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Title: Conocimiento del hombre
Description: Exposición de conjunto de la psicología individual para el gran público, nacida de los cursos anuales que Adler dio en el Volksheim de Viena (1927; aquí, según la 3.ª edición, de 1929): en una parte general, el alma del hombre y su tendencia a una meta, la naturaleza social de la vida anímica, el niño y la sociedad, las impresiones del mundo exterior (percepción, memoria, fantasía, sueños, empatía, hipnosis y sugestión), el sentimiento de inferioridad y el afán de notoriedad, la preparación para la vida, la relación entre los sexos y los hermanos; en la doctrina del carácter, los rasgos de carácter agresivos (vanidad, celos, envidia, avaricia, odio) y no agresivos (retraimiento, angustia, apocamiento), otras formas de expresión del carácter y los afectos, con un apéndice sobre la educación.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1927%20Menschenkenntnis
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<!-- Portada: MENSCHENKENNTNIS [Conocimiento del hombre], de Alfred Adler. Tercera edición, corregida. Leipzig, S. Hirzel, 1929. Al dorso: reservados todos los derechos, en particular el de traducción a otras lenguas; copyright by S. Hirzel, Leipzig, 1927. -->

<!-- S. III -->

## Prólogo a la primera edición

Este libro intenta mostrar al más amplio círculo de lectores los fundamentos inquebrantables de la psicología individual y su valor para el conocimiento del hombre, y al mismo tiempo su importancia para el trato con los hombres y para la organización de la propia vida. Ha nacido de unos cursos anuales de lecciones dados en el Volksheim[^t1] de Viena ante un público de muchos centenares de personas. La tarea principal de este libro habrá de buscarse, por tanto, en comprender las deficiencias de nuestra actuación y de nuestra obra en la sociedad a partir de la conducta errónea del individuo, en reconocer sus errores y en lograr una mejor inserción en el conjunto social.

Los errores en la vida económica y en las ciencias son sin duda lamentables y dañinos. Los errores en el conocimiento del hombre suelen ser un peligro para la vida. Los diligentes colaboradores de nuestra ciencia, así lo espero, tampoco querrán pasar por alto, mucho más allá de nuestro círculo, las comprobaciones y experiencias que aquí se exponen, como no pasaron por alto las anteriores.

Me siento obligado a expresar en este lugar mi más íntimo agradecimiento al doctor en derecho Broser. Con trabajo asiduo recogió, ordenó y cribó casi todo lo dicho en mis lecciones. No digo demasiado si afirmo que sin su ayuda este libro difícilmente habría llegado a existir.

Doy asimismo las gracias a mi hija, la doctora en medicina Ali Adler, por la revisión de las pruebas y por haber concluido el libro en una época en que yo me esforzaba por ganar nuevos amigos para la psicología individual en Inglaterra y en América.

La editorial S. Hirzel ha favorecido de modo ejemplar la aparición del libro y ha preparado con prudencia al público. <!-- S. IV --> La psicología individual le debe por ello un agradecimiento especial.

Estas conferencias y este libro han de servir al propósito de iluminar el camino de la humanidad.

Londres, 24 de noviembre de 1926

Dr. Alfred Adler

## Prólogo a la segunda edición

Me permito ver en la pronta aparición de una segunda edición una señal de que el público otorga su confianza a los esfuerzos de la psicología individual.

Además de a ese amplio público, he de dar las gracias también a los críticos que se han ocupado del libro con gran comprensión. Y también a los que no lo hicieron, porque no hicieron sino señalarme el camino que he procurado seguir en la segunda edición.

Viena, 19 de octubre de 1927

Dr. Alfred Adler

<!-- Índice (S. V-VII): no se traduce; la división se ve en los títulos. -->

<!-- S. 1 -->

## Parte general

## Introducción

> El carácter del hombre
> es su destino (Heródoto)[^t2]

Los fundamentos del conocimiento del hombre son tales que no consienten demasiada arrogancia ni orgullo. Al contrario, el verdadero conocimiento del hombre ha de ser apto para producir cierta modestia, pues nos enseña que estamos ante una tarea inmensa en la que la humanidad trabaja desde los orígenes de su cultura, una obra que, sin embargo, no ha emprendido de manera consciente y sistemática, de modo que solo se ve surgir aquí y allá a algunos grandes hombres que disponían de más conocimiento del hombre que el término medio. Con ello tocamos un punto doloroso. Si se examina sin prejuicios a los hombres en cuanto a su conocimiento del hombre, se encuentra que la mayoría de las veces fracasan. Ninguno de nosotros posee mucho conocimiento del hombre. Esto se relaciona con nuestra vida aislada. Nunca, probablemente, han vivido los hombres tan aislados como hoy. Ya desde la infancia tenemos pocos vínculos. La familia nos aísla. Tampoco nuestro modo de vida en conjunto nos permite un contacto tan íntimo con nuestros semejantes como el que es indispensable para el desarrollo de un arte como el conocimiento del hombre. Son dos factores que dependen el uno del otro. Pues, a su vez, no podemos hallar el contacto con los demás hombres porque, a falta de una mejor comprensión, nos parecen extraños durante demasiado tiempo.

La consecuencia más grave de esta carencia es que la mayoría de las veces fracasamos en el trato con nuestros semejantes y en la convivencia con ellos. Es un hecho, señalado a menudo y doloroso, que los hombres pasan unos junto a otros y <!-- S. 2 --> hablan sin entenderse, que no son capaces de unirse porque se encuentran como extraños unos frente a otros, no solo en el marco más amplio de una sociedad, sino incluso en el círculo más estrecho de la familia. Nada nos sale al paso con más frecuencia que las quejas de padres que no comprenden a sus hijos y de hijos que dicen no ser comprendidos por sus padres. Y, sin embargo, en las condiciones fundamentales de la convivencia humana hay tanta necesidad de comprenderse unos a otros, porque de ello depende toda nuestra actitud hacia el prójimo. Los hombres convivirían mucho mejor si el conocimiento del hombre fuera mayor, porque desaparecerían ciertas formas perturbadoras de la convivencia que hoy solo son posibles porque no nos conocemos unos a otros y estamos así expuestos al peligro de dejarnos engañar por las apariencias y de caer en los fingimientos de los demás.

Queremos explicar ahora por qué precisamente desde la medicina parten los intentos de establecer, en este inmenso terreno, una disciplina que se llama conocimiento del hombre, y cuáles son los *supuestos* de esta ciencia, qué tareas le corresponden y qué resultados pueden esperarse de ella.

Ante todo, la *neurología* es ya por sí misma una disciplina que requiere de la manera más apremiante conocimiento del hombre. El médico de enfermedades nerviosas se ve obligado a obtener lo más rápidamente posible una visión de la vida anímica de las personas *enfermas de los nervios*. En este terreno de la medicina solo puede formarse un juicio útil, solo se está en condiciones de emprender o proponer intervenciones y curas, si se tiene claro lo que ocurre en el alma del paciente. Aquí no cabe la superficialidad: aquí al error le sigue inmediatamente el castigo, y a la comprensión acertada, casi siempre también el éxito. Aquí, por tanto, se somete uno a una prueba bastante rigurosa e inmediata. En la vida social uno puede equivocarse más fácilmente al juzgar a una persona. También aquí sigue cada vez el castigo, pero la reacción puede producirse tan tarde que la mayoría de las veces ya no estamos en condiciones de captar las conexiones y nos quedamos asombrados ante el hecho de que un error en el juicio sobre una persona haya conducido, quizá decenios después, a graves fracasos y destinos. Tales circunstancias nos enseñan una y otra vez la *necesidad y el* <!-- S. 3 --> *deber de la colectividad de adquirir y profundizar el conocimiento del hombre.*

En nuestras investigaciones reconocimos pronto que aquellas anomalías, complicaciones y fracasos anímicos que tan a menudo se perciben en los casos de enfermedad no contienen en el fondo, por su estructura, nada que fuera ajeno a la vida anímica de los hombres llamados normales. Son los mismos elementos y supuestos; solo que todo resalta de un modo más crudo y más claro y es más fácil de reconocer. Y así la ventaja de estos conocimientos nos permite aprender aquí y reunir, por comparación con la vida anímica normal, experiencias que finalmente nos hacen posible adquirir una mirada más aguda también para las circunstancias normales. No hizo falta más que práctica, unida a aquella dedicación y paciencia que toda profesión nos exige.

El primer conocimiento que se nos ofreció fue que los estímulos más fuertes para la construcción de la vida anímica humana proceden de la primera infancia. En sí, esto no fue sin duda un descubrimiento especialmente audaz, pues consideraciones parecidas se encuentran en investigadores de todos los tiempos. Lo nuevo, sin embargo, fue que procuramos poner las vivencias, impresiones y tomas de posición infantiles, en la medida en que todavía podían comprobarse, en una relación *vinculante* con fenómenos posteriores de la vida anímica, comparando vivencias de la primera infancia con situaciones posteriores y con la actitud del individuo en su época ulterior. Y entonces resultó especialmente importante que *los fenómenos aislados de la vida anímica no deben considerarse nunca como un todo cerrado en sí mismo*, sino que solo se podía llegar a comprenderlos si se entienden todos los fenómenos de una vida anímica como partes de un todo inseparable y se intenta luego descubrir la línea de movimiento, el patrón de vida, el estilo de vida de una persona, y aclararse que la meta secreta de la actitud infantil es idéntica a la de la actitud de esa persona en años posteriores. En resumen, se mostró con sorprendente claridad que, desde el punto de vista del *movimiento anímico*, no se había producido ningún cambio del estilo de vida; que la forma externa, la concreción, la expresión verbal de los fenómenos anímicos, lo fenoménico, podía <!-- S. 4 --> cambiar, pero que los fundamentos, la meta, el ritmo y la dinámica, todo lo que mueve la vida anímica en dirección a la meta, permanecían inalterados. Si, por ejemplo, un paciente presentaba un carácter medroso, siempre lleno de desconfianza y deseoso de apartarse de los demás, era fácil demostrar que esos mismos movimientos le eran propios ya en el tercer o cuarto año de vida, solo que con sencillez infantil y más fáciles de descubrir. Por eso nos hemos impuesto como regla trasladar siempre en primer lugar el peso de nuestra atención a la infancia del paciente. Llegamos al punto de poder suponer en una persona muchas cosas de su infancia, de saberlas sin que nadie nos las hubiera dicho. Considerábamos lo que veíamos en ella como las huellas de sus primeras vivencias infantiles, que la acompañan hasta la vejez. – Y si, por otra parte, oímos a una persona contar qué sucesos de su infancia recuerda, eso nos da, bien entendido, una imagen de qué clase de persona tenemos delante. Para ello nos servimos también de otro conocimiento: que a los hombres les cuesta muchísimo desprenderse del patrón en el que crecieron durante los primeros años de vida. Hay pocas personas que hayan logrado deshacerse de él, aunque la vida anímica se manifieste de otro modo en la edad adulta, en otras situaciones, y produzca por ello una impresión distinta. Pero esto no equivale a un cambio del patrón de vida; la vida anímica sigue descansando sobre el mismo fundamento, la persona muestra la misma línea de movimiento y nos deja adivinar, en ambas edades, en la infancia como en la vejez, la misma meta. También por eso el peso de nuestra atención tenía que recaer en la infancia, porque reconocimos que, si planeamos un cambio, no es posible querer desmontar, por así decir desde arriba, todas las innumerables vivencias e impresiones de una persona, sino que primero tenemos que encontrar y descubrir su patrón, del que se nos desprendía la comprensión de su peculiaridad y, al mismo tiempo, de sus llamativos síntomas de enfermedad.

Así, la consideración de la vida anímica infantil se convirtió para nosotros en el eje de nuestra ciencia, y ello fue suficiente recreo y enseñanza. Una gran cantidad de trabajos se dedicó al estudio <!-- S. 5 --> de estos primeros años de vida. Aquí se ha acumulado un material tan inmenso, aún no elaborado, que hay provisión para mucho tiempo y cualquiera está en condiciones de encontrar cosas nuevas, importantes e interesantes.

Esta ciencia es para nosotros al mismo tiempo un medio de prevenir errores, pues el conocimiento del hombre no es una ciencia que exista solo por sí misma. Sobre la base de nuestros conocimientos entramos por sí solos en la labor educativa, a la que servimos desde hace años. Pero la labor educativa es una mina para todo el que ha reconocido en el conocimiento del hombre una ciencia importante, para todo el que quiere vivirla y adquirirla con su trabajo; pues no es sabiduría de libros, sino que ha de aprenderse en la práctica. Es preciso haber vivido con el otro, por así decir, cada fenómeno de la vida anímica y haberlo asimilado, haber acompañado a la persona en sus alegrías y temores, del mismo modo que un buen pintor solo puede poner en los rasgos de la persona que quiere retratar lo que ha sentido de ella. Así, el conocimiento del hombre ha de concebirse como un arte para el que se dispone de herramientas suficientes, pero también como un arte que se sitúa en el mismo rango que todas las demás artes y del que una determinada clase de personas, los poetas, ha hecho un uso muy valioso. Debe servirnos en primer lugar para aumentar nuestros conocimientos, lo que no apunta a nada menos que a proporcionarnos a todos la posibilidad de un desarrollo anímico mejor y más maduro.

Una dificultad que se encuentra a menudo en este trabajo consiste en que los hombres somos extraordinariamente susceptibles en este punto. Hay pocas personas que, aunque no hayan hecho estudios, no se tengan por conocedoras de los hombres, y menos aún que no se sientan heridas en el primer momento si se quisiera, por ejemplo, ayudarlas a avanzar en su conocimiento del hombre. De todas ellas, solo están verdaderamente dispuestas aquellas que, de algún modo, han reconocido ya el valor de los hombres por haber vivido una angustia anímica propia o por haber compartido la ajena. De esta circunstancia se nos sigue también, en nuestra ocupación, la necesidad de una determinada *táctica*. Pues nada se mira con más hostilidad y con ojo más crítico que el poner bruscamente ante los ojos de una persona los conocimientos adquiridos sobre su vida anímica. A quien no quiera <!-- S. 6 --> hacerse antipático hay que aconsejarle prudencia en este aspecto. El mejor medio de ganarse mala fama es manejar esta ciencia sin prudencia y abusar de ella, por ejemplo queriendo mostrar en una reunión de sobremesa cuánto entiende o adivina uno de la vida anímica de sus vecinos. Igual de peligroso es oponer a un extraño las concepciones fundamentales de esta doctrina como un producto acabado. Incluso quienes ya saben algo de ella se sentirían con razón heridos. Con ello repetimos lo que se dijo al principio: que esta ciencia obliga a la modestia, al no permitir exponer conocimientos de manera precipitada o superflua, lo que, por lo demás, solo correspondería al viejo orgullo de la infancia de jactarse y mostrar todo lo que uno ya sabe hacer. En los adultos esto es mucho más grave. Por eso queremos proponer aquí esperar, examinarse a sí mismo y no salir al paso de nadie con conocimientos que uno haya adquirido en algún lugar al servicio del conocimiento del hombre. No haríamos sino crear nuevas dificultades a la ciencia naciente y a su fin, porque nos veríamos obligados a cargar con errores que solo han nacido de la irreflexión del discípulo, por entusiasta que sea. Es mejor seguir siendo prudente y tener presente que primero debemos tener ante nosotros al menos un todo redondeado antes de emitir un juicio, y que solo debemos hacerlo cuando estemos seguros de proporcionar con ello una ventaja a alguien. Pues expresando un juicio, aunque sea acertado, de mala manera y en lugar inoportuno, se puede causar mucho daño.

Antes de continuar estas consideraciones, tenemos que salir al paso de una objeción que seguramente se le habrá ocurrido ya a más de uno. La afirmación anterior, en efecto, de que la línea de vida de una persona permanece inalterada parecerá incomprensible a muchos, puesto que el hombre hace en la vida tantas experiencias que producen un cambio en su actitud. Pero téngase en cuenta que una experiencia es ambigua. Se encontrará que apenas hay dos personas que saquen de una misma experiencia la misma lección práctica. Por tanto, no siempre se aprende de las propias experiencias. Se aprende, sí, a evitar ciertas dificultades, se adopta frente a ellas una cierta <!-- S. 7 --> actitud. Pero la línea por la que uno se mueve no cambia por ello. En el curso de nuestras consideraciones veremos que el hombre, de la plenitud de sus experiencias, solo saca siempre lecciones muy determinadas, que al examinarlas más de cerca se revelan siempre como lecciones que de algún modo se ajustan a su línea de vida y lo confirman en su patrón de vida. La lengua dice, con el tino que le es propio, que uno *hace* sus experiencias,[^t3] con lo que indica que cada cual es dueño de cómo aprovecha sus experiencias. En efecto, puede observarse a diario cómo los hombres sacan de sus experiencias las conclusiones más diversas. Uno se encuentra, por ejemplo, con una persona que comete habitualmente algún error. Aunque se consiga convencerla de su error, se encontrarán resultados diversos. Puede concluir que ya sería hora de abandonar el error. Esta conclusión es rara. Otro replicará que lo ha hecho durante tanto tiempo que ahora ya no se lo va a quitar. Un tercero culpa de sus errores a los padres o, en general, a la educación: no tuvo a nadie que se ocupara de él, o fue mimado o tratado con excesiva severidad; y persiste en su error. Pero con ello estos últimos no hacen sino delatar que en realidad quieren estar a cubierto. De este modo pueden sustraerse siempre, con cautela y con aparente razón, a la autocrítica. Ellos nunca tienen la culpa; la culpa de todo lo que no han conseguido la tienen siempre otros. Con ello pasan por alto que ellos mismos hacen bien pocos esfuerzos por combatir sus errores, que más bien persisten en ellos con cierto fervor, *mientras que la mala educación solo es culpable mientras ellos lo quieren*. La ambigüedad de las experiencias, la posibilidad de sacar de ellas consecuencias diversas, nos permite comprender ahora por qué una persona no cambia su modo de andar, sino que da vueltas a sus vivencias hasta que las ha vuelto a ajustar a su modo de andar. Lo más difícil para los hombres parece ser conocerse a sí mismos y cambiar.

Pero si alguien quisiera emprender la tarea de intervenir aquí e intentar educar mejores personas, se vería en grave aprieto si no tuviera a su disposición las experiencias y los hallazgos del conocimiento del hombre. Quizá operaría, <!-- S. 8 --> como hasta ahora, en la superficie y, porque la cosa habría adquirido un nuevo aspecto, otro matiz, creería que ya había cambiado algo. En casos prácticos podremos convencernos de lo poco que tales intervenciones cambian a una persona, de que todo ello no es más que apariencia que vuelve a disiparse mientras la línea de movimiento misma no siga otro curso. El proceso de cambiar a una persona no es, pues, demasiado fácil; requiere cierta reflexión y paciencia, y sobre todo eliminar toda vanidad personal, ya que el otro no está obligado a servir de objeto a nuestra vanidad. Además, este proceso tiene que conducirse de modo que resulte aceptable para el otro. Pues es comprensible que alguien rechace un manjar que de otro modo siempre le gustaría, solo porque no se le ha ofrecido de la manera adecuada.

Pero el conocimiento del hombre tiene todavía otro aspecto igualmente importante, que es, por así decir, su rostro social. No cabe duda de que los hombres se llevarían mucho mejor y se acercarían mucho más unos a otros si se comprendieran mejor. Pues entonces sería imposible que se engañaran mutuamente. En esta posibilidad de engaño reside un peligro enorme para la sociedad. Este peligro tenemos que mostrarlo a nuestros colaboradores, a los que introducimos en la vida. Tienen que ser capaces de reconocer todo lo inconsciente de la vida, todos los ocultamientos, fingimientos, máscaras, astucias y perfidias, para advertir de ello a aquellos sobre quienes han de influir y para ayudarles. A ello solo nos ayuda el conocimiento del hombre, cultivado con intención consciente.

También podría interesar la pregunta de *quién* está realmente en mejores condiciones de reunir y cultivar el conocimiento del hombre. Ya se ha mencionado que no es posible cultivar esta ciencia solo teóricamente. La mera posesión de todas las reglas no basta todavía; es necesario también llevarla del estudio a la práctica y a un estudio superior de síntesis y comprensión, para que el ojo aprenda a mirar con más agudeza y profundidad de lo que permitía la propia experiencia anterior. Este es el motivo impulsor de que cultivemos teóricamente el conocimiento del hombre. Pero solo podemos dar vida a esta ciencia saliendo a la vida y examinando y aplicando en ella los <!-- S. 9 --> principios obtenidos. La pregunta anterior se nos impone porque de lo que se nos ofrece durante la educación sacamos demasiado poco conocimiento del hombre, y a menudo incluso un conocimiento erróneo; porque, por tanto, nuestra educación todavía no es apta en la actualidad para transmitir un conocimiento del hombre aprovechable. Se deja a cada niño solo hasta dónde quiere desarrollarse y sacar lecciones prácticas de sus lecturas y de sus vivencias. Tampoco existe una tradición para el cultivo del conocimiento del hombre. No hay todavía una doctrina sobre él; se encuentra aún en el mismo estado que, por ejemplo, la química cuando todavía era alquimia.

Si pasamos revista, entre las personas que en este desorden de nuestra educación tienen la ocasión más favorable de adquirir conocimiento del hombre, encontramos que son aquellas que todavía no han sido arrancadas de la trabazón, que de algún modo han conservado aún el contacto con sus semejantes y con la vida, es decir, las que todavía son optimistas o, al menos, pesimistas combativos, aquellas a quienes el pesimismo no ha llevado todavía a la resignación. Pero además del contacto tiene que haber también la vivencia. Y así llegamos a la conclusión: con nuestra deficiente educación, el verdadero conocimiento del hombre solo le corresponderá hoy, en realidad, a un tipo de persona, el «pecador arrepentido», aquel que ha estado metido en todos los extravíos de la vida anímica humana y se ha salvado de ellos, o que al menos ha pasado muy cerca. Naturalmente, puede ser también otra persona, en especial aquella a la que se le ha podido demostrar, o la que posee en grado muy especial el don de la empatía. Pero el mejor conocedor del hombre será sin duda el que ha pasado él mismo por todas estas pasiones. El pecador arrepentido parece ser, no solo para nuestra época, sino también para la época del desarrollo de todas las religiones, aquel tipo al que se concede el valor más alto, que está muy por encima de mil justos. Si nos preguntamos de dónde viene esto, tenemos que admitir que una persona que se ha elevado por encima de las dificultades de la vida, que ha salido a pulso del pantano, que ha encontrado la fuerza para dejar atrás todas las tentaciones de la maldad y elevarse por encima de ellas, es la que mejor conoce los lados buenos y malos de la vida
 <!-- S. 10 --> y debe conocerlos. En esto nadie le iguala, y menos que nadie el justo.

