era la favorita de la madre, y es por esta razón por la que la niña menciona a su padre y el regalo de los dos ponis.

«Mi hermana cogió una correa y llevó triunfalmente su poni calle abajo». He aquí un triunfo para la hermana mayor. «Mi poni, corriendo detrás del otro, iba demasiado deprisa para mí» —¡estas son las consecuencias cuando su hermana toma la delantera!— «y me arrastró de bruces por el barro. Fue un final ignominioso para una experiencia que había esperado gloriosa». La hermana ha vencido, se ha apuntado un tanto. Podemos estar completamente seguros de que esta niña quiere decir: «Si no tengo cuidado, mi hermana mayor siempre ganará. Siempre me derrotan, siempre estoy en el barro. El único modo de estar a salvo es ser la primera». Podemos comprender, también, que la hermana mayor había triunfado ante la madre, y que esta era la razón por la que la hermana menor se volvió hacia su padre.

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«El hecho de que más tarde superara a mi hermana como amazona no ha mitigado lo más mínimo esta decepción». Todas nuestras suposiciones quedan ahora confirmadas. Podemos ver qué carrera había habido entre las dos hermanas. La menor sentía: «Siempre voy detrás, tengo que intentar adelantarme. Tengo que superar a los demás». Este es el tipo que he descrito, tan frecuente entre los segundos hijos o los hijos menores, que siempre tiene ante sí a alguien que le marca el paso y siempre intenta adelantarlo. El recuerdo de esta niña refuerza su actitud. Le dice: «Si alguien va por delante de mí, estoy en peligro. Siempre tengo que ser la primera».

4\. «Mis primeros recuerdos son de cuando mi hermana mayor, que tenía unos dieciocho años cuando yo nací, me llevaba a fiestas y otros actos sociales». Esta niña se recuerda a sí misma como parte de la sociedad; quizá encontremos en este recuerdo un grado de cooperación más alto que en los otros. Su hermana, dieciocho años mayor, había hecho con ella el papel de madre. Era el miembro de la familia que más la mimaba; pero parece haber extendido el interés de la niña hacia los demás de manera muy inteligente.

«Como mi hermana había sido la única niña en una familia de cuatro varones hasta que llegué yo, naturalmente le encantaba lucirme». Esto no suena ni de lejos tan bien como pensábamos. Cuando a un niño se le «luce», puede llegar a interesarse por ser apreciado en lugar de por contribuir. «Por eso me llevaba con ella cuando yo era todavía bastante pequeña. Lo único que recuerdo de aquellas fiestas es que continuamente me instaban a decir algo: “Dile a la señora cómo te llamas”, y cosas así». Un método de educación equivocado; no nos sorprendería descubrir que esta niña <!-- p. 82 --> tartamudeaba o tenía dificultades para hablar. Cuando un niño tartamudea, suele ser porque se mostró un interés excesivo por su manera de hablar. En lugar de comunicarse con los demás con naturalidad y sin tensión, se le enseñó a ser consciente de sí mismo y a buscar aprobación.

«Recuerdo también que yo no decía nada y que, al llegar a casa, me regañaban invariablemente, de modo que llegué a odiar salir y conocer gente». Nuestra interpretación tiene que revisarse por completo. Vemos ahora que el significado de su primer recuerdo es: «Me pusieron en contacto con otras personas, pero me resultó desagradable. Por estas experiencias he odiado esa cooperación desde entonces». Cabría esperar, por tanto, que todavía hoy le desagrade conocer gente. Cabría esperar encontrarla cohibida y consciente de sí misma ante los demás, creyendo que necesita brillar y sintiendo que esa exigencia es demasiado pesada. Se ha entrenado para apartarse de la soltura y la igualdad entre sus semejantes.

5\. «Un gran acontecimiento destaca en mi primera infancia. Cuando yo tenía unos cuatro años, mi bisabuela vino a visitarnos». Hemos visto que una abuela suele mimar a sus nietos; pero cómo los trata una bisabuela todavía no lo sabemos por experiencia. «Mientras estaba de visita, nos hicimos una fotografía de cuatro generaciones». A esta niña le interesa mucho su linaje. Como recuerda con tanta fuerza la visita de su bisabuela y la fotografía que se hizo, probablemente podemos concluir que está muy ligada a su familia. Si estamos en lo cierto, descubriremos que su capacidad de cooperar no va más allá de los límites del círculo familiar.

«Recuerdo claramente que fuimos en coche a otra ciudad y que, al <!-- p. 83 --> llegar al estudio del fotógrafo, me cambiaron el vestido por uno blanco bordado». Quizá también esta niña sea de tipo visual. «Antes de hacer la fotografía de las cuatro generaciones, mi hermano y yo nos hicimos la nuestra». De nuevo encontramos el interés por la familia. Su hermano forma parte de la familia y probablemente oiremos más sobre sus relaciones con él. «A él lo pusieron en el brazo de un sillón a mi lado y le dieron una pelota de color rojo vivo para que la sostuviera». También aquí recuerda cosas visibles. «Yo estaba de pie junto al sillón y no me dieron nada que sostener». Ahora vemos el afán principal de esta niña. Se dice a sí misma que prefieren a su hermano. Podríamos adivinar que le resultó desagradable que llegara su hermano menor y le quitara la posición de ser la más pequeña y la más mimada. «Nos dijeron que sonriéramos». Quiere decir: «Intentaban que sonriera, pero ¿de qué iba a sonreír yo? A mi hermano lo pusieron en un trono y le dieron una pelota de color rojo vivo; pero ¿qué me dieron a mí?». «Luego vino la fotografía de las cuatro generaciones. Todos intentaban salir lo mejor posible menos yo. Yo no quería sonreír». Se muestra agresiva con su familia porque su familia no es lo bastante buena con ella. En este primer recuerdo no ha olvidado informarnos de cómo la trataba su familia. «Mi hermano sonreía de maravilla cuando le pedían que sonriera. Era tan mono... Hasta el día de hoy detesto que me hagan fotografías». Recuerdos así nos dan una buena idea de la manera en que la mayoría de nosotros afrontamos la vida. Tomamos una impresión y la usamos para justificar toda una serie de acciones. Extraemos consecuencias de ella y actuamos como si las consecuencias fueran hechos evidentes. Está bastante claro que lo pasó mal cuando se hizo esta fotografía. Todavía detesta que le hagan fotografías. Por lo general encontraremos que quien detesta algo <!-- p. 84 --> tanto como esto elige una razón para su aversión, selecciona algo de sus experiencias para que cargue con todo el peso de justificarla. Este primer recuerdo nos ha dado dos pistas principales sobre la personalidad de quien escribe. En primer lugar, es de tipo visual; en segundo lugar, y aún más importante, está atada a su familia. Toda la acción de su primer recuerdo se sitúa dentro del círculo familiar. Probablemente no está bien adaptada a la vida social.

6\. «Uno de mis primeros recuerdos, si no el primero, es un incidente que ocurrió cuando yo tenía unos tres años y medio. Una muchacha que trabajaba para mis padres nos había bajado a mi primo y a mí a la bodega y nos había dado a probar sidra. Nos gustó mucho». Es una experiencia interesante descubrir que tenemos bodegas con sidra. Era un viaje de exploración. Si tuviéramos que sacar ya nuestras conclusiones, podríamos adivinar una de dos cosas. Quizá a esta niña le gusta encontrarse con circunstancias nuevas y es animosa en su acercamiento a la vida. Quizá, por otra parte, quiere decir que hay personas de voluntad más fuerte que pueden seducirnos y descarriarnos. El resto del recuerdo nos ayudará a decidir. «Un poco más tarde decidimos que nos gustaría probarla otra vez, así que nos servimos nosotros mismos». Es una niña animosa. Quiere ser independiente. «Al cabo de un rato las piernas me fallaron en su capacidad de locomoción, y la bodega estaba bastante húmeda, porque habíamos dejado que toda la sidra se derramara por el suelo». ¡Aquí vemos nacer a una partidaria de la ley seca!

«No sé si este incidente tiene algo que ver con mi aversión a la sidra y a otras bebidas alcohólicas». Una vez más, un pequeño incidente se convierte en la razón de toda una actitud ante la vida. Si lo consideramos con sentido común, no vemos que el incidente tuviera peso <!-- p. 85 --> suficiente para llevar a semejante conclusión. Esta muchacha, sin embargo, lo ha tomado en secreto como razón suficiente para detestar las bebidas alcohólicas. Probablemente descubriremos que era una persona que sabía aprender de sus errores. Probablemente es de verdad independiente y le gusta mejorar si está equivocada. Este rasgo puede caracterizar toda su vida. Es como si dijera: «Cometo errores, pero cuando veo que son errores los corrijo». Si es así, será un tipo muy bueno: activa, animosa en su afán, mejorando su situación y buscando siempre la mejor manera de vivir.

En todos estos ejemplos no hacemos más que entrenarnos en el arte de adivinar; y antes de poder estar seguros de que nuestras conclusiones son acertadas necesitaríamos ver las muchas otras expresiones de la personalidad. Tomemos ahora algunos casos de la práctica, en los que podía verse la coherencia de la personalidad en todas sus expresiones.

Un hombre de treinta y cinco años vino a verme porque padecía una neurosis de angustia. Sentía angustia solo cuando estaba fuera de casa. De vez en cuando se veía obligado a buscar un empleo; pero, en cuanto lo ponían en una oficina, se lamentaba y lloraba todo el día, y solo paraba cuando volvía por la noche y se sentaba en casa con su madre. Cuando se le pidió su primer recuerdo, dijo: «Recuerdo que a los cuatro años estaba sentado en casa junto a la ventana, mirando a la calle, y me interesaba ver a la gente que trabajaba allí». Quiere ver trabajar a los demás; él solo quiere estar sentado junto a la ventana y mirarlos. Si hemos de cambiar su estado, solo podemos hacerlo liberándolo de la creencia de que no puede cooperar en el trabajo de los demás. Hasta ahora ha pensado que el único modo de vivir <!-- p. 86 --> era que lo mantuvieran otros. Hemos de cambiar toda su perspectiva. No conseguiremos nada reprochándole. No podemos convencerlo con medicinas ni con extractos de glándulas. Su primer recuerdo, sin embargo, nos facilita sugerirle un trabajo que le interese. Su interés principal está en mirar. Descubrimos que ha padecido miopía y que, por esta desventaja, prestaba más atención a las cosas visibles. Cuando empezó a afrontar el problema de la ocupación, quería seguir mirando, no trabajar; pero ambas cosas no son necesariamente contradictorias. Cuando se curó, encontró una ocupación que seguía la línea de este interés principal. Abrió una tienda de arte, y de este modo pudo contribuir en su propia medida a nuestra división del trabajo.

Un hombre de treinta y dos años vino a tratarse porque padecía afasia histérica. No podía hablar más que en un susurro. Este estado duraba ya dos años. Empezó cuando un día resbaló con una piel de plátano y cayó contra la ventanilla de un taxi. Vomitó durante dos días y después tuvo migraña. Sin duda sufrió una conmoción cerebral; pero, como no había cambios orgánicos en la garganta, la conmoción no basta para explicar por qué no puede hablar. Durante ocho semanas estuvo completamente sin habla. Su accidente es ahora un asunto judicial, pero el caso no está cerrado. Atribuye el accidente por completo al taxista y ha demandado a la compañía para obtener una indemnización. Podemos comprender que su situación en el pleito es mucho mejor si puede demostrar alguna incapacidad. No hace falta decir que sea un deshonesto; pero no tiene ningún gran estímulo para hablar en voz alta. Quizá de verdad le costó hablar tras el choque del accidente y no ha visto razón para cambiar.

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El paciente había visto a un especialista de garganta, pero el especialista no encontró nada anormal. Cuando se le pide su primer recuerdo, nos cuenta: «Estaba colgado en la cuna, tumbado de espaldas. Recuerdo que vi cómo se soltaba el gancho. La cuna se cayó y me hice mucho daño». A nadie le gusta caerse, pero este hombre da una importancia excesiva a las caídas. Se concentra en los peligros de caerse. Es su interés principal. «La puerta se abrió cuando me caí y entró mi madre, horrorizada». Con su caída había conseguido la atención de su madre; pero el recuerdo es también un reproche: «No me cuidaba lo bastante». Del mismo modo, la culpa la tenían el taxista y la compañía propietaria del taxi. Ninguno de ellos lo cuidó lo suficiente. Este es el estilo de vida de un niño mimado: intenta hacer responsables a los demás. Su recuerdo siguiente cuenta la misma historia: «A los cinco años me caí desde veinte pies con una tabla pesada encima. Durante cinco minutos o más no pude hablar». Este hombre es muy hábil en perder el habla. Está entrenado para ello y hace de las caídas una razón para negarse a hablar. Nosotros no podemos verlo como una razón; pero él parece verlo así. Tiene experiencia en este método, y ahora, si se cae, se sigue automáticamente que no puede hablar. Puede curarse si comprende que esto es un error: que no hay relación entre caerse y perder el habla; especialmente si ve que después de un accidente no necesita andar susurrando durante dos años. En este recuerdo, sin embargo, nos muestra por qué le resulta difícil comprenderlo. «Mi madre salió», continúa, «y parecía muy alterada». En ambas ocasiones su caída horrorizó a su madre y atrajo hacia él su atención. Era un niño que quería ser mimado, ser el centro de atención. Podemos comprender que quiera que le paguen sus desgracias. <!-- p. 88 --> Otros niños mimados podrían hacer lo mismo si les sucedieran los mismos accidentes. Probablemente, sin embargo, no darían con el recurso de tener un defecto del habla. Esta es la marca de fábrica de nuestro paciente; forma parte del estilo de vida que ha construido a partir de sus experiencias.

Un hombre de veintiséis años vino a verme quejándose de que no conseguía encontrar una ocupación satisfactoria. Ocho años antes su padre lo había colocado en el negocio de la correduría; pero nunca le había gustado, y hacía poco que lo había dejado. Había intentado encontrar otro trabajo, pero sin éxito. Se quejaba también de insomnio, y había tenido frecuentes pensamientos de suicidio. Cuando abandonó su trabajo en la correduría, se escapó de casa y encontró un empleo en otra ciudad; pero una carta le trajo la noticia de que su madre estaba enferma, y volvió a vivir con la familia.

Por esta historia ya podríamos sospechar que su madre lo había mimado y que su padre había intentado ejercer autoridad sobre él. Probablemente descubriríamos que su vida era una rebelión contra la severidad de su padre. Cuando se le preguntó por su posición en la familia, respondió que era el hijo menor y el único varón. Tenía dos hermanas: la mayor siempre intentaba mandarle, y la menor no era muy distinta. Su padre lo regañaba continuamente, y él sentía muy hondo que toda la familia lo dominaba. Su madre era su única amiga.

Fue a la escuela hasta los catorce años. Después su padre lo envió a una escuela de agricultura, para que pudiera ayudarle en una granja que pensaba comprar. El muchacho se las arregló bastante bien en la escuela, pero decidió que no quería ser granjero. Fue <!-- p. 89 --> su padre quien le consiguió el puesto en la casa de corretaje. Es bastante sorprendente que aguantara el trabajo durante ocho años; pero da como razón que quería hacer todo lo posible por su madre.

De niño era desordenado y tímido, tenía miedo a la oscuridad y a quedarse solo. Cuando oímos hablar de un niño desordenado, debemos buscar siempre a alguien que ordena por él. Cuando oímos hablar de un niño que tiene miedo a la oscuridad y no le gusta quedarse solo, debemos buscar siempre a alguien cuya atención pueda atraer y que lo consuele. En el caso de este joven, era su madre. No le había resultado fácil hacer amigos, pero se sentía bastante sociable entre desconocidos. Nunca había estado enamorado; no le interesaba el amor ni deseaba casarse nunca. Consideraba desdichado el matrimonio de sus padres; y esto nos ayuda a comprender por qué excluía el matrimonio para sí.

Su padre todavía le presiona para que siga en la correduría. A él le gustaría dedicarse a la publicidad, pero está convencido de que su familia no le daría el dinero para prepararse para esa carrera. En cada punto podemos ver que el propósito de sus actos es enfrentarse a su padre. Mientras estuvo en la casa de corretaje no se le ocurrió, aunque se mantenía a sí mismo, emplear su dinero en aprender publicidad. Solo lo piensa ahora, como nueva exigencia a su padre.

Su primer recuerdo revela claramente la protesta de un niño mimado contra un padre severo. Recuerda cómo trabajaba en el restaurante de su padre. Le gustaba limpiar los platos y cambiarlos de una mesa a otra. La manera en que los revolvía enfadó a su padre, que le dio una bofetada delante de los clientes. Usa esta experiencia temprana <!-- p. 90 --> como prueba de que su padre es un enemigo, y toda su vida ha sido una lucha contra él. Todavía no tiene un verdadero deseo de trabajar. Quedaría completamente satisfecho si pudiera hacer daño a su padre.

Sus ideas de suicidio son fáciles de explicar. Todo suicidio es un reproche; y al pensar en el suicidio está diciendo: «Mi padre tiene la culpa de todo». Su insatisfacción en la ocupación va dirigida también contra su padre. Todo plan que el padre propone, el hijo lo rechaza; pero es un niño mimado y no puede ser independiente en su carrera. No desea realmente trabajar; desea jugar; pero conserva todavía cierta cooperación con su madre. Pero ¿cómo ayuda su lucha con su padre a explicar su insomnio?

Si no duerme, al día siguiente está mal preparado para trabajar. Su padre está esperando que trabaje, pero el muchacho está cansado e incapaz de trabajar. Por supuesto, podría decir: «No quiero trabajar, y no me van a obligar». Pero ahí están su preocupación por su madre y la mala situación económica de la familia. Si simplemente se niega a trabajar, su familia pensará que no tiene remedio y se negará a mantenerlo. Necesita una coartada; y esta la obtiene mediante una desgracia aparentemente no buscada: el insomnio.

Al principio dice que nunca sueña; pero más tarde recuerda un sueño que se repite a menudo. Sueña que alguien lanza una pelota contra la pared y que la pelota siempre rebota lejos. Parece un sueño trivial. ¿Podemos encontrar una relación entre el sueño y su estilo de vida? Le preguntamos: «¿Qué pasaba entonces? ¿Qué sentías cuando la pelota rebotaba lejos?». Nos dice: «Siempre que rebota, me despierto». Ahora ha revelado toda la estructura de su insomnio. Usa el sueño <!-- p. 91 --> como despertador. Se imagina que todo el mundo quiere empujarlo hacia delante, azuzarlo y obligarlo a hacer cosas que no desea hacer. Sueña que alguien lanza una pelota contra la pared. En ese punto siempre se despierta. En consecuencia, al día siguiente está cansado; y cuando está cansado no puede trabajar. Su padre tiene mucho interés en que trabaje; y así, por este método indirecto, ha derrotado a su padre. Si miráramos solo su lucha con su padre, lo consideraríamos muy inteligente por haber descubierto semejantes armas. Su estilo de vida, sin embargo, no es muy satisfactorio ni para él ni para los demás, y hemos de ayudarlo a cambiarlo.

Cuando le explico su sueño, deja de soñarlo; pero me dice que todavía se despierta a veces por la noche. Ya no tiene valor para seguir con su sueño, porque ve que su propósito puede descubrirse; pero sigue cansándose para el día siguiente. ¿Qué podemos hacer para ayudarlo? El único camino posible sería reconciliarlo con su padre. Mientras todo su interés vaya a irritar y derrotar a su padre, nada saldrá bien. Empiezo, como debemos empezar siempre, admitiendo que la actitud del paciente tiene justificación. «Su padre parece estar completamente equivocado», le digo. «Es muy poco sensato por su parte intentar usar su autoridad y estar mandándole todo el tiempo. Quizá esté enfermo y debiera tratarse. Pero ¿qué puede hacer usted? No puede esperar cambiarlo. Supongamos que llueve: ¿qué puede hacer? Puede coger un paraguas o un taxi; pero no sirve de nada intentar luchar contra la lluvia o dominarla. Ahora mismo está usted pasando el tiempo luchando contra la lluvia. Cree que eso es fuerza. Cree que le está ganando la partida. Pero sus victorias le hacen daño a usted más que a nadie». Le muestro la coherencia <!-- p. 92 --> de todas sus expresiones —su incertidumbre sobre su carrera, sus pensamientos de suicidio, su huida de casa, su insomnio— y le muestro cómo en todas ellas se castiga a sí mismo para castigar a su padre.

Le doy también un consejo: «Cuando se vaya a dormir esta noche, imagínese que quiere despertarse de vez en cuando para estar cansado mañana. Imagínese que mañana está demasiado cansado para ir a trabajar y que su padre estalla en un ataque de cólera». Quiero que afronte la verdad. Su interés principal es molestar y hacer daño a su padre. Mientras no consigamos detener esta lucha, el tratamiento será inútil. Es un niño mimado. Todos podemos verlo; y ahora él también puede verlo.

La situación se parece mucho al llamado complejo de Edipo. Este joven se ocupa en perjudicar a su padre y está muy apegado a su madre. No se trata, sin embargo, de una cuestión sexual. Su madre lo ha mimado y su padre ha sido poco comprensivo. Ha sufrido un entrenamiento equivocado y una interpretación equivocada de su posición. La herencia no desempeña ningún papel en su trastorno. No lo ha heredado como un instinto de unos salvajes que mataban y devoraban al jefe de la tribu. Lo ha creado él mismo a partir de sus propias experiencias. Actitudes como esta podrían provocarse de nuevo en cualquier niño. Basta con darle al niño una madre que lo mime, como hizo esta madre, y un padre duro, como lo era este padre. Si el niño se rebela contra su padre y no logra avanzar con independencia en la solución de los problemas que tiene delante, podemos comprender lo fácil que le resultó adoptar semejante estilo de vida.

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## V. Los sueños

Casi todos los seres humanos sueñan, pero los que entienden sus sueños son muy pocos. Este estado de cosas bien podría parecer asombroso. He aquí una actividad general de la mente humana. Los hombres siempre se han interesado por los sueños y siempre se han preguntado, perplejos, qué significaban. Muchas personas sienten que sus sueños tienen una significación profunda: los sienten como extraños y trascendentales. Podemos encontrar este interés expresado desde las épocas más remotas de la humanidad. Y, sin embargo, en conjunto, los hombres siguen sin tener idea de lo que hacen cuando sueñan, ni de por qué sueñan. Que yo sepa, solo hay dos teorías de la interpretación de los sueños que pretendan ser globales y científicas. Las dos escuelas que afirman entender e interpretar los sueños son la escuela freudiana del psicoanálisis y la escuela de la psicología individual. De las dos, quizá solo los psicólogos individuales afirmarían que su explicación concuerda por completo con el sentido común.

Los intentos anteriores de entender los sueños no eran, por supuesto, científicos, pero merecen consideración. Al menos nos revelarán cómo han considerado los hombres sus sueños, cuál ha sido su actitud ante el soñar. Puesto que los sueños forman parte de la actividad creadora de la mente, si averiguamos qué han esperado los hombres de los sueños estaremos muy cerca de ver el propósito de los sueños. Ya al <!-- p. 94 --> comienzo de nuestra investigación nos encontramos con un hecho llamativo. Parece haberse dado siempre por supuesto que los sueños tenían alguna relación con el futuro. La gente sentía a menudo que en los sueños algún espíritu superior, algún dios o antepasado, se apoderaba de su mente y la influía. Usaban sus sueños para obtener orientación cuando se encontraban en dificultades. Los antiguos libros de sueños se ofrecían a explicar lo que un sueño significaba para la suerte futura del hombre que lo había soñado. Los pueblos primitivos buscaban presagios y profecías en sus sueños. Los griegos y los egipcios acudían a sus templos con la esperanza de obtener un sueño sagrado que influyera en su vida futura. Tales sueños se consideraban curativos, capaces de eliminar dificultades físicas o mentales. Los indios americanos, mediante purificaciones, ayunos y baños de sudor, se tomaban grandes molestias para inducir sueños, y basaban su conducta en la interpretación que les daban. En el Antiguo Testamento los sueños se interpretan siempre como reveladores de algo de los acontecimientos futuros. Aún hoy hay individuos que insisten en que han tenido sueños que luego se cumplieron. Creen que en los sueños son clarividentes y que el sueño, de un modo u otro, puede adelantarse al futuro y profetizar lo que va a ocurrir.

Desde un punto de vista científico, tales opiniones nos parecen ridículas. Desde que intenté por primera vez resolver el problema de los sueños, me pareció claro que un hombre que sueña está en peor situación para predecir el futuro que un hombre despierto y en posesión más completa de sus facultades. Me pareció claro que los sueños resultarían ser, no más inteligentes y proféticos que el pensamiento cotidiano, sino más confusos y confusores. Pero hemos de tomar nota de esta tradición de la humanidad según la cual los sueños están <!-- p. 95 --> de algún modo relacionados con el futuro; y quizá descubramos que, en cierto sentido, no es del todo falsa. Si la miramos en su verdadera perspectiva, puede proporcionarnos precisamente la clave que faltaba. Podemos ver ya que los hombres han considerado que los sueños ofrecían una solución a sus problemas. Podemos concluir que el propósito del individuo al soñar es buscar orientación para el futuro, buscar una solución a sus problemas. Esto está muy lejos de comprometernos con una visión profética de los sueños. Nos queda por considerar qué clase de solución busca y de dónde espera obtenerla. Sigue pareciendo evidente que cualquier solución ofrecida por un sueño sería peor que una solución alcanzada mediante un pensamiento de sentido común, con toda la situación delante. De hecho, no es exagerado decir que al soñar el individuo espera resolver sus problemas mientras duerme.

En la concepción freudiana encontramos un verdadero esfuerzo por tratar el sueño como algo que tiene un significado que puede entenderse científicamente. En varios puntos, sin embargo, la interpretación freudiana ha sacado el sueño del terreno de la ciencia. Supone, por ejemplo, un abismo entre el trabajo de la mente durante el día y su trabajo durante la noche. «Consciente» e «inconsciente» se sitúan en contradicción el uno con el otro, y al sueño se le dan leyes especiales propias, contradictorias con las leyes del pensamiento cotidiano. Dondequiera que veamos tales contradicciones, hemos de concluir que hay una actitud mental no científica. En el pensamiento de los pueblos primitivos y de los filósofos antiguos encontramos siempre este deseo de poner los conceptos en fuerte antítesis, de tratarlos como contradicciones. La actitud antitética puede ilustrarse con toda claridad en los neuróticos. A menudo la gente cree que izquierda y derecha son contradicciones, que hombre y <!-- p. 96 --> mujer, caliente y frío, ligero y pesado, fuerte y débil son contradicciones. Desde un punto de vista científico no son contradicciones, sino variedades. Son grados de una escala, ordenados según su aproximación a alguna ficción ideal. Del mismo modo, bueno y malo, normal y anormal, no son contradicciones, sino variedades. Cualquier teoría que trate el sueño y la vigilia, los pensamientos del sueño y los pensamientos diurnos, como contradicciones está condenada a no ser científica.

Otro punto problemático de la concepción freudiana original es que los sueños se remitían a un fondo sexual. También esto los separaba de los afanes y actividades ordinarios de los hombres. Si fuera cierto, los sueños tendrían un significado como expresión no de la personalidad entera, sino solo de una parte de ella. Los propios freudianos encontraron insuficiente una interpretación sexual de los sueños, y Freud sugirió que podíamos ver también en los sueños la expresión de un deseo inconsciente de morir. Quizá podamos encontrar un sentido en que esto sea verdad. Los sueños, como hemos observado, son un intento de alcanzar una solución fácil para los problemas, y revelan la falta de valor del individuo. El término freudiano, sin embargo, es sumamente metafórico, y no nos acerca en nada a descubrir cómo se refleja en los sueños la personalidad entera. Una vez más, la vida onírica parece rigurosamente separada de la vida diurna. En los intentos freudianos se nos dan muchas indicaciones interesantes y valiosas. Especialmente útil es, por ejemplo, la indicación de que lo importante no es el sueño mismo, sino los pensamientos subyacentes al sueño. En la psicología individual llegamos a una conclusión en parte semejante. Lo que le falta al psicoanálisis es el primerísimo requisito de una ciencia de la psicología: el reconocimiento de la coherencia de la <!-- p. 97 --> personalidad y de la unidad del individuo en todas sus expresiones.[^t5-1]

Esta carencia puede observarse en la respuesta freudiana a la pregunta crucial de la interpretación de los sueños: «¿Cuál es el propósito de los sueños? ¿Para qué soñamos?». El psicoanalista responde: «Para satisfacer los deseos insatisfechos del individuo». Pero esta opinión no lo explicaría todo, ni mucho menos. ¿Dónde está la satisfacción si el sueño se pierde, si el individuo lo olvida o no puede entenderlo? Toda la humanidad sueña y casi nadie entiende sus sueños. ¿Qué placer podemos obtener de soñar? Si la vida onírica está separada de la vida diurna y la satisfacción que da un sueño tiene lugar en una vida propia, quizá podamos entender el propósito de los sueños para el soñador. Pero entonces hemos perdido la coherencia de la personalidad. Los sueños ya no tienen ningún propósito para el hombre despierto. Desde un punto de vista científico, el soñador y el hombre despierto son el mismo individuo, y el propósito de los sueños tiene que ser aplicable a esta única personalidad coherente. Es verdad que en un tipo de ser humano podríamos relacionar el afán de realización de deseos en los sueños con la personalidad entera. Este tipo es el niño mimado, el individuo que siempre está preguntando: «¿Cómo puedo obtener gratificación? ¿Qué me ofrece la vida?». Un individuo así podría buscar gratificación en sus sueños, igual que en todas sus demás expresiones. Y, de hecho, si miramos con atención descubriremos que la teoría freudiana es la psicología coherente del niño mimado, que siente que sus instintos nunca deben ser negados, que considera injusto que existan otras personas, que siempre pregunta: «¿Por qué he de amar a mi prójimo? ¿Me ama mi prójimo a mí?». El psicoanálisis parte de las <!-- p. 98 --> premisas de un niño mimado y desarrolla estas premisas con el detalle más minucioso. Pero el afán de gratificación es solo una del millón de variedades del afán de superioridad; y no podemos tomarlo como el motivo central de todas las expresiones de la personalidad. Si descubrimos realmente el propósito de los sueños, además, ello tiene que ayudarnos también a ver para qué sirve olvidar los sueños o no entenderlos.

Este era el problema más arduo que tenía ante mí cuando empecé, hace cosa de un cuarto de siglo, a intentar encontrar el significado de los sueños. Podía ver que el sueño no es una contradicción de la vida despierta; tiene que estar siempre en la misma línea que los demás movimientos y expresiones de la vida. Si durante el día estamos ocupados en el afán hacia la meta de superioridad, tenemos que estar ocupados en el mismo problema por la noche. Todo el mundo tiene que soñar como si tuviera una tarea que cumplir al soñar, como si tuviera que afanarse por la superioridad también en sus sueños. El sueño tiene que ser un producto del estilo de vida, y tiene que ayudar a construir y reforzar el estilo de vida.

Una consideración ayuda de inmediato a aclarar el propósito de los sueños. Soñamos, y por la mañana generalmente olvidamos nuestros sueños. No queda nada. Pero ¿es esto cierto? ¿No queda nada en absoluto? Algo permanece: nos quedan los sentimientos que han despertado nuestros sueños. Ninguna de las imágenes persiste; no queda ninguna comprensión del sueño; solo los sentimientos que permanecen detrás. El propósito de los sueños tiene que estar en los sentimientos que despiertan. El sueño es solo el medio, el instrumento, para suscitar sentimientos. La meta del sueño son los sentimientos que deja tras de sí.

Los sentimientos que un individuo crea tienen que estar siempre en conformidad con su estilo de vida. La diferencia entre <!-- p. 99 --> el pensamiento del sueño y el pensamiento diurno no es absoluta; no hay una división rígida entre ambos. Por decir la diferencia en pocas palabras, al soñar se excluyen más relaciones con la realidad. No hay ruptura con la realidad. Cuando dormimos seguimos en contacto con la realidad. Si nos inquietan los problemas, también nuestro sueño se inquieta. El hecho de que, mientras dormimos, podamos hacer los ajustes que nos impiden caernos de la cama muestra que las conexiones con la realidad siguen presentes. Una madre puede dormir a pesar de los ruidos más fuertes de la calle y despertarse, sin embargo, al menor movimiento de su hijo. Incluso dormidos seguimos en contacto con el mundo exterior. En el sueño, sin embargo, las percepciones sensoriales, aunque no estén ausentes, disminuyen, y nuestro contacto con la realidad se atenúa. Cuando soñamos estamos solos. Las exigencias de la sociedad no están tan apremiantemente presentes. En el pensamiento del sueño no se nos estimula a tener en cuenta con tanta honradez la situación que nos rodea.

Nuestro sueño solo puede ser tranquilo si estamos libres de tensión y seguros de la solución de nuestros problemas. Una de las perturbaciones del sueño sereno y tranquilo es el soñar. Podemos concluir que solo soñamos si no estamos seguros de la solución de nuestros problemas, solo si la realidad nos acosa incluso mientras dormimos y nos plantea dificultades. Esta es la tarea del sueño: afrontar las dificultades que se nos plantean y proporcionar una solución. Ahora podemos empezar a ver de qué modo nuestra mente atacará los problemas mientras dormimos. Como no estamos tratando con la situación entera, los problemas parecerán más fáciles, y la solución ofrecida exigirá la menor adaptación posible por nuestra parte. El propósito del sueño será apoyar y respaldar el estilo de vida, despertar los sentimientos adecuados a él. Pero ¿por qué necesita apoyo el estilo de vida? ¿Qué <!-- p. 100 --> puede atacarlo? Solo puede atacarlo la realidad y el sentido común. El propósito de los sueños, por tanto, es apoyar el estilo de vida contra las exigencias del sentido común. Esto nos da una idea interesante. Si un individuo se enfrenta a un problema que no desea resolver según las líneas del sentido común, puede confirmar su actitud mediante los sentimientos que se despiertan en sus sueños.

Al principio esto puede parecer una contradicción con nuestra vida despierta; pero no hay contradicción. Podemos suscitar sentimientos exactamente del mismo modo cuando estamos despiertos. Si alguien encuentra una dificultad y desea no afrontarla usando su sentido común, sino continuar con su viejo estilo de vida, hará todo lo posible por justificar su estilo de vida y hacer que parezca suficiente. Su meta, por ejemplo, es conseguir dinero de manera fácil, sin luchar ni trabajar por él, sin aportar nada a los demás. Se le ocurre el juego como posibilidad. Sabe que muchas personas han perdido su dinero y sufrido la ruina por el juego; pero desea pasarlo bien, desea enriquecerse de manera fácil. ¿Qué hará? Llena su mente de pensamientos sobre las ventajas del dinero. Se imagina ganando dinero con la especulación, comprándose un coche, viviendo en el lujo, conocido entre sus semejantes como un hombre rico. Con estas imágenes suscita sentimientos que lo empujan hacia delante. Da la espalda al sentido común y empieza a jugar. Lo mismo sucede en circunstancias más corrientes. Si estamos trabajando y alguien nos habla de una obra de teatro que ha visto y le ha gustado, empezamos a tener ganas de dejar el trabajo e ir al teatro. Si un hombre está enamorado, se imagina el futuro; y si de verdad se siente atraído, se imaginará el futuro como algo agradable. A veces, si se siente pesimista, <!-- p. 101 --> tendrá imágenes sombrías del futuro, pero en todo caso estará suscitando sus sentimientos, y siempre podemos saber qué clase de hombre es observando el tipo de sentimientos que despierta.

Pero si de un sueño no queda más que sentimientos, ¿qué ha sido del sentido común? El soñar es el adversario del sentido común. Probablemente descubriremos que las personas a las que no les gusta dejarse engañar por sus sentimientos, que prefieren proceder de manera científica, no sueñan a menudo o no sueñan en absoluto. Otras, que están más alejadas del sentido común, no quieren resolver sus problemas por medios normales y útiles. El sentido común es un aspecto de la cooperación; y a las personas mal entrenadas para la cooperación les desagrada el sentido común. Estas personas tienen sueños muy frecuentes. Ansían que su estilo de vida triunfe y quede justificado; desean evitar el desafío de la realidad. Hemos de llegar a la conclusión de que los sueños son un intento de tender un puente entre el estilo de vida de un individuo y sus problemas presentes sin imponer nuevas exigencias al estilo de vida. El estilo de vida es el amo de los sueños. Despertará siempre los sentimientos que el individuo necesita. No podemos encontrar nada en un sueño que no encontremos en todos los demás síntomas y rasgos del individuo. Abordaríamos los problemas del mismo modo soñáramos o no; pero el sueño ofrece un apoyo y una justificación al estilo de vida.

Si esto es cierto, llegamos a un paso nuevo y muy importante en la comprensión de los sueños. En los sueños nos engañamos a nosotros mismos. Todo sueño es una autointoxicación, una autohipnosis. Todo su propósito es excitar el estado de ánimo en que estamos preparados para afrontar la situación. Deberíamos ser capaces <!-- p. 102 --> de ver en él exactamente la misma personalidad que encontramos en la vida cotidiana; pero deberíamos verla, por así decirlo, en el taller de la mente, preparando los sentimientos que utilizará durante el día. Si estamos en lo cierto, podremos ver el autoengaño incluso en la construcción de un sueño, en los medios que emplea.

¿Qué encontramos? En primer lugar, una cierta elección de imágenes, incidentes y sucesos. Ya hemos mencionado antes estas selecciones. Cuando un individuo vuelve la vista a su pasado, compone una antología de imágenes e incidentes. Hemos visto que su selección es tendenciosa: que elige de la memoria solo aquellos incidentes que apoyan su meta personal de superioridad. Es su meta la que gobierna su memoria. Del mismo modo, en la construcción de un sueño escogemos solo aquellos incidentes que concuerdan con nuestro estilo de vida y expresan lo que el estilo de vida exige cuando se enfrenta a nuestros problemas presentes. El significado de la selección no puede ser otro que el significado del estilo de vida en relación con las dificultades en que nos encontramos. En un sueño, el estilo de vida exige salirse con la suya. Afrontar las dificultades de manera realista exigiría sentido común, pero el estilo de vida se niega a ceder.

¿De qué otros medios se vale un sueño? Desde los tiempos más antiguos se ha observado, y en nuestros días Freud lo ha subrayado especialmente, que los sueños se construyen principalmente con metáforas y símbolos. Como dice un psicólogo: «En nuestros sueños somos poetas». Ahora bien, ¿por qué un sueño no habla en un lenguaje sencillo y directo en lugar de hacerlo en poesía y metáforas? Si hablamos con claridad, sin metáforas ni símbolos, no podemos escapar del sentido común. Las metáforas y los símbolos pueden usarse abusivamente. Pueden <!-- p. 103 --> combinar significados distintos; pueden decir dos cosas a la vez, una de las cuales quizá sea completamente falsa. Pueden extraerse de ellos consecuencias ilógicas. Pueden emplearse para suscitar sentimientos. Lo encontramos, una vez más, en la vida cotidiana. Queremos corregir a alguien y le decimos: «¡No seas niño!». Preguntamos: «¿Por qué lloras? ¿Eres una mujer?». Algo improcedente, algo dirigido meramente a los sentimientos, se cuela siempre cuando usamos metáforas. Quizá un hombre corpulento está enfadado con un hombre pequeño y dice: «Es un gusano. Habría que pisarlo». Con su metáfora se facilita sostener su ira.

Las metáforas son maravillosos instrumentos del lenguaje; pero con ellas siempre podemos engañarnos. Cuando Homero describe el ejército de los griegos invadiendo los campos como leones, nos da una imagen magnífica. ¿Creemos que quería decir realmente cómo se arrastraban por los campos aquellos pobres soldados sucios? No; quería que pensáramos en ellos como leones. Sabemos que no son realmente leones; pero si el poeta hubiera descrito cómo jadeaban y sudaban los soldados, cómo se detenían para cobrar ánimo o evitar el peligro, lo vieja que era su armadura y mil detalles semejantes, no nos impresionaría tanto. Las metáforas se usan por la belleza, por la imaginación y la fantasía. Hemos de insistir, sin embargo, en que el uso de metáforas y símbolos es siempre peligroso en manos de un individuo que tiene un estilo de vida equivocado.

Un estudiante tiene que presentarse a un examen. El problema es sencillo y debería abordarlo con valor y sentido común. Pero si su estilo de vida es querer huir, puede soñar que está luchando en una guerra. Se representa este problema sencillo en una metáfora exagerada, y ahora está mucho más justificado para tener <!-- p. 104 --> miedo. O sueña que está ante un abismo y que tiene que retroceder corriendo para no caer en él. Tiene que crear sentimientos que le ayuden a evitar el examen, a escapar de él; y se engaña identificando el examen con el abismo. En esto podemos encontrar otro medio que se emplea con mucha frecuencia en los sueños. Consiste en tomar un problema y recortarlo y reducirlo hasta que solo queda una parte del problema original. El resto se expresa entonces en una metáfora y se trata como si fuera lo mismo que el problema original. Otro estudiante, por ejemplo, más animoso y que mira más hacia el futuro, desea completar su tarea y pasar su examen. Sigue deseando apoyo, sin embargo; sigue deseando tranquilizarse: su estilo de vida lo exige. La noche antes del examen sueña que está en la cima de una montaña. La imagen de su situación queda muy simplificada. Solo se representa la parte más pequeña de todas las circunstancias de su vida. El problema es grande para él; pero excluyendo muchos de sus aspectos y concentrándose en su perspectiva de éxito, suscita sentimientos que le ayudan. A la mañana siguiente se levanta sintiéndose feliz, descansado y más animoso que antes. Ha conseguido minimizar las dificultades que tiene que afrontar. Pese a que se ha tranquilizado, en realidad se ha estado engañando. No se ha ocupado de afrontar el problema entero con sentido común, sino que ha estado suscitando un estado de ánimo de confianza.

Este suscitar sentimientos no tiene nada de insólito. Un hombre que quiere saltar un arroyo quizá cuente hasta tres antes de saltar. ¿Es realmente tan importante que cuente hasta tres? ¿Hay una conexión necesaria entre saltar y contar hasta tres? Ni la más mínima. <!-- p. 105 --> Cuenta hasta tres, sin embargo, para suscitar sus sentimientos y reunir todas sus fuerzas. Tenemos en nuestra mente humana todos los medios a punto para elaborar un estilo de vida, fijarlo y reforzarlo, y uno de los medios más importantes es la capacidad de suscitar sentimientos. Estamos ocupados en este trabajo cada noche y cada día; pero quizá se manifieste con más claridad por la noche.

