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Title: El caso de la señorita R. La interpretación de una historia de vida
Description: Adler lee y comenta, frase a frase y sin conocer de antemano el caso, la autobiografía de una joven vienesa que acabó en una neurosis obsesiva: la niña mimada que se apega al padre, los celos y las peleas de los padres, el desarrollo sexual, el problema del amor, el choque del conocimiento sexual, la protesta masculina, la fobia al lupus, el «sí, pero» y la meta de superioridad. Versión inglesa (1929) de *Die Technik der Individualpsychologie I* (1928).
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1929%20The%20Case%20of%20Miss%20R
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*[Nota editorial: el original alemán, *Die Technik der Individualpsychologie. Erster Teil: Die Kunst, eine Lebens- und Krankengeschichte zu lesen* (Múnich, J. F. Bergmann, 1928), no está en acceso abierto. La versión original de este par es la traducción inglesa de Eleanore y Friedrich Jensen (Nueva York, Greenberg, 1929), y la española se ha hecho del inglés; donde el inglés traduce un término fijo del alemán de Adler, se usa la equivalencia del glosario para el término alemán. El relato de la paciente va en cursiva, como en el impreso; los comentarios de Adler, en redonda.]*

<!-- Portada de la edición inglesa. Se omite el prefacio del editor (pp. vii-xxii), de Friedrich Jensen, que no es de Adler. -->

<!-- p. 3 -->

## I. Primera infancia

Normalmente aprendemos de los libros, queramos o no. Al menos esperamos descubrir en ellos alguna respuesta a nuestras propias preguntas y alguna solución a nuestras propias dificultades. Esto es especialmente cierto cuando tomamos un libro que se ocupa de los problemas de nuestra vida psíquica. ¿Qué otro fin puede tener el estudio de la psicología, si no nos presta alguna ayuda práctica en nuestras dificultades o, al menos, nos permite ayudarnos a nosotros mismos?

En este libro intento dar al lector una visión de los métodos y de la técnica de la psicología individual. Este arte de tratar el alma humana puede demostrarse hasta cierto punto y está indudablemente al alcance de todo aquel cuya mente no carezca de una comprensión más honda de la unidad que da coherencia a la vida humana. Tenemos que conocer los signos de la escritura de nuestro idioma para leer la lengua que hablamos. Así como con ese conocimiento podemos leer una lengua que de otro modo nos resultaría extraña, así tenemos que conocer los símbolos del alma para leer una vida.

<!-- p. 4 -->

Leemos a menudo biografías; muchas están llenas de historias de vida dramáticas y emocionantes. La mayoría tratan de personas cuya forma de vida o cuyos logros fueron de algún modo insólitos o dramáticos. Muchas veces es la actividad del individuo o la forma literaria lo que hace interesante la biografía. Aquí tomo una historia de vida que, aunque viva y llena de color, es sin embargo la historia de una muchacha de condición corriente y sin logros especiales. Creo que esta historia mostrará que el lado psicológico de la biografía bien puede ser el más fascinante.

El arte de la psicología individual se basa en el conocimiento y en el sentido común. Solo a quienes padecen prejuicios psicológicos les parecerá singular, extraño o artificioso. En este libro procedo como hago en mi consulta cuando escucho por primera vez la historia de un paciente. Los comentarios a la historia no se basan en más conocimiento de los hechos que el que tiene a su alcance el lector. Procedo a propósito sin preparación y cuento la historia tal como me fue dada, leyéndola por primera vez a medida que doy mi interpretación. Con cada frase, con cada palabra de la paciente, me pregunto: ¿cuál es el sentido real de lo que dice? ¿Cuál es la actitud de esta persona ante la vida? ¿Qué significan sus palabras a la luz de sus actos? ¿Cómo hace frente a las exigencias que le plantea la vida? ¿Cómo se comporta con sus semejantes? ¿Cómo cumple sus deberes (o <!-- p. 5 --> deja de cumplirlos)? ¿Tiende a la realidad o a la ilusión?

Provistos del armazón de esta historia, cuyas lagunas vamos llenando poco a poco con nuestras propias experiencias, observamos a esta muchacha esforzándose por lograr una expresión completa de su personalidad y por dominar los problemas de la vida. Nos remontamos a los primeros años, porque creo que el desarrollo de un ser humano queda determinado en gran parte en los cuatro o cinco primeros años.

Empiezo ahora la historia de la señorita R. Me es tan desconocida como a ustedes, y la comento a medida que la leo.

*Recuerdo que papá me preguntaba a menudo....*

Vale la pena preguntarse: ¿por qué no la madre? El «padre» tiene un significado especial. Esta niña estaba mucho más apegada a su padre que a su madre. ¿Qué significa eso? Del hecho de que la niña prefiera a su padre podemos concluir que debe de ser un hombre de corazón tierno. El niño se apega primero a la madre. Eso es natural y fácil de comprender. La madre representa para el niño su primera conexión con el mundo. La madre lo ayuda y, por lo general, lo mima. La segunda fase empieza más tarde, cuando el niño se ha vuelto algo más independiente. Busca entonces apegarse a las personas que mejor lo tratan; es decir, o sigue apegado a su madre o se vuelve hacia otros. <!-- p. 6 --> Aquí la madre había empezado a mimar a la niña, pero al parecer no pudo competir con el padre por la atención de la niña.

*¿Te encuentras bien? ¿Te duele algo?*

La muchacha empieza su historia con un recuerdo de infancia. La experiencia psicológica nos ha enseñado que los recuerdos de infancia no carecen de sentido tanto como antes suponíamos. De la provisión infinita de recuerdos de infancia que cada uno de nosotros tiene, solo unos pocos pasan a la madurez. Este mismo hecho debería subrayar la importancia de estas impresiones recordadas. Así, cuando un adulto nos cuenta un recuerdo temprano (poco importa que sea el primero o no) que tiene especialmente claro, podemos interpretar a partir de él la actitud personal ante la vida de quien habla. Es, en esencia, la actitud que ha conservado hasta el momento de contarlo, aunque hayan pasado veinte, treinta o cuarenta años. Si su actitud ante la vida ha cambiado con los años, los recuerdos de infancia que se le ocurran antes y después de ese cambio serán distintos.

Quizá un ejemplo concreto sirva para aclarar este punto. Supongamos que están ustedes por primera vez en una ciudad extraña y que los llevan por un largo camino desde la estación hasta la casa de su anfitrión. Por supuesto, habrán visto muchísimas cosas por el camino. Al llegar a casa les preguntan qué recuerdan <!-- p. 7 --> y quizá respondan: un monumento en el parque, unas flores en una ventana, una tienda de ultramarinos, un caballo al que azotaban, el silbido agudo de una fábrica, el fuerte traqueteo del taxi o cualquier otra cosa. Pero como los guiaban y al mismo tiempo confiaban en su guía, apenas prestarían atención al recorrido. En cambio, si estuvieran solos en la ciudad y obligados a encontrar el camino a pie, se fijarían en puntos de referencia, señales y direcciones, y podrían describir con todo detalle el camino que habían recorrido.

El niño está solo en una ciudad extraña y depende, para orientarse, de su madre, de su padre o de quienquiera que sea la persona preferida. Solo recordará aquellas cosas que le causan una impresión viva porque encajan en un esquema de existencia o en una actitud ante la vida ya establecidos.

Procuramos, por tanto, sacar algunas conclusiones de los recuerdos tempranos de esta muchacha. Estas conclusiones se ven confirmadas aún más por el hecho de que la muchacha consideró esos hechos lo bastante importantes para ponerlos al comienzo de su historia.

Su padre debió de ser un hombre extraordinariamente blando y débil, y la muchacha debió de ser una niña muy mimada. Deducimos que esta muchacha procurará siempre que la mimen. Querrá ser siempre el centro de atracción y tratará constantemente de atraer la atención sobre sí. Las dificultades surgen en cuanto una niña así <!-- p. 8 --> entra en contacto con otras personas que no le prestan la misma atención que recibe de la persona que la mima. En tal caso encontramos una fuerte tendencia al rechazo, aversión a los extraños, una actitud crítica y una falta de interés hacia las demás personas, y resistencia a adaptarse a situaciones nuevas. Este mimo puede deberse al carácter de su padre, o bien ella puede encontrarse en una posición excepcional. O es hija única, criada en circunstancias especialmente desfavorables, o puede ser la única niña entre varones, o la menor de los hijos. También puede ser que alguno de sus órganos funcione deficientemente.

*Nunca me sentí del todo bien.*

No podemos tomar al pie de la letra las afirmaciones de nuestros pacientes. Tales afirmaciones no deben influirnos como influyen a los propios pacientes. Lo que esta muchacha quiere decir es: yo era una niña enfermiza.

*Siempre tenía algo de fiebre* (cosa difícil de creer) *y tenía las manos tan calientes y secas que tenía que humedecérmelas con la lengua.*

Sabemos que hay mejores maneras de humedecerse las manos; además, cuando hay fiebre, la lengua también está seca. Puede que usara la lengua para humedecerse las manos con un fin muy distinto del que menciona. Con frecuencia puede observarse que los niños usan la lengua para fines que <!-- p. 9 --> desaprueban las personas que los rodean. Probablemente a su padre no le gustaba, y la muchacha atraía así sobre sí la atención del padre. Podemos señalar, pues, otro rasgo: la muchacha tiene una fuerte inclinación a asegurar y reforzar su posición central portándose mal.

*Mi padre me contó más tarde que mi vida había pendido de un hilo.*

A muchas personas sanas se les ha dicho esto. También mi vida «pendió de un hilo». Más tarde vi que no era cierto. En la mayoría de los casos, una observación así es una exageración que sirve para hacer más importante a quien habla o escribe. Quien siente la necesidad de exagerar debe, en primer lugar, sentirse inferior. La muchacha no dice qué le pasaba. Solo nos enteramos de que era una niña frágil que no comía muy bien, pero, al parecer, solo porque la habían mimado. Conocemos la costumbre de los niños de negarse a comer; les sirve para atraer la atención sobre sí.

*Nunca tenía apetito, nunca me gustaba comer nada. No soportaba el sabor de la comida y masticaba los bocados como si fueran papel o hierba. Recuerdo vagamente que mis padres se quejaban de mí a nuestro médico. Lo único que tenía algún sabor era la leche materna; dicen que me resistí desesperadamente a todo intento de destetarme.*

<!-- p. 10 -->

Llama la atención que esta muchacha escriba extraordinariamente bien, a pesar de que no llegó muy lejos en la escuela.

*Así seguí siendo una niña de pecho durante un tiempo extraordinariamente largo, de hecho, durante cinco años.*

Es muy improbable. Pero aunque solo hubieran sido dos años, podemos suponer que esta muchacha estaba profundamente apegada a su madre. Esto confirma lo que dijimos antes, a saber, que el apego a su padre representa la segunda fase. Quizá un trato incorrecto en la primera infancia de la niña fuera una de las razones de que se apartara de su madre. Es una tragedia que se destete a una niña de dos años.

*Todavía veo ante mí el hermoso pecho blanco de mi madre.*

No es tan seguro que la niña lo haya recordado; tales imágenes pueden formarse a posteriori. Una vez más, hemos de tener presente que una imagen así sirve a ciertos fines que parecen no tener nada que ver con ella. Hasta ahora hemos visto que la muchacha ha sido mimada y que, en consecuencia, hace que los demás la sirvan. Su interés se dirige a la entrega de los demás hacia ella. Le resulta doloroso tener que renunciar al pecho de su madre, porque a un modo tan cómodo de alimentarse lo acompañan mucha ternura y atención. Esta muchacha sigue pensando que su educación no tuvo nada de malo.

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*Me daba vergüenza. Cuando teníamos visitas, le susurraba a mamá al oído: «Ven, déjame mamar». Entonces ella tenía que sentarse donde nadie pudiera vernos.*

La niña sabía, pues, que era una vergüenza.

*Cuando mamá iba a visitar a los parientes de su primer marido, ya muerto, no sabía qué hacer conmigo. Mi hermana mayor estaba dispuesta a darme el pecho, pero yo dije: «No es lo mismo que cuando me lo da mamá. Tú eres rubia y mamá es morena. No me gusta el pelo rubio».*

Podemos ver en esta observación qué nimiedades y superficialidades intervienen en la preferencia por una persona o en su rechazo. Alguien nos resulta agradable porque tiene los ojos de uno de nuestros amigos; a otro lo desdeñamos porque habla como un maestro al que odiábamos. Nos gusta una muchacha porque su pelo es del mismo color, su tez o su figura iguales que las de nuestra madre. A menudo no sabemos por qué mecanismos delicados e imperceptibles se despiertan nuestras simpatías. Incluso las personas que elegimos para amar y casarnos nos han atraído tanto, en muchos casos, solo porque parecen tener un parecido superficial, por lo general físico, con quien antes fue objeto de nuestro afecto. En tales casos la conexión puede quedar completamente oculta, y por lo general así ocurre.

Como ya sabemos, esta muchacha estaba muy apegada a su madre en la primera infancia y subraya rasgos <!-- p. 12 --> distintivos que para nosotros no tienen importancia.

*Yo tenía el pelo oscuro.*

Habla del pelo por segunda vez. Pone un énfasis peculiar en el pelo.

*Mi padre me hacía cortar el flequillo muy bajo sobre la frente. Por entonces llevaba una capa azul forrada de rojo y quería tener un sombrero. Cada vez que pasábamos por delante de una tienda gritaba: «¡Sombrero! ¡Capa!».*

La vanidad se desarrolló pronto, y una gran inclinación por lo externo. Había una fuerte valoración de la belleza.

*No conseguían apartarme de las tiendas. Al final mi madre tenía que dar un rodeo para evitar aquellos escaparates.*

La niña tiene sobre su madre una influencia lo bastante fuerte como para obligarla a valerse de ardides.

*Antes de sacarme de paseo, mamá preguntaba a mi padre qué vestido debía ponerme.*

También la madre se interesa por el aspecto de la niña; es fácil comprender cómo se le inculca la vanidad a la muchacha.

*Mis primeros zapatos me hicieron muy feliz; apenas me los habían puesto cuando abrí la puerta e intenté escaparme con ellos.*

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Es un intento de asegurarse su posesión. Su padre es sastre; toda la familia tiende a apreciar lo externo. No se trata, pues, de un rasgo heredado, sino de algo que está en la atmósfera de la casa.

*En casa había muchos botones; jugaba con ellos a juegos que yo misma inventaba. Eran mi dinero.*

La niña se interesa prematuramente por el trabajo y el dinero.

*Además me gustaba jugar con almohadillas de seda. Les hacía agujeros por los que metía los brazos de mi muñeca.*

Preparación para el oficio de modista.

*Todavía me gustaba más jugar con una botella de cerveza.*

Sabemos que los niños prefieren emplear su propia fantasía a jugar con juguetes mecánicos.... El niño aprende por imitación. Pero eso solo puede hacerlo cuando se identifica con otros, cuando desempeña un papel que ha tomado de su padre y de su madre. Imita a su padre cuando corta un vestido por un patrón.

*Revolvía los cajones, me entretenía con las cerraduras.*

La niña ha tenido gran libertad para jugar con lo que quería.

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*Mi ocupación favorita era hablar sola. Podía imitar a alguien durante horas.*

Imita el oficio de sastre y el hablar, y también al médico y a la cocinera. Una profesión lógica para una niña que se entrena desde muy pronto a identificarse con otros o con un papel es la de actriz. Muchas personas están preparadas inconscientemente para ciertas profesiones que nunca eligen, porque no saben nada de esa preparación temprana.

*También imitaba al panadero. Mi panadería era un cajón con restos de pan que me llevaba a la cama por la noche.*

Intenso deseo de representar algo; la niña quiere ser panadero incluso de noche.

*Más tarde jugaba a la maestra, con anteojos, igual que mi maestra en la escuela. Me recortaba los anteojos de pergamino rojo. Los catálogos y los cuadernos de papá hacían de libros de texto, y el respaldo del sofá era la pizarra.*

Vemos el escenario de Shakespeare.[^t1-1]

*Amenazaba a los niños desobedientes y gritaba tan fuerte que mi padre me decía que no me excitara tanto.*

Otro modo de asegurarse la atención del padre.

*Jugaba al obrero con el molinillo de café.*

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Imaginación e imitación muy desarrolladas.

*En nuestra casa había dos viejos que vendían carbón. Yo les apilaba la leña en la tienda y a veces comía con ellos. La comida que comía allí no la habría tocado en casa; por ejemplo, chucrut y albóndigas. Pero en su casa me gustaba comer de todo.*

Negarse a comer es un intento de atraer la atención sobre uno mismo protestando contra una función de aparente importancia. Cuando se tiene hambre, se vuelve a comer. En cuanto el niño advierte que con tales maniobras inútiles no consigue ninguna atención y que, al no recibirla, solo se perjudica a sí mismo, abandona ese ardid.

*El carbonero me preguntaba con quién quería casarme. Yo contestaba siempre: «Con mi padre».*

Podría pensarse que es un deseo incestuoso. Pero si se considera que esta niña no sabe nada de las relaciones sexuales, es muy probable que el deseo de la muchacha de casarse con su padre solo sea posible porque su relación con él es completamente asexual.

*Quería mucho a mi padre. Hasta tenía celos de él.*

Si los celos fueran siempre expresión del amor sexual, estaríamos equivocados. Pero existen también unos <!-- p. 16 --> celos que nacen del afán de poder. Es muy posible que todos los celos broten en realidad de un afán de superioridad. Solo puede tener celos quien se siente inferior a aquel de quien está celoso: más débil, menos inteligente, insuficiente. Cree que sus capacidades y su inteligencia no bastan para competir honradamente con un rival, e intenta ejercer presión mediante los celos, es decir, demostrar su poder. Que los celos se encuentren con tanta frecuencia en las relaciones amorosas no justifica clasificarlos como expresión exclusiva del amor sexual. Los celos son muy a menudo una cuestión de prestigio.

*Cuando mi madre acariciaba a mi padre, yo me entrometía a menudo, le acariciaba el pelo, le arremangaba la camisa y le besaba los brazos.*

No creo que esto sea una expresión de amor sexual. Toda explicación basada en consideraciones sexuales es falaz.

*Cuando me portaba mal, mi madre me amenazaba con encargar a la cigüeña un hermanito o una hermanita, y yo gritaba: «Lo tiraré por la ventana».*

Aquí se ven claramente los celos causados por un afán de superioridad.

*Tenía a las cigüeñas en gran respeto. Las admiraba y no entendía cómo podían traer* <!-- p. 17 --> *a los niños, que parecían tan tontos. Más tarde oí en la escuela que los niños salían de la barriga. Cómo empezaban, no lo sabía. Creía que, cuando uno se casaba, sencillamente los encargaba.*

La muchacha no tiene la menor idea del origen de los seres humanos.

*Cuando papá viajaba, siempre me traía un regalo, un juguete o un libro. Entonces me sentaba en sus rodillas y me leía. Al cabo de veintiún años todavía recuerdo cómo mi padre tenía que leerme. Yo me grababa las palabras en la memoria. Cuando vi que en el café la gente leía, me llevaba mi libro y recitaba de memoria los párrafos en voz alta. Dos señoras se asombraron de que una niña tan pequeña supiera leer. Papá mandaba postales; yo recibía siempre dos, y siempre eran más bonitas que las de los demás. Sin embargo, no me quedaba tranquila hasta que todos me habían dado la suya.*

Quiere tenerlo todo, fenómeno propio del sentimiento de inferioridad acrecentado.

*Por mi constitución enfermiza, todos se me sometían.*

Esta muchacha, por su manera de comportarse, pondrá su condición enfermiza al servicio de su afán de superioridad.

*Estaba enferma muy a menudo; padecía con frecuencia de anginas.*

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«Los montes están de parto; va a nacer un ridículo ratón».[^t1-2]

*Recuerdo que me llevaron al hospital infantil. No me gustaba que me miraran la garganta y tenía miedo del depresor de lengua.*

Hay una tendencia a rechazar al médico. El niño mimado está deseoso de ser objeto de compasión.

*Tenía miedo de asfixiarme.*

Podemos imaginarnos cómo se comportará esta muchacha más adelante en la vida.

[^t1-1]: Probable alusión al «All the world’s a stage» («El mundo entero es un escenario») de *As You Like It* (II, 7): la niña representa ya todos los papeles. (N. del T.)

[^t1-2]: Horacio, *Ars poetica*, 139: «Parturient montes, nascetur ridiculus mus». Adler lo aplica irónicamente a la enfermedad, tan poco grave, que tanto había ponderado la paciente. (N. del T.)

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## II. Dificultades de la adolescencia[^t2-1]

*Durante un año tuve tos ferina. Los primeros seis meses fue empeorando sin cesar, y pasó un año hasta que por fin me curé.*

La tos ferina no dura doce meses. Cuando no sobrevienen después complicaciones pulmonares ni otras enfermedades, la tos ferina se pasa a lo sumo en tres o cuatro meses. Como no se mencionan tales complicaciones, la única conclusión que puede sacarse es que la niña retuvo voluntariamente los síntomas de la tos ferina para sus propios fines. ¿Cuál podía ser el motivo? Los enfermos exigen, y por lo general reciben, mucha más atención, cuidado y ternura que los sanos. Los enfermos están desvalidos, necesitan protección y cuidados. No importa la edad que tengan: por lo general vuelven a comportarse como niños.

Como sabemos, el niño pequeño lleva una existencia egoístamente feliz, sin responsabilidad y a costa de sus semejantes. Podría creerse que este estado es deseable para todos. No es así, o probablemente todos estaríamos enfermos o fingiríamos estarlo. El ser humano normal se siente demasiado <!-- p. 20 --> atraído por intereses y placeres diversos para que le guste que lo cuiden y lo manden más tiempo del necesario. Por otra parte, hay individuos que prevén dificultades demasiado grandes en la vida y que, en consecuencia, no se desarrollan de seres humanos sanos a seres humanos útiles. Esas personas consideran a menudo la enfermedad como un medio adecuado para alcanzar sin esfuerzo la apariencia de la superioridad. Es el dominio por la debilidad. Es evidente que tales personas se sienten incapaces o demasiado débiles para entrar en competencia con sus semejantes sanos. (Las personas con sentimientos de inferioridad tienden siempre a ver la vida como una lucha, de una forma u otra, en la que siempre tienen que ir por delante de los demás.) Impulsadas por este sentimiento de inferioridad o de insuficiencia en comparación con los demás, buscan una salida que les procure el triunfo de ser los primeros, al menos en el pequeño círculo de sus allegados. Se aferran a la enfermedad como a un medio bienvenido para alcanzar esos triunfos de oropel. Mientras entrenan sus síntomas, se entrenan también para una superioridad aparente. Eso dura hasta que el precio de su actitud cobarde les resulta demasiado alto, y entonces sencillamente abandonan sus síntomas. A menudo el abandono de un síntoma no es más que la señal para la adquisición de otro nuevo. O bien han llegado al punto en que, perdidos sin remedio en el laberinto de sus diversos <!-- p. 21 --> afanes y completamente desalentados, se presentan ante el médico.

Aunque no supiéramos nada más de esta muchacha, podríamos deducir de la afirmación de que la tos ferina duró doce meses que se sentía lo bastante inferior como para alargar una enfermedad todo lo posible. Entendemos muy bien el sentimiento de inferioridad de esta muchacha, puesto que por algunas observaciones anteriores supimos que había sido muy mimada. Los niños mimados sufren siempre de un fuerte sentimiento de inferioridad, porque crecen como plantas de invernadero y por eso temen la cruda realidad de la vida en cuanto entran en contacto con ella. Pero no solo eso. Para conservar su posición favorable de seguridad, exageran a propósito la dureza y las dificultades de la vida, y con ello disminuyen su propio valor. Su sentimiento de inferioridad, que no es ni más ni menos que el resultado de una interpretación errónea, se vuelve absoluto, y el afán de dominar, como compensación del aguijón de la inferioridad, se intensifica en proporción directa a la profundización del sentimiento de inferioridad. Así nace la deplorable retirada del neurótico, de la cobardía y de un desmedido afán de poder.

*Una noche tuve un ataque de tos tan sofocante que en mi aturdimiento quise salir por la ventana.*

Exageración.

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*Estaba tan débil que apenas podía andar; me sacaban al aire libre en un cochecito de inválido. La gente me esquivaba.*

A una niña mimada eso no le importa.

*A los niños los apartaban de mí a toda prisa.*

A los niños siempre se los aparta de un espectáculo así.

*Como el médico había recomendado aire húmedo, hacíamos excursiones al Danubio Viejo.[^t2-2] A menudo vomitaba al toser. Después de cada ataque me desplomaba en mi silla y quedaba como muerta.*

La niña mimada aprovecha toda ocasión de causar una fuerte impresión con sus accesos de tos. Cuanto más mimada es la niña, más grave parece la enfermedad. La niña no quiere renunciar a su tos ferina.

*A veces oía decir a mi padre que se suicidaría si me pasaba algo.*

Su padre es un soñador. Esta muchacha sabe que su padre le tiene un gran cariño. Es consciente de su poder sobre él.

*Sus ojos se posaban siempre en mí con una expresión de pena.... Por la noche también me lavaba mi padre.*

La niña mimada no hace nada por sí misma; todos los que la rodean están ocupados.

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*Tenía miedo al agua y siempre me resistía a que me lavaran.*

Eso no es innato; no es ninguna particularidad. Esta niña se da importancia con todo. El lavado se convierte en un rito. Le demuestra a su padre que tiene que esforzarse con ella.

*Lo peor era que me cortaran las uñas de los pies.*

La misma tendencia que la de negarse a comer. Los niños que dan guerra son niños mimados.

*Entonces me ponía a lloriquear como si me estuvieran cortando los dedos. También odiaba que me lavaran el pelo.*

Todos los niños se comportan igual cuando algo no les conviene o cuando se enfrentan a situaciones que les resultan extrañas o desagradables. Las apartan de sí; se rebelan. O ridiculizan la nueva situación o luchan contra ella. Muchos llegan incluso a tener rabietas. La suposición de que esa mala conducta está oculta en el inconsciente colectivo de la humanidad (Jung) es completamente innecesaria. Igual de superflua es la hipótesis de Freud de que las desviaciones de la conducta prueban que el desarrollo de la humanidad se repite en cada ser humano.

*Cuando Lina* (su hermana) *se lavaba los pies, yo me acercaba a gatas y le levantaba las faldas para ver lo que había debajo.*

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Temprana curiosidad sexual.

*Desde que dejé el cochecito, dormía en la cama de mis padres. Todas las noches me acostaba de la siguiente manera:*

Los niños mimados dan guerra a la hora de dormir, sobre todo cuando el niño ya no está apegado a la madre. La hora de acostarse se describe minuciosamente.

*Primero mi padre tenía que tomarme en brazos, bailar conmigo y cantarme una canción que decía: «Ninguna de las hadas es tan bonita y tan fina como tú, querida mía, mi niña chiquitina».*

Su padre aprecia lo bonita que es.

*Tenía que sacudir las almohadas, colocarlas bien y taparme.*

Niña mimada.

*Me acostaba al lado de mi madre; cuando ella no estaba, al lado de papá. Él me dio una campanilla como las que se usan en Nochebuena para que pudiera tocarla cuando quisiera a mi madre. Yo tocaba la campanilla, papá encendía la luz, Lina corría a mi cama. Luego volvía a dormirme.*

La angustia que tienen los niños durante la noche se llama pavor nocturnus. Esa angustia es un síntoma con un fin, como el toque de la campanilla que le dio su padre. ¿Qué ocurre cuando suena la campanilla? <!-- p. 25 --> Sus devotos se despiertan y tienen que acudir corriendo a su lado. Ella se asegura la atención y la obediencia de sus servidores. Siente su poder y, satisfecha, vuelve a dormirse. Un niño descuida ciertas funciones (como la que lleva a mojar la cama) con el mismo fin, para llamar la atención. Ese descuido es, como la campanilla, una señal de que el niño quiere atención, y continúa mientras no se haya descubierto su verdadero fin.

Los psicoanalistas consideran el pavor nocturnus como la consecuencia de que el niño haya presenciado el acto sexual de sus padres. Eso demuestra falta de humor.

El estado de angustia aparece en muchas formas de diversa gravedad. A menudo es solo una ligera alteración del sueño; a veces, un paroxismo de miedo, según la fuerza del afán de superioridad del niño. La intensidad con que se manifiesta el síntoma no tiene importancia. Lo importante es que el síntoma sigue siempre el mismo esquema rígido: llamar la atención molestando a los demás.

*Teníamos dos huéspedes. Uno de ellos era un barbero húngaro llamado Nagy. Cojeaba. Yo le tenía miedo. Quería acariciarme, pero yo salía corriendo y me escondía.*

Hay un miedo a los defectos físicos inculcado tempranamente. Es comprensible si se tiene en cuenta que la niña se ha apegado a una sola persona. Ese miedo lo <!-- p. 26 --> alimenta a veces el ambiente. Los padres apartan con frecuencia a sus hijos de la vista de un mendigo. Así crean miedo y aversión en lugar de compasión. Nuestra civilización es cruel.

*Un día estaba sentada en el sofá con mi muñeca. El barbero entró en la habitación y me acarició. Me asusté, me caí y me quedé tan rígida como si tuviera un ataque de tétanos. Papá y Lina estaban angustiadísimos.*

Parece que fue un desmayo, que se vuelve comprensible cuando recordamos que la muchacha rechaza a toda persona excepto a su padre, sobre todo si la otra persona tiene un aspecto peculiar o extraño. Conocí a un niño de año y medio que lloraba amargamente cuando veía a una persona fea o mal vestida. En este caso no solo es responsable la gran estima de la belleza, sino también la visión desacostumbrada, tanto más cuanto que los niños mimados son más propensos a fijarse en escenas inusuales.

*De vez en cuando venía al café donde estábamos sentados un hombre con un pie zambo. Yo temblaba, intentaba esconderme, hundía la cara en el regazo de mi padre. A veces tenía que llevarme a casa.*

Siempre dando guerra. Mientras los padres están tranquilamente sentados en un café, la muchacha les da algo que hacer. Los obliga a irse con ella.

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*De vez en cuando íbamos a un restaurante donde tocaba una banda militar. En cuanto el director levantaba la batuta y la música empezaba de repente, me llevaba un susto. Mi padre tenía que salir del restaurante conmigo.*

Ocupa a su padre. Es el mismo patrón. De estos ejemplos podemos sacar algo más. Sus recuerdos son sobre todo de impresiones ópticas. Una o dos veces menciona el recuerdo de impresiones auditivas: cuando cuenta que su padre tenía que cantarle, y de nuevo en su última observación sobre la banda militar. Probablemente pertenece tanto al tipo visual como al auditivo. ¿Qué significan estas clasificaciones?

Hace tiempo que se sabe que mucha gente se interesa especial y preferentemente por las cosas visibles. Recuerdan mucho mejor lo que han visto que lo que han oído, y son más capaces de retener las impresiones que han sido *visualmente* llamativas. Lo llamamos tipo visual.

Por otra parte, otro tipo utiliza el sentido del oído para percibir el mundo exterior y recuerda ante todo lo oído. Es el tipo auditivo.

La mayoría de la gente pertenece a ambos tipos, con un énfasis algo mayor en uno u otro.

Un tercer tipo es el que llamamos tipo motor. Las personas de este tipo parecen tener un impulso notablemente fuerte al movimiento corporal.

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Por una larga observación y un estudio considerable hemos aprendido que el tipo al que pertenece un individuo no es mera casualidad. En muchísimos casos puede demostrarse de modo concluyente que el tipo en que una persona ha elegido entrenarse representa en realidad una compensación de un defecto en el funcionamiento de uno o varios de los cinco sentidos, o de una deficiencia en los órganos del movimiento (las extremidades). Una inferioridad congénita o adquirida de los ojos, por ejemplo, suscita un esfuerzo compensatorio por superar la inferioridad a pesar de los ojos insuficientes, y con ello comienza un entrenamiento permanente en la dirección de lo visual. Aunque la inferioridad orgánica originaria desaparezca por completo en años posteriores, el individuo sigue con el mismo patrón de entrenamiento. Las dificultades para superar la inferioridad tienen que haber dejado una impresión imborrable para poder determinar el tipo de recuerdos que se conservan hasta la edad adulta.

Lo que acabo de decir del tipo visual vale igualmente para los tipos auditivo y motor, en los que las alteraciones de los órganos respectivos forman la base de los diferentes patrones de entrenamiento.

*También me asusté terriblemente cuando encontré una pluma en mi cama. Grité como si fuera un monstruo.*

La angustia es bien conocida en la historia del niño mimado. Observamos cómo ella prepara de antemano este <!-- p. 29 --> estado de ánimo interesándose por todo lo que puede provocar angustia. Otras escuelas psicológicas explican de otro modo el fenómeno de la angustia. Los psicoanalistas, por ejemplo, afirman que la angustia la provoca el deseo sexual reprimido. Puede ser que el miedo resulte de esa represión, pero quizá sea justamente al revés y la angustia sea la emoción reprimida. Los psicoanalistas más avanzados intentaron tenerlo en cuenta afirmando que toda angustia procede de la angustia originaria que acompaña al acto del nacimiento. Nosotros, en cambio, opinamos que el nacimiento es una situación en la que una función tan inteligente como la angustia no tiene cabida. Nuestro método de rastrear el fin y el efecto de una expresión emocional nos ha hecho ver que la angustia es un medio de primer orden para dominar a los demás. La muchacha llama a su padre para que la ayude a vencer su angustia. En esta historia de vida oímos continuamente hablar de momentos de angustia. Ocupa a todos y a todo en su constante manía de dominar.

*Cuando tenía cinco años, ocurrió lo siguiente. Mientras jugaba con mi muñeca, me sentí obligada mentalmente a insultar a mis padres y a Dios con palabras como puerca, perro piojoso y otras así.*

¿Cómo surge en la niña esta reacción de odio? Los psicoanalistas dirían que es un estallido de sadismo innato.

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Si lo consideramos con más atención, llegamos a la conclusión de que la muchacha es una niña mimada que lucha desesperadamente contra la demolición de su sistema. Esta destrucción comienza cuando, según cree ella (que sea cierto o no es indiferente), la destetaron a los cinco años. Se siente como si la hubieran expulsado del jardín del Edén. ¿No es comprensible que se rebele con todas sus fuerzas? De repente se siente obligada a insultar a Dios y a sus padres. El hecho de que no sepa por qué lo hace la protege y le permite seguir haciéndolo. Su proceder es un claro acto de venganza. En circunstancias parecidas podemos provocar la misma reacción en cualquier niño. Se comporta inteligentemente en todo momento. La culpa es de las personas que le prepararon un paraíso de mimo y le permitieron quedarse en él demasiado tiempo.

*Estaba furiosa con aquellos a quienes más quería.*

Como ya sabemos, ellos son los culpables.

*Era como si el diablo me lo hubiera susurrado al oído. Cuanto más intentaba contenerme, con más violencia maldecía.*

Este es un mecanismo que produce todo paciente. Nuestra respuesta es: entonces no intente contenerse. Veamos qué ocurre psíquicamente. Exactamente esto: mis pensamientos son tan fuertes y yo soy inocente. Aquí está la completa justificación del neurótico que <!-- p. 31 --> se queja de sentirse obligado a realizar ciertos actos (neurosis obsesiva). ¿Por qué tiene ella que hacerlo? Porque no tiene otro medio. Preferiría obligar a su madre a seguir amamantándola, pero su madre se niega. Podría obligar fácilmente a su padre, si este pudiera asumir el papel de nodriza. *Pero yo quería ponerme sana*, dice la paciente. El deseo es la prueba de que está enferma; por eso aconsejamos renunciar al deseo. Los psicólogos individuales, a diferencia de otros psicólogos, son escépticos respecto a los deseos. Mientras alguien desea, está seguro de que no va a pasar nada. La suposición de que la voluntad precede al acto contradice a la psicología en general. Cuando oímos hablar de querer, podemos estar convencidos de que no va a pasar nada. En cambio, cuando algo pasa, no oímos hablar de ningún deseo.

*A menudo la cara se me ponía muy colorada del esfuerzo que hacía por reprimir mis pensamientos, pero los pensamientos no desaparecían. Para disculparme ante mí misma, decía: «El huésped es un perro, no papá».*

Cultivo de pensamientos obsesivos: un trajín inútil.

[^t2-1]: Así en la edición inglesa (*Adolescent Difficulties*), aunque el capítulo trata de la primera infancia de la paciente, hasta los cinco años. (N. del T.)

[^t2-2]: *Old Danube*: el Alte Donau, antiguo brazo del Danubio en Viena, separado del cauce principal tras la regulación del río (1870-1875) y usado como lugar de baño y recreo. (N. del T.)

<!-- p. 32 -->

## III. El desarrollo de una neurosis

Los casos neuróticos se parecen unos a otros hasta cierto punto. El estribillo de una neurosis es siempre el mismo: la angustia ante la expectativa de una derrota en la vida en común. Como consecuencia de esta angustia, la neurosis aparece en la forma exculpatoria de una enfermedad que descarga de toda responsabilidad al «paciente» y que no es en realidad ni más ni menos que una huida eficaz ante el peligro esperado. Para dar con otras palabras una imagen que corresponda al punto de vista de un neurótico: el neurótico ve la vida como una batalla en la que su propia vida está constantemente en peligro (la vida de los demás no le importa). Cuanto más se acerca al frente de batalla, que es la vida, mayores son su nerviosismo y su inquietud por su propia seguridad. Al final la angustia lo vence y pone pies en polvorosa, o intenta asegurarse cierta medida de seguridad enterrándose en trincheras situadas lo más lejos posible del frente de batalla de la vida.

La forma que una persona elige para su neurosis depende de su patrón de conducta y de su meta ficticia. Sin embargo, <!-- p. 33 --> tampoco las diversas formas de neurosis se diferencian mucho entre sí, y personas de tipo completamente distinto, pero con la misma clase de neurosis, eligen a menudo la misma forma para la manifestación neurótica. Esto vale sobre todo para las neurosis obsesivas. Parece como si la humanidad no fuera capaz de crear muchas variaciones.

*Sin embargo, sufría unos remordimientos profundos. Miraba a mis padres y pensaba: «¡Si supierais qué insultos digo de vosotros!».*

Quien no conozca las enseñanzas de la psicología individual podría concluir de semejante observación que la muchacha se compadece de sus padres. Le remuerde la conciencia por su mal comportamiento. Hablar de remordimiento nos recuerda un error de la escuela freudiana del psicoanálisis: los freudianos dan mucha importancia al sentimiento de culpa. Pero lo entienden mal. El sentimiento de culpa es un sentimiento de inferioridad disfrazado. Se manifiesta cuando alguien infringe las leyes de la vida social e indica al mismo tiempo que el infractor reconoce que esas leyes sociales son intrínsecamente justas. Sin embargo, en el sentimiento de culpa no hay ni la intención ni ningún otro indicio de que el delincuente vaya a obedecer en adelante las leyes; es decir, de que vaya a hacer que su vida se ajuste a la vida social o armonice con ella. En verdad, creemos que tiene razón lo que dice Nietzsche: el remordimiento es indecente.[^t3-1] Si <!-- p. 34 --> el remordimiento significara realmente lo que suponen los filósofos ingenuos, ese sentimiento iría seguido de un cambio de conducta. Pero semejante sentimiento suele ser la continuación de una actividad inútil (sin olvidar nunca que aquí hablamos del remordimiento en relación con una neurosis).

Por eso nos permitimos interpretar de otro modo la afirmación de la muchacha. Hemos visto que esta muchacha quería ser el centro de atención. Su deseo constante es ser la primera. No creemos que haya renunciado a este deseo. Ahora se siente superior, pues cuando dice *Si supierais qué cosas digo de vosotros*, significa: «Soy más que vosotros. Estáis ciegos. No entendéis nada», y decir *Papá es un perro* significa: «Soy mejor que papá». Así vemos con más claridad cómo intenta la muchacha elevarse por encima de los demás. Que sienta remordimientos no altera el hecho; al contrario, el remordimiento demuestra que se ha esforzado por obedecer a la tendencia a rebajar a sus padres. La tendencia a rebajar a los demás solo la encontramos en las personas que se sienten inferiores. Un individuo puede compensar su sentimiento de inferioridad elevándose por encima de los demás o rebajándolos. En ambos casos ha ganado cierta altura sobre ellos. Es decir, uno puede crear esa distancia elevándose a sí mismo o rebajando a los demás. El rebajamiento de los demás y la elevación de uno mismo no disminuyen en lo más mínimo por una <!-- p. 35 --> conciencia intranquila. Todo lo contrario, porque entonces esa persona recibe un pretexto más para compadecerse de sí misma o para elevarse todavía más.

Algunos neuróticos se sienten impulsados a demostrar su superioridad sobre sus semejantes. A otros les basta con que su afán neurótico cree un estado de ánimo que les permita simplemente sentirse superiores.

*Quería escapar de estos pensamientos, pero me asaltaban una y otra vez.*

*Me molestaban incluso cuando rezaba por la noche; entonces tenía que repetir mi oración. Era horrible.*

Este martilleo, este subrayado, este énfasis absolutamente inútil en la descripción forman parte de la naturaleza de una neurosis; es decir, hacer algo de la nada. Acercan al neurótico a su meta de semejanza con Dios.

*Solo cesó cuando empecé a ir a la escuela.*

Observamos con bastante frecuencia que la vida escolar es capaz de cambiar las circunstancias. La situación probablemente se ha vuelto más favorable. Ya no se le plantea con tanta seriedad el problema: ¿soy más que papá, o no? Quizá su padre ha empezado a mimarla otra vez un poco más.

*Padecí insomnio muy pronto, a los seis o siete años.*

<!-- p. 36 -->

Leer una frase como la anterior nos recuerda nuestras experiencias. Es obvio que el insomnio no pasará inadvertido, que hay en él una relación con el entorno. Si la niña no puede dormir, el padre y la madre se ven directamente afectados y participan de una mala noche. Las molestias durante la noche son el método habitual de los niños que quieren recibir alguna atención especial por la noche. Da lo mismo que den guerra al acostarse o al dormirse, que duerman mal, que padezcan pavor nocturnus (miedo a la noche) o se orinen en la cama, que hablen en sueños o sean sonámbulos. Siempre significa: hay que ocuparse de mí. La noche se utiliza para tener ocupadas a las personas de su alrededor.

*Me costaba mucho dormirme, y por la mañana era la primera en despertarme.*

Es cierto que la noche, y con ella el sueño, son los peores enemigos de todos los niños mimados. También los adultos nerviosos se ponen furiosos cuando otros duermen. En muchas neurosis esta alteración ocupa claramente el primer plano.

En este punto quizá convenga intercalar algunas observaciones sobre el insomnio nervioso en general. El dormir, igual que el comer, tiene en apariencia mucha más importancia de la que realmente tiene. Desde luego necesitamos dormir para renovarnos. Pero el sueño es algo <!-- p. 37 --> parecido a la respiración: la naturaleza suele obligarnos a tomar la cantidad que necesitamos.

El insomnio nervioso, como todos los síntomas nerviosos, sirve a distintos fines. Puede ser un eslabón vital en la cadena de un sistema de vida nervioso. Hemos visto con frecuencia que una persona nerviosa piensa constantemente en cómo puede hacerse superior. Por lo general se considera que el sueño tiene una importancia extrema. La incapacidad de dormir puede usarse como una protesta eficaz contra el entorno. Suele ofrecer un medio para castigar a ciertos miembros de la familia o quejarse de ellos. Si un paciente se queja de insomnio durante un tratamiento psicoterapéutico, hace responsable de ello al médico, como si quisiera mostrarle así la inutilidad de sus esfuerzos terapéuticos. O bien el insomnio se usará para demostrar la enfermedad en cuanto esta se revele como el camino más eficaz para establecer la superioridad y la propia voluntad.[^t3-2] Esta voluntad se dirige por lo general a encontrar una buena coartada, para poder alegar la incapacidad de trabajar o de afrontar un problema, y a la vez para imponer normas a los demás: estoy nervioso, no puedo dormir, así que todo el mundo en casa tiene que estar callado; las puertas deben cerrarse con cuidado; hay que bajar la voz; todos tienen que volver pronto a casa, etcétera.

El que padece insomnio recalca tanto sus síntomas que puede inferirse que exige que se reconozca su difícil situación. Cuando <!-- p. 38 --> se le concede este reconocimiento, queda libre de toda responsabilidad por los desaciertos que pueda cometer en la vida y, como consecuencia añadida, valorará el doble cualquier éxito que tenga, puesto que lo ha logrado a pesar de su desventaja. El neurótico comprende la conveniencia de este método por su propia experiencia o por haber visto el efecto de la enfermedad de otro sobre el entorno y sobre sí mismo. Mientras no se haya comprendido el significado psíquico de la situación, no nos sorprende que el médico, o los remedios que se hayan probado, no consigan para el paciente más que una confirmación de su supuesta enfermedad.

Es evidente, pues, que el insomnio nervioso está arreglado para servir de escudo y de arma en defensa de la autoestima amenazada. Las personas nerviosas que eligen el síntoma del insomnio suelen presentar otros rasgos característicos del carácter nervioso. La mayoría son muy ambiciosas, pero no confían en su capacidad de alcanzar su fin. Conceden demasiado valor al éxito y exageran las dificultades de la vida; son cobardes y temen tomar decisiones, y les encanta mandar. Los pensamientos de un paciente así durante el tiempo en que debería quedarse dormido son o bien un medio para mantenerse despierto, o bien contienen el núcleo de la dificultad psíquica que ha provocado el insomnio.

Lo que el paciente quiere construir es un ancho <!-- p. 39 --> abismo entre él y su meta perniciosa, neuróticamente inalcanzable, que lo absuelva del fracaso y le dé un buen pretexto para dejar de luchar. El síntoma desaparece en cuanto el paciente comprende que su incapacidad de dormir es un medio con el que puede eludir la responsabilidad de resolver los problemas que la vida impone a todos los hombres. Cuando deja de ver su insomnio como un destino inexplicable, se ve obligado a abandonar ese síntoma.

*Mi padre estaba tan preocupado por lo mal que yo dormía que él mismo ya no podía dormir.*

La confirmación sigue de cerca a nuestra interpretación.

*Entonces fingía estar dormida, y cuando papá entraba de puntillas en la habitación, respiraba lenta y profundamente como si durmiera.*

Esto suena cariñoso y considerado. La niña, por supuesto, siente cierta ternura por su padre; a veces cede cuando cree que ha ido demasiado lejos. Pero esta muchacha tiene motivos de sobra para sentirse tranquila al notar la inquietud de su padre. Después de ver a su padre rondando a oscuras y sin dormir luego el resto de la noche, puede haber llegado a este compromiso: ya que he llegado a obligar a papá a levantarse de la cama, estoy satisfecha.

*En nuestro piso vivía otro sastre que tenía muchos* <!-- p. 40 --> *hijos, cuatro niñas y dos niños. Uno de los niños, Poldi, tenía mi edad; yo jugaba con él. Era un pequeño golfillo, sucio y descalzo. Yo lo imitaba.*

Parece inocente e inofensivo esto de imitar a un niño. Sin embargo, si tuviéramos ocasión de descubrir más de lo que pasaba por su mente, encontraríamos sin duda el deseo de convertirse en varón. Es el pequeño resto de un rasgo grande y general: es la protesta contra el hecho de ser mujer en un mundo donde a los hombres se los considera por lo general superiores; donde tienen las posiciones más ventajosas, mayor libertad y, al parecer, mayor fuerza física. He llamado a esta manifestación la protesta masculina.

Nuestros estudios nos han mostrado que la protesta masculina ocupa una posición central en toda neurosis. Procede del sentimiento de debilidad del niño frente a los mayores. De él nacen un sentimiento de dependencia y un anhelo de ternura, una dependencia y una subordinación fisiológicas y psicológicas. Es, en una palabra, una rama del afán general de supremacía que brota del sentimiento de inferioridad. Como indica su nombre, protesta masculina, encierra una connotación especial.

A causa de su intenso anhelo de seguridad, la persona nerviosa tiende a dividir el mundo en partes contrapuestas, a vivir solo según extremos y a tratar sus problemas de la misma manera: todo o nada, victoria o derrota, arriba o abajo, <!-- p. 41 --> etcétera. Los muchos escalones intermedios podrían resultar desconcertantes, y por eso se prescinde de ellos.

Dos de esos extremos se encuentran en la expresión masculino-femenino. Por observaciones descuidadas o faltas de tacto de los adultos, y por su propia observación sin prejuicios del mundo en que crece, el niño aprende enseguida que en nuestra civilización los hombres se consideran superiores a las mujeres. El papel del hombre parece en general más ventajoso y más adecuado para salir del sentimiento de inferioridad. Surge entonces el deseo: «Quiero ser un hombre». Un niño puede satisfacer este deseo con su conducta. Es decir, aparte de que físicamente es varón, puede obrar según su idea de cómo debe comportarse un hombre. Una niña no puede hacerlo.

Para un niño, sin embargo, el deseo «Quiero ser un hombre» tiene un significado algo distinto que para una niña. Se siente obligado a cumplir el ideal de hombre que ha fijado nuestra cultura; en cambio, la protesta masculina en una niña no expresa otra cosa que el deseo de disfrutar de las ventajas y los privilegios que se conceden a los hombres.

Cuando en la vida de un niño hay ya una disposición a la perturbación nerviosa a causa de un sentimiento de inferioridad agravado, el niño —sea varón o niña— interpretará esta concepción de hombre y mujer como extremos antagónicos y exagerará deliberadamente esta interpretación. El niño asociará a la palabra «hombre» todo lo que significa superioridad (en su <!-- p. 42 --> propia creencia), y a la palabra «mujer», todo lo que apunta a la inferioridad. Su propio sentimiento de inferioridad lo siente como marcadamente femenino (como se ve, el sexo real no tiene nada que ver con la interpretación), y hace un intento desesperado de compensar la deficiencia imaginada adoptando características masculinas. Ese es el esquema verbal de la protesta masculina.