Del conocimiento del alma humana nace para nosotros, por sí solo, un deber, una tarea que, dicho brevemente, consiste en destruir el patrón de una persona en la medida en que se revela inadecuado para la vida, en quitarle la falsa perspectiva con la que anda errante por la vida, y en sugerirle una perspectiva más adecuada para la convivencia y para las posibilidades de felicidad de esta existencia: una economía del pensamiento o, digamos, para no ser inmodestos, también de nuevo un patrón, pero en el que el sentimiento de comunidad desempeña el papel principal. No tenemos en absoluto la intención de llegar a una configuración ideal del desarrollo anímico. Pero se encontrará que a menudo el solo punto de vista es ya una ayuda enorme en la vida para el que yerra y falla, porque en sus errores tiene la sensación segura de en qué dirección se ha extraviado. Los deterministas estrictos, que hacen depender todo acontecer humano de la sucesión de causa y efecto, no salen en absoluto perjudicados con esta consideración. Pues es seguro que la *causalidad* se vuelve completamente otra, que los efectos de una vivencia se vuelven completamente otros, cuando en el hombre se aviva todavía una fuerza, todavía un motivo: el *conocimiento de sí mismo*, la comprensión acrecentada de lo que ocurre en él y de las fuentes de que procede. Se ha convertido en otro y difícilmente podrá ya nunca desprenderse de ello.

## Capítulo I. El alma del hombre

### 1. Concepto y supuesto de la vida anímica

Solo atribuimos propiamente un alma a los organismos vivos dotados de movimiento. El alma está en la más íntima relación con el movimiento libre. En los organismos que echan raíces fijas apenas hay vida anímica; para ellos sería también del todo superflua. Basta pensar en lo monstruoso que sería atribuir a una planta enraizada sentimientos y pensamientos; que, sin <!-- S. 11 --> disponer en modo alguno de movimiento, tuviera que esperar, por ejemplo, un dolor que previera pero del que no pudiera guardarse; o suponer que una planta participara de la razón, de la libre voluntad, cuando de antemano está excluido que pudiera usar jamás esa voluntad. Su voluntad, su razón, quedarían eternamente estériles y tendrían que volver a extinguirse.

Así vemos con cuánta nitidez, en este aspecto, la planta se distingue del animal por la falta de vida anímica, y advertimos de pronto la enorme importancia que reside en la *conexión entre movimiento y vida anímica*. Esta reflexión nos sugiere también que en el desarrollo de la vida anímica ha de abarcarse todo lo que se relaciona con el movimiento; que puede enlazarse ya con todas las dificultades de un cambio de lugar; que esta vida anímica está llamada a prever, a reunir experiencias, a desarrollar una memoria, para hacerla útil para la práctica móvil de la vida.

Podemos, pues, establecer en primer lugar que el desarrollo de la vida anímica está ligado al movimiento, y que el progreso de todo lo que llena el alma está condicionado por esta libre movilidad del organismo. Pues esta movilidad estimula, fomenta y exige una intensificación cada vez mayor de la vida anímica. Imaginémonos a alguien a quien hubiéramos prohibido todo movimiento: toda su vida anímica estaría condenada a la paralización.

### 2. Función del órgano anímico

Si desde este punto de vista abarcamos con la mirada la función de la vida anímica, se nos hace claro que tenemos ante nosotros el desarrollo de una facultad innata destinada a representar un órgano de *ataque, de defensa o de aseguramiento*, un órgano de protección, según que la situación de un organismo vivo exija el ataque o el aseguramiento. Solo podemos, pues, considerar una vida anímica como un complejo de disposiciones de ataque y de aseguramiento que han de actuar a su vez sobre el mundo para garantizar la subsistencia del organismo humano y asegurar su desarrollo. Una vez fijada esta condición, se siguen otras condiciones que son importantes para captar lo que queremos considerar como alma. *No podemos imaginar una vida anímica aislada*, sino solo <!-- S. 12 --> una vida anímica enlazada con todo lo que la rodea, que recibe estímulos de fuera y les responde de algún modo, que dispone de las posibilidades y fuerzas necesarias para asegurar el organismo frente al ambiente o en alianza con él y para garantizar su vida.

Las conexiones que ahora se abren a nuestra mirada son múltiples. Se refieren en primer lugar al organismo mismo, a la peculiaridad del hombre, a su corporeidad, a sus ventajas y desventajas. Pero estos son conceptos enteramente relativos. Pues no está decidido en absoluto si alguna fuerza en sí, algún órgano, significa una ventaja o una desventaja. Ambas cosas resultarán de la situación en que se encuentre el individuo. Así, como es sabido, el pie del hombre representa en cierto sentido una mano atrofiada. Para un animal trepador, por ejemplo, esto sería una enorme desventaja, pero en un hombre que se mueve sobre el suelo es una ventaja tal que nadie desearía tener, en lugar del pie, una mano normal. En general, tanto en la vida personal como en la vida de todos los pueblos, encontramos que las inferioridades no han de entenderse como si siempre encerraran todo el peso de las desventajas, sino que depende de la situación en que esto se decide. Presentimos qué campo tan inmensamente amplio de consideración se abre también respecto de las relaciones en que la vida anímica humana se encuentra con todas las exigencias de *naturaleza cósmica*, como el cambio del día y la noche, el dominio del sol, el movimiento de los átomos, etc. También estas influencias están en íntima conexión con la peculiaridad de nuestra vida anímica.

### 3. La tendencia a una meta en la vida anímica

Lo primero que podemos captar de los impulsos anímicos es, a su vez, movimiento dirigido a una meta. Por eso tenemos que establecer que sería una conclusión falsa representarse el alma humana como si fuera un todo en reposo; solo podemos representárnosla en forma de fuerzas en movimiento que han surgido de un fundamento unitario y tienden hacia una meta unitaria. Ya en el concepto de adaptación se encuentra esta tendencia a una meta. No podemos imaginar una vida anímica sin una meta hacia la cual se desarrolle el movimiento, la dinámica contenida en la vida anímica.

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*La vida anímica humana está, pues, determinada por una meta.* Ningún hombre puede pensar, sentir, querer, ni siquiera soñar, sin que todo ello esté determinado, condicionado, limitado, seleccionado, dirigido por una meta que tiene ante sí. Esto se desprende casi por sí solo en relación con las exigencias del organismo y del mundo exterior y con la respuesta que el organismo se ve obligado a dar. Los fenómenos corporales y anímicos del hombre corresponden a estas concepciones fundamentales que hemos establecido. Un desarrollo anímico no es concebible de otro modo que en el marco que acabamos de describir, dirigido a una meta que de algún modo se tiene ante los ojos y que resulta por sí sola de los efectos de fuerzas descritos. La meta puede concebirse como variable o como rígida.

Todos los fenómenos anímicos pueden, pues, entenderse en el sentido de que fueran una preparación para algo venidero. Parece que el órgano anímico no puede considerarse de otro modo que teniendo una meta ante sí, y la *psicología individual* toma todos los fenómenos del alma humana como si estuvieran dirigidos a una meta.

Si se conoce la meta de una persona y se está, por lo demás, medianamente informado del mundo, se sabe también lo que pueden significar sus movimientos de expresión y se puede captar su sentido como una preparación para esa meta. Entonces se sabe también qué movimientos tiene que hacer esa persona para alcanzarla, del mismo modo que se conoce el camino que ha de seguir una piedra cuando se la deja caer al suelo. Solo que el alma no conoce ninguna ley natural, pues la meta que tiene ante sí no está fijada de modo general, sino que es modificable individualmente. Pero cuando alguien tiene ante sí una meta, el impulso anímico transcurre de manera tan forzosa como si rigiera aquí una ley natural según la cual uno se viera obligado a obrar. Esto significa, sin embargo, que en la vida anímica no hay ninguna ley natural, sino que en este terreno el hombre se hace a sí mismo sus leyes. Si luego le parecen una ley natural, es un engaño de su conocimiento, pues cuando cree comprobar su inmutabilidad, su determinación, y quiere demostrarla, él mismo ha metido la mano en ello. Si alguien, por ejemplo, quiere pintar un cuadro, se podrán percibir en él todas las actitudes propias de una persona que tiene tal <!-- S. 14 --> meta ante los ojos. Dará todos los pasos correspondientes con absoluta consecuencia, como si se tratara de una ley natural. Pero ¿tiene que pintar ese cuadro?

Hay, pues, una diferencia entre los movimientos de la naturaleza inanimada y los de la vida anímica humana. Aquí enlazan las controversias sobre la libertad de la voluntad humana, que hoy parecen haberse aclarado en el sentido de que la voluntad humana no sería libre. Lo cierto es que deja de ser libre en cuanto se ata a una meta. Y como esta nace tan a menudo de su condicionamiento cósmico, animal y social, la vida anímica tiene que parecernos naturalmente como si estuviera sometida a leyes inmutables. Pero si, por ejemplo, alguien niega y combate su vínculo con la comunidad, si no quiere adaptarse a los hechos, entonces quedan anuladas todas estas aparentes regularidades de la vida anímica y aparece una nueva regularidad, condicionada precisamente por la nueva meta. Del mismo modo, para una persona que desespera de la vida y procura extirpar su solidaridad humana, la ley de la comunidad deja de ser vinculante. Debemos, pues, retener que solo con el establecimiento de una meta tiene que producirse necesariamente un movimiento en la vida anímica.

A la inversa, es posible inferir de los movimientos de una persona la meta que tiene ante sí. En realidad esto sería lo más importante, porque muchas personas a menudo no tienen claridad sobre su meta. De hecho, este es el camino regular que tenemos que seguir para cultivar nuestro conocimiento del hombre. No es tan sencillo como el primero, porque los movimientos son ambiguos. Pero podemos tomar varios movimientos de una persona, compararlos, trazar líneas. Se puede llegar a comprender a una persona procurando unir mediante una línea las actitudes, las formas de expresión de dos puntos de su vida distantes en el tiempo. Así se tiene en la mano un sistema con cuya aplicación se obtiene la impresión de una *dirección unitaria*. Con ello se puede descubrir cómo un patrón infantil vuelve a encontrarse, de un modo a veces sorprendente, hasta los últimos días de la vida. Un ejemplo puede aclararlo:

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Un hombre de 30 años, extraordinariamente esforzado, había llegado a tener prestigio y buenos éxitos a pesar de las dificultades de su desarrollo. Acude al médico en un estado de depresión extrema y se queja de falta de ganas de trabajar y de vivir. Cuenta que está a punto de prometerse, pero que mira el futuro con gran desconfianza. Le atormentan unos celos violentos y existe el peligro de que el compromiso vuelva a romperse pronto. Los hechos que aduce al respecto no son precisamente convincentes; a la muchacha no se le puede hacer ningún reproche. La llamativa desconfianza que manifiesta despierta la sospecha de que sea una de esas muchas personas que se acercan a otra, se sienten atraídas por ella, pero al mismo tiempo adoptan una posición de ataque y, llenas de desconfianza, destruyen lo que querían construir. Para poder trazar la línea antes mencionada, vamos a tomar un suceso de su vida e intentar compararlo con su actitud actual. Según nuestra experiencia, recurrimos siempre a las primeras impresiones de la infancia, aunque sabemos que lo que llegamos a oír no siempre resistirá un examen objetivo. Su primer recuerdo infantil era el siguiente: estaba con su madre y su hermano menor en el mercado. A causa del gentío que había, la madre lo tomó a él, el mayor, en brazos. Cuando advirtió su error, volvió a dejarlo en el suelo y tomó al otro, mientras él caminaba ahora afligido a su lado. Tenía entonces cuatro años. Como podemos observar, en el relato de este recuerdo resuenan cuerdas parecidas a las que acabamos de oír en la descripción de su padecimiento: no está seguro de ser el preferido y no soporta tener que pensar que acaso se le pueda preferir a otro. – Cuando se le hace notar esta circunstancia, se queda muy asombrado y reconoce de inmediato la conexión, su estilo de vida.

La meta hacia la que hemos de pensar dirigidos todos los movimientos de expresión de una persona se forma bajo la influencia de las impresiones que el mundo exterior transmite al niño. El ideal, la meta de una persona, se forma ya en los primeros meses de su vida. Pues ya entonces desempeñarán un papel aquellas <!-- S. 16 --> sensaciones a las que el niño responde con alegría o con desagrado. Ya entonces aparecerán las primeras huellas de una imagen del mundo y de la toma de posición ante ella, aunque solo sea de la forma más primitiva. Con ello se dice que los fundamentos de los factores de la vida anímica que nos son accesibles se ponen ya en la época de la lactancia. Esos fundamentos siguen construyéndose cada vez más; son mudables, influibles. Se producen las influencias más diversas, que obligan al niño a responder con alguna toma de posición a las exigencias de la vida.

Así, no podemos quitar la razón a aquellos investigadores que subrayan que los rasgos de carácter de una persona eran ya perceptibles en su época de lactante, por lo que muchos afirman que el carácter es innato. Pero puede afirmarse que la concepción de que el carácter de una persona está heredado de sus padres no solo es errónea, sino también nociva para la comunidad, pues impide al educador emprender su tarea con confianza. Una confirmación de este supuesto reside en la circunstancia de que la concepción del carácter innato suele emplearse para absolver a quien se sirve de ella, para eliminar su responsabilidad, lo que naturalmente contradice las tareas de la educación.

Una condición importante que interviene en el establecimiento de la meta viene dada por la influencia de la *cultura*. Por ella se levanta, por así decir, una barrera contra la que choca una y otra vez la fuerza del niño, hasta que encuentra un camino que le parece transitable, que le promete la satisfacción de sus deseos, así como aseguramiento y adaptación para el futuro. Pronto se reconoce cuán fuerte ha de ser el aseguramiento que el niño desea, cuánto aseguramiento le concede la entrega a la cultura. No se trata simplemente de aseguramiento frente al peligro, sino que, como en una máquina bien construida, se añade un coeficiente de seguridad adicional que ha de garantizar todavía mejor la conservación del organismo humano. Este se lo procura el niño exigiendo, por encima de la medida dada, salvaguardias, satisfacciones de instintos, un plus, más de lo que sería necesario para una simple subsistencia, para su desarrollo tranquilo. Pero con ello entra un nuevo movimiento en su vida anímica. La línea de movimiento que aquí observamos es, con toda claridad, la que lleva a la *superioridad*. El niño quiere, <!-- S. 17 --> como un adulto, conseguir más que todos los demás; aspira a una superioridad que ha de procurarle y conservarle entonces aquella seguridad y adaptación que tiene fijadas de antemano como meta. Así se agita, así surge una inquietud en la vida anímica que todavía se refuerza de muchas maneras. Basta imaginar que, por ejemplo, las influencias cósmicas obliguen a un aseguramiento más fuerte. O cuando en tiempos de necesidad el alma se angustia y no se cree a la altura de sus tareas, se observarán de nuevo desviaciones en ese sentido, de modo que la exigencia de superioridad resaltará todavía con más claridad que en tiempos más tranquilos.

Puede ocurrir entonces que la fijación de la meta se produzca de tal manera que el individuo trate de escapar a dificultades mayores *esquivándolas*. Aquí puede comprobarse una clase de personas que encierra lo más humano de que tenemos noticia: el tipo de persona que ante las dificultades o bien retrocede temblando o bien busca refugio para rechazar, al menos provisionalmente, las exigencias que se le plantean. Esto nos da la posibilidad de comprender que *las reacciones del alma humana no poseen en absoluto carácter definitivo*, sino que solo pueden ser siempre respuestas provisionales, que nunca pueden pretender para sí una plena exactitud. Muy especialmente en el desarrollo anímico del niño, al que no debemos aplicar la medida de los adultos, hemos de tener presente que aquí solo tenemos que ver con fijaciones de metas reales provisionales, impuestas por la meta irreal de la superioridad. Siempre, al *ponernos en el lugar* del niño, tenemos que mirar más allá e imaginarnos adónde podría llevar algún día al niño la fuerza que vemos actuar. Y cuando nos trasladamos al alma del niño, se nos hace claro que estas manifestaciones de fuerza no pueden entenderse de otro modo sino en el sentido de que, a su manera, se ha decidido más o menos por una adaptación definitiva al presente y al futuro. El estado de ánimo relacionado con ello lo orienta en diversas direcciones. Una se muestra como la del *optimismo*: el niño se cree capaz de resolver sin tropiezos las tareas que le van surgiendo. Entonces desarrollará en sí aquellos rasgos de carácter que corresponden precisamente a una persona que tiene sus tareas por solubles. Así se desarrollan el valor, la franqueza, la formalidad, la laboriosidad y cosas semejantes. <!-- S. 18 --> Lo contrario son los rasgos del *pesimismo*. Si se piensa en la meta de un niño que no se cree capaz de resolver sus tareas, puede uno imaginarse también cómo será el alma de un niño así. Encontramos en ella apocamiento, timidez, hermetismo, desconfianza y todos los demás rasgos con los que el débil intenta defenderse. Su meta estará fuera de los límites de lo alcanzable, muy atrás, detrás del frente de la vida.

## Capítulo II. Naturaleza social de la vida anímica

Para comprender lo que ocurre en una persona es necesario someter a examen su actitud hacia sus semejantes. Las relaciones de los hombres entre sí son en parte dadas por la naturaleza y, como tales, sujetas a cambios; en parte surgen de ellas relaciones planificadas, como pueden observarse sobre todo en la vida política de los pueblos, en la formación de los Estados, en la comunidad pública. La vida anímica humana no puede comprenderse sin considerar a la vez estas conexiones.

### 1. La verdad absoluta

La vida anímica humana no está en condiciones de disponer libremente, sino que se encuentra constantemente ante tareas que le han venido de alguna parte. Todas estas tareas están inseparablemente unidas a la *lógica de la convivencia humana*, una de aquellas condiciones principales que actúan sin interrupción sobre cada individuo y solo hasta cierto grado se dejan someter a su influencia. Si consideramos ahora que ni siquiera las condiciones de la convivencia humana pueden ser captadas por nosotros de manera definitiva, porque son demasiado numerosas, y que además estas exigencias están sujetas a cierto cambio, se nos hace claro que apenas estamos realmente en condiciones de iluminar del todo las oscuridades de una vida anímica que tenemos delante, dificultad que se hace tanto mayor cuanto más nos alejamos de nuestras propias circunstancias.

Pero como uno de los hechos fundamentales para el fomento de nuestro conocimiento del hombre resulta que tenemos que contar con las reglas de juego <!-- S. 19 --> inmanentes de un grupo, tal como se producen por sí solas en este planeta, dada la limitada organización del cuerpo humano y de sus rendimientos, como con una *verdad absoluta* a la que solo podemos acercarnos lentamente, casi siempre tras superar fallos y errores.

Una parte importante de estos hechos fundamentales está recogida en la concepción materialista de la historia creada por *Marx y Engels*. Según esta doctrina, es la base económica, la forma técnica en que un pueblo se gana el sustento, la que condiciona la «superestructura ideológica», el pensar y el comportarse de los hombres. Hasta aquí llega la concordancia con nuestra concepción de la «lógica de la convivencia humana» que actúa, de la «verdad absoluta». Pero la historia, y sobre todo nuestra visión de la vida individual, nuestra *psicología individual*, nos enseña que la vida anímica humana responde de buena gana con errores a los impulsos de las bases económicas, de los que solo se desprende lentamente. Nuestro camino hacia la «verdad absoluta» pasa por numerosos errores.

### 2. La coerción a la comunidad

Las exigencias de la vida en común son en realidad tan evidentes como aquellas exigencias que, por ejemplo, las influencias del clima plantean al hombre: exigencias de protección contra el frío, de construcción de viviendas, etc. Vemos la coerción a la comunidad, aunque todavía en una forma no comprendida, también en la *religión*, donde la santificación de formas sociales sirve, en lugar del pensamiento comprensivo, como vínculo de la comunidad. Si en el primer caso las condiciones de vida son cósmicas, en el segundo están condicionadas socialmente, por la convivencia de los hombres y por las reglas y regularidades que de ella resultan por sí solas. Las exigencias de la comunidad han regulado las relaciones de los hombres, que ya existían originariamente como algo evidente, como «verdad absoluta». Pues antes de la vida individual de los hombres estaba la comunidad. En la historia de la cultura humana no hay ninguna forma de vida que no se haya llevado de modo social. En ninguna parte han aparecido los hombres de otro modo que en sociedad. Este fenómeno es fácil de explicar. Por todo el reino animal recorre la ley, el rasgo fundamental, de que aquellas especies que frente a la naturaleza no
 <!-- S. 20 --> están especialmente bien dotadas reúnen primero nuevas fuerzas mediante la unión y actúan luego hacia fuera de un modo nuevo y peculiar. También a la humanidad le sirve para este fin la unión, y así sucedió que el órgano anímico del hombre está enteramente impregnado de las condiciones de una vida en comunidad. Ya *Darwin* señala que nunca se encuentran animales débiles que vivan solos. Y aquí hay que contar muy especialmente también al hombre, pues no es lo bastante fuerte para poder vivir solo. Solo puede ofrecer escasa resistencia a la naturaleza; necesita una cantidad mayor de recursos para llevar su existencia, para conservarse. Basta imaginar la situación de un hombre que se encontrara solo y sin los recursos de la cultura en una selva virgen. Aparecería incomparablemente más amenazado que cualquier otro ser vivo. No tiene la rapidez de las piernas, no dispone de la fuerza muscular de los animales fuertes, no tiene los dientes de la fiera, ni la finura de oído ni los ojos agudos para afirmarse en semejante lucha. Necesita un esfuerzo enorme para asegurar siquiera su derecho a la existencia y preservarse de perecer. Su alimentación es peculiar y su modo de vida necesita una protección muy intensa.

Se comprende, pues, que el hombre solo pudo conservarse si se situaba en condiciones especialmente favorables. Pero estas solo se las procuró la vida en grupo, que resultó una necesidad, porque únicamente la convivencia permitió a los hombres, en una especie de *división del trabajo*, llevar a cabo tareas en las que el individuo aislado tenía que sucumbir. Solo la división del trabajo fue capaz de procurar al hombre armas de ataque y de defensa y, en general, todos los bienes que necesitaba para afirmarse, y que hoy reunimos bajo el concepto de *cultura*. Si se piensa ahora en las dificultades en que nacen los niños, en cómo aquí se hacen necesarios esfuerzos muy especiales que el individuo quizá no podría realizar ni con las mayores fatigas y que solo pueden procurarse cuando existe una división del trabajo; si uno se imagina a qué exceso de enfermedades y achaques está expuesto un ser humano, sobre todo en la <!-- S. 21 --> edad de lactante —más de lo que ocurre en el reino animal—, se tiene aproximadamente una idea de la enorme medida de cuidados que hubo que tomar para asegurar la subsistencia de la sociedad humana, y se siente claramente la necesidad de esta trabazón.

### 3. Aseguramiento y adaptación

Sobre la base de lo expuesto hasta ahora tenemos que establecer: desde el punto de vista de la naturaleza, el hombre es un ser inferior. Pero *esta inferioridad que le es inherente, que se le hace consciente como un sentimiento de estar en desventaja y de inseguridad*, actúa como un estímulo constante para descubrir un camino que permita lograr la adaptación a esta vida, *prevenir*, crearse situaciones en las que las desventajas de la posición humana en la naturaleza aparezcan compensadas. Y aquí fue de nuevo su órgano anímico el que tuvo la capacidad de llevar a cabo la adaptación y el aseguramiento. Mucho más difícil habría sido producir, a partir de aquel hombre animal originario y con ayuda de fenómenos de crecimiento como cuernos, garras o dientes, un ejemplar que hubiera podido resistir a la naturaleza hostil. Solo el órgano anímico podía prestar ayuda realmente rápida, sustituyendo lo que al hombre le faltaba en valor orgánico. Y precisamente el estímulo que partía del sentimiento ininterrumpido de insuficiencia hizo que el hombre desarrollara la *previsión* y llevara su alma a un desarrollo como el que hoy encontramos en ella como órgano del pensar, del sentir y del obrar. Y como en estas ayudas, en estos esfuerzos de adaptación, también la sociedad desempeñaba un papel esencial, el órgano anímico tuvo que contar desde el principio con las condiciones de la comunidad. Todas sus facultades se han desarrollado sobre una base que lleva en sí la trama de una vida social. Todo pensamiento del hombre tenía que estar hecho de tal modo que pudiera hacer justicia a una comunidad.

