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Title: Sobre la etiología y la terapia de las neurosis
Description: Conferencia pronunciada por Adler en la Asociación Académica de Psicología Médica de Viena y publicada en la Wiener Medizinische Wochenschrift (15 de marzo de 1930). Repasa su propia evolución (inferioridad orgánica, instinto de agresión, finalidad, unidad de la personalidad), la mecanización del estilo de vida en la primera infancia, los niños mimados y odiados, el sentimiento de comunidad como medida de todos los fracasos, y define la neurosis como falta de preparación para una cuestión de la vida.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1930-03-15%20Zur%20%C3%84tiologie%20und%20Therapie%20der%20Neurosen
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# Sobre la etiología y la terapia de las neurosis.[^1]

Por el Dr. ALFRED ADLER.

Conocen ustedes los enormes esfuerzos realizados en el campo de la psicología y de la educación en nuestro siglo, al que con razón puede llamarse el siglo psicológico; pero en el torbellino que abarca toda la psicología y la psicoterapia, no es fácil, naturalmente, para el individuo, y en particular para el principiante, hacer pie firme. Creo que no puedo remediar mejor este inconveniente que comunicándoles aquí algo de mi propia evolución. Las cuestiones de la educación, las cuestiones de naturaleza social me han ocupado desde siempre, y cuando me puse a unir con ellas mis conocimientos médicos, me encontré con el giro que se había producido, sobre todo en la doctrina de las neurosis, en Francia, América y Austria. Fui invitado a sumarme a esos esfuerzos, a esas discusiones, iniciadas sobre todo en Viena por partidarios y discípulos de *Freud*; pero resultó que la base sexual me parecía demasiado estrecha. Como quizá sepan, busqué otros puntos de vista y creí encontrarlos en la existencia de órganos inferiores, un trabajo que estaba terminado en 1907, un trabajo en el que traté de mostrar que todo niño, en los primeros años de su vida, vive el valor de sus órganos, la debilidad y la inseguridad, para derivar de ahí el sentimiento de inferioridad y el plan de vida. Ninguno de los dos puntos de vista encontró eco entonces. En ninguna parte logré hacer plausible que la inferioridad orgánica tenía que ser uno de los puntos de vista decisivos que desempeñan un papel en el desarrollo de la psique. Solo los pediatras vinieron en mi ayuda; demostraron que entre el gran número de los que más tarde son nerviosos se encuentran niños que originariamente padecieron una inferioridad orgánica. Hoy la concepción tiene mejor aspecto y es aceptada, sobre todo porque se aportaron añadidos importantes, por ejemplo en lo que respecta a las glándulas endocrinas y a los trabajos de *Kretschmer*, etc. También en lo tocante al sentimiento de inferioridad que yo destacaba allí y a su significado, el plan de vida que de él se deriva, tuve dificultades bastante grandes para hacerlos reconocer. A muchos investigadores les parecía inverosímil que el niño, en años tan tempranos de su vida, poseyera un plan de vida en virtud del cual mira el mundo. Yo mismo no estaba seguro de estos hallazgos; aún no había logrado establecer su fuerza probatoria. Mi camino, influido provisionalmente por trabajos de *Freud*, fue entonces el de ver si no podría encontrar nuevos puntos de apoyo en la vida instintiva, que por aquel tiempo estaba poco trabajada en la psicología de las neurosis. Mi concepción de los instintos decía algo distinto de lo que por lo demás se entiende bajo ese oscuro concepto. Para mí no entraban en consideración solo el instinto sexual y el instinto de nutrición; intenté ver si no podría establecer para cada órgano un instinto que dirigiera la función del órgano. Así llegué a la vaga idea de los instintos orgánicos. Siguiendo esa línea, me resultó entonces que advertí que de todos los instintos orgánicos, del sentimiento de inferioridad que impulsa al niño, tenía que formarse algo que aparecía como un ataque a las cuestiones de la vida. Así llegué a la concepción de un instinto, a la idea de un instinto de agresión. Creí que a partir de los instintos y de los fenómenos instintivos, con ayuda del instinto de agresión, se podría llegar a una concepción de conjunto de la vida psíquica. Pero muy pronto encontré que el instinto de agresión era cualquier cosa menos un instinto, y que detrás de él no se escondía en realidad otra cosa que la conducta social. Me surgió la pregunta: ¿cómo es que niños y adultos se comportan de maneras tan distintas ante las cuestiones de la vida, ante sus semejantes, ante las tareas de la tierra, ante el otro sexo? Me vino muy a propósito la concepción, que tenía de antes, de que la diversidad del sentimiento de inferioridad desempeña un papel decisivo. Hoy puedo aducir pruebas de que en los primeros años el estilo de vida queda socavado por la magnitud del sentimiento de inferioridad. No es una magnitud absoluta: se expresa en lo que se siente, sobre eso no somos dueños, no se puede averiguar matemáticamente; el niño se esfuerza dentro del marco del error. La causalidad no desempeña ningún papel. Solo podemos observar cómo vive el niño su organismo y cómo responde. Tampoco estas respuestas son reacciones en el sentido del behaviorismo. El paso siguiente fue observar la fuerza creadora. Esta solo puede desplegarse cuando hay una meta dada. No sé si quizá estaba prisionero de mis propias ideas, pero podía decir: si quiero trazar una raya, es imposible sin meta. Ante todos los movimientos de la vida anímica tiene que flotar una meta, porque de otro modo los movimientos serían imposibles. ¿Cómo llego a captar la meta? En lo corporal es más fácil de ver: aquí todo tiende a una forma final ideal. Si cortan ustedes la punta de un abeto, todas las fuerzas tenderán a reponer la punta. En el concepto de la vida reside la dirección hacia una meta. Así, la ciencia que he llamado psicología individual adquirió carácter teleológico. No podíamos abordar la consideración de detalles sin tener en cuenta la tendencia hacia la meta. La idea más inmediata fue que, si hay una meta, esta significa también una forma final ideal, que solo puede ser la superación de todas las dificultades que se oponen al individuo débil, el enfrentamiento con las cuestiones de la vida, la toma de posición ante las dificultades. Aquí se produce una gran diversidad en la construcción de la meta y, con ello, también en la construcción del estilo de vida. En esta meta confluyen aquellos intereses por los que el niño se ve más gravemente oprimido, por ejemplo las dificultades de la alimentación, que desempeñan un papel enorme en toda la vida. En la meta de superar todas las dificultades eso tenía que desempeñar un gran papel. Recuerdo una conversación con una señora que no se llevaba bien con su madre. Cuando estaba en disputa, tenía la sensación de que iba a vomitar. Una pregunta dio por resultado su recuerdo más antiguo: cuando tenía dos años y medio hizo un viaje por mar en el que se mareó. Ante cualquier tensión reacciona el tracto gastrointestinal. Quien haya reconocido alguna vez esta maravillosa unidad se ocupará de ella sin cesar, no podrá librarse de la impresión de que no podemos entender las partes sin haber comprendido el todo. La unidad de la personalidad fue lo que me siguió guiando. Cuando la construcción del estilo de vida se funda en el error, son intereses muy particulares los que dirigen la vida psíquica. Dirigen también todas las posibilidades, aptitudes, instintos, impulsos, y los encauzan en esa dirección. Cuando digo «instinto», no tengo idea de adónde ha de llevar eso. Mientras no esté dada la meta, me resulta oscuro cómo se puede llegar, sobre la base de una psicología de los instintos, a una personalidad total.