Permítaseme ilustrar el modo en que nos engañamos con un sueño mío. Durante la guerra yo dirigía un hospital para soldados neuróticos. Cuando veía soldados que no estaban preparados para la guerra, intentaba aliviarlos todo lo que podía dándoles tareas más fáciles. Se les quitaba así una gran parte de la tensión, y esta práctica tenía a menudo bastante éxito. Un día vino a verme un soldado que era uno de los hombres más fuertes y mejor constituidos que he visto nunca. Estaba muy deprimido, y mientras lo examinaba me preguntaba qué podría hacerse con él. Me habría gustado, por supuesto, mandar a casa a todos los soldados que venían a verme; pero todas mis recomendaciones tenían que pasar por un oficial superior, y mi benevolencia tenía que mantenerse dentro de unos límites. No era fácil decidir en el caso de este soldado; pero cuando llegó el momento le dije: «Es usted neurótico, pero está muy fuerte y sano. Le daré un trabajo más fácil para que no tenga que ir al frente».

El soldado puso cara lastimera y respondió: «Soy un estudiante pobre y tengo que mantener a mi padre y a mi madre, que son viejos, dando clases. Si no puedo dar clases, se morirán de hambre. Se morirán los dos si no puedo ayudarlos». Pensé que tendría que buscarle un servicio aún más fácil, mandarlo a casa a trabajar en una oficina; pero temía que, si recomendaba eso, mi oficial superior se enfadara y lo mandara al frente. Al <!-- p. 106 --> final decidí hacer lo máximo que honradamente podía. Lo certificaría como apto solo para servicio de guardia. Cuando me fui a casa por la noche y me dormí, tuve un sueño terrible. Soñé que era un asesino y que corría por calles oscuras y estrechas tratando de pensar a quién había asesinado. No podía recordar a quién, pero sentía: «Como he cometido un asesinato, estoy perdido. Mi vida ha terminado. Todo se ha acabado». Y así, en el sueño, me quedé inmóvil, sudando.

Mi primer pensamiento al despertar fue: «¿A quién he asesinado?». Luego se me ocurrió: «Si no le doy a este joven soldado un servicio en una oficina, quizá lo manden al frente y lo maten. Entonces el asesino sería yo». Ya ven cómo suscité sentimientos para engañarme. Yo no había sido un asesino; y aunque ese desastre llegara a ocurrir, seguiría sin ser culpable. Pero mi estilo de vida no me permitía correr el riesgo. Soy médico; estoy para salvar vidas, no para ponerlas en peligro. Pensé de nuevo que, si le daba un trabajo más fácil, mi superior lo mandaría al frente y la situación no sería mejor. Se me ocurrió que, si quería ayudarlo, lo único que podía hacer era seguir las reglas del sentido común y no preocuparme por mi propio estilo de vida. Así pues, lo certifiqué como apto para servicio de guardia. Los acontecimientos posteriores confirmaron que siempre es mejor seguir el sentido común. Mi superior leyó mi recomendación y la tachó. Pensé: «Ahora va a mandarlo al frente. Debería haberle dado servicio de oficina después de todo». Mi superior escribió: «Seis meses de servicio de oficina». Resultó que habían sobornado a este oficial para que dejara librarse fácilmente al soldado. El joven no había dado una clase en su vida, y nada de lo que había dicho era verdad. Me había contado su historia solo para que yo <!-- p. 107 --> le diera una tarea más fácil y el superior sobornado pudiera firmar mi recomendación. Desde aquel día he pensado que es mejor dejar de soñar.

El hecho de que los sueños estén destinados a engañarnos e intoxicarnos explica que se entiendan tan raramente. Si entendiéramos nuestros sueños, no podrían engañarnos. Ya no podrían despertar en nosotros sentimientos y emociones. Preferiríamos proceder de acuerdo con el sentido común y nos negaríamos a seguir las incitaciones de nuestros sueños. Si los sueños se entendieran, perderían su propósito. El sueño es un puente entre el problema real presente y el estilo de vida; pero el estilo de vida no debería necesitar refuerzo. Debería estar directamente en contacto con la realidad. Hay muchas variedades de sueños, y todo sueño revela dónde se siente necesario reforzar el estilo de vida en vista de la situación particular que el individuo tiene ante sí. La interpretación de los sueños es, por tanto, siempre individual. Es imposible interpretar los símbolos y las metáforas mediante una fórmula; porque el sueño es una creación del estilo de vida, extraída de la propia interpretación que el individuo hace de sus circunstancias peculiares. Si describo brevemente algunas de las formas más típicas de los sueños, no lo hago para ofrecer una interpretación de manual, sino solo para ayudar a comprender los sueños y su significado.

Muchas personas han tenido sueños de volar. La clave de estos sueños, como de los demás, está en los sentimientos que despiertan. Dejan tras de sí un estado de ánimo de euforia y valor. Llevan de abajo arriba. Representan la superación de las dificultades y el afán hacia la meta de superioridad como algo fácil; y nos permiten inferir, <!-- p. 108 --> por tanto, un individuo animoso, que mira hacia delante y ambicioso, que no puede librarse de su ambición ni siquiera cuando duerme. Implican el problema «¿Debo seguir adelante o no?», y la respuesta sugerida es: «No hay obstáculos en mi camino». Hay muy pocas personas que no hayan tenido sueños de caídas. Esto es muy notable: muestra que la mente humana se ocupa más a menudo de la autoconservación y del miedo a la derrota que del afán de vencer las dificultades. Esto se hace comprensible cuando recordamos que nuestra tradición educativa consiste en advertir a los niños y ponerlos en guardia. A los niños se les está amonestando siempre: «¡No te subas a la silla! ¡Deja las tijeras! ¡Apártate del fuego!». Están siempre rodeados de peligros ficticios. Por supuesto, hay también peligros reales; pero hacer cobarde a un individuo nunca le ayudará a afrontarlos.

Cuando las personas sueñan con frecuencia que están paralizadas o que han perdido un tren, el significado es por lo general: «Me alegraría que este problema pasara sin necesidad de que yo interviniera. Tengo que dar un rodeo, tengo que llegar demasiado tarde, para no tener que enfrentarme a él. Tengo que dejar pasar el tren». Muchas personas sueñan con exámenes. A veces se asombran de encontrarse examinándose tan tarde en la vida, o de tener que aprobar un examen de una materia que ya aprobaron hace mucho. En algunos individuos el significado sería: «No estás preparado para afrontar el problema que tienes delante». En otros significaría: «Ya has aprobado este examen antes y aprobarás la prueba que tienes delante ahora». Los símbolos de un individuo nunca son los mismos que los de otro. Lo que hemos de <!-- p. 109 --> considerar principalmente en el sueño es el residuo de estado de ánimo y su coherencia con el estilo de vida en conjunto.

Vino a tratarse una paciente neurótica de treinta y dos años. Era la segunda hija y, como la mayoría de los segundos hijos, muy ambiciosa. Siempre deseaba ser la primera y resolver todos sus problemas de manera irreprochable. Vino con una crisis nerviosa. Había tenido una relación amorosa con un hombre casado mayor que ella, y su amante había fracasado en los negocios. Ella había deseado casarse con él, pero él no podía obtener el divorcio. Soñó que un hombre al que había alquilado su piso mientras ella estaba en el campo se casó poco después de mudarse, pero no ganaba dinero. No era un hombre honrado ni trabajador. Como no podía pagar el alquiler del piso, ella se vio obligada a desahuciarlo. A primera vista podemos ver que este sueño tiene alguna relación con su problema presente. Estaba considerando si debía casarse con un hombre que había fracasado en los negocios. Su amante era pobre e incapaz de mantenerla. Lo que reforzaba especialmente la comparación es que la había invitado a cenar sin tener dinero suficiente para pagar. El efecto del sueño es suscitar sentimientos contra el matrimonio. Es una mujer ambiciosa y no desea estar unida a un hombre pobre. Usa una metáfora y se pregunta: «Si me hubiera alquilado el piso y no pudiera pagarlo, ¿qué podría hacer yo con semejante inquilino?». La respuesta es: «Tendría que marcharse».

Este hombre casado, sin embargo, no es su inquilino y no puede identificarse con propiedad con él. Un marido que no puede mantener a una familia no es lo mismo que un inquilino que no puede pagar el alquiler. Pero para aliviar su problema, <!-- p. 110 --> para seguir su estilo de vida con más seguridad, se da a sí misma el sentimiento: «No debo casarme con él»; y por este medio evita abordar el problema entero de una manera sensata y selecciona solo una pequeña parte de él. Al mismo tiempo minimiza todo el problema del amor y el matrimonio, como si pudiera expresarse suficientemente con la metáfora: «Un hombre me alquila el piso. Si no puede pagar, hay que echarlo».

Como la técnica del tratamiento de la psicología individual se dirige siempre a aumentar el valor del individuo para afrontar los problemas de la vida, es fácil comprender que los sueños cambien en el curso del tratamiento y revelen una actitud más confiada. El último sueño de una paciente melancólica antes de su curación fue el siguiente: «Estaba sentada completamente sola en un banco. De repente se desató una fuerte tormenta de nieve. Afortunadamente me libré de ella, porque me apresuré a entrar en casa con mi marido. Luego le ayudé a buscar un empleo adecuado en las columnas de anuncios de un periódico». La paciente fue capaz de interpretar el sueño por sí misma. Muestra claramente su sentimiento de reconciliación con su marido. Al principio lo había odiado y se había quejado amargamente de su debilidad y su falta de iniciativa, que le impedían ganarse bien la vida. El significado del sueño es: «Es mejor quedarme junto a mi marido que exponerme sola a los peligros». Aunque podamos estar de acuerdo con la paciente en su visión de las circunstancias, el modo en que se reconcilia con su marido y su matrimonio sigue sugiriendo demasiado la clase de consejos que suelen dar los parientes ansiosos. Los peligros de estar sola se exageran y todavía no está del todo preparada para cooperar con valor e independencia.[^t5-2]

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Trajeron a la clínica a un muchacho de diez años. Su maestro se quejaba de que era malo y cruel con los otros niños. Robaba cosas en la escuela y las metía en los pupitres de otros chicos para que los culparan a ellos. Una conducta así solo es posible si un niño siente la necesidad de rebajar a los demás a su propio nivel. Quiere humillarlos, demostrar que los malos y crueles son *ellos*, no él. Si este es su planteamiento, podemos adivinar que tiene que haberse entrenado en el círculo familiar, que tiene que haber alguien en casa a quien deseaba hacer culpable. A los diez años tiró piedras a una mujer embarazada en la calle y se metió en un lío por ello. Si tenía diez años, probablemente sabía lo que es un embarazo. Podemos sospechar que no le gustan los embarazos y hemos de buscar si no hay un hermano o una hermana menor cuya llegada no le agradó. En el informe del maestro se le llama «la plaga del barrio»: molesta a sus compañeros, los insulta y cuenta chismes sobre ellos. Persigue a las niñas pequeñas y les pega. Ahora estamos preparados para creer que es con una hermana menor con quien compite.

Nos enteramos de que es el mayor de dos hijos, con una hermana menor de cuatro años. Su madre dice que quiere a su hermana menor y que siempre es bueno con ella. Esto pone nuestra credulidad al límite: es imposible que un muchacho así quiera a su hermana menor. Más adelante veremos que nuestro escepticismo está justificado. La madre afirma también que la relación entre ella y su marido es ideal. Esto es una gran desgracia para el niño. Evidentemente, sus padres no son responsables de ninguno de sus defectos; tienen que proceder de su propia naturaleza perversa, del destino o quizá de algún remoto antepasado. A menudo oímos hablar de <!-- p. 112 --> esos matrimonios ideales: ¡unos padres tan excelentes y un hijo tan horrible! Maestros, psicólogos, abogados y jueces dan fe de estas desdichas. Y, en efecto, un matrimonio «ideal» puede ser una gran dificultad para un muchacho como este: si ve que su madre está entregada a su padre, puede que eso le irrite. Quiere acaparar la atención de su madre y puede que le moleste cualquier muestra de afecto hacia otra persona. ¿Qué hemos de hacer, entonces, si los matrimonios felices son malos para los niños y los desdichados son peores? Hemos de hacer cooperativo al niño desde el principio; hemos de incorporarlo de verdad a la relación matrimonial. Hemos de evitar que se aferre solo a uno de los padres. Este muchacho que estamos considerando es un niño mimado; quiere conservar la atención de su madre y se está entrenando en la dirección de causar problemas siempre que siente que no se le presta atención suficiente.

Aquí de nuevo encontramos una confirmación inmediata. La madre nunca castiga al niño ella misma; espera a que el padre vuelva a casa y lo castigue. Probablemente se siente débil; siente que solo un hombre puede ordenar y mandar, que solo un hombre es lo bastante fuerte para castigar. Quizá desea mantener al muchacho apegado a ella y teme perderlo. En cualquier caso, está entrenando al muchacho para que se aparte del interés y la cooperación con su padre; y es inevitable que surjan roces entre los dos. Oímos que el padre está entregado a su mujer y a su familia, pero que detesta volver a casa después del trabajo por culpa del muchacho. Lo castiga con mucha severidad y le pega con frecuencia. El muchacho no siente aversión por su padre, se nos dice. Esto, de nuevo, es imposible; el muchacho no es un débil mental. Ha aprendido a ser muy hábil en ocultar sus sentimientos.

Quiere a su hermana, pero no juega bien con <!-- p. 113 --> ella y a menudo le da bofetadas o patadas. Duerme en el comedor, en un sofá cama; su hermana duerme en una cuna en el cuarto de los padres. Ahora bien, si podemos identificarnos con este muchacho, si podemos sentir simpatía por él, esa cuna en el cuarto de los padres nos molestará. Intentamos pensar, sentir y ver a través de la mente del muchacho. Quiere ocupar la atención de su madre. Por la noche su hermana está mucho más cerca de su madre. Tiene que luchar para acercarla a sí. La salud del muchacho es muy buena: su nacimiento fue normal y se le dio el pecho durante siete meses. Cuando se le pasó al biberón vomitaba, y sus episodios de vómitos continuaron hasta los tres años. Con toda probabilidad tenía un estómago imperfecto. Ahora está bien alimentado y bien nutrido, pero su interés por el estómago ha persistido. Lo considera un punto débil. Podemos comprender un poco mejor ahora por qué tiró piedras a una mujer embarazada. Es muy melindroso con la comida. Si no le gustan las comidas, su madre le da dinero y él sale a comprarse lo que le gusta. Sin embargo, va por las casas de los vecinos quejándose de que sus padres no le dan bastante de comer. Es un truco que tiene mecanizado. Es siempre el mismo. Su manera de recuperar el sentimiento de superioridad es calumniar a alguien.

Ahora estamos en condiciones de comprender un sueño que contó cuando vino a la clínica. «Yo era un vaquero del Oeste», dijo. «Me mandaron a México y tuve que abrirme paso luchando hasta los Estados Unidos. Cuando un mexicano vino contra mí, le di una patada en el estómago». El sentimiento del sueño es: «Estoy rodeado de enemigos. Tengo que pelear y luchar». En América a los vaqueros se los considera héroes; él piensa que perseguir a niñas pequeñas y dar patadas en el estómago a la gente es heroico. Ya vimos <!-- p. 114 --> que el estómago desempeña un gran papel en su vida: lo considera el punto más vulnerable. Él mismo padeció debilidad de estómago, y su padre tiene un trastorno nervioso de estómago y siempre se está quejando de él. En esta familia el estómago ha sido elevado a una posición de la mayor importancia. El objetivo del muchacho es golpear a la gente en su punto más débil. Su sueño y sus actos muestran exactamente el mismo estilo de vida. Vive en un sueño; y si no somos capaces de despertarlo de él, seguirá viviendo del mismo modo. No solo luchará contra su padre, contra su hermana, contra los niños pequeños y especialmente contra las niñas, sino que querrá luchar contra el médico que intente impedirle luchar. El impulso de su sueño lo estimulará a seguir adelante, a ser un héroe, a vencer a los demás; y a menos que pueda ver cómo se está engañando, no hay tratamiento que pueda ayudarlo.

En la clínica se le explica su sueño. Siente que vive en un país hostil y que todo el que quiere castigarlo y frenarlo es un mexicano: todos son sus enemigos. La siguiente vez que viene a la clínica le preguntamos: «¿Qué ha pasado desde la última vez que nos vimos?». «He sido malo», responde. «¿Qué hiciste?». «Perseguí a una niña pequeña». Ahora bien, esto es mucho más que una confesión; es una jactancia y un ataque. Esta es una clínica donde se intenta mejorarlo, y él insiste en que ha sido malo. Está diciendo: «No esperéis ninguna mejora. Os daré una patada en el estómago». ¿Qué hemos de hacer con él? Sigue soñando; sigue haciendo de héroe. Hemos de disminuir la satisfacción que obtiene de su papel. «¿Crees», le preguntamos, «que ese héroe tuyo perseguiría de verdad a una niña pequeña? ¿No es una imitación bastante mala del heroísmo? Si vas a <!-- p. 115 --> ser un héroe, deberías perseguir a una chica grande y fuerte. O quizá no deberías perseguir a ninguna chica». Este es uno de los lados del tratamiento. Hemos de abrirle los ojos y hacer que tenga menos ganas de continuar con su estilo de vida, «escupirle en la sopa», como dice el proverbio. Después de esto ya no le gustará esa sopa suya. El otro lado es darle valor para cooperar, para buscar significación en el lado útil de la vida. Nadie se pasa al lado inútil de la vida a menos que tema ser derrotado si permanece en el lado útil.

Una muchacha de veinticuatro años, que vive sola y trabaja de secretaria, se queja de que su jefe le hace la vida intolerable con sus modales tiránicos. Siente que no es capaz de hacer amigos y conservarlos. La experiencia nos llevaría a creer que, si un individuo no puede conservar amigos, es porque desea dominar a los demás; en realidad solo se interesa por sí mismo, y su meta es mostrar su superioridad personal. Probablemente su jefe es la misma clase de persona. Los dos desean mandar sobre los demás. Cuando se encuentran dos personas así, es inevitable que surjan dificultades. La muchacha es la menor de siete hijos, la niña mimada de la familia. La apodaban «Tom» porque siempre quiso ser un chico. Esto aumenta nuestra sospecha de que ha identificado su meta de superioridad con el dominio personal: ser masculina, piensa, es ser el amo, controlar a los demás y no ser controlada. Es guapa, pero piensa que la gente solo la aprecia por su cara bonita y teme quedar desfigurada o sufrir daño. A las chicas guapas les resulta más fácil en nuestro tiempo impresionar y controlar a los demás; y este hecho lo entiende muy bien. Quiere ser un chico, sin embargo, y dominar de manera masculina: en consecuencia, su belleza no la enorgullece.

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Su primer recuerdo es haberse asustado por culpa de un hombre; y confiesa que todavía le da miedo que la ataquen ladrones y maníacos. Podría parecer raro que una muchacha que quería ser masculina tuviera miedo de ladrones y maníacos; pero en realidad no es tan extraño. Es su sentimiento de debilidad el que dicta su meta. Quiere estar en circunstancias en las que pueda mandar y subyugar, y le gustaría excluir todas las demás situaciones. Los ladrones y los maníacos no pueden controlarse, y le gustaría exterminarlos a todos. Desea ser masculina de manera fácil y reservarse circunstancias atenuantes si fracasa. A esta insatisfacción, tan extendida, con el papel femenino —la «protesta masculina», como la he llamado— la acompañan siempre sentimientos de tensión: «Soy un hombre que lucha contra la desventaja de ser mujer».

Veamos si podemos rastrear los mismos sentimientos en sus sueños. Con frecuencia sueña que la dejan sola. Era una niña mimada; su sueño significa: «Hay que vigilarme. No es seguro dejarme sola. Otros podrían atacarme y subyugarme». Otro sueño que tiene con frecuencia es que ha perdido el monedero. «Cuidado», se está diciendo, «corres peligro de perder algo». No quiere perder nada en absoluto; en especial, no quiere perder el poder de controlar a los demás; pero elige una sola cosa de la vida, la pérdida de un monedero, para que represente el todo. Tenemos otro ejemplo de cómo los sueños refuerzan el estilo de vida creando sentimientos. No ha perdido el monedero, pero sueña que lo ha perdido, y el sentimiento permanece. Un sueño más largo nos ayuda todavía más a ver su actitud. «Había ido a una piscina donde había mucha gente», dice. «Alguien <!-- p. 117 --> se dio cuenta de que yo estaba de pie sobre las cabezas de la gente que había allí. Sentí que alguien gritaba al verme, y corría un gran peligro de caerme». Si yo fuera escultor, la tallaría precisamente así, de pie sobre las cabezas de los demás, usando a los demás como pedestal. Este es su estilo de vida; estos son los sentimientos que le gusta despertar. Ve su posición, sin embargo, como precaria, y piensa que los demás también deberían darse cuenta de su peligro. Los demás deberían vigilarla y tener cuidado, para que ella pueda seguir de pie sobre sus cabezas. Nadando en el agua no está segura. Esta es toda la historia de su vida. Se ha fijado como meta «Ser un hombre a pesar de ser una chica». Es muy ambiciosa, como lo son la mayoría de los hijos menores; pero quiere parecer superior, más que estar a la altura de su situación, y la persigue todo el tiempo el miedo a la derrota. Si hemos de ayudarla, tenemos que encontrar el modo de reconciliarla con su papel femenino, de quitarle el miedo al otro sexo y la sobrevaloración de él, y de hacer que se sienta amistosa e igual entre sus semejantes.

Una muchacha cuyo hermano menor había muerto en un accidente cuando ella tenía trece años dio como primer recuerdo: «Cuando mi hermano era pequeño y estaba aprendiendo a andar, se agarró a una silla para levantarse y la silla se le cayó encima». He aquí otro accidente, y podemos ver que la impresionan profundamente los peligros del mundo. «Mi sueño más frecuente», contó, «es muy raro. Normalmente voy andando por unas calles donde hay un agujero que no veo. Sigo andando y me caigo al agujero. Está lleno de agua, y en cuanto toco el agua me despierto sobresaltada, con el corazón latiéndome terriblemente deprisa». No encontraremos el sueño tan extraño como lo encuentra ella; pero si ha de seguir alarmándose con él, <!-- p. 118 --> tiene que considerarlo misterioso y no entenderlo. El sueño le dice: «Ten cuidado. Hay peligros por ahí de los que no sabes nada». Pero nos dice algo más. No se puede caer si se está abajo. Si corre peligro de caer, tiene que imaginarse que está por encima de los demás. Como en el ejemplo anterior, se está diciendo: «Soy superior, pero siempre tengo que tener cuidado de no caerme».

En otro caso veremos si podemos encontrar el mismo estilo de vida actuando en un primer recuerdo y en un sueño. Una muchacha nos cuenta: «Recuerdo que me interesaba mucho ver cómo construían un edificio de pisos». Podemos adivinar que es cooperativa. No se puede esperar que una niña pequeña tome parte en la construcción de una casa, pero puede mostrar con su interés que le gusta participar en las tareas de los demás. «Yo era muy pequeñita, y estaba junto a una ventana muy alta, y los cristales los veo tan claros como si fuera ayer». Si observa que era alta, tiene que tener en la mente un contraste entre alto y pequeño. Quiere decir: «La ventana era grande, y yo era pequeña». No me sorprendería saber que es de baja estatura, y que es esto lo que le hace interesarse tanto por los tamaños comparados. Que mencione que lo recuerda con tanta claridad es una especie de jactancia. Contemos ahora su sueño. «Iba en un coche con otras personas». Es cooperativa, como pensábamos; le gusta estar con los demás. «Seguimos hasta que paramos delante de un bosque. Todos se bajaron y se metieron corriendo en el bosque. La mayoría eran más grandes que yo». De nuevo advierte la diferencia de tamaño. «Pero conseguí llegar a tiempo de subir al ascensor, que bajó a una galería de mina de unos diez pies de profundidad. Pensábamos que, si salíamos, el aire nos envenenaría». Ahora se representa un peligro. La mayoría de las personas temen algunos peligros; <!-- p. 119 --> la humanidad no es muy valerosa. «Salimos y no nos pasó nada». Ya ven la visión optimista. Si un individuo es cooperativo, es siempre animoso y optimista. «Nos quedamos allí un minuto, luego volvimos a subir y corrimos enseguida al coche». Estoy convencido de que esta muchacha es siempre cooperativa, pero tiene la impresión de que debe ser más grande y más alta. Encontraremos aquí cierta tensión, como si estuviera de puntillas; pero quedará compensada por su gusto por los demás y su interés por los logros comunes.

[^t5-1]: El impreso deja aquí una línea en blanco tras «in all his ex-», y la palabra queda cortada; se suple «ex[pressions]», que exige el sentido. (N. del T.)

[^t5-2]: También aquí el impreso corta la palabra al final de la p. 110 («independ-») y la p. 111 empieza con párrafo nuevo; se suple «independ[ence]». (N. del T.)

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## VI. Influencias familiares

Desde el momento de nacer, el bebé busca vincularse con su madre. Este es el propósito de sus movimientos. Durante muchos meses su madre desempeña, con mucho, el papel más importante de su vida: depende casi por completo de ella. Es en esta situación donde se desarrolla por primera vez la capacidad de cooperar. La madre da a su bebé el primer contacto con otro ser humano, el primer interés por alguien distinto de sí mismo. Es su primer puente hacia la vida social; y un bebé que no pudiera establecer ninguna relación con su madre, o con algún otro ser humano que ocupara su lugar, perecería inevitablemente.

Este vínculo es tan íntimo y de tan largo alcance que nunca somos capaces, en años posteriores, de señalar ningún rasgo como efecto de la herencia. Toda tendencia que pudiera haberse heredado ha sido adaptada, entrenada, educada y rehecha por la madre. Su habilidad, o su falta de habilidad, ha influido en todas las potencialidades del niño. No entendemos por habilidad de una madre otra cosa que su capacidad de cooperar con su hijo y de ganarse al hijo para que coopere con ella. Esta capacidad no puede enseñarse mediante reglas. Cada día surgen situaciones nuevas. Hay miles de puntos en los que tiene que aplicar su perspicacia y su comprensión a las necesidades del niño. Solo puede ser hábil si se interesa por su hijo y se ocupa en ganarse su afecto y asegurar su bienestar.

En todas sus actividades podemos ver su actitud. Siempre que <!-- p. 121 --> coge al bebé, lo lleva en brazos, le habla, lo baña o le da de comer, tiene ocasiones de vincularlo a sí misma. Si no está entrenada en sus tareas o no le interesan, será torpe y el bebé se resistirá. Si nunca ha aprendido a bañar a un niño, él encontrará el baño una experiencia desagradable. En lugar de establecer un vínculo con ella, intentará librarse de ella. Tiene que ser hábil en el modo de acostar a su bebé, en todos sus movimientos y en los sonidos que hace. Tiene que ser hábil en vigilarlo o en dejarlo solo. Tiene que atender a todo su entorno: el aire fresco, la temperatura de la habitación, la alimentación, las horas de sueño, los hábitos físicos y la limpieza. En cada ocasión está proporcionando al niño una oportunidad de que la quiera o no la quiera, de cooperar o de rechazar la cooperación.

No hay ningún poder místico en la habilidad maternal. Toda habilidad es el resultado de un largo interés y entrenamiento. La preparación para la maternidad empieza muy pronto en la vida. Los primeros pasos pueden verse en la actitud de una niña hacia los niños más pequeños, en su interés por los bebés y por sus tareas futuras. Nunca es aconsejable educar a niños y niñas como si tuvieran exactamente las mismas tareas por delante. Si hemos de tener madres hábiles, hay que educar a las niñas para la maternidad, y educarlas de tal modo que les guste la perspectiva de ser madres, que la consideren una actividad creadora y que no las decepcione su papel cuando se enfrenten a él en su vida posterior.

Por desgracia, sucede con frecuencia en nuestra cultura que el papel de la mujer en la maternidad se considera de escaso valor. Si se prefiere a los niños antes que a las niñas, si el papel de ellos se tiene por superior, es natural que a las niñas les desagraden sus tareas futuras. Nadie puede contentarse con <!-- p. 122 --> una posición subordinada. Cuando estas muchachas se casan y se enfrentan a la perspectiva de tener hijos propios, de un modo u otro muestran su resistencia. No están dispuestas ni preparadas para tener hijos; no lo esperan con ilusión; no lo sienten como una actividad creadora e interesante. Este es quizá el mayor problema de nuestra sociedad, y se hace poco por afrontarlo. Toda la sociedad humana está ligada a la actitud de las mujeres ante la maternidad. Casi en todas partes el papel de la mujer en la vida se infravalora y se trata como secundario. Ya en la infancia encontramos niños que miran las tareas de la casa como si fueran trabajo de criados, como si su dignidad exigiera que nunca movieran un dedo para ayudar en las labores domésticas. El gobierno de la casa y la creación de un hogar se consideran con demasiada frecuencia no como aportaciones abiertas a las mujeres, sino como una servidumbre que se les asigna. Si una mujer puede ver realmente el gobierno de la casa como un arte que puede interesarle y mediante el cual puede aligerar y enriquecer la vida de sus semejantes, puede hacer de él una tarea igual a cualquier otra del mundo. Si, por el contrario, se lo considera un trabajo demasiado bajo para un hombre, ¿hemos de extrañarnos de que las mujeres se resistan a sus tareas, se rebelen contra ellas y se propongan demostrar —lo que debería ser evidente desde el principio— que las mujeres son iguales a los hombres y no tienen menos derecho a la consideración y a la oportunidad de desarrollar sus capacidades? Es verdad que las capacidades solo pueden desarrollarse mediante el sentimiento de comunidad; pero el sentimiento de comunidad las conducirá por el buen camino, sin que se pongan límites ni restricciones ajenos a su desarrollo.

Donde se infravalora el papel de la mujer, se destruye toda la armonía de la vida matrimonial. Ninguna mujer que considere que interesarse por los niños es una tarea inferior puede entrenarse en la habilidad, el cuidado, la comprensión y <!-- p. 123 --> la simpatía que son tan necesarios si se quiere dar a los niños una posición favorable al comienzo de su vida. Una mujer insatisfecha con su papel tiene una meta en la vida que le impide establecer el mejor vínculo con sus hijos. Su meta no corre en el mismo sentido que las metas de ellos; a menudo está ocupada en demostrar su superioridad personal, y para este propósito los hijos solo pueden ser una molestia y una distracción. Si rastreamos los casos de fracaso en la vida, descubrimos casi siempre que la madre no cumplió debidamente sus funciones: no dio al niño un comienzo favorable. Si las madres fallan, si están insatisfechas con sus tareas y les falta interés por ellas, toda la humanidad está en peligro.

No podemos considerar a la madre, sin embargo, culpable de los fracasos. No hay culpa. Quizá la propia madre no fue entrenada para la cooperación. Quizá está oprimida y es desdichada en su vida matrimonial. Está confusa y angustiada por sus circunstancias, y a veces pierde la esperanza y se desespera. Hay muchas perturbaciones que se oponen al desarrollo de una buena vida familiar. Si la madre está enferma, puede que desee cooperar con los hijos pero se sienta demasiado impedida. Si trabaja fuera, quizá llegue agotada a casa. Si las condiciones económicas son malas, la comida, la ropa y la temperatura pueden ser todas inadecuadas para el niño. Además, no son las experiencias del niño las que dictan sus actos; son las conclusiones que extrae de sus experiencias. Cuando indagamos la historia de un niño problemático, vemos dificultades en la relación entre él y su madre; pero podemos ver las mismas dificultades en otros niños que las han resuelto de mejor manera. Volvemos aquí a la concepción fundamental de la psicología individual. No hay <!-- p. 124 --> causas del desarrollo del carácter; pero un niño puede usar las experiencias para su meta y convertirlas en causas. No podemos decir, por ejemplo, que si un niño está mal alimentado se convertirá en un criminal. Tenemos que ver qué conclusión ha extraído.

Es fácil comprender que, si una mujer está insatisfecha con su papel de mujer, incurrirá en dificultades y tensiones. Conocemos la fuerza del afán maternal. Las investigaciones han dejado claro que la tendencia de una madre a proteger a sus hijos es más fuerte que todas las demás tendencias. Entre los animales, entre las ratas y los monos, por ejemplo, se ha demostrado que la pulsión maternal es más fuerte que las pulsiones del sexo o del hambre; de modo que, si tienen que elegir entre seguir una pulsión u otra, es la pulsión maternal la que prevalece. El fundamento de este afán no es sexual; deriva de la meta de cooperación. Una madre siente a menudo a su hijo como una parte de sí misma. A través de sus hijos está vinculada con la vida entera; se siente dueña de la vida y de la muerte. En toda madre podríamos encontrar, en uno u otro grado, el sentimiento de que a través de sus hijos ha realizado una obra de creación. Siente, casi podríamos decir, que ha creado como crea Dios: de la nada ha dado a luz a un ser vivo. El afán maternal es en realidad un aspecto del afán humano de superioridad, de la meta humana de semejanza con Dios. Nos da uno de los ejemplos más claros de cómo esta meta puede usarse en bien de la humanidad, en interés de los demás y con el más profundo sentimiento de comunidad.

Una madre, por supuesto, puede exagerar el sentimiento de que su hijo es una parte de sí misma y ponerlo al servicio de su meta de superioridad personal. Puede intentar hacer al <!-- p. 125 --> niño completamente dependiente de ella y controlar su vida para que quede siempre atado a ella. Permítaseme citar el caso de una campesina de setenta años. Su hijo, a los cincuenta, seguía viviendo con ella; y los dos contrajeron una pulmonía al mismo tiempo. La madre sobrevivió, pero al hijo lo llevaron al hospital y murió. Cuando le comunicaron su muerte a la madre, respondió: «Siempre supe que no conseguiría sacar adelante al chico». Se sentía responsable de toda la vida de su hijo. Nunca había intentado hacer de él una parte igual de nuestra vida social. Podemos empezar a comprender qué error supone que una madre no amplíe el vínculo que ha establecido con su hijo ni lo lleve a cooperar en igualdad con el resto de su entorno.

Las relaciones de una madre no son simples, e incluso su vínculo con sus hijos no debe recibir un énfasis excesivo. Esto es cierto tanto por el bien de ellos como por el suyo. Cuando se da un énfasis excesivo a un problema, todos los demás problemas se resienten; e incluso el único problema del que nos ocupamos no puede afrontarse tan bien como si le diéramos menos peso. Una madre está relacionada con sus hijos, con su marido y con toda la vida social que la rodea. Hay que prestar igual atención a estos tres lazos: los tres deben afrontarse con calma y con sentido común. Si una madre solo tiene en cuenta su lazo con los hijos, no podrá evitar mimarlos y consentirlos. Les dificultará desarrollar la independencia y la capacidad de cooperar con los demás. Después de haber conseguido vincular al niño consigo misma, su siguiente tarea es extender su interés hacia el padre; y esta tarea resultará casi imposible si ella misma no se interesa por el padre. Tiene que dirigir también el interés del niño hacia la vida social que lo <!-- p. 126 --> rodea: hacia los demás niños de la familia, hacia los amigos, los parientes y los semejantes en general. Su tarea es así doble. Tiene que dar al niño su primera experiencia de un semejante digno de confianza; y tiene que estar dispuesta luego a extender esa confianza y esa amistad hasta que abarquen toda nuestra sociedad humana.

Si la madre se ocupa solo de que el niño se interese por ella, más adelante él se resistirá a todo intento de interesarlo por los demás. Buscará siempre apoyo en su madre y se sentirá hostil hacia todos aquellos a quienes pueda considerar competidores por su atención. Cualquier interés que ella muestre por su marido o por los demás hijos de la familia lo sentirá como una privación, y el niño desarrollará la idea: «Mi madre es mía y de nadie más». En su mayor parte, los psicólogos modernos han entendido mal esta situación. En la teoría freudiana del complejo de Edipo, por ejemplo, se supone que los niños tienen una tendencia a enamorarse de su madre y a desear casarse con ella, y a odiar a su padre y desear matarlo. Semejante error nunca podría surgir si comprendiéramos el desarrollo de los niños. El complejo de Edipo solo podría aparecer en un niño que deseara ocupar toda la atención de su madre y librarse de todos los demás. Tal deseo no es sexual. Es un deseo de subyugar a la madre, de tenerla completamente controlada y convertirla en una sirvienta. Solo puede darse en niños que han sido mimados por su madre y cuyo sentimiento de compañerismo nunca ha incluido al resto del mundo. En casos raros ha sucedido que un muchacho que siempre había permanecido vinculado solo a su madre la convirtió también en el centro de sus intentos de afrontar el problema del amor y el matrimonio; pero el significado de semejante actitud sería que <!-- p. 127 --> no podía concebir la cooperación con nadie más que con su madre. No podía confiarse en que ninguna otra mujer fuera igual de sumisa. Un complejo de Edipo sería así siempre un producto artificial de un entrenamiento equivocado. No tenemos necesidad de suponer instintos incestuosos heredados, ni, de hecho, de imaginar que semejante aberración tenga, en su origen, nada que ver con la sexualidad.

Cuando un niño cuya madre lo ha atado solo a ella se ve en una situación en la que ya no está vinculado a ella, empiezan siempre los problemas. Cuando va a la escuela, por ejemplo, o juega con otros niños en el parque, su meta será siempre seguir vinculado a su madre. Siempre que se le separe de ella, se resentirá. Desea arrastrar siempre consigo a su madre, ocupar sus pensamientos y hacer que esté pendiente de él. Hay muchos medios que puede usar. Puede convertirse en el niño de mamá, siempre débil y cariñoso y ávido de compasión. Puede llorar o caer enfermo ante cualquier contratiempo, para mostrar cuánto necesita que lo cuiden. Por otra parte, puede tener rabietas; puede ser desobediente o pelearse con su madre para que se fijen en él. Entre los niños problemáticos encontramos miles de variedades de niños mimados que luchan por la atención de su madre y se resisten a toda exigencia de su entorno.

Un niño adquiere enseguida experiencia en descubrir los medios con los que mejor puede conseguir ocupar la atención. Los niños mimados tienen a menudo miedo de quedarse solos, y especialmente de quedarse solos a oscuras. No es la oscuridad en sí lo que les da miedo; pero utilizan el miedo en su intento de atraer a su madre hacia ellos. Un niño mimado de este tipo lloraba siempre a <!-- p. 128 --> oscuras. Una noche, cuando su madre acudió a sus llantos, le preguntó: «¿Por qué tienes miedo?». «Porque está muy oscuro», contestó él. Pero su madre había visto ya el propósito de su conducta. «¿Y ahora que he venido», le dijo, «está menos oscuro?». La oscuridad en sí no tiene importancia, y su miedo a la oscuridad solo significaba que no le gustaba estar separado de su madre. Si a un niño así se le separa de su madre, todas sus emociones, toda su fuerza y todas sus facultades mentales se ponen a preparar una situación en la que su madre tenga que acercarse a él y volver a vincularse con él. Se esforzará por traerla a su lado gritando, llamándola, siendo incapaz de dormir o haciéndose molesto de alguna otra manera. Un medio que siempre ha atraído la atención de educadores y psicólogos es el miedo. En la psicología individual ya no nos preocupamos de averiguar las causas del miedo, sino más bien de identificar su propósito. Todos los niños mimados sufren de miedo; es mediante sus miedos como pueden atraer la atención, y hacen de esta emoción una parte de su estilo de vida. La usan para asegurarse su meta de recuperar el vínculo con la madre. Un niño miedoso es un niño que ha sido mimado y quiere que lo vuelvan a mimar.

A veces estos niños mimados tienen pesadillas y gritan en sueños. Es un síntoma bien conocido; pero mientras se pensó que el sueño era una contradicción de la vigilia, fue imposible entenderlo. Esto era un error, sin embargo; el sueño y la vigilia no son contradicciones, sino variedades. En sus sueños un niño se comporta en gran medida como durante el día. Su meta de cambiar la situación a su favor influye en todo su cuerpo y su mente; y tras cierto entrenamiento y experiencia descubre <!-- p. 129 --> los medios más eficaces para acercarse a su meta. Incluso dormido le vienen a la mente pensamientos, imágenes y recuerdos apropiados a sus propósitos. Un niño mimado, tras unas pocas experiencias, descubre que, si ha de vincularse de nuevo con su madre, los pensamientos que lo aterrorizan le serán de gran utilidad. Incluso de mayores, los niños mimados conservan a menudo sus sueños de angustia. Tener miedo en los sueños era un recurso bien probado para obtener atención, que ahora se ha mecanizado en un hábito.

Este uso de la angustia es tan evidente que nos sorprendería mucho oír hablar de un niño mimado que nunca diera problemas durante la noche. El repertorio de trucos para atraer la atención es muy amplio. Algunos niños encuentran incómoda la ropa de cama o piden vasos de agua. Otros tienen miedo de ladrones o de fieras. Algunos no pueden dormirse si sus padres no se sientan junto a su cama. Algunos sueñan; algunos se caen de la cama y algunos mojan la cama. Una niña mimada a la que traté parecía no dar ningún problema por la noche. Su madre decía que dormía profundamente, sin soñar ni despertarse, y que no causaba ningún problema. Solo daba problemas durante el día. Esto era muy sorprendente. Sugerí todos los síntomas que podían servir para atraer la atención de la madre y acercarla; esta niña no mostraba ninguno. Por fin se me ocurrió la explicación. «¿Dónde duerme?», le pregunté a su madre. «En mi cama», respondió.

La enfermedad es a menudo un refugio para los niños mimados, porque cuando están enfermos se los mima más que nunca. Sucede con frecuencia que un niño así empieza a mostrarse como un niño problemático algún tiempo después de una enfermedad, y al <!-- p. 130 --> principio parece que fue la enfermedad lo que lo convirtió en un niño problemático. Lo cierto, sin embargo, es que cuando vuelve a estar bien recuerda el alboroto que se armaba en torno a él cuando estaba enfermo. La madre ya no puede mimarlo como lo mimaba entonces, y él se venga convirtiéndose en un problema. A veces un niño que observa cómo otro niño, por estar enfermo, se convirtió en el centro de atención, deseará caer enfermo él también y hasta besará al niño enfermo con la esperanza de contagiarse de su enfermedad.

Una niña había estado cuatro años en un hospital, y los médicos y las enfermeras la habían mimado mucho. Al principio, cuando volvió a casa, la mimaron sus padres; pero al cabo de unas semanas su atención disminuyó. Siempre que se le negaba algo que quería, se metía el dedo en la boca y decía: «He estado en el hospital». Recordaba a los demás que había estado enferma e intentaba prolongar la situación favorable en que se había encontrado. Podemos encontrar la misma conducta en los adultos, a quienes a menudo les gusta hablar de sus enfermedades o de las operaciones que han sufrido. Por otra parte, a veces ocurre que un niño que ha sido un problema para sus padres se recupera después de una enfermedad y ya no los molesta. Ya hemos visto que los órganos imperfectos son una carga adicional para un niño; pero hemos visto también que no bastan para explicar los malos rasgos de carácter. Podemos dudar, por tanto, de que la eliminación de la dificultad orgánica tenga, por sí misma, algo que ver con el cambio. Un muchacho, el segundo hijo varón de la familia, daba muchos problemas: mentía, robaba, hacía novillos, era cruel y desobediente. Su maestro no sabía qué hacer con él y recomendaba que lo internaran en un reformatorio. Por entonces el muchacho cayó enfermo. Padeció <!-- p. 131 --> una tuberculosis de cadera y estuvo medio año escayolado. Cuando se recuperó, se convirtió en el mejor chico de la familia. No podemos creer que su enfermedad hubiera tenido semejante efecto sobre él; y pronto se vio con toda claridad que el cambio se debía a que había reconocido sus errores anteriores. Siempre había pensado que sus padres preferían a su hermano, y siempre se había sentido menospreciado. Durante su enfermedad se encontró en el centro de atención, cuidado y ayudado por todos; y fue lo bastante inteligente para librarse de la idea de que siempre se le desatendía.

