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Title: Problemas de la neurosis. Un libro de historias clínicas
Description: Libro de 1929, compuesto en inglés y editado por Philippe Mairet, en el que Adler expone la psicología individual de la neurosis a través de numerosos casos de su consulta: el sentimiento de inferioridad oculto y la meta de superioridad, el estilo de vida y su prototipo infantil, los tres problemas de la vida, la esquizofrenia y la melancolía, el amor y el matrimonio, los síntomas orgánicos, la posición en la familia, los primeros recuerdos, los ensueños, el miedo a la muerte y la elección de profesión, la resistencia al tratamiento y la interpretación de los sueños.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1929%20Problems%20of%20Neurosis
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<!-- Portada (title page) -->

# Problemas de la neurosis

Alfred Adler

Un libro de historias clínicas

Con un ensayo preliminar de
F. G. Crookshank, M.D., F.R.C.P.

Edición de
Philippe Mairet

Londres
Kegan Paul, Trench, Trubner & Co., Ltd.
Broadway House: 68-74 Carter Lane, E.C.
1929

<!-- Verso: «Impreso en Gran Bretaña por Mackays Ltd., Chatham». -->

<!-- Se omiten, por no ser de Adler: el ensayo preliminar de F. G. Crookshank, «Preface. Individual Psychology: A Retrospect (and a Valuation)» [Prefacio. La psicología individual: una retrospectiva (y una valoración)] (pp. vii-xxxvii, fechado en Londres, julio de 1929), en el que se dice que el libro fue «escrito, o construido, en inglés», revisado editorialmente por Philippe Mairet y preparado con la ayuda de Miss Marx; la bibliografía de obras de psicología individual en inglés compilada por Mairet (pp. 169-170), y el índice analítico (pp. 171-178). -->

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**Índice**

- Prefacio, por F. G. Crookshank, M.D., vii [no se reproduce]
- [Capítulo I](#capitulo-i), 1  
  El ocultamiento de los sentimientos de inferioridad—Neurosis de angustia—La teoría de la herencia—Sueño de un neurótico de angustia—El estilo de vida—Impulso suicida—Efectos orgánicos de la tensión neurótica—Una neurosis obsesiva—Punto crítico en el desarrollo de la neurosis—El sueño como ensayo
- [Capítulo II](#capitulo-ii), 18  
  La esquizofrenia y su preparación—Los tres problemas de la vida—La función de la madre—Psicosis—Melancolía—Sentimientos de culpa—Tratamiento indirecto de la melancolía—Locura maníaco-depresiva
- [Capítulo III](#capitulo-iii), 29  
  El punto de vista psicológico—El carácter—El sentimiento de comunidad y la madre—La inferioridad—Niños con defectos orgánicos—Niños mimados y niños odiados—Tipos insociables—La culpa como forma de superioridad—El arte del psicoterapeuta—La protesta masculina
- [Capítulo IV](#capitulo-iv), 46  
  El prototipo en el amor y el matrimonio—El amor y el sentimiento de comunidad—Evasivas ante el amor—La embriaguez en el matrimonio—Las toxicomanías y su tratamiento—El afán neurótico de casarse—Cólera y dolores de cabeza—Aversión a tener hijos—El amor y la meta de la vida
- [Capítulo V](#capitulo-v), 63  
  Síntomas orgánicos—Vómitos—Desmayos—Tartamudez—Zurdera—Vista defectuosa—Actividades compensatorias—El papel sexual—Igualdad de los sexos—Protesta masculina—Fantasías de «profeta» en los neuróticos—Primeros métodos de tratamiento—Verificación del diagnóstico—La «transferencia» al psicólogo—La verdadera comprensión de una neurosis—La embriaguez—Pacientes que necesitan vigilancia—Criterio del valor de la acción—El valor del sentimiento de comunidad—La neurosis como arma del débil—Caso de impulso suicida
- [Capítulo VI](#capitulo-vi), 83  
  La depresión como recurso de superioridad—Complejos de culpa—El estilo de vida mendicante—Deseos polígamos—Otro caso de mendicidad—Las emociones en la neurosis—Agorafobia—Un desarrollo hacia la homosexualidad—Tragar aire (aerofagia)

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- [Capítulo VII](#capitulo-vii), 96  
  La psicología de la posición en la familia—El primer hijo—Su destronamiento—Un segundo hijo incapaz de alcanzar al primero—El mayor, un conservador—El segundo hijo—La neurosis de un segundo hijo—El segundo hijo, un revolucionario—El hijo menor—El hijo menor, un conquistador en el mito y el folclore—Un hijo menor mimado con un cáncer imaginario—El hijo único—Su problema educativo—Desarrollo de la homosexualidad—Autoperversión—Casos desastrosos—Influencia de otros factores del ambiente familiar—Efecto de las supersticiones o de las ideas fanáticas
- [Capítulo VIII](#capitulo-viii), 121  
  Los recuerdos de infancia y su significado—Recuerdo de tipo visual—Recuerdos de movimiento—De peligro—Caso de eritrofobia
- [Capítulo IX](#capitulo-ix), 128  
  Las metas más altas—Las metas en la locura y en el crimen—En la perversión—La actitud masoquista—Conducta irritante—La meta en los ensueños—Ensueños de satisfacción vicaria—Caso de suicidio—El pelo rojo como inferioridad—Afección cardiaca y aerofagia—Protesta masculina y matrimonio con un pariente—Celos y superioridad—Caso de alucinaciones celosas—Celos inconscientes—Caso de sifilofobia—Preparación para el papel sexual—Tendencia homosexual—La tendencia masoquista, lo contrario de la sumisión
- [Capítulo X](#capitulo-x), 145  
  El miedo a la muerte: en los niños; sus verdaderas compensaciones—El deseo de ser médico—Compensaciones religiosas—La elección de ocupación en general—Orientación profesional—La meta de la vida laboral—Elecciones fantásticas—Las posturas del cuerpo en la vigilia y en el sueño—Todas las posturas tienen un propósito
- [Capítulo XI](#capitulo-xi), 154  
  Casos en que se resiste al tratamiento—Neurosis de angustia—Neurosis obsesiva—La jerga de los órganos—El dialecto de los órganos sexuales—Las relaciones sexuales libres como venganza—La resistencia al matrimonio expresada en un sueño; en la melancolía—Relación entre el sueño y la vigilia—Hipnotismo—Límites del tratamiento hipnótico—La interpretación de los sueños—Ausencia de sueños—Sueño que expresa un conflicto en el matrimonio—El autoengaño de los sueños, observable también en la vida despierta
- Bibliografía, 169 [no se reproduce]
- Índice analítico, 171 [no se reproduce]

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## Capítulo I

*El ocultamiento de los sentimientos de inferioridad.—Neurosis de angustia.—La teoría de la herencia.—Sueño de un neurótico de angustia—El estilo de vida.—Impulso suicida.—Efectos orgánicos de la tensión neurótica.—Una neurosis obsesiva.—Punto crítico en el desarrollo de la neurosis.—El sueño como ensayo.*

El problema de toda neurosis consiste, para el paciente, en el difícil mantenimiento de un estilo de actuar, de pensar y de percibir que deforma y niega las exigencias de la realidad. Por lo general, el caso no llega al médico hasta que este modo de vida se ha vuelto difícil hasta el borde del derrumbe, y al médico le corresponde la tarea de hallar el método adecuado para corregirlo. El problema común del paciente y del médico, y la base de su cooperación, es, pues, comprender la naturaleza de los errores del paciente, y ello exige no solo un esbozo verdadero de su historia esencial, sino la percepción de la unidad dinámica de esa historia como una tensión continua hacia una concepción implícita de superioridad.

Como ha demostrado sobradamente el trabajo de los psicólogos individuales, una meta individual de superioridad es el factor determinante de toda neurosis, pero la meta misma se origina siempre en las experiencias reales de *inferioridad*, y está estrictamente condicionada por ellas. La primera vía de acceso del médico es identificar las causas reales de los sentimientos de inferioridad, que el paciente se disimula a sí mismo en diversos grados y <!-- p. 2 --> a su manera individual. Como el sentimiento de inferioridad se tiene generalmente por signo de debilidad y por algo vergonzoso, hay, naturalmente, una fuerte tendencia a ocultarlo. El esfuerzo de ocultación puede ser, en efecto, tan grande que la persona misma deja de ser consciente de su inferioridad como tal, enteramente ocupada como está en las consecuencias del sentimiento y en todos los detalles objetivos que sirven para ocultarlo. Con tanta eficacia puede un individuo adiestrar toda su mentalidad para esta tarea, que la corriente entera de su vida psíquica, que fluye sin cesar de abajo arriba —es decir, del sentimiento de inferioridad al de superioridad—, se produce automáticamente y escapa a su propia atención.

No es de extrañar, por tanto, que a menudo recibamos una respuesta negativa cuando preguntamos a alguien si tiene un sentimiento de inferioridad. Es mejor no insistir, sino observar sus movimientos mentales y psíquicos, en los que siempre pueden discernirse la actitud y el fin individual. De este modo percibimos pronto en todo el mundo un grado mayor o menor del sentimiento de inferioridad, junto con un afán compensatorio hacia una meta de superioridad. Un sentimiento tan universal no es en sí mismo censurable: su sentido y su valor dependen enteramente del uso que se haga de él. El descubrimiento más importante de la psicología individual es que puede usarse como estímulo para seguir adelante por el lado útil de la vida.

* * *

Estas observaciones generales se aplican de cerca al caso de un muchacho de diecisiete años, segundo hijo de la familia, a quien me trajeron porque padecía de angustia y se enfadaba muchísimo cuando se enfrentaba con dificultades. <!-- p. 3 --> Tenía también trastornos de estómago y diarrea cuando iba de montañismo, deporte que practicaba a veces con sus compañeros. Su madre era inteligente y lo quería, pero por lo visto prefería al hermano mayor, que le daba menos quehacer. Este hermano mayor era mucho más fuerte, más alto y un buen deportista. El padre era un hombre capaz, y el paciente lo estimaba mucho.

El muchacho tenía miedo de tomar cualquier decisión, porque su sentimiento de inferioridad era demasiado grande para confiar en sí mismo. No estaba dispuesto, sin embargo, a admitir que ese sentimiento se debiera a ninguna causa que dependiera de él. Insistía en que había nacido tal como era, y en que su naturaleza no era responsabilidad suya.

La actitud de este paciente ante la vida era de vacilación. Ante los problemas siempre ponía dificultades, pero, aunque así «aminoraba la marcha», no se detenía del todo. Era muy buen alumno en la escuela, pero vivía con el miedo constante de perder incluso esta ventaja, y no lograba decidir en absoluto qué haría al salir de la escuela secundaria. No hacía amigos, no le gustaban las chicas y temía las experiencias sexuales. Creía que algunas de sus dificultades eran resultado de la masturbación y de las poluciones. Todo esto muestra una típica indecisión y falta de confianza respecto de los tres problemas de la vida: sociedad, ocupación y amor. A las tres cuestiones se les eludía o aplazaba la respuesta. Disimulaba su sentimiento de insuficiencia general haciendo responsables a diversas *causas*, y así se tranquilizaba y se convencía de su valía. Es notable, sin embargo, que el paciente siguiera adelante a pesar de las dificultades. Estudiaba bien y escalaba montañas, actividad esta última que, dicho sea de paso, es un recurso habitual de las personas que se sienten abrumadas por la vida para procurarse sentimientos de <!-- p. 4 --> superioridad. Pasar revista a las dificultades de la vida y recalcarlas desde la posición ventajosa de un sentimiento de superioridad es lo mejor que hay después de poder jactarse de haberlas vencido. Para escapar de la conciencia de su sentimiento de inferioridad, este paciente echaba la culpa de su debilidad a dificultades naturales y a la masturbación, y sobre todo a deficiencias heredadas.

La teoría de la herencia no debe recalcarse nunca, ni en la educación ni en la teoría y la práctica de la psicología. Salvo en los casos de niños subnormales y de idiotas congénitos, es legítimo suponer que todo el mundo puede hacer todo lo necesario. No se trata, desde luego, de negar las diferencias del material heredado; pero lo importante es siempre el uso que se hace de él. Solo así vemos la enorme importancia de la educación. La educación acertada es el método de desarrollar al individuo con todas sus aptitudes y deficiencias heredadas. Con valor y adiestramiento, las deficiencias pueden compensarse de tal modo que lleguen incluso a convertirse en grandes aptitudes. Si se la afronta correctamente, una deficiencia se convierte en el estímulo que impulsa hacia un logro superior. Ya no nos sorprende descubrir que quienes han alcanzado éxitos notables en la vida han estado a menudo lastrados al principio por deficiencias y por grandes sentimientos de inferioridad. Por otra parte, encontramos que la persona que se cree víctima de deficiencias y defectos heredados disminuye sus esfuerzos con un sentimiento de desesperanza, y su desarrollo queda así retrasado para siempre.

Los maestros exageran la maleficencia de los factores hereditarios para disculpar la ineficacia de sus propios métodos. Es interesante leer en la biografía de Carlomagno escrita por Einhardt que este gran emperador no pudo aprender ni a leer ni <!-- p. 5 --> a escribir, ¡por pura falta de talento para esas cosas! Hoy, con el desarrollo de los métodos pedagógicos, ningún niño normal encuentra estas tareas fuera de su alcance. Por este y otros muchos ejemplos se ve que, siempre que autores, maestros o padres no hallan un método para corregir errores mediante la educación, echan la culpa a las deficiencias heredadas. La superstición que engendra esta costumbre es una de las mayores dificultades, y la más frecuente, en la educación y en el trato con los «niños difíciles», por no hablar del tratamiento de criminales, neuróticos y psicóticos. Y, sin embargo, para el tratamiento de estos estados la única suposición razonable es la que hace la psicología individual: que todo el mundo está a la altura de su tarea vital. Esto no quiere decir que los resultados sean o puedan ser iguales, pues, por supuesto, hay que tener en cuenta las desigualdades de preparación, de método y, sobre todo, el grado de valor que se muestre.

Volviendo al caso que nos ocupa: la capacidad del padre de este muchacho era una razón más para que sintiera que no podría abrirse camino en la vida. Es bien sabido que los hijos de los grandes hombres fracasan muy a menudo: se sienten incapaces de alcanzar jamás posiciones tan altas como las que ocuparon sus padres, y por eso no intentan nada en serio. En el caso de este paciente, los grandes logros de su hermano mayor alargaban además su distancia respecto de la meta de superioridad en el círculo familiar. Se sentía irremediablemente superado. La neurosis que desarrolló era una protección contra la dolorosa conciencia de esta inferioridad. Era la adopción de una actitud que significaba para él: «Si no estuviera angustiado, si no estuviera enfermo, podría hacerlo tan bien como los demás. Si mi vida no estuviera llena de terribles dificultades, sería el primero». Con esta actitud una persona puede seguir sintiéndose superior, pues la decisión sobre su mérito y <!-- p. 6 --> su valor queda situada fuera del alcance de toda prueba, en el reino de las posibilidades. Su principal ocupación en la vida es buscar dificultades, encontrar medios de aumentarlas o, por lo menos, de aumentar su propia sensación de su gravedad. Las dificultades más corrientes de la vida, comunes a todo el mundo, las colecciona cuidadosamente y las mantiene expuestas. Lo hace más para impresionarse a sí mismo que a los demás, pero naturalmente los demás tienen en cuenta sus cargas y no esperan tanto de él. Cualquier éxito que pueda tener, además, queda engrandecido por este impedimento tan pregonado, de modo que este se convierte en su posesión más útil. Gracias a él se gana una vida privilegiada, juzgada con un criterio más indulgente que la de los demás. Al mismo tiempo, paga su precio con la neurosis.

* * *

Otro caso de neurosis de angustia, en forma de agorafobia y acompañado de síntomas cardíacos, se dio en un hombre de treinta y cinco años. La neurosis de angustia es siempre síntoma de una actitud tímida ante los tres problemas de la vida, y quienes la padecen son invariablemente niños «mimados».

Este hombre soñó: «Crucé el límite de la frontera entre Austria y Hungría, y querían encarcelarme». (Los sueños breves como este, dicho sea de paso, son los mejores para el análisis.) Este sueño indicaba el deseo del hombre de quedarse parado, por miedo a que lo derrotaran si seguía adelante. Su interpretación confirma muy bien nuestra comprensión de las neurosis de angustia. El hombre quería limitar el campo de su actividad en la vida, «marcar el paso» para ganar tiempo. Vino a verme porque deseaba casarse, y la perspectiva inminente de hacerlo lo había <!-- p. 7 --> detenido en seco. El hecho mismo de que viniera a consultarme sobre su matrimonio indicaba claramente su actitud ante él. Del mismo modo, la forma en que se comportaría en el matrimonio se reflejaba en el sueño, en el que se ordenaba a sí mismo: «¡No pases el límite!». La cárcel del sueño reflejaba también la visión que el soñador tenía del matrimonio. A menudo nos engañamos con imágenes así en los sueños. Las utilizamos para adiestrarnos a afrontar los problemas del futuro próximo de una manera coherente con nuestro propio *estilo de vida*, pero no conforme a la lógica de la situación.

* * *

El estilo de vida se forma en los primeros cuatro o cinco años de la infancia. Este período se cierra con el pleno desarrollo del yo y la consiguiente fijación de su actitud ante la vida. A partir de ese momento, las respuestas a las preguntas que plantea la vida no las dicta la verdad de las relaciones en sí mismas, sino ciertas actitudes automatizadas, que llamamos el *estilo* del individuo. Así se explica que un determinado error de adaptación —como el deseo de ser el centro, de estar sobrecargado, de no ser forzado, de no verse coartado, etc.— pueda persistir durante toda una vida.

Un hombre de mucho éxito, de cuarenta años, se quejaba de que no podía subir a un edificio alto sin sentir el impulso de saltar por una ventana. Decía que siempre había tenido miedo de todo. Había sido el menor de seis hijos y su madre lo había mimado mucho. Este caso revela a primera vista el deseo de que se le considere sobrecargado y en peligro. El paciente no puede evitar subir escaleras, pero tiñe este acto con su deseo de <!-- p. 8 --> hallarse en una situación peligrosa, y remacha el peligro desarrollando un impulso de saltar.

En este caso y en los dos citados antes, la meta de superioridad es semejante en cuanto al motivo de estar sobrecargado. Pero este hombre va más lejos. Siente el deseo de saltar por una ventana, pero, ¡oh!, lo vence y sigue con vida. Es más fuerte incluso que sí mismo.

En apoyo de este diagnóstico añadiré un recuerdo de la infancia del paciente: «Fui a la escuela a los seis años. No era muy feliz. El primer día un niño me atacó. Yo tenía un miedo espantoso y temblaba, pero... me lancé sobre él y lo tiré al suelo». Este fragmento de memoria registra los dos motivos típicos del estilo de vida de este hombre. Al principio tiembla, pero solo para vencer. Y esa palabrita, «pero», encierra el rico sentido de su compensación de los sentimientos de inferioridad.

* * *

Una muchacha de veintisiete años vino a consultarme tras cinco años de sufrimiento. Me dijo: «He visto a tantos médicos que usted es mi última esperanza en la vida». «No», respondí, «no la última esperanza. Quizá la penúltima. Puede haber otros que también la ayuden». Sus palabras eran un desafío: me estaba *retando* a no curarla, para que me sintiera obligado por el deber a hacerlo. Es el tipo de paciente que desea cargar la responsabilidad sobre los demás, evolución frecuente en los niños mimados. Puede suponerse con seguridad que en la infancia se las ingeniaba constantemente para tener a otra persona ocupada con ella, y podemos inferir que probablemente era su madre. Necesitamos más datos para verificar esta impresión, pero hay métodos para hacerlo incluso en la primera entrevista.

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Es importante, dicho sea de paso, esquivar un desafío como el que acabo de relatar. El paciente puede haber acumulado una gran tensión afectiva en torno a la idea de que el médico es su «última esperanza», pero no debemos aceptar semejante distinción. Hacerlo prepararía el camino para una grave decepción, o incluso para el suicidio.

Esta muchacha era la segunda hija; su hermana mayor era más guapa que ella, además de muy inteligente y apreciada, de modo que la vida de la paciente había sido como una carrera sin aliento para alcanzar a su rival. La hermana se casó felizmente. También la paciente se desarrolló bien, sobre todo intelectualmente, y superó a su hermana mayor en los estudios. Sin embargo, la hermana era mucho más encantadora y atractiva, y hacía amigos con mucha más facilidad. La vida de la hermana mayor había sido más llana y agradable, lo que le había dado más confianza en sí misma. La menor, por un sentimiento de inseguridad, sentía la necesidad de afirmarse frente a los demás, lo que alejaba su amistad. Sin duda ninguno de los conocidos de las dos muchachas reconocía la verdadera naturaleza y el origen de esta diferencia entre ellas; pero todos la sentían inconscientemente, y se sentían atraídos por la una y rechazados por la otra.

La paciente se había enamorado a los catorce años, y entonces se rieron de ella por eso; desde entonces se había negado a desempeñar el papel de mujer enamorada. Cuando su hermana se casó, ella se enamoró de un hombre casado. Una relación así no puede, en sí misma, juzgarse dogmáticamente. Nadie puede estar seguro de si un amor así saldrá bien o no. Pero no podemos pasar por alto que toda muchacha en semejante situación ve las grandes dificultades que entraña con tanta claridad como puedan verlas sus padres o cualquier otra persona. Y una muchacha que pasa por esa experiencia se dice: «Así es el amor». El hecho de escoger un amor tan problemático es <!-- p. 10 --> motivo *prima facie* para sospechar que no desea llevar el amor y el matrimonio hasta el final. En este caso vemos que la paciente adoptó ante este nuevo problema vital del amor la misma actitud vacilante y evasiva que había mostrado en el pasado. Había razones para ello. Era menos atractiva que su hermana, y se habían reído de ella en su primer amor. Una muchacha de naturaleza tan competitiva, volcada hacia la meta de superioridad, corre siempre el peligro de perder el valor y la confianza en sí misma con el matrimonio. Por lo general sentirá el matrimonio como una amenaza a su sentimiento de superioridad. El matrimonio feliz de la hermana de esta muchacha alimentaba estos temores, y también los alimentaban el matrimonio desgraciado de sus padres y la inferioridad de su madre.

La actitud vacilante de la muchacha ante el amor y el matrimonio salió a relucir en una conversación franca con ella. Dijo: «Estoy segura de que mi marido me abandonaría dos semanas después de la boda». Cuando le insinué el profundo sentimiento de inferioridad que era la causa de que eludiera el matrimonio, trató de retirar lo dicho; pero el mero hecho de que semejante idea pudiera aparecer, aunque fuera en broma, mostraba que su mente se había ocupado de ese problema concreto.

Incluso cuando el hombre del que estaba enamorada quería besarla, ella huía de sus caricias. De este modo establecía su distancia respecto de las exigencias del amor y del matrimonio, y lo sacrificaba todo a su meta neurótica de superioridad. «*Si* este hombre no estuviera casado, me casaría con él»: tal era su respuesta a este problema de la vida.

El «si» es por lo común el *leit-motif* del drama neurótico. El «si» es el último recurso en todo dilema neurótico, y la única vía segura de escape. Para la *voluntad de escapar* no hay más que una razón, y es el miedo a la derrota, que es la más difícil de admitir de todas las razones. En este punto, por tanto, encontramos con frecuencia alguna forma ficticia de angustia, que el paciente <!-- p. 11 --> se interpreta a sí mismo de diversas maneras, pero nunca con verdad; nunca, es decir, como el simple miedo a ser vencido. La agorafobia, la neurosis de angustia y todas las formas de fobia pueden originarse en este punto, pero, sea cual sea, cumple su propósito de cerrar el paso a toda actividad ulterior. Se consigue así lo que se deseaba: eludir la prueba sin revelar, ni siquiera a su dueño, el odiado sentimiento de inferioridad. Todos los demás síntomas neuróticos, como las ideas obsesivas, los ataques, la fatiga, el insomnio, los trastornos funcionales como el corazón neurótico, los dolores de cabeza, la migraña, etc., nacen de la grave tensión de este ocultamiento tan difícil.

Los órganos más perturbados por esta tensión son los que se han vuelto vulnerables por alguna debilidad heredada. De ahí que, cuando toda una familia es propensa a una determinada debilidad orgánica, encontremos que varios de sus miembros padecen enfermedades orgánicas, y otros síntomas neuróticos de ese mismo órgano. En tales casos no debemos pasar por alto el factor coadyuvante de la imitación. Comprobamos, sin embargo, a diferencia de otros psicólogos, que los únicos síntomas que se imitan son los que pueden alinearse con la meta neurótica de superioridad.

Esta paciente había ocupado un puesto en una oficina donde desempeñaba un papel destacado y era muy apreciada, pero, como todas las personas con un sentimiento de inferioridad excesivo, era insaciable de aprecio y aspiraba siempre a más. A los diecinueve años cambió de puesto y perdió la admiración de que antes había gozado. Si repasamos su caso, podemos anotar:

1. No tenía esperanza de competir con su hermana, ni en hacer amigos ni en hacer un buen matrimonio.

2. Temía afrontar los problemas del amor y del matrimonio.

3. Había perdido una posición favorable en su trabajo.

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En suma, todas las derrotas que había temido le habían sobrevenido: su intenso sentimiento de inferioridad se había visto justificado. No razonaba la situación de este modo, pero mostraba, con el estado de ánimo correspondiente, que así era como la sentía.

Podemos señalar de paso una típica concentración en un punto del problema vital, el miedo a la derrota, y una exageración de ese punto. Mientras se está ocupado en el lado útil de la vida, hay que contar siempre con posibilidades de derrota, que normalmente reducimos al mínimo considerando los reveses ocasionales como algo inherente a toda empresa humana. Pero en un caso como el que examinamos, la posibilidad de la derrota se ha convertido en el foco de la vida. El paciente le subordina toda su vida, del mismo modo que una persona con manía de limpieza hace girar su vida en torno a la idea de la suciedad, y el acto normal y útil de lavar se exagera hasta convertirse en una búsqueda incesante de suciedad, sea en su propia persona, sea en los muebles, en los suelos o en cualquier otra parte, hasta que deja de tener sentido o valor para la vida. Semejante foco equivocado de la atención es típico de la neurosis en general, y en el caso de esta muchacha su anterior propósito vital en el lado inútil —superar a su hermana— se estaba convirtiendo en el fin, aún más estrecho y más negativo, de escapar de cualquier clase de derrota.

Es en un punto crítico como este de la historia de una vida cuando se desarrollan los síntomas neuróticos. No hay cambio alguno en el estilo de vida, con su característica detención ante cada posibilidad de derrota; pero el individuo fija ahora esta actitud de parada exigiendo seguridades imposibles. Si no tiene medios de demostrar su superioridad en el lado útil, se convierte en un niño difícil o en un criminal, o puede suicidarse. Si tiene alguna actividad, aunque insuficiente, y más esperanza, se engaña creyendo que lo detiene un obstáculo fatal, como una enfermedad. Escoge ciertos <!-- p. 13 --> síntomas y los desarrolla hasta que le parecen obstáculos reales. Su estado de tensión le proporciona fácilmente las perturbaciones mentales o corporales iniciales, que son de diversa clase según el estilo de vida y las debilidades orgánicas innatas. Detrás de su barricada de síntomas, el paciente se siente escondido y seguro. A la pregunta: «¿Qué uso hace usted de su talento?», responde: «Esto me detiene; no puedo seguir adelante», y señala la barricada que él mismo ha levantado. No debemos descuidar nunca el uso que el propio paciente hace de sus síntomas. No solo los utiliza de este modo, sino que —como ocurre aún más en la psicosis— modifican también su percepción de toda cuestión vital de la vida.

Estar ya agotado por la lucha con las propias dificultades neuróticas no es solo una circunstancia atenuante: es también para el paciente un alivio interior de su afán de superioridad; realmente espera menos de sí mismo. Un estilo de vida tan autoprotector puede adoptar también la forma de sentirse abrumado por dificultades sociales.

La mejor manera de comprender a un paciente neurótico es dejar de lado todos sus síntomas neuróticos y estudiar su estilo de vida y su meta individual de superioridad. Solo dominando firmemente estas dos cosas podemos llegar a una comprensión plena de la neurosis misma, cuyo desarrollo gobiernan por completo. Es el miedo a una derrota, real o imaginaria, lo que provoca el estallido de los llamados síntomas neuróticos. La vida y la costumbre arrastran al hombre en aparente conformidad, pero en realidad un sentimiento de humillación total *lo ha separado de la vida, y trata de detenerse o de escapar*. Mi experiencia demuestra que las psicosis como la esquizofrenia, la manía, la melancolía y la paranoia aparecen cuando el paciente se siente en jaque mate absoluto, sin esperanza de seguir adelante, lo que significa que renuncia a todo intento de responder a las <!-- p. 14 --> tres cuestiones de la vida. El neurótico, en cambio, está dispuesto a considerar una o dos de estas cuestiones, pero se ha derrumbado ante algún revés nuevo y abrumador.

Los casos que he venido describiendo muestran una parada incompleta de este tipo. En el que estamos considerando, la muchacha parecía del todo sana hasta que sufrió el revés en su ocupación. Entonces, más profundamente intimidada por la dificultad de la vida, empezó a dar de lado sus problemas cada vez más, y se afanó por un nuevo tipo de superioridad en forma de ideas obsesivas.

Un día temió que se le hubiera abierto el bolso y que unas monedas cubiertas de cardenillo hubieran caído en la cesta de verduras que llevaba para otra mujer. ¡Temía haber envenenado a toda la familia de esa mujer! Otra idea obsesiva que tenía era que el polvo de la calle le había quedado en las manos y mancharía la Biblia de su madre si la tocaba, cosa que, naturalmente, no podía evitar hacer de vez en cuando. Así que, tras cada mancha imaginaria de la Biblia, compraba a escondidas otra y la sustituía, hasta que llegó a comprar una docena. Atribuía a los libros esta santidad exagerada para poder profanarlos, y malgastaba su dinero en ellos para que se la pudiera tener por irresponsable. Así se convertía también en una mártir, incomprendida, y en un alma degradada por la profanación de las cosas sagradas.

Si la única ambición de la muchacha en la vida hubiera sido llamar más la atención que su hermana, estaba en buen camino de conseguirlo. Pero este fin neurótico la estaba metiendo en tales derrotas prácticas que era claramente aconsejable que lo cambiara por otro. La meta de su afán era escapar del temido veredicto: «Mi hermana es superior a mí».

Examinada de cerca, esta huida de un veredicto se revela <!-- p. 15 --> también como una meta de superioridad. Como no quiere mezclarse con la gente, no puede ser derrotada socialmente. Mientras evite el amor y el matrimonio, no se la mide con el matrimonio feliz de su hermana. Pase lo que pase, puede decir: «Pero es que estoy totalmente ocupada con mis ideas obsesivas». Algo tiene que ocuparla. El tiempo, las circunstancias y la lógica que su neurosis no ha destruido exigen alguna ocupación, de modo que se atarea en el lado inútil con esta neurosis obsesiva. Su actividad está de hecho libre de competencia y es ficticiamente superior. Esta ilusión de superioridad se muestra en su afán de hacerse sentir, en las ideas obsesivas, responsable de la vida de los demás, o de su pureza. Este esfuerzo por mostrar una escrupulosidad superior es su ocupación, pues no se ha detenido. Si se hubiera detenido, estaría en un estado de estupor, como en la catatonia.

* * *

Antes de referirme a los sueños de esta paciente conviene hacer algunas observaciones generales. Una psicología que no pudiera comprender e interpretar los sueños excluiría una gran parte de la vida mental, y sería por tanto una psicología muy imperfecta. Por eso la concepción freudiana de los sueños es una contribución importante. Por desgracia, su autor pasó por alto los principios más esenciales de la formación de los sueños a causa de su errónea suposición del predominio del factor sexual. Esto le impidió ver que la actitud sexual en la vida está determinada por la meta de totalidad o de superioridad. Debemos interpretar siempre las tendencias sexuales anormales como expresiones del estilo de vida entero, buscando los movimientos más profundos que las subyacen.

La comprensión de los sueños debe su mayor progreso práctico <!-- p. 16 --> a una contribución de la psicología individual: el reconocimiento, a saber, de que todo sueño crea su *estado de ánimo*. Para hacer frente a una situación concreta, de acuerdo con la meta de superioridad, el sueño insinúa un estado de ánimo. Solo esto explica el hecho misterioso de que la gente no comprenda sus propios sueños. Soñar es un proceso por el que, en el sueño, uno se aparta de la realidad y del sentido común y se vuelve hacia la meta individual de superioridad. Relacionar nuestros problemas presentes con esta meta mediante la planificación y el pensamiento lógicos es muy difícil; pero mediante los sentimientos es fácil, y su «atajo» es el sueño.

Como he mostrado en otro lugar, el sueño es un ensayo general, una representación de prueba de un paso hacia la meta ficticia. Produce, de manera automática, una imagen ilusoria de cómo triunfar sin tener en cuenta la lógica de la situación.

Esta paciente soñó que se caía. Nadie puede negar que un sueño así connota sentimientos desagradables, como de derrota, y no podíamos sino suponer que estaba reduciendo su impulso de seguir adelante. Presumiblemente había una cuestión presente a la que quería responder de un modo desalentado. Esa cuestión presente resultó ser una invitación del hombre casado del caso a una *cita*. Ella respondió dándose a sí misma, por medio del sueño, el estado de ánimo desesperanzado que quería: el impulso a negarse y a escapar.

Por si el lector crítico no queda convencido, citaré otro sueño de la paciente de esa misma noche. Se aterrorizaba al notar unas manchas azules y rojas en la piel. ¿Era esta una buena preparación para un encuentro con un amante? Que las manchas significaban el resultado de una infección luética no solo era evidente para mí, sino que lo sugirió por su cuenta la propia paciente. Al hablar de ello expresó la opinión de que todos los hombres eran infieles y polígamos. <!-- p. 17 --> «Estoy segura», exclamó —y esto ya lo he citado—, «de que mi marido me abandonaría quince días después de la boda. ¿De qué sirve casarse, si espero constantemente que mi marido me engañe y además me contagie?». Esto remacha la prueba de su motivo de escapar. Añadió: «Quedaría por debajo de mi hermana, cuyo marido es fiel». Así pues, su meta ha cambiado. Ya no desea superar directamente a su hermana, sino que atrinchera ese camino y busca otra superioridad, en el lado inútil. Iba a evitar toda derrota y a ser más noble que nadie.

La meta de todo el mundo es una meta de superioridad, pero en el caso de quienes pierden el valor y la confianza en sí mismos se desvía del lado útil al lado inútil de la vida. Esta huida a una vida de irrealidades se produce de manera automática: el miedo a la derrota dispone por sí mismo las emociones, y a través de ellas las acciones, hasta alcanzar una situación que lo apacigua. Esta huida se siente siempre como un alivio, pero no se comprende como tal. Si se comprendiera, el paciente la disfrutaría, lo que echaría a perder todo el arreglo al quitar la justificación de su vacilación y de su huida. Tiene que pagar el precio con sufrimiento para ser excusable. Y los síntomas neuróticos, al estar construidos sobre el modelo de una enfermedad, se parecen de verdad a una enfermedad, y salvaguardan eficazmente el sentimiento de superioridad del paciente, pues le permiten pensar: «Podría ser el primero si mi sufrimiento no lo aplazara». De un estilo de vida así queda excluida *a priori* la felicidad, con total independencia de cualquier adaptación a las circunstancias.

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## Capítulo II

*La esquizofrenia y su preparación.—Los tres problemas de la vida.—La función de la madre.—La psicosis.—La melancolía.—Sentimientos de culpa.—Tratamiento indirecto de la melancolía.—La locura maníaco-depresiva.*

Todo desarrollo en la vida de un individuo está condicionado por su fin vital, mediante el cual las fases sucesivas de su vida se enlazan orgánicamente. Cuando una madre cuyo hijo se ha vuelto de repente esquizofrénico a los dieciocho años dice que había sido perfectamente normal hasta esa edad, no podemos darle la razón. Y, al indagar en la vida pasada del muchacho, encontramos que era de carácter dominante y no jugaba con sus compañeros de escuela. Una infancia así es una mala preparación para afrontar los problemas reales de la vida. En este caso fue una preparación para la esquizofrenia, que no fue una evolución repentina, sino el resultado de una actitud vital, y que solo se manifestó cuando tuvo que afrontar una situación realmente difícil. A los dieciocho años se encontró ante las tres cuestiones de la sociedad, la ocupación y el amor, y se sintió incapaz de responderlas. La falta de preparación de un paciente para la vida no siempre se manifiesta en circunstancias favorables, ni cuando está protegido de las exigencias reales de la vida, que son siempre de naturaleza social y exigen sentimiento de comunidad. La infancia es normalmente un período resguardado de la vida, pero puede transcurrir de tal modo que el sentimiento de comunidad quede sin desarrollar, como ocurrió en el caso que examinamos y también en el caso descrito antes, en que una muchacha, en <!-- p. 19 --> competencia con una hermana mayor, sentía su prestigio amenazado todo el tiempo y estaba por ello preocupada de sí misma. Semejante concepción de su situación entorpece el desarrollo del sentimiento de comunidad en el niño.