En el rígido esquema aperceptivo del neurótico, todas las cualidades que se llaman pasivas se tachan de femeninas, como la docilidad, la mansedumbre, la bondad, la subordinación, la cobardía, la paciencia, etc.; mientras que los rasgos de carácter activos, como la agresividad, la terquedad, la obstinación, la insolencia, la insubordinación y el deseo de poder y de libertad, se aceptan como masculinos. La meta es mandar, ser superior. Donde parece imposible alcanzar esa meta mediante la agresión directa, la persona nerviosa elige la variante de «una protesta masculina con medios femeninos»; es decir, intenta alcanzar el estado dominante de la masculinidad mediante una exhibición de debilidad, una docilidad exagerada o el arreglo de una enfermedad.

Podemos concluir, por tanto, que el deseo de esta muchacha de ser siempre la primera no concuerda con la aceptación sin vacilaciones del papel femenino. *¿No sería más fácil si yo fuera un chico?*

*En el patio había un gran montón de arena.* <!-- p. 43 --> *Allí jugábamos a los tenderos. La arena representaba los víveres.*

Describe sus juegos. Llegados aquí quiero hacer algunas observaciones sobre el significado de los juegos infantiles. Groos señala con mucha claridad en su libro «The Plays of Children» [Los juegos de los niños][^t3-3] lo que no debemos entender por jugar. No comprendo cómo alguien puede hablar de un instinto de juego después de leer este libro.

El llamado instinto de juego no es otra cosa que el intento del niño de prepararse para el futuro sirviéndose de los limitados medios de que dispone. El niño se entrena para el papel de adulto ocupándose en juegos que a nosotros no nos parecen más que un pasatiempo. La imitación de los mayores es muy significativa y evidente, y sobre todo la imitación de aquellos adultos (o de su conducta) que al niño le parecen dignos de ello. Los juegos nunca carecen de sentido, sino que son siempre un paso hacia la meta futura del ser humano en desarrollo. Da lo mismo que el niño juegue con un tren de juguete o construya casas, o juegue a «marido y mujer» o a «indio y princesa». El niño se toma su juego tan en serio como el adulto su trabajo. Por eso los adultos deberían tomarse en serio esos juegos y no intervenir de un modo necio y altanero. El niño aprende jugando. Dostoievski observó una vez que hay una cualidad artística en los juegos de los niños. Nosotros, los psicólogos <!-- p. 44 --> individuales, entendemos muy bien esta idea. Los niños no tienen la fuerza de los adultos para acometer un trabajo. Pero su mayor anhelo es hacer lo que hacen los adultos. Y por eso se valen de artimañas para hacer como si fueran mayores.

*En nuestra casa había un perro llamado Bello que era de un fabricante de cajas.*

Por regla general, la relación entre los niños y los perros es estrecha, porque los perros satisfacen el afán de reconocimiento de los niños: obedecen, se dejan dominar. Los niños que tienen un afán de reconocimiento marcado se sienten muy atraídos por los perros. En cambio, si lo único que quiere un niño es que su madre lo vigile continuamente, puede tener miedo de los perros. El miedo a los perros se usa entonces para obligar a la madre a estar siempre presente. Estos niños están más desalentados que los que se hacen amigos de los perros. Sin embargo, como muestra claramente el ejemplo, los dos métodos nacen de la misma raíz, el sentimiento de inferioridad. Solo la distinta intensidad del sentimiento provoca reacciones diferentes.

*Este perro tiraba de un carrito. Le daban muchas salchichas de carne de caballo, que estaban junto a su caseta. Poldi siempre quería robar una de las salchichas, pero el perro no quería a Poldi. Un día Poldi se acercó con cuidado a la caseta, agarró una salchicha y la devoró en un instante. Aquello me encantó muchísimo. Le dije:* <!-- p. 45 --> *«La salchicha estaba al lado de la porquería del perro y ahora te la estás comiendo».*

De nuevo vemos la tendencia a rebajar: *la salchicha estaba al lado de la porquería del perro*. El deseo de elevarse por encima de los demás no la abandona nunca.

*A él le dio igual. El fabricante de cajas tenía un carro grande y cubierto. A veces nos llevaba con él. Siempre éramos felices cuando íbamos sentados en el carro.*

Parece que le gusta la compañía de los chicos.

*En el segundo piso vivían dos viejas, y cada una de ellas tenía varias prostitutas. Estas prostitutas no se levantaban antes del mediodía o de la tarde.*

A los niños les atrae a menudo ver a otros llevar ropa bonita. Cuando sus propias circunstancias son muy estrechas, cuando ellos mismos llevan ropa raída y se ven obligados a sufrir la amargura y las numerosas incomodidades de la pobreza, el contraste los impresiona vivamente. Limitados por su juicio infantil, concluyen que mejor ropa significa una vida mejor, que también a ellos les gustaría tener. La inferioridad puramente social les escuece y buscan una compensación sencilla, rápida y segura. Podemos comprender cómo algunos niños se ven atraídos así hacia el camino de la miseria, y no nos sorprenderá ver a estas muchachas prepararse jugando para la profesión de prostituta cuando creen que pueden alcanzar en esa dirección la meta de superioridad.

<!-- p. 46 -->

*Las prostitutas tiraban a menudo dinero a la calle desde sus ventanas, y nos mandaban a comprarles cigarrillos y cerveza. Aunque nunca vi más que el recibidor de su piso, me gustaba estar allí. Los muebles me parecían muy elegantes.*

La gente sencilla no desprecia tanto a las prostitutas como el burgués culto, así que podemos ver cómo se reponen siempre las filas de las prostitutas.

*Desde la ventana del pasillo podía verlas vestirse. Me daba pena una de ellas, que parecía tísica. Pero cuando estaba vestida y se había pintado la cara, tenía un aspecto muy distinto del que tenía vista desde la ventana. Algunas de las mujeres eran muy ordinarias y daban voces por toda la casa; era un manicomio.*

Eso es una clara aversión. No suponemos que vaya a seguir nunca el camino de la prostitución.

*Me acuerdo de algunas cosas de Lina. Estábamos suscritos a «El libro para todos».[^t3-4] Lina leía la novela por entregas que publicaba y esperaba ansiosa la entrega de cada semana. Siempre preguntaba por la revista. A papá no le gustaba que leyera la novela, y acordamos esconder la revista cuando llegara. Yo también prometí no decir nada. Pero cuando Lina entró en la habitación, grité: «¡Ha llegado la revista!».*

<!-- p. 47 -->

No podía obedecer; se rebelaba.

*Una noche Lina copió una carta de amor de un libro. Papá y mamá estaban en la cocina; llamaron a Lina. Yo salté de la cama, eché un borrón en la carta, volví a la cama y me tapé la cabeza con la manta.*

Malicia. Triunfa porque sabe algo que los demás no saben. Además, se siente poderosa porque puede estorbar los planes de su hermana, estropearle el humor y quizá impedirle tomar una decisión importante. Las travesuras y las malas costumbres de los niños se emplean siempre como palanca para elevarse por encima de los demás, de los miembros más poderosos de su entorno. Casi siempre dañan, estropean o destruyen la propiedad de otros. Su odio llama la atención sobre el hecho de que se sienten muy insignificantes. Se ve que son claros actos de venganza nacidos de un sentimiento de insuficiencia.

*Cuando Lina vio la mancha de tinta, se echó a llorar. Al cabo de un rato volvió a salir de la habitación y yo repetí mi fea jugarreta. Me riñó. Yo la imitaba en todo. Me llevaba nueve años y era como una segunda madre para mí.*

Solo puede imaginar una mujer bondadosa bajo la forma de su madre. Eso es característico de los niños mimados.

<!-- p. 48 -->

*Me esforzaba mucho por imitar la letra de Lina. Me gustaban sus rúbricas triangulares. Papá quería que escribiera con naturalidad.*

No existe un instinto de imitación. Imitamos algo porque nos gusta, porque nos parece eficaz en nuestro intento de alcanzar la superioridad. La imitación pertenece, por tanto, al ámbito del afán de reconocimiento y así debe entenderse. La imitación de su hermana mayor indica que la niña solo imita lo que encaja en su estilo de vida.

*De pequeña subía y bajaba corriendo como una poseída las escaleras de delante de la iglesia. Mi madre tenía que llevarme a casa a la fuerza.*

Quizá sea placer en el movimiento, o la niña se escapa para que la madre tenga que correr tras ella.

*Papá era muy religioso; me enseñó desde muy pequeña a santiguarme cuando pasaba por delante de una iglesia y me daba estampas religiosas. Empecé a coleccionar estampas religiosas.*

Creemos que los niños coleccionan cosas porque eso les hace sentirse fuertes. Pueden encontrarse colecciones absolutamente absurdas. La niña colecciona para satisfacer su afán de reconocimiento.

*Tenía muchas estampas. Por la noche las extendía en dos filas debajo de la almohada y encima ponía un ángel de la guarda. Si no, no habría podido* <!-- p. 49 --> *dormirme. Rezaba hasta quedarme sin aliento. Rezaba por todos los que quería, por mi abuela, mis tíos y mis tías.*

No es difícil entrenar a un niño en semejante conducta. ¿Qué significa «Rezaba por todos»? El destino de esta persona está en mi mano. Una niña así se siente superior. Esta forma de rezar, tan incompatible con la realidad, es a menudo un síntoma de una neurosis obsesiva.

(Un hombre rico tenía que mantener a sus tres hermanas pobres, y eso le molestaba mucho. Rezaba a Dios para que las protegiera e impidiera que murieran quemadas. Si no rezaba, no podía dormirse por miedo a que pudieran acabar quemadas. Cada día se alegraba de que no hubieran perecido en un incendio. «Tengo sus vidas en mi mano; soy responsable de su bienestar».)

*La Navidad era un gran acontecimiento. Papá me mandaba al café «para que entretanto Santa Claus pudiera traer los regalos».[^t3-5]*

[^t3-1]: Nietzsche, *Götzen-Dämmerung* [El ocaso de los ídolos], «Sprüche und Pfeile» 10: «Der Gewissensbiss ist unanständig» («El remordimiento es indecente»). (N. del T.)

[^t3-2]: El impreso dice *itelf* por *itself*. (N. del T.)

[^t3-3]: Así da el título la versión inglesa. Karl Groos publicó *Die Spiele der Tiere* (1896) y *Die Spiele der Menschen* (1899; en inglés, *The Play of Man*); probablemente se alude a este último. (N. del T.)

[^t3-4]: Probablemente *Das Buch für Alle*, revista ilustrada familiar alemana muy difundida, que publicaba novelas por entregas. (N. del T.)

[^t3-5]: *Santa Claus* en la versión inglesa; en la Viena de la época los regalos de Navidad los traía el *Christkind* (el Niño Jesús), y es probable que así dijera el original alemán. (N. del T.)

<!-- p. 50 -->

## IV. El estilo de vida

El psicólogo puede empezar el estudio de una historia de vida por donde quiera: siempre hallará que la vida concreta que investiga está dirigida hacia una meta determinada. Para comprender la vida de una persona es preciso descubrir el hilo que recorre todos sus síntomas y que puede seguirse directamente hasta su meta. A este hilo podemos llamarlo también el estilo de vida de un ser humano. El estilo de vida es la manera particular en que un ser humano hace frente a la vida y responde al desafío de la existencia: cómo siente, piensa, quiere y actúa; cómo percibe y cómo se sirve de sus percepciones. El estilo de vida se forma por las influencias de la primera infancia, se desarrolla en la primera infancia y está guiado por la meta de la persona, que lo sigue sin ponerlo en duda.

*En casa reinaba un ambiente sombrío. Mis padres habían vuelto a reñir. No recuerdo por qué.*

Los niños que, como esta, son constantemente el centro de atención no soportan que sus padres riñan. No porque quieran la paz, sino porque <!-- p. 51 --> se sienten excluidos cuando los demás están ocupados el uno con el otro. Por eso intentan a menudo impedir las riñas en la familia. La niña no recuerda por qué reñían sus padres; solo que reñían.

*Papá me pidió que me quedara en mi cuarto y volviera la cara hacia la pared, porque Santa Claus[^t4-1] estaba pasando en ese momento por delante de la ventana. Así que me di la vuelta. Lina me cogió de la mano. Luego sonó una campanilla y entramos en la habitación de Navidad.*

Para el psicólogo individual es interesante considerar si se deben contar o no tales cuentos a los niños. No hay que ser demasiado precavido. Los que se empeñan en explicarlo todo a la luz de problemas sexuales o de otra índole no dan en el blanco. A los niños no les importa mucho si estos cuentos son verdad o no; los toman como un disparate convencional, como un *modus dicendi*.[^t4-2] Nunca he visto a un niño tan alterado al descubrir que Santa Claus no existe como lo estaban quienes tenían prisa por explicárselo. Sabemos que contamos demasiadas fábulas a nuestros niños; queda abierta la cuestión de hasta dónde se puede llegar. Pero no es este el problema principal de la educación de los niños, al menos si no se incluye en él la tendencia, más grave, a coartar al niño.

Todas las restricciones que no se fundan en el sentido común tienen por efecto disminuir el valor del niño y <!-- p. 52 --> hacerle creer que la realidad de la vida es mucho más peligrosa de lo que es. El resultado es un intento de eludir las realidades de la vida recurriendo a coartadas neuróticas. Preguntas como qué cuentos se deben contar a un niño y hasta qué edad se responden solas según la ley del sentido común. No hay que olvidar que los niños, al principio, no son tan tontos como, por desgracia, han llegado a serlo muchos adultos.

*Sobre la mesa había un gran árbol de Navidad con las velas encendidas. Delante vi una gran pizarra sobre un caballete y, a su lado, una muñeca. Creo que también me regalaron un libro de estampas. Corrí hacia mis regalos, los admiré y enseguida me puse a garabatear en la pizarra con tiza. Entonces todavía no sabía escribir.*

Recordemos lo que hemos dicho sobre el creciente interés por todas las cosas visibles. Quizá encontremos una confirmación. Esta escena, recordada durante tantos años, muestra que la niña prestaba mucha atención a los objetos visibles, aunque luego resulte que los detalles recordados no son ciertos. Los extremos de la belleza y la fealdad llamaban la atención de esta muchacha.

*Lina recibió un álbum de estampas y un sombrero rojo. Yo le preparé a mi muñeca una cama en el sofá. Antes de dormirme me levanté y fui a ver si estaba cómoda.*

<!-- p. 53 -->

*Fui a ver* confirma nuestra suposición.

*La Navidad siguiente, Milli, una amiga mía, me aconsejó que sorprendiera a mis padres y a Lina con felicitaciones escritas. Compré papel de cartas de los que se usan para eso, adornado con oro y ángeles.*

Advertimos las aptitudes de esta muchacha para las artes decorativas. Si se nos preguntara para qué profesión sería apta, responderíamos que se ha entrenado en la dirección del dibujo. Un orientador profesional tendría que tener presente este hecho. (Modista o dibujante de figurines.)

«¿Qué profesión me aconseja?» es una pregunta que se hace a menudo a los psicólogos. Muchos jóvenes saben muy bien lo que querrían hacer; se han preparado, consciente o inconscientemente, para alguna ocupación. A los parientes les gusta suponer que se trata de una elección instintiva. No es así. La elección de una profesión nace de las influencias de la infancia, a veces de influencias sentidas en la primera infancia, y el llamado instinto es un entrenamiento manifiesto para la futura vocación.

Tenemos que contar con más dificultades en los casos en que no hay ninguna inclinación predominante y, evidentemente, ningún talento. Ante todo, es muy probable que estas personas estén mucho más alejadas de la cuestión del trabajo, y le sean bastante más hostiles, <!-- p. 54 --> que las que se han preparado de algún modo. Han evitado tomar una decisión sobre el problema del trabajo (uno de los grandes problemas sociales, como sabemos). Lo han apartado de momento, como si pudiera despacharse de una vez por todas con semejante maniobra. Esta táctica nos recuerda un poco al avestruz, que mete la cabeza en la arena cuando hay peligro, creyendo que nadie lo ve porque él no ve a nadie. Estos niños, o están profundamente desalentados, o han estado demasiado cómodos para preocuparse por la cuestión de la ocupación, lo que viene a ser más o menos lo mismo.

Para decidir para qué profesión es más apto un joven, hay que sacar las conclusiones necesarias de su historia de vida, de sus recuerdos, de las declaraciones de los distintos miembros de la familia y de su propia conducta. Será fácil reconocer de qué ambiente procede, y podrá entonces determinarse en qué ambiente encaja; a qué tipo sensorial pertenece (visual, auditivo, motor); cuál es su actitud general ante la vida; qué le gustaba hacer y qué hacía realmente de niño pequeño; y así sucesivamente. Cuando se ha formado una imagen clara del joven, de sus rasgos de carácter y de sus afanes compensatorios, suele ser fácil, con ayuda de nuestra experiencia individualpsicológica, encontrar la ocupación que mejor se ajusta al patrón de esa personalidad.

*Milli tenía un librito lleno de felicitaciones de Navidad.* <!-- p. 55 --> *Me escogió tres de las más cortas y se dispuso a ayudarme a copiarlas.*

Esta muchacha es capaz de contacto social.

*Aunque me deletreaba cada palabra, eché a perder muchísimas hojas. Una y otra vez tuve que bajar corriendo a buscar papel nuevo. Me esforcé al máximo y me alegré cuando por fin terminé la carta. Estaba llena de faltas, pero mis padres y Lina disfrutaron muchísimo con ella.*

Ya ven cómo uno se siente inducido a ayudar a esta niña a salir adelante, cuánto la quieren. La niña está acostumbrada a que la favorezcan. Podemos predecir que, cuando por fin se vea ante una situación difícil, reaccionará con violencia; soportará la desgracia con menos entereza que su hermanastra Lina. Es como una planta de invernadero. Cuando esté en una posición menos resguardada y se encuentre en una situación en la que tenga que dar y no solo tomar, se derrumbará.

*En cuanto supe escribir correctamente, compuse largas cartas a Santa Claus, toda una lista de cosas que quería, escritas en un tono muy cariñoso.*

Se confirma nuestra suposición de la actitud expectante. Su actitud en la vida consiste en esperarlo todo de los demás y dar a cambio lo menos posible.

*Me imaginaba que Santa Claus bajaba del* <!-- p. 56 --> *cielo por una larga escalera apoyada en el fin del mundo, para comprar regalos en las tiendas de Navidad. Me lo figuraba con todo detalle.*

Tipo visual.

*El día del Corpus Christi era una fiesta casi tan importante como el día de Navidad. Una vez papá hizo un donativo para que yo pudiera ir bajo un palio pequeño, vestida de angelito.*

Sentido de las fiestas.

*La noche anterior apenas pude dormir.*

La angustia que precede a las decisiones o a los acontecimientos insólitos va en aumento.

*A eso de las cinco ya estaba despierta y me asomé a la ventana para ver si hacía buen tiempo. Cuando oí los martillazos con que se sujetaban los arbolitos y vi las flores esparcidas por los caminos, me puse loca de alegría. A las ocho y media papá me llevó al lugar de reunión de la procesión. Llevaba un traje de ángel con corona y alas. Luego me pusieron bajo mi palio pequeño y me dejaron llevar una imagen de la Santísima Virgen.*

Estos recuerdos muestran el interés de la muchacha por la belleza exterior.

*Tuvimos que esperar bastante. Hacía bastante fresco, así que papá me trajo té caliente de un café* <!-- p. 57 --> *vecino. Mis alas, hechas de plumas de ganso, se volvieron tan pesadas que papá tuvo que quitármelas. Así que fui trotando, con una corona en la cabeza, bajo el palio rojo que llevaban cuatro niñas vestidas de blanco. Cuando llegamos cerca de nuestra casa, estaba demasiado orgullosa para levantar la vista hacia nuestras ventanas. Me imaginaba que era casi un ángel.*

La niña se identifica con un ángel hasta tal punto que le parece humillante tener que vivir en una casa tan pobre.

*Papá iba por la acera, con las alas en la mano.*

La relación de la muchacha con su padre significa que lo domina.

*Me gustaba ir a la iglesia y nunca dejaba de santiguarme cuando pasaba por delante de una. Pero cuando pasaba ante una iglesia en el tranvía, o estaba casualmente con otras niñas que sabía que no se santiguarían, me daba miedo mostrar mi devoción y luchaba conmigo misma sobre si debía santiguarme o no.*

Los niños dependen por naturaleza de las opiniones de otras personas y de los mayores. Aprenden de sus padres la interpretación que estos dan del mundo y tienen que creerla hasta que pueden o quieren pensar lo bastante por sí mismos para corregirla. La sugestión de <!-- p. 58 --> masas actúa también un poco en este sentido. Un individuo en una masa ya no obra como obraría si estuviera completamente solo; recae en un estado infantil en el que acepta y sigue crédulamente las declaraciones de personas supuestamente más experimentadas, más doctas. En una masa, cada individuo procura convertirse en parte de un todo unificado.

El concepto de «masa» implica que no todos hacen lo que quieren, que cada uno aparta lo que desune y aspira a lo que une. Quien lanza una consigna a la que los demás son sensibles crea unidad. Hay que tener en cuenta la sugestión de masas. No es cierto que el individuo en una masa obre según su propia opinión; todos los individuos forman una corriente que procura fluir por un solo cauce. Y la tarea suprema de una masa pasa a ser obrar de manera homogénea y sin examen detenido.

*Si me olvidaba de santiguarme, me remordía la conciencia. Tenía miedo de que me castigaran con accidentes.*

Lucha por lo que le ha inculcado la tradición, es decir, por la conservación de su personalidad individual. Los remordimientos de conciencia son un intento de rechazar la sugestión de masas.

*Era de una exactitud penosa en mis confesiones. Rebuscaba en los viejos devocionarios de papá y apuntaba muchísimos pecados que nunca había* <!-- p. 59 --> *cometido, y luego [¿exploraba mi memoria?] en busca de más pecados.*

Lo encontramos a menudo. Quiere jactarse de muchos pecados.

*Luego le preguntaba a papá si sabía algunos pecados más y si era pecado padecer de flatulencia. Me costaba mucho la lista de pecados que había que entregar al sacerdote, y que se alargaba enormemente. Como me avergonzaba de tener tantos pecados delante de los demás niños, empecé a escribir con una letra tan pequeña y apretada que, cuando estaba en el confesionario, apenas podía descifrar lo que había escrito.*

En [¿realidad?], tales jactancias suelen [¿corregirse?] solas. Sabe mucho, pero no sabe sacarle provecho.

*En Pascua, cuando estaba en cuarto curso, hice la primera comunión. Aquel día me sentía muy rara, completamente distinta de los demás días; tan santa, podría decir. Casi no me atrevía a moverme, porque había comido a Cristo. Me parecía que mi amiga Olga era indigna, porque no se lo había tomado tan en serio como yo.*

Quiere estar en las filas de los más altos.

*Los cuentos de Las mil y una noches me gustaban muchísimo. Papá y Lina me los leían antes de que yo supiera leer. Cuando oí la historia del mercader y el genio, en la que el mercader mata al genio con un hueso de dátil,[^t4-3] le pedí a papá algo de dinero y* <!-- p. 60 --> *compré dátiles. Luego me senté en un rincón, tiré los huesos al aire y me imaginé que había matado a un montón de genios.*

Estas cosas ocurren cuando un niño tiene unos ocho años. Un niño creyó una vez que alguien quería matarlo y devorarlo. Algunas personas habían hecho comentarios estúpidos. El niño se lo creyó todavía más cuando lo mandaron a una casa para que lo «cebaran»; pensó que allí lo matarían.

*Nunca me gustó comer....*

Niña mimada y en lucha. Las personas que la rodean dan mucha importancia a la comida. Donde se da mucha importancia a la limpieza, el niño se vuelve sucio; cuando se sobrevalora la función digestiva, surgen dificultades en la elección de los alimentos o en la defecación. Es recomendable que los niños no adviertan nunca una sobrevaloración de las funciones naturales.

*Me abría el apetito pensando en cuentos en los que se servían banquetes suntuosos. O cuando tenía que comer arroz, por ejemplo, me imaginaba a una bruja malvada que, con la figura de una mujer hermosa, solo comía unos pocos granos, pero que por la noche devoraba en secreto los cadáveres de las tumbas. Así me comía el arroz grano a grano.*

Fíjense en cómo se identifica esta muchacha con cada <!-- p. 61 --> uno de los personajes de los cuentos. Con el tiempo podría haber llegado a ser actriz.

*Cuando comíamos chuleta, me imaginaba —era invención mía— que el tenedor era una mujer y el bocado pinchado en él su sombrero; luego hacía que el bocado-sombrero sobre la mujer-tenedor diera varias vueltas al plato y después me lo comía.*

Son las conocidas payasadas de los niños. Siempre tienen que oír: «¡Come, que si no, no crecerás!». Ven claramente qué importancia tiene para los adultos que ellos (los niños) coman bien. Un niño que se siente inferior u oprimido —y solo a un niño así se le ocurre protestar— difícilmente encontrará mejor manera de manifestar una superioridad aparente que no ceder a las exigencias y órdenes de los adultos o, como aquí, reírse de ellas. Sobre todo cuando la protesta aparece tan hábilmente velada como en el juego de esta niña con la comida, los padres se quedan del todo impotentes si no ven el truco. La niña triunfa y pasa a nuevas estratagemas.

*Cuando bebía, me imaginaba a menudo que estaba en un desierto. Todos los demás se morían de sed y se chupaban la sangre unos a otros....*

Habla en varias ocasiones de cosas que podrían llamarse crueles. Los niños son a menudo crueles sin <!-- p. 62 --> darle importancia. ¿Quién no ha atormentado de niño a un animal? No por atormentarlo, sino por pura curiosidad. ¿Qué hará una mosca si le arranco las alas? ¿Cómo son en realidad las alas? A los niños no se les suele ocurrir que causan dolor a la mosca; ellos mismos no sienten ningún dolor.

Cuando la crueldad es consciente e intencionada como tal, sirve, como en el caso de la protesta masculina, de medio para conseguir el propio objetivo por la fuerza o para darse la impresión de un poder singular. Un niño puede entrenarse en la crueldad o la barbarie para endurecerse y sentirse así varonil, o utiliza esa dureza de corazón como espantajo, como amenaza o instrumento de opresión, pero siempre con la misma meta de elevarse a costa de otro. Las ensoñaciones de salvajismo son, o bien una preparación mental, un entrenamiento, por así decir, para el acto, o bien un débil sucedáneo de la cobardía. No debe entenderse esto como un elogio de la crueldad. Las personas valerosas no necesitan fantasías crueles.

A veces las fantasías de actos crueles van unidas a la excitación sexual, pero creemos que es un desatino generalizar concluyendo que la crueldad tiene un origen sexual. Los niños en quienes la emoción del miedo está unida a la emoción sexual pertenecen a un tipo especial, pero no todo niño es capaz de producir un impulso sexual mediante el miedo.

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*Me imaginaba que era la única que aún tenía algo de agua. Entonces disfrutaba de lo lindo bebiéndome una botella entera sorbo a sorbo.*

Cumple las exigencias habituales de la vida social solo con ciertas condiciones.

*Para que la comida me supiera mejor, también me gustaba pensar que había estallado una hambruna y que yo era la única que todavía tenía provisiones.*

No deberíamos asombrarnos si oyéramos que había llegado el diluvio y que ella era el único ser humano que se había salvado. La leyenda del diluvio tuvo probablemente su origen en una ocurrencia parecida.

*Me encantaban los higos porque se mencionan en Las mil y una noches.*

Es una causalidad falaz. Convierte deliberadamente algo en causa y deja que se sigan las consecuencias que sirven a su propósito: comerse los higos.

*Nunca me gustaron las patatas.*

No nos sorprendería que escribiera: «porque no se habla de ellas en Las mil y una noches».

*Cuando aprendimos en la escuela cómo se habían descubierto las patatas y cómo al principio se preparaban mal —no se sabía entonces que solo eran comestibles las raíces—, le pedí a mamá que me cociera unas cuantas* <!-- p. 64 --> *y me imaginé que las había descubierto yo y que nadie más sabía cómo prepararlas.*

Afán de ser única.

*Mamá me preparaba bocadillos para llevármelos a la escuela; a veces también llevaba chocolate. Pero rara vez tocaba el almuerzo. O regalaba los bocadillos o me los volvía a llevar a casa. Sentía aversión por los demás niños, por su pelo, por su olor.*

Es lo que cabe esperar de este tipo de niña mimada. En los parques se ven a menudo niños que hacen gestos para apartar a los demás. Eso significa la exclusión de los otros. Semejante gesto indica una niña mimada que rehúye a los extraños y solo quiere estar con los miembros conocidos y complacientes de su familia.

*Y a menudo me preguntaba cómo podían comer nada en aquel ambiente maloliente.*

Su altanería aumenta.

*Siguiendo el ejemplo de papá, adquirí la costumbre de leer mientras comía.*

Semejante observación, en boca de una muchacha que nunca ha oído hablar de la psicología individual, significa mucho más de lo que nuestros sabios son capaces de sacar de ella. Le desagrada su papel femenino. Imita los modales de su padre, con lo <!-- p. 65 --> que quiere expresar que preferiría ser un hombre como él.

*Lo que más me gustaba era leer algún cuento, como «Juan el Fuerte»,[^t4-4] que tiene que abrirse paso comiendo a través de una montaña de manjares durante siete años. Todavía hoy la comida me sabe mucho mejor cuando leo mientras como.*

Teniendo en cuenta su capacidad de identificarse con otro, podemos decir que se identifica con «Juan el Fuerte». Otra vez un muchacho.

*Un día papá me contó que su antigua prometida, Genoveva, tomaba el café sin azúcar. Así que yo hice lo mismo. Mamá se ponía un terrón de azúcar en la boca cuando tomaba el café. También eso lo imité.*

Todavía no se ha decidido. Todavía vacila. Este será un punto significativo de su desarrollo. Sabe que es una niña y que no puede convertirse en un niño. Aunque en sus recuerdos se expresa a menudo el anhelo de ser como un hombre, se advierte igualmente una lucha por reprimir ese anhelo, por resignarse al papel femenino y adaptarse a él.

*El café tenía que ser muy oscuro; la leche me horrorizaba.*

Esta repugnancia por la leche procede de la época en que los niños empiezan a protestar contra la alimentación monótona. A todos los niños se les sobrealimenta con leche; quieren liberarse de una restricción <!-- p. 66 --> odiada. La comida que se da a los niños debe ser variada; no hay que alimentarlos solo con leche.

*Si en una fiesta infantil nos servían café dulce con mucha leche, me daban ganas de vomitar.*

Oímos hablar bastante de la comida, lo que permite suponer una inferioridad orgánica del aparato digestivo. La experiencia nos ha enseñado que los recuerdos que se conservan durante muchos años y permanecen especialmente claros apuntan a menudo a deficiencias corporales, adquiridas o congénitas. En un capítulo anterior aludimos al hecho de que son significativamente claros los recuerdos que encajan en el estilo de vida del individuo y que, por eso, permiten al terapeuta sacar de ellos ciertas deducciones sobre el estilo de vida. Pero cuando se nos cuentan recuerdos que, directa o indirectamente, llaman una y otra vez la atención sobre un órgano determinado del cuerpo, podemos concluir que ese órgano no funciona normalmente ahora o no funcionó normalmente en algún momento anterior. Cuando los recuerdos se ocupan principalmente de la comida o los alimentos, dan a entender una debilidad del aparato digestivo. A veces puede probarse con hechos; a veces la compensación empezó en una época en que el niño pequeño aún no sabía formar las palabras y las frases con las que recordar imágenes o impresiones; o el defecto de funcionamiento era muy leve y la compensación iniciada <!-- p. 67 --> por el cuerpo avanzó con tanta rapidez y eficacia que solo quedaron en la memoria asociaciones indirectas. Pero siempre han sido dificultades, y los intentos de compensarlas se han grabado en la memoria y pueden rastrearse en los recuerdos intencionados de nuestros pacientes.

*Mi digestión me daba muchos problemas. Siempre estaba estreñida. Lo que más odiaba eran las lavativas y los supositorios.*

Los niños mimados tienen a menudo dificultades con las funciones más simples.

*A veces me pasaba una hora sentada en el retrete y no conseguía hacer de vientre. Y cuando por fin había algún resultado, papá se alegraba mucho. Un día me iban a poner una lavativa. Justo entonces nos visitaban unos amigos de mis padres, entre ellos un amigo de papá, un capitán retirado. Yo me negué en redondo a que me metieran el tubo de goma. Mamá no sabía qué hacer. El capitán, que todo lo sabía mejor, entró y le dijo a mi madre: «No lo está haciendo usted bien; hay que hacerlo así»...., y de repente el tubo de goma se soltó y el agua le dio de lleno en la cara.... De vez en cuando encontraba manchas rojas en la cama de mamá o en su camisón.*

Interés por lo visible.

*Cuando le pregunté: «Mamá, ¿por qué sangras por* <!-- p. 68 --> *detrás?», me respondió que tenía almorranas, de las que de hecho padecía a veces. Entonces me deslicé hasta el asiento donde se había sentado mamá y lo olfateé por todas partes. Muy pronto conocí ese olor tan bien que podía detectarlo en cualquier mujer.*

Un buen olfato puede indicar una inferioridad orgánica, pero sería un error suponer que solo el funcionamiento deficiente de un órgano indica un defecto. El funcionamiento excesivo es igualmente una inferioridad y puede dar lugar exactamente a las mismas dificultades que cuando el órgano funciona mal. Funcionamiento normal significa ni demasiado ni demasiado poco. Un hiperfuncionamiento del sentido del olfato conduciría, en nuestra cultura actual, a los mismos resultados desastrosos que cuatro manos en lugar de dos manos y dos pies.

*También intentaba olerme el cuerpo con tanta fuerza que a menudo me daba dolor de cabeza. Mi mayor placer era frotar retales de seda uno contra otro hasta que se calentaban y desprendían un olor peculiar. A veces llamaba a mi amiga Olga para que me ayudara. Nos sentábamos en algún rincón, frotando y olfateando.*

Facultad olfativa pronunciada. La misma tendencia que muestra en cuanto a investigar las cosas del espíritu.

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*Fui al teatro por primera vez a los cuatro años, a ver «El gato con botas». Los demás niños se reían a carcajadas. Yo estaba sentada mirando y escuchando con expresión seria. Mis padres me preguntaron si me gustaba o no. Al parecer, habrían preferido verme reír tan fuerte como los demás. Parecían decepcionados porque no movía un músculo de la cara ni daba señal alguna de agrado o desagrado.*

¡La futura gran dama!

*Su curiosidad me molestaba. De camino a casa insistieron en que les dijera por qué había mirado tan taciturna como si viera una tragedia. No contesté. Pero al día siguiente recité el argumento de toda la obra. Todos se quedaron asombrados. Solo entonces comprendieron la honda impresión que me había causado la obra.*

Hemos dicho que esta muchacha quizá vaya camino de ser actriz. La obra le causó una impresión imborrable.

*Venía a casa un barón sueco pobre. Había tenido que abandonar su país a causa de un duelo en el que había matado a su adversario. Se había hecho operador de proyector cinematográfico en un teatro. Una vez por semana nos invitaba al cine. Lo esperábamos después de la función y luego cenábamos juntos. Papá pedía chuleta de ternera con* <!-- p. 70 --> *patatas fritas y vino tinto. En un restaurante yo comía con mucho apetito.*

Las personas más remilgadas se lo comen todo en un restaurante. Nuestra suposición es correcta. Las dificultades al comer nacen del deseo de crear dificultades.

*Toda la semana esperaba con alegría aquella velada.*

Podíamos haber previsto que esta niña se interesaría por el cine.

*Cuando el barón recibía dinero de los suyos, nos invitaba a todos. Todo el mundo bebía mucho vino y todo el grupo acababa borracho. Solo yo seguía sobria, lo que me hacía sentirme tan sola que lloraba.*

Cada uno estaba ocupado con su alegría, pero no con ella.

*Más tarde íbamos a menudo a un restaurante en un edificio en el que también había variedades. Siempre nos sentábamos en el comedor. Yo no lo aguantaba allí mucho tiempo, así que me escabullía sola al espectáculo de variedades, me ponía junto a la orquesta y escuchaba. Cuando los camareros me echaban, salía por una puerta y volvía a entrar por otra. Y si no había manera de entrar, miraba por una rendija de la puerta. En los entreactos me colaba y ocupaba uno de los asientos vacíos.*

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Quisiera decir una palabra sobre la asistencia de los niños a tales espectáculos. Cuando yo tenía dos años, mis padres me llevaron a oír a unos cantantes de canciones populares. Oí cosas buenas y malas. Vi algunas operetas a los cinco o seis años. ¿Quién sabe qué habría sido de mí si no me hubieran llevado? Espero que se aprecie mi capacidad de resistencia, ya que tuve que nadar por aguas tan turbias. Estas cosas no son tan perjudiciales como parecen; la angustia de los padres es exagerada. No se debe llevar a los niños a espectáculos espeluznantes. Hay que conservar y fortalecer el valor social. Pero no está justificado prohibirles ver una pieza cómica.... Uno de mis recuerdos más antiguos es este: mis padres tuvieron que marcharse y dejarnos a mí y a mi hermano mayor al cuidado de nuestra institutriz. Cuando mi padre volvió, lo recibió un espectáculo extraño. Yo estaba de pie sobre la mesa, cantando a voz en grito una canción popular sobre una mujer a la que angustiaba ver un pollo degollado; incluso recalcaba que le sangraba el corazón. El estribillo de la canción, sin embargo, contaba cómo esta mujer, a pesar de su compasión por los animales sacrificados, le tiraba cacharros a su pobre marido. De este recuerdo infantil deduzco un temprano interés por averiguar cómo hasta las contradicciones pueden unirse en un mismo patrón.

*Los espectáculos me causaban un gran placer. Me* <!-- p. 72 --> *ardían las mejillas. Escuchaba atentamente cada palabra. Pero no soportaba a los cómicos.*

No nos sorprendería que llegara a ser actriz de cine.

*Siempre me gustaron los animales.*

Es un rasgo común entre los niños que quieren dominar. Apenas hay en el mundo nada más obediente que un perro o un conejo. Incluso los niños que evitan el contacto social porque sienten amenazada su superioridad pueden ser dulces con los animales. No se debe negar a los niños el trato con animales. Pero el verdadero motivo de esta preferencia es el sentimiento de superioridad.

*Nunca los atormentaba. Solo una vez corté una chinche por la mitad. Luego corrí a preguntarle a mi padre si era pecado.*

Quiere ser la más piadosa de todos.

*Tenía un conejito. Lo había entrenado para que viniera saltando hacia mí cuando lo llamaba. Una vez me mordió. Le di unos azotitos y decidí no mirarlo en todo el día.*

Castigo cruel.

*Pero en cuanto me lo quité del regazo,[^t4-5] lo volví a llamar, lo perdoné, lo besé y lloré* <!-- p. 73 --> *pensando que se había olvidado de sí mismo hasta el punto de morderme.*

Sentimiento de grandeza.

*Me gustaba jugar con su colita, o me sentaba con él en el sofá, tocaba el piano con sus patas y cantaba una canción.*

¡Para lo que sirven los conejos!

*Nadie más podía acercarse a él. Me encantaba rascarle suavemente el hocico con dos dedos. Se quedaba muy quieto. Parecía sentarle bien. Al cabo de un tiempo le había arrancado a fuerza de rascar todo el pelo de alrededor del hocico.*

Si en casos complicados surge la pregunta de cómo puede ocurrírsele a alguien la idea de dominar mediante el miedo, la respuesta es que la persona no tiene la idea conscientemente, pero obra en consecuencia. En algún momento ha observado, y ha retenido de esa observación una fuerte impresión inconsciente, que es posible dominar mediante el miedo. De manera muy parecida, la muchacha descubre por casualidad que hay que rascar a los conejos en el hocico para agradarles y hacerlos obedientes. El origen de los síntomas nerviosos es tan poco milagroso como su descubrimiento.

*Nuestro huésped me regaló un ratón bailarín americano.*

<!-- p. 74 -->

Amor a los animales.

*Más tarde el huésped me regaló un erizo que erizaba las púas cuando me acercaba. Pensé: este animal es antipático, no hace más que pincharme. No me gusta.*

No todos los animales son obedientes.

*Un día entró volando por nuestra ventana un pajarito. Era una canaria y tenía una pata herida. Le compramos una jaula y la cuidamos. Luego puso un huevo y lo empolló, fenómeno que me resultaba muy enigmático. Me encantó el pajarito diminuto y desnudo. Pero el pájaro viejo dejó morir de hambre al pequeño. Metí el cadáver en una caja y la caja debajo del sofá. Cuando empezó a oler, lo enterré en el patio.*

Hace de todo una ceremonia pomposa.

*Me encantaban las mariquitas. Cuando encontraba una, cogía una caja, le hacía unos agujeros, cubría el fondo con algodón, ponía encima una hoja fresca y colocaba la mariquita con cuidado sobre la hoja. Podía jugar con ella horas y horas. Y cuando se iba volando me echaba a llorar y nadie podía consolarme.*

Esta muchacha busca una manera de sentir plenamente su superioridad.

[^t4-1]: Así en la versión inglesa. La señorita R. es vienesa, y en la Viena de la época los regalos de Navidad los traía el *Christkind* (el Niño Jesús), al que probablemente se refería el original alemán; se conserva el nombre que da la traducción inglesa. (N. del T.)

[^t4-2]: «Manera de hablar», en latín. (N. del T.)

[^t4-3]: Alusión al primer cuento de *Las mil y una noches*, «El mercader y el genio», en el que el mercader, al tirar los huesos de los dátiles que come, mata sin querer al hijo de un genio. La traducción inglesa dice *ghost* («fantasma»). (N. del T.)

[^t4-4]: En inglés, *Strong Hans*; en alemán, probablemente *Der starke Hans*. Abrirse paso comiendo a través de una montaña de manjares es el motivo del país de Jauja (*Schlaraffenland*) de los cuentos populares alemanes. (N. del T.)

[^t4-5]: El impreso dice *then* por *than* («no sooner had I taken him off my lap then I called him back»), errata evidente. (N. del T.)

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## V. La manía de los celos

*Nuestro huésped solía acompañarnos cuando salíamos de excursión. Un día se quedó en casa. Mamá estaba muy enfadada; papá lo notó enseguida. Camino de la parada del tranvía empezaron a discutir.*

Ya a edad temprana esta muchacha toma conciencia de los celos en la familia. Siente que su padre no está contento cuando su madre se interesa por otros hombres. Los celos son una falta de confianza en uno mismo y representan un intento de ganar poder sobre la persona de la que uno está celoso. La víctima de los celos nunca se da cuenta de que, recurriendo a tales medios, establece a lo sumo una apariencia de poder y, con más frecuencia, ejerce una tiranía insoportable que se venga del tirano con tanta seguridad como que dos y dos son cuatro. Los celos se consideran popularmente un sentimiento instintivo. Creer que un sentimiento tan complicado como los celos es innato es un error. Aceptar tales rasgos como características innatas, heredadas o instintivas libera a uno de la responsabilidad personal por las consecuencias que resultan de su manifestación. Es decir, <!-- p. 76 --> un acto tan estúpido puede justificarse mucho más fácilmente cuando uno puede achacar ese rasgo de carácter a una herencia. De lo contrario, tendría que asumir toda la responsabilidad de lo que ha hecho. Los casos de celos gravemente neuróticos nos han mostrado con claridad que los celos no son más que un mecanismo de combate para preservar el propio prestigio. Es un combate asistido por el sentimiento, y lo repetimos: los sentimientos no son argumentos.

Dada la difusión general de este rasgo perturbador, dedicaré unas palabras más al asunto. Una persona celosa busca siempre pruebas de su propia influencia y experimenta con todas las situaciones posibles para probar esa influencia. La insaciabilidad con que una persona celosa pone a prueba a otra apunta claramente a su propia falta de confianza en sí misma, a su mínima estima de sí y a su inseguridad. Es fácil ver entonces cómo su afán celoso le sirve para ponerse en primer plano, para atraer la atención sobre sí y para aumentar su valor a sus propios ojos.

Un individuo celoso está siempre dispuesto a creer que se le ha contrariado o se le ha dejado de lado. Un desdichado así vuelve enseguida a su estado infantil de quererlo todo. Comete el error de intentar recuperar su posición superior respecto a su pareja. Hay individuos que no pueden soportar que se les retire una fracción de atención <!-- p. 77 --> y que no toleran que su pareja lea un libro o un periódico en su presencia. Una mirada, una conversación en sociedad, una palabra de agradecimiento por una cortesía, una muestra de interés por el cuadro de otro, por un escritor o incluso por un pariente, pueden provocar, en los casos graves, violentos arrebatos de celos. Parece ridículo que una esposa se indigne porque su marido se adelanta caminando con otra persona, o porque en una reunión habla con alguien en lugar de dedicarse exclusivamente a ella. Tales casos son frecuentes. Otras personas no pueden tolerar que su pareja elogie a otro. La observación habitual es: «¿Y cómo puedes ocuparte de semejante idiota?».

En muchos casos parece como si la desdichada víctima de los celos no pudiera encontrar paz porque no se siente personalmente lo bastante segura para confiar en una felicidad tranquila. Se aprovecha toda ocasión posible para nuevos arrebatos de celos destinados a atar más estrechamente a la pareja, a despertar compasión, a castigar al otro o a dictar normas. Lo que se acepta como celos corrientes se agrava en tales casos hasta convertirse en una neurosis grave, y termina pasando a lo que podría llamarse una manía de celos. Hay que señalar que el principio es siempre el mismo, y que la única diferencia entre unos casos y otros es cuantitativa.

Los ataques de celos van acompañados a veces de llanto histérico, de angustia nerviosa o de depresión, que se vuelven transparentes en cuanto observamos el efecto. <!-- p. 78 --> O los celos se expresan en juramentos, o en una condena del otro sexo in toto, lo cual es indicio de un avance mayor del efecto de los celos, a saber, una preparación para la completa degradación del sexo opuesto. Con frecuencia el orgullo impide que los celos lleguen a la conciencia, pero la conducta sigue siendo la misma.

En muchos casos, a su vez, los celos se agravan porque la pareja reacciona ante el desamparo del celoso con una suficiencia inconsciente. La persona suficiente funda a su vez su sentimiento de superioridad en la evidente debilidad de su pareja celosa y, en consecuencia, no emplea el tono de voz adecuado ni adopta una actitud lo bastante delicada para frenar el creciente sentimiento de celos del otro. Los celos en relación con los hijos conducen a menudo a los más graves desaciertos pedagógicos. Un rasgo de carácter tan generalizado, y sus desarrollos, nos hacen ver con fuerza cómo envenenamos nuestra vida y nuestras relaciones con los demás por los motivos más triviales, y cómo todo esto sería del todo innecesario si estuviéramos dispuestos a asumir la responsabilidad de nuestros actos en mayor medida de lo que hoy se nos enseña. Reanudemos nuestra historia.

*«Estás enfadada porque el huésped no ha venido con nosotros».*

Aquí parece comenzar una pelea conyugal.

<!-- p. 79 -->

*«¡Cállate!».*

Suena como una petición modesta, y la mayoría de las personas que no piden más que tranquilidad creen que exigen poco. Pero no se dan cuenta de que, en realidad, exigen muchísimo. Vivir significa inquietud, desasosiego. Cuando exijo tranquilidad, eso significa que dicto leyes para la conducta de los demás. Puede sonar modesto, pero es un grito de guerra.

*«¡Ve a buscarlo! O quédate en casa si quieres. Puedes vivir con él; ¡no seré yo quien te lo impida! Si no fuera por la niña, te habría dejado hace mucho».*

Vemos a la niña en medio de una escena conyugal. Sabe muy bien de qué se trata. Recibe impresiones de la vida matrimonial. Como recordarán, encontramos en esta muchacha algunos rasgos que nos hacían temer por su futuro. No cabe duda de que tales escenas influyen en un niño al darle una imagen del matrimonio todo lo gráfica posible. Es muy lamentable que conozcamos el problema del matrimonio a través del matrimonio de nuestros padres. Por eso los niños quieren a menudo evitar el matrimonio, porque se les aparece como un problema difícil; o bien se proponen tener un matrimonio modelo. Ambos propósitos los llevan a innumerables penalidades.

*«¿Qué puedes ofrecerme tú? ¡Ni siquiera un par de medias! <!-- p. 80 --> ¡Tacaño! ¡Vaya vida! ¡Debiste quedarte con tu Genevieve!».*

Genevieve había sido una persona importante en la vida pasada del hombre.

*Y empezaron a gritarse el uno al otro.*

Quiero plantearles esta pregunta: una niña mimada se convierte en testigo involuntario de una pelea entre sus padres. Está acostumbrada a ocupar el centro de la escena. ¿Qué hace cuando se siente excluida? Tiene que intervenir.

*Lloré e intenté reconciliar a papá y a mamá. La pelea fue horrible para mí.*

Eso suena bienintencionado. Nos parece que fue horrible para ella porque no desempeñaba ningún papel en la discusión, porque era un puro don nadie.

*Temblando de pies a cabeza* (en una situación así nunca se hace bastante) *subí con ellos al tranvía. Papá ponía cara hosca; mamá estaba furiosa.*

Solo por esta escena podemos deducir que su padre debía de ser un hombre apocado. Un tirano no se comporta así. Su madre era una mujer que no se mostraba en absoluto débil. Sabía pedir cuentas a su marido.

