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Title: Forma corporal, movimiento y carácter
Description: Ensayo de Adler para la revista berlinesa Der Querschnitt (septiembre de 1930). Discute la relación entre la forma del cuerpo y el carácter (adaptación, selección sexual, correlación de los órganos, escepticismo ante la eugenesia, Kretschmer y la inferioridad orgánica) y sostiene que el sentido se lee con más seguridad en el movimiento, que expresa la tendencia a superar la inferioridad y el grado de sentimiento de comunidad, y que acaba por hacerse forma.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1930-09%20K%C3%B6rperform%2C%20Bewegung%20und%20Charakter
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<!-- Encabeza el artículo un dibujo de George Grosz (bañistas); en las págs. 571 y 573 y en las láminas sin paginar entre 572 y 573 hay otras ilustraciones (Werner Heuser, fotografías de Munkácsi y otros, retratos de Alfred Adler y del profesor Hoche) que no forman parte del texto. -->

# FORMA CORPORAL, MOVIMIENTO Y CARÁCTER

Por el Dr. ALFRED ADLER

Se tratarán aquí, conforme a mi especialidad, la psicología individual y sus hallazgos científicos, ambas formas de manifestación tal como se presentan en la especie humana, según su valor y en relación con su sentido. Un conocimiento científico del hombre tiene que tomar, naturalmente, la experiencia como fundamento. Pero la recopilación de hechos no constituye todavía una ciencia. Aquella es más bien la escuela preparatoria de esta, y el material reunido necesita ser ordenado de modo suficiente bajo un principio común. Que el puño alzado con ira, lo mismo que el rechinar de dientes, una mirada lanzada con furia, las maldiciones proferidas en voz alta, etc., son movimientos que corresponden a un ataque, ha pasado sin embargo hasta tal punto al sentido común que al afán humano de investigación por acercarse a la verdad —lo que constituye la esencia de la ciencia— no le queda ya tarea alguna en este terreno. Solo cuando se logra situar estas y otras manifestaciones en una conexión más amplia, hasta ahora no descubierta, en la que se abran nuevos puntos de vista y problemas anteriores aparezcan resueltos o surjan otros, se tiene derecho a hablar de ciencia.

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La prueba de que un trabajo tiene valor científico solo puede aportarse mostrando que presenta menos contradicciones internas que otros intentos semejantes, que contradice al sentido común a lo sumo para hacerlo avanzar y que no se queda en la paráfrasis de hechos conocidos con palabras nuevas.

La forma de los órganos humanos, así como la forma externa del hombre, está en una concordancia aproximada con su modo de vida y debe su esquema fundamental al proceso de adaptación a las condiciones externas, estables durante largos períodos. El grado de adaptación varía millones de veces y solo llama la atención en su forma cuando se rebasa un cierto límite de algún modo perceptible. Sobre esta base del desarrollo de la forma humana actúan, desde luego, una serie de otros factores, de los que quiero destacar:

1\. La desaparición de determinadas variantes para las que no existen, temporal o permanentemente, posibilidades de vida. Aquí no interviene solo la ley de la adaptación orgánica, sino también formas erróneas de los modos de vida que han sobrecargado en exceso a grupos más o menos numerosos (guerra, mala administración, falta de adaptación social, etc.). Además de las rígidas leyes de la herencia, por ejemplo según la regla de Mendel, tendremos pues que tener en cuenta también una influenciabilidad del valor de los órganos y de las formas en el proceso de adaptación. Una relación de la forma con las cargas individuales y generales podrá expresarse como valor funcional.

2\. la selección sexual. Parece que, a consecuencia de la creciente civilización y del aumento de las comunicaciones, trabaja hacia una nivelación de la forma, del tipo, y está más o menos influida por la comprensión biológica y médica, así como por el sentimiento estético ligado a ella, sujeto sin duda a cambios y extravíos. Ideales de belleza como el atleta, el hermafrodita, la opulencia, la esbeltez, muestran el cambio de estas influencias, que sin duda el arte estimula de modo notable.