Las circunstancias de los primeros años, como las del cuarto de los niños, el jardín de infancia, la escuela y la compañía de otros, son el primer adiestramiento y la primera prueba de la conducta social. Cuando se desarrolla una neurosis, encontramos siempre que las dificultades del individuo se prefiguraban en esas relaciones de la infancia. No le gustaba hacer cosas con los demás, o las hacía con alguna diferencia extraña o llamativa respecto de los demás. Y el neurótico recuerda generalmente sus peculiaridades y sus dificultades de adaptación en los primeros años como justificación para mantener su distancia respecto del entorno social presente. Cuando la necesidad o sus propias exigencias lo empujan a acercarse más a una norma de conducta aceptada, el neurótico puede tratar en apariencia de adaptarse, pero en realidad no hace nada semejante: responde a las nuevas exigencias con reacciones automáticas y actitudes adiestradas desde hace mucho, al amparo de las cuales escapa de todo contacto real. Puede mezclarse superficialmente con los demás, en la conversación y en las formas habituales de cooperación, pero lo hace según sus propios mecanismos establecidos, y detrás de esa pantalla su psique se retira a su propia fortaleza secreta. En esta conducta de los neuróticos, los psicóticos y los niños difíciles debemos reconocer una cierta fatalidad, un resultado necesario de su pasado. Las actitudes artificiales que han elaborado son la consecuencia lógica de una preparación defectuosa, y poco bien podemos hacer tratando de corregir esas consecuencias. Tenemos que hacer un cambio en el motivo más profundo, en el estilo de vida subyacente, y entonces el paciente verá todas sus tareas vitales con una nueva perspectiva.

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Los tres problemas de la vida que ya he descrito tienen que ser resueltos de un modo u otro por todo ser humano, pues la relación del individuo con el mundo es una relación triple. Nadie puede eludir una respuesta definida a la cuestión de la sociedad, o de la ocupación, o del sexo. Y quien es capaz de hacer amistad con la sociedad, de dedicarse a una ocupación útil con fe y valor y de ajustar su vida sexual conforme a un buen sentimiento de comunidad, es inmune al contagio neurótico. Pero cuando un individuo no logra ponerse en regla con una o más de estas tres exigencias inexorables de la vida, ¡cuidado con los sentimientos de humillación, cuidado con la neurosis consiguiente! La esquizofrenia es el resultado de un fracaso en las tres direcciones a la vez.

El muchacho cuyo caso consideramos no estaba preparado para enfrentarse con estos problemas ineludibles. Desde nuestro punto de vista, es evidente que necesitaba una reeducación en esta fase tardía de su desarrollo, proceso que exige un método especial. Conviene que el médico práctico se dé cuenta desde el principio de que nada puede hacerse por la fuerza. Hay que dirigirse al paciente de manera amistosa, llevarlo con halagos a un estado de ánimo receptivo. En efecto, la tarea del médico o del psicólogo es dar al paciente la experiencia del contacto con un semejante, y luego hacerle capaz de transferir a los demás este sentimiento de comunidad despertado.

* * *

Este método, que consiste en ganarse la buena voluntad del paciente y transferirla luego a su entorno, es estrictamente análogo a la función materna. El deber social de la maternidad es interpretar la sociedad para el individuo, y si la madre falla en ello, es probable que ese deber recaiga mucho más tarde en el médico, que está muy en desventaja para la tarea. La <!-- p. 21 --> madre tiene la enorme ventaja de la relación física y psíquica; ella es la mayor experiencia de amor y de compañerismo que el niño tendrá jamás. Su deber es relacionar mentalmente consigo al niño que crece, como antes estuvo relacionado con ella físicamente, nutriendo la conciencia creciente del niño con concepciones verdaderas y normales de la sociedad, del trabajo y del amor. De este modo transforma poco a poco el amor del niño por ella y su dependencia de ella en una actitud benévola, confiada y responsable hacia la sociedad y todo el entorno. Tal es la doble función de la maternidad: dar al niño la experiencia más completa posible de la fraternidad humana, y luego ampliarla hasta hacer de ella una actitud vital hacia los demás.

* * *

Es siempre después de una lucha prolongada por mantenerse en su terreno cuando puede sobrevenir lo que llamamos psicosis. El individuo se derrumba entonces ante las tres cuestiones de la vida, y cada paso que da lo da desafiando la lógica.

En este contexto, lo que entendemos por lógico es lo que resulta inteligible como intento de *resolver* un problema real de la vida. Puede darse un ejemplo de evolución psicótica en la vida de una mujer de edad, excluida de la ocupación y del amor. Se siente ofendida porque la sociedad, sus hijos y sus yernos no se interesan bastante por ella. Si no ha desarrollado suficiente sentimiento de comunidad para interesarse vivamente por la vida de los demás, su caso es en verdad difícil, pues la meta de superioridad la sigue atrayendo tanto como a cualquiera, y la mantiene esforzándose sin ningún objetivo definido. Pero descubre que le es posible impresionar a los demás explotando su debilidad. Puede volver a ser un foco de atención, y una vez más una actriz en el escenario de la vida, <!-- p. 22 --> asumiendo el papel de una persona enteramente desesperada. Se adelantará a la destrucción de su personalidad identificándose con una persona perdida y, antes que permitir que los demás la hagan desgraciada con su abandono, se sumirá en una tristeza excesiva, procedimiento que le da además un pequeño y lúgubre poder sobre los sentimientos de los demás. Encontramos que el orgullo y la ambición de los neuróticos les prohíben confesar que se sienten abandonados, de modo que no pueden acusar directamente a los demás. La ira y la rabia que cabría esperar en esta fase de la vida quedan, por tanto, generalmente reprimidas y ocultas, aunque pueden estallar de vez en cuando, y racionalizan su actitud desesperada volviendo toda su acusación contra sí mismos. En los casos de melancolía, muchas personas llegan a matarse, en un exceso de autocondena, a veces exculpando ostentosamente a los demás.

* * *

Una mujer muy inteligente, de cuarenta y seis años, había padecido melancolía durante tres años, ocho años antes de acudir a mí. Se había casado a los dieciséis años y, como no tuvo hijos en los primeros diez años de su matrimonio, adoptó a un niño, pero no le dijo que ella no era su verdadera madre. Esta situación suele acarrear más tarde la desdicha del niño. Después la mujer tuvo dos hijas propias. Tras casarse había trabajado en la oficina de su marido, de modo que lo sabía todo de sus negocios, y cuando, al cabo de algunos años, él tomó un socio, a ella dejó de gustarle estar en la oficina por haber disminuido su importancia. Riñó continuamente con el socio hasta que su padre cayó enfermo; entonces se retiró del negocio para cuidarlo, y en cuanto la salud del padre <!-- p. 23 --> se restableció, ella cayó en la melancolía. Sospechaba que su marido le ocultaba sus asuntos de negocios, y lloraba si él no le contaba inmediatamente todo lo que quería saber. Quería dominar a su marido, y el llanto era un medio con el que trataba de someterlo. El llanto es por lo común una acusación contra otra persona. El negocio del marido iba bien económicamente, y no era necesario que ella conociera todos los detalles de su marcha, pero se sentía excluida e inferior si no lo sabía todo.

Era una mujer fuerte que se había casado con un hombre débil para dominarlo, y, desde luego, la elección de un compañero igual suele indicar un grado mayor de valor. El matrimonio es una tarea constructiva para dos personas decididas a vivir juntas para aliviarse y enriquecerse mutuamente la vida; y cuando alguien elige una pareja más débil —de condición social más baja, o con vicios como el alcoholismo, la morfinomanía o la pereza— con la esperanza de «salvarla», delata el deseo oculto de superioridad.

Esta mujer mostraba los signos principales de una verdadera melancolía. Perdía peso continuamente, no podía dormir y estaba siempre más deprimida por la mañana que por la tarde. Temía que toda la familia acabara en la pobreza y el hambre. Al tratar el caso, mi primer objetivo fue reconciliarla con su marido. Traté de mostrarle que su marido se estaba haciendo mayor, que no debía enfadarse con él, sino manejarlo con más diplomacia. Le expliqué que había métodos mejores que el llanto para tenerlo sometido; que el más débil opone siempre algún tipo de resistencia, pues nadie puede soportar una dominación constante, y que las personas deben tratarse como iguales si han de vivir juntas en armonía.

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En el tratamiento de los neuróticos uso siempre el método más sencillo y directo posible, pero de nada serviría decir a la paciente, en este caso: «Es usted una mujer dominante, y ahora trata de mandar por medio de la enfermedad», porque se ofendería. Primero tengo que ganármela y ponerme de su parte en la medida de lo posible. Todo neurótico tiene en parte razón. Si esta mujer no se sintiera despojada de valor por su edad avanzada —una privación real de las mujeres en nuestra cultura actual—, no se aferraría a su prestigio de maneras tan impropias. Pero solo muy poco a poco puedo llevarla a afrontar la verdad sobre lo que está haciendo.

* * *

Al mismo tiempo, esta paciente desarrolló un complejo de culpa, cosa que ocurre a menudo en semejante situación. Recordó que había engañado a su marido con otro hombre unos veinticinco años antes, y durante todo ese tiempo este suceso no había vuelto a desempeñar papel alguno en su vida; pero de pronto se lo contó a su marido y se acusó. Este llamado complejo de culpa, que entenderíamos completamente mal con la interpretación freudiana, era con toda claridad un ataque contra el marido, que ya no era obediente. Podía herirlo con la confesión y la autoacusación. ¿Quién es tan ingenuo como para pensar que se trata de la majestad de la verdad que se reivindica al cabo de un cuarto de siglo? La verdad es a menudo un arma terrible de agresión. Es posible mentir, e incluso asesinar, con la verdad.

Nietzsche, con una visión penetrantísima y desde el mismo punto de vista que adoptamos en la psicología individual, describió el sentimiento de culpa como pura maldad. Y en la mayoría de los casos neuróticos lo cierto es que el complejo de culpa se utiliza como medio para fijar a quien lo forma en el lado inútil de la vida. <!-- p. 25 --> Esto se ve a menudo en el caso del niño que dice una mentira y se crea un complejo por ello, arreglo con el que puede desempeñar un papel de distinguida inutilidad. A todo el mundo le llamará la atención su honradez, si tanto le preocupa haber dicho una mentirijilla.

Volviendo al método indirecto de tratamiento: lo recomiendo especialmente en la melancolía. Tras establecer una relación de simpatía, doy sugerencias para un cambio de conducta en dos etapas. En la primera, mi sugerencia es: «Haga solo lo que le resulte agradable». El paciente suele responder: «Nada me resulta agradable». «Entonces, por lo menos», respondo, «no se esfuerce en hacer lo que le resulte desagradable». El paciente, a quien normalmente se ha exhortado a hacer diversas cosas ingratas para remediar su estado, encuentra en mi consejo una novedad bastante halagadora, y puede mejorar en su conducta. Más tarde insinúo la segunda regla de conducta, diciendo que «es mucho más difícil y no sé si podrá usted seguirla». Dicho esto, me callo y miro al paciente con aire de duda. De este modo excito su curiosidad y me aseguro su atención, y luego prosigo: «Si pudiera seguir esta segunda regla, se curaría en catorce días. Consiste en pensar de vez en cuando cómo podría dar una alegría a otra persona. Muy pronto le permitiría dormir y ahuyentaría todos sus pensamientos tristes. Se sentiría útil y valioso».

Recibo diversas respuestas a mi sugerencia, pero todos los pacientes piensan que es demasiado difícil ponerla en práctica. Si la respuesta es: «¿Cómo puedo dar alegría a los demás si yo no tengo ninguna?», alivio la perspectiva diciendo: «Entonces necesitará cuatro semanas». A la respuesta más transparente, «¿Y quién me da alegría a *mí*?», le opongo la que probablemente es la jugada más fuerte de la partida, diciendo: «Quizá <!-- p. 26 --> sería mejor que se entrenara usted un poco de este modo: no *haga* realmente nada para dar alegría a nadie, sino limítese a pensar cómo *podría* hacerlo».

De los melancólicos que responden: «¡Oh, eso es muy fácil; es lo que siempre he hecho!», hay que sospechar que dispensan favores para llevar ventaja sobre los demás. A ellos les digo: «¿Cree usted que a las personas a las que favoreció les agradó realmente?». A veces cedo, admitiendo que de momento es demasiado difícil porque el paciente necesita práctica y entrenamiento, y con esa transacción hago aprobar una medida más suave en estos términos: «Recuerde todas las ideas que tenga por la noche, y deme *a mí* la alegría de contármelas al día siguiente».

Al día siguiente es muy probable que un paciente así responda: «He dormido toda la noche», cuando se le preguntan sus reflexiones nocturnas, ¡aunque antes no hubiera dormido en muchos días! Pero guárdese el médico de cantar victoria demasiado pronto. Debe seguir reuniendo con diligencia todos los datos útiles y reconstruir el estilo de vida del paciente.

En el tratamiento de estos casos nunca he tenido un suicidio, desgracia que ocurre con tanta frecuencia, y creo que se debe a que este tratamiento indirecto reduce la tensión aguda. Pero hay que hacer comprender a todos los que rodean al paciente que no pueden reñirle, forzarle ni criticarle, sino que deben ayudarle a pasar a una situación más favorable. La melancolía es una enfermedad en la que la gente del entorno sufre más que el paciente, y hay momentos en que los parientes ya no pueden soportar la tensión. Mi consejo es: «Cinco minutos antes de sentir que ya no pueden dominar al paciente, pónganlo al cuidado de uno o dos enfermeros». Esta es la fase en que amenaza el suicidio.

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La manía, al igual que la melancolía y las neurosis más graves, es una barricada que levanta el paciente para cerrarse a sí mismo el acceso a los asuntos reales de la vida, y a veces es el preludio del establecimiento de una psicosis en forma de locura maníaco-depresiva. La primera fase temible del trastorno mental se da invariablemente, como hemos visto, cuando algún problema urgente exige solución y el paciente ha perdido el valor. En la manía hay un esfuerzo por vencer esta cobardía del alma, y el paciente se lanza hacia delante, exagera sus actos, y habla y ríe con una excitación innecesaria. Está exaltado e irritable, tiene grandes proyectos, se muestra muy superior y jactancioso de su poder, y manifiesta fuertes inclinaciones sexuales. Estos pacientes necesitan vigilancia, o pueden causar daños, pero esta fase de su enfermedad es una llamarada repentina que pronto consume su combustible. La secuela natural y habitual es una fase de melancolía en la que no debe ponerse al paciente trabas de ningún tipo, pues ya se cierra él mismo con harta seguridad a toda expresión. Tales alternancias en la locura maníaco-depresiva las presentan individuos que, en su vida anterior, mostraron ligeras fases de conducta del mismo patrón. Empiezan con una excitación que pronto decae en una depresión. Esta tendencia se muestra incluso en su letra, en la que la primera letra de una palabra se escribe muy grande, mientras que las demás disminuyen de tamaño y caen por debajo de la línea. Comienzos brillantes y súbitos anticlímax se repiten a intervalos a lo largo de su historia vital.

La locura maníaco-depresiva, como una ciclotimia que comienza tarde en la vida, puede presentar un cuadro tan parecido al de la parálisis general que lleve a confusión en el diagnóstico. En tal caso, los síntomas clínicos deben completarse con un examen del líquido cefalorraquídeo. Esto es importante, pues hay muchos <!-- p. 28 --> casos de un solo ataque de parálisis, mientras que la ciclotimia es, desde luego, recurrente. Tuve una vez un paciente de esta clase cuya manía cesó muy rápidamente. Estaba yo visitándolo en el manicomio cuando me rogó que lo llevara a casa, pues los enfermeros lo habían tratado con brusquedad unos días antes. Había empezado a recuperarse y su estado mejoraba de hora en hora, así que lo llevé a casa. Cuando nos sentamos a la mesa, observó con satisfacción: «Ya ve usted, siempre ha sido así en mi vida. Siempre he conseguido lo que quería». Mientras yo pensaba solo en los duros golpes que había sufrido, él no pensaba más que en haber salido del manicomio. Esa es la diferencia entre la objetividad del sentido común y esa especie de «inteligencia privada» que es la base de la manía.

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## Capítulo III

*El punto de vista psicológico.—El carácter.—El sentimiento de comunidad y la madre.—La inferioridad.—Niños con defectos orgánicos.—Niños mimados y niños odiados.—Tipos insociables.—La culpa como forma de superioridad.—El arte del psicoterapeuta.—La protesta masculina.*

La psicología individual no ve en lo consciente y lo inconsciente entidades separadas y en conflicto, sino partes complementarias y cooperantes de una sola y misma realidad. Esa realidad no es de naturaleza fisiológica ni biológica, y escapa a toda prueba química o técnica. El hecho de que la angustia, por ejemplo, afecte a los nervios simpáticos y parasimpáticos no revela la causa de una angustia. El origen de la angustia está en el dominio psíquico y no en el somático: no la atribuimos ni a la represión de la sexualidad ni a las condiciones de la infancia, aunque hemos concedido a estos factores toda la importancia debida. Lo que nos parece más importante es un hecho como este, por ejemplo: que un niño se sirva de la angustia para alcanzar su meta de superioridad, el *dominio* sobre la madre. La descripción fisiológica y neurológica más exacta de la ira nos parece de un valor práctico casi desdeñable comparada con la experiencia real de cómo se usa la ira para dominar a una persona o una situación. En este sentido pretendemos haber adoptado el único punto de vista que es correcta y puramente psicológico; y creemos que atribuir los sentimientos, las emociones y los pensamientos a estados corporales y a instintos heredados —que es la base de casi todas las demás psicologías— <!-- p. 30 -->conduce siempre a exageraciones y errores. Lejos de nosotros discutir que toda función mental y corporal está necesariamente condicionada por el material heredado; pero lo que vemos en toda actividad psíquica es el *uso que se hace* de ese material para alcanzar una meta determinada. En todos los casos que he descrito hasta aquí, los sentimientos y las emociones se desarrollaban en la dirección y en el grado que exigía el logro de una meta particular, que en estos casos era de carácter neurótico. La angustia, la tristeza y cualquier otra manifestación siguieron la línea que habríamos podido predecir a partir del estilo de vida; y hemos visto cómo también los sueños contribuían a acomodar los sentimientos al afán general, y cómo su acción nos permitía asomarnos de manera notable al taller del alma.

Si la tristeza es necesaria para alcanzar su meta, el individuo es naturalmente incapaz de felicidad, pues solo puede ser feliz cuando se siente desdichado. Pero observamos que los sentimientos aparecen y desaparecen según se necesitan. Una persona que sufre de agorafobia pierde la sensación de angustia cuando está en casa, o cuando consigue someter a otra persona. La tendencia del neurótico es excluir de su experiencia toda la esfera de la vida *excepto* aquellas partes en las que tiene la sensación de ser un conquistador. Fabricando en sí mismo ciertos estados de ánimo o ciertas emociones, descubre que puede rechazar y dejar fuera el resto indeseable e inconquistable de su mundo. Llega incluso a esconder inútilmente la cabeza en los propios estados de ánimo, como un avestruz.

Por debajo de todas las fluctuaciones del ánimo, sin embargo, y gobernándolas, se halla el verdadero carácter, que es relativamente inmutable. Un cobarde, por ejemplo, aunque muestre arrogancia frente a alguien más débil o valor en una posición resguardada, sigue siendo un cobarde; y su ausencia de <!-- p. 31 -->angustia cuando está rodeado de perros guardianes, armas y policías no nos engaña. Su carácter se revela en la protección excesiva que exige. El hombre orgulloso puede incluso ser muy amable y condescendiente, pero observamos que se rodea de inferiores. Para estimar el verdadero carácter de un individuo debemos conceder siempre toda su importancia al entorno que ha elegido o se ha permitido.

* * *

Lo que en psicología individual llamamos sentimiento de comunidad es la compensación verdadera e inevitable de todas las debilidades naturales de los seres humanos individuales. El ser humano, aun considerado biológicamente, es a todas luces un ser social, que necesita antes de su madurez un período de dependencia de los demás mucho más largo que cualquier animal; y también la madre humana es más dependiente antes del parto, durante él y después. El alto grado de cooperación y de cultura social que el hombre necesita para su misma existencia exige un esfuerzo social espontáneo, y el propósito dominante de la educación es suscitarlo. El sentimiento de comunidad no es innato; pero es una potencialidad innata que hay que desarrollar conscientemente. No podemos fiarnos de ningún supuesto «instinto» social, porque su expresión depende de la concepción o visión que el niño tenga del entorno. En el crecimiento de esta visión de la sociedad el factor más vital es la madre, como hemos visto, pues *es en su madre donde todo niño establece su primer contacto con un semejante digno de confianza*. En los cuatro o cinco primeros años de vida el niño construye su propio prototipo, ajustando sus capacidades heredadas a sus primeras impresiones, y echa los cimientos irrevocables de su estilo de vida. Esto es lo que se desarrolla más tarde hasta convertirse en el estilo de vida más <!-- p. 32 -->formulado, y condiciona las respuestas a las tres cuestiones de la vida. En el primer período, el más temprano, lo esencial es la salud psíquica de la madre; en el segundo, su mentalidad y la amplitud de sus miras son muy importantes.

La madre produce el primer cambio importante y específicamente humano en el comportamiento del niño. Bajo su influencia el niño empieza a inhibir sus deseos y sus impulsos orgánicos, e introduce demoras y rodeos en su afán por conseguir lo que quiere. La meta de todo afán, que es superar las dificultades de la vida y alcanzar la superioridad, es también el estímulo de la infancia, que comienza con una sensación de impotencia práctica casi total. La madre atenta y benévola es, para el niño, la guardiana de su meta, e incluso en gran medida la meta misma en forma concreta. Pero tal meta no es posible de manera permanente; y el arte de ser madre consiste en dar al niño libertad y ocasión de triunfar por sus propios esfuerzos, de modo que pueda establecer su estilo de vida y buscar su superioridad por caminos cada vez más útiles. Después, poco a poco, debe interesar al niño por otras personas y por el entorno más amplio de la vida. En la medida en que pueda cumplir estas dos funciones —conceder independencia e infundir una verdadera comprensión inicial de la situación que rodea al niño en el hogar y en el mundo—, verá cómo el niño desarrolla sentimiento de comunidad, independencia y valor. Y en esa misma medida encontrará el niño su propia meta en ser un semejante y un amigo, un buen trabajador y un verdadero compañero en el amor. Con semejante iniciación en la vida, la inextirpable voluntad de superioridad se une al sentimiento de comunidad y desemboca en una actividad valerosa y optimista en el lado útil de la vida. Todos los sentimientos de un individuo, a lo largo de toda su vida, se modifican según la cantidad de sentimiento <!-- p. 33 -->de comunidad que intervenga en su afán individual de prestigio.

Toda clase de acción en el lado inútil de la vida, como el comportamiento de los niños difíciles, los neuróticos, los delincuentes, los pervertidos sexuales, las prostitutas y los suicidas, puede atribuirse con mayor o menor precisión a la falta de sentimiento de comunidad, con la consiguiente pérdida de confianza. Pues debemos darnos cuenta de que toda adaptación que hemos de hacer en la vida, desde el jardín de infancia hasta la dirección de un negocio, desde los compañeros de escuela hasta el matrimonio, es, directa o indirectamente, una acción social. Desde los tiempos más tempranos afrontamos los pensamientos y los acontecimientos nuevos de una manera que es predominantemente social o antisocial; no puede ser neutral. Supongamos, por ejemplo, que un niño está aterrado por la enfermedad y la muerte en su entorno. Puede calmar sus temores con la resolución de ser médico y luchar contra la muerte. Es evidentemente una idea más social que la de ser sepulturero, el que entierra a los *demás*, reacción que también he encontrado en un niño en esa situación. Cuando el sentimiento de comunidad ha sido infundido desde el principio en los afanes ascendentes del psiquismo, actúa con seguridad automática, tiñendo todo pensamiento y toda acción; y allí donde este sentimiento de comunidad automatizado es deficiente, el interés del individuo está demasiado centrado en sí mismo, y este se siente impotente o un don nadie. Con este sentimiento están relacionados más o menos directamente todos sus demás sentimientos: no existen *sui generis*, ni gobiernan la acción, aunque a menudo se los use para hacerlo; y, desde luego, influyen de vez en cuando en nuestras decisiones secundarias.

* * *

La sensación de impotencia, o el «sentimiento de inferioridad», es el concepto raíz de la psicología individual. Sea cual sea <!-- p. 34 -->la forma que adopte, solo puede estimarse correctamente mediante un estudio adecuado de las *acciones* del individuo. Su diagnóstico exacto es quizá más difícil en los primeros años, en los que vemos muchos esfuerzos por burlar los instintos y por ocultar el sentimiento mismo a quien lo posee; pero la mayoría de estas expresiones tempranas están relacionadas con la fortaleza o la debilidad de los órganos y con la cordialidad o la hostilidad del entorno. Sin embargo, ni el organismo heredado ni el entorno son enteramente responsables de la sensación de impotencia, ni la causan ambos juntos. El grado en que se siente se debe a ambos factores *más* la reacción del niño. Como relación consciente entre su organismo y su entorno, el psiquismo del niño parece tener un poder *causal* indefinido; de modo que, normal o anormal, nunca reacciona con nada parecido a una exactitud matemática. La vida, a diferencia de la materia muerta, reacciona siempre así, de una manera más o menos inexacta, y espontánea.

Por comodidad, no obstante, podemos clasificar ciertas variaciones típicas de la sensación de impotencia según sus causas típicas. Hay así tres tipos de niños neuróticos: los que tienen órganos defectuosos, los mimados y los odiados. Los defectos físicos, congénitos o adquiridos, causan invariablemente sentimientos de inferioridad, y por lo general podemos rastrear un esfuerzo especial por compensar el defecto específico. Por ejemplo, muchos zurdos naturales a los que se ha enseñado a usar solo la mano derecha ocultan su sensación de torpeza manual dedicándose a las artes. Una destreza y una finura extremas en el manejo, como las de un instrumentista o un pintor, se convierten en un factor integrante de su meta de la vida. Hay también muchos pintores y poetas cuya elección de vocación estuvo influida por una mala vista. Milton y Homero son ejemplos <!-- p. 35 -->notables de esta última compensación. En la sordera de Beethoven y en la tartamudez de Demóstenes vemos también los puntos en que se concentraron sus afanes.

A muchas personas les ha molestado la atención que mis colegas y yo hemos llamado sobre este factor compensatorio en la obra de los artistas geniales o de gran talento, e intentan negar lo que nuestra experiencia confirma constantemente. Pero su objeción se debe a una mala comprensión de los hallazgos de la psicología individual. No somos tan necios como para suponer que la imperfección orgánica es la causa eficiente del genio. Muchos freudianos han supuesto, en efecto, que las obras más sublimes del genio humano fueron causadas directamente por represiones sexuales, pero nosotros no hacemos semejante generalización excéntrica. A nuestro juicio, un hombre de genio es ante todo un hombre de suprema utilidad. Si es artista, es útil a la cultura, y con su obra da distinción y valor a la vida recreativa de muchos miles de personas. Y este valor, cuando es auténtico y no mero brillo vacío, depende de un alto grado de valor y de intuición comunitaria. El *origen* del genio no está ni en el organismo heredado ni en las influencias del entorno, sino en esa tercera esfera de reacción individual a la que ya me he referido, que incluye la posibilidad de una acción socialmente afirmativa. En la elección de su *expresión* especializada, sin embargo, el más alto talento está condicionado por el organismo del que está dotado, y del mayor *defecto* de este obtiene su modo particular de concentración.

El conocimiento de este principio, que solo puede adquirirse debidamente con mucha observación, presta los mayores servicios en el tratamiento de los niños con defectos orgánicos, pues nos permite protegerlos de muchos peligros de sobrecompensación.

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El niño mimado, que está en una posición en la que recibe demasiado de los demás, nunca se demuestra a sí mismo sus propias fuerzas. Su meta, formada de acuerdo con su experiencia, es ser el centro de la familia, el foco de la atención y de los cuidados. Los síntomas habituales son: ira, descontento, desorden, angustia, enuresis, lucha por evitar el aislamiento y resistencia a ir a la escuela. El tratamiento se sugiere por sí mismo; pero a menudo hemos de tener en cuenta un sentimiento de inseguridad de una intensidad muy poco común.

El niño odiado está en la posición peor de no haber sido mimado nunca por nadie. Su meta es escapar y ponerse a una distancia segura de los demás. La crueldad, la astucia y la cobardía son algunos de los síntomas. Un niño así es a menudo incapaz de mirarle a uno directamente a los ojos, no puede hablar, y oculta sus sentimientos por miedo a la humillación. Su constante tendencia a encontrar faltas puede desarrollarse en algunos casos en el sentido de una crítica útil.

Ninguna alma se desarrolla en libertad. Cada una está en dependencia mental, emocional y nutritiva de su entorno inmediato en la tierra y en el cosmos, y sin embargo es independiente hasta el punto de tener que asumir estas relaciones conscientemente: tiene que responder a ellas como a las cuestiones de la vida. Todo lo que hace es una respuesta; sin duda la mejor que puede dar. No estamos dotados de omnisciencia, y nuestra mayor esperanza razonable es no responder con un gran error; de modo que más vale que sometamos a prueba todas las opiniones, incluida la de la psicología individual, y las examinemos con cuidado. Nuestra mejor ciencia debe aplicarse con sentido común.

También los niños odiados toman la vida tal como la encuentran, le responden con las mejores reacciones que saben idear y poco a poco *fijan* estas reacciones en un patrón mecánico de vida. Los tres <!-- p. 37 -->problemas de la vida, en cualesquiera formas sucesivas que se presenten, serán afrontados en adelante con ese *patrón* fijo de comportamiento, por mucho que la experiencia lo elabore. La tensión desacostumbrada de su vida hace que estos niños postulen una meta de seguridad y de superioridad más alta que la del niño medio. Todas sus impresiones, percepciones y actitudes están condicionadas por la perspectiva de su situación prejuiciada; de modo que lo que aprenden de la vida rara vez es un aspecto nuevo, sino solo cómo rellenar el viejo con más detalle.

En estos tres tipos de niños encontramos las tres acentuaciones típicas del sentimiento de inferioridad. Todas ellas debilitan el contacto social y tienden a aislar al individuo en una esfera de intereses cada vez más estrecha. Los tipos insociables adoptan a veces apariencias muy engañosas. Una vez fui a ver a una anciana conocida mía, famosa por sus obras de beneficencia, y la encontré llorando mientras un anciano, también en lágrimas, estaba de pie ante ella. «¿Qué ocurre?», pregunté. «Mire a este pobre anciano», sollozó ella. «Tiene cinco hijos que se mueren de hambre, y lo van a echar de su casa si no paga los diez chelines que debe, ¡y yo solo tengo cinco para darle!» «No llore», respondí. «Permítame añadir a su generoso donativo un pequeño donativo de cinco chelines.» Me dio las gracias efusivamente, diciendo que siempre había sabido que yo era un buen hombre. Ahora bien, yo sabía que esta anciana no solo era muy rica, sino que no tenía verdadero sentimiento de comunidad; solo trataba con sus propios parientes, e incluso con ellos con un espíritu muy dominante. Su acción caritativa no contradecía su carácter: la compasión y la tristeza por aquel pobre hombre le daban la clase de sentimiento de superioridad para el que vivía. De nada sirve juzgar una manifestación aislada de sentimiento separada de todo el estilo de vida. <!-- p. 38 -->Para una comprensión psicológica debemos percibir la meta hacia la que tienden todos los sentimientos.

* * *

Ya he llamado la atención sobre el uso de los *sentimientos de culpa* para construir una superioridad neurótica e imaginaria. Uno de los ejemplos más claros de mi experiencia fue el caso de un muchacho, el segundo hijo de la familia, cuyo padre y cuyo hermano mayor se distinguían ambos por la honradez de su carácter. Como es habitual en los segundos hijos, el afán de este muchacho se concentraba en gran parte en el esfuerzo por superar al hermano mayor. A los siete años mintió a su maestro, haciéndole creer que un trabajo en el que le había ayudado su hermano era enteramente suyo. Esto le produjo un sentimiento de culpa que ocultó durante tres años, al cabo de los cuales fue a ver al maestro y le confesó que había mentido. El maestro se negó a tomar el asunto en serio y se limitó a reírse, de modo que el muchacho fue a desahogarse con su padre, con gran emoción y tristeza. Al padre le complació lo que tomó por un profundo amor a la verdad, y consoló y elogió a su hijo. Pero la depresión del muchacho no desapareció con esta absolución paterna. Siguió pensando, con una obsesión neurótica, que era un mentiroso. La elevada atmósfera moral del hogar y la sensación de ser inferior a su hermano, tanto en el trabajo escolar como en popularidad, se habían combinado para ponerle a buscar la excelencia en la virtud suprema de la familia. Estaba secretamente consagrado a demostrar, aunque fuera con la expiación de por vida de una falta insignificante, que su integridad era mayor que la de nadie.

La neurosis del muchacho se desarrolló. Adquirió otros autorreproches, por no ser enteramente honrado en el trabajo y, como es habitual, por la masturbación. Estos se agudizaban siempre <!-- p. 39 -->justo antes de un examen. Acumulando dificultades de este modo se sentía excusado por no superar a su hermano. Proyectaba hacer estudios técnicos al salir de la universidad, pero para entonces su neurosis obsesiva había aumentado tanto que pasaba la mayor parte del tiempo rezando a Dios para que lo perdonara, lo cual, naturalmente, hacía imposible el trabajo. Fue internado en un manicomio, donde lo creyeron incurable; pero su estado mejoró y salió del manicomio, pidiendo, eso sí, que se le volviera a admitir si sufría una recaída. Entonces cambió de ocupación y empezó a estudiar historia del arte. Antes de presentarse a un examen de esta materia, sin embargo, lo hizo del todo imposible con un comportamiento extraordinario. Fue a la iglesia un día de fiesta señalado, cuando el templo estaba abarrotado, y se postró públicamente, gritando que era el mayor de los pecadores.

En esta llamativa conquista de una posición central en una gran asamblea pública podemos descubrir una ambición del mismo patrón que la que tenía en la infancia. Ser el mayor penitente entre todos los fieles de una iglesia es el mismo tipo de distinción que tener la conciencia más delicada por una mentira en una familia de suprema honradez. Es ser mejor que los mejores. Volvió a dar el espectáculo cuando regresó al manicomio, presentándose un día a almorzar completamente desnudo. Era un hombre bien formado y en nada inferior al resto de su familia en el aspecto físico.

La huida de este paciente ante el trabajo y los exámenes se debía al miedo a no brillar en estas situaciones normales. El sentimiento de culpa, intensificado especialmente cuando hacía falta, debe considerarse una exclusión intencionada de actividades en las que no confiaba tener éxito. Había también una tendencia a lograr un éxito barato de notoriedad, <!-- p. 40 -->que no desentona en absoluto con su meta general, y eso fue lo que le impulsó a presentarse desnudo a la comida y a otras excentricidades de conducta.

La tarea del médico consiste en hacer que un paciente así se dé cuenta de lo que está haciendo, y en trasladar su interés egocéntrico a la vida social y a la actividad útil. Es un arte en el que el psicólogo individual debe formarse con la práctica y la colaboración, pues la ciencia y el conocimiento de los principios no le permitirán nunca, por sí solos, ganarse la confianza completa que se requiere. En el caso que acabo de describir, por ejemplo, tuve que reconocer correctamente, en el primer cuarto de hora de la visita del paciente, el tipo de superioridad para el que estaba concebido aquel estilo de vida. Si no lo hubiera hecho, habría provocado sin duda una resistencia inmediata. Paso a paso tuve que llevarle a exponer correctamente sus dificultades en la infancia, a revelar, con resistencia cada vez menor, su profundo sentimiento de no valer nada comparado con su hermano. Después le fue más fácil reconocer ante sí mismo cómo impresionaba a su padre con su honradez y cómo había maniobrado para colocarse en posiciones de lucimiento.