Si uno se imagina ahora cómo siguió avanzando el progreso, llega a los orígenes de la *lógica*, que lleva en sí la exigencia de validez universal. *Lógico es solo lo que tiene validez universal.* Otro resultado claro de la vida en común lo encontramos en el *lenguaje*, esa maravilla <!-- S. 22 --> que distingue al hombre de todos los demás seres vivos. De un fenómeno como el lenguaje no puede eliminarse con el pensamiento el concepto de validez universal, lo que indica que tiene su origen en la vida social de los hombres. Para un ser que viviera solo, el lenguaje sería completamente superfluo. Cuenta con la vida en común de los hombres; es un producto de ella y, a la vez, su vínculo. Una prueba contundente de esta conexión reside en que las personas que crecen en condiciones en las que la unión con otras personas está dificultada o impedida, o que se niegan ellas mismas a esa unión, padecen casi regularmente defectos en su lenguaje y en su capacidad de hablar. Es como si este lazo solo pudiera formarse y conservarse cuando está asegurado el contacto con la humanidad. El lenguaje tiene una importancia profundísima para el desarrollo de la vida anímica humana. El pensamiento lógico solo es posible bajo el supuesto del lenguaje, que, mediante la posibilidad de formar conceptos, es lo que nos pone en condiciones de establecer distinciones y crear conceptos que no son propiedad privada, sino patrimonio común. También nuestro pensar y nuestro sentir solo son comprensibles si se presupone la validez universal, y nuestra alegría ante lo bello solo recibe su fundamento de la comprensión de que el juicio y el reconocimiento de lo bello y lo bueno han de ser patrimonio común. Así llegamos al conocimiento de que las facultades de la razón, la lógica, la ética y la estética solo pueden tener su origen en una vida en común de los hombres, pero que al mismo tiempo son también los vínculos que han de proteger la cultura de la decadencia.

Desde esta situación del individuo hay que comprender también su querer. La *voluntad* no representa otra cosa que un impulso de pasar de un sentimiento de insuficiencia a un sentimiento de suficiencia. Sentir esta línea ante sí y emprenderla es lo que se llama «querer». Todo querer cuenta con el sentimiento de insuficiencia, de inferioridad, y desencadena la coerción, la inclinación, a aspirar a un estado de saciedad, de satisfacción, de pleno valor.

### 4. El sentimiento de comunidad

Comprendemos ahora que aquellas reglas de juego —educación, superstición, tótem y tabú, legislación— que fueron necesarias para asegurar la subsistencia del género humano <!-- S. 23 --> tuvieron que hacer justicia, a su vez, en primer lugar a la idea de comunidad. Lo hemos visto en las instituciones religiosas; encontramos las exigencias de la comunidad en las funciones más importantes del órgano anímico, y las volvemos a encontrar en las exigencias de la vida del individuo como en las de la colectividad. Lo que llamamos *justicia*, lo que consideramos el lado luminoso del carácter humano, no es en lo esencial otra cosa que el cumplimiento de exigencias que han brotado de la vida en común de los hombres. Ellas son las que han formado el órgano anímico. Así sucede que la formalidad, la fidelidad, la franqueza, el amor a la verdad y cosas semejantes son en realidad exigencias que un principio de la comunidad de validez universal establece y mantiene. Lo que llamamos un carácter bueno o malo solo puede juzgarse desde el punto de vista de la comunidad. El carácter, como toda obra de naturaleza científica, de origen político o de índole artística, solo se acreditará siempre como grande y valioso por el hecho de que tenga valor para la colectividad. Una *imagen ideal* con la que medimos al individuo solo se forma teniendo en cuenta su valor, su utilidad para la colectividad. Aquello con lo que comparamos al individuo es la imagen ideal de un hombre de comunidad, de un hombre que resuelve las tareas que tiene delante de un modo de validez universal, de un hombre que ha desarrollado en sí el *sentimiento de comunidad* hasta el punto de que —según una expresión de *Furtmüller*— «sigue las reglas de juego de la sociedad humana».[^t4] En el curso de nuestra exposición se mostrará que ningún hombre cabal puede crecer sin cultivar y ejercitar suficientemente el sentimiento de comunidad.

## Capítulo III. El niño y la sociedad

La comunidad establece una serie de exigencias e influye con ello en todas las normas y formas de nuestra vida y, por tanto, también en el desarrollo de nuestro órgano del pensamiento. Está también fundada orgánicamente. Los puntos de enlace con la comunidad se encuentran
 <!-- S. 24 --> ya en la bisexualidad del hombre, y solo una comunidad, no el aislamiento, es capaz de satisfacer el afán de vivir del individuo, de garantizarle seguridad y alegría de vivir. Al considerar el lento desarrollo del niño puede comprobarse que solo podía pensarse en un despliegue de la vida humana una vez que existía una comunidad protectora. Además, los vínculos de la vida trajeron consigo la creación de una *división del trabajo* que no produce la separación de los hombres, sino su cohesión. Cada uno tiene la tarea de trabajar para el otro, tiene que sentirse unido al otro, y así se forman las grandes conexiones que de algún modo se encuentran en el alma del hombre como exigencias. A algunos de estos vínculos que el niño encuentra ya dados vamos a seguir la pista en lo que sigue.

### 1. La situación del lactante

El niño, que tanto necesita la ayuda de la comunidad, se encuentra frente a un entorno que toma y da, que exige y satisface. Con sus instintos se ve ante ciertas dificultades cuya superación le resulta penosa. Pronto conoce la necesidad que procede de su condición infantil, y aporta para ello aquel órgano anímico cuya función es prever y descubrir directrices con las que la satisfacción de sus instintos pueda producirse sin roces, con las que sea posible llevar una vida soportable. Siempre advierte a personas que pueden satisfacer sus instintos con mucha más facilidad, que le llevan, pues, alguna ventaja. Así aprende a apreciar la estatura, que capacita para abrir una puerta; la fuerza que otros poseen para levantar un objeto; la posición que autoriza a otros a dar órdenes y a exigir que se cumplan. En su órgano anímico nace una corriente de anhelo de crecer, para ser igual o más fuerte que los demás, para sobrepasar a aquellos que se han reunido en torno al niño y lo tratan como si aquí hubiera una subordinación, pero que, sin embargo, se inclinan ante la debilidad del niño, de modo que este tiene dos posibilidades de operar: por un lado, imponerse con aquellos medios que percibe en los adultos como medios de su poder; por otro, exhibir su debilidad, que los demás sienten como una exigencia inexorable. Esta ramificación de los impulsos <!-- S. 25 --> anímicos humanos la encontraremos una y otra vez en los niños. Ya aquí comienza una formación de tipos. Mientras unos se desarrollan en la dirección de exigir reconocimiento, de acumular fuerza y ejercerla, en otros encontramos algo que parece una especulación con la propia debilidad, una exhibición de su debilidad en las formas más diversas. Si se recuerdan la actitud, la expresión y la mirada de algunos niños, siempre se encontrarán algunos que pueden incluirse en uno u otro grupo. Todos estos tipos solo cobran sentido cuando comprendemos su relación con el entorno. Sus movimientos, además, están casi siempre aprendidos del entorno o formados en correspondencia con él.

En estas sencillas condiciones, en este afán del niño de superar su estado de debilidad, que a su vez proporciona el estímulo para desplegar una multitud de facultades, se funda su *educabilidad*.

Las situaciones de los niños son sumamente diversas. En un caso existe un entorno que transmite al niño impresiones hostiles, impresiones que le hacen parecer el mundo hostilmente dispuesto. Esta impresión se explica con mayor facilidad por la insuficiencia del órgano del pensamiento infantil. Si la educación no lo previene, el alma de este niño puede desarrollarse de modo que más tarde considere el mundo exterior, en general, solo como territorio enemigo. La impresión de hostilidad se refuerza en cuanto el niño tropieza con dificultades mayores, como ocurre especialmente en los niños con órganos inferiores. Estos niños sentirán su entorno de otro modo que aquellos que han venido al mundo con órganos relativamente resistentes. La *inferioridad orgánica* puede manifestarse en dificultades de la capacidad de movimiento, en defectos de órganos aislados, en una escasa resistencia del organismo, de modo que el niño está expuesto a menudo a enfermedades.

Pero la causa de las dificultades no tiene por qué residir siempre en la inmadurez del organismo infantil; puede estar también en la gravedad de las tareas que un entorno poco comprensivo impone al niño, o en una imprudencia al plantear esas tareas; en suma, en una deficiencia del entorno del niño, que como una dificultad procede <!-- S. 26 --> del mundo exterior. Pues el niño que quiere adaptarse a su entorno encuentra entonces de pronto obstáculos que dificultan esa adaptación. Es lo que ocurre, por ejemplo, cuando el niño crece en un entorno que ha perdido ya él mismo el valor y está lleno de un pesimismo que fácilmente puede pasar al niño.

### 2. Efecto de las dificultades

Ante las dificultades que salen al paso del niño desde los lados más diversos y por las causas más diversas, y en especial si se piensa que la vida anímica infantil no ha tenido todavía mucho tiempo para desarrollarse, está claro que hay que contar con respuestas erróneas cuando en el niño se presenta la necesidad de enfrentarse con las condiciones ineludibles del mundo exterior. Si se pasa revista a una serie de *extravíos*, se impone la idea de que aquí tenemos que ver con un desarrollo de la vida anímica que no cesa durante toda la vida y que consiste en intentos continuos de avanzar y dar una respuesta más acertada. Lo que hemos de ver en particular en los movimientos de expresión infantiles es la forma de una respuesta que un ser humano en formación, que se acerca a la madurez, da en una situación determinada. Esta respuesta, la actitud de una persona, nos ofrecerá puntos de apoyo sobre la índole de su alma. Hay que tener bien presente, con todo, que *las formas de expresión de una persona —y también las de una masa— no deben juzgarse sin más según un patrón*.

Las dificultades con que el niño tiene que luchar en el desarrollo de su vida anímica, y que casi regularmente tienen como consecuencia que solo pueda desarrollar su sentimiento de comunidad de un modo sumamente deficiente, podemos dividirlas en las que proceden de las deficiencias de la cultura y se manifestarán en la situación económica de la familia y del niño, y además en las que resultan de defectos de órganos corporales. Frente a un mundo que en realidad solo está hecho para órganos de pleno valor, y en el que toda la cultura que rodea al niño cuenta con la fuerza y la salud de órganos plenamente desarrollados, tenemos entonces a un niño que adolece de defectos en órganos importantes y que, en consecuencia, no puede cumplir debidamente las exigencias de la vida. Aquí pertenecen, por ejemplo, los niños que aprenden a andar más tarde <!-- S. 27 --> o que tienen en general dificultades para realizar movimientos, o los que aprenden a hablar más tarde, que durante bastante tiempo son torpes porque en ellos el desarrollo de la actividad cerebral dura más que en aquellos niños con los que cuenta nuestra cultura. Es sabido cómo tales niños tropiezan continuamente, son pesados, tienen que soportar padecimientos corporales y anímicos. Visiblemente no se sienten a gusto en un mundo que no está hecho para ellos. Estas dificultades debidas a un desarrollo insuficiente son extraordinariamente frecuentes. Existe, sí, la posibilidad de que con el tiempo se produzca por sí sola una compensación sin que quede un daño duradero, si entretanto la amargura de la penuria anímica en que crecen tales niños, a la que casi siempre se suma también una penuria económica, no ha dejado ya en su ánimo un sedimento que a menudo se hace sentir en la vida posterior de estos niños. Es fácil comprender que estos niños sigan mal las reglas de juego absolutamente dadas de la sociedad humana. Mirarán con desconfianza el bullicio que se desarrolla a su alrededor, tendrán propensión a apartarse y a sustraerse a sus tareas. Con especial agudeza olfatean y sienten una hostilidad de la vida, y la exageran. Su interés por los lados sombríos de la vida es mucho mayor que por los luminosos. Casi siempre sobrestiman ambos, de modo que les queda de por vida una posición de lucha en la que reclaman para sí una medida especial de atención y tienden a pensar más en sí mismos que en los demás. Como reciben las exigencias de la vida más como dificultades que como estímulo, y como, en cuanto luchadores, se enfrentan a todas las vivencias con una cautela llevada demasiado lejos, entre ellos y su entorno se abre un profundo abismo. Se alejan cada vez más de la verdad, de la realidad, y se enredan una y otra vez en dificultades.

Dificultades parecidas pueden surgir cuando la ternura de los allegados del niño se queda *por debajo* de una medida determinada. También esta circunstancia puede tener consecuencias importantes para el desarrollo del niño. Su actitud queda entonces influida por el hecho de que no llega a conocer el amor ni sabe hacer uso <!-- S. 28 --> de él, porque su instinto de ternura no se despliega y no sabe nada de la existencia del semejante. Y si este no se despliega en la familia, existe el peligro de que más tarde resulte muy difícil mover a una persona que ha crecido en tales circunstancias a un intercambio más vivo de ternura de cualquier clase. Se convertirá en parte integrante de su ser el rehuir los impulsos y las relaciones de ternura en el sentimiento de comunidad. Pero el mismo efecto puede producirse también cuando los padres, los educadores o el resto del entorno influyen en el niño, mediante cualesquiera máximas educativas, de tal manera que siente sus impulsos de ternura como inconvenientes o ridículos. No es tan raro que se sugiera al niño que asocie la ternura con la impresión de lo ridículo. Esto ocurre sobre todo en niños que con frecuencia son objeto de burla. Se los encontrará dominados por un *pudor de los sentimientos* en virtud del cual consideran todo impulso de ternura, de amor hacia otro, como ridículo, *poco viril*, como un impulso que los pone bajo la servidumbre del otro y los rebaja a los ojos de los demás. Son aquellas personas que ya en su infancia han puesto un límite a todas las relaciones amorosas futuras. *Faltas de cariño*, que en conjunto desembocan en una *educación dura* que pasa por encima de todos los impulsos de ternura, han hecho que en la infancia encerraran tales impulsos en sí mismos y que, malhumorados, amargados y asustados, se retiraran pronto, poco a poco, del pequeño círculo de su entorno, cuya conquista e inclusión en su propia vida anímica habría sido de la mayor importancia. Si en el entorno hay todavía una persona que le hace posible al niño la unión, la llevará a cabo de un modo especialmente íntimo. Así crecen a menudo personas que en general solo han encontrado relación con una única persona, que no pueden extender en absoluto su inclinación a unirse a más de un ser humano. El ejemplo del muchacho que quedó tan herido al advertir que la ternura de la madre se volvía hacia el otro hermano, y que desde entonces anduvo siempre errante por la vida en busca del calor que echaba de menos desde la primera infancia, es un caso que muestra las dificultades que tales personas pueden encontrar en la vida.

<!-- S. 29 -->

Este es el grupo de aquellas personas cuya educación se ha desarrollado bajo cierta presión.

También en la dirección opuesta pueden producirse fracasos, cuando, por un calor especial que acompaña a la educación, por un *mimo* del niño, su instinto de ternura se desarrolla más allá de todo límite, de modo que se une demasiado estrechamente a una o a pocas personas y ya no quiere separarse de ellas. La ternura del niño se acrecienta aquí a menudo, por diversos desaciertos, hasta el punto de que el niño descubre que de su propia ternura nacen ciertas obligaciones para los demás, como fácilmente puede conseguirse cuando los adultos dicen, por ejemplo: «Porque te quiero, tienes que hacer esto o aquello». Ocurre a menudo que dentro de una familia prolifera una planta de este tipo. Tales niños captan fácilmente el afecto de otros y lo aprovechan para aumentar ahora, con los mismos medios, la dependencia del otro en proporción a su propia ternura. Semejante llamarada de ternura hacia una de las personas de la familia ha de vigilarse siempre. No cabe duda de que el destino de una persona resulta perjudicado por una educación tan unilateral. Pueden entonces producirse fenómenos como, por ejemplo, el de que un niño, para retener la ternura de otro, recurra a los medios más arriesgados, procure rebajar, por ejemplo, a un rival, casi siempre un hermano o una hermana, descubriendo sus travesuras o fomentándolas con perfidia, o de otro modo, todo ello solo para recrearse en el amor de los padres. O ejercerá una presión para atraer al menos la atención de los padres sobre sí y no dejará medio sin probar para pasar a primer plano, para adquirir más importancia que los demás. Será perezoso o travieso para inducir a los demás a ocuparse más de él, o será bueno para recibir como recompensa la atención de los demás. Comienza entonces en la vida del niño un proceso del que se desprende que todo puede convertirse en medio una vez que en la vida anímica se ha fijado la dirección. Puede desarrollarse hacia el lado inútil para alcanzar su meta, y puede también llegar a ser un niño extraordinariamente bueno que tiene a la vista una meta útil. A menudo puede observarse cómo uno <!-- S. 30 --> de los niños intenta atraer la atención sobre sí con una indocilidad especial, mientras que otro, más o menos astuto, procura conseguir lo mismo con una bondad especial.

Al grupo de los niños mimados pertenecen también aquellos a quienes se les apartan del camino todas las dificultades, cuyas rarezas se acogen con una sonrisa amable, que pueden permitírselo todo sin tropezar con una resistencia digna de mención. A estos niños les falta toda ocasión de hacer aquellos ejercicios previos que en la vida ulterior se requieren para buscar y lograr de manera correcta la unión incluso con personas dispuestas a ella, y no digamos con aquellas personas que, extraviadas a su vez por las dificultades de su infancia, ponen obstáculos a esa unión. Como no se les da ocasión de ejercitarse en la superación de dificultades, quedan sumamente mal preparados para su vida ulterior. Sufren casi regularmente reveses en cuanto salen del pequeño ámbito de esta atmósfera tropical y se encuentran ante la vida con sus cuestiones sociales, donde ya nadie exagera sus obligaciones como los educadores excesivamente tiernos.

Todos los fenómenos de este tipo tienen en común que el niño queda más o menos *aislado*. Los niños cuyos órganos digestivos presentan defectos, por ejemplo, se comportarán de otro modo ante la alimentación y tomarán por ello posiblemente un desarrollo muy distinto del de otros niños normales en este aspecto. Los niños con órganos inferiores mostrarán un modo de andar especial, que con el tiempo los empuja al aislamiento. Tenemos entonces ante nosotros niños que no sienten con tanta claridad su vínculo con el entorno, que acaso lo rechazan del todo. No pueden encontrar compañeros, porque se ocupan predominantemente de sí mismos; se mantienen apartados de los juegos de los de su edad, miran con envidia o se vuelven con desprecio hacia sus propios juegos, a los que se dedican en silencioso retiro. También los niños que crecen bajo una fuerte presión educativa, por ejemplo bajo gran severidad, están amenazados por el aislamiento. Tampoco a ellos la vida se les presentará con una luz favorable, porque esperan una y otra vez, y de todas partes, malas impresiones. Se sienten o bien como sufridores que reciben humildemente todas las dificultades, o bien como <!-- S. 31 --> luchadores siempre dispuestos a atacar al entorno, sentido como enemigo. Estos niños consideran la vida y sus tareas como dificultades especiales, y es fácil de comprender que un niño así procurará casi siempre defender sus límites, cuidando de que no se le cause menoscabo, y vigilará siempre con desconfianza a su entorno. Cargado con esta cautela excesiva, desarrollará la inclinación a olfatear más bien dificultades y peligros mayores antes que exponerse con ligereza al destino de una derrota. Otra característica común de estos niños, y al mismo tiempo un signo llamativo de su sentimiento de comunidad menos desarrollado, es el fenómeno de que piensan más en sí mismos que en los demás. Aquí se ve con claridad todo el desarrollo. Todas estas personas tienden en general a una concepción pesimista del mundo y no pueden disfrutar de su vida si no encuentran redención de su falso patrón de vida; tampoco muestran el valor y la confianza en sí mismos que solo nacen en aquellos niños que se sienten en casa, como una parte del todo.

### 3. El hombre como ser social

Hemos procurado señalar que solo podemos obtener información sobre la personalidad de un individuo si lo juzgamos y comprendemos en su situación. Por situación hemos entendido la posición del hombre en el universo y respecto a su entorno más próximo, su posición ante las cuestiones que le salen al paso sin cesar, como las cuestiones de la actividad, de la unión, de la relación con los semejantes. Por este camino hemos comprobado que son las impresiones del entorno que asaltan al hombre las que influyen del modo más duradero en la actitud del lactante, y más tarde del niño y del adulto, ante la vida. Ya tras algunos meses de lactancia puede comprobarse cómo se comporta un niño ante la vida. A partir de entonces ya no es posible confundir a dos lactantes en cuanto a su actitud ante la vida, porque cada uno representa ya un tipo marcado que se hace cada vez más claro sin perder la dirección que le es propia. Lo que se desarrolla en el alma del niño queda cada vez más impregnado de las relaciones de la sociedad con el niño; se llega a los primeros <!-- S. 32 --> indicios del sentimiento de comunidad innato, al florecimiento de impulsos de ternura orgánicamente condicionados, que llegan tan lejos que el niño busca la cercanía de los adultos. Siempre puede observarse que el niño quiere dirigir aspiraciones de ternura hacia otros. Estas están graduadas de modo diverso y son distintas respecto de distintas personas. En los niños que han pasado del segundo año de vida puede comprobarse esta diversidad también en las manifestaciones verbales. El sentimiento de pertenencia, el sentimiento de comunidad, arraiga en el alma del niño y solo abandona al hombre en las más graves degeneraciones patológicas de su vida anímica. Se mantiene matizado durante toda la vida, se restringe o se amplía y, en los casos favorables, se extiende no solo a los miembros de la familia, sino a la tribu, al pueblo, a toda la humanidad. Puede incluso ir más allá de estos límites y extenderse entonces también a animales, plantas y objetos inanimados, y finalmente incluso al cosmos en general.

Con ello hemos ganado, en nuestro empeño por llegar a comprender al hombre, un importante punto de apoyo. Es la *comprensión de la necesidad de considerar al hombre como un ser de comunidad*.