3\. La correlación de los órganos. Están entre sí, junto con las glándulas de secreción interna (tiroides, glándulas sexuales, suprarrenales, hipófisis), como en una alianza secreta, y pueden apoyarse o perjudicarse mutuamente. Así ocurre que pueden subsistir formas que, aisladas, estarían condenadas a la decadencia, pero que en su conjunto no perturban esencialmente el valor funcional total del individuo. En este efecto de totalidad desempeña un papel destacado el sistema nervioso periférico y central, porque, aliado con el sistema vegetativo, presenta en sus rendimientos una gran capacidad de incremento y, con su propio entrenamiento, corporal y mental, es capaz de elevar el valor funcional total del individuo. A esta circunstancia se debe que incluso formas atípicas, francamente defectuosas, no tengan por qué amenazar en absoluto la subsistencia de individuos y generaciones, pues reciben una compensación de otras fuentes de fuerza, de modo que el balance del individuo total puede mantenerse en equilibrio, y en ocasiones incluso por encima. Una investigación sin prejuicios mostrará sin duda que entre los hombres más eminentes y de mayor rendimiento no se encuentran precisamente siempre los más bellos. Esto sugiere también la idea de que una eugenesia individual <!-- S. 571 --> de razas o de pueblos solo podría crear valores en una medida muy limitada y estaría cargada con tal infinidad de factores complicados que un juicio erróneo sería mucho más probable que una conclusión segura. Una estadística, por segura que fuera, en ningún caso podría ser decisiva para el caso particular.

El ojo moderadamente miope, con su estructura alargada, es casi siempre, en nuestra civilización organizada para el trabajo de cerca, una ventaja indudable, porque la fatiga del ojo queda casi excluida. El zurdismo, extendido en casi un 40 por ciento,[^t1] es sin duda una desventaja en una civilización diestra. Y sin embargo encontramos entre los mejores dibujantes y pintores, entre los hombres más hábiles con las manos, un número llamativo de zurdos que realizan obras maestras con su mano derecha, mejor entrenada. Los gruesos y los delgados están amenazados por peligros distintos, pero apenas desiguales en su gravedad, aunque desde el punto de vista de la estética y de la medicina la balanza se incline cada vez más a favor de los esbeltos. Sin duda una mano corta y ancha parece más adecuada para el trabajo pesado por su acción de palanca más favorable. Pero el desarrollo técnico hace cada vez más superfluo el trabajo físico pesado con el perfeccionamiento de las máquinas. La belleza corporal —aunque no podemos sustraernos a su encanto— trae consigo tantas veces ventajas como desventajas. A más de uno le habrá llamado la atención que entre las personas solteras y sin descendencia se encuentran llamativamente muchas personas bien formadas, mientras que a menudo tipos menos agradables participan en la reproducción gracias a otras cualidades. Cuántas veces se encuentran otros tipos en un lugar distinto del que se habría esperado: alpinistas de piernas cortas y pies planos, sastres hercúleos, favoritos de las mujeres contrahechos, donde solo una mirada más atenta a las complicaciones psíquicas permite comprenderlo. Todo el mundo conoce figuras infantiles de rara madurez y tipos varoniles de comportamiento infantil, gigantes cobardes y enanos valientes, caballeros feos y lisiados y bribones guapos, criminales de formas blandas y tipos de aspecto duro con un corazón tierno. Que la sífilis y el alcoholismo dañan el germen de la descendencia, le imprimen con bastante frecuencia un sello externo reconocible, es un hecho establecido, así como que esa descendencia sucumbe con más facilidad. Pero las excepciones no son raras, y hace muy pocos días Bernard Shaw, tan vigoroso todavía en su vejez, nos dio a conocer a su padre alcohólico.[^t2] Al principio trascendente de la selección se opone el oscuro, por demasiado complicado, imperio de las leyes de la adaptación. Como ya se lamenta el poeta: «Y Patroclo yace muerto y Tersites vuelve».[^t3] Tras las guerras suecas, devoradoras de hombres, faltaban hombres. Una ley obligó a todos los que quedaban, enfermos y lisiados, a casarse. Pues bien, si se puede comparar entre pueblos, hoy los <!-- S. 572 --> suecos se cuentan entre los mejores tipos. En la antigua Grecia se recurría a la exposición de los niños deformes. En la leyenda de Edipo se muestra la maldición de la naturaleza violentada; quizá mejor dicho: de la lógica violentada de la convivencia humana.