El método de la psicología individual, puesto que exige reconocer y corregir errores a los que el paciente todavía tiene apego, requiere del profesional el máximo arte y oficio. Lejos de nosotros negar que otras escuelas de psiquiatría tengan sus éxitos en el tratamiento de las neurosis; pero, según nuestra experiencia, los obtienen no tanto por sus métodos como cuando dan al paciente, por casualidad, una buena relación humana con el médico o, sobre todo, cuando le dan aliento. Es un hecho que un curandero o un osteópata mejora a veces en grado considerable la actitud de una persona ante la vida; y lo mismo puede hacer una Santa Ana de Beaupré, un científico cristiano o un Coué, <!-- p. 41 -->o una visita a Lourdes. Pero seguimos convencidos de que la curación de todo trastorno mental está en el proceso, más sencillo aunque más laborioso, de hacer que el paciente comprenda sus propios errores.

* * *

Como ya hemos visto, el estilo de vida de la mayoría de nuestros pacientes puede remontarse a tres posiciones típicas de inferioridad en la infancia. Hay ciertos errores de adaptación que impiden el establecimiento de un estilo de vida normal y que se manifiestan aun antes de que el niño afronte sus primeros problemas sociales fuera del hogar. Uno de estos errores de la infancia es la negativa a aceptar el papel sexual, en cuyo caso un niño crece como una niña, o *viceversa*.

Tales errores son muy comunes, y de hecho casi todo el mundo muestra alguna ligera tendencia hacia ellos. Quizá todo hombre tenga algo, en el cuerpo o en el comportamiento, que nos parece femenino, y las mujeres tienen a menudo rasgos físicos muy masculinos sin mostrar siempre una masculinidad de espíritu correspondiente. Pero más a menudo la sexualidad equivocada está en la mente y no en el cuerpo.

Las glándulas sexuales, es cierto, tienen una amplia influencia sobre el cuerpo. Pero tienen un poder muy limitado para determinar la concepción que el individuo se forma de la superioridad. Es esta meta individual de supremacía la principal responsable de la confusión de una persona acerca de su verdadera función sexual. Cuando tratamos los síntomas mentales de la sexualidad invertida debemos recordarlo y no achacar demasiado a las glándulas. Probablemente es igual de cierto que el afán mental acaba afectando a las propias glándulas. Debemos ver ante todo cómo relaciona el paciente sus ideas sobre la sexualidad con su meta.

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La meta de superioridad se identifica siempre, en mayor o menor medida, con el papel masculino, a causa de los privilegios, tanto reales como imaginarios, con que nuestra civilización actual ha investido al varón. El sentimiento de inferioridad de una niña puede aumentar notablemente cuando se da cuenta de que es mujer, y también el de un niño cuando duda de su condición de varón. Ambos compensan exagerando lo que imaginan que es el comportamiento masculino. Esta forma de compensación, que puede tener las consecuencias más variadas e intrincadas según las circunstancias, es lo que he llamado la *protesta masculina*. Su síntoma principal, tanto en la mente como en la conducta exterior, es una actitud innecesariamente dominante hacia el otro sexo. Va siempre notablemente unida a un estilo de vida muy ambicioso, con una meta de superhombre o de mujer muy mimada. El comportamiento es forzado en exceso, cosa que puede quedar velada en las situaciones favorables pero se revela claramente en los momentos de derrota. La protesta masculina se apunta en cierta medida en algunos de los casos que he citado, pero daré un ejemplo más típico.

Una mujer neurótica de veintiséis años que vino a consultarme había perdido a su madre a los seis, y después vivió con un padre indulgente hasta los trece. Su primer recuerdo era: «Odiaba jugar con muñecas». Era un signo de su resistencia a desarrollarse de manera normal: prefería jugar con trenes de juguete. Siempre quería ser salvaje en su conducta y solo jugaba con chicos, como un típico marimacho. Si jugaba con niñas, les tiraba del pelo y las molestaba de otras maneras. A mi pregunta: «¿Qué piensa usted de los hombres y de las mujeres?», respondió: «Las mujeres siempre andan con intrigas; los hombres son francos». Es un signo aún más claro de una voluntad de desarrollo masculino.

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Entre paréntesis, diré que yo nunca prohibiría a una niña jugar con trenes, trepar a los árboles o jugar a cualquier juego de chicos; pero estoy plenamente convencido de que se ahorrarían muchos problemas en la vida posterior de los niños si se los criara desde el principio en el conocimiento de su verdadero papel sexual y en la preparación para él. Esto es imposible, naturalmente, si el ambiente está cargado de insinuaciones sobre la incapacidad femenina y el privilegio masculino, como tan a menudo ocurre.

Todos los que menosprecian a las mujeres como sexo reciben un castigo seguro, porque desarrollan una actitud que está en contradicción con la verdad y la realidad.

Pedí a mi paciente que me hablara de sus sentimientos hacia los hombres y las mujeres. Dijo que a los trece años se reía cuando oía que alguien se enamoraba. No supo nada del amor hasta los veinte años. Esto, junto con el hecho de que era una deportista entusiasta, confirmaba la huida, a la manera del avestruz, ante su papel sexual: quería apartar el amor riéndose de él y negar su feminidad sobresaliendo en el deporte. Esperaba encontrar dificultades menstruales, que padecen a menudo las muchachas resentidas con su naturaleza femenina, y que les causan grandes dolores y tendencias a la ira; pero no era su caso. A los trece años, cuando su padre indulgente se volvió a casar, habría cabido esperar que diera muestras de ira, pero no lo hizo. Desdeñó hacer algo tan femenino y dijo, en cambio, que se alegraba de que su padre se hubiera casado, porque así ella podría ser libre. Sin embargo, desde entonces empezaron los problemas con su padre, y ella peleaba en casa diciendo que quería ser libre para irse de casa y hacerse asistenta social. Quería vencer a su padre mediante la independencia económica. Su <!-- p. 44 -->deseo de ser asistenta social estaba teñido por la idea de mandar sobre niños.

Conocemos bien, desde luego, el deseo que tan a menudo expresan los pacientes de no aceptar dinero de sus familias. Cuando un paciente me dice que no piensa aceptar más dinero de su familia, a menudo le respondo: «Más vale que lo acepte. A la larga les saldrá más barato».

Esta paciente tenía muchos amigos varones, pero nunca había estado enamorada. Es habitual que los chicos y las chicas se enamoren hacia los doce o trece años, y no es raro que ocurra a los cinco o seis. Un individuo que llega a los veintitrés años sin ninguna experiencia de este tipo no está preparado para ella. El amor es una tarea vital necesaria para la que se requiere una preparación temprana, y el adiestramiento para el amor es parte integrante de la educación para la vida. Tanto el amor normal como todas sus perversiones, por ejemplo la homosexualidad, son cuestión de adiestramiento y de educación.

A los veintitrés años esta muchacha tuvo un sentimiento que creyó amor; un hombre le gustaba más de lo que le había gustado nunca nadie, y la relación llegó al trato sexual. Esta relación sexual libre formaba parte de su afán de independencia; expresaba su oposición al padre y su resolución de ser como un hombre. Los sentimientos del hombre cambiaron y desapareció durante un tiempo. Incapaz de soportar esta derrota, la muchacha intentó seguirle, con el resultado que cabía esperar en nuestra civilización, en la que a los hombres se les enseña a considerar *infra dig.*[^t1] que los cortejen, y en la que temen conseguir las cosas con demasiada facilidad. El hombre se fue enfriando cada vez más, y ella acabó viéndole con otra muchacha, cosa que le reprochó; y en la disputa el hombre le dijo que era una cualquiera. Después de esto desapareció del todo y se casó con la otra.

Durante algún tiempo, a partir de entonces, mi paciente solo mantuvo con los hombres <!-- p. 45 -->relaciones deportivas y atléticas, y se asustaba si le hacían cualquier otra clase de insinuación: huyó cuando un amigo quiso besarla. Más tarde se hizo amante de un segundo hombre, pero era desdichada, se peleaba con él constantemente y no consentía en casarse con él. El hombre emprendió un viaje a África, pensando que sería mejor ausentarse durante un tiempo; pero la desdicha de ella continuó, y ahora estaba cargada de recuerdos de su primer amante. En sus continuas peleas vemos su excusa para no casarse, como también en su vuelta a la imagen del amante casado y, por tanto, inalcanzable. Un síntoma típico era que las relaciones sexuales no la satisfacían. No estaba preparada para el matrimonio.

Para esta muchacha, la idea de ser mujer se identificaba con la derrota. Así, si se comportaba como una muchacha y consideraba la perspectiva del matrimonio, no podía soportarlo; era más fácil seguir jugando a ser un chico manteniendo sus aficiones deportivas. Por otra parte, sentía que el matrimonio era una exigencia social natural y lógica. En esta situación de conflicto se vio aún más desalentada por dos grandes derrotas: primero, por su padre, cuando dejó de mimarla y se volvió a casar; y segundo, por el abandono de su primer amante. Para salvaguardarse de otra derrota, puso el amor y el matrimonio a la mayor distancia posible, y para justificar su detención ante este problema y asegurarla, se convenció de que era imposible que una muchacha conservara el amor de un hombre. La dificultad fundamental en este caso, como en muchos otros, era la idea de que la función femenina tiene una importancia decididamente secundaria y que, por tanto, no merece realmente la pena. Esta es una de las principales causas de la infelicidad en el amor y en el matrimonio, y es la ilusión que sirve de base a la protesta masculina.

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## Capítulo IV

*El prototipo en el amor y en el matrimonio.—El amor y el sentimiento de comunidad.—Evasivas ante el amor.—La embriaguez en el matrimonio.—La toxicomanía y su tratamiento.—Afán neurótico de casarse.—Ira y dolores de cabeza.—Aversión a tener hijos.—El amor y la meta de la vida.*

Al final de todas mis conferencias tengo que responder a preguntas sobre el amor y el matrimonio, y a menudo quienes me preguntan parecen haber sido inducidos por alguna lectura psicológica a creer que el impulso sexual es el motivo central con el que guarda relación toda otra actividad. Nunca he visto la razón de poner este énfasis antinatural en una sola función de la vida. Admito, desde luego, su importancia, grande pero muy variable. Pero descubrir elementos sexuales transpuestos en multitud de manifestaciones no es muy útil en la práctica, aun si es posible: y nuestra experiencia es que los componentes sexuales ni siquiera pueden estimarse correctamente si no es en relación con el estilo de vida individual.

Las fases eróticas son funciones de este estilo de vida individual, y solo podemos penetrar en la vida erótica, con todos sus caprichos, sus vacilaciones y sus esquivas sutilezas, en la medida en que acertemos a captar el estilo del individuo en el prototipo. Por prototipo entiendo la forma original de la adaptación de un individuo a la vida. El prototipo psíquico es un ser acabado para cuando el niño tiene cuatro años. Es el niño pequeño que hay en el hombre o en la mujer, que ya no sigue creciendo, pero gobierna toda la vida hasta su fin. No es de extrañar que ciertas religiones hayan adorado a un niño, pues este ser prototípico <!-- p. 47 --> es el mayor poder de la vida humana. El prototipo es el factor constante, aunque podamos mejorar sus manifestaciones posteriores en una medida indefinida cuando llegamos a reconocerlo y comprenderlo.

Este prototipo es, en cada uno, el niño Cupido que gobierna su conducta como amante. Si el prototipo es sociable y se interesa por los demás, la personalidad en que se desarrolle resolverá todos los problemas amorosos con lealtad a la pareja y responsabilidad ante la sociedad. Si el prototipo pugna por llamar la atención y por sojuzgar a los demás, sus manifestaciones posteriores incluirán el uso de la sexualidad para esos mismos fines: esa persona establecerá relaciones sexuales para dominar. Un prototipo formado por la conquista de la superioridad en una esfera limitada de actividad que excluya al otro sexo tenderá más tarde a producir homosexualidad u otras perversiones. Los grandes rasgos de la vida erótica están así estrictamente condicionados de antemano.

Por la meta, por tanto, sobre todo en su forma más prototípica, podemos interpretar los diversos impulsos sexuales, mientras que lo contrario no es válido. El estudio de los instintos o impulsos nunca nos permitirá comprender la estructura de una psique individual: y es interesante observar que los psicólogos que se esfuerzan por explicar el funcionamiento de la mente a partir de tales observaciones presuponen instintivamente un estilo de vida sin darse cuenta de que lo han hecho.

El amor y el matrimonio, desde el punto de vista de la psicología individual, son las respuestas normales a la cuestión sexual —una de las tres cuestiones vitales de la vida—, y nuestra tarea consiste en comprender las dificultades especiales que plantean a los individuos. Un individuo que en la infancia ha sido bien preparado para la vida social no tendrá grandes dificultades en la vida sexual. El valor, una actitud optimista, el sentido común y el <!-- p. 48 --> sentimiento de estar en casa sobre la corteza de la tierra le permitirán afrontar con igual firmeza las ventajas y los inconvenientes. Su meta de superioridad se identificará con ideas de servir al género humano y de vencer sus dificultades con su poder creador. Las desviaciones de la norma de la expresión sexual quedarán instintivamente excluidas por carecer de atractivo. Su meta útil ordenará de tal modo todas sus emociones y acciones que se acercará al amor de una forma viable; y los amoríos de la adolescencia y las experiencias de sus amigos lo entrenarán para el amor y reforzarán su posición. La literatura del amor desdichado y del matrimonio desastroso (fuente común de daño) no podrá extraviarlo; y aunque tenga experiencias desagradables con un cónyuge inadecuado, eso no corromperá el curso de su vida. Sus ideales de vida social, de trabajo y de belleza sobrevivirán a las derrotas ordinarias, y el propio sentido de la belleza se transferirá a la belleza de la adaptación a la vida.

Muy distinta es la suerte de aquellos cuyo contacto social es pobre, que han perdido el verdadero interés por la vida de los demás. Se acercan al amor sin la preparación debida —pues todo problema amoroso es un problema social, en el sentido de que es una cuestión de conducta hacia otra persona sexualmente atractiva—, y sus almas sin preparar sienten como si la dificultad fuera insuperable cuando se llega al matrimonio, que es la más íntima e intensamente social de todas las situaciones. Una persona así se ha estado educando para una vida aislada y no quiere en realidad compartir la vida con otro: de modo que tiende a excluir a su pareja de todo salvo de unas pocas actividades en las que la asociación parece necesaria o ventajosa. No concibe el matrimonio como una relación humana completa. Sus dificultades aumentan, muy a menudo, por haber aprendido lo que son el amor y el matrimonio de unos padres <!-- p. 49 --> que no vivían felizmente unidos: y encuentra confirmación en su ambiente y en la literatura. En las novelas populares las situaciones matrimoniales suelen pintarse desdichadas; las historias de amor desdichadas son probablemente mayoría, por el uso que los lectores hacen de ellas.

Uno de los principales obstáculos para el matrimonio está en la opinión dominante de que el hombre es funcionalmente superior, lo cual lleva a los hombres a vanas expectativas de dominio y hace que las muchachas se rebelen contra su función femenina: rechazan, naturalmente, un papel de servidumbre en un «mundo hecho por los hombres». Mucha desconfianza, muchos celos y muchas riñas brotan directamente de este antagonismo, pues si un individuo se siente víctima del amor o del matrimonio, eso perturba todas las relaciones de la vida. Si una muchacha, por ejemplo, siente que la posición femenina es peor o más baja que la masculina, entrará en una especie de competencia con el hombre en su afán de mostrar superioridad. Si cualquiera de los dos busca una pareja más débil para dominarla, la decepción es segura, porque esta es una actitud expectante: y parece ser una ley inmutable del amor y del matrimonio que solo pueden salir bien cuando la actitud es la de dar. Cuando la actitud de un individuo ante el amor y el matrimonio es vacilante, titubeante o expectante, indica una falta general de preparación para la vida social, y podemos inferir con seguridad una tendencia a excluir gran parte de las posibilidades de la vida. En tales casos el individuo siempre justificará sus actos, pero su verdadero propósito se revela en el resultado, que es que el amor y el matrimonio se aplazan indefinidamente. En esta meta de evasión o de exclusión, los medios empleados son interesantes: comprenden todos los síntomas neuróticos más o menos relacionados con las funciones sexuales. El individuo es como un tartamudo en la esfera sexual. La *ejaculatio praecox,* la falta de interés y de satisfacción sexuales, <!-- p. 50 --> el vaginismo y la frigidez son todos signos de una decisión de excluir actos que el individuo está en apariencia dispuesto a realizar.

Normalmente, desde luego, el objetivo sexual está en armonía con la meta de la vida, es incluso un aspecto de ella, y en cuanto se hace posible acercarse a ese objetivo produce los pensamientos y sentimientos apropiados, excluyendo toda contradicción y toda tarea en conflicto. Pero en el caso del neurótico se producen pensamientos y sentimientos que pertenecen a otros deberes o funciones de la vida; se admiten consideraciones ajenas que inhiben, contrarían o pervierten la conducta normal en la línea sexual. La impotencia, o cualquier otra incapacidad sexual que así se produzca, la dicta una meta neurótica de superioridad y un estilo de vida equivocado: y la investigación revela siempre una intención fija de recibir sin dar, con falta de sentimiento de comunidad, de valor y de actividad optimista.

Hay, desde luego, otras maneras de excluir la unión sexual además de la incapacidad funcional. La exclusión se consigue a menudo mediante un ideal del matrimonio exagerado e impracticable: y a veces mediante el deseo de emparejarse con personas a todas luces inadecuadas: mucho mayores, enfermas incurables o por debajo de la edad de consentimiento. Cuando el paciente ha aplazado el matrimonio durante mucho tiempo, atribuyendo quizá su indecisión a tendencias polígamas, la investigación descubrirá a menudo la infraestructura de una perversión, que no debe tomarse por el motivo, sino reconocerse como un elemento coordinado con la actitud vacilante.

Los esfuerzos por excluir el amor y el matrimonio, antes o después del contrato, se modelan sobre la pauta prototípica o infantil de adaptación, hecho que puede verse en la historia matrimonial de un joven que tenía veintitrés años <!-- p. 51 --> cuando vino a verme por primera vez, sin ocupación y sin amigos. Un año antes se había casado con una muchacha con la que había tenido relaciones durante dos años. Su actitud hacia ella era de continuos celos, consejos y críticas. La muchacha parecía muy dócil mientras esperaba casarse, y el hombre disfrutaba de un sentimiento de superioridad en ello y en saber que el matrimonio contrariaría a su madre. Después de la boda, sin embargo, su mujer no era tan obediente, y él mostraba de vez en cuando arrebatos de mal genio. Se comportaba como se había comportado en la infancia con su madre y con su hermana mayor cuando no satisfacían sus deseos. Entonces gritaba, se escapaba de las clases, rompía los juguetes, se rasgaba la ropa y, de todas las maneras posibles, atacaba a su madre atacándose a sí mismo o a sus propias ocupaciones. Ahora, después de las escenas con su mujer, bebía mucho y volvía a casa borracho.

Este hombre era un niño mimado, que perdió a su padre a los dos años y fue mimado por la madre. Se convirtió en el tirano de la familia, como suelen hacer los niños en esa posición: y de los ocho a los trece años padeció desmayos.

La relación entre el desmayo y la ira puede tener en ciertos casos una base orgánica. He encontrado un tipo de paciente que pierde el conocimiento en un acceso de cólera, y sospecho algunas particularidades en la circulación sanguínea del cerebro. En tales casos es posible que se produzca un ataque epileptoide en diversos grados, por ejemplo el *petit mal*. Si, como en este caso, se presenta una salida, los ataques pueden cesar, y, tal como sucedió, este paciente no se vio obligado a reprimir sus cóleras.

De acuerdo con el punto de vista de la psicología individual, habríamos de predecir la repetición de esta conducta de la infancia <!-- p. 52 --> y esperar que el paciente tomara la misma dirección en cualquier conflicto vital con los demás: herirlos dañándose a sí mismo. Como tal conducta engendra insensibilidad en el entorno, el resentimiento y el daño aumentan en proporción. En este caso, cuando la embriaguez dejó de castigar suficientemente a la mujer, el hombre intentó suicidarse tras una riña con ella. Se hirió gravemente y se recuperó muy despacio. La herencia de una gran fortuna de su padre había disminuido en el paciente la necesidad de dominarse. Nunca pudo conservar un puesto en su ocupación, fracaso que justificaba quejándose de unas condiciones de trabajo terribles.

Este caso ilustra muy bien la incapacidad de un niño mimado para hacerse con los mejores medios de llegar a vencer. También confirma la insuficiencia de tratar estados como la embriaguez sin reconocer el prototipo psíquico, pues este puede asimilar cualquier cambio de condiciones a su modo individual de aspirar. No es el interés por la bebida, sino por sí mismo y por su propia superioridad, lo que extravía a un paciente así hacia el lado inútil de la vida. El objeto del tratamiento debe ser avivar el sentimiento de comunidad del modo que sea posible.

El uso del amor y del matrimonio como medio de dominio es, desde luego, intolerable para el cónyuge; así que la mujer de este hombre fue perdiendo todo interés por él. Él obtuvo el divorcio y volvió a casarse dos veces. Tomó como tercera esposa a una mujer divorciada que había intentado suicidarse durante su primer matrimonio, intento que hizo cuando se descubrió que había sido infiel a su primer marido porque este la descuidaba. Su madre había sido muy crítica y fría con ella, y había fallado en las dos funciones maternas: de modo que ella se había vuelto, como es habitual, hacia el padre, más afectuoso, <!-- p. 53 --> y él la había mimado con su favor. Esta mujer parecía de carácter muy dulce, pero este no resistía la prueba de las situaciones desfavorables. En la escuela había alborotado constantemente en la clase. Solo tenía una amiga y no era sociable.

Su segundo marido era un hijo menor, zurdo y de una torpeza que le atraía las constantes burlas de sus hermanos mayores. Era, sin embargo, muy ambicioso y estaba ansioso por superar a los hermanos, que en la infancia lo habían vencido gracias a su desventaja, y esto lo estimuló a la conquista de la riqueza: se hizo rico y muy estimado. El miedo a la derrota y la huida de las burlas componían su prototipo, de modo que le gustaba y buscaba el aislamiento. Sus dos primeros matrimonios los propiciaron mujeres que lo halagaban. La segunda había aparecido cuando él había perdido gran parte de su fortuna, el dinero que para él representaba la superioridad sobre sus hermanos. Esta mujer había intentado consolarlo con morfina, que él siguió tomando después de que ella murió.

La tercera esposa, la descrita más arriba, se casó con él decidida a salvarlo de la toxicomanía, y sus primeros esfuerzos revelaron su incapacidad para lograrlo. Como la niña mimada que era, se enfureció por su falta de poder sobre él, y empezó a darse ella misma a la morfina para castigarlo. Tenía la idea de que él se corregiría si veía las terribles consecuencias de su conducta; pero como no ocurrió nada de eso, ambos continuaron abusando de la droga, y pronto cada uno notó que el otro andaba buscando otra pareja.

Esta pareja probó varias curas de morfina sin éxito, lo cual no es de extrañar si repasamos el complejo de motivos en juego. Uno era la meta infantil de <!-- p. 54 --> superioridad del hombre: escapar de las burlas o del menosprecio. Otro estaba en su actitud ante sus preocupaciones de negocios, de las que no solo hallaba un alivio parcial en la morfina, sino también una excusa subjetivamente válida. Su menor éxito podía achacarse a la morfina, sin la cual, podía seguir creyendo, habría triunfado sobre todo. A veces hablaba del hábito de las dos maneras, como alivio y como excusa, sin comprender la relación ni la contradicción entre ambas cosas. Para ello habría tenido que relacionar estas manifestaciones con su estilo de vida, comprender su exagerada exigencia de estima, y en ese caso podría haber empleado mejores medios para alcanzarla. Sus tendencias polígamas y su exclusión de los amigos mostraban una falta de adaptación social: y de ningún modo habría podido curarse quitándole la morfina. Era toda la personalidad lo que había que cambiar, mediante el reconocimiento de su prototipo. Es verdad que, en casos más leves, un paciente con síntomas muy variados puede perderlos antes de que él mismo o el médico hayan llegado a captar su coherencia. Cuando esto sucede, es o bien por un cambio favorable en la situación del paciente, o bien porque el médico, alentándolo o por azar, renueva el interés del paciente por los demás.

La mujer estaba lejos de haberse curado de la droga. Sintiéndose en peligro de perder a su segundo marido, renunció a los intentos de curarlo, y, siendo indiferente a las críticas de los demás y buscando más bien el disgusto de su madre, aumentó sus propias dosis de morfina hasta los excesos más peligrosos. Era una repetición de su conducta en su primer matrimonio, en el que se vio descuidada. Esta toxicomanía era una especie de suicidio. Por ser la hija menor y la favorita del padre, tanto su deseo de conquista como su sentimiento de insuficiencia eran intensos: y vivía según la <!-- p. 55 --> fórmula neurótica: «Todo o nada». En estos casos, cuando la esperanza de ganarlo *todo* empieza a desvanecerse, no queda *nada*; y esto tiene que expresarse mediante muy malos hábitos, el suicidio o la locura. El sentimiento de que el suicidio da dominio sobre la vida y la muerte es la expresión suprema de la meta de superioridad en el lado inútil de la vida. Pero hemos de señalar, desde luego, que la paciente empezó a ser vigilada con aprensión por su padre y por su marido. Todos se volvieron más tiernos con ella: lo que le daba un sentimiento de mayor poder e importancia.

* * *

Tales son las dificultades de fondo que obstruyen tantos intentos de curar la embriaguez, la toxicomanía y las tendencias suicidas. Para todo en la vida hay un método: y para resolver cualquier problema tenemos que encontrar el adecuado. Hay dos maneras, por ejemplo, de intentar pasar por una puerta de solo cinco pies de altura. Una es andar erguido, y la otra, doblar la espalda. Si pruebo el primer método, no solo me golpeo la cabeza contra el dintel, sino que, a fin de cuentas, tengo que recurrir al segundo. A esto lo llamo la ley de la puerta baja. Nada me obliga a agacharme, pero si no me doy cuenta de la relación entre mi estatura y la abertura, no puedo pasar por ella de ningún modo. Con los problemas personales decisivos de la vida estamos en una relación igualmente definida. Si no nos damos cuenta de ello y no adaptamos nuestro método en consecuencia, chocamos con la realidad.

Todo niño se ve enfrentado a la realidad, y encuentra su método, con más o menos fortuna, en su prototipo. Estas respuestas individuales a la realidad son tan maravillosamente variadas que los antiguos poetas y fabulistas las compararon con especies de animales como la liebre, el zorro, la cigüeña y la serpiente. Los prototipos son, en efecto, como almas animales, <!-- p. 56 --> que se mueven cada una hacia su propia meta, según su propio interés y a su propia manera característica.

La tensión entre el niño y su entorno —que nunca falta del todo— nunca puede calcularse con exactitud, pues además de las muchas posibilidades de variación en la constelación familiar, cada niño tiene su sensibilidad individual y una capacidad de respuesta original. Así, frente a una posición de inferioridad bastante típica, niños diferentes erigirán metas concretas de superioridad muy diversas. Hay muchos niños, por ejemplo, que están en una desventaja parecida por tener los músculos débiles y la vista mala, pero pueden compensarla en direcciones que los lleven a ser acróbatas o artistas, o hacia otros cien desarrollos, según la originalidad de su reacción, el grado de su valor y su sentimiento de comunidad. Además, los defectos que tienen que compensar están llenos de sutiles diferencias individuales.

Por esta razón, a un niño que se ha desviado de una línea normal de vida no se le puede reeducar con métodos normales. El método tiene que adaptarse especialmente: pues el niño de dotes o desarrollo anormales se sentirá oprimido en situaciones perfectamente normales. Un niño con trastornos de estómago, por ejemplo, puede no ganar peso y desarrollarse mal: y si las circunstancias no se adaptan con cuidado, sobrevendrán las consecuencias habituales: una actitud pesimista y hostil, quizá con belicosidad e irritabilidad. Un niño así está expuesto a contraer una disposición envidiosa al compararse con los demás: puede mostrar un interés anormal por la comida y los comestibles, y su tendencia a coleccionar y acumular cosas puede convertirse en la vida adulta en una concentración en ganar dinero. Es frecuente encontrar trastornos de la nutrición temprana en familias que producen <!-- p. 57 --> hombres que ganan dinero con éxito. Por regla general, cuando un niño muestra una conciencia exagerada de su estómago y una tendencia a la angustia, deberíamos hacer algo al respecto, pues es un comienzo frecuente de neurosis. Hay un sentimiento de merma y una pérdida de interés por los demás que auguran mal para el futuro del niño.

Los niños con trastornos de estómago son una conocida fuente de problemas para padres y médicos, pero las dificultades se deben mucho más a métodos imperfectos que a la deficiencia constitucional. Lo mismo ocurre con otras discapacidades físicas: cuanto mejor comprendamos su relación con la línea general de la vida, mejores métodos podremos idear. No podemos pretender haber encontrado el método universalmente perfecto, pero la búsqueda continua de los métodos adecuados según los principios de la psicología individual nos permite sin duda evitar muchos errores.

* * *

El dominio de la actitud prototípica en el amor y en el matrimonio se ejemplifica en el caso siguiente. De muchacha, la paciente era la segunda hija de la familia, muy débil, muy bonita, mimada por su madre y maltratada por un padre borracho. Perdió el favor de la madre a los tres años, cuando nació una hermanita, y protestó volviéndose agresiva e irascible. Se suponía que había heredado el mal genio de su padre, y algunos psicólogos sostendrían esta opinión equivocada, pero cualquier niño podría tomar esta línea de desarrollo ante un giro de las circunstancias tan desfavorable. De hecho, por las actitudes de los niños agresivos, desobedientes o dominantes podemos a menudo adivinar correctamente algún rasgo destacado del ambiente familiar, como este desplazamiento por un hermano menor.

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Esta muchacha se hizo actriz y tuvo muchos amoríos, que culminaron en que se convirtiera en la amante de un hombre de edad. Un aprovechamiento tan evidente de la ventaja indica profundos sentimientos de inseguridad y cobardía. Esta relación, sin embargo, le trajo problemas: su madre se la reprochaba, y aunque el hombre la quería, no podía obtener el divorcio. En ese tiempo su hermana menor se prometió.

Ante esta competencia, empezó a padecer dolores de cabeza y palpitaciones, y se volvió muy irritable con el hombre. Era una impaciencia neurótica, y fue la causa de que viniera a consultarme. En cierto tipo encontramos que los dolores de cabeza se producen regularmente por fuertes tensiones de ira. La emoción se acumula, por así decirlo, durante un período en el que el paciente no presenta síntomas. La tensión emocional puede llegar a producir cambios circulatorios que provoquen ataques de neuralgia del trigémino, migraña y accesos epileptiformes. Ilustran tales trastornos circulatorios los conocidos espasmos respiratorios y sensaciones de ahogo que provoca la cólera violenta.

En aquellos casos de neuralgia del trigémino que no tienen base orgánica he subrayado ya (1910) la importancia de los factores psicológicos. Estos pueden actuar, desde luego, a través de trastornos vasculares inducidos por la emoción, y la repetición frecuente de tales interferencias en el riego sanguíneo puede acabar causando lesiones orgánicas en los tejidos del sistema nervioso.

La tendencia a la ira está relacionada con la ambición excesiva: ambas se originan en un afán competitivo de escapar del sentimiento de verse vencido. Se dan en naturalezas insociables, que no se sienten seguras de alcanzar su meta mediante <!-- p. 59 --> un esfuerzo paciente, y a menudo intentan escapar hacia el lado inútil con un estallido de cólera. Los niños se sirven de tales explosiones para vencer aterrorizando, o al menos para sentirse superiores: y de modo parecido utilizan las consecuencias, sus dolores de cabeza. El origen neurótico de los dolores de cabeza no era conocido por el mundo científico cuando hablé de él por primera vez en 1910, pero debió de ser bien conocido en la Antigüedad. Horacio, en una oda a Mecenas, escribió sobre esos ambiciosos que no quieren cambiar ellos mismos, sino solo cambiar a los demás; y menciona sus dolores de cabeza y su insomnio.

Volviendo al caso: el estado de la muchacha era resultado de un método neurótico de procurar apresurar su boda, y no fue en absoluto ineficaz. El hombre casado estaba muy preocupado por sus continuos dolores de cabeza, e hizo gestiones para obtener el divorcio, pero no era muy valiente y avanzaba despacio contra la oposición que encontraba. La muchacha rompió entonces con él y quiso casarse con otro hombre; pero pronto descubrió que era demasiado inculto, así que volvió con su antiguo amante. Él (el hombre casado) vino entonces a verme a propósito de mi paciente, y dijo que apresuraría el divorcio y se casaría con ella.

El tratamiento de la enfermedad *inmediata* fue fácil; de hecho, se habría resuelto sin mí, pues la muchacha tenía poder suficiente para salirse con la suya con ayuda de sus dolores de cabeza. Su meta era obligar al hombre a divorciarse pronto; era la meta de su infancia, no verse superada por su hermana menor: y en cuanto empezó el proceso de divorcio, desaparecieron los dolores de cabeza.

Le expliqué la relación entre sus dolores de cabeza y su actitud competitiva hacia su hermana. Se sentía incapaz de alcanzar su meta de superioridad por medios normales, pues era uno de esos niños cuyo interés ha quedado <!-- p. 60 --> absorbido en sí mismos y que tiemblan de miedo de no tener éxito. Admitió que solo se preocupaba por sí misma y que no le gustaba el hombre con el que iba a casarse.

Sus palpitaciones se debían a que había estado embarazada dos veces y las dos había recurrido al aborto, justificándose ante el médico con que su corazón era demasiado débil para tener hijos. Era verdad que su corazón se alteraba en las situaciones tensas y con la ira reprimida, pero ella utilizaba este síntoma cada vez más y lo exageraba para justificar su intención de no tener nunca hijos. Las mujeres absortas en sí mismas muestran por lo general su falta de interés humano y de sentimiento de comunidad en su renuencia a tener hijos: pero a veces, desde luego, desean hijos por ambición o por miedo a que se las considere inferiores.

Merece la pena consignar un sueño de esta paciente. Soñó que iba bien vestida y tenía en brazos a un niño desnudo. Le decía al niño, que era de tez morena y alegre: «No puedo cuidarte, tengo que dejarte». El niño respondía: «Sí, tienes razón». Entonces ella se echaba a llorar en el sueño, y pasaba a su lado un hombre, pero ella volvía la cabeza para que no la viera. El hombre, sin embargo, quería verla y la miraba.

Con la desnudez del niño quería decir que era demasiado pobre para tener hijos. Su hermana iba a casarse con un hombre rico, mientras que ella solo tenía dinero suficiente para su propia ropa, nada que le sobrara para un niño. La tez morena del niño significaba que podía tener un hijo sano, pero el niño del sueño la tranquilizaba, dándole la razón, en que todo el mundo podía ver que le era imposible tener hijos. La paciente decía por entonces que se sentía perfectamente bien, pero que sufría palpitaciones de noche y por la mañana, lo cual mostraba que se aferraba a la <!-- p. 61 --> idea de que su débil corazón la eximiría de tener hijos. Era demasiado egoísta y estaba demasiado ansiosa por mantenerse en el centro del escenario de la vida para contemplar la perspectiva de tener hijos, y además sentía al niño como un rival en potencia, porque la tragedia de su vida infantil fue la de la rivalidad con su hermanita. El hombre que pasaba a su lado en el sueño debía de ser yo, y el volverse ella a otro lado era señal de que no quería ser del todo franca conmigo: temía que yo la censurara, y como sabía que yo deseaba desarrollar su sentimiento de comunidad, pensaba que yo querría que tuviera un hijo.

La decisión de si una mujer debe o no tener un hijo debería corresponder enteramente a la mujer: tal es, al menos, mi convicción personal. No veo de qué sirve imponer un hijo a una mujer que carece de sentimiento de comunidad y de amor a los niños: pues es casi seguro que lo criará mal. En tales casos prefiero adaptar socialmente a la mujer, y entonces, estoy seguro, querrá tener un niño sin que nadie se lo sugiera ni la presione.