*Mamá llevaba un gran sombrero de paja que, según la moda de entonces, se sostenía bastante alto sobre la cabeza.* <!-- p. 81 --> *Íbamos sentados en un coche abierto y, mientras el tranvía iba deprisa, vino de repente una ráfaga de viento que le arrancó el sombrero y se lo llevó fuera del coche. Papá, que seguía hirviendo de rabia, saltó del coche en la dirección equivocada y cayó cuan largo era. Mamá y yo nos aterramos; los pasajeros se levantaron de un salto de sus asientos; el cobrador dio la señal; el coche se detuvo. Unas personas que pasaban por la calle ayudaron a papá a levantarse y le preguntaron si se había hecho daño. Estaba pálido como un muerto y apenas podía contestar. El cobrador soltó un juramento. Mamá no dejaba de decir: «¡Dios mío, qué me importa a mí ese sombrero tonto! ¿Cómo puedes hacer una cosa así?».*

Cuando uno hierve de rabia no debería saltar de un tranvía en marcha. Es fácil sufrir un accidente si uno está preocupado por otra cosa. No estamos entrenados para hacer más de una cosa a la vez; dos son demasiadas.

*Yo sabía muy bien que papá no se habría caído de bruces si no hubieran discutido. Pero me alegré de que saliera solo con unas cuantas magulladuras.*

Ahora viene una observación que solo puede comprenderse aplicando el método de la psicología individual.

*El revuelo que causamos me resultó muy penoso. Toda la gente nos miraba.*

A la luz de lo que sabemos de la personalidad de la muchacha, <!-- p. 82 --> comprendemos que le desagrada esa clase de situaciones. Eso parece contradecir nuestra afirmación de que se esfuerza continuamente por ser el centro de la atención. Solo quiere ser el blanco de todas las miradas, desde luego, cuando está segura de causar una impresión favorable. Con la misma intensidad con que los neuróticos quieren causar buena impresión, temen cualquier situación en la que puedan aparecer de manera desfavorable. Uno de los problemas importantes de la mayoría de los neuróticos es: ¿qué aspecto tengo?, ¿qué piensan de mí?

Por el hecho de que esta muchacha, después de tantos años, recuerde sus sentimientos en la situación humillante en la que creyó haber caído, podemos juzgar lo penosa que debió de ser la emoción que despertó en ella la atención general concentrada sobre su persona. Pero, con todo, era atención.

*Llegó un policía y anotó el nombre y la dirección de papá. Cuando volvimos a sentarnos en el tranvía, le cogí del brazo y ya no me aparté de su lado.*

Vuelve a estar en el agradable centro.

*Yo estaba furiosa con el huésped. «Por culpa de ese maldito idiota», exclamé, «siempre hay peleas. ¡Que se lo lleve el diablo!».*

Creo que hemos aprendido de incidentes anteriores de la historia de esta muchacha que, incluso en un estado que <!-- p. 83 --> puede considerarse sano, no se arredra ante las invectivas fuertes. No nos sorprenderá, pues, que emplee un lenguaje injurioso cuando se encuentre en un estado gravemente neurótico.

*Desde entonces nunca quise salir de excursión con mis padres. Siempre tenía miedo de que papá se las arreglara para hacer algo que no tuviera remedio.*

Vemos que la sensación desagradable y el hecho de haber quedado en segundo plano tuvieron sobre ella un efecto perjudicial.

*Hasta donde alcanzo a recordar en mi vida, mis padres se peleaban siempre.*

Eso no es del todo exacto, pero, puesto que su recuerdo lo subraya con tanta fuerza, sospechamos que tendrá dificultades en sus propias relaciones amorosas futuras. Vacilará, se retirará o intentará huir. Sobre la huida hay algo que decir. No creemos que una neurosis sea una enfermedad per se, sino que la consideramos un modo de vivir equivocado. Por tanto, no podemos refugiarnos en lo que no existe. No tengo nada que objetar al uso de los términos «dolencia» o «enfermedad» como expresiones figuradas, pero el mecanismo es distinto. Nunca hay que perder de vista que un ser humano no es responsable de una enfermedad infecciosa de la que es víctima inocente (enfermedades como <!-- p. 84 --> la pulmonía, la difteria, el tifus, etc.), pero sí es responsable de una neurosis. La enfermedad va acompañada de un daño en partes del organismo o en el organismo entero; la neurosis en sí misma, no. Cuando determinados órganos enferman o se mantienen en estado enfermizo por medio de una neurosis, es que ya eran defectuosos o estaban enfermos antes. Pero tales defectos no tienen nada que ver con la neurosis como tal. Hay relaciones definidas entre las enfermedades corporales y las neurosis, pero eso no hace de una neurosis una enfermedad en sí misma.

Esta muchacha no sabe nada de una enfermedad; está construyendo, arreglando, edificando su vida, y cuando algo interfiere en su progreso normal, a esa interferencia se la llama enfermedad. Esta concepción, sin embargo, está lejos de sus pensamientos, aun cuando sean pensamientos obsesivos. Sabe muy bien la diferencia entre una enfermedad física y esos pensamientos. El error consiste en afirmar de manera tajante que la salud está de un lado y la enfermedad del otro.

*Una fuente constante de disgustos era que papá, para tener a mamá libre para su trabajo, siempre quería que mi hermana me sacara de paseo. Ella, sin embargo, prefería leer novelas. Era una verdadera ratona de biblioteca y a veces leía incluso a la luz de la luna. Cuando mamá cocinaba el plato favorito de Lina, papá se enfadaba y decía: «Estás loca por tu Lina».*

<!-- p. 85 -->

Se introduce la discordia entre las dos niñas. No es de extrañar que las dos se sientan desatendidas. El hecho de que esta muchacha (la autora) esté apegada a su padre justifica la suposición de que su madre no ha desempeñado muy bien su papel. Por una razón u otra, su madre no consiguió retener a esta niña, y la niña se encuentra en la segunda fase. Se ha instalado una actitud crítica hacia la madre. A veces es difícil averiguar cuándo exactamente se adopta por primera vez una actitud así. Yo mismo quería más a mi padre que a mi madre, porque él me mimaba más. Entonces no comprendía por qué. Desde luego estimaba muchísimo a mi madre como ser humano y, sin embargo, me apartaba de ella. Cuando reflexioné sobre ello, llegué a la siguiente conclusión: cuando yo tenía tres años murió un hermano mío menor. El día del entierro me llevaron a casa de mi abuelo. Mi madre vino allí a recogerme; lloraba amargamente. Mi abuelo la consoló y yo noté que ella sonreía. Durante muchos años no pude perdonarle aquella sonrisa: ¿cómo puede una madre sonreír el día en que entierra a su hijo? Más tarde lo comprendí mejor: probablemente mi abuelo le dio esperanzas de tener más hijos. Por otra parte, podría haber pensado: qué contento estoy de que pueda sonreír en un día tan triste. Yo era muy crítico con ella. Otro recuerdo: un tío mío me preguntó: «¿Por qué eres tan duro con tu madre?». Eso muestra lo crítica que era mi actitud <!-- p. 86 --> hacia ella. Reconstruyendo el pasado, ahora puedo verlo yo mismo. Mi madre me mimó durante los dos primeros años de mi vida porque yo era un niño enfermizo. Me acostumbré a ese mimo. Nació un nuevo niño —ese incidente desempeña en mis recuerdos el mismo papel que los arabescos en una obra de arquitectura— y fui destronado. Mi madre ya no podía prestarme tanta atención, puesto que tenía que cuidar del recién nacido. No pude perdonárselo. Luego, en la segunda fase, mi padre ocupó el lugar de mi madre, que era lo que yo quería.[^t5-1]

El padre de la muchacha se enfada también porque la madre se preocupa tanto por su hijastra.

*Un día, en un arrebato de rabia, papá tiró al suelo una fuente de fideos. Mamá tenía a menudo secretos con mi hermana. Papá no podía soportarlo. Cuando la ira le hacía perder el dominio de sí mismo, empezaba a rechinar los dientes, tiraba los platos al suelo, se rasgaba la ropa interior, pisoteaba el sombrero y amenazaba con suicidarse. De vez en cuando le oíamos decir: «¡Si al menos tuviera un revólver!».*

Ya sabemos que este hombre es propenso a los celos. Eso parece plausible cuando surge el recuerdo del primer marido de su mujer, provocado al ver que ella prefiere a su hija mayor. Sabríamos cómo curar a este hombre: tendríamos que mostrarle que no soporta ser desplazado. Comprendemos que <!-- p. 87 --> se siente desamparado; solo los desamparados recurren a medios tan drásticos. Ese clamor por un revólver es típico; es una amenaza que se hace con frecuencia.

*Entonces se marchaba corriendo, dejando incluso la comida sin tocar. Yo estaba loca por papá, me ponía fuera de mí cuando esto ocurría y sentía una angustia terrible por él. Cuando se peleaban, yo siempre lloraba, le suplicaba que se calmara y le cogía la mano. Eso lo tranquilizaba un poco, pero a pesar de todo se marchaba. Yo esperaba con aprensión su regreso y, cuando tardaba demasiado, me ponía el sombrero e iba calle abajo hasta el café a buscarlo. Por lo general lo encontraba allí y nos abrazábamos tan efusivamente como si no nos hubiéramos visto en años.*

Por la descripción anterior reconocemos claramente que esta niña era espectadora de disgustos domésticos y que los problemas del matrimonio de sus padres trastornaron sus creencias infantiles hasta sumirla en la más completa confusión.

[^t5-1]: Adler habla aquí de su propia infancia: su hermano menor Rudolf murió de difteria en enero de 1874, poco antes de que Adler cumpliera cuatro años. (N. del T.)

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## VI. El desarrollo sexual

Examinemos la historia de esta muchacha con la lupa de la psicología individual, para descubrir todos los eslabones que hacen de esta vida una sola cadena. Repasemos la historia como historiadores, o como artistas que estudian la génesis de una obra de arte. Queremos examinar cómo un hecho, una vivencia, una reacción, encaja con las demás partes, para encontrar el hilo general o, como podemos llamarlo, el estilo de vida.

He aquí una muchacha mimada, singularmente apegada a su padre, que obtiene lo que quiere en cuanto expresa un deseo y en cuyo futuro, precisamente por eso, podemos prever grandes dificultades. Cuando una niña mimada deja el hogar en el que ha ocupado una posición favorable, no está entrenada para soportar las penalidades. Y como tiene una especie de presentimiento de lo que le espera, intentará conservar las antiguas relaciones el mayor tiempo posible, tendrá miedo de las decisiones y se acercará a sus problemas tan despacio como pueda. Todo su estilo de vida parece entonces frenado. <!-- p. 89 --> La actitud vacilante, como he llamado a esta característica general, es típica de toda neurosis. El neurótico está siempre ocupado en prepararse para hacer algo; a veces, muy ocupado. Pero antes de dar un paso adelante, se dejan oír las objeciones. Hace lo que parece un arranque, pero se detiene a tiempo para que no ocurra nada. Dice «sí», con lo que pretende expresar su disposición y su buena voluntad, pero pisándole los talones al «sí» viene el «pero». Y se queda en el mismo sitio. El «sí, pero» concreta la actitud típica de todas las personas nerviosas: es quizá la expresión más concisa que podemos encontrar para definir una neurosis.

Podrá observarse que a menudo comparamos los rasgos de carácter que revela la historia de esta muchacha con las características peculiares de los neuróticos, de modo que parecemos dar a entender que su carácter nos parece neurótico. Podrá objetarse que la muchacha no ha desarrollado ningún síntoma neurótico y que, mientras no sea así, especular sobre su neurosis sería prematuro. Pero, como recordarán, al comienzo de la historia subrayamos con fuerza la necesidad de emplear nuestro acervo común de experiencia y conocimientos psicológicos, y esa experiencia no abarca solo el cuadro de la neurosis plenamente desarrollada, sino también la preparación de un individuo para una neurosis. Hay indicios determinantes que apuntan a tal preparación y que aparecen <!-- p. 90 --> regularmente, una y otra vez, en los primeros años de casi todos los neuróticos. Cuando volvemos la vista atrás en una historia de vida y vemos aparecer y reaparecer estos rasgos preparatorios, podemos sacar la conclusión empírica, sin conocer de antemano el resto de la historia, de que la vida de la persona en cuestión degenerará en neurosis a la primera ocasión adecuada. También nosotros, pues, debemos prepararnos para el eventual estallido de la neurosis de esta muchacha, para no pasar por alto nada esencial ni perder el hilo de su historia. Por eso puede tener importancia examinar incluso los detalles más pequeños.

En esta biografía se mencionan muchos detalles en apariencia irrelevantes: relaciones sociales y trato con personas que apenas influyen en su vida. Para aprender a comprender su vida no nos interesa tanto lo que hay de emocionante en sus vivencias como lo que la ha atraído. Hay que tener en cuenta todos los pequeños incidentes para obtener un cuadro completo.

*Papá estaba triste a menudo. La razón era mi extraordinaria debilidad física.*

Vemos cuánto influye en ella el hecho de que su padre se preocupe por ella y de que su vida le esté consagrada.

*Y cuando estaba de buen humor durante varios días, enseguida venía una reacción.*

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Recordemos que ella era la única hija de este hombre.

*Solía sentarse en su sitio de costumbre sin decir palabra y con cara triste, una pierna estirada y la otra doblada y recogida debajo. O se sentaba sobre la mesa con las piernas cruzadas debajo, cosiendo y cosiendo, y si se le hablaba contestaba distraído. Eso siempre irritaba a mamá, y así había otra pelea.*

Hay que tener presente que la muchacha estaba profundamente impresionada por la posición de su padre respecto a ella.

*Durante una pelea exasperante, papá golpeó con el puño la puerta de cristal y se hirió gravemente la mano.*

La actitud de su padre hacia su madre, tan distinta de su actitud hacia su hija, se hizo patente a la muchacha, y esta se sintió superior a su madre.

*No pudo trabajar durante varias semanas y tenía que ir al médico todos los días. En aquella época salía mucho conmigo. Me avergonzaba estar a solas con él; quería que mamá estuviera también.*

Es una observación interesante. Está claro que la niña tenía un sentimiento de culpa hacia su madre. Había conseguido desplazar a su madre, y de ahí el sentimiento de culpa. Hemos visto cómo esta muchacha quiere ser superior en cualquier circunstancia, superior incluso a su madre. No cabe duda de que de una actitud así puede brotar un sentimiento <!-- p. 92 --> de culpa, puesto que la muchacha lucha por la posición de su madre solo por afán de poder. Otros autores podrán decir que semejante sentimiento de culpa solo puede proceder de un complejo de Edipo,[^6-1] porque esta muchacha, por decirlo suavemente, tiene una inclinación libidinosa hacia su padre. A tales autores hay que replicarles que hay otras autoridades que afirman que hay muchachas que no tienen complejo de Edipo. Este es el punto en el que quien no capta plenamente la importancia de la lucha por el poder puede pensar que la muchacha deseaba algo que tenía demasiado miedo de tomar. En realidad, sin embargo, no quiere más que la posición dominante en la familia, y la tiene.

*Cuando mamá chismorreaba con una vecina, papá se ponía fuera de sí. Estaba celoso de todo el mundo, pero sobre todo del huésped, que de verdad le había echado el ojo a mamá.*

No sabemos qué edad tenía la niña cuando recibió estas impresiones. Se confunde con el tiempo. Cuando era pequeña vigilaba atentamente todo lo que ocurría a su alrededor. La posición que ocupaba cada uno en la familia se le fue aclarando. Cuando un ser humano vive en medio de relaciones sociales activas, ese es un camino por el que puede aprender a conocer la naturaleza humana. Nadie que haya sido <!-- p. 93 --> cuidadosamente protegido, nadie ante quien no se haya permitido decir nada, podrá adquirir nunca una percepción psicológica tan fina. Cuanto más se permita a los niños observar todo lo que ocurre en su casa, mejor será su comprensión psicológica. Los pedagogos dicen, sin embargo, que no debe permitirse que ciertas desavenencias y situaciones tensas se produzcan en presencia de los niños. No pretendemos que nuestra receta sea infalible. La psicología individual está en buena posición. No importa lo que ocurra en el ambiente. Lo que importa es que el niño se vincule a su entorno, que desarrolle el sentimiento de comunidad, y entonces las dificultades no pueden producir resultados negativos.

Recibir información sobre lo sexual se considera uno de los grandes peligros para los niños. Es una cuestión que pone al descubierto la irreflexiva incoherencia de los defensores de la sexualidad.[^t6-1] Dicen que el niño es descarriado por sus compañeros de escuela. Ese descarrío suele ser inofensivo y se endereza más tarde, o el niño sencillamente no cree lo que le han contado. Además, uno solo aprende lo que está dispuesto a aprender. Cuando una explicación así tiene consecuencias graves, la culpa ha de atribuirse a la educación poco inteligente que preparó el terreno para que se produjeran resultados desagradables. Hay muchas cosas «feas» además del sexo.

No debe darse por sentado que los niños <!-- p. 94 --> crean todo lo que se les dice. Cuando éramos niños, ¿lo creíamos todo? Cuando yo era pequeño, un muchacho me contó que un carnicero mataba seres humanos y vendía su carne. No le creí. Lo mismo ocurre con una explicación que se ofrece sobre el sexo. A veces hay la mayor duda sobre qué es verdad. A los niños hay que enseñarles la verdad con gran cuidado, para que puedan asirse firmemente al lado útil de la vida.

*Una vez salimos a pasear y papá empezó a pelearse con mamá por el huésped; luego levantó el bastón y la amenazó, y sin querer me dio en la frente. Me salió un chichón del tamaño de una nuez. Papá se dominó entonces, pero estaba de lo más desconcertado. Yo estaba tan furiosa con el huésped que le dije a papá: «Ven, papá, vámonos y dejemos aquí a mamá».*

La combatividad de la niña es evidente. Se sirve de todo para obtener una victoria sobre su madre.

*La posición de mamá no era favorable. Era una mujer guapa y alegre, y papá mató su alegría. Quería tenerla en casa para que cuidara del hogar y cosiera para él.*

Podemos estar seguros de que la decisión de este hecho no dejó de perjudicar a la niña.[^t6-2] Es seguro que esta niña empezará a temer el destino de su madre. <!-- p. 95 --> Teme que un destino así pueda cambiar el curso de toda una existencia, y que a ella le pueda ocurrir lo mismo que a su madre. De este modo alimenta sus sospechas sobre los peligros del amor y del matrimonio. Nunca será confiada; vigilará para ver si no hay indicios de que también ella vaya a ser encarcelada de esa manera. Estará en guardia y aprenderá a eludir tales problemas.

*Una noche papá trajo a casa del café de al lado un revólver con cachas de nácar. Mamá y yo recordamos sus frecuentes amenazas de suicidio y no tuvimos paz hasta que devolvió el revólver al dueño del café. Yo siempre temblaba cuando empezaba una pelea, y se peleaban casi siempre.*

La inquietud de la niña durante las desavenencias de sus padres no es tan sencilla como ella da a entender. Siempre existe la posibilidad de que deje de tener importancia. Dos personas se ocupan la una de la otra sin tenerla en cuenta. Que un niño se meta en las peleas de sus padres se debe a menudo a que no soporta que lo pasen por alto.

*A pesar de todo, sin embargo, idolatraba a mis padres y los vigilaba celosamente. Una vez que noté que mi padre empezaba a seguir a una chica, me colgué de su brazo y grité: «¡No vas a seguir a esa cara de mona!».*

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No es de extrañar. Su meta parece ser menos preservar la armonía entre sus padres que temer su propia pérdida de poder. Esa es a menudo la raíz de los celos, sobre todo cuando no se trata de amor, sino de repartirse un poder relativo.

Pueden decirse aquí unas palabras sobre el grado extraordinario en que la mayoría de los neuróticos se aferran a su familia. Aquí damos con una peculiaridad que se encuentra con frecuencia en el cuadro general de una neurosis. La forma de expresarse de la muchacha es típica: *idolatraba a mis padres y los vigilaba celosamente.* Los neuróticos suelen apegarse estrechamente a su familia. Eso no debe criticarse, desde luego, en sentido desfavorable. En general, puede decirse que el juicio último sobre toda actitud y toda acción humanas puede basarse, por un lado, en el contenido de sentimiento de comunidad o altruismo de esa actitud y, por otro, en su contenido de afán de superioridad o egoísmo. Una misma acción puede ser, pues, útil o inútil según actúe con el sentimiento de comunidad, sin él o contra él. El grado de sentimiento de comunidad puede tomarse como criterio del nivel de los actos humanos y también del ser humano.

Ahora que hemos visto que todas las características neuróticas se oponen claramente al sentimiento de comunidad, que el neurótico aspira de manera sumamente egoísta al poder personal a cualquier precio, podemos suponer con razón <!-- p. 97 --> que su devoción por la familia no se basa en un afecto sincero, sino que le sirve de medio para obtener un objeto con que alimentar su afán de poder. Una persona nerviosa necesita a la familia que la compadece, que cree en ella y la tiene por enferma, como necesita el pan de cada día. Sabe que sin su familia sería una absoluta nulidad, abandonada sin esperanza de salvación a su sentimiento de inseguridad e insuficiencia. Por consiguiente, le conviene hacer los lazos entre ella y su familia tan fuertes y duraderos como sea posible, en lo cual la actitud por lo general acrítica de su familia la ayuda considerablemente. A menudo arregla un afecto exagerado por uno o por todos los miembros de su familia, que naturalmente no tiene nada que ver con deseos teñidos de incesto. Este arreglo le da el dominio sobre la familia, y para alcanzar ese fin se han declarado sagrados los lazos familiares. En general, se encuentra a las personas nerviosas más apegadas a su familia que a las que no padecen nerviosidad ni se quejan de ella. El círculo más amplio de la comunidad las asusta y las hace retroceder al pequeño círculo de la familia. Allí obtiene lo que no se cree capaz de obtener en un grupo mayor. Dondequiera que uno encuentra a una persona nerviosa en compañía de extraños, es decir, fuera de la familia, sus gestos suelen delatar una tendencia a volver hacia su familia.

A partir de aquí podemos estar atentos y ver si <!-- p. 98 --> nuestras observaciones generales hasta el momento se ven corroboradas en la parte de la historia que aún queda por leer.

*Y tuvo que volver a casa conmigo. Y cada vez que una chica le parecía guapa, yo le decía: «Parece que te gustan todas las mujeres con cara de mona».*

Esa es la expresión de los celos.

*Una noche volví a casa del cine y encontré a mamá muy alterada. Papá había ido a entregar un género. Mamá me contó que el antiguo oficial de papá se había mostrado insolente y había querido atacarla. Yo no entendía bien qué era lo que quería de ella, pero me indigné, solté juramentos y grité: «¡Ese maldito tipo! ¡Si lo veo, le rompo la cabeza!».*

*Mi mejor amiga era mi compañera de escuela Olga. Hacía todo lo que yo quería.*

Podíamos haberlo adivinado.

*Jugábamos juntas al teatro.*

De nuevo el énfasis en algo visible. Ya hemos notado antes que esta muchacha tiene un sentido visual extraordinariamente bueno, una inclinación por todo lo visible. Quienes se han ocupado durante bastante tiempo de psicología individual saben que puede demostrarse que un interés así tiene que <!-- p. 99 --> entrenarse. Hemos mencionado en un párrafo anterior que un entrenamiento de este tipo suele iniciarlo alguna dificultad de la vista en la primera infancia o incluso en la lactancia. Podemos suponer que esta niña tuvo algo parecido. Su entrenamiento visual es extraordinariamente fuerte. Tales puntos de interés especial deben tenerse cuidadosamente presentes.

Muchos dramaturgos han tenido defectos de la vista; su entrenamiento ha brotado de esos defectos. Hay que saber ver antes de poder imaginarse la representación de una escena teatral. Esto es más fácil para quienes han puesto el ver en primer plano. Un entrenamiento así es una desventaja cuando se exageran las dificultades; por otra parte, puede verse en él una ventaja para nuestra apreciación del arte.

*Nos vestíamos con túnicas largas, nos envolvíamos la cabeza con velos, y su hermano era entonces un gitano o un jefe de bandoleros que me raptaba. Poco a poco empezó a fastidiarme. Nunca quería dejarnos en paz.*

Ven aquí la marcada inclinación hacia las niñas y el rechazo de los niños. Él la molesta. Es frecuente encontrar una inclinación así. Muestra una tendencia hacia los miembros del mismo sexo. Además, hay que tener en cuenta que las niñas se desarrollan más deprisa que los niños. Si el niño no era mucho mayor, podemos comprender que las niñas se sintieran superiores a él. Esa podría ser también una razón para rechazarlo.

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*Una vez me encerré con ella en su cuarto. Nos desnudamos, saltamos desnudas por todas partes y nos examinamos por todos lados en el espejo.*

Otra vez el deseo de ver.

*Y como habíamos oído en algún sitio que dos juntas podían hacer algo impuro, nos echamos, primero una y luego la otra, la una encima de la otra. Nos llevamos una gran decepción, porque no sentimos nada. Al otro lado de la puerta lloraba su hermano.*

Ahora oímos otra razón.... En este punto es necesario abordar un problema importante. Alguien podría hablar de un componente homosexual. Las escuelas psicológicas que creen en la herencia de tendencias sexuales plenamente desarrolladas concluirán, a partir del último recuerdo de la muchacha, que el impulso primordial, plenamente desarrollado y dormido en ella hasta este momento, ha irrumpido por fin. Semejante conclusión nos parece algo superficial y mecanicista. Nuestra interpretación es distinta. Sabemos que en la infancia, en cuanto se manifiesta el deseo sexual, nada se recibe con tanto choque como el desarrollo de las relaciones sexuales normales. La educación de la niña y las impresiones que recibe de su ambiente se han conjurado desde muy temprano para hacer chocante la primera información sobre la relación sexual entre hombres y mujeres. Y lo que choca a un niño suele asustarlo.

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¿Qué hay entonces más natural que el hecho de que el desarrollo sexual de los jóvenes, que no puede impedirse, no se vea obstaculizado por nada tanto como por las relaciones normales, y que ese desarrollo sexual se desvíe entonces por cauces anormales? Esos jóvenes, o empiezan a masturbarse, o buscan relaciones homosexuales; pero sea cual sea la forma que tome su sexualidad, no es más que el sórdido residuo de la sexualidad normal. La homosexualidad y la masturbación no son, desde luego, las formas normales del desarrollo sexual. En tales casos, lo normal ha sido ahuyentado de la existencia por el choque y la angustia. Un ejemplo probará más definitivamente nuestra afirmación. Tomen esos lugares donde no se vigila demasiado a los niños, los asilos de pobres, por ejemplo, donde no se separa a los niños de las niñas. Allí puede comprobarse que no se produce otro desarrollo del impulso sexual que el normal. Allí se ve a niños de cinco u ocho años que tienen relaciones normales. ¿Habría que suponer que los niños acomodados se desarrollan sexualmente de otro modo que los niños pobres? O tomen esos internados exclusivamente para niños o para niñas, en los que se dan muy a menudo casos de homosexualidad. ¿Es entonces una simple coincidencia que las prácticas sexuales perversas sean más comunes entre los niños de internado que entre los que crecen en un hogar familiar, o no es más acertada la concepción de la psicología individual, según la cual la dirección que toma el desarrollo sexual de cada individuo no es <!-- p. 102 --> innata, sino que está determinada por su ambiente y su educación?

Cuando un niño se masturba, los padres se disgustan y viene una azotaina. Pero imagínense lo que ocurriría si un niño tuviera de verdad relaciones normales. Se hundiría el mundo. Recuerdo que el desarrollo de aquellos niños que se atrevieron ha conducido inevitablemente a la homosexualidad, por el terrible precio que tuvieron que pagar. Los niños se vieron obligados a rechazar lo normal, y el resultado de su impulso sexual se dirigió en sentido opuesto.

Y así podemos ver con otra luz la tímida expresión sexual de esta muchacha. El niño la molesta. Aun sin saber eso, sin embargo, podemos estar seguros de que no aumentará su experiencia sexual acercándose a los muchachos; es demasiado miedosa para ello. Por eso se sirve de su amiga Olga, que, como ella misma reconoce, hacía todo lo que ella quería, y a la que aprecia precisamente por eso.

*No recuerdo quién me dijo que el amor muere cuando uno le da a otro una aguja. En cualquier caso, me lo creí. Lo hablé con Olga y decidimos emplear este hechizo con su hermano. Cogí una aguja, la partí en dos, le di una mitad y le dije que con eso nuestra amistad se hacía más fuerte y que significaba sernos fieles para siempre. Él cogió su mitad de la aguja muy contento y se la prendió en la chaqueta. Entonces* <!-- p. 103 --> *me reí y le dije: «Ahora ya te puedo decir que se acabó el amor, porque la aguja significa en realidad que el amor ha quedado pinchado».*

¿Qué hizo el muchacho?

*Se echó a llorar amargamente.*

Era evidente que estaba adelantado en su desarrollo.

*Casi me dio pena. Al cabo de un rato se me ocurrió decirle que una gitana me había profetizado una vez que moriría a los dieciocho años.*

Este tema de tener un plazo fijado en el que, según afirma, tiene que morir, se repite con frecuencia. Hacemos nuestra pregunta clave: ¿qué ocurre cuando hace esta afirmación?, y empezamos a ver a través del velo: 1) si de verdad lo cree, se siente superior a los prosaicos deberes de la existencia cotidiana y dispensada de ellos. Ese es el resultado final. Pase lo que pase, ya no hay tareas para ella, situación que conviene a una niña mimada; 2) cuando una muchacha hace una afirmación así, se convierte inmediatamente en el centro de interés. Todos se inquietan tanto que se la trata con más indulgencia que nunca: la consecuencia de su deseo de indulgencia.

*El muchacho estaba inconsolable. Le rodaban las lágrimas por las mejillas. También yo estaba muy afligida. Lo había dicho de un modo tan convincente que casi me lo creía yo misma.*

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No sé si he subrayado ya esta peculiaridad de la muchacha. La mentira es muy común entre los neuróticos. Un mentiroso patológico se lo cree cuando dice: «Nuestra familia se va a la ruina». Lo siente tanto que queda destrozado. El ser humano tiene la capacidad de hacerse creer lo que dice. Pero precisamente porque no todas las mentiras son mentiras conscientes (como, por ejemplo, en los casos neuróticos y psicóticos), no deben tratarse con severidad y castigo, sino, como todos los síntomas neuróticos, con comprensión y explicación. La mentira neurótica es siempre un intento de parecer más grande de lo que uno es en realidad. Es, por tanto, un signo de desaliento y un esfuerzo hacia una grandeza aparente. Cuanto más cree un hombre que tiene que mentir, tanto más profundamente tiene que poder identificarse con el objeto de sus mentiras para parecer tan creíble —a sí mismo y al otro— que su historia resulte absolutamente convincente.

Hablando de identificación, no podemos percibir ni apercibir sin identificarnos. Por cómico que pueda sonar, tengo la sensación de que puedo identificarme con un sombrero. O, por ejemplo, jugando a los bolos y viendo rodar la bola, uno empieza a balancearse como si fuera uno mismo la bola. Un sentimiento de esta clase, que uno adopta o del que, por así decir, se convence hablando, tiene mucha más importancia de lo que hasta ahora se ha supuesto. La identificación, naturalmente, pasará con fuerza a primer plano cuando se muestre <!-- p. 105 --> adecuada para la meta que se persigue. A la muchacha le gusta ver llorar al muchacho, y cuenta su historia de un modo tanto más convincente.

*El muchacho estaba locamente enamorado de mí. Todavía me sorprende que un niño de nueve años pueda amar tanto.*

Vemos aquí una experiencia amorosa en una niña de ocho años. Quienes tienen los ojos abiertos no se extrañarán. Reconocemos tales tendencias en la primera juventud. Muchos están sinceramente enamorados del otro sexo a los cuatro o a los seis años.

*Conocí a Minna en el parque. Su padre era cobrador en un café.[^t6-3] Me invitó a su casa. Tenía su propio cuarto de juegos, montones de juguetes, una vajilla infantil, un aparadorcito, incluso un juego de platos de muñecas, y siempre dinero para golosinas.*

Podemos imaginarnos las consecuencias. Ella con sus dos míseras habitaciones, la otra niña con su lujoso piso: habrá dificultades. Se sentirá incapaz de invitar a la otra. Tendrá que mentir.

*Y entonces me empezó a preocupar lo siguiente. Minna estuvo esperando bastante tiempo a que yo la invitara. Me daba vergüenza recibirla en mi casa, porque solo teníamos una habitación y una cocina, vivíamos muy pobremente y no teníamos muebles bonitos. Una vez que estábamos delante de mi casa, le dije: «Mira* <!-- p. 106 --> *allá arriba, en el primer piso: esa es nuestra casa. Todo el piso es nuestro, pero mamá tiene la llave. También tenemos una habitación en la planta baja, pero allí no hay mucho sitio». Y ella miró hacia arriba con curiosidad. Yo siempre tenía una excusa. Un día no pude acudir a nuestra cita. Tenía que hacer un recado y no pude avisarla a tiempo. Ella esperó y esperó delante de la casa y yo no aparecí. Por fin se armó de valor, entró en la casa y llamó a nuestra puerta. A mi regreso me quedé muy apurada al verla en casa. Pero vi enseguida que se sentía muy a gusto, y eso me tranquilizó. En el curso de la conversación me preguntó si no podíamos subir. Le contesté rápidamente: «Hoy no, que no está limpio». Poco después, sin embargo, supo la verdad, y las dos nos reímos de mis pretensiones. Nos veíamos casi todos los días y yo descuidé a Olga. Lo que más nos gustaba era jugar a las cocinitas. Mezclábamos chocolate y rodajas de manzana con leche y nos comíamos el revoltijo. Comprábamos «charlotas rusas» y pepinillos en vinagre. Y por cuatro cuartos podíamos ir al cine. Cuando no dejaban entrar a los niños, nos poníamos furiosas y soltábamos juramentos contra el dueño del cine. Luego leíamos juntas cuentos de hadas y también libros que no eran apropiados para nuestra edad. Recuerdo un libro que encontré en un arcón, «El matrimonio de Julia», de Prévost.[^t6-4] Cuenta la historia de una noche de bodas, y me rompí la cabeza con él. Y* <!-- p. 107 --> *una vez cayó en mis manos un libro, «Los hijos de los divorciados», la historia de amor y de vida de un muchacho de doce o trece años. Al final se suicidaba, y eso me puso muy triste. No podía entender por qué. E incluso leí a Ibsen en el cuarto curso de la escuela, naturalmente sin entenderlo. Por ejemplo, no podía entender por qué se pegaba un tiro Hedda Gabler.*

Tampoco los adultos lo entienden a menudo.

*Quería aprender de los libros, aprender a conocer la naturaleza humana.*

Esto revela el secreto de muchos de esos niños que leen libros constantemente. Quieren llenar las lagunas de su conocimiento de sus semejantes. Los niños no aceptan nada a ciegas; prueban y comparan; imitan lo que ven en el cine y en el teatro. Se preparan continuamente para el papel del adulto; se entrenan en todas direcciones. Uno de esos entrenamientos consiste en vivir el destino de otras personas a través de los libros. El interés más fuerte por las bellas letras nace de que en ellas podemos ver cómo otro intenta resolver sus problemas.

*Entretanto, papá se había establecido como sastre independiente. Nuestro piso servía a la vez de taller y de vivienda,* <!-- p. 108 --> *lo cual nos estrechaba mucho. Por lo demás, no nos iba tan mal. Papá pudo incluso comprometerse a comprar muebles nuevos a plazos: dos cómodas, una mesa, sillas y camas. Antes de Navidad había tanto trabajo que mamá, que tenía que ayudar continuamente a papá, no encontraba tiempo para cocinar. Eso me irritaba mucho.*

Esta niña se preocupa de que cada cual atienda a lo suyo.

*La madre de Minna hacía los preparativos más elaborados. En su casa llevaban días horneando; en la nuestra, cosiendo. En Nochebuena mamá fue con papá a entregar los trajes terminados. Lina, que se había ido a vivir fuera por la falta de espacio en el piso, me llevó con ella a su casa. Había un árbol de Navidad diminuto. Todo era muy bonito, pero la cena consistió solo en arenque, que no me atraía especialmente. Cuando mis padres vinieron a recogerme, me quejé: «En Nochebuena tengo que comer arenque». Papá contestó que tenía bastante dinero y que íbamos a cenar en un restaurante. Pero se me habían quitado las ganas. En casa había un árbol de Navidad y además me regalaron lo que yo quería, una vajilla infantil como la de Minna y un sonajero, pero el buen humor se había echado a perder.*

Es severa; cuando no todo marcha sobre ruedas, se le echa a perder el humor.

<!-- p. 109 -->

*Al día siguiente visité a Minna. Tenía un gran árbol de Navidad con velas eléctricas, e innumerables regalos sobre su mesa. No la envidié por eso....*

Esta falta de envidia podría ser orgullo.

*...pero cuando su madre me preguntó qué me habían regalado, adopté de repente el papel de alguien digno de lástima y dije: «Nada en absoluto».*

Ahí está el resentimiento reprimido y, al mismo tiempo, el gesto de un mendigo. Tenemos que vigilar este rasgo.

Empequeñecerse para producir un efecto mayor es la actitud del mendigo.

*Me compadecieron mucho y todos se apresuraron a hacerme un regalo: un libro de cuentos de hadas y toda clase de pasteles bonitos. Entre los clientes de mi padre había un joven que tenía amistad con una divorciada. Esta mujer tenía una hija de mi edad que se me parecía mucho. Su madre me tomó mucho cariño y a menudo me sacaba de paseo. Alquiló una villa para el verano en un pueblo de las afueras y me invitó a visitarla. Papá me dejó ir a regañadientes. Minna estaba fuera, en el campo, durante el verano, y aquel lugar de las afueras fue para mí mi primer veraneo en el campo y, durante mucho tiempo, el único. A pesar de que allí me trataban muy bien, a los dos días* <!-- p. 110 --> *sentí tanta nostalgia de casa que lloraba sin cesar y exigía que me dejaran volver.*

Hay que decir aquí algo sobre la psicología de la nostalgia del hogar. Nadie siente nostalgia del hogar si no siente que en casa está en una posición más favorable. Los niños mimados suelen sentir nostalgia. Su posición en el campo parece favorable, pero en realidad lo es menos; en casa es el centro, en el campo no es más que una niña pequeña; de ahí la nostalgia. Hay que ceder ante una nostalgia así; no estaba preparada para el cambio de su situación.

*No hubo más remedio que traerme a casa lo antes posible.*

*Lina estudió durante todo un año para enfermera y para asistir en las operaciones, y olía espantosamente a ácido fénico. Se enamoró de un checo. De vez en cuando me mandaba a él con una nota. Una vez abrió la puerta el ama de llaves y me dijo: «Tú eres la hermana de la señorita Rosa, ¿verdad?», y me contó unos chismes.*

¡Qué pronto se inicia esta hija del pueblo en las relaciones amorosas!

*Le conté a mi hermana lo de Rosa, pero ella, naturalmente, ya lo sabía. Lloraba a menudo, y entonces papá y yo teníamos que consolarla. Cuando el checo volvió a su país, ella aceptó un puesto en un hospital* <!-- p. 111 --> *de Praga para estar cerca de él. Intentamos en vano disuadirla. Su marcha me irritó muchísimo.*

¿Por qué? Pierde a una persona de su corte. Si exageramos un poco la situación, llegamos a una neurosis de angustia que trae consigo la necesidad de que esa persona tenga una corte a su alrededor. No se da cuenta conscientemente de que con este procedimiento ocupa una posición extraordinariamente poderosa.

[^6-1]: Véase la pág. 145.

[^t6-1]: *Sexual exponents* en la edición inglesa: los partidarios de explicar la vida psíquica por la sexualidad, es decir, sobre todo los psicoanalistas. (N. del T.)

[^t6-2]: Así en la edición inglesa (*the deciding of this fact*), probablemente por mala traducción del alemán; el sentido parece ser «el reconocimiento de este hecho». (N. del T.)

[^t6-3]: *Checker* en la edición inglesa; probablemente traduce el alemán *Zahlkellner*, el camarero encargado de cobrar en los cafés vieneses. (N. del T.)

[^t6-4]: *Julia’s Marriage* en la edición inglesa; probablemente una novela de Marcel Prévost, cuyo título original no se ha podido identificar con seguridad. Tampoco se ha identificado *Children of the Divorced*. (N. del T.)

<!-- p. 112 -->

## VII. El problema del amor

*He olvidado mencionar a Tilda, mi primera amiga. La conocí en la calle.*

A pesar del mimo que recibía, le fue posible trabar conocimiento con niños en la calle. Probablemente no hay otro medio por el que un niño pueda aprender tanto de la naturaleza humana y a distinguir a las personas como en la calle. Si al mismo tiempo pudiéramos impedir la difusión de tanto conocimiento malo, sería una buena manera de criar a los niños. Si fuera posible organizar una mayor vigilancia, si pudiéramos estar razonablemente seguros de que ciertos elementos malos no se interpondrían para descarriar a los niños, me parece que sería probablemente un camino mejor que cualquier otro para obtener una experiencia multiforme. La rivalidad común, la lucha por descubrir las relaciones entre los seres humanos y por influir en ellas: ese es el origen de la vida social. Las grandes ciudades de hoy no pueden ofrecer a los niños ninguna clase de vida en la calle a causa de los peligros del tráfico.

Hemos tenido frecuentes ocasiones de señalar que esta muchacha es una observadora excelente, y es muy posible <!-- p. 113 --> que haya desarrollado esa capacidad tratando con niños en la calle. Aunque no se ha librado de desarrollarse en una dirección neurótica, ha desarrollado en un grado poco común la facultad de combinar sus percepciones.

Tales capacidades se entrenan para emplearlas más tarde como medios para alcanzar con más facilidad la meta ficticia. Una y otra vez advertimos cómo fuerzas y talentos, capacidades y posibilidades valiosos se echan a perder y quedan sin valor por obra de una meta neurótica. Si un neurótico encauzara hacia lo útil el conjunto de la fuerza y la inteligencia que emplea en perseguir una meta neurótica, la energía desviada bastaría probablemente para hacer de él un genio.

*Ella acababa de engancharse a un carro de reparto; yo me subí detrás; empezamos a hablar, jugamos juntas y prometimos vernos en el mismo sitio al día siguiente. Su madre tenía una confitería en nuestro barrio. Volví a encontrarla en cuarto curso de la escuela y la veía a menudo. Me habló de su pretendiente, un chico de diez años llamado Henry, que ya le había prometido casarse con ella.*

Vemos cuán lejos llega la preparación para la vida futura, aun a los diez años de un niño.

*Cuando lo conocí, intenté enseguida...*

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¿Qué?

*...quitárselo.*

Esta muchacha, acostumbrada a ser la primera, tenía que elegir este camino al encontrarse en una situación así.

*Lo conseguí a medias. Íbamos los tres juntos al cine, nos colábamos juntos en el jardín del manicomio y jugábamos a estar casados.*

Ese es el comienzo de las relaciones sexuales. Estos juegos, el juego del médico, el juego del padre y la madre, el de padres e hijos, se encuentran entre los niños del mundo entero. Los niños los inventan ellos mismos. Me extraña que nadie haya descubierto todavía en estos juegos una repetición de ritos arcaicos olvidados. Es superfluo especular sobre la teoría de que cada individuo tiene que repetir en sí mismo la historia entera de la humanidad, como creen algunos psicólogos. Todo individuo se ve obligado a servirse del mismo tipo de juegos como preparación y entrenamiento para la edad adulta, y no necesita repetir para ello toda la historia de la humanidad.

*A menudo hablábamos de un amigo de Henry que era muy guapo, pero también bastante arrogante y que no tenía en mucho a las chicas.*

Vemos cómo se forman en la primera infancia las variedades de la personalidad adulta. Los niños reconocen <!-- p. 115 --> esas variedades y saben también cómo reaccionar ante ellas. El amigo de Henry impresionó a nuestra heroína.

*Aquello me pareció interesante y le pedí a Tilda que arreglara un encuentro. Cuando ella se lo dijo, él contestó que ya me echaría un vistazo.*

No sé si todos mis lectores son capaces de comprender cómo se hace desempeñar a la muchacha un papel subordinado. No hace falta una larga explicación para señalar que el chico miraba a las chicas por encima del hombro. Su forma de expresarse es degradante, y así la entiende la muchacha. Aquel para quien este trasfondo no sea audible, que no tenga oído bastante para percibirlo, no podrá captar nuestro modo de pensar.

*Nos vimos todos. Paseamos un poco y pronto nuestra conversación giró en torno a los besos. Yo afirmé que nunca en la vida me dejaría besar por nadie. El chico respondió que me demostraría lo contrario, a la fuerza si era necesario. No lo tomé en serio. Ya anochecía cuando cruzamos la plaza, y él me echó los brazos al cuello. Forcejeé, pedí ayuda a Tilda y me solté tras algún esfuerzo.*

La imagen se repite. El hombre es el agresor; la muchacha, el animal acosado: qué difíciles son las cosas, cuánto cuidado hay que tener para evitar tales ataques.

*Le reproché su descaro y le hice ver que un beso robado no era lo mismo que uno dado de buen grado.*

<!-- p. 116 -->

Fíjense en cómo sabe argumentar una niña de diez años; lo ha aprendido en su familia.

*Y que, si yo fuera chico, nunca me molestaría en robar un beso.*

Con eso lo degrada.

*Caminé a su lado con cautela. Lo que más me enfadó fue que me había estropeado el sombrero y el pelo. Poco después me pidió otra cita por medio de Tilda, pero a mí no me importaba volver a verlo, puesto que sabía que podía tenerlo.*

Por primera vez esta muchacha se ve enfrentada al problema del amor. Tiene que adoptar alguna clase de posición en respuesta. Sin duda, la forma de la respuesta o de la reacción estará influida en cierta medida por la conducta de la otra persona. No obstante, creo que podemos concluir con certeza, por todo lo anterior y por la pequeña prueba que acabamos de leer, que nuestra muchacha no considerará el amor como un medio de desarrollo, y desde luego no como una expresión del sentimiento de comunidad, sino como un medio para ganar poder e importancia. A condición, naturalmente, de que no huya por completo del problema. Tendremos que observar con atención en su historia cómo sigue reaccionando ante la cuestión del amor como uno de los tres grandes problemas de la vida: si se acerca a él o se retira. Podemos medir el grado <!-- p. 117 --> en que un ser humano es normal o neurótico por el grado en que intenta resolver sus problemas o los elude.

*En quinto curso de la escuela me hice amiga de una chica llamada Sophie. Sabía tocar el piano y yo la envidiaba por eso.*

Vemos cómo su afán de reconocimiento avanza en todas direcciones.

*Hacía tiempo que deseaba un piano.*

Sé que aquí oiré la objeción: ¿es pecado querer tocar el piano? Nos parece muy digno, pero ¿es eso todo? Venga lo que venga, ella dirá: «Yo también quiero tener eso; yo también quiero tener eso». Ese continuo querer es característico. No hay nada en el mundo que, cuando se lo pone en primer plano excluyendo o perjudicando otros factores, no perturbe el curso tranquilo de la existencia. La limpieza es digna de aprecio, pero, cuando hago de ella el rasgo dominante de mi vida y solo pienso en cómo dejarlo todo limpio, no solo descuido todas las demás tareas importantes, sino que descubro que todo está tan sucio que ni siquiera vale la pena seguir viviendo. Así es como el lavarse constantemente se convierte en síntoma de una neurosis obsesiva.[^7-1] Una <!-- p. 118 --> persona puede decir que todo está sucio. ¿Tiene razón? No vamos a discutirlo. Si hacemos de ello lo más importante de la vida, ya no podemos vivir.

Lo mismo ocurre con la sexualidad. Cuando hago de la sexualidad el eje de mi existencia, el mundo queda tan patas arriba que ya no distingo la izquierda de la derecha. Una persona da a este problema la mayor importancia; otro individuo elige otro problema para exagerarlo. Para entender esto, hemos de entender también que todo empieza en la primera infancia y que, por tanto, tiene que ser falso, porque los niños no pueden acercarse a la verdad absoluta ni juzgar el mundo correctamente. Subrayar un problema con exclusión de los demás perturba la armonía de la vida.

Y, sin embargo, hay un principio que me convence de que la exageración no tiene por qué perturbar la vida, y es el principio del sentimiento de comunidad. Cuando me atengo al punto de vista de que, en cualquier circunstancia, solo seguiré el camino de la utilidad general, no puedo cometer errores importantes. Nadie ha sido capaz todavía de refutar realmente este principio.

Aquí oímos la objeción: se pierde la personalidad. Tengo que modelarme en una forma adaptable a mi entorno general. En el caso que nos ocupa, sin embargo, encontramos un afán de reconocimiento muy exagerado. La meta de superioridad se expresa también en el deseo de tener un piano.

<!-- p. 119 -->

*Los padres adoptivos de Sophie —sus padres habían muerto— tenían una tienda de comestibles donde mamá solía hacer la compra. Así las dos familias se conocieron. Su madre propuso a mi padre que me mandara a la misma escuela de música a la que iba su hija, que se preciaba de tener un profesor excelente. Yo podría practicar en su casa. Mi padre siguió su consejo y entré en la escuela de música.*

Querríamos señalar también aquí que este intenso afán por alcanzar mayores alturas no debe ser obstaculizado ni censurado. Todos estaríamos de acuerdo en que aprendiera a tocar y en que todo seguía aún en la dirección de lo útil en general.

*En la escuela había chicas y chicos juntos. Muchos de los chicos se enamoraron de mí. A mí me parecían todos unos tontos y huía de ellos. Uno en particular no me dejaba nunca en paz. Siempre me saludaba con un «Le beso la mano, Fräulein». Eso me agradaba un poco, pero por lo demás no me gustaba porque su padre era zapatero.*

Su padre era sastre. Vemos qué importancia tiene para ella el rango social. Si su padre hubiera sido zapatero y el de él sastre, habría razonado de la misma manera; es decir, entonces el zapatero habría sido mejor. Por esta sola frase podemos deducir que esta muchacha quiere superar a todo el mundo, no solo <!-- p. 120 --> en la familia, sino también en la comunidad exterior. En consecuencia, poco puede dar a la comunidad. Su problema es: ¿cómo puedo ser la primera? Tropieza con obstáculos y oposición. Tiene que guardarse de enamorarse, porque *pueden estropearle el sombrero y el pelo*.