Pude comprobar además que no son solo los órganos inferiores los que debemos tener en cuenta. Puedo hacer inferior a cualquier niño si lo pongo en circunstancias difíciles. Es la situación. Si encuentro el método adecuado para los órganos inferiores, una situación en que no se sientan tan gravemente, dejan de existir. Aquí quisiera intercalar una breve fantasía; también en la ciencia puede la fantasía desempeñar un papel. El

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pie es una mano inferior. Eso es probablemente lo que más favoreció la hominización. No necesito explicar lo demás. Esta mano inferior del ser humano fue la que lo empujó a la llanura. La ley de la selva virgen, en la que estos seres humanos encontraban amparo, se llama trepar. En la llanura surge de repente algo que con órganos de pleno valor nunca habría podido desarrollarse: la postura erguida, que deja libres los brazos. No puedo dejar de mostrar aquí que lo que llamamos alma solo es concebible en seres vivos que se mueven, que el órgano anímico está lleno de esta agresión, la de mover el propio cuerpo y mover el entorno. El órgano anímico tiene que desarrollar la capacidad de prever, porque se trata de un individuo que se mueve. En las plantas la vida anímica carecería por completo de valor: nunca podría llevar a ejecutar un movimiento. Este hecho me ha guiado a considerar la vida anímica como algo que se mueve, no como una suma de centros, y menos aún a suponer que dentro de la vida anímica se conservan cuerpos extraños en reposo. Pero algo en reposo en este sentido, aunque no en el sentido pleno de la palabra, sí lo hay: a saber, que los primeros movimientos de un niño se mecanizan según el principio de la menor resistencia. Se introduce una economía en el despliegue de fuerzas de la vida que conduce a la mecanización. El movimiento anímico de un niño de 4-5 años está mecanizado, es decir, hay un organismo acabado. Este prototipo es autónomo, solo capta lo que le viene a cuento, da vueltas a todas las vivencias hasta que encuentran su empleo para su manera mecanizada. No necesito decir mucho sobre esto; quiero mostrar con un ejemplo lo que significa. Un niño acostumbrado a apoyarse en una segunda persona llevará a todas partes este estilo de vida mecanizado, de modo que se le reconocerá como un niño mimado. Eso se expresará de diversas maneras según la situación, pero será siempre el mismo estilo de vida con los mismos movimientos, de modo que, una vez reconocido el estilo de vida, podemos predecir lo que ocurrirá en una situación determinada. Llegado a comprender que el valor del órgano no actúa como *causa movens*, que el niño responde con reacciones y acciones, y sabiendo ya que este estilo se mecaniza, era evidente establecer que no es solo la corporalidad lo que sobrecarga a un niño, sino también otras situaciones que igualmente lo agobian. Nuestra experiencia nos permitió establecer otros dos tipos de niños que tienen un grave sentimiento de inferioridad y un estilo de vida distinto del que esperamos por término medio: los mimados y los odiados. Una breve consideración del primer período en que crece un niño así mimado: por regla general, la toma de posición del niño ante las cuestiones de la vida pasa por la madre. Así empiezan los niños a interesarse por la madre, a considerarla como algo que les pertenece. Es un giro importante: el niño vive la experiencia de un semejante. De ahí nace el sentimiento de comunidad del niño. Ya no está interesado solo en su propia persona, sino también en una segunda persona. De la manera como vive a la madre resultan nuevas posibilidades de errores y dificultades. Podemos establecer dos extremos: 1. La madre se pone por entero al servicio del niño; el niño no tiene interés en incluir a otra persona en el círculo. Surgen nuevas dificultades en la medida en que este niño se ata a la madre, excluye a todos los demás, para seguir creciendo en simbiosis. El niño crece como