Es ridículo imaginar que el mejor modo de remediar los errores que a menudo cometen las madres sería quitar a todos los niños del cuidado de sus madres y entregarlos a niñeras o a instituciones. Siempre que intentamos encontrar un sustituto de la madre, buscamos a alguien que haga el papel de madre, que interese al niño por ella misma igual que lo hace una madre. Es mucho más fácil entrenar a la propia madre del niño. Los niños que crecen en orfanatos muestran a menudo una falta de interés por los demás: no hubo nadie que pudiera tender el puente personal entre el niño y sus semejantes. A veces se ha hecho un experimento con niños de instituciones que no se desarrollaban muy bien. Se ha buscado una enfermera o una monja que diera al niño su cuidado individual, o se le ha colocado en una familia donde la madre pudiera cuidarlo igual que a sus propios hijos. El resultado ha sido siempre una gran mejora, si las madres adoptivas estaban bien elegidas. El mejor medio de criar a estos niños es encontrar un sustituto de la madre y del padre y de la vida familiar; y lo único que haríamos si quitáramos los niños a sus padres sería andar buscando <!-- p. 132 --> a otras personas que pudieran cumplir las tareas de los padres. La importancia del afecto y el interés de una madre puede verse también en el hecho de que tantos fracasos procedan de entre los huérfanos, los hijos ilegítimos o no deseados y los hijos de matrimonios rotos. Es notorio que el papel de madrastra es muy difícil, y los hijos luchan a menudo contra ella. El problema no es insoluble, y lo he visto resolverse con buen éxito; pero con demasiada frecuencia la mujer no comprende la situación. Quizá, cuando murió la madre, los hijos se volvieron hacia el padre y él los mimó. Ahora se sienten privados de su atención y atacan a su madrastra. Ella siente que tiene que defenderse, y ahora los hijos tienen un agravio real. Ella los ha desafiado y ellos luchan más que nunca. Una lucha con un niño es siempre una lucha perdida; nunca se le puede vencer ni ganar para la cooperación luchando. En estas luchas el más débil se lleva siempre la victoria. Se le exige algo que se niega a dar; algo que nunca puede obtenerse por esos medios. Se ahorraría en este mundo una cantidad incalculable de tensión y de esfuerzo inútil si nos diéramos cuenta de que la cooperación y el amor nunca pueden ganarse por la fuerza.

El papel del padre en la vida familiar es tan importante como el de la madre. Al principio su relación con el niño es menos íntima, y es más adelante cuando su influencia surte efecto. Ya hemos descrito algunos de los peligros que surgen si una madre es incapaz de extender el interés del niño hacia su padre. El niño sufre un serio bloqueo en el desarrollo de su sentimiento de comunidad. Cuando el matrimonio es desdichado, la situación está llena de peligros para el niño. Su madre puede sentirse incapaz de incluir al padre en la vida familiar; puede desear quedarse <!-- p. 133 --> con el niño solo para ella. Quizá ambos padres usan al niño como peón en su guerra personal. Cada uno desea apegar al niño a sí mismo, ser más querido que el otro. Si los niños encuentran discordia entre sus padres, son muy hábiles en enfrentarlos entre sí. Así puede surgir una competencia por ver quién gobierna mejor al niño o quién lo mima más. Es imposible entrenar a un niño en la cooperación con semejante atmósfera a su alrededor. La primera cooperación entre otras personas que experimenta es la cooperación de sus padres; y si su cooperación es pobre, no pueden esperar enseñarle a ser cooperativo. Además, es del matrimonio de sus padres de donde los niños obtienen su primera idea del matrimonio y de la asociación de los sexos. Los hijos de matrimonios desdichados, a menos que se corrija su primera impresión, crecerán con una visión pesimista del matrimonio. Aun siendo adultos sentirán que el matrimonio está condenado a salir mal. Intentarán evitar al otro sexo o estarán seguros de que fracasarán en su acercamiento. Un niño está así gravemente impedido si el matrimonio de sus padres no es una parte cooperativa de la vida social, un producto de la vida social y una preparación para la vida social. El sentido del matrimonio es que sea una asociación de dos personas para su bienestar mutuo, para el bienestar de sus hijos y para el bienestar de la sociedad; y si falla en cualquiera de estos aspectos no es coherente con las exigencias de la vida.

Puesto que el matrimonio es una asociación, ningún miembro debe ser supremo. Este punto necesita una consideración mucho más atenta de la que solemos darle. En toda la marcha de la vida familiar no hay motivo para usar la autoridad; y es desafortunado que un miembro destaque especialmente <!-- p. 134 --> o se le considere más que a los demás. Si el padre es colérico e intenta dominar al resto de la familia, los chicos se harán una idea falsa de lo que se espera de un hombre. Las chicas sufrirán todavía más. En su vida posterior se imaginarán a los hombres como tiranos. El matrimonio les parecerá una especie de sometimiento y esclavitud. A veces intentarán protegerse del otro sexo mediante la perversión. Si la madre es dominante y regaña a los demás miembros, la situación se invierte. Las chicas probablemente la imitarán y se volverán ellas mismas mordaces y criticonas. Los chicos estarán siempre a la defensiva, temerosos de la crítica y vigilando los intentos de subyugarlos. A veces no es solo la madre la que es tiránica, sino que hermanas y tías se unen todas para tener a un chico a raya. Se vuelve reservado y nunca quiere adelantarse y participar en la vida social. Teme que todas las mujeres tengan la misma actitud regañona y censora, y desea librarse de todo el sexo. A nadie le gusta que lo critiquen; pero si un individuo hace de escapar de la crítica el interés principal de su vida, todas sus relaciones con la sociedad se ven perturbadas. Mira cada acontecimiento y lo juzga solo según su esquema de apercepción: «¿Soy el vencedor o el vencido?». No hay compañerismo posible para quienes miran las relaciones con los demás como ocasiones de derrota o de victoria.

La tarea de un padre puede resumirse en pocas palabras. Tiene que demostrar ser un buen semejante para su mujer, para sus hijos y para la sociedad. Tiene que afrontar bien los tres problemas de la vida —la ocupación, la amistad y el amor— y tiene que cooperar en pie de igualdad con su mujer en el cuidado y la protección de la familia. No debe olvidar que el papel de la mujer en la creación de <!-- p. 135 --> la vida familiar nunca puede ser superado. No le corresponde destronar a la madre, sino trabajar con ella. Especialmente en lo que se refiere al dinero, debemos subrayar que, aunque el sustento económico de la familia llegue a través de él, sigue siendo un asunto común. Nunca debe dar la impresión de que él da y los demás reciben. En un buen matrimonio, el hecho de que el dinero llegue a través de él no es más que un resultado de la división del trabajo en la familia. Muchos padres usan su posición económica como medio de gobernar la casa. No debería haber ningún gobernante en la familia, y debería evitarse toda ocasión de sentimientos de desigualdad. Todo padre debería ser consciente de que nuestra cultura ha exagerado la posición privilegiada del hombre y de que, en consecuencia, su mujer, cuando se casó con ella, probablemente temía en cierta medida verse dominada y puesta en una posición inferior. Debería saber que su mujer no está en un nivel más bajo que él simplemente por ser mujer y no mantener a la familia del mismo modo en que él la mantiene. Aporte o no aporte dinero la mujer al sustento de la familia, si la vida familiar es una verdadera cooperación, no habrá cuestión sobre quién gana el dinero ni a quién debe pertenecer.

La influencia del padre sobre sus hijos es tan importante que muchos de ellos lo consideran, a lo largo de toda su vida, o su ideal o su mayor enemigo. El castigo, especialmente el castigo corporal, es siempre perjudicial para los niños. Toda enseñanza que no puede darse en amistad es una enseñanza equivocada. Por desgracia es frecuente que al padre de familia se le encomiende la tarea de castigar a los hijos. Hay muchas razones por las que esto es desafortunado. En primer lugar, revela una convicción por parte de la madre de que las mujeres no son realmente capaces de educar a sus hijos, <!-- p. 136 --> de que son en realidad criaturas débiles que necesitan una mano fuerte que las ayude. Si una madre dice a sus hijos: «Ya verás cuando venga tu padre», los está preparando para que consideren a los hombres como la autoridad última y los verdaderos poderes de la vida. En segundo lugar, perturba la relación de los hijos con su padre y hace que le teman, en lugar de sentirlo como un buen amigo. Quizá algunas mujeres temen perder su ascendiente sobre el afecto de sus hijos si los castigan ellas mismas; pero la solución no es delegar el castigo en el padre. Los hijos no reprocharán menos a su madre porque haya llamado en su ayuda a un verdugo. Muchas mujeres siguen usando la amenaza de «se lo diré a tu padre» como medio de obligar a sus hijos a obedecer. ¿Qué conclusión sacarán los hijos sobre el papel del hombre en la vida?

Si el padre afronta los tres problemas de la vida de manera útil, será una parte integrante de la familia, un buen marido y un buen padre. Tiene que sentirse a gusto con los demás y ser capaz de hacer amigos. Si hace amigos, ya está haciendo de su familia una parte de la vida social que la rodea. No estará aislado ni atado a ideas tradicionales. Influencias de fuera del hogar van encontrando su camino hasta él, y está mostrando a sus hijos el camino hacia el sentimiento de comunidad y la cooperación. Hay un peligro real, sin embargo, si el marido y la mujer tienen amigos distintos. Deberían vivir en la misma sociedad y evitar separarse por sus amistades. No quiero decir, por supuesto, que deban estar siempre pegados y no salir nunca solos; pero no debería haber ninguna dificultad que les impida estar juntos. Tal dificultad se da, por ejemplo, si el marido no quiere introducir a su mujer en el círculo de sus amigos. El centro de su vida <!-- p. 137 --> social, en ese caso, está fuera de la familia. Es muy valioso para el desarrollo de los niños que aprendan que la familia es una unidad de una sociedad más amplia y que fuera de la familia existen también seres humanos dignos de confianza y semejantes.

Es un signo favorable de la capacidad de cooperar que el padre se lleve bien con sus propios padres, hermanas y hermanos. Por supuesto, tiene que dejar a su familia y hacerse independiente; pero esto no implica que deba sentir aversión por sus parientes más cercanos y romper con ellos. A veces dos personas se casan cuando todavía dependen de sus padres y exageran el vínculo que los ata a sus familias. Cuando hablan de «casa», se refieren a la casa de sus padres. Si están enredados en la idea de que sus padres siguen siendo el centro de la familia, no podrán establecer una verdadera vida familiar propia. Se trata aquí de la capacidad de cooperación de todos los interesados. A veces los padres de un hombre son celosos, quieren saberlo todo de la vida de su hijo y crean dificultades en la nueva familia. Su mujer siente que no se la aprecia lo suficiente y se enfada por la intromisión de los padres de su marido. Esto es especialmente probable cuando un hombre se casa contra la voluntad de sus padres. Sus padres pueden haber estado equivocados o tener razón. Antes de que su hijo se case pueden oponerse a su elección, si no están satisfechos; pero una vez casado solo les queda un camino: tienen que hacer todo lo que puedan por asegurar el éxito del matrimonio. Si no pueden evitarse las diferencias familiares, el marido debería comprender las dificultades y no preocuparse por ellas. Debería considerar la oposición de sus padres como un error de ellos y hacer todo lo posible por demostrar que era el hijo <!-- p. 138 --> quien tenía razón. No hay ninguna necesidad de que el marido y la mujer se sometan a los deseos de sus padres; pero evidentemente es más fácil si hay cooperación y si la mujer puede sentir que los padres de su marido piensan en el bienestar y la conveniencia de ella, no en los suyos propios.

La función que todo el mundo espera más claramente de un padre es que resuelva el problema de la ocupación. Tiene que estar formado para una ocupación y tiene que ser capaz de mantenerse a sí mismo y a la familia. En esto puede ayudarle su mujer y más adelante, quizá, sus hijos; pero en nuestras condiciones culturales actuales la responsabilidad económica recae principalmente en el hombre. Resolver este problema significa que tiene que trabajar y tener valor, que tiene que conocer su profesión y saber sus ventajas y desventajas, que tiene que ser capaz de cooperar con los demás en su profesión y gozar de buena consideración entre ellos. Significa todavía más. Con su propia actitud está ayudando a preparar el modo en que sus hijos afrontarán el problema de la ocupación. Debería ver, por tanto, qué es necesario para resolver con éxito este problema: encontrar un trabajo que sea útil para toda la humanidad y contribuya a su bienestar. No importa tanto, sin embargo, que él considere útil su trabajo; lo importante es que *sea útil*. No necesitamos escuchar sus palabras. Si se cree un egoísta, es una lástima; pero si al mismo tiempo el trabajo que hace contribuye a nuestro bienestar común, no hay gran daño.

Es de la solución del problema del amor de lo que nos ocupamos ahora: del matrimonio y de la construcción de una vida familiar feliz y útil. La exigencia principal que se hace al marido es que se interese por su compañera; <!-- p. 139 --> y es muy fácil ver si una persona se interesa por otra o no. Si se interesa, se interesa por las mismas cosas que la otra y hace del bienestar de la otra su objetivo espontáneo. No es solo el afecto lo que demuestra el interés; hay demasiadas clases de afecto para que lo consideremos testimonio suficiente de que todo va bien. Tiene que ser también un camarada para su mujer; tiene que esforzarse por hacerle la vida más fácil y más rica, y tiene que encontrar placer en complacerla. Solo cuando ambos compañeros ponen su bienestar común por encima de su bienestar individual puede darse una verdadera cooperación. Cada uno debe estar más interesado en el otro que en sí mismo.

Un marido no debería mostrar su afecto por su mujer de manera demasiado llamativa delante de los hijos. Es verdad que el amor entre marido y mujer no puede compararse con su amor por sus hijos. Son cosas muy distintas y ninguna puede disminuir a la otra. Pero a veces los hijos sienten, si los padres son demasiado expresivos en su afecto mutuo, que su propio sitio se estrecha. Se ponen celosos y desean sembrar discordia. La relación sexual no debería tomarse con tan poca seriedad. Del mismo modo, al dar explicaciones sobre cuestiones sexuales —el padre a los chicos y la madre a las chicas—, deberían tener cuidado de no ofrecer información que no se les pida, sino explicar solo lo que el niño desea saber y puede entender en su etapa de desarrollo. Creo que en nuestro tiempo hay una tendencia a explicar a los niños mucho más de lo que pueden captar debidamente y a despertar intereses y sentimientos para los que no están preparados. De este modo las cuestiones sexuales se minimizan y se tratan como si fueran una mera bagatela. Esta moda no es mucho <!-- p. 140 --> mejor que la vieja moda de no ser sinceros con los niños y ocultarles toda información sexual. Lo mejor es comprender lo que el niño desea saber y responder al problema que él mismo está considerando; no imponerle lo que, según nuestros propios criterios, pensamos que todo el mundo debería saber. Hemos de conservar su confianza y su sentimiento de que cooperamos con él y nos interesa ayudarle a encontrar soluciones para sus problemas; y si hacemos esto no podemos equivocarnos mucho. De paso, el temor de algunos padres a que sus hijos oigan explicaciones sexuales perniciosas de sus compañeros tiene poca justificación. Un niño cuyo entrenamiento en la cooperación y la independencia ha sido bueno nunca sufrirá por lo que digan sus amigos; y muy a menudo los niños son más delicados en estas cuestiones que sus mayores. Una «explicación de la calle» nunca ha perjudicado a un niño que no estuviera ya predispuesto a adoptar una visión equivocada.

En nuestra sociedad actual se ofrecen a los hombres oportunidades más amplias de experiencia en la vida social: de conocer los sistemas de la sociedad, con sus ventajas y desventajas, y las relaciones morales en sus propios países y en el mundo en general. Su esfera de actividad es, por desgracia, todavía más amplia que la esfera de actividad de las mujeres. Corresponde así al padre ser el consejero de su mujer y sus hijos en estos problemas. Nunca debería jactarse de su mayor experiencia ni sacar partido de ella. No es el preceptor de la familia. Debería aconsejarles, más bien, como un amigo aconseja a otro, evitando toda resistencia y contento si los demás pueden estar de acuerdo con él. Si hay resistencia por parte de su mujer, que quizá no está muy bien entrenada para la cooperación, no debería insistir en su punto de vista ni intentar usar su autoridad, sino <!-- p. 141 --> buscar maneras de disminuir esa resistencia. No lo conseguirá luchando.

No debería darse una importancia excesiva al dinero ni convertirlo en motivo de riñas. Las mujeres que no ganan dinero ellas mismas son mucho más sensibles de lo que sus maridos suelen creer, y se sienten profundamente heridas si se las acusa de despilfarro. Los asuntos económicos deberían resolverse de manera cooperativa, dentro de la capacidad económica de la familia. No hay excusa para la mujer o los hijos si usan su influencia para que el padre pague más de lo que puede permitirse; y debería haber desde el principio un acuerdo sobre los gastos, para que nadie se sienta dependiente o maltratado. Un padre no debería pensar que puede asegurar el futuro de sus hijos solo con dinero. Leí una vez un interesante folleto escrito por un norteamericano, en el que describía cómo un hombre rico que había nacido en una familia muy pobre deseaba proteger a sus descendientes de la pobreza y las estrecheces durante muchas generaciones. Fue a ver a un abogado y le preguntó cómo podía hacerse. El abogado le preguntó cuántas generaciones le dejarían satisfecho, y él respondió que creía poder arreglarlo hasta la décima generación. «Sí, puede usted hacerlo», dijo el abogado. «Pero ¿se da cuenta de que cada miembro de esa décima generación tendrá más de quinientos antepasados con tanta parte en él como usted? Otras quinientas familias podrán reclamarlo como suyo. ¿Seguirá siendo descendiente de usted?». Podemos ver aquí otro ejemplo de que todo lo que hacemos por nuestros propios descendientes lo hacemos por la comunidad entera. No podemos escapar de este lazo con nuestros semejantes.

Si no hay autoridad en la familia, tiene que haber una verdadera cooperación. El padre y la madre tienen que trabajar juntos <!-- p. 142 --> y ponerse de acuerdo en todo lo que concierne a la educación de sus hijos. Es de la mayor importancia que ni el padre ni la madre muestren ningún favoritismo entre sus hijos. Los peligros del favoritismo difícilmente pueden exagerarse. Casi todo desaliento en la infancia nace del sentimiento de que se prefiere a otro. A veces el sentimiento no está justificado en absoluto; pero donde hay verdadera igualdad no debería haber ocasión para que se desarrolle. Donde se prefiere a los chicos antes que a las chicas, los complejos de inferioridad entre las chicas son casi inevitables. Los niños son muy sensibles, e incluso un niño muy bueno puede tomar una dirección completamente equivocada en la vida por la sospecha de que se prefiere a otros. A veces uno de los hijos se desarrolla más deprisa, o de un modo más agradable que los demás, y es difícil no mostrar más simpatía por ese hijo. Los padres deberían tener la experiencia y la habilidad suficientes para evitar mostrar tales preferencias. De lo contrario, el hijo que se desarrolla mejor eclipsará y desalentará a todos los demás; estos se volverán envidiosos y dudarán de sus propias capacidades, y su capacidad de cooperar se verá frustrada. No basta con decir que no hay tal preferencia. Los padres tienen que observar si existe siquiera la sospecha de semejante preferencia en la mente de alguno de sus hijos.

Llegamos ahora a una parte igualmente importante de la cooperación familiar: la cooperación de los hijos entre sí. Mientras los hijos no se sientan iguales, la humanidad nunca estará bien preparada en el sentimiento de comunidad. Mientras chicas y chicos no se sientan iguales, las relaciones entre los dos sexos seguirán planteando las mayores dificultades. Mucha gente pregunta: «¿Cómo es que niños de la misma familia <!-- p. 143 --> difieren a menudo tanto?». Algunos científicos han intentado explicarlo como resultado de una herencia distinta; pero hemos visto que esto es una superstición. Comparemos el crecimiento de los niños con el crecimiento de los árboles jóvenes. Si un grupo de árboles crece junto, cada uno de ellos se encuentra en realidad en una situación muy distinta. Si uno crece más deprisa porque el sol y el suelo le favorecen más, su desarrollo influye en el crecimiento de todos los demás. Les da sombra; sus raíces se extienden y les quitan el alimento. Los otros quedan enanos y raquíticos. Lo mismo ocurre en una familia en la que un miembro destaca demasiado. Hemos visto que ni el padre ni la madre deberían asumir una posición dominante en la familia. A menudo, si el padre tiene mucho éxito o mucho talento, los hijos sienten que nunca podrán igualar sus logros. Se desalientan: su interés por la vida queda bloqueado. Es por esta razón por la que los hijos de hombres y mujeres famosos son a veces una decepción para sus padres y para el resto de la sociedad. Los hijos no han visto ningún camino abierto para superar a su padre o a su madre. Si un padre tiene mucho éxito en su profesión, nunca debería subrayar su éxito en la familia, o el desarrollo de sus hijos se verá obstaculizado.

La misma observación vale entre los propios hijos. Si un hijo se desarrolla especialmente bien, es muy probable que reciba la mayor parte de la atención y del favor. Es una situación agradable para él; pero los demás hijos sienten la diferencia y se resienten. No le es posible a un ser humano soportar sin disgusto e irritación la posición de que se le ponga en un nivel más bajo que a otro. Un hijo tan destacado puede perjudicar a todos los demás; y no es exagerado decir que los demás crecerán todos padeciendo <!-- p. 144 --> inanición mental. No dejarán de afanarse por la superioridad, porque este afán nunca puede cesar. Su afán, sin embargo, se volverá hacia otras direcciones que bien pueden no ser realistas ni socialmente útiles.

La psicología individual ha abierto un campo muy amplio a la investigación al indagar las ventajas y desventajas de los niños según el orden de su nacimiento. Para simplificar su consideración, supondremos que los padres cooperan bien y hacen lo posible en la educación de los hijos. La posición de cada hijo en la familia sigue suponiendo una gran diferencia, y cada hijo crecerá en una situación completamente nueva. Hemos de insistir de nuevo en que la situación nunca es la misma para dos hijos de una familia; y cada hijo mostrará en su estilo de vida el resultado de sus intentos de adaptarse a sus propias circunstancias peculiares.

Todo hijo mayor ha vivido durante algún tiempo la situación de hijo único y se ha visto obligado de repente a adaptarse a una situación nueva con el nacimiento del siguiente. El primogénito recibe por lo general mucha atención y muchos mimos. Está acostumbrado a ser el centro de la familia. Con demasiada frecuencia se encuentra desplazado de su posición de manera brusca y repentina, sin ninguna preparación. Nace otro niño y ya no es único. Ahora tiene que compartir la atención de su madre y de su padre con un rival. El cambio causa siempre una gran impresión, y a menudo podemos encontrar en niños problemáticos, neuróticos, criminales, borrachos y pervertidos que sus dificultades empezaron en tales circunstancias. Eran hijos mayores que sintieron muy hondo la llegada de otro niño, y su sentimiento de privación había moldeado todo su estilo de vida.

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Otros hijos pueden perder su posición del mismo modo; pero probablemente no lo sentirán con tanta fuerza. Ya habían tenido experiencia de cooperación con otro niño; nunca habían sido el único objeto de consideración y cuidado. Para el hijo mayor es un cambio completo. Si de hecho se le desatiende con la llegada del nuevo bebé, no podemos esperar que acepte la situación con facilidad. Si guarda rencor, no podemos considerarlo culpable. Por supuesto, si sus padres le han permitido sentirse seguro de su afecto, si sabe que su posición está asegurada y, sobre todo, si está preparado para la llegada de un hermano menor y se le ha entrenado para cooperar en su cuidado, la crisis pasará sin malas consecuencias. Por lo general no está preparado. El nuevo bebé le quita realmente atención, amor y aprecio. Empieza a intentar atraer de nuevo a su madre hacia sí y a pensar cómo puede recuperar la atención. A veces podemos ver a una madre de la que tiran en uno y otro sentido sus dos hijos, cada uno luchando por ocuparla más que el otro. El hijo mayor está en mejores condiciones de usar la fuerza y de idear nuevos trucos. Podemos calcular lo que hará en estas circunstancias. Hará exactamente lo que haríamos nosotros si estuviéramos en sus circunstancias y persiguiéramos su objetivo. Intentaríamos preocupar a la madre, y luchar contra ella, y desarrollar rasgos tales que no pudiera pasarnos por alto. Él hará lo mismo. Al final agota la paciencia de su madre. Lucha por todos los medios posibles, de la manera más desaforada. Su madre está cansada de los problemas que le causa; y ahora él empieza realmente a experimentar lo que es dejar de ser querido. Luchaba por el amor de su madre, y el resultado es que lo pierde. Se sentía relegado a un segundo plano, y el efecto de sus actos es que de verdad queda relegado a un segundo plano. <!-- p. 146 --> Se siente justificado. «Lo sabía», siente. Los demás están equivocados y él tiene razón. Es como si estuviera en una trampa: cuanto más forcejea, peor se vuelve su posición. Todo el tiempo se confirman sus opiniones sobre la situación. ¿Cómo va a abandonar la lucha cuando todo le dice que está justificado?

En todo caso de lucha semejante hemos de indagar las circunstancias individuales. Si la madre le devuelve los golpes, el niño se volverá colérico, desaforado, criticón y desobediente. Cuando se vuelve contra su madre, sucede a menudo que su padre le ofrece la oportunidad de renovar la antigua posición favorable. Se interesa por su padre e intenta ganarse su atención y su afecto. Los hijos mayores prefieren con frecuencia a su padre y se inclinan de su lado. Podemos estar seguros, siempre que un niño prefiere a su padre, de que se trata de una fase secundaria: al principio estaba apegado a su madre, pero ahora ella ha perdido su afecto y él lo ha transferido a su padre como reproche contra ella. Si un niño prefiere a su padre, sabemos que antes ha sufrido una tragedia; se ha sentido menospreciado y dejado al margen; no puede olvidarlo, y todo su estilo de vida se construye en torno a este sentimiento.

Una lucha así dura mucho tiempo, y a veces dura toda una vida. El niño se ha entrenado para luchar y resistir, y sigue luchando en todas las situaciones. Quizá no haya nadie cuyo interés pueda atraer. Entonces pierde la esperanza y se imagina que nunca podrá ganarse el afecto. Encontramos entonces rasgos como la irritabilidad, la reserva y la incapacidad de unirse a los demás. El niño se entrena para el aislamiento. Todos los movimientos y expresiones de un niño así se dirigen hacia el pasado, hacia el tiempo ido en que era el centro de atención. Por <!-- p. 147 --> esta razón los hijos mayores muestran por lo general, de un modo u otro, un interés por el pasado. Les gusta mirar atrás y hablar del pasado. Son admiradores del pasado y pesimistas sobre el futuro. A veces un niño que ha perdido su poder, el pequeño reino que gobernaba, comprende mejor que otros la importancia del poder y de la autoridad. Cuando crece, le gusta participar en el ejercicio de la autoridad y exagera la importancia de las reglas y las leyes. Todo debería hacerse conforme a las reglas, y ninguna regla debería cambiarse nunca. El poder debería conservarse siempre en manos de quienes tienen derecho a él. Podemos comprender que influencias como estas en la infancia dan una fuerte tendencia al conservadurismo. Si un individuo así se labra una buena posición, sospecha siempre que otros vienen detrás de él con la intención de quitarle el puesto y destronarlo.

La posición del hijo mayor plantea un problema especial, pero es un problema que puede afrontarse bien y convertirse en una ventaja. Si ya ha sido entrenado para la cooperación cuando nace el hermano menor, no sufre ningún perjuicio. Entre estos hijos mayores encontramos individuos que desarrollan un afán de proteger a los demás y de ayudarlos. Se entrenan para imitar a su padre o a su madre; a menudo hacen de padre o de madre con los hermanos menores, los cuidan, les enseñan y se sienten responsables de su bienestar. A veces desarrollan un gran talento para la organización. Estos son los casos favorables, aunque incluso el afán de proteger a los demás puede exagerarse hasta convertirse en el deseo de mantener a esos otros dependientes y gobernarlos. En mi propia experiencia en Europa y en América he encontrado que la mayor proporción de <!-- p. 148 --> niños problemáticos son hijos mayores; y muy de cerca les siguen los hijos menores. Es interesante que estas posiciones extremas den lugar a los problemas extremos. Nuestros métodos educativos todavía no han resuelto con éxito las dificultades del hijo mayor.

El segundo hijo está en una posición muy distinta, una situación que no puede compararse con la de los demás hijos. Desde que nace comparte la atención con otro niño, y está por tanto un poco más cerca de la cooperación que un hijo mayor. Tiene un círculo más amplio de seres humanos en su entorno; y si el mayor no lucha contra él ni lo hace retroceder, está muy bien situado. El hecho más significativo de su posición es otro. Durante toda su infancia tiene a alguien que le marca el paso. Siempre hay un niño por delante de él en edad y desarrollo, y se siente estimulado a esforzarse para alcanzarlo. Un segundo hijo típico es muy fácil de reconocer. Se comporta como si estuviera en una carrera, como si alguien fuera un paso o dos por delante y tuviera que darse prisa para adelantarlo. Va a todo vapor todo el tiempo. Se entrena continuamente para superar a su hermano mayor y vencerlo. La Biblia nos da muchas indicaciones psicológicas maravillosas, y el segundo hijo típico está bellamente retratado en la historia de Jacob. Quería ser el primero, quitarle a Esaú su posición, vencer a Esaú y aventajarlo. Al segundo hijo le irrita el sentimiento de ir detrás, y lucha con ahínco por alcanzar a los demás. A menudo lo consigue. El segundo hijo tiene a menudo más talento y más éxito que el primero. No podemos sugerir aquí que la herencia tenga parte alguna en este desarrollo. Si avanza más deprisa, es porque se entrenó más. Incluso cuando es adulto y está fuera del círculo familiar, a menudo se vale de alguien que le <!-- p. 149 --> marque el paso: se compara con alguien a quien considera mejor situado e intenta ir más allá que él.

No es solo en la vida despierta donde vemos estos rasgos. Dejan su huella en todas las expresiones de la personalidad y se encuentran fácilmente en los sueños. Los hijos mayores, por ejemplo, tienen a menudo sueños de caídas. Están arriba, pero no están seguros de poder conservar su superioridad. Los segundos hijos, en cambio, se imaginan a menudo en carreras. Corren detrás de trenes y participan en carreras ciclistas. A veces esta prisa en sus sueños basta por sí sola para permitirnos adivinar que el individuo es un segundo hijo.

Hemos de decir, sin embargo, que no hay reglas fijas en este terreno. No es solo un hijo que es de hecho el mayor el que puede comportarse como un hijo mayor. Lo que cuenta es la situación, no el mero orden de nacimiento. En una familia numerosa, un hijo posterior se encuentra a veces en la situación de un hijo mayor. Quizá nacieron dos hijos muy seguidos, por ejemplo; pasó mucho tiempo antes de que naciera un tercero, y después vinieron otros dos. El tercer hijo puede mostrar todos los rasgos de un hijo mayor. Lo mismo ocurre con el segundo hijo: puede aparecer un segundo hijo típico después de que hayan nacido cuatro o cinco. Siempre que dos niños crecen muy juntos y separados de los demás, mostrarán los rasgos de un hijo mayor y de un segundo hijo.

A veces el mayor es vencido en la carrera; encontrará usted entonces que el hijo mayor plantea un problema. A veces puede conservar su posición y hacer retroceder al menor; entonces es el segundo hijo el que da problemas. Es una posición muy difícil para el hijo mayor cuando es un chico y el segundo es una chica. Corre el riesgo de ser vencido <!-- p. 150 --> por una chica, lo que, en nuestras condiciones actuales, probablemente sentirá como una grave deshonra. La tensión entre un chico y una chica es mayor que la tensión entre dos chicos o dos chicas. En esta lucha la naturaleza favorece a la chica: hasta los dieciséis años se desarrolla más deprisa, física y mentalmente, que un chico. Un chico mayor en esta situación abandona la lucha, se vuelve perezoso y se desalienta. Busca trucos y medios solapados de vencer: se jacta o miente, por ejemplo. Casi podemos garantizar que en un caso así ganará la chica. Veremos al chico emprender toda clase de caminos equivocados, mientras la chica resuelve sus problemas con facilidad y progresa asombrosamente. Tales dificultades pueden evitarse; pero hay que conocer el peligro de antemano y tomar medidas antes de que se haya producido el daño. Las malas consecuencias solo pueden evitarse en una familia que sea una unidad de miembros iguales y cooperativos, donde la rivalidad no tenga sentido y no haya motivo para que un niño piense que tiene enemigos y se pase el tiempo luchando.

Todos los demás hijos tienen quien los siga; todos los demás hijos pueden ser destronados; pero el menor nunca puede ser destronado. No tiene quien lo siga, pero tiene muchos que le marcan el paso. Es siempre el pequeño de la familia y probablemente el más mimado. Afronta las dificultades de un niño mimado; pero, como está tan estimulado, como tiene tantas ocasiones de competir, sucede a menudo que el hijo menor se desarrolla de manera extraordinaria, corre más que los otros hijos y los supera a todos. La posición del menor no ha cambiado en la historia humana. En los relatos más antiguos de la humanidad tenemos noticias de cómo el hijo menor superó a sus hermanos y hermanas. En la Biblia es siempre el menor el que vence. José se crio como el menor. Benjamín <!-- p. 151 --> llegó diecisiete años después que José; pero Benjamín no desempeñó ningún papel en su desarrollo. El estilo de vida de José es exactamente típico del estilo de vida de un hijo menor. Siempre está afirmando su superioridad, incluso en sus sueños. Los demás tienen que inclinarse ante él; él los eclipsa a todos. Sus hermanos entendieron muy bien sus sueños. No les fue difícil, puesto que tenían a José consigo y su actitud era bastante clara. Los sentimientos que José despertaba en sus sueños también los habían sentido ellos. Le temían y querían librarse de él. De ser el último, sin embargo, José pasó a ser el primero. Más tarde fue el pilar y el sostén de toda la familia. El hijo menor es a menudo el pilar de toda la familia, y esto no puede ser casual. Los hombres siempre lo han sabido y han contado historias del poder del menor. Está, de hecho, en una situación muy favorable: ayudado por su madre, por su padre y por sus hermanos, con tanto que estimula su ambición y su esfuerzo, y sin nadie que lo ataque por detrás o le distraiga la atención.

Y, sin embargo, como vimos, la segunda proporción más alta de niños problemáticos procede de entre los hijos menores. La razón suele estar en el modo en que toda la familia los mima. Un niño mimado nunca puede ser independiente. Pierde el valor para tener éxito por su propio esfuerzo. Los hijos menores son siempre ambiciosos; pero los más ambiciosos de todos son los niños perezosos. La pereza es un signo de ambición unida al desaliento: una ambición tan alta que el individuo no ve esperanza de realizarla. A veces un hijo menor no admite ninguna ambición concreta, pero esto se debe a que desea sobresalir en todo, desea ser ilimitado y único. Se comprenderá fácilmente, también, qué sentimientos de inferioridad puede padecer un <!-- p. 152 --> hijo menor. Todos los que le rodean son mayores, más fuertes y más experimentados.

El hijo único tiene un problema propio. Tiene un rival, pero su rival no es un hermano ni una hermana. Sus sentimientos de competencia van contra su padre. Al hijo único lo mima su madre. Ella teme perderlo y quiere tenerlo bajo su atención. Desarrolla lo que se llama un «complejo materno»: está atado a las faldas de su madre y desea apartar a su padre del cuadro familiar. También esto solo puede evitarse si el padre y la madre trabajan juntos y dejan que el niño se interese por los dos; pero, en general, el padre se ocupa menos del niño que la madre. Los hijos mayores se parecen a veces mucho a los hijos únicos: quieren vencer al padre y les gusta la gente mayor que ellos. A menudo el hijo único tiene un miedo mortal a que vengan detrás de él hermanos y hermanas. Los amigos de la familia dicen: «Deberías tener un hermanito o una hermanita», y la perspectiva le desagrada enormemente. Quiere ser el centro de atención todo el tiempo. Siente realmente que es un derecho suyo, y si se pone en cuestión su posición lo considera una gran injusticia. En su vida posterior, cuando ya no es el centro de atención, tiene muchas dificultades. Otro punto de peligro para su desarrollo es que nace en un ambiente medroso. Si por razones orgánicas los padres no pueden tener más hijos, no podemos hacer otra cosa que aplicarnos a resolver los problemas de un hijo único; pero a menudo encontramos estos hijos únicos en familias donde cabría esperar más hijos. Los padres son medrosos y pesimistas. Sienten que no podrán resolver el problema económico de tener más de un hijo. Toda la <!-- p. 153 --> atmósfera está llena de angustia y el niño sufre gravemente.

Si hay un gran intervalo de años entre los nacimientos de los hijos, cada uno tendrá algunos de los rasgos de un hijo único. La situación no es muy favorable. A menudo me preguntan: «¿Cuál cree usted que sería el mejor espaciamiento de una familia?». «¿Deberían seguirse los hijos muy pronto o debería haber una distancia mayor entre ellos?». Por mi experiencia diría que la mejor distancia es de unos tres años. A los tres años un niño puede cooperar si nace un hermano menor. Es lo bastante inteligente para comprender que puede haber más de un niño en una familia. Si solo tiene año y medio o dos, no podemos hablarlo con él; no puede entender nuestros argumentos. No podremos, por tanto, prepararlo debidamente para el acontecimiento.

Un hijo único varón criado en una familia de chicas tiene por delante una vida difícil. Está en un ambiente enteramente femenino. La mayor parte del día el padre está ausente. Solo ve a su madre, a sus hermanas y a las criadas. Sintiendo que es distinto, crece aislado. Esto es especialmente cierto cuando las mujeres de la casa lo atacan juntas. Piensan que todas tienen que educarlo, o quieren demostrarle que no tiene motivo para ser engreído. Hay mucho antagonismo y mucha rivalidad. Si está en medio, probablemente está en el peor lugar de todos, atacado por ambos lados. Si es el mayor, corre el peligro de que lo siga una chica que es una competidora muy enérgica. Si es el menor, lo convierten en un mimado. El tipo del chico único entre chicas es uno que no le gusta mucho a nadie. El problema puede resolverse si hay una vida social en la que participen los niños y en la que él pueda tratar con otros niños. De lo contrario, rodeado de chicas, puede comportarse como una chica. Un <!-- p. 154 --> ambiente femenino es muy distinto de un ambiente mixto. Si la casa no está simplemente amueblada en serie, sino según el gusto de quienes viven en ella, puede usted estar seguro de que una casa donde viven mujeres estará limpia y ordenada, de que los colores estarán elegidos con cuidado y de que se habrá prestado atención a mil detalles. Si hay hombres y chicos por medio, no está ni de lejos tan ordenada; hay mucha más rudeza y ruido y muebles rotos. Un chico así entre chicas tiende a crecer con gustos femeninos y una visión femenina de la vida.

Por otra parte, puede luchar con fuerza contra esta atmósfera y subrayar mucho su masculinidad. Estará entonces siempre en guardia para no dejarse dominar por las mujeres. Sentirá que tiene que afirmar su diferencia y su superioridad; pero siempre habrá tensión. Su desarrollo procederá por extremos: se entrenará para ser o muy fuerte o muy débil. Es una situación que merece estudio e investigación; no se encuentra todos los días, y antes de decir mucho sobre ella hemos de examinar más casos. De manera bastante parecida, una chica única entre chicos tiende a desarrollar cualidades muy femeninas o muy masculinas. Con frecuencia la persiguen a lo largo de la vida sentimientos de inseguridad y desamparo.

Dondequiera que he estudiado a adultos, he encontrado impresiones que les dejó su primera infancia y que duran para siempre. La posición en la familia deja una huella indeleble en el estilo de vida. Toda dificultad de desarrollo está causada por la rivalidad y la falta de cooperación en la familia. Si miramos a nuestro alrededor, a nuestra vida social, y nos preguntamos por qué la rivalidad y la competencia son su aspecto más evidente —de hecho, no solo de nuestra vida social, sino de todo nuestro mundo—, hemos de reconocer que las personas persiguen en todas partes <!-- p. 155 --> la meta de ser vencedores, de vencer y superar a los demás. Esta meta es el resultado del entrenamiento en la primera infancia, de las rivalidades y el afán competitivo de niños que no se han sentido una parte igual de toda su familia. Solo podemos librarnos de estas desventajas entrenando mejor a los niños en la cooperación.

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## VII. Influencias escolares

La escuela es la prolongación del brazo de la familia. Si los padres fueran capaces de encargarse del entrenamiento de sus hijos y de prepararlos adecuadamente para resolver los problemas de la vida, no habría necesidad de educación escolar. A menudo, en otras culturas, el niño se formaba casi por completo en la familia. Un artesano criaba a sus hijos en su propio oficio y les enseñaba la destreza que había adquirido de su propio padre y de su experiencia práctica. Nuestra cultura actual, sin embargo, nos plantea exigencias más complejas, y las escuelas son necesarias para aligerar el trabajo de los padres y continuar lo que ellos han empezado. La vida social necesita de sus miembros un grado de educación más alto del que podemos darles en casa.

En América las escuelas no han pasado por todas las fases de desarrollo que se han dado en Europa; pero a veces todavía podemos ver restos de una tradición autoritaria. Al principio, en la historia de la educación europea, solo los príncipes y los aristócratas recibían instrucción escolar. Eran los únicos miembros de la sociedad a los que se concedía valor: de los demás se esperaba que hicieran su trabajo y no aspiraran a más. Más tarde se ampliaron los límites de la sociedad. La educación pasó a manos de instituciones religiosas, y unos pocos individuos escogidos podían formarse en la religión, el arte, las ciencias y las disciplinas profesionales.