*Me gustaba fingir... que era de mejor familia y, si podía evitarlo, nunca decía que mi padre era sastre. Cuando era más pequeña y alguien me preguntaba a qué se dedicaba, solía contestar que era inspector de bombas de incendio. Nuestro huésped, que había sido bombero, nos contaba a menudo cosas de los incendios y de lo peligroso que era el oficio de bombero. Eso me causó una profunda impresión.*

Si hubiera contado alguna historia heroica, también la habría aprovechado.

*Trataba mal al hijo del zapatero. Cuando estaba de buen humor, le permitía acompañarme un trecho, pero cuando estaba de mal humor no le dejaba acercarse. Le llamaba «señor» y le daba órdenes: «Haga el favor de seguir su camino, señor, o llamo a un policía». Eso le enfadaba, y consiguió que otros dos chicos me esperaran al acecho y me tiraran piedras. Entonces yo echaba a correr. Los vi esperándome en la escuela y eso me asustó mucho. Tenía miedo de que nuestro* <!-- p. 121 --> *maestro los viera y pensara que yo tenía algo que ver con ellos.*

Aquí aparece el temor a la mala reputación. La expresión de un rasgo que aparece también, intensificado, en la neurosis es: «¿Qué dirán los demás?». Es la consigna angustiada y consecuente de quienes quieren ser los primeros. Casi todas las personas viven con miedo a la opinión de los demás y dejan que esta influya en sus actos. Cuando nos damos cuenta de hasta qué punto innecesario la angustia y la preocupación superfluas gobiernan la conducta de nuestros semejantes, y de qué poco valor verdadero hay en el mundo, no podemos extrañarnos de que a nuestra época se la llame la «era neurótica». Probablemente no era muy distinto en otros tiempos; quizá la única diferencia está en las cambiantes modas de vivir.

*En la escuela de música había un estudiante de secundaria que me prestaba novelas policíacas. Henry también me prestaba algunas. Las devoraba con Olga o con Sophie. Las novelas policíacas se convirtieron poco a poco en mi pasión. Por la noche estaba tan aterrorizada que no podía dormir.*

Muchos niños prefieren las novelas policíacas porque les gusta la tensa excitación que produce su lectura y, además, porque les gusta descubrir en <!-- p. 122 --> esas historias trucos que pueden utilizar para lograr cierta clase de superioridad sobre los demás.

Depende del tipo de libro o del estilo de vida del lector qué razones se den de la fascinación de las novelas policíacas. En la mayoría de los casos parece que al lector le gusta identificarse con el detective, cuya habilidad superior para descubrir rastros y detectar pistas, cuya fuerza y posición dominante resultan tan impresionantes. He aquí un hombre que, evidentemente, no sabe nada de la debilidad del espíritu o del cuerpo que tanto estorba al lector en su vida diaria. El lector, en su imaginación, se eleva al papel de una personalidad ficticia (el detective) y obtiene los laureles del éxito sin esfuerzo. El valor de tal identificación reside a menudo en que se traslada y se conserva en la vida diaria algo del valor inherente al papel imaginado del detective.

La fascinación de las novelas policíacas reside también en la excitación y la angustia que despiertan. El lector se encuentra a menudo en un estado de tensión por haberse identificado con el perseguido, y esa tensión le permite dar con ideas para salvarse. Esto vale sobre todo para aquellos libros en los que el autor da el papel de héroe o de aventurero al fugitivo que tiene que superar innumerables obstáculos en su camino. El lector se identifica casi siempre con el personaje al que se ha asignado el papel de <!-- p. 123 --> héroe, ya sea detective, aventurero o ladrón. Solo aquellos individuos que siempre eligen lo contrario escogen para identificarse un personaje antipático.

Todos los lectores extraen de las novelas policíacas, de misterio o de aventuras alguna forma de seudosuperioridad. Les gusta jugar con peligros que en realidad no son peligros para ellos y que, como saben de antemano, van a vencer. Se abstraen, por así decirlo, de la realidad sin tener que asumir ninguna responsabilidad. Y en eso reside el peligro de las historias fantásticas. Alejan de la realidad y abren el camino a un soñar irresponsable y neurótico. Los individuos valerosos no necesitan tales ficciones y no recurren a ellas.

*También me apasionaban las películas de criminales. Una vez pusieron en uno de los cines «El hombre del sótano». Estaba prohibida la entrada a los niños. Me pasé el día entero tramando cómo entrar. Al final conseguí que una de las chicas mayores me comprara una entrada, me calé el sombrero hasta la cara y entré.*

Ya ven el efecto de las novelas policíacas y de las películas de crímenes.

*La película me causó un efecto terrible. Durante una semana entera no pude conciliar el sueño. Tenía miedo de respirar en la oscuridad. Despertaba a mamá y, cuando ella se dormía, despertaba entonces a papá.*

<!-- p. 124 -->

Esta tendencia a molestar a sus padres por la noche nos es conocida desde hace tiempo. Cuando su estado de ánimo se volvió angustiado al identificarse con los personajes de la película, el resultado fue el que le imponía su estilo de vida. El resultado habría sido el mismo sin el sentimiento de angustia, pero con él se siente tanto más justificada.

*Un miedo terrible causó también lo siguiente:*

Observamos cómo esta muchacha empieza a describir cómo acumula angustias como un avaro acumula tesoros y cómo colecciona situaciones capaces de producir angustia.

*Papá tenía la costumbre de bajar las persianas, pero sin cerrarlas. Cualquier transeúnte podía mirar adentro. Una vez estaba yo acostada y despierta en la cama, entre mis padres. Papá todavía leía. Solía leer una hora antes de dormirse. Y de repente vi dos ojos que miraban fijamente al interior del cuarto, como los de un loco.*

El motivo erótico del espiar puede reconocerse claramente por la manera en que la muchacha describe el incidente. Cuando habla de sustos horribles, no debemos olvidar su tendencia a insistir en las situaciones que producen angustia y a exagerarlas.

*Era muy ambiciosa y aprendí deprisa durante mis tres primeros años de escuela. Lo que más me gustaba eran los ensayos* <!-- p. 125 --> *del coro. No tenía buena voz, pero sí buen oído. Algunos niños desafinaban siempre.*

También aquí vemos con qué agudeza advierte la diferencia entre ella y los demás. Para otra persona esa diferencia no habría tenido tanta importancia como para recordarla.

*Temblaban cuando les tocaba cantar y ni siquiera se atrevían a abrir la boca.*

Ha reconocido muy bien el desdichado sentimiento de inferioridad de aquellos niños a quienes les falta alguna habilidad y que pierden el dominio de sí mismos cuando tienen que poner al descubierto esa carencia. He visto niños casi desesperados porque no sabían silbar. Una vez conocí a un chico que me contó que durante mucho tiempo no había sabido silbar. Un día consiguió silbar y se sintió como si Dios fuera a silbar a través de él. Por esta descripción podemos ver la inmensa importancia que se atribuye a estas habilidades.

*Me hacían reír tanto que tenía que meter la cabeza debajo del pupitre.*

Sabemos desde hace tiempo que también la risa es un lenguaje y tiene un significado. Dostoievski dice que el carácter de un hombre se conoce por su manera de reír. Ella se ríe con tantas ganas que tiene que esconder la cabeza debajo del asiento. Eso parece como si le doliera mostrar a los demás lo superior que es. Quien <!-- p. 126 --> pueda evocar la imagen de un aula sabe que nada llama más la atención que esconder la cabeza debajo del banco. Es una exageración que parece más inofensiva de lo que realmente es.

*Y a veces me reía tanto que me ocurría un pequeño accidente.... Cuando tenía diez años, en cuarto curso de la escuela, empecé a descuidar mis tareas escolares. Me volví perezosa, distraída y muy soñadora.*

No sabemos por qué esta muchacha se volvió menos estudiosa en su cuarto año de escuela. Quizá tuvo otra maestra que le gustaba menos; quizá la regañaron. De repente echó el freno y se paró. Ocurre a menudo que los niños mimados progresan mientras el camino es llano y descuidan su trabajo en cuanto se presenta una dificultad.

*La maestra dijo que yo habría podido ser una de las mejores alumnas, pero que era demasiado perezosa.*

Con eso se da por plenamente satisfecha. Ese es el veredicto que a menudo atrae a los niños hacia la pereza: se contentan con la posibilidad. No especulan mal. «Más vale pájaro en mano que ciento volando» se toma por la mayor de las sabidurías. El sentimiento de «podría ser la mejor» basta; no van más allá para no destruir esa ilusión. Cuando realmente consiguen algo, tienen la ventaja de que los <!-- p. 127 --> demás los elogian; a los niños que son constantemente estudiosos no se les presta tanta atención. Los niños perezosos dan con un camino rentable; como todos los niños difíciles, trabajan en condiciones menos duras.

*A papá le eran indiferentes mis progresos en la escuela. Solo se preocupaba de mi salud. Siempre cuidaba de que tomara bastante aire fresco. Por la tarde, cuando terminaba de trabajar, salía a menudo a pasear conmigo. Caminábamos deprisa por las calles hasta el viaducto del ferrocarril. Allí esperaba yo, estremecida, hasta que el tren salía disparado del túnel. Se le oía tronar desde muy lejos. Me parecía un monstruo, un dragón, un diablo. En el momento en que pasaba como una exhalación a mi lado, yo le lanzaba maldiciones desde el humo que amenazaba con envolverme.*

Incluso este pequeño incidente se exagera, con comparaciones hechas para aumentar el efecto de la visión del tren. Incluso de ahí extrae la ventaja de una posibilidad de angustia. Construirá fantasmas hasta que ya no pueda librarse de su angustia. Ese es el desarrollo y el entrenamiento hacia una neurosis de angustia.

*Tampoco fui buena alumna en la escuela secundaria. Cuando llegó la Navidad de mi primer año de secundaria, deseaba con toda el alma un piano. Papá quería comprarme uno de segunda mano, pero no encontraba ninguno que fuera lo bastante bueno. Había llegado ya la mañana de Navidad.* <!-- p. 128 --> *Lloré, grité, regañé, amenacé con no comer ni beber si por la noche no había un piano en casa.*

No cabe duda de que incluso su relación con su padre está envenenada por su deseo de dominar.

*Por entonces papá ganaba bastante bien y de todos modos tenía intención de comprarme un piano. Cuando me puse tan furiosa, se vistió y prometió que intentaría comprar uno a plazos. Al cabo de un rato lo consiguió y el piano llegó justo a tiempo. Nunca en mi vida había sido tan feliz. Lo abrí enseguida y me puse a tocar. Luego corrí a casa de Sophie y la invité a venir conmigo a verlo. Y luego volví a tocar, y toqué y toqué hasta que papá me hizo parar. Aquel día fui verdaderamente feliz. Al día siguiente me levanté muy temprano y practiqué con aplicación. Antes siempre había dicho que tenía piano. Ahora ya no tenía que mentir.*

*Solía tocar piezas a cuatro manos con Sophie. A fin de curso se organizó un concierto en la escuela de música. Yo quería ir bien vestida y pedí unos zapatos blancos. Papá no quiso comprármelos y me pintó de blanco un par viejo. El examen general tuvo lugar en la escuela un domingo por la mañana. Tocamos nuestras piezas. Hasta tuvimos que aprender a hacer la reverencia correctamente. Todo salió bien. No tuve miedo escénico y toqué mis piezas* <!-- p. 129 --> *sin ninguna falta. Toqué una pieza con Sophie.*

Querríamos aprovechar la ocasión para decir unas palabras sobre el miedo escénico. El miedo escénico es un síntoma muy frecuente. En general puede decirse que el miedo escénico suele aparecer cuando las personas que se enfrentan a una tarea se preocupan menos por llevarla a cabo que por lo que la gente va a decir de ellas. Ya hemos visto que muchos neuróticos dependen enormemente de la opinión de los demás. Cuando su afán de lograr algo extraordinario se intensifica en exceso, el éxito de ese afán se vuelve cada vez más incierto y la posibilidad del fracaso se cierne tanto más cerca. Lo que se manifiesta claramente en el miedo escénico es la angustia general y neurótica ante una decisión, la actitud vacilante y la distancia entre la persona asustada y sus semejantes. Si no se alcanza la cima del éxito que ha fijado una ambición desmedida, el miedo escénico ofrece una coartada excelente. Si la tarea (un discurso, un examen o lo que sea) se ve coronada por el éxito, el valor de ese éxito se duplica, porque se ha conseguido a pesar del obstáculo del miedo escénico.

Hay diversas razones para la ausencia de miedo escénico antes de una actuación en público. Esa ausencia es o bien señal de una perfecta objetividad y adaptación a la vida, o bien rutina adquirida con el entrenamiento, o bien la <!-- p. 130 --> ingenuidad de quien nunca ha sufrido una derrota. El miedo escénico no es, naturalmente, una característica innata, sino que resulta de experiencias tempranas. La razón de la ausencia de miedo escénico en esta muchacha es sin duda la última citada, es decir, la ingenuidad de quien nunca ha sufrido una derrota. Podemos imaginar cómo será cuando se enfrente a un fracaso o a una situación peligrosa. Mientras siga progresando, no tendrá miedo escénico.

*Mi amiga se distinguió y recitó un poema al final de la función. Un año después descubrimos, además, que con mi manera de tocar el piano podía hacerse algo práctico y lucrativo. El padre de Tilda, el señor Stockinger, que era camarero en una taberna de vinos, propuso que tocáramos juntas en el local. Una tarde Tilda y yo reunimos nuestras partituras, piececitas, cuadrillas, valses, etc., y fuimos a la taberna. En la entrada nos faltó el valor. Discutimos sobre quién debía entrar primero y nos colamos las dos a la vez. El señor Stockinger nos llevó enseguida a una mesa y nos dio un poco de vino. Luego nos pidieron que fuéramos al piano. Al principio nos daba demasiada vergüenza. Después de hacernos de rogar un poco, sin embargo, fuimos al piano y, sin mirar a izquierda ni a derecha, empezamos a aporrear las teclas. Hubo muchos aplausos y eso nos halagó. Tras una breve pausa, tocamos la segunda pieza lo mejor que sabíamos. Cuando terminamos nuestro repertorio, cogimos un plato y* <!-- p. 131 --> *pasamos recogiendo dinero, que luego nos repartimos. De camino a casa compramos mucho chocolate y pasteles. Le di a papá una moneda de plata.*

*Junto a nuestra casa había un restaurante en el que una sociedad gimnástica se reunía todos los miércoles y sábados. Siempre contrataban a un músico para que tocara. Yo veía a menudo a los hombres haciendo ejercicios. Ponían las caras más graciosas cuando desfilaban al son de la música y cuando se ejercitaban con las pesadas pesas de hierro que no conseguían levantar del todo. Les temblaban los brazos y se les sacudía la barriga. Apenas podía contener la risa.*

Cómo intentaba vengarse de los que eran fuertes. Querría ponerlos a todos en ridículo con sus risas y siempre encuentra un motivo para reírse de ellos.

*Una vez el músico se puso enfermo y el dueño del restaurante no sabía qué hacer para conseguir un sustituto con tan poco tiempo. Pensó en mí. Yo estaba muy dispuesta, puesto que podía ganar un poco de dinero.*

Habría que decir aquí algo sobre el deseo de los niños de ganar dinero. Los niños tienen un intenso anhelo de ganar dinero, y hay que intentar encauzar ese anhelo en la dirección adecuada. Podemos descubrir el mismo anhelo en adultos que siempre han dependido económicamente de otros y que nunca han ganado dinero por sí mismos. Es un error <!-- p. 132 --> hablar aquí de avaricia, de ahorro o del deseo de dinero per se. Lo vemos mejor a la luz de la psicología individual. Es la lucha por la igualdad. Puesto que en nuestra civilización el dinero se ha convertido en la medida del valor de un hombre, aunque sea una medida de lo más inadecuada, todo el mundo se esfuerza por realizar su valor en dinero. Así entendemos el deseo del niño de tener dinero y de poseerlo como el empeño por ser igual.

*A los gimnastas les gusté y me invitaron a tartas y cerveza. Uno de los hombres era muy gordo. Más tarde recibí otra propina. En casa me daba toda clase de aires, desairaba a mi familia, contestaba a sus preguntas con nerviosismo y luego les decía que debían tener alguna consideración conmigo después del esfuerzo de un trabajo tan duro.*

Vemos cómo esta muchacha empieza a darse aires. Ya lo ha hecho antes para parecer más grande.

*Sustituí al pianista mientras estuvo enfermo, y más tarde tocaba de vez en cuando cuando él estaba fuera. En nuestro diminuto piso apenas había sitio para moverse. En la casa de Sophie quedó libre una vivienda que tenía una habitación más, y la sala y la cocina eran también más grandes. Nos mudamos allí, pero mi proximidad a Sophie duró poco. Por una razón u otra, el casero despidió a los padres de Sophie. Sus padres vendieron la tienda y se mudaron a Ottakring,* <!-- p. 133 --> *bastante lejos de nosotros. Yo la visitaba a menudo. Me habló de un chico del que se había enamorado y me lo señaló. Lo examiné y luego le di mi opinión: «Yo no querría tener nada que ver con un chico así. Quítatelo de la cabeza».*

Ya conocemos esta actitud. Lo que tiene otro no vale nada.

*Eso no me impidió coquetear con él.... Siempre me arreglaba con esmero cuando iba a verla y me pavoneaba delante de ella. Me admiraba muchísimo.*

Ahí tenemos la amiga ideal para esta muchacha. Su amiga tiene que admirarla, aguantar sus críticas y dejarse mandar.

*Me adoraba. Tomaba al pie de la letra todo lo que yo decía. En su nuevo barrio conoció a una chica de la que nos burlábamos las dos. Sophie me explicó que solo andaba con ella porque se aburría, pero que siempre pensaba en mí. Para darle celos, le conté que me había enamorado de un chico, se lo describí con detalle y le conté cómo nos besábamos y cómo hablábamos en el cine. Le dije que seguro que se casaría conmigo. Y le prometí que en mi noche de bodas la escondería debajo de mi cama, y ella prometió hacer lo mismo si se casaba antes que yo.*

<!-- p. 134 -->

Otra vez su curiosidad penetrante.

*Luego nos besamos y nos juramos ser siempre fieles la una a la otra. Se quejaba a menudo de su padre adoptivo. Contaba chistes groseros que le repugnaban profundamente. Hasta quería «tocarla». Le tenía mucho miedo. Yo me estremecía al oírlo. Su padre adoptivo era además muy severo; le daba bofetadas cuando traía de la escuela unas malas notas. Mi padre se reía y decía: «Cinco es más que uno».* (Cinco era una mala nota; uno, una buena nota.)[^t7-1] *Una vez saqué un cinco en la clase de religión. Fue así. No había ido a misa el domingo y tenía que dar una excusa adecuada. En lugar de hacerlo, cuando me preguntaron por qué no había asistido, contesté: «Porque no quise».*

Sabemos que en la escuela nada es más peligroso que decir la verdad sobre cosas así. Mientras uno miente, es respetable, pero cuando dice la verdad, es un culpable. No sé cómo salen los niños de este entrenamiento escolar. ¡Ay del niño que dice «Me aburría», o que a la pregunta «¿Por qué no me has saludado?» contesta «Porque no quise»! Cuando miente, es un miembro apreciado de la sociedad humana; cuando dice la verdad, está perdido.

Aquí vemos otra razón por la que mienten los niños. A menudo es el camino de menor resistencia. Los niños aprenden <!-- p. 135 --> a ahorrarse mintiendo muchos momentos desagradables. A veces tienen el ejemplo de un adulto al que sorprenden en una mentira y al que luego imitan. En este último caso se añade el atractivo de poder imitar a un adulto o, dicho de otro modo, de parecer más grande de lo que uno es realmente.

*En la clase se hizo un silencio sepulcral. Sonó a blasfemia. Al menos era sincero. Solo que la maestra no supo apreciar mi sinceridad.*

Comprendemos cómo llegó esta muchacha a hacerlo. Tiene que sentirse superior también a su maestra.

*Creo que eso fue en primer curso de la escuela primaria. Por entonces papá tenía un libro con láminas que ilustraban toda la historia de la persecución de los cristianos en Roma. Yo todavía no sabía leer muy bien, así que él me explicaba las láminas y me contaba toda la historia. Yo montaba escenas teatrales con mi muñeca. Casi siempre ella hacía el papel de la hija de un rey. Seguramente bajo la influencia de aquellas láminas que representaban la crucifixión, compuse la siguiente obra: un caballero desconocido rapta a mi muñeca y la besa delante de su marido, que acaba de entrar. Su marido se pone a gritar. El caballero, con el consentimiento de la princesa raptada* (la muñeca), *hace que un par de ayudantes del verdugo acuchillen al marido, lo torturen con tenazas al rojo y luego ordena que lo desuellen. Y mientras me imaginaba* <!-- p. 136 --> *todo eso, tuve de repente una sensación de lo más extraña.*

Ahí tenemos el surgimiento de una fantasía sádico-sexual. Ella solo es espectadora, pero hay en ella la inclinación a observar siempre lo mal que le va a algún otro. Hemos señalado a menudo cómo intenta degradar a los demás. Hay dos cosas que considerar al intentar explicar cómo llega a crear tales imágenes: 1) su padre, con la historia de la persecución de los cristianos, le ha abierto realmente la puerta a la excitación sexual bajo la capa de escenas e imágenes sádicas y dolorosas; 2) ella descubre al mismo tiempo que pertenece a ese tipo que, ante tales escenas, no reacciona con palpitaciones aceleradas, carne de gallina o pérdida del control de los esfínteres (los músculos que regulan la evacuación de los desechos del cuerpo), sino con excitación sexual. Deducimos que sus sueños de angustia y su afición a las películas de criminales no quedan en ella como meras imágenes de angustia, sino que van más allá y la excitan eróticamente.

*Cuando pasó la sensación, me levanté y pensé: «Ahora has hecho un descubrimiento maravilloso. Nadie sospecha qué sensación tan maravillosa pueden producir esas imágenes».*

Hemos oído cómo estaba entrenándose en la producción de imágenes de angustia y, <!-- p. 137 --> ahora que su tipo cobra una forma más clara, empieza a entrenarse con más fuerza en esa dirección.

*La primera vez que oí realmente algo sobre las relaciones sexuales fue en primer curso de la escuela secundaria. En aquella clase había una camarilla de chicas que habían madurado pronto y tenían el cuerpo bien desarrollado. Se suponía que entendían los chistes de doble sentido y que salían con chicos. En los recreos se las veía siempre cuchicheando entre ellas. Yo quería saber lo que sabían, así que me acerqué a ellas, me comporté como ellas para ganarme su confianza y volvía de la escuela a casa con ellas.*

Ocurre con frecuencia que los niños fingen saber más de lo que realmente saben para enterarse de algo. Aquí vemos con toda claridad cómo se difunde en la escuela la información sobre el sexo. Estoy convencido de que no hay medio de impedirlo. Todo lo que haga quien intenta explicar el sexo a los niños para combatir esa difusión es inútil frente a la fuerza elemental que impregna la escuela. A esa edad los niños son críticos y no se lo creen todo.

*Cuando por fin me quedé a solas con una chica que se suponía que sabía muchísimo, le pregunté si sabía de dónde venían los niños. Dijo que sí. Le supliqué que* <!-- p. 138 --> *me lo contara. Yo había oído cosas distintas, pero no me las creía. Al principio no quería contármelo. Pero la importuné tanto que al final accedió. Tuve que jurar que nunca se lo diría a nadie.*

Fíjense en cómo la chica que se supone más experimentada siente vergüenza y apuro, y cómo exige que se guarde el secreto.

*Luego acercó su cabeza a la mía, se puso a pasear arriba y abajo conmigo y me dijo que, para tener un hijo, hay que tener relaciones sexuales. La expresión «relaciones sexuales» no me resultaba clara, así que me describió el procedimiento. Horrorizada, grité: «¡Eso no puede ser verdad!».*

[^7-1]: La neurosis obsesiva produce síntomas que, según cree el paciente, le obligan a hacer ciertas cosas contra su voluntad consciente.

[^t7-1]: En la escala de calificaciones austriaca, de 1 (la mejor) a 5 (suspenso). (N. del T.)

<!-- p. 139 -->

## VIII. El choque del conocimiento sexual

La psicología individual ha sostenido siempre que el hombre es un todo indivisible, un haz de vida más o menos concentrado que tiende hacia una meta. Para alcanzar esa meta construye un sistema en el que acoge todo lo que puede hacerle avanzar y por el que rechaza todo lo que puede estorbar su progreso. Cuando un hombre tiene una vivencia y esa vivencia queda registrada en su memoria, pasa a formar parte de su sistema y a pertenecerle. Este sistema existe siempre, y no hay forma de expresión que no le pertenezca. La vida de una persona corrientemente sana oculta este sistema; los trastornos mentales graves lo revelan con nitidez. Los psiquiatras reconocieron hace tiempo el rígido esquematismo de las enfermedades mentales, especialmente notable en la paranoia. Las investigaciones de la psicología individual han ido un paso más allá y han mostrado que en todo ser humano está presente un esquema vital semejante, con la salvedad de que en los individuos relativamente normales no se advierte de manera tan destacada.

Si aplicamos esta idea a nuestra historia, nos <!-- p. 140 --> acercamos mucho más a la comprensión del sistema de esta muchacha. Hasta ahora hemos podido armonizar con su sistema cada rasgo y cada expresión. Tenemos que habérnoslas aquí con una niña mimada que quiere ocupar siempre el primer puesto y que quiere evitar toda situación que no encaje en su estilo de vida. Veamos si nuestro postulado está justificado.

*Mi falta de confianza pareció ofenderla un poco, así que me volvió a describir todo el asunto. Entonces quise saber si solo algunas personas tenían relaciones sexuales o de verdad todo el mundo.*

Esta es una de las preguntas habituales que hacen los niños en cuanto se enteran de algo sobre el sexo.

*Me contestó: «Todo el mundo; si no, no habría niños», y luego me prometió contarme más la próxima vez.*

Aquí tenemos ahora el punto del que he hablado a menudo.... No hay que creer que las explicaciones de los niños sean más perniciosas que las de los adultos instruidos. Si se comparan las explicaciones que dan los niños y las que dan los científicos, a menudo se preferirá la explicación de los niños. Su descripción es más humana, más delicada. Esta niña no tiene por qué creer a la otra, que se supone que sabe más; puede dudar y prepararse así para la verdad. Cuando llega un adulto con su oficiosa autoridad <!-- p. 141 --> y da una explicación brusca y dogmática, el niño no tiene tiempo de prepararse, ni tiempo de dudar, de adaptarse o de protegerse. Basta examinar un folleto de educación sexual para ver que los niños son más delicados.

*A pesar de la descripción exacta, yo seguía dudando de sus palabras. Me parecía demasiado cochino. Llegué a casa muy alterada. Cuanto más lo pensaba, más grotesco me parecía el supuesto acto sexual. Me daban náuseas cuando pensaba en todas las demás personas; a mis padres los exceptuaba, porque de verdad no creía que hicieran algo tan asqueroso. Hasta se me ocurrió que probablemente era un chiste verde que algún hombre había inventado y difundido.*

Ven ustedes el intento de amortiguar el golpe.

*Pensaba, sin embargo, que la gente buena, y en particular mis padres, eran del todo incapaces de hacer algo semejante. Y una muchacha que se permitiera hacer eso estaba, a mis ojos, contaminada y degradada. Me resultaba inconcebible cómo se podía vivir después de algo así.*

Aquí aparece el escollo que no parece posible evitar al dar a un niño educación sexual, puesto que el niño tiene ya una forma de vida fija. Cuando un niño así se afana por ser el primero, por brillar en todos los aspectos, recibe de semejante explicación la impresión de que el sexo tiene que ver con algo degradante, y <!-- p. 142 --> tarde o temprano se protegerá de la aproximación del otro sexo. Ni la explicación más cuidadosa puede evitar este peligro. El grado en que rechazará los acercamientos dependerá de cuánto haya alimentado su ambición. Tendrá dificultades, empezará a sentir rencor contra su sexo. La superioridad del papel femenino parece amenazada, y esto se debe a nuestra cultura, que concede a los hombres privilegios por los que parecen superiores en el acto sexual. Es una mentira de nuestra cultura. Si pudiéramos extirparla, no conceder privilegios a los hombres y lograr la igualdad, entonces no habría lugar para la idea de degradación o de inferioridad. Pero «lavarse sin mojarse» es imposible. Si yo creyera que este escollo puede evitarse con explicaciones, daría muestras de una ingenuidad superlativa.

*Era incomprensible que la gente pudiera seguir viviendo después.*

Podemos imaginar que una muchacha tan ferozmente ambiciosa intentará por todos los medios apartar de sí todo pensamiento de amor y matrimonio. Luchará desesperadamente por evitar cualquier solución cuando esos pensamientos se conviertan en un problema serio. Parecerá alguien que se ha propuesto la tarea de construir una vida de la que estén excluidos el amor y el matrimonio.

*En cómo había llegado yo misma al mundo no pensé en absoluto.*

Esta es una de las formas en que se manifiesta el rechazo <!-- p. 143 --> del papel femenino, la eliminación de la actividad sexual. No pensaba. Lo que hace es un trabajo activo y difícil. Es un esfuerzo mental. No ver, ni pensar, ni encontrarse cara a cara con la pregunta: ¿cómo llegué yo al mundo?

*Le confié a Sophie lo que había averiguado y añadí que no podía creerlo. Entonces ella me contó que hacía algún tiempo había oído crujir mucho la cama de sus padres. No había podido ver nada porque estaba demasiado oscuro, pero el crujido era muy sospechoso: seguro que sus padres tenían relaciones. Le hice describirme el crujido con todo detalle. Luego le dije: «Puede que sea así con tus padres, pero los míos seguro que no lo hacen. Yo duermo entre ellos en la cama y ya lo habría notado hace mucho. Además, mi padre es demasiado decente. Al principio quería ser sacerdote».*[^t8-1]

Ven ustedes que su primera reacción es un pensamiento que nace ante todo de su anhelo de superioridad. Del mismo modo que antes no decía que su padre era sastre, ahora lo rodea de la gloria de haber querido ser sacerdote.

*Poco después volví a casa otra vez con mi compañera enterada. Me contó muchísimas cosas más, todas las cuales me parecieron repugnantes: que todas las mujeres casadas tenían relaciones; que la primera vez dolía mucho y que la primera vez se sangraba; que las prostitutas lo hacían por dinero y luego se operaban para no* <!-- p. 144 --> *tener hijos; y que los hombres llevaban un preservativo de goma.*

Ven ustedes que ahora estamos en el terreno del esclarecimiento sexual.

*Otra muchacha contó más tarde que tenía en casa un grueso libro de medicina que leía a escondidas. En aquel libro se explicaba con detalle el acto sexual y también los órganos sexuales, y además había láminas. Le pedí que me prestara el libro. Me contestó que tenía miedo de que sus padres descubrieran que faltaba el libro o de que mis padres lo descubrieran en mi poder. La convencí de que todo quedaría en secreto, y me prometió dejarme el libro dos horas.*

Un procedimiento frecuente en la época del esclarecimiento sexual es buscar en los libros. El diccionario desempeña un papel importante.

*Me invitó a su casa. Envolvimos el libro en periódicos y yo lo llevé con el corazón palpitante a mi casa y lo escondí debajo de una cómoda. Después de cenar lo saqué y me senté en un rincón. Mis padres estaban muy ocupados en ese momento y no me vigilaban. Leí con una excitación sin límites. Ahora lo tenía negro sobre blanco y no podía hacer otra cosa que aceptar el acto sexual como un hecho. Pero seguía creyendo a mis padres incapaces de hacer algo semejante. Y entonces decidí no casarme nunca.*

<!-- p. 145 -->

Ven ustedes que aquí tenemos la confirmación de lo que esperábamos, de modo que podemos prever con precisión lo que va a hacer o dejar de hacer, de acuerdo con el estilo de vida que ha desarrollado hasta ahora. Reúne razones para evitar el amor, en el que teme una derrota.

*En las raras ocasiones en que papá y mamá se mostraban cariñosos el uno con el otro, yo me echaba enérgicamente entre ellos y les daba a entender que la única que debía recibir caricias era yo.*

También aquí hay una reacción enérgica contra la sexualidad. Si se supone que hace esto porque tiene celos de su madre y quiere ocupar el lugar de su madre respecto a su padre, se perturba la clara unidad de su pauta de conducta. Freud llamó complejo de Edipo a los celos infantiles hacia uno de los padres, cuando es del sexo opuesto. Edipo era un griego que, sin saberlo, se casó con su madre después de haber matado a su padre. Creemos que solo en pocos casos los celos infantiles se basan en razones sexuales. Por lo general, los celos de los niños no expresan el deseo de posesión sexual del padre o de la madre, sino simplemente el deseo de ocupar una posición más alta y más poderosa. Son una expresión del afán de superioridad.

*Por la noche me acostaba como un Cerbero entre los dos. A menudo me quedaba despierta durante horas, no a propósito para vigilar: sencillamente me costaba dormirme.* <!-- p. 146 --> *Y cuando papá roncaba, le hacía cosquillas con mi trenza, y cuando roncaba mamá, la sacudía. No podía soportar los ronquidos.*

Una desviación parcial del tema. También aquí no hay más que yo y otra vez yo. Todo tiene que suceder como yo quiero. A menudo puede verse en la vida posterior de los adultos que no soportan ciertas costumbres, por ejemplo, los ronquidos. Nuestra muchacha se opone a molestias como los ronquidos o que se encienda la luz. Se ve cómo el afán de poder se refleja en estas nimiedades. La menor ocasión se aprovecha como oportunidad para dictar una ley a otro. Donde con más claridad puede verse la poderosa coacción es en la exigencia de silencio. Es uno de los medios a los que más se recurre. Es un medio que parece modesto, pero que en realidad es tiránico. Como si algo así como el silencio fuera posible. El otro tiene que ajustar sus normas de vida a las mías; tiene que vivir de manera que mis exigencias se conviertan en su máxima general.[^t8-2]

*Cuando oscurecía, las prostitutas recorrían las calles. Ahora las miraba con ojos completamente distintos. Me habría gustado esconderme en el cuarto de una de ellas para ver lo que ocurría. Y una vez, al anochecer, había un hombre de pie delante de una casa de la calle con los pantalones abiertos.*

A esas personas se las llama exhibicionistas. Son cobardes ante la vida que eluden la relación sexual normal y llegan a su sórdida satisfacción exhibiendo <!-- p. 147 --> sus órganos sexuales ante mujeres deseables, por lo general muchachas jóvenes. Los excita el susto y el nerviosismo que despiertan en la muchacha; extraen un triunfo barato de su aparente poder para colocar a otro ser humano en una situación miserable.

Probablemente hay pocas muchachas y mujeres que nunca se hayan topado con un exhibicionista. Es un suceso frecuente del que los hombres son menos conscientes. He sabido por experiencia personal que es un abuso muy extendido. Produce una fuerte impresión en una muchacha así, y la aparta todavía más del camino normal.

Al contar su historia, sabe que está entrando en el camino de la deserción. Mientras planea y sigue su pauta de conducta, coloca un ladrillo tras otro, cimentados por su afán de superioridad y por su lucha por excluir todo lo que no encaja en su sistema.

*Grité y salí corriendo como loca. Nunca en mi vida he corrido tan deprisa.*

Ven ustedes con qué fuerza se subraya. Es la huida que se manifestará en todo y en todas partes.

*Cuando estaba en segundo curso de la escuela secundaria, de pronto me imaginé que tenía las pantorrillas demasiado delgadas....*

<!-- p. 148 -->

Eso es duda de la propia belleza. Esta muchacha duda con facilidad. Si se imaginara que era guapa, sería un impulso en la dirección del amor. Si convirtiera en realidad su anhelada superioridad, podría verse obligada a afrontar y aceptar un problema.

Podría objetarse aquí que se esfuerza por ponerse más guapa, que en realidad quiere atraer a los hombres y llegar con el tiempo a una relación normal. Es cierto que quiere atraer, pero solo para asegurar su superioridad. En el fondo duda de ser de verdad lo bastante atractiva para que alguien la quiera. Y esta duda es más importante que todo el inútil trajín con que parece halagar su vanidad. Esta duda está arreglada. No debemos olvidar que la duda no cae del cielo: encaja exactamente en el sistema de una persona. Hay dos maneras de considerar la duda. O dudamos porque hay algún problema sin resolver, o dudamos para tener una excusa con que eludir una decisión.

Nuestra muchacha necesita la duda en su sistema y por eso hace descubrimientos como este, de los que sin duda oiremos más.

*...y me puse tres pares de medias. Papá se enfadó, porque era verano, y dijo que me sudarían los pies. Así que les corté los pies a las medias y solo llevaba la parte de arriba. Luego las rellené de algodón y hasta me puse unos calzones de punto de papá.*

<!-- p. 149 -->

Aparte de que este proceder nace de una duda sobre el propio poder de atracción, es un síntoma de un estado nervioso que ya conocemos. Es una actividad en el lado inútil de la vida. Es una sobrevaloración de cosas inútiles. La armonía de la vida queda destruida por ella.

*También los brazos*

Ven ustedes cómo progresa.

*...me parecían demasiado delgados.*

Estamos preparados para que encuentre en sí misma muchos puntos feos, con la consecuencia: «No puedo casarme; tengo que excluir el amor por completo de mi vida». Reúne razones como la abeja la miel, para escurrir el bulto.

*Por nada del mundo habría salido con un vestido de manga corta. Luego me imaginé que tenía manos de serpiente. Así que procuraba esconder las manos todo lo posible. En la escuela había chicas con cuerpos llenos de curvas. En mí no había nada que ver. Olga y yo nos medimos el pecho con la cinta métrica. El resultado fue muy desalentador. Entonces nos rellenamos el busto con pañuelos y nos paseamos por la calle.*

Eso parece un intento de atraer a los demás. Sin embargo, en relación con otros hechos, percibimos que esta muchacha se considera de poco valor. <!-- p. 150 --> Hace intentos, como ella dice, de mejorar su aspecto. En estos intentos se esconde un profundo sentimiento de inferioridad. Haga lo que haya hecho hasta ahora, en ninguna parte hay un indicio en la dirección del amor y el matrimonio. Tales intentos bastan para pasearse por la calle, pero no bastan para el matrimonio.

*Una vez, al pasarme la mano por la cabeza, me pareció puntiaguda y angulosa.*

Ahora ha llegado al final de su arte. Puede rellenar las medias para que las pantorrillas parezcan más gruesas, puede rellenar el corpiño para abultar el busto, pero ¿y la cabeza? Ven ustedes cómo continúa este entrenamiento. Hasta llegar a la cabeza todo había sido remiendo; tiene que llegar al punto en que se demuestre a sí misma que no está hecha para el amor.

*Solía dejarme puesto el sombrero todo el tiempo que podía. A veces el sudor me corría por debajo y no me lo quitaba. Ahora recuerdo que cuando tenía ocho años se me olvidó quitarme el sombrero en clase. La maestra tuvo que recordármelo.*

Llegados aquí, convendría decir algo más sobre los hechos recordados y olvidados. Ya hemos visto que[^t8-3] de los recuerdos pueden sacarse determinadas conclusiones, así como de los incidentes en <!-- p. 151 --> el estilo de vida de un individuo. Tienen un valor psicológico definido. Tales incidentes reales carecen por lo general de importancia para el propio individuo.

¿Qué sucede aquí? La muchacha nos dice más de una vez que ha escondido la cabeza. No lo dice directamente, pero da a entender que de niña quería esconder la cabeza. En sí misma es una observación sin consecuencias. ¿Por qué la cuenta? Salta de un hecho a otro, y a menudo se tiene la impresión de que un hecho ha de justificar el otro. Esto es muy común entre las personas nerviosas. Buscan las justificaciones y las pruebas más irracionales de que su conducta es correcta. Establecen una lógica privada. Cuentan vivencias completamente corrientes, pero a las que atribuyen tal importancia que uno se pregunta por qué les dan tanto peso, hasta que descubre que esas vivencias o esos hechos han de servir de justificaciones. La maquinaria psíquica del neurótico es tan delicada que la menor perturbación de fuera altera su funcionamiento, y por eso se protege con una coraza de justificaciones a mano. No se permite la entrada en el sistema a nada que antes no haya sido forzado a golpes a adoptar una forma que encaje.

Nos asombra la destreza de una persona así, que manipula vivencias y sucesos hasta que encajan en su estilo de vida. Si no supiéramos que el alma del hombre es una unidad en la que él trabaja para <!-- p. 152 --> ordenarla con más arte, nos preguntaríamos por qué se proyecta un asunto tan insignificante. Es la necesidad de unidad de la vida psíquica del hombre, una parte de la fuerza creadora general de la vida anímica.

*Tenía la costumbre de hacerme yo misma los sombreros, casi siempre con los retales de las prendas que hacía papá. La mayoría eran imposibles, pero alguno que otro se podía llevar. Hacer sombreros se fue convirtiendo en una manía. La cosa llegó tan lejos que papá tuvo que guardar bajo llave todos los trozos de tela sobrantes de la casa.*

Creo que hemos comprobado que tiene un buen sentido visual. Podemos imaginar que la alegría de diseñar algo agradable a la vista la estimulaba. Añadamos que nunca la han reñido, que todo lo que hace o dice se elogia, y comprenderemos así que hacer sombreros representaba también un entrenamiento. Es evidente aquí un deseo más profundo de crear algo agradable para poder brillar.

*Papá tenía un abrigo viejo que me había prometido arreglarme. Nunca encontraba tiempo para hacerlo. Me enfadé y lo reñí. Creo que le llamé «vago».*

Ya saben ustedes qué relaciones tan amistosas hay entre ella y su padre, pero ven con qué facilidad pueden romperse cuando pasa a primer plano la cuestión del poder y cuando su padre no quiere <!-- p. 153 --> seguir su deseo. Podría decirse que es impulsiva.

La impulsividad es una cuestión de temperamento. ¿Qué es el temperamento? Médicos, psicólogos y filósofos discrepan todos sobre el significado del temperamento. Desde los tiempos de los griegos, el temperamento se ha dividido en cuatro clases distintas: el sanguíneo, el colérico, el melancólico y el flemático. Tales divisiones son puramente descriptivas y responden solo al deseo de orden del pensamiento humano. Las formas puras de temperamento rara vez se dan; lo que solemos ver son mezclas. Un ser humano puede además pasar, en el curso de su vida, de un temperamento a otro. Los representantes de las ciencias naturales creen que los temperamentos se deben a las diversas actividades de las glándulas internas, como la glándula tiroides, las glándulas sexuales, las glándulas suprarrenales, etc. Esta suposición es completamente mecánica y no se ha demostrado. Nosotros, por el contrario, consideramos el temperamento un dispositivo de seguridad oportuno, cuyo desarrollo está determinado por el grado del sentimiento de inferioridad y del desaliento. El temperamento es un medio para alcanzar la propia meta ficticia.

Durante siglos se ha supuesto que el temperamento era innato y heredado. Es una de esas suposiciones que sirven para librarnos de responsabilidad. Cuando un acto se atribuye al temperamento, quien lo hace ya no es responsable. E incluso cuando <!-- p. 154 --> las condiciones corporales (las llamadas disposiciones) tienen cierta influencia en el desarrollo de una determinada cualidad temperamental, puede objetarse que no hay ninguna condición corporal que obligue a un individuo a adoptar una determinada actitud ante la vida. Hay, desde luego, condiciones físicas específicas que sugieren una actitud anormal y dificultan una normal.

El temperamento, como la mayoría de las cualidades mentales, se entrena para que sirva de medio para alcanzar la meta. Quien cree que conseguirá su objetivo estando quieto e indolente se volverá flemático, pero solo seguirá siéndolo mientras le parezca ventajoso. Quien cree que tiene que avanzar al asalto se volverá impulsivo. Naturalmente, el ambiente y las vivencias, así como la constitución física, desempeñan un papel importante, pero nunca coercitivo, en la formación y el desarrollo del temperamento. Todo niño es impulsivo cuando se halla en la situación de crecer como niño mimado y que luego le nieguen sus deseos. Podría mencionarse la psicopatía, pero ella maneja el asunto con toda corrección; nosotros, con la misma meta, no obraríamos de otro modo.

*Papá se levantó, rechinó los dientes y me dio un golpecito. No me hizo daño, pero del miedo volvió a ocurrirme un pequeño accidente.*

<!-- p. 155 -->

Podemos suponer que esta muchacha pertenece al tipo físico que pierde el control de la vejiga en un estado de miedo.

*Cuando llegó la guerra tuvimos que tejer toda clase de cosas para los soldados: manoplas, calcetines, etc. A mí me tocó tejer un par de manoplas. Tejí un dedo índice en el lugar del pulgar y viceversa, y luego intenté estirar los dedos. Cuando tuvimos que entregar las labores, me daba miedo entregar las mías, pero por suerte la maestra no notó nada.*

Durante la guerra se repartieron entre los soldados cosas mucho peores que esa.

*Me daba pena el soldado que fuera a recibir aquellas manoplas. ...Después de dos años de ausencia, Lina volvió de Praga. Venía muy elegante y traía un montón de baúles. Mientras deshacía el equipaje, me apoderé de un par de zapatos suyos y me los probé. Me quedaban perfectos. Eran los primeros de tacón alto que me ponía; papá solo me dejaba llevar zapatos de tacón bajo. Más tarde, cuando me mandaron a buscar cerveza, fui rápidamente al café de al lado. Allí solía haber dos hombres, uno de los cuales me había pedido una vez que jugara a las cartas con él. Yo estaba un poco enamorada de él.*

Quizá asombre a muchos de ustedes que aquí se mencione el amor. No están seguros de si es amor o <!-- p. 156 --> de si la cuestión del poder no desempeña un papel demasiado grande; posiblemente es una relación que consiste casi por entero en un afán de superioridad. Si esta muchacha sigue adelante, con toda seguridad ocurrirá algo que impida que el asunto se desarrolle del todo.

*Él estaba allí cuando entré, pero por mucho que me esforcé en llamar su atención sobre los tacones altos, no se fijó en ellos.*

Aquí comienza algo a lo que no suele prestarse mucha atención: un intento de causar impresión. Debajo hay otro afán distinto del que suele considerarse, a saber, el motivo del poder.

*Lina me trajo unas zapatillas bohemias, un cuaderno de escritura y muchas otras cosas que no recuerdo. Pero cuando aparecieron el perfume y el dentífrico líquido,[^t8-4] me apoderé de ellos y corrí a enjuagarme la boca y me rocié la ropa de perfume. Ahora volvíamos a estar todos juntos: eso me hacía feliz.*

Sabemos qué la hace feliz: la satisfacción de su deseo de superioridad. Cuanto más se acerca a su ideal de ser el centro, más cerca está de la felicidad. Cuanto mayor es su corte, mejor.

*Teníamos un ratón en casa. Cuando mamá hacía algún dulce en el horno, el ratón solía entrar por una rendija* <!-- p. 157 --> *de la puerta. El olor lo atraía. Mamá y yo teníamos un miedo terrible a los ratones.*

Es bien sabido que las muchachas temen a los ratones y les dan asco. Hay en ello un motivo femenino, el motivo de ser sorprendida, el miedo a que el ratón le haga daño. No siempre es un símbolo sexual, pero si recuerdan cómo se comportan las muchachas en cuanto oyen hablar de un ratón, cómo se protegen como si fueran a ser asaltadas, comprenderán que en algunos casos puede ser un símbolo así.

*Estaba sentada en mi cuarto cavilando. Era una costumbre mía de entonces.*

La tendencia a ocuparse de cosas inútiles se va acentuando.

*Papá llevó la lámpara de petróleo a la cocina y se sentó a la máquina de coser. Y mientras yo estaba allí sentada en la sombra, algo cruzó corriendo el suelo de un lado a otro del cuarto. Corrí hacia papá y grité: «¡Un ratón!». Papá opinaba que yo veía ratones por todas partes y que solo era una sombra que se movía.... Yo tenía buen olfato para el olor a ratón.*

Ya hemos oído hablar de su nariz.

*Lo olía claramente en mis partituras; siempre he tenido un olfato extraordinario. Una noche, como ocurría tan a menudo, estaba acostada entre mis padres,* <!-- p. 158 --> *que ya dormían. Estaba oscuro y todo muy tranquilo. Oí algo que respiraba y arañaba la puerta. Me quedé aterrada y al principio pensé que era un ladrón. Me tapé la cabeza con la manta y escuché atentamente. Luego me di cuenta de que era un ratón y desperté a mamá. Mamá no se asustó menos que yo. Entonces desperté a papá. Él se rio de nosotras. En broma le prometí una moneda de plata si se levantaba de la cama y ahuyentaba al ratón. Cuando encendió la lámpara, cesaron los arañazos. Evidentemente, el ratón tenía miedo de la luz.... Compramos una ratonera, pero no atrapó al ratón. El roedor se volvía cada vez más descarado. A menudo lo oíamos arañar a plena luz del día. El ratón me daba tanto asco que intenté obligar a mis padres a mudarse. Para tranquilizarme, solían contar las historias de ratones más divertidas. Decían que una vez un ratón se había metido de un salto en el bolsillo de nuestro oficial, Krassny. Al hermano de mamá le gustaba jugar con ratones, y una vez llegó a meterse uno dentro de la camisa.*

Ven ustedes cómo surge la idea de que un ratón puede esconderse de algún modo en la ropa de uno.