* * *

Es, o solía ser, la conclusión casi invariable de los psicólogos freudianos que la persona que excluye el amor está reprimiendo su libido, pero supone una enorme mejora, tanto en el diagnóstico como en el tratamiento, relacionar esta exclusión con la meta de superioridad del individuo. Si la exclusión de las posibilidades normales de emparejarse es muy persistente y obstinada, es siempre señal de que la persona es neurótica también en otros aspectos y no quiere ver el matrimonio a la luz evidente de la necesidad social, a causa de una exclusión más general de la conducta social. Vemos entonces una actitud vacilante o evasiva ante el problema amoroso, o una tendencia antinatural en la relación amorosa, ambas procedentes de un <!-- p. 62 --> error en la comprensión de la relación entre las necesidades prototípicas del individuo y las posibilidades de su situación. Una comprensión mejor produciría una conducta mejor. Pues las metas individuales no son inalcanzables, ni se alcanzan de una sola manera, sino que cada manera de alcanzarlas tiene su propia serie de obligaciones necesarias. El neurótico está pagando el precio de tomar el camino más difícil, solitario e impracticable hacia la cumbre de sus ambiciones, cuando hay sendas mucho más fáciles y mejores. En cierto sentido puede decirse que el prototipo nunca abandona su dominio sobre la vida del individuo, pero hay maneras cada vez mejores de cumplir su ley.

Hemos de considerar el problema amoroso como la forma más íntima y orgánicamente determinada del problema de la conducta social, punto de vista que actúa como un correctivo continuo de los errores. Este punto de vista de la psicología individual quizá no nos bendiga con una verdad absoluta; quizá no nos permita prever el futuro de un matrimonio con la exactitud con que podemos calcular la trayectoria de una piedra que cae. Pero la piedra está en un mundo de verdad, mientras que nosotros vivimos en el reino de los errores humanos. Nuestro método nos permite sustituir los grandes errores por otros pequeños, y esa es nuestra justificación para creer que a menudo podemos ayudar a otros a acercarse a sus propias metas con un método que, aunque quizá no sea infalible, es mejor que el suyo en dirección social. En el mundo de la psique no hay más principio de orientación individual que nuestras propias creencias. Muy grandes son las consecuencias de nuestras creencias reales. Los grandes errores pueden producir neurosis, pero los pequeños, una persona casi normal.

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## Capítulo V

*Síntomas orgánicos.—Vómitos.—Desmayos.—Tartamudez.—Zurdera.—Vista defectuosa.—Actividades compensatorias.—El papel sexual. Igualdad de los sexos.—Protesta masculina.—Fantasías de «profeta» en los neuróticos.—Primeros métodos de tratamiento.—Verificación del diagnóstico.—La «transferencia» al psicólogo.—La verdadera comprensión de una neurosis—La embriaguez.—Pacientes que necesitan vigilancia.—Criterio del valor de la acción.—El valor del sentimiento de comunidad.—La neurosis como arma del débil.—Caso de impulso suicida.*

Es natural que el individuo se exprese con todo su cuerpo, de modo que a menudo resulta más instructivo observar los movimientos de una persona —cómo anda, cómo se sienta, cómo sonríe o cómo se agita— que oír lo que dice. Podemos ir más lejos y aplicar esto a la valoración de los síntomas. El vómito, por ejemplo, es por lo común señal de que quien vomita no quiere estar de acuerdo. Es un ataque contra otro, o el rechazo de un acercamiento. También el desmayo puede ser el rechazo eficaz de una situación en la que la persona se siente del todo impotente.

¿Cómo podría yo curar a un tartamudo si creyera que la tartamudez la causan unas deficiencias orgánicas sutiles y desconocidas? Tengo pruebas de sobra de que el tartamudo no quiere unirse a los demás, y por lo general habla bastante bien cuando está solo; puede incluso leer o recitar de manera excelente; de suerte que no puedo interpretar su tartamudeo sino como la expresión de su actitud hacia los demás.

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Algo de razón hay, sin embargo, en la creencia, común en Norteamérica, de que la tartamudez se debe a que se enseña a los niños zurdos a usar la mano derecha, aunque esto solo ocurre porque se emplean métodos equivocados, que dan al niño una inclinación antisocial como reacción ante una crítica poco comprensiva. Un método de enseñanza mecánico y competitivo no tiene debidamente en cuenta el hecho de que el niño zurdo tiene en realidad más dificultad para adaptarse, y el niño se desquita con un impedimento que preocupa o irrita a sus maestros. No hay ninguna razón física para no enseñar a los niños a usar la mano derecha. Como vivimos en una cultura de diestros, la zurdera puede a veces sentirse, en épocas posteriores de la vida, como si fuera una inferioridad. En muchos puestos técnicos y comerciales, e incluso en la vida social, la zurdera puede ser una desventaja o un estorbo notables. Pero la preparación de estas personas para un mundo de diestros debe hacerse con el método correcto, pues son una gran minoría cuyos derechos deben protegerse. En los primeros años el niño zurdo tiene sin duda mayores dificultades, porque a menudo no se reconoce su peculiaridad y se le reprocha su torpeza. Un niño así relaciona su destreza imperfecta con todas las demás dificultades en casa y en la escuela, y sufre una depresión que centra demasiado su interés en sí mismo. Así, los niños zurdos adquieren a menudo el sentimiento de que el mundo es un lugar peligroso y quedan más expuestos que otros a la neurosis.

Creo que alrededor del treinta y cinco por ciento de todas las personas son zurdas, y la mayoría no lo sabe. Hay varias maneras de descubrir a los zurdos: la más conocida y sencilla es pedir a la persona de que se trate que junte las manos entrelazando los dedos; el sujeto zurdo lo hará instintivamente <!-- p. 65 --> de modo que el pulgar izquierdo quede sobre el derecho. En el zurdo la ceja del lado izquierdo suele estar más alta, y toda la simetría del cuerpo más desarrollada del lado izquierdo. Ya en la cuna podemos ver cuándo un bebé tiende a usar el lado izquierdo del cuerpo más que el derecho. La adaptación al uso de la derecha es una prueba bastante dura para estos niños. Por lo general, cuando veo una letra muy mala sé que es la de un zurdo cuyo valor está por debajo de lo normal. Por otra parte, si veo una letra excelente sé que también es la de un zurdo, pero de uno que ha luchado con éxito contra sus dificultades. Los zurdos que desarrollan la mano derecha tienden a adquirir ciertas facultades artísticas o artesanas. Entre los pintores encontramos no pocos zurdos que pintan igual de bien con cualquiera de las dos manos.

No se sabe por lo general que los niños zurdos tienen muy a menudo una dificultad considerable para aprender a leer, porque deletrean al revés, de derecha a izquierda; un error que pueden corregir si se les explica debidamente.[^1]

* * *

Las imperfecciones de los órganos de los sentidos limitan los medios que tiene un niño de participar en la vida de los demás. Imponen diferencias de comportamiento inevitables que pueden sentirse como una carga si no hacemos frente al caso con sabias medidas de aliento. Los niños de vista defectuosa andan con cautela, porque son conscientes del peligro que entraña el movimiento. Les interesa más el ver porque les resulta difícil, y si compensan bien llegarán a ser tipos <!-- p. 66 --> visuales. Hay compensaciones correspondientes para el oído deficiente y para las desventajas en el movimiento.

Gustow Freytag,[^t2] por ejemplo, era muy corto de vista y no llevaba gafas. Como no podía ver mucho, su atención se concentraba en imaginar cómo era su entorno, y el gran desarrollo de su fantasía fue su gran cualidad como escritor. Goethe, Schiller, Milton y muchos otros buenos poetas padecieron de mala vista, y también muchos de los más grandes pintores. Un niño de vista perfectamente normal no es probable que concentre su atención en los fenómenos de lo visible, sino que los da por supuestos. Nunca debe suponerse, sin embargo, que unas facultades visuales defectuosas se compensarán necesariamente con talento o brillantez, ni siquiera de alguna manera socialmente útil. Solo se hará una buena compensación allí donde haya valor y una situación favorable: entonces podemos contar con un desarrollo especial, ya sea de la misma función sensorial o de otra, como el oído. Si la situación es desfavorable y falla el valor, habrá una compensación negativa: *por ejemplo*, el niño no *querrá* ver nada.

Quienes tienen los ojos normales desarrollan a veces intereses que dependen de las facultades visuales, pero no a menos que en algún momento se hayan visto ante la necesidad de ver. Nunca se hace un avance sin la conciencia de un obstáculo. Lo que parece ser un impedimento es lo que actúa como incentivo siempre que hay una lucha valerosa por el éxito. Ya me he referido a las dificultades auditivas de Beethoven, Smetana, Dvorak y otros músicos.

* * *

Nuestra civilización no solo es de diestros, sino también masculina, de modo que el afán de superioridad tiende a <!-- p. 67 --> elaborar una actitud hipermasculina. Varios grandes filósofos lo han observado, como Kant cuando dijo: «Ningún hombre quiere nunca ser mujer». No estoy del todo de acuerdo con esto, pues he conocido casos de hombres que deseaban ser mujeres. Un hombre patizambo, por ejemplo, me dijo que le gustaría ser una mujer con faldas para cubrir sus piernas deformes, y hay muchachos mimados a los que les gustaría ser mujeres para que los acariciaran.

Nunca me opondría a que las mujeres ocupen su puesto en el mundo en pie de igualdad con los hombres, pero he visto que es mejor educar a los niños y a las niñas desde la más temprana edad de manera que se reconcilien con sus respectivos papeles sociales. Cuando una niña cree que puede convertirse en niño es porque el papel femenino no se le ha presentado bajo un aspecto de igualdad. Se rebela contra lo que siente como la perspectiva de una inferioridad permanente. Los freudianos han interpretado este hecho como el llamado «complejo de castración», porque las niñas tienen con frecuencia la fantasía de que les han extirpado quirúrgicamente los órganos masculinos; pero esto es confundir el efecto con la causa. Casi todas las niñas desean a veces ser niños, incluso cuando dicen que prefieren ser mujeres, porque la posición masculina parece más segura. Muestran así que han sopesado las ventajas y desventajas de ambas. En la colección de canciones de novias de Herder no puede uno menos de reparar en que todas son canciones tristes, lo que muestra el temor de la muchacha a no ser apreciada ni estimada en el matrimonio. En la crisis entre la condición de muchacha y la de mujer, teme la pérdida de la virginidad como si fuera la pérdida de su potencialidad o de su dignidad. Este sentimiento es el que explica diversas manifestaciones en las mujeres, como una actitud suspicaz, el deseo de escapar del amor y del matrimonio, el vaginismo, el recelo ante el embarazo, y también las perversiones.

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Las niñas quieren a menudo vestirse como los niños, jugar como los niños, e incluso que las llamen con nombres de niño. Paseaba yo una vez con una niña de cinco años, y me llevó a una tienda que exponía en el escaparate ropa de niño. Me pidió que le comprara un traje de niño. Recurrí a la astucia y le dije que sí, que se lo compraría si lo quería, pero que *ningún niño* querría ponerse un vestido de niña. Se quedó un rato callada y luego señaló un abrigo de niño y dijo: «Por favor, ¿no me comprarías al menos ese abrigo?».

En una niña así podemos inferir que a los dos o tres años había existido incertidumbre sobre la naturaleza inmutable del papel sexual, y que esta incertidumbre había influido en la formación del prototipo psíquico. Si el ambiente o la educación incitan a una niña a imitar a los niños, eso aumentará sus dificultades más tarde, cuando tenga que afrontar su problema como ser humano. A las niñas se las debería educar, no como para una función inferior, sino con la mira puesta en sus responsabilidades y posibilidades sociales especiales y con el sentido de ellas. Sin esta preparación, es probable que las muchachas muestren más tarde que les ha faltado, sobre todo en la adolescencia, cuando entran por primera vez en un poco de libertad e independencia; entonces les gusta a menudo exagerar los modos y maneras masculinos, y sobre todo imitar los malos, como la bebida y las libertades sexuales. En la actualidad la protesta masculina campa a sus anchas y la exhiben abiertamente mujeres de todas las edades, que fuman, llevan faldas cortas y el pelo corto y hacen todo lo posible por aproximarse a las maneras masculinas.

* * *

Me trajeron de un sanatorio a un muchacho de quince años, después de que lo hubieran tratado muchos médicos porque hacía movimientos inexplicables con las manos, contorsiones <!-- p. 69 --> de la expresión facial y tenía anomalías en el habla: a menudo gritaba sin ninguna razón aparente. Sus síntomas se parecían a la esquizofrenia, pero al final me contó su secreto. «Sé que es una tontería —dijo—, pero creo que soy un profeta. Nadie debe saberlo». En pocos días pude curarlo. No quería tratar con los demás y se estaba aislando con su conducta extraordinaria. Tenía una hermana menor, lo que siempre es una posición difícil para el muchacho mayor. Aunque su expediente escolar era bueno —de hecho, era el mejor alumno de la escuela—, su determinación de desempeñar un papel único en la vida le había granjeado la antipatía general. Su huida al mundo de la irrealidad, el único donde podía sentir un grado suficiente de superioridad, se debía tan solo a la cobardía. Finalmente había llegado a necesitar hablar una lengua distinta de la de los demás, y considerar a todos sus compañeros de escuela juntos como una nación extranjera y victoriosa, ¡pues se habían burlado de él y le habían pegado! Entretanto, en casa sentía cada vez más que su hermana avanzaba y que por segunda vez perdería su superioridad, y esto lo trastornó por completo. No tenía valor para decir a sus padres que se sentía oprimido, y en la escuela se evadía en la fantasía. En su mundo de ensueño, por tanto, se hizo profeta. Las singulares contorsiones y muecas que había empezado a hacer estaban modeladas sobre gestos que había inventado en un principio para atraer sobre sí la atención de sus padres.

Pudo adoptar conmigo una línea optimista porque se sintió capaz de revelarme *solo a mí* el secreto de su grandeza. Sobre la base de esta confianza mutua pudo discutir y reconsiderar sus relaciones con los demás, y con la ayuda de mi explicación y de mi aliento recobró el <!-- p. 70 --> deseo natural de adaptarse a la vida. He tenido casos semejantes, en los que niños mimados habían sufrido mucho por la crueldad de sus compañeros.

Otro caso en el que la neurosis iba unida a un papel profético fue el de un comerciante de cuarenta años que acudió a mí en busca de ayuda porque se veía incapaz de hablar con la gente. En sociedad le dominaba una *tensión semejante al miedo escénico*: temblaba, se azoraba y sentía una sensación de ahogo. Se había casado con una viuda doce años mayor que él, que lo mimaba mucho, como antes lo había hecho su madre. Con ella y con unos pocos amigos íntimos, así como con sus clientes, podía conversar sin ninguna dificultad, pero su comportamiento no resistía la prueba de un círculo social más amplio.

No pude encontrar la clave de esta extraña situación hasta que el hombre mencionó que tenía sueños proféticos. Entonces sospeché enseguida que su meta de superioridad era ser un profeta, en una relación privilegiada y única con Dios. Le insinué con cautela esta idea, empezando con un «quizá», y él respondió en el acto: «Todos mis amigos saben que soy clarividente, y también mi mujer. Muchos casos lo han demostrado». Esta era, naturalmente, la causa de su dificultad. Si hablaba libremente en sociedad correría el peligro de delatar algún error en su saber, lo que podría arruinar su fama de clarividente. En la tensión de afrontar esta posibilidad de derrota se ahogaba, y así su clarividencia quedaba defendida por un misterioso enmudecimiento.

* * *

En las primeras entrevistas con un paciente tenemos que asegurarnos de si el caso es realmente de neurosis. Mi práctica, después de oír las quejas del paciente, consiste en proceder <!-- p. 71 --> de una de dos maneras. Si sospecho que no hay un verdadero trastorno orgánico, puedo excluir provisionalmente de la consideración ese aspecto del caso y pasar a investigar las circunstancias y el estilo de vida. Si, por el contrario, hay un trastorno orgánico evidente, considero si las quejas y el sufrimiento son mayores de lo que la enfermedad misma justificaría, *es decir*, si se da una combinación de enfermedad orgánica y psíquica. A menudo he encontrado, por ejemplo, más dolor del que la enfermedad justifica, y también una excitación inexplicable que acompaña a una enfermedad dañina y que puede agravar el curso de la fiebre. También en la enfermedad orgánica el apetito varía según la actitud general, y una enfermedad grave puede prolongarse, o incluso verse influida de manera fatal, si el paciente se vuelve pesimista o cae en un letargo psíquico.

En estos casos lo más urgente es averiguar si el paciente se enfrenta a un problema que se siente incapaz de resolver. Casi nunca, desde luego, podemos llegar a ello directamente. Si es posible, repaso con el paciente el curso de su vida desde la primera infancia, fijándome especialmente en los incidentes o fases que revelan u ocultan el sentimiento más doloroso de debilidad e impotencia; y al mismo tiempo me mantengo atento a los signos de inferioridad orgánica. Dondequiera que podamos descubrir con seguridad una disposición a vacilar, a detenerse o a escapar, tenemos también una clave de la situación presente. Cuando la enfermedad resulta ser a la vez orgánica y psíquica, el tratamiento debe proceder por ambas vías al mismo tiempo. Si el trastorno es predominante o enteramente de naturaleza psíquica, explico al paciente lo que he descubierto desde la primera conversación, pero de tal manera que no pueda desanimarle, y poniendo el mayor cuidado en no decirle nada que todavía no sea capaz de comprender.

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Para verificar mis hallazgos, compruebo un indicio con otro, recabando información de las clases más diversas. Pregunto, por ejemplo: «¿Qué haría usted si lo curara inmediatamente?», pregunta que, según puedo esperar, provocará una alusión a algún problema presente del que no se había hablado hasta entonces. Pregunto al paciente por su recuerdo más antiguo para obtener una indicación del interés dominante en su vida. Trato de comprender lo que sucede fijándome en qué actividades, de las que normalmente cabría esperar, excluye el paciente. Al mismo tiempo, tengo cuidado de preguntarme si yo habría sido del mismo tipo que creo tener delante en caso de encontrarme en las mismas circunstancias y de seguir el mismo estilo de vida. En cuanto siento que he captado sus circunstancias, indago si los pensamientos, sentimientos, actos y rasgos de carácter del paciente trabajan todos en la misma dirección, hacia la exclusión, o al menos el aplazamiento, del problema presente. Las experiencias acumuladas de los psicólogos individuales nos autorizan a buscar esta unidad en el plan de vida, y un amplio conocimiento de la literatura y de la tradición práctica de la psicología individual es de gran valor en el diagnóstico, pues nos ayuda a identificar los factores neuróticos típicos, como la falta de sentimiento de comunidad, el fallo del valor y de la confianza en sí mismo y el rechazo del sentido común. Así podemos comprender más fácilmente el estilo de vida; y si comprobamos y verificamos siempre cada impresión con otras, no nos dejaremos llevar a meras generalizaciones.

La conversación revela invariablemente un «si» acentuado: «Me casaría *si*…»; «Volvería a mi trabajo *si*…»; o «Me presentaría a mi examen *si*…»; y así sucesivamente. El neurótico ha reunido siempre algunas razones más o menos plausibles para justificar su huida ante el desafío de la vida, pero no se da cuenta de lo que hace. Al paciente hay que conducirlo con mucho <!-- p. 73 --> cuidado, y es deber del psicólogo adiestrarlo en la facultad de explicarse de manera sencilla y directa.

* * *

El psicoterapeuta debe perder todo pensamiento de sí mismo y toda susceptibilidad respecto a su ascendiente, y no debe exigir nunca nada al paciente. Lo suyo es asumir tardíamente la función materna, y debe trabajar con la correspondiente entrega a las necesidades del paciente. Lo que los freudianos llaman transferencia (en la medida en que podamos tratarla al margen de sus implicaciones sexuales) no es más que sentimiento de comunidad. El sentimiento de comunidad del paciente, que siempre está presente en algún grado, encuentra su mejor expresión posible en la relación con el psicólogo. La llamada «resistencia» no es sino falta de valor para volver al lado útil de la vida, lo que lleva al paciente a defenderse del tratamiento por miedo a que su relación con el psicólogo lo empuje a alguna actividad útil en la que vaya a ser derrotado. Por esta razón nunca debemos forzar a un paciente, sino guiarlo con mucha suavidad hacia su acceso más fácil a la utilidad. Si empleamos la fuerza, es seguro que escapará. Mi práctica es también no aconsejar nunca el matrimonio ni las relaciones libres. Encuentro que siempre conduce a malos resultados. Una persona a la que se dice que debería casarse o buscar experiencias sexuales es muy capaz de desarrollar impotencia. La primera regla del tratamiento es ganarse al paciente; la segunda, que el psicólogo no se preocupe nunca de su propio éxito: si lo hace, lo pierde.

La eliminación de toda coacción, la relación más libre posible: estas son las condiciones indispensables entre paciente y médico. Pues la curación depende de que ambos se unan en la comprensión de la meta del paciente, que hasta entonces ha sido <!-- p. 74 --> un secreto celosamente guardado. Ya he aludido a esta necesidad de la verdad que subyace al estilo de vida individual a propósito del tratamiento de la embriaguez, de la morfinomanía y de hábitos semejantes. Limitarse a retirar el veneno y decir unas palabras de aliento es inútil. El paciente tiene que comprender *por qué* se dio a la bebida. Insuficiente sería también que reconociera los principios generales de la psicología individual, según los cuales quienes se vuelven bebedores han perdido el valor social y el sentimiento de comunidad o han sucumbido al miedo a una derrota inminente. Es fácil para el médico decir, e incluso para el paciente creer, que se dio a la bebida a causa de un sentimiento de inferioridad que se originó en la infancia, pero de la mera fraseología no saldrá nada. El médico tiene que captar la estructura y el desarrollo especiales de esa vida individual con tal exactitud, y expresarlos con tal lucidez, que el paciente sepa que se le comprende claramente y reconozca su propio error. Cuando pacientes o médicos acuden a mí y me dicen: «Lo hemos explicado todo», o «Lo entendemos perfectamente y, sin embargo, no lo conseguimos», considero ridículas sus afirmaciones. Siempre que examino un caso así de fracaso encuentro que ni el médico ni el paciente han comprendido la cuestión ni explicado nada. A veces el paciente se ha sentido inferior y oprimido por el médico y se ha resistido a toda verdadera explicación. En ocasiones se han vuelto las tornas, ¡y ha sido el paciente quien trataba al médico! No es raro que un médico sin experiencia enseñe al paciente las teorías de la psicología individual con frases como «A usted le falta valor social, no le interesan los demás, se siente inferior», etcétera, lo cual puede ser peor que inútil. Una verdadera explicación tiene que ser tan clara que el paciente reconozca y sienta en ella al instante su propia experiencia.

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Traté un caso de embriaguez en un hombre de treinta y dos años, muy inteligente, culto y perfectamente sano, que tenía accesos regulares de bebida a intervalos de cuatro semanas. Había seguido muchos tratamientos y remedios, entre ellos inyecciones de extractos de diversas glándulas. Había pasado meses en el calabozo, pero nada había cambiado sus hábitos.

El hombre era muy tímido, temblaba y fumaba cigarrillos sin cesar. Este comportamiento confirmó la impresión que me había formado a primera vista: que me sentía como un superior y un enemigo; y se aferraba a su cigarrillo para no hundirse en su sentimiento de relativa falta de valor. En respuesta a mis preguntas dijo que no tenía amigos ni frecuentaba la sociedad, que no tenía ocupación y que no estaba enamorado. Prefería quedarse solo, y si se le instaba a sumarse a alguna reunión social se excitaba mucho. Vivía con derroche a costa de sus padres, pagando los precios más altos por cosas más o menos inútiles cuando se le antojaba. Podemos adivinar su respuesta al problema sexual: era la masturbación, que es el estilo de vida sexual apropiado para confirmar el aislamiento y evitar el amor y el matrimonio.

Un modo de vida así se origina por lo general en la actitud prototípica de un niño mimado, que se siente obligado a mantenerse fuera de la línea de fuego de la vida porque no está preparado para ella. Este hombre escapaba siendo un borracho. Cuando tuvo que afrontar los problemas de la sociedad, del trabajo y del amor sin el apoyo de otros, las situaciones tirantes y las actitudes tensas fueron sus experiencias intermitentes y periódicas, de modo que los accesos incontrolables de embriaguez eran una solución apropiada de su problema en el lado inútil de la vida.

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Las tensiones habituales de cada día no eran lo bastante fuertes como para empujarlo a beber, y podía aprovechar sus intervalos de sobriedad para dar muestras de buenas intenciones de dejar el hábito por completo. No se esforzaba por llevar a su entorno a la desesperación, como hace a menudo el niño de tipo combativo, sino que podía continuar en su propia línea de error gracias a estos intervalos de remordimiento y arrepentimiento, que siempre inducían a los demás a darle otra oportunidad y a esperar que «esta vez fuera de verdad la última». La embriaguez empezaba unas veces cuando se esperaba de él que fuera a una reunión social, y otras cuando estaba ya en compañía de otros o en una fiesta. Aparecía cuando había una exigencia del deber, o si conocía a una muchacha que lo miraba como posible marido; y cuando andaba escaso de dinero y sus padres no le giraban una remesa con la rapidez suficiente, también recurría de inmediato a la bebida. Era en parte consciente del uso que hacía de su vicio, pero nunca comprendió su tendencia general como huida, ni que siempre estaba dispuesto a comprometerse y a hacerse imposible.

Su meta evidente era verse libre de todo deber y ser mantenido por sí mismo y nada más. Egocéntrico y del todo falto de adaptación social, había alcanzado, no obstante, una meta de superioridad mediante la eliminación de la derrota. No sufría ninguna derrota en sociedad, porque no entraba en ella; ninguna derrota en el trabajo, porque no tenía ocupación; ninguna derrota en el amor: lo evitaba. Subjetivamente triunfaba sobre la vida, la vivía enteramente según sus propias condiciones; pero objetivamente, claro está, las condiciones que obtenía eran casi las peores posibles.

Resultó que había sido un niño mimado, que quería afrontar todas las situaciones con el apoyo de sus padres. Era el único varón entre tres hermanas. Recibió una educación esmerada y tuvo éxito en la escuela porque los padres persuadían <!-- p. 77 --> a los maestros de que lo mimaran. Cuando dejó atrás sus años protegidos, la vida le pareció imposible, y escapó. El padre de este paciente solía beber, y él supo desde muy pronto cuánto preocupaba este hábito a su madre y cómo le ocupaba los pensamientos con el padre. Un día, antes de un examen escolar, se emborrachó por primera vez. Su madre se preocupó mucho, creyendo que se trataba de una tara hereditaria de su disposición, y lo cuidó más que antes con la esperanza de curarlo. Para no perder este éxito, el paciente siguió bebiendo.

El recuerdo más antiguo de este hombre se refería a una época en que sus padres estaban fuera y lo habían dejado al cuidado de su abuela. No se sintió bien durante ese tiempo. Una vez que su abuela lo reprendió, recogió algunas de sus cosas y se escapó, y la abuela tuvo que ir tras él. Tenía entonces cuatro años, y este recuerdo indica su actitud prototípica ante la vida. Siempre que no se sentía mimado, escapaba a la embriaguez. Todos los neuróticos que se han desarrollado a partir de un prototipo mimado esperan ser apreciados *antes* de hacer nada de valor social, en lugar de *después* de haberlo hecho, y esperan así que el curso natural de las cosas se invierta en su favor.

Había que adiestrar a este paciente para que se sintiera en casa en el entorno más amplio del mundo, y animarlo hasta que pudiera permitirse reconocer sus exigencias reales y necesarias. Esto, como he dicho antes, implica que el psicólogo asuma las dos funciones maternas: primero, ganarse la confianza del paciente como semejante, y después, dirigir esta nueva confianza hacia otras personas y hacia las ventajas y desventajas de la vida real; su madre había fallado en la segunda función, y esta había recaído en mí.

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Al principio del tratamiento existía la posibilidad de que se hiciera daño a sí mismo o a otros con una huida a la embriaguez más desesperada que nunca, y hubo que tomar medidas para vigilarlo. No puede darse ninguna regla sobre la mejor manera de hacerlo, pero lo que se haga debe disponerse de acuerdo con el paciente. De lo contrario, el paciente lucharía contra el médico del mismo modo que luchaba contra sus padres, explotando su propia debilidad: la embriaguez. Si es necesario mantenerlo bajo vigilancia contra su voluntad —en un manicomio, por ejemplo—, que sea otro quien lo interne. El médico no debe intervenir de ningún modo contra él, y así no se verá estorbado por su antagonismo.

* * *

En relación con la naturaleza en su conjunto, el hombre está en una posición inferior, de modo que se ve obligado a desarrollarse por el lado de la estrategia y de la astucia. Sobre todo en nuestra civilización excesivamente intelectualizada, prácticamente todo el mundo es maravillosamente hábil en el uso de sus propias tretas individuales: las diferencias de conducta verdaderamente importantes no son las de la habilidad individual, sino las de la utilidad o la inutilidad. Por útil entiendo lo que va en interés de la humanidad en general. La estimación más sensata del valor de cualquier actividad es su provecho para toda la humanidad, presente y futura, un criterio que se aplica no solo a lo que sirve a la conservación inmediata de la vida, sino también a actividades más elevadas como la religión, la ciencia y el arte. Es verdad que no siempre podemos decidir qué merece estrictamente la pena desde este punto de vista. Pero sabemos cuándo nos guía el impulso de obrar útilmente, y cuanto mejor es la adaptación social de una persona, más se acerca a la percepción verdadera. Una persona que va por el camino del aislamiento y del retraimiento puede quizá llegar a conocer o <!-- p. 79 --> adquirir valiosas potencialidades, pero aun entonces la sociedad no se beneficia de estas nuevas posibilidades hasta que se realizan mediante la actividad socialmente orientada de esa persona o de otras.

Si una línea de vida determinada se debe realmente a un impulso social o asocial, lo muestra el contacto con la realidad. Una vida puede desarrollarse notablemente bien o mal, quizá en una etapa tardía, y la gente se asombra de ello y trata de explicarlo por el azar, por tendencias heredadas o por el destino, cuando en realidad se debe al sentimiento de comunidad, o al sentimiento antisocial, inherente a la meta del individuo. Y las tendencias asociales y los errores que podemos rastrear en los primeros años de un niño se ven también en el comportamiento de una familia entera o en el pensamiento de una nación. La única manera en que podemos esperar evitar estos errores es aprendiendo a acrecentar nuestro sentimiento de comunidad, que es lo único que puede salvarnos de las actividades sin valor y perjudiciales.

Es casi imposible exagerar el valor de un aumento del sentimiento de comunidad. La mente mejora, pues la inteligencia es una función comunitaria. El sentimiento de valía y de valor se eleva, lo que da valor y una visión optimista, y se tiene una sensación de aceptación de las ventajas y los inconvenientes comunes de nuestra suerte. El individuo se siente en casa en la vida y siente que su existencia merece la pena en la medida exacta en que es útil a los demás y vence sentimientos de inferioridad comunes en lugar de privados. No solo la naturaleza ética, sino también la actitud recta en estética y la mejor comprensión de lo bello y de lo feo se fundarán siempre en el sentimiento de comunidad más verdadero.

Mientras el niño está enteramente inserto en el grupo familiar, no es fácil estar seguro de si desarrolla sentimiento de comunidad e interés útil: esto solo aparece con certeza <!-- p. 80 --> cuando se encuentra con la primera situación nueva. Por lo general es la llegada de un hermanito o una hermanita, o la entrada en el jardín de infancia o en la escuela. En una u otra de estas situaciones el niño aprueba o suspende su primer examen de aptitud para la vida. Un niño que se niega a ir a la escuela, que no presta atención cuando está allí, que trabaja mal o que no quiere tratar con sus compañeros de escuela, muestra lo insuficiente de su preparación. Si se le deja desarrollar semejante plan de vida, es muy probable que no sea capaz de ocupar su puesto en la sociedad.

* * *

La neurosis da invariablemente alivio al sujeto, no, desde luego, a la luz de la objetividad y del sentido común, sino según su propia lógica privada: le asegura algún triunfo, o al menos le calma el miedo a la derrota. Así, la neurosis es el arma del cobarde, y el arma que más usan los débiles. No podemos pasar por alto el elemento agresivo o vengativo, muy velado, que hay en la mayoría de las neurosis.

Tuve el caso de un estudiante de medicina que quería suicidarse, un hombre de escasa estatura que, por eso mismo, quería ser alto. Su madre lo había mimado mucho; era la mujer de un médico, un marido tiránico con el que no era feliz. Un día la cocinera entró en la habitación gritando y clamando que el padre había intentado forzarla. Desde entonces la madre cayó en una depresión y lloraba continuamente. El muchacho no lo entendía y quería que yo se lo explicara. Ya había preguntado a su madre cómo podía deprimirla tanto la infidelidad de un marido por el que ni sentía ni había declarado nunca ningún afecto; pero ella interrumpió su pregunta gritando: «¡Tú no puedes entender <!-- p. 81 --> esto!». El estudiante, cuando le pregunté si el comportamiento del padre era tan brutal o tan rudo como antes, me dijo que, por el contrario, estaba muy tranquilo, sereno y considerado.

«¿Cree usted —le pregunté entonces— que su madre va a renunciar a su único medio de domar a ese tirano? Paga el precio con su depresión, pero siente que es la vencedora. Usted está haciendo algo muy parecido. Usted era el favorito de su madre, pero ahora está solo en una ciudad extranjera, privado de las atenciones de su madre, tan ocupada en domar a su padre. Está fracasando en sus estudios en la universidad y no está preparado para ser independiente, así que quiere impresionar a su madre con sus impulsos suicidas, igual que su madre impresiona a su padre con su depresión. Lo han adiestrado, como ocurre a menudo con los niños mimados, para triunfar haciendo alarde de debilidad».

* * *

Al investigar un estilo de vida neurótico debemos sospechar siempre la existencia de un adversario y observar quién sufre más a causa del estado del paciente. Por lo general es un miembro de la familia, y a veces una persona del otro sexo, aunque hay casos en que la enfermedad es un ataque contra la sociedad en su conjunto. En la neurosis hay siempre este elemento de acusación encubierta: el paciente se siente como si lo hubieran privado de su *derecho* —*es decir*, de ser el centro de la atención— y quiere cargar a alguien con la responsabilidad y la culpa. Mediante esta venganza y esta acusación ocultas, excluyendo la actividad social mientras lucha contra personas y reglas, el niño difícil y el neurótico encuentran algún alivio a su descontento. Hay casos en que el motivo de la venganza es bastante evidente, como ocurría con una neurótica a la que traté, cuyo matrimonio era completamente desdichado <!-- p. 82 --> y que, sin embargo, nunca quiso divorciarse de su marido, pues prefería seguir siendo una acusación continua contra él. Hay que recordar, sin embargo, que los neuróticos en general, como los perversos, los borrachos y los morfinómanos, no han negado del todo su sentimiento de comunidad, que todavía los aparta del crimen y del suicidio.

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## Capítulo VI

*La depresión como recurso de superioridad.—Complejos de culpa.—El estilo de vida mendicante.—Deseos polígamos.—Otro caso de mendicidad.—Las emociones en la neurosis.—Agorafobia.—Un desarrollo hacia la homosexualidad.—Tragar aire (aerofagia).*

Un curioso caso de depresión que traté una vez ilustra con mucha claridad cómo puede utilizarse la tristeza para acrecentar el sentimiento de superioridad. Era el caso de un hombre de cincuenta años, que decía sentirse perfectamente sano salvo cuando se hallaba en una situación especialmente agradable. Era, por ejemplo, cuando estaba en un concierto o en el teatro con su familia cuando le sobrevenía un acceso de melancolía; y en esa depresión se acordaba siempre de un amigo íntimo que había muerto cuando él tenía veinticinco años. Este amigo había sido su rival, no solo en los negocios, sino también como pretendiente a la mano de su mujer; un rival sin éxito, sin embargo, pues para cuando contrajo su enfermedad mortal, mi paciente ya le llevaba ventaja tanto en el amor como en los negocios.

El éxito había sido su suerte, tanto antes como después de la muerte del amigo; era el preferido de sus padres, no lo superaba ninguno de sus hermanos y hermanas, y prosperaba en el mundo. Su mujer, sin embargo, era un carácter ambicioso, que se esforzaba por resolver cada problema doméstico mediante un triunfo o una conquista personal, moral o de otro tipo; y entre dos personas así la lucha era, naturalmente, continua y dura. La mujer conseguía a veces el ascendiente con mucha habilidad, no riñendo ni dominando de ningún modo, sino poniéndose <!-- p. 84 --> muy nerviosa en las situaciones desventajosas y venciéndolo con su penoso estado. Nunca expresaba sus celos excesivos, pero procuraba atarlo, cuando le hacía falta, con sus accesos de angustia. Así, por muy afortunado que fuera en todas las relaciones de la vida menos una, el hombre no estaba seguro de haber alcanzado su meta de superioridad, y su ambición excesiva exigía una compensación.