## Capítulo IV. Impresiones del mundo exterior

### 1. La imagen del mundo en general

La facultad de recibir impresiones, condicionada por la necesidad de adaptarse al entorno, y la peculiaridad del mecanismo anímico de perseguir siempre una meta sugieren la idea de que la *imagen del mundo* y la *línea directriz ideal* de una persona han de surgir ya muy temprano en el alma del niño, sin forma y sin poder captarse en una expresión, pero flotando de algún modo en esferas que nos resultan familiares, que encontramos comprensibles, que siempre están en oposición a un sentimiento de insuficiencia. Los movimientos anímicos solo pueden desarrollarse si se tiene ante sí una meta. Su establecimiento presupone necesariamente, como es sabido, posibilidad de movimiento o libertad de movimiento. Y el <!-- S. 33 --> enriquecimiento que se produce con toda libertad de movimiento no debe subestimarse. Un niño que se levanta por primera vez del suelo llega en ese instante a un mundo completamente nuevo; siente de algún modo una atmósfera hostil. Puede sentir, en la fuerza con que se pone de pie, una esperanza acrecentada para su futuro; puede tener, en sus primeros intentos de movimiento, sobre todo al aprender a andar, dificultades de diverso tamaño o ninguna. Tales impresiones, sucesos que a nosotros los adultos nos parecen a menudo pequeñeces insignificantes, ejercen una influencia enorme sobre la vida anímica infantil y, con ello, sobre todo en la formación de su imagen del mundo. Así, los niños que tuvieron dificultades de movimiento tendrán por lo general ante los ojos una imagen ideal fuertemente impregnada de movimientos rápidos, lo que se reconoce fácilmente cuando se les pregunta por sus juegos favoritos o por la profesión que eligen. La respuesta (cochero, revisor de tren y cosas semejantes) significará que en ellos vive el anhelo de superar todas las dificultades de la falta de libertad de movimiento, de llegar a un punto en que no tengan ningún sentimiento de inferioridad, de postergación, sentimiento que puede alimentarse especialmente cuando los niños se desarrollan con lentitud o de forma enfermiza. Con igual frecuencia se encontrará que los niños que, a causa de defectos en los ojos, solo pueden percibir el mundo de manera deficiente, se esfuerzan por captar más fuerte e intensamente lo visible del mundo, y que los niños con sensibilidades del oído a menudo solo tienen interés, comprensión y predilección por ciertos sonidos que suenan más gratos; en suma, que son musicales (Beethoven).

De los órganos mediante los cuales el niño procura apoderarse del entorno, son principalmente los órganos de los sentidos los que establecen relaciones de índole indisoluble con el mundo exterior. Ellos son los que ayudan a construir una imagen del mundo. Ante todo hay que nombrar aquí el ojo, al que se opone el entorno. Es predominantemente el mundo visible el que se impone al hombre de modo especial y proporciona el principal apoyo para su experiencia. Así surge la *imagen visual del mundo*, cuya incomparable importancia reside en que dispone de objetos duraderos y siempre invariables, frente a los demás órganos de los sentidos, que dependen casi siempre de fuentes de estímulo pasajeras, como el oído, la nariz, la lengua y, en <!-- S. 34 --> gran parte, la piel. En otros casos destaca más el órgano del oído y crea una facultad anímica que cuenta más con lo audible del mundo (*psique acústica*). Más raros son los *motores* (*Motoriker*), personas orientadas a los procesos de movimiento. Una acentuación excesiva de la facultad del olfato y del gusto produce a su vez otros tipos, de los cuales el primero, en particular, por su don olfativo, está mal situado en nuestra cultura. Luego hay un gran número de niños en los que los órganos del movimiento desempeñan un gran papel. Unos vienen al mundo con una vivacidad mayor, están siempre en movimiento y más tarde siempre impulsados a la actividad; su mente se dirige predominantemente a realizaciones para cuyo cumplimiento hay que poner en movimiento la musculatura. Ni siquiera en el sueño descansará este afán de actividad, y a menudo podrá observarse cómo se revuelven inquietos en la cama, sobre todo cuando quieren despertar con ello el interés tierno de la madre. A este grupo pertenecen también los niños «que no paran quietos», cuya inquietud se les cuenta a menudo como defecto. – En general, casi no hay niños que no se enfrenten a la vida tanto con los ojos y los oídos como con sus órganos del movimiento, para construir su imagen del mundo a partir de las impresiones y de las posibilidades que se les ofrecen, y solo podemos comprender a una persona si sabemos *también* con qué órgano se enfrenta a la vida de la manera más inmediata. Pues todas las relaciones cobran aquí importancia y ganan influencia en la configuración de la imagen del mundo y, con ello, en el desarrollo posterior del niño.

### 2. Elementos del desarrollo de la imagen del mundo

Aquellas facultades especiales del órgano anímico que colaboran en primera línea en la formación de la imagen del mundo tienen en común que su selección, su agudeza y su efecto están determinados por la meta que una persona tiene ante sí. Esto explica el hecho de que cada cual percibe *especialmente* solo una parte determinada de la vida, del entorno, de un suceso, etc. El hombre solo aprovecha lo que su meta le exige, y como se lo exige. Por eso, también este aspecto de la vida anímica humana solo puede comprenderse cuando uno se ha hecho una idea de la meta secreta de una persona y ha entendido todo en ella como influido por esa meta.

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#### a) Percepciones

Las impresiones y excitaciones transmitidas desde fuera por los órganos de los sentidos dan en el cerebro una señal de la que pueden conservarse algunas huellas. A partir de estas huellas se construye el *mundo de las representaciones*, así como el *mundo del recuerdo*. Ahora bien, la percepción nunca es comparable a un aparato fotográfico, sino que contiene siempre también algo de la peculiaridad de la persona. No todo lo que uno ve lo percibe también, y si se pregunta por su percepción a dos personas que han contemplado el mismo cuadro, pueden obtenerse las respuestas más diversas. El niño, pues, solo percibe de su entorno aquello que, por algún motivo, cuadra con la peculiaridad que hasta entonces se ha formado. Así, las percepciones de los niños cuyo placer de mirar está especialmente desarrollado son predominantemente de naturaleza visual, como ocurre en la mayoría de las personas. Otros, en cambio, llenarán su imagen del mundo con percepciones auditivas. Como se ha dicho, estas percepciones no son estrictamente idénticas a la realidad. El hombre es capaz de transformar sus contactos con el mundo exterior tal como lo exige su peculiaridad. Lo que una persona percibe y *cómo* lo hace: en eso reside su peculiaridad particular. La percepción es más que un mero proceso físico; es una función anímica, y de la manera, de la circunstancia de cómo y qué percibe una persona, pueden sacarse conclusiones profundas sobre su interior.

#### b) Recuerdos

Hemos podido establecer que el órgano anímico, innato en sus fundamentos, está ligado, en cuanto a su capacidad de desarrollo, a la coerción a la actividad y a los hechos de la percepción. Sostenido por la tendencia a dirigirse de forma adecuada hacia una meta, el órgano anímico está íntimamente unido a la capacidad de movimiento del organismo humano. El hombre tiene que reunir y ordenar en su órgano anímico todas sus relaciones con el mundo exterior, y este, como órgano de adaptación, se ve obligado a desarrollar también todas aquellas facultades que son necesarias para el aseguramiento del individuo, que pertenecen a su existencia.

Ahora bien, está claro que la respuesta individual del órgano anímico a las cuestiones de la vida tiene que dejar huellas en el desarrollo anímico, y que, por tanto, también las funciones de la memoria y de la valoración son impuestas por la tendencia a la adaptación. <!-- S. 36 --> Solo la existencia de recuerdos hace posible que el hombre pueda tomar precauciones para su futuro. Podemos concluir que todos los recuerdos llevan en sí una intención final (inconsciente), que no viven en nosotros de manera desinteresada, que hablan un lenguaje de advertencia o de estímulo. No hay recuerdos inofensivos. La importancia de un recuerdo solo puede juzgarse cuando se ha comprendido la intención final que le sirve de base. Es importante *por qué* uno recuerda ciertas cosas y otras no. Y recordamos aquellos acontecimientos cuyo recuerdo es importante y provechoso para la continuidad de una determinada dirección anímica, y olvidamos aquellos cuyo olvido es igualmente propicio a ese fin. Con ello queda dicho que también la memoria está sometida por entero al servicio de la adaptación adecuada a una meta que se tiene ante sí. Un recuerdo duradero, *por erróneo que sea*, y aunque contenga, como casi siempre en la infancia, un juicio parcial, puede, si es propicio para la meta perseguida, desaparecer también del ámbito de la conciencia y convertirse por entero en *actitud, sentimiento y forma de ver las cosas*.

#### c) Representaciones

Aún más claramente se muestra la peculiaridad de la persona en sus representaciones. Por representación se entiende la reproducción de una percepción sin que su objeto esté presente. Es, pues, una percepción reproducida, evocada de nuevo solo en el pensamiento, circunstancia que remite a su vez al hecho de la capacidad creadora del órgano anímico. No es que la percepción ya ocurrida una vez, y ya influida por la fuerza creadora del alma, se repita ahora, sino que la representación que una persona se hace está de nuevo formada por entero por su peculiaridad y es una obra de arte nueva, propia de ella; no es, pues, una reacción, sino una obra de arte creadora.

Hay representaciones que superan con mucho el grado habitual de su nitidez y actúan como percepciones, que se presentan con tanta nitidez como si no fueran representaciones, sino como si el objeto ausente que las suscita estuviera realmente presente. Se habla entonces de *alucinaciones*, de representaciones que surgen como si procedieran de un objeto presente. Las condiciones para ello son las mismas que las <!-- S. 37 --> descritas más arriba. También las alucinaciones son obras creadoras del órgano anímico, formadas según las metas y los fines de la persona en cuestión. Un ejemplo lo aclarará mejor:

Una mujer joven e inteligente se había casado contra la voluntad de sus padres. La aversión de los padres a ese matrimonio era tan grande que se habían roto todas las relaciones entre padres e hija. Con el tiempo, el deseo de la mujer de reconciliarse con los padres se había hecho cada vez más fuerte, pero varios intentos en ese sentido fracasaron por el orgullo y la obstinación de ambas partes. Por el matrimonio, la mujer, que procede de una familia muy respetada, había venido a parar a circunstancias muy pobres. Sin embargo, a una observación superficial no se habría notado nada de un mal casamiento, y uno podría haberse quedado tranquilo respecto del destino de la mujer si desde hacía algún tiempo no se hubieran presentado unos fenómenos muy singulares.

Se había criado como hija preferida del padre. Las relaciones entre ambos eran tan íntimas que tenía que llamar la atención cómo había podido llegarse a semejante ruptura. Con motivo de su matrimonio, el padre trató a la muchacha extraordinariamente mal, y la desavenencia entre ambos fue completa. Ni siquiera cuando llegó un hijo pudo moverse a los padres a ir a verlo o a acercarse de nuevo a la hija; y la mujer, animada de una gran ambición, soportaba tan mal la actitud de sus padres porque le dolía que se le hubiera quitado la razón en una cuestión en la que visiblemente la tenía.

Hay que tener presente que el estado de ánimo de la mujer estaba por completo bajo el influjo de su ambición. Solo este rasgo de carácter explica por qué soportaba tan mal la desavenencia con los padres. Su madre era una mujer severa y recta, que sin duda tenía cualidades valiosas, pero que con la muchacha mostraba mano dura. Sabía también subordinarse al marido, al menos en lo exterior, sin perder por ello su rango. Incluso esta sumisión la recalcaba con cierto orgullo y se jactaba de ella. La circunstancia de que en la familia apareciera además un hijo varón, que como vástago masculino y futuro heredero del respetado apellido alcanzó una valoración algo más alta que la muchacha, aguijoneó <!-- S. 38 --> todavía más la ambición de esta. Las dificultades y la estrechez en que la muchacha, que nunca había conocido nada semejante, había caído por el matrimonio hicieron que pensara con un enojo cada vez mayor en la injusticia de los padres.

Una noche, cuando aún no se había dormido, tuvo la siguiente aparición: la puerta se abrió, la Madre de Dios se acercó a ella y le dijo: «Porque te quiero tanto, te comunico que morirás a mediados de diciembre; no debes estar desprevenida».

La mujer no se asustó por ello, pero despertó a su marido y se lo contó todo. Al día siguiente lo supo el médico. Era una alucinación. La mujer insistía en que había visto y oído bien. A primera vista esto es incomprensible. Solo cuando aplicamos nuestra clave podemos obtener ciertas aclaraciones. Hay una desavenencia con los padres, la mujer se encuentra en apuros, es ambiciosa y tiene, como muestra la investigación, la tendencia a ser superior a todos. Se comprende entonces que una persona, en su afán de ir más allá de la esfera que le está dada, se acerque a la divinidad y dialogue con ella. Supongamos que la Madre de Dios se hubiera quedado solo en la representación, como sucede en quienes rezan. Nadie encontraría en ello nada de particular. Eso a ella no le basta; necesita argumentos más fuertes. Si comprendemos que el alma es capaz de tales artificios, el asunto pierde todo lo que tiene de enigmático. ¿Y no se halla en una situación parecida toda persona que sueña? La diferencia es en realidad solo que esta mujer puede soñar despierta. Hemos de añadir que su ambición está en este momento especialmente tensa a causa de un sentimiento de humillación. Y entonces nos llama la atención que ahora, efectivamente, viene a ella otra madre, precisamente aquella de la que el pueblo supone que es una madre más bondadosa. Estas madres tienen que estar en cierta oposición entre sí. La Madre de Dios se ha aparecido porque la propia madre no ha venido. La aparición señala acusadoramente la falta de amor de la propia madre. La mujer busca visiblemente una salida para poner a sus padres, del mejor modo posible, en situación de culpa. Mediados de diciembre tampoco es una época del todo insignificante. Es la época en que en la vida de los hombres se configuran relaciones más íntimas, en que las personas se vuelven por lo general más cálidas, se hacen regalos, etc., <!-- S. 39 --> en que también la posibilidad de reconciliaciones se acerca mucho más, de modo que puede comprenderse que esta fecha guarde cierta relación con una cuestión vital de la joven.

Por lo pronto, solo extraña que el acercamiento amistoso de la Madre de Dios vaya acompañado de una nota discordante, el anuncio de la muerte próxima. La circunstancia de que ella le dé esta noticia a su marido de un modo casi alegre tiene que significar algo. Además, esta predicción traspasa incluso el círculo de la familia, y ya al día siguiente se entera de ella el médico. Ahora fue fácil conseguir que la propia madre viniera a verla. Pero unos días después la Madre de Dios se apareció por segunda vez y volvió a decir las mismas palabras. A mi pregunta de cómo había ido el encuentro con la madre, la joven contó que su madre seguía sin reconocer que había obrado mal. Reaparece, pues, el viejo motivo conductor. De nuevo se trata de que la meta de la superioridad sobre la madre aún no se había alcanzado. Se intentó entonces aclarar la situación a los padres, tras lo cual se produjo un encuentro con el padre que salió espléndidamente. Siguió una escena conmovedora. Pero la mujer seguía sin estar satisfecha, pues contó que en la actitud del padre había habido algo teatral. ¡Y por qué la había hecho esperar tanto! La tendencia a quitar la razón al otro y a quedar ella misma como la justa y como vencedora seguía existiendo.

Según lo expuesto hasta aquí, podemos decir: la alucinación aparece en un momento de máxima tensión anímica, en un estado en que la persona teme ser apartada de su meta. No cabe duda de que tales alucinaciones pudieron cobrar antes, y quizá todavía hoy en regiones donde vive una población atrasada, una influencia considerable. Ciertas alucinaciones, conocidas por los escritos de viajeros, se refieren a las apariciones que les salen al paso a quienes recorren el desierto cuando caen en dificultades, padecen hambre, sed, cansancio o se extravían. Es una tensión de suprema necesidad la que obliga a la facultad de representación del que sufre a elevarse, con perfecta nitidez, desde la opresión presente a una situación reconfortante. Esta reanima al cansado, enciende las fuerzas del que vacila, lo hace más fuerte o más insensible, u obra como un bálsamo, como un narcótico.

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Hemos de dejar sentado que el fenómeno de la alucinación no significa en realidad para nosotros un proceso nuevo, puesto que ya hemos encontrado algo parecido en la naturaleza de la percepción, del recuerdo y de la representación, y volveremos a encontrarlo en los sueños. Mediante un refuerzo en la representación misma y mediante la desconexión de la crítica pueden producirse fácilmente semejantes rendimientos. Retengamos que siempre son situaciones de índole especial las que los desencadenan. Tales rendimientos se han producido en un estado de necesidad y bajo la impresión de una amenaza al poder, en una persona que, desde un sentimiento de debilidad, aspira a superarlo. Si la tensión en semejante estado es extraordinariamente grande, ya no se tiene tanto en cuenta el don de la crítica. Entonces, según el principio «Ayúdate como puedas», es posible que la representación, presentada con toda la fuerza del órgano anímico, se convierta en las formas de la alucinación.

Emparentada con la alucinación está la *ilusión*, que se distingue de la primera en que existe un punto de apoyo exterior, solo que desconocido de una manera peculiar, como, por ejemplo, en el *Erlkönig* [*El rey de los elfos*] de Goethe. El fundamento, a saber, el estado de necesidad anímica, sigue siendo el mismo.

Otro caso mostrará cómo la fuerza creadora del órgano anímico es capaz, en un estado de necesidad, de producir una alucinación o una ilusión.

Un hombre de familia respetada, que a consecuencia de una mala educación no había llegado a nada, desempeñaba un puesto subalterno de escribiente. Había abandonado toda esperanza de alcanzar alguna vez consideración en el futuro. A esta desesperanza, que pesaba gravemente sobre él, se añadían los reproches de su entorno, que aumentaban aún más la fuerte tensión anímica que había en él. En este estado se entregó a la bebida, que le procuraba olvido y una excusa para su caída. Al poco tiempo ingresó con delirios en el hospital. Los *delirios* son esencialmente afines a la alucinación. Como es sabido, la forma habitual de la alucinación en los delirios de los bebedores consiste en ver ratones o animales negros. También se dan otras alucinaciones relacionadas con la profesión del paciente. Nuestro paciente fue a parar a manos de <!-- S. 41 --> médicos que eran decididos adversarios del alcohol y habían implantado un régimen severo. Quedó completamente liberado de su alcoholismo, salió curado del hospital y permaneció tres años sin beber. Luego volvió al hospital con otras quejas. Contó que en sus trabajos –ahora era peón de movimiento de tierras– veía aparecer siempre a un hombre que se burlaba de él con una mueca. Una vez, en que se había puesto especialmente furioso por ello, cogió su herramienta y se la arrojó para ver si detrás había un hombre de verdad. La figura la esquivó, pero luego se le echó encima y le dio una paliza.

En este caso ya no puede hablarse de un fantasma, de una alucinación, pues la figura había tenido puños completamente reales. La explicación es fácil de dar: por lo demás alucinaba, pero la prueba la hizo con un hombre real. Resultó que el hombre, pese a haberse liberado del alcohol, había seguido hundiéndose después de salir del hospital. Había perdido su empleo, había sido expulsado de su casa y se ganaba ahora la vida con trabajos de movimiento de tierras, que tanto él como sus familiares tenían por la ocupación más baja. La tensión anímica en que había vivido no había cedido. Liberado del alcohol, a pesar de esta enorme ventaja, se había quedado en realidad con un consuelo menos. Con su primer oficio había podido arreglárselas dándose a la bebida. Cuando en casa se alzaban reproches de que no era capaz de llegar a nada, la alusión a su alcoholismo le parecía menos dolorosa que la alusión a su incapacidad. Después de su curación volvía a estar frente a la realidad y ante una situación no menos difícil y opresiva que la anterior. Si ahora tampoco llegaba a nada, ya no tendría siquiera la excusa del alcohol. En esta necesidad anímica vuelven a aparecer las alucinaciones. Se había vuelto a instalar en su situación anterior, consideraba las cosas como si aún fuera un bebedor, y con ello venía a decir que había arruinado toda su vida con la bebida y que ya no podía mejorar. Como enfermo podía esperar quedar libre, dispensado de su nueva profesión, poco estimada y por ello repugnante para él, sin tener que tomar él mismo una decisión. Y así ocurrió que el fenómeno descrito persistió hasta que llegó el remedio y volvió a ingresar en el hospital. Ahora <!-- S. 42 --> podía decirse a modo de consuelo que habría podido conseguir mucho más si no se le hubiera echado encima la desgracia de la embriaguez. Así podía seguir manteniendo alto su sentimiento de la personalidad. No dejarlo decaer, poder conservar la convicción de que estaría capacitado para realizaciones mayores si no le hubiera alcanzado esta desgracia, era para él mucho más importante que el trabajo mismo. Con ello había alcanzado la línea del poder y podía constatar que los demás no eran mejores que él, sino que solo una dificultad fatal, que no podía apartarse, se había interpuesto en su camino. En este estado de ánimo, en el que buscaba una excusa consoladora, le surgió como una salvación la aparición del hombre de la mueca.

### 3. Fantasía

Otro rendimiento artístico del órgano anímico es la fantasía. Huellas de ella pueden encontrarse en todos los fenómenos que ya se han tratado. Es un proceso de movimiento semejante al de aquellos rendimientos del alma en que se hacen pasar a primer plano determinados recuerdos o se construyen representaciones. También en la fantasía constituye un componente esencial aquella previsión que un organismo en movimiento ha de llevar en sí con necesidad natural. También la fantasía está ligada a la movilidad del organismo y no es ella misma otra cosa que una forma de ese prever. Cuando, a propósito de las fantasías de niños y adultos –llamadas también *sueños diurnos*–, se habla de castillos en el aire, se trata siempre de representaciones que se refieren al futuro, hacia el cual se mueve la persona y que intenta construir previéndolo a su manera.

Al examinar las fantasías infantiles se comprueba que en ellas el juego del poder ocupa, como factor esencial, un amplio espacio, que lo que se refleja son siempre metas de la ambición. La mayoría de las fantasías empiezan con palabras como «Cuando yo sea mayor» y otras semejantes. Hay también adultos que siguen viviendo como si primero tuvieran que hacerse mayores. La marcada impronta de la línea del poder indica de nuevo que una vida anímica solo puede desarrollarse si antes se ha fijado la meta. En la cultura humana, esa meta es una meta de *valía*. Casi nunca se queda en metas neutrales, pues la vida en común de los hombres va acompañada de un continuo <!-- S. 43 --> medirse unos con otros, del que nacen el anhelo de *superioridad* y el deseo de salir victorioso de la competencia. Por eso se explica que aquellas formas de previsión que encontramos en las fantasías de los niños sean regularmente *representaciones de poder*.

Para el alcance de estas representaciones, para la magnitud de la fantasía, no pueden establecerse reglas; o, dicho con otras palabras: tampoco aquí hay que caer en el error de generalizar. Lo dicho más arriba vale para un gran número de casos, pero en casos aislados puede comprobarse también que es de otra índole. Es natural que desarrollen más su fantasía aquellos niños que miran la vida real con ojos hostiles, actitud a la que suele ir unida también una mayor tensión de la cautela. Así, los niños débiles, a quienes la vida ofrece no pocos males, tienen una fantasía reforzada y la inclinación a ocuparse en fantasías. Más adelante sobreviene a menudo una fase de desarrollo en que se recurre a la fantasía para escabullirse de la vida real, en que la fantasía aparece, por así decir, utilizada para condenar la vida real. Es entonces la embriaguez de poder de una persona que se ha elevado por encima de la bajeza de la vida.