Cuando empezó a desarrollarse la técnica industrial, estas formas de educación resultaron del todo insuficientes. La lucha <!-- p. 157 --> por una educación más amplia fue larga. Los maestros de escuela de pueblos y ciudades eran a menudo zapateros y sastres. Enseñaban con una vara en la mano y los resultados eran muy pobres. Solo las escuelas religiosas y las universidades daban instrucción en las artes y las ciencias, y a veces ni siquiera los emperadores aprendían a leer o escribir. Entonces se hizo necesario que los trabajadores supieran leer y escribir, hacer cuentas y dibujar, y se fundaron las escuelas públicas tal como las conocemos.

Estas escuelas, sin embargo, se establecieron siempre de acuerdo con los ideales del gobierno; y los gobiernos de la época aspiraban a tener súbditos obedientes, formados en beneficio de las clases altas y capaces de convertirse en soldados. El plan de estudios de las escuelas se adaptó a este fin. Yo mismo puedo recordar una época en Austria en que estas condiciones sobrevivían en parte, en que la formación de las clases menos privilegiadas consistía en hacerlas obedientes y prepararlas para tareas apropiadas a su condición. Cada vez se vieron más las insuficiencias de este tipo de educación. La libertad creció; las clases trabajadoras se hicieron más fuertes y plantearon exigencias más altas. Las escuelas públicas se adaptaron a estas exigencias; y ahora el ideal educativo predominante es que se enseñe a los niños a pensar por sí mismos, que se les dé la oportunidad de familiarizarse con la literatura, las artes y las ciencias, y que crezcan para participar en toda nuestra cultura humana y contribuir a ella. Ya no deseamos formar a los niños solo para ganar dinero u ocupar un puesto en el sistema industrial. Queremos semejantes. Queremos colaboradores iguales, independientes y responsables en la obra común de la cultura.

Lo sepan o no, todos los que proponen alguna <!-- p. 158 --> reforma escolar buscan un modo de aumentar el grado de cooperación en la vida social. Este es el propósito, por ejemplo, que hay detrás de la exigencia de una educación del carácter; y, si la entendiéramos a esta luz, sería claramente la exigencia acertada. En conjunto, sin embargo, los objetivos y la técnica de la educación todavía no se comprenden a fondo. Hemos de encontrar maestros que sepan formar a los niños no solo para ganar dinero, sino para trabajar de maneras beneficiosas para la humanidad. Tienen que sentir la importancia de esta tarea y tienen que estar formados para cumplirla. La educación del carácter está todavía a prueba. Hemos de excluir de la consideración los tribunales: hasta ahora no ha habido allí ningún intento serio y organizado de educación del carácter. Incluso en las escuelas, sin embargo, los resultados no son muy satisfactorios. Llegan a la escuela niños que han fracasado en la vida familiar, y sus errores no disminuyen, a pesar de todas las lecciones y exhortaciones que reciben. No queda otra cosa, por tanto, que formar a los maestros para que comprendan y ayuden al desarrollo de los niños en la escuela.

Esta ha sido una gran parte de mi propio trabajo; y creo que muchas de las escuelas de Viena van por delante de todas las demás. En otros lugares hay psiquiatras que ven a los niños y dan consejos sobre ellos; pero, a menos que el maestro esté de acuerdo y sepa llevar a cabo los consejos, ¿dónde está la ventaja? El psiquiatra ve al niño una o dos veces por semana —quizá incluso una vez al día—, pero no conoce realmente las influencias del entorno, de la familia, de fuera de la familia, de la propia escuela. Escribe una nota diciendo que el niño debería estar mejor alimentado o recibir tratamiento tiroideo. Quizá da al maestro indicaciones para el trato personal del niño. El maestro, sin embargo, no <!-- p. 159 --> conoce el propósito de la prescripción ni tiene experiencia para evitar errores. No puede hacer nada a menos que comprenda él mismo el carácter del niño. Necesitamos la cooperación más íntima entre el psiquiatra y el maestro. El maestro tiene que saber todo lo que sabe el psiquiatra, de modo que, después de discutir el problema del niño, pueda seguir por su cuenta, sin más ayuda. Si surge algún problema inesperado, debería saber qué hacer, igual que lo sabría el psiquiatra si estuviera presente. El método más práctico parece ser el consultorio de orientación educativa, como el que hemos establecido en Viena. Describiré este método hacia el final del capítulo.

Cuando el niño va por primera vez a la escuela, se enfrenta a una nueva prueba de la vida social; y esta prueba revelará cualquier error de su desarrollo. Ahora tiene que cooperar en un campo más amplio que antes, y, si ha sido mimado en casa, quizá no quiera dejar su vida protegida y unirse a los demás niños. De este modo podemos ver ya en su primer día de escuela los límites del sentimiento de comunidad de un niño mimado. Quizá llore y pida que lo lleven a casa. No se interesará por las tareas escolares ni por su maestro. No escuchará lo que se dice, porque está pensando en sí mismo todo el tiempo. Es fácil ver que, si sigue interesado solo en sí mismo, se quedará retrasado en la escuela. A menudo los padres nos dicen de un niño problemático que en casa no da ningún problema, que los problemas solo surgen cuando está en la escuela. Podemos sospechar que el niño se siente en una situación especialmente favorable en la familia. Allí no se le ponen pruebas, y los errores de su desarrollo no se manifiestan. En la escuela, en cambio, ya no se le mima, y siente la situación como una derrota.

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Un niño, desde su primer día de escuela, no hacía más que reírse de cada observación del maestro. No mostraba ningún interés por las tareas escolares y se pensó que debía de ser débil mental. Cuando lo vi, le dije: «Todo el mundo se pregunta por qué te ríes siempre en la escuela». Respondió: «La escuela es una broma que se han inventado los padres. Mandan a los niños a la escuela para tomarles el pelo». En casa le habían tomado mucho el pelo, y estaba convencido de que cada situación nueva era una nueva broma contra él. Pude mostrarle que exageraba la necesidad de preservar su dignidad, que no todo el mundo se dedicaba a burlarse de él. En consecuencia, pudo interesarse por sus tareas escolares y hacer buenos progresos.

Es tarea de los maestros advertir las dificultades de los niños y corregir los errores de los padres. Encuentran a algunos niños preparados para esta vida social más amplia: ya se les ha entrenado en su familia para interesarse por los demás. Otros no están preparados; y siempre que un individuo no está preparado para un problema, vacila o se retira. Todo niño retrasado, pero no claramente débil mental, está vacilando ante el problema de adaptarse a la vida social; y el maestro está en la mejor posición para ayudarle a afrontar lo que para él es una situación nueva.

Pero ¿cómo ha de ayudarle? Tiene que hacer exactamente lo que debería hacer una madre: vincular al niño consigo mismo e interesarlo. Del interés del niño depende toda su adaptación futura. Nunca se le puede interesar con severidad o castigos. Si un niño llega a la escuela y le cuesta tender un puente con sus maestros y sus compañeros, lo peor que puede hacerse es <!-- p. 161 --> criticarlo y regañarlo. Este método solo mostraría con demasiada claridad que tenía razón en detestar la escuela. Debo confesar que, si yo mismo fuera un niño al que siempre regañaran y reprocharan en la escuela, apartaría mi interés todo lo posible de mis maestros. Buscaría maneras de meterme en una situación nueva y evitar la escuela por completo. Son sobre todo los niños para los que la escuela se convierte así en un entorno artificialmente desagradable los que hacen novillos, son malos alumnos y dan la impresión de ser tontos y difíciles de manejar. En realidad no son tontos; a menudo muestran un gran ingenio en inventar excusas para no ir a la escuela o en falsificar cartas de sus padres. Fuera de la escuela, sin embargo, encuentran a otros niños que han hecho novillos antes que ellos. De estos compañeros obtienen mucho más reconocimiento del que obtienen en la escuela. El círculo en el que se sienten interesados y donde reciben el testimonio de que valen algo no es la clase, sino la pandilla. Podemos ver en esta situación cómo los niños a los que no se incorpora a la clase como parte del todo se ven incitados a entrenarse para una carrera delictiva.

Si un maestro ha de atraer el interés de un niño, comprenderá cuáles han sido hasta entonces los intereses del niño y lo convencerá de que puede tener éxito en ese interés y en otros. Cuando un niño se siente seguro en un punto, es más fácil estimularlo también en otros. Desde el principio, por tanto, deberíamos averiguar cómo mira el niño el mundo y qué órgano de los sentidos ha ocupado la mayor parte de su atención y se ha entrenado en mayor grado. A algunos niños les interesa sobre todo ver, a otros escuchar, a otros moverse. A los niños de tipo visual será más fácil interesarlos en materias en las que tengan que <!-- p. 162 --> usar los ojos, en geografía o en dibujo. Si el maestro da lecciones habladas, no escucharán; no están tan acostumbrados a la atención auditiva. Si estos niños no tienen ocasión de aprender a través de los ojos, se quedarán retrasados. Quizá se dé por supuesto que no tienen aptitudes ni talento, y se eche la culpa a la herencia. Si alguien tiene la culpa, son más bien los maestros y los padres que no han encontrado el método adecuado para interesar a los niños. No propongo que la educación de los niños se especialice; pero un interés muy desarrollado debería usarse para alentar a los niños también en otros intereses. En nuestro tiempo hay algunas escuelas donde se enseñan las materias a los niños de un modo que puede apelar a todos los sentidos. Los ejercicios de modelado o de dibujo, por ejemplo, se combinan con las lecciones. Es una tendencia que hay que alentar y desarrollar más. La mejor manera de enseñar las materias es en coherencia con el resto de la vida, de modo que los niños puedan ver el propósito de la instrucción y el valor práctico de lo que aprenden. Se plantea a menudo la cuestión de si es mejor enseñar materias a los niños o enseñarles a pensar por sí mismos. Me parece que en esta cuestión se establece una antítesis demasiado rígida. Ambos métodos pueden combinarse. Es una gran ventaja, por ejemplo, enseñar matemáticas a un niño en relación con la construcción de casas y dejar que averigüe cuánta madera se necesita, cuántas personas vivirán allí, etcétera. Algunas materias pueden enseñarse fácilmente juntas, y a menudo encontramos expertos en vincular una parte de la vida con otra. Un maestro, por ejemplo, puede dar un paseo con los niños y averiguar qué es lo que más les interesa. Puede enseñarles al mismo tiempo a comprender las plantas y <!-- p. 163 --> su estructura, la evolución y el uso de la planta, las influencias del clima, los rasgos físicos del país, la historia de la humanidad y, de hecho, casi todos los aspectos de la vida. Hemos de presuponer, por supuesto, que a ese maestro le interesan de verdad los niños a los que enseña; pero no hay esperanza de educar a los niños allí donde no podemos hacer esta presuposición.

Con nuestro sistema actual encontramos por lo general que, cuando los niños llegan por primera vez a la escuela, están más preparados para la competencia que para la cooperación; y el entrenamiento en la competencia continúa durante todos sus años escolares. Esto es un desastre para el niño; y apenas es menos desastroso que se adelante y se esfuerce por vencer a los demás niños que que se quede atrás y abandone la lucha. En ambos casos estará interesado ante todo en sí mismo. Su objetivo no será contribuir y ayudar, sino asegurarse lo que pueda para sí. Igual que la familia debería ser una unidad, con cada miembro como parte igual del todo, así también debería serlo la clase. Cuando se los entrena de este modo, los niños se interesan de verdad unos por otros y disfrutan cooperando. He visto a muchos niños «difíciles» cuya actitud cambió por completo gracias al interés y la cooperación de sus compañeros. Puedo mencionar en especial a un niño. Venía de un hogar donde sentía que todos le eran hostiles, y esperaba que todos le fueran hostiles en la escuela. Sus resultados escolares habían sido malos, y cuando sus padres se enteraron, lo castigaron en casa. Esta situación se da con demasiada frecuencia: un niño saca malas notas en la escuela y allí lo regañan; se lleva las notas a casa y lo castigan otra vez. Una experiencia así es bastante desalentadora; duplicar el castigo es terrible. No es de extrañar que el niño <!-- p. 164 --> siguiera retrasado y fuera una influencia perturbadora en la clase. Por fin encontró un maestro que comprendió las circunstancias y explicó a los demás niños que este muchacho creía que todos eran sus enemigos. Pidió su ayuda para convencerlo de que eran sus amigos; y toda la conducta y los progresos del muchacho mejoraron hasta lo increíble.

A veces la gente duda de que pueda entrenarse realmente a los niños para comprenderse unos a otros y ayudarse de este modo; pero mi experiencia es que los niños a menudo comprenden mejor que sus mayores. Una madre trajo una vez a mi consulta a sus dos hijos, una niña de dos años y un niño de tres. La niña se subió a una mesa y su madre se asustó muchísimo. Estaba tan angustiada que no podía hacer un movimiento, pero gritaba: «¡Bájate! ¡Bájate!». La niña no le hacía ningún caso. El niño de tres años dijo: «¡Quédate ahí!», y la niña se bajó inmediatamente. Él la entendía mejor que su madre y sabía qué hacer.

Una sugerencia frecuente para aumentar la unidad y la cooperación de una clase es que los niños se gobiernen a sí mismos; pero en tales intentos creo que debemos ir con cuidado, bajo la guía de un maestro y asegurándonos de que los niños están debidamente preparados. De lo contrario encontraremos que los niños no se toman muy en serio su autogobierno: lo consideran una especie de juego. En consecuencia, son mucho más estrictos y severos de lo que sería un maestro, o usan sus reuniones para obtener una ventaja personal, para ventilar riñas, para apuntarse tantos unos a otros o para alcanzar una posición de superioridad. Al principio, por tanto, es necesario que el maestro vigile y aconseje.

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No podemos evitar pruebas de uno u otro tipo si hemos de averiguar el nivel actual de desarrollo mental, de carácter y de conducta social de un niño. A veces, de hecho, una prueba como los tests de inteligencia puede ser la salvación de un niño. Un muchacho tiene malas notas, por ejemplo, y el maestro desea ponerlo en una clase inferior. Se le hace un test de inteligencia y se descubre que en realidad podría pasar de curso. Habría que darse cuenta, sin embargo, de que nunca podemos predecir los límites del crecimiento futuro de un niño. El cociente intelectual debería usarse solo para conocer las dificultades de un niño, de modo que podamos encontrar un método para superarlas. Hasta donde llega mi experiencia, un cociente intelectual, cuando no revela una debilidad mental efectiva, siempre puede cambiarse si descubrimos el método adecuado. He encontrado que, cuando se deja a los niños jugar con los tests de inteligencia, familiarizarse con ellos, descubrir el truco y aumentar su experiencia de estos exámenes, su cociente intelectual mejora. El cociente intelectual no debería considerarse como si fijara un límite, puesto por el destino o por la herencia, a los logros futuros del niño.

Tampoco el propio niño ni sus padres deberían conocer su cociente intelectual. No conocen el propósito de los tests y piensan que representan un juicio definitivo. La mayor dificultad de la educación no la plantean las limitaciones del niño, sino lo que él cree que son sus limitaciones. Si un niño sabe que su cociente intelectual es bajo, puede perder la esperanza y creer que el éxito está fuera de su alcance. En la educación deberíamos ocuparnos de aumentar el valor y el interés de un niño y de quitar los límites que, por su interpretación de la vida, ha puesto a sus propias fuerzas.

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Algo muy parecido ocurre con las notas escolares. Si un maestro pone malas notas a un niño, cree que lo está estimulando a esforzarse más. Pero si el niño ha tenido una educación severa en casa, tendrá miedo de llevarse las notas a casa. Puede quedarse fuera de casa o alterar las notas. A veces hay niños que incluso se han suicidado en tales circunstancias. Los maestros deberían considerar, por tanto, lo que puede ocurrir después. No son responsables de la vida familiar del niño ni de sus efectos sobre él; pero tienen que tenerla en cuenta. Si los padres son ambiciosos, probablemente habrá escenas y reproches cuando llegue a casa con malas notas. Si el maestro hubiera sido un poco más suave y más benévolo, quizá el niño se habría sentido alentado a seguir adelante y tener éxito. Cuando un niño saca siempre malas notas y todos los demás piensan que es el peor alumno de la clase, llega a creerlo él mismo y a creer que es inalterable. Incluso el peor alumno puede mejorar, sin embargo; y hay ejemplos suficientes, entre los hombres más famosos, que muestran que un niño retrasado en la escuela puede recobrar el valor y el interés y avanzar hacia grandes logros.

Es muy interesante ver que los propios niños, sin ayuda de las notas, tienen por lo general un juicio bastante acertado de las capacidades actuales de cada uno. Saben quién es el mejor en aritmética, en ortografía, en dibujo y en deportes, y podrían clasificarse a sí mismos muy bien. El error que más a menudo cometen es pensar que nunca podrían hacerlo mejor. Ven a otros por delante y creen que nunca podrán alcanzarlos. Si un niño está muy firmemente aferrado a esta opinión, la trasladará a las circunstancias de su vida posterior. Incluso en la vida adulta <!-- p. 167 --> calculará su posición respecto a los demás y pensará que en ese punto tiene que quedarse siempre atrás. La gran mayoría de los niños ocupan en la escuela más o menos la misma posición en todos los cursos por los que pasan. Están siempre entre los primeros, en el medio o en los últimos puestos. No deberíamos considerar este hecho como si demostrara que están más o menos dotados por nacimiento. Muestra los límites que se han puesto a sí mismos, el grado de su optimismo y el campo de su actividad. No es en absoluto desconocido que un niño que ha estado en los últimos puestos de su clase cambie y empiece a hacer progresos sorprendentes. Los niños deberían comprender el error que supone esta autolimitación; y tanto los maestros como los niños deberían librarse de la superstición de que el progreso de un niño de inteligencia normal puede relacionarse con su herencia.

De todos los errores que se cometen en la educación, la creencia en límites hereditarios del desarrollo es el peor. Da a maestros y padres la ocasión de justificar sus errores y de reducir sus esfuerzos. Pueden librarse de la responsabilidad de su influencia sobre los niños. Hay que oponerse a todo intento de eludir la responsabilidad. Si un educador atribuyera de verdad todo el desarrollo del carácter y de la inteligencia a la herencia, no veo cómo podría esperar lograr nada en su profesión. Si, por el contrario, ve que su propia actitud y sus esfuerzos influyen en los niños, no podrá encontrar en las teorías de la herencia una escapatoria a su responsabilidad.

No me refiero aquí a la herencia física. La herencia de deficiencias orgánicas está fuera de toda duda. La importancia de tales deficiencias heredadas para el desarrollo de la mente solo la comprende, creo, la psicología <!-- p. 168 --> individual. El niño experimenta en su mente el grado de funcionamiento de sus órganos, y limita su desarrollo de acuerdo con su juicio sobre su incapacidad. No es la deficiencia en sí lo que afecta a la mente, sino la actitud del niño ante su deficiencia y el entrenamiento consiguiente. Si un niño padece, por tanto, alguna incapacidad orgánica, es especialmente necesario que no se le dé motivo para concluir que está limitado en inteligencia o en carácter. Hemos visto en un capítulo anterior que la misma deficiencia orgánica puede tomarse como estímulo para un mayor esfuerzo y éxito o como un obstáculo que necesariamente estorbará el desarrollo.

Al principio, cuando expuse esta conclusión, mucha gente me acusó de ser poco científico y de presentar creencias privadas mías que estaban en conflicto con los hechos. Pero fue a partir de mis experiencias como había formulado mi conclusión, y las pruebas a su favor no han dejado de acumularse. Ahora muchos otros psiquiatras y psicólogos han llegado al mismo punto de vista, y la creencia en componentes heredados del carácter puede llamarse una superstición. Es una superstición que existe desde hace muchos miles de años. Dondequiera que los hombres han deseado eludir la responsabilidad y han adoptado una visión fatalista de la conducta humana, la teoría de que los rasgos de carácter se heredaban estaba casi condenada a aparecer. En su forma más simple es la creencia de que un niño al nacer ya es bueno o malo. En esta forma es fácil demostrar que es un disparate; y solo un deseo muy fuerte de eludir la responsabilidad podría permitir que persistiera. «Bueno» y «malo», como otras expresiones del carácter, solo tienen significado en un contexto social; son el resultado del entrenamiento en un entorno social, entre nuestros semejantes, <!-- p. 169 --> e implican un juicio: «favorable al bienestar de los demás» o «contrario al bienestar de los demás». Antes de nacer, el niño no tiene entorno social en este sentido. Al nacer tiene potencialidades para desarrollarse en cualquiera de las dos direcciones. El camino que elija seguir dependerá de las impresiones y sensaciones que reciba de su entorno y de su propio cuerpo, y de la interpretación que haga de esas impresiones y sensaciones. Dependerá especialmente de su educación.

Lo mismo ocurre con la herencia de las facultades mentales, aunque quizá las pruebas no sean tan claras. El mayor factor en el desarrollo de las facultades mentales es el *interés*; y hemos visto cómo el interés se bloquea, no por la herencia, sino por el desaliento y el miedo a la derrota. Es indudablemente cierto que la estructura del cerebro se hereda en cierta medida; pero el cerebro es el instrumento, no el origen, de la mente; y, si la deficiencia no es demasiado grave para que podamos repararla en el estado actual de nuestros conocimientos, el cerebro puede entrenarse para compensarla. Detrás de todo grado excepcional de capacidad encontraremos no una herencia excepcional, sino un largo interés y entrenamiento.

Incluso cuando encontramos familias que han dado a la sociedad muchos miembros dotados en más de una generación, no necesitamos suponer que actúa ninguna influencia hereditaria. Podemos suponer, más bien, que el éxito de un miembro de la familia sirvió de estímulo a los demás, y que las tradiciones familiares permitieron a los hijos seguir sus intereses y entrenarlos mediante el ejercicio y la práctica. Así, por ejemplo, cuando nos enteramos de que el gran químico Liebig era hijo de un droguero, no necesitamos imaginar que su aptitud para la química fuera <!-- p. 170 --> heredada. Basta con saber que su entorno le permitió dedicarse a su interés, y que a una edad en que la mayoría de los niños no entienden nada de química él ya se había familiarizado con gran parte de la materia. Los padres de Mozart se interesaban por la música; pero el talento de Mozart no era heredado. Sus padres deseaban que se interesara por la música y le dieron todo tipo de aliento. Todo su entorno, desde la más temprana edad, era musical. Por lo general encontramos entre los hombres destacados este hecho de un «comienzo temprano»: tocaban el piano a los cuatro años, o escribían cuentos para los demás miembros de la familia cuando todavía eran muy pequeños. Su interés fue largo y continuo. Su entrenamiento fue espontáneo y amplio. Conservaron el valor y no vacilaron ni se quedaron retrasados.

Ningún maestro puede conseguir quitar los límites que un niño ha puesto a su propio desarrollo si él mismo cree que hay límites fijos al desarrollo. Puede facilitarle las cosas poder decirle a un niño: «No tienes dotes para las matemáticas»; pero eso no puede hacer otra cosa que desalentar al niño. Yo mismo tengo alguna experiencia en este sentido. Durante algunos años fui el negado para las matemáticas de mi clase, completamente convencido de que me faltaba todo talento para ellas. Por fortuna, un día me encontré, para mi propio asombro, capaz de resolver un problema que había dejado perplejo a mi maestro. El éxito cambió toda mi actitud ante las matemáticas. Donde antes había retirado mi interés de toda la materia, ahora empecé a disfrutar de ella y a aprovechar cualquier ocasión para aumentar mi capacidad. En consecuencia, llegué a ser uno de los mejores matemáticos de mi escuela. La experiencia me ayudó, <!-- p. 171 --> creo, a ver la falacia de las teorías de los talentos especiales o las capacidades innatas.

Incluso en una clase numerosa podemos observar las diferencias entre los niños, y podemos tratarlos mejor si comprendemos su carácter que si siguen siendo una masa indiferenciada. Las clases numerosas, sin embargo, son ciertamente una desventaja. Los problemas de algunos niños quedan ocultos y es difícil tratarlos debidamente. Un maestro debería conocer íntimamente a todos sus alumnos, o no será capaz de establecer interés y cooperación. Creo que es una gran ayuda que los niños tengan el mismo maestro durante varios años. En algunas escuelas el maestro cambia cada seis meses aproximadamente. Ningún maestro tiene así mucha oportunidad de convivir con los niños, de ver sus problemas y seguir su desarrollo. Si un maestro se quedara con los mismos niños durante tres o cuatro años, podría descubrir y remediar con más facilidad los errores del estilo de vida de un niño; y sería más fácil, también, hacer de la clase una unidad social cooperativa.

No suele ser una ventaja para un niño saltarse un curso; por lo general se le carga de expectativas que no cumple. Quizá debiera considerarse pasar a un niño a un curso superior si es demasiado mayor para sus compañeros o si se desarrolla más deprisa que los demás niños de su clase. Pero si la clase es una unidad, como hemos sugerido que debería ser, los éxitos de un miembro son una ventaja para los demás. Cuando hay niños brillantes en una clase, el progreso de toda la clase puede acelerarse y elevarse; y es injusto para los demás miembros privarlos de semejante estímulo. Yo recomendaría más bien que a un alumno excepcionalmente rápido se le dieran otras actividades e intereses —la pintura, por ejemplo— además <!-- p. 172 --> de las tareas ordinarias de la clase. Sus éxitos en estas actividades ampliarían también los intereses de los demás niños y los alentarían a seguir adelante.

Es todavía más desafortunado que los niños repitan curso. Todo maestro estará de acuerdo en que los niños que repiten curso son por lo general un problema en la escuela y en casa. No siempre es así; una pequeña minoría puede repetir un curso sin plantearnos ningún problema. La gran mayoría de los niños que repiten curso, sin embargo, siguen siempre retrasados y problemáticos. Sus compañeros no los tienen en buena consideración y ellos tienen una visión pesimista de sus propias capacidades. Es una cuestión difícil, y con nuestra rutina escolar actual no podemos librarnos fácilmente de hacer repetir curso a los niños. Algunos maestros han conseguido que los niños retrasados no tengan que repetir curso aprovechando las vacaciones para entrenarlos a reconocer los errores de su estilo de vida. Una vez reconocidos los errores, los niños podían pasar por el curso siguiente con todo éxito. De hecho, este es el único modo en que podemos ayudar realmente al niño retrasado: haciéndole ver los errores que ha cometido en la estimación de sus propias capacidades, podemos dejarlo libre para progresar por sus propios esfuerzos.

Dondequiera que he visto a los niños divididos en grupos de alumnos más rápidos y más lentos y puestos en clases distintas, he observado un hecho destacado. Mi experiencia ha sido principalmente en Europa, y no puedo decir si la misma observación valdría para América. En los grupos más lentos he encontrado juntos a niños débiles mentales y a niños que procedían de hogares pobres. En los grupos más rápidos he encontrado principalmente a hijos de padres más ricos. Este hecho parece bastante comprensible. En los hogares más pobres <!-- p. 173 --> la preparación de los niños no es tan buena. Los padres se enfrentan a demasiadas dificultades; no pueden dedicar tanto tiempo a preparar a sus hijos, y quizá ellos mismos no tengan educación suficiente para ayudarlos. No creo, sin embargo, que los niños que no están bien preparados para la escuela deban ponerse en clases más lentas. Un maestro bien formado sabrá corregir su falta de preparación, y ellos ganarán con el trato con niños mejor preparados. Si se los pone en grupos más lentos, por lo general se dan perfecta cuenta del hecho; y los niños de los grupos más rápidos también lo saben y desprecian a los otros. Este es un terreno fértil para el desaliento y los afanes de superioridad personal.

En principio, la coeducación merece todo el apoyo. Es un medio excelente para que chicos y chicas se conozcan mejor y aprendan a cooperar con el otro sexo. Pero quienes creen que la coeducación resuelve todos los problemas cometen un gran error. La coeducación plantea un problema especial propio; y, a menos que ese problema especial se reconozca y se trate como un problema, la distancia entre los sexos es mayor con la coeducación que sin ella. Una de las dificultades, por ejemplo, es que las chicas se desarrollan más deprisa que los chicos hasta los dieciséis años. Si los chicos no lo comprenden, les resulta difícil conservar su autoestima. Se ven superados por las chicas y se descorazonan. En su vida posterior temen la competencia con el otro sexo, porque recuerdan su derrota. Un maestro que está a favor de la coeducación y comprende sus problemas puede conseguir mucho con ella; pero, si no la aprueba del todo y no le interesa, fracasará. Otra dificultad es que, si los niños no están debidamente entrenados y <!-- p. 174 --> vigilados, es seguro que surgirán problemas sexuales. La cuestión de la educación sexual en la escuela es muy complicada. El aula no es el lugar adecuado para la educación sexual; si un maestro habla a toda la clase, no tiene manera de saber si cada niño lo entiende del modo correcto. Puede así despertar intereses sin saber si los niños están preparados para ellos ni cómo los adaptarán a su propio estilo de vida. Por supuesto, si un niño desea saber más y le hace preguntas en privado, el maestro debería darle respuestas verdaderas y directas. Tiene entonces la oportunidad de juzgar qué quiere saber realmente el niño y de encaminarlo hacia una solución correcta. Es una desventaja, sin embargo, que haya continuamente discusiones sobre el sexo en una clase. Algunos niños lo entenderán mal con toda seguridad; y no es útil tratar el sexo como un asunto sin gran importancia.

Para quien está entrenado en la comprensión de los niños, es fácil distinguir distintos tipos y estilos de vida. El grado de cooperación del niño puede verse en su postura, en su manera de mirar y de escuchar, en la distancia que guarda respecto a los otros niños, en la facilidad con que hace amigos, en su capacidad de atención y concentración. Si olvida sus tareas o pierde sus libros, podemos deducir que no le interesa su trabajo. Hemos de averiguar por qué le desagrada la escuela. Si no se une a los juegos de los otros niños, podemos reconocer su sentimiento de aislamiento y su interés por sí mismo. Si siempre desea que le ayuden en su trabajo, podemos ver su falta de independencia y su deseo de que lo apoyen otros.

Algunos niños solo trabajan si se los alaba y se los <!-- p. 175 --> aprecia. Muchos niños mimados van muy bien en sus tareas escolares mientras puedan obtener la atención de sus maestros. Si pierden esta posición de consideración especial, empiezan los problemas. No pueden avanzar si no tienen público; si no hay nadie que los mire, su interés se detiene. A menudo las matemáticas suponen para estos niños un gran desafío y una gran dificultad. Mientras solo se les pide que memoricen unas cuantas reglas o frases, salen airosos de manera admirable; pero en cuanto tienen que resolver un problema por sí mismos, se quedan completamente perdidos. Esto puede parecer un defecto pequeño; pero es el niño que siempre reclama el apoyo y la atención de los demás el que representa el mayor peligro para nuestra vida común. Si la actitud no cambia, seguirá necesitando y exigiendo siempre en la vida adulta el apoyo de los demás. Siempre que se le plantee un problema, responderá con una acción destinada a obligar a otros a resolverlo por él. Pasará por la vida sin hacer ninguna aportación al bienestar de los demás, siendo, en la medida en que pueda, una carga permanente para sus semejantes.

Otro tipo de niño que desea ser el centro de atención, si no se le concede esa posición, intentará obtenerla haciendo travesuras, alborotando a toda la clase, corrompiendo a los demás niños y siendo una molestia general para todos. Los reproches y los castigos no lo cambiarán; disfruta con ellos. Prefiere que le peguen a que lo pasen por alto; y los dolores que se siguen de su conducta no son más que el precio que paga por su placer. Muchos niños se sienten incitados por el castigo a continuar con su estilo de vida. Lo consideran una competición o un juego para ver quién aguanta más; y siempre pueden ganar, porque el desenlace está en sus manos. Así, los niños que luchan con sus padres <!-- p. 176 --> o maestros se entrenan a veces para reírse cuando los castigan, en lugar de llorar.

Un niño perezoso, a menos que su pereza sea un ataque directo a sus padres y maestros, es casi siempre un niño ambicioso que teme la derrota. El éxito es una palabra que cada cual entiende de manera distinta; y a veces es asombroso descubrir lo que un niño considera una derrota. Hay muchas personas que se creen derrotadas si no van por delante de todos los demás. Incluso cuando tienen éxito, lo consideran una derrota si alguien lo ha hecho todavía mejor. Un niño perezoso nunca experimenta el verdadero sentimiento de derrota porque nunca se enfrenta a una prueba. Excluye el problema que tiene delante y aplaza la decisión de si podría competir con los demás. Todos los demás están más o menos seguros de que, si fuera menos perezoso, podría afrontar sus dificultades. Se refugia en ese país dichoso de «Si me lo propusiera, podría lograr cualquier cosa». Siempre que fracasa, puede disminuir la importancia de su fracaso y conservar su autoestima. Puede decirse: «Es solo pereza, no falta de capacidad».

A veces los maestros le dicen a un alumno perezoso: «Si trabajaras más, podrías ser el alumno más brillante de la clase». Si puede ganarse esa reputación sin hacer nada, ¿por qué habría de arriesgarse a perderla trabajando? Quizá, si dejara de ser perezoso, su reputación de brillantez oculta llegaría a su fin. Se le juzgaría por lo que hace, no por lo que podría haber logrado. Otra ventaja personal para el niño perezoso es que, si hace el más mínimo trabajo, se le alaba por ello. Todo el mundo ve en su actividad un indicio de enmienda y está deseoso de estimularlo más. El mismo trabajo hecho por un niño aplicado ni siquiera se habría advertido.

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De este modo el niño perezoso vive de las expectativas de los demás. También él es un niño mimado que se ha entrenado desde la cuna para esperar que todo le venga de los esfuerzos de otros.

Otro tipo de niño, siempre presente y fácil de reconocer, es el que toma la delantera entre sus compañeros. La humanidad tiene verdadera necesidad de guías, pero solo de hombres que guíen en interés de todos los demás; y semejante liderazgo no lo encontramos a menudo. La mayoría de los niños que toman la delantera solo se interesan por situaciones en las que pueden mandar y dominar a los demás, y solo se unirán a sus compañeros con esta condición. Este tipo, por tanto, no es un tipo con auspicios favorables. Es inevitable que surjan dificultades en su vida posterior, y, cuando no es trágico, es cómico ver el encuentro, en el matrimonio, en los negocios o en las relaciones sociales, de dos de estos cabecillas. Cada uno busca la oportunidad de dominar al otro y establecer su propia superioridad. A veces a los mayores de una familia les divierte ver a un niño mimado intentar mandarles y tiranizarlos. Se ríen de él y lo azuzan. Los maestros, sin embargo, pueden ver enseguida que no es un desarrollo del carácter ventajoso para la vida social.

Siempre habrá variedades entre los niños, y no es en lo más mínimo nuestro objetivo cortarlos a todos por el mismo patrón ni hacer de ellos otros tantos tarugos de madera. Deseamos, sin embargo, impedir los desarrollos que evidentemente conducen a la derrota y a la dificultad; y estos desarrollos son relativamente fáciles de corregir o de prevenir en la infancia. Cuando no se han corregido, las consecuencias sociales en la vida adulta son graves y perjudiciales. La línea entre los errores de la infancia y los fracasos de los adultos es directa. El niño que no ha aprendido a cooperar es <!-- p. 178 --> el neurótico, el borracho, el criminal o el suicida de años posteriores. El neurótico de angustia tenía terror a la oscuridad, o a las personas extrañas, o a las situaciones nuevas. El melancólico fue un llorica. No podemos esperar, en nuestra sociedad actual, llegar a todos los padres y ayudarles a evitar errores. Los padres que más necesitan consejo son los que nunca vienen a pedirlo. Podemos esperar, sin embargo, llegar a todos los maestros y, a través de ellos, a todos los niños; corregir los errores ya cometidos y entrenar a los niños para una vida independiente, valerosa y cooperativa. En este trabajo, me parece, reside la mayor promesa para el bienestar futuro de la humanidad.

Fue con este objetivo a la vista como empecé a desarrollar, hace unos quince años, los consultorios de orientación educativa de psicología individual, que han resultado tan valiosos en Viena y en muchas otras ciudades de Europa. Está muy bien tener altos ideales y grandes esperanzas; pero, si no se encuentra un método, los ideales resultan inútiles. Tras la experiencia de estos quince años, creo poder decir que estos consultorios han resultado un éxito completo y nos ofrecen el mejor instrumento que poseemos para tratar los problemas de la infancia y educar a los niños para que sean semejantes responsables. Naturalmente, estoy convencido de que los consultorios tendrán más éxito si se basan en la psicología individual; pero no veo razón alguna para que no cooperen con psicólogos de otras escuelas. De hecho, siempre he abogado por que se establezcan consultorios vinculados a cada una de las distintas escuelas de psicología y se comparen los resultados obtenidos por cada escuela.

En el método del consultorio, un psicólogo bien formado <!-- p. 179 --> y con experiencia en las dificultades de maestros, padres y niños se reúne con los maestros de una escuela y discute con ellos los problemas que han surgido en su trabajo. Cuando visita la escuela, uno u otro de los maestros describe el caso de un niño y el problema que plantea. El niño es perezoso, quizá, o pendenciero, hace novillos, roba o va retrasado en su trabajo. El psicólogo aporta sus propias experiencias y sigue una discusión. Se describen la vida familiar, el carácter y el desarrollo del niño. Se mencionan las circunstancias en que apareció por primera vez el problema. Los maestros y el psicólogo indagan cuáles pueden ser las razones del problema y cómo debería tratarse. Como tienen experiencia, pronto llegan a una conclusión común.

El día de la visita están presentes tanto la madre como el niño. Después de decidir cuál es la mejor manera de hablar a la madre, cómo pueden influir en ella y mostrarle la razón del fracaso del niño, se hace pasar a la madre. La madre tiene más información que aportar; y empieza una discusión entre el psicólogo y la madre, en la que él sugiere lo que puede hacerse para ayudar al niño. Por lo general la madre agradece mucho la oportunidad de consultar y está dispuesta a cooperar. Si se resiste, el psicólogo o los maestros pueden comentar casos semejantes y extraer de ellos conclusiones que ella pueda aplicar a su propio hijo.

Luego entra el niño en la sala y el psicólogo le habla, no de sus propios errores, sino de los problemas que tiene delante. Busca las opiniones y juicios que impidieron al niño desarrollarse bien: su creencia de que se le menosprecia y se prefiere a <!-- p. 180 --> otros niños, etcétera. No reprocha nada al niño, sino que mantiene con él una conversación amistosa que le dé otro punto de vista. Si menciona el error real, lo plantea como un caso hipotético e invita al niño a dar su opinión. A quien no tiene experiencia en este trabajo le sorprende ver lo bien que entiende el niño y lo deprisa que puede cambiar toda su actitud.

Todos los maestros a los que he formado en este trabajo están contentos con él y no lo abandonarían por nada. Hace más interesante todo su contacto con el trabajo escolar y aumenta el éxito de todos sus esfuerzos. Ninguno lo siente como una carga añadida; porque a menudo, en media hora o menos, pueden librarse de una dificultad que los habría perseguido y preocupado durante años. El espíritu de cooperación de toda la escuela se eleva y, al cabo de poco tiempo, ya no hay problemas graves y solo hay que tratar pequeños errores. Los propios maestros se convierten realmente en psicólogos. Aprenden a comprender la unidad de la personalidad y la coherencia de todas sus expresiones. Y si surge algún problema en el curso del día, pueden resolverlo ellos mismos. De hecho, nuestra esperanza sería que, si todos los maestros pudieran formarse, los psicólogos se volvieran innecesarios.

Así, por ejemplo, si el maestro tiene un niño perezoso en la clase, propondrá a los niños que tengan una discusión sobre la pereza. Dirige la discusión preguntando: «¿De dónde viene la pereza?», «¿Cuál es su propósito?», «¿Por qué no cambia un niño perezoso?», «¿Qué es lo que debería cambiarse?». Los niños hablarán y llegarán a una conclusión. El propio niño perezoso no sabe que él es el origen de la discusión, pero el problema es suyo, le interesa, y aprende mucho <!-- p. 181 --> de la discusión. Si se le ataca, no aprenderá nada; pero si puede escuchar sin ser aludido, reflexionará y quizá cambie de opinión.

Nadie puede conocer la mente de los niños tan bien como un maestro que vive con ellos y trabaja con ellos. Ve tantos tipos de niños y, si es hábil, establece un vínculo con cada uno de ellos. De él depende que los errores que un niño ha cometido en la vida familiar continúen o se corrijan. Como la madre, es el guardián del futuro de la humanidad, y el servicio que puede prestar es incalculable.

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## VIII. La adolescencia

Hay bibliotecas enteras de libros sobre la adolescencia, y casi todos tratan el tema como si fuera una crisis peligrosa en la que todo el carácter de un individuo podría cambiar. Hay muchos peligros en la adolescencia, pero no es cierto que pueda cambiar el carácter. Proporciona al niño que crece nuevas situaciones y nuevas pruebas. Siente que se acerca al frente de la vida. Pueden revelarse errores de su estilo de vida que hasta entonces habían pasado inadvertidos. Estaban presentes, sin embargo, y un ojo experto siempre habría podido verlos. Ahora cobran importancia y no pueden pasarse por alto.

Para casi todos los niños, la adolescencia significa una cosa por encima de todo: tienen que demostrar que ya no son niños. Quizá pudiéramos convencerlos de que pueden darlo por supuesto; y, si pudiéramos hacerlo, se quitaría mucha tensión a la situación. Pero si sienten que tienen que demostrarlo, es bastante natural que exageren. Muchísimas de las manifestaciones de la adolescencia son fruto del deseo de mostrar independencia, igualdad con los adultos y hombría o feminidad. La dirección de estas manifestaciones dependerá del significado que el niño haya atribuido a «ser mayor». Si ser mayor ha significado estar libre de control, el niño luchará contra las restricciones. Muchos niños empiezan en esta época a fumar, a decir palabrotas y a volver tarde por la noche. Algunos revelan una oposición inesperada a sus <!-- p. 183 --> padres; y sus padres no se explican cómo un niño tan obediente ha podido volverse de repente tan desobediente. No es realmente un cambio de actitud. El niño aparentemente obediente estaba siempre en oposición a sus padres; pero solo ahora, cuando tiene más libertad y más fuerza, se siente capaz de declarar su enemistad. Un muchacho al que su padre había tiranizado siempre y que había sido en apariencia un niño callado y sumiso solo esperaba una ocasión para vengarse. En cuanto se sintió lo bastante fuerte, desafió a su padre a pelear, le dio una paliza y se fue de casa.

Por lo general se da al niño más libertad e independencia durante la adolescencia. Los padres ya no sienten que tengan derecho a vigilarlo y protegerlo todo el tiempo. Pero si los padres intentan continuar su vigilancia, el niño hará esfuerzos todavía mayores por evitar el control. Cuanto más intenten sus padres demostrar que todavía es un niño, más luchará él por demostrar lo contrario. De esta lucha nace una actitud de antagonismo, y tenemos entonces el cuadro típico del «negativismo adolescente».