Sé que muchos psicólogos buscarían un «complejo de culpa» para explicar esta depresión. Investigarían la infancia del paciente para descubrir un deseo muy temprano de matar a alguien, probablemente al padre. Este paciente, sin embargo, había sido el preferido de su padre, y no había la menor razón para que hubiera deseado jamás su muerte, puesto que siempre había sabido manejarlo en su propio interés. Una búsqueda tan equivocada de un «complejo de culpa» podría también llevar a un psicólogo a pensar que el paciente había deseado en secreto asesinar a su amigo y rival, y que, después de haber triunfado sobre él y de que el destino le concediera su deseo de muerte, seguía insatisfecho. Si así fuera, el complejo de culpa podría desarrollarse a partir del afán del paciente de verse a sí mismo bajo una luz más intensa. Querría expresar su buen sentimiento y su afecto hacia su antiguo rival con la mayor sinceridad y honradez; y al mismo tiempo lo sacudiría el recuerdo del fin fatal de su rival y de los pensamientos que no había podido desechar del todo antes de que ocurriera. Esto equivaldría a ese complicado estado de autoacusación y arrepentimiento a la vez que llamamos complejo de culpa, y que es siempre un afán de superioridad en el lado inútil de la vida. Como ya he observado, significa: «He alcanzado la cima del error», o «Mi virtud es tan elevada que esta leve mancha en ella me está matando».

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Sin embargo, en este caso no encontré indicios de esa clase, y la estima del hombre por la honradez como virtud no estaba desarrollada en exceso. Sus depresiones eran un intento de mostrarse superior a su mujer. Estar deprimido en situaciones muy favorables llamaba la atención sobre su buena fortuna mucho más que si se hubiera permitido disfrutarlas. Todo el mundo se sorprendía de su depresión, y él se preguntaba constantemente: «Tú, que eres feliz, ¿*por qué* estás deprimido, si tienes todo lo que quieres?». La mujer indomable era la única pena de su cómoda vida, y él se compensaba de ello *recordando su victoria* en la fase más difícil de su historia, cuando aventajó a su amigo y le ganó la mujer. La lealtad le prohibía alegrarse en el recuerdo de su amigo muerto; pero, aun así, podía alimentarse de aquel antiguo triunfo estando deprimido en el palco del teatro. Cuanto más melancólico estaba, y cuanto más brillante era la ocasión, más podía pensar en su conquista pasada y elevar la conciencia de su posición. Indagaciones más profundas confirmaron mi conclusión. Su amigo había muerto de parálisis a consecuencia de una sífilis, enfermedad que ambos habían contraído al mismo tiempo. Mi paciente, en cambio, se había curado; y ahora, rodeado de su mujer sana y de seis hijos, no podía menos de recordar, junto con el triunfo sobre su amigo, su victoria sobre la enfermedad.

Tales eran, pues, sus consuelos. En su matrimonio este hombre no se sentía superior; pero al menos su mujer era la mujer que su amigo había deseado, y ella lo había elegido a él. Contemplando el desastre de su amigo con una discreta melancolía, acrecentaba el sentimiento de victoria. Un consuelo de esta naturaleza está, sin embargo, en el lado inútil, y tiende, como vemos, hacia la enfermedad.

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Un hombre de treinta y seis años vino a consultarme por una impotencia sexual, después de haber probado diversos tratamientos. Era un hombre hecho a sí mismo, con una buena posición y físicamente sano, pero no muy instruido; y tenía una relación amorosa con una muchacha muy instruida. Era el segundo hijo, entre dos niñas, y había perdido a ambos padres a los cinco años. Recordaba que su familia había sido muy pobre, pero que él había sido un niño mimado, muy guapo y tranquilo, al que a los vecinos les gustaba hacer regalos; y que explotaba su generosidad comportándose como un mendigo. Uno de sus primeros recuerdos era el de andar por las calles en Nochebuena mirando en los escaparates los árboles de Navidad destinados *a otros*. En el orfanato, al que lo llevaron a los cinco años, lo trataron con severidad, pero su docilidad habitual y la naturaleza esforzada que tenía como segundo hijo le permitieron superar a los demás. Su servilismo le fue muy útil, pues lo ascendieron a criado principal de la institución. En esta ocupación tenía que esperar a veces largo rato en una vieja estación de ferrocarril abandonada, en el campo; y en esas ocasiones, cuando solo el zumbido de los hilos del telégrafo aliviaba la quietud mortal de la noche, se sentía completamente aislado y solo en un mundo sin amigos. Conservaba vivos recuerdos de esta experiencia.

A menudo, más tarde, se quejaba de zumbidos en los oídos, cuya causa ningún otólogo pudo encontrar. Resultaron, sin embargo, plenamente coherentes con su estilo de vida. Cuando se sentía aislado, lo que ocurría muy a menudo, el recuerdo del zumbido de los hilos volvía con toda la viveza de una alucinación. Después de explicárselo, y una vez que se hubo reconciliado un poco más con la sociedad y se le animó a casarse con su novia, el zumbido cesó.

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Es muy habitual que los niños criados en un orfanato hagan los mayores esfuerzos por ocultarlo, como si fuera una deshonra. Este hombre justificaba su ocultación afirmando que muchos huérfanos no triunfan en la vida. Consideraba el fracaso en la vida como el destino inexorable de los huérfanos, y de ahí su actitud tensa y esforzada en los negocios. Por la misma razón se detuvo ante el problema del amor y del matrimonio, y su impotencia neurótica fue el resultado inmediato de esta profunda vacilación.

El estilo de vida de este hombre, como hemos visto, era ser un mendigo. En los negocios, sin embargo (como antes en el orfanato), mendigar le había abierto el camino al dominio. En los negocios nada le gustaba más que una actitud mendicante por parte de sus subordinados. Solo era un mendigo hasta que podía ser un conquistador, y desempeñaba el segundo papel tan de buena gana como el primero. No hay necesidad de traer a colación la idea de unos rasgos «ambivalentes», como algunos psicólogos harían inmediatamente. Bien entendido, todo este proceso mental, que va de abajo arriba, que expresa una inferioridad pero la compensa con una superioridad, no es ambivalencia, sino una unidad dinámica. Solo si no se entiende como un todo lo vemos como dos entidades contradictorias y en guerra. En sus negocios encontramos al hombre con un «complejo de superioridad»; pero si perdiera su posición y tuviera que empezar de nuevo, volvería enseguida a la expresión de la inferioridad y sacaría partido de ella. En su problema amoroso estaba, por el momento, en la línea de acción sumisa, mendigando amor, pero tratando de llegar al dominio. Su novia lo quería y deseaba casarse con él, de modo que respondía a sus vacilaciones ¡adoptando cada vez más una actitud mendicante hacia él! De hecho, iba bien <!-- p. 88 --> encaminado para imponerse a ella, y a menudo lo conseguía en asuntos menores.

Todavía no había superado su actitud vacilante; pero después de que se le explicara su estilo de vida y se le animara, su estado mejoró y su impotencia desapareció. Opuso entonces una segunda resistencia: le atraían todas las mujeres, y estos deseos polígamos eran una escapatoria ante el matrimonio. Por entonces soñó que estaba tendido en un diván en mi consulta, y que se excitaba sexualmente y tenía una polución.

En mi consulta no hay ningún diván. Mis pacientes se sientan, están de pie o se mueven a su gusto; pero el diván de este sueño estaba en la consulta de un médico que lo había tratado unos meses antes. Este sueño le arrancó una confesión que nunca había hecho. Creía que tanto el otro médico como yo pertenecíamos a una sociedad secreta cuyo objeto era curar a pacientes como él proporcionándoles relaciones sexuales. Por eso había estado intentando averiguar cuál de mis pacientes mujeres sería elegida para él. El hecho de que echara de menos el diván en mi consulta era como una acusación contra mí: yo no era el médico adecuado. Había venido a mí *mendigando*, esperando que le resolviera sus dificultades, me hiciera cargo de sus responsabilidades y le ayudara a escapar del matrimonio. Mi complicidad para impedir su matrimonio había de llegar hasta el punto de hacerle de alcahuete, fantasía a la que contribuían su miedo, su impotencia y sus tendencias polígamas. A falta de ello, resolvería su problema sexual mediante poluciones, como otros podrían recurrir a la masturbación o a la perversión.

Se casó, pero fue difícil impedir que <!-- p. 89 --> desarrollara una actitud tiránica hacia su conciliadora mujer.

* * *

Otro caso de actitud mendicante me lo trajo un hombre de cincuenta años, el menor de una familia muy pobre. Su madre y los vecinos lo habían consentido a causa de una aparente debilidad, y pronto desarrolló unos modales muy tímidos. Siempre trataba de apoyarse en su madre y de apelar a la compasión de las personas débiles, sobre todo en tiempos difíciles, en los que mostraba una gran depresión y lloraba hasta que llegaba la ayuda. Ya hemos visto el uso que hacen del llanto tanto los niños como los adultos. El primer recuerdo de este hombre era que se había caído y se había hecho daño. La elección de este incidente para guardarlo en la memoria, entre todos los recuerdos posibles, solo se explica por su deseo de grabarse el peligro de la vida. Su técnica de vida consistía en perfeccionarse en el papel de mendigo, en atraer apoyo, consuelo y favor llamando la atención sobre sus achaques. Cada incidente se convertía en motivo de lágrimas.

De niño, este hombre había tardado mucho en aprender a hablar, y su madre, como siempre ocurre en tales casos, tenía que atenderle con tanto más cuidado para averiguar lo que quería. De este modo podía sentirse como un pequeño rey. Como dijo Lessing: «El verdadero mendigo es el único verdadero rey».[^t4] Se convirtió en un maestro del arte de mendigar, expresando su inferioridad en el poder que su apuro ejercía sobre los demás. «¿Cómo puedo hacer un rey del pobre niño débil?»: tal era el problema de la vida tal como él lo veía, y lo respondió elaborando su propio estilo, individual y esencialmente mendicante.

Este es un modo de vivir, y un aprendiz tan temprano se convierte en maestro consumado de su técnica. No lo <!-- p. 90 --> cambiará a menos que el coste se vuelva claramente excesivo, y entonces quizá se le pueda hacer ver que su método infantil no sirve para los problemas presentes. De otro modo el cambio le es imposible, porque toda su vida ha atribuido cada éxito al arte de mendigar y cada fracaso a la falta de destreza en él. Una meta como esta no puede calcularse a partir de la herencia ni de los estímulos del ambiente, pues la concepción individual que el niño se hace del futuro es el factor causal dominante, y la concepción de este paciente era tal que, siempre que quería alcanzar la superioridad, tenía que cometer un error o meterse en algún lío. Todos sus sentimientos estaban adecuadamente ordenados hacia la meta de conseguir así algo a cambio de nada.

Tras unos días de tratamiento, este hombre quedó muy impresionado por lo que le dije, y me envió un folleto que había escrito unos años antes. Se titulaba «Una asociación de mendigos».

* * *

La crítica, la cólera y la envidia habituales son indicios de un afán inútil de superioridad: son movimientos hacia el sometimiento de los demás, en la realidad o en la fantasía, para quedar por encima de todos. La crítica útil, de tendencia constructiva, guarda siempre alguna relación comprensible con el sentimiento de comunidad; pero cuando el motivo es simplemente elevarse en términos relativos rebajando o degradando a los demás, la tendencia es neurótica. Los neuróticos se sirven a menudo de la verdad para menospreciar a los demás, y es importante, cuando se pone freno a una crítica neurótica, no pasar por alto el elemento de verdad que contiene la observación.

La cólera suele ser señal de que quien se encoleriza se siente en desventaja, al menos momentáneamente. Los neuróticos la usan <!-- p. 91 --> con liberalidad como arma para intimidar a quienes son responsables de ellos. Aunque la cólera ocasional es una actitud comprensible en ciertas relaciones críticas, cuando es habitual es señal de angustia, de impaciencia o de sentimientos de impotencia o de opresión. Los pacientes con este hábito son a menudo muy hábiles para elegir los puntos vulnerables que atacar en los demás, y son también grandes estrategas en preparar las situaciones de tal modo que los otros queden un poco en falta antes de empezar la pelea.

La envidia es siempre una expresión de inferioridad, aunque a veces puede ser un estímulo para la acción útil. En la neurosis, sin embargo, la envidia del bien ajeno no llega hasta la emulación práctica. Se detiene como un tranvía antes del final del trayecto y deja al paciente irritable y deprimido.

* * *

En cierto número de music-hall muy popular sale el «forzudo» y levanta un peso enorme con cuidado y con inmensa dificultad, y luego, mientras el público aplaude con ganas, entra un niño y descubre el engaño llevándose con una mano el peso de pega. Hay muchos neuróticos que nos engañan con pesos así y que son expertos en el arte de parecer abrumados. Podrían bailar de verdad con la carga bajo la cual se tambalean como Atlas sosteniendo el mundo sobre sus hombros. Y, sin embargo, no puede negarse que los neuróticos sienten su carga muy vivamente. Pueden estar continuamente cansados. A veces sudan muchísimo, y sus síntomas pueden hacer pensar en la posibilidad de una tuberculosis. Cada movimiento les cansa mucho, y a menudo padecen palpitaciones. Deprimidos por lo general, exigen continuamente de los demás unos cuidados más solícitos, y sin embargo los encuentran continuamente insuficientes.

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Tuve un caso de agorafobia en un hombre de cincuenta y tres años, que notaba que no podía respirar bien cuando estaba en compañía de otros. Vivía con su hermana y tenía un hijo cuyo carácter se parecía mucho al suyo. Cuando investigué la causa de esa concentración poco común del interés de este hombre en sí mismo, encontré que se había quedado huérfano a los diez años, y que en la casa había dos hermanos mayores. Fue durante una riña entre ellos cuando tuvo su primer ataque. Esto indica la tendencia a afrontar una situación difícil derrumbándose. El hombre era el menor de una familia de ocho hijos, y lo educó su abuelo. Un abuelo es casi invariablemente un padre adoptivo que mima. El padre y la madre del paciente habían sido felices en su matrimonio; el padre era superior y la madre más bien fría, de modo que el niño se sintió atraído por su padre.

La primera camaradería del niño en la vida es siempre con la madre, si está presente; de modo que, si se inclina más hacia el padre, podemos suponer que la madre no presta al niño la atención suficiente: probablemente es poco cariñosa, está ocupada en otras cosas o atiende más a un hijo menor. En tales circunstancias el niño se vuelve hacia el padre, si puede, y en este caso la resistencia a la madre era muy marcada.

A menudo las personas son incapaces de recordar correctamente sus situaciones más tempranas, pero la experiencia nos permite reconstruir sus circunstancias a partir de indicios relativamente escasos. Un hombre decía que solo podía recordar tres incidentes de su primera infancia que se le hubieran grabado profundamente en la memoria. El primero ocurrió a los tres años, cuando murió su hermano. Estaba con su abuelo el día del entierro, cuando su madre volvió del cementerio, apenada y sollozando, y cuando el abuelo la besó <!-- p. 93 --> susurrándole algunas palabras amables y de consuelo, el niño vio que su madre sonreía un poco. Esto le disgustó mucho, y durante largo tiempo guardó rencor a su madre por aquella sonrisa el día en que enterraron a su hijo. Un segundo recuerdo que había conservado era un amistoso reproche de su tío, que le había preguntado: «¿Por qué eres siempre tan brusco con tu madre?». Un tercer recuerdo de la misma época de su vida se refería a una riña entre sus padres, tras la cual se volvió hacia su padre diciéndole: «¡Has sido valiente, papá, como un soldado!». Dependía mucho de su padre, que lo mimaba; y siempre admiró a su padre más que a su madre, aunque se daba cuenta de que el carácter de su madre era de un tipo mejor.

Todos estos recuerdos, que parecían datar de su tercer o cuarto año, mostraban la actitud combativa hacia la madre. El primer recuerdo y el tercero estaban claramente regidos por su meta, que era criticar a la madre y justificarse por volverse hacia el padre. La razón por la que se apartó de la madre es fácil de adivinar: ella lo había mimado demasiado para que pudiera soportar la aparición en escena del hermano menor, ese mismo hermano menor que figura de manera aparentemente inocente en el primer recuerdo.

Este paciente se había casado a los veinticuatro años, y el matrimonio lo había decepcionado por las exigencias de su mujer. El matrimonio entre dos niños mimados es siempre desdichado, porque ambos permanecen en la actitud de espera y ninguno empieza a dar. Este hombre pasó por experiencias diversas y probó distintas ocupaciones sin éxito. Su mujer no era comprensiva, y se quejaba de que preferiría ser la amante de un hombre rico a <!-- p. 94 --> ser la esposa de uno pobre; y la unión terminó en divorcio. Aunque el hombre no era realmente pobre, era muy tacaño con su mujer, y ella se divorció de él por venganza.

Después del divorcio se volvió misógino y desarrolló tendencias homosexuales; no tenía relaciones efectivas con hombres, pero sentía el deseo de abrazar a hombres. Esta inclinación homosexual era, como de costumbre, una especie de cobardía. Había sido derrotado y frustrado dos veces por mujeres, primero por su madre y después por su mujer, y ahora trataba de desviar su sexualidad hacia los hombres para eludir a las mujeres y nuevas posibilidades de humillación. Para afianzarse en una tendencia así, un hombre puede falsear fácilmente el pasado recordando y exagerando la importancia de ciertas experiencias corrientes, que luego toma como pruebas de unas tendencias homosexuales innatas. Así, este paciente recordaba que había estado enamorado de un maestro de escuela, y que en su juventud un amigo lo había inducido a la masturbación mutua.

El factor determinante de la conducta de este hombre era que había sido un niño mimado que lo quería todo a cambio de nada. Su agorafobia se debía, por un lado, al miedo a encontrarse con mujeres, y, por otro, a que también era peligroso encontrarse con hombres, por una posible inclinación erótica hacia ellos. En esta tensión afectiva ante la idea de salir de casa desarrolló trastornos gástricos y respiratorios. Muchas personas nerviosas empiezan a tragar aire cuando entran en un estado de tensión, lo que causa flatulencia, trastornos de estómago, angustia y palpitaciones, además de afectar a la respiración. Cuando le hice comprender que este era su estado, me hizo la pregunta habitual: «¿Qué tengo que hacer para no tragar aire?». A veces respondo: «Puedo decirle cómo montar a caballo, pero no puedo decirle cómo *no* montar a <!-- p. 95 --> caballo». O a veces aconsejo: «Si quiere salir y se siente en conflicto, trague un poco de aire rápidamente». Este hombre, como algunos otros pacientes, tragaba aire incluso durmiendo, pero después de mi consejo empezó a dominarse y abandonó el hábito. Tragar aire por la noche y vomitar al despertar son cosas que se dan en estos pacientes que sufren trastornos de estómago y angustia cuando les preocupa una dificultad que han de afrontar al día siguiente. El paciente en cuestión empezó a recuperarse cuando llegó a comprender que, como niño mimado, esperaba recibir continuamente sin dar. Ahora se daba cuenta de que primero había detenido su vida sexual normal, buscando algo más fácil, y que luego había adoptado una homosexualidad ficticia en la que también se detenía antes del peligro, de modo que todo el proceso era una manera muy elaborada de quedarse parado. El último obstáculo que había que eliminar era su miedo a mezclarse con desconocidos que no se preocupaban por él, como la gente de la calle. Este miedo lo produce el motivo más profundo de la agorafobia, que es excluir todas las situaciones en que uno no es el centro de la atención.

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## Capítulo VII

*La psicología de la posición en la familia.—El primer hijo.—Su destronamiento.—Un segundo hijo incapaz de alcanzar al primero.—El mayor, un conservador.—El segundo hijo.—La neurosis de un segundo hijo.—El segundo hijo, un revolucionario.—El hijo menor.—El hijo menor, un conquistador en el mito y el folclore.—Un hijo menor mimado con un cáncer imaginario.—El hijo único.—Su problema educativo.—Desarrollo de la homosexualidad.—Autoperversión.—Casos desastrosos.—Influencia de otros factores del ambiente familiar.—Efecto de las supersticiones o de las ideas fanáticas.*

Es un error común imaginar que los hijos de una misma familia se forman en el mismo ambiente. Desde luego, hay mucho que es igual para todos en un mismo hogar, pero la situación psíquica de cada niño es individual y difiere de la de los demás, a causa del orden en que se suceden.

Ha habido algún malentendido acerca de mi costumbre de clasificar según la posición en la familia. No es, claro está, el número que ocupa el niño en el orden de los nacimientos sucesivos lo que influye en su carácter, sino la situación en que nace. Así, si el hijo mayor es débil mental o está postergado, el segundo puede adquirir un estilo de vida semejante al de un primogénito; y en una familia numerosa, si dos nacen mucho después que los demás y crecen juntos, separados de los hermanos mayores, el mayor de estos dos puede desarrollarse como un primer hijo. Esto ocurre también a veces en el caso de los gemelos.

El primer hijo tiene la posición única de haber estado <!-- p. 97 --> solo al principio. Como es así el centro del interés, por lo general se le mima. En esto se parece al hijo único, y el mimo es casi inevitable en ambos casos. El primer hijo, sin embargo, suele sufrir un importante cambio de situación: es destronado cuando nace el segundo niño. Por lo general el niño no está en absoluto preparado para este cambio, y siente que ha perdido su posición de centro del amor y de la atención. Surge entonces en su ánimo una gran tensión y un afán de recuperar el favor perdido. Emplea todos los medios con los que hasta entonces ha atraído la atención. Desde luego, le gustaría seguir el mejor camino, ser querido por su bondad; pero esto suele pasar inadvertido cuando todo el mundo está ocupado con el recién llegado, y entonces es probable que cambie de táctica, que recurra a viejas actividades que atraían la atención, aunque fuera desfavorable, y que las intensifique cada vez más. Si es inteligente, actúa con inteligencia, pero no en armonía con las exigencias de la familia. El antagonismo, la desobediencia, los ataques al bebé o incluso los intentos de hacer el papel de bebé obligan a los padres a volver a tener en cuenta su existencia. Tiene que estar en el centro de los focos, aunque sea a costa de expresar debilidad o de imitar una vuelta a la primera infancia. Así, hipnotizado por el pasado, alcanza su meta en el presente por medios inadecuados: muestra de repente que no es capaz de valerse solo, necesita ayuda para comer y para hacer sus necesidades y exige que se le vigile constantemente, o se gana la solicitud de los demás metiéndose en peligros y aterrorizando a los padres. La aparición de rasgos como los celos, la envidia o el egoísmo guarda una relación evidente con las circunstancias, pero también puede entregarse a enfermedades como el asma y la tos ferina, o prolongarlas. En ciertos tipos la tensión puede producir dolor de cabeza, migraña, trastornos de estómago, *petit mal* y corea histérica. Síntomas más leves se manifiestan <!-- p. 98 --> en un aspecto cansado y en un cambio general de la conducta a peor, con el que el niño impresiona a sus padres. Naturalmente, cuanto más tarde nace el bebé rival, más inteligente y comprensible será el cambio de conducta del primer hijo. Si es destronado muy pronto, los esfuerzos del primogénito tienen un carácter más instintivo. El estilo de su afán estará condicionado en todo caso por la reacción de los demás en su ambiente y por la manera en que él la estime. Si, por ejemplo, el niño destronado descubre que puede vencer peleando, se convertirá en un niño peleón; si pelear no le da resultado, puede perder la esperanza, deprimirse y apuntarse un éxito preocupando y asustando a los padres, tras lo cual recurrirá a usos cada vez más sutiles de la desgracia para lograr su fin.

La actividad de un prototipo así en la vida posterior se puso de manifiesto en el caso de un hombre que empezó a tener miedo de tragar por temor a atragantarse. ¿Por qué eligió este síntoma y no otro? El paciente tenía una dificultad social inmediata en la conducta de un amigo íntimo, que le atacaba violentamente. Tanto el paciente como su mujer habían llegado a la conclusión de que no debía seguir aguantándolo, pero él no se sentía con fuerzas para afrontar la lucha. Al indagar en su infancia, resultó que ya antes había tenido una dificultad así para tragar. Era el hijo mayor y su hermano menor le había superado, y entonces había logrado, con esa dificultad para comer, que su padre y su madre velaran por él. Ahora, ante una derrota personal en su vida posterior y sin saber qué hacer, recurrió a esta vieja línea de defensa, como si pudiera hacer que alguien velara por él y le ayudara.

El destronamiento del primer hijo por otro puede hacer que se aparte de la madre y se vuelva hacia el padre, y entonces persistirá para siempre una actitud muy <!-- p. 99 --> crítica hacia la madre. Una persona de este tipo siempre teme quedar relegada en la vida; y observamos que en todos sus asuntos le gusta dar un paso adelante y luego otro atrás, de modo que no pueda ocurrir nada decisivo. Siempre se siente justificada para temer que una situación favorable cambie. Ante las tres cuestiones de la vida adoptará una actitud vacilante, con ciertas tendencias problemáticas y neuróticas. Estas últimas las sentirá como una ayuda y una seguridad. Se acercará a la sociedad, por ejemplo, con una actitud hostil; en cuanto a su ocupación, estará siempre cambiando; y en su vida erótica encontrará falta de función y tendencias polígamas: si se enamora de una persona, muy pronto se enamora de otra. Dubitativo y reacio a decidir nada, se convierte en un gran aplazador. Una vez tuve un ejemplo perfectísimo de este tipo, y su primer recuerdo era este: «A los tres años tuve la escarlatina. Mi madre me dio el ácido fénico por error, en lugar de un gargarismo, y estuve a punto de morir». Tenía una hermana menor que era la preferida de su madre. Más adelante en la vida, este paciente había desarrollado una curiosa fantasía en la que una muchacha joven dominaba y maltrataba a otra mayor. A veces se la imaginaba montada sobre la vieja como si fuera un caballo.

El hijo mayor, sin embargo, puede estar tan firmemente asentado en el favor de los padres que no se le pueda desplazar. Esto puede deberse a sus propias buenas dotes y a su buen desarrollo, o bien a la inferioridad del segundo hijo, si este es feo, tiene alguna desventaja orgánica o ha sido mal educado. En tal caso es el segundo hijo el que se convierte en el problema, y el mayor puede tener un desarrollo muy satisfactorio, como en el caso siguiente:

De dos hermanos que se llevaban cuatro años, el mayor había <!-- p. 100 --> estado muy apegado a la madre, y cuando nació el menor el padre llevaba algún tiempo enfermo, lo que ocupaba todo el tiempo y la mayor parte de la atención de la madre. El mayor, educado en la amistad y la obediencia hacia ella, procuraba ayudarla y aliviarla, y al menor lo pusieron al cuidado de una niñera, que lo mimó. Esta situación duró algunos años, de modo que el menor no tuvo ninguna posibilidad razonable de competir con el mayor por el amor de la madre; y pronto abandonó el lado útil de la vida y se volvió salvaje y desobediente. Su conducta empeoró todavía más cuatro años después, cuando nació una hermanita, a la que la madre pudo dedicarse a raíz de la muerte del padre. Excluido así dos veces de la atención de la madre y mimado por la niñera, no tiene por qué sorprendernos que este segundo hijo fuera el peor alumno de su clase, mientras que el mayor era siempre el mejor. Sintiéndose desesperadamente en desventaja en la competencia con su hermano, no querido en casa y reprendido en la escuela (de la que finalmente fue expulsado), este segundo hijo no encontró en la vida otra meta que atormentar a su madre. Como era físicamente más fuerte que su hermano y que su hermana, se dedicó a tiranizarlos. Desperdiciaba el tiempo, y en la pubertad empezó a derrochar dinero y a contraer deudas. Sus padres, honrados y bienintencionados, le pusieron un preceptor muy severo que, claro está, no comprendió la situación y la trató superficialmente con castigos. Así el muchacho se convirtió en un hombre que se afanaba por hacerse rico rápida y fácilmente. Cayó como presa fácil en manos de consejeros sin escrúpulos, los siguió en empresas infructuosas y no solo perdió su dinero, sino que comprometió a sus padres con sus deudas deshonrosas.

Los hechos del caso mostraban claramente que todo el valor que este hombre tuvo nunca le venía dictado por su insatisfecho deseo de <!-- p. 101 --> conquistar. Esto se veía con la mayor claridad en un extraño juego al que jugaba de vez en cuando, sobre todo cuando las cosas le iban mal. Su niñera era ahora una anciana que se ganaba la vida en la familia como criada de categoría, y seguía adorando al segundo hijo e intercediendo siempre por él en sus numerosos líos. El singular entretenimiento al que se entregaba consistía en encerrarse con ella en una habitación y obligarla a jugar a los soldados con él, mandándole marchar, tirarse al suelo y levantarse de un salto a sus órdenes; y a veces avivaba su obediencia pegándole con un palo. Ella obedecía siempre, aunque gritaba y se resistía.

Este singular entretenimiento revelaba lo que él quería en realidad: la dominación más completa por el camino más fácil. Algunos autores describirían esto como una conducta sádica, pero yo pongo reparos al uso de una palabra que implica un interés sexual, pues no pude descubrir en ello nada de esa índole. En materia sexual el hombre era prácticamente normal, salvo que cambiaba de objeto con demasiada frecuencia y elegía siempre a personas inferiores. El sadismo genuino es en sí mismo una tendencia dominante que se vale del impulso sexual para expresarse, debido al desaliento del individuo en otros terrenos.

Al final este hombre se metió en circunstancias muy malas, mientras que el hermano mayor llegó a tener mucho éxito y a ser muy respetado.

El hijo mayor, en parte porque a menudo se encuentra actuando como representante de la autoridad de los padres, cree normalmente mucho en el poder y en las leyes. La percepción intuitiva de este hecho se manifiesta en la antigua y persistente costumbre del mayorazgo. A menudo puede observarse en la literatura. Así, Theodore Fontane[^t5] escribió sobre su perplejidad ante el placer que sentía su padre al enterarse de que diez mil polacos habían derrotado a veinte mil rusos. Su padre era un <!-- p. 102 --> emigrado francés que había tomado partido por los polacos, pero al escritor le parecía inconcebible que el más fuerte pudiera ser vencido; sentía que la fuerza debía triunfar, y que tenía que triunfar. Esto se debía a que Theodore Fontane era un primer hijo. En todo caso, el hijo mayor está más dispuesto que los demás a reconocer el poder, y le gusta apoyarlo. Esto se ve en la vida de científicos, políticos y artistas, lo mismo que en la de gentes más sencillas. Aun cuando la persona sea un revolucionario, encontramos una tendencia conservadora, como en el caso de Robespierre.

* * *

El segundo hijo está en una situación muy distinta, pues nunca ha tenido la experiencia de ser el único. Aunque también se le mima al principio, nunca es el único centro de la atención. La vida es desde el principio más o menos una carrera: el primer hijo marca el paso, y el segundo trata de superarle. Lo que resulte de la competencia entre dos niños así depende de su valor y de su confianza en sí mismos. Si el mayor se desanima, estará en una situación grave, sobre todo si el menor es realmente fuerte y le adelanta.

Si el segundo hijo pierde la esperanza de igualarle, tratará de *brillar* más en lugar de *ser* más. Es decir, si el mayor es demasiado fuerte para él, el menor tenderá a escapar al lado inútil de la vida, y en nuestros casos problemáticos la pereza, la mentira o el robo empezarán a allanar el camino hacia la neurosis, el crimen y la autodestrucción.

Por regla general, sin embargo, el segundo hijo está en mejor posición que el primero. El que le marca el paso le estimula al esfuerzo. Además, es cosa corriente que el primer hijo acelere su propio destronamiento luchando contra él con envidia, celos y agresividad, que le hacen perder el favor de los padres. Es <!-- p. 103 --> cuando el primer hijo es brillante cuando el segundo se encuentra en la peor situación.

Pero el hijo mayor no siempre es el que más sufre, aun cuando sea destronado. Lo vi en el caso de una niña que había sido el centro de la atención y había estado sumamente mimada hasta que cumplió tres años, cuando nació una hermana. Tras el nacimiento de su hermana se volvió muy celosa y se convirtió en una niña difícil. La hermana menor creció con modales dulces y encantadores, y era con mucho la más querida de las dos. Pero cuando esta hermana menor fue a la escuela, la situación no fue de su gusto: ya no la mimaban, y como no estaba preparada para afrontar dificultades, se asustó y trató de retirarse. Para escapar a la derrota, tanto de hecho como en apariencia, adoptó un recurso muy común entre los desalentados: no terminaba nunca nada de lo que hacía, de modo que siempre escapaba al juicio definitivo, y perdía todo el tiempo posible. Vemos que el tiempo es el gran enemigo de estas personas, pues en las condiciones sociales sienten como si el tiempo las persiguiera continuamente con la pregunta: «¿Cómo vas a emplearme?». De ahí sus extraños esfuerzos por «matar el tiempo» con actividades tontas. Esta muchacha llegaba siempre tarde y aplazaba toda acción. No se enfrentaba a nadie, ni siquiera cuando la reprendían, pero su encanto y su dulzura, que se mantenían como antes, no le impedían ser una preocupación y una carga mayores que su peleona hermana.

Cuando la hermana mayor se prometió para casarse, la menor se sintió desesperadamente desdichada. Aunque había ganado la primera etapa de la carrera con su rival mediante la dulzura y la obediencia, había abandonado en las etapas posteriores de la escuela y de la vida social. Sintió el matrimonio de su hermana como una derrota, y sintió que su única esperanza de recuperar terreno sería casarse <!-- p. 104 --> también. Sin embargo, no tuvo valor suficiente para elegir una pareja adecuada, e instintivamente buscó una de segunda categoría. Primero se enamoró de un hombre gravemente enfermo de tuberculosis. ¿Podemos considerar esto como un paso adelante? ¿Contradice su costumbre preestablecida de dejar sin terminar todas las tareas? En absoluto: la mala salud de su enamorado y la natural resistencia de sus padres al enlace eran causas seguras de demora y de frustración. Prefería que su elección tuviera un elemento de imposibilidad. Más adelante apareció en su vida otro partido poco aceptable, en la persona de un hombre treinta años mayor que ella y, al parecer, senil. Sin embargo, este no se murió, y la boda se celebró; pero no fue un gran éxito para ella, pues la actitud de desesperanza en que se había entrenado no le permitía ninguna actividad útil. Inhibía también su vida sexual, que ella consideraba repugnante, y que la hacía sentirse humillada y manchada. Empleaba sus métodos habituales para eludir el amor y aplazar las relaciones en los momentos oportunos. No lo logró del todo, sin embargo, y quedó embarazada, cosa que consideró otro suceso sin esperanza, y desde entonces no solo rechazaba las caricias, sino que se quejaba de sentirse manchada y empezó a lavar y limpiar todo el día. No solo se lavaba a sí misma, sino que limpiaba todo lo que habían tocado su marido, la criada o las visitas, incluidos los muebles, la ropa blanca y los zapatos. Pronto no permitía que nadie tocara ninguno de los objetos de su habitación, y vivía en una neurosis de obsesión de lavarse. Así quedaba dispensada de la solución de sus problemas, y alcanzaba una meta de superioridad muy elevada: se sentía más escrupulosamente limpia que nadie.

El afán exagerado de una meta elevada de gran distinción se expresa bien en la neurosis de la «obsesión de lavarse». Hasta donde he podido averiguar, esta <!-- p. 105 --> enfermedad se utiliza siempre como medio de evitar las relaciones sexuales, y da invariablemente la compensación fantástica de sentirse más limpio que todos los demás.

* * *

Con este sentimiento de la vida como una carrera, sin embargo, el segundo hijo suele entrenarse con más rigor, y si su valor se mantiene, está en buen camino de superar al mayor en su propio terreno. Si tiene un poco menos de valor, elegirá superar al mayor en otro campo; y si todavía menos, se volverá más crítico y antagonista de lo normal, no de manera objetiva sino personal. En la infancia esta actitud aparece en las pequeñeces: querrá la ventana cerrada cuando el mayor la abre, encenderá la luz cuando el otro quiere apagarla, y llevará la contraria sistemáticamente.

Esta situación está bien descrita en la historia bíblica de Esaú y Jacob, donde Jacob logra usurpar los privilegios del primogénito. La condición del segundo hijo es como la de una máquina sometida constantemente a un exceso de presión de vapor. Lo expresó bien un niño de cuatro años que exclamó llorando: «Soy muy desgraciado porque *nunca* podré tener la edad de mi hermano».

El hecho de que los niños repitan la conducta psíquica de los hermanos mayores y de los padres lo atribuyen algunos autores a un instinto de imitación o a una «identificación» del yo con otro; pero se explica mejor como una manera de afirmar una igualdad que se les niega por otros caminos. Los parecidos psíquicos con la conducta de los antepasados o incluso de los salvajes no significan que el patrón de reacción psíquica sea hereditario, sino que muchos individuos emplean los mismos medios de ataque y de defensa en situaciones semejantes. Cuando encontramos tanto parecido entre todos los primeros hijos, todos los segundos y todos los menores, bien podemos preguntarnos qué papel le queda <!-- p. 106 --> a la herencia. Por eso tampoco nos sirve, como psicólogos, la teoría de que el desarrollo mental del individuo debe repetir en etapas sucesivas el desarrollo de la especie humana.