No es solo la línea del poder la que puede comprobarse en las fantasías; también el sentimiento de comunidad desempeña en ellas un gran papel. Las fantasías infantiles casi nunca son de tal índole que en ellas solo se haga valer el poder del niño, sino que ese poder aparece de algún modo empleado también en provecho de otros. Tal es el caso, por ejemplo, de las fantasías cuyo contenido culmina en ser un salvador, un auxiliador, el vencedor de un monstruo dañino para los hombres, etc. Con frecuencia se encuentra la fantasía de no ser de la familia en que uno se cría. Muchísimos niños se aferran a la idea de que en realidad proceden de otra familia, de que un día se descubrirá la verdad y el verdadero padre (siempre algún alto personaje) vendrá a buscarlos. Esto ocurre casi siempre en niños que tienen un fuerte sentimiento de inferioridad, que están expuestos a privaciones, que tienen que soportar postergaciones o que están descontentos con la frialdad de su entorno. A menudo las <!-- S. 44 --> ideas de grandeza se delatan ya en la actitud exterior de los niños, que se comportan como si ya fueran adultos. Degeneraciones casi patológicas de la fantasía se encuentran en la forma de que, por ejemplo, un niño siente una predilección especial por los sombreros rígidos o por las boquillas, o cuando las niñas se proponen llegar a ser hombres. Hay muchas niñas que, en tal estado de ánimo, prefieren una actitud o una vestimenta que más bien convendría a los muchachos.

Hay también niños de quienes se lamenta que tienen demasiado poca fantasía. Esto es sin duda una conclusión errónea. O bien esos niños no se expresan, o bien hay otros motivos por los que pueden llegar incluso a librar una lucha contra el surgimiento de fantasías. Puede ser que un niño sienta en ello un sentimiento de fuerza. En un esfuerzo convulsivo por adaptarse a la realidad, la fantasía les parece a estos niños poco viril o pueril, y la rechazan. Hay casos en que este rechazo va demasiado lejos y la fantasía parece faltar casi por completo.

### 4. Sueños (generalidades)

Además de los sueños diurnos descritos más arriba, hay todavía otro fenómeno, que aparece muy temprano y que revela y despliega también una gran eficacia. Son los sueños nocturnos. En general puede comprobarse que en ellos se encuentra el mismo método de soñar del niño que en los sueños diurnos. Psicólogos antiguos y experimentados han señalado que de los sueños de una persona se revela fácilmente su carácter. En efecto, el sueño es un fenómeno que ha ocupado extraordinariamente el pensamiento de los hombres en todos los tiempos. Así como los sueños diurnos son fenómenos que acompañan al querer prever, que aparecen cuando la persona se ocupa en abrirse un camino hacia el futuro y en recorrerlo con seguridad, así sucede también con los sueños nocturnos. La diferencia llamativa es que los sueños diurnos todavía se entienden a duras penas, mientras que con los otros sueños esto ocurre muy rara vez. Esta incomprensibilidad es una rareza particular, y uno se sentirá fácilmente tentado a ver en ella un signo de la superfluidad de tales fenómenos. Por lo pronto, subrayemos que también en los sueños se muestra de nuevo la misma línea del poder de una persona que quiere asir el futuro, que se halla ante una cuestión y aspira a resolverla <!-- S. 45 --> a su manera. Los sueños nos proporcionan, al estudiar la vida anímica, asideros importantes, sobre los que todavía volveremos.

### 5. Empatía

En la función del prever, que en los organismos móviles es una necesidad ineludible, porque se ven situados siempre ante cuestiones del futuro, acude además en ayuda del órgano anímico la facultad no solo de sentir lo que hay en la realidad, sino también de sentir, de adivinar, lo que acaso habrá en el futuro o lo que sucede en otra persona. Este proceso se llama «empatía» (*Einfühlung*). Esta facultad está extraordinariamente desarrollada en los hombres. Es un proceso de tan largo alcance que se la encuentra en todos los lugares de la vida anímica. También aquí la condición es la necesidad de la previsión; pues si me veo obligado a representarme, a pensar, cómo me comportaré en el caso de que surja una cuestión, me veo también forzado a formarme un juicio firme sobre aquellas sensaciones que podrían derivarse de la situación aún no madurada en el presente. Solo mediante la reunión del pensar, el sentir y el percibir de una situación que todavía ha de vivirse puede volver a ganarse un punto de vista, por ejemplo el de aspirar con especial fuerza a un punto determinado o el de esquivarlo con especial cautela. La empatía se produce ya cuando se habla con alguien. Es imposible entrar en contacto con una persona si no hay empatía con la situación del otro. Una configuración artística especial la experimenta la empatía en el *teatro*. Otros fenómenos de empatía los ofrecen los casos en que a una persona la invade un sentimiento singular cuando advierte que a otro le amenaza algún peligro. Aquí la empatía es a veces tan fuerte que uno, sin estar en peligro, ejecuta involuntariamente movimientos de defensa. Es conocido además el movimiento de retroceso que se hace con la mano cuando, por ejemplo, se deja caer un vaso. A menudo puede observarse en el juego de bolos cómo algunos jugadores quieren, por así decir, acompañar el movimiento de la bola, anticiparlo con todo su cuerpo, como si quisieran influir así en su recorrido. Otros fenómenos son los sentimientos que le asaltan a uno cuando ve a alguien limpiar ventanas en un piso alto, <!-- S. 46 --> o cuando presencia que a un orador le sucede la desgracia de quedarse atascado. En el teatro difícilmente podrá uno evitar sentir con los personajes y representar en su interior los papeles más diversos. – Toda nuestra vivencia está íntimamente ligada a la empatía.

Si buscamos dónde tiene su origen esta función, esta posibilidad de sentir como si uno fuera otro, solo encontramos la explicación en el hecho del sentimiento de comunidad innato. Este es en realidad un sentimiento cósmico, un reflejo de la conexión de todo lo cósmico, que vive en nosotros, del que no podemos desprendernos del todo y que nos da la capacidad de sentirnos dentro de cosas que se hallan fuera de nuestro cuerpo.

Así como hay distintos grados del sentimiento de comunidad, hay también distintos grados de empatía, que pueden observarse igualmente ya en la edad infantil. Hay niños que se ocupan de las muñecas como si fueran seres vivos, mientras que otros quizá solo tienen interés en ver qué hay dentro. Desviando las relaciones de comunidad de los semejantes hacia cosas inanimadas o de poco valor puede llevarse incluso al completo fracaso el desarrollo de una persona. Los casos de crueldad con los animales, que tan a menudo se observan en los niños, solo son concebibles suponiendo una falta casi total de empatía con lo que sienten otros seres o, a la inversa, suponiendo una empatía rebuscada con la angustia y el dolor de los otros. Más adelante, tales niños pueden llegar a interesarse por cosas que carecen de importancia para su desarrollo como semejantes, a pasar por alto por completo los intereses de los demás y a pensar solo en sí mismos. Todos estos fenómenos están relacionados con el escaso grado de empatía. Por último, la falta de empatía puede llevar a negarse por completo a emprender la colaboración.

### 6. Influencia de un hombre sobre otro (hipnosis y sugestión)

La pregunta de cómo pueden llegar a producirse influencias sobre otra persona ha de responderse, en el sentido de la psicología individual, diciendo que también aquí se trata de fenómenos de conexión. Toda nuestra vida transcurre bajo el supuesto de que la influencia recíproca <!-- S. 47 --> es posible. Esta se halla especialmente acentuada en ciertos casos, como en la relación entre maestro y alumno, padres e hijos, marido y mujer. Bajo el influjo del sentimiento de comunidad existe, hasta cierto grado, una buena disposición hacia las influencias de otro. Pero el grado de esta influenciabilidad depende también de hasta qué punto los derechos de aquel sobre quien se influye aparecen asegurados por quien ejerce la influencia. Una influencia duradera sobre una persona a la que se trata injustamente es imposible. Mejor podrá influirse sobre ella cuando el otro se halle en un estado de ánimo en que sienta su propio derecho como garantizado. Este es un punto de vista importante especialmente para la educación. No es posible proponer, ni mucho menos llevar a cabo, otra forma de educación. Una educación que tenga en cuenta nuestro punto de vista será eficaz porque enlaza con lo más originario, con el sentimiento de pertenencia. Solo fracasará cuando se trate de una persona que intenta sustraerse deliberadamente a la influencia de la sociedad. Tampoco esto lo hace sin más; tiene que haber precedido una lucha prolongada, en cuyo curso se han ido deshaciendo poco a poco sus vínculos con el mundo circundante, de modo que se halla en plena oposición al sentimiento de comunidad. Entonces toda clase de influencia se hace difícil o imposible, y se asiste al espectáculo de una persona que responde a todo intento de influencia con una contraacción (espíritu de oposición).

Por eso podemos esperar que los niños que se sienten de algún modo oprimidos por su entorno tengan una menor capacidad e inclinación a seguir las influencias de sus educadores. Hay, desde luego, numerosos casos en que la presión exterior es tan fuerte que barre todas las resistencias, en que aparentemente toda influencia es acogida y seguida. Pero pronto puede uno convencerse de que a esta *obediencia* no se le puede atribuir valor alguno. A veces se presenta de un modo tan grotesco que incapacita para la vida (obediencia ciega), de modo que se tiene delante a una persona que siempre está esperando a que se le ordenen las acciones y los pasos necesarios. El gran peligro que encierra esta sumisión tan amplia puede medirse por la circunstancia de que de estos <!-- S. 48 --> niños salen a menudo aquellas personas que obedecen a cualquiera que una vez los tiene en su poder, y que por orden llegan a cometer incluso crímenes. Desempeñan un papel siniestro sobre todo en las *bandas*, porque son siempre la mano ejecutora, mientras que la cabeza de la banda se mantiene casi siempre al margen. Casi en todo delito llamativo cometido por una banda, una persona de esta clase fue el órgano ejecutor. Tales personas muestran una obediencia increíblemente amplia y pueden incluso sentir en ella una satisfacción de su ambición.

Pero si nos atenemos solo a los casos normales de influencia, podemos comprobar que los más dispuestos a dejarse influir, a entenderse y a dejar que se cuente con ellos serán aquellos cuyo sentimiento de comunidad esté menos estrangulado, mientras que peor será la situación de aquellos en quienes el impulso hacia arriba, el anhelo de superioridad, ha alcanzado un grado especialmente alto. La observación lo enseña todos los días. Cuando los padres se quejan de un niño, esto sucede rarísima vez por obediencia ciega, sino por desobediencia, y el examen de tales niños muestra que están empeñados en el afán de sobresalir por encima de su entorno, que con esta ocasión rompen las normas de su pequeña vida, porque un trato equivocado los ha hecho inaccesibles a las intervenciones educativas. El intenso afán de poder está, pues, en razón inversa de la educabilidad. A pesar de ello, nuestra educación familiar procura casi siempre aguijonear especialmente la ambición del niño y despertar en él ideas de grandeza. No por irreflexión, sino porque toda nuestra cultura, impregnada ella misma de semejante tendencia inclinada a las ideas de grandeza, le da tales impulsos, de modo que también en la familia, como en nuestra cultura, lo que importa en primer término es que el individuo se presente en la vida con un brillo especial y supere de algún modo, a ser posible, a todos los demás. En el capítulo sobre la vanidad se expondrá con más detalle cuán inadecuado es este método de educación para la ambición y en qué dificultades puede fracasar en este caso el desarrollo de una vida anímica.

En una situación parecida a la de aquellos que, a consecuencia de su inclinación a la obediencia incondicional, atienden en amplia medida a las exigencias <!-- S. 49 --> del entorno se encuentra también todo *médium*. Basta con llevar a cabo el propósito de hacer durante un tiempo todo lo que a uno se le pida. Un proceso de esta índole subyace a los preparativos de la *hipnosis*. En general hay que observar a este respecto lo siguiente: alguien puede decir o creer que tiene la voluntad de ser hipnotizado. Y, sin embargo, puede faltarle la disposición anímica a someterse. Y alguien puede oponer una resistencia del todo decidida y estar, sin embargo, interiormente dispuesto a someterse. En la hipnosis lo único que importa es la actitud *anímica* del médium, no sus palabras ni su creencia. Del desconocimiento de este hecho ha surgido una gran confusión, porque en la hipnosis se trata casi siempre con personas que *parecen* resistirse y que al final, sin embargo, están dispuestas a ceder a las exigencias del hipnotizador. Esta buena disposición puede tener límites distintos, de modo que los resultados de la hipnosis son distintos en cada persona. Pero en ningún caso el límite de la disposición a la hipnosis depende de la voluntad del *hipnotizador*, sino de la actitud anímica del *médium*.

En cuanto a la naturaleza de la hipnosis, representa una especie de estado de sueño. Solo es enigmática porque este sueño tiene que ser producido primero, porque solo se presenta por encargo de otro. El encargo solo es eficaz si da con alguien que está dispuesto a aceptarlo. Decisivos para ello son, como se ha dicho, la naturaleza y el desarrollo de la personalidad del médium. Solo si alguien es de tal índole que da cabida sin crítica a las influencias de otro, es posible provocar en él ese peculiar estado de sueño, que, más que el sueño natural, se reduce a una desconexión de la capacidad de movimiento, hasta el punto de que finalmente también los centros motores pueden ser movilizados por quien da el encargo. Del sueño normal solo queda una especie de estado crepuscular, que hace también que el médium solo pueda conservar recuerdos de lo ocurrido en la hipnosis según la voluntad de quien da el encargo. Lo que queda más fuertemente desconectado es la conquista más importante del órgano anímico para nuestra cultura: la crítica. El médium es ahora, por así decir, la mano prolongada, el órgano del hipnotizador, y funciona por encargo suyo.

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La mayoría de las personas que tienen inclinación a influir en otros atribuyen esta capacidad, como en general toda posibilidad de influir, a un fluido misterioso, a una fuerza especial que les sería propia. Esto conduce a un abuso enorme, a degeneraciones, en particular a los repugnantes excesos de telépatas e hipnotizadores. De ellos habría que afirmar en realidad que vulneran la dignidad humana en tal grado que cualquier medio sería justo para acabar con su oficio. Con esto no se quiere decir que los fenómenos que exhiben se basen en el engaño. No: la criatura humana está tan inclinada a la sumisión que puede caer víctima de una persona que se presenta con la pose de la *fanfarronería* (*Plusmacherei*), solo porque los hombres, en su mayoría, han vivido tan a menudo en un estado de ánimo de someterse sin examen, de reconocer la autoridad, de dejarse embaucar y arrastrar, de subordinarse sin crítica, todo lo cual, naturalmente, nunca pudo poner orden en la convivencia humana, sino que una y otra vez condujo a posteriores revueltas de los sometidos. Ningún telépata ni hipnotizador ha tenido todavía suerte por mucho tiempo con sus experimentos. Muy a menudo sucedió que dio con una persona, con un llamado médium, que sencillamente «se la jugó». Esto les ha ocurrido ya a destacados hombres de ciencia que querían hacer actuar su fuerza sobre médiums. A veces hay también casos mixtos, en que el médium es, por así decir, un engañador engañado, que en parte engaña y en parte se somete. Pero la fuerza que aquí vemos aparentemente en acción nunca es la del hipnotizador, sino siempre la inclinación del médium a someterse; no es una fuerza mágica que actúe sobre el médium, sino a lo sumo el arte del hipnotizador para embaucar. Pero si alguien está acostumbrado a llevar una vida en la que lo reflexiona todo por sí mismo y no recibe sin más sus decisiones de otro, entonces, naturalmente, no se le puede hipnotizar y nunca presentará los extraños fenómenos de la telepatía. Pues todos estos fenómenos no son sino fenómenos de la obediencia ciega y del sentimiento de debilidad.

En este contexto hay que mencionar también la *sugestión*. Su naturaleza solo puede comprenderse cuando se la incluye, en el sentido más amplio, <!-- S. 51 --> entre las impresiones. Es evidente que el hombre no solo recibe en cada caso impresiones, sino que se halla siempre también bajo su efecto. La recepción de las impresiones no es del todo indiferente: estas siguen actuando. Y cuando son exigencias de otra persona, intentos de convencer, de persuadir, podemos hablar de sugestiones. Se trata entonces de la transformación o el afianzamiento de un modo de ver operante, que se manifiesta claramente en quien lo tiene. El problema más difícil comienza propiamente con la circunstancia de que las personas reaccionan de manera distinta a las impresiones que vienen de fuera. También esta influencia está relacionada con el grado de independencia de la persona en cuestión. Hay que considerar aquí especialmente dos tipos. Los unos son los que tienden a sobrestimar la opinión del otro y, por tanto, tienen en poco la exactitud de sus propias opiniones, sean estas acertadas o equivocadas. Sobrevaloran la importancia de otras personas, de modo que se adaptan fácilmente a la opinión de estas. Son extraordinariamente aptos para las sugestiones en vigilia y para la hipnosis. El otro tipo tomará todo lo que viene de fuera como una ofensa, tendrá por acertada solo su propia opinión y, sin preocuparse de si es acertado o no, rechazará todo lo que aporte otro. Ambos tipos llevan en sí un sentimiento de debilidad; el segundo, uno que no tolera aceptar nada del otro. Casi siempre encontramos aquí a personas que entran fácilmente en conflicto y que muy a menudo alimentan en sí la idea de que son especialmente accesibles a la sugestión de otro. Pero solo refuerzan esta idea para *no* volverse accesibles, de modo que con ellas es difícil, también en lo demás, conseguir algo.

## Capítulo V. Sentimiento de inferioridad y afán de notoriedad

### 1. La situación de la primera infancia

Hemos llegado ya al punto de comprender que los niños a los que la naturaleza ha tratado como una madrastra se inclinan a adoptar ante la vida y ante los hombres una actitud distinta de la de aquellos a quienes se acercaron ya tempranamente las alegrías de la existencia. Puede establecerse como <!-- S. 52 --> principio que todos los niños con *órganos inferiores* se ven envueltos fácilmente en una lucha con la vida que los induce a estrangular su sentimiento de comunidad, de modo que estas personas adoptan con facilidad el patrón de ocuparse cada vez más de sí mismas y de la impresión que causan en el entorno que de los intereses de los demás. Lo que vale para los órganos inferiores vale también para las influencias exteriores sobre el niño que se hacen sentir como una presión más o menos pesada sobre él y pueden provocar una actitud hostil hacia el entorno. El giro decisivo se produce ya muy pronto. Ya en el segundo año de vida puede comprobarse que esos niños se sienten poco inclinados a considerarse igualmente dotados que los demás, sus iguales y con los mismos derechos, a unirse a ellos y hacer causa común con ellos, sino que, en un sentimiento de *menoscabo* nacido de múltiples privaciones, tienden a manifestar, con más fuerza que otros niños, un sentimiento de expectativa, un derecho a exigir. Si se piensa que en realidad todo niño es inferior frente a la vida y que no podría subsistir en absoluto sin una considerable medida de sentimiento de comunidad de las personas que le son próximas; si se tiene en cuenta la pequeñez y torpeza del niño, que dura mucho tiempo y le transmite la impresión de que solo a duras penas está a la altura de la vida, hay que suponer que al comienzo de toda vida anímica se halla un *sentimiento de inferioridad* más o menos profundo. Esta es la fuerza impulsora de la que parten y a partir de la cual se desarrollan todos los afanes del niño, la que exige una meta de la que el niño espera todo el sosiego y la seguridad de su vida para el futuro, y la que obliga a emprender un camino que parezca adecuado para alcanzar esa meta.

En esta peculiar toma de posición del niño, que está también estrechamente ligada a sus capacidades orgánicas y es influida en parte por ellas, reside la base de su *educabilidad*. Esta, por general que sea el sentimiento de inferioridad en todo niño, se ve quebrantada sobre todo por dos factores. Uno es un sentimiento de inferioridad reforzado, más intenso y más duradero; el otro, una meta que ya no ha de garantizar solo sosiego, <!-- S. 53 --> seguridad, igualdad de valor, sino que desarrolla un *afán de poder* destinado a conducir a la superioridad sobre el entorno. En este camino se encontrará después a estos individuos en todo momento. Su educabilidad se ve dificultada porque en todas las circunstancias se sienten siempre postergados, se creen perjudicados por la naturaleza y a menudo se ven también postergados por los hombres, con razón o sin ella. Si se penetra con más detalle en todas estas relaciones, puede medirse con qué inevitabilidad puede consumarse un desarrollo torcido, acompañado de toda clase de fracasos.

A este peligro está expuesto en realidad todo niño, porque todos los niños se encuentran en situaciones de esta clase. Todo niño, por el hecho de estar colocado en el entorno de los adultos, se ve inducido a considerarse pequeño y débil, a estimarse insuficiente, inferior. En este estado de ánimo no es capaz de confiar en que podrá cumplir las tareas que se le plantean con la fluidez y la falta de errores que se le exigen. Ya en este punto suelen empezar los errores de educación. Al exigir demasiado al niño, se le pone con más crudeza ante los ojos del alma el sentimiento de su nulidad. A otros niños se les llama incluso constantemente la atención sobre su escasa importancia, su pequeñez e inferioridad. Otros niños, a su vez, son utilizados como juguetes, como diversión, o se los mira como un bien que hay que proteger muy especialmente, o se los considera un lastre molesto. A menudo se encuentran también todas estas tendencias reunidas, y al niño se le hace notar unas veces desde un lado y otras desde otro que está ahí o para el placer o para el disgusto de los adultos. El profundo sentimiento de inferioridad que de este modo se cultiva en los niños puede experimentar todavía un nuevo aumento por ciertas peculiaridades de nuestra vida. Aquí entra la costumbre de no tomar en serio a los niños, de dar a entender al niño que en realidad no es nadie, que no tiene derechos, que siempre ha de quedar en segundo lugar ante los adultos, que tiene que estar callado, y cosas semejantes. Lo que pueda haber de verdad en ello puede ofrecérseles a los niños de una manera tan poco delicada que es comprensible que se irriten por ello. Un sinnúmero de niños crece, además, con el constante sentimiento de miedo a ser *objeto de burla* en todo lo que <!-- S. 54 --> emprenden. La mala costumbre de burlarse de los niños es sumamente perjudicial para su desarrollo. El miedo de tales personas a que se rían de ellas puede seguirse hasta la época más tardía de su vida; a menudo, ni siquiera de adultos pueden librarse nunca de este miedo. Muy perjudicial es también la tendencia a no tomar en serio a los niños diciéndoles mentiras, de modo que fácilmente llegan a dudar de la seriedad de su entorno y también de la vida. Hay casos de niños que, en los primeros tiempos de ir a la escuela, se sentaban sonrientes en el banco y que finalmente, en alguna ocasión, contaban que tenían todo el asunto de la escuela por una broma de los padres que no tomaban en absoluto en serio.

### 2. Compensación del sentimiento de inferioridad, afán de notoriedad y de superioridad

Es el sentimiento de inferioridad, de inseguridad, de insuficiencia, el que impone la fijación de una meta en la vida y ayuda a configurarla. Ya en los primeros días de la infancia se hace notar la tendencia a ponerse en primer plano, a atraer la atención de los padres sobre sí, a imponerla. Son los primeros indicios del despertar del afán de notoriedad del hombre, que se desarrolla bajo el efecto del sentimiento de inferioridad y lleva al niño a fijarse una meta en la que aparezca superior al entorno.