No podemos poner límites estrictos al periodo de la adolescencia. Va por lo general desde los catorce años aproximadamente hasta los veinte; pero a veces los niños son ya adolescentes a los diez o los once. Todos los órganos del cuerpo están creciendo y desarrollándose en esta época, y a veces la coordinación de las funciones no se logra fácilmente. Los niños crecen en estatura, sus manos y sus pies se hacen más grandes; quizá sean menos ágiles y diestros. Necesitan entrenar esta coordinación; pero si, en el proceso, se ríen de ellos y los critican, llegarán a creer que son torpes. Si se ríen de los movimientos de un niño, <!-- p. 184 --> se volverá torpe. Las glándulas endocrinas contribuyen también al desarrollo del niño. Aumentan sus funciones. No es un cambio completo; las glándulas endocrinas ya estaban activas incluso en el periodo prenatal; pero ahora sus secreciones son mayores y los caracteres sexuales secundarios son más visibles. Al chico empieza a salirle barba y a cambiarle la voz. La figura de la chica se redondea y es más claramente femenina. También estos son hechos que un adolescente puede malinterpretar.

A veces un niño mal preparado para la vida adulta se siente presa del pánico ante la cercanía de los problemas de la ocupación, la vida social y la sociedad, el amor y el matrimonio. Pierde toda esperanza de ser capaz de afrontarlos. En lo que respecta a la sociedad, es tímido y reservado, se aísla y se queda en casa. En lo que respecta a la ocupación, no encuentra ningún trabajo que le atraiga y está seguro de que fracasaría en todo. En lo que respecta al amor y al matrimonio, se siente cohibido ante el otro sexo y le asusta encontrarse con él. Si le hablan, se sonroja; no encuentra palabras para responder. Cada día se hunde más y más en la desesperación. Por fin queda completamente bloqueado ante todos los problemas de la vida y ya nadie puede comprenderlo. No mira a los demás, no les habla ni los escucha. No trabaja ni estudia. Está siempre absorto en fantasías. Solo le queda un mísero resto de actividad sexual. Esto es la locura, la *dementia præcox*; pero toda esa locura es un error. Si es posible alentar a un niño así, demostrarle que no va por el buen camino e indicarle uno mejor, puede curarse. No es fácil, porque hay que corregir toda la vida y todo el entrenamiento de la vida. El significado del pasado, del presente y del futuro <!-- p. 185 --> tiene que verse a una luz científica, no a la luz de la inteligencia privada.

Todos los peligros de la adolescencia proceden de una falta de entrenamiento y preparación adecuados ante los tres problemas de la vida. Si los niños tienen miedo del futuro, es bastante natural que intenten afrontarlo con los métodos que exigen menos esfuerzo. Estos caminos fáciles, sin embargo, son los caminos inútiles. Cuanto más se mande, exhorte y critique a un niño así, más fuerte se hace su impresión de que está al borde de un abismo. Cuanto más lo empujemos, más intentará retroceder. A menos que podamos alentarlo, todo esfuerzo por ayudarlo será un error y lo perjudicará aún más. Mientras esté tan pesimista y tan asustado, no podemos esperar que sienta que puede permitirse esfuerzos adicionales.

Unos pocos niños desean en esta época seguir siendo niños; incluso hablan como bebés, juegan con niños más pequeños que ellos y fingen que pueden seguir siendo infantiles para siempre. La inmensa mayoría hace algún tipo de intento por comportarse como adultos. Si no son realmente valerosos, ofrecen una especie de caricatura del adulto: imitan los gestos de los hombres, les gusta gastar dinero sin tasa, empiezan a coquetear y tienen aventuras amorosas. En los casos más difíciles, cuando un muchacho no ve el modo de afrontar los problemas de la vida pero conserva cierto grado de actividad, empieza a emprender una carrera delictiva. Esto es especialmente probable si ya ha cometido delitos sin que lo descubrieran y cree que puede ser lo bastante listo para evitar de nuevo que lo descubran. El crimen es una de las escapatorias fáciles ante los problemas de la vida, y especialmente ante el problema económico y del sustento. Así sucede que entre los catorce y los veinte años <!-- p. 186 --> hay un gran aumento del número de delincuentes. Tampoco aquí nos encontramos ante un desarrollo nuevo; pero una presión mayor ha revelado los defectos que ya estaban presentes en el patrón infantil.

Si el grado de actividad es menor, el camino fácil de escape es la neurosis; y es también entre estas edades cuando muchos niños empiezan a padecer enfermedades funcionales y trastornos nerviosos. Todo síntoma neurótico está pensado para proporcionar una justificación a la negativa a resolver los problemas de la vida sin rebajar el sentimiento de superioridad personal. Los síntomas neuróticos aparecen cuando un individuo se enfrenta a problemas sociales que no está preparado para afrontar de manera social. La dificultad produce una gran tensión. Durante la adolescencia, el estado físico es especialmente sensible a tales tensiones, y todos los órganos pueden irritarse y todo el sistema nervioso verse afectado. Esta irritación de los órganos puede usarse a su vez como excusa para la vacilación y el fracaso. Un individuo en este caso empieza a considerarse, en privado y ante los demás, libre de responsabilidad a causa de su sufrimiento; y la estructura de una neurosis está completa. Todo neurótico proclama las mejores intenciones. Está completamente convencido de la necesidad del sentimiento de comunidad y de afrontar los problemas de la vida. Solo en su caso hay una excepción a esta exigencia universal. Lo que lo excusa es la propia neurosis. Toda su actitud dice: «Estoy deseando resolver todos mis problemas, pero por desgracia algo me lo impide». En esto se diferencia del criminal, que a menudo declara abiertamente sus malas intenciones y cuyo sentimiento de comunidad está oculto y reprimido. Es difícil decidir quién causa mayor daño al bienestar humano: el neurótico, cuyos motivos son tan buenos, pero cuyos actos, aparte de <!-- p. 187 --> esos buenos motivos, parecerían rencorosos, egoístas y destinados a entorpecer la cooperación de sus semejantes, o el criminal, cuya hostilidad es mucho más abierta y que se esfuerza por sofocar los restos de su sentimiento de comunidad.

Un gran número de fracasos en la adolescencia proceden de los niños mimados; y es fácil ver que la cercanía de las responsabilidades adultas es una tensión especial para los niños acostumbrados a que sus padres se lo hagan todo. Siguen deseando que los mimen, pero a medida que crecen descubren que ya no son el centro de atención. Reprochan a la vida que los haya engañado y defraudado; se han criado en una atmósfera artificialmente cálida, y el aire de fuera les resulta crudamente frío. En esta época encontramos aparentes inversiones del progreso. Los niños de los que más se esperaba empiezan a fallar en sus estudios y en su trabajo, y niños que antes habían parecido menos dotados empiezan a alcanzarlos y a revelar aptitudes insospechadas. No es una contradicción con la historia anterior. Quizá un niño que prometía mucho empieza ahora a temer defraudar las expectativas con que se le ha cargado. Mientras se le ayudaba y apreciaba, podía avanzar; pero cuando llega el momento de hacer esfuerzos independientes, le falla el valor y se retira. A otros los estimula su nueva libertad. Ven claro ante sí el camino hacia la realización de sus ambiciones. Están llenos de ideas y proyectos nuevos. Su vida creadora se intensifica, y su interés por todos los aspectos de nuestro proceso humano se vuelve más vivo y ávido. Estos son los niños que han conservado el valor, y para quienes la independencia no significa dificultad y <!-- p. 188 --> riesgo de derrota, sino una oportunidad más amplia de realizar logros y aportaciones.

Los niños que antes se han sentido menospreciados y desatendidos conciben ahora quizá, cuando están vinculados más ampliamente con sus semejantes, la esperanza de poder encontrar aprecio. Muchos de ellos quedan completamente hipnotizados por este anhelo de aprecio. Ya es bastante peligroso para un chico que solo busque alabanzas; pero las chicas tienen a menudo menos confianza en sí mismas y ven en el aprecio de los demás el único modo de demostrar su valía. Estas chicas caen fácilmente presa de los hombres que saben halagarlas. A menudo he encontrado chicas que se sentían poco apreciadas en casa y empezaban a tener relaciones sexuales, no solo para demostrar que eran mayores, sino porque esperaban alcanzar por este medio, por fin, una posición en la que se las apreciara y fueran el centro de atención.

Tomemos un ejemplo: una muchacha de quince años procedía de una familia muy pobre. Tenía un hermano mayor que durante su infancia estuvo siempre enfermizo. La madre se vio obligada a dedicarle mucha atención, y cuando nació su hija no pudo prestarle mucho cuidado. Además, durante la primera infancia de la niña, su padre estuvo enfermo, y su enfermedad redujo aún más el tiempo que la madre podía dedicarle.

Así, la niña pudo advertir y comprender lo que significa que a uno lo cuiden; su deseo fue siempre alcanzar esa posición, pero no podía encontrarla en la familia. Nació una hermana menor, y por entonces el padre se recuperó y la madre quedó libre para dedicarse a la pequeña. En consecuencia, la muchacha de la que hablamos sintió que era la única que no tenía <!-- p. 189 --> amor ni afecto. Siguió luchando; era buena en casa y la mejor alumna de su escuela. Gracias a su éxito se propuso que continuara sus estudios, y la enviaron a una escuela secundaria donde el profesor no la conocía. Al principio no lograba entender los métodos de enseñanza de la nueva escuela. Sus resultados empezaron a decaer, su profesor la criticó, y ella se fue desalentando cada vez más. Estaba demasiado ansiosa de un aprecio rápido. Cuando no podía ser apreciada ni en casa ni en la escuela, ¿qué le quedaba?

Buscó a un hombre que la apreciara. Tras algunas experiencias, se marchó y vivió con un hombre durante catorce días. La familia estaba muy preocupada por ella e intentó encontrarla; pero podíamos predecir lo que iba a ocurrir. Pronto descubriría que seguía sin ser apreciada por sí misma y empezaría a arrepentirse del episodio. Su siguiente pensamiento fue el suicidio, y la muchacha envió una nota a casa: «No os preocupéis. He tomado veneno. Soy muy feliz». En realidad no había tomado veneno, y podemos comprender por qué. Sus padres eran de verdad buenos con ella, y sentía que podía atraer su compasión. En consecuencia, no se suicidó, sino que esperó a que su madre viniera, la encontrara y se la llevara a casa. Si la muchacha hubiera sabido lo que nosotros sabemos, que todo su afán se dirigía al aprecio, estas dificultades no se habrían producido. Si el profesor de la escuela secundaria lo hubiera comprendido, también eso las habría evitado. Hasta entonces las notas de la muchacha habían sido siempre excelentes; y si él hubiera visto que la muchacha era sensible en este punto y necesitaba un trato un poco más cuidadoso, su situación no la habría desalentado.

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En otro caso, una niña nació en una familia en la que tanto el padre como la madre eran de carácter débil. La madre siempre había querido varones y se llevó una decepción con la llegada de una niña. Infravaloraba el papel de las mujeres, y su hija no podía dejar de notarlo. Más de una vez oyó a su madre decirle a su padre: «La niña no es nada atractiva. Nadie la querrá cuando sea mayor», o «¿Qué vamos a hacer con ella cuando crezca?». Después de diez años en esta atmósfera envenenada, encontró una carta de una amiga de su madre en la que la consolaba por haber tenido una hija y le decía que, como todavía era joven, aún podía tener un hijo varón.

Podemos imaginar lo que sintió la niña. Pocos meses después fue al campo a visitar a un tío. Mientras estaba allí conoció a un muchacho del pueblo de escasa inteligencia y se hizo su novia. Él la dejó, pero ella siguió en la misma dirección. Cuando la vi, ya había reunido una gran colección de amantes; pero en ninguna de sus aventuras se había sentido debidamente apreciada. Vino a verme porque ahora padecía una neurosis de angustia y no podía salir sola. Insatisfecha con un modo de obtener aprecio, había probado otro. Empezó a atormentar a la familia con sus dolores y sufrimientos. Nadie podía hacer nada sin su permiso. Lloraba, amenazaba con suicidarse y tiranizaba a toda la casa. Costó mucho trabajo hacer que la muchacha viera su situación y convencerla de que en su adolescencia había exagerado la necesidad de encontrar el modo de escapar del sentimiento de no ser apreciada.

Tanto las chicas como los chicos sobrevaloran y exageran a menudo <!-- p. 191 --> las relaciones sexuales en su adolescencia. Desean demostrar que son mayores, y van demasiado lejos. Si una chica, por ejemplo, está en lucha con su madre y cree siempre que está sometida, con frecuencia, como protesta, tendrá relaciones sexuales con cualquier hombre que encuentre. No le importa que la madre lo sepa o no; de hecho, es completamente feliz si puede atormentarla. Así, a menudo he encontrado que una chica, tras una riña con su madre, y quizá también con su padre, sale corriendo a la calle y tiene relaciones con el primer hombre que encuentra. Eran chicas que siempre habían pasado por buenas chicas, bien educadas, las últimas de las que se habría esperado semejante conducta. Podemos comprender que las chicas no son realmente culpables. Están mal preparadas; se han sentido en una situación inferior, y este es el único modo en que podían concebir alcanzar una posición más fuerte.

Muchas chicas que han sido mimadas encuentran difícil adaptarse a su papel femenino. Existe siempre en nuestra cultura la impresión de que los hombres son superiores a las mujeres; y en consecuencia les desagrada la idea de ser mujeres. Muestran entonces lo que he llamado «la protesta masculina». La protesta masculina puede expresarse en muchas variedades de conducta. A veces vemos solo una aversión hacia los hombres y una evitación de ellos. A veces los hombres les gustan bastante, pero se sienten cohibidas ante ellos y no pueden hablarles, no quieren participar en reuniones donde hay hombres y se sienten en general a disgusto ante el problema sexual. A menudo insisten en que están deseando casarse cuando sean mayores, pero no se acercan a los miembros del otro sexo ni traban amistad con ellos. A veces encontramos una <!-- p. 192 --> aversión al papel femenino expresada de manera más activa en la adolescencia. Las chicas se comportarán de manera más masculina que antes. Querrán imitar a los chicos y les resultará más fácil imitarlos en sus vicios: fumar, beber, decir palabrotas, unirse a pandillas y exhibir su libertad sexual.

A menudo explican que los chicos no se interesarían por ellas si se comportaran de otro modo. Donde la aversión al papel femenino se ha desarrollado todavía más, encontramos la aparición de la homosexualidad u otras perversiones y de la prostitución. Desde su primera infancia todas las prostitutas han tenido la firme convicción de que nadie las quiere. Creen que nacieron para un papel inferior y que nunca podrían ganarse el verdadero afecto o interés de ningún hombre. Podemos comprender que en estas circunstancias se inclinen a echarse a perder, a despreciar su papel sexual y a considerarlo solo como un medio de ganar dinero. Esta aversión al papel femenino no surge durante la adolescencia. Siempre podríamos encontrar que la muchacha, desde su primera infancia, detestaba ser niña; pero en su infancia no tenía la misma necesidad ni las mismas oportunidades de expresar su aversión.

No son solo las chicas las que sufren una «protesta masculina», sino todos los niños que sobrevaloran la importancia de ser masculinos, ven la masculinidad como un ideal y dudan de ser lo bastante fuertes para alcanzarla. De este modo, el énfasis que se pone en la masculinidad en nuestra cultura puede ser tan difícil para los chicos como para las chicas, sobre todo si no están completamente convencidos de su papel sexual. Muchos niños llegan a bastante edad con la creencia a medias de que algún día su sexo puede cambiar; y es importante que desde los dos años los niños sepan con toda claridad si son chicos o chicas. A menudo un chico <!-- p. 193 --> de aspecto bastante afeminado lo pasa especialmente mal. Los desconocidos a veces se equivocan sobre su sexo, y hasta los amigos de la familia le dicen: «En realidad tendrías que haber sido niña». Un niño así tiende mucho a tomar su aspecto como señal de insuficiencia y a considerar el problema del amor y el matrimonio como una prueba demasiado dura para él. Los chicos que no están seguros de poder desempeñar bien su papel sexual tienden a menudo, durante la adolescencia, a imitar a las chicas, a volverse afeminados y a adoptar los vicios de las chicas que han sido mimadas: se muestran coquetos, adoptan poses y cultivan un temperamento caprichoso.

Incluso la preparación de la actitud ante el otro sexo tiene sus raíces en los primeros cuatro o cinco años de vida. La pulsión sexual es evidente en las primeras semanas de la lactancia; pero no debe hacerse nada que pueda estimularla antes de que pueda dársele una expresión apropiada. Si no se la estimula, sus manifestaciones serán naturales y no tienen por qué alarmarnos. No debemos asustarnos, por ejemplo, cuando vemos en el primer año de vida de un bebé algunas señales de irritación local; pero debemos usar nuestra influencia para cooperar con el niño e interesarlo menos en su propia persona y más en su entorno. Otra cosa es que estos intentos de autosatisfacción no puedan detenerse. Entonces podemos estar seguros de que el niño tiene intenciones propias: no es víctima de la pulsión sexual, sino que la está usando para sus propios fines. Por lo general, el objetivo de los niños pequeños es obtener atención. Sienten que sus padres están asustados y horrorizados y saben jugar con sus sentimientos. Si sus hábitos ya no sirven a su propósito de atraer la atención, los abandonarán.

He observado que no debe estimularse físicamente a los niños. A menudo los padres son muy cariñosos con sus <!-- p. 194 --> hijos y los hijos con ellos. Para aumentar el cariño de los hijos, se pasan el tiempo abrazándolos y besándolos. Saben que este no es el camino correcto. No deberían ser tan crueles. No deberían estimular los afectos del niño. Tampoco debe estimularse mentalmente al niño. A menudo los niños me han hablado, y los adultos al recordar su infancia me han hablado, de los sentimientos que despertó en ellos descubrir alguna imagen frívola en la biblioteca de su padre, o alguna película que habían visto. Es mejor que no encuentren tales libros ni vean tales películas. Si evitamos estimular a los niños, no puede surgir ninguna dificultad.

Otra forma de estimulación, a la que ya nos hemos referido, es la insistencia en dar a los niños una información sexual completamente innecesaria e inapropiada. Muchos adultos parecen tener una verdadera manía de impartir información sexual, y temen horriblemente los peligros de que alguien crezca en la ignorancia. Si miramos nuestro propio pasado y la historia de los demás, no encontraremos las catástrofes que ellos esperan. Es mejor esperar a que el propio niño sienta curiosidad y quiera saber algo. Si a los padres les interesa, comprenderán la curiosidad del niño aunque no hable. Si siente que son sus camaradas, preguntará, y debería respondérsele de manera que pueda comprender y asimilar la información.

Es bueno también que los padres eviten mostrar expresiones de afecto mutuo delante de los hijos. Si es posible, los hijos no deberían dormir en la misma habitación que los padres, y mucho menos en la misma cama; y es también aconsejable que no duerman en la misma habitación que una hermana o un hermano. Los padres tienen que estar atentos <!-- p. 195 --> al desarrollo de sus hijos y no deben engañarse a sí mismos. Si no conocen el carácter y los afanes de sus hijos, nunca sabrán dónde están recibiendo influencias ni de qué modo.

Existe una superstición casi universal de que la adolescencia es una época muy especial y peculiar. Por lo general se da a los periodos del desarrollo humano un exagerado significado privado y se los toma como si fueran cambios completos. Tal es, por ejemplo, la actitud de la mayoría de la gente ante el climaterio. Estas fases no son cambios, sin embargo; son solo una continuación de la vida, y sus fenómenos no tienen una importancia crítica. Lo importante es lo que el individuo espera de esa fase, el significado que le da y el modo en que se ha entrenado para afrontarla. La gente se asusta a menudo ante la aparición de la adolescencia y actúa como si hubiera visto un fantasma. Si entendemos debidamente esta etapa, veremos que a los niños no les afectan en absoluto los hechos de la adolescencia, salvo en la medida en que las condiciones sociales exigen de su estilo de vida una nueva adaptación. A menudo, sin embargo, creen que la adolescencia es el fin de todo, que todo su mérito y su valor se han perdido. Ya no tienen derecho a cooperar y contribuir: nadie los quiere ya. Es de tales sentimientos de donde nacen todas las dificultades de la adolescencia.

Si se ha entrenado al niño para sentirse un miembro igual de la sociedad y para comprender su tarea de contribución, y especialmente si se le ha entrenado para considerar a los miembros del otro sexo como camaradas e iguales, la adolescencia solo le dará la oportunidad de empezar su solución creadora e independiente de los problemas adultos de la vida. Si se siente en un nivel más bajo que los demás, si <!-- p. 196 --> padece una visión equivocada de sus circunstancias, en la adolescencia se verá que no está bien preparado para la libertad. Si hay siempre alguien presente que lo obliga a hacer lo necesario, puede cumplirlo. Si se le deja solo, es medroso y fracasa. Un niño así estaría bien adaptado para la esclavitud, pero en la libertad está perdido.

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## IX. El crimen y su prevención

Gracias a la psicología individual empezamos a comprender todos los diversos tipos de seres humanos; y, después de todo, los seres humanos no son tan notablemente distintos unos de otros. Encontramos el mismo tipo de fracaso en los criminales que en los niños problemáticos, los neuróticos, los psicóticos, los suicidas, los borrachos y los pervertidos sexuales. Todos fracasan en su acercamiento a los problemas de la vida; y, en un punto muy definido y perceptible, fracasan exactamente del mismo modo. Todos ellos fracasan en el sentimiento de comunidad. No se preocupan por sus semejantes. Ni siquiera aquí, sin embargo, podemos distinguirlos como si estuvieran en contradicción con las demás personas. Nadie puede ponerse como ejemplo de cooperación perfecta o de sentimiento de comunidad perfecto, y los fracasos de los criminales no son más que un grado más grave de fracasos comunes.

Hay otro punto necesario para comprender a los criminales; pero en este punto son exactamente como el resto de nosotros. Todos deseamos vencer las dificultades. Todos nos afanamos por alcanzar una meta en el futuro con cuyo logro nos sentiremos fuertes, superiores, completos. El profesor Dewey llama a esta tendencia, con mucho acierto, el afán de seguridad. Otros la llaman el afán de autoconservación. Pero, cualquiera que sea el nombre que le demos, encontraremos siempre en los seres humanos esta gran línea de actividad: la lucha por elevarse de una posición inferior a una posición superior, de la derrota a la victoria, de *abajo* a *arriba*. Empieza en <!-- p. 198 --> nuestra más temprana infancia y continúa hasta el final de nuestra vida. Vivir significa seguir existiendo sobre la corteza de este planeta, superar obstáculos y vencer dificultades. No deberíamos sorprendernos, por tanto, cuando descubrimos exactamente la misma tendencia entre los criminales. En todos sus actos y actitudes el criminal muestra que lucha por ser superior, por resolver problemas, por vencer dificultades. Lo que lo distingue no es el hecho de afanarse de este modo, sino más bien la dirección que toma su afán. Y en cuanto vemos que toma esta dirección porque no ha comprendido las exigencias de la vida social y no se preocupa por sus semejantes, sus actos nos resultarán perfectamente comprensibles.

Quiero subrayar este punto con mucha fuerza, porque hay personas que piensan de otro modo. Consideran a los criminales como excepciones del género humano, en absoluto como la gente corriente. Algunos científicos, por ejemplo, afirman que todos los criminales son débiles mentales. Otros dan gran importancia a la herencia; creen que el criminal nace torcido y no puede evitar cometer crímenes. Otros sostienen aún que el crimen es algo fijado inalterablemente por el entorno: ¡el que es criminal lo es para siempre! Ahora bien, contra todas estas opiniones pueden aducirse muchas pruebas; y deberíamos darnos cuenta, también, de que si las aceptáramos nos veríamos privados de la esperanza de abordar el problema del crimen. En nuestros días queremos librarnos de este desastre humano. Sabemos por toda la historia que el crimen ha sido siempre un desastre; pero ahora estamos deseosos de hacer algo al respecto y nunca podremos contentarnos con arrinconar el problema diciendo: «Todo es herencia, y no hay mucho que hacer».

No hay ninguna fatalidad ni en el entorno ni en <!-- p. 199 --> la herencia. Niños de la misma familia y del mismo entorno pueden desarrollarse de maneras distintas. A veces surge un criminal de una familia de historial irreprochable. A veces, en una familia de muy mal historial, con frecuentes experiencias de cárceles y reformatorios, encontramos hijos de buen carácter y buena conducta. Sucede también que algunos criminales se enmiendan en su vida posterior; y los psicólogos del crimen se han visto a menudo en apuros para explicar cómo un ladrón, después de cumplir los treinta años, puede sentar la cabeza y convertirse en un buen ciudadano. Si el crimen es un defecto innato, o si el entorno lo ha incorporado inalterablemente, este hecho resulta del todo incomprensible. Desde nuestro punto de vista, en cambio, podemos entenderlo muy bien. El individuo está quizá en una situación más favorable; hay menos exigencias sobre él, y los errores de su estilo de vida ya no salen a la superficie. O quizá ya ha conseguido lo que quería. Quizá, finalmente, se está haciendo mayor y más gordo, menos apto para una carrera delictiva: tiene las articulaciones rígidas y no puede trepar tan bien; el robo con escalo se le ha vuelto demasiado difícil.

Antes de seguir adelante deseo excluir la idea de que los criminales están locos. Hay psicóticos que cometen crímenes, pero sus crímenes son de un tipo muy distinto. No podemos considerarlos responsables: sus crímenes son el resultado de una falta completa de comprensión hacia ellos y de un método equivocado de tratarlos. Del mismo modo debemos excluir al criminal débil mental, que en realidad no es más que un instrumento. Los verdaderos criminales son los que planean el crimen. Pintan con brillantes colores las perspectivas, excitan la fantasía o las ambiciones de individuos débiles mentales; luego se esconden y dejan que sus víctimas ejecuten el crimen y corran el riesgo del <!-- p. 200 --> castigo. Lo mismo vale, por supuesto, cuando criminales viejos y experimentados se sirven de gente más joven. Es el criminal experimentado quien planea el crimen; a los muchachos se les engaña para que sean los ejecutores.

Volvamos ahora a la gran línea de actividad que he mencionado: la línea por la que todo criminal —y todo otro ser humano— se afana por obtener una victoria, por alcanzar una posición definitiva. Hay mucha diferencia y variedad en estas metas; y encontramos que la meta del criminal es siempre ser superior de una manera privada y personal. Aquello por lo que se afana no aporta nada a los demás. No es cooperativo. La sociedad necesita de sus miembros, todos necesitamos unos de otros, una utilidad común, una capacidad de cooperar. La meta del criminal no incluye esta utilidad para la sociedad; y este es el aspecto realmente significativo de toda carrera criminal. Veremos más adelante cómo ocurre. En este momento quiero dejar claro que lo principal que hay que averiguar, si queremos comprender a un criminal, es el grado y la naturaleza de su fracaso en la cooperación. Los criminales difieren en su capacidad de cooperar; algunos fracasan menos gravemente que otros. Algunos, por ejemplo, se limitan a delitos pequeños y no van más allá de esos límites. Otros prefieren los grandes crímenes. Algunos son cabecillas, otros seguidores. Para comprender las variedades de las carreras criminales hemos de examinar más a fondo el estilo de vida individual.

El estilo de vida típico de un individuo se construye muy pronto; ya podemos encontrar sus rasgos principales a los cuatro o cinco años. No podemos suponer, por tanto, que cambiarlo sea cosa fácil. Es la personalidad propia de un hombre; solo puede cambiarse comprendiendo los errores que cometió al construirla. Podemos empezar a ver, <!-- p. 201 --> por tanto, cómo sucede que muchos criminales, aunque hayan sido castigados muchas veces, a menudo humillados y despreciados y privados de todos los bienes que nuestra vida social puede ofrecer, siguen sin enmendarse y cometen una y otra vez el mismo crimen. No es la dificultad económica lo que los empuja al crimen. Es bien cierto que, si los tiempos son duros y la gente está más agobiada, los crímenes aumentan. Las estadísticas muestran que a veces el número de crímenes aumenta en proporción a la subida del precio del trigo. Esto no es señal, sin embargo, de que la situación económica cause el crimen. Es mucho más una señal de que muchas personas están limitadas en su conducta. Hay límites a su capacidad de cooperación, y cuando se alcanzan esos límites ya no pueden contribuir. Pierden el último resto de cooperación y recurren al crimen. Por otros hechos descubrimos también que hay muchísimas personas que en situaciones favorables no son criminales, pero que, si surge un problema para el que no están preparadas, resulta que también ellas pueden cometer crímenes. Lo importante es el estilo de vida, el método de afrontar los problemas.

Tras todas estas experiencias de la psicología individual, podemos aclarar por fin un punto muy sencillo. El criminal no se interesa por los demás. Solo puede cooperar hasta cierto grado. Cuando ese grado se agota, recurre al crimen. El agotamiento se produce cuando un problema es demasiado difícil para él. Es interesante considerar los problemas de la vida que todos tenemos que afrontar, los problemas que el criminal no consigue resolver. Al final se verá que no tenemos en la vida más problemas que los problemas sociales, y que estos problemas solo pueden resolverse si nos interesamos por los demás.

La psicología individual nos ha enseñado a hacer tres <!-- p. 202 --> grandes divisiones en los problemas de la vida. Tomemos primero los problemas de la relación con los demás hombres, los problemas del compañerismo. Los criminales pueden tener a veces amigos, pero solo entre los de su clase. Pueden formar bandas e incluso mostrarse lealtad unos a otros. Pero vemos aquí enseguida cómo han reducido su esfera de actividad. No pueden hacer amistad con la sociedad en general, con la gente corriente. Se tratan a sí mismos como un grupo de desterrados y no saben sentirse a gusto entre sus semejantes.

El segundo grupo de problemas incluye todos los relacionados con la ocupación. Un gran número de criminales, si se les pregunta por estos problemas, responden: «Usted no conoce las terribles condiciones del trabajo». Encuentran terrible el trabajo; no están inclinados, como otros, a luchar con estas dificultades. Una ocupación útil implica interés por los demás y una contribución a su bienestar; pero esto es exactamente lo que echamos en falta en la personalidad criminal. Esta falta de espíritu de cooperación aparece pronto, y la mayoría de los criminales están, por tanto, mal preparados para afrontar los problemas de la ocupación. La gran mayoría de los criminales son *trabajadores sin formación ni oficio*. Si se rastrea su historia, se encontrará que en la escuela, e incluso antes de la escuela, hubo aquí un bloqueo, una detención del interés. Nunca aprendieron a cooperar. Ahora bien, la cooperación tiene que enseñarse y entrenarse, y a estos criminales no se los entrenó en la cooperación. Si fracasan ante los problemas de la ocupación, por tanto, no podemos considerarlos culpables. Tenemos que verlo casi del mismo modo que si examináramos de geografía a una persona que nunca ha aprendido geografía. Daría una respuesta equivocada o ninguna respuesta.

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El tercer grupo incluye todos los problemas del amor. Una vida amorosa buena y fecunda exige igualmente interés por la otra persona y cooperación. Es revelador observar que la mitad de los criminales enviados a los reformatorios padecen enfermedades venéreas a su ingreso. Esto tendería a mostrar que querían una salida fácil a los problemas del amor. Consideran a la pareja amorosa como una mera propiedad, y muy a menudo los encontramos pensando que el amor puede comprarse. La vida sexual es para estas personas una cuestión de conquista y adquisición; es algo que deberían poseer, no una asociación en la vida. «¿Para qué sirve la vida», dicen muchos criminales, «si no se me da todo lo que quiero?».

Podemos ver ahora por dónde deberíamos empezar en nuestro tratamiento de los criminales. Hemos de entrenarlos para que sean cooperativos. No se hace mucho si simplemente los metemos en reformatorios. Dejarlos libres es un peligro para la sociedad, y en las condiciones actuales no puede ni discutirse. Hay que proteger a la sociedad de los criminales, pero eso no es todo, ni mucho menos. Tenemos que pensar también: «No están preparados para la vida social; ¿qué haremos con ellos?». Esta falta de cooperación en todos los problemas de la vida no es una deficiencia pequeña. Necesitamos la cooperación en cada momento del día; y el grado de nuestra capacidad de cooperar se manifiesta en nuestra manera de mirar, de hablar y de escuchar. Si mis observaciones son acertadas, los criminales miran, hablan y escuchan de manera distinta que las demás personas. Tienen un lenguaje distinto, y podemos comprender que el desarrollo de su inteligencia se ve obstaculizado por esta diferencia. Cuando hablamos, pretendemos que todo el mundo nos entienda. La propia comprensión es un factor social: damos a las palabras una interpretación común; entendemos del mismo modo en que cualquier otro <!-- p. 204 --> podría entender. Con los criminales es distinto: tienen una lógica privada, una inteligencia privada. Podemos observarlo en el modo en que explican sus crímenes. No son estúpidos ni débiles mentales. En su mayor parte sacan conclusiones bastante acertadas, si les concedemos su meta de una superioridad personal ficticia. Un criminal dirá: «Vi a un hombre que tenía unos pantalones bonitos, y yo no los tenía; así que tuve que matarlo». Ahora bien, si le concedemos que sus deseos son lo único importante y que no hay razón para que se gane la vida de manera útil, su conclusión es bastante inteligente; pero no es sentido común. Hubo hace poco un proceso en Hungría. Varias mujeres habían cometido muchos asesinatos con veneno. Cuando a una de ellas la enviaron a la cárcel, dijo: «Mi hijo estaba enfermo y era un holgazán, y tuve que envenenarlo». Si excluye la cooperación, ¿qué otra cosa le queda por hacer? Es inteligente, pero tiene una manera distinta de ver las cosas, un esquema de apercepción distinto. Podemos comprender, entonces, cómo los criminales, si ven cosas atractivas *y quieren obtenerlas de manera fácil*, concluyen que tienen que quitárselas a este mundo hostil, que no les interesa en absoluto. Padecen una visión equivocada del mundo, una estimación equivocada de su propia importancia y de la importancia de los demás.

Pero este no es el punto más notable al considerar su falta de cooperación. Todos los criminales son cobardes. Eluden problemas que no se sienten con fuerzas para resolver. Podemos ver su cobardía al margen de sus crímenes, en el modo en que afrontan la vida. Podemos ver su cobardía, también, en los crímenes que cometen. Se protegen con la oscuridad y el aislamiento; sorprenden a alguien y sacan sus armas antes de que pueda defenderse. Los criminales creen que son valientes; pero <!-- p. 205 --> nosotros no deberíamos dejarnos engañar del mismo modo. El crimen es la imitación del heroísmo propia de un cobarde. Se afanan por una meta ficticia de superioridad personal y les gusta creer que son héroes; pero esto es de nuevo un esquema equivocado de apercepción, un fallo del sentido común. Sabemos que son cobardes, y si estuvieran seguros de que lo sabemos, sería un gran golpe para ellos. Halaga su vanidad y su orgullo pensar que burlan a la policía, y a menudo piensan: «A mí nunca me descubrirán». Por desgracia, una investigación muy cuidadosa de la carrera de cada criminal revelaría, creo, que había cometido crímenes sin que lo descubrieran; y este hecho es un gran inconveniente. Cuando *sí* los descubren, piensan: «Esta vez no he sido lo bastante listo, pero la próxima vez los burlaré». Y si consiguen salirse con la suya, sienten que han alcanzado su meta; se sienten superiores, sus camaradas los admiran y los aprecian.

Hemos de desbaratar esta estimación común del valor y la astucia del criminal; pero ¿cuándo hemos de desbaratarla? Podemos hacerlo en la familia, en la escuela y en los reformatorios. Más adelante describiré cuál es el mejor punto de ataque; por ahora quiero examinar más a fondo las circunstancias en que puede producirse un fracaso de la cooperación. A veces hemos de echar la responsabilidad a los padres. Quizá la madre no fue lo bastante hábil para atraer al niño a cooperar con ella: era tan infalible que nadie podía ayudarla, o ella misma era incapaz de cooperar. Es fácil ver que en los matrimonios desdichados o rotos no se desarrolla debidamente el espíritu cooperativo. El primer lazo del niño es con su madre, y la madre quizá no quiso ampliar el sentimiento de comunidad del niño <!-- p. 206 --> para que incluyera al padre y a otros niños o adultos. O bien el niño puede haberse sentido el amo de la familia; cuando tiene tres o cuatro años llega otro niño, y el primero siente que ha sufrido un revés, que lo han desplazado de su posición; se niega a cooperar con su madre o con el niño menor. Todos estos son factores que hay que considerar; y si se rastrea la vida de un criminal, se encontrará casi siempre que el problema empezó en sus primeras experiencias familiares. No fue el entorno en sí lo que contó; pero el niño entendió mal su posición y no había nadie a su lado que se la explicara.

Siempre es una dificultad para los demás hijos que uno de ellos destaque especialmente o esté especialmente dotado. Ese niño obtiene la mayor parte de la atención y los demás se sienten desalentados y frustrados. No cooperan, porque desean competir pero no tienen suficiente confianza. A menudo podemos ver el desarrollo desdichado de niños que han quedado eclipsados de este modo y a los que no se ha mostrado cómo podían usar sus propias capacidades. Entre ellos podemos encontrar criminales, neuróticos o suicidas.

Cuando un niño al que le falta cooperación va a la escuela, podemos advertirlo en su conducta desde el primer día. No sabe hacer amigos con los demás niños. No le gusta el maestro, está distraído y no escucha las lecciones. Si no se le trata con comprensión, puede sufrir un nuevo revés. Se le reprocha y se le regaña, en lugar de alentarlo y enseñarle a cooperar. ¡No es de extrañar que las lecciones le resulten todavía más desagradables! No puede interesarse por su vida escolar si sufre todo el tiempo nuevos ataques a su valor y a su confianza en sí mismo. A menudo, en la carrera de un criminal, se encontrará <!-- p. 207 --> que a los trece años estaba en cuarto curso y se le culpaba de su estupidez. Toda su vida posterior queda así en peligro. Pierde progresivamente cada vez más su interés por los demás; su meta se sitúa cada vez más en el lado inútil.

También la pobreza ofrece ocasiones para una interpretación equivocada de la vida. Un niño que procede de un hogar pobre puede encontrarse con prejuicios sociales fuera de casa. Su familia sufre muchas privaciones, tiene muchas penas y sinsabores. Quizá él mismo tenga que ganar dinero muy pronto para ayudar a sus padres. Más tarde se encuentra con gente rica que lleva una vida fácil y puede comprarse todo lo que quiere, y siente que no tienen más derecho que él a darse esos gustos. No es difícil comprender por qué el número de criminales es tan alto en las grandes ciudades, donde hay extremos muy visibles de pobreza y de lujo. De la envidia nunca ha salido ninguna meta útil; pero un niño en estas circunstancias puede fácilmente entender mal las cosas y pensar que el camino de la superioridad es conseguir dinero sin trabajar para ello.

El sentimiento de inferioridad puede también centrarse en una deficiencia orgánica. Este fue uno de mis propios descubrimientos, y en este punto soy un poco culpable de haber allanado el camino a las teorías de la herencia, tanto en neurología como en psiquiatría. Pero ya desde el principio, cuando escribí por primera vez sobre las inferioridades orgánicas y sus compensaciones mentales, reconocí este peligro. No es el organismo el que tiene la culpa, sino nuestros métodos de educación. Si usáramos el método adecuado, los niños con deficiencias orgánicas se interesarían por los demás tanto como por sí mismos. Un niño cargado con órganos imperfectos solo se interesa exclusivamente por sí mismo si no hay nadie a su lado que desarrolle su interés por los demás. Hay muchas personas que padecen deficiencias <!-- p. 208 --> endocrinas, pero quisiera dejar claro que nunca podemos decir de una vez por todas cuál debe ser el funcionamiento normal de una glándula endocrina. El funcionamiento de nuestras glándulas endocrinas puede ser muy variado sin perjuicio para la personalidad. Este factor debe, por tanto, excluirse, especialmente si queremos encontrar el método adecuado para hacer también de estos niños buenos semejantes, con un interés cooperativo por los demás.

Entre los criminales hay una gran proporción de huérfanos; y me parece una vergüenza para nuestra cultura que no hayamos podido establecer el espíritu de cooperación en estos huérfanos. De manera parecida, hay muchos hijos ilegítimos: no había nadie presente que pudiera ganarse su afecto y transferirlo a sus semejantes. Los niños no deseados se dan a menudo a prácticas delictivas, especialmente si saben y sienten que nadie los quería. Entre los criminales encontramos también a menudo personas feas, y este hecho se ha usado como prueba de la importancia de la herencia. ¡Pero piense usted lo que se siente al ser un niño feo! Está en gran desventaja. Quizá sea hijo de una mezcla de razas que no da resultados atractivos, o que tropieza con prejuicios sociales. Si un niño así es feo, toda su vida está sobrecargada; no posee lo que a todos nos gusta tanto: el encanto y la frescura de la infancia. Pero todos estos niños, si se los tratara del modo adecuado, desarrollarían sentimiento de comunidad.

Es interesante observar, además, que a veces encontramos entre los criminales muchachos y hombres excepcionalmente guapos. Si el primer tipo podría considerarse víctima de malos rasgos hereditarios, transmitidos junto con estigmas físicos —manos deformes, por ejemplo, o paladar hendido—, ¿qué hemos de decir de estos <!-- p. 209 --> criminales guapos? En realidad, también ellos han crecido en una situación en la que era difícil desarrollar el sentimiento de comunidad: eran niños mimados. Encontrará usted que los criminales se dividen en dos tipos. Están los que no saben que en el mundo existe el sentimiento de compañerismo y nunca lo han experimentado. Un criminal de este tipo tiene una actitud hostil hacia los demás; su mirada es hostil y considera a todo el mundo un enemigo; nunca ha podido encontrar aprecio. El otro tipo es el niño mimado; y he observado con frecuencia, en las quejas de los presos, que afirman: «La razón de mi carrera criminal fue que mi madre me mimó demasiado». Sobre este punto habría que decir mucho más; pero lo menciono aquí solo para subrayar que, de diversas maneras, a los criminales no se los ha entrenado ni enseñado hasta el grado adecuado de cooperación. Los padres quizá quisieron hacer de su hijo un buen semejante, pero no supieron cómo. Si eran autoritarios y severos, no tenían ninguna posibilidad de conseguirlo. Si lo mimaban y le dejaban ocupar el centro de la escena, se le enseñaba a considerarse importante por el mero hecho de existir, sin hacer ningún esfuerzo creador por merecer la buena opinión de sus semejantes. Estos niños, por tanto, pierden la capacidad de luchar; quieren que siempre se les preste atención y están siempre esperando algo. Si no encuentran un camino fácil hacia la satisfacción, echan la culpa al entorno.

Pasemos ahora a algunos casos y veamos si podemos descubrir en ellos estos puntos, a pesar de que las descripciones no se escribieron con este propósito. El primer caso que daré procede de *500 Criminal Careers*, de Sheldon y Eleanor T. Glueck: el caso de «John el Duro».[^t9-1] Este muchacho explica la génesis de su carrera criminal:

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> Nunca pensé que me dejaría ir. Hasta los quince o dieciséis años era más o menos como los demás chicos. Me gustaba el deporte y lo practicaba. Leía libros de la biblioteca, me acostaba a mi hora y todo eso. Mis padres me sacaron de la escuela y me pusieron a trabajar, y se quedaban con todo mi salario menos cincuenta centavos a la semana.