En su desarrollo posterior, el segundo hijo rara vez es capaz de soportar la dirección estricta de otros o de aceptar la idea de «leyes eternas». Estará mucho más inclinado a creer, con razón o sin ella, que no hay en el mundo poder que no pueda ser derribado. ¡Cuidado con sus sutilezas revolucionarias! He conocido unos cuantos casos en que el segundo hijo se ha valido de los medios más extraños para socavar el poder de las personas o de las tradiciones dominantes. No todo el mundo, y desde luego no estos mismos rebeldes, estaría fácilmente de acuerdo con mi manera de ver su conducta. Pues aunque es posible poner en peligro un poder dominante con la calumnia, hay maneras más insidiosas, por ejemplo, el elogio excesivo: se puede idealizar y glorificar a un hombre o un método hasta que la realidad no pueda estar a la altura. Ambos métodos se emplean en el discurso de Marco Antonio en *Julio César*, y he mostrado en otro lugar cómo Fiódor Dostoievski se sirvió magistralmente del segundo medio, quizá inconscientemente, para socavar los pilares de la vieja Rusia. Quienes recuerden su representación del padre Zósima en *Los hermanos Karamázov*, y recuerden también que era un segundo hijo, admitirán la fuerza de mi sugerencia.

Apenas necesito decir que el estilo de vida de un segundo hijo, como el del primero, puede aparecer también en otro niño si la situación sigue un patrón semejante.

* * *

El hijo menor es también un tipo distinto, que presenta ciertos rasgos de estilo que nunca dejamos de encontrar. <!-- p. 107 --> Siempre ha sido el bebé de la familia, y nunca ha conocido la tragedia de verse desposeído por uno más pequeño, que es más o menos el destino de todos los demás hijos. En este aspecto su situación es privilegiada, y su educación es a menudo relativamente mejor, pues es probable que la posición económica de la familia sea más segura en sus últimos años. No es raro que los hijos ya mayores se unan a los padres para mimar al menor, que corre así el riesgo de ser demasiado consentido. Por otro lado, el menor puede también verse demasiado estimulado por los mayores; ambos errores son bien conocidos por nuestros educadores. En el primer caso (el del exceso de indulgencia) el niño se afanará toda la vida por ser sostenido por los demás. En el segundo caso se parecerá más bien a un segundo hijo: avanzará compitiendo, se afanará por alcanzar a todos los que le marcan el paso y en la mayoría de los casos no lo conseguirá. Por eso a menudo busca un campo de actividad alejado del de los demás miembros de la familia, con lo que, a mi juicio, da señal de una cobardía oculta. Si la familia es de comerciantes, por ejemplo, el menor se inclina por el Arte o la Poesía; si es de científicos, quiere ser vendedor. He señalado en otro lugar que muchos de los hombres de más éxito de nuestro tiempo fueron hijos menores, y estoy convencido de que lo mismo ocurre en cualquier otra época. En la historia bíblica encontramos un número notable de hijos menores entre los personajes principales, como David, Saúl y José. La historia de José es un ejemplo especialmente bueno, e ilustra muchas de las opiniones que hemos expuesto. Su hermano menor Benjamín tenía diecisiete años menos que él, y cuando José alcanzó la cumbre de su poder no conocía la existencia de este hermano menor. Su posición psicológica era, por tanto, la de un hijo menor.

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Es interesante observar lo bien que los hermanos de José entendieron sus sueños. Más exactamente, debería decir que entendieron el sentimiento y la emoción del soñador, un punto al que volveré más adelante. El propósito de un sueño no es ser entendido, sino crear un estado de ánimo y una tensión afectiva.

En los cuentos de hadas de todas las épocas y de todos los pueblos el hijo menor desempeña el papel de conquistador. Deduzco que en tiempos antiguos, cuando tanto las circunstancias como la manera en que los hombres las comprendían eran más sencillas, era más fácil reunir experiencias y entender la corriente coherente de la vida del último nacido. Esta comprensión tradicional del carácter sobrevive en el folclore cuando las experiencias reales se han olvidado.

* * *

Un caso extraño del tipo de hijo menor mimado es el que ya he expuesto, el de un hombre con un estilo de vida «mendicante». Me encontré con otro en las dificultades de un médico que desde hacía veinte años era incapaz de tragar normalmente y solo podía tomar alimentos líquidos. Hacía poco que le habían hecho una dentadura postiza, que movía continuamente arriba y abajo con la lengua, costumbre que le causaba dolor y llagas en la lengua, de modo que temía estar desarrollando un cáncer.

Era el menor de tres hermanos, con dos hermanas mayores, y había sido débil y muy consentido. A los cuarenta años solo podía comer solo o con sus hermanas. Esto es una clara indicación de que solo se sentía a gusto en su situación preferida: la de ser mimado por sus hermanas. Todo acercamiento a la sociedad le había resultado difícil, y no tenía amigos, sino solo unos pocos conocidos con quienes se reunía una vez por semana en un restaurante. Como su actitud ante las tres cuestiones de la vida era de temor y temblor, podemos entender que su <!-- p. 109 --> tensión con otras personas le impidiera tragar la comida. Vivía en una especie de miedo escénico, temeroso de no estar causando una impresión suficientemente buena.

Este hombre respondía a la segunda cuestión de la vida (la de la ocupación) con una competencia aceptable, porque era de origen pobre y no podía vivir sin ganar dinero, pero sufría muchísimo en su profesión, y estuvo a punto de desmayarse cuando tuvo que hacer sus exámenes. Su ambición, como médico general, era obtener un puesto con sueldo fijo y, más adelante, una pensión. Esta atracción por los puestos oficiales es un signo de inseguridad, y las personas con un profundo sentimiento de insuficiencia aspiran por lo común al «empleo seguro». Durante años se abandonó a sus síntomas. Al hacerse mayor perdió algunos dientes y decidió hacerse una dentadura, que fue la ocasión de su último síntoma.

Cuando vino a verme, el paciente tenía sesenta años y seguía viviendo al cuidado de sus dos hermanas. Ambas padecían los achaques de la edad, y yo vi claro que este hombre, que envejecía y que había sido mimado por dos mujeres solteras y mucho mayores que él, se enfrentaba a una situación nueva. Tenía mucho miedo de que sus hermanas murieran. ¿Qué haría en ese caso él, que necesitaba que se le prestara atención y se velara por él continuamente? Nunca se había enamorado, pues nunca había podido encontrar una mujer a quien confiar su frágil felicidad. ¿Cómo iba a creer que alguien le mimaría como lo habían hecho su madre y sus hermanas mayores? Era fácil adivinar la forma de su sexualidad: masturbación y algunos escarceos amorosos con muchachas; pero hacía poco que una mujer mayor había querido casarse con él, y él deseaba parecer más agradable y atractivo en su conducta. El comienzo de una lucha parecía inminente, pero su nueva dentadura postiza acudió en su auxilio. En <!-- p. 110 --> el momento justo empezó a angustiarse por si contraía un cáncer de lengua.

Él mismo, como médico, dudaba mucho de la realidad de ese cáncer. Los muchos cirujanos y médicos a los que consultó trataron todos de disuadirle de creer en él, pero él persistía en su incertidumbre, seguía apretando la lengua contra la dentadura hasta hacerse daño, y entonces consultaba a otro médico.

Estas preocupaciones —«ideas sobrevaloradas», como las llama Wernicke— se cultivan cuidadosamente en el arreglo de una neurosis. El paciente se aparta del objetivo correcto fijando su mirada cada vez con más firmeza en un punto situado fuera de su rumbo. Lo hace para desviarse de una dirección que la necesidad lógica empieza a señalarle. La solución lógica de su problema sería contraria a su estilo de vida, y como el estilo de vida ha de mandar, tiene que establecer emociones y sentimientos que le aseguren la huida.

A pesar de que este hombre tenía sesenta años, la única solución lógica de su problema era encontrar, antes de que sus hermanas le faltaran, un sustituto digno de confianza para ellas, que le mimaban. Su mente desconfiada no podía elevarse a la esperanza de que eso fuera posible; ni sus dudas podían disiparse con la lógica, porque había construido toda su vida con una resistencia decidida al matrimonio. La dentadura postiza, que debería haber sido una ayuda para el matrimonio, se convirtió en un impedimento insuperable.

En el tratamiento de este caso era inútil atacar la creencia en el cáncer. Cuando comprendió la coherencia de su conducta, los síntomas del paciente se aliviaron mucho. Al día siguiente me contó un sueño: «Estaba sentado en casa de una tercera hermana, en la celebración del cumpleaños de su hijo de trece años. Estaba completamente sano, no sentía ningún dolor <!-- p. 111 --> y podía tragar cualquier cosa». Pero este sueño se refería a un episodio de su vida que había ocurrido quince años antes. Su sentido es muy evidente: «*Ojalá tuviera quince años menos*». Así se mantiene el estilo.

* * *

El hijo único tiene también sus dificultades típicas. Como conserva sin esfuerzo el centro de la escena y por lo general está mimado, se forma un estilo de vida tal que los demás le sostengan y, al mismo tiempo, él los domine. Muy a menudo crece en un ambiente íntimo. Puede que los padres tengan miedo de tener más hijos, y a veces la madre, que ya era neurótica antes de su llegada, no se siente capaz de criar más hijos y adopta una conducta tal que todo el mundo tiene que decir: «Es una bendición que esta mujer no tenga más hijos». El control de la natalidad puede absorber gran parte de la atención de la familia, en cuyo caso podemos deducir que hay tensión y que los dos padres se han unido para llevar su vida en la angustia. Los cuidados que entonces se dedican al hijo único no cesan ni de día ni de noche, y a menudo le inculcan la creencia de que no ser vigilado y protegido es un peligro casi mortal. Estos niños suelen crecer cautelosos, y tarde o temprano a menudo tienen éxito y obtienen la estima y la atención que desean. Pero si llegan a condiciones de vida completamente distintas, pueden mostrar una insuficiencia sorprendente.

Los hijos únicos son a menudo muy dulces y cariñosos, y más adelante en la vida pueden desarrollar modales encantadores para agradar a los demás, pues se entrenan de esta manera tanto en la primera infancia como después. Suelen estar más unidos al progenitor más indulgente, que por lo general es la madre; y en algunos casos desarrollan una actitud hostil hacia el otro progenitor.

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La educación del hijo único no es fácil, pero es posible comprender el problema individual y resolverlo correctamente. No consideramos peligrosa la situación del hijo único, pero encontramos que, a falta de los mejores métodos educativos, se producen resultados muy malos que se habrían evitado si hubiera habido hermanos y hermanas.

* * *

Expondré un caso del desarrollo de un hijo único, un muchacho cuyo apego era enteramente hacia la madre. El padre no tenía ninguna importancia en la familia; los mantenía, pero era evidente que no tenía ningún interés por el niño. La madre era una costurera que trabajaba en casa, y el pequeño pasaba todo el tiempo con ella, sentado o jugando a su lado. Jugaba a coser, imitando la actividad de su madre, y llegó a ser muy hábil en ello, pero nunca tomaba parte en los juegos de los muchachos. La madre salía de casa todos los días a las cinco de la tarde para entregar su trabajo y volvía puntualmente a las seis, y durante ese tiempo el niño se quedaba solo o con una sobrina mayor que él, y jugaba con los útiles de costura. Se interesó por los relojes, porque siempre estaba esperando el regreso de su madre. A los tres años ya sabía leer la hora.

La sobrina mayor jugaba con él a juegos en los que ella era el novio y él la novia, y es digno de notar que él parecía más una niña que ella. Cuando fue a la escuela no estaba en absoluto preparado para tratar con muchachos, pero logró establecerse como una excepción favorecida, pues a los demás les gustaba su carácter apacible y cortés. Empezó a acercarse a la meta de superioridad siendo atractivo, especialmente con los muchachos y los hombres. A los catorce años hizo el papel de una muchacha en una función escolar. El público no tuvo la menor duda de que era una muchacha, un joven <!-- p. 113 --> empezó a coquetear con él, y a él le agradó mucho haber despertado tal admiración.

Declaró que solo desde hacía poco tiempo conocía la diferencia de los sexos. Había llevado ropa de niña durante cuatro años, y hasta los diez años no supo si era un niño o una niña. Cuando se le explicó su sexo, empezó a masturbarse, y en su fantasía pronto relacionó el deseo sexual con lo que había sentido cuando los muchachos le tocaban o le besaban. Ser admirado y cortejado era la meta en la vida a la que acomodó todos sus rasgos de carácter, para poder ser admirado por los muchachos. Su sobrina mayor era la única muchacha que había conocido, y era dulce y amable, pero en sus juegos hacía el papel del hombre y, por lo demás, le dominaba como su madre. Un gran sentimiento de inferioridad fue la herencia que le dejaron los cuidados excesivos y demasiado indulgentes de su madre. Esta se había casado tarde, a los treinta y ocho años, y no quería tener más hijos del marido, que le desagradaba. Su angustia, pues, tenía sin duda un origen anterior, y su matrimonio tardío era indicio de una actitud vacilante ante la vida. Muy estricta en materia sexual, quería que su hijo fuera educado en la ignorancia del sexo.

A los dieciséis años este paciente tenía el aspecto y la manera de andar de una muchacha coqueta, y pronto cayó en la trampa de la homosexualidad. Para comprender este desarrollo debemos recordar que había recibido, en sentido psicológico, la educación de una muchacha, y que la diferencia entre los sexos la comprendió demasiado tarde en su desarrollo. Además, había tenido sus triunfos en el papel femenino, y ninguna seguridad de ganar otro tanto haciendo de hombre. En la imitación de la conducta femenina no podía menos de ver un camino abierto hacia su meta de superioridad.

Según mi experiencia, los muchachos que reciben este tipo de edu<!-- p. 114 -->cación tienen siempre aspecto de muchachas. El crecimiento de los órganos, y probablemente también el de las glándulas, está en parte regido por el ambiente y adaptado a él; de modo que si a una inclinación temprana hacia lo femenino como esta le sigue una meta personal de la misma tendencia, el deseo de ser una muchacha favorecida influirá no solo en la mente, sino también en el porte e incluso en el cuerpo.

Este caso ilustra con toda claridad cómo un perverso se entrena mentalmente en su actitud anormal ante el sexo. No hay necesidad de postular una constitución innata o hereditaria. La exclusión, por parte de este paciente, de toda actividad sexual normal, tanto mental como física, en favor de la masturbación y la homosexualidad podría hacer sospechar un componente hereditario, si no fuera porque podemos sorprenderle en el acto mismo de pervertirse. En los círculos homosexuales de las distintas localidades hay distintas tradiciones, y este muchacho tuvo que adaptar sus gustos a la práctica habitual de sus compañeros homosexuales. Casi todos los de su ciudad practicaban la *fellatio*. Al principio se resistió, pero una noche se despertó con un sabor extraño en la boca. En la mesilla junto a su cama encontró un vaso medio lleno de orina, y no estaba seguro de cómo había llegado allí. Probablemente durante el sueño, pero no había duda de lo que había sucedido. Desde entonces se plegó a sus amigos: había vencido su resistencia.

Cuando vino a verme mantenía relaciones con otro muchacho, segundo hijo abandonado de una madre muy dominante: el afán de este muchacho era conquistar a los hombres con su encanto personal, cosa que efectivamente consiguió en su relación con un padre débil. Cuando llegó a la edad de la expresión sexual, se sintió conmocionado. Su idea de las mujeres se basaba en la experiencia de su dominante madre, que le había abandonado; y así se volvió homosexual. Considérese <!-- p. 115 --> entonces la situación sin salida de mi paciente: quería conquistar por medios femeninos, teniendo el encanto de una muchacha, pero su amigo quería ser un conquistador de hombres.

Pude hacer comprender a mi paciente que, pensara o sintiera él lo que quisiera en esta *liaison*, su amigo se sentía a sí mismo un hombre conquistador y seductor de hombres. Mi paciente, por tanto, no podía estar seguro de que la conquista verdadera fuera la suya, y su homosexualidad quedó así frenada. Por este medio pude hacer que rompiera la relación, pues vio que era estúpido entrar en una competencia tan infructuosa. Esto le facilitó también comprender que su anormalidad se debía a una falta de interés por los demás, y que su sentimiento de insuficiencia, como niño mimado, le había llevado a medirlo todo en términos de triunfo personal. Luego me dejó durante algunos meses, y cuando volvió a visitarme había tenido relaciones sexuales con una muchacha, pero había intentado desempeñar con ella un papel masoquista. Evidentemente deseaba experimentar con ella la misma inferioridad que había sentido con su madre y con la sobrina. Esta actitud masoquista se mostraba en que su meta de superioridad exigía que la muchacha le hiciera lo que él le mandaba, y él deseaba completar el acto en ese punto, sin llegar al coito, de modo que lo normal seguía excluido.

La gran dificultad de cambiar a un homosexual no reside solo en su falta de adaptación social, sino en la ausencia invariable del entrenamiento adecuado, que debería empezar en la primera infancia. La actitud hacia el otro sexo se tensa en una dirección equivocada casi desde el comienzo de la vida. Para darse cuenta de este hecho hay que observar el tipo de inteligencia, de conducta y de expectativas que presenta un caso. ¡Compárese a las personas normales cuando pasean por la calle o <!-- p. 116 --> alternan en sociedad con un homosexual en las mismas situaciones! A las normales les interesa sobre todo el sexo opuesto; a los homosexuales, solo el propio. Estos eluden la sexualidad normal no solo en la conducta, sino incluso en los sueños. El paciente que acabo de describir soñaba con frecuencia que subía a una montaña, ascendiendo por un camino serpenteante. El sueño expresa su manera desalentada y sinuosa de acercarse a la vida. Se movía más bien como una serpiente, inclinando la cabeza y los hombros a cada paso.

* * *

Para terminar, recordaré los casos más desastrosos que he conocido en el desarrollo de hijos únicos. Una mujer me pidió que les ayudara a ella y a su marido en el caso de su único hijo, que los tiranizaba terriblemente. Tenía entonces dieciséis años, era muy buen alumno en la escuela, pero pendenciero e insultante en su conducta. Ofendía especialmente a su padre, que había sido más severo con él que la madre. Se enfrentaba continuamente a ambos padres, y si no conseguía lo que quería se volvía abiertamente agresivo: a veces forcejeaba con su padre, le escupía y usaba un lenguaje soez. Un desarrollo así es posible en un hijo único y mimado, al que se ha entrenado para esperarlo todo, y que todo lo obtiene, hasta que llega el momento en que la indulgencia ya no puede seguir. En tales casos es difícil tratar al paciente en su antiguo ambiente, porque se reavivan demasiados recuerdos viejos que perturban la armonía de la familia.

Me trajeron otro caso, el de un muchacho de dieciocho años acusado de haber asesinado a su padre. Era hijo único, y mimado; había abandonado los estudios y derrochaba en malas compañías todo el dinero que podía sacar a sus padres. Un día en que su padre se negó a darle dinero, el muchacho lo mató golpeándole en la cabeza <!-- p. 117 --> con un martillo. Nadie, salvo el abogado que le defendía, sabía que unos meses antes había matado a otra persona. Era evidente que se sentía completamente seguro de escapar a que le descubrieran esta segunda vez.

En otro caso más de desarrollo criminal, un hijo único fue criado por una mujer muy culta que quería que fuera un genio. A la muerte de esta, otra mujer experimentada continuó su crianza de la misma manera, hasta que se dio cuenta de sus tendencias tiránicas. Creyó que se debían a la represión sexual, y lo psicoanalizó. Su actitud tiránica no cesó, sin embargo, y ella quiso entonces librarse de él. Pero él entró una noche por la fuerza en su casa con la intención de robarle, y la estranguló.

* * *

Todos los rasgos que he descrito como típicos de ciertas posiciones en la familia pueden modificarse por otras circunstancias. Con todas sus posibilidades de variación, sin embargo, se verá que los contornos de estos patrones de conducta son sustancialmente correctos. Entre otras posibilidades, puede mencionarse la posición de un muchacho que crece entre muchachas. Si es mayor que ellas, se desarrolla de manera muy parecida a un hermano mayor junto a una hermana menor. Las diferencias de edad, de afecto de los padres y de preparación para la vida se reflejan todas en el patrón individual de conducta.

Donde una mayoría femenina domina todo el ambiente, es probable que un muchacho solo tenga una meta de superioridad y un estilo de vida orientados hacia lo femenino. Esto ocurre en diversos grados: en una humilde devoción a las mujeres y en su adoración, en una actitud imitativa, que tiende a la homosexualidad, o en una actitud tiránica hacia las mujeres. Por lo general se evita educar a los muchachos en un ambiente demasiado <!-- p. 118 --> femenino, y es cosa de experiencia general que tales niños se desarrollan hacia dos extremos: o una vanidad exagerada, o la audacia. En la historia de Aquiles hay muchos puntos que nos permiten suponer que este último caso se comprendía bien en la Antigüedad.

Encontramos las mismas posibilidades contradictorias en los casos de muchachas que crecen entre muchachos o en un ambiente enteramente masculino. En tales circunstancias una muchacha puede, desde luego, ser mimada con un exceso de afecto, pero también puede adoptar actitudes de muchacho y desear no parecer una muchacha. En todo caso, lo que ocurra depende en gran parte de cómo se valore a los hombres y a las mujeres en el ambiente. Siempre hay una actitud mental predominante respecto a esta cuestión, y en buena medida de acuerdo con ella el niño deseará asumir el papel de un hombre o el de una mujer.

Otras concepciones de la vida que predominan en la familia pueden también influir en el patrón de conducta de un niño, o ponerle en dificultades, como por ejemplo la superstición sobre los rasgos hereditarios y la creencia en métodos de educación de fantasía. Cualquier método de educación exagerado puede causar daño al niño, hecho que a menudo podemos rastrear en los hijos de maestros, psicólogos, médicos y personas dedicadas a la administración de las leyes: policías, abogados, oficiales y clérigos. Tales exageraciones educativas salen a menudo a la luz en la anamnesis de niños difíciles, delincuentes y neuróticos. La influencia de ambos factores —la superstición de la herencia y un modo fanático de educar— aparece en el caso siguiente.

Una mujer vino a verme con una hija de nueve años, las dos llorando y desesperadas. La madre me contó que la niña había venido a vivir con ella hacía poco, después de haber pasado años al cuidado de unos padres adoptivos en el campo. <!-- p. 119 --> Allí había terminado el tercer curso de su escolaridad, y entró en el cuarto, en la escuela de la ciudad, pero su trabajo empeoró tanto que su maestra la hizo volver al tercero. Poco después su trabajo había empeorado todavía más, y la bajaron aún de curso y la pusieron en el segundo. La madre estaba muy disgustada por ello, y obsesionada con la idea de que la deficiencia de su hija la había heredado del padre.

A primera vista vi claro que la madre trataba a la niña con una insistencia educativa exagerada, lo que en este caso era especialmente desafortunado, porque la niña se había criado en un ambiente agradable y esperaba de su madre una bondad todavía mayor. Pero en su angustia por que su hija no fuera un fracaso, la madre era demasiado severa, y esto causó a la niña la más viva decepción. Desarrolló una gran tensión emocional que bloqueó eficazmente sus progresos tanto en la escuela como en casa. Las exhortaciones, los reproches, las críticas y los azotes no hacían más que intensificar la emoción, con la consiguiente desesperanza por ambas partes. Para confirmar mi impresión, hablé a solas con la niña acerca de sus padres adoptivos. Me contó lo feliz que había sido su vida con ellos; y luego, rompiendo a llorar, me contó también cuánto había disfrutado al principio estando con su madre.

Tuve que hacer comprender a la madre los errores en que había caído. No se podía esperar que la niña soportara un entrenamiento tan duro; y poniéndome en su lugar podía comprender perfectamente su conducta como una reacción inteligente, es decir, como una forma de acusación y de venganza. En una situación de este tipo, pero con menos sentimiento de comunidad, es perfectamente posible que un niño se vuelva delincuente o neurótico, o incluso intente suicidarse. Pero en <!-- p. 120 --> este caso estaba seguro de que no sería difícil que la niña mejorara si se lograba convencer a la madre de la verdad y si esta hacía ver a la niña un cambio de actitud suficientemente claro. Por tanto, tomé a la madre por mi cuenta y le expliqué que la creencia en la herencia no era más que un estorbo, tras lo cual le hice comprender lo que su hija, no sin razón, había esperado cuando vino a vivir con ella, y cuánto debía de haberla decepcionado y trastornado un trato tan disciplinario, hasta el punto de dejarla completamente incapaz de hacer lo que se esperaba de ella. Yo quería que la madre confesara a la niña que se había equivocado y que deseaba corregir su método, así que le dije que no creía realmente que fuera capaz de decidirse a hacerlo, pero que eso era lo que yo haría en esas circunstancias. Ella respondió con decisión: «Lo haré». En mi presencia y con mi ayuda, explicó a la niña su error, y se besaron, se abrazaron y lloraron juntas. Dos semanas después vinieron a verme las dos, alegres y sonrientes y muy satisfechas. La madre me trajo un mensaje de la maestra del tercer curso: «Tiene que haber ocurrido un milagro. La niña es la mejor alumna de la clase».

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## Capítulo VIII

*Los recuerdos de infancia y su significado.—Recuerdo de tipo visual.—Recuerdos de movimiento.—De peligro.—Caso de eritrofobia.*

El significado de los recuerdos de infancia es uno de los descubrimientos más importantes de la psicología individual, pues ha demostrado el propósito inconsciente que hay en la elección de lo que se recuerda durante más tiempo, aunque el recuerdo mismo sea plenamente consciente o se evoque con facilidad cuando se pregunta por él. Bien entendidos, estos recuerdos conscientes nos dejan entrever profundidades tan hondas como las de aquello que, de manera más o menos repentina, se desprende del inconsciente durante el tratamiento.

No creemos, desde luego, que todos los recuerdos de infancia sean registros exactos de los hechos. Muchos son incluso imaginados, y la mayoría quizá se han cambiado o deformado en una época posterior; pero esto no siempre disminuye su significado. Lo alterado o imaginado expresa también la meta del paciente, y aunque hay una diferencia entre el trabajo de la fantasía y el de la memoria, podemos servirnos sin peligro de ambos si los relacionamos con lo que sabemos de otros factores. Su valor y su sentido, sin embargo, no pueden apreciarse correctamente hasta que los relacionamos con el estilo de vida en su totalidad y reconocemos su unidad con la línea principal del afán del individuo hacia una meta de superioridad. En los recuerdos que datan de los cuatro o cinco primeros años encontramos sobre todo fragmentos del prototipo del individuo, o indicios útiles de por qué el plan de vida se elaboró precisamente en esa forma particular suya. Aquí podemos <!-- p. 122 --> recoger también los indicios más seguros del entrenamiento propio para superar deficiencias o dificultades orgánicas en el ambiente temprano. En muchos casos se ven asimismo señales del grado de valor y de sentimiento de comunidad. Debido al gran número de niños mimados que llegan al tratamiento, la imagen de la madre rara vez falta en el recuerdo más temprano; de hecho, si sospecho el estilo de vida de un niño mimado, puedo adivinar invariablemente que el paciente recordará algo de su madre. Nunca habrá comprendido el sentido de ese recuerdo. Por ejemplo, puede responder a mi pregunta: «Estaba sentado en una habitación jugando con un juguete, y mi madre estaba sentada junto a mí». Considera este recuerdo como si fuera una cosa en sí, y nunca piensa en su coherencia dentro de la estructura entera de su vida psíquica; y, por desgracia, muchos psicólogos hacen lo mismo. Para apreciar su sentido tenemos que relacionar este temprano patrón de percepción con todo lo que podamos descubrir de su actitud presente, hasta encontrar cómo lo uno refleja claramente lo otro. En este ejemplo empezaríamos a verlo si el paciente padeciera angustia cuando está solo. El interés por estar unido a la madre puede aparecer incluso en forma de recuerdos ficticios, como en el paciente que me dijo: «Usted no me va a creer, pero recuerdo cuando nací, cuando mi madre me tenía en sus brazos».

Muy a menudo el primer recuerdo de un niño mimado se refiere a su desposesión por el nacimiento de un hermano o una hermana menor, y estos recuerdos van desde afirmaciones ligeras e inocentes, como «Me acordé de cuando nació mi hermana pequeña», hasta anécdotas muy significativas de la actitud del paciente. Una mujer me contó: «Recuerdo que tenía que vigilar a mi hermana pequeña, que estaba acostada sobre una mesa. Estaba inquieta y se quitaba las mantas de encima. Quise colocárselas bien y <!-- p. 123 --> se las retiré de un tirón, con lo que ella se cayó y se hizo daño». Esta mujer tenía cuarenta y cinco años cuando vino a verme; en la escuela, en el matrimonio y a lo largo de toda su vida se había sentido desatendida, igual que en su primera infancia, cuando había sido destronada. Un caso parecido, que expresaba más sospecha y desconfianza, me lo contó un hombre que dijo: «Iba con mi madre y mi hermano pequeño al mercado. De repente empezó a llover, y mi madre me tomó en brazos, y luego, recordando que yo era el mayor, me dejó en el suelo y tomó en brazos a mi hermano pequeño». Pese al éxito que tenía en la vida, este hombre desconfiaba de todo el mundo, y especialmente de las mujeres.

Un estudiante de treinta años vino a verme apurado porque no podía afrontar sus exámenes: se hallaba en tal estado de tensión que no podía ni dormir ni concentrarse. Los síntomas indican su falta de preparación y de valor, y su edad muestra la distancia a la que se encontraba de la solución del problema de la ocupación. No tenía amigos y nunca se había enamorado, por su falta de adaptación social, y su sexualidad se expresaba en la masturbación y en poluciones. Su primer recuerdo era el de estar acostado en una cuna, mirando a su alrededor el papel pintado y las cortinas. Este recuerdo refleja el aislamiento de su vida posterior, y también su interés por la actividad visual. Era astigmático y se esforzaba por compensar esta deficiencia orgánica. Debemos recordar, sin embargo, que toda función que se desarrolla con fuerza al margen de todo sentimiento de comunidad puede perturbar la armonía de la vida. Mirar es, ciertamente, una actividad que merece la pena, pero es posible que el mirar se convierta en una neurosis obsesiva, cuando el paciente se atrinchera contra todas las demás actividades y quiere estar recreando la vista todo el día. Hay un tipo de persona a la que solo le interesa ver, pero <!-- p. 124 --> son pocas las actividades en que este interés puede emplearse con utilidad, e incluso estas no las puede encontrar una persona socialmente inadaptada. Este paciente, como hemos visto, no había sido un verdadero semejante para nadie, de modo que no había encontrado empleo para su peculiar interés.

* * *

No es raro que los recuerdos más tempranos revelen un interés por los movimientos, como viajar, correr, ir en automóvil o saltar. Hasta donde podemos ver, esto es característico de individuos que tropiezan con dificultades cuando empiezan a trabajar. Lo encontré en el caso de un hombre de veinticinco años, hijo mayor de una familia muy religiosa, a quien me trajeron por su mala conducta. Era desobediente, perezoso y mentiroso, y había contraído deudas y robado. Su hermana, tres años menor que él, era un tipo conocido: esforzada, capaz y bien educada, ganadora fácil en la carrera con él. Su mala conducta empezó con la adolescencia, y sé que muchos psicólogos la atribuirían a una especie de «llamarada» emocional causada por el crecimiento de las glándulas sexuales; teoría tanto más plausible cuanto que en este caso, como en otros, había relaciones sexuales prematuras y dañinas. Pero nosotros preguntamos: ¿por qué la crisis perfectamente natural de la pubertad habría de ser la causa del desastre moral en este caso y no en otro, no en el caso de la hermana, por ejemplo? Y respondemos: porque la hermana estaba en una posición más favorable, y la situación del hermano era de las que sabemos, por la experiencia de muchísimos casos, que entrañan un peligro especial. Además, cuando profundizamos en la historia de este caso, encontramos que la adolescencia no produjo ningún cambio en el estilo de vida. Antes de esa época el muchacho había ido perdiendo <!-- p. 125 --> poco a poco la esperanza de ser el primero en una vida de utilidad social, y cuanto más desesperanzado se volvía, más se había extraviado por los caminos más fáciles de la compensación inútil.

El primer recuerdo de este joven era: «Me pasaba el día entero *corriendo* de un lado a otro en un cochecito de pedales». Cuando estuvo curado, volvió a trabajar en la oficina de su padre, pero finalmente se adaptó a la vida como viajante de comercio.

* * *

Muchos primeros recuerdos tienen que ver con situaciones de peligro, y suelen contarlos personas en cuyo estilo de vida el uso de los miedos es un factor importante. Una mujer casada vino una vez a preguntarme por qué sentía terror cada vez que pasaba por delante de una farmacia. Unos años antes había pasado una larga temporada en un sanatorio sometida a tratamiento contra la tuberculosis, y unos meses antes de que yo la viera un especialista la había declarado curada, completamente sana y apta para tener hijos. Poco después de esta absolución plenaria del médico empezó a padecer su obsesión. La conexión es evidente. La farmacia era un recordatorio admonitorio de su enfermedad, un empleo del pasado para hacer amenazador el futuro. Relacionaba la posibilidad de un hijo con un peligro para su salud. Aunque ella y su marido habían convenido en que querían un hijo, su conducta mostraba claramente su oposición secreta. Su objeción era más fuerte que cualquier razón lógica; estas razones, el médico, como experto, podía quitarles importancia, pero no podía eliminar el síntoma del miedo. En este caso, como en muchos casos semejantes, sabemos de antemano que las verdaderas razones son más profundas y que solo se encuentran si logramos descubrir los afanes más importantes del estilo de vida. Rara vez, si es que alguna, es cierto que la resistencia a tener hijos se basa en temores objetivos al parto o a la <!-- p. 126 --> enfermedad. En este caso fue fácil descubrir que la mujer había sido una niña mimada que quería estar en el centro de la escena. Tales mujeres no desean traer a escena a un pequeño rival, y argumentan contra ello con toda clase de razones y sinrazones. Esta mujer se había entrenado a la perfección en la expresión de la debilidad y en percibir las ocasiones de ocupar el centro de la atención. Cuando le pregunté por su primer recuerdo, dijo: «Estaba jugando delante de nuestra casita, en las afueras de la ciudad, y mi madre se aterrorizó al verme saltar sobre las tablas que cubrían el pozo».

* * *

Un estudiante de filosofía vino a consultarme por su eritrofobia. Desde la primera infancia se habían burlado de él porque se ruborizaba con mucha facilidad, y en los dos últimos meses esto había aumentado tanto que tenía miedo de ir a un restaurante, de asistir a sus clases o incluso de salir de su habitación. Descubrí que estaba a punto de presentarse a un examen. Era un hombre pusilánime, tímido y vergonzoso, y tanto si hacía visitas en sociedad como si trabajaba o estaba en compañía de una muchacha, padecía igualmente agudas tensiones afectivas. Como era de tipo simpaticotónico,[^2] esta tensión irritaba el sistema nervioso vegetativo: últimamente su rubor le había preocupado más, y empezó a utilizarlo como pretexto para la retirada. Desde la infancia este hombre había sentido una fuerte antipatía hacia su madre, que tenía preferencia por su hermano menor; y ya no creía que pudiera lograr éxito alguno si seguía adelante. He aquí su primer recuerdo: «Cuando tenía cinco años salí con <!-- p. 127 --> mi hermano de tres años. Mis padres se alarmaron mucho cuando vieron que nos habíamos ido de casa, porque había un lago cerca, y temían que nos hubiéramos caído en él. Cuando volvimos, me dieron una bofetada». Entendí que esto quería decir que no le gustaba su casa, donde se sentía postergado, y esta opinión se confirmó cuando añadió: «Me dieron una bofetada a mí, pero no a mi hermano». Pero el descubrimiento de que había estado en una situación peligrosa no le había impresionado menos, y esto se reflejaba en su conducta presente, dominada por la idea de no salir, de no aventurarse demasiado lejos. Tales personas sienten la vida como una trampa; y es fácil imaginar la penosa experiencia de este paciente cuando estaba en contacto con una muchacha: burlado y ruborizado, molesto y molesto para los demás.