en país enemigo, atacado por todas partes, acosado por la cultura, luchando por su posición privilegiada. Eso se mostrará una y otra vez en la vida posterior. Entre los fracasos en la vida hemos encontrado el mayor número de niños originariamente mimados. Fue una nueva perspectiva; por este camino pudimos reconocer y comprender: aquí se da la incapacidad de unirse a otras personas, a otras tareas; es una falta de sentimiento de comunidad. El segundo tipo son los niños odiados, que ni siquiera viven la experiencia de un semejante, que no pudieron desarrollar interés por los demás. Que es una cuestión ociosa la de si el sentimiento de comunidad es innato se ve aquí con toda claridad. Tiene que haber en lo anímico un sustrato innato —de la nada no puede desarrollarse nada—, pero quien mire con atención podrá comprender que el individuo al que la naturaleza ha tratado como madrastra solo puede sustentar su vida mediante la unión con otros. Hay otras pruebas además de la debilidad: la bisexualidad. La conservación del hombre está sometida a la tarea de unirse con otro ser vivo. El crecimiento de un niño solo significa un grito pidiendo la comunidad. Sus capacidades solo se deben a la comunidad, solo están construidas sobre la relación con el otro. «Mirar» significa unirse, hablar también; todos nuestros órganos de los sentidos son órganos sociales. El lenguaje es la obra maravillosa de la comunidad; el entendimiento tiene validez universal. Si alguien excluye esta comunidad (locura), su pensamiento ya no tiene validez universal. Si esta falta de sentimiento de comunidad, provocada por un grave sentimiento de inferioridad en la primera infancia, no se corrige, si este niño se encuentra más tarde ante cuestiones que exigen el desarrollo del sentimiento de comunidad, ¿qué tiene que ocurrir? El niño no está preparado para las tareas. La primera es la tarea social. No significa otra cosa que: ¿hasta dónde está desarrollado mi sentimiento de comunidad? La tarea de la ocupación: ¿cómo puedo hacerme útil en interés de los demás? La tarea del amor significa interés por la pareja. Ya en este punto podemos ver que hay cierto número de niños a los que les falta el interés. Cuando las cuestiones se acercan, no están preparados. Es como en la escuela: tienen que suspender. Se muestra que no están preparados. Las cuestiones se alzan ante cada uno como preguntas de examen. Hay también cuestiones previas, por ejemplo la situación nueva en que los niños reciben hermanos menores. Cómo se relacionan con ellos, eso constituye el alcance del sentimiento de comunidad. Solo puede haber una respuesta correcta: que sean capaces de interesarse. ¿Y si la madre ha acaparado el interés del niño? Entonces se llega a perturbaciones, a fracasos, con los que ustedes tropezarán una y otra vez cuando más tarde se pongan a analizar a fondo un caso. En el jardín de infancia, en la escuela, hay que poder salir adelante con el sentimiento de comunidad. Muchos no lo han aprendido. Aquí encontramos huellas de fracasos posteriores. Vemos que vacilan, o que caen en un afecto comparable a una posición de defensa. Ese afecto por sí solo influye en el cuerpo. Es ridículo que alguien quiera decir: ¿cómo es eso posible? Solo podemos captarlo fenomenológicamente. La ira influirá sin duda en el estado de ánimo de una persona, provocará alteraciones de la circulación. No sabemos cómo se producen, quizá por el rodeo de las glándulas endocrinas. Pero esa no es una respuesta plausible: no podemos imaginarnos cómo la emoción influye en un órgano cualquiera; solo sabemos que influye; por ejemplo, alguien debe resolver una cuestión para la que no está preparado, cae en un estado afectivo que conduce a determinados síntomas. Siempre encontrarán ustedes detrás una falta de sentimiento de comunidad y un estilo de vida mecanizado. También en la meta del interesado podrán percibir el grado del sentimiento de comunidad. Por ejemplo, el mayor cirujano,