*Mi pavor no había manera de vencerlo. No podía comer un bocado más cada vez que oía arañar al ratón durante la comida. Por fin mamá pidió prestada otra ratonera a una vecina y con ella atrapamos al ratón. Papá quería ahogarlo;* <!-- p. 159 --> *pero cuando lo vi en la jaula, me dio lástima por sus ojos suplicantes y sus movimientos angustiados, y supliqué que le perdonaran la vida.*

¿Cómo podemos conciliar esto con el estilo de vida de la muchacha? Por pequeño que sea este objeto, ahora puede ser ella la misericordiosa; dispone de la vida y de la muerte. Eso le da un sentimiento de fuerza. Probablemente se saldrá con la suya.

*Salimos a la calle y dejamos correr libre al ratón.... Poco después atrapamos un segundo ratón. Pero para entonces yo estaba tan resentida que estuve de acuerdo cuando decidieron ahogarlo. Mamá echó agua en el cubo; papá cogió la ratonera; yo me subí a la mesa para estar a salvo. Por desgracia, el ratón fue más rápido que ellos, saltó como un rayo de la ratonera y se escondió. Mamá y yo estábamos furiosas. Sabíamos que se guardaría mucho de volver a entrar en la ratonera. Una semana después, cuando volvía a casa una tarde —nuestro piso estaba al fondo del pasillo de la casa—, había un ratón sentado delante de nuestra puerta.*

Habla tanto de ratones que ahora prestamos atención. Tiene que haber alguna relación con una preparación anterior para la cuestión sexual; algo se refleja ahí que ya había empezado.

*Grité, corrí a la puerta de la casa y pedí socorro a gritos a mis padres por la ventana.*

<!-- p. 160 -->

Se comporta como cuando vio al exhibicionista.

*Mamá salió enseguida con una escoba. El ratón había desaparecido. Sin duda era el mismo que ya habíamos atrapado, y por eso no se atrevía a entrar en nuestro piso. Creo que además avisó a los demás ratones de cómo era nuestra casa, porque desde entonces nos vimos libres de ratones. También tenía mucho miedo, como la mayoría de la gente, a las ratas. En nuestro patio había muchas. Salían de la cañería del desagüe. Papá decía a menudo que se las oía silbar por la tubería del retrete. Cuando oí eso, ya no quise usar el retrete. Tenía miedo de que una rata me mordiera al sentarme. Mandábamos al perro, Bello, a cazar las ratas. Había un barullo tremendo en el patio. La portera con una escoba, Bello corriendo detrás de ella, y todos los niños, asustados, pero corriendo de acá para allá. Un lío de locos. Tampoco podía soportar las arañas.*

Sigue enumerando todas las cosas que odiaba; no parece salir de este hilo de pensamiento.

*Una mañana, mientras me limpiaba los zapatos, noté algo pegajoso en uno de ellos. Metí la mano y había una araña medio aplastada. Tiré el zapato a un rincón y durante mucho tiempo no me puse ese par. Una vez había una en la pared* <!-- p. 161 --> *justo encima de mi cama. Salté de la cama y llamé a mis padres. Papá quería matarla. Yo, sin embargo, opinaba que eso podía traer mala suerte y le sujeté el brazo. La araña acabó en el cubo.*

*Un día Olga encontró en el baúl de su padre, que había estado en Siberia,...*

¿Una araña? ¿Un ratón? No.

*...las memorias de Casanova.*

La estrecha conexión de las ideas permite inferir que el ratón era un símbolo sexual en la vida de esta muchacha.

*Por entonces yo estaba en tercer curso de la escuela secundaria. Devoramos el libro. Luego ella descubrió un montón de libros eróticos, encuadernados en negro, con el título «La biblioteca secreta» estampado en blanco. Temblando de excitación, sacamos los libros al suelo y nos los leímos en voz alta la una a la otra. Los libros se llamaban «El Don Juan negro», «La dama de la mancha oscura», «El profesor de natación en el baño de señoras», etc. En aquellas historias ocurrían las cosas más espantosas.*

Es natural que los observadores superficiales tomen esto por una expresión de erotismo. Es mucho más correcto entenderlo como un desvío del erotismo, como un esfuerzo por darle muy poco lugar en su <!-- p. 162 --> vida real. La lectura de descripciones eróticas indicaba la exclusión del erotismo en la realidad.

*Vi en el escaparate de una papelería una postal que me fascinó. Representaba a un centauro que abrazaba a una ninfa de forma insinuante mientras le susurraba algo al oído. Tenía muchas ganas de comprar la postal, pero me daba vergüenza. La imagen me inquietaba constantemente. Día tras día me atraía hacia la tienda. Por fin me decidí, entré en la tienda y pedí que me enseñaran postales. La que yo quería estaba entre ellas. Llena de alegría volví a casa y la escondí entre mi ropa interior. Y cuando estaba sola, la sacaba, me concentraba en ella y me imaginaba unas veces que era el centauro y otras la ninfa.*

Si antes vimos que buscaba la excitación sexual en sus lecturas, aquí va más lejos y empieza a interesarse por las imágenes. Pasa a lo visual.

*La postal no le hizo ninguna impresión a Olga.*

De ello puede concluirse que siguen caminos distintos en su desarrollo erótico. Olga es otro tipo; posiblemente no está tan asustada.

*Es curioso que los chicos no pudieran atraerme cuando me parecían superiores.*

Aquí encontramos una corroboración del motivo que dimos <!-- p. 163 --> para lo de mirar imágenes y leer libros eróticos. Rehúye el amor ocupando su fantasía con cosas inútiles. Los chicos solo están ahí para burlarse de ellos.

Cuando despreciamos el valor de algo que al principio queríamos, nos libramos de un deber o de una responsabilidad desagradable y conservamos el buen humor. Ese es también el sentido de la fábula de la zorra y las uvas verdes. Cuando la zorra vio que no podía alcanzar las uvas, se consoló diciendo que estaban verdes, y así conservó el buen humor.

*Nunca besé a ninguno. La vida amorosa de mi juventud existía en fantasías. Solía imaginarme la historia del rey Saúl, en la que envió a la guerra al marido de la mujer que amaba.[^t8-5] Y también que un caballero raptaba a una mujer, la violaba y unos criados perseguían a su marido. Siempre tenía que haber un matrimonio roto.*

Recordarán que ya ha tenido fantasías sexuales.

*Poco a poco las imágenes eróticas dejaron de satisfacerme, y me puse a hacerlas visibles. Dibujé en un papel a una mujer de figura voluptuosa y a un hombre fuerte, recorté las figuras y las junté de modo que se abrazaran. Pero dibujaba mal y mis siluetas tenían un aspecto horrible. Por eso decidí escribir una historia.*

En este punto comienza un nuevo entrenamiento, o es la continuación de uno ya empezado, que hay que <!-- p. 164 --> considerar una preparación para su historia de vida. Escribe con habilidad y soltura.

*Primero compuse una introducción que hablaba de una muchacha rubia e inmaculada y de su prometido. Describí con detalle la persona de la muchacha; el hombre me interesaba menos. Luego empezaba la novela. Hice aparecer a un amigo del prometido, un tipo de poca confianza que enseguida deseó a la muchacha. Y ella, que trataba mal a su novio, se enamoró del amigo brutal. En una escena en la que el amigo, desde un escondite, observa a la muchacha mientras se baña, volví a describirla con todo detalle y quedé fascinada por mi propia descripción.*

También aquí quienes tienen algún conocimiento de la naturaleza humana pueden reconocer esta desviación y cómo busca un camino nuevo para escapar de lo normal en el erotismo. Aquí ven ustedes que esta aberración no es más que el pobre residuo que queda cuando se excluye lo normal.

*Al final describí un abrazo entre los dos. ...Me encantaba mirarme en el espejo.*

Vemos la predisposición a lo visual. Las muchachas así, que recuerdan al tipo del *voyeur*, se sienten siempre muy atraídas por los espejos.

*Las otras chicas me daban asco.*

Es un intento de no seguir avanzando en la dirección de la homosexualidad.

<!-- p. 165 -->

*Mi propia persona era lo que más me gustaba.... Por entonces estaba abatida y andaba con la cabeza gacha, sin atreverme a mirar a la gente a la cara; me imaginaba que todo el mundo podía ver lo que había dentro de mí y tenía miedo de no crecer más. Era horriblemente desgraciada. Por fin fui a ver a papá y le susurré: «Tengo que confesarte una cosa». Me preguntó qué pasaba ahora.*

Esta clase de pregunta solo se oye en relación con los niños mimados. Lo tienen a uno ocupado el día entero.

*Y le confesé avergonzada que había hecho cierta cosa. Me dijo que una vez no importaba, pero que más me valía no volver a hacerlo, porque me haría daño.*

Ha encontrado un camino más avanzado en el erotismo: ha llegado al autoerotismo. Podemos predecir, de acuerdo con el estilo de vida de la muchacha, que se aferrará a él durante mucho tiempo. Esta satisfacción le ofrece varias ventajas. En primer lugar, obtiene placer físico. Este placer no solo es inofensivo y puede producirse a voluntad, sino que no trae consigo consecuencias que la comprometan. Las emociones tensas que podrían obligarla a resolver su problema amoroso de manera más realista quedan así descargadas. Se esquiva el problema del amor. La cuestión del poder se resuelve a su satisfacción, puesto que amenaza a su padre con la posibilidad de un hábito sórdido y es inatacable. Mantener <!-- p. 166 --> el hábito durante mucho tiempo es señal de una actitud asocial. Es el erotismo de los solitarios.

*Ahora me sentía mejor. Pero al día siguiente empecé otra vez. Y cada vez que lo hacía, iba a confesárselo a papá.*

Hay que explicar por qué no lo ocultaba. Tiene a su padre en su poder; lo obligará a vigilarla más de cerca. Se ha asegurado una protección más y le ha dado a su padre algo más que hacer. Tiene que vigilar que no lo repita.

*Me vigilaban en la cama, pero en la cama no pasaba nada.*

[^t8-1]: En el impreso inglés falta la comilla de cierre de este parlamento. (N. del T.)

[^t8-2]: *maxime* en el impreso inglés, por *maxim* (posible calco del alemán *Maxime*). (N. del T.)

[^t8-3]: El impreso dice «We have already seen the certain conclusions...», errata evidente por «that certain conclusions». (N. del T.)

[^t8-4]: *dentrifice* en el impreso, por *dentifrice*. (N. del T.)

[^t8-5]: Confusión de la paciente: fue el rey David quien envió a la guerra a Urías, el marido de Betsabé (2 Samuel 11). (N. del T.)

<!-- p. 167 -->

## IX. La protesta masculina

*Cuando tenía catorce años, volví a mis maldiciones contra mis padres y contra Dios.*

Hemos de suponer que en la vida de la muchacha han entrado dificultades, como se cruzan en el camino de todo niño mimado. Es imposible prolongar eternamente semejante mimo, y estas maldiciones no significan otra cosa que la ira por la privación, expresada en observaciones degradantes.

El niño mimado lucha por que continúe el mimo. Se le pueden dar a la palabra «mimo» diversos significados y decir: «Yo entiendo por mimo esto o aquello». Pero eso es perder el tiempo. En cuanto cree que no se la mima lo suficiente, intenta en su rabia degradar a los demás. Al menos para sí misma, la niña está en primer plano y pasa por encima de los otros. Insultar es un intento de degradar a los demás. Con excepción de muy pocos niños, todo niño ha pasado por alguna fase de mimo. Esta fase está presente en el estilo de vida. El interés por las situaciones favorables se <!-- p. 168 --> agudiza. La preocupación principal reside en el empeño por recuperar el mimo. Se desarrolla el rasgo de dominar, de tiranizar. Es evidente que los insultos que se dirigen contra personas más fuertes y contra Dios no pueden separarse del sentimiento de la propia superioridad.

(Caso: una muchacha que mantenía una relación amorosa ilícita padecía la idea fija de que todo el mundo era un asesino. Era la hija mayor, mimada, ambiciosa, y la había criado su abuela. Cuando oímos la palabra «abuela», podemos predecir el mimo. A los dieciséis años empezó una relación con un hombre mayor. Eso significa debilidad y deseo de ser mimada. El dicho reza: «El ojito derecho de un viejo».[^t9-1] La relación duró mucho tiempo y se explica así: yo soy terca y quiero salirme con la mía, y este hombre también es terco, de modo que hemos decidido no casarnos. Esa es la lógica del neurótico. El hombre era bueno, cedía ante ella en casi todo y solo le negaba su aprobación en una cosa: su cocina. La muchacha se lo tomaba especialmente a mal. Un día esta muchacha presenció un asesinato en el vecindario. Fue para ella un hecho aterrador. Le causó una profunda impresión. Usó la palabra como una condena de la civilización para degradar a todo el mundo y a todas las cosas, de modo que, en consecuencia, se le aparecía a sí misma como la única pura e inocente que quedaba. Veremos cómo y por qué lo hace.

<!-- p. 169 -->

Su amante había evitado presentarle a su familia, y ella no podía soportarlo. Habríamos podido predecir que no sería capaz de soportar una relación de amor libre. Se sentiría coartada y protestaría con vehemencia. Durante la guerra su amante estuvo enfermo y ella se tomó muchas molestias para conseguirle leche. Cuando por fin se hizo con un poco de leche, la madre de él se la cogió, pero luego le dio con la puerta en las narices. Esta muchacha se encontraba en una situación en la que valoraba al hombre porque lo necesitaba. La relación amorosa tenía para ella mucha más importancia que para una persona equilibrada. Quería ir por delante de todos y quería imponer su voluntad por la fuerza. Prefería que la relación continuara, pero había en ella algo ofensivo. Conseguía cierta medida de libertad para sí cuando maldecía a personas que no conocía. Podemos comparar en cierto modo este conflicto con el gesto femenino que se dirige contra la desventaja que le toca en suerte al sexo femenino (la protesta masculina). Ella no llegó tan lejos: solo llegó al resentimiento y a la ira. Se vengaba considerando un asesino a toda persona respetable; eso significa una condena de nuestra cultura. Al principio se condenaba a sí misma con los demás; más tarde se excluyó. Así, ella era una santa y todos los demás unos demonios.)

*Sin mover los labios, me venían a la mente las* <!-- p. 170 --> *palabras más abominables. Me sentía terriblemente deprimida.*

La depresión se encuentra a menudo junto con una neurosis obsesiva. Una depresión empieza a menudo cuando un individuo cree que algún poder le obliga a seguir determinada conducta. Puesto que tales conductas casi con seguridad obstaculizan en algo las actividades de los demás o, al menos, impiden que uno se ocupe de cosas útiles, la depresión resultante se parece a una autoacusación y a un autorreproche, y se toma por tal. A menudo la depresión se expresa en una autocondena. Pero esa autocondena tiene otro sentido, y no hay que dejarse engañar por ella. Queremos estudiar cómo encaja la depresión en el sistema de esta muchacha y, por eso, haremos algunas observaciones sobre la depresión en general.

La depresión es un arma que se usa para elevar la propia posición. La necesidad de ayuda ajena se demuestra mediante la debilidad, las lágrimas, los estados de ánimo tristes y las quejas, y se obliga a otras personas a ponerse a su servicio. La depresión está emparentada con la melancolía; es, por así decirlo, una miniatura de ella.

Un individuo que teme un fracaso en la vida, o al que ha sobrevenido el fracaso, puede señalar la depresión o la melancolía como causa del fracaso y librarse así de la responsabilidad, al demostrar él mismo su propia debilidad y su necesidad de ayuda. La lógica neurótica encuentra así una justificación para dominar <!-- p. 171 --> a los demás. Una actividad social insuficiente en la juventud desemboca a veces en la actitud peculiarmente agresiva de las personas deprimidas o melancólicas, que puede compararse a un suicidio parcial, en la medida en que uno se daña a sí mismo y amenaza con vengarse del entorno. Cuando una persona deprimida se reprocha algo, revela una idea exagerada de su propia importancia. Además, siempre se percibe la queja de que la culpa es en parte, si no del todo, de los demás. Apoyándose en estas quejas, se exige la subordinación y la ayuda de los otros y se realizan la propia irresponsabilidad y la propia superioridad. Las depresiones nacen de una actitud desconfiada y duramente crítica hacia la sociedad y suelen desarrollarse en la primera juventud.

En una descripción general del estado de ánimo deprimido podemos ver las mismas características que revela la autora de esta historia de vida: el manifiesto afán de dominar y controlar su entorno para afianzar su propia seguridad. Su sistema no prefiere en primer lugar dominar mediante la debilidad. Solo usará este medio cuando no pueda tener éxito con una agresión directa o cuando haya ido demasiado lejos y se vea obligada a frenar. Aquí necesita la depresión para tener una carga justificable. El sentimiento de estar gravemente abrumada lo exagera así: «Lucho contra ello, pero no puedo librarme. Verse obligada a hacer o decir cosas es una carga terrible».

<!-- p. 172 -->

*Y a menudo estuve a punto de confesárselo a mi padre.*

Tiene la tendencia a hacer de su padre su confidente; quiere darle a entender: «Soy tan desgraciada que hay que ceder ante mí; todo el mundo tiene que dejarse dominar por mí».

*No me atrevía a hacerlo. Era lo único que le ocultaba. Me sentía desdichada.*

Aunque no le diga nada a su padre, él notará el cambio muy pronto. Ella atraerá su atención con su mal aspecto, con sus maneras enfermizas y distraídas.

*Y cuando lo veía delante de mí, con sus brazos débiles, me dolía terriblemente. Pensaba: «Si él supiera...».*

Se siente superior gracias a que lo degrada. ¡Sus brazos débiles!

*En vano intentaba convencerme de que me refería a otra persona cuando pensaba un insulto.*

Quiere sentirse noble.

*Entonces se interponía el pensamiento: «Papá es un...». Para probarme que papá no era un..., pensaba: «Papá no es un...; su ayudante es un...», y gritaba: «¡Que se vaya al diablo!». Luego me quedaba callada y volvía a oír dentro de mí* <!-- p. 173 --> *«Papá es un...». Entonces me parecía como si todas mis maldiciones fueran dirigidas a papá, y sentía como si alguien me hubiera dado un fuerte golpe en la cabeza.*

Si nos preguntamos si alguien puede exigir algo de la muchacha, tenemos que responder negativamente. Se ocupa constantemente de cosas inútiles y deja que consuman toda su energía. No tiene confianza en sí misma. Su actitud expresa sus dudas de si tendrá en la vida una posición como la que tiene ahora en su familia, y de si será capaz de resolver sus problemas de modo que pueda seguir siempre en el centro de la escena.

Su neurosis comienza en este punto. Cuando miramos atrás, nos damos cuenta de la prolongada preparación que ha conducido coherentemente hasta aquí. Toda su conducta tiende a eludir los deberes de una vida normal en la sociedad de sus semejantes. En lugar de eso, llena su tiempo ocupándose constantemente de la cuestión de la superioridad en su propio círculo. Cuando su superioridad se ve amenazada y los problemas de la vida se acercan cada vez más, aparecen los primeros síntomas obsesivos. Maldice a su familia y a Dios. Lo ha practicado de niña. Ahora podemos establecer con certeza que va camino de una neurosis. Su deseo exagerado de superioridad y lo que hemos llamado su actitud vacilante venían anunciando este desarrollo desde hacía algún <!-- p. 174 --> tiempo. Apenas puede quedar duda de que se hundirá cada vez más en el fango del pensamiento y la conducta neuróticos. En el círculo vicioso de una neurosis, un acto neurótico provoca una fuerte reacción, que suscita un acto aún más fuerte en la misma dirección falsa, el cual provoca a su vez una reacción aún más fuerte, y así sucesivamente. En general, a un neurótico le es imposible encontrar solo la salida del laberinto de su neurosis. Por la falta de comprensión penetrante del paciente y por su obsesión de poder, es casi imposible lograr una mejoría sin alguna ayuda exterior, objetivamente comprensiva.

Será instructivo seguir el avance de esta neurosis obsesiva. Quisiera explicar con más detalle el carácter de una neurosis obsesiva para preparar una mejor comprensión de la historia de esta muchacha.

Las neurosis obsesivas son aquellas formas de neurosis en las que ciertos síntomas obsesivos, como la obsesión de lavarse, de rezar, de cavilar, etc., gobiernan la vida de un individuo. Estas obsesiones actúan como órdenes cuya desobediencia, según los argumentos del paciente, iría seguida de las más funestas consecuencias. Tales síntomas obsesivos atormentan a quien los tiene y despiertan en él un estado de ánimo angustiado y penoso.

Cuando observamos lo que sucede realmente (como hacemos siempre en psicología individual), lo que el paciente <!-- p. 175 --> consigue con sus síntomas, el sentido de una obsesión se aclara. El neurótico obsesivo se ha acercado bastante a las exigencias de la vida. Tanto más completa y ostensible es su retirada. Como todos los neuróticos, es ambicioso, pero está desalentado. Cuando surge una dificultad imaginaria que no tiene el valor suficiente de afrontar, interpone entre sí mismo y esa dificultad una barrera construida por su ambición tambaleante, y esa barrera adquiere el carácter de una obsesión. Amontona ante sí una montaña de obstáculos como un montón de basura, y cuando la vida le exige algo, se excusa señalando el montón de basura. Parece gastar toda su energía en superar esa montaña que él mismo ha levantado, pero lo que en realidad hace es eludir el problema o la exigencia. La diligencia y la prisa con que trabaja, la severidad y la aparente inevitabilidad de su obsesión, deben legitimar su buena intención.

En su intento de combatir el síntoma, el paciente se arroga el derecho de producirlo y, argumentando según su propia lógica privada, se convierte a la vez en juez, demandante y acusado.

Como en todas las neurosis, la meta de una neurosis obsesiva es la superioridad. Sostenemos que la neurosis (incluida la neurosis obsesiva) es una enfermedad de *posición* y no de *disposición*. El neurótico obsesivo sustituye la coacción que el <!-- p. 176 --> mundo ejerce sobre él por su propia obsesión.[^t9-2] En la obsesión sustitutiva se refleja su propia autoelevación y su ansia de poder. La razón principal y, probablemente, el propósito principal del arreglo de una neurosis obsesiva es desperdiciar el tiempo, lo que le protege de la necesidad de resolver sus problemas, o siquiera de intentar resolverlos. Solo cuando miramos hacia adelante, a la meta y al resultado de una neurosis, podemos comprender su sentido. El estallido de una neurosis obsesiva impide, como una rebelión, que se ceda a las exigencias de la vida en comunidad. Ese es su propósito.

Puede objetarse que el paciente bien podría estar satisfecho y feliz con la superioridad que gana y con la seguridad con que se protege del peligro imaginario de enfrentarse a sus problemas. Así sería, en efecto, si no se tratara de una superioridad aparente, de una seguridad aparente. Un paciente no construye una neurosis por medios puramente intelectuales; pone a su servicio todo su ser, todas sus capacidades y sus sentimientos en el arreglo de este modo de vida del «sí, pero». La neurosis es un arma, un garrote; es decir, el neurótico se cree rodeado de enemigos contra los que tiene que luchar hasta haberse asegurado lo que considera el botín de la victoria. En tales circunstancias no hay lugar para sentimientos alegres que le estorbarían en el cumplimiento de sus intenciones. Tiene que pagar caro el montón de desechos que amontona.

<!-- p. 177 -->

Si aplicamos esta explicación general a la historia de vida de nuestra joven, la vemos enérgicamente ocupada en levantar entre ella y la comunidad una barrera, un montón de desechos. Se siente obligada a maldecir a Dios y a sus parientes, se hace reproches cuando está deprimida, domina a su entorno y pierde el tiempo con cosas inútiles. Como todo neurótico, usa su neurosis para poder decir: no he podido resolver los problemas de mi vida porque he estado agobiada por estas cosas. Este «porque» es típico. Es la justificación neurótica en una lógica especial, dispuesta para eludir la verdadera lógica de la vida y acomodarse a las necesidades del paciente. Cualquier persona con algo de sentido común puede ver lo débil que es esta justificación. Y, sin embargo, el neurótico tiene que creer en ella como cree en algo sagrado, con lo cual da a entender que hay en él algún vislumbre de la distancia que media entre su conducta y las exigencias reales de la vida en comunidad. Si no, ¿por qué habría de justificarse?

*Nunca estaba a salvo de la obsesión de maldecir en la calle o en compañía.*

Vemos cómo responde a la primera cuestión de la vida (el trato social). Crea una gran distancia entre ella y los demás. Sus maldiciones impiden el contacto con otras personas.

*Llegué a tener miedo de mí misma. Siempre me preocupaba* <!-- p. 178 --> *que me ocurriera algún accidente como castigo.*

Aquí puede verse lo que se propone realmente el sentimiento de culpa. Su único fin es aumentar el montón de desechos sobre el que se arroja. Nietzsche tiene razón cuando dice: «Los remordimientos son indecentes».[^t9-3]

*Me esforzaba por distraerme por todos los medios posibles.*

Sabemos de antemano que no lo conseguirá.[^t9-4]

*Una vez que Minna y yo volvíamos del gimnasio, yo hablaba sin parar para ahogar mis pensamientos. De repente se me cortó la voz; tuve que detenerme y escuchar.... Una vez vi una película de crímenes, «El hombre de los nueve dedos». Era horrible. En la película asesinaban a una anciana. Mis padres me esperaban a la salida de la función. Mi padre dijo que aquello era veneno para mí, pero no adivinó la causa principal de mi excitación. Me parecía ser la asesina de mis padres. En mis pensamientos tenía que maldecir también a Dios. Y entonces oí un chillido, como de un demonio: «¡Tú, tú has dicho todo eso!». Por dentro respondí enseguida: «Dios es el hombre más hermoso y el mejor que existe». Mientras rezaba el padrenuestro, oía: «Santa María, te ruego. No, no te ruego».*

Ahí tienen ustedes un bonito cuadro. Cuando uno se mueve <!-- p. 179 --> a la izquierda y luego a la derecha no pasa nada; parece como si uno hubiera hecho algo, y mientras pierde así el tiempo, el tiempo pasa y uno evita resolver los problemas.

*Entonces volvió a oírse un susurro interior: «Te ruego, María». Sudaba de miedo.*

Tales ideas fijas tienen que destrozar a quien las piensa. En ese destrozo reside el propósito principal de la neurosis. Ahora comprendemos un poco mejor el significado de los sentimientos. Los sentimientos nunca son argumentos; corren en la dirección que exige el estilo de vida individual. Podemos dar un paso más: el arreglo trabaja con la meta de producir aquellos sentimientos que faciliten al neurótico la tarea de obedecer (seguir) su estilo de vida. Esta muchacha se ayuda produciendo sentimientos que se levantan ante ella como una barrera infranqueable. Oímos que no quiere salir a la sociedad, oímos que no se prepara para una profesión, y oímos que fracasará en la tercera prueba que impone la vida, la del amor.

*Entonces las maldiciones seguían con toda su fuerza. Tenía que volver a empezar a rezar. Lo intentaba con todas mis fuerzas, pero los pensamientos feos se interponían; a menudo tardaba una hora en poder terminar una oración.*

No tiene relación alguna con la religión.

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*Por aquel tiempo empecé a interesarme por los hombres.*

Dios ayuda a los justos.

*Quería gustar a todos. Me hacían cumplidos por mis ojos y les prestaba especial atención.*

Otros psicólogos estarían encantados. Empieza a coquetear un poco. Nosotros sabemos que se quedará donde está.

*Me tomaba molestias para proteger mis ojos, para que no perdieran el brillo.*

Una nueva ocupación. Otra obsesión.

*A veces llevaba al parque, en su cochecito, a la niña pequeña de una vecina.*

Preferiría ir ella misma en el cochecito, empujada por otro. Sabemos que eso acabará mal.

*Allí hacía mucho sol. Empecé a temer que el sol me deslumbrara la vista.*

Véase la monografía de Freud sobre un paranoico.[^t9-5] Si eso no es un nuevo obstáculo, entonces no hay obstáculo alguno en el alma.

*Desde aquel momento evité el sol.*

Protege sus ojos. Muchos psicólogos dirían que es señal de que quiere encontrar un hombre, y <!-- p. 181 --> no notarían que uno puede convertir algo en su contrario. Uno puede proteger sus ojos hasta el punto de que ya no haya hombres en absoluto.

Si quieren iluminar síntomas tan vagos, tienen que abordarlos con la pregunta de la psicología individual: ¿qué sucede cuando una muchacha como esta intenta evitar el sol? Con ello se obvian todos los vínculos, sobre todo el amor, del que se aleja cada vez más.

*Vigilaba con angustia que no me cayera encima un rayo de sol. Evitaba todos los lugares soleados. Cuando me veía obligada a dejar la sombra...*

Vean cuánto tiene que ocuparse de ello.

*...y por casualidad levantaba la cabeza al sol, me convencía a mí misma de que me había deslumbrado el sol.*

Si se echa una mirada atrás, a las supersticiones de los pueblos, a los detalles mitológicos en que se habla de cosas semejantes, puede discernirse el maravilloso fantasma de los antiguos. Incluso en *Hamlet* hay una advertencia a las mujeres para que no salgan al sol, pues podría seguirse un embarazo.[^t9-6] Eso procede de una antigua superstición.

Sin embargo, no tenemos por qué suponer que detrás de los fantasmas de la muchacha hubiera pensamientos arcaicos; basta <!-- p. 182 --> con que haya encontrado algo que la aparte del problema que trata de evitar.

*Me lo figuré así: el sol me había quitado parte de la vista y tendría que quedarme ciega. Día tras día me venía este pensamiento. Me faltaba la conciencia de que veía tan bien como siempre.*

Con semejante comprensión no habría podido hacer nada; no habría ayudado a su sistema. Solo cuando se imagina que ha sufrido un daño puede sustraerse —es decir, escapar— a la solución de los problemas de la vida.

*Cuando Lina salía conmigo, le suplicaba que evitara el sol. Quería averiguar si ella se atrevía a ponerse al sol. Se reía y se negaba a seguir ese procedimiento. Luego vino mamá. Eso no me satisfizo en absoluto.*

Vean cómo se obstina y cómo el sentido común ya no sirve de nada. Quien hace la ingenua pregunta «¿Por qué ya no sirven las razones del sentido común?» pasa por alto que ella no se comporta con sensatez, sino que quiere huir. A un desertor pueden describirle cien veces la maravilla de los cañones que truenan en el frente, pero solo se permitirá aquellos razonamientos que le ayuden a huir.

<!-- p. 183 -->

*Agarraba a Olga o a otra amiga y le hacía mirar al sol.*

Ese es su rasgo insocial. Está poseída por la idea de que el sol debilita la vista, y deja que todos los demás miren al sol.

*Para que no pensaran que me había vuelto tonta, lo arreglaba de modo que no notaran nada. Por ejemplo, decía: «No sé qué tengo en el ojo; no puedo mirar al sol, ¿y tú?». Y en cuanto alguna alzaba los ojos al sol, tenía que reírme a carcajadas.*

Parece como si quisiera hacer daño a propósito, como si le pareciera deseable que a las otras se les debilitara la vista. Es la risa del vencedor, probablemente un intento de ser corporalmente superior a las demás, apoyado en la idea de que conoce un secreto. Es superior, porque las otras no lo saben.

*Yo creía que el sol les deslumbraba los ojos, y eso me alegraba.*

Vean cómo vuelve a confirmarse.

*En la calle llevaba siempre los ojos bajos. Cuando los alzaba, siempre los protegía con la mano. A pesar de mis precauciones, sin embargo, la idea me perseguía. Entonces corría a casa como una poseída y le decía a mi padre llorando: «Me ha* <!-- p. 184 --> *deslumbrado el sol. Estoy harta de todo, voy a matarme».*

Lleva su deserción al extremo y juega con pensamientos de suicidio. Ha perdido la esperanza. Brazos, piernas y ojos han perdido su atractivo.

*Luego me quejé amargamente a mis padres porque querían dejarme salir. Al principio se rieron y me preguntaron si me había vuelto loca. Papá me aseguró que el sol tenía un gran poder curativo. A menudo iba a la ventana, la abría y me gritaba: «Mira cómo abro los ojos al sol. Me alegraría poder pasear al sol todos los días». Cuando vi cómo papá dejaba que el sol le diera, me quedé confusa. Luego empecé a lamentarme de nuevo.... Tenía continuamente un sentimiento de angustia, como si presintiera siempre un peligro terrible.*

Este peligro es, naturalmente, una derrota en el amor, como hemos visto hasta ahora. Es demasiado orgullosa. Una muchacha que quiere ir por delante de todos no puede conformarse con la idea de que puede sufrir una derrota, y así su angustia se concreta.

*Al final apenas me atrevía a salir a la calle. También tenía miedo de que me alcanzara un rayo y me deslumbrara. Si el sol apenas me daba a través de una ventana, o si alguien jugaba con un espejo y el reflejo de la luz pasaba sobre mí, me aterraba.*

<!-- p. 185 -->

No salgas al sol. Que nadie te vea; no puedes competir.

*En ninguna parte me sentía segura. Me decía que el accidente que a uno le estaba destinado era ineludible, aunque uno se encerrara en un cuarto. Ya estaba harta de la vida y me preguntaba si, en caso de que las cosas no mejoraran, no sería mejor matarme en lugar de ir al encuentro de semejante destino.*

Y ahora esta idea tiene consecuencias. Pone en primer plano el problema de la vista. Para justificar esta actitud tuvo que buscar otras medidas. Así, oímos:

*Para no forzar la vista leía lo menos posible.*

Recordamos aquí que ha hablado con énfasis de la lectura de libros lascivos. Esto puede ser un alejamiento de ellos y una confirmación de que tiene que proteger sus ojos.

*Cuando leía, siempre me molestaba poder ver la punta de mi nariz.*

Lo comprendemos muy bien, porque siempre estaba mirando la punta de su nariz. Lo mismo valdría para los demás, pero los demás no tienen ningún interés en el asunto. Es una excusa excelente para eliminar la lectura.

<!-- p. 186 -->

*Me convencí a mí misma...*

Nos acercamos a un defecto de belleza.

*...de que era bizca. Me volvía de aquí para allá, sostenía el libro en distintas posiciones: la punta de la nariz me seguía como una mala conciencia.*

Vean cómo se ocupa cada vez más de cosas que le permiten pensar que sus ojos se debilitan. Con razón nos preguntamos qué queda aún cuando ya no tenga ojos.

*Una vez leí en la Biblia que a un santo le entró suciedad en los ojos y se quedó ciego. Ahora me acordé de ello. Suciedad significaba para mí excrementos de pájaro. Y miraba con cuidado cuando pasaba junto a un árbol. También procuraba evitar los canalones donde se reunían los gorriones y las palomas. Miraba mucho el césped verde y los arbustos, porque había oído que el verde era bueno para los ojos.*[^t9-7]

Cuantos más trucos inventa para fortalecer sus ojos, más crece su convicción de que el estado de sus ojos es malo.

*Si no se ponía la pantalla en la lámpara de petróleo, me ponía loca de rabia.*

Vean cómo esta tendencia da alcance a su afán de poder, de modo que los demás tienen que seguir sus deseos.

<!-- p. 187 -->

*Nunca miraba la luz ni el fuego. Aquí y allá la gente hablaba de enfermedades de los ojos, por ejemplo, de cataratas. Al hablar se señalaban los ojos. Yo evitaba estrictamente hacerlo. Cuando notaba que lo había hecho sin darme cuenta, tenía enseguida miedo de contraer la enfermedad de la que hablaban en ese momento.*

Esa es una de las señales habituales de los hipocondríacos o de los neuróticos obsesivos. Echan mano de todo lo que de algún modo pueden encajar en el embrollo neurótico para desperdiciar el tiempo, para ganar protección, seguridad frente al peligro de ser arrastrados por la corriente de la vida. Sienten la corriente de la vida y se agarran a sus correas neuróticas.

*Me imaginaba que los ojos podían saltar de las órbitas si los forzaba. Me los apretaba hacia dentro con cuidado con los dedos.*

Uno se asombra ante el aparente disparate. Esta muchacha está poseída por el pensamiento: ¿cómo puedo protegerme, ponerme a salvo de tener que aceptar el amor, el matrimonio, el papel de mujer? Todo lo demás le es indiferente, y se siente segura. Detrás de esta confusión brilla débilmente una estrella: verse libre del papel de mujer. Paga el precio, sufre, pero solo para obtener su recompensa en el futuro.

*Me negué a que viniera a casa un afinador de pianos ciego. Me parecía que la ceguera podía ser contagiosa.* <!-- p. 188 --> *A menudo hasta me imaginaba que me había golpeado los ojos contra algo y se me habían saltado. Esta manía duró tres meses y le siguió un trastorno desencadenado otra vez por un cumplido.*

Le habían hecho cumplidos por sus ojos, y por eso intentó destruirlos.

*Esta vez fueron mis dientes aquello con lo que empezó a ocuparse mi imaginación trastornada.*

Alguien la ha elogiado por sus dientes; eso significa: tú sí sirves para el papel de mujer.

*Estaba bebiendo de un vaso y golpeé el vaso contra el borde de uno de mis dientes delanteros superiores. De repente me imaginé que me había roto un trozo del diente. Corrí angustiada a papá y grité: «¡Por el amor de Dios! ¿Me he roto un trozo del diente?».*

¡Otra vez mutis de la belleza!

*Luego abrí la boca y dejé que papá mirara dentro. «¿Dónde?», preguntó asombrado. Para ver si él encontraba por sí mismo el diente dañado, no le dije cuál creía haberme lastimado. Pero cuando vi que no encontraba nada, grité: «¡Uno de delante!», y le señalé cuál. Mamá y papá examinaron el diente con cuidado, por todos lados, y no pudieron descubrir ni un rasguño. Me enfadé más, corrí al espejo y lo miré yo misma.*

<!-- p. 189 -->

Imagínense a esta muchacha: un cumplido a sus ojos obra como una llamada a ir al frente de la vida. Ahora le han hecho un cumplido por sus dientes y va a atacarlos.

*Y me pareció que era un poquito más corto que el diente de al lado. Así que ya estaba completamente convencida de haberme roto un trozo y me eché a llorar desconsolada. Cuando Lina llegó a casa...*

Recuerden que es una profesional: es ayudante de un dentista.

*...tuvo que mirarme la boca. No pudo encontrar nada. Le pregunté si se atrevería a golpearse los dientes con un vaso. Se rio, cogió un vaso y se dio unos golpecitos en los dientes. Yo me quedé allí mirándola muy seria. Siempre había sido muy cuidadosa con mis dientes. Recuerdo lo siguiente:*

Este es el complejo de los dientes. Ahora va a probar que no todo estuvo siempre como debía en sus dientes.

*Los dientes de leche de delante se movían mucho. Habría bastado con tirar de ellos ligeramente para arrancarlos. Papá quería probar con un cordel. Yo preferí probar yo misma: até un trozo de hilo alrededor de un diente, sujeté el otro extremo al pomo de la puerta y empecé a tirar con cuidado. Me entró miedo y lo dejé. Entonces un dentista que* <!-- p. 190 --> *era amigo de la familia me miró los dientes. Abrí la boca de mala gana. Y antes de que me diera cuenta de lo que pasaba, el diente que más se movía ya estaba fuera. Pero lo dejó caer en mi boca y, con la excitación, me lo tragué. Mis padres se inquietaron mucho. Durante unos días tuve que comer col. Cuando tenía seis años me dolió un diente. Camino del dentista lloraba, me quejaba y no quería ir. Papá me prometió un monedero si dejaba que el dentista me sacara el diente. Yo quise el monedero primero, y papá me compró de verdad un bolsito muy bonito. Luego me aconsejó que pensara en el valiente «soldadito de plomo» y en todo lo que había tenido que pasar.[^t9-8] Cuando llegamos a casa del dentista, me detuve un momento delante de su puerta y luego le dije a papá: «Vamos a otro; con este seguro que lloro, y con otro tendré más valor». Dimos media vuelta y fuimos a otro. Miró el diente que me dolía y aconsejó sacarlo. Le susurré a papá: «Tengo que pensarlo; tiene una cara tan enfadada... Vamos a otro». Y con una excusa u otra lo dejamos y al final volvimos a casa. Sin embargo, aquella noche me dio un dolor de muelas tan horrible que mamá tuvo que ir conmigo al dentista a primera hora de la mañana siguiente. Me concentré en el «soldadito de plomo» y por fin dejé que me sacaran el diente.*

*Pero eso había sido hacía mucho. Ahora tenía mi angustia* <!-- p. 191 --> *por los dientes sin ningún motivo visible, sin ningún dolor. La sola idea de que podía, de algún modo, golpearme la boca contra algún objeto bastaba para hacerme pensar que me había saltado un diente. Cuando se me ocurría la idea, siempre consideraba la posición en que me encontraba en ese momento y medía la distancia entre mí y el objeto más cercano, como una caja o el piano. Quería probarme que me era imposible haberme golpeado contra él. Hasta ahí conservaba el juicio. Pero el único resultado de esta prueba era que me excitaba aún más. Porque entonces creía que no había tenido bastante cuidado y que me había dañado de verdad un diente. Y entonces volvía a medir distancias. Y entonces volvía a imaginarme que me había roto un diente o al menos que me lo había rayado. Experimentaba tanto tiempo que acababa agotada por mis esfuerzos y por la excitación. Y al final, completamente desalentada, me reprendía: «¿Cómo puede una persona ser tan estúpida como para saltarse un diente a propósito?».*

Ahora se imagina que ya se ha saltado uno. Un diente desempeña un papel extraordinariamente importante. No dudo de que puede verse el camino por el que una persona llega a un fetichismo de los dientes. Su complejo de los dientes no está plenamente desarrollado, pero no puede negarse que sobrevalora mucho los dientes.

*Mis padres tenían que mirarme la boca constantemente.*

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Vean cómo la pérdida de tiempo adquiere proporciones desmesuradas y cómo ella se convierte en el centro de la familia.

*Naturalmente, nunca encontraban nada. Nadie podía encontrar el menor defecto, ni siquiera yo. No creía ni a los demás ni a mí misma.*

Se ayuda de una manera muy sencilla para poder seguir adelante. Se ocupa de sus dientes y no de sus deberes de mujer.

*Y así, cuando descubría en mis dientes pequeñas irregularidades que no había notado antes, me imaginaba que eran los daños que me había causado yo misma y empezaba otra vez a echar humo. A veces, comiendo cerezas, me ocurría morder un hueso. Eso me deprimía hasta tal punto y me ponía en tal estado que necesitaba un día entero para recuperarme. Al final, antes de comerme la fruta, les sacaba el hueso a las cerezas apretándolas. Tenía incluso una manera peculiar de comer manzanas. Las cortaba en rodajas finas, ponía una rodaja cada vez sobre el cuchillo e introducía el cuchillo con cuidado en la boca. Una vez el cuchillo chocó contra mis dientes y enseguida pensé que había mordido el cuchillo. Me puse fuera de mí y chillé: «¡Nadie ha hecho nunca una cosa así, morder un cuchillo y romperse los dientes!». Mis padres quisieron saber qué pasaba ahora. Lina estaba allí por casualidad. Todos se divertían, como si se alegraran de lo que* <!-- p. 193 --> *había pasado. Papá opinaba que me lo tenía merecido, con tanto cuidado exagerado. Me excité todavía más, pensé que papá quería decir de verdad que me había roto los dientes, y por mi propia culpa. Ahogándome, grité: «¿Así que admites que me he saltado los dientes?». Papá replicó: «Yo no admito nada. Pero si eres tan estúpida como para imaginarte una cosa así, ya va siendo hora de que comas las manzanas como todo el mundo». No paraba de llorar. Lina cogió un cuchillo y se dio golpecitos en los dientes. Luego me preguntó sonriendo si bastaba con la demostración. Poco a poco me fui calmando. Unos dos meses después noté que tenía un poco de sarro en los dientes. Antes me lo había rascado con una aguja. Cuando me acordé de ello, me sentí terriblemente desgraciada. «¡Dios mío!», me dije, «seguro que nadie hace eso: rascarse el esmalte de los dientes». Quise suicidarme. Cuando tomaba café, pensaba que el calor del café podía agrietar el esmalte. Me negaba a tomar nada demasiado caliente o demasiado frío, y tomaba el café, el té, la sopa, la cerveza y hasta el agua tibios. No comía nada duro. Tenía miedo de romperme un diente si lo hacía. Ya no comía cortezas de pan, ni carne que tuviera hueso. Ni chocolate ni azúcar. Luego dejé de masticar del todo. Dejaba que la comida se me deshiciera en la boca y luego me la tragaba como una vieja desdentada. Aquello resultaba tan cómico que mis padres se reían hasta* <!-- p. 194 --> *llorar. Luego evitaba incluso que un cubierto me tocara los dientes. Abría la boca todo lo que podía e introducía la comida con el mayor cuidado posible, o sorbía la comida de la cuchara o del plato. Al final comía solo con los dedos. En el tranvía, cuando una ventanilla vibraba, me angustiaba y pensaba que podía caerse y saltarme un diente.*

Observarán que organiza su vida de modo que queda libre de toda ocupación.

*Esta manía duró también varios meses. Pero le siguió otra todavía peor. Tuve una juventud atroz.*

*Volvía de la escuela. Había acompañado a una amiga y quería cruzar la calle. Por el otro lado se nos acercó un hombre. Llevaba un paño alrededor de la cara. Al principio pensé que tenía dolor de muelas. Cuando se acercó más, noté que tenía toda la cara carcomida. No tenía nariz, ni labios; solo unos cuantos agujeros rojos. Sentí como si alguien me hubiera golpeado. Me entró tal pavor de aquel hombre que, para no volver a pisar por donde él había pisado, di media vuelta y volví a casa dando un rodeo.*

Ahora viene la fobia al lupus[^9-1] y trae consigo el miedo al contagio. Ahora vemos más claro y podemos profetizar que este miedo al contagio la llevará a reforzar su sentimiento de seguridad y la apoyará todavía más en su intento de excluir de su vida el amor y el matrimonio.

[^9-1]: Miedo al lupus, que es una tuberculosis de la piel.

[^t9-1]: El dicho inglés completo es *Better be an old man's darling than a young man's slave* («más vale ser el ojito derecho de un viejo que la esclava de un joven»). (N. del T.)

[^t9-2]: Juego, en el inglés como seguramente en el alemán (*Zwang*), entre la «coacción» (*compulsion*) que el mundo ejerce y la «obsesión» (*compulsion*) del neurótico; la traducción española no puede conservar la misma palabra. (N. del T.)

[^t9-3]: Nietzsche, *Götzen-Dämmerung* [*El ocaso de los ídolos*], «Sprüche und Pfeile» [«Sentencias y flechas»], 10: «Der Gewissensbiss ist unanständig». (N. del T.)

[^t9-4]: El impreso dice *succesful*, errata por *successful*. (N. del T.)

[^t9-5]: Se refiere al estudio de Freud sobre el caso Schreber, *Psychoanalytische Bemerkungen über einen autobiographisch beschriebenen Fall von Paranoia (Dementia paranoides)* (1911). (N. del T.)

[^t9-6]: *Hamlet*, II, 2, donde Hamlet dice a Polonio de su hija Ofelia: «Let her not walk i' the sun: conception is a blessing, but not as your daughter may conceive» («Que no se pasee al sol: la concepción es una bendición, pero no como pueda concebir vuestra hija»). (N. del T.)

[^t9-7]: Probable eco del libro de Tobías (2, 10-11), donde a Tobit le cae en los ojos excremento de pájaro y se queda ciego; Tobit no es propiamente un santo. (N. del T.)

[^t9-8]: El soldadito de plomo del cuento de Hans Christian Andersen. (N. del T.)

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## X. Una fobia al lupus

Lo último que reunió en su empeño por librarse de la realidad fue un hombre con una erupción.

*Me entró tal pavor de aquel hombre que, para no volver a pisar sus huellas, di media vuelta y regresé a casa dando un rodeo.*

Ya ven cómo se intensifica el impacto de estas impresiones, destinadas a alejarla cada vez más de la vida. Una y otra vez encuentra una excusa para proseguir su huida.

*Todavía muy asustada, le conté a papá lo que había pasado.*

Llama la atención que se lo cuente a su padre, y bien puede uno preguntarse por qué. La respuesta obvia sería que se lleva bien con él y que confía en él. Pero en su conducta podemos encontrar otra razón: quiere hacerle comprender lo que va a seguir, a saber, que tiene que apegarse todavía más a su familia, reducir su contacto con el mundo exterior, aparecer cargada de pesares e incapaz <!-- p. 196 --> de hacer nada o de resolver ningún problema.

*Él pensó que probablemente era lupus. ¿Qué era eso? Una enfermedad devoradora cuyo nombre en latín significa «lobo».*

El padre, que tenía un miedo morboso a la tuberculosis, poseía dos o tres libros de medicina que leía a menudo; de ahí sus conocimientos. Podría decirse que el padre tiene también una fobia y que, por tanto, ella ha heredado su miedo. Pero no es así. La muchacha se entrena a sí misma. Toma los medios que puede usar y que le parecen útiles en la situación concreta, vengan del padre o de otra parte. Apoyada en su miedo a una enfermedad infecciosa, cree ahora tener derecho a separarse del mundo exterior. ¿Por qué habría de ser eso un rasgo heredado? Quiere estar en lo más alto y observa que le es imposible alcanzar en el mundo exterior el lugar favorable y central que ocupa en el seno de su familia. A quien lo dude quisiéramos preguntarle: ¿quién abandonaría una situación favorable para ponerse en una desfavorable? Aquí habla el sentido común, y las hipótesis profundas están fuera de lugar. Si alguien quiere objetar, tiene que mostrarnos primero si él abandonaría de buen grado una situación agradable para entrar en otra desagradable.

*Quise saber si esa enfermedad era contagiosa.*

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Ya he indicado que no es imposible que esta muchacha sepa ya algo de las enfermedades infecciosas de los órganos sexuales.