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## Capítulo IX

*Las metas más altas.—Las metas en la locura y en el crimen.—En la perversión.—La actitud masoquista.—Conducta irritante.—La meta en los ensueños.—Ensueños de satisfacción vicaria.—Caso de suicidio.—El pelo rojo como inferioridad.—Afección cardiaca y aerofagia.—Protesta masculina y matrimonio con un pariente.—Celos y superioridad.—Caso de alucinaciones celosas.—Celos inconscientes.—Caso de sifilofobia.—Preparación para el papel sexual.—Tendencia homosexual.—La tendencia masoquista, lo contrario de la sumisión.*

Las metas más elevadas se encuentran en los casos más patológicos, es decir, en las psicosis. En los casos de esquizofrenia encontramos a menudo el deseo de ser Jesucristo. También en los casos maníaco-depresivos, en las fases maníacas, el paciente desea con frecuencia ser el salvador de la humanidad, mientras que en las fases depresivas se queja a menudo de ser el mayor mal de la tierra. En la paranoia el paciente no solo se esfuerza por ser el centro de atención, sino que cree de hecho serlo ya. La psicología individual ha demostrado que la meta de superioridad solo puede fijarse a tales alturas cuando el individuo, al perder todo interés por los demás, ha perdido también el interés por su propia razón y su propio entendimiento. Además, la altura de la meta enfrenta ahora al individuo con tales dificultades que el sentido común se le ha vuelto inútil, incapaz de resolverlas.

Esta meta de supremacía personal cierra el acceso a la realidad. Cuanto más le presenta la realidad posibilidades de acción reales, o incluso atractivas, mayor es el esfuerzo que hará una persona inadaptada por evitarla, porque su <!-- p. 129 --> *sentimiento* de supremacía aumenta en la misma proporción. El resultado final, y la culminación lógica de semejante línea de vida, es, desde luego, el aislamiento total en un manicomio.

Quizá las metas de superioridad más audaces se encuentren en los casos de parálisis general, en los que se da por lo común la pérdida más marcada del sentimiento de comunidad y del control mental. Pero todos los casos de locura de los césares[^t6] muestran la misma meta de semejanza con Dios junto con la ausencia de sentimiento de comunidad; además —y esto concuerda con todos nuestros hallazgos—, siempre hay en ellos un alto grado de cobardía. De modo semejante, siempre que encontramos una marcada insensibilidad ante los dolores ajenos, o un menosprecio de la vida de los demás —como en los asesinos y en algunos otros criminales—, podemos rastrear la preparación de su desarrollo: lo hacen rompiendo deliberadamente los límites del sentimiento de comunidad, empujados por la cobardía a buscar alivio en el lado inútil de la vida. Todo asesino es un cobarde embriagado con la idea de ser un héroe. Creo que la verdadera psicología de estas tendencias debería explicarse a toda la humanidad, y que tal enseñanza contribuiría mucho a prevenir las «oleadas de criminalidad». Pues los criminales sacan cierto estímulo de la superstición, muy extendida, de que el crimen es al menos valeroso, cuando en verdad hasta el crimen más audaz tiene su motivo profundo en el miedo.

El desarrollo de una tendencia criminal tiene algo en común con la fascinación de los deportes inútiles; a veces se advierte el deseo de batir un récord, y uno de los mayores alicientes del crimen es la sensación de vencer a la ley y a la policía. Es una satisfacción muy considerable en el lado inútil, ya que el individuo puede darse el sentimiento de haber derrotado él solo al mundo. Y como, según ciertas estadísticas, alrededor del cuarenta por ciento de todos los delitos punibles quedan sin que se descubra al <!-- p. 130 --> delincuente, casi todo criminal ha tenido la experiencia de cometer un delito sin que lo descubrieran. La ocasión de burlarse de la policía es muy tentadora para un alma cobarde.

* * *

La meta de superioridad personal es tal que invariablemente agranda desmesuradamente una de las tres cuestiones de la vida. Encontramos que el ideal de éxito de una persona se limita de manera antinatural a la notoriedad social, al éxito en los negocios o a la conquista sexual. Así vemos al arribista social, combativo y celoso; al magnate de los negocios, que extiende sus intereses a costa de todos los demás; y al intrigante amoroso, el que quisiera ser un Don Juan. Cada uno perturba la armonía de su vida dejando así insatisfechas muchas exigencias necesarias, y luego trata de compensarlo con afanes aún más frenéticos en su estrecha esfera de acción.

En el terreno de la perversión sexual encontramos la meta expresada en una forma puramente ficticia. Esto es especialmente evidente en el tipo sádico, con lo que me refiero al tipo cuya voluntad de dominar va unida a la excitación sexual. Fue un notable avance en la comprensión de la estructura psíquica de la perversión poder demostrar que también los síntomas de los casos masoquistas están gobernados por una meta personal de superioridad. Tanto en las fantasías de los masoquistas como en sus actos se ha diagnosticado claramente la tendencia egoísta. La actitud masoquista significa: «No me gobierna tu poder de atracción; eres tú quien debe hacer lo que yo quiero que hagas». Aunque la tendencia que esto implica se expresa más plenamente en el sadismo, las exigencias del sádico son, evidentemente, más difíciles de imponer que la «exigencia de ser <!-- p. 131 --> maltratado» del masoquista. Pero encontramos individuos que muestran una mezcla de conducta masoquista y sádica.

He comprobado que el propósito de la mayoría de los sujetos masoquistas es huir del amor y del matrimonio, porque no se sienten lo bastante fuertes para arriesgarse a una derrota. Considerarán el evitar la derrota, aunque sea mediante una huida ignominiosa, exactamente como si fuera una meta de superioridad. Mediante sus tendencias masoquistas son capaces de excluir a todos los miembros del otro sexo verdaderamente elegibles. En el caso de un hombre al que curé de la homosexualidad, el paciente llegó a tener una relación masoquista con una prostituta. Mediante la homosexualidad excluía a *todas* las mujeres, y en sus períodos de masoquismo excluía a todas las mujeres *que valían la pena*.

De modo semejante, entre las muchachas que se entregan a fantasías masoquistas, observamos a menudo que la meta superior a la que aspiran toma la forma del celibato. Solo pueden imaginarse el amor y el matrimonio como una tortura, y esta fantasía del celibato es ya de por sí una satisfacción que concuerda con sus tendencias masoquistas. En la masturbación, sea física o mental, se advierte siempre cierta coherencia: es la actitud sexual propia del individuo aislado. Correctamente interpretada, es el deseo de excluir la relación sexual con otro. En tales casos el paciente tenderá siempre a considerar a la pareja como autora de su humillación; y esta idea, aunque se la evite en la realidad, se expresará en la fantasía.

Una manera de alcanzar sentimientos de superioridad es irritar a los demás. Padres o maestros, maridos o mujeres, según el caso, se verán exasperados de manera más o menos sutil hasta que estallan de rabia y empiezan a atacar o a castigar. Para muchos niños esta prueba de su poder sobre los demás es una gran satisfacción, y a menudo desisten cuando han <!-- p. 132 --> producido la reacción deseada. Más antisocial todavía es la meta de superioridad mediante el daño a otro. A su servicio se recogerá, con valoración maliciosa, toda minucia que sirva de prueba contra otra persona, como la diferencia de nacionalidad, el nivel de vida, la edad avanzada en el caso de las mujeres y cualquier rasgo inusual, como el pelo rojo o la nariz o los dientes prominentes: de todas estas desventajas ajenas, reales o atribuidas, se alimenta vorazmente el sentimiento neurótico de inferioridad, como si pudiera llenar su propio vacío contemplando un vacío aún mayor en otra parte. Y con tal actividad, desde luego, pueden provocarse sentimientos de inferioridad en la persona atacada.

* * *

La altura de la meta se revela libremente en las fantasías de la vigilia, donde el deseo de ser el hombre más rico, un emperador o un pionero encuentra una satisfacción imaginaria, siempre una imagen de supremacía en la propia línea de vida del sujeto, sea cual sea.

El grado de sentimiento de comunidad se expresa también en estas imaginaciones. Por ejemplo, las fantasías de salvar vidas, de detener caballos desbocados y de rescatar a quienes se ahogan indican una tendencia más social que las imágenes de torturar o de ser torturado. Es común entre los niños la fantasía de que en realidad no son hijos de sus padres. Indica descontento con sus propios padres por una u otra razón, y les permite creerse hijos secretos de padres nobles. Esta tendencia particular de la fantasía se pone de manifiesto en la psicología de las masas por el hecho de que en los mitos y leyendas los héroes son invariablemente hijos e hijas de dioses o semidioses o, por lo menos, sin que nadie lo sepa, son de estirpe real y herederos de un gran poder y de grandes dominios.

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Se dan ensueños de naturaleza propiamente sádica o masoquista en los que el soñador participa solo como observador y no como actor, gozando del espectáculo del poder del vencedor o identificando sus propios sentimientos con los de la persona más débil. Este soñar con una satisfacción vicaria supone, desde luego, un doble alejamiento de la realidad, e indica una falta de valor aún mayor. Así ocurría en el caso de un hombre de treinta y dos años que padecía eritrofobia. Creía que la gente no podía dejar de mirarle dondequiera que fuese, y por eso se ruborizaba continuamente. Era bajo, bizco, y además cojeaba, porque tenía una pierna más corta que la otra. Su madre lo había mimado, pero sus hermanos y hermanas le habían tenido antipatía y lo habían reprimido. Así, cuando fue a la escuela, adoptó una actitud equivocada hacia sus compañeros, pero trató de mantener su ascendiente personal llegando a ser un excelente gimnasta. Ni siquiera este logro, sin embargo, lo mantenía lo bastante en lo alto de la atención general, y se esforzó por completarlo excitando la compasión de los demás; cuando tampoco esto le bastó, atrajo la atención sobre sí haciendo el payaso y el tonto. Finalmente, desesperando de ganarse la alta estima que deseaba, se rindió y trató de huir tanto de la sociedad como del amor. Dondequiera que se encontraba con gente, en la calle, en los restaurantes o en los teatros, sentía una aguda tensión mental y, como era de tipo vasomotor, la expresaba ruborizándose y sintiendo miedo. Al mismo tiempo adquirió un temor paranoide de que todos los policías le vigilaban como sospechoso. El efecto de todos estos síntomas fue hacerle aislarse en gran medida y no desempeñar más que las ocupaciones más ligeras y ocasionales.

Los ensueños de este hombre, que son lo que importa en este relato, eran en gran parte fantasías sexuales. Su vida sexual era, <!-- p. 134 --> naturalmente, la de la masturbación, pero en estas fantasías su gran distancia de la solución del problema sexual se expresaba en que se representaba a muchachos que se pegaban entre sí, mientras él mismo era solo un «tercero sonriente».

Como último recurso intentó dedicarse a los negocios, pero, al ver de nuevo que no se le apreciaba, desarrolló otra fantasía paranoide: que todos sus compañeros conspiraban contra él. De su oficina pasó a un sanatorio, donde conoció a una mujer que le mostró gran simpatía. Aunque hasta entonces se había retirado ante todos los problemas de la vida, sintió ahora el impulso de avanzar en el terreno del amor. Pero persistía el viejo sentimiento de desesperanza y la falta de valor. Hacía mucho que había fijado su posición como observador de la lucha de la vida, y ahora había surgido una situación que ponía en entredicho esa posición. Y así, un día, se pegó un tiro.

* * *

El pelo rojo se toma a veces como base suficiente para un sentimiento de inferioridad, y el papel que puede desempeñar en la formación de una neurosis lo ilustra el caso siguiente. Un hombre de cuarenta y cinco años se quejaba de una afección cardiaca que se había diagnosticado primero como orgánica y después como un trastorno neurótico. De niño su madre lo había mimado mucho, y por sus esfuerzos por dominar a sus compañeros se había hecho impopular entre ellos, que siempre se burlaban de su «cabeza de cobre». Era demasiado insociable para hacer amigos, pero tenía mucho éxito en sus tareas escolares.

Más tarde se sometió durante dos años a un tratamiento psicoanalítico, y el médico que lo trataba le aconsejó que se casara con otra de sus pacientes. Naturalmente, con semejante falta de sentimiento de comunidad, no pudo hacer del matrimonio un éxito. Trataba de dominar a su mujer de un modo absurdo, y cuando ella <!-- p. 135 --> se le resistía en algo, se ponía muy tenso y el pulso le subía a ciento cincuenta pulsaciones por minuto.

Estas afecciones cardiacas pueden observarse a menudo como consecuencia de tragar aire. Este hábito está relacionado también con el asma, los trastornos de estómago, el timpanismo e incluso el embarazo psicológico. Por lo común el paciente no sabe nada de ello, y mi experiencia me lleva a creer que a menudo ocurre durante el sueño. Hay que sospecharlo en los casos de náuseas matutinas, y en particular en el vómito histérico. El hábito de tragar aire lo causa una gran tensión psíquica debida a sentimientos exagerados de insuficiencia. Probablemente se deba a alguna tendencia hondamente arraigada en la naturaleza humana, ya que aparece con tanta frecuencia en momentos de crisis, como durante un examen y durante el noviazgo.

Tragar aire era también el problema en este caso. Después de que se le explicara su mecanismo psíquico, el hombre tuvo un sueño. Dijo: «Vi una rana roja, hinchada de aire». Es interesante ver con qué facilidad se desvía la atención de un paciente de la coherencia real del caso. Trató este sueño como si fuera un misterio que no podía comprender. Se lo interpreté, explicándole que mientras dormía comprendía perfectamente lo que estaba haciendo, y que su sueño era una manera de decir: «Soy como esa rana roja, que sufre por su color anormal y trata de hincharse para ser un ser más grande de lo que es». Por la crítica que hizo de mi explicación, sin embargo, era evidente que el paciente no quería comprender.

* * *

La protesta masculina se manifiesta a menudo en las metas más elevadas de supremacía personal. Un hombre de cuarenta años vino a verme en un estado de irritación nerviosa porque se sentía impulsado, como <!-- p. 136 --> en un arrebato de irresponsabilidad, a casarse con una prima. El matrimonio con un pariente próximo, sea en la realidad o en la fantasía, indica por lo general miedo al otro sexo, pues el incesto se opone al sentido común, que exige una valerosa mezcla de sangres. Las inclinaciones incestuosas han de atribuirse a la cobardía y a un sentimiento de insuficiencia social. Este paciente siempre se había resistido a los impulsos hacia el amor y el matrimonio. Se negaba diversos placeres, como ir al teatro y comer carne —hacía poco que se había hecho vegetariano—, concedía la mayor importancia a la castidad y se alteraba mucho si tenía que tratar negocios con una clienta en su propia oficina. Era un hijo mayor, que había llevado a mal su destitución por un hermano menor, y que también se había sentido postergado y relegado a un segundo plano por su madre, razón por la cual se había inclinado más hacia su padre. Su crítica de la madre, y más tarde de todas las mujeres, era muy amarga. Su primer recuerdo era este: «Cuando tenía cuatro años nos mudamos. Me encontré con una mujer desconocida cerca del piso nuevo y traté de empujarla a una zanja». Recordaba también que sus sentimientos hacia su abuela habían sido muy hostiles.

Este hombre había llegado ahora a una edad en la que era natural que se casara, y sentía el impulso de hacerlo, pero no de manera normal, de modo que buscó a una pariente próxima como una especie de solución a medias. Al mismo tiempo, su irresponsabilidad y su arrepentimiento repentino revelan algo más profundo en todo el arreglo. Lo que en realidad quería era darse una seria advertencia de no volver a acercarse jamás a una muchacha mientras viviera. Así que montó este pequeño intermedio admonitorio, en el que, por supuesto, a mí me tocaba el papel de consejero sabio que debía decirle que no se casara y que su deseo de hacerlo no era más que una manifestación neurótica.

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Los celos se emplean muy a menudo para establecer una relación de superioridad. La pareja celosa dicta reglas para la conducta del otro y las impone con reproches y en términos de reprobación moral. La persona contra la que se dirige tal conducta queda así degradada de la posición de compañero a la de un servidor deshonroso, lo que da al celoso un sentimiento de superioridad relativa. Los celos se encuentran también en relación con la paranoia y el alcoholismo, donde su uso es fundamentalmente semejante. En ambos casos una aguda falta de confianza en sí mismo empuja al paciente a buscar la superioridad mediante el método ficticio de torturar a la pareja sexual. No es cierto, como se afirma a menudo, que en estos casos el alcoholismo cause la impotencia. En estas manifestaciones el alcoholismo, la impotencia y los celos se coordinan en el afán inútil de compensar la falta de adaptación social, de valor y de confianza en sí mismo; y, en conjunto, indican una actitud cada vez más egoísta.

La paranoia del tipo más genuino, que aparece en una época tardía de la vida, produce a veces casos de celos que son en realidad una alucinación, creada para compensar el estado de desamparo. Un ejemplo es el de una mujer que había sido muy rica y había tenido todos los lujos, pero que después se volvió muy pobre. Sus dos hijas casadas la mantenían a ella y a su marido, y les conservaban el lujo al que estaban acostumbrados. Ella, sin embargo, se sentía abandonada e incapaz de adaptarse a sus nuevas limitaciones, pues estaba demasiado acostumbrada al derroche y al poder. Sus hijas, ocupadas con sus familias, le prestaban poca atención, y lo único que le quedaba era su marido, en quien trataba de encontrar compensación por todo lo que había perdido. Naturalmente, a él le era imposible aceptar semejante <!-- p. 138 --> posición: nada que no fuera su completa obediencia y servidumbre habría mantenido el sentimiento de superioridad personal que ella necesitaba, y la sumisión de él quedaba muy por debajo de sus exigencias. Esto agravó su dignidad ya herida, y en su empeño por imponer su ascendiente acusó a su marido de infidelidad, aunque él tenía setenta años y ella sesenta. En la casa vivía una criada joven, y la mujer interpretó la amabilidad de su marido con esta muchacha como señal de intimidad. Desde entonces se figuraba que cada ruido que oía en la casa, de día o de noche, confirmaba su creencia. La criada acabó marchándose y se colocó en otra ciudad, pero no hubo manera de convencer a la paciente de que no seguía en el vecindario: creía oírla llamar a la puerta por la noche y sospechaba que seguía comunicándose con su marido mediante anuncios en los periódicos.

No es difícil comprender por qué no podía prescindir de sus celos. La actitud de su marido y de sus hijas hacia ella había cambiado desde la época en que vivía en el foco de su atención. Ahora desesperaba de la realidad, pero seguía teniendo la misma meta de supremacía; y estos celos le permitían, mediante una actitud acusadora, seguir haciendo girar las circunstancias en torno a la cuestión de su prerrogativa personal.

* * *

Hay muchos casos, sin embargo, en que los pacientes se entregan a los celos sin admitirlo ante sí mismos ni por un momento. Probablemente se debe a que los celos se sienten de por sí como un sentimiento inferior, y por eso chocan con la valoración consciente de sí mismo.

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Una paciente se quejaba de dolores en el corazón que reaparecían de vez en cuando, sobre todo cuando se sentía descontenta. Llevaba casada casi veinte años, y el matrimonio pasaba por muy feliz. El marido era un hombre bondadoso, aunque débil; tenían como única hija a una muchacha de muchas prendas y vivían en muy buena posición. Desde hacía un año la paciente padecía estos dolores, que se irradiaban desde los pechos a ambos brazos, y se había sospechado una angina de pecho. Pero como no podía descubrirse ningún síntoma orgánico, y como los dolores se presentaban siempre después de una alteración anímica, estaba justificado el diagnóstico de neurosis (seudoangina). Algún tiempo antes de la aparición de estos síntomas había tenido una sensación peculiar en las piernas, como si las tuviera atadas y no pudiera moverlas. Los síntomas posteriores los describía como muy dolorosos; duraban varios minutos y terminaban con vómitos. Un interrogatorio más detenido reveló que los dolores llegaban a la garganta desde la región esternal y se acompañaban de vómitos frecuentes, flatulencia y, en ocasiones, timpanismo. Cuando encontramos tales complicaciones de síntomas, recomendaría siempre al médico práctico que busque una aerofagia, estado que en el presente caso pude observar mientras hablaba con la paciente.

Esta paciente había venido a verme desde el extranjero, y después de llegar a Viena su marido la dejó para pasar una temporada en Berlín. La noche de su partida no pudo dormir, y cuando le pregunté qué pensamientos le pasaban por la cabeza mientras estaba despierta, respondió: «No dejaba de calcular a qué distancia estaba mi marido de Berlín». Esta observación me convenció de que la mujer pensaba constantemente en dónde estaba su marido, y se preguntaba qué <!-- p. 140 --> estaría haciendo. El hecho de que su matrimonio fuera afortunado hacía tanto más probable que estuviera ojo avizor. Tales condiciones son terreno abonado para los temores celosos, sobre todo en el caso de una mujer tan ambiciosa como resultó ser esta.

Después de la segunda noche contó el sueño siguiente: «Alguien me mostró un ternero que estaba cojo y no podía andar. Esa persona me ordenó que lo matara». La incapacidad de andar recordaba algunos de sus propios síntomas, de modo que estaba justificado suponer que se identificaba con el ternero. En este contexto, el sacrificio del ternero representaba el suicidio, probablemente en este caso degollándose; pero había algo más en la cojera. En esto me ayudó mucho al contarme que un amigo de su marido padecía anquilosis de las rodillas a consecuencia de una artritis gonorreica.

* * *

Cómo pueden emplearse los celos heridos al servicio de la meta neurótica lo ilustra el caso de un hombre de treinta y ocho años que padecía agorafobia. Era bastante inteligente, pero esta debilidad le impedía tanto el trabajo como las relaciones sociales. La neurosis siguió a un desengaño, cuando la muchacha con la que estaba prometido le fue infiel. Le aconsejaron entonces que aceptara un buen empleo en otra parte del país para que olvidara su desgracia, y así lo hizo, pero a los pocos días de trabajo tuvo su primer ataque de angustia, se asustó mortalmente y volvió a toda prisa con su madre, con la que vivió desde entonces hasta que lo vi. Me contó que durante algunos días antes del primer ataque de angustia había estado pensando continuamente en la sífilis y en lo fácilmente que podía contagiarse. Esto debe entenderse como una autopreparación, mediante la medita<!-- p. 141 -->ción apropiada, para mantenerse a distancia de todas las mujeres y vivir solo bajo el cuidado de su madre. Su conducta era la de un niño mimado, que emprende fácilmente la huida ante el mundo y solo se siente seguro con su madre. Su primer recuerdo era un compendio de su plan de vida: «Cuando tenía cuatro años estaba en una habitación con mi madre; y recuerdo que miraba por la ventana y veía a gente que trabajaba en la calle». Este fragmento de recuerdo expresa su anormal necesidad de una posición resguardada y su interés por mirar (era miope) «cómo trabajan otros». Estar con su madre y observar a otros trabajar era su única idea de escapar de la tensión y de la angustia. Cuando estuvo curado se estableció como decorador de interiores.

* * *

Los primeros recuerdos proporcionan a menudo indicios significativos de la manera en que se ha ido formando la actitud sexual. Lo ilustró bien el caso de un muchacho mimado de catorce años, con una actitud muy expectante ante la vida, mal deportista, al que le costó muchísimo aprender a nadar y que no tenía ganas de trabajar ni de aprender nada, especialmente matemáticas. Las matemáticas son a menudo la principal dificultad para este tipo, probablemente porque exigen una especial capacidad de aplicarse al trabajo por cuenta propia. Confesó a su madre, que era su mejor compañera, que desde hacía algún tiempo era propenso a sentir excitación sexual a la vista de los músculos de un hombre en la piscina o en otra parte. La experiencia más temprana que podía recordar era la de salir a pasear con su madre, cuando la gente, al ver su pelo rubio y rizado, decía a menudo: «¡Qué niña tan bonita!». Cuando se le preguntó si le gustaría ser niña, sin embargo, lo negó enfáticamente. En su opinión consciente era mejor ser hombre que mujer, pero, como <!-- p. 142 --> en realidad quería tenerlo todo más fácil, eludía instintivamente la preparación necesaria para un papel masculino, y su meta era ser cortejado y recibir atenciones como si fuera una niña. Esto le parecía posible porque era guapo, pero en todos los demás aspectos el éxito se le presentaba difícil y dudoso, de modo que se refugiaba en la pereza o la incapacidad. Tal estilo de vida, hay que entenderlo claramente, da de hecho al paciente un sentimiento de poder o de dominio relativos. Va unido a una gran aversión a todas las situaciones que uno no puede dominar, de modo que no debe sorprendernos el miedo exagerado de este muchacho a las tormentas. Una tormenta es el ejemplo supremo de algo que no se puede manejar ni controlar. Con la elevada ambición de un segundo hijo, que era además el menor, las evidentes derrotas de este muchacho le habían incapacitado para concebir un éxito adecuado como hombre: de ahí el intento de formarse una meta homosexual, de gobernar pasivamente haciéndose amar y adorar.

En muchos casos se revela un fragmento del prototipo cuando, en un sueño, una fantasía o un recuerdo de infancia, el paciente deja ver alguna idea de una superioridad elevada. Así, una muchacha de veinte años me dijo una vez: «Tenía un recuerdo antiguo y, desde luego, imaginario, de haber estado una vez en lo alto de una nube». Había sido una niña muy bonita, mimada por su padre, que se había suicidado cuando ella tenía catorce años. Como sabemos, apoyarse en el padre es siempre una alternativa de segundo orden e indica descontento con la madre, de modo que, como yo esperaba, la paciente tenía una hermana menor. A la muerte del padre cambió de aspecto y perdió su belleza. La hermana menor era ahora más atractiva que ella, y la madre dedicaba todos sus cuidados a un hermano mayor que llevaba algún tiempo enfermo, de modo que esta muchacha mimada se quedó sin nadie que la mimara y empezó a luchar <!-- p. 143 --> por la atención, tanto más cuanto que su hermano le era hostil. Por esta época sufrió un choque desagradable: volvía un día de la escuela cuando se cruzó con un hombre que se exhibía, y corrió a casa gritando de miedo.

Tales experiencias con exhibicionistas son mucho más frecuentes de lo que generalmente se sabe. Hay muchos hombres demasiado cobardes para buscar una solución real del problema vital del sexo que, buscando un alivio o un sustitutivo, se detienen en alguna manifestación parcial de la sexualidad. Si son tipos visuales y su visión no se transfiere a otros objetos, se vuelven mirones o exhibicionistas. Su cobardía se confirma por el hecho de que generalmente se acercan a niños.

El choque que le produjo el exhibicionista marcó en mi paciente el comienzo de la agorafobia. Debemos reconocer, sin embargo, que ella se estaba entrenando para alcanzar la posición más destacada a lo largo de una línea de vida no sexual, como en la relación anterior con su padre. La altura de su ambición la indica el recuerdo de infancia, y se había exaltado de modo aún más neurótico porque la hermana la había superado y el hermano la había reprimido, así como por el abandono de su madre. Semejante meta de superioridad personal estaba en peligro ante el amor y el matrimonio, y ella trataba, naturalmente, de excluir esas posibilidades. Sacó el mayor partido de esta primera experiencia de la sexualidad real para justificarse en un rechazo abierto de la vida sexual en su conjunto. Descubrí que se estaba entrenando en esta actitud mediante ciertos ensueños calculados para embriagarla con la misma idea. En uno de ellos, que se repetía muy a menudo, sobre todo cuando tenía una sensación sexual, se imaginaba que un hombre parecido a su hermano la tiraba al suelo y la escupía, con lo que experimentaba satisfacción.

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Mi experiencia es que las muchachas se entregan muy comúnmente a tales fantasías masoquistas, y que, si alguna vez se descubren, se toman como indicio de una inclinación a ser sometida, que se supone característica femenina. Al contrario, un ensueño así es el cumplimiento más o menos complejo de un deseo que en el fondo es muy simple, pero es lo contrario de la sumisión: a saber, el deseo de excluir un objetivo sexual real con sus posibilidades de derrota y humillación. Vemos cómo la fantasía va formando la resistencia de la soñadora al amor al mismo tiempo que satisface la necesidad de sensaciones; en primer lugar, porque satisfacerse en una fantasía es enseñarse a sí misma: «No hace falta tener una relación real», y en segundo lugar porque la satisfacción mezclada con la imaginación de una derrota (en este caso, la degradación por un hermano que le tenía antipatía) le enseña a sentir que una experiencia real sería sumamente desagradable. Así, la fantasía es una meditación apropiada, como una especie de oración, en la que el alma individual se entrena, en el primer aspecto, a perder el interés por los demás y, en el segundo, a desear ardientemente huir del matrimonio. Cuando el masoquismo se expresa de hecho en intentos de entablar relaciones masoquistas, el fin es en el fondo el mismo: establecer una gran distancia respecto de la conducta normal y de las condiciones naturales.

Nada, pues, podría estar más lejos de la verdad que la idea de que las fantasías masoquistas indican un deseo de sometimiento. Esta paciente mía había andado buscando a alguien a quien poder dominar, había puesto los ojos en su hermana menor para que fuera su esclava obediente y había acabado por conseguir que la acompañara a todas partes. Su derrumbe reveló su intolerancia al más mínimo control real sobre ella: le dieron un empleo, y cuando su jefe le dijo que escribiera algo al dictado, no pudo hacerlo.

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## Capítulo X

*El miedo a la muerte: en los niños; sus verdaderas compensaciones.—El deseo de ser médico.—Compensaciones religiosas.—La elección de ocupación en general.—Orientación profesional.—La meta de la vida laboral.—Elecciones fantásticas.—Las posturas del cuerpo en la vigilia y en el sueño.—Todas las posturas tienen un propósito.*

Los recuerdos más tempranos, como hemos visto, están a menudo ligados a ideas de peligro, y no con menos frecuencia van unidos a profundas impresiones de enfermedad y muerte. Es fácil comprender cómo las primeras experiencias de estos acontecimientos, sobre todo si van unidas al peligro y al miedo, pueden abrumar a un niño con sentimientos de inferioridad. Con toda probabilidad, solo los seres humanos tienen conciencia de que la muerte forma parte del destino de la vida, y esta conciencia basta por sí sola para dar a la humanidad la sensación de estar terriblemente avasallada por la Naturaleza. Si un niño tiene un contacto brusco con la muerte a edad temprana, todo su estilo de vida puede quedar modelado en gran parte por esa sola impresión. En tal caso, la importancia de la muerte para la vida se sobrestima invariablemente, y a menudo podemos percibir cómo las acciones y reacciones del niño se dirigen a encontrar alivio de esta idea opresiva, o compensación por ella. Los niños adoptan diversas tretas en su lucha contra la muerte. Unos se refugian como el avestruz, evitando todo lo que pueda recordarles el asunto; otros desarrollan otras angustias que mantienen el verdadero terror fuera de la conciencia; y hay otros, de disposición más activa, que se esfuerzan por protegerse y armarse, y por vencer a la muerte. En <!-- p. 146 --> todos ellos el llamado instinto de conservación es más visible de lo normal.

Hay dos métodos de combatir la muerte con cierta seguridad de victoria. El primero es conservar la especie, engendrando y criando hijos. Al luchar así por vencer el destino del individuo, los instintos más fuertes pueden ser aliados, y el interés del espíritu puede avivarse hacia la sociedad y el futuro de la humanidad. Esta compensación del miedo a la muerte, conforme al sentido común, implica naturalmente las concepciones más sanas del amor y la exclusión de toda perversión. El segundo método, adecuado a ambiciones más individuales, consiste en vivir de manera que se influya en la vida del futuro. Este ha sido el motivo dominante de muchos grandes hombres que han hecho obra duradera en el arte y en la ciencia, y es un propósito que se ve con la mayor claridad en la vida de los poetas. Tanto en la procreación de la especie como en el progreso de su cultura, este afán psíquico de vencer a la muerte desempeña un papel principal.

Que la obra de muchos poetas y filósofos ha estado motivada en gran parte por el deseo de vencer a la muerte lo muestra el poder de la muerte en sus reflexiones. Lo vemos en el «Exegi monumentum aere perennius» de Horacio[^t7] y en el «Nicht in Düsseldorf am Rhein will ich stehn auf taubem Stein» de Heine.[^t8] Y Tolstói escribe: «Si no sé cómo obrar en una situación, me imagino: ¿qué haría si fuera a morir mañana?».

El temprano miedo a la muerte puede provocar un afán peor que inútil, aunque eficaz. Ya he aludido de pasada al caso de un muchacho de quince años a quien había impresionado profundamente la muerte de una hermana mayor y que hablaba a menudo de la muerte. Cuando le pregunté qué quería ser, pensé que diría: «Médico». Pero <!-- p. 147 --> respondió: «Sepulturero, porque no quiero ser el que entierran. Quiero enterrar a los demás». Y así lo hizo, a su manera, pues se hizo comerciante, un duro hombre de negocios que «enterraba» a sus competidores.

Un modo de vida completamente distinto es el que toman muy comúnmente los niños que han tenido alguna experiencia penetrante de la muerte. Forman muy pronto el deseo de ser médicos y de dominar todo el saber médico para sobrevivir. En una discusión que abrí una vez en una sociedad médica, casi todos los presentes contaron recuerdos de la muerte, del peligro mortal o de la enfermedad de algún miembro de su familia. Un psicoanalista profesional que estaba presente objetó a mi interpretación de esta semejanza de sus experiencias, que yo podía relacionar con muchos otros casos de primeros recuerdos de médicos; insistió en que su propio primer recuerdo era de muy distinto carácter. Recordaba haberle dicho a su madre enferma, cuando tenía cuatro años: «Espera un poco, y cuando sea mayor te compraré las mejores y más caras medicinas».

A falta de estas tres compensaciones, el miedo a la muerte puede encontrar un alivio religioso en la fe en la inmortalidad del alma. Esta puede aparecer en formas complicadas, como la reencarnación, o de modo más directo, como en el espiritismo. Este último se funda en el valor del supuesto de que los espíritus de los muertos todavía pueden moverse, obrar y hablar; un valor que debemos reconocer plenamente, a falta de esperanzas más realistas de vencer la mortalidad.

* * *

No solo en los médicos, sino en todos los trabajadores, la elección de la ocupación está anunciada por algún interés dominante del prototipo psíquico. El desarrollo de este interés <!-- p. 148 --> hasta la realización concreta en un trabajo es a menudo un largo proceso de entrenamiento propio, en el que podemos ver cómo la misma idea se adapta sucesivamente a diversas posibilidades materiales. Así, un gran interés por jugar con soldaditos de plomo, que puede ser una preparación para la vida militar, puede ser también el preludio del éxito como director de unos grandes almacenes. Jugar a coser con aguja e hilo no tiene por qué revelar a un futuro sastre; puede ser igualmente el primer paso hacia la carrera de cirujano. Jugar con muñecas es señal de un interés que bien puede desembocar en el matrimonio y la vida de familia, y puede ser también señal de una futura enfermera o maestra.

Tanto el matrimonio como la ocupación exigen capacidad de acción independiente y disposición a aceptar la división del trabajo. Estas cualidades no pueden existir sin cierto grado de sentimiento de comunidad y de adaptación, y a menudo es en el momento en que se hace necesaria la elección de una ocupación cuando aparece la falta de adaptación social. Creo que debería llamarse la atención de los niños bastante pronto, en sus años de escuela, sobre esta pregunta: «¿Qué quiero hacer más adelante en la vida, y por qué lo quiero?». Las ideas que se obtienen así, tomadas junto con sus deficiencias o peculiaridades orgánicas, son nuestra mejor ayuda en la orientación profesional de los alumnos. No solo debemos buscar el interés más entrenado, sino tratar de comprender su raíz en el prototipo psíquico. Dondequiera que encontramos una capacidad, es el resultado de un interés en el que el niño se ha entrenado a sí mismo, estimulado por la totalidad de sus circunstancias. Tan claramente se ve esto que estamos autorizados a creer que cualquiera podría lograr cualquier cosa, con el entrenamiento adecuado y el método correcto.

Por la manera en que el niño piensa y se comporta, y por sus percepciones características, su interés se va especializando para su futura ocupación. El interés en su conjunto, <!-- p. 149 --> sin embargo, aumenta o disminuye según el sentido que tenga de la posibilidad de alcanzar su meta de superioridad. En el curso de su desarrollo, el niño concretará su meta en diversas formas inalcanzables, que debe poder abandonar sin un desaliento de fondo. Nuestra tarea, por tanto, es apoyar al niño *en el alma* y no en la conciencia. Cuanto más estrecho siga siendo su contacto social, más conformes al sentido común serán las concepciones de superioridad que desarrolle.