Aquí está haciendo una acusación. Si le preguntáramos por su relación con sus padres, y si pudiéramos ver toda su situación familiar, podríamos averiguar lo que experimentó realmente. Por ahora solo podemos considerarlo una afirmación de que sus padres no eran cooperativos.

> Trabajé un año más o menos; luego empecé a salir con una chica a la que le gustaba divertirse.

Encontramos esto a menudo en las carreras de los criminales: se apegan a una chica a la que le gusta divertirse. Recuerden lo que dijimos antes: esto es un problema y pone a prueba *el grado de cooperación*. Sale con una chica a la que le gusta divertirse y él solo tiene cincuenta centavos a la semana. No llamaríamos a esto una verdadera solución del problema del amor. Hay otras chicas, por ejemplo. No va por el buen camino. En estas circunstancias yo diría: «Si quiere divertirse, no es la chica para mí». Son estimaciones distintas de lo que es importante en la vida.

> Hoy en día no se puede llevar a divertirse a una chica, ni siquiera en N——, con cincuenta centavos a la semana. El viejo no quería darme más. Estaba resentido y le daba vueltas a la cabeza: ¿cómo podría ganar más dinero?

El sentido común diría: «Quizá podrías buscar y ganar más»; pero él lo quiere fácil, y si desea tener una chica es para su propio placer y nada más.

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> Un día apareció un tipo al que llegué a conocer.

Cuando aparece un desconocido, es otra prueba para él. Un muchacho con la debida capacidad de cooperación no se dejaría seducir. Este muchacho va por un camino que hace posible que lo seduzcan.

> Era un «tipo legal» [es decir, un buen ladrón; un tipo inteligente y capaz que conoce el oficio y que «va a medias contigo y no te la juega»]. Hicimos un montón de golpes en N—— y salimos bien librados, y desde entonces sigo en ello.

Sabemos que los padres tienen casa propia. El padre es capataz en una fábrica y la familia apenas llega a fin de mes. Este muchacho es uno de tres hijos, y hasta el momento de su mala conducta no se había sabido que ningún miembro de la familia fuera delincuente. Me gustaría oír a un científico partidario de la herencia explicar este caso. Admite haber tenido su primera experiencia heterosexual a los quince años. Estoy seguro de que algunos dirían que tiene un exceso de sexualidad. Pero este muchacho no tiene ningún interés por los demás y solo quiere placer. Cualquiera puede excitar en exceso su sexualidad. No tiene ninguna dificultad. Busca aprecio en este terreno: quiere ser un héroe sexual. A los dieciséis años lo detuvieron con un compañero por allanamiento y robo. Siguen otros datos de interés que confirman lo que hemos dicho. Quiere ser un conquistador en las apariencias, atraer la atención de las chicas, ganárselas pagándoles. Lleva un sombrero de ala ancha, un pañuelo rojo al cuello y un cinturón con un revólver. Adopta el nombre de un forajido del Oeste. Es un muchacho vanidoso; quiere parecer un héroe y no tiene otro modo de hacerlo. Admite haber hecho todo aquello de lo que se le acusaba, <!-- p. 212 --> «y mucho más». No tiene escrúpulos respecto a la propiedad.

> No creo que valga la pena vivir. Por la humanidad en general no siento más que el más absoluto desprecio.

Todos estos pensamientos conscientes son en realidad inconscientes. No los comprende; no sabe lo que significan en su coherencia. Siente que la vida es una carga, pero no comprende por qué está desalentado.

> He aprendido a no fiarme de la gente. Dicen que los ladrones no se la juegan unos a otros, pero sí que se la juegan. Una vez estuve con un tipo, lo traté como es debido, y me la jugó.

> Si tuviera todo el dinero que quisiera, sería tan honrado como el que más. Es decir, si tuviera bastante para poder hacer lo que quisiera sin trabajar. Nunca me ha gustado trabajar. Lo odio y nunca trabajaré.

Podemos traducir este último punto así: «Es la represión la responsable de mi carrera. Me veo obligado a reprimir mis deseos y por eso soy un criminal». Es un punto que merece mucha reflexión.

> Nunca he cometido un crimen por el gusto de cometerlo. Claro que tiene su «emoción» ir en coche a un sitio, dar el golpe y escaparse.

Cree que es heroísmo y no ve que es cobardía.

> Cuando me cogieron la otra vez, en un momento dado tenía joyas por valor de catorce mil dólares, pero no se me ocurrió nada mejor que ir a ver a mi chica, y solo vendí lo justo para pagarme el viaje hasta donde estaba ella, y me cogieron.

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Esta gente paga a sus chicas y obtiene así una victoria fácil. Pero lo consideran un verdadero triunfo.

> Aquí en la cárcel tienen escuelas y voy a sacar toda la educación que pueda; no para enmendarme, sino para hacerme más peligroso para la sociedad.

Esta es la expresión de una actitud muy amarga hacia la humanidad. Pero él no quiere a la humanidad. Dice:

> Si tuviera un hijo, le retorcería el pescuezo. ¿Cree usted que yo cometería alguna vez el delito de traer un ser humano al mundo?

Ahora bien, ¿cómo vamos a mejorar a una persona así? No hay otro camino que mejorar su capacidad de cooperación y mostrarle en qué es errónea su estimación de la vida. Solo podemos convencerlo si rastreamos los malentendidos de su primera infancia. No sé qué sucedió en este caso. La descripción no se ocupa de los puntos que yo considero importantes. Algo sucedió en su infancia que lo convirtió en semejante enemigo de la humanidad. Si tuviera que adivinar, sugeriría que era el hijo mayor, muy mimado al principio, como lo son por lo general los hijos mayores. Más tarde se sintió destronado porque nació otro niño. Si estoy en lo cierto, verán que cosas tan pequeñas como esta pueden bloquear el desarrollo de la cooperación.

John cuenta además que lo trataron con dureza en una escuela industrial a la que lo enviaron, y que salió de ella con un sentimiento de odio intenso hacia la sociedad. Debo decir algo sobre este punto. Desde el punto de vista del psicólogo, todo trato duro en la cárcel es un desafío. Es una prueba de fuerza. Del mismo modo, cuando <!-- p. 214 --> los criminales oyen continuamente «Tenemos que acabar con esta ola de crímenes», lo toman como un desafío. Quieren ser héroes, y les complace que se les arroje el guante. Lo toman como un deporte: sienten que la sociedad los desafía y continúan con más obstinación todavía. Si un hombre cree que está luchando contra el mundo entero, ¿qué podría darle mayor «emoción» que ser desafiado? También en la educación de los niños problemáticos es uno de los peores errores desafiarlos: «¡Ya veremos quién es más fuerte! ¡Ya veremos quién aguanta más!». Estos niños, como los criminales, están embriagados con la idea de ser fuertes, y saben que pueden salirse con la suya si son lo bastante listos. En los reformatorios a veces desafían a los criminales, y esta es una política muy dañina.

Permítanme darles ahora el diario de un asesino que fue ahorcado por su crimen. Asesinó cruelmente a dos personas, y antes de hacerlo puso por escrito sus intenciones. Esto me dará ocasión de describir el tipo de planificación que tiene lugar en la mente del criminal. Nadie puede cometer un crimen sin planearlo, y en la planificación entra siempre una justificación del acto. En toda la literatura de confesiones de este tipo nunca he encontrado un caso en que el crimen se describiera de manera simple y clara, y nunca he encontrado un caso en que el criminal no intentara justificarse. Aquí vemos la importancia del sentimiento de comunidad. Incluso el criminal tiene que intentar reconciliarse con el sentimiento de comunidad. Al mismo tiempo tiene que prepararse para matar su sentimiento de comunidad, para atravesar el muro del sentimiento de comunidad, antes de poder cometer el crimen. Así, en la novela de Dostoievski, Raskólnikov pasa dos meses en la cama considerando si ha de <!-- p. 215 --> cometer un crimen. Se espolea con el pensamiento: «¿Soy Napoleón o soy un piojo?». Los criminales se engañan a sí mismos y se espolean con tales fantasías. En realidad, todo criminal sabe que no está en el lado útil de la vida y sabe cuál es el lado útil. Lo rechaza, sin embargo, por cobardía; y es cobarde porque no tiene la capacidad de ser útil: los problemas son problemas que exigen cooperación, y él no ha sido entrenado en la cooperación. Más tarde los criminales quieren librarse de su carga; quieren, como hemos mostrado, justificarse y alegar circunstancias atenuantes: «Estaba enfermo y era un holgazán», etcétera.

He aquí los extractos del diario:

> Repudiado por los míos, objeto de asco y de desprecio [tenía una afección de la nariz], casi destruido por la magnitud de mi miseria. No hay nada que me retenga. Siento que no puedo soportarlo más. Podría resignarme a mi estado de abandono; pero al estómago, al estómago no se le puede dar órdenes.

Presenta las circunstancias atenuantes.

> Se profetizó que moriría en la horca; pero me vino el pensamiento: «¿Qué más da morir de hambre o en la horca?».

En un caso, la madre de un niño le profetizó: «Estoy segura de que un día me estrangularás». A los diecisiete años él estranguló a su tía. Una profecía y un desafío actúan del mismo modo.

> No me preocupan las consecuencias. De todos modos tengo que morir. No soy nada, nadie quiere tener nada que ver conmigo. La chica a la que quiero se aparta de mí.

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Quería seducir a esta chica, pero no tenía ropa elegante ni dinero. Consideraba a la chica como una propiedad. Esta era su solución de los problemas del amor y el matrimonio.

> Me da lo mismo. Conseguiré mi salvación o mi ruina.

Diré aquí, aunque quisiera tener más espacio para una explicación, que a todas estas personas les gustan las contradicciones violentas o las antítesis. Son como niños. Tiene que ser todo o nada. «El hambre o la horca»; «la salvación o la ruina».

> Todo está planeado para el jueves. La víctima está elegida. Espero mi oportunidad. Cuando llegue, será algo que no todo el mundo es capaz de hacer.

Es un héroe a sus propios ojos: «Es espantoso, y no todo el mundo sería capaz de hacerlo». Cogió un cuchillo y mató a un hombre por sorpresa. ¡No todo el mundo sería capaz de hacerlo!

> Como el pastor conduce a sus ovejas, el estómago empuja al hombre al crimen más negro. Quizá no vea otro día, pero no me importa. Lo peor es que te atormente el hambre. Estoy amargado por una enfermedad incurable. La última molestia llegará cuando me juzguen. Un hombre tiene que pagar por sus pecados, pero es una muerte mejor que la del hambre. Si muero de hambre, nadie se fijará en mí. ¡Pero ahora cuánta gente estará allí!, y quizá alguien sienta lástima de mí. Lo que he resuelto lo habré hecho. Ningún hombre ha tenido nunca tanto miedo como yo he tenido esta noche.

¡De modo que no es un héroe, después de todo, como él se cree! En el interrogatorio dijo: «Aunque no le di en ningún punto vital, he cometido un asesinato. Sé <!-- p. 217 --> que estoy destinado al verdugo; pero el hombre tenía una ropa tan maravillosa, y yo sabía que nunca tendría una ropa como aquella». Ya no dice que la razón sea el estómago; ahora la idea fija es la ropa. «No sabía lo que hacía», alegó. Esto se encuentra siempre, de un modo u otro. A veces los criminales beben antes de sus crímenes, para ser irresponsables. Todo esto prueba lo mucho que tienen que luchar para atravesar el muro del sentimiento de comunidad. En cualquier descripción de una carrera criminal creo que podría mostrar todos los puntos que he expuesto.

Nos enfrentamos ahora realmente al problema: ¿qué haremos? ¿Qué haremos si estoy en lo cierto y podemos encontrar siempre en la carrera criminal el afán de una superioridad personal ficticia en un individuo que carece de sentimiento de comunidad y no ha sido entrenado en la cooperación? Con el criminal, como con el neurótico, no podemos hacer absolutamente nada a menos que consigamos ganarlo para la cooperación. No puedo subrayar este punto con demasiada fuerza: todo está asegurado si podemos ganar el interés del criminal para el bienestar humano, si podemos ganar su interés para los demás seres humanos, si podemos entrenarlo para la cooperación, si podemos encaminarlo a resolver los problemas de la vida por medios cooperativos. Si no logramos hacerlo, no podemos hacer nada. La tarea no es tan sencilla como parece. No podemos ganarlo poniéndole las cosas fáciles, ni tampoco poniéndoselas difíciles. No podemos ganarlo señalándole que está equivocado y discutiendo con él. Tiene tomada su decisión. Lleva años viendo el mundo de este modo. Si hemos de cambiarlo, tenemos que encontrar las raíces de su patrón. Hemos de descubrir dónde empezaron sus fracasos y las circunstancias que los <!-- p. 218 --> provocaron. Los rasgos principales de su personalidad ya estaban decididos a los cuatro o cinco años: para entonces ya había cometido aquellos errores en su estimación de sí mismo y del mundo que vemos desplegados en su carrera criminal; y son estos errores primitivos los que tenemos que comprender y corregir. Hemos de buscar el primer desarrollo de su actitud.

Más adelante convierte todo lo que experimenta en una justificación de su actitud; y si sus experiencias no encajan del todo en su esquema, les da vueltas y las moldea hasta que se vuelven más dóciles. Si un hombre tiene la actitud «Los demás me maltratan y me humillan», encontrará muchísimas pruebas que lo confirmen. Estará buscando tales pruebas, y las pruebas en sentido contrario pasarán inadvertidas. Al criminal solo le interesan él mismo y su propio punto de vista. Tiene su propio modo de mirar y de escuchar, y a menudo podemos ver que no presta atención a las cosas que no concuerdan con su propia interpretación de la vida. No podemos convencerlo, por tanto, a menos que podamos llegar por detrás de todas sus interpretaciones, de todo su entrenamiento en su propio punto de vista, y descubrir el modo en que empezó su actitud.

Esta es una de las razones por las que el castigo corporal es ineficaz. El criminal lo ve como una confirmación de que la sociedad es hostil y de que es imposible cooperar con ella. Algo parecido le sucedió quizá en la escuela. No se le entrenó para cooperar, y por eso hacía mal sus tareas o se portaba mal en clase. Se le reprochaba y se le castigaba. Ahora bien, ¿va eso a alentarlo a cooperar? Solo siente que la situación es todavía más desesperada. Siente que la gente está contra él. ¿Quién de nosotros cultivaría el gusto por un lugar donde esperara que le reprocharan <!-- p. 219 --> y le castigaran? El niño pierde el resto de confianza que le quedaba. No le interesan las tareas escolares, ni sus maestros, ni sus compañeros. Empieza a hacer novillos y a esconderse donde no puedan descubrirlo. En esos lugares encuentra a otros muchachos que han tenido la misma experiencia y han tomado el mismo camino. Lo comprenden; no le reprochan nada; al contrario, lo halagan, juegan con sus ambiciones y le dan la esperanza de dejar su huella en el lado inútil de la vida. Por supuesto, como no le interesan las exigencias sociales de la vida, los toma a ellos por amigos y a la sociedad en general por enemiga. Esa gente lo aprecia y él se siente mejor entre ellos. Es así como miles de niños se unen a bandas criminales; y si en su vida posterior los tratamos del mismo modo, solo encontrarán un nuevo testimonio de que somos sus enemigos y de que solo los criminales son sus amigos.

No hay ninguna razón para que un niño así sea derrotado por las tareas de la vida. Nunca deberíamos permitirle perder la esperanza, y podríamos impedirlo con mucha facilidad si organizáramos nuestras escuelas de modo que a esos niños se les diera confianza y valor. Trataremos esta propuesta con más detalle más adelante; usamos este ejemplo por ahora para mostrar cómo un criminal interpretará el castigo solo como señal de que la sociedad está contra él, *como siempre había pensado*.

El castigo corporal es ineficaz también por otras razones. Muchos criminales no tienen mucho apego a su vida. Algunos de ellos están en ciertos momentos de su vida muy cerca del suicidio. El castigo corporal no los aterra. Pueden estar tan embriagados por su deseo de burlar a la policía que ni siquiera les duele. Esto forma parte de su respuesta global a lo que consideran un desafío. <!-- p. 220 --> Si los vigilantes son duros, o si se les trata con severidad, se sienten picados en su amor propio y se resisten. Esto aumenta de nuevo su sentimiento de ser más listos que la policía. Como hemos visto, lo interpretan todo de este modo. Ven su contacto con la sociedad como una especie de guerra continua en la que intentan obtener la victoria; y si nosotros lo tomamos del mismo modo, no hacemos más que hacerles el juego. Incluso la silla eléctrica puede actuar como un desafío en este sentido. El criminal se concibe a sí mismo como alguien que juega con las probabilidades en contra; y cuanto mayor es la pena, mayor es su deseo de mostrar su superior astucia. Es fácil demostrar que muchos criminales piensan en sus crímenes solo de este modo. Un criminal condenado a la silla eléctrica pasa a menudo el tiempo considerando cómo podría haber evitado que lo descubrieran: «¡Si no me hubiera dejado las gafas!».

Nuestro único remedio es averiguar el bloqueo de la cooperación que sufrió el criminal en la infancia. Aquí la psicología individual nos ha abierto todo el territorio oscuro. Podemos ver mucho más claro. A los cinco años la psique de un niño es una unidad: los hilos de su personalidad se han reunido. La herencia y el entorno contribuyen en algo a su desarrollo; pero no nos interesa tanto lo que un niño trae al mundo, ni las experiencias que encuentra, como el modo en que las utiliza, cómo las aprovecha y qué hace con ellas. Es tanto más necesario que comprendamos este punto, cuanto que en realidad no sabemos nada de capacidades o incapacidades heredadas. Lo único que necesitamos considerar son las posibilidades de su situación y el grado en que las ha aprovechado plenamente.

La circunstancia atenuante de todos los criminales es que tienen cierto grado de cooperación, pero no el suficiente <!-- p. 221 --> para las exigencias de nuestra vida social; y en este punto la primera responsabilidad recae en la madre. Tiene que saber ampliar los lazos de este interés, extender el interés por ella misma hasta que se convierta en interés por los demás. Tiene que comportarse de tal manera que el niño pueda interesarse por toda la humanidad y por toda su propia vida futura. Pero quizá la madre no quiere que el niño se interese por nadie más. Quizá es desdichada en su matrimonio: los padres no se entienden, están pensando en divorciarse o están celosos el uno del otro. Quizá, por tanto, la madre desea tener al niño solo para ella, lo consiente y lo mima y no le deja independizarse de ella. Es bien evidente lo limitado que será el desarrollo de la cooperación en tales circunstancias.

El interés por los demás niños es también muy importante para el desarrollo del sentimiento de comunidad. A veces, si un niño es el favorito de la madre, los demás no se sienten muy inclinados a incluirlo en su amistad y su interés. Cuando esta circunstancia se entiende mal, puede servir de punto de partida de una carrera criminal. Si hay en una familia un chico de dotes sobresalientes, el chico que le sigue es a menudo un niño problemático. El segundo hijo, por ejemplo, es más amable y encantador, y su hermano mayor se siente privado de afecto. A un niño así le resulta fácil engañarse y embriagarse con el sentimiento de que se le desatiende. Busca pruebas de que su reproche es verdadero. Su conducta empeora; se le trata con más severidad; encuentra una confirmación de su creencia de que se le frustra y se le relega. Como se siente privado, empieza a robar; lo descubren y lo castigan, y ahora tiene todavía más <!-- p. 222 --> pruebas de que no se le quiere y de que los demás son sus enemigos.

Cuando los padres se quejan de los malos tiempos y de las malas circunstancias delante de sus hijos, pueden contribuir a un bloqueo del desarrollo del sentimiento de comunidad. Lo mismo puede suceder si están siempre lanzando acusaciones contra sus parientes o vecinos, criticando siempre a los demás y mostrando mala voluntad y prejuicios. No sería de extrañar que los hijos crecieran con una visión deformada de cómo son sus semejantes; ni deberíamos sorprendernos si al final se volvieran también contra sus padres. Dondequiera que se bloquea el sentimiento de comunidad, solo queda una actitud egoísta. El niño siente: «¿Por qué he de hacer yo nada por los demás?»; y como no puede resolver los problemas de la vida con esta disposición de ánimo, está condenado a vacilar y a buscar una evasión y una salida fácil. Le resulta demasiado difícil luchar, y no le preocupa hacer daño a los demás. Es una guerra; ¡y en la guerra todo vale!

Permítanme darles algunos ejemplos en los que puede rastrearse el desarrollo del patrón criminal. En una familia, el segundo hijo era un niño problemático; por lo que podíamos ver, estaba completamente sano y no tenía incapacidades hereditarias. El hijo mayor era el favorito, y el hermano menor intentaba siempre alcanzarlo en sus logros, como si estuviera en una carrera e intentara vencer a quien le marcaba el paso. Su sentimiento de comunidad no estaba desarrollado: dependía mucho de su madre y quería sacar de ella todo lo que pudiera. Tenía una tarea difícil al intentar rivalizar con su hermano mayor; su hermano era el primero de su clase en la escuela y él era el último. Su deseo de mandar y dominar se mostraba con toda claridad. Solía dar órdenes a una vieja criada de la casa, <!-- p. 223 --> la hacía marchar por la habitación y la instruía como a un soldado. La criada le tenía cariño y le dejaba jugar a ser general incluso cuando tenía veinte años. Estaba siempre preocupado y abrumado por las cosas que tenía que lograr, y al mismo tiempo nunca lograba nada. Siempre podía conseguir dinero de su madre cuando estaba en apuros, aunque se le reprochaba y se le criticaba su conducta. De repente se casó y aumentó todas sus dificultades. Lo único que le importaba, sin embargo, era haberse casado antes que su hermano mayor, y lo consideró un gran triunfo. Esto es prueba de que su estimación de sí mismo era en realidad muy baja: quería ser un vencedor en cosas tan ridículas. No estaba nada bien preparado para el matrimonio, y él y su mujer reñían siempre. Cuando su madre ya no pudo permitirse ayudarlo tanto como antes, encargó pianos y los vendió sin pagarlos. Esto fue lo que lo llevó a la cárcel. En esta historia podemos observar las raíces que su carrera posterior tenía en la primera infancia. Creció a la sombra de un hermano mayor, como un arbolito a la sombra de otro más grande. Se formó la impresión de que se le menospreciaba y desatendía en comparación con su bondadoso hermano mayor.

Otro ejemplo que daré es el de una niña de doce años, muy ambiciosa y mimada por sus dos padres. Tenía una hermana menor de la que estaba muy celosa, y su rivalidad se manifestaba tanto en casa como en la escuela. Buscaba siempre ocasiones en que se prefiriera a su hermana menor, en que se le dieran más golosinas o más dinero. Un día robó dinero de los bolsillos de sus compañeras, la descubrieron y la castigaron. Por fortuna pude <!-- p. 224 --> explicarle toda la situación y librarla de la opinión de que no podía competir con su hermana menor. Al mismo tiempo expliqué las circunstancias a su familia, y lograron detener la rivalidad y evitar dar la impresión de que se prefería a la hermana menor. Esto sucedió hace veinte años. La niña es ahora una mujer muy honrada, casada, con un hijo propio, y desde entonces no ha cometido grandes errores en su vida.

Ya hemos considerado las situaciones en que el desarrollo de los niños corre especial peligro; pero quisiera recordarlas brevemente en este punto. Hemos de subrayarlas, puesto que, si los hallazgos de la psicología individual son acertados, solo reconociendo el efecto de tales situaciones en la visión del criminal podemos ayudarlo realmente a una actividad cooperativa. Los tres tipos principales de niños con dificultades especiales son: primero, los niños con órganos imperfectos; segundo, los niños mimados; y tercero, los niños abandonados. Los niños con órganos imperfectos se sienten privados por la naturaleza de lo que les corresponde por nacimiento y, a menos que su interés por los demás se entrene especialmente, tienden a estar más preocupados de lo normal por sí mismos. Buscan ocasiones de mandar sobre los demás, y he visto un caso en que un muchacho así, sintiéndose humillado porque una chica rechazó sus insinuaciones, convenció a un muchacho más joven y más estúpido para que la matara. Los niños mimados permanecen anclados a los padres que los consienten: no pueden extender su interés al resto del mundo. Ningún niño está completamente abandonado, o no podría sobrevivir a los primeros meses de la infancia; pero encontramos niños a los que podemos llamar abandonados entre los huérfanos, los hijos ilegítimos, los niños no deseados, los niños feos y deformes. Se <!-- p. 225 --> comprende fácilmente que encontremos entre los criminales dos tipos principales: el feo y abandonado y el guapo y mimado.

He intentado, entre los criminales con los que he estado en contacto personalmente y en las descripciones de crímenes que he leído en libros y periódicos, encontrar la estructura de la personalidad criminal, y siempre he encontrado que la clave de la psicología individual puede darnos una comprensión de las circunstancias. Permítanme elegir algunos ejemplos más de un viejo libro alemán de Anton von Feuerbach.[^t9-2] Puedo observar de paso que a menudo es en los libros antiguos donde he encontrado las mejores descripciones de la psicología criminal.

(1) El caso de Conrad K., que asesinó a su padre con ayuda de un criado. El padre había desatendido al muchacho, lo había tratado con crueldad y maltrataba a toda la familia. Una vez el muchacho le devolvió el golpe, y su padre lo llevó ante los tribunales. El juez dijo: «Tienes un padre malvado y pendenciero, y no veo salida». Observen cómo el propio juez proporcionó al muchacho una excusa. La familia intentó en vano encontrar remedio a sus problemas. Se enfrentaban a un problema difícil y estaban desesperados. El padre se llevó a vivir con él a una mujer de mala reputación y echó a su hijo de casa. El muchacho conoció a un jornalero que tenía la pasión de sacarles los ojos a las gallinas. El jornalero le aconsejó que matara a su padre. Él vaciló por su madre; pero la situación fue de mal en peor. Tras largas deliberaciones, el hijo consintió y mató a su padre con ayuda del jornalero. Aquí vemos cómo el hijo no fue capaz de extender su sentimiento de comunidad siquiera a un padre. Seguía profundamente unido a su madre y la estimaba mucho. Antes de poder atravesar el <!-- p. 226 --> resto de su sentimiento de comunidad, necesitó que se le sugirieran circunstancias atenuantes. Solo cuando obtuvo el apoyo del jornalero, con su pasión por la crueldad, pudo embriagarse hasta cometer el crimen.

(2) Margaret Zwanziger, llamada «la famosa envenenadora». Era una niña de la beneficencia, de aspecto pequeño y deforme; por tanto, como dirían los psicólogos individuales, estimulada a ser vanidosa y deseosa de atraer la atención. Era de una cortesía rastrera. Tras muchas aventuras que la llevaron casi a la desesperación, intentó tres veces envenenar a mujeres con la esperanza de quedarse con sus maridos. Se sentía privada y no se le ocurría otro modo de «desquitarse». Fingió embarazos e intentó suicidarse para asegurarse a esos hombres. En su autobiografía (a tantos criminales les encanta escribir autobiografías) escribe, dando un testimonio inconsciente de las ideas de la psicología individual pero incapaz de comprender su propia afirmación: «Siempre que hacía algo malo, pensaba: “Nadie siente nunca lástima de mí: ¿por qué he de preocuparme si hago que otros lo pasen mal?”».

En estas palabras podemos ver cómo se va preparando para el crimen, cómo se espolea y se procura circunstancias atenuantes. Es una observación que oigo a menudo cuando propongo la cooperación y el interés por los demás: «¡Pero los demás no muestran ningún interés por mí!». Mi respuesta es siempre: «Alguien tiene que empezar. Si los demás no son cooperativos, no es asunto suyo. Mi consejo es que empiece usted y no se preocupe de si los demás son cooperativos».

(3) N. L., hijo mayor, mal educado, cojo de un pie, hace de padre de su hermano menor. Podemos reconocer también este lazo como una meta de superioridad, hasta entonces <!-- p. 227 --> probablemente en el lado útil. Quizá, sin embargo, era orgullo y deseo de lucirse. Más tarde echó a su madre de casa a mendigar, diciéndole: «¡Largo de aquí, bestia!». Podemos sentir lástima de este muchacho: ni siquiera le interesa su madre. Si lo hubiéramos conocido de niño, habríamos podido ver cómo se desarrollaba hacia una carrera criminal. Durante mucho tiempo estuvo sin trabajo. No tenía dinero. Contrajo una enfermedad venérea. Un día, al volver a casa tras una búsqueda inútil de trabajo, mató a su hermano menor para hacerse con su pequeño ingreso. Aquí vemos los límites de su cooperación: sin trabajo, sin dinero, una enfermedad venérea. Hay siempre estos límites, más allá de los cuales el individuo se siente incapaz de seguir adelante.

(4) Un niño que quedó huérfano muy pronto fue entregado a una madre adoptiva que lo mimó hasta lo increíble. En este sentido es un niño mimado. En años posteriores se desarrolla mal, es muy hábil para los negocios, intenta constantemente impresionar a todo el mundo, quiere estar siempre delante. Su madre adoptiva lo alienta y se enamora de él. Se convierte en un mentiroso y un estafador y consigue dinero dondequiera que puede. Sus padres adoptivos pertenecen a la pequeña nobleza: él se da aires aristocráticos, derrocha todo su dinero y los echa de su casa. La mala educación y los mimos lo han echado a perder para el trabajo honrado. Ve su tarea en la vida como si tuviera que imponerse mintiendo y engañando. Esto hace de todo el mundo un enemigo al que hay que burlar. Su madre adoptiva lo prefería a sus propios hijos y a su marido. Este trato le dio el sentimiento de que tenía derecho a todo, pero su baja estimación de sí mismo se muestra en el hecho de que no se siente capaz de triunfar por medios normales.

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Ya hemos señalado que no hay razón alguna para que ningún niño sufra este desaliento, este profundo sentimiento de inferioridad que le dice que es inútil cooperar. Ningún hombre tiene por qué ser derrotado ante los problemas de la vida. El criminal ha elegido los medios equivocados; hemos de mostrarle dónde los ha elegido y por qué, y hemos de entrenarlo en el valor para interesarse por los demás y cooperar. Si se reconociera plenamente en todas partes que el crimen es cobardía y no valor, creo que se quitaría a los criminales su mayor autojustificación y ningún niño elegiría en el futuro entrenarse para el crimen. En todos los casos criminales, estén o no correctamente descritos, podemos ver la influencia de un estilo de vida infantil equivocado, un estilo que muestra falta de capacidad de cooperar. Quisiera decir que esta capacidad de cooperar tiene que entrenarse. No se trata en absoluto de que sea hereditaria. Hay una potencialidad para la cooperación, y esta potencialidad debe considerarse innata; pero es común a todo ser humano, y para desarrollarse tiene que entrenarse y ejercitarse. Todos los demás puntos de vista sobre el crimen me parecen innecesarios, a menos que se puedan presentar personas que fueron entrenadas en la cooperación y aun así se hicieron criminales. Nunca he conocido a una persona así, y nunca he oído hablar de nadie que la *hubiera* conocido. La protección adecuada contra el crimen sería el grado adecuado de cooperación. Mientras no se reconozca esto, no podemos esperar evitar el desastre del crimen. La cooperación puede enseñarse del mismo modo que puede enseñarse la geografía; porque es una verdad, y la verdad siempre puede enseñarse. Si a un niño, o a un adulto, se le examina de geografía y no está preparado, suspende. Si a un niño, o a un adulto, se le pone a prueba en situaciones que necesitan un conocimiento de la cooperación y <!-- p. 229 --> no está preparado, suspende. Todos nuestros problemas necesitan un conocimiento de la cooperación.

Hemos llegado al final de nuestras investigaciones científicas sobre el problema del crimen; y ahora debemos tener el valor suficiente para afrontar la verdad. Después de miles y miles de años, la humanidad todavía no ha encontrado el método adecuado para hacer frente a este problema. Los medios que se han aplicado parecen haber sido todos inútiles, y este desastre sigue con nosotros. Nuestra investigación nos ha dicho por qué: nunca se han dado los pasos adecuados para cambiar el estilo de vida criminal y para prevenir el desarrollo de estilos de vida equivocados. Sin esto, ninguna medida puede ser realmente eficaz.

Recapitulemos nuestros resultados. Hemos encontrado que el criminal no es una excepción del género humano; se parece mucho a las demás personas, y su conducta es una variedad comprensible de la conducta humana. Esta es una conclusión muy importante: si comprendemos que el crimen no es algo aislado en sí mismo, sino el síntoma de una actitud ante la vida, y si podemos ver cómo surge esta actitud, entonces, en lugar de tener ante nosotros un problema insoluble, podemos ponernos a trabajar con la confianza de que podemos lograr un cambio. El criminal, descubrimos, se ha entrenado durante mucho tiempo en pensamientos y acciones no cooperativos; y las raíces de esta falta de cooperación se remontan a su primera infancia, a los primeros cuatro o cinco años de su vida. Durante esos años se produjo un bloqueo en el desarrollo de su interés por los demás. Hemos descrito cómo este bloqueo está relacionado con su relación con su madre, con su padre y con los demás niños, con los prejuicios sociales que lo rodean, con las dificultades de su entorno y con otros factores semejantes. Hemos encontrado que el mayor común denominador <!-- p. 230 --> de todas las grandes variedades de criminales y de todos los fracasos de cualquier tipo es esta falta de cooperación, falta de interés por los demás y por el bienestar de la humanidad; y, si hemos de hacer algo, esta capacidad de cooperar tiene que entrenarse y enseñarse. No hay otro modo de conseguir un resultado. Todo depende de este único factor: la capacidad de cooperar.

El criminal se diferencia de los demás fracasados en un punto. Por su viejo y continuo entrenamiento contra la cooperación ha perdido, como también los otros, la esperanza de tener éxito en las tareas normales de la vida; conserva, sin embargo, cierta actividad, y arroja este resto de actividad al lado inútil de la vida. Se comporta con bastante actividad en el lado inútil, y hasta cierto punto puede cooperar allí con aquellos a quienes ve como semejantes a él, con los de su clase, con otros criminales. En esto se diferencia del neurótico, del suicida o del borracho. Está muy limitado, sin embargo, en su esfera de actividad; a veces no le queda más que la posibilidad del crimen; y ni siquiera todo el territorio del crimen, sino solo un tipo de crimen, que comete una y otra vez. Este es el tamaño de su mundo de acción: está encerrado y atrapado en este establo estrecho. Podemos ver en esta circunstancia cuánto le falta el valor; y es inevitable que le falte, porque el valor no es más que una parte de la capacidad de cooperar.

Todo el tiempo el criminal está preparando sus pensamientos y emociones para su carrera criminal: planea durante el día y sueña durante la noche en un intento de derribar el último resto de su sentimiento de comunidad. Busca siempre excusas y justificaciones, circunstancias atenuantes y razones que lo «obliguen» a ser un <!-- p. 231 --> criminal. No es fácil atravesar el muro del sentimiento de comunidad; ofrece una gran resistencia; pero si ha de cometer un crimen, tiene que encontrar un modo —quizá rumiando sus agravios, quizá embriagándose— de librarse de este obstáculo. Esto nos ayuda a comprender con qué continuidad está haciendo una interpretación de sus circunstancias que lo confirme en su actitud; nos ayuda a comprender también por qué no podemos lograr nada discutiendo con él. Ve el mundo con sus propios ojos, y está pertrechado con toda una vida de argumentos. A menos que podamos descubrir cómo se desarrolló su actitud, no podemos esperar cambiarla. Hay una ventaja que poseemos, sin embargo, en la que él no puede competir: es nuestro *interés por los demás*, que nos permitirá buscar el verdadero modo en que podemos ayudarlo.

El criminal empieza a tramar y preparar un crimen cuando está en apuros, no tiene valor para afrontarlo de manera cooperativa y busca una solución fácil. Es especialmente probable que ocurra, por ejemplo, cuando se enfrenta a la necesidad de ganar dinero. Como todo ser humano, busca una meta de seguridad y de superioridad. Desea resolver dificultades y vencer obstáculos. Su afán, sin embargo, queda fuera del marco de la sociedad: su meta es una meta de superioridad personal imaginaria, e intentará alcanzarla sintiéndose vencedor de la policía, de nuestras leyes, de la organización de la sociedad. Es una especie de juego que juega consigo mismo: violar las leyes y escapar de que lo descubran, ser tan astuto que nadie lo descubra. Creerá, por ejemplo, que es una gran victoria personal usar un frasco de veneno; y se estará engañando y embriagando todo el tiempo. Por lo general tiene algún éxito antes de que lo condenen por primera <!-- p. 232 --> vez; y su único pensamiento cuando lo descubren es: «Si hubiera sido más listo, me habría escapado».

En todo esto podemos ver su complejo de inferioridad. Huye de las condiciones del trabajo y de las tareas de la vida en común. Se siente incapaz de un éxito normal. Su entrenamiento contra la cooperación ha aumentado realmente sus dificultades: la mayoría de los criminales son obreros sin oficio. Oculta su sentimiento de insuficiencia desarrollando un complejo de superioridad barato. Piensa en lo valiente y excepcional que es; pero ¿podemos llamar héroe a un hombre que es un desertor del frente de la vida? El criminal vive realmente su vida en un sueño: no conoce la realidad; tiene que luchar contra el conocimiento de la realidad, o se vería obligado a abandonar su carrera. Lo encontramos pensando, por tanto: «Soy el hombre más fuerte del mundo, porque puedo matar a tiros a cualquiera»; o «Soy más listo que nadie, porque puedo cometer crímenes sin que me descubran».

Hemos identificado también las raíces del patrón criminal: cómo los criminales proceden de entre aquellos niños que estuvieron sobrecargados en sus primeros años de vida, o de entre los niños consentidos y mimados. Los niños que padecen órganos imperfectos necesitan un cuidado especial para dirigir su interés hacia los demás: de lo contrario solo se interesarán por su propia persona y serán incapaces de desarrollarse de la manera adecuada. Los niños abandonados, no deseados, no apreciados u odiados están en una situación parecida; nunca han experimentado la cooperación de los demás; no han aprendido que es posible ser querido, ganarse el afecto, resolver los problemas mediante la cooperación. A los niños mimados no se les ha enseñado a obtener las cosas por su propio esfuerzo; piensan que basta <!-- p. 233 --> con que deseen algo para que el mundo se apresure a satisfacer sus exigencias; y si no se les da todo lo que quieren, se sienten tratados injustamente y se niegan a cooperar. Detrás de cada criminal podremos rastrear una historia de este tipo. No están entrenados en la cooperación; todavía no son capaces de ella; y dondequiera que se encuentran con problemas, no saben cómo abordarlos. Sabemos, por tanto, exactamente lo que tenemos que hacer. Tenemos que entrenarlos en la cooperación.

Tenemos el conocimiento y, a estas alturas, tenemos experiencia suficiente. Estoy convencido de que la psicología individual nos muestra cómo podríamos cambiar a cada criminal. Pero consideren qué trabajo supondría tomar a cada criminal y tratarlo de modo que cambiáramos su estilo de vida. Por desgracia, en nuestra cultura, la mayoría de los hombres agotarían su capacidad de cooperar si sus dificultades fueran más allá de cierto punto, y encontramos que en los tiempos difíciles el número de criminales aumenta siempre. Creo que, si quisiéramos estar seguros de abolir el crimen de este modo, tendríamos que tratar a una gran parte del género humano, y no estoy seguro de que fuera viable proponerse como objetivo inmediato hacer de cada criminal o criminal en potencia un semejante.

Hay mucho que podemos hacer, sin embargo. Si no podemos cambiar a cada criminal, podemos hacer algo para aliviar las cargas de las personas que no son lo bastante fuertes para hacerles frente. En lo que respecta al paro, por ejemplo, y a la falta de formación profesional y de oficio, deberíamos hacer posible que todo el que quiera trabajar pueda conseguir un empleo. Este sería el único modo de rebajar las exigencias de nuestra vida social para que una gran parte de la <!-- p. 234 --> humanidad no pierda el último resto de su capacidad de cooperar. Es indudable que, si se hiciera esto, disminuiría el número de criminales. No sé si nuestro tiempo está maduro para este alivio de nuestras condiciones económicas; pero sin duda deberíamos trabajar por este cambio. Deberíamos también preparar mejor a los niños para su futura ocupación, de modo que puedan afrontar mejor la vida y con una esfera de actividad más amplia. Esta formación puede darse también en nuestras cárceles. En cierta medida ya se han dado pasos en esta dirección, y quizá todo lo que necesitemos hacer aquí sea aumentar nuestros esfuerzos. Aunque no creo que fuera posible dar a cada criminal un tratamiento individual, podríamos contribuir mucho con un tratamiento colectivo. Yo propondría, por ejemplo, que tuviéramos discusiones con un gran número de criminales sobre los problemas sociales, exactamente como los hemos estado considerando aquí. Deberíamos hacerles preguntas y dejar que respondieran; deberíamos iluminar su mente y despertarlos del sueño de toda su vida; deberíamos liberarlos de la embriaguez de una interpretación privada del mundo y de una opinión tan baja de sus propias posibilidades; deberíamos enseñarles a no limitarse y disminuir su miedo a las situaciones y a los problemas sociales que tienen que afrontar. Estoy muy seguro de que podríamos obtener grandes resultados con semejante tratamiento colectivo.

Deberíamos también evitar en nuestra vida social todo lo que pueda actuar como desafío para el criminal o para las personas pobres y necesitadas. Si hay grandes extremos de pobreza y de lujo, los que están en mala situación se irritan y se sienten demasiado desafiados. Deberíamos, por tanto, reducir la ostentación; no es necesario estar siempre explayándose sobre cuántos millones posee un individuo. Hemos <!-- p. 235 --> aprendido en el tratamiento de los niños retrasados y problemáticos que es completamente inútil desafiarlos a una prueba de fuerza. Es porque creen estar en guerra con su entorno por lo que persisten en su actitud. Lo mismo ocurre con los criminales. En todo el mundo podemos observar que los policías, los jueces e incluso las leyes que hacemos desafían a los criminales y los pican en su amor propio. No debería haber nunca amenazas, y sería mucho mejor que guardáramos más silencio, que no mencionáramos los nombres de los criminales ni les diéramos tanta publicidad. Esta actitud necesita cambiar. No deberíamos creer que ni la severidad ni la suavidad pueden cambiar a un criminal. Solo puede cambiar si comprende mejor su propia situación. Por supuesto, deberíamos ser humanos; no deberíamos imaginar que a los criminales puede aterrarlos la idea de la pena capital: como hemos visto, la pena capital a veces solo añade emoción al juego, e incluso cuando los criminales son electrocutados pensarán solo en el error que cometieron y por el que los cogieron.