La fijación y la índole de la meta de superioridad están codeterminadas por la magnitud del sentimiento de comunidad. No podemos juzgar a ningún niño ni a ningún adulto si no establecemos una comparación entre el sentimiento de comunidad existente en él y la parte que corresponde a su afán de poder y de superioridad sobre los demás. La meta se establece de tal modo que alcanzarla ofrezca la posibilidad de sentir superioridad o de elevar la propia personalidad hasta el punto de que la vida parezca digna de vivirse. Es también esta meta la que confiere su valor a las sensaciones, la que dirige e influye las percepciones, configura las representaciones y guía la fuerza creadora con la que creamos las representaciones, damos forma a los recuerdos o los apartamos. Y si se piensa que ni siquiera las sensaciones son magnitudes absolutas, sino que también están ya influidas por la tendencia a una meta que llena la vida anímica; si se tiene además presente que nuestras percepciones se producen siempre con <!-- S. 55 --> selección, con una determinada intención secreta; que tampoco las representaciones contienen valores absolutos, sino que están influidas por esta meta; que, además, siempre procuramos sacar de cada vivencia el lado que nos parece adecuado para seguir teniendo a la vista nuestra meta, entonces se comprende que también aquí todo siga siendo relativo y que solo quede la apariencia de valores fijos y seguros. En el sentido de una *ficción*, con una especie de verdadera fuerza creadora, nos aferramos a un punto fijo que no existe en la realidad. Esta suposición, condicionada en realidad por una deficiencia de la vida anímica humana, se parece a muchos intentos de la ciencia y de la vida, como, por ejemplo, el de dividir el globo terráqueo en meridianos, que no existen pero que, como suposiciones, tienen gran valor. En todos los casos de ficciones anímicas nos encontramos con fenómenos de la siguiente índole: suponemos un punto fijo, aunque, si lo consideramos más de cerca, hemos de convencernos de que no existe. Pero lo hacemos solo para ganar una *orientación* en el caos de la vida, para poder plantear un cálculo. Todo, empezando por la sensación, lo trasladamos a un terreno calculable en el que podamos actuar. Esta es la ventaja que nos ofrece la suposición de una meta fija al considerar una vida anímica humana.

Así se desarrolla, a partir de este círculo de ideas de la psicología individual, un *método heurístico*: considerar y comprender ante todo la vida anímica humana como si, a partir de potencias innatas y bajo la influencia de una fijación de meta, hubiera llegado a su constitución posterior. Nuestra experiencia y nuestras impresiones afianzan en nosotros, sin embargo, la convicción de que este método heurístico representa algo más que un recurso auxiliar de la investigación, de que en sus fundamentos coincide en la más amplia medida con procesos reales del desarrollo anímico, que en parte se viven conscientemente y en parte han de inferirse de lo inconsciente. La tendencia a una meta de la psique no es, por tanto, solo nuestra forma de ver, sino también un hecho fundamental.

En cuanto a la cuestión de cómo puede afrontarse y contrarrestarse del modo más ventajoso el *afán de poder personal*, este mal, el más destacado de la cultura de la humanidad, la dificultad reside en que en la época <!-- S. 56 --> en que surge este afán es difícil entenderse con el niño. Solo mucho más tarde puede empezarse a aclarar las cosas y a intervenir para corregir un desarrollo defectuoso. Sin embargo, la convivencia con el niño en esa época ofrece la posibilidad de hacerlo, desplegando el sentimiento de comunidad existente en todo niño de tal manera que el afán de poder no pueda hacerse prepotente.

Otra dificultad es que ya los niños no hablan del todo abiertamente de su afán de poder, sino que lo ocultan y procuran ponerlo en obra de manera solapada, so pretexto de benevolencia y de sentimientos de ternura. Evitan con pudor que se les sorprenda en ello. El afán de poder sin freno, que procura reforzarse, produce degeneraciones en el desarrollo de la vida anímica infantil, de modo que, en el impulso exacerbado de llegar a la seguridad y al poder, el valor puede convertirse en insolencia, la obediencia en cobardía, y la ternura en una astucia para llevar al otro a ceder, a obedecer, a someterse, y todos los rasgos de carácter, además de su naturaleza manifiesta, pueden recibir un añadido de astuto deseo de superioridad.

La educación consciente que actúa sobre el niño obra bajo el impulso consciente o inconsciente de ayudar al niño a salir de su inseguridad, de equiparlo para la vida con habilidad, saber, entendimiento ejercitado e interés por los demás. Todas estas medidas, vengan de donde vengan, han de entenderse ante todo como intentos de crear para el niño que crece caminos nuevos por los que pueda librarse de su sentimiento de inseguridad e inferioridad o hacerlo soportable. Lo que ocurre entonces en el niño se desarrolla por la vía de rasgos de carácter, que son la expresión de lo que pasa en el alma del niño cuando entra en relación con el entorno.

El *grado de eficacia* del sentimiento de inseguridad e inferioridad depende principalmente de la *concepción* del niño. Sin duda el grado objetivo de la inferioridad es importante y se hará sentir al niño. Pero no puede esperarse que el niño haga a este respecto estimaciones acertadas, como tampoco ocurre en los adultos. Por <!-- S. 57 --> esta razón crecen enormemente las dificultades de *nuestro conocimiento*. Un niño crece en circunstancias tan complicadas que un error sobre el grado de su inferioridad e inseguridad es casi natural. Otro niño podrá estimar mejor su situación. Pero, en conjunto, hay que tomar siempre en consideración el *sentimiento* del niño, que oscila a diario hasta que finalmente experimenta de un modo u otro una consolidación y se manifiesta como *autoestimación*. Según como esta resulte, así será la compensación, la *compensación* que el niño busca para su sentimiento de inferioridad, y de acuerdo con ello se producirá también la fijación de la meta.[^t5]

El mecanismo anímico del afán de compensación, por el cual el órgano anímico responde siempre a un sentimiento de inferioridad con el empeño de compensar ese sentimiento torturante, tiene una analogía en la vida orgánica. Es un hecho probado que los órganos vitales, cuando presentan una debilidad, siempre que sean viables, empiezan a responder con un extraordinario aumento de su rendimiento. Así, ante dificultades que amenazan la circulación sanguínea, el corazón trabajará con fuerzas redobladas, sacará esta fuerza de todo el organismo, aumentará con ello de tamaño y crecerá hasta un volumen mayor que el de un corazón que trabaja normalmente. De modo semejante, bajo la presión de la pequeñez, de la debilidad, del sentimiento de inferioridad, el órgano anímico intentará con esfuerzos violentos dominar ese sentimiento y eliminarlo.

Si el sentimiento de inferioridad es especialmente opresivo, existe el peligro de que el niño, en su angustia de salir perdiendo en su vida futura, no se contente con la mera compensación y vaya demasiado lejos (*sobrecompensación*). El afán de poder y de superioridad se exacerba y se intensifica hasta lo enfermizo. A tales niños no les bastarán las relaciones habituales de su vida. Conforme a su meta, puesta tan alto, tomarán impulso para movimientos grandes y llamativos. Con una prisa especial, con impulsos fuertes que van mucho más allá de la medida habitual, sin consideración a su entorno, procuran asegurar su propia posición. <!-- S. 58 --> De este modo llaman la atención, intervienen perturbadoramente en la vida de los demás y los obligan, naturalmente, a defenderse. Están contra todos y todos contra ellos. No todo tiene que transcurrir enseguida del peor modo. Un niño así puede moverse durante mucho tiempo por cauces que quizá parezcan normales por fuera; puede ejercitar el rasgo de carácter que primero le crece por este camino, la ambición, de tal manera que todavía no entre en conflicto abierto con otros. Pero se encontrará regularmente que las disposiciones que toma no producen verdadera alegría a nadie, que tampoco dan efectos verdaderamente útiles, porque ese es un camino que a nuestra cultura le parece inaceptable. Pues con su ambición, que en la infancia no saben en absoluto dirigir y ejercitar de modo que resulte fecunda, sino que por lo común exacerban, se cruzarán siempre perturbadoramente en el camino de otras personas. Más tarde se añaden por lo común otros fenómenos que, en el marco de un organismo social como debe ser la sociedad humana, significan ya hostilidad. Aquí entran sobre todo la vanidad, la soberbia y un afán de avasallar al otro a toda costa, lo que puede presentarse también de modo que el individuo mismo ya no aspire a subir más alto, sino que se conforme con que el otro descienda. Entonces solo le importa la distancia, la mayor diferencia entre él y los demás. Pero tal actitud ante la vida no solo es perturbadora para el entorno, sino que se hará sentir desagradablemente también a quien presenta estos fenómenos, llenándolo tanto de los lados sombríos de la vida que no brota de ello verdadera alegría de vivir.

Con esfuerzos especiales, mediante los cuales estos niños quieren crecer por encima de todos los demás, entran en contradicción con las tareas comunes que incumben a los hombres. Si se compara este tipo de los ávidos de poder con el ideal de un hombre de comunidad, con alguna experiencia se adquirirá aquella práctica en la estimación que permite determinar aproximadamente cuánto se ha alejado un hombre del sentimiento de comunidad.

Y así, la mirada del conocedor del hombre puede recaer, si bien con la mayor cautela, en defectos corporales y anímicos que <!-- S. 59 --> le sugieren que aquí ha debido de tener lugar un desarrollo dificultado de la vida anímica. Si tenemos esto presente, seremos conscientes, siempre que nosotros mismos hayamos desarrollado suficientemente nuestro sentimiento de comunidad, de no causar daño alguno, sino de poder solo ser útiles. Esto, en primer lugar, en el sentido de que no hagamos responsable de su modo de ser al portador de una deformidad o de un rasgo de carácter antipático, sino que le respetemos hasta el límite extremo su derecho a estar disgustado; de que seamos conscientes de la culpa común que también nos alcanza a todos nosotros, que no hemos tomado suficientes precauciones a este respecto y nos hemos hecho así cómplices de la miseria social. Desde este punto de vista nuestro podremos procurar alivio y no nos enfrentaremos ya a tales personas como a un desecho, a un producto de degeneración de la humanidad. Con este conocimiento tendremos que crearle primero aquella atmósfera que le permita un desarrollo más libre y le facilite estimarse, en su relación con el entorno, igual y de igual valor. Si recordamos cuán desagradablemente nos afecta a menudo la vista de una persona cuya inferioridad innata es ya visible por fuera, podremos medir qué obra de educación tenemos que emprender primero en nosotros mismos para ponernos de acuerdo con la verdad absoluta del sentimiento de comunidad, y cuánto le ha quedado debiendo la cultura a esas personas. Es natural que precisamente las personas que vinieron al mundo con órganos inferiores sientan enseguida el peso de la vida, que a otros se les ahorra, y desarrollen fácilmente una concepción pesimista del mundo. Y en la misma situación se hallan también todos los demás niños en los que la inferioridad de un órgano no llama tanto la atención, pero que igualmente, con razón o sin ella, llevan en sí un sentimiento de inferioridad. Este puede intensificarse de tal modo por situaciones especiales, por ejemplo, por métodos de educación severos, que en su efecto venga a parar en lo mismo. El aguijón que se les clavó en los primeros días de la infancia ya no se lo quitan; la frialdad con que se encontraron los ahuyenta de nuevos intentos de acercamiento al entorno, lo que acaba en que se creen ante un mundo sin amor con el que no es posible establecer vínculo alguno.

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Ejemplo: un paciente llama la atención porque camina siempre como oprimido por una carga y subraya siempre cuán imbuido está del sentimiento del deber y de la importancia de sus actos. Con su mujer vive en la peor relación imaginable. Ambos son personas que operan siempre con precisión milimétrica sobre una línea cuyo punto final lo constituye la superioridad sobre el otro. La consecuencia son desavenencias, luchas en cuyo curso los reproches mutuos se hacen cada vez más agudos y graves, hasta que el lazo se rompe y ya no pueden restablecer la relación entre ellos. Sin duda este hombre había conservado una parte de su sentimiento de comunidad. Pero lo que podía ofrecer a su mujer, a sus amigos y al resto de su entorno estaba estrangulado por su inclinación a hacer el papel de superior.

De la historia de su vida cuenta lo siguiente: hasta los 17 años no estaba en absoluto desarrollado corporalmente, no había crecido, su voz era todavía la de un muchacho, le faltaba la barba y, por su estatura, era de los más pequeños. Hoy tiene 36 años. Nada llama la atención en él; su apariencia exterior masculina es del todo intachable. La naturaleza le ha devuelto todo lo que le había negado hasta los 17 años. Pero durante ocho años había sufrido por esta interrupción del desarrollo, y entonces no podía saber que desaparecería por sí sola. Así, todo ese tiempo lo atormentó la idea de que se quedaría atrás corporalmente y pasaría siempre por la vida como «el niño». Ya entonces se mostraron en él los inicios de lo que más tarde se hizo visible. En cuanto se encontraba con alguien, intentaba sin cesar hacerle ver que no era el niño que parecía. Lo hacía dándose siempre importancia y haciéndose el importante, y poniendo todos sus movimientos y medios de expresión al servicio del empeño de hacerse valer delante de los demás. Así se formaron en él con el tiempo las cualidades que hoy se le ven. También a su mujer procuraba darle a entender continuamente que en realidad era más grande de lo que ella creía y que, por tanto, le correspondía mucha más importancia de la que se le concedía, mientras que ella, de índole semejante, le remitía a su vez a que en realidad era más pequeño de lo que él suponía. De este modo no podía <!-- S. 61 --> establecerse una relación amistosa, y el matrimonio, que ya en el tiempo del noviazgo había mostrado claros indicios de desavenencia, se rompió por completo. Y con él, a la vez, la conciencia de sí, ya muy quebrantada, de este hombre, que, gravemente conmocionado por este fracaso, acudió al médico. Junto con este tuvo que practicar primero el conocimiento del hombre para comprender qué errores había cometido en la vida. El error de su supuesta inferioridad recorría toda su vida.

### 3. Línea directriz e imagen del mundo

Cuando se emprenden investigaciones de esta clase, conviene establecer la conexión más o menos como si, empezando por una impresión de la infancia, condujera una línea hasta la situación presente. De este modo se logrará en muchos casos trazar la línea anímica sobre la que un hombre se ha movido hasta ahora. Es la *línea de movimiento* sobre la que la vida del hombre transcurre como según un patrón desde su infancia. Algunos tendrán quizá la impresión de que esto es un intento de quitar importancia a los destinos humanos y de que tenemos la tendencia a negar el *libre albedrío*, la forja del propio destino. Esto último es en efecto cierto. Pues lo que realmente actúa es siempre la línea de movimiento de un hombre, cuya configuración está sujeta sin duda a ciertas modificaciones, pero cuya forma principal, cuyo ritmo, cuya energía y cuyo sentido existen firmes e inalterados desde la infancia, no sin conexión con el entorno originario del niño, que más tarde es relevado por el entorno más amplio de la sociedad humana. Para ello hay que intentar siempre seguir la historia de un hombre hasta su más temprana infancia, pues ya las impresiones de la época de lactancia orientan al niño en una dirección determinada y lo mueven a responder de un modo determinado a las cuestiones de la vida. Para esta respuesta se utiliza todo lo que el niño trae a la vida como posibilidades de desarrollo, y la presión a la que está expuesto ya en la época de lactancia influirá ya de manera primitiva en su modo de considerar la vida, en su *imagen del mundo*.

No sorprende, por tanto, que los hombres no cambien en realidad mucho, desde su época de lactancia, en su actitud ante la vida, aunque sus manifestaciones sean muy distintas de las de su primera <!-- S. 62 --> época. Por eso es importante colocar ya al lactante en circunstancias en las que no le resulte fácil adquirir una concepción errónea de la vida. Determinantes son aquí sobre todo la fuerza y la resistencia de su constitución orgánica, la situación social del niño y la peculiaridad de los educadores. Aunque al principio las respuestas se producen solo de manera automática, refleja, pronto su actitud se modifica, en el sentido de una finalidad, de tal modo que ya no son solo los factores exteriores de la necesidad o de la abundancia los que constituyen su sufrimiento y su dicha, sino que más tarde es capaz de sustraerse con su propia fuerza a la presión de esos factores. En su afán de notoriedad, tales niños procuran zafarse de la presión de sus educadores y se convierten así en antagonistas. Este proceso cae en la época del llamado *descubrimiento del yo*, aproximadamente la época en que el niño empieza a hablar de sí mismo en primera persona. En ese momento el niño es también ya consciente de que está en una relación fija con el entorno, que, nada neutral, lo obliga a tomar posición y a disponer sus relaciones con él tal como lo exige su bienestar, entendido en el sentido de su imagen del mundo.

Si retenemos ahora lo dicho sobre la tendencia a una meta en la vida anímica humana, se nos hace claro por sí mismo que a esta línea de movimiento tiene que adherirse como rasgo especial una unidad indestructible. Es también ella la que nos pone en condiciones de comprender a un hombre como personalidad unitaria, lo cual es especialmente importante en el caso de que un hombre presente movimientos de expresión que parecen contradecirse. Hay niños cuya conducta en la escuela es completamente opuesta a la que tienen en la familia, y también en el resto de la vida encontramos personas cuyos rasgos de carácter se presentan en formas tan aparentemente contradictorias que podemos engañarnos sobre el verdadero modo de ser de esas personas. Del mismo modo puede ocurrir que los movimientos de expresión de dos personas se parezcan exteriormente por completo, pero que, examinando el caso más de cerca, según la línea de movimiento que les subyace, resulten de tal índole que el uno es todo lo contrario del otro. Cuando dos hacen lo mismo, no es lo mismo; pero cuando dos no hacen lo mismo, puede, sin embargo, ser lo mismo.

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Se trata precisamente de considerar los fenómenos de la vida anímica, a causa de su *ambigüedad*, no aisladamente, separados unos de otros, sino justo al contrario, en su conexión, y todos ellos como dirigidos unitariamente a una meta común. Lo que importa es el significado que un fenómeno tiene para un hombre en toda la conexión de su vida. Solo la consideración de que todo lo que en él se manifiesta pertenece a una dirección unitaria nos allana el camino para comprender su vida anímica.

Si hemos comprendido que el pensar y el obrar humanos están sujetos a la tendencia a una meta, que están condicionados y dirigidos *finalmente*, comprenderemos también la posibilidad de la mayor fuente de errores, que se le da al individuo por el hecho de que el hombre refiere precisamente todos los triunfos y demás ventajas de su vida a su peculiaridad y los aprovecha en el sentido de un afianzamiento de su patrón individual, de su línea directriz. Esto solo es posible porque deja todo sin examinar, lo recibe y lo administra en la oscuridad de lo consciente y de lo inconsciente. Solo la ciencia es la que arroja luz aquí y nos pone en condiciones de captar todo el proceso, de comprenderlo y, finalmente, también de cambiarlo.

Concluimos nuestras explicaciones sobre este punto con un ejemplo, en el que intentaremos analizar y explicar cada fenómeno particular con ayuda de los conocimientos individualpsicológicos obtenidos hasta ahora.

Una mujer joven se presenta como paciente y se queja de una insatisfacción invencible, cuya causa procura atribuir a la circunstancia de que una multitud de trabajos de toda clase la tienen ocupada todo el día. Lo que podemos observar exteriormente en ella es un modo de ser apresurado, ojos inquietos, y se queja de una gran desazón que la acomete cuando se dispone a hacer una salida o a acometer cualquier otra tarea. Por su entorno nos enteramos de que se lo toma todo muy a pecho y de que parece desplomarse bajo el peso de sus trabajos. La impresión general que recibimos de ella es en principio la de una persona que se lo toma todo muy en serio, forma de manifestarse que es propia de muchísimas personas. Significativamente, alguien de su entorno cuenta que ella «siempre ha hecho historias».

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Si sopesamos la tendencia a tomar como especialmente difíciles e importantes las tareas que a uno le incumben, intentando imaginarnos lo que significa tal comportamiento en un grupo de personas o en un matrimonio, no podemos sustraernos a la impresión de que esta tendencia se parece a un llamamiento al entorno para que no imponga más cargas, puesto que ya los trabajos más imprescindibles apenas pueden llevarse a cabo.

Lo que hasta ahora sabemos de esta mujer no puede bastarnos todavía. Tenemos que intentar moverla a darnos más datos. En tales indagaciones hay que proceder con la delicadeza conveniente, sin presunción, que provocaría inmediatamente una postura de lucha en el paciente; más bien hacer preguntas a modo de conjetura. Si se tiene la posibilidad de entablar conversación, puede insinuarse lentamente —como en nuestro caso— que en realidad todo su modo de ser, todo su comportamiento muestra que quiere dar a entender a otro, que probablemente será su marido, que no soporta una carga más, que reclama un trato cuidadoso, delicadeza. Puede seguirse tanteando e insinuar que todo esto tuvo que empezar en algún momento y recibir algún impulso. Se logra moverla a confirmar que hace años tuvo que pasar por una época en que de todo se le dispensó menos delicadeza. Ahora reconocemos ya mejor su comportamiento como un refuerzo de su exigencia de consideración y como un empeño de evitar el retorno de una situación en la que pudiera verse herido su anhelo de calor.

Nuestro hallazgo se ve corroborado por una comunicación ulterior. Habla de una amiga que en muchos aspectos es lo contrario de ella, que vive en un matrimonio desdichado del que precisamente quisiera huir. Una vez la encontró cuando, con un libro en la mano, daba a entender a su marido con voz aburrida que en realidad no sabía si hoy podría tener lista a tiempo la comida del mediodía, con lo que lo puso en tal excitación que él se dejó llevar a una violenta crítica de su modo de ser. A este suceso añadió nuestra paciente: «Si lo considero bien, mi método es, sin embargo, mucho <!-- S. 65 --> mejor. A mí nunca se me puede hacer un reproche así, porque estoy agobiada de trabajo de la mañana a la noche. Si alguna vez la comida no está lista a tiempo, a mí, que tengo el tiempo lleno de prisas y de continua agitación, nadie puede reprocharme nada. ¿Y ahora tengo que abandonar este método?»

Se ve lo que ocurre en su vida anímica. De manera relativamente inofensiva se hace el intento de conseguir cierta preponderancia, de quedar libre de todo reproche y de abogar siempre por un trato delicado y un modo de ser delicado. Como esto da resultado, la exigencia de renunciar a ello no parece del todo comprensible. Pero tras este comportamiento se esconde todavía algo más. El llamamiento a la delicadeza, que en definitiva busca también la preponderancia sobre el otro, nunca puede hacerse con suficiente apremio. Y así surgen en esta conexión contrariedades de la más diversa índole. Algo se pierde, no se encuentra algo, se produce un desorden, una tensión que siempre le causa dolores de cabeza a la mujer, que no la deja dormir tranquila, porque siempre está ocupada de nuevo con preocupaciones que ve gigantescas y que abulta solo para poner en su justa luz sus esfuerzos. Una invitación que se le hace es ya un asunto difícil. Para atenderla son necesarios grandes preparativos. La más pequeña tarea le parece desmesuradamente grande, y así una visita de cortesía es un trabajo pesado que exige horas, e incluso días, de preparación. En un caso así puede contarse con bastante seguridad con que se producirá una negativa, o por lo menos un retraso. La vida social de una persona así no sobrepasará ciertos límites.