La idea de superioridad de un niño está, desde luego, muy a menudo influida por el deseo de superar al padre en su ocupación. Así, si su padre es maestro de escuela pública, un muchacho puede querer ser profesor universitario. Por regla general encontramos que cuanto más cambia la elección de la profesión, más comprende el niño la realidad; pero en cada elección podemos descubrir siempre el impulso hacia el dominio, la determinación de alcanzar una meta de importancia o de seguridad, o por lo menos de escapar a la dificultad o a la derrota. El niño pinta de vez en cuando un nuevo cuadro de su acción futura, pero siempre condicionado por el mismo motivo del prototipo. Cuando hay que hacer la elección efectiva de la profesión, el niño se ve enfrentado a la realidad a la que lleva largo tiempo acercándose, y esa realidad puede presentarse en circunstancias hostiles o favorables a su propio afán. Ahora, sin embargo, hay que fijar la meta de la vida laboral, y el joven cierra su trato con la realidad emprendiendo el trabajo de una manera individual. Sea cual sea el margen de elección que se le ofrezca, decide *cómo* afrontará esta necesidad de actuar de acuerdo con todos los hechos tal como él los entiende. No es de esperar que sus conclusiones sean perfectamente correctas. En su elección interviene invariablemente un error individual, mayor o menor. La concepción de su función, en su forma final ideal, queda deformada por factores ajenos al caso. El dinero es uno de ellos, que en nuestra civilización <!-- p. 150 --> actual tiene una importancia del todo exagerada. Esta forma final puede quedar oscurecida también por el interés por una vida larga y la salud, por la seguridad o por la ambición social, o torcida por tendencias dominantes y críticas.

En los niños desalentados hay por lo general una actitud dubitativa o desesperada, y todo esfuerzo revela un movimiento para escapar de la necesidad de una decisión. Muy a menudo esto se muestra en la elección de profesiones diversas e incoherentes, en la preferencia por no tener ninguna profesión, en ideales vacíos, en la falta de espíritu de aventura o en tendencias delictivas.

Vale mucho la pena comparar todas las elecciones de profesión que un niño hace en el curso de su desarrollo, pues, tomadas en conjunto, revelan su línea de acción y el grado de su sentimiento de comunidad y de su valor. No debemos pasar por alto las elecciones más extrañas y fantásticas, pues están relacionadas de modo metafórico con la actitud que el niño se prepara a adoptar frente a las exigencias de la realidad. Un muchacho, por ejemplo, cuando le pregunté qué quería ser de mayor, respondió: «Un caballo». Siempre trataba de imitar tanto los movimientos como la velocidad de un caballo. De muy pequeño había padecido una endocarditis y se había visto obligado a permanecer muy quieto en la cama durante mucho tiempo. Más tarde expresó su elección de profesión de forma más realista haciéndose ingeniero de automóviles. Otro muchacho, de siete años, simbolizaba también su ambición queriendo ser un caballo. Cuando se le preguntó la razón, dijo: «Mi padre está enfermo, y como yo soy el mayor tendré que mantener a la familia».

En ninguno de estos dos casos tendría sentido buscar la causa de la fantasía en influencias filogenéticas o en motivos sexuales. El primer muchacho se interesaba por el movimiento porque la reclusión de su enfermedad le había dado un sentimiento de inferioridad específico. El uso que el segundo hacía de la idea del <!-- p. 151 --> caballo era completamente distinto. Pensaba en cómo reemplazar y superar mejor a su padre, y el caballo era el símbolo de su futuro como portador de una pesada carga. Encontré otra de estas fantasías animales en un muchacho de diez años que quería ser un búfalo y solía volver a casa de la escuela embistiendo, en una postura que imitaba a un toro que ataca. Se convirtió en un matón, y su personaje ideal en la historia era Aquiles.

* * *

Las posturas y actitudes del cuerpo indican siempre la manera en que un individuo se aproxima a su meta. Una persona que va derecha adelante muestra valor, mientras que un adulto angustiado y vacilante tiene un estilo de vida que le prohíbe la acción directa, y en cada una de sus acciones aparece algo de rodeo. Siempre podemos descubrir, por la manera en que un individuo da la mano, si tiene sentimiento de comunidad y le gusta estar unido a los demás. Un apretón de manos perfectamente normal es bastante raro; por lo general es excesivo o insuficiente, o delata una tendencia a apartar al otro o a atraerlo hacia sí. En el tranvía se observa que algunas personas se inclinan de lado; quieren apoyarse y no se dan cuenta en absoluto de la comodidad de los demás. La misma insensibilidad social se ve en quienes tosen delante de otros sin pensar para nada en contagiarlos. Algunos, al entrar en una habitación, parecen mantenerse instintivamente a la mayor distancia posible de todos los demás. Todas estas cosas revelan, más directamente que su conversación, las actitudes que los individuos adoptan ante la vida.

Las actitudes que se adoptan en el sueño son tan significativas como las posturas y movimientos de la vida diaria. Los niños muy pequeños duermen boca arriba, con los brazos levantados; y cuando vemos a un niño dormir en esta posición, podemos suponer que <!-- p. 152 --> está sano. Si el niño cambia esta posición y duerme con los brazos bajados, por ejemplo, hay que sospechar alguna enfermedad. Del mismo modo, si un adulto acostumbra dormir en cierta posición y de pronto la cambia, podemos suponer que algo ha variado en su actitud mental. Los defectos orgánicos desempeñan su papel, desde luego, en el condicionamiento de la postura en el sueño. Una persona que padece neumonía o pleuresía dormirá siempre sobre el lado enfermo, a veces sin saber por qué lo hace. Lo hace inconscientemente porque así respira mejor. Algunas personas que padecen del corazón, o creen padecer, piensan que no pueden dormir sobre el lado izquierdo. No hay razón orgánica para ello, pero sienten que deben cuidar el lado que es más débil.

Cuando vemos a una persona dormir boca arriba, estirada como un soldado en posición de firmes, es señal de que desea parecer lo más grande posible. Quien yace enroscado como un erizo, con la sábana subida por encima de la cabeza, no es probable que sea un carácter emprendedor o valeroso, sino probablemente cobarde. Debemos tener cuidado de no darle una tarea difícil hasta que hayamos descubierto cómo infundirle valor. Una persona que duerme boca abajo delata terquedad y negativismo.

Comparando las posturas en el sueño de pacientes de diversos hospitales con los informes sobre su vida diaria, he llegado a la conclusión de que la actitud mental se expresa de manera coherente en ambos modos de vida, el sueño y la vigilia.

Algunas personas dan una voltereta gradual durante el sueño y se despiertan con la cabeza a los pies de la cama y los pies sobre la almohada. Estas personas se hallan psíquicamente en una actitud de oposición al mundo extraordinariamente fuerte; son del tipo neurótico que a menudo responde «No» antes de haber entendido la pregunta. Hay también pacientes que dan media <!-- p. 153 --> vuelta y duermen con la cabeza colgando por el borde del colchón. Con esta costumbre se provocan dolores de cabeza, que por lo general utilizan para escapar a las exigencias del día siguiente.

Me dejó bastante perplejo descubrir que algunos niños duermen en posición agachada, apoyados sobre las rodillas y los codos como los animales; pero finalmente averigüé que es la mejor posición para oír lo que sucede en la habitación de al lado. La adoptan niños que tienen un deseo mayor de lo normal de mantenerse en contacto con los demás, incluso durante el sueño, y que por lo general quieren acostarse con la puerta abierta.

Así pues, todas las posturas tienen una naturaleza intencional. Traté una vez a un hombre que se había quedado ciego y que desde entonces siempre quería tener cogida la mano de su mujer mientras dormía, lo que le impedía a ella moverse. Era un patético disfraz de una tendencia tiránica. Cuando ella se resistió, él desarrolló alucinaciones nocturnas y se imaginaba que unos ladrones la habían atrapado y se la habían llevado. Esta alucinación era un desarrollo de la misma línea de acción: mantenerla en su poder.

Los que duermen inquietos y no dejan de moverse en toda la noche muestran que están insatisfechos y que quieren estar haciendo algo más. Puede ser también señal de que quieren que otra persona los vigile, por lo general la madre. Cuando los niños lloran en sueños es por la misma razón: no quieren estar solos, sino que querrían asegurarse atención y protección. Los que duermen más tranquilos son los que tienen una actitud más asentada ante los problemas de la vida. Como su vida está bien organizada durante el día, pueden usar la noche para su verdadero fin, el descanso y el recreo, y por lo general duermen sin soñar.

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## Capítulo XI

*Casos en que se resiste al tratamiento.—Neurosis de angustia.—Neurosis obsesiva.—Jerga de los órganos.—Dialecto de los órganos sexuales.—Las relaciones sexuales libres como venganza.—La resistencia al matrimonio expresada en un sueño; en la melancolía.—Relación entre el sueño y la vigilia.—Hipnotismo.—Límites del tratamiento hipnótico.—Interpretación de los sueños.—Ausencia de sueños.—Sueño que expresa un conflicto en el matrimonio.—El autoengaño de los sueños, observable también en la vida despierta.*

En los casos en que el paciente empieza con la sensación de que el tratamiento pondrá por sí mismo en peligro su meta de superioridad, a menudo resulta difícil comenzar. Tuve un caso así en una mujer casada de veinticinco años que padecía una neurosis de angustia. En la primera entrevista le pedí que se sentara en una silla a mi lado, y ella fue a sentarse al otro extremo de la habitación.

Sus violentos ataques de angustia se producían cuando su marido se retrasaba al volver a casa. En su vida con su familia se había sentido coartada, y su marido había sido la primera persona que la había tratado con una indulgencia excesiva; pero ahora sus obligaciones comerciales le impedían dedicarse tanto a ella. Ella quería estar unida solo a su marido y excluir a todos los demás, y con el desarrollo de una neurosis de angustia entorpecía los negocios de su marido. Nadie más podía exigirle nada, y su marido tenía que obedecer; pero ella pagaba este éxito con angustias muy dolorosas, y su marido había logrado persuadirla de que viniera a verme.

No es de extrañar que la situación fuera un *impasse*. Antes de venir sentía que yo era un peligro para ella, y simbolizó <!-- p. 155 --> su actitud en su comportamiento con la silla. Si yo la libraba de su neurosis, no tendría ningún arma con la que hacer frente a su marido.

* * *

Otro caso semejante fue el de una mujer casada que había sido la menor de una familia muy competitiva. Le habían hecho reproches y se habían burlado de ella como el miembro inferior de la familia, y de muchacha no había encontrado otra manera de compensar esta desdichada posición que demostrar que los demás no tenían razón. Este hábito le valió el apodo de «la jueza».

Cuando se casó, fue para ponerse a la altura de sus hermanas casadas. No estaba enamorada de su marido, pero temía que la despreciaran si no demostraba ser capaz de un matrimonio feliz. Pero aunque tuvo tres hijos, nunca pudo sentirse igual a los demás, y por eso se defendía de la sociedad con la rudeza, la arrogancia y la crítica. Semejante conducta no es a menudo sino una salvaguardia neurótica contra la decepción, y es un error completo de juicio considerarla resultado de condiciones psicopáticas heredadas.

Estaba segura de que no podía igualar a su hermana mayor en el arte de llevar la casa, y su marido cometió un error, en los primeros tiempos de casados, al preguntarle si sería tan ordenada como su hermana. Esto la tocó en el punto sensible, y desde entonces quiso evitar las tareas de la casa, o al menos fracasar en ellas con circunstancias atenuantes. Sobrevino una forma de neurosis obsesiva, que consistió en dedicarse a la ropa blanca y a la colada hasta que su cuidado y su exactitud se volvieron una molestia y una pérdida de tiempo. Como esto no le dejaba tiempo para nada más, tenía una excusa si el matrimonio resultaba desgraciado.

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Tenía otro recurso para defenderse, que los neuróticos emplean con cierta frecuencia: solía juzgar a las demás personas por su parecido o su falta de parecido con Jesucristo. Así, después de poner a alguien en un pedestal para admirarlo, le resultaba fácil descubrirle defectos, demostrar que no tenía un carácter semejante al de Cristo y luego desecharlo. Utilizó esta defensa contra los numerosos médicos a los que acudió para tratarse, y frustró sus esfuerzos a causa de su sentimiento prototípico de que, si la comprendían, la «relegarían» de nuevo a su posición inferior de la menor. Tenía, pues, que demostrar que los médicos se equivocaban, siempre intentaba adelantarse a sus opiniones, y no paraba de importunarlos y de hacerles reproches, de modo que no podían hablar, y el tiempo de las consultas transcurría sin resultado.

* * *

Como hemos visto en diversos casos, las funciones orgánicas están dominadas por el estilo de vida. Así ocurre señaladamente con los pulmones, el corazón, el estómago, los órganos de excreción y los órganos sexuales. La perturbación de estas funciones expresa la dirección que un individuo toma para alcanzar su meta. He llamado a estas perturbaciones el dialecto de los órganos, o jerga de los órganos, porque los órganos revelan en su propio lenguaje, sumamente expresivo, la intención de la totalidad individual.

El dialecto de los órganos sexuales es especialmente expresivo y lleva muy a menudo al paciente al médico. Cada caso tiene sus peculiaridades, pero prácticamente en todos el paciente expresa, mediante un trastorno de la función sexual, una detención, una vacilación o una huida ante los tres problemas de la vida. Las satisfacciones sexuales parciales que el paciente pueda procurarse tienen el carácter de una <!-- p. 157 --> huida del problema real, y el resto que queda para una expresión normal tiene que ser excluido. De este modo, las diversas formas de impotencia pueden reducirse a una raíz común: la falta de inclinación y de entrenamiento para las relaciones con otras personas. Esto puede demostrarse siempre si dejamos de lado por un tiempo los síntomas sexuales y estudiamos la naturaleza de los contactos sociales del paciente. La mayoría de los casos que he conocido de este fallo funcional específico se referían a pacientes enfrentados al problema del matrimonio. La *ejaculatio praecox* varía mucho en su sentido individual, pero he encontrado que es signo de un carácter egoísta y de un sentimiento de impotencia, y va invariablemente unida a una adaptación social muy pobre. La incapacidad de eyacular se da en hombres egoístas que tienen miedo de tener hijos, en general por la posible rivalidad de estos.

Nadie que haya comprendido algo de la psicología individual intentaría curar casos como estos echando en cara a los pacientes las palabras que he empleado, como si pudiéramos hacer algún bien adoptando una actitud moralizante. Hay que llevar al paciente a un estado de ánimo tal que le guste escuchar y quiera comprender. Solo entonces se le puede influir para que viva lo que ha comprendido.

En las mujeres el mismo dialecto aparece como vaginismo. Se trata de una evitación del hombre, acompañada de otros síntomas mentales que significan la aversión de la mujer a un hombre determinado o a los hombres en general. Además de esta evitación activa, existen las formas pasivas del rechazo sexual: la frigidez y una exhibición de pasividad. Esta falta de función refleja una idea, en la mente de la mujer, de no estar presente en el acto sexual, como si el acontecimiento fuera asunto exclusivo del hombre. En todos los casos de frigidez he encontrado que la mujer sentía el papel femenino como una humillación y una mengua. Es <!-- p. 158 --> importante comprobar esto con precisión y al margen de la vida sexual.

Las muchachas ambiciosas que han sido demasiado mimadas pueden perder fácilmente la confianza en lo que se refiere a las relaciones sexuales. Así ocurrió con una muchacha muy hermosa a la que traté, la menor de la familia y mimada por todos, especialmente por el padre, hasta que este se casó por segunda vez. Su nuevo matrimonio minó la confianza en sí misma de la muchacha. Es muy difícil para una madrastra ocupar su lugar respecto a los hijos de su marido sin despertar su antagonismo. No sé si otros tienen la misma experiencia, pero yo he encontrado que en estos casos son las muchachas las que causan más problemas, y, si se presenta la ocasión, empiezan a tener relaciones sexuales libres como por venganza. Cuando son lo bastante inteligentes y sensibles para sentir toda la dificultad de la situación, son conscientes de una falta de amor por ambas partes, y a menudo se vuelven frígidas y eluden el matrimonio, como sucedía con mi paciente. Bien podríamos preguntarnos por qué esta muchacha seguía teniendo relaciones sexuales, si sumamos todo lo que tenía en contra. Tenía el recuerdo de haber sido abandonada por su padre, la experiencia de que un amante no la mimaba como la había mimado su padre, y además de todo esto había pasado por las espantosas experiencias de un embarazo no deseado y de un aborto provocado, sin satisfacción física en el amor. Para contrapesar todas estas desventajas no tenía más que un secreto sentimiento de estar vengándose de su padre.

Un individuo nunca puede acomodarse a un estilo de vida tan insatisfactorio, que excluye el matrimonio y está mal adaptado a las relaciones sociales o al trabajo. Lo que sucede es un estado de tensión continua, que se agudiza ante cada problema real que pueda presentarse, y que a menudo aparece en forma de dolor de cabeza y de fatiga.

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Mi paciente soñó: «Se me apareció Jesucristo y me invitó a ir al cielo con Él, donde mi tarea sería divertir a todas las demás personas. Si no quería hacerlo, tendría que ir al infierno. Luego me encontré en el cielo, y vi muchos ángeles que se parecían a los pingüinos de la sátira de Anatole France, y vi también a Dios, que se afeitaba la barba y tenía el aspecto y los movimientos del hombre de los anuncios de los escaparates de las farmacias. Sentí una gran desesperación y quise marcharme».

Este sueño es difícil de interpretar si no lo relacionamos con la línea general del desarrollo de la muchacha; en realidad no le encontraríamos ningún sentido si no pudiéramos apreciar, por su historia y por la complicada línea de acción de esta, cuál era la idea emotiva con la que intentaba embriagarse todo el tiempo. Era la idea de rechazar la virtud y entregarse al vicio, motivada por la venganza contra el padre, que quería que ella fuera virtuosa. Una vez captada esta concordancia fundamental del sueño con todo lo demás que hace la paciente, podemos pasar a interpretar: «divertir a las demás personas» corresponde a su idea de la humillación del papel femenino, que ella concibe solo como una diversión para los hombres. Jesucristo es su símbolo supremo de un hombre de carácter muy serio y desinteresado que le había propuesto matrimonio: le había dicho: «Quiero sacrificarme para hacerte feliz». El cielo, por tanto, es el cielo que él le prometía en el matrimonio. Pero, como hemos visto, teme la derrota en el matrimonio, de modo que no se puede permitir que la vida conyugal parezca atractiva, según el mismo principio por el que las uvas que están demasiado altas para alcanzarlas tienen que ser sospechosas de estar verdes. Así, en su sueño, este hombre en su pequeña aldea se le aparecía con el talante contemplativo del satírico vienés Nestroy cuando escribió: <!-- p. 160 --> «¿Qué es un hombre? ¡Levantarse, afeitarse y volver a acostarse!».[^t9]

* * *

Una muchacha muy mimada, la menor de once hermanos y hermanas, y ambiciosa en la misma medida, tenía otra manera de volver verdes las uvas del matrimonio. Había tenido algunas relaciones íntimas, pero solo con hombres casados. Siempre me hace sospechar que una muchacha empiece con hombres casados, porque las dificultades son evidentemente mucho mayores, y una elección impracticable no puede explicarse sin más insistiendo en el poder incontrolable del amor. En este caso fue fácil descubrir que la paciente se había sentido intimidada por su crianza mimada y estaba especialmente nerviosa ante la cuestión del matrimonio porque dos hermanas mayores se habían casado felizmente y temía no ser capaz de superarlas. Siempre había sido consciente de esto, pero no se daba tanta cuenta de lo que hacía en sus sucesivas *liaisons*. Si uno de sus amantes quería divorciarse y casarse con ella, ella lo dejaba —deprimida y llorando un poco, desde luego, pero siempre firme por consideración a la pobre esposa, que solía ser amiga personal suya—. La depresión cesaba pronto con el comienzo de otra aventura, pero finalmente, tras romper una relación íntima en estas circunstancias, cayó en una melancolía que duró meses.

Fue entonces cuando vino a verme: tenía treinta y seis años y vivía con un hermano viudo que la mimaba mucho. Pero en los primeros meses de vida en común él había hablado de volver a casarse y le había sugerido que se casara también ella. Frente a esta perspectiva indeseable, y en el momento de romper una relación, su enfermedad fue un recurso para «matar dos pájaros de un tiro». Era para el hermano una advertencia de que la cuidara más, y <!-- p. 161 --> para ella misma una lección para no volver a empezar con otro hombre, por las nuevas y más peligrosas consecuencias.

* * *

Dormir es otra forma de estar despierto. Con igual razón podríamos decir, desde luego, que la vigilia es una variante del sueño; la verdad es que, para comprender ambos estados, psicológica o biológicamente, tenemos que abandonar la idea de que son estados contradictorios. Considerado biológicamente, el sueño es solo una cesación parcial del contacto del organismo con su ambiente, una disminución de su actividad funcional. Durmiendo, nuestra atención conserva cierto grado de contacto con la realidad a través del sentir, el oír y el pensar, pero excluimos la mayor parte de las conexiones entre ellos. Respetamos los límites de nuestros movimientos en la cama y no nos caemos. Seleccionamos algunos ruidos como lo bastante importantes para despertarnos y desatendemos otros, y hasta podemos despertarnos a horas fijas. Todas estas actividades que el sueño no excluye se llevan a cabo también en el estado de vigilia, a menudo apenas de manera más consciente.

El hipnotismo es también una variedad de la vigilia, pero se diferencia del sueño en que excluye otra clase de actividades. El sujeto hipnotizado excluye todo lo que el hipnotizador desea que excluya, tras haber aceptado de antemano (lo admita o no) obedecer solo las órdenes del hipnotizador. Así, el hipnotismo puede llamarse dormir por encargo. Fuera del hipnotismo, este dormir por encargo no es raro, sobre todo entre los niños. Así pues, el hipnotismo es una prueba de una obediencia muy grande. A menudo se lo considera un método legítimo de tratamiento médico o psíquico, pero los psicólogos individuales lo evitan, naturalmente, sabiendo que la esencia de un tratamiento con éxito es un aumento del valor y del dominio de sí mismo. Un <!-- p. 162 --> paciente tiene que demostrar estas cualidades usándolas él mismo, no abdicando el control en otro. Los frecuentes fracasos que siguen a los métodos hipnóticos de tratamiento son la venganza del paciente por haber sido atacado inesperadamente por la sugestión durante la hipnosis.

No tiene nada de sorprendente que la hipnosis pueda eliminar o mitigar ciertos síntomas, aunque sin beneficio duradero. Ya he señalado que lo mismo ocurre con muchos métodos sugestivos, que el paciente mira con una luz mágica o semirreligiosa; pero estas cosas no enseñan por sí mismas una mejor adaptación a la vida. Por eso proporcionan alivios pasajeros, y parecen ser más eficaces para reducir los síntomas neuróticos que acompañan a ciertas enfermedades orgánicas, como la apoplejía, las secuelas de la sífilis y la esclerosis múltiple. Como ha mostrado Ludwig Stein, casi todas las enfermedades orgánicas producen más síntomas de los necesarios. Estas complicaciones nerviosas se tratan mejor con el método de la psicología individual, que, aunque no puede curar la pulmonía ni las enfermedades del corazón, puede aliviar mucho estos estados dando ánimo al paciente.

Nuestro método característico de interpretación de los sueños se funda en este reconocimiento de la unidad de la vida despierta y la vida durmiente. Supone un avance respecto de los valiosos descubrimientos de Lichtenberg y de Freud, según los cuales los sueños contienen siempre signos de problemas vitales que el soñador nunca reconoce en su vida despierta, descubrimientos que nuestro trabajo confirma ampliamente. Pero el sueño no es meramente la satisfacción sustitutiva de deseos no cumplidos en la vigilia —y menos aún de los «deseos sexuales infantiles» de Freud—, sino que es una función del estilo de vida entero, relacionada de manera más dinámica con el futuro que con el pasado, hecho que se conocía intuitivamente en la Antigüedad, cuando los sueños se consideraban proféticos <!-- p. 163 --> y no históricos. El soñador está ocupado en modelar su actitud y su disposición ante los acontecimientos venideros de su vida, almacenando cierta reserva de sentimiento y de emoción que no podría adquirir durante el día mediante el contacto con la realidad y el pensamiento lógico. Acumula así cierta fuerza irracional que lo sostenga en la persecución de su propia meta de superioridad ante los problemas que prevé, para resolverlos a su manera y en contra de las exigencias del sentido común.

En los sueños, por tanto, nunca encontramos otras tendencias o movimientos que los que se manifiestan en el estilo de la vida despierta, cuando este se capta de manera coherente. No podemos oponer la «conciencia» a la «inconsciencia» como si fueran dos mitades antagónicas de la existencia de un individuo. La vida consciente se vuelve inconsciente en cuanto dejamos de comprenderla, y en cuanto comprendemos una tendencia inconsciente, esta se ha vuelto ya consciente.

El sueño se esfuerza por preparar el camino para resolver un problema mediante una expresión metafórica de este, y es en sí mismo una señal de que el soñador se siente incapaz de resolverlo con el sentido común. Una concepción *metafórica* de la propia situación es una manera de *escapar* de ella, ya que puede usarse para apoyar casi cualquier clase de acción práctica. Esto se ejemplifica mejor que en ningún otro caso en los sueños que crean los sentimientos y las emociones del éxito, pues producen una especie de embriaguez que resiste perfectamente a la lógica de la vida en comunidad. Naturalmente, el soñador no reconoce su propia metáfora por lo que es. Si la comprendiera, sería ineficaz para su propósito. Es esencialmente un autoengaño, en interés de su propia meta individual. Deberíamos esperar, por tanto, que cuanto más concuerde con la realidad la meta individual, menos sueñe una persona, y encontramos que así es. <!-- p. 164 --> Las personas muy valerosas sueñan rara vez, porque se enfrentan adecuadamente con su situación durante el día.

Hay, por supuesto, casos problemáticos. Una ausencia de sueños puede resultar más adelante ser solo una ausencia de su contenido, que se olvida por completo, de modo que solo queda la emoción. Esto no es sino un paso más en el proceso de autoengaño, una de cuyas funciones es soñar, y su propósito es impedir que el individuo comprenda sus sueños. O la ausencia de sueños puede ser una señal de que el paciente ha llegado a un punto de reposo en su neurosis y ha establecido una situación neurótica que no desea cambiar. Los sueños cortos indican que los problemas presentes son tales que el soñador desea encontrar un «atajo» entre ellos y el estilo de vida individual. Los sueños largos o muy complicados los sueñan pacientes que buscan una seguridad excesiva en su vida, y suelen indicar vacilación y un deseo del paciente de aplazar incluso su propio autoengaño por si no saliera bien. El estilo de vida se muestra mejor en los sueños que se repiten a menudo o que han permanecido en la memoria durante muchos años.

Los métodos de autoengaño que empleamos en los sueños pueden verse no solo en el abuso de comparaciones, metáforas y símbolos, sino también en una tendencia a estrechar o acortar un problema presente hasta que solo es visible una parte de él, una parte que no puede juzgarse con los mismos criterios que el todo. La decisión urgente y necesaria de un problema vital, por ejemplo, puede soñarse en forma de un examen escolar sin importancia.

Un caso en que los sueños desempeñaron un papel importante fue el de un hombre que llevaba ocho años casado y tenía dos hijos, pero estaba decepcionado de su mujer. Su gran queja <!-- p. 165 --> contra ella era que no cuidaba lo suficiente de los niños. La acentuación del deber hacia los hijos en el matrimonio es siempre señal de un desacuerdo más profundo con la pareja. Tuviera razón o no este hombre sobre el descuido de los niños por parte de su mujer, utilizaba su crítica para expresar un reproche más profundo, y la mantenía como un baluarte contra ella. Esto se veía en otros detalles de su conducta, que mostraban que le preocupaba cómo llevaba ella otros asuntos además de los niños, por ejemplo la casa. La verdadera fuente de su antagonismo era su creencia de que ella no se había casado con él por amor, y encontraba la confirmación en el hecho de que su mujer había sido frígida. Siempre he encontrado que una frigidez prolongada ofende al marido en el más alto grado, y ambos cónyuges acaban más o menos irritados. Para tener una prueba contundente de la culpa de su mujer, en lugar de la razón real y humillante de su condena de ella, desarrolló este miedo exagerado por los niños, y después vino a verme por dolores de cabeza y por aversión al trabajo. No tenía valor suficiente para divorciarse o para buscar otra mujer, pues había crecido con el sentimiento de que en la infancia su madre lo había relegado.

Este hombre se volvió muy celoso y perdió toda fe en las mujeres. Una noche soñó: «Estaba en una batalla en las calles de una ciudad, y en medio de los disparos y los incendios muchas mujeres saltaban por los aires como por una explosión». Después sufrió mucho de compasión al recordar esta imagen, hasta que mi tratamiento le permitió comprenderla. Concordaba con su actitud ante su problema matrimonial, pues en este sueño satisfacía su rabia imaginando un exterminio general de las mujeres, que se veía obligado a repudiar porque no carecía de sentimiento de comunidad ni de <!-- p. 166 --> compasión. Podemos ver cómo esta compasión posterior le permitía mantener la actitud diaria que adoptaba ante su mujer: que no estaba en absoluto *enfadado* con ella, sino solo *preocupado* por los niños. Yo analizaría la estructura de su sueño como sigue: escogió algunas imágenes terribles de sus recuerdos de la guerra —esto lo llamamos la selección de un pensamiento adecuado— y luego *comparó* las relaciones entre los sexos con esa guerra. De este modo redujo todo el problema de los sexos a una pequeña parte de él —una batalla—, dejando fuera todos los factores más importantes. Cuando se recuperó de su susto, y cuando se le explicaron su autoengaño y su autoembriaguez y los comprendió, se tranquilizó y cesaron los dolores de cabeza, pero no quiso reconciliarse con su mujer. Tuvo entonces otro sueño: «El menor de mis tres hijos se perdía y no se le podía encontrar». Como sabemos, solo tenía dos hijos, pero se asustó mucho, tanto en el sueño como después de despertar.

La línea de reproche que este paciente había seguido siempre contra su mujer era la acusación de descuidar a los niños. Así, si se imaginaba que se perdía un tercer hijo, era una advertencia para no tener más hijos y no aumentar así el peligro. Por este rodeo podía evitar reanudar las relaciones con su mujer. De nuevo vemos cómo la selección de un pensamiento adecuado le permite elaborar una comparación que reduce todo el problema de educar y proteger a los hijos a un detalle de él. Sin embargo, un psicólogo muy agudo puede detectar, en la elección de la ficción de un *tercer* hijo, el comienzo de un movimiento hacia la reconciliación. Pues es como si el paciente vislumbrara la posibilidad de otro hijo, pero se echara atrás, diciendo: «Quizá sea lo bastante cuidadosa para dos, pero desde luego no para tres».

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El autoengaño que se practica en los sueños puede rastrearse muy a menudo en el estado de vigilia, hecho del que tuve una vez una prueba muy interesante. Estaba a punto de salir de Viena cuando un antiguo paciente me llamó por teléfono y me pidió que viera a su mujer enferma. Había consultado a dos médicos y ninguno de los dos podía decidir cuál era la causa de la fiebre.[^t10] Yo tenía prisa e intenté excusarme, diciendo que no era especialista en enfermedades orgánicas, pero finalmente cedí a su insistencia. Encontré que la paciente padecía tifus, y le recomendé a un médico consultor que era hábil en tales casos. Él seguía resistiéndose, diciendo que ningún médico podía decirle más que yo, y me costó trabajo marcharme con la promesa de que lo visitaría como amigo en cuanto volviera a Viena. No dejaba de repetir: «Pero él no podrá decirme más de lo que usted me ha dicho». Al fin le convencí de que llamara al experto, y me marché. Cuando volví a visitarle unas semanas más tarde, su mujer se estaba recuperando, y me dijo que estaba muy satisfecho con el médico que yo le había recomendado. Luego, en un tono muy seguro, observó: «Desde luego, usted me dijo cuando vino que el Dr. W. había muerto aquella mañana».

Yo no le había dicho nada semejante, así que lo negué. Yo mismo no había leído la noticia hasta mis vacaciones, el día después de salir de Viena. Él, sin embargo, no quiso creerlo, y sostuvo con firmeza que yo le había hablado de la muerte del Dr. W. Cuando le pregunté qué le hacía pensar que se lo había dicho yo, respondió: «Pues porque tuvo que ser así. Cuando el médico consultor vino a ver a mi mujer al día siguiente, nada más saludar a todos los presentes se volvió hacia los médicos y dijo: “¿Saben que mi amigo el Dr. W. ha muerto?”. “Sí —intervine yo—, el Dr. Adler me lo dijo ayer.” El especialista pareció sorprendido y dijo: “Conozco muy bien al Dr. Adler, <!-- p. 168 --> pero no sabía que tuviera el don de la profecía”. Tiene que haber algún error, y me pregunto si usted puede explicarlo».

No era tan difícil de explicar. Este hombre tenía una fe casi ilimitada en mí, y cuando lo vi antes de mi partida me había repetido una y otra vez: «El especialista no puede decirme nada que usted no me haya dicho». Se había embriagado con esta idea, de modo que recibió al nuevo médico con la determinación emotiva de que cualquier cosa que dijera sería algo que yo ya le había dicho. Así, tomó espontáneamente la primera información que pronunció el especialista y, con firmeza y con perfecto autoengaño, me la atribuyó a mí.

[^1]: Estos y otros hechos los reúne y analiza la Dra. Alice Friedman en un artículo publicado en la *International Journal of Individual Psychology* [Revista Internacional de Psicología Individual], año 5.º, publicada por S. Herzl, Leipzig, 1927.[^t3]

[^2]: Se ha intentado describir dos tipos de neuróticos, el vagotónico y el simpaticotónico, según que una u otra división del sistema nervioso vegetativo, con sus glándulas asociadas, tienda a una actividad excesiva. La simpaticotonía va asociada a un aumento del metabolismo.

[^t1]: *Infra dignitatem*: «por debajo de su dignidad»; en latín en el original. (N. del T.)

[^t2]: Así en el original, por Gustav Freytag (1816-1895), novelista y dramaturgo alemán. (N. del T.)

[^t3]: Así en el original. Se trata de la *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie*, dirigida por Adler, cuyo editor en Leipzig era S. Hirzel; la autora es Alice Friedmann. (N. del T.)

[^t4]: Frase atribuida a Lessing, probablemente reminiscencia de *Nathan der Weise* (II, 9: «Der wahre Bettler ist / Doch einzig und allein der wahre König»), donde la pronuncia el derviche Al-Hafi. (N. del T.)

[^t5]: Así en el original, por Theodor Fontane (1819-1898), el novelista alemán, hijo de un boticario de ascendencia hugonote francesa. (N. del T.)

[^t6]: *Cæsarian madness*: la «locura de los césares» (al. *Cäsarenwahnsinn*), megalomanía de los que tienen un poder ilimitado. (N. del T.)

[^t7]: «He erigido un monumento más duradero que el bronce»: Horacio, *Odas*, III, 30, 1. (N. del T.)

[^t8]: «No quiero alzarme en Düsseldorf del Rin sobre una piedra sorda». Heine había nacido en Düsseldorf. (N. del T.)

[^t9]: Johann Nestroy (1801-1862), comediógrafo y actor vienés. La frase se cita en inglés en el original y no se ha identificado su texto alemán exacto. (N. del T.)

[^t10]: El original dice «the course of the fever» («el curso de la fiebre»), probablemente por *cause* («causa»); se traduce según el sentido. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la Delhi University Library digitalizado en Internet Archive (archive.org, `in.ernet.dli.2015.503110`) y corregida página a página sobre las imágenes: Alfred Adler, *Problems of Neurosis. A Book of Case-Histories*, edición de Philippe Mairet, con un ensayo preliminar de F. G. Crookshank, Londres, Kegan Paul, Trench, Trubner & Co., 1929, XXXVII + 178 págs. Se omiten el ensayo de Crookshank, la bibliografía compilada por Mairet y el índice analítico, que no son de Adler. Los comentarios `p. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español de la primera edición (1929), hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). El libro se compuso en inglés; la versión alemana (*Neurosen. Zur Diagnose und Behandlung*, 1981) es posterior. Se conservan los capítulos con sus sumarios, los blancos de separación entre secciones (marcados `* * *`), las cursivas, las notas del autor y la paginación original; las erratas de puntuación del impreso, que la versión original conserva, se corrigen aquí sin indicarlo. *Social feeling*, *social interest* y *community feeling* se traducen siempre «sentimiento de comunidad»; *style of life* y *life-style*, «estilo de vida»; *pampered* y *spoiled*, «mimado»; *compulsion neurosis*, «neurosis obsesiva»; *early recollections*, «recuerdos de infancia» o «primeros recuerdos»; *useful / useless side of life*, «lado útil / inútil de la vida». Las equivalencias fijas se recogen en el glosario del archivo. Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)» y las adiciones del traductor, entre corchetes.
