---
Title: El papel neurótico
Description: Artículo de 1928 en que Adler comenta, frase a frase, la carta de un desconocido que le pidió consejo tras una conferencia en Alemania: un agricultor próspero, deprimido y con deseos de suicidio, cuyos recuerdos de infancia revelan que ha representado toda su vida el papel de mendigo para dominar a los demás; contra la idea psicoanalítica de un instinto de muerte, Adler ve en ello una forma de expresión del desaliento.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1928-11%20Neurotisches%20Rollenspiel
---


<!-- S. 427 -->

# El papel neurótico[^t1]

Por el Dr. Alfred Adler

El caso siguiente ha de mostrar hasta dónde se ve desde el mirador de la psicología individual y cuál es su efecto inmediato.

Después de una de mis conferencias en Alemania sobre cuestiones de educación, recibí la carta de un desconocido que «en su apuro se dirigía a mí en busca de consejo». La carta terminaba con el ruego de que le diera mi opinión al día siguiente.

En la carta describía, como sigue más abajo, su padecimiento, y daba información sobre algunos puntos, en especial sobre recuerdos de infancia, que yo había tratado en mi conferencia como particularmente valiosos cuando se los mira a la luz de la psicología individual.

Las informaciones eran las siguientes:

> «Sufro espantosamente de una angustia que me oprime la garganta cuando me atrevo con una tarea nueva.»

Leí entre líneas: mal preparado para las dificultades de la vida, fuerte sentimiento de inferioridad, dependencia excesiva de la opinión de los demás.

> «Anímicamente sufro de depresión, y físicamente me siento al mismo tiempo débil y miserable. Con la cabeza embotada, solo tengo un deseo: meterme en la cama y esconderme bajo las mantas.»

Fácil de poner en fuga; cae en una tensión desproporcionadamente grande que lo confunde (como si tuviera entre manos grandes obras); se comporta entonces como un niño miedoso que quisiera esconderse del mundo.

> «Tengo mucha tendencia a mentir a los que me rodean, pero en el último momento me contengo.»

Vuelvo a constatar aquí: influir en la opinión de los demás a su favor mediante un artificio, pero con miedo a perder su favor si se dan cuenta.

> «Mi miedo a la pobreza y al desprecio es inmenso. Estoy siempre ocupado en evitar ambas cosas.»

Esta exageración de una aspiración por lo demás legítima apunta a una vivencia temprana de ambas. Se ha convertido en una línea principal de su vida, cuyo subrayado perturba la armonía de su ser. Otra vez, dependencia excesiva de la opinión de los demás.

<!-- S. 428 -->

> «Tengo un gran anhelo de suicidarme, si estuviera seguro de que no me encontrarían.»

El neurótico «sí, pero» se deja oír de manera consoladora. Sin embargo, por la proposición antecedente —en un autoengaño—, llena, como en una intoxicación, el alma del paciente de tristeza y desazón constantes. ¿Se ve ya la unidad de su personalidad? ¿Su estilo de vida? Podemos ver como la línea de movimiento más profunda aquella que se configura a partir de su desmesurado sentimiento de inferioridad. A esta línea se pliegan todos sus actos, instintos y pensamientos, su consciente y su inconsciente, hasta ahora invisible. ¿Contendrá este último un instinto de muerte al que se opone su consciente? ¿Es este el punto —inconsciente contra consciente— en que el psicoanálisis tiene razón frente a la psicología individual?

¡Pero el hombre vive! ¡Su consciente vence sin cesar! Es más fuerte que su inconsciente.

¿Y si por una vez no miráramos las partes sueltas —«solo falta, por desgracia, el lazo espiritual»[^t2]— sino la conexión; no la aparente ambivalencia, sino la unidad de la personalidad? No hay duda: el paciente está desalentado hasta cierto punto. Lleva una carga en su depresión, en su apocamiento, en su deseo de muerte. Pero la lleva desde hace casi cincuenta años. Es un agricultor de éxito, de complexión robusta, bien alimentado. Es más fuerte que él mismo. Se ha vencido «a sí mismo». Es un vencedor. «¡Cuánto habría podido hacer si no tuviera que llevar esta carga!» En este estado de ánimo se refleja más de lo que él es: la expectativa, la pretensión de los más altos logros.

> «Cuántas veces estuve a punto de suicidarme, *pero* siempre desistí por miedo al sufrimiento, al desprecio de los demás, a la posibilidad de tener que seguir viviendo con un grave daño que yo mismo me hubiera causado.»