Ahora bien, en una relación entre dos personas como el matrimonio hay multitud de relaciones que el llamamiento a la delicadeza pone bajo una luz especial. Puede ser que el marido tenga que ausentarse por su profesión, que tenga un círculo de amigos, que tenga también que hacer visitas solo o acudir a reuniones de asociaciones a las que pertenece. ¿No heriría la exigencia de delicadeza, de consideración, si en tales casos dejara sola en casa a su mujer? En el primer momento estaríamos quizá inclinados —y esto es en efecto muy frecuente— a <!-- S. 66 --> suponer que el matrimonio autoriza a atar al otro a la casa con toda la fuerza posible. Por simpática que pueda parecer en parte esta exigencia, en la realidad se muestra que significa una dificultad insuperable para una persona que ejerce una profesión. Las perturbaciones son entonces inevitables, y así puede ocurrir, como en nuestro caso, que el marido, que después del cierre del portal[^t6] quiere buscar su cama con cuidado y sin ruido, se vea sorprendido al encontrar a su mujer todavía despierta, que lo recibe con gesto de reproche. No hace falta pintar aquí más las situaciones de esta clase, bastante conocidas. Tampoco debe pasarse por alto que no se trata solo de pequeños defectos de la mujer, sino que hay otros tantos hombres que tienen la misma actitud. Pero aquí se trata de mostrar que la exigencia de una delicadeza especial puede tomar a veces también otro camino. En nuestro caso, un suceso de esta clase transcurre habitualmente así: si el marido tiene que pasar una velada fuera de casa, la mujer le declara que sale tan pocas veces en sociedad que esta vez no debe volver a casa demasiado pronto. Aunque lo dice en tono de broma, sus palabras encierran, sin embargo, un núcleo muy serio. Esto contradice aparentemente la imagen esbozada hasta ahora. Pero si se mira de cerca, se reconoce la coincidencia. La mujer es tan lista que, aun sin pensarlo, no procede con demasiada severidad. Ofrece también exteriormente la imagen de la mayor amabilidad en todos los aspectos. Nuestro caso es en sí del todo intachable y solo nos ocupa por el interés psicológico. El verdadero significado de sus palabras al marido reside en que ahora es la *mujer* la que ha dado la orden. Ahora, después de que *ella* lo ha permitido, está permitido, mientras que se habría sentido sumamente ofendida si el marido lo hubiera hecho por propia iniciativa. Su declaración obra, pues, como un encubrimiento de toda la situación. Ahora es *ella* la parte que dirige, y el marido, aunque solo cumple una obligación social, ha pasado a depender del deseo y la voluntad de la mujer.

Si unimos ahora la exigencia de una delicadeza especial con nuestro nuevo conocimiento de que esta mujer solo soporta lo que ella misma ordena, se nos ocurre de pronto que toda la vida de esta mujer tiene que estar atravesada por un impulso inaudito <!-- S. 67 --> de no desempeñar un papel secundario, de conservar siempre la superioridad, de no ser desalojada de su posición por ningún reproche, de ser siempre el centro de su pequeño entorno. Esta línea la encontraremos en ella en toda situación. Así, cuando se trata de cambiar de criada. Entonces cae en la mayor agitación, claramente por la preocupación de si podrá mantener también con la nueva criada el dominio acostumbrado hasta entonces. Lo mismo cuando se prepara para salir. Es algo distinto para ella vivir en una esfera en la que su dominio parece asegurado incondicionalmente que dejar la casa, irse «a lo ajeno», a la calle, donde de pronto ya nada está sometido a su voluntad, donde hay que apartarse ante cada coche, donde, por tanto, se desempeña un papel muy pequeño. Causa y significado de esta tensión solo se aclaran, pues, si se piensa en la plenitud de poder que esta mujer reclama en casa.

Tales fenómenos aparecen a menudo bajo un patrón tan simpático que en el primer momento ni se le ocurre a uno pensar que una persona así sufre. Este sufrimiento puede alcanzar grados elevados. Basta imaginarse aumentadas tensiones como las de nuestro caso. Así, hay personas que sienten aprensión a utilizar el tranvía o el ferrocarril porque allí no tienen voluntad propia. Esto puede llegar tan lejos que tales personas acaben por no querer salir ya de casa en absoluto, como en la agorafobia.

En su desarrollo ulterior, nuestro caso es un ejemplo instructivo de cómo las impresiones de la infancia siguen actuando una y otra vez en la vida de una persona. No puede negarse que esta mujer, desde *su* punto de vista, tiene razón. Pues si alguien se dispone a ello y orienta toda su vida a reclamar con inaudita intensidad calor, veneración y delicadeza, el medio de comportarse siempre como agobiado y agitado no es tan malo, porque así no solo puede lograr mantener alejada de sí toda crítica, sino también mover al entorno a amonestar siempre con suavidad, a ayudar y a evitar todo lo que pudiera perturbar el equilibrio anímico de esa persona.

Si retrocedemos un trecho mayor en la vida de nuestra paciente, nos enteramos de que ya en la escuela, cuando no podía resolver su <!-- S. 68 --> tarea, caía en una agitación extraordinaria y obligaba así a los maestros a proceder con ella con mucha delicadeza. A esto añade todavía lo siguiente: era la mayor de tres hermanos; la seguía un hermano y, tras este, otra niña. Con el hermano había siempre peleas. Le parecía siempre el preferido, y le irritaba muy especialmente que se siguieran sus resultados escolares siempre con gran atención, mientras que ella, que al principio era una buena alumna, encontraba con sus buenos resultados una indiferencia tal que apenas la soportaba ya y cavilaba continuamente por qué aquí se medía con distinta vara.

Comprendemos ya que esta niña buscaba la *paridad*, que desde la infancia tuvo que tener un fuerte sentimiento de inferioridad que procuraba compensar. En la escuela lo hizo convirtiéndose en una mala alumna. Intentó superar al hermano con malos resultados escolares, no en el sentido de una moral más elevada, sino en su sentido infantil, para atraer con especial fuerza sobre sí la atención de los padres. Algo conscientes sí fueron estos procesos, pues hoy afirma con toda claridad que *quería* convertirse en una mala alumna. Pero tampoco de sus malos resultados escolares se preocuparon los padres en lo más mínimo. Y entonces ocurrió de nuevo algo *interesante*: de pronto volvió a tener buenos resultados escolares. Pero ahora entró en escena de manera llamativa su hermana menor. También esta tenía malos resultados escolares, pero la madre se preocupaba por ella casi tanto como por el hermano, y por una razón curiosa: mientras nuestra paciente solo tenía malas notas en las asignaturas, la hermana tenía mala calificación en conducta. De este modo esta conseguía mucho mejor atraer la atención sobre sí, porque las malas notas en conducta tienen un efecto social muy distinto. Llevan consigo medidas especiales que obligan a los padres a ocuparse más del niño.

La lucha por la paridad había fracasado, pues, por el momento. Ahora hemos de mantener firmemente que el fracaso de una lucha por la igualdad de valor nunca lleva a que se produzca un punto de reposo en este proceso. Ninguna persona soporta una situación así. A partir <!-- S. 69 --> de aquí se desencadenarán una y otra vez nuevos impulsos y empezarán nuevos esfuerzos que contribuyen a formar la imagen del carácter de esa persona. Comprendemos ahora otra vez algo mejor estas dificultades, las prisas, el empeño de presentarse siempre ante los demás como abrumada y agobiada. Originariamente todo esto iba dirigido a la madre; debía ser una coerción para los padres, para atraer sobre sí su atención con la misma fuerza que la otra hermana, y a la vez un reproche por tratarla peor que a esta. El estado de ánimo fundamental de la mujer, creado entonces, se ha conservado hasta hoy.

Se puede retroceder todavía más en su vida. Como vivencia infantil especialmente impresionante cuenta que a los tres años quiso una vez pegar con un trozo de madera a su hermano, que había nacido poco antes, y que solo la cautela de la madre evitó un daño mayor. Con un olfato extraordinariamente fino, esta niña había descubierto ya entonces que la causa de su postergación y de su menor estima era la circunstancia de que no era más que una niña y de que el hermano la había destronado. Recuerda con toda exactitud que en aquella época salió de sus labios innumerables veces el deseo de llegar a ser un muchacho. Por la llegada del hermano no solo se vio sacada del calor que hasta entonces había tenido su nido, sino que su estado de ánimo se ensombreció todavía especialmente porque a él, como varón, se le dispensaba un trato mucho más distinguido que a ella misma. En su afán de compensar esta carencia, dio con el tiempo en el método de presentarse siempre como agobiada.

Un sueño mostrará cuán hondamente anclada está la línea de movimiento de una persona en su vida anímica. Esta mujer sueña que en casa mantiene una conversación con su marido. Pero este no tiene en absoluto aspecto de hombre, sino que es una mujer. Este detalle muestra, como en un símbolo, el patrón con que ella aborda sus vivencias y relaciones. El sueño significa que ha encontrado la paridad con el hombre. Él ya no es el hombre superior, como en su tiempo su hermano; es ya casi como una mujer. Entre ellos ya no hay diferencia de altura. En el sueño ha conseguido lo que en realidad había deseado siempre ya en la infancia.

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Así, mediante la unión de dos puntos de la vida anímica de una persona, hemos descubierto su línea vital, su línea directriz, y hemos podido obtener de ella una imagen unitaria que, resumiendo, podemos describir así: tenemos ante nosotros a una persona que tiene el afán de desempeñar, con medios amables, el papel superior.

## Capítulo VI. La preparación para la vida

Un principio de la psicología individual reza así: *Todos los fenómenos de la vida anímica han de entenderse como preparaciones para una meta que se tiene presente.* La configuración de la vida anímica que hemos descrito hasta aquí tiene para nosotros el sentido de una preparación para un futuro en el que los deseos del individuo aparezcan cumplidos. Es este un fenómeno humano general, y todos los hombres tienen que pasar por este proceso. Esto nos cuentan también los viejos mitos, sagas y leyendas que se entusiasman con un estado ideal que habrá de llegar algún día o que ya existió una vez. A ello pertenece la convicción de todos los pueblos de que se perdió un paraíso, y otro eco de este anhelo de la humanidad se encuentra en todas las religiones, que cuentan con un futuro en el que todas las dificultades estarán superadas. No de otro modo ha de interpretarse la alusión a la bienaventuranza o al eterno retorno, la creencia de que el alma puede volver a configurarse una y otra vez. Todos los cuentos nos dan testimonio de que la esperanza en un futuro dichoso nunca había desaparecido de la humanidad.

### 1. El juego

Hay en la vida infantil un fenómeno que muestra con mucha claridad la preparación para el futuro: los juegos. No han de considerarse en absoluto como una especie de ocurrencia caprichosa de los padres o de otros educadores, sino como recursos de la educación, como estímulos para el espíritu, para la fantasía y la destreza. En el juego se muestra regularmente la preparación para el futuro. Así, en el modo en que el niño se sitúa ante el juego, en la elección de este, en la importancia que le atribuye. Del mismo modo se mostrará siempre en el juego cómo está constituida la relación del niño con su <!-- S. 71 --> entorno, cómo se sitúa frente a sus semejantes, si amistosa u hostilmente, y si en particular está especialmente acentuada la inclinación a dominar. También puede observarse en el juego qué actitud tiene el niño ante la vida. El juego es, pues, de extraordinaria importancia para el niño. El descubrimiento de estos hechos, que nos enseñan a entender los juegos de los niños como preparaciones para el futuro, se debe a *Groß*[^t7], profesor de pedagogía, que mostró que esta tendencia subyace también a los juegos de los animales.

Con esto no se ha agotado todavía todo punto de vista. Ante todo, los juegos son también una actividad del sentimiento de comunidad, que en el niño es tan grande que en todas las circunstancias busca en ellos su satisfacción y se siente poderosamente atraído por ellos. Los niños que esquivan el juego son siempre sospechosos de un fracaso. Son de esos que gustan de retirarse y que, cuando se los reúne con otros, por lo general solo son aguafiestas. La soberbia, una deficiente estimación de sí mismos y, en consecuencia, el miedo a desempeñar mal su papel, son las razones principales de ello. En general, podrá determinarse con gran seguridad la medida del sentimiento de comunidad de los niños en sus juegos.

Otro factor que se manifiesta con mucha claridad en el juego es la meta de la superioridad, que se delatará en la inclinación a mandar, a dominar. Se reconocerá en si el niño se pone por delante, y cómo, y en qué medida prefiere juegos que le dan ocasión de satisfacer tales inclinaciones y de desempeñar un papel dominante. Se encontrarán pocos juegos que no tengan en cuenta al menos uno de estos tres factores: preparación para la vida, sentimiento de comunidad y afán de dominio.

Pero hay todavía otro factor inherente al juego. Es la posibilidad que tiene el niño de actuar jugando. En el juego el niño depende más o menos de sí mismo, y sus realizaciones, en relación con los demás, vienen impuestas por el juego. Hay un gran número de juegos que ponen en primer plano precisamente el momento creador. Sobre todo los juegos que ofrecen al niño un amplio campo para ejercitar su inclinación creadora encierran un elemento importante para la futura <!-- S. 72 --> profesión. Y seguramente ha ocurrido en la historia de la vida de muchas personas que, por ejemplo, primero hacían vestidos para muñecas y más tarde para adultos.

El juego está unido inseparablemente al desarrollo anímico del niño. Es, por así decir, su actividad profesional, y así ha de entenderse. Por eso no es tampoco cosa tan inofensiva molestar a un niño en su juego. El juego no debe entenderse como una pérdida de tiempo. En vista de la meta de prepararse para el futuro, en cada niño hay ya algo del adulto que un día representará. Por eso es para nosotros una facilidad importante, al juzgar a una persona, conocer también su infancia.

### 2. Atención y distracción

Una facultad del órgano anímico que ocupa el primer plano de la capacidad de rendimiento de un hombre es la atención. Cuando ponemos atentamente nuestros órganos de los sentidos en relación con un proceso exterior o interior a nuestra persona, tenemos el sentimiento de una tensión especial, y precisamente de una tensión que no se extiende por todo el cuerpo, sino que se limita a un determinado ámbito sensorial, por ejemplo, al ojo. Tenemos el sentimiento de que aquí se estuviera preparando algo. De hecho, puede comprobarse que se trata de procesos de movimiento (en nuestro caso, la orientación de los ejes de los ojos) que nos procuran la sensación de esta tensión especial.

Si la operación de la atención provoca una tensión en un determinado ámbito del órgano anímico y de nuestro mecanismo motor, con ello se dice al mismo tiempo que deben mantenerse alejadas otras tensiones. Así se explica que, en cuanto nos dedicamos atentamente a una cosa, queramos apartar toda perturbación. La atención significa, pues, para el órgano anímico una posición de disponibilidad, una vinculación personal con hechos, la preparación para un ataque o para un movimiento de defensa que nos surge de una necesidad, de una situación nueva e inusual en la que toda nuestra fuerza ha de ponerse al servicio de un fin especial.

La capacidad de atención la posee todo hombre, a no ser que esté enfermo o sea mentalmente deficiente. Sin embargo, ocurre <!-- S. 73 --> a menudo que se echa de menos la atención en una persona. Para ello hay una serie de razones. En primer lugar, el cansancio o la enfermedad son factores que menoscaban la capacidad de desplegar atención. Además, hay personas cuya atención deficiente se debe a que no quieren en absoluto prestar atención, porque el objeto al que deben dirigirse no encaja con su actitud ante la vida, con su línea de movimiento. En cambio, su atención se despierta en seguida cuando se trata de un asunto que de algún modo tiene que ver con su línea vital. Otra razón de la falta de atención puede residir en una inclinación a la oposición. Los niños son sumamente propensos a la oposición, y ocurre que tales niños responden con un no a cualquier estímulo que se les ofrezca. Para ello no necesitan exhibir abiertamente su oposición. En tales casos es cosa del método de enseñanza y del tacto educativo establecer la conexión de la materia de enseñanza con el plan de vida inconsciente, con la línea directriz del niño, reconciliar al niño, por así decir, con ella, como ocurre en particular con los *niños mimados*.

Hay también personas que lo ven y lo oyen todo, que perciben cada fenómeno, cada cambio. Otras se sitúan ante el mundo, por así decir, solo con su aparato visual; otras, preferentemente con su aparato auditivo; estas no ven nada en absoluto, no toman nota de nada y no hay modo de ganarlas mientras se trate de cosas visibles. También estas son razones de que tan a menudo se eche de menos la atención allí donde propiamente habría que esperarla.

El factor más importante para despertar la atención es un *interés* verdaderamente fundado en lo hondo. Este se encuentra en un estrato anímico mucho más profundo que la atención. Si hay interés, la atención es algo evidente, sobre lo que la educación no necesita ejercer influencia alguna. Es el mero medio de apoderarse, con un fin determinado, de un ámbito por el que se siente interés. El desarrollo de un hombre no transcurre sin fallos, sino que discurre más o menos por caminos erróneos. De esta actitud errónea de un hombre quedará afectado, naturalmente, también su interés, de modo que este puede dirigirse a cosas que, en vista <!-- S. 74 --> de una mejor preparación para la vida, no son importantes. Si, por ejemplo, el interés de una persona está dirigido en exceso a la propia persona, en particular al poder personal que posee, se mostrará que está atenta en todas partes donde se toca su interés de poder, ya sea porque haya algo que ganar para ella o porque su poder esté amenazado. En los demás casos no habrá modo de cautivar su atención mientras su interés de poder no haya sido sustituido por otro interés. Sobre todo en los niños puede observarse claramente cómo se vuelven atentos en seguida cuando para ellos se trata de ganar valía, pero cómo su atención se extingue rápidamente cuando tienen la sensación de que no hay nada que sacar para su valía. Aquí pueden aparecer las conexiones y singularidades más variadas.

La falta de atención no dice propiamente otra cosa sino que una persona prefiere sustraerse a un asunto para el que se espera su atención. La falta de atención se consigue sencillamente dirigiéndola a otra cosa. Por eso es inexacto decir que alguien no puede «concentrarse». Siempre resultará que puede hacerlo muy bien, solo que respecto de otra cosa. De modo parecido a lo que ocurre con la *falta de concentración* sucede en los casos de la llamada *abulia o falta de energía*. También aquí se encuentra casi siempre una voluntad bastante inflexible y una energía no menor, pero en una dirección distinta de la que se desea.

El tratamiento de tales casos no es fácil. Solo puede emprenderse descubriendo todo el plan de vida de una persona así. En todo caso, puede suponerse que una falta existe solo porque se aspira a otra cosa y se elimina el problema en cuestión.

En muchas personas la falta de atención se convierte en un rasgo de carácter permanente. Muy a menudo se encuentran personas a quienes se ha asignado un trabajo determinado, pero que de algún modo lo rechazan o lo realizan deficientemente, de modo que esas personas acaban siendo una carga para otros. Su rasgo de carácter permanente es la falta de atención, que se presenta en cuanto deben dedicarse por su cuenta a la actividad que se les exige. Se encuentra en los niños mimados que buscan más mimo.

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### 3. Negligencia y olvido

De negligencia se habla por lo común cuando la seguridad o la salud de una persona se ponen en peligro por descuido, por falta de atención en la aplicación del cuidado necesario. La negligencia es un fenómeno que nos presenta la plena falta de atención, la falta de interés de un hombre por los demás. La falta de atención tiene su razón en la falta de interés por el semejante. Por los rasgos de negligencia puede percibirse, por ejemplo, en los juegos de los niños, si piensan más en sí mismos o lo suficiente en los demás. Los fenómenos de esta índole son una medida segura del sentido de comunidad (*Gemeinsinn*)[^t8], del sentimiento de comunidad de un hombre. Con un sentimiento de comunidad deficientemente desarrollado, una persona, aun bajo amenaza de castigo, solo podrá reunir con gran esfuerzo el interés por el otro, mientras que en una persona con un sentido de comunidad desarrollado este interés se establece sin esfuerzo, o ya existe, automatizado.

La negligencia es, por tanto, falta de sentimiento de comunidad. No obstante, tampoco aquí estaría en su lugar una intolerancia demasiado grande. Pues hay que investigar siempre también *por qué* una persona no posee el interés que esperamos de ella.

Por una restricción de la atención se produce el *olvido*, así como el *extravío* de objetos importantes. Aquí existe sin duda la posibilidad de una atención mayor, el interés, pero no plenamente, sino disminuido por un cierto desagrado que introduce, favorece o produce el extravío o el olvido. Este es el caso, por ejemplo, cuando los niños pierden sus libros. Casi siempre podrá comprobarse fácilmente que todavía no se han acostumbrado bien a las condiciones escolares. Hay además amas de casa que continuamente extravían o pierden sus llaves. También aquí resultará casi siempre que son mujeres que no logran avenirse del todo con la profesión de ama de casa.

Las personas olvidadizas son de esas a las que no les gusta rebelarse abiertamente, pero que con su olvido delatan cierta falta de interés por sus tareas, su aversión.

### 4. Lo inconsciente

En nuestras descripciones ya habrá llamado la atención que a menudo se trata de procesos y fenómenos <!-- S. 76 --> sobre los que su portador casi nunca puede decir gran cosa. Una persona atenta rara vez sabrá decir por qué, por ejemplo, lo ve todo en seguida. Hay, pues, facultades del órgano anímico que no han de buscarse en el ámbito de la conciencia. Aunque también una atención consciente puede forzarse hasta cierto grado, el estímulo de la atención no reside en la conciencia, sino en el interés, y este se halla a su vez, en su mayor parte, en la esfera de lo inconsciente. Lo inconsciente es, en todo su perímetro, una operación del órgano anímico y, a la vez, el factor más fuerte de la vida anímica. Allí han de buscarse y encontrarse las fuerzas que configuran la línea de movimiento de un hombre, su plan de vida (inconsciente). En la conciencia solo existe un reflejo, a veces incluso, en apariencia, lo contrario de ello. Así, por ejemplo, una persona vanidosa no tendrá, en la mayoría de los casos, idea alguna de su vanidad, sino que, al contrario, se comportará de modo que salte a la vista de todos más bien su modestia. Para ser vanidoso no es en absoluto necesario saberlo también y darse cuenta de ello. Es más, para el fin de esta persona ni siquiera es bueno, pues de lo contrario no podría actuar así. Esa seguridad suya, que parece de actor, la obtiene muchas veces solo si no ve nada de su vanidad y dirige su atención a otra cosa. Así, todo el proceso transcurre en gran parte en la oscuridad. Si se intenta hablar con ella de ello, se notará que una conversación sobre el asunto se entabla con mucha dificultad, porque tiene la tendencia a darse la vuelta, a escabullirse, como para no ser molestada. Pero esto no puede sino confirmar nuestra concepción. Esta persona quiere seguir jugando su juego y siente a todo el que quiere levantar el velo como un aguafiestas contra el que entonces se defiende.