*Él me aseguró que no. Pero yo no le creí. Ni siquiera cuando Lina confirmó sus palabras. Desde el primer momento estuve firmemente convencida de que el lupus era contagioso.*

Quisiera añadir unas palabras sobre los peculiares métodos de los nerviosos cuando establecen sus concepciones. Tienen que tener razón, y se le da la vuelta a todo hasta que han demostrado lo que se proponían demostrar. Esta enfermedad tiene que ser contagiosa. Aunque todas las autoridades dijeran que no lo es, ella seguiría afirmando que sí. En casi toda neurosis encontrarán ustedes esta lógica falsa, cuya fuerza reside en que permite al paciente hacer lo que de otro modo haría sin prueba alguna. Por ejemplo, conocí a una paciente que siempre había desempeñado el papel principal en su familia y cuya situación se volvió de pronto desfavorable a causa de un matrimonio desdichado. Organizó una huelga de hambre, explicó que no podía comer nada porque tenía un pulmón débil y le daba un ataque de tos cuando tenía que tragar la comida, y con ello se dañó el pulmón. Eso es un intento de suicidio. Cuando una paciente así llega al punto de afirmar que lo más importante en ese momento es levantarse y salir a pasear para estimular <!-- p. 198 --> el apetito, dispone las cosas de modo que las condiciones sean imposibles de cumplir y que su comprensión no estorbe a su afán neurótico. Está claro el «no» como respuesta a la vida.

Aunque dos personas que saben de ello insisten en que el lupus no es contagioso, no hay manera de convencerla.

*Habría preferido no volver a poner el pie en aquella calle. Pero vivíamos justo a la vuelta de la esquina y el camino de la escuela pasaba por ella, así que no podía evitarla. Poco a poco aquel miedo se desvaneció.*

¿Cómo hemos de explicarlo? Oyen ustedes decir que un trastorno así solo puede desaparecer si se trata mediante la interpretación psicológica. Los síntomas de la enfermedad, como signos exteriores y visibles de una neurosis, son lábiles y desaparecen durante un tiempo, o a veces se transforman en otros síntomas sin tratamiento psicológico. El paciente se esfuerza siempre por adaptarse a la presión variable que ejerce sobre él su ambiente. La muchacha dice: *Poco a poco aquel miedo desapareció por sí solo.* Si fuéramos de la opinión de que su síntoma tiene un origen sexual (deseos libidinosos reprimidos, por ejemplo), tendríamos que suponer que su libido ha sufrido una transformación. Semejante interpretación es demasiado rebuscada y, además, falsa. Sabemos que ha perdido temporalmente el valor. En cuanto lo recobra en cierta medida, sus maquinaciones <!-- p. 199 --> se le hacen superfluas e intenta una vez más encontrar un camino hacia la vida. Es evidente que, cuando su valor aumenta un poco, pierde la angustia. Vemos la actitud vacilante de esta muchacha ante la cuestión del amor. Observamos cómo trata de eludirla. Queremos tener una nueva confirmación de que vamos por buen camino. Todas estas fases no son otra cosa que intentos de eludir una solución de la cuestión del amor.

*Una tarde vino a buscarme un chico, un conocido de Olga, que nos hacía la corte a las dos. Salimos juntos de paseo y pasamos por casualidad por una calle donde había una residencia para enfermos de lupus. Las ventanas de la residencia estaban cubiertas con una tela metálica verde, parecida a la gasa con que se hacen las redes para cazar mariposas. Oí el zumbido de algún aparato. De pronto me di cuenta de dónde estábamos. Me quedé horriblemente abatida, no dije una palabra más y di la vuelta para irme a casa, completamente destrozada. Estaba como paralizada. Mis pensamientos se detuvieron y solo una cosa me llenaba: el pavor al lupus.*

Precisamente cuando está con el chico que corteja a dos muchachas, algo la llena de pavor. Hay dos razones que lo explican: 1) que al chico le gusta también otra muchacha; 2) que puede usar su fobia al lupus para eludir la solución de cualquier problema.

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*Al principio no pude contestar en absoluto a las preguntas preocupadas de mis padres sobre por qué estaba tan alterada. Pensamientos horribles me daban vueltas en la cabeza. Pensaba que las personas que por casualidad pisaran las huellas de un enfermo de lupus esparcirían los gérmenes por toda la ciudad.*

Ahora toda la ciudad está llena de lupus. Ahora ya no puede ir a ninguna parte. La distancia entre ella y la cuestión del amor crece paso a paso.

*«¿Dónde», me preguntaba, «hay un lugar en la tierra donde no haya lupus? ¿Dónde hay un sitio donde ningún enfermo de lupus haya dejado bacterias tras de sí?». El mundo entero me parecía infectado.*

Ven aquí el gesto de exclusión de la niña mimada.

*Me sentía como rodeada de barrotes de los que no había salida. Al mismo tiempo sentía que odiaba a los enfermos de lupus y que me daban asco.*

Detengámonos también aquí un momento. La mayoría de la gente diría que es un gesto de rechazo natural y comprensible. Pero hay otras situaciones en la vida de una persona nerviosa en las que aparece el mismo gesto sin que sea natural ni comprensible. Por ejemplo, ¿qué significa un miedo exagerado a los ratones o a las arañas? ¿Por qué subraya un individuo nervioso su odio y su asco <!-- p. 201 --> con tanta fuerza? No hay para ello ningún fundamento lógico. El gesto pone de manifiesto un sentimiento y apunta a algo distinto de un miedo imaginario. En nuestro caso sirve como medio para mantener la distancia que el miedo al lupus ha creado entre ella y la vida. Nada que le resulte agradable puede servirle de medio para alcanzar su fin. Tiene que valerse de algo repugnante para crear una distancia justificable entre ella y la vida.

Actúa correctamente según su sistema. Si no tuviera el sentimiento concomitante de odio y de asco, su conducta podría con razón llamarse idiota. Ahí está la diferencia entre la locura y la neurosis. Una neurosis es siempre consecuente, construida según un esquema de lógica privada. La locura es inconsecuente; carece por completo de coherencia o ilación lógica.

*La objeción de papá de que todas las demás personas vivían sin semejante miedo no sirvió de nada. Me parecía como si el lupus existiera solo para mí.*

Ya ven qué bien lo dice y, sin embargo, no lo comprende. La enfermedad existe realmente para ella.

*Un castigo solo para mí.*

Este castigo no hay que tomarlo en serio. Las personas nerviosas dicen: «Este es el castigo por mis pecados». A esta muchacha no le importa construirse un complejo de culpa con tal de poder excluir el amor.

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*Como una araña horrible y gigantesca, el pavor a la enfermedad devoradora se arrastraba por todo mi ser. Si hubiera conocido algún modo de matarme rápidamente, lo habría hecho. Pero no conocía ninguno.*

No ha llegado tan lejos como para cortar del todo con la vida. Le queda todavía un recurso: su familia. A una muchacha así se la podría empujar al suicidio separándola por completo de su familia: por ejemplo, en un sanatorio donde no se la tratara bien, o si sus padres se apartaran de ella y la declararan loca sin remedio. «Antes muerta que vivir así». Podría ocurrir entonces que esta muchacha se suicidara como acto de venganza.

*Desdichada hasta quedar casi insensible, empecé a lavarme las manos y la cara con permanganato potásico. Me enjuagaba la boca a fondo con el antiséptico de Lina. No quería volver a ponerme el abrigo. Me imaginaba que lo había infectado al llevarlo cuando pasé por delante del hospital de lupus. Me ponía guantes para quitarme los zapatos y tenía cuidado de que los cordones no tocaran nunca las suelas, que consideraba una parte especialmente infectada. Mis padres observaban mis actividades con gran aprensión. Luego le pregunté a papá si era posible contagiarse por el aire que salía del hospital de lupus. Se rió de mí y me contestó que era* <!-- p. 203 --> *del todo imposible, pues de lo contrario todas las personas que vivían allí o pasaban por allí se pondrían enfermas.*

*Aquello me dio un poco de esperanza. Pero me aferraba a la creencia de que las suelas de mis zapatos estaban infectadas por haber pisado la misma acera por la que había caminado el hombre del lupus, y de que, por consiguiente, también el suelo de nuestro piso estaba infectado....*

Las personas que se sienten obligadas a lavarse constantemente (obsesión de lavarse) suelen usar el argumento de que todo lo que las rodea está sucio o infectado. Tal argumento sirve para excluir algún aspecto de la vida en el que prevén una derrota y en el que, por consiguiente, no se sienten seguras. Hemos oído que la idea delirante se reforzó cuando salió con el chico que elogiaba a otra muchacha.

*...y de que quizá uno de los internos había escupido por la ventana y yo podía haber pisado el esputo. Mis padres intentaron desesperadamente quitarme aquella idea de la cabeza, pero en vano.*

Su posición en la casa ha quedado ahora firmemente establecida. Se ha convertido en la figura central, mucho más que antes, por cuanto ha conseguido cortar toda relación con el mundo exterior.

*Desde entonces solo tocaba los zapatos y el abrigo con guantes. Un día se me escapó de la mano un trozo de encaje y cayó al suelo. Mamá tuvo que regalarlo.*

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*Ya no quería tocar ni siquiera a mamá, puesto que ella tenía que entrar en contacto con el suelo cuando fregaba y limpiaba. Mi terrible excitación se desahogaba en frecuentes llantos. Para tranquilizarme, mis padres y Lina tocaban con los dedos el suelo y mis zapatos delante de mis ojos. Pero más tarde, cuando mamá cortó el pan sin haberse lavado antes las manos, chillé y me negué a comer. Tuvo que traer una hogaza nueva. Hasta los picaportes los tocaba solo con guantes y, además, cubría los guantes con un trozo de papel.*

Es el truco habitual de los pacientes con obsesión de lavarse. La consecuencia es una suciedad en la habitación como solo cabe esperar de personas que se lavan sin cesar y que, al mismo tiempo, luchan continuamente contra la suciedad.

*¡Las manos infectadas de mi familia los habían infectado! Luego se me ocurrió que nunca se podía saber si el dinero lo había tocado o no un enfermo de lupus. Así que ya no lo tocaba si antes no me cubría la mano con un trozo de papel. Cuando tenía que comprar algo, envolvía el dinero en el inevitable papel y se lo llevaba a Minna. Ella tenía que acompañarme y pagar las cuentas.*

Ahora tiene un mariscal de corte.[^t10-1] Alguien tiene que acompañarla por la calle. Eso es una agorafobia.[^10-1]

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*También tenía que abrirme las puertas, porque los picaportes eran sospechosos. ¡Podía haberlos tocado un mendigo enfermo de lupus! La suciedad, la miseria y la pobreza me parecían causas del lupus.*

En esto no le falta del todo razón.

*Al final ya no tocaba nada sin papel. Cuando quería mover una silla de un sitio a otro, o cuando tenía que pasarle a alguien un objeto, por ejemplo un cepillo, me protegía antes con papel. Tiré un par de guantes con los que había cogido dinero porque había olvidado el papel. Envolvía los lápices en papel antes de escribir con ellos. Mis pensamientos asustados corrían en tantas direcciones distintas que al final no quedaba nada que no creyera infectado.*

Recuerdo una discusión acalorada entre una paciente con neurosis obsesiva de lavarse y un químico, en la que la paciente quería demostrar que no había ningún lugar en el mundo absolutamente libre de partículas de suciedad.

El químico lo negaba. Yo estaba de parte de la paciente; me parecía que tenía razón. Pero que tuviera razón o no carecía de importancia. Lo que importa es progresar en la vida, hacerse útil. Uno no se hace útil declarando que todo está sucio y dormirse luego en los laureles.

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*Un día fui de paseo con una compañera de escuela y su madre. De repente vi a un hombre de aspecto terrible, con la cara roja, hinchada y llena de agujeros. Estaba de pie junto al bordillo. Le pedí a mi amiga que lo mirara. Lo miró y se echó a reír. Yo no fui capaz de volver a mirar en su dirección. Me alegré de que fuéramos por la otra acera. Pensé que esa chica se contagiaría de lupus con toda seguridad, como castigo por haberse burlado de él.*

De nuevo tengo que intercalar unas observaciones. Las personas que padecen fobias y otras formas de neurosis se imaginan con frecuencia que las persigue una desgracia diabólica e implacable. No creo que muchos de ustedes se hayan encontrado más de una vez con un enfermo de lupus. Esta muchacha se ha encontrado con un enfermo así por lo menos dos veces. Se oye decir a menudo que a los neuróticos se les repite constantemente una misma vivencia. Recuerdo un caso de obsesión de lavarse: una mujer que examinaba todo cuanto había en el mundo en busca de suciedad para eliminarla. Nunca he visto a nadie que estuviera tanto en contacto con la suciedad como ella. Intentaré explicarlo en pocas palabras.

Hemos visto que un neurótico busca siempre justificaciones para proteger y reforzar su actitud asocial. Sus sentimientos lo han llevado a una neurosis; su entendimiento, que no está deformado, no ha seguido a sus sentimientos, no puede seguirlos, y se ve obligado a producir continuamente medios para reducir la tensión <!-- p. 207 --> entre el intelecto y el sentimiento. La razón va a remolque del sentimiento y se impone entonces la tarea de demostrar que un campo de actividad tan restringido es inevitable. Y así vemos al paciente ir en pos de argumentos o hechos que lo justifiquen, y sobre todo de hechos que le parecen fatalmente inevitables, como actos de Dios de los que no es responsable.

Tenemos que recordar la extraordinaria capacidad de la psique para arreglar, corregir, escoger, excluir y apercibir con arreglo a un fin. Si lo recordamos, podemos entender que, allí donde el aparato psíquico se ha convertido en instrumento de una meta neurótica, el intelecto, gobernado por los sentimientos, dispone, escoge y apercibe con arreglo a un fin aquellos hechos que no perturbarán el desarrollo neurótico ni la meta neurótica, y el neurótico se nos aparece al final como una pobre y lastimosa víctima de las circunstancias. Juega una treta y él mismo cae en ella.

Por ejemplo, un hombre dice que quiere casarse y tener un hijo. Se enamora de una muchacha tras otra y todas lo rechazan. El resultado es que al cabo de veinte años está exactamente en el mismo punto que al principio, es decir, soltero. El mundo lo compadece, puesto que evidentemente hace todo lo posible por conseguir esposa. El mundo no se molesta en examinar muy de cerca la sinceridad de sus esfuerzos. Si lo hiciera, vería que probablemente se acerca siempre a un tipo de mujer del que sabe de antemano que <!-- p. 208 --> lo rechazará; o que corteja con tanta torpeza que está seguro de fracasar; o que su conducta con la mujer lo hace imposible como futuro marido; en suma, que hace todo lo posible por impedir los pasos efectivos que conducen a un matrimonio, para poder quedarse dentro de la fortaleza que ha construido por su miedo a las mujeres.

Este es un ejemplo del arte y la astucia del pensamiento y la argumentación neuróticos, algo simplificado y esquematizado, naturalmente, para hacerlo más comprensible. Pero el ejemplo cumple su propósito si aclara que lo importante no son las experiencias que uno tiene, sino las lecciones que extrae de ellas, y que para comprender a otro ser humano es necesaria una interpretación correcta de la experiencia. Teniendo presente esta peculiaridad del intelecto humano, uno ya no se pregunta si esas perturbaciones y desgracias que se repiten con frecuencia en la vida neurótica son meros accidentes o si existe entre los neuróticos una tendencia a correr tras sus golpes.

*Le llevé a Minna dos terrones de azúcar que antes había frotado contra las suelas de mis zapatos.*

Ya ven hasta dónde llega la tendencia a rebajar a los demás. Ataca a todas las demás personas como si tuviera que exterminarlas, porque se siente incapaz de hacerles frente. Solo ella vale la pena, y solo a ella hay que respetar.

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*Me volví loca de alegría cuando se los comió.*

Esta es una forma desmesurada de egoísmo que se convierte en tendencias criminales. No hay duda de que su egoísmo se expresa en la tendencia a rebajar a los demás. Se acerca a sus semejantes de un modo agresivo: eso es egoísmo. Se le puede dar otro nombre, pero todos tendrán que convenir en que es un individuo que se interesa exclusivamente por su propia persona. La escuela freudiana llama narcisismo a esta manifestación. La palabra «narcisismo» procede de la historia del joven griego que se enamoró de su imagen reflejada. El narcisismo desempeña un papel importante en la psicología freudiana. Es el amor libidinoso de una persona por sí misma. Se supone que toda persona tiene por sí misma un amor narcisista mayor o menor. A quienes conocen la literatura psicológica les propongo que consideren que el narcisismo no incluye ciertamente la concepción del egoísmo y de la tendencia a rebajar a los demás.

*Creía de verdad que se le pegaría un poco de lupus al comerse el azúcar. Después di a todas mis amigas azúcar de esa clase, pero a mi familia no le di nada. Cuando tenía que pasar por la calle por donde había pasado el hombre del lupus, me ceñía la ropa al cuerpo por miedo a que el hombre del lupus hubiera tocado las paredes de las casas y las farolas. Pero a menudo me imaginaba que alguna parte del vestido había rozado de algún modo* <!-- p. 210 --> *uno de esos sitios. Entonces corría derecha a casa y me quitaba a toda prisa toda la ropa. Pero cuando pasaba por esa calle con una amiga, la empujaba, como por casualidad, contra las paredes y las farolas, para que también a ella se le quedaran unos bacilos en el vestido.*

Llegados aquí, tenemos que recordar que el estallido de la fobia al lupus se produjo cuando salió de paseo con un chico al que también le gustaba otra muchacha. Su gesto expresa claramente que quiere excluir a esa otra muchacha, a todas las muchachas.

*Y cuando creía que una prenda se había infectado, la tiraba. Pero como mi ropero estaba en un estado lamentable, me preguntaba cómo podría arreglármelas. Se me ocurrió la idea de que papá destruyera las bacterias con su plancha caliente y un paño húmedo.*

Ha descubierto un método de trabajo cuya corrección demostró más tarde la investigación científica.

*Mi familia tenía que pasar a menudo por la peligrosa calle. Les pedía una y otra vez que tuvieran cuidado de no tocar nada allí. Aunque me lo prometían una y otra vez, no me abandonaba la sospecha de que no hacían caso de mis advertencias. Ahora ya ninguno de ellos podía acercarse a mí.*

Ya ven cómo agrava su estado. Su radio de acción se hace cada vez más pequeño. Ella <!-- p. 211 --> es la única en el mundo que es pura, libre de bacilos, la única que se da cuenta de cómo todos los demás se precipitan en la desgracia. Todas las demás personas son profanas, depravadas, infectadas; solo ella no lo es. Es una santa. Es la meta de superioridad en el lado inútil de la vida, que alcanza con medios baratos.

*Y cuando alguien me tocaba por casualidad, me ponía hecha una furia, tenía ataques de llanto y amenazaba con matarme. Ya no sabía dónde sentarme para estar lo bastante lejos de los demás. Usaba siempre una única silla, y nadie más podía sentarse en ella.*

¿No les recuerda esto ciertas costumbres de los monarcas, o costumbres religiosas en las que un determinado asiento solo puede tocarlo una persona sagrada? Si alguien afirmara ahora que la muchacha saca estas ideas de tradiciones arcaicas heredadas, solo tenemos una respuesta: todo el mundo tiene las mismas ideas tontas en condiciones semejantes de restricción.

*También escogí mis propios cuchillos, tenedores y cucharas, que se colocaban en un sitio determinado para protegerlos del contagio del resto del mobiliario. Cuidaba estrictamente de mis cosas. ¡Ay si a mamá se le ocurría poner un tenedor equivocado en mi plato especial!*

Ya ven lo que puede observarse en todo neurótico: ella está enferma. Eso significa una ley para los demás. Los <!-- p. 212 --> demás reciben de la enfermedad del neurótico normas para su vida. Eso le da un sentimiento de superioridad, aunque ella no lo note. No creo que este hecho pueda pasarle inadvertido a nadie a quien alguna vez se le haya llamado la atención sobre él.

*Un día, durante la limpieza de la casa, pusieron por descuido sobre la mesa mi vaso de agua con mi cepillo de dientes dentro. Cuando lo vi me puse furiosa, insulté a mi madre con palabras soeces, la amenacé, amenacé con matarla; no sé qué más hice en mi rabia.*

Casi parece la ira divina de un dios cuando alguien ha violado sus sagrados mandamientos.

*Tales escenas ocurrían prácticamente todos los días. Luego mis padres reñían por mi causa. Papá acusaba a mamá de no haber tenido bastante cuidado y de haberme excitado así. Mamá le replicaba enfadada que no podía tener presentes todos mis caprichos, que tenía otras cosas en que pensar. También nuestros empleados temblaban en mi presencia.*

No sé si eso es del todo cierto, pero basta con que ella tenga esa impresión.

*Cuando estaba en la calle, siempre esperaba encontrarme con caras agujereadas. Pronto toda la ciudad estuvo habitada por enfermos de lupus. Los veía por todas partes. Ya no me atrevía a salir de noche por miedo a tropezarme con alguno de ellos en la oscuridad.*

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La restricción va más lejos.

*De día miraba fijamente todas las caras, y cuando alguien pasaba demasiado deprisa para que yo pudiera ver si tenía nariz o no, corría tras él y volvía a mirarlo fijamente. Cada vez me imaginaba: «Este ha tenido lupus». Luego volvía corriendo a casa llorando y me quejaba a papá: «He vuelto a ver a un enfermo de lupus». Papá intentaba siempre quitarme de la cabeza mi idea delirante. Sus explicaciones claras y sensatas me tranquilizaban cada vez hasta cierto punto. Era el único capaz de consolarme un poco de vez en cuando.*

Este «de vez en cuando» merece una consideración más detenida. No significa casi nada. Puede dejarse consolar por su padre... para poder empezar de nuevo. Los médicos oyen a menudo decir a sus pacientes: «Cuando salgo de su consulta me siento muy bien. Pero en cuanto estoy fuera empieza todo otra vez». Muchos médicos creen que es un poder mágico que emana de ellos. Sin embargo, lo que ocurre es que el paciente le hace al médico el regalo de un cumplido para despistarlo. Nosotros solemos responder: «Entonces debería quedarse aquí todo el día». El hechizo desaparece entonces rápidamente.

*Me lavaba constantemente con permanganato potásico. La piel de las manos se me puso terriblemente áspera, dura como el cuero y llena de grietas.*

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Eso es exacto. Se observará que las personas que se sienten obligadas a lavarse todo el día tienen las manos más sucias del mundo.

*Los dientes se me pusieron marrones de tanto enjuagarme. Cuando el jabón o un cepillo caían al suelo, no volvía a usarlos. Por nada del mundo habría recogido algo del suelo. También mamá tenía que lavarse las manos sin cesar. La vigilaba estrechamente, sobre todo antes de que empezara a cocinar. Si se olvidaba de lavarse las manos, yo no probaba bocado, por mucha hambre que tuviera. Las restricciones que le imponía la irritaban y se quejaba a papá. Él le rogaba que me diera el gusto.*

Observarán cómo su poder se extiende cada vez más lejos. Quien no comprende esto no comprende los hechos más importantes. El poder ilimitado es lo más importante para ella, y aunque solo tiene a su disposición un círculo pequeño, hace todo lo posible por dominarlo.

*Tenía las dificultades más engorrosas con los cordones de los zapatos. Si uno de ellos tocaba las suelas o el suelo, mamá tenía que sacarlo inmediatamente y comprar uno nuevo. Había reunido en un cajón toda una colección de cordones infectados. Tenía también un surtido completo de horquillas, jabones, cepillos de dientes y pastas dentífricas. Papá estaba pensando ya en consultar a* <!-- p. 215 --> *un médico. Mi idea delirante se mantenía en secreto ante los de fuera.*[^t10-2]

Por regla general, los padres mantienen en secreto el mal por una especie de falsa vergüenza, sin ayudar con ello al niño. Por otra parte, si hablan demasiado de él, tampoco se gana nada. Habría que encontrar un método que ayude a todos.

*Cuando encontré en el libro de instrumental de Lina una ilustración de la llamada cucharilla para el lupus, me estremecí. Me preguntaba por qué había un solo instrumento para una enfermedad tan abominable.*

Lo considera un insulto, una degradación de su espantajo, que haya un solo instrumento para él.

*Lina me contó que el lupus podía salir no solo en la cara, sino también en todo el cuerpo. Eso no me daba tanto pavor como la imagen de una cara llena de agujeros.*

Quien observa un poco más de cerca sabe por qué. «Ella es la más hermosa del reino».[^t10-3] De ahí el énfasis en el lupus facial.

*Cavilaba sin cesar sobre la enfermedad del lupus. Me venían a la mente cosas horribles. Me imaginaba, por ejemplo, que un enfermo de lupus le toca a uno con los dedos después de haberse tocado o rascado las llagas. O que una gota de pus entra en contacto con una moneda que uno coge en la mano sin sospechar nada* <!-- p. 216 --> *—y luego uno puede rascarse un ojo, lo cual, sin duda, le contagiaría el lupus.*

Entiende algo de la inoculación, es decir, de infectar un ojo poniendo un germen en contacto directo con él.

*Sobre todo la idea de que un enfermo de lupus pudiera besarme me hacía temblar de miedo.*

Este «*sobre todo*» es delicioso.

*Al final llegué a figurarme que el mero pensamiento de un contacto con el lupus podría producir la enfermedad, que el pensamiento podría valer tanto como el acto.*

Aquí vuelve a anticiparse a algunas teorías e hipótesis modernas. Precisamente ahora está muy extendida la concepción del «dominio de la mente sobre la materia».

*Cuando me venían a la mente tales pensamientos, me excitaba muchísimo, me lavaba la cara a toda prisa y corría a papá en busca de consuelo. Sin embargo, tenía que vencer cierta resistencia a hablar de esas ideas; intentaba primero insinuarlas, darles un rodeo, y nunca decía directamente: «Me he imaginado esto o aquello», sino: «Si una chica se imaginara esto, y así sucesivamente».*

No tiene la conciencia tranquila. No quiere asumir ninguna responsabilidad por su neurosis. Tiene algún barrunto de que su actitud es injustificable y <!-- p. 217 --> no quiere admitirlo. Mientras no comprenda e interprete correctamente sus intenciones y su afán, no encontrará salida y seguirá adelante, como un don Quijote, luchando contra molinos de viento.

*A menudo pensaba también —vivíamos en la planta baja— con qué facilidad podría alguien entrar por la ventana, ¡y, lo que es más, podría ser un enfermo de lupus!*

Dos males a la vez.

*«Esos enfermos», me decía, «tienen que estar siempre en gran necesidad, porque la demás gente los evita».*

Averigüemos también aquí qué hay detrás de estas palabras. Uno podría decir, por ejemplo: por eso hay que ayudarlos. Quien habla así está en el lado útil. Ella continúa de otro modo: hay que guardarse de esos astutos bribones. Ya ven que, cuando dos personas tienen la misma impresión, la misma experiencia, sacan conclusiones distintas según sus distintas metas y su distinto estilo de vida.

*La idea de un ladrón con lupus me daba un miedo de muerte. Luego me acordé de una historia que había leído u oído en alguna parte, en la que Dios pone a prueba a un santo con un leproso; yo pensaba que eso era lo mismo que el lupus. El leproso resultó muy pronto ser el mismísimo Señor. Y me dije: «Aunque el mismísimo Señor viniera a mí como enfermo de lupus, no le* <!-- p. 218 --> *dejaría entrar; es más, no le tocaría... ¿o haría una excepción en ese caso?».*

*Un día fuimos de excursión. Yo estaba en tercer curso de la escuela, creo. Al volver pasamos por delante de un hospital de lupus nuevo; de hecho, no sé si había o hay dos hospitales de lupus en esta ciudad. Lo averiguaré. De pronto leí en grandes letras: «Hospital para enfermos de lupus». Aquello me produjo una sensación de tristeza. Ya entonces debía de saber lo que es el lupus. En la parada donde teníamos que hacer transbordo a otro tranvía había un puesto de leche. Nuestro huésped venía con nosotros. Papá nos compró leche caliente. Yo también me bebí un vaso. Pero con el hospital de lupus ante los ojos, la leche me repugnaba. Tenía la vaga sensación de que un enfermo de lupus había bebido en mi vaso.*

Es un recuerdo antiguo. ¿Qué conclusión podemos sacar de él? Ni más ni menos que se esfuerza ahora por apuntalar su fobia al lupus. Busca hasta encontrar nuevas justificaciones para la continuación de su neurosis. En la psicología de los neuróticos encontrarán con frecuencia que buscan en su vida pasada apoyo para el esquema presente.

*Entretanto nuestra situación había empeorado. Muchos de los clientes de papá habían sido llamados a filas, algunos sin haber pagado sus cuentas. Apenas podíamos pagar el alquiler, relativamente alto, de nuestro piso. A la primera* <!-- p. 219 --> *oportunidad nos mudamos a una casa unas manzanas más allá. Era una casa vieja, y nuestra nueva vivienda era más barata y más espaciosa que la anterior, y estaba en el primer piso. Hasta entonces yo había dormido entre mis padres. Ahora me dieron un cuartito para compartirlo con Lina y, por primera vez, una cama para mí sola. Lina dormía en el sofá.*

Ya conocemos lo bastante el carácter de esta muchacha para poder adivinar lo que va a seguir. Probablemente no querrá estar acostada allí sola. No se dejará expulsar de una situación agradable. Ya ha mencionado este hecho antes. Debe de expresar: «Yo soy el centro». Eso significa una descripción en el espacio de su construcción psíquica.

*No quería que me echaran tan bruscamente de la cama de mis padres, en la que había dormido tanto tiempo. Durante algún tiempo me quedé —como arreglo provisional— en la cama de mamá. Poco a poco me decidí a conformarme con la nueva costumbre. Poco a poco la idea delirante del lupus, que me había atormentado durante más de un año, desapareció.*

Qué tiene que ver eso con dormir sola no es del todo inteligible. Sin embargo, podría haber una relación entre ambos hechos. Hemos supuesto que la fobia al lupus va dirigida contra toda posible relación con los hombres, que tiene miedo al problema del amor. Duerme sola; subraya que la fobia al lupus <!-- p. 220 --> va desapareciendo. Quizá la alivia el pensamiento: «Una puede quedarse soltera». No sé si encontraremos confirmada mi suposición. Seguiré esta idea con mucha atención, a la espera de una nueva corroboración.

*No pude soportar mucho tiempo estar acostada sola por la noche. Además, mi cama se tambaleaba y tenía miedo de que la cabecera se me cayera encima y me rompiera los dientes o me aplastara la nariz.*

De nuevo un defecto de belleza.

*Era muy delicada con mi nariz. Cuando Lina me daba un beso, a menudo me imaginaba que me la había deformado. Luego me ponía nerviosa el golpeteo de una carcoma. Mi hermana tenía guardia de noche un día sí y otro no, y yo me sentía tanto más sola.*

La hermana le viene muy bien para su propósito. Vemos cómo la tendencia a apartarse de los hombres la lleva hacia su hermana. Antes de dormir sola eligió acostarse junto a su madre. Tendremos que ver si lucha por salvarse del estado confuso de sus problemas eróticos, si su rechazo de los hombres y su apego a las mujeres se hacen o no más fuertes.

*Le pedí a mamá que durmiera en mi cama mientras yo dormía en la suya.*

Esto refutaría nuestra combinación si, como otras escuelas psicológicas, viéramos en su padre al <!-- p. 221 --> hombre. Según su interpretación, el deseo de dormir en la cama de su madre indicaría un deseo de acercarse sexualmente a su padre y de eliminar a su madre, de la que está celosa. Sin embargo, su padre es indudablemente asexual para ella; todavía no sabemos por qué hace toda esta comedia.

*Por aquel entonces tenía la costumbre de colgar las medias y las ligas en la cabecera de la cama de papá antes de dormirme; encima ponía las horquillas; extendía la camisa, las enaguas y los bombachos sobre su edredón, y los zapatos los ponía debajo de su cama. El vestido, el jersey, el abrigo y el sombrero los dejaba cuidadosamente sobre la mesa. Nadie podía tocar esas cosas, so pena de que yo me pusiera hecha una furia. Una noche, estando despierta, noté que papá se daba continuamente palmadas en la cara mientras dormía. Aquello me asustó; pensé que se estaba volviendo loco. De repente abrió los ojos y exclamó: «¿Qué me hace cosquillas en la nariz?». Y entonces vi que eran mis ligas. El miedo a que la cabecera de la cama se me cayera encima no me dejaba dormir tranquila en la cama de mamá, así que tenía que quitarla todas las noches antes de acostarme. Pronto apareció un nuevo motivo de alarma. Encima de la mesita de noche, que estaba entre la cama de papá y la de mamá....*

Las camas están separadas. Ella desempeña el papel de la madre, puesto que usa la cama de su madre, pero duerme separada de su padre.

<!-- p. 222 -->

*...colgaba una imagen de la Santísima Virgen. La imagen estaba un poco más cerca de mi lado. Eso me inquietaba. Me imaginaba que podía caérseme encima. Por otra parte, era demasiado supersticiosa para hacerla quitar. Así que volví a mi propio cuarto y a mi propia cama.*

Si consideramos la situación de esta muchacha, comprendemos que los niños mimados abandonan muy a regañadientes los lugares a los que están acostumbrados desde hace mucho.

*En mitad de una noche, la cama se hundió conmigo con gran estrépito. Eso me hizo la cama todavía menos atractiva, y desde entonces dormí en la cama de mamá con ella. Para estar a salvo de la imagen santa me corrí hasta el borde mismo de la cama. No puedo decir que esa posición fuera muy cómoda. Además, seguía sin sentirme bastante segura. A menudo me levantaba cuando todos los demás dormían, me quedaba un rato de pie en camisón en algún lugar de la habitación y cavilaba cómo podría librarme de los problemas de la cama. Una noche, mientras estaba de pie cavilando en mi antiguo cuarto, hice por descuido algún ruido. Lina se despertó, se levantó de un salto aterrorizada y se echó a llorar lastimosamente. Creyó que tenía delante un fantasma. Volví a meterme rápidamente en la cama. La amenazadora imagen de la pared me quitaba el sueño. Probé entonces a acostarme al revés, con la cabeza junto a los pies de mamá. Pero era más incómodo que antes. Durante la noche nos dábamos con los pies en la cara. Finalmente papá* <!-- p. 223 --> *se quedó con mi cama vacía y me dejó dormir en la suya. Tampoco allí me sentía del todo a gusto. No sé por qué creía que esa cama me traería mala suerte.*

Eso parece concordar con la idea de que es peligroso acercarse demasiado a un hombre.

*Entonces se arregló del modo siguiente: papá volvió a su cama, Lina se quedó con la mía y yo dormí en el sofá de Lina. Pero el sofá era demasiado corto para mí. Yo era bastante más alta que mi hermana y tenía las piernas largas. Los pies me colgaban por el extremo del sofá. Tenía que envolvérmelos en una manta especial. Entonces a mamá se le ocurrió prepararme la cama en la cocina, sobre la mesa de costura. Pero la mesa era demasiado dura y me molestaba la corriente de una ventana cercana.*

Esta niña tiene ciertamente muchas dificultades en la cama.

*Entonces decidimos que probara a dormir con papá en su cama. Pero como, por miedo a la imagen santa, me acostaba en sentido contrario al suyo, el arreglo resultó tan incómodo como en la cama de mamá. Por fin papá encargó a un carpintero que arreglara mi cama, mientras yo lo miraba trabajar. Entonces me acosté con la cabeza en el lado equivocado, y así se quedó.*

La posición que una persona adopta al dormir no es ciertamente casual y parece tener cierta importancia para juzgar su estilo de vida. La investigación de la psicología individual <!-- p. 224 --> nos ha mostrado que incluso el fenómeno del sueño se ajusta al estilo de vida de la persona. Quienes entienden la psicología individual pueden a menudo adivinar la posición que otros adoptan al dormir.

La experiencia nos ha enseñado, por ejemplo, que las personas que duermen boca abajo suelen ser tercas. Difícilmente podemos esperar mucho valor en la vida de una persona que se duerme enroscándose como un puerco espín y tapándose la cabeza con las mantas. Un joven duerme con los brazos cruzados sobre el pecho. Su estilo de vida revela un deseo de imitar a Napoleón. Más tarde, cuando la vida se pone difícil, concibe la idea demente de que ha sido elegido general para conducir tropas a Rusia. Nuestra muchacha se acuesta al revés en la cama. Su posición expresa oposición, nada más, aunque, por supuesto, tales personas pueden adoptar también una actitud de oposición en sus relaciones amorosas.

*Al terminar la escuela secundaria, papá quería que aprendiera el oficio de modista.*

Difícilmente creemos que vaya a hacerse modista, porque es una profesión subordinada.

*Pero a mí no me atraía. Habría preferido entrar en la escuela de comercio, como Olga, que me daba ejemplo en todo. Papá no consintió. Alegó que costaría demasiado. Prefería que me hiciera pianista y habló de una* <!-- p. 225 --> *beca en un conservatorio. Le contesté: «¿Y luego? ¡Luego seré una estúpida profesora de piano!». Al final no llegamos a ninguna decisión y me quedé en casa.*

Ese es el lugar adecuado.

*El otoño siguiente me matriculé en un curso de un año en la escuela de comercio. Era la única de la clase que pagaba la matrícula mes a mes. Todas mis compañeras, salvo dos o tres, procedían de familias acomodadas. Me sentía feliz en su compañía. Me hice amiga de las más guapas y distinguidas y me invitaban a sus casas. Pero como yo nunca podía invitarlas a la nuestra —les había contado un montón de mentiras sobre nuestra situación—, nuestras amistades no llegaron a ser tan íntimas como mi amistad con Olga. Con ella podía hablar de cosas que habrían escandalizado a las chicas ricas. Aunque odiaba las conversaciones morales, siempre me obligaba a escuchar con paciencia. Mi mayor deseo era prolongar esas amistades.... Recuerdo un episodio muy desagradable. En la escuela podíamos comprar bonos de guerra. Se hacía del modo siguiente: el profesor decía nuestros nombres por orden alfabético y nos preguntaba a cada una, mencionando además la profesión de nuestro padre, cuántos bonos queríamos comprar. Casi todas las chicas tenían permiso de sus padres para comprar bonos y decían cantidades más o menos grandes. Mientras tanto yo estaba* <!-- p. 226 --> *en ascuas. No solo porque papá no podía permitirse ni un céntimo más para contribuciones de guerra —nos alegrábamos cuando podíamos conseguir de vez en cuando una hogaza de pan de más—, sino porque iba a revelarse en público que papá era sastre. Lentamente se acercaba mi perdición. Cuando dijeron mi nombre me levanté, roja como un tomate. El profesor echó una mirada a la lista y dijo: «Su padre es sastre. Los sastres ganan mucho dinero hoy en día». No recuerdo qué balbuceé como respuesta... En general era bastante buena alumna, pero la aritmética y la contabilidad eran mis puntos débiles. La mañana antes de un examen de aritmética, le decía a mi padre: «Me siento tan mal que apenas puedo tenerme en pie...».*

Eso es corriente. Si una niña se entrena debidamente para ello, se vuelve automático, de modo que se siente mal con solo oír la palabra «aritmética». «*Me pongo mala solo de oírlo*». Este mecanismo se observa también en otras situaciones en las que es más difícil de explicar. Los dolores de cabeza, el cansancio, incluso los vómitos, se originan a menudo de este modo. Un maestro, por ejemplo, tenía un ataque de miedo cuando se acercaba al ayuntamiento de su ciudad. Sin saber nada de él, sería imposible entender qué tiene que ver el ayuntamiento con el ataque. La razón, en este caso, era que tenía que presentarse ante las autoridades escolares superiores. Otra vez, en una reunión, le preguntaron cuándo tenía que ir a la escuela. Cinco minutos después tuvo otro ataque de miedo. Esto <!-- p. 227 --> solo se hace inteligible considerando debidamente los hechos que han conducido a este estado.

*«...y volvía a acostarme. Al día siguiente iba otra vez a la escuela. Con el tiempo el profesor de aritmética descubrió mi truco y me ponía la nota más baja cada vez que faltaba a clase. Un día fui impertinente con un profesor y me pusieron una mala nota en conducta. En tales ocasiones teníamos que llevar un boletín a casa y devolverlo con la firma de uno de los padres. Aunque no tenía motivo para temer a papá, decidí conseguir su firma en aquel papel sin que él supiera lo que firmaba. Con ese fin procedí del modo siguiente: cogí una hoja de papel blanco, la cubrí con una tira pequeña de papel secante rojo dejando solo un margen estrecho, fui a papá y le rogué que escribiera su nombre en el margen blanco. Primero, como es natural, quiso ver qué había debajo del papel secante. Lo quité y no había más que una hoja de papel en blanco. Me preguntó asombrado para qué la quería. Yo solo sonreí. Probablemente pensó que era otro de mis caprichos, escribió su nombre y meneó la cabeza.*

La lucha con su profesor es casi un placer para ella; intenta imponerse a él y lo consigue. Sobre su padre obtuvo hace mucho una victoria duradera.

*Al cabo de un tiempo volví a hacer lo mismo, y una vez* <!-- p. 228 --> *más papá quiso ver primero el papel tapado. La tercera vez, en cambio, firmó sin mirar. Esta vez había firmado el boletín de conducta.... Nuestras clases eran de dos a seis. Por la mañana estudiaba; a decir verdad, solo antes de un examen. Mamá encendía entonces la estufita del dormitorio. Papá trabajaba en la cocina con sus oficiales hasta altas horas de la noche. Los clientes iban y venían durante el día. Nunca estábamos solos, nunca tranquilos. Los oficiales tenían que trabajar el domingo por la mañana, y por la tarde los clientes se probaban los trajes. Mamá, Lina y yo odiábamos aquella situación. Intentamos convencer a papá de que trabajara a horas fijas, como otros sastres, y luego descansara. Pero no pudimos convencerlo. Siempre contestaba: «Odiáis el oficio de sastre. Pero sin mi trabajo no tendríais nada que comer». Teníamos justo lo suficiente para comer, pero por lo demás, a pesar de todo el trabajo, carecíamos de casi todo. Papá había adquirido poco a poco la idea fija de trabajar por un precio excepcionalmente bajo, casi a precio de coste. Coser era su pasión; hacer buenos trajes, su placer; contentar a sus clientes, su ambición y su orgullo. Aun cuando tenía tantos encargos que los oficiales tenían que hacer horas extraordinarias, a menudo apenas quedaba dinero al final de la semana para pagarles el jornal. Lina tenía que ayudar siempre, aunque* <!-- p. 229 --> *no tenía más que su exiguo sueldo. Un pariente quiso llevarle la contabilidad a papá, o incluso ayudarle a abrir una tienda donde no habría tenido que hacer más que cortar y probar. Pero a papá le habían matado la iniciativa; no había manera de apartarlo de la costura.*

Esto ilustra bien el automatismo inflexible de la edad avanzada. El entrenamiento de toda una vida no puede romperse fácilmente, y solo debe romperse cuando es necesario para el individuo y para su ambiente. He de confesar que tampoco yo intentaría separar de su trabajo a un trabajador tan automatizado. No le diría a un hombre mayor que debe dejar de trabajar, o reorganizar por completo su esquema de trabajo, porque sentiría que la vida lo oprime pesadamente en cuanto cesara la automatización.

*La manía de papá de regalar su trabajo a los clientes provocaba terribles peleas familiares. Mamá, con el respaldo de Lina, colmaba a papá de reproches, lo regañaba, gritaba que aquella vida no era vida y que nos estaba arruinando a todos, le preguntaba qué creía que iba a ser de la niña. Al principio él contestaba, pero en cuanto mamá mencionaba mi nombre se callaba, se iba al dormitorio y se tiraba de los pelos.*

*Un día, al quitar las migas de la mesa, dejé caer por descuido mi espejito de bolsillo al suelo. Al* <!-- p. 230 --> *recogerlo vi que tenía unas cuantas grietas. «Qué tontería», pensé, «ahora no tendré buena suerte en siete años».*

He aquí otra ocasión para pensamientos obsesivos y actos obsesivos. Es la tercera vez: una prueba de que la desaparición de un síntoma (la fobia al lupus, por ejemplo) no es indicio de curación, sino de que se producirá un síntoma nuevo, y de que la aparición de síntomas no cesará mientras ella no cambie su meta y su estilo de vida. Además, quiero subrayar el hecho de que los neuróticos son siempre supersticiosos. Es comprensible que todo el que no cree en sí mismo tenga que creer en alguna otra cosa, sea la que sea. Por supuesto, no se sigue de ello que, por creer en otra cosa, uno no crea en sí mismo.

*Aquel día estaba algo abatida. Fui a ver a Olga para preguntarle si alguna vez había roto un espejo. No recordaba haberlo hecho nunca. Decidí entonces hacer que rompiera un espejo en un momento oportuno, para que tampoco ella tuviera buena suerte en siete años.*

Ya ven cómo aspira constantemente a la igualdad, en la medida en que los demás no han de estar mejor que ella.

*Poco después Lina se enfadó por algún motivo y rompió su espejo en un arrebato de ira. Me acerqué* <!-- p. 231 --> *con cautela a los pedazos, los miré y me pregunté cómo podía mi hermana romper un espejo sabiendo que no tendría buena suerte en siete años.... En el guardarropa de la escuela de comercio, a una de las chicas se le cayó por descuido el espejito de bolsillo mientras se quitaba el abrigo. Yo estaba de pie detrás de ella en ese momento, y ella exclamó en broma: «¡Ay, Dios mío, ahora me has roto el espejo!». Me sobresalté. Ella me tranquilizó, asegurándome que lo había roto ella misma y no yo. Yo estaba muy asustada y le pregunté si estaba completamente segura. Me juró que sí. La creí, porque apenas había tocado el espejo, y cuando la miré pensé: «Que haya roto un espejo o no da lo mismo. No es guapa y de todos modos no tendrá buena suerte».*

Ahí tienen una prueba más de lo acertado de nuestra suposición de que su objetivo principal es ser lo bastante guapa para ser la primera en la vida.

*Por cierto, recuerdo...*

Vuelve a reunir recuerdos para apoyar su conducta neurótica.

*...que de pequeña tuve una vez miedo de un espejo. Pasaba por delante de una cristalería y me miré en uno de los espejos del escaparate. Desde él me miraba una cara horriblemente hinchada.*

<!-- p. 232 -->

¡Otra vez la cara hinchada!

*Retrocedí, pero no pude resistirme a mirar una segunda vez. Junto a ese espejo colgaba otro que me alargaba la cara de un modo extraño. Papá me explicó después que eran espejos que deformaban todo lo que reflejaban. Nuestra lámpara de petróleo tenía un reflector para que la luz brillara más. Este espejo, o reflector, ya me había molestado, según recuerdo ahora, en la época de mi fobia de los ojos. Ahora empezó a inquietarme muchísimo. No quería tocar la lámpara. A menudo me pedían que la llevara de la cocina a la sala cuando papá tenía un cliente, pero aunque hubieran esperado fuera cincuenta clientes, ya no había manera de que tocara aquella lámpara. Tenía miedo de que el espejo se rompiera por el intenso calor de la llama de petróleo y de que la mala suerte resultante se me pegara a mí si daba la casualidad de que estaba presente. Dejaba que los demás se sentaran junto a la lámpara y yo me sentaba más lejos. Pero al darme cuenta de que daba igual que mis padres, Lina o yo estuviéramos cerca del espejo cuando se rompiera, puesto que la desgracia nos perseguiría entonces a todos, le pedí a papá que quitara el reflector de la lámpara. Hecho esto, me preocupó qué harían con él. Mamá quería tirarlo al cubo de la basura. Yo me opuse, porque podía romperse allí. Luego propuso regalarlo. Tampoco eso me gustó. Pensé que eso* <!-- p. 233 --> *también podía traer mala suerte. Finalmente lo guardamos en una caja de madera en el sótano.*

Ya ven hasta dónde llega en su empeño por evitar toda posible mala suerte. Y ven también con qué excesiva cautela, mal empleada, desde luego, alimenta la idea de que uno puede forzar de algún modo su destino. Esta desdichada fobia contiene la idea de la semejanza con Dios. ¿Qué tengo que hacer para dominar el destino?

[^10-1]: Miedo a quedarse solo o a salir solo.

[^t10-1]: *Court marshal* en la edición inglesa: el mariscal de corte (*Hofmarschall*) que regula el ceremonial de un soberano. (N. del T.)

[^t10-2]: *Ousiders* en el impreso, errata por *outsiders*. (N. del T.)

[^t10-3]: Alusión al espejo de la madrastra en *Blancanieves*. (N. del T.)

<!-- p. 234 -->

## XI. ¡Sí, pero...!

*Papá tenía un pequeño costurero de paja trenzada en el que guardaba, entre otras cosas, varios espejitos de bolsillo. Yo tenía miedo de romperlos y siempre tenía mucho cuidado de no tocar el costurero. Por fin papá decidió vender los espejos al mismo hombre que nos compraba los retales.*

Su atención se concentra cada vez más en todos los espejos que la rodean. Semejante preocupación es importante y significativa para la estructura de toda neurosis, y se hace más llamativa en la neurosis obsesiva. Lo que realmente ocurre es del todo comprensible para el psicólogo individual. Todas las demás tareas sociales de la vida quedan relegadas a segundo plano. La paciente ha abandonado sus deberes. Se mantiene a mayor distancia de los problemas importantes de su vida. Se pasa todo el tiempo ocupándose inútilmente de cosas para no sufrir una derrota al intentar resolver sus problemas en el lado útil de la vida.

Sabemos que esta niña extremadamente mimada aspira a una meta de superioridad, que quiere ser <!-- p. 235 --> más que todos los demás. Hemos visto cómo consiguió alcanzar su meta dentro de la familia. Ahora, al hacerse mayor, tiene que acercarse a la comunidad de fuera de la familia. Esa es la situación presente. Su éxito es completamente incierto. Como todos los niños mimados, rehúye por principio todas las situaciones nuevas, y tanto más cuanto menos segura está de su éxito. Su afán de permanecer en la situación antigua y de intentar alcanzar allí la meta de superioridad se hace así más visible. Esto se consigue fácilmente por medio de una neurosis cuya intensidad puede aumentarse según convenga al propósito. Sobre todo el padre, pero también los demás miembros de la familia, se ven arrastrados al torbellino de sus ideas fijas, lo cual le da la impresión de su superioridad en la casa.