Quizá cada uno de nosotros lleve dentro una imagen ideal de la forma humana y mida a los demás por ella. En la vida nunca superamos la necesidad de adivinar. Los espíritus que toman un vuelo más alto lo llaman intuición. Al psiquiatra y al psicólogo se les plantea la cuestión de según qué normas inherentes a nosotros juzgamos la forma humana. Aquí parecen decidir experiencias de la vida, a menudo de escasa amplitud, e imágenes estereotipadas, fijadas casi siempre en la infancia. Lavater y otros hicieron de ello un sistema. Dada la enorme uniformidad de tales impresiones —cómo nos imaginamos a las personas avaras, benévolas, malignas y criminales—, no puede descartarse, pese a todas las objeciones justificadas, que nuestro entendimiento, que sopesa en secreto, pregunte a la forma por su contenido, por su sentido. ¿Es el espíritu el que se crea el cuerpo?

Quisiera destacar dos de las aportaciones en este terreno, porque son capaces de arrojar alguna luz en la oscuridad del problema de la forma y el sentido. No queremos olvidar la contribución de *Carus*,[^t4] a cuya resurrección ha contribuido meritoriamente Klages. Tampoco deben pasarse por alto, entre los investigadores más recientes, Jaensch y Bauer. Pero para este estudio quisiera recurrir especialmente al destacado trabajo de *Kretschmer* sobre *Körperbau und Charakter* [Constitución y carácter] y al *Studie über Minderwertigkeit der Organe* [Estudio sobre la inferioridad de los órganos] de Adler. Este último es con mucho el más antiguo. Creí haber encontrado en él las huellas del puente que, desde una inferioridad corporal congénita, una variante formal negativa, da lugar, al producir un sentimiento de inferioridad mayor, a una tensión particular en el aparato psíquico. Las exigencias del mundo exterior se sienten por ello como demasiado hostiles, y la preocupación por el propio yo aumenta, a falta de un entrenamiento adecuado, de manera claramente egocéntrica. Así se llega a la hipersensibilidad anímica, a la falta de valor y de capacidad de decisión, y a un esquema de apercepción antisocial. La perspectiva respecto al mundo exterior obstaculiza la adaptación e induce a fracasos. Aquí se ofrece un mirador desde el cual, con la mayor cautela y en continua búsqueda de confirmaciones o contradicciones, se podría inferir de la forma la esencia, el sentido. Si fisonomistas experimentados han recorrido instintivamente, más allá de la ciencia, este camino, debo dejarlo en suspenso. Que, por otra parte, el entrenamiento psíquico nacido de esa tensión mayor puede conducir a rendimientos mayores, he podido confirmarlo a menudo. Creo no equivocarme si de algunas experiencias saco la conclusión de que, mediante un entrenamiento adecuado, psíquico y en la conducta, las glándulas endocrinas, por ejemplo las glándulas sexuales, pueden ser favorecidas, y en el caso inadecuado perjudicadas. No será casualidad que tan a menudo haya encontrado en muchachos infantiles y afeminados, así como en muchachas varoniles, a la vez un entrenamiento en sentido inverso, urdido por los padres.

Kretschmer, al contraponer el tipo pícnico y el esquizoide <!-- S. 573 --> con sus diferencias de forma externa y sus procesos anímicos particulares, ha dado una descripción que tiene una validez que marca destinos. El puente entre forma y sentido quedaba fuera de su interés. Su brillante exposición de este estado de cosas será sin duda algún día uno de los puntos de partida que contribuyan a esclarecer nuestro problema.