Vemos que, con un número tan grande de razones de peso en contra, su vida está completamente asegurada. De modo que puede señalar con orgullo:

> «No tengo el menor miedo a la muerte, que, a falta de mejores posibilidades, me parece la solución más sencilla de los problemas de mi vida.»

¡El instinto de muerte como la solución más sencilla! ¡Sin esfuerzo! La psicología individual ha empleado siempre las mismas palabras. No un instinto, sino una forma de expresión del desaliento. Quien se pone cabeza abajo tomará esto último por *superficie* y lo primero por profundo.

> «Hasta donde me entiendo, siempre he hecho frente a las decisiones de la vida, nunca he huido, aunque sentía amargamente mi debilidad anímica y física ante mis tareas. Siempre he ido hacia adelante, aunque siempre me costaba.»

<!-- S. 429 -->

¡El vencedor! Contra dificultades que proceden de él mismo. Que escudriña con temor, con triste desazón, siempre con miedo a la pobreza y a la humillación, atormentado por deseos de muerte. Así ofrece sin duda en toda situación de la vida una imagen lastimosa, pero siempre sabe atraer hábilmente el éxito. Mira como hipnotizado sus sufrimientos como mira su victoria. Un truco, un artificio que le permite sentirse más grande de lo que es[^1].

Hay sin duda un saber inconsciente, un saber que se ha hecho corporal, que se ha mecanizado. Cuando un hombre rico entra en una tienda, seguramente no piensa en lo rico que es, pero se comporta en consecuencia. En el mismo sentido hay (perdóneseme la expresión) sentimientos «no sentidos», de los que uno no se da cuenta, pero que han pasado a los movimientos expresivos. Si entre la multitud evito pisar a alguien, eso es una expresión del sentimiento de comunidad. Pero del sentimiento de comunidad no sé ni siento nada en ese momento. Solo sé y siento una parte del todo: la parte necesaria para actuar. Lo mismo nuestro paciente. Para vivir su valía, se muestra a sí mismo y a nosotros cuánto sufre. Y no se cansa de hacerlo. Está siempre en camino —y mira alrededor de él— de alcanzar una meta de superioridad. Así también cuando escribe:

> «Siempre fui amigo de la paz. Ya de muy pequeño me habían escogido siempre como pacificador en la familia.»

El tercero victorioso, que esta vez recoge sus laureles como ángel de la paz.

Grave sentimiento de inferioridad que intenta compensarse mediante el temor y la depresión; el éxito real detrás de los costes que paga en forma de neurosis: la superación victoriosa. Evidentemente ha sufrido la más honda pobreza y privación, y procura prevenir una repetición de esa fase de miseria. Su acción principal: una tristeza y un abatimiento inmotivados pero ajustados a su fin, que se pone delante a sí mismo y pone delante de los demás. ¿Está justificada la comparación con un *mendigo*?

> «Mi familia se componía de padre, madre, un hermanastro del primer matrimonio de mi madre, una hermana cuatro años mayor que yo, y yo.»

La psicología individual ha descrito ampliamente la ambición del más pequeño. Por haber recurrido a José, el de la Biblia, para ilustrar este tipo, se me ha censurado alguna vez: «Porque Benjamín <!-- S. 430 --> era el más pequeño». Pero este era diecisiete años más joven y no desempeñó ningún papel en el desarrollo del que hasta entonces había sido el más pequeño.

> «Mi recuerdo más antiguo es que una noche me habían dejado solo y me asusté muchísimo cuando un cantante callejero *mendigo* iba y venía por nuestra calle.»

El verdadero significado de los recuerdos antiguos de la infancia solo se ha aclarado, seguramente, en la psicología individual: ser un fragmento del prototipo del individuo y encajar perfectamente con el estilo de vida actual. Aquí: demasiado débil para estar solo, y el profundo efecto que ejerce un *mendigo*.

> «Un segundo recuerdo: cuando mi hermana y yo jugábamos con mi muñeca y ella la rompió, lloré sin parar.»

Aquí, la importancia exagerada de la pérdida (pobreza), una excitación que se resuelve en tristeza y llanto. La agresión contra el otro se pierde en quejas. Este tipo se encuentra a menudo entre pacientes que más tarde enferman de melancolía.

> «Otro recuerdo: una vez que mi madre quería salir de casa para ir a su trabajo, lloré tan amargamente que mi madre dejó su empleo para poder quedarse conmigo.»