La elección del espejo como síntoma se hace ahora evidente. Como en años anteriores, la muchacha hace del ser la primera o la más destacada su objetivo principal en la vida, aunque ahora se mueve en un círculo más amplio y más cerca del frente de la vida. Los problemas del amor y del matrimonio se aproximan. *¿Seré capaz de superar a otras chicas en mis relaciones con los hombres?, ¿conseguiré poder sobre los hombres?* Su interés se concentra claramente en torno al espejo, estimulado probablemente por su entrenamiento visual. De vez en cuando se queja de que tiene la vista débil. Es natural que los niños con defectos oculares más o menos leves aumenten su interés por todos <!-- p. 236 --> los objetos visibles para vencer sus dificultades. De este modo se familiarizan más con los colores, las líneas, los matices y la perspectiva, y suelen conservar ese interés visual durante el resto de su vida.

Sin embargo, esta muchacha se ha vuelto insegura, vacilante, como casi todos los niños mimados cuando tienen que enfrentarse a una situación nueva. Su tendencia es resolver los problemas del amor y del sexo del mismo modo en que ha intentado resolver hasta ahora todos los problemas; es decir, quiere ser la primera. Pero el amor y el matrimonio son problemas sociales. Su solución requiere interés por los demás. A su prototipo le falta casi por completo ese interés por los demás, lo cual es típico de los niños mimados. Quiere dominar a los otros, obligarlos a obedecer sus órdenes. ¿Podrá hacer lo mismo en el amor? El matrimonio de sus padres, quizá todo su entorno, no le da la impresión de que la mujer triunfe sin obstáculos. El amor se convierte en un obstáculo peligroso para su deseo de dominio; no está en absoluto segura de vencerlo a su favor. El sentimiento de inseguridad, así intensificado, la lleva a quitarse la responsabilidad de encima y a descargarla sobre los espejos. Su destino depende ahora de los espejos. Pero ¿y si el espejo se rompe?

Una superstición muy extendida hace depender un matrimonio feliz de que uno haya roto o no un espejo. Ha de decidir una magia extraña y maligna. No <!-- p. 237 --> el efecto mágico de la propia personalidad. Si no es la primera en la contienda del amor, la culpa es del espejo, y su superioridad queda intacta. La que rompe un espejo no puede casarse en siete años: así reza la superstición. Eso la eximiría de tener que decidir si es «la primera del país». Pero podría seguir creyéndolo. Como todos los niños mimados, anda buscando medios más fáciles para alcanzar la victoria final.

Pueden intercalarse aquí dos observaciones generales. Algunos de mis críticos, por desgracia cegados por la ira, creen que he eliminado la sexualidad y el amor de mi concepción psicológica. Quiero señalar, sin embargo, que aquí, como en todos los casos de neurosis y psicosis, así como en las perversiones, no se encuentra el amor a la luz del sentido común, es decir, como atributo del sentimiento de comunidad, sino solo el deseo sexual al servicio de un afán de poder en el lado inútil de la vida. Tanto el deseo sexual como el afán de poder han pasado de las vías de la utilidad general a las vías de la neurosis, y ya no participan en el progreso de la humanidad, sino que forman parte del egoísmo personal.

En segundo lugar, quiero subrayar el hecho de que este empleo insensato de nuestras posibilidades amorosas tropieza con dificultades en todas partes. Como el amor y el matrimonio son tareas para dos personas, no hay lugar para pretensiones egocéntricas por parte de una de ellas. <!-- p. 238 --> Además, la respuesta de la pareja a los insatisfactorios avances del neurótico es naturalmente desfavorable. Y, sobre todo, el neurótico se siente siempre herido cuando se pone a prueba su tímido sentimiento de comunidad, como lo ponen todos los problemas de la vida, puesto que todos los problemas de la vida (el nacimiento de los hijos, la escuela, la amistad, el interés por la humanidad, la posición política, la profesión, el amor, el matrimonio) son problemas sociales. En los problemas amorosos del neurótico siempre se podrá percibir una velocidad decreciente de su actividad, hasta llegar a una actitud vacilante o a la detención completa. A la violenta agresión del comienzo le sigue un final repentino. Desde el punto de vista físico, esta descripción es bastante clara. La expresión física de la perturbación se encuentra en la impotencia, el vaginismo, la frigidez, las perversiones, la ejaculatio praecox, etc.[^t11-1] Esta supersticiosa ocupación con los espejos pone de manifiesto la actitud vacilante de la muchacha. Si un espejo se rompe, se culpa a ese accidente en caso de que ella no gane, y su superioridad queda a salvo. De vez en cuando aparece la idea del suicidio. La muerte parece la salvación, el último consuelo de los desesperados.

Podría objetarse: ¿por qué le angustia romper un espejo, si la mala suerte resultante la ayudaría a eludir el problema del amor y, protegida por su superstición, ni siquiera tendría que intentar ocuparse de la peligrosa cuestión? El neurótico no piensa de un modo tan <!-- p. 239 --> sencillo. Quiere dar la apariencia de hacer todos los esfuerzos por responder a las exigencias de la vida en comunidad. Ese es su «sí». Pero luego se pone una piedra en el camino que le impide avanzar. Ese es su «pero». Y el resultado es que tiene una buena coartada para eludir el peligro del amor: se ha echado atrás. Quiero, de verdad, PERO no puedo. Ese es el sentido de su miedo a los espejos. Mientras alguien quiere, pero se excusa con un «pero», es que *no* quiere.

*En el escaparate de la confitería de la madre de Tilda había expuestos varios espejos. Hasta entonces no me había fijado en ellos. Un día me imaginé de repente que, al cerrar la puerta de la tienda, había hecho añicos uno de los espejos, y me entró un susto terrible. Tilda examinó con cuidado todos los espejos del escaparate y juró que no veía ninguna grieta en ninguno de ellos. Pero yo no la creí y estuve tan desdichada todo el día que quería morirme. Me decía: «De todos modos voy a tener desgracias durante siete años, y ahora otros siete años más; entonces ya no tendré ninguna felicidad en la vida y más valdría morirme ahora».*

*Al día siguiente ya estaba tranquila otra vez; pero desde entonces, cuando iba a ver a Tilda, me llevaba a Minna para que abriera y cerrara la puerta.*

*Cada vez que rozaba sin querer a una mujer que llevaba bolso, en la calle o en el tranvía, me asaltaba como un rayo el* <!-- p. 240 --> *pensamiento espantoso de que había destrozado su espejito de bolsillo y me había acarreado así otros siete años de desgracias. A menudo seguía a una de esas mujeres y quería preguntarle si de verdad llevaba un espejo en el bolso y, en tal caso, si seguía intacto. Pero nunca me atreví.*

Mientras la pregunta no tenga respuesta, sigue existiendo la posibilidad de que se haya roto un espejo. Por eso no se atreve a preguntar.

*Tenía que usar un espejo cuando quería peinarme. Tenía un espejo de mano cuadrado que solo tocaba con la mayor precaución. A veces me figuraba que lo había dejado en la mesa con demasiada brusquedad y, al mismo tiempo, creía haberlo oído crujir. Entonces corría llena de miedo a mis padres o a Lina: tenían que examinarlo a fondo. Y aunque juraran por lo más sagrado que no veían ninguna grieta, ni siquiera un arañazo, yo no los creía, y aún me fiaba menos de mis propios ojos. Me obstinaba como una loca en la idea de que tenía una grieta, quizá imperceptible a simple vista.*

*Para ver si se rompía, ponía ahora el espejo sobre la mesa con todo el cuidado posible. E inmediatamente volvía a figurarme que lo había roto. Cuanto más tiempo lo manipulaba de este modo, con más fuerza me dominaba esta ilusión y* <!-- p. 241 --> *más me excitaba. Al cabo de un rato estaba fuera de mí.*

*Un día, en la calle, pasamos junto a los pedazos de un espejo. La idea de que los había tocado con el pie se convirtió en un instante en la convicción de que los había pisado. Corrí a casa llorando y me quejé a papá: «Me ha pasado algo terrible».*

*Con tono alarmado me preguntó qué era. Al principio no quería decírselo. El mero hecho de hablar de ello me parecía funesto. Me sentía tan desgraciada como si acabaran de condenarme a muerte. Ante su insistencia, le conté lo que había pasado.*

La historia de los espejos no puede exagerarse lo bastante. Es frecuente en la neurosis, para alcanzar el propósito a toda costa.

*Papá se rió y dijo que, según mi propia descripción, otra persona y no yo había roto el espejo. Yo solo había tocado los pedazos, y eso no presagiaba nada, desde luego. Pero esta vez no pudo consolarme. Entonces llamé a Minna y la llevé al sitio donde estaban los pedazos, sin dejarle saber lo que me proponía. La tomé del brazo y me las ingenié para que pisara el cristal sin darse cuenta. Entonces me sentí más aliviada. Pensé: «¡Si yo ya no tengo suerte, tú tampoco la tendrás!».*

Lucha contra la superioridad de los demás. Como si fuera una prueba de que esto tiene que ver realmente con su <!-- p. 242 --> problema amoroso, el hijo del dueño del café aparece en escena en el momento justo.

*Yo era muy amiga del hijo del dueño de nuestro café favorito. Ya habíamos jugado juntos de niños. Se llamaba Hans y tenía exactamente mi edad. Tenía un defecto del habla. Se le habían dañado las cuerdas vocales en una operación de amígdalas.*

*A menudo paseábamos juntos. Pero como no me gustaba estar a solas con un chico y quería hacer nuevas amistades, un día le pregunté si no conocía a algún amigo para mí.*

Dos son menos que uno. Es un fenómeno neurótico frecuente, cuando existe alguna posibilidad de afecto por una persona, para impedir una relación amorosa. Uno no puede estar enamorado de dos personas al mismo tiempo sin engañarse a sí mismo. Cuando no se puede decidir por uno o por otro, esa indecisión es la decisión. No se quiere a ninguno. El fenómeno de la indecisión aparece con frecuencia en la vida e indica siempre una tendencia a rechazar.

Los intentos de la muchacha de acercarse a las relaciones amorosas, aunque son muy cautelosos, no nos sorprenden. Son intentos de decir sí en situaciones de poco peligro, de un modo muy parecido al de quien parece a punto de decidirse a retirarse y, sin embargo, da unos cuantos pasos vacilantes hacia delante solo para expresar su pero. Este «¡sí, pero...!», como dijimos antes, es quizá la <!-- p. 243 --> mejor definición de la neurosis. En los párrafos siguientes veremos confirmada nuestra opinión y cómo se las arregla con una relación amorosa.

*A cambio, yo tenía que presentarle a mi amiga Olga. Así podríamos salir los cuatro juntos. Me contestó que conocía a muchos chicos y que encontraría uno adecuado. Le puse como condición que mi amigo tenía que ser guapo.*

*Fritz, el amigo, era un muchacho alto y rubio al que, a pesar de su juventud, le gustaba darse aires de hombre de mundo. Se sintió atraído por mí enseguida y me contó un montón de tonterías. Yo también le conté una sarta de mentiras....*

*Cuando le pregunté a Hans qué le parecía Olga, me dijo: «Bastante bien, solo que sus modales todavía no son muy buenos»; y además, para su gusto era demasiado sosa... a él le gustaban más las chicas vivarachas. Solo tenía quince años y le robaba dinero a su padre cuando quería ir al cine con una chica. Le contesté: «¿Qué te has creído? Tienes que saber cómo tomarla. Querido, tiene mucha experiencia: ¿por qué no lo intentas?».*

*Y le enumeré todas sus buenas cualidades. Yo misma no quería estar a solas con Fritz. Siempre quería que los otros dos estuvieran con nosotros. Hans, a quien yo influía con facilidad, prometió venir con nosotros la próxima vez. A cambio le di mi palabra de buscarle otra chica si ya no quería a Olga.*

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*Fritz estaba muy enamorado de mí. En el cine hacía tímidos avances. Pero yo lo rechazaba con estas palabras: «Prefiero hablar a cierta distancia». Tenía que conformarse.*

*Una noche Hans entró precipitadamente en la habitación, muy excitado, diciendo que Fritz había tomado un palco en la Ópera Popular para «Rigoletto» y que me vistiera a toda prisa. La idea no me gustaba del todo. Me daba un poco de vergüenza aparecer con los dos chicos en un palco. Pero como mis padres no se opusieron, me arreglé enseguida. Fritz ya nos esperaba en el palco. Me entregó un ramo de flores y me besó la mano. Ruborizada de turbación, tomé asiento.*

*La música me gustó mucho, pero habría preferido escucharla sin compañía. Fritz me tuvo cogida la mano todo el tiempo y me la besaba sin cesar. Era muy molesto. En los entreactos hablamos de la ópera. Fingí que había oído aquella ópera varias veces y que conocía a todos los cantantes. A cierta pregunta respondí: «El cantante no parece estar hoy en vena».*

*Después de la función, Fritz me hizo una orgullosa declaración de amor y me preguntó cómo pensaba yo que serían nuestras relaciones en el futuro. Le contesté: «Mi naturaleza es bastante fría. Ya lo verás».*

*Decidí quitármelo de encima lo antes posible. Hans y Olga no se entendían muy bien. Así que* <!-- p. 245 --> *intenté convencerle de que se fijara en otra amiga mía, Elsa. Le advertí, sin embargo, que estaba más o menos comprometida con otro. Pero si él, Hans, no actuaba con demasiada torpeza, sería muy fácil apartarla de su novio, que, por lo demás, era un tipo desagradable.*

*Elsa daba precisamente una fiesta a varios amigos cuando entré con mis dos chicos. Durante un juego de prendas, Hans quiso darme un beso. Pero yo estaba ya tan harta de él que no le dejé besarme. Todos los demás armaron un escándalo por eso, porque las otras chicas besaban a sus chicos sin más. Lo más que le concedí fue permiso para besarme la mano, y aun eso a regañadientes. Me llamaron afectada, y realmente lo era en aquella época. Hablaba con afectación, me volvía continuamente de un lado a otro y decía a cada momento: «¡Eso es demasiado bajo para mí!».*

*De camino a casa le conté a Hans que Elsa nos había invitado a su fiesta de cumpleaños. Si quería ganarse su favor, probablemente tendría que hacerle un regalo. Por consejo mío le compró un estuche de manicura.*

*Elsa se quedó realmente sorprendida de la generosidad de mi novio, pues en general se le tenía por tal. Entre él y yo, sin embargo, no había más que una amistad, solo que Hans hacía todo lo que yo quería.*

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*Esta vez no le permití traer al pesado de Fritz.*

*Al poco tiempo Hans se me quejó de que Elsa no parecía interesarse por él. No conseguía avanzar nada con ella.*

*Entonces fui a verla para sondearla acerca de él. Me contestó con mucha reserva. Mientras hablábamos, se peinaba. De repente se me ocurrió coger un mechón de pelo que se le había caído al peinarse y llevárselo a Hans. Ni yo misma sé por qué tenía tanto empeño en procurarle una chica.*

La tendencia a hacer de casamentera se basa claramente en la maliciosa intención de hacer daño, que podemos advertir también en otras ocasiones. Sus intrigas tienen siempre por objeto perjudicar a las chicas, sus rivales.

*Cuando vino a verme la vez siguiente, le di el pelo en un sobre y le dije: «Elsa te manda esto como recuerdo». Al mismo tiempo le prohibí terminantemente que le hablara de ello, porque ella no lo deseaba.*

*Con esto Hans concibió nuevas esperanzas y empezó a cortejar de nuevo a Elsa.*

*Pero cuando noté que ella estaba enamorada de su tonto, todo el asunto empezó a fastidiarme. Decidí no volver a verla y le di instrucciones a Hans: «¡Deja en paz a esa tonta! ¡Ahora te vienes conmigo a ver a otra!».*

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*Y lo llevé a ver a Walli, una chica que conocía por Elsa. Le estuve hablando tanto tiempo que acabó por decirle que la quería y pedirle un beso.*

*Mucho tiempo después Hans vino un día a casa y me dijo, con una sonrisa peculiar, que no se encontraba del todo bien. Salí un rato con él y, ante mis insistentes preguntas, acabó por confesarme que había cogido una gonorrea. Y añadió: «Un verdadero hombre de mundo tiene que pasar por algo así». Aunque su enfermedad me pareció muy interesante, evité darle la mano por miedo al contagio.*

Un evidente miedo al contagio, probablemente utilizado con el fin de eliminar el problema del amor.

*Además, me enteré de que había robado algunas joyas de su madre y las había llevado a una casa de empeños. También había robado dinero de la caja fuerte de su padre. El resultado fue que, desde entonces, sus padres lo trataron con mucha severidad; solo le dejaban salir el domingo por la tarde. Entonces venía a buscarme y nos limitábamos a dar un paseo.*

*A papá le gustaba mucho Hans, y le hacía gracia cuando yo le contaba que la mayor ambición del chico era ser un hombre de mundo. Con el traje negro que papá le había hecho, el muchachito tenía realmente muy buen aspecto...*

*Un domingo por la tarde fui con Olga al parque municipal. A pesar de lo joven que era, mis padres me daban toda* <!-- p. 248 --> *la libertad. Paseábamos arriba y abajo delante del pabellón de la música. Pasaron dos oficiales de marina, nos miraron y nos sonrieron. Olga y yo nos guiñamos el ojo, volvimos despacio la cabeza y vimos que los dos hombres nos seguían. Y de pronto nos dirigieron la palabra. Estábamos tan cohibidas que apenas podíamos contestar. Ya habíamos tenido más de una aventura con muchachos; pero jóvenes como aquellos eran algo enteramente nuevo. Mi acompañante se me presentó y empezó a contar historias de la vida en el mar. Para hacernos más interesantes, fingimos ser extranjeras —Olga era húngara y yo rumana— y hablábamos un alemán chapurreado. Pero no pudimos mantener el engaño. Nuestro apuro nos sumió en una confusión todavía mayor; de todos modos, éramos tímidas. Nos fuimos quedando cada vez más calladas; los dos hombres casi tenían que arrancarnos cada palabra de los labios. Pero a mi oficial de marina parecía agradarle mucho mi timidez. No me quitaba los ojos de encima, me hacía toda clase de atenciones y se interesaba por las circunstancias de mi casa. También Olga se ruborizaba sin cesar y no sabía bien qué responder. Luego fuimos a un café. Poco a poco nos fuimos animando. El tiempo pasó en una conversación alegre. Nos sobresaltamos cuando el reloj dio las siete. Los oficiales nos acompañaron a la parada del tranvía. Les habría gustado llevarnos a casa, pero rechazamos* <!-- p. 249 --> *el ofrecimiento por decoro. Mi oficial, que no había dejado de hacerme la corte, insistía en cuánto lamentaba que fuera el último día de su permiso y que al día siguiente tuviera que volver al puerto. Me rogó que fuera a la estación. Como no sabía si Olga u otra chica tendría tiempo de acompañarme y me daba miedo ir sola, inventé una excusa. Entonces quiso tener mi dirección para escribirme. Le respondí que no debía escribirme a casa, pero le di la dirección del hermano de Olga, que estaba de aprendiz en otro taller. Al despedirse de mí, mi nuevo admirador estaba muy conmovido; me exhortó a ser buena y prometió volver pronto. «Niña», me llamó. Volvió a decir que era una lástima no haberme conocido antes. Nunca me olvidaría, dijo. ¿Le permitiría llamarme por mi nombre de pila? De vez en cuando tenía que pensar en él. Tenía lágrimas en los ojos cuando me estrechó las manos. Yo permanecí completamente impasible. Solo me pareció extraño que un hombre que ve a una chica por primera vez pueda enamorarse tan profundamente.*

*Pasaron dos semanas. Poco a poco me había olvidado de nuestro encuentro. Un día vino Olga a casa y me susurró que fuera con ella enseguida, porque tenía varias cartas y postales que se habían acumulado en casa de su hermano. Al* <!-- p. 250 --> *principio me quedé muy sorprendida. Luego me alegré, aunque solo fuera porque el otro oficial, a pesar de su promesa, no le había escrito a Olga.*

*Las cartas eran sumamente tiernas. Por eso mismo me producían sensaciones desagradables. Al leerlas me entraba un temblor. Me sentía empujada a algo que iba contra mi naturaleza. Supuse que quería encadenarme a él, y eso me indignó hasta tal punto que estuve inquieta todo el día. Yo era todavía casi una niña. Ni siquiera había tenido aún la regla. La sola idea de tener que estar a solas con un hombre me horrorizaba. Me senté en mi dormitorio y me imaginé lo que me pasaría si fuera su mujer. Eso me hizo enfadarme con él y sentir asco de mí misma.*

Clara expresión de la evasión del amor.

*Olga me aconsejó que le contestara, pero en un tono frío. Y luego hablamos de esa cosa que él seguramente exigiría. Empezamos a burlarnos de él, y yo dije con desdén: «Si cree que voy a darle un beso, ya puede esperar sentado». Yo nunca había besado a nadie. Un beso, por sí solo, me parecía lo peor. Después recibía de él una carta o una postal casi a diario. También me mandó su fotografía. Por último me preguntó si, en su próxima estancia en Viena, podría pedir mi mano. Eso me inquietó todavía más. La idea de verme arrancada de mi entorno habitual me resultaba* <!-- p. 251 --> *insoportable. Le di una respuesta evasiva y breve. Mis padres, que no tenían nada en contra de un matrimonio tan ventajoso, se burlaban de mí cuando notaban mi apuro. Le dije a papá: «Yo solo me casaré contigo».*

Los psicoanalistas de la escuela freudiana considerarían esta observación como prueba de que los deseos sexuales de esta muchacha se dirigen a su padre. Sería un ejemplo del complejo de Edipo de esta muchacha, en el que Freud insistió menos más adelante. Sin embargo, hace tiempo que vemos por el contexto que no hay posibilidad alguna de una relación sexual entre ella y su padre; para ella, su padre es asexual. No todo deseo de una muchacha es un deseo sexual ni tiene que ver con la sexualidad (la libido). Pero todo deseo es un deseo de elevarse, de conquistar más poder y seguridad, de mejorar la propia situación y la propia posición en la comunidad. Cuando la sexualidad se muestra como un medio adecuado para este fin, se adapta al afán de poder y sirve de arma para alcanzar el éxito. No creemos que la sexualidad sea el impulso primario, ni al principio ni al final, sino que la consideramos un medio que se emplea cuando surge la necesidad, pero que se puede abandonar con la misma facilidad con que se recurre a él, cuando otros caminos llevan a la meta.

El padre de esta muchacha es un hombre relativamente débil. Ella sabe que puede dominarlo. *Yo solo me casaré con papá* significa en el lenguaje de su sistema: «Quiero dominar a papá, yo sola y tan por completo como sea posible».

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Su primer contacto con el matrimonio la llevó a creer que era un campo de batalla en el que se pierde o se gana. Está razonablemente segura de su victoria, así que quiere avanzar en *ese* campo de batalla, donde no tiene que temer ninguna derrota, y se niega a dar un solo paso en otro campo que no conoce y donde puede sufrir una derrota.

*Todavía era bastante infantil.*

*El oficial de marina no renunció a su pretensión. En una de sus cartas siguientes me comunicó que uno de sus compañeros vendría a verme en su nombre. Eso volvió a aterrorizarme. Además, no estábamos en condiciones de recibir a un oficial en nuestro piso. Ni siquiera teníamos una habitación donde se pudiera hablar a solas con alguien. Cada rincón estaba ocupado por la sastrería de papá.*

*Entretanto habíamos hablado a menudo de colocarme en una oficina.*

Ahora se verá enfrentada al gran problema humano del trabajo o de la ocupación profesional. Ha resuelto de un modo muy incompleto los otros dos grandes problemas sociales, el trato social y el amor. Nuestras expectativas no son muy altas, pero nos interesa muchísimo ver qué hará con la cuestión del trabajo. Como niña mimada, también estará mal preparada para este problema de la vida y vacilará, se detendrá o huirá.

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*Al terminar la escuela de comercio no hice absolutamente nada. Me levantaba a las diez de la mañana, pedía de comer enseguida y comía muchísimo. Me pasaba el día visitando a amigas y solo volvía a casa para las comidas. Papá opinaba que aquello no podía seguir así; o ayudaba un poco en casa o me buscaba un empleo en una oficina. Las tareas de la casa no me interesaban lo más mínimo. En una oficina podría ganar algo de dinero. Así que una mañana papá repasó el periódico y encontró un anuncio de una fábrica de productos químicos que buscaba una chica para la oficina.*

*Mamá y yo fuimos a la fábrica. Me contrataron en el acto.*

*Luego fuimos en tranvía a ver a Lina, que estaba en el hospital. Mi hermana tenía turno de noche, así que pudimos hablar con ella durante el día; de lo contrario, ya no la habría visto antes de empezar mi nuevo empleo. En el tranvía noté en la cara de mamá que algo le rondaba por la cabeza. Iba sentada a mi lado en silencio. Pronto confesó que preferiría que yo rechazara el puesto; la fábrica estaba demasiado lejos de casa; tendría que ir con demasiadas prisas.*

*Cuando Lina se enteró de la noticia, me abrazó y me besó y me dio un montón de consejos sobre cómo comportarme. Luego volvimos a casa.*

*También papá parecía arrepentirse de su idea. Probablemente no pensaba que yo fuera a conseguir un empleo con tanta facilidad. También él opinaba que la oficina estaba* <!-- p. 254 --> *demasiado lejos de casa. Y, lo que es más, tenía jornada continua con solo media hora para comer. No lo resistiría, dijo. Estaba muy alterado. Pero yo insistí en probar al menos. «Primero me echáis de casa», le reproché, «y luego queréis detenerme».*

*A la mañana siguiente me desperté muy temprano. Mamá me ayudó a vestirme. Luego me dio un termo con té caliente, cerdo frío, pan y unos terrones de azúcar. Papá me bendijo como si fuera a emprender un largo viaje y me dijo que volviera a casa si había algo que no me gustara. Mis padres estaban los dos muy afectados. Me puse en camino con un ánimo más bien abatido.*

Probablemente espera de su empleo grandes honores. Dada la naturaleza habitual de esta clase de puestos de oficina, podemos suponer que esta muchacha pronto encontrará el camino de vuelta a casa de sus padres. La excitación de la que habla indica la intensa tensión en que se ven sumidas las personas que no piensan en el trabajo que van a hacer ni en los demás, sino únicamente en su triunfo o en su posible derrota. En esta tensión acrecentada se originó el miedo escénico antes mencionado, como signo de un sentimiento de comunidad poco desarrollado y de un interés exagerado por la propia persona. Por el contrario, el valor, la confianza en uno mismo y una actitud optimista solo se encuentran en los individuos que se sienten en contacto con los demás seres humanos y a <!-- p. 255 --> gusto con ellos. El valor es el resultado de un sentimiento de comunidad perfecto.

*En la oficina trabajaban unas cuantas solteronas. Mi primera tarea fue trazar líneas en un cuaderno grande. Estaba tan nerviosa que hice unas cuantas manchas de tinta. Luego tuve que archivar copias por orden alfabético. Eso me hacía daño a los ojos.*

Su intenso interés por sus ojos, probablemente fomentado por sus padres —era miope y a menudo le advertían que cuidara la vista—, irrumpe como señal de retirada.

*El jefe de la oficina era un joven de uniforme. Me llevó a su despacho, me lo enseñó todo, me dio ánimos y me dijo que, naturalmente, el primer día todo era nuevo, pero que pronto me acostumbraría. Sin embargo, con lo que había visto hasta entonces ya tenía bastante.*

*A la hora de comer me tomé el pan y el cerdo frío y me bebí el té. Pero aquello era como nada. Yo estaba acostumbrada a devorar raciones enormes, varios platos de sopa y demás, leyendo todo el rato mientras comía. Las solteronas también me ponían nerviosa. De repente me dieron unos fuertes retortijones. Fui al lavabo de señoras y tuve que seguir yendo toda la tarde.*

Es solo una suposición, que habría que confirmar con otros hechos, que esta muchacha pertenezca al tipo <!-- p. 256 --> que reacciona al aumento de la tensión psíquica con trastornos gastrointestinales.

*Más tarde rompí el termo. Y por fin dieron las cinco. Fui tambaleándome, agotada, hasta el tranvía.*

*En casa, cada miembro de la familia superaba a los demás en compadecerme. Lina me tomó en sus brazos y suspiró: «¡Pobre niña, cuánto has tenido que trabajar!». También mamá me abrazó y me besó. Papá bajó de su mesa de costura, me acarició, me miró con cariño a los ojos y me besó en la frente. Luego mamá preparó una comida riquísima, con todos mis platos favoritos. Pero yo estaba tan agotada que no podía comer. Eso alteró a papá. «¿No veis», exclamó, «que se va a derrumbar? ¡Si va unos pocos días a esa oficina, la tendré aquí enferma en la cama! ¡Qué cara tiene! ¡Pálida, con las mejillas hundidas! ¡No puede soportarlo! ¡Necesita una oficina donde haya muchas chicas jóvenes, donde no la vigilen tanto, donde no tenga que trabajar tanto y le quede un poco de tiempo para divertirse, una oficina que no esté tan lejos de aquí! ¡No va a volver allí!».*

Su actitud incita al grupo que la mima a ayudarla en su intención de dejar el puesto. La retirada es completa.

*Justo cuando terminábamos de cenar sonó el timbre. Mamá y Lina fueron a abrir la puerta. Desde la cocina* <!-- p. 257 --> *oí la voz de un hombre al que no conocía. Lina volvió a la cocina. Era el amigo del oficial de marina. Me sobresalté. No tenía ganas de cruzar dos palabras con él, así que le pedí a mi hermana que fingiera que yo había salido. En cierto modo lo sentía. Pero como aún estaba débil por los dolores de vientre de la tarde, temía causar mala impresión. Y además, todo aquel asunto me fastidiaba.*

Evasión del amor y de un posible matrimonio. No debemos sorprendernos ni dudar cuando observamos que trata de alcanzar su meta con razones sensatas. Tales razones se utilizan a menudo como mera coartada; o bien ocurre algo que se valora como una poderosa razón en contra. Si estamos seguros de nuestra interpretación, las razones en contra no tienen tanta importancia. No vemos ningún acto positivo que conduzca a la solución del problema del amor.

*Mamá y Lina estuvieron un rato hablando con el oficial. Yo no me moví. Cuando se fue, me metí en la cama completamente agotada. Oí que papá le decía a mamá que me dejara dormir todo lo que quisiera, para que me repusiera de las fatigas del día. Luego me dormí.*

*A la mañana siguiente papá fue a la oficina a despedirme con el pretexto de que estaba enferma. Cuando pidió mis papeles, el jefe no se los dio, sino que dijo que yo debía volver a la oficina en cuanto* <!-- p. 258 --> *me encontrara mejor. Pero papá me prohibió ir. Al cabo de dos semanas me devolvieron los papeles. Del oficial de marina solo recibí una carta más, escrita en un tono triste. Después no volví a saber de él...*

*Un día fui de compras al centro con una amiga. Dos jóvenes oficiales nos abordaron en la calle. Nos negamos a hablar con ellos; pero eso no los desanimó y nos enredaron en una conversación. Yo me adelanté con uno de ellos y perdí de vista a los otros dos. El joven teniente me llevó por calles estrechas y tranquilas. Era de noche. De repente me agarró y quiso besarme. Me resistí con todas mis fuerzas. Me rasgó el velo, que le había pedido prestado a Lina. Me puse furiosa y grité: «¡Ahora mismo me deja en paz!». Se puso pálido y se disculpó. Le contesté que no quería tener nada que ver con él y que no deseaba volver a verlo. Dijo que me había roto el velo y que me lo pagaría. Rechacé toda compensación y me alejé. Vino detrás de mí, volvió a disculparse y amenazó con dar el dinero del velo a un mendigo si no le daba mi dirección. Le dije que hiciera lo que quisiera y volví a dejarlo. Pero me siguió pisándome los talones y me habló y me habló hasta que cedí e incluso accedí a citarme con él. Para presumir de un oficial, decidí encontrarme con él en nuestro barrio. Pero cuando lo vi esperando en la plaza con* <!-- p. 259 --> *un ramo de rosas en la mano, me sentí cohibida. Llevaba las rosas con timidez, cabeza abajo.*

Al justificado rechazo de un oficial demasiado agresivo (que sin duda tenía derecho a esperar más de unas chicas que se dejaban abordar en la calle) le sigue una cita con él para lucirlo ante sus conocidos. Esto vuelve a ilustrar cómo elude el desafío del amor, cómo abusa de él para alimentar su vanidad, que no es otra cosa que su anhelo de aparentar más de lo que realmente es.

*Me propuso ir a un café. Al principio no quise. Pero como hacía bastante frío, entré con él. Mientras hablábamos, me preguntó si no preferiría estar a solas con él. Le contesté que de todos modos nadie nos molestaba. Entonces dijo que no lo decía en ese sentido, que allí se estaba muy incómodo, que le gustaría estar completamente a solas conmigo. Entonces lo entendí. «¿Qué se ha creído? ¡Para eso no me tendrá! ¡Quiero irme a casa!». Pareció indignado. Salimos del café.*

*En la calle intentó convencerme de nuevo y me preguntó si le tenía miedo. Me dio su palabra de honor de oficial de que no me haría ningún daño. Y mientras íbamos andando, de repente intentó empujarme dentro de una casa —creo que era un hotel—. Salí corriendo. Vino detrás de mí. Cuando me alcanzó, le grité furiosa que no podía* <!-- p. 260 --> *obligarme a hacer lo que él quisiera, que nunca había estado a solas con un hombre y que tampoco tenía ningún deseo de estarlo.*

*«¿Conque sí? ¡No cree lo que le digo!», me gritó a su vez. «¡Eso es un insulto! ¡Le he dado mi palabra de honor! ¡No soy un sinvergüenza! ¡Piénselo, por favor!».*

*«No tengo nada que pensar. ¡No se haga ilusiones!».*

*Por fin, después de mucho insistir, quedé con él otra vez. Esta vez trajo su fotografía. Aquello me pareció una tontería. Fuimos en tranvía a un parque. Allí me pidió enseguida que le diera un beso. Le dije: «Mire usted. Nunca he besado a un hombre, y si alguna vez lo hago, será solo por amor. Pero yo no estoy enamorada de usted».*

*«Para eso no hace falta estar enamorada. Ya aprenderá a enamorarse de mí, espere y verá. Seguramente ni siquiera sabe lo que es un beso de verdad».*

*Aquello me despertó la curiosidad. Pensé que quizá era una vergüenza no saber cómo era un beso de verdad, y decidí no resistirme en caso de que intentara robarme uno. No tuve que esperar mucho a que me diera un beso. Pero solo sentí asco. Entonces le dije que tenía frío y que quería irme a casa. Era evidente que le ofendía que su beso, en lugar de darme calor, me hubiera dado frío, y me gritó con voz airada: «¡O una cosa u otra! O no vuelvo a verla nunca más o nos queremos, y desde luego no tendrá que arrepentirse. ¿No le he dado mi palabra de* <!-- p. 261 --> *honor de oficial? ¿Qué demonios se cree que soy?».*

*«Con ese tono no consigue nada de mí. No quiero, y no hay más que hablar».*

*«¡Piénselo! ¡Le doy una semana de plazo! Y si no está de acuerdo, devuélvame mi retrato».*

*«Su retrato... ahí lo tiene. ¡Tómelo! ¡Adiós!». Se lo di, me di la vuelta y me fui.*

*A la mañana siguiente, temprano, corrí a casa de Tilda, le conté que me habían besado y que por fin sabía lo que era un beso de verdad. Le describí con detalle toda clase de delicias que no había sentido en absoluto. Y luego le aconsejé que se procurara cuanto antes el mismo placer.*

La vemos acercarse al término de sus relaciones con el otro sexo, por el que teme ser derrotada. Ya no tiene ningún miedo de ser la primera. Solo quiere jugar con fuego. Inmediatamente después presume ante Tilda e intenta hacerla recorrer el camino peligroso que ella misma aborrece.

*La noche después del beso me enjuagué a fondo la boca con permanganato potásico y escupí diez veces...*

*Tilda tenía un amigo del que estaba bastante enamorada. Eso me irritaba. Intenté predisponerla contra él, me esforcé por convencerla de que no le convenía. Como con este método no lo conseguí, pedí ayuda a Minna y le sugerí que* <!-- p. 262 --> *hiciera algunos comentarios despectivos sobre él delante de Tilda. Así que le dijo a Tilda: «¡Vaya, qué feo es ese chico!». Tilda le replicó con desdén: «Me da igual que te guste o no; basta con que me guste a mí».*

Este empeño en perturbar a los demás en su felicidad amorosa expresa su aversión general al amor y, al mismo tiempo, su inclinación a ser una aguafiestas cuando no es el centro de la atención. Los niños mimados que no destacan en las tareas escolares o en los juegos actúan de modo semejante en la escuela, molestando a los demás, porque se sienten incapaces de conseguir el papel principal.

Lo que sigue es un intento de tomar a broma el juego amoroso, que resulta demasiado peligroso para su ambición; burlándose de los hombres, conserva su sentimiento de superioridad sobre ellos.

*Para quitarle a Tilda esas ideas de la cabeza, la sacaba conmigo todas las tardes. Nos poníamos sombreros grandes y nos los calábamos hasta la cara. Una piel que papá me había hecho me tapaba la cara hasta los ojos. Tilda hacía lo mismo con una piel de zorro. De nuestras caras no se veía más que los ojos, que poníamos en blanco como locas cuando nos cruzábamos con un hombre. Con frecuencia nos abordaban hombres que nos llevaban a cafés; allí devorábamos montones de pasteles y después nos escapábamos. Un día nos abordó un caballero de edad, de entre cuarenta y cincuenta años, y nos invitó a un bar. Aquello era algo nuevo. Al principio vacilamos, pero como éramos dos contra* <!-- p. 263 --> *uno, pensamos que no podía pasarnos nada.[^t11-2] Nos recibió una mujer muy arreglada, con el pelo oxigenado, que le susurró unas palabras al oído al caballero y nos llevó a un pequeño reservado con una cortina delante. El caballero pidió vino. Empezamos a alarmarnos. Sin embargo, la cortina no estaba corrida. Aparte de un pianista, que justo empezaba a tocar un baile, no había nadie más en el local. Apenas habían servido el vino en las copas cuando Tilda me susurró que tuviera cuidado, porque quizá el hombre había echado en el vino algún narcótico o alguna droga excitante. Eso bastó para aterrorizarme.*

*Aunque no paraban de animarnos a beber, solo tomábamos sorbitos de vino. En cambio, nos desquitábamos con las galletas. Entonces el hombre se sentó entre nosotras. Nos apartamos asustadas. Yo ya me había arrepentido de haber aceptado la invitación y pensaba en cómo podríamos arreglárnoslas para marcharnos cuanto antes. El hombre no tenía aspecto de dejarse engañar fácilmente. Estaba enfadado porque nos apartábamos de él y nos preguntó en tono irritado para qué creíamos que estábamos allí. Nos fuimos desanimando cada vez más. Cuando salió un momento del reservado, quisimos aprovechar la ocasión para escaparnos. Discutimos qué hacer si intentaba violarnos. No había armas, naturalmente, con las que pudiéramos defendernos. A Tilda se le ocurrió atacarlo,* <!-- p. 264 --> *en caso de necesidad, con las dos sillas vacías que teníamos al lado. Para estar preparadas a tiempo, pusimos las manos en el respaldo. Al volver, empezó a arrimarse a nosotras. Volvimos a rechazarlo. Se puso furioso, nos llamó niñas tontas, impertinentes estúpidas, y nos acusó de haberle engañado. Aquello nos resultó muy desagradable. Volvió a insinuarse. Pero conseguimos apartarlo sin ayuda de las sillas. Al final no le quedó más remedio que pagar. La señora del pelo amarillo se quedó atónita cuando lo vio salir del local sin haber logrado su propósito. En la calle el hombre volvió a insultarnos. Pero ahora nos sentíamos seguras; le mandamos al diablo y nos marchamos. Nos alegramos de habernos librado con un simple susto y decidimos tener un poco más de cuidado la próxima vez.*

*Lina me convenció de que tomara clases de baile dos veces por semana. Cada vez dejaba que me acompañara a casa un chico distinto. Pero nunca besé a ninguno. Un día vino Tilda con otra chica y me contó que en nuestro barrio iba a haber un baile de máscaras. Podíamos ir las tres con trajes vieneses antiguos.*

*La idea me encantó, tanto más cuanto que nunca había ido a un baile. Acepté enseguida, aunque no sabía cómo arreglármelas para salir. Papá siempre se había opuesto a que fuera a bailes y fiestas a causa de mi mala salud. Y yo no tenía ningún* <!-- p. 265 --> *vestido adecuado ni, desde luego, dinero para comprarme un disfraz nuevo. Tilda y Gretel tenían preparados sus vestidos blancos y sus antifaces negros, mientras que yo aún no había tenido valor para decírselo a papá. En el último momento resolví pedirle a una chica rica que conocía que me prestara un vestido y todo lo demás que necesitara para el baile. Accedió, y de entre sus numerosos vestidos escogí el que me pareció más apropiado para el baile. También me dejó un antifaz y un abanico pequeño; zapatos de charol ya tenía yo. A papá le dije que iba a casa de Tilda; a mamá la había puesto al tanto del secreto. Ella me dio también el dinero para comprar la entrada.*

*Tilda ya se había ido al baile cuando llegué a su casa con mi paquete, que contenía, entre otras cosas, unos polvos y una barra de labios de Lina. La madre de Tilda me ayudó a vestirme. Pero como la chica rica cuyo vestido iba a ponerme era unas tres veces más gruesa que yo, su vestido me quedaba demasiado ancho. Tuvimos que sujetarlo a toda prisa con imperdibles. Luego me probé el antifaz. Me apretaba la cara y me arrugaba los párpados. Sin embargo, ya no había tiempo de arreglarlo. Al subir la escalera hacia el salón de baile noté que todas las demás chicas entraban acompañadas de hombres. Solo yo iba sola, cosa que me inquietó un poco. Por eso me puse el antifaz. Pero tuve que levantármelo varias veces para no tropezar.*

*La pista de baile estaba abarrotada. Justo cuando entré había un descanso. Busqué a mis amigas* <!-- p. 266 --> *y pronto las encontré. Estaban sentadas en un banco cuchicheando. Me senté a su lado, pero no me reconocieron. Al cabo de un rato me incliné hacia Tilda y le dije: «Buenas noches, señorita Tilda». Las dos chicas se quedaron muy perplejas y luego se alegraron mucho de que hubiera podido ir. Empezó a sonar la música, nos sacaron a bailar y bailamos sin parar. Habíamos pagado la entrada, pero por desgracia no teníamos ni un céntimo más para comprar algo de comer o de beber. Y las dos teníamos hambre y sed.*

*Un caballero de aspecto muy burgués me sacó a bailar. Parecía demasiado viejo para mí, tenía una pronunciación curiosa y no bailaba muy bien. Sin embargo, yo tenía la esperanza de que me ayudara a calmar la sed, así que después del baile estuve un rato hablando con él. Luego se lo presenté a mis amigas. Antes le había susurrado a Tilda: «Oye, he pescado un pez que ni siquiera sabe bailar como es debido. Pero espero que nos lleve al restaurante. Vosotras dos tenéis que coquetear con él».*

*El caballero no pareció encantado en exceso de tener de pronto consigo a tres chicas en lugar de una. Pero le di a entender que o las tres o ninguna. Así que los cuatro fuimos al restaurante y bebimos vino.*

*Al cabo de un cuarto de hora le pedí que me disculpara y dejé al caballero bailarín a mis amigas. Pronto vino detrás de mí y quería bailar* <!-- p. 267 --> *conmigo sin parar. Yo me escapaba siempre que podía.*

*En un extremo del salón colgaba del techo un gran gorro. La pareja que, durante un baile, pasaba por casualidad bajo el gorro tenía que «casarse»; es decir, tenía que besarse en una sala aparte. Por desgracia, me tocó bailar bajo el gorro con el viejo. Pero me negué a dejar que me besara. Le dije: «Le mando a mi amiga Tilda. Yo no quiero». Tilda, a su vez, lo remitió a Gretel, que tampoco quiso. Así que el pobre hombre se quedó sin beso y había hecho gastos para nada.*

*Después bailé con afán y recibí muchas flores en ramilletes. Huía de un hombre a otro. Solo me molestaba el antifaz. Me alegré cuando llegó la medianoche y pude quitármelo. Entonces bailé todavía más; quedé citada con varios hombres, pero no acudí a ninguna de las citas. Y luego se acabó el baile. Varios muchachos nos preguntaron si podían acompañarnos a casa. Nos negamos cortésmente.*

*Me cambié en casa de Tilda. Su madre se rio de nuestra aventura con el pobre pez, como lo llamábamos. Luego me fui a casa. Papá todavía estaba despierto. Puso cara de enfado al verme. No le dejé meter baza y le conté tantas historias divertidas del baile que no pudo menos de echarse a reír. Al final solo dijo: «No vuelvas a ir sola a un baile. La próxima vez iré contigo si tengo tiempo. ¡Bailar toda la noche y luego esperar que te paguen los demás!».*

<!-- p. 268 -->

*Para las clases de baile siempre tenía que ponerme el mismo vestido. Hacía mucho tiempo que quería uno nuevo. Pero nunca teníamos dinero suficiente para comprarlo. Me devanaba los sesos buscando la manera de ganar un poco de dinero. Naturalmente, no quería verme encadenada a una oficina. Sencillamente, odiaba el trabajo de oficina.*

*De vez en cuando repasaba los anuncios de nuestro periódico. Un día di por casualidad con el siguiente anuncio: «Se necesita personal. Trabajo fácil. Buen sueldo, etc.». Se lo enseñé a mis padres. No les gustaba la idea de que aceptara un trabajo así. Me preguntaron de qué había servido mandarme a la escuela de comercio. Les contesté que lo único que me importaba era ganar algo de dinero; cómo lo ganara me daba igual.*

*Al día siguiente ya estaba sentada a una mesa larga, desplumando plumas. Las otras mujeres me miraban con curiosidad. Pero no les hice caso y desplumaba mis plumas maquinalmente. Este trabajo levantaba mucho polvo, que me irritaba continuamente la garganta. Tenía que toser mucho. Intentaba combatir la tos pensando en el dinero que ganaría y en el vestido que me compraría con él. Luego me acordé de una película en la que una ayudanta como yo se casaba con el jefe. Por desgracia, mi jefe era un hombrecillo viejo y barrigudo. Cuando le conté a papá mi debut como desplumadora, dijo que aquel trabajo no era bueno para mí porque me pondría en peligro* <!-- p. 269 --> *los pulmones. Fui una vez más. Luego papá me lo prohibió. Me dieron mis pocos céntimos y decidí buscar otro puesto.*

*Creí haber encontrado el adecuado cuando, al cabo de un tiempo, leí el siguiente anuncio: «Escuela de actrices de cine. Profesor N. N.». Esta vez Lina tuvo que acompañarme. Nos recibió el supuesto profesor, que aún parecía muy joven, en una habitación con papel pintado rojo y un piano de cola. Nos pidió que asistiéramos primero a un ensayo. Después me examinaría.*

*Entraron dos jóvenes y una muchacha muy alegre y ensayaron una escena de amor. Luego me tocó a mí. Uno de los hombres iba a ser mi pareja y a representar a mi padre, que se oponía a que me casara. El joven empezó enseguida a hacer muecas. Yo hacía de triste. Y entonces me imaginé cómo me comportaba cuando papá me negaba un deseo. Di patadas en el suelo y grité: «¡No seas tan malo!». Todos se echaron a reír; todos aplaudieron y gritaron: «¡Excelente!». El profesor opinó que yo tenía mucho talento y quería arreglarlo todo para darme clases enseguida. Pero Lina le dijo que primero tenía que hablar con nuestros padres. Cuando papá se enteró del nuevo plan, dudó de su valor. Además, le era imposible reunir el dinero de las clases. Así encontró también esta carrera su fin prematuro.*

<!-- p. 270 -->

*Un poco más tarde se me ocurrió la idea de hacerme ayudante de un dentista, como lo había sido Lina. Me parecía que este tipo de trabajo era bastante fácil. Además, tenía curiosidad por ver cómo se comportaba la gente cuando le sacaban una muela. Pronto encontré un anuncio en el periódico y me presenté para el puesto de enfermera en la consulta de un dentista. El dentista, un hombre mayor con patillas, no me gustó. Me preguntó si tenía experiencia previa y tuve que contestar que no. Entonces murmuró algo, apuntó mi nombre y mi dirección en su libreta y me despidió.*

*Dos días después recibí de él una postal en la que me pedía que fuera a verlo. Antes de decidirse a contratarme, me preguntó largo y tendido por mi familia y otros detalles personales. Parecía un hombre pedante. Luego entró su mujer y me examinó de arriba abajo. Llevaba una bata. Me repugnó muchísimo tener que darle la mano. Además del minúsculo sueldo, me prometió abundantes propinas. También me contó que mi predecesora se había casado. Lo último que hizo fue advertirme que llevara siempre el pelo bien peinado.*

*A la mañana siguiente tenía que estar en la consulta a las siete y media. El dentista me enseñó los más importantes de sus instrumentos, me explicó cómo montar el torno, etc. Me dolía la cabeza de ver tantos instrumentos. Entró la primera paciente. Me coloqué a su izquierda, le cubrí el cuello con una toallita y eché* <!-- p. 271 --> *agua en un vaso. El dentista encendió la llamita de alcohol y bombeó aire caliente sobre el diente. Yo tenía que calentar un espejito sobre la llama para que no se empañara con el aliento de la paciente. Estaba tan nerviosa que mantuve el espejo demasiado tiempo sobre la llama, y de repente mi jefe gritó: «¡Basta! Si no, el espejo se va a rajar». Mi viejo miedo a los espejos me sobrevino como un rayo. Vi el espejito rajado y a mí misma cargada con siete años de desgracia. Y al mismo tiempo pensaba en cómo escaparme. Además, me desagradaba mucho la lámina de goma que servía para aislar el diente en tratamiento y que chorreaba saliva.*

A primera vista, los frecuentes cambios de ocupación parecen justificados, pero podemos suponer que a esta muchacha le será difícil encontrar un puesto adecuado mientras no cambie su estilo de vida. En la consulta del dentista toda su atención se dirige a encontrar una vía de escape. Los viejos miedos a los espejos, aparentemente olvidados, aparecen en el momento oportuno. *Además, sentía también una fuerte aversión.*[^t11-3] El famoso «además» de la neurosis.