Sería muy útil que aumentáramos nuestros esfuerzos por descubrir a los responsables de los crímenes. Por lo que puedo ver, al menos el cuarenta por ciento de los criminales, y quizá muchos más, escapan sin ser descubiertos; y este hecho está siempre detrás de la visión equivocada del criminal. Casi todo criminal ha vivido ocasiones en que cometió crímenes y no lo descubrieron. En algunos de estos puntos ya hemos mejorado y vamos en la dirección adecuada. Es también importante que no se humille ni se desafíe a los criminales, ni en la propia cárcel ni después de salir de ella. Sería útil aumentar el número de agentes de libertad vigilada, si se elige al tipo adecuado <!-- p. 236 --> de hombre; y los propios agentes de libertad vigilada deberían estar ilustrados sobre los problemas de la sociedad y la importancia de la cooperación.

Con estos medios podríamos conseguir mucho. Todavía no seríamos capaces, sin embargo, de reducir el número de crímenes tanto como quisiéramos. Por fortuna tenemos otro medio, y es un método muy viable y de mucho éxito. Si pudiéramos entrenar a nuestros niños hasta el grado adecuado de capacidad de cooperar, si pudiéramos desarrollar en ellos el sentimiento de comunidad, el número de criminales disminuiría muy considerablemente, y los efectos se verían en un futuro próximo. Estos niños no podrían entonces ser incitados ni seducidos: cualesquiera que fueran los problemas o dificultades que encontraran en su vida, su interés por los demás no quedaría destruido por completo: su capacidad de cooperar y de resolver satisfactoriamente los problemas de la vida sería mucho mayor de lo que la encontramos en nuestra propia generación. La mayoría de los criminales empiezan sus carreras muy pronto. Es por lo general en la adolescencia cuando empiezan, y quizá entre los quince y los veintiocho años es cuando los crímenes son más frecuentes. Nuestro éxito, por tanto, se vería muy pronto. No solo eso: estoy seguro de que, si se enseñara debidamente a los niños, influirían en toda su vida familiar. Los niños independientes, que miran hacia delante, optimistas y bien desarrollados son una ayuda y un consuelo para sus padres. El espíritu de cooperación se extendería inmediatamente por todo el mundo, y toda la atmósfera social de la humanidad se elevaría a un nivel mucho más alto. Al mismo tiempo que influimos en los niños estaríamos influyendo en padres y maestros.

La única cuestión que queda es cómo podemos elegir el mejor punto de ataque, qué método hemos de encontrar para <!-- p. 237 --> desarrollar a los niños de modo que puedan soportar las tareas y los problemas de su vida posterior. ¿Quizá podríamos formar a todos los padres? Pero no; esta propuesta no nos da mucha esperanza. Es difícil llegar a los padres, y los padres que más necesitan formación son precisamente las personas a las que nunca vemos. No podríamos llegar a ellos, y por eso tenemos que buscar otro camino. ¿Quizá podríamos atrapar a todos los niños, encerrarlos, ponerlos en libertad vigilada y vigilarlos cuidadosamente todo el tiempo? Esta no parece una propuesta mucho mejor. Hay un camino, sin embargo, un camino que es viable y promete una verdadera solución. Podemos hacer de los maestros los instrumentos de nuestro progreso social: podemos formar a nuestros maestros para que corrijan los errores cometidos en la familia, para que desarrollen y extiendan el sentimiento de comunidad de los niños hacia los demás. Este es un desarrollo enteramente natural de la escuela. Como la familia no es capaz de educar a los niños para todas las tareas de su vida posterior, la humanidad ha establecido las escuelas como prolongación del brazo de la familia. ¿Por qué no habríamos de usar la escuela para hacer a la humanidad más sociable, más cooperativa y más interesada en el bienestar humano?

Verán ustedes que nuestra actividad tiene que basarse en las ideas siguientes. Las expondré muy brevemente. Todas las ventajas de que disfrutamos en nuestra cultura actual han sido posibles gracias a los esfuerzos de personas que han *contribuido*. Si los individuos no han sido cooperativos, no se han interesado por los demás, no han hecho ninguna aportación al conjunto, toda su vida ha sido vana; han desaparecido sin dejar rastro. Solo ha sobrevivido la obra de los hombres que han contribuido. Su espíritu perdura y su espíritu es eterno. Si hacemos de esto la base de nuestra enseñanza a los niños, crecerán con <!-- p. 238 --> un gusto natural por el trabajo cooperativo. Si se enfrentan a dificultades no flaquearán, sino que serán lo bastante fuertes para afrontar incluso los problemas más difíciles y resolverlos en beneficio común.

[^t9-1]: Sheldon y Eleanor T. Glueck, *500 Criminal Careers* (Nueva York, Knopf, 1930). El caso lleva en el libro el apodo de «Hard-boiled John» («John el Duro»). Las citas del caso se traducen aquí del inglés. (N. del T.)

[^t9-2]: Paul Johann Anselm von Feuerbach, *Aktenmäßige Darstellung merkwürdiger Verbrechen* (1828-1829); Adler lo llama «Anton». (N. del T.)

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## X. La ocupación

Los tres lazos que atan a los seres humanos plantean los tres problemas de la vida; pero ninguno de estos problemas puede resolverse por separado; cada uno de ellos exige un acercamiento acertado a los otros dos. El primer lazo plantea el problema de la ocupación. Vivimos sobre la superficie de este planeta, sin más recursos que los de este planeta, con la fertilidad de su suelo, con su riqueza mineral y con su clima y su atmósfera. Siempre ha sido tarea de la humanidad encontrar la respuesta adecuada al problema que estas condiciones nos plantean; y ni siquiera hoy podemos pensar que hayamos encontrado una respuesta suficiente. En cada época la humanidad había llegado a cierto nivel de solución, pero siempre era necesario afanarse por mejorar y por lograr más.

El mejor medio que poseemos para resolver este problema procede de la solución del segundo problema. El segundo lazo que ata a los hombres es que pertenecen al género humano y viven en asociación con otros de su especie. La actitud y la conducta de un ser humano serían completamente distintas si fuera el único de su especie vivo sobre la tierra. Siempre tenemos que contar con los demás, adaptarnos a los demás e interesarnos por ellos. Este problema se resuelve mejor mediante la amistad, el sentimiento de comunidad y la cooperación. Con la solución de este problema damos un paso incalculable hacia la solución del primero.

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Solo porque los hombres aprendieron a cooperar pudimos hacer el gran descubrimiento de la división del trabajo, un descubrimiento que es la principal garantía del bienestar de la humanidad. No sería posible preservar la vida humana si cada individuo intentara arrancar a la tierra su sustento por sí solo, sin cooperación y sin los resultados de la cooperación del pasado. Mediante la división del trabajo podemos usar los resultados de muchos tipos distintos de formación y organizar muchas capacidades distintas, de modo que todas contribuyan al bienestar común y garanticen la liberación de la inseguridad y mayores oportunidades para todos los miembros de la sociedad. Es verdad que no podemos jactarnos de haber logrado todo lo que podría hacerse, y no podemos pretender que la división del trabajo haya alcanzado su desarrollo más fecundo. Pero todo intento de resolver el problema de la ocupación tiene que tener lugar dentro de este marco de la división humana del trabajo y del esfuerzo cooperativo por contribuir con nuestro trabajo también al provecho de los demás.

Algunas personas intentan eludir este problema de la ocupación: no trabajar u ocuparse al margen de los intereses humanos comunes. Encontraremos siempre, sin embargo, que si esquivan este problema estarán de hecho reclamando el sustento de sus semejantes. De un modo u otro vivirán del trabajo de los demás sin hacer ninguna aportación propia. Este es el estilo de vida del niño mimado: exigir, siempre que se le plantea un problema, que lo resuelvan por él los esfuerzos de sus semejantes; y es sobre todo el niño mimado el que frena la cooperación de la humanidad y echa cargas injustas sobre quienes se dedican activamente a resolver los problemas de la vida.

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El tercer lazo del ser humano es que pertenece a uno de los dos sexos y no al otro. De su acercamiento al otro sexo y del cumplimiento de su papel sexual depende su parte en la continuación de la humanidad. Esta relación entre los dos sexos plantea también un problema; y también este es un problema que no puede resolverse al margen de los otros dos. Para resolver con acierto el problema del amor y el matrimonio es necesaria una ocupación que contribuya a la división del trabajo, así como un contacto bueno y amistoso con los demás seres humanos. Como ya hemos visto, en nuestros días la solución más alta de este problema, la más coherente con las exigencias de la sociedad y de la división del trabajo, es la monogamia. En el modo en que un individuo responde a este problema puede verse siempre el grado de su cooperación. Estos tres problemas nunca se encuentran por separado; todos se iluminan mutuamente; la solución de uno ayuda a la solución de los otros; y de hecho podemos decir que todos son aspectos de la misma situación y del mismo problema: la necesidad que tiene el ser humano de preservar la vida, y de fomentarla, en el entorno en que se encuentra.

Podríamos repetir aquí que una mujer que contribuye a la vida de la humanidad mediante la ocupación de la maternidad ocupa un lugar tan alto en la división del trabajo humano como el que pudiera ocupar cualquier otra persona. Si se interesa por la vida de sus hijos y les va preparando el camino para que se conviertan en semejantes, si extiende sus intereses y los entrena para cooperar, su trabajo es tan valioso que nunca puede recompensarse como es debido. En nuestra cultura el trabajo de una madre se infravalora y a menudo se considera una ocupación no muy atractiva ni estimable. Solo se paga in<!-- p. 242 -->directamente, y una mujer que hace de él su ocupación principal queda por lo general en una situación de dependencia económica. El éxito de la familia, sin embargo, descansa igualmente en el trabajo de la madre y en el trabajo del padre. Tanto si la madre se ocupa de la casa como si trabaja por su cuenta, su trabajo como madre no desempeña un papel inferior al trabajo de su marido.

La madre es la primera influencia en el desarrollo de los intereses profesionales de sus hijos. Los esfuerzos y el entrenamiento de los primeros cuatro o cinco años de vida son decisivos para la principal esfera de acción del niño en la vida adulta. Siempre que se me pide orientación profesional, pregunto cómo empezó el individuo y qué le interesaba en sus primeros años. Sus recuerdos de este periodo muestran de manera concluyente para qué se ha entrenado con más continuidad: revelan su prototipo y su esquema subyacente de apercepción. Volveré más adelante sobre la importancia de los primeros recuerdos.

El siguiente paso del entrenamiento lo dan las escuelas; y creo que nuestras escuelas prestan ahora más atención a la futura ocupación del niño, a entrenar sus manos, sus oídos y sus ojos, sus facultades y funciones. Este entrenamiento es tan importante como la enseñanza de materias especiales. No deberíamos olvidar, sin embargo, que la enseñanza de las materias es también importante para el desarrollo profesional del niño. En la vida posterior oímos a menudo decir a la gente que ha olvidado el latín o el francés que aprendió en la escuela; pero quizá, a pesar de todo, no fue un error enseñar esas materias. En el estudio de todas ellas hemos encontrado, gracias a la experiencia acumulada del pasado, una ocasión excelente para entrenar todas las funciones de la mente. Hay escuelas modernas que prestan mucha atención a <!-- p. 243 --> los oficios y los trabajos manuales; y de este modo también podemos aumentar la experiencia del niño y elevar su confianza en sí mismo.

El desarrollo de un niño es mucho más sencillo si sabe desde su infancia la ocupación que le gustaría seguir en su vida posterior. Si preguntamos a los niños qué les gustaría ser, la mayoría dará una respuesta. Sus respuestas no están claramente pensadas; y cuando dicen que quieren ser pilotos de aeroplano o maquinistas de tren, no saben por qué eligen esa ocupación. Es tarea nuestra reconocer los motivos subyacentes, ver en qué dirección se afanan, qué los empuja hacia delante, dónde están situados, cuál es su meta de superioridad y cómo sienten que pueden concretarla. La respuesta que dan nos muestra solo un tipo de ocupación que les parece representar la superioridad; pero a partir de esa ocupación podemos ver también otras oportunidades de ayudarles a alcanzar su meta.

Un niño de doce o catorce años debería saber ya mucho más de la ocupación que va a seguir; y siempre lamento oír a esa edad que un niño no sabe lo que desea ser de mayor. Su aparente falta de ambición no significa que no tenga ningún interés. Probablemente es sumamente ambicioso y no tiene valor suficiente para decir cuáles son sus ambiciones. En un caso así hemos de esforzarnos por averiguar su interés principal y su entrenamiento. Algunos niños, cuando terminan la escuela secundaria a los dieciséis años, siguen sin decidir su futura ocupación. A menudo son alumnos brillantes, pero no tienen idea de cómo continuará su vida. Podemos reconocer que estos niños son muy ambiciosos, pero no realmente cooperativos. No han encontrado su camino en la división del trabajo <!-- p. 244 --> y no pueden encontrar a tiempo un método concreto de realizar sus ambiciones. Es una ventaja, por tanto, preguntar pronto a los niños cuál va a ser su ocupación; y a menudo hago esta pregunta en las escuelas, de modo que los niños se ven llevados a considerar el asunto y no pueden olvidar el problema ni desear ocultar su respuesta. Les pregunto también por qué han elegido esa ocupación, y a menudo me cuentan detalles muy reveladores. En la elección de una ocupación por parte de un niño podemos observar todo su estilo de vida. Nos muestra la dirección principal de su afán y lo que más valora en la vida. Hemos de dejarle valorar como prefiera, puesto que nosotros mismos no tenemos medio de decir qué ocupación es más alta y cuál más baja. Si realmente hace su trabajo y se ocupa en una contribución a los demás, está en el mismo nivel de utilidad que cualquier otro. Su única tarea es formarse, intentar mantenerse y situar su interés en el marco de la división del trabajo.

Hay personas que podrían elegir cualquier ocupación y nunca estarían satisfechas. Lo que desean no es una ocupación, sino una garantía fácil de superioridad. No desean afrontar los problemas de la vida, puesto que sienten que es injusto que la vida les plantee problemas. Estos, de nuevo, son los niños mimados que desean que los mantengan otros. Quizá una gran mayoría de hombres y mujeres están realmente interesados en la dirección en que se entrenaron en los primeros cuatro o cinco años y no pueden olvidar esos intereses; pero se han sentido obligados por consideraciones económicas o por la presión de sus padres a tomar otra dirección y dedicarse a una ocupación que no les interesa. Esta es otra señal de la importancia del entrenamiento infantil. Si en los primeros recuerdos de un niño vemos un interés por las cosas visuales, <!-- p. 245 --> podemos concluir que será más apto para una ocupación en la que pueda usar los ojos. En la orientación profesional los primeros recuerdos deberían considerarse muy importantes. Un niño menciona impresiones de alguien que le habla, del sonido del viento o de una campana que suena. Sabemos que es de tipo auditivo y podemos adivinar que quizá sea apto para alguna profesión relacionada con la música. En otros recuerdos podemos ver impresiones de movimiento. Son individuos que exigen más actividad; quizá les interesarían ocupaciones que exigieran trabajo al aire libre o viajes.

Uno de los afanes más frecuentes es el intento de superar a otros miembros de la familia, y especialmente de llegar más lejos que el padre o la madre. Este puede ser un afán muy valioso; nos alegra ver un avance respecto a la posición de las generaciones anteriores y, hasta cierto punto, si un niño desea superar los logros de su padre en su propia ocupación, la experiencia de su padre puede proporcionarle un excelente punto de partida. A menudo un niño nacido en una familia en la que el padre era policía tiene la ambición de ser abogado o juez. Si su padre trabaja en la consulta de un médico, el niño quiere ser médico él mismo. Si el padre es maestro, el niño quiere ser catedrático de universidad.

Observando a los niños podemos ver a menudo cómo se entrenan para una ocupación de la vida adulta. A veces, por ejemplo, un niño desea ser maestro, y podemos advertir cómo reúne a niños más pequeños y juega a la escuela con ellos. Los juegos de los niños pueden darnos un indicio de sus intereses. Una niña que espera ser madre jugará con muñecas y se entrenará para un mayor interés por los bebés. Este interés por entrenarse para el papel de <!-- p. 246 --> madre debería alentarse, y no tenemos por qué temer dar muñecas a las niñas para que jueguen. Algunas personas piensan que, si les damos muñecas, las estamos apartando de la realidad; pero de hecho se están entrenando en la identificación y en el cumplimiento de las tareas de una madre. Es valioso que empiecen tan pronto en la vida, puesto que, si llegaran a entrenarse cuando ya fuera demasiado tarde, sus intereses ya habrían cristalizado. Muchos niños muestran un gran interés mecánico y técnico; y también esto es promesa de una ocupación fecunda en la vida posterior, si pueden lograr lo que desean.

Hay todavía otros niños que nunca desean ocupar una posición de mando. Su interés principal es encontrar un guía al que admirar, otro niño o un adulto al que puedan subordinarse. Este no es un desarrollo muy favorable, y me alegraría que pudiéramos reducir tales tendencias sumisas. Si no podemos detenerlas, estos niños serán incapaces de ocupar una posición de mando en su vida posterior y elegirán por propia voluntad puestos en los que tengan las tareas de un funcionario subalterno, en los que su trabajo sea rutinario y en los que todo lo que deban hacer les venga prescrito.

Los niños que se enfrentan sin preparación al problema de la enfermedad o de la muerte conservan siempre un gran interés por estos hechos. Desean ser médicos, enfermeras o farmacéuticos. Creo que sus afanes deberían alentarse, puesto que siempre he encontrado que los niños con tales intereses que se hicieron médicos empezaron su entrenamiento muy pronto y amaban mucho su profesión. A veces una experiencia de la muerte puede compensarse de otro modo. El niño tendrá la ambición de sobrevivir a la muerte mediante la creación artística o literaria, o puede volverse profundamente religioso.

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El entrenamiento equivocado que consiste en eludir una ocupación, en ser distraído o perezoso, empieza también pronto en la vida. Cuando vemos a un niño así encaminado hacia dificultades en su vida posterior, hemos de averiguar las razones de su error de manera científica e intentar corregirlo por medios científicos. Si viviéramos en un planeta que nos ofreciera todo lo que necesitamos sin trabajar, quizá sería una virtud ser perezoso y un vicio ser trabajador. Por lo que podemos entender de nuestra relación con nuestro propio planeta, la tierra, la respuesta lógica al problema de la ocupación, la única respuesta de acuerdo con el sentido común, es que debemos trabajar, cooperar y contribuir. Esto lo han sentido siempre las intuiciones de la humanidad; ahora podemos ver su necesidad desde el punto de vista científico.

El entrenamiento desde la primera infancia ha sido siempre evidente en los genios; y creo que la cuestión del genio puede arrojar luz sobre todo el tema. La humanidad solo llama genios a aquellos individuos que han contribuido mucho al bienestar común. No podemos imaginar un genio que no haya dejado tras de sí ningún beneficio para la humanidad. Las artes son producto de los más cooperativos de todos los individuos, y los grandes genios de la humanidad han elevado todo el nivel de nuestra cultura. Homero, en sus poemas, menciona solo tres colores, y estos tres tenían que servir para todas las distinciones. Sin duda en aquella época la gente podía percibir más diferencias; pero no era necesario nombrarlas, puesto que las diferencias parecían muy pequeñas. ¿Quién nos ha enseñado a distinguir todos los colores que ahora podemos nombrar? Hemos de decir que es obra de los artistas y los pintores. Los compositores han refinado nuestro oído en grado extraordinario. Si ahora hablamos con tonos armoniosos en lugar de con los tonos ásperos de la humanidad primitiva, son los músicos <!-- p. 248 --> quienes nos lo han enseñado; son ellos quienes han enriquecido nuestra mente y nos han enseñado a entrenar nuestras funciones. ¿Quién aumentó la profundidad de nuestros sentimientos y nos enseñó a hablar mejor y a comprender mejor? Fueron los poetas. Son ellos quienes han enriquecido nuestra lengua, la han hecho más flexible y la han adaptado a todos los fines de la vida. No cabe duda de que los genios han sido los más cooperativos de todos los seres humanos. En algunos aspectos de su conducta y de su actitud quizá no podríamos ver su capacidad de cooperación; pero podemos verla en el cuadro entero de su vida. No les fue tan fácil cooperar como a otros. Siguieron un camino difícil y tuvieron que luchar con muchos obstáculos. A menudo empezaron con órganos gravemente imperfectos. En casi todas las personas destacadas encontramos alguna imperfección orgánica, y tenemos la impresión de que se vieron duramente puestas a prueba al comienzo de la vida, pero lucharon y vencieron sus dificultades. Podemos observar especialmente cuán pronto fijaron sus intereses y con qué ahínco se entrenaron en su infancia. Aguzaron sus sentidos para poder ponerse en contacto con los problemas del mundo y comprenderlos. Por este entrenamiento temprano podemos concluir que su arte y su genio fueron creación propia, no un don inmerecido de la naturaleza o de la herencia. Ellos se esforzaron, y nosotros recibimos los beneficios.

Este afán temprano es la mejor base del éxito posterior. Supongamos que tenemos una niña de tres o cuatro años a la que se ha dejado sola. Empieza a coser un sombrero para su muñeca. Cuando la vemos trabajar, le decimos qué sombrero tan bonito y le sugerimos cómo podría hacerlo todavía mejor. La niña se siente alentada y estimulada. Aumenta sus esfuerzos y su destreza. Pero supongamos que le hubiéramos dicho: «¡Deja esa <!-- p. 249 --> aguja! Te vas a hacer daño. No hace ninguna falta que hagas un sombrero. Saldremos y te compraremos uno mucho más bonito». Abandonaría sus esfuerzos. Si comparáramos a las dos niñas en su vida posterior, encontraríamos que la primera había desarrollado su gusto artístico y le interesaba trabajar; la segunda no sabría qué hacer consigo misma y pensaría que siempre podría comprar cosas mejores que las que pudiera hacer.

Si en la vida familiar se exagera el valor del dinero, los niños se verán tentados a mirar el problema de la ocupación solo a la luz del dinero que puedan ganar. Esto es un gran error, porque un niño así no sigue un interés con el que contribuya a la humanidad. Que todo el mundo debe ganarse la vida es una verdad; y es verdad también que encontramos personas que descuidan este punto y se convierten en una carga para los demás. Pero si a un niño solo le interesa ganar dinero, puede perder fácilmente el camino de la cooperación y mirar solo por su propio provecho. Si «ganar dinero» es su única meta y no va unido a ella ningún sentimiento de comunidad, no hay razón posible para que no gane dinero robando y estafando a otras personas. Aunque la situación no sea tan extrema, sino que solo haya un pequeño grado de sentimiento de comunidad unido a la meta, el individuo puede ganar mucho dinero, pero sus actividades no serán de mucho provecho para sus semejantes. En nuestros complicados tiempos es posible tener éxito por estos caminos y hacerse rico. Incluso un camino equivocado puede parecer a veces tener éxito en un punto. No tenemos por qué asombrarnos; y no podemos prometer que un individuo que va por la vida con la actitud correcta vaya a tener un éxito inmediato. Podemos prometer, sin embargo, que conservará su valor y no perderá su autoestima.

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Una ocupación puede usarse a veces para eludir los problemas de la sociedad y del amor, y convertirse en una excusa para eludirlos. Muy a menudo en nuestra vida social se elige una actividad exagerada en los negocios como medio de librarse del problema del amor y el matrimonio. A veces la encontramos usada como excusa del fracaso. Un hombre se entrega furiosamente a su negocio y piensa: «No tengo tiempo que dedicar a mi matrimonio, y por eso no soy responsable de que sea desdichado». Es especialmente frecuente entre los neuróticos que estos dos problemas, el de la sociedad y el del amor, sean los que intentan eludir. No se acercan al otro sexo o se acercan de manera equivocada. No tienen amigos y no se interesan por los demás. Pero están ocupados día y noche con su negocio. Piensan en él y sueñan con él en la cama. Se meten en una tensión, y en su tensión aparece el síntoma neurótico: irritación de estómago o algún trastorno parecido. Sienten entonces que su trastorno de estómago los excusa de afrontar los problemas de la sociedad y del amor. En otros casos el hombre está cambiando siempre de ocupación. Siempre se le ocurre una ocupación que le iría mejor. Al final resulta que no está ocupado en absoluto: está siempre vacilando de una cosa a otra.

Lo primero que hacemos con los niños problemáticos es averiguar su interés principal. A través de él es más fácil alentarlos en su conjunto. En los casos de jóvenes que no han sido capaces de decidirse por una ocupación, o de personas mayores que han fracasado en su ocupación, debería averiguarse su verdadero interés y usarse, en las manos adecuadas, para darles orientación profesional, junto con un esfuerzo por encontrarles empleo. Esto no siempre es fácil. En nuestro tiempo el <!-- p. 251 --> gran número de parados es motivo de alarma. No es una expresión adecuada para una época en que la gente intenta mejorar la cooperación. Creo, por tanto, que todo el que haya visto la importancia de la cooperación debería esforzarse por que no haya individuos parados, por que el trabajo esté abierto a todo el que lo quiera. Puede ayudarnos en esto fomentar los movimientos en favor de las escuelas de formación, las escuelas técnicas y la educación de adultos. Muchos de los parados carecen de formación y de oficio. Algunos de ellos, quizá, no se han interesado por la vida social. Es una gran carga para la humanidad tener miembros de la sociedad sin formación y miembros que no se interesan por el bienestar común. Estas personas se sienten de verdad atrasadas y en desventaja; y podemos comprender que las personas sin formación ni oficio constituyan una gran proporción de los criminales, los neuróticos y los suicidas. Por su falta de formación se quedan a la zaga de la humanidad. Todos los padres y maestros, y todos los que se interesan por el desarrollo y la mejora futuros de la humanidad, deberían esforzarse por que todos los niños estén mejor formados y por que un número tan grande de ellos no llegue a la vida adulta sin un lugar especial en la división del trabajo.

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## XI. El hombre y sus semejantes

El afán más antiguo de la humanidad es que los hombres se unan a sus semejantes. Es gracias al interés por nuestros semejantes como se ha logrado todo el progreso de nuestra especie. La familia es una organización en la que el interés por los demás es esencial; y hasta donde podemos remontarnos en nuestra historia encontramos esta tendencia de los seres humanos a agruparse en familias. Las tribus primitivas se mantenían unidas mediante símbolos comunes, y el propósito del símbolo era unir a los hombres con sus semejantes en la cooperación. La religión primitiva más simple es el culto de un tótem. Un grupo adoraba a un lagarto; otro, a un toro o a una serpiente. Los que adoraban el mismo tótem vivían juntos y cooperaban, y cada miembro del grupo se sentía hermano de los demás. Estas costumbres primitivas fueron uno de los mayores pasos de la humanidad para fijar y estabilizar la cooperación. En la fiesta de estas religiones primitivas, todo hombre que adoraba al lagarto se unía a sus compañeros, y discutían juntos las cuestiones de la cosecha y de cómo podían defenderse de los animales y de las fuerzas del aire. Este era el sentido de la fiesta.

El matrimonio se consideraba un asunto en el que estaban en juego los intereses de todo el grupo. Cada hermano que adoraba el mismo tótem tenía que encontrar su pareja fuera de su grupo, de acuerdo con las restricciones sociales. Todavía hoy debería comprenderse que el amor y el matrimonio no son <!-- p. 253 --> asuntos privados, sino tareas comunes en las que toda la humanidad debería participar con la mente y con el espíritu. Hay cierta responsabilidad en casarse, puesto que es una tarea que espera toda la sociedad, y toda la sociedad está interesada en que nazcan hijos sanos y en que se los eduque en el espíritu de la cooperación. Toda la humanidad debería estar dispuesta, por tanto, a cooperar en cada matrimonio. Los medios de las sociedades primitivas, sus tótems y sus complicados sistemas para regular el matrimonio, pueden parecernos hoy ridículos; pero su importancia en su tiempo difícilmente puede exagerarse, y su verdadero fin era aumentar la cooperación humana.

La tarea más importante que ha impuesto siempre la religión ha sido «Ama a tu prójimo». También aquí, en otra forma, encontramos el mismo afán de aumentar el interés por nuestros semejantes. Es interesante, también, que ahora podamos confirmar desde un punto de vista científico el valor de este afán. El niño mimado nos pregunta: «¿Por qué he de amar a mi prójimo? ¿Me ama mi prójimo a mí?», y revela así su falta de entrenamiento en la cooperación y su interés por sí mismo. Es el individuo que no se interesa por sus semejantes quien tiene las mayores dificultades en la vida y causa el mayor daño a los demás. Es de entre esos individuos de donde surgen todos los fracasos humanos. Hay muchas religiones y confesiones que intentan a su manera aumentar la cooperación; y yo, por mi parte, estaría de acuerdo con todo esfuerzo humano que reconociera la cooperación como meta final. No hay necesidad de combatir, criticar e infravalorar. No tenemos la dicha de poseer la verdad absoluta, y hay varios caminos que llevan a la meta final de la cooperación.

En la política sabemos que los mejores medios pueden usarse mal; <!-- p. 254 --> pero nadie podría lograr nada mediante la política si no creara cooperación. Todo político debe tener como meta final el mejoramiento de la humanidad; y el mejoramiento de la humanidad significa siempre un grado más alto de cooperación. A menudo no estamos muy bien pertrechados para juzgar qué político o qué partido político puede conducir realmente al mejoramiento. Cada individuo juzga de acuerdo con su propio estilo de vida. Pero si un partido político crea semejantes en su propio círculo, no tenemos motivo para censurar su actividad. Lo mismo ocurre con los movimientos nacionales: si el objetivo de quienes participan en ellos es educar a los niños como verdaderos semejantes y aumentar el sentimiento de comunidad, pueden seguir sus propias tradiciones, honrar su propia nacionalidad e intentar influir en las leyes y cambiarlas como les parezca mejor: no deberíamos oponernos a su esfuerzo. También el movimiento de clase es movimiento de grupo y cooperación, y, si su meta es el mejoramiento de la humanidad, deberíamos evitar los prejuicios. Así, todos los movimientos deberían juzgarse solo según su capacidad de fomentar el interés por nuestros semejantes, y encontraremos que hay muchos caminos para ayudar a aumentar la cooperación. Quizá haya caminos mejores y peores; pero, si se concede la meta de la cooperación, es inútil atacar un método porque quizá no sea el mejor.

Con lo que tenemos que estar en desacuerdo es con la visión de la vida en la que las personas solo buscan lo que se les da, solo buscan una ventaja personal. Este es el mayor obstáculo concebible para el progreso individual y común. Solo gracias a nuestro interés por nuestros semejantes se desarrolla cualquiera de nuestras capacidades humanas. Hablar, leer y escribir presuponen todos un puente con los demás hombres. El propio lenguaje es una creación común de la humanidad, el resultado del sentimiento <!-- p. 255 --> de comunidad. La comprensión es un asunto común, no una función privada. Comprender es comprender como esperamos que todos comprendan. Es vincularnos en un significado común con otras personas, dejarnos gobernar por el sentido común de toda la humanidad.

Hay personas que buscan principalmente su propio interés y su superioridad personal. Dan a la vida un sentido privado: la vida debería existir solo para ellas. Esto no es comprensión, sin embargo; es una opinión que nadie más en todo el ancho mundo podría compartir. Encontramos, por tanto, que estas personas son incapaces de vincularse con sus semejantes. A menudo, cuando vemos a un niño que se ha entrenado para interesarse por sí mismo, encontramos que tiene una expresión de culpa o de vacío en la cara; y podemos ver algo de esa misma expresión en el rostro de los criminales o de los locos. No usan los ojos para vincularse con los demás. No ven del mismo modo. A veces estos niños y adultos ni siquiera miran a sus semejantes: apartan los ojos y miran a otra parte. La misma falta de vínculo se muestra en muchos síntomas neuróticos: muy visiblemente, por ejemplo, en el rubor compulsivo, en la tartamudez, en la impotencia o en la eyaculación precoz. Todos ellos revelan una incapacidad de unirse a otros seres humanos, que nace de una falta de interés por ellos.

El grado más alto de aislamiento lo representa la locura. Ni siquiera la locura es incurable si puede despertarse el interés por los demás; pero representa una distancia de los semejantes mayor que cualquier otra expresión, salvo quizá el suicidio. Curar estos casos es un arte, y un arte muy difícil. Tenemos que ganar al paciente de nuevo para la cooperación, y solo podemos hacerlo con paciencia y con el trato más amable <!-- p. 256 --> y amistoso. Una vez me llamaron para que hiciera lo que pudiera por una muchacha con *dementia præcox*. Padecía esta enfermedad desde hacía ocho años, y los dos últimos los había pasado en un manicomio. Ladraba como un perro, escupía, se rasgaba la ropa e intentaba comerse el pañuelo. Podemos ver lo lejos que se había apartado del interés por los seres humanos. Quería hacer el papel de perro, y podemos comprenderlo. Sentía que su madre la había tratado como a un perro; y quizá estaba diciendo: «Cuanto más veo a los seres humanos, más me gustaría ser un perro». Le hablé ocho días seguidos y no respondió ni una palabra. Seguí hablándole, y al cabo de treinta días empezó a hablar de manera confusa e ininteligible. Yo era un amigo para ella, y se sintió alentada.

Si a un paciente de este tipo se le alienta, no sabe qué hacer con su valor. Su resistencia contra sus semejantes es muy fuerte. Podemos predecir la conducta que intentará cuando su valor vuelva en cierta medida pero todavía no desee cooperar. Es como un niño problemático: intentará ser una molestia, romperá todo lo que caiga en sus manos o pegará al enfermero. La siguiente vez que hablé con esta muchacha, me pegó. Tuve que pensar qué hacer. La única respuesta que la sorprendería era no oponer ninguna resistencia. Pueden imaginarse a la muchacha: no era una muchacha de gran fuerza física. Dejé que me pegara y la miré con amabilidad. Esto no se lo esperaba; le quitó todo desafío. Seguía sin saber qué hacer con su valor recobrado. Rompió mi ventana y se cortó la mano con el cristal. No le reproché nada, sino que le vendé la mano. El modo habitual de responder a semejante violencia, sujetarla y encerrarla en su cuarto, era el equivocado. Tenemos que actuar de otro modo si <!-- p. 257 --> queremos ganarnos a esta muchacha. Es el mayor de los errores esperar que un loco actúe como una persona normal. Casi todo el mundo se molesta y se irrita porque los locos no responden como los seres corrientes. No comen, se rasgan la ropa, etcétera. Déjenles hacerlo. No hay otra posibilidad de ayudarlos.

Después de esto la muchacha se recuperó. Pasó un año y había seguido perfectamente sana. Un día que tuve que visitar el manicomio en que había estado internada, me la encontré por el camino. «¿Qué hace usted?», me preguntó. «Venga conmigo», le respondí. «Voy al manicomio donde vivió usted dos años». Fuimos juntos al manicomio y pregunté por el médico que la había tratado allí. Le sugerí que hablara con ella mientras yo veía a otro paciente. Cuando volví, el médico estaba muy malhumorado. «Está perfectamente sana», dijo, «pero hay una cosa en ella que me desagrada. No le caigo bien». Todavía veo a esta muchacha de vez en cuando, y lleva diez años bien de salud. Se gana la vida, está reconciliada con sus semejantes, y nadie que la viera creería que alguna vez padeció locura.

Dos estados que revelan con especial claridad la distancia respecto a los demás seres humanos son la paranoia y la melancolía. En la paranoia el paciente acusa a toda la humanidad; cree que sus semejantes están organizados en una conspiración contra él. En la melancolía el paciente se acusa a sí mismo; dice, por ejemplo: «He arruinado a toda mi familia», o «He perdido todo mi dinero y mis hijos tendrán que morirse de hambre». Pero si una persona se acusa a sí misma, esto es solo la cara exterior que muestra: en realidad está acusando a los demás. Una mujer de mucha notoriedad e influencia, por <!-- p. 258 --> ejemplo, tuvo un accidente y ya no pudo continuar con sus actividades sociales. Tenía tres hijas que se habían casado, y se sentía muy sola. Por la misma época perdió a su marido. Antes había sido mimada, e intentó recuperar lo que había perdido. Empezó a viajar por Europa. Ya no se sentía tan importante como lo había sido, sin embargo, y mientras estaba en Europa empezó a padecer melancolía. Sus amigos la dejaron. La melancolía es un trastorno que supone una gran prueba para quienes rodean al enfermo. Telegrafió a sus hijas para que vinieran, pero cada una de ellas tenía una excusa y ninguna fue a verla. Cuando volvió a casa, sus palabras más frecuentes eran: «Mis hijas han sido tan buenas conmigo...». Sus hijas la habían dejado sola, habían dejado que una enfermera la cuidara, y ahora que había vuelto solo la visitaban de vez en cuando. No podemos tomar sus palabras por lo que dicen en la superficie. Son una acusación, y todo el que conociera las circunstancias sabría que eran una acusación. La melancolía es como una ira y un reproche prolongados contra los demás, aunque, con el fin de obtener cuidados, compasión y apoyo, el paciente parece solo abatido por su propia culpa. El primer recuerdo de un melancólico es por lo general algo así: «Recuerdo que quería tumbarme en el sofá, pero mi hermano estaba tumbado en él. Lloré tanto que tuvo que levantarse».

Los melancólicos tienden a menudo a vengarse suicidándose, y el primer cuidado del médico es evitar darles una excusa para el suicidio. Yo mismo intento aliviar toda la tensión proponiéndoles, como primera regla del tratamiento: «No haga nunca nada que no le guste». Esto parece muy modesto, pero creo que <!-- p. 259 --> va a la raíz de todo el trastorno. Si un melancólico puede hacer todo lo que quiera, ¿a quién puede acusar? ¿De qué tiene que vengarse? «Si quiere ir al teatro», le digo, «o irse de vacaciones, hágalo. Si por el camino ve que no le apetece, déjelo». Es la mejor situación en que podría encontrarse nadie. Da satisfacción a su afán de superioridad. Es como Dios y puede hacer lo que le plazca. Por otra parte, no encaja muy fácilmente en su estilo de vida. Quiere dominar y acusar a los demás, y si los demás le dan la razón no hay modo de dominarlos. Esta regla es un gran alivio, y nunca he tenido un suicidio entre mis pacientes. Se entiende, por supuesto, que lo mejor es tener a alguien que vigile a un paciente así, y algunos de mis pacientes no han estado vigilados tan de cerca como yo habría querido. Mientras hay un observador, no hay peligro.

Por lo general el paciente responde: «Pero no hay nada que me guste hacer». Estoy preparado para esta respuesta, porque la he oído muchas veces. «Entonces absténgase de hacer nada que le desagrade», le digo. A veces, sin embargo, responde: «Me gustaría quedarme en la cama todo el día». Sé que, si se lo permito, ya no querrá hacerlo. Sé que, si se lo impido, empezará una guerra. Siempre le doy la razón.

Esta es una regla. Otra ataca todavía más directamente su estilo de vida. Les digo: «Puede usted curarse en catorce días si sigue esta prescripción. Intente pensar cada día cómo puede agradar a alguien». Vean lo que esto significa para ellos. Están ocupados con el pensamiento: «¿Cómo puedo fastidiar a alguien?». Las respuestas son muy interesantes. Algunos dicen: «Eso me será muy fácil. Lo he hecho toda mi vida». Nunca lo han hecho. Les pido que lo piensen. No lo piensan. Les digo: «Puede <!-- p. 260 --> aprovechar todo el tiempo que pasa sin poder dormirse pensando cómo puede agradar a alguien, y será un gran paso adelante para su salud». Cuando los veo al día siguiente, les pregunto: «¿Pensó en lo que le sugerí?». Responden: «Anoche me dormí en cuanto me metí en la cama». Todo esto debe hacerse, por supuesto, de manera modesta y amistosa, sin el menor asomo de superioridad.

Otros responden: «Nunca podría hacerlo. Estoy tan preocupado...». Les digo: «No deje de preocuparse; pero al mismo tiempo puede pensar de vez en cuando en los demás». Quiero dirigir siempre su interés hacia sus semejantes. Muchos dicen: «¿Por qué he de agradar a los demás? Los demás no intentan agradarme a mí». «Tiene que pensar en su salud», respondo. «Los demás ya sufrirán más adelante». Es rarísimo que haya encontrado un paciente que dijera: «He pensado en lo que me sugirió». Todos mis esfuerzos se dedican a aumentar el sentimiento de comunidad del paciente. Sé que la verdadera razón de su enfermedad es su falta de cooperación, y quiero que también él lo vea. En cuanto puede vincularse con sus semejantes en pie de igualdad y de cooperación, está curado.

Otro ejemplo claro de falta de sentimiento de comunidad es la llamada «negligencia criminal». Un hombre deja caer una cerilla encendida y provoca un incendio forestal. O, como en un caso reciente, un obrero deja un cable tendido a través de una carretera cuando se va a casa al acabar la jornada; un automóvil choca con él y los ocupantes mueren. En ninguno de los dos casos el individuo quería hacer daño. No parece culpable en sentido moral del desastre efectivo. Pero no se le ha entrenado para pensar en los demás; no toma espontáneamente precauciones para garantizar su seguridad. Es un grado mayor <!-- p. 261 --> de la misma falta de cooperación el que vemos en los niños desordenados y en las personas que pisan a los demás, rompen platos y fuentes o tiran los adornos de la repisa de la chimenea.

El interés por nuestros semejantes se entrena en el hogar y en la escuela; y ya hemos visto qué obstáculos pueden ponerse en el camino del desarrollo del niño. El sentimiento de comunidad no es quizá un instinto heredado; pero la potencialidad para el sentimiento de comunidad sí se hereda. Esta potencialidad se desarrolla de acuerdo con la habilidad de la madre y su interés por el niño, y de acuerdo con el propio juicio del niño sobre su entorno. Si siente que los demás son hostiles, si siente que está rodeado de enemigos y con la espalda contra la pared, no podemos esperar que haga amigos y sea él mismo un buen amigo. Si siente que los demás deberían ser sus esclavos, deseará no contribuir al bien de los demás, sino mandar sobre ellos. Si se interesa por sus propias sensaciones y por sus irritaciones y molestias físicas, se aislará de la sociedad.

Hemos visto cómo lo mejor para un niño es sentirse una parte igual de su familia e interesarse por todos los demás miembros. Hemos visto que los propios padres deberían ser buenos amigos el uno del otro y tener amistades buenas e íntimas en el mundo exterior. De este modo sus hijos llegan a sentir que existen también fuera de la familia seres humanos dignos de confianza. Hemos visto cómo, en la escuela, el niño debería sentirse parte de la clase, amigo de los demás niños y capaz de confiar en su amistad. La vida en la familia y la vida en la escuela son preparaciones para un todo más amplio. Su objetivo es educar al niño para que sea un semejante, una parte igual de <!-- p. 262 --> la humanidad entera. Solo en estas condiciones conservará el valor y afrontará los problemas de la vida sin tensión, encontrando para ellos soluciones que aumenten el bienestar de los demás.