En este y, evidentemente, en otros cien casos se dio cuenta de lo fuerte que es una persona en su depresión.

> «De niño me gustaba también coleccionar cajas vacías, tarjetas, estampas y monedas de un pfennig, de las que tenía una gran cantidad.»

Aquí aparece con más claridad la actitud del mendigo.

> «Tres veces sufrí en mi infancia una caída grave.»

Aquí se expresa la impresión de los peligros de la vida, no tanto en los hechos, que el paciente tiene en común con la mayoría de los niños, como en el aferrarse precisamente a estos recuerdos.

> «Cuando oía un himno o música triste, gritaba y lloraba lastimosamente. A la iglesia no podían llevarme, porque allí también empezaba a llorar con tanta violencia. Cuando me preguntaban por qué lloraba, contestaba siempre que tenía que pensar en mi abuelo muerto, que, sin embargo, llevaba treinta años muerto cuando yo nací.»

Aprovechamiento de las ocasiones oportunas para impresionar con el llanto. Y además, recurso a «causas» muy lejanas, que ganan peso por el hecho de la muerte. Pero que piense en la muerte y no en otra cosa muestra su meta: pasar a primer plano despertando tristeza cuando, como en la iglesia (analogía con la agorafobia), no recibe atención.

> «Cuando me llevaron a un jardín de infancia, me escapé llorando y corrí a casa. Estaba tan trastornado que llamaron a un médico, que prohibió que siguiera yendo al jardín de infancia.»

<!-- S. 431 -->

Incidente habitual en los niños *mimados*, que la mayoría de las veces quieren eliminar toda situación nueva. Aquí se ve también con claridad, si se quiere, la estructura psicológica del «hacer novillos»[^t3], de la huida, del vagabundeo, de la fuga, etc. El movimiento es: «lejos de una situación que no me gusta». Vale también en sentido figurado.

El muchacho muestra aquí de nuevo cómo ha captado *el poder de la debilidad exhibida*, sin haberlo «entendido». Esa es seguramente también la línea de acción del *mendigo*.

> «De niño tenía un habla casi incomprensible. Solo mi madre me entendía. Esto daba mucha diversión en mi familia y entre sus amistades, y a menudo me pedían que recitara pequeñas poesías. Cuando los demás se habían muerto de risa, *yo pasaba con mi sombrero y recogía limosnas.*»

También aquí, de nuevo, el aprovechamiento de la debilidad con el fin de elevarse, y el *gesto del mendigo* expresado con claridad.

> «Cuando miro hacia atrás, a mi infancia, me vienen una y otra vez recuerdos de escenas en que lloraba y, para regocijo de mis parientes, recogía con las comisuras de la boca las lágrimas que me caían.»

Estimulado por mi conferencia, que trataba también de la gran importancia de los recuerdos de infancia para el conocimiento del hombre, mira hacia atrás en su vida y descubre *una parte de la conexión*: cómo trataba de volver a ganar una y otra vez una ventaja obtenida ocasionalmente, y mecanizó esta aspiración, sustrayéndola así a su comprensión. *Comprender* significa siempre: comprender la conexión, la dirección unitaria de lo que se llama consciente e inconsciente. El paciente empieza ahora a comprender.

\* \* \*

Mi conversación con el hombre fue breve. Rechacé un tratamiento, porque solo podía llevarlo a cabo en Viena. Comprobé que el paciente se había criado en la más amarga pobreza y que su madre lo había mimado extraordinariamente. Los vecinos mejor situados se apiadaban a menudo de él cuando lo veían pálido y mendigando con la mirada.

Recibí una segunda carta, del siguiente tenor, que me mostró la comprensión suficiente del hombre:

> «Yo era de hecho la persona dominante en mi familia, y, como José en la Biblia, crecí muy por encima de ella. Le he proporcionado además una existencia desahogada. Veo con toda claridad que mi tristeza y mi llanto se mantuvieron en la infancia y después con vistas a facilidades y ventajas en mi familia, ante mi mujer y ante todas las personas con las que tenía que ver. De hecho, he sido siempre la persona dominante en mis círculos, quizá también porque solo me quedaba en aquellos <!-- S. 432 --> círculos en los que mi manera de ser surtía efecto. Evidentemente me atuve a mi método porque también me resultaba más fácil que la acción directa. Mis intenciones de suicidio me parecen ahora también un medio de ponerme triste y de imponer mi voluntad a los demás. Siempre buscaba un apoyo en otras personas y procuraba que trabajaran para mí.
>
> Comprendo que también otros niños se han caído sin hacer de ello un drama para toda su vida. Evidentemente saqué de ahí la conclusión de cuánto me debe el mundo por ello, puesto que he sufrido tanto.
>
> Comprendo también que de hecho he representado toda mi vida el papel de un mendigo que con su sufrimiento apunta a la debilidad de los demás. Y ahora comprendo mejor a *Lessing* (*Gotthold Ephraim*) cuando hace decir a su derviche: “El verdadero mendigo es, al fin y al cabo, el único verdadero rey”[^t4].
>
> Por eso no me afectaba que los demás se rieran de mí por mi mala habla. Con tal que me dieran dinero, y con tal que mi madre me entendiera[^2]. Mi papel era de hecho el de un pequeño rey, pero nunca afronté mis tareas con valor y alegría, porque nunca me creí con fuerzas suficientes. Mi problema vital era, por tanto: ¿cómo hago de un mendigo un rey?
>
> Ahora creo que también habría podido llevar mi vida de una manera más valerosa, y quiero intentarlo. Estoy convencido, como usted, de que no debo mis éxitos reales a mi técnica de mendigo, sino a mis capacidades ejercitadas. Quiero, pues, entrar en la vida con más *valor* que hasta ahora. Actuaba como un comerciante que cree que debe sus éxitos a su anticuado método comercial y no a su propia competencia, y que por eso ni piensa en cambiar.
>
> Como no sé cómo agradecérselo bastante, quisiera intentarlo con una pequeña sorpresa. Le envío adjunto un artículo de periódico que escribí durante los años de la guerra. Su título es: “*Una organización de los mendigos*”.»

Un año después el hombre vino a visitarme. Había perdido todos sus síntomas neuróticos sin adquirir otros.

[^1]: Esto es sin duda una treta. Sé también que no todos la reconocerán. Pero que alguien suponga, después de que yo he descubierto tretas neuróticas, que yo mismo soy amigo de tretas, es una falta de agudeza[^t5] que no habría atribuido a ninguno de mis lectores si no me hubieran asegurado que hay uno así.

[^2]: Los niños hablan siempre conforme al habla de la persona que les es más cercana. Redichos, con escaso vocabulario, etc. La audimudez (*Hörstummheit*)[^t6] la he encontrado, aparte de en niños débiles mentales, en niños especialmente mimados, para los que hablar era superfluo. Quizá diga más la siguiente observación, hecha por la Dra. *Blanche Weill*. El hijo de cinco años de un matrimonio sordomudo podía oír y hablar. Cuando se hacía daño, lloraba, las lágrimas le corrían por las mejillas, pero no se oía ningún sonido. Con sus padres también habría sido inútil.

[^t1]: *Rollenspiel*: literalmente, «juego de papeles», el hecho de representar un papel (aquí, el de mendigo). (N. del T.)

[^t2]: Goethe, *Fausto* I, escena del estudiante: «Dann hat er die Teile in seiner Hand, / Fehlt, leider! nur das geistige Band» («Tiene entonces las partes en la mano; / solo falta, por desgracia, el lazo espiritual»). (N. del T.)

[^t3]: *Schulstürzen*: término austriaco por *Schulschwänzen*, faltar a la escuela sin permiso. (N. del T.)

[^t4]: Lessing, *Nathan der Weise* [Natán el sabio], acto I, escena 3, palabras del derviche Al-Hafi: «Der wahre Bettler ist / Doch einzig und allein der wahre König!». (N. del T.)

[^t5]: El original dice literalmente «un tal defecto de *Wasserkraft*» («fuerza hidráulica»), con toda probabilidad una errata o un lapsus por una palabra como *Witzkraft* o *Fassungskraft* (agudeza, capacidad de comprensión). Se traduce por el sentido. (N. del T.)

[^t6]: Ausencia o grave retraso del habla en un niño que oye normalmente. (N. del T.)

---

*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar de la *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie* 6 (1928), n.º 6, págs. 427-432, digitalizado en archive.org y cotejado con la imagen. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las cursivas del original, la paginación y las notas del autor (numeradas); las citas de las cartas del paciente se dan como bloques de cita. Las notas del traductor llevan la marca «t» y las adiciones del traductor van entre corchetes.