*Por último tuve que sacar la escupidera de latón en la que escupía la paciente y esterilizar los instrumentos. Todo aquello y el olor repugnante de mis manos me dieron tanto asco que apenas pude comer nada a mediodía.*

<!-- p. 272 -->

*A las dos tenía que estar de vuelta. Entonces el dentista me enseñó a enrollar algodón hidrófilo alrededor de una aguja de nervios y me aconsejó que lo practicara a fondo. Volvió a aparecer su mujer y me dijo que, cuando tuviera un rato, la ayudara a remendar la ropa blanca. Pensé para mí: «Ya puedes esperar sentada. ¿Qué más? Todo el día de pie y, encima, remendarle la ropa».*

*Entonces empezó el desfile de pacientes. Sin embargo, me quedé sin el espectáculo que más deseaba ver: a nadie le sacaron una muela.*

Las personas que se sienten inferiores y débiles siempre tienen interés en presenciar la desgracia ajena. Algunos niños se entrenan y se ejercitan en la crueldad porque se avergüenzan de su debilidad. Se quedan temblando cuando se mata un cerdo, pero el espectáculo los atrae una y otra vez. Se proponen endurecerse, leen continuamente o escuchan historias de fantasmas, etcétera. El tirano consumado es siempre, además, un cobarde y un débil.

*Terminé mi trabajo a duras penas. Por la noche me fui a casa y nunca volví a la consulta.*

[^t11-1]: El impreso dice «ejaculatio precox», por *praecox*. (N. del T.)

[^t11-2]: El impreso dice «as were two against one», por «as we were two against one». (N. del T.)

[^t11-3]: Adler cita libremente la frase de la paciente, que en el impreso dice «Besides, I disliked very much the rubber plate...» (p. 271); la cita lleva además «comes» por «come» en la frase anterior («The old, apparently forgotten fears of mirrors comes»). (N. del T.)

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## XII. La meta de superioridad

*Un día, mientras paseábamos, una amiga de Tilda la empujó sobre una rejilla de alcantarilla y la sujetó encima. Las dos se morían de risa. Sorprendida, les pregunté qué significaba aquello. Tilda contestó: «¿No sabes que una no encuentra marido si se pone encima de una rejilla de alcantarilla?». Enseguida agucé el oído y pensé: «Qué curioso. Siempre me ha desagradado pisar una de esas rejillas, como si tuviera el oscuro presentimiento de que traería desgracia». Ahora creí haber descubierto por fin lo que había detrás de aquel sentimiento. Por miedo a que me empujaran o me arrastraran sobre una rejilla, como a Tilda, y no pudiera conseguir nunca marido, desde entonces salía con ellas de muy mala gana.*

Otra vez una nueva idea obsesiva. Ya ven que los síntomas cambian como los colores de un camaleón, adaptándose por vías neuróticas a los cambios del ambiente y de las circunstancias. El camaleón, la neurosis, sigue siendo el mismo. Aunque los síntomas desaparecieran temporalmente (y examinando más de cerca <!-- p. 274 --> se descubrirían bastantes signos neuróticos), eso no sería garantía de que la neurosis hubiera desaparecido. Lo que significa es que la neurosis, de momento, necesita menos síntomas alarmantes o no los considera necesarios. Los pacientes pasan a menudo por alto este hecho cuando se creen del todo curados porque se han librado temporalmente de sus molestos síntomas. Los síntomas son partes pequeñas, pero a nosotros nos interesa el ser humano entero. El criterio de una curación está únicamente en cómo reacciona en adelante el individuo entero ante la vida y ante las exigencias que la vida le plantea.

Esta muchacha avanza paso a paso en su neurosis obsesiva. Una restricción sigue a otra, y cada una es más completa, más amplia. La construcción de su neurosis es de principio a fin inteligente y consecuente. De lo cual puede verse que incluso la inteligencia no es más que un instrumento que se emplea para vencer los obstáculos de la vida o para eludirlos, según la meta que se haya fijado.

Su desgana se debía probablemente a que no sentía que fuera el centro de la situación. La idea de la rejilla podía librarla del fatal pensamiento de ser superflua, o una entre muchas. Esto muestra por qué los argumentos lógicos y las explicaciones de sus amigas no pueden ayudar a la paciente. La idea de la rejilla tiene otro propósito que el de ser discutida lógicamente, y la idea es perfectamente <!-- p. 275 --> correcta e inteligente a la luz de ese otro propósito. Inteligencia privada contra sentido común. Encontramos esta forma de inteligencia privada en las reflexiones de toda clase de personas con trastornos de conducta: niños difíciles («porque no quiero...»), neuróticos como en el caso presente, enfermos mentales («porque me influyen corrientes eléctricas»), delincuentes («porque él tiene mejor ropa que yo»), suicidas («porque la vida no tiene sentido»), pervertidos («porque las perversiones son una forma superior de cultura amorosa»), bebedores, morfinómanos («porque no puedo vivir sin esos remedios»), supersticiosos («porque tal cosa trae buena o mala suerte»), etc. Todas son justificaciones para alcanzar metas personales, pero ninguna tiene en cuenta el propósito general, humano, de la comunidad. Y por eso pertenecen todas a un sistema neurótico.

*Pronto no pude hacer otra cosa que creer en la misteriosa relación entre una rejilla de alcantarilla y sus diversas consecuencias. Aunque se me hubiera podido dar una prueba clara de que aquella observación de Tilda no era más que un dicho tonto —Finni, una amiga de Lina, a la que yo había visto pisar repetidas veces las rejillas, se casó a pesar de ello—, ni aun así habría podido nadie hacerme cambiar de opinión. Mis amigas se preguntaban por qué daba un gran rodeo para evitar las rejillas o me asustaba al ver una. Cuando* <!-- p. 276 --> *me preguntaban por qué las evitaba con tanto cuidado, contestaba: «Pues porque apestan. No soporto el olor».*

*Un día, al pasar junto a una rejilla y mostrar yo mis habituales señales de susto, le expliqué a un joven de dónde venía mi miedo. Se puso encima de una rejilla delante de mis ojos y se quedó allí un rato. Aquello me pareció tan gracioso que me dio un ataque de risa. Al mismo tiempo me dio pena. Me dije: «Ahora ya puede esperar sentado a encontrar mujer». No tenía la menor duda de la verdad de esa superstición.*

*Me di cuenta de que había una rejilla cerca de la parada del tranvía donde tenía que bajarme. Enseguida volví a subir al coche y me bajé en la parada siguiente. Otro día llegué a la misma parada con una chica que sabía que teníamos que bajarnos allí. No vi otra salida a mi dilema que saltar por encima de la rejilla. A pesar de esta precaución, me imaginé que había tocado la rejilla con el pie. Me quedé muy abatida, me despedí de la chica y me fui derecha a casa. Les dije a mis padres que me había ocurrido algo terrible. Se aterraron. Pero cuando oyeron lo que había pasado les dio un ataque de risa casi histérico. Papá se puso el abrigo y prometió demostrarme que pisaría una rejilla cien veces. Yo le contesté, sollozando, que en su caso no era lo mismo, puesto que ya tenía* <!-- p. 277 --> *mujer y por tanto ya no tenía nada que temer. Sería distinto si lo hiciera Lina. Así que mi hermana se puso de verdad encima de una rejilla justo delante de mí. Pero eso no me tranquilizó. Al contrario, lloré todavía más, reprochándome que, si Lina no encontraba marido, la culpa sería mía.*

*A menudo bastaba con que estuviera cerca de una rejilla para que empezara la idea fija de que de algún modo la había tocado. Solo cuando había conseguido que todas mis amigas, una tras otra, pisaran la rejilla, sin dejarles saber lo que yo pretendía, me sentía algo aliviada. Pero cuando llegó el invierno y las calles se cubrieron de nieve, solo me atrevía a salir con las precauciones más complicadas. Estaba continuamente al acecho de rejillas cubiertas por la nieve. Una tarde me pareció haber pisado una. Corrí a casa en un frenesí de desesperación, llorando y desvariando. Luego volví al lugar donde había ocurrido el accidente para averiguar si había realmente una rejilla. No había ninguna, solo un charco.*

*El miedo a las rejillas hacía que salir me resultara casi imposible. Había examinado con mucho cuidado mi propio barrio para saber dónde estaban todas las rejillas; pero más allá había innumerables rejillas desconocidas y malignas. A pesar de mi aprensión a andar con hombres, la* <!-- p. 278 --> *perspectiva de tener que quedarme solterona para el resto de mi vida me parecía el destino más despreciable. «Solterona»: la sola palabra me aterraba. En pura desesperación se me ocurrió la idea de retirarme de este mundo y entrar en un convento.*

Este miedo a las rejillas carga toda la responsabilidad de un posible fracaso en encontrar marido sobre la rejilla, y deja intacto su atractivo personal. Su vanidad y su orgullo quedan a salvo. Si nadie la quiere, es culpa de la rejilla, igual que antes era culpa del espejo roto. Supersticiones semejantes son frecuentes entre los niños, que hacen responsables de sus fracasos escolares a ciertos actos, como, por ejemplo, pisar las líneas que separan las losas de la acera, saltarse varios escalones, etc.

En rigor, casi todo ser humano puede recordar ciertas épocas de su vida en las que tuvo determinados pensamientos obsesivos o se sintió obligado a hacer determinadas cosas que lo llevaron a semejantes dificultades. Por ejemplo: uno se siente obligado a dudar de todo lo que oye; otro se siente obligado, en ciertas circunstancias o a ciertas horas del día, a rezar para mantener el equilibrio mental; un tercero cree que solo existe gracias a una ayuda sobrenatural y se comporta como si todo fuera un regalo de ese poder sobrenatural. Vemos formas más leves de actos obsesivos en las supersticiones corrientes, que obligan al interesado a hacer o a no hacer <!-- p. 279 --> determinadas cosas: por ejemplo, no emprender nunca un viaje en viernes, no encender nunca tres cigarrillos con la misma cerilla, no ponerse nunca el zapato o la media izquierdos antes que los derechos, no dejar nunca que una farola u otro objeto semejante de la calle se interponga entre uno y su acompañante, y cosas así. Más adelante, de tales rasgos se ramifican a veces neurosis obsesivas y fobias.

Estas formas de superstición infantil revelan evidentemente la existencia de un sentimiento de inferioridad agravado y la falta de confianza en las propias fuerzas. De vez en cuando, sin embargo, un intento logrado de ocuparse en el lado útil de la vida puede discurrir en paralelo con el intento de ganar laureles en el terreno de la superstición. El éxito en tales casos suele atribuirse a un presagio favorable. El paciente, por ejemplo, que sufría la idea fija de que sus hermanas podían morir abrasadas si él no rezaba todas las noches para que se libraran del fuego, no solo salvó a sus hermanas de morir abrasadas, sino que además pensaba constantemente en ellas y las cuidaba, que era probablemente el propósito más profundo de esa idea fija.

Se veía obligado inconscientemente a llevar a cabo su intención caritativa, y sin duda habría podido realizarla conscientemente si se le hubiera aclarado el sentido de esa compulsión inconsciente. Lo consciente y lo inconsciente no son polos opuestos, como piensa Freud; el paso de los pensamientos a lo inconsciente es un medio, un engaño de la <!-- p. 280 --> psique, que se utiliza siempre que el sentimiento personal de integridad o la unidad de la personalidad se ven amenazados por alguna interpretación errónea consciente.

En el curso de este análisis hemos visto con frecuencia que la psique de esta muchacha recurre a toda clase de artificios para vencer las dificultades reales e imaginarias de la vida; por mencionar solo su tendencia a exagerar o falsear los sucesos, su selección y uso intencionado de la experiencia y mecanismos semejantes. La psique nerviosa se ve obligada a servirse de tales trucos y artificios para poder siquiera acercarse a la meta ficticia, generadora de tensión. Uno de estos artificios es situar la meta en lo inconsciente, o sustituir en lo inconsciente una meta neurótica por otra. Cuando parece haber un contraste tajante entre lo consciente y lo inconsciente (una ficción que la escuela freudiana ha tomado por verdad), la diferencia está solo en los medios y no tiene ninguna importancia en cuanto al objetivo final de elevación de la personalidad y a la meta ficticia de la semejanza con Dios.

Lo vemos confirmado en el ejemplo del hombre que reza por la vida de su hermana. Lo consciente y lo inconsciente siguen el mismo camino, guiados ambos por la meta de superioridad en el lado útil de la vida, es decir, cuidar de sus hermanas pese a todos los obstáculos.

Hay otro rasgo del episodio de la rejilla que debería sernos familiar. Se siente aliviada cuando sus amigas se privan <!-- p. 281 --> de su oportunidad de casarse pisando la rejilla.

*Mi miedo a las rejillas se completó con lo siguiente. Un día empecé a imaginarme que las líneas de tranvía J y J2 me traerían desgracia.[^t12-1] Poco a poco les añadí los números 13, 3, 63, 43 y las letras A, Ak, B, Bk, D y C, desde las afueras de la ciudad hasta el centro. Me resultó absolutamente imposible utilizar esas líneas. A menudo recorría a pie muchas manzanas, aunque hiciera mal tiempo. La J y la J2 eran los coches más estrictamente prohibidos: hasta hoy no los uso. Puede verse que tuve que afrontar las peores dificultades a causa de esas prohibiciones que tenía que cumplir a toda costa. Podría contar muchas historias de mis sufrimientos. Una tarde me bajé del F en un cruce donde tenía que cambiar al H. Llegó un coche que me pareció el H —soy algo miope—. Subí, me senté... y de repente noté sorprendida que el supuesto H seguía recto por el «Ring» en lugar de torcer hacia la Alser Strasse.[^t12-2] Me levanté de un salto, miré el letrero... ¿y qué leí? El D. Salí corriendo y salté del coche como una persona que ha perdido el juicio. Esta equivocación me deprimió horriblemente. Creí que a partir de entonces iba a tener una desgracia tras otra. Otra vez resolví entrar en un convento.*

<!-- p. 282 -->

Vemos cómo restringe su radio de acción mediante la fobia a los tranvías y busca, ante el problema del amor, un modo de evitar una posible derrota por medio del convento.

*De momento, sin embargo, planché el vestido que había llevado en aquel coche detestado para romper el maleficio. Si hubiera sido rica, habría tirado o quemado todo lo que llevaba puesto, horquillas incluidas. Pero yo, pobre diablo, tuve que contentarme con planchar aquel vestido funesto, lavarme de la cabeza a los pies y hacer un contrahechizo. Repetí un número tres veces.*

*Luego se me hizo del todo imposible pasar por ciertas calles. Cuando tenía que atravesar una de ellas, contenía la respiración para que su aire no me entrara y me bajara por la garganta. Y si ya había respirado, escupía tres veces y me limpiaba la boca con saliva. ¿Qué calles eran? Todavía tengo miedo de nombrarlas.*

*Lina se enfadaba terriblemente cuando la arrastraba por una calle en zigzag y la obligaba constantemente a dar rodeos.*

*También a los miembros de mi familia les estaba prohibido viajar en los coches con los números funestos o pasar por las calles tabú para mí. Si me enteraba de que lo habían hecho de todos modos, no les dejaba acercarse a mí. Recordaba con gran cuidado la ropa que habían* <!-- p. 283 --> *llevado en aquellos coches y calles y no volvía a tocarla. Y si por casualidad entraba en contacto con ella, juraba y me desesperaba, me arrancaba el vestido y la ropa interior, me ponía delante de la ventana abierta sin nada encima para coger una pulmonía y morirme, y por último me echaba en la cama en completa desesperación.*

El anhelo de muerte, estrechamente emparentado con las tendencias suicidas, aparece como solución de prueba para escapar a la derrota en el problema del amor. Es, como siempre, el efecto de una tendencia a excluir la vida cuando todos los demás caminos hacia una solución satisfactoria de los problemas de la vida parecen cerrados. En lugar de vencer sus dificultades mediante la fuerza creadora y la elección de una ocupación útil en general, que también la ayudaría a superar su sentimiento de inferioridad, elige apartarse de la comunidad y de lo que esta le ofrece y condenarla, vengarse de quienes se interponen en su camino y adquirir un fugaz sentimiento de superioridad al experimentar su dominio sobre su propia vida y su muerte. Es la confesión del débil, del desesperanzado.

La fobia a los tranvías, y el modo en que esta muchacha la va construyendo, vuelve a darle poder sobre su familia, la parte más débil de su entorno.

*Una vez iba yo por cierta calle y rocé a una mujer que llevaba un bolso. De repente me asaltó la idea de que podía vivir en una de aquellas calles* <!-- p. 284 --> *prohibidas. La seguí para ver si tenía razón o no, pero al final le perdí la pista.*

*No volví a ir a los cines de aquella calle. Podía haber en ellos gente de las calles prohibidas. Ni siquiera un buen programa conseguía convencerme. Luego varios cafés de distintos barrios de la ciudad me resultaron tan repugnantes que me tapaba la boca y la nariz cuando tenía que pasar por delante. Un día olvidé protegerme de ese modo delante del Café Central.[^t12-3] Después recordé que había pasado por allí y que de la puerta giratoria del café me había llegado una ráfaga de viento funesta. Me sentí como si me hubieran envenenado, di media vuelta, corrí a casa, tiré el sombrero a un rincón, me arranqué la ropa, me limpié la cara con agua y jabón y me enjuagué la boca.*

*Las calles que me horrorizaban se multiplicaban como conejos. Había ya un barrio entero que detestaba. Cuando venía a vernos gente de aquel barrio prohibido, me sentía como en una habitación con apestados, cuyo mero aliento traía la ruina y que infectaban todo lo que tocaban. Nunca usaba una silla en la que se hubiera sentado uno de ellos. Al final no me quedó para mi uso más que mi propio sillón, roto y destrozado, que guardaba como un dragón. Si alguien mostraba la menor intención de sentarse en él, armaba un gran alboroto y se lo impedía. Arrastraba el sillón con mis propias manos de la* <!-- p. 285 --> *cocina a la sala para usarlo cuando tocaba el piano. No se podía dejar mi ropa en otra silla.*

*Un día mamá estaba haciendo picadillo. Yo estaba encantada, aunque era carne de caballo. Mientras me servía un poco de picadillo, rozó sin querer con el brazo el reposabrazos de una silla en la que poco antes se había sentado una persona prohibida. Me puse furiosa y no probé bocado del picadillo. Eso enfadó tanto a mamá que estuvo a punto de tirar la olla entera al suelo.*

Parece notable que ni siquiera su afición a las buenas comidas que guisa su madre pueda aminorar su miedo a la suciedad. Podría pensarse que un deseo fuerte, como el del placer físico, tendría fuerza suficiente para reprimir al menos temporalmente su ansia de poder. Sería un pensamiento superficial. El hombre es una unidad. No consiste en dos o tres deseos que luchan entre sí y de los que unas veces vence uno y otras otro; tiene una sola meta, y todo lo que hace tiende hacia ella. Si, en opinión de la paciente, el placer físico puede servir de medio para esa meta, se utilizará ese placer o cualquier otro medio que parezca práctico. Pero aquí el deseo físico se interpreta como algo sin importancia en su lucha por su objetivo, la superioridad, así que se lo desatiende y, secundariamente, <!-- p. 286 --> se lo aprovecha para hacer resaltar las dificultades que hacen tan agotadora su lucha por la superioridad. Nuestra muchacha come picadillo con gran deleite, y cuando se niega a comerlo considera su sacrificio un acto heroico y extrae de él un pedacito más de superioridad.

*Nunca volvía a tocar platos, tazas, tenedores y cuchillos usados por personas prohibidas. Mamá tenía que guardar esos utensilios en otro sitio, aparte del resto de los cacharros, para que yo pudiera reconocerlos siempre con facilidad como intocables. Me acostumbré a comer con cuchillos, tenedores y cucharas que solo usaba yo, y tenía platos solo para mi uso, igual que en la época de mi fobia al lupus. Si alguien que no me gustaba o cualquiera de mi familia llegaba a tocar una de mis cosas después de haberse contaminado tocando o usando uno de los objetos odiosos, ya no volvía a tocar mis cosas. Mamá tenía que comprar utensilios nuevos.*

*Un sábado por la noche ocurrió algo que «ensució» mi cuchillo y mi tenedor especiales. Enseguida empecé a desvariar y a reñir a mamá porque no había tenido bastante cuidado. Las tiendas ya estaban cerradas. Era imposible comprarme otro cubierto. Mamá pidió prestado un tenedor a una vecina.*

*Para evitar el contacto directo con todas las personas prohibidas que venían a casa, me retiraba al dormitorio. Allí sentía como si el mal de ojo que yo les atribuía* <!-- p. 287 --> *atravesara la pared y me trajera la desgracia. Así que me metía en la cama y me escondía debajo de las mantas.*

Cuando ocurre una desgracia por culpa del mal de ojo, ella, naturalmente, no es responsable. La culpa se le echa al mal de ojo. Lo que en tales casos se llama mala suerte son por lo general los propios errores y tonterías, cuya causa se busca en algún lugar de fuera en vez de dentro. El mal de ojo es uno de esos fantasmas que solo se convertirían en un peligro real para un neurótico si faltaran o no pudiera recurrir a ellos.

*También ciertas tiendas estaban prohibidas y mamá no podía comprar en ellas. Cuando sospechaba que había comprado víveres en una de esas tiendas, la sometía a un interrogatorio, le hacía las preguntas más astutas, le tendía trampas como un detective. Y cuando descubría que me había mentido, la insultaba con palabras injuriosas y me comportaba como si hubiera perdido la cabeza.*

Recordamos que su uso de palabras injuriosas empezó en su infancia (su primera neurosis comenzó con juramentos). Entonces lo hacía a escondidas, y luego le remordía la conciencia. Ahora siente justificados sus juramentos y no se molesta en ocultarlos. Es evidente cómo progresa la neurosis.

*Tras el más leve contacto con personas o cosas prohibidas, me lavaba.*

<!-- p. 288 -->

Habríamos podido predecir que la última fase de esta fobia sería una obsesión de lavarse. Muy al contrario que los deficientes mentales, demuestra su inteligencia eligiendo un plan inteligente para alcanzar su meta.

Esta muchacha vuelve a aparecer superior en la obsesión de lavarse. Es el único ser humano puro del mundo. Todos los demás están sucios. Otra vez el paralelismo entre lo consciente y lo inconsciente. Inconscientemente, el afán de poder es un camino barato, habitual entre los niños mimados. Conscientemente, una aversión a la suciedad de los demás. El resultado es que la paciente, sin comprender del todo el pleno sentido de sus actos, es la única pura y superior. No lo negaría si se lo dijeran, pero no dejaría de insistir y de señalar sus tormentos. Lo comprendemos: cuanto más la atormenta la suciedad de los demás, más pura permanece.

*Con frecuencia me lavaba todo el cuerpo. Nunca volvía a usar un trozo de jabón que se hubiera caído al suelo. Mis padres y Lina no podían volver a lavarse con esa pastilla de jabón. Así que el jabón caído al suelo se iba acumulando y pronto hubo un montón de jabón inservible.*

*Tenía varias prendas que ya no podía ponerme. Le di algunas a mamá. Pero ella no podía acercarse a mí cuando llevaba alguna de ellas.*

<!-- p. 289 -->

*En casa llevaba un vestido viejo y roto, compuesto de una falda verde muy gastada y una blusa roja que me quedaba demasiado estrecha. Llevaba unas zapatillas bohemias; si hubiera podido, no me las habría quitado nunca. Así me sentaba yo, como Cenicienta, en un rincón de la cocina, en mi silla rota de clavos oxidados; delante de mí, todas las cosas cuya sola presencia me parecía funesta, todos los objetos hechizados por el contacto de los vecinos de aquellos barrios y calles execrados; fuera, las rejillas de las alcantarillas, las calles, las casas, las farolas de gas, los cafés, los tranvías, las tiendas que me amenazaban con su perversa magia: el peligro, el daño y la desgracia me seguían los pasos.*

Describe su sufrimiento con mucha habilidad y penetración. Una vida antisocial y egoísta nunca conduce al goce del poder que se ha ganado sobre unas pocas personas a costa de tanto esfuerzo. Se sienta como un tirano en un trono que puede ser derribado en cualquier momento; gobierna por el miedo y ella misma está gobernada por el miedo. Tiene que asegurar su posición en el «país enemigo» con astucia y fuerza bruta. No tiene amigos de verdad ni ayuda, solo subordinados oprimidos que, como siente instintivamente, la abandonarían si pudieran. No le llega ninguna confianza, ninguna franqueza, ningún amor; solo una oscura desconfianza, la mala voluntad de aquellos a quienes ha convertido en sirvientes y una peligrosa contrapresión. Las medidas de protección que se han dispuesto para su propia seguridad resultan ser <!-- p. 290 --> armas en manos de sus enemigos. Cuanto más piensa en su seguridad y en cómo conservarla, más insegura se vuelve.

El sufrimiento del neurótico crece hasta convertirse en un tormento increíble y lo empuja a esas grandes crisis en las que o bien se derrumba o bien se endurece hasta el punto de volverse psicótico, o bien llega a comprender oscuramente la construcción errónea de su desdichada lucha por el reconocimiento, y entonces busca esclarecimiento.

Los llamados argumentos lógicos no sirven de nada cuando se intenta librar a esta muchacha de sus ideas obsesivas y de sus actos obsesivos. Hay que mostrarle, paso a paso, la verdadera construcción de su conducta tal como nosotros la vemos. Tendría que aprender a reconocer cuál es la finalidad de sus síntomas y qué consigue con ellos: que inconscientemente quiere desligarse por la compulsión de la compulsión de las exigencias de la comunidad; que se ha construido un campo de batalla secundario por su intenso deseo de evitar el campo de batalla principal de la vida; que quiere desperdiciar su tiempo para que no le quede ninguno para cumplir sus tareas cotidianas; que se propone eludir las exigencias de la vida con excusas, maldiciones, coartadas o razones aparentemente buenas. Además, hay que desechar las opiniones erróneas adquiridas en su infancia, su ambición y su vanidad exageradas; y la tendencia a aislarse: todo ello hay que explicárselo con gran delicadeza <!-- p. 291 --> y tacto. Entonces se la podrá llevar a cambiar su estilo de vida desenmascarando el aparato técnico de su neurosis obsesiva y mediante una clara comprensión de todo el curso y la coherencia de su conducta.

*Empecé a menstruar inusitadamente tarde. Todas mis amigas habían empezado hacía mucho. Olga, por ejemplo, tuvo la regla a los catorce años. Lo recuerdo muy bien. Un día me cogió de la mano, con los ojos chispeantes, me llevó al cuarto de baño y de pronto se levantó las faldas. Vi manchas de sangre en sus bombachos. «¿Qué te parece?», me preguntó orgullosa. Yo me quedé muy abatida y resolví decirle, al cabo de unas dos semanas, que yo también había llegado a eso. Más adelante siempre hice creer a mis amigas que ya había empezado a menstruar. Sin embargo, pasaba un año tras otro y la regla no llegaba.*

Es probable que una inferioridad innata de sus órganos sexuales, para la que al parecer no hubo compensación, fuera la causa del retraso de su menstruación. Esta inferioridad probablemente se manifestaba también en otras partes de su cuerpo.

*Mis padres estaban bastante preocupados y me hicieron examinar por un médico. El médico me prescribió baños de asiento calientes. A los diecisiete años llegó por fin la función. Cuando descubrí las señales, corrí enseguida a contárselo a papá. Me abrazó contento y me dijo: «Ahora ya eres una muchacha mayor. Ya no eres una* <!-- p. 292 --> *niña. Tenemos que celebrarlo». Y mi primera menstruación se celebró con una buena cena.*

*Con frecuencia tenía un sueño deprimente. Soñaba que papá o mamá estaban muy enfermos. Me despertaba llorando en mitad de la noche, cargada con un remordimiento de conciencia, y tardaba mucho en volver a dormirme. Y mientras me revolvía en la cama de un lado a otro, resolvía cambiar, ayudar a mis padres en su trabajo, hacerle los recados a papá y ayudar a mamá en las tareas de la casa.*

Casi todos los niños sueñan alguna vez con la muerte o la enfermedad grave de uno de sus padres. Interpretar ese sueño con el dicho «El deseo es padre del pensamiento» es privilegio de una psicología esquemática e insinuante. En raras ocasiones esta interpretación es correcta. Sin embargo, solo nos decidiremos por ella cuando el ánimo general del sueño hable en su favor y, sobre todo, cuando la conducta del soñador justifique por lo demás tal interpretación. Una atenuación del deseo de muerte puede hallarse en los casos en que, pese a una actitud fuertemente hostil hacia los padres, el sueño transcurre en medio de una intensa depresión y tristeza. Eso sería señal de que la lucha del niño contra los padres no llega hasta el punto de desear su muerte.

Lo que suele hacer este sueño es intentar prever el futuro: ¿qué va a pasar cuando mueran mis padres?

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Permítaseme insertar en este punto algunas observaciones generales sobre la finalidad y el significado de los sueños:

El sueño es una ficción evidente en la que una persona dispone intentos y pruebas anticipados para dominar una situación futura o resolver un problema futuro. Es una ficción porque el individuo nunca ve la situación del sueño conforme a la realidad, sino que siempre la traspone como si fuera la realidad, y siempre como él quisiera tenerla; nunca se acerca de verdad a la realidad, sino que pone a prueba sus capacidades bajo el influjo del sueño e intenta en él una solución de ensayo. La persona que sueña no es distinta de la persona despierta; la única diferencia está en la forma de expresión. En la vida despierta se ocupa del presente; en los sueños (ensueños diurnos o sueños durante el dormir) se ocupa del futuro por medio del pasado, es decir, por medio de sus experiencias. Construye un futuro ficticio con el material del pasado, con sus experiencias. Soñando, piensa por anticipado. Y el modo en que piensa por anticipado refleja gráficamente la actitud psíquica del soñador, su valor, su adaptación al ambiente, sus rasgos de carácter y sus evasivas neuróticas, su manera peculiar de afrontar los problemas. El sueño crea un estado de ánimo cuya finalidad es alentar o desalentar al soñador en su aproximación a su problema. Estos estados de ánimo aparecen en todas las gradaciones, desde la angustia hasta la indiferencia y el valor declarado. Todos los sueños de un individuo están de acuerdo con su <!-- p. 294 --> estilo de vida; pertenecen a un sistema y forman parte de la unidad del individuo. El pensamiento consciente tiene poco que hacer en el sueño. La crítica y la oposición de los órganos de los sentidos dormidos quedan acalladas. El pensamiento en el sueño es más abstracto, simplificado y simbolizado; inclinado, por así decirlo, hacia un estado más infantil. El sueño tiene que seguir siendo ininteligible para el soñador, para proteger la unidad de su personalidad, para conservar el estado de ánimo despertado en él, para velar en lo inconsciente la meta y la dirección del soñador.

No hay aquí espacio suficiente para explicar con más detalle los medios que emplean los sueños para lograr su objeto, es decir, para exponer en cierta medida la técnica de la interpretación de los sueños. Bastará con indicar que el sueño, como cualquier otra manifestación del alma, puede emplearse para penetrar en el mecanismo psíquico de un ser humano.

En nuestro caso es evidente que la muchacha está inquieta por su futuro. Necesita a sus padres para poder mantener un sentimiento de superioridad. Aunque en los párrafos siguientes subraya que el sueño, que se repetía con frecuencia, no le dejaba ninguna impresión al día siguiente, el estado de ánimo producido en el sueño y su frecuente repetición —un entrenamiento claramente emocional— han producido sin duda una suavización de su actitud hacia sus padres. Este sueño significa, por tanto, cierta medida de sentimiento de comunidad, de interés por sus padres.

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*Por la mañana, sin embargo, todo estaba otra vez olvidado. El día, la luz, la mañana borraban mis sentimientos. Por aquel tiempo tenía otra preocupación que me atormentaba. Me imaginaba que era extremadamente vieja. A veces me preguntaba en serio si no sería mejor poner fin a mi vida. Entonces me decía: «Los años pasan tan deprisa y la desgracia se acerca a paso rápido». Nunca decía mi verdadera edad. Esos pensamientos me venían sobre todo antes de dormirme. A veces me despertaba sobresaltada, mi edad me pasaba como un relámpago por la cabeza y pensaba: «¡Qué maravilloso sería nacer ahora!».*

¡Tan vieja, y todavía nada hecho para la inmortalidad!

Los pensamientos mencionados tocan evidentemente el problema del amor, para el que no se siente preparada a causa de su exagerado deseo de dominar. Entonces vuelve la vista hacia aquellos tiempos ideales en que, en su primera infancia, la niña mimada poseía de hecho un poder ilimitado y no tenía que afrontar problemas nuevos.

*Papá tenía el corazón débil desde hacía muchos años. A los cincuenta y ocho años la dolencia empeoró de repente. Con frecuencia saltaba de la cama por la noche y corría a la ventana luchando por respirar. También durante el día le faltaba a menudo el aliento. Entonces dejaba de trabajar y hacía que mamá lo sacara de paseo. Hasta entonces nunca había descansado durante el día. Ahora se acostaba siempre una hora después de comer. Poco a poco* <!-- p. 296 --> *pareció perder todo interés por su familia. De vez en cuando le oíamos quejarse de que estaba preocupado por mí. Yo no pensaba en el mañana, como una niña, y en casa no había dinero. Papá sentía que no le quedaba mucho tiempo de vida y también lo decía. Pero yo no alcanzaba a comprender la gravedad de su enfermedad. Que pudiera morir, eso no se me pasó nunca por la cabeza. Pronto apenas podía tenerse en pie. Lina y el médico tenían que ponerle inyecciones que lo reanimaban durante un rato, pero la mejoría nunca duraba mucho.*

*Papá estaba muy inquieto en la cama. No podía vivir sin su sastrería. Mi hermana estaba de vacaciones y lo cuidaba. Ella y mamá se turnaban para velarlo por la noche. Yo me quedaba siempre despierta hasta eso de las once; luego me entraba tanto sueño que tenía que irme a la cama.*

*Para protegerse del frío, papá se envolvía el pecho con un ancho chal gris. Ese chal, por desgracia, pertenecía a los objetos que yo no podía tocar. En vano le pedí a mamá que usara otra cosa para ese fin. Ella decía que el chal era justo lo que hacía falta. Así que ya no podía abrazar ni besar a papá, cosa que deseaba tanto. Hasta tenía miedo de acercarme a él; más tarde lo lamenté muchas veces, aunque me había sido absolutamente imposible obrar de otro modo.*

*Durante un breve tiempo pareció que iba a recuperarse* <!-- p. 297 --> *a pesar de todo. Lo sentamos en un sillón cómodo y me contó un montón de historias graciosas de su juventud. Todos nos reíamos y todos volvimos a tener esperanzas. Pero al día siguiente estaba otra vez en un estado somnoliento, sentado muy derecho en la cama. A menudo le veía mover las manos en su sueño inquieto como si estuviera cosiendo. Una noche se levantó de repente, fue tambaleándose hasta la mesa de coser de la cocina y alargó las manos temblorosas hacia una chaqueta. Le pedimos que volviera a la cama. Ya tenía los pies hinchados.*

*Mis padres seguían sin estar casados. A mamá le angustiaba mucho que yo siguiera siendo hija ilegítima. Cuando el médico ya no le dejó ninguna duda sobre el estado de papá —eso lo supe después— y la preparó para lo peor, mamá habló del asunto con la madre de Olga. Esta mujer corrió derecha a ver a un sacerdote. Supo por él que podía celebrarse una boda aquella misma noche a las ocho presentando un certificado médico. Nuestro médico extendió el certificado. Pero a mamá le resultaba difícil hablarle a papá de la inminente ceremonia. Recuerdo que le dijo: «Mira, querido, ya sabes que todavía no estamos casados... ¿qué va a ser de nuestra Clara?». Papá solo murmuraba «sí» de vez en cuando y asentía con la cabeza a lo que ella decía. Cuando oí que la ceremonia iba a celebrarse aquel mismo día, me alegré a pesar de mi pena. Por fin —tenía casi dieciocho años—* <!-- p. 298 --> *iba a poder usar el apellido de papá. Hasta entonces siempre había dicho a los demás que ese era de todos modos mi apellido. Pero ahora sería mío de verdad.*

*Compramos dos velas, pedimos prestado un crucifijo a una vecina, una anciana piadosa, conseguimos agua bendita y pusimos todo en una mesa cubierta con un mantel blanco. Todos estábamos muy excitados. Yo temblaba de pies a cabeza. A las ocho llegó el sacerdote con el sacristán, que tenía que hacer también de testigo. Durante la ceremonia, Lina y yo nos quedamos en la cocina. Antes de irse, el sacerdote nos habló a Lina y a mí y nos pidió que fuéramos a confesarnos con él.*

*La ceremonia agotó a papá, sobre todo porque al mismo tiempo tuvo que confesarse y recibir la extremaunción. Mamá quería hacerle creer que no estaba muy enfermo. Completamente extenuado, susurró que todo estaba bien, pero que, por favor, le ahorrara en adelante la vista del sacerdote.*

*Unos días después, estando yo de visita por la noche en casa de Minna, entró mamá en la habitación y me dijo con voz triste que fuera a casa con ella, porque papá se estaba muriendo. La señora K. nos acompañó. Papá dormía sentado en la cama. Me senté a su lado en silencio. Su respiración era pesada y lenta. Luego me escabullí a la cocina. De vez en cuando mamá entraba en mi cuarto. Yo no sabía que el médico le había dicho que papá no pasaría de aquella noche. De repente oí gritar a mamá: «¡Papá! ¡Papá!». Me precipité en la* <!-- p. 299 --> *habitación y aún pude ver cómo papá caía hacia atrás sobre las almohadas. Lina lo abrazó. Había exhalado su último aliento. Me eché sobre su cama, lo besé, lo llamé, le supliqué que me perdonara. No quería soltarlo. Lina tuvo que sacarme en brazos. Cuando llegué a la cocina sentí náuseas y vomité.*

Vemos otra vez que pertenece al tipo de personas que responden a la excitación con trastornos nerviosos del aparato digestivo. Todos los órganos internos del ser humano están provistos de un sistema nervioso propio, el sistema nervioso vegetativo, que es evolutivamente más antiguo que el sistema nervioso central y del que antes se suponía que era la sede de la vida. Cuando estamos alegres y por ello nos late el corazón más deprisa, cuando nos ruborizamos de vergüenza, sudamos de miedo o nos duele el estómago porque tememos algo, se debe siempre a la actividad de los nervios «emocionales», que con razón se han clasificado como sistema nervioso simpático (N. sympathicus). Hay casos en que este sistema nervioso vegetativo es anormalmente sensible (una inferioridad orgánica) y, en consecuencia, funciona con más fuerza de lo habitual. Podríamos añadir, sin embargo, que la fuente de la irritación está en la estructura psíquica de esas personas, en su estilo de vida. En tales casos una pequeña irritación produce una gran reacción en los órganos que dependen de este sistema nervioso —el corazón, la vejiga, las glándulas sudoríparas o el aparato digestivo—, como en el caso de esta muchacha.

<!-- p. 300 -->

Para tratar con éxito tales trastornos es necesario remontarse a la fuente psíquica y, desde ese punto, cambiar al paciente.

Si encontramos, como en este caso, que la tensión psíquica aumenta a consecuencia de los deseos desmedidos de la paciente, tenemos que examinar y cambiar todo su estilo de vida. Esto solo puede hacerse fortaleciendo su sentimiento de comunidad. Su inteligencia privada se transforma en sentido común en proporción directa a la fuerza de su sentimiento de comunidad. Se siente en casa en los problemas de la vida, con todas sus ventajas y desventajas, y los acepta, y pierde su angustia. A partir de entonces ya no vive en un mundo hostil ni depende, para estimarse a sí misma, de la opinión de los demás. Allí, en el lado útil de la vida, se siente un ser humano respetado, y su sentimiento de inferioridad se reduce hasta el punto de que puede aprovecharse muy bien como impulso para realizaciones útiles.

*Se abrieron las ventanas de la habitación y se encendió una vela. Nos acurrucamos juntas en un rincón de la cocina, llorando y sin poder dormir. Cuando la señora K. se marchó, vino una vecina a ocupar su lugar. No nos acostamos hasta el amanecer. Estábamos entumecidas. Al día siguiente, cuando me desperté, sentí como si tuviera un gran peso en el alma. Fui junto a papá, lo acaricié, lo besé y le arreglé la manta. Parecía tan sereno, en absoluto un muerto. Por la noche vinieron los hombres con un ataúd, metieron a papá en él y se lo llevaron. Teníamos* <!-- p. 301 --> *miedo de dormir en casa, así que dormimos unas cuantas noches en casa de la señora K. Mamá nos contó que dos noches antes de la muerte de papá había tenido la visión de un esqueleto.*

*En la capilla del cementerio vi a papá por última vez. Su cuerpo no había cambiado. Todavía no podía creer que estuviera muerto. Me quedé de pie delante del ataúd esperando que abriera los ojos.*

*No hacía más que mirar la mesa de trabajo de papá. No podía comprender que estuviera muerto. Pensaba que quizá solo lo había parecido. Mamá y yo nos encerrábamos por la noche en el dormitorio. El sábado por la noche se rompió la llave de esa habitación; a la mañana siguiente no pudimos abrir la puerta. Mamá llamó al portero por la ventana y descolgó un cordel para que colgara en él toda clase de llaves. Ninguna servía. Al final nos abrió la puerta un fontanero.*

*Echaba terriblemente de menos a papá; lloraba sin cesar. Con frecuencia me despertaba sobresaltada en mitad de la noche; no podía respirar y me sentía afligida de muerte.*

Podemos sentir con la muchacha lo profundamente que la trastornó la separación del padre. Mientras él vivió, fue el pedestal sobre el que ella había levantado su triunfo. A partir de ahora la madre tiene que sustituirlo, en la medida en que sea apta para semejante posición.

*Luego soñé que un perro con bozal me hundía el hocico en el cuerpo y lo giraba y retorcía. Me producía una sensación sumamente dolorosa. Encendí* <!-- p. 302 --> *la luz y miré si sangraba o estaba herida en alguna parte. Pero no encontré nada. Este sueño se repitió con frecuencia.*

*También soñé muchas veces con un hombre alto y barbudo de pie a los pies de mi cama, y me despertaba muerta de miedo. Lo veía tan claramente como si estuviera allí de verdad.*

*Y luego vi en sueños una flor que se alzaba lentamente y se inclinaba hacia mí: una sola flor con cinco hojas como dedos. Otra vez me desperté llena de angustia.*

Estos sueños solo podrían interpretarse correctamente si la muchacha nos diera algunos datos sobre sus pensamientos y recuerdos asociados con el material del sueño. Sin embargo, tenemos dos importantes puntos de apoyo. Conocemos su línea de vida y los problemas que la oprimen, y podemos comprender el estado de ánimo que emana de sus sueños. Estos sueños, correctamente interpretados, deberían dar testimonio del camino que utiliza como puente hacia su meta de superioridad, apartándose del camino de la lógica y del sentido común. Y los estados de ánimo que brotan de esos sueños deberían apuntar también en la misma dirección.

En el primer sueño encontramos el problema del amor como el problema central actual en la vida de esta muchacha. Su intención es escapar de la unión con un hombre. Que el perro representa a un hombre es una suposición segura. Con frecuencia <!-- p. 303 --> damos en los sueños con semejante tendencia a degradar. Como la muchacha ha mostrado claramente esta tendencia en partes anteriores de su historia de vida y como, según hemos leído antes, en alguna ocasión ha llamado perro a un hombre, nuestra suposición está sin duda justificada. El bozal resulta un poco desconcertante. Pero si recordamos que siempre se esforzó por poner un bozal a los hombres, por jugarles malas pasadas, por eliminar peligros y eludir posibles consecuencias, nuestra atención se dirigirá con más fuerza al hecho de que su «sí, pero» no solo ha experimentado un refuerzo del «sí», sino también un refuerzo del «pero». El dolor y el miedo a ser herida, a sangrar, le permiten suponer que ninguna medida de precaución es suficiente.

El segundo sueño, que también se repetía con frecuencia, permite concluir que en el estado de ánimo del sueño está a solas con un hombre. Tampoco este hombre —a modo de precaución— aparece como amistoso. Es imposible identificarlo en este lugar. Sin embargo, el segundo sueño confirma bastante bien las conclusiones extraídas del primero.

El tercer sueño es ambiguo. Solo deberíamos llegar a suponer que la situación representa una mano que se alarga hacia ella. Aquí volvemos a encontrar la aproximación amenazadora y la producción intencionada de angustia, que caracterizan con bastante claridad la vida de esta muchacha como la vida de una niña mimada.

<!-- p. 304 -->

Aquí termina el relato, y con él nuestro análisis. Subrayé al comienzo del libro que no nos ocupábamos aquí de la biografía completa de un ser humano, sino solo de una parte de una historia de vida. Nos interesaba más averiguar lo que podíamos extraer del material dado que la integridad del relato. También en las consultas privadas no llegamos a saber más que fragmentos de historias de vida, de los que tenemos que sacar nuestras conclusiones. He intentado dar al lector una imagen del procedimiento que se sigue en un análisis psicológico. Quiero que mi lector vea cómo un psicólogo, armado con un acopio de experiencia, escucha, capta, elabora y comprende una historia de vida corriente y por lo demás insignificante. La misma falta de importancia y la vulgaridad de esta biografía sirven para ilustrar cuánto puede sacar de ella un psicólogo.

Un paciente cuya vida está tan confusa solo puede curarse mediante una comprensión a fondo de cómo se desarrolló su estado. Es, además, tarea nuestra dar al paciente la comprensión que nosotros mismos hemos obtenido por medio de la experiencia y del sentido común. Este procedimiento lo alienta. Para comprender solo hace falta usar el sentido común. Como el sentido común es <!-- p. 305 --> mucho más raro de lo que la palabra da a entender, hay que guardarse, en los intentos de análisis, de las conclusiones prematuras. Los juicios superficiales y equivocados sirven para desacreditar a quienes los emiten.

Como he dicho, me interesaban mucho más los acontecimientos y los resultados de esta biografía parcial que la conclusión de la historia. Temo, sin embargo, que eso no satisfaga a la mayoría de mis lectores. El intelecto humano aspira a la consumación; un fragmento inacabado estimula la imaginación a crearse un final adecuado. Por mucho que me gustaría ayudar al lector en este punto, no sé más que él. Como dije en mi prefacio, nunca he visto a esta muchacha. Todo lo que sé de ella lo hemos escrito ella y yo en el presente libro. En el relato solo menciona una vez su estado actual, a saber, cuando nos cuenta que hasta el día de hoy sigue sin decidirse a usar ciertos tranvías. Puede suponerse por esa observación que su neurosis obsesiva probablemente ha mejorado mucho, pero no ha desaparecido del todo.

La experiencia nos enseña también que, cuando uno ha dado media vuelta y ha puesto el pie en el camino de la conducta normal, avanza por ese camino en la dirección correcta con la misma rapidez con que antes retrocedía en la dirección equivocada. Así como cada paso hacia la neurosis destruye inevitablemente el valor, cada paso fuera de la neurosis edifica el valor y, con él, la fuerza y el sentimiento de comunidad. <!-- p. 306 --> Y eso concuerda con lo que he oído de la autora de esta historia, a saber, que en la medida en que ha podido ayudarse a sí misma sin la ayuda de un psicólogo, se ha librado de su neurosis obsesiva y está dando pasos valerosos para resolver sus difíciles problemas de la vida. Dejo a la imaginación de mis lectores, a su comprensión psicológica y a su intuición, adivinar cómo.

[^t12-1]: Líneas del tranvía de Viena, designadas por letras y números (J, J2, A, Ak, B, Bk, D, F, H...); se conservan como en el original. (N. del T.)

[^t12-2]: El «Ring» es la Ringstrasse, el gran bulevar que rodea el centro histórico de Viena; la Alser Strasse sale de él hacia el noroeste, en el distrito IX (Alsergrund). (N. del T.)

[^t12-3]: El Café Central, en la Herrengasse, en el centro de Viena, uno de los cafés literarios más conocidos de la ciudad. (N. del T.)

*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el ejemplar de la Lane Medical Library (Stanford) digitalizado en Internet Archive (caseofmssr0000alfr): Alfred Adler, *The Case of Miss R. The Interpretation of a Life Story*, traducción inglesa de Eleanore y Friedrich Jensen, Nueva York, Greenberg, 1929, xxii+306 págs. Se omite el prefacio del editor (pp. vii-xxii), de Friedrich Jensen, que no es de Adler. Las notas numeradas sin «(N. del T.)» son de los traductores o del editor de la edición inglesa. Los comentarios `p. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026) a partir de la versión inglesa, a falta del original alemán *Die Technik der Individualpsychologie I* (1928). *Social feeling*, *social interest* y *community feeling* se traducen siempre «sentimiento de comunidad»; *style of life*, «estilo de vida»; *pampered*, «mimado»; *compulsion neurosis*, «neurosis obsesiva». En el relato de la paciente, que es vienesa, *father* y *mother* sin artículo se dan como «papá» y «mamá». Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