En un terreno mucho más seguro se encuentra el investigador cuando se pone a buscar el sentido del movimiento. También aquí queda mucho reservado a la adivinación, y cada vez habrá que buscar en el conjunto entero confirmaciones de si se ha adivinado bien. Con ello decimos a la vez, como siempre subraya la psicología individual, que todo movimiento brota de la personalidad total y lleva en sí su estilo de vida. Con ello decimos a la vez que toda forma de expresión procede de la unidad de la personalidad, en la que no hay contradicciones contra ella, ni ambivalencia, ni dos almas. Que alguien sea en el inconsciente otro distinto que en lo consciente —una división artificial, por lo demás, que solo nace del fanatismo del análisis— lo negará todo el que haya comprendido las finuras y matices de la conciencia. Tal como uno se mueve, así es el sentido de su vida.

La psicología individual ha intentado elaborar científicamente la doctrina del sentido de los movimientos expresivos. Son dos los procesos que, dentro de ellos, permiten en sus miles de variaciones una interpretación. Uno se configura desde la primera infancia y muestra el impulso a pasar de una situación de insuficiencia a su superación, a encontrar un camino que conduzca de un sentimiento de inferioridad a la superioridad, a la resolución de la tensión. Este camino se vuelve habitual ya en la infancia en su peculiaridad y su variante, y se muestra como forma de movimiento de manera constante a lo largo de toda la vida. Su matiz individual presupone en el observador comprensión artística. El otro factor nos abre la visión del interés comunitario de quien actúa, del grado o de la falta de su disposición hacia el semejante. Nuestro juicio sobre la mirada, sobre el escuchar, el hablar, el actuar y el rendir, nuestra valoración y distinción de todos los movimientos expresivos, apunta al valor de su contribución. Formados en una esfera inmanente de interés mutuo, demuestran en cada prueba el grado de su preparación para contribuir. La primera línea de movimiento aparecerá siempre, sin duda en mil formas, y no puede desaparecer hasta la muerte. En el cambio ininterrumpido del tiempo, todo movimiento lo dirige el impulso a la superación. El factor del sentimiento de comunidad matiza y colorea este movimiento que tiende hacia arriba, y puede mejorarse mediante el conocimiento de sí mismo de una falta perturbadora.

Si ahora, en la búsqueda de las unidades más profundas, queremos dar con toda cautela un paso más, llegamos a una perspectiva que nos deja vislumbrar cómo del movimiento se hace forma. La plasticidad de la forma viva tiene sin duda sus límites, pero dentro de ellos actúa el movimiento, individualmente, en generaciones, en pueblos y razas, constante en la corriente del tiempo. El movimiento se convierte en movimiento configurado: forma.

Así es posible conocer al hombre por la forma, si reconocemos en ella el movimiento que la configura.

[^t1]: «40 vH» (*vom Hundert*) en el original; la cifra, muy alta, es la que da Adler. (N. del T.)

[^t2]: Probable alusión al prefacio autobiográfico que Shaw escribió en 1930 para la edición de su novela de juventud *Immaturity*, donde habla del alcoholismo de su padre. (N. del T.)

[^t3]: Cita aproximada de Schiller, «Das Siegesfest»: «Denn Patroklus liegt begraben, / Und Thersites kommt zurück». (N. del T.)

[^t4]: El original imprime «Caros», sin duda por *Carus*: Carl Gustav Carus (1789-1869), autor de una *Symbolik der menschlichen Gestalt* [Simbólica de la forma humana] que Ludwig Klages reeditó y difundió en los años veinte. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el ejemplar digitalizado en Internet Archive (querschnitt_1930-09_10_9): Alfred Adler, «Körperform, Bewegung und Charakter», *Der Querschnitt* 10 (1930), cuaderno 9 (Berlín, finales de septiembre de 1930), págs. 569-573.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). *Gemeinschaftsgefühl* se traduce «sentimiento de comunidad»; *Gemeinschaftsinteresse*, «interés comunitario»; *Beitragsleistung*, «contribución»; *Minderwertigkeitsgefühl*, «sentimiento de inferioridad». Se respeta que Adler se cite a sí mismo en tercera persona («el *Estudio* de Adler») y pase luego a la primera.