Si puede ser un buen amigo de todos los hombres y contribuir al bien de ellos mediante un trabajo útil y un matrimonio feliz, nunca se sentirá inferior a los demás ni derrotado por ellos. Sentirá que está en su casa en el universo, en un lugar amistoso, entre personas que le agradan y a la altura de todas sus dificultades. Sentirá: «Este mundo es mi mundo. Tengo que actuar y organizar, no esperar y aguardar». Estará completamente seguro de que el tiempo presente es solo un momento de la historia de la humanidad y de que pertenece a todo el proceso humano —pasado, presente y futuro—; pero sentirá también que este es el tiempo en que puede cumplir sus tareas creadoras y hacer su propia contribución al desarrollo humano. Es verdad que hay males y dificultades y prejuicios y desastres en este mundo, pero es nuestro propio mundo, y sus ventajas y desventajas son nuestras. Es nuestro mundo para trabajar en él y mejorarlo, y podemos esperar que, si cada uno asume sus tareas del modo adecuado, puede hacer su parte para mejorarlo.

Asumir sus tareas significa asumir la responsabilidad de resolver los tres problemas de la vida de manera cooperativa. Lo único que exigimos a un ser humano, y el mayor elogio que podemos hacerle, es que sea un buen compañero de trabajo, un amigo de todos los demás hombres y un verdadero compañero en el amor y el matrimonio. Si hemos de decirlo en una palabra, podemos decir que debe mostrarse un semejante.

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## XII. Amor y matrimonio

En cierta comarca de Alemania hay una vieja costumbre para comprobar si una pareja de prometidos es apta para la vida matrimonial en común. Antes de la ceremonia nupcial, se lleva a la novia y al novio a un claro donde se ha talado un árbol. Allí se les da una sierra de dos mangos y se les pone a serrar el tronco de parte a parte. Con esta prueba se averigua hasta qué punto están dispuestos a cooperar el uno con el otro. Es una tarea para dos personas. Si no hay confianza entre ellos, tirarán cada uno por su lado y no conseguirán nada. Si uno de ellos quiere tomar la delantera y hacerlo todo él solo, entonces, aunque el otro ceda, la tarea llevará el doble de tiempo. Los dos tienen que tener iniciativa, pero sus iniciativas tienen que combinarse. Estos aldeanos alemanes han reconocido que la cooperación es el requisito principal del matrimonio.

Si me pidieran que dijera qué significan el amor y el matrimonio, daría la siguiente definición, por incompleta que sea:

«El amor, con su cumplimiento, el matrimonio, es la entrega más íntima a un compañero del otro sexo, expresada en la atracción física, en la camaradería y en la decisión de tener hijos. Es fácil mostrar que el amor y el matrimonio son una de las caras de la cooperación: no una cooperación solo para el bienestar de dos personas, sino una cooperación también para el bienestar de la humanidad».

Este punto de vista, según el cual el amor y el matrimonio son una coope<!-- p. 264 -->ración para el bienestar de la humanidad, arroja luz sobre todos los aspectos del problema. Incluso la atracción física, el más importante de todos los afanes humanos, ha sido un desarrollo sumamente necesario para la humanidad. Como he explicado tantas veces, la humanidad, que padece órganos imperfectos, no ha estado nada bien pertrechada para la vida sobre la corteza de este pobre planeta, la tierra. El principal medio de preservar la vida humana era propagarla; de ahí nuestra fecundidad y el continuo afán de la atracción física.

En nuestros días encontramos dificultades y discordias que surgen en torno a todos los problemas del amor. Los matrimonios se enfrentan a estas dificultades, los padres se preocupan por ellas, toda la sociedad está implicada en ellas. Si intentamos, por tanto, llegar a una conclusión acertada, nuestro acercamiento tiene que estar completamente libre de prejuicios. Tenemos que olvidar lo que hemos aprendido e intentar investigar, en la medida de lo posible, sin dejar que otras consideraciones interfieran en una discusión plena y libre.

No quiero decir que podamos juzgar el problema del amor y el matrimonio como si fuera un problema enteramente aislado. Un ser humano nunca puede ser completamente libre en este sentido: nunca puede alcanzar soluciones para sus problemas siguiendo puramente la línea de sus ideas privadas. Todo ser humano está atado por lazos definidos; su desarrollo tiene lugar dentro de un marco definido y tiene que ajustar sus decisiones a ese marco. Estos tres lazos principales los establecen los hechos de que vivimos en un lugar determinado del universo y tenemos que desarrollarnos con los límites y las posibilidades que nos imponen nuestras circunstancias; de que vivimos entre otros de nuestra especie a los que tenemos que aprender a adaptarnos; y de que vivimos divididos en dos sexos, y el futuro de nuestra especie depende de las relaciones entre ambos.

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Es fácil comprender que, si un individuo se interesa por sus semejantes y por el bienestar de la humanidad, todo lo que haga estará guiado por los intereses de sus semejantes, e intentará resolver el problema del amor y el matrimonio como si estuviera en juego el bienestar de los demás. No necesita saber que intenta resolverlo de este modo. Si se lo preguntan, quizá no sea capaz de dar una explicación científica de sus objetivos. Pero buscará espontáneamente el bienestar y el mejoramiento de la humanidad, y este interés será visible en todas sus actividades.

Hay otros seres humanos a los que no les preocupa tanto el bienestar de la humanidad. En lugar de tomar como visión subyacente de la vida «¿Qué puedo aportar a mis semejantes?», «¿Cómo puedo encajar como parte del todo?», se preguntan más bien: «¿Para qué sirve la vida? ¿Qué puedo sacar de ella? ¿Qué rendimiento da? ¿Me tienen los demás lo bastante en cuenta? ¿Se me aprecia debidamente?». Si esta actitud está detrás del acercamiento de un individuo a la vida, intentará resolver el problema del amor y el matrimonio del mismo modo. Se preguntará siempre: «¿Qué puedo sacar de esto?».

El amor no es una tarea puramente natural, como creen algunos psicólogos. El sexo es una pulsión o instinto; pero la cuestión del amor y el matrimonio no es simplemente cómo hemos de satisfacer esa pulsión. Dondequiera que miremos, encontramos que nuestras pulsiones e instintos están desarrollados, cultivados, refinados. Hemos reprimido algunos de nuestros deseos e inclinaciones. En consideración a nuestros semejantes, hemos aprendido a no molestarnos unos a otros. Hemos aprendido a vestirnos y a ser limpios. Ni siquiera nuestra hambre tiene una salida meramente natural: hemos cultivado gustos y modales en la mesa. Todas nuestras pulsiones se han adaptado a nuestra cultura <!-- p. 266 --> común; todas reflejan los esfuerzos que hemos aprendido a hacer por el bienestar de la humanidad y por nuestra vida en común.

Si aplicamos esta comprensión al problema del amor y el matrimonio, veremos, también aquí, que el interés del todo, el interés por la humanidad, tiene que estar siempre en juego. Este interés es primordial. No sirve de nada discutir ninguno de los aspectos del amor y el matrimonio, proponer alivios, cambios, nuevas normas o instituciones, antes de haber visto que el problema solo puede resolverse en su coherencia entera, solo considerando el bienestar humano en su conjunto. Quizá mejoremos; quizá encontremos respuestas más completas al problema; pero si encontramos respuestas mejores, serán mejores porque tengan más plenamente en cuenta el hecho de que vivimos divididos en dos sexos, sobre la corteza de esta tierra, donde la asociación es necesaria. En la medida en que nuestras respuestas tengan ya en cuenta estas condiciones, la verdad que hay en ellas podrá mantenerse para siempre.

Cuando usamos este enfoque, nuestro primer hallazgo en el problema del amor es que es una tarea para dos individuos. Para muchas personas esta será por fuerza una tarea nueva. En cierta medida se nos ha educado para trabajar solos; en cierta medida se nos ha educado para trabajar en equipo o en grupo. Por lo general hemos tenido poca experiencia de trabajar de dos en dos. Estas nuevas condiciones, por tanto, plantean una dificultad; pero es una dificultad más fácil de resolver si esas dos personas se han interesado por sus semejantes, porque entonces pueden aprender más fácilmente a interesarse el uno por el otro.

Podríamos decir incluso que, para una solución plena de esta cooperación entre dos, cada uno debe estar más interesado en el otro que en sí mismo. Esta es la única base sobre la que <!-- p. 267 --> el amor y el matrimonio pueden tener éxito. Ya podremos ver de qué modo están equivocadas muchas opiniones sobre el matrimonio y muchas propuestas para reformarlo. Si cada uno ha de estar más interesado en el otro que en sí mismo, tiene que haber igualdad. Si ha de haber una entrega tan íntima, ninguno de los dos puede sentirse sometido ni eclipsado. La igualdad solo es posible si los dos tienen esta actitud. El esfuerzo de cada uno debería ser aliviar y enriquecer la vida del otro. De este modo cada uno está seguro. Cada uno siente que vale algo; cada uno siente que se le necesita. Aquí encontramos la garantía fundamental del matrimonio, el sentido fundamental de la felicidad en esta relación. Es el sentimiento de que uno vale algo, de que no puede ser sustituido, de que el compañero lo necesita, de que actúa bien, de que es un semejante y un verdadero amigo.

No es posible que quien participa en una tarea cooperativa acepte una posición de sometimiento. Dos personas no pueden vivir juntas de manera fecunda si una quiere mandar y obligar a la otra a obedecer. En nuestras condiciones actuales, muchos hombres y, de hecho, muchas mujeres están convencidos de que al hombre le corresponde mandar y dictar, desempeñar el papel principal, ser el amo. Esta es la razón de que tengamos tantos matrimonios desdichados. Nadie puede soportar una posición de inferioridad sin ira ni disgusto. Los compañeros tienen que ser iguales, y cuando las personas son iguales siempre encontrarán un modo de resolver sus dificultades. Se pondrán de acuerdo, por ejemplo, en las cuestiones relativas a tener hijos. Saben que una decisión de esterilidad afecta a su propia parte en dar una prenda para el futuro de la humanidad. Se pondrán de acuerdo en las cuestiones de la educación; y se sentirán estimulados a resolver sus problemas a medida que surjan, porque saben que <!-- p. 268 --> los hijos de los matrimonios desdichados salen perjudicados y no pueden desarrollarse bien.

En nuestra civilización actual las personas no suelen estar bien preparadas para la cooperación. Nuestro entrenamiento se ha dirigido demasiado al éxito individual, a considerar qué podemos sacar de la vida en lugar de qué podemos darle. Se comprenderá fácilmente que, cuando tenemos a dos personas viviendo juntas de la manera íntima que exige el matrimonio, cualquier fallo en la cooperación, en la capacidad de interesarse por otro, tendrá las más graves consecuencias. La mayoría de las personas experimentan esta relación estrecha por primera vez. No están acostumbradas a tener en cuenta los intereses y objetivos, los deseos, esperanzas y ambiciones de otro ser humano. No están preparadas para los problemas de una *tarea común*. No tenemos por qué sorprendernos de los muchos errores que vemos a nuestro alrededor; pero podemos examinar los hechos y aprender a evitar errores en el futuro.

Ninguna crisis de la vida adulta se afronta sin entrenamiento previo: respondemos siempre de acuerdo con nuestro estilo de vida. La preparación para el matrimonio no se hace de la noche a la mañana. En la conducta característica de un niño, en sus actitudes, pensamientos y acciones, podemos ver cómo se está entrenando para las situaciones adultas. En sus rasgos principales, su acercamiento al amor ya está establecido hacia el quinto o sexto año.

Ya en los comienzos del desarrollo de un niño podemos ver que está formándose su visión del amor y del matrimonio. No debemos imaginar que esté mostrando impulsos sexuales en nuestro sentido adulto del término. Está formándose una opinión sobre un aspecto de la vida social general de la que se siente parte. El amor y el matrimonio son factores de su entorno; entran en su concepción de su propio <!-- p. 269 --> futuro. Tiene que tener alguna comprensión de ellos, adoptar alguna postura ante estos problemas. Cuando los niños dan muestras tan tempranas de su interés por el otro sexo y eligen ellos mismos a los compañeros que les gustan, nunca deberíamos interpretarlo como un error, o una molestia, o una influencia sexual precoz. Menos aún deberíamos burlarnos de ello o tomarlo a broma. Deberíamos tomarlo como un paso adelante en su preparación para el amor y el matrimonio. En lugar de convertirlo en una nimiedad, deberíamos más bien darle la razón al niño en que el amor es una tarea maravillosa, una tarea para la que debe prepararse, una tarea en beneficio de toda la humanidad. Así podemos implantar un ideal en la mente del niño, y más adelante en la vida los niños podrán encontrarse como camaradas muy bien preparados y como amigos en una entrega íntima. Es revelador observar que los niños son partidarios espontáneos y sinceros de la monogamia, y esto a menudo pese a que los matrimonios de sus padres no siempre son armoniosos y felices.

Nunca animaría a los padres a explicar las relaciones físicas del sexo demasiado pronto en la vida, ni a explicar más de lo que sus hijos desean saber. Se comprenderá que el modo en que un niño mira los problemas del matrimonio es de la mayor importancia. Si se le enseña de manera equivocada, puede verlos como un peligro o como algo que está completamente fuera de su alcance. En mi propia experiencia, los niños a los que se introdujo en los hechos de las relaciones adultas muy temprano, a los cuatro, cinco o seis años, y los niños que tuvieron experiencias precoces, tienen siempre más miedo del amor en su vida posterior. La atracción física les sugiere también la idea de peligro. Si un niño es más mayor cuando recibe sus primeras explicaciones y experiencias, <!-- p. 270 --> no se asusta ni de lejos tanto; tiene muchas menos ocasiones de cometer errores al comprender cuáles son las relaciones correctas. La clave de una ayuda eficaz es no mentir nunca a un niño, no eludir nunca sus preguntas, comprender qué hay detrás de ellas, explicar solo lo que desea saber y solo lo que estamos seguros de que puede comprender. La información oficiosa e intrusiva puede causar un gran daño. En este problema de la vida, como en todos los demás, es mejor que el niño sea independiente y aprenda lo que quiere saber por sus propios esfuerzos. Si hay confianza entre él y sus padres, no puede sufrir ningún daño. Siempre preguntará lo que necesita saber. Hay una superstición común según la cual los niños pueden ser descarriados por las explicaciones de sus compañeros. Nunca he visto a un niño, sano por lo demás, que sufriera daño de este modo. Los niños no se tragan todo lo que les cuentan sus compañeros de escuela: en su mayor parte son muy críticos y, si no están seguros de que lo que les han contado es verdad, preguntarán a sus padres o a sus hermanos y hermanas. Debo confesar, además, que a menudo he encontrado a los niños más delicados y discretos en estos asuntos que a sus mayores.

Incluso la atracción física de la vida adulta se está entrenando ya en la infancia. Las impresiones que el niño recibe en cuanto a la simpatía y la atracción, las impresiones que le producen los miembros del otro sexo de su entorno inmediato: estos son los comienzos de la atracción física. Cuando un chico recibe estas impresiones de su madre, de sus hermanas o de las chicas que le rodean, su elección de los tipos físicamente atractivos en la vida posterior estará influida por su semejanza con estos miembros de su entorno temprano. A veces está influido también por las creaciones del arte: todo el mundo se siente atraído de este modo por un ideal <!-- p. 271 --> de belleza personal. Así, en la vida posterior el individuo ya no tiene una *libre elección* en el sentido más amplio, sino una elección solo a lo largo de las líneas de su entrenamiento. Esta búsqueda de la belleza no es una búsqueda sin sentido. Nuestras emociones estéticas se basan siempre en un sentimiento de la salud y del mejoramiento de la humanidad. Todas nuestras funciones, todas nuestras capacidades, están formadas en esta dirección. No podemos escapar de ello. Reconocemos como bellas aquellas cosas que miran hacia la eternidad, aquellas cosas que son en beneficio de la humanidad y para el futuro de la humanidad: los símbolos del modo en que deseamos que se desarrollen nuestros hijos. Esta es la belleza que siempre nos atrae.

A veces, si un chico tiene dificultades con su madre, y una chica con su padre (como sucede a menudo si la cooperación en el matrimonio no es firme), buscan un tipo antitético. Si, por ejemplo, la madre del chico lo ha regañado y tiranizado, si es débil y teme verse dominado, puede que solo encuentre sexualmente atractivas a las mujeres que no parecen dominantes. Le resulta fácil equivocarse: puede buscar una compañera a la que pueda someter, y un matrimonio feliz nunca es posible sin igualdad. A veces, si quiere demostrar que es poderoso y fuerte, busca una compañera que también parezca fuerte, o porque prefiere la fuerza o porque encuentra en ella un desafío mayor para demostrar su propia fuerza. Si su desacuerdo con su madre es muy grande, su preparación para el amor y el matrimonio puede verse obstaculizada, e incluso puede bloquearse la atracción física por el otro sexo. Hay muchos grados de esta obstrucción; cuando es completa, excluirá por entero al otro sexo y se volverá un pervertido.

Siempre estamos mejor preparados si el matrimonio de nuestros <!-- p. 272 --> padres ha sido armonioso. Los niños obtienen su primera impresión de lo que es el matrimonio de la vida de sus padres; y no es asombroso que el mayor número de fracasos en la vida se dé entre los hijos de matrimonios rotos y de una vida familiar desdichada. Si los padres no son capaces de cooperar ellos mismos, les será imposible enseñar la cooperación a sus hijos. A menudo podemos considerar mejor la aptitud de un individuo para el matrimonio averiguando si fue entrenado en el tipo adecuado de vida familiar y observando su actitud hacia sus padres, hermanas y hermanos. El factor importante es dónde obtuvo su preparación para el amor y el matrimonio. Hemos de ser cuidadosos en este punto, sin embargo. Sabemos que un hombre no está determinado por su entorno, sino por la estimación que hace de su entorno. Su estimación puede ser útil. Es posible que tuviera experiencias muy desdichadas de la vida familiar en casa de sus padres, pero eso quizá solo lo estimule a hacerlo mejor en su propia vida familiar. Puede estar esforzándose por prepararse bien para el matrimonio. Nunca debemos juzgar ni excluir a un ser humano porque tenga detrás una vida familiar desafortunada.

La peor preparación se da cuando un individuo busca siempre su propio interés. Si se le ha entrenado de este modo, estará pensando todo el tiempo qué placer o qué emoción puede sacar de la vida. Estará siempre exigiendo libertad y alivios, sin considerar nunca cómo puede aliviar y enriquecer la vida de su compañera. Este es un acercamiento desastroso. Yo lo compararía con un hombre que intenta poner la collera a un caballo empezando por la cola. No es un pecado, pero es un método equivocado. Al preparar nuestra actitud ante el amor, por tanto, no deberíamos estar buscando siempre atenuantes y modos de eludir la responsabilidad. La <!-- p. 273 --> camaradería del amor no podría ser firme si hubiera vacilación y duda. La cooperación exige una decisión para la eternidad; y solo consideramos verdaderos ejemplos de amor y verdaderos matrimonios aquellas uniones en las que se ha tomado una decisión fija e inalterable. En esta decisión incluimos la decisión de tener hijos, de educarlos y entrenarlos en la cooperación y de hacer de ellos, en la medida en que podamos, verdaderos semejantes, miembros verdaderamente iguales y responsables del género humano. Un buen matrimonio es el mejor medio que tenemos para criar a la futura generación de la humanidad, y el matrimonio debería tener siempre esto a la vista. El matrimonio es realmente una tarea; tiene sus propias reglas y leyes; no podemos escoger una parte y eludir las otras sin infringir la ley eterna de esta corteza terrestre: la cooperación.

Es imposible tener la verdadera entrega íntima del amor si limitamos nuestra responsabilidad a cinco años o consideramos el matrimonio como un periodo de prueba. Si hombres o mujeres contemplan semejante escapatoria, no reúnen todas sus fuerzas para la tarea. En ninguna de las tareas serias e importantes de la vida disponemos semejante «vía de escape». No podemos amar y estar limitados. Todas esas personas tan bienintencionadas y de tan buen corazón que intentan encontrar un alivio para el matrimonio van por el camino equivocado. Los alivios que proponen perjudicarían y restringirían los esfuerzos de las parejas que se casan; les harían más fácil encontrar una salida y omitir el trabajo que deberían hacer en la tarea por la que se han decidido. Sé que hay muchas dificultades en nuestra vida social y que impiden a muchas personas resolver como es debido el problema del amor y el matrimonio, aunque les gustaría resolverlo. No es el amor y el matrimonio, sin embargo, lo que quiero sacrificar; quiero sacrificar las dificultades de <!-- p. 274 --> nuestra vida social. Sabemos qué rasgos son necesarios para una unión amorosa: ser fiel y leal y digno de confianza, no ser reservado, no ser egoísta... Se comprenderá que, si una persona cree que la infidelidad es cosa de todos los días, no está debidamente preparada para el matrimonio. Ni siquiera es posible llevar a cabo una verdadera camaradería si ambos compañeros han acordado conservar su libertad. Esto no es camaradería. En la camaradería no somos libres en todas las direcciones. Nos hemos atado a nuestra cooperación.

Permítaseme dar un ejemplo de cómo un acuerdo privado de este tipo, que no está adaptado al éxito del matrimonio ni al bienestar de la humanidad, puede perjudicar a ambos compañeros.

Recuerdo el caso de un hombre divorciado y una mujer divorciada que se casaron. Eran personas cultas e inteligentes y esperaban mucho que su nueva aventura matrimonial fuera mejor que la anterior. No sabían, sin embargo, cómo se habían arruinado sus primeros matrimonios; buscaban un camino acertado sin haber visto su falta de sentimiento de comunidad. Se declaraban librepensadores y querían un matrimonio fácil en el que nunca corrieran el riesgo de aburrirse el uno del otro. Propusieron, por tanto, que cada uno fuera perfectamente libre en todas las direcciones: harían todo lo que quisieran, pero se tendrían la confianza suficiente para contarse todo lo que sucediera. En este punto el marido pareció más valiente. Siempre que llegaba a casa tenía muchas experiencias galantes que contar a su mujer, y ella parecía disfrutar enormemente con ellas y estar muy orgullosa de los éxitos de su marido. Ella siempre tenía la intención de empezar un coqueteo o una relación amorosa; pero antes de dar el primer paso empezó <!-- p. 275 --> a padecer agorafobia. Ya no podía salir sola; su neurosis la tenía recluida en su cuarto; si daba un paso más allá de la puerta, se asustaba tanto que se veía obligada a volver. Esta agorafobia era una protección contra la decisión que había tomado; pero había más que eso. Al final, como no podía salir sola, su marido se vio obligado a quedarse a su lado. Ya ven cómo la lógica del matrimonio se abrió paso a través de su decisión. El marido ya no podía ser un librepensador, porque tenía que quedarse con su mujer. Ella misma no podía hacer uso de su libertad, porque tenía miedo de salir sola. Si esta mujer se curara, se vería obligada a llegar a una comprensión mejor del matrimonio, y también el marido tendría que considerarlo una tarea cooperativa.

Otros errores se cometen al comienzo mismo del matrimonio. Un niño que ha sido mimado en casa se siente a menudo desatendido en el matrimonio. No ha sido entrenado para adaptarse a la vida social. Un niño mimado puede convertirse en un gran tirano en el matrimonio; el otro se siente víctima, se siente enjaulado y empieza a resistirse. Es interesante observar lo que sucede cuando se casan dos niños mimados. Cada uno de ellos reclama interés y atención, y ninguno puede quedar satisfecho. El paso siguiente es buscar una escapatoria: uno de los dos empieza un coqueteo con otra persona con la esperanza de obtener más atención. Algunas personas son incapaces de enamorarse de una sola persona; tienen que enamorarse de dos a la vez. Así se sienten libres; pueden escapar de una a otra y no asumir nunca todas las responsabilidades del amor. Dos equivale a ninguna.

Hay otras personas que inventan un amor romántico, ideal o inalcanzable; así pueden recrearse en sus sentimientos <!-- p. 276 --> sin necesidad de acercarse a un compañero en la realidad. Un ideal elevado del amor puede usarse también para excluir todas las posibilidades, porque nunca se encontrará a nadie que esté a su altura. Muchos hombres, y especialmente muchas mujeres, por errores en su desarrollo, se han entrenado para detestar y rechazar su papel sexual. Han obstaculizado sus funciones naturales y no son físicamente capaces, sin tratamiento, de llevar a cabo un matrimonio con éxito. Esto es lo que he llamado la protesta masculina, y lo provoca en gran medida la sobrevaloración de los hombres en nuestra cultura actual. Si a los niños se les deja en la duda sobre su papel sexual, tienden mucho a sentirse inseguros. Mientras se considere que el papel masculino es el papel dominante, es natural que sientan, sean chicos o chicas, que el papel masculino es envidiable. Dudarán de su propia capacidad para desempeñar este papel, exagerarán la importancia de ser varoniles e intentarán evitar que se les ponga a prueba. Esta insatisfacción con el papel sexual es muy frecuente en nuestra cultura. Podemos sospecharla en todos los casos de frigidez en las mujeres y de impotencia psíquica en los hombres. En estos casos hay una resistencia al amor y al matrimonio, y una resistencia en el punto adecuado. Es imposible evitar estos fracasos a menos que tengamos de verdad el sentimiento de que hombres y mujeres son iguales; y mientras una mitad del género humano tenga motivos para estar insatisfecha con la posición que se le asigna, tendremos un gran obstáculo para el éxito del matrimonio. El remedio aquí es el entrenamiento para la igualdad; y nunca deberíamos permitir que los niños permanezcan en la ambigüedad sobre su propio papel futuro.

Creo que la entrega íntima del amor y el matrimonio se asegura mejor si no ha habido relaciones sexuales antes del matrimonio. He encontrado que, en secreto, a la mayoría <!-- p. 277 --> de los hombres no les gusta realmente que su novia sea capaz de entregarse antes del matrimonio. A veces lo consideran señal de virtud fácil y les escandaliza. Además, en el estado actual de nuestra cultura, si hay relaciones íntimas antes del matrimonio, la carga es más pesada para la muchacha. Es también un gran error que un matrimonio se contraiga por miedo y no por valor. Podemos comprender que el valor es una de las caras de la cooperación, y si hombres y mujeres eligen pareja por miedo, es señal de que no desean una verdadera cooperación. Esto vale también cuando eligen parejas que son borrachas o están muy por debajo de ellos en posición social o en educación. Tienen miedo del amor y el matrimonio y desean establecer una situación en la que su pareja los mire desde abajo.

Uno de los modos en que puede entrenarse el sentimiento de comunidad es la amistad. En la amistad aprendemos a mirar con los ojos de otra persona, a escuchar con sus oídos y a sentir con su corazón. Si un niño es frustrado, si se le vigila y se le protege siempre, si crece aislado, sin camaradas ni amigos, no desarrolla esta capacidad de identificarse con otra persona. Se considera siempre el ser más importante del mundo y está siempre ansioso por asegurar su propio bienestar. El entrenamiento en la amistad es una preparación para el matrimonio. Los juegos podrían ser útiles si se consideraran un entrenamiento en la cooperación; pero en los juegos de los niños encontramos con demasiada frecuencia la competencia y el deseo de sobresalir. Es muy útil establecer situaciones en las que dos niños trabajen juntos, estudien juntos y aprendan juntos. Creo que no deberíamos infravalorar el baile. El baile es un tipo de actividad en la que dos personas tienen que realizar una tarea común, y creo que es bueno que se entrene a los niños en el baile. No me <!-- p. 278 --> refiero exactamente al baile que tenemos hoy, en el que hay más exhibición que tarea común. Pero si tuviéramos bailes sencillos y fáciles para niños, sería una gran ayuda para su desarrollo.

Otro problema que también ayuda a mostrarnos la preparación para el matrimonio es el problema de la ocupación. Hoy en día la solución de este problema se antepone a la del amor y el matrimonio. Uno de los compañeros, o ambos, tienen que tener una ocupación para poder ganarse la vida y mantener una familia, y podemos comprender que la preparación adecuada para el matrimonio incluye también la preparación adecuada para el trabajo.

Siempre podemos encontrar el grado de valor y el grado de capacidad de cooperar en el acercamiento al otro sexo. Todo individuo tiene su acercamiento característico, su paso y su temperamento característicos en el cortejo; y esto es siempre congruente con su estilo de vida. En este temperamento amoroso podemos ver si dice «sí» al futuro de la humanidad, si es confiado y cooperativo, o si solo le interesa su propia persona, padece miedo escénico y se tortura con la pregunta: «¿Qué impresión estoy causando? ¿Qué pensarán de mí?». Un hombre puede ser lento y cauteloso en el cortejo, o temerario y precipitado; en todo caso, su temperamento amoroso encaja con su meta y su estilo de vida, y no es más que una expresión de ellos. No podemos juzgar la aptitud de un hombre para el matrimonio solo por su cortejo, porque en él tiene una meta directa ante sí, y en otros terrenos puede ser indeciso. Con todo, podemos extraer de él indicios seguros de su personalidad.

En nuestras condiciones culturales (y solo en ellas) se espera por lo general que sea el hombre el primero en expresar su atracción, que sea el hombre quien dé <!-- p. 279 --> el primer paso. Mientras exista esta exigencia cultural, por tanto, es necesario entrenar a los chicos en la actitud masculina: tomar la iniciativa, no vacilar ni buscar una escapatoria. Pero solo pueden entrenarse si se sienten parte de toda la vida social y aceptan sus ventajas y desventajas como propias. Por supuesto, también las chicas y las mujeres cortejan, también ellas toman la iniciativa; pero en nuestras condiciones culturales predominantes se sienten obligadas a ser más reservadas, y su cortejo se expresa en todo su porte y su persona, en su manera de vestir, en su manera de mirar, de hablar y de escuchar. El acercamiento del hombre puede llamarse, por tanto, más simple y superficial; el de la mujer, más profundo y complicado.

Podemos dar ahora un paso más. La atracción sexual hacia el compañero es necesaria, pero debería moldearse siempre según la línea de un deseo de bienestar humano. Si los compañeros se interesan de verdad el uno por el otro, nunca se presentará la dificultad de que la atracción sexual llegue a su fin. Ese fin implica siempre una falta de interés; nos dice que el individuo ya no se siente igual, amistoso y cooperativo hacia su compañero, que ya no desea enriquecer la vida de su compañero. La gente piensa a veces que el interés continúa pero que la atracción ha cesado. Esto nunca es cierto. A veces la boca miente o la cabeza no comprende; pero las funciones del cuerpo dicen siempre la verdad. Si las funciones fallan, se sigue que no hay verdadero acuerdo entre esas dos personas. Han perdido el interés el uno por el otro. Al menos uno de ellos ya no desea resolver la tarea del amor y el matrimonio, sino que busca una evasión y una escapatoria.

En otro aspecto la pulsión sexual de los seres humanos es <!-- p. 280 --> distinta de la pulsión sexual de los demás seres. Es continua. Este es otro modo en que se garantizan el bienestar y la continuidad de la humanidad; es un modo por el que la humanidad puede aumentar, hacerse numerosa y asegurar su bienestar y su supervivencia gracias a la magnitud de su número. En otras criaturas la vida ha tomado otros medios para asegurar esta supervivencia: en muchas, por ejemplo, encontramos que las hembras producen un número muy grande de huevos que nunca llegan a madurar. Muchos se pierden o se destruyen, pero el gran número garantiza que algunos sobrevivan siempre. También entre los hombres un método de supervivencia es tener hijos. Encontraremos, por tanto, que en este problema del amor y el matrimonio las personas más espontáneamente interesadas en el bienestar de la humanidad son las que más probablemente tendrán hijos, y que las que no se interesan, consciente o inconscientemente, por sus semejantes rechazan la carga de la procreación. Si están siempre exigiendo y esperando, sin dar nunca, no les gustan los niños. Solo se interesan por su propia persona, y consideran a los niños una molestia, un engorro, un estorbo; algo que les impedirá mantener su interés en sí mismos. Podemos decir, por tanto, que para una solución plena del problema del amor y el matrimonio es necesaria la decisión de tener hijos. Un buen matrimonio es el mejor medio que conocemos para criar a la futura generación de la humanidad, y el matrimonio debería tener siempre esto a la vista.

La solución del problema del amor y el matrimonio en nuestra vida práctica y social es la monogamia. Quien inicia la relación que exige una entrega tan íntima, un interés semejante por otra persona, no puede sacudir la base fundamental de esta relación y buscar una escapatoria. Sabemos que existe la posibilidad de que se produzca una <!-- p. 281 --> ruptura en la relación. Por desgracia no siempre podemos evitarla; pero es más fácil evitarla si consideramos el matrimonio y el amor como una tarea social que se nos plantea, una tarea que se espera que resolvamos. Intentaremos entonces todos los medios para resolver el problema. Estas rupturas suelen producirse porque los compañeros no reúnen todas sus fuerzas: no están creando el matrimonio, solo esperan recibir algo. Si afrontan el problema de este modo, por supuesto fracasarán ante él. Es un error considerar el amor y el matrimonio como si fueran un paraíso; y es un error, también, considerar el matrimonio como si fuera el final de una historia. Es cuando dos personas se casan cuando empiezan las posibilidades de su relación; es durante el matrimonio cuando se enfrentan a las verdaderas tareas de la vida y a la verdadera oportunidad de crear en beneficio de la sociedad. El otro punto de vista, el del matrimonio como un fin, como una meta final, es demasiado prominente en nuestra cultura. Podemos verlo, por ejemplo, en miles de novelas en las que nos despedimos de un hombre y una mujer recién casados, que en realidad están al comienzo de su vida en común. Y, sin embargo, la situación se trata a menudo como si el propio matrimonio lo hubiera resuelto todo satisfactoriamente: como si estuvieran al final de su tarea. Otro punto importante que hay que comprender es que el amor por sí solo no lo resuelve todo. Hay toda clase de amores, y es mejor confiar en el trabajo, el interés y la cooperación para resolver los problemas del matrimonio.

No hay nada en absoluto milagroso en toda esta relación. La actitud de cada individuo ante el matrimonio es una de las expresiones de su estilo de vida: podemos comprenderla si comprendemos al individuo entero, y de otro modo no. Es coherente con todos sus esfuerzos y objetivos. Podremos averiguar, por tanto, por qué tantas <!-- p. 282 --> personas buscan siempre un alivio o una escapatoria. Puedo decir exactamente cuántas personas tienen esta actitud: todas las que siguen siendo niños mimados. Este es un tipo peligroso en nuestra vida social: esos niños mimados ya adultos cuyo estilo de vida quedó fijado en los primeros cuatro o cinco años de vida y que tienen siempre el esquema de apercepción: «¿Puedo conseguir todo lo que quiero?». Si no pueden conseguir todo lo que quieren, piensan que la vida no tiene sentido. «¿Para qué sirve vivir», preguntan, «si no puedo tener lo que quiero?». Se vuelven pesimistas; conciben un «deseo de muerte». Se ponen enfermos y neuróticos, y con su estilo de vida equivocado construyen una filosofía. Sienten que sus ideas equivocadas tienen una importancia única y enorme; sienten que es una malevolencia del universo que tengan que reprimir sus pulsiones y emociones. Se han entrenado de este modo. Alguna vez vivieron una época favorable en la que obtenían todo lo que querían. Algunos de ellos quizá sienten todavía que, si lloran lo suficiente, si protestan lo suficiente, si se niegan a cooperar, obtendrán lo que desean. No atienden a la coherencia de la vida, sino a sus propios intereses personales. El resultado es que no quieren contribuir, quieren siempre que las cosas les resulten fáciles, quieren que no se les niegue nada; y por eso quieren también el matrimonio a prueba o con devolución, quieren matrimonios de compañía, matrimonios a prueba, divorcios más fáciles; al comienzo mismo del matrimonio exigen libertad y derecho a la infidelidad. Ahora bien, si un ser humano se interesa de verdad por otro, tiene que tener todos los rasgos que pertenecen a ese interés: tiene que ser leal, un buen amigo; tiene que sentirse responsable, tiene que hacerse fiel y digno de confianza. Creo <!-- p. 283 --> que, como mínimo, un ser humano que no ha conseguido llevar a cabo una vida amorosa o un matrimonio así debería comprender que en este punto su vida ha sido un error.

Es necesario también interesarse por el bienestar de los hijos; y si un matrimonio se basa en puntos de vista distintos del que he defendido, hay grandes dificultades para la educación de los hijos. Si los padres riñen y consideran su matrimonio una nimiedad, si no lo ven como algo cuyos problemas pueden resolverse y cuya relación puede continuarse con éxito, no es una situación muy favorable para ayudar a los hijos a ser sociables.

Probablemente hay razones por las que algunas personas no deberían vivir juntas; probablemente hay casos en que sería mejor que se separaran. ¿Quién debería decidirlo? ¿Vamos a ponerlo en manos de personas que tampoco han sido debidamente instruidas, que tampoco comprenden que el matrimonio es una tarea, que solo se interesan por su propia persona? Mirarían el divorcio del mismo modo que miran el matrimonio: «¿Qué se puede sacar de esto?». Evidentemente no son ellas las personas que deben decidir. Verán muy a menudo que hay gente que se divorcia y vuelve a casarse una y otra vez y comete siempre el mismo error. Entonces, ¿quién debería decidir? Quizá podríamos imaginar que, si algo va mal en un matrimonio, debería decidir un psiquiatra si debe romperse o no. También ahí hay una dificultad. No sé si ocurre lo mismo en América, pero en Europa he encontrado que los psiquiatras piensan en su mayor parte que el bienestar personal es el punto más importante. Por lo general, por tanto, si se les consulta en un caso así, recomiendan una novia o un amante y piensan que ese podría ser el modo de resolver el problema. Estoy seguro de que con el tiempo <!-- p. 284 --> cambiarán de opinión y dejarán de dar semejantes consejos. Solo pueden proponer una solución así si no han sido debidamente formados en la coherencia entera del problema, en el modo en que se enlaza con las demás tareas de nuestra vida en esta tierra; y es esta coherencia la que he deseado ofrecer a su consideración.

Se comete un error parecido cuando la gente considera el matrimonio como la solución de un problema personal. Tampoco aquí puedo hablar de América, pero sé que en Europa, si un muchacho o una muchacha se vuelven neuróticos, los psiquiatras les aconsejan a menudo que tengan novios y empiecen a tener relaciones sexuales. Aconsejan también lo mismo a los adultos. Esto es convertir realmente el amor y el matrimonio en un mero específico de botica, y estos individuos están condenados a perder mucho. La solución acertada del problema del amor y el matrimonio pertenece a la más alta realización de toda la personalidad. No hay problema más estrechamente ligado a la felicidad y a una expresión verdadera y útil en la vida. No podemos tratarlo como una nimiedad. No podemos considerar el amor y el matrimonio como un remedio para una carrera criminal, para la embriaguez o la neurosis. Un neurótico necesita recibir el tratamiento adecuado antes de estar en condiciones para el amor y el matrimonio, y si entra en ellos antes de ser capaz de abordarlos debidamente, está condenado a correr nuevos peligros e infortunios. El matrimonio es un ideal demasiado alto, y la solución de la tarea exige demasiado de nuestro esfuerzo y nuestra actividad creadora, para que lo carguemos con semejantes lastres adicionales.

También de otras maneras se entra en el matrimonio con fines inadecuados. Algunas personas se casan por seguridad económica; se casan porque alguien les da lástima, o se casan para asegurarse una sirvienta. No hay sitio para semejantes bromas en el matrimonio. He conocido incluso casos en que <!-- p. 285 --> la gente se casó para aumentar sus dificultades. Un joven, quizá, está en apuros con sus exámenes o con su futura carrera. Siente que puede fracasar muy fácilmente, y si fracasa desea poder disculparse. Asume, por tanto, la tarea adicional del matrimonio para tener una coartada.

Estoy seguro de que no deberíamos intentar despreciar o empequeñecer este problema, sino situarlo en un nivel más alto. En todos los alivios que he oído proponer, son siempre en realidad las mujeres las que cargan con la desventaja. No cabe duda de que los hombres lo tienen ya más fácil en nuestra cultura. Esto es un error de nuestro planteamiento común. No puede superarse con una rebelión personal. Especialmente en el propio matrimonio, una rebelión personal perturbaría la relación social y el interés del compañero. Solo puede superarse reconociendo y cambiando toda la actitud de nuestra cultura. Una discípula mía, la profesora Rasey, de Detroit, hizo una encuesta y encontró que el cuarenta y dos por ciento de las chicas a las que preguntó habrían querido ser chicos; esto significa que estaban decepcionadas con su propio sexo. ¿Puede ser fácil resolver los problemas del amor y el matrimonio mientras la mitad de la humanidad está decepcionada y desalentada, no está de acuerdo con su posición y se opone a la mayor libertad de la otra mitad? ¿Puede ser fácil resolverlos si las mujeres esperan siempre ser menospreciadas y se creen solo objetos sexuales para los hombres, o creen que es natural que los hombres sean polígamos e infieles?

De todo lo que hemos dicho podemos extraer una conclusión sencilla, evidente y útil. Los seres humanos no son ni polígamos ni monógamos. El hecho de que vivamos en este planeta, en asociación con seres humanos iguales a nosotros y divididos en dos sexos, y el hecho de que <!-- p. 286 --> tengamos que resolver de manera suficiente los tres problemas de la vida que nos plantean nuestras circunstancias, nos ayudarán a ver que el desarrollo más pleno y más alto del individuo en el amor y el matrimonio puede asegurarse mejor mediante la monogamia.

*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el ejemplar de la Digital Library of India en Internet Archive (in.ernet.dli.2015.218500): Alfred Adler, *What Life Should Mean to You*, edición de Alan Porter, Londres, George Allen & Unwin, 1932 (2.ª impresión, 1933), 300 págs.; primera edición: Boston, Little, Brown and Company, 1931. No se traduce el índice alfabético. Los comentarios `p. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). *Social interest* y *social feeling* se traducen siempre «sentimiento de comunidad»; *interest in others*, «interés por los demás»; *meaning of life*, «sentido de la vida», y *meaning(s)*, «significado(s)» o «sentido» según el contexto; *private intelligence* y *private logic*, «inteligencia privada» y «lógica privada»; *common sense*, «sentido común»; *style of life*, «estilo de vida»; *goal of superiority* y *striving for superiority*, «meta de superioridad» y «afán de superioridad»; *inferiority complex*, «complejo de inferioridad»; *pampered*, «mimado»; *neglected*, «abandonado»; *coöperation*, «cooperación»; *fellow men*, «semejantes»; *training*, «entrenamiento»; *Advisory Council*, «consultorio de orientación educativa»; *drive*, «pulsión»; *masculine protest*, «protesta masculina». Las citas inglesas de Shakespeare se dan en nota con su referencia; las del caso de los Glueck y del diario del asesino (cap. IX) se traducen del inglés. Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