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el mayor asesino, el mayor poeta como Shakespeare, que piensa en asesinatos para eliminarlos del mundo, el mayor criminal, que actúa contra la colectividad. Encontrarán que la determinación del grado de sentimiento de comunidad es lo más característico, también en el despliegue de la vida instintiva, también en la concepción de un psicólogo, cuando este puede afirmar que la satisfacción del deseo de placer es lo más determinante en la vida. Sin cesar se mueven aquí las diferencias en el interés por los demás. Todo lo instintivo, todos los afectos están puestos al servicio del estilo de vida. Las demás cuestiones de la vida quisiera solo rozarlas. Una neurosis es la expresión de una preparación insuficiente para la solución de una cuestión de la vida; aparece en una situación nueva, cuando una persona con un sentimiento de comunidad disminuido debe demostrar su interés por los demás. Eso conduce a una gran tensión. Lo encontramos a menudo, aunque también en combinación con formas de expresión de apariencia más suave. Por ejemplo, la actitud vacilante al emprender una profesión, o ante el problema del amor y del matrimonio. Surgen dificultades porque las personas no están preparadas. Es una indicación importante respecto al tratamiento de tales personas. Lo encontramos en personas de diversas categorías: en niños, nerviosos, bebedores, criminales, pervertidos sexuales. Todo lo que consideramos fracasos ha de caracterizarse por el grado del sentimiento de comunidad y por la magnitud de la actividad que ha quedado. Si alguien no se siente unido a los demás, si vive como en país enemigo, es evidente que no sale de la tensión anímica; no tiene lo que llamamos valor. Solo podemos llamar valor a la actividad optimista que conduce a la solución de la cuestión de la vida por el lado útil. Los niños arrogantes no son valientes; tampoco los asesinos tienen valor.

Quisiera mostrar en un caso cómo alguien se desvía hacia el lado inútil, un caso que ofrece una imagen maravillosa de la unidad de un estilo de vida (tipo del mendigo).[^t1]

Más o menos —hace falta la fuerza de un gran artista para representar lo que tengo en mente— creo haberles mostrado que aquí todo partía de la forma de vida mecanizada, porque el hombre tenía ante sí una meta de superioridad, la de cómo podría imponerse. En su falta de unión con los demás no conocía otro camino que emplear su debilidad como medio para vencer a los otros.

Solo hay una verdadera terapia cuando se ha captado por completo la conexión. Entonces cada paso se da por sí solo. Pero que nadie crea que, porque diga «desarrollo del sentimiento de comunidad» y «aliento», ya piensa y actúa según la psicología individual: esas son solo las teclas; tocar en ellas solo puede quien está bien entrenado.

Quisiera para terminar, precisamente a causa del torbellino que se ha apoderado del gran movimiento de la psicología, dar un consejo a los principiantes que hay entre ustedes, a los más alejados: no juren por las palabras del maestro, tampoco por las mías; convénzanse primero antes de tomar posición, y nunca se arrepentirán.

[^1]: Conferencia pronunciada en la Asociación Académica de Psicología Médica (*Akademischer Verein für medizinische Psychologie*) de Viena.

[^t1]: El texto impreso no reproduce el caso; solo lo designa entre paréntesis y pasa a sus conclusiones, señal de que la versión publicada abrevia la conferencia en este punto. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el OCR de la ÖNB corregido contra las imágenes de las páginas (ANNO-Plus, ANNOP_wmw19300003, Bild 356-360): Alfred Adler, «Zur Ätiologie und Therapie der Neurosen», *Wiener Medizinische Wochenschrift* 80 (1930), n.º 12, 15 de marzo de 1930, págs. 400 y 403-404.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026), con la división en párrafos del original; las cursivas reproducen el espaciado de los nombres propios. *Gemeinschaftsgefühl* se traduce «sentimiento de comunidad»; *Trieb*, «instinto» (Adler discute aquí la psicología de los instintos); *verzärtelt*, «mimado»; *Mitmensch*, «semejante»; *Ermutigung*, «aliento»; *zögernde Attitüde*, «actitud vacilante». El estilo es el de una conferencia transcrita, con frases a veces sueltas, que se respetan.