Según este modo de conducta pueden dividirse también los hombres entre los que saben de los procesos de su interior más o menos que el término medio, es decir, aquellos cuyo círculo de conciencia es mayor o menor. En la mayoría de los casos esto coincidirá con que uno esté concentrado en un círculo más pequeño de la vida o esté vinculado de muchos modos y tenga interés por un círculo más amplio de la vida humana y del acontecer del mundo. Podemos entender ya también que casi siempre aquellos que se sienten acosados se contarán entre los que se limitan a un pequeño fragmento <!-- S. 77 --> de la vida, que aquellos que están algo apartados de la vida no ven las cuestiones de la vida con tanta claridad como otros que son buenos compañeros de juego. No podrán captar las sutilezas de igual modo, porque solo tienen un interés limitado; verán solo una pequeña parte de una cuestión de la vida y no podrán esclarecer bien toda su extensión, porque evitan dirigir hacia ella su fuerza. Respecto de los fenómenos aislados de la vida puede observarse a menudo que alguien no sabe nada de sus capacidades para la vida, que las subestima, pero que tampoco está suficientemente informado de sus defectos, que se tiene, por ejemplo, por una buena persona mientras que en realidad todo lo hace por egoísmo, o que, a la inversa, se tiene por un egoísta mientras que, al ocuparse uno más de cerca de él, se llega a la conclusión de que es una persona con la que se puede vivir muy bien. Como, en general, no importa lo que uno piense de sí mismo (o lo que otros piensen de él), sino su toma de posición global dentro de la sociedad humana, por la cual se determina y se guía todo lo que quiere en este mundo y lo que en él le interesa.

Se trata, en efecto, de dos tipos de hombres. Unos son los que viven de modo más consciente, se sitúan con más objetividad ante las cuestiones de la vida y no llevan anteojeras; otros, los que, con una opinión preconcebida, solo divisan un pequeño trozo de la vida y del mundo, nunca descubren lo que hay detrás de sus excusas y se dirigen siempre inconscientemente y argumentan inconscientemente. Así puede ocurrir que dos personas que viven juntas encuentren dificultades porque una de ellas está continuamente en la oposición, caso nada raro, que en cuanto a su frecuencia quizá solo sea superado por aquel en que ambas partes están continuamente en oposición. El interesado no sabe nada de ello; cree incluso, y aduce también argumentos en ese sentido, que siempre aboga por la paz y que estima la concordia en grado sumo. Pero los hechos lo desmienten, y en realidad se encuentra que uno apenas puede decir una palabra sin que el otro lo ataque por el flanco y haga una observación en contra, por insignificante y discreta que sea en apariencia. Mirándolo más de cerca, resulta que esta está guiada por un estado de ánimo hostil, belicoso.

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Así desarrollan muchas personas en su interior fuerzas que actúan sin que ellas sepan nada de ello. Estas fuerzas que se encuentran en lo inconsciente influyen en la vida de los hombres y pueden, si no se descubren, conducir a graves consecuencias. *Dostoievski* ha representado un caso así en su novela *Der Idiot* [*El idiota*] de una manera que siempre ha suscitado la admiración de los psicólogos. Es el episodio en que una dama, con ocasión de una reunión social, dice a un príncipe, el protagonista de la novela, en tono algo burlón, que tenga cuidado de no derribar el precioso jarrón chino que está cerca de él, a lo que él asegura que tendrá cuidado. Pero unos minutos más tarde el jarrón yacía ya roto en el suelo. Nadie de la reunión quiso ver en ello un azar, sino una acción completamente consecuente, surgida de todo el carácter de ese hombre, que se había sentido ofendido por las palabras de la dama.

Al juzgar a una persona no dependemos solo de sacar conclusiones de sus acciones y manifestaciones conscientes. Muy a menudo nos guían de modo mucho más acertado y seguro pequeños detalles de su pensar y de su obrar que a ella se le escapan. Así, por ejemplo, las personas que muestran malos hábitos llamativos, como morderse las uñas, hurgarse la nariz y cosas semejantes, no saben en absoluto que con ello delatan que son personas obstinadas, porque no conocen las conexiones que conducen a estos malos hábitos. Para nosotros está claro que un niño tiene que haber sido amonestado repetidamente por tales malos hábitos y que, si a pesar de ello no los dejó, tiene que ser una persona obstinada. Si nuestra mirada estuviera más ejercitada, tendríamos que poder sacar de todos los movimientos de una persona las conclusiones de mayor alcance. Pues también en todas estas pequeñeces está todo su ser.

Dos casos mostrarán qué importancia tiene que los procesos que vamos a exponer a continuación hayan permanecido inconscientes y hayan tenido que permanecer así, es decir, que el alma humana tiene la facultad de dirigir la conciencia, o sea, de hacer consciente algo cuando es necesario desde el punto de vista del movimiento anímico y, a la inversa, de dejar algo en lo subconsciente o de hacerlo inconsciente cuando ello parece necesario para el mismo fin.

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En el primer caso se trata de un joven que creció como primogénito junto a una hermana, y cuya madre había muerto cuando él tenía diez años. Desde entonces el padre, un hombre muy inteligente, benévolo y de muy alta talla ética, tuvo que dirigir la educación, y en ello se esforzó siempre por desplegar y espolear la ambición del hijo. Este procuró también siempre estar en primera fila, se desarrolló de manera excelente y, en efecto, por sus cualidades éticas y científicas ocupó siempre el primer lugar en su círculo, para gran alegría del padre, que desde muy pronto lo había elegido para desempeñar en la vida un papel importante.

Pero en la conducta de este joven ante la vida se manifestaron no pocas cosas que preocupaban al padre y que este procuró cambiar. En su hermana le había surgido al muchacho una rival tenaz. También ella se desarrolló muy bien y se esforzó siempre por vencer con las armas del más débil y por aumentar su valía a costa del hermano. Ganó también bastante terreno en el pequeño hogar, y para el hermano esta lucha fue un trabajo duro. Con ella no podía conseguir lo que de otro modo le resultaba tan fácil: consideración, valía y la subordinación, tal como se la concedían regularmente sus compañeros a consecuencia de sus progresos. El padre advirtió pronto que el muchacho, sobre todo al entrar en la pubertad, adoptaba en la vida social una manera singular, que consistía en no hacerse sociable en absoluto, en mostrar aversión a reunirse con conocidos o incluso con extraños y en poner pies en polvorosa cuando se trataba de conocer a muchachas. Al principio esto pareció bien al padre. Pero más tarde estos fenómenos adquirieron tales dimensiones que el muchacho ya casi no salía de casa, que incluso los paseos, salvo a horas avanzadas de la noche, se le hicieron desagradables. Se aisló tanto que ni siquiera quería saludar a sus conocidos. Con todo, su posición en la escuela y respecto del padre fue siempre del todo irreprochable, y se podía contar en todo momento con sus cualidades.

Cuando se llegó al punto de que ya no se lo podía llevar a ninguna parte, el padre acudió al médico, y tras algunas entrevistas pudo comprobarse lo siguiente: el <!-- S. 80 --> joven sostenía que tenía las orejas demasiado pequeñas y que por eso lo tenían por feo. En realidad no era así en absoluto, y a la objeción de que sus argumentos no podían aprobarse, de que más bien quería, apoyándose en esta excusa, sustraerse al trato con la sociedad, afirmó que también sus dientes y su pelo eran feos, lo cual tampoco era cierto. En cambio, se mostró que estaba lleno de una ambición enorme. De esta sí sabía, y la atribuía en parte a que el padre siempre lo había apremiado a esforzarse por alcanzar una alta posición en la vida. Sus planes de futuro culminaban en que quería entregarse a la ciencia. Esto no tendría nada de llamativo si no hubiera ido unido a la tendencia a esquivar la comunidad, la solidaridad humana. ¿Cómo llegó a tales argumentaciones, francamente pueriles? Los argumentos, de haber sido acertados, bien habrían podido autorizarlo a salir a la vida con cierta cautela y aprensión; la fealdad puede, sin duda, causar a veces dificultades a quien la padece, aunque no son insuperables.

La investigación ulterior dio lo siguiente: el joven tenía ante los ojos una meta que perseguía con violenta ambición. Hasta entonces había sido el primero y quería seguir siéndolo. Para alcanzar esta meta se dispone de diversos medios, como la concentración, la aplicación y cosas semejantes. Evidentemente, esto le parecía demasiado poco. Procuró además, con el fin de facilitar su plan, eliminar de su vida todo lo que le parecía superfluo. Bien habría podido decirse expresa y conscientemente: «Puesto que quiero hacerme famoso y, por ello, dedicarme por completo a mis trabajos científicos, me veo obligado a renunciar también a toda relación social». Pero eso ni lo dijo ni lo pensó, sino que con este fin dirigió su atención a la pequeñez de su supuesta fealdad. Así, el realce de esta circunstancia insignificante tenía para él el valor de permitirle lo que en realidad quería. Solo tenía que reunir la fuerza necesaria para argumentar falsamente, para fundamentar con exageración, a fin de poder alcanzar su meta secreta. Cualquiera habría calado y comprendido en seguida su sentimiento de debilidad si hubiera dicho que, para llegar a ser el primero, <!-- S. 81 --> quería vivir como un asceta. Aunque el pensamiento de querer desempeñar un papel de primer orden le era íntimamente familiar, en su conciencia no se encontraba la conexión. El pensamiento de que por esta meta quería arriesgarlo todo no lo había *pensado*. Tampoco el de que se sentía demasiado débil para alcanzarlo por el camino recto. Si se hubiera propuesto conscientemente sacrificarlo todo a su meta, no habría estado ni de lejos tan seguro como lo estaba alegando y recalcando que era una persona fea y que no *debía* acudir a la sociedad. Además, quien dice abiertamente que quiere ser el primero y que por eso quiere renunciar a las relaciones humanas se pone en ridículo ante su entorno, y él mismo se asustaría de ese pensamiento. Este pensamiento, como tal, no es pensable. Hay pensamientos que uno no quiere captar con claridad a causa de los demás y también a causa de sí mismo. Por eso, con razón, esta conexión permaneció inconsciente para él.

Si se le aclara a una persona así este resorte principal, que ella misma no podía aclararse para poder mantener su conducta, se perturba naturalmente todo su mecanismo anímico erróneo. Pues ahora ocurre lo que ella tenía que impedir: que se aclare un curso de pensamiento que no puede pensarse, que es impensable y cuyo paso a la conciencia perturbaría su propósito. Si se reflexiona sobre este fenómeno, que consiste en que alguien aparta los pensamientos que le estorban y acoge los que favorecen su toma de posición, se encontrará que es un fenómeno humano general. Pues todos los hombres solo suelen considerar las cosas que favorecen su visión y su actitud. Se hace consciente, pues, lo que nos favorece, y permanece inconsciente lo que podría perturbar nuestra argumentación. Obsérvese también en este caso la fuerte preocupación y el realce del pensamiento: soy feo. Ambos deben impedir la comprensión del verdadero estado de cosas, del desaliento.

El segundo caso se refiere a un muchacho muy capaz, cuyo padre era maestro y apremiaba a su hijo con gran severidad a ser siempre el primero. También en este caso la primacía del joven era indiscutida. Dondequiera que se presentaba, era el primero. En sociedad era una de las personas más amables y tenía también algunos amigos.

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Hacia los dieciocho años se produjo entonces un gran cambio. Se retiró de todo, nada le alegraba ya, estaba disgustado y malhumorado. Apenas había trabado una amistad, cuando ya se rompía. Todo el mundo se escandalizaba de su conducta en la vida, salvo su padre, a quien la vida retirada de su hijo le venía bien en la medida en que esperaba que así podría entregarse tanto mejor al estudio.

En el tratamiento el muchacho se quejaba continuamente de que su padre le había amargado la vida, de que no podía reunir confianza en sí mismo ni valor para vivir y de que no le quedaba sino pasar su vida lamentándose en la soledad. Sus progresos en el estudio ya habían disminuido y había suspendido un examen en la universidad. Según contaba, el cambio había empezado cuando una vez, en una reunión, se rieron de él por sus escasos conocimientos de la literatura moderna. Como algo parecido se repitió con frecuencia, empezó a aislarse cada vez más y a apartarse de todas las relaciones humanas. A la vez estaba completamente dominado por la idea de que era su padre quien tenía la culpa de su fracaso. La relación entre ambos empeoraba de día en día.

Los dos casos se parecen en más de un aspecto. En el primero el paciente había fracasado ante la resistencia victoriosa de su hermana; aquí era el padre, con quien existía una relación de lucha. Ambos pacientes tenían como línea directriz un ideal que solemos llamar *ideal heroico*. Ambos habían quedado tan desengañados en su embriaguez heroica que lo que más habrían querido era arrojar la toalla[^t9] y retirarse por completo. Pero se equivocaría quien pensara que una persona así se hubiera dicho un día: «Puesto que no puedo seguir con esta existencia de héroe, puesto que otros me son superiores, me retiro y me amargaré toda la vida». Sin duda su padre no tenía razón, la educación había sido mala. Pero era demasiado llamativo que no tuviera ojos para nada más que para esa mala educación suya, sobre la que volvía una y otra vez. Ahora bien, al situarse en este punto de vista, al apoyarse sin cesar en el énfasis puesto en su mala educación, quería mostrarse autorizado a retirarse. Con ello consiguió no sufrir ya más <!-- S. 83 --> derrotas y poder echar siempre al padre la culpa de su desgracia. Así logró salvar una parte de su conciencia de sí y de su valía. Al fin y al cabo tenía un pasado brillante, y su ulterior carrera triunfal solo se había visto detenida por el hecho fatal de que su padre, con una mala educación, había estorbado su desarrollo. Desde luego, pasaba por alto que el error del padre solo subsistía mientras él mismo anduviera por malos caminos.

Así, en él había permanecido inconsciente, aproximadamente, el siguiente curso de pensamiento: «Puesto que ahora estoy más cerca del frente de la vida y veo que ya no me será tan fácil ser el primero, voy a hacerlo todo para sustraerme secretamente a la decisión». Pero este pensamiento es impensable; ningún hombre se dirá algo así. Y, sin embargo, un hombre puede obrar como si hubiera contemplado metódicamente un pensamiento semejante. Lo consigue acogiendo otros argumentos. Ocupándose continuamente de los errores educativos de su padre logra esquivar la sociedad y las decisiones de la vida. El paso a la conciencia del curso de pensamiento anterior, el acertado, no habría hecho más que estorbarle en su propósito secreto; por eso tenía que permanecer inconsciente. No podía decirse que era una persona incapaz, pues tenía un pasado brillante y su orgullo no se lo permitía. Si ahora no conseguía triunfos, la culpa no era suya. Y entonces se le ofreció la ocasión de aportar con su conducta, por así decir, una prueba de la mala educación del padre. Era juez, demandante y acusado en una sola persona. ¿Iba a renunciar a esta posición ventajosa? Pasaba por alto que el padre solo tenía la culpa mientras el hijo lo quisiera, mientras este usara la palanca que tenía en la mano.

### 5. Los sueños

De los sueños se afirma desde hace mucho tiempo que de ellos pueden sacarse conclusiones sobre la vida anímica del hombre. *Lichtenberg*, un contemporáneo de Goethe, dijo una vez que el ser y el carácter de un hombre pueden inferirse mucho mejor de sus sueños que de sus palabras y acciones. Esto es sin duda decir algo demasiado, y nosotros, que sostenemos el punto de vista de emplear los fenómenos *aislados* solo con la mayor cautela y de no valorarlos sino en conexión con otros fenómenos <!-- S. 84 --> para interpretarlos, solo sacaremos de los sueños de una persona conclusiones sobre su carácter cuando podamos obtener también de otra parte apoyo para la concepción que hayamos ganado a partir de un sueño.

El interés por los sueños tiene una historia antiquísima. Diversos momentos del desarrollo de la cultura y de sus sedimentos, sobre todo en mitos y sagas, nos sugieren la suposición de que en tiempos antiguos la gente se ocupaba de los sueños mucho más que hoy en día. Encontramos también en aquella época una comprensión mucho mejor de ellos. Recuérdese el enorme papel que desempeñaba el sueño, por ejemplo, en Grecia; que, además, Cicerón escribió un libro sobre los sueños; cómo en la Biblia se cuentan sueños y se interpretan con suma inteligencia. O bien se cuenta un sueño y todos saben en seguida lo que significa (por ejemplo, el sueño de José sobre las gavillas, que contó a sus hermanos). De la saga de los Nibelungos, es decir, en un suelo cultural del todo distinto, podemos deducir que también se atribuía a los sueños fuerza probatoria y sentido profético.

Cuando nos ocupamos de obtener de los sueños puntos de apoyo para nuestro conocimiento de la psique humana, estamos muy lejos de aquellas corrientes fantásticas de la interpretación de los sueños que suponen en el sueño alguna intervención sobrenatural. Seguimos solo el camino acreditado de la experiencia, y solo nos apoyaremos en las tesis que formulemos a partir de los sueños cuando también otras observaciones nos hayan confirmado en nuestras suposiciones.

Con todo, es llamativo que hasta el día de hoy se haya conservado la tendencia a atribuir a los sueños una importancia especial respecto del futuro. Solo de pasada se mencionará a aquellos fantasiosos que llegan incluso a dejarse guiar por sus sueños. Así, uno de nuestros pacientes llegó a renunciar a toda profesión honrada y a preferir jugar en la Bolsa. Lo hacía siempre conforme a los sueños que tenía. Podía incluso aportar la prueba histórica de que las circunstancias siempre se habían vuelto en contra suya cuando alguna vez no había seguido un sueño.

Es fácil comprender que no soñará con otra cosa que con lo que también en estado de vigilia es constantemente objeto de su <!-- S. 85 --> atención, y que, con tal que por lo demás entienda algo del asunto, se dará en sueños una indicación. Así pudo afirmar durante bastante tiempo que, bajo la influencia de sus sueños, había ganado mucho.

Pero, al cabo de bastante tiempo, contó una vez que ya no hacía ningún caso de sus sueños. Es que lo había vuelto a perder todo. Eso ocurre naturalmente también sin sueños, y no hay en ello nada que pudiera hacernos creer en un milagro. Pues una persona que está ocupada intensamente con alguna tarea tampoco tiene descanso por la noche. Unos lo hacen de modo que no duermen en absoluto y siguen pensando todo el tiempo; los otros duermen, pero también en sueños están envueltos por sus planes.

Lo que durante el sueño se desarrolla en nuestro mundo de pensamientos en formas tan singulares no es otra cosa que el puente del día anterior al día siguiente. Y si sabemos cómo toma posición una persona ante la vida en otros momentos, cómo suele tender por lo demás este puente hacia el futuro, entonces podremos entender también su curiosa construcción de puentes en el sueño y sacar conclusiones. Es, por tanto, una *toma de posición ante la vida* lo que subyace al sueño.

Una mujer joven cuenta el siguiente sueño: era como si su marido hubiera olvidado el aniversario de boda y ella se lo hubiera reprochado. — Este sueño puede ya decir algo por sí mismo. Si un problema así puede siquiera surgir, ello nos indica que en este matrimonio hay ciertas dificultades en el sentido de que esta mujer se siente perjudicada. Ella declaró, ciertamente, que también ella había olvidado el aniversario de boda. Pero es *ella* quien al fin se acuerda, mientras que al marido ha de recordárselo ella. Así, es ella la mejor de los dos. A una pregunta ulterior declara que en realidad algo así no había ocurrido nunca; el marido siempre se había acordado. El sueño gira, pues, en torno a un temor por el futuro: un caso así podría producirse alguna vez. Se puede concluir, por tanto, además, que la mujer tiene la tendencia a encontrar reproches, a venir con argumentos que no son tangibles, la tendencia a reprochar al marido algo que solo *quizá* podría ocurrir alguna vez, a crear artificialmente un disgusto contra el marido.

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Ahora bien, seguiríamos todavía inseguros si no llegaran a nuestras manos otras pruebas que corroboraran nuestras conclusiones. Preguntada por sus primeras impresiones de infancia, cuenta un episodio que siempre ha permanecido en su memoria. Una vez, cuando era una niña de tres años, su tía le regaló una cuchara de madera tallada que le causó gran alegría. Mientras jugaba con ella, se le cayó al arroyo y se la llevó la corriente. Estuvo afligida por ello muchos días, y de un modo que llamó la atención de su entorno.

En relación con el sueño baste observar que ahora volvía a contar con la posibilidad de que algo pudiera «írsele con la corriente»: el matrimonio. ¡Quizá el marido olvide el aniversario de boda!

Otra vez soñó que el marido la conducía a lo alto de un edificio elevado. Las escaleras son cada vez más, y ante el pensamiento de que podría haber subido demasiado alto, la acomete un vértigo enorme, sufre un ataque de angustia y se desploma. Algo así puede ocurrirle a uno también en estado de vigilia cuando padece vértigo de las alturas, en el que se refleja menos el miedo a la altura que el miedo a la profundidad. Si se une este sueño con el primero y se funde el material de pensamientos y sentimientos contenido en estos sueños, se tiene la clara impresión de que es una mujer que tiene angustia de sufrir una caída profunda, es decir, que teme una desgracia. Podemos adivinar cuál: el desamor del marido o algo semejante. ¿Qué ocurrirá si el marido de algún modo no es del todo apto para el matrimonio y causa perturbaciones? Podrían seguirse actos de desesperación que acaso terminen alguna vez con que la mujer se desplome como sin vida. De hecho, esto ocurrió una vez en el curso de una escena doméstica.

Con ello nos hemos acercado ya a la comprensión del sueño. Es indiferente en qué material se expresa el mundo de pensamientos y sentimientos del hombre durante el sueño, en qué material expresa su problema, con tal que ese material le sirva de algún modo para expresarse. En el sueño se delata el problema vital de una persona *a modo de parábola* (¡no subas demasiado alto, para no caer demasiado hondo!). Recordamos aquí la reproducción poética <!-- S. 87 --> de un sueño, el *Hochzeitlied* [*Canción de boda*] de Goethe[^t10]. Un caballero vuelve de tierras lejanas y encuentra su castillo en ruinas. Cansado, se acuesta y ve entonces en sueños salir de debajo de la cama pequeñas figuras; advierte cómo ante sus ojos se celebra una boda de enanos. El sueño le resulta agradable. Es como si quisiera confirmarse en su pensamiento de que allí hace falta una mujer. Lo que vio aquí en pequeño se realizó poco después en grande: celebró su propia boda.

En este sueño hay ya elementos conocidos. Sin duda se oculta detrás un recuerdo propio del poeta de momentos en que él mismo estaba ocupado con el problema del matrimonio. Se ve cómo el soñador, en su necesidad exterior, toma posición ante el estado presente de su existencia, una toma de posición que pide a gritos una boda. Se ocupa en sueños de la cuestión del matrimonio para tomar al día siguiente la decisión de que en realidad lo mejor sería que también él se casara. Todo sueño tiene la tarea de crear el estado de ánimo más adecuado para alcanzar la meta que se tiene presente.

A continuación, el sueño de un hombre de veintiocho años. La línea que en él conduce alternativamente hacia abajo y luego otra vez hacia arriba indica, de modo parecido a una curva de fiebre, el movimiento de que está llena la vida anímica de este hombre. El sentimiento de inferioridad, del que parten las aspiraciones hacia arriba, hacia la superioridad, se reconoce en él claramente. — Cuenta:

Hago una excursión con un grupo numeroso. En una estación intermedia tenemos que desembarcar, porque el barco en que viajamos es demasiado pequeño, y pernoctar en la ciudad. Por la noche llega la noticia de que el barco se hunde; se llama a todos los participantes para impedir el hundimiento con las bombas. Me acuerdo de que entre mi equipaje tengo cosas valiosas y corro al barco, donde encuentro ya a todos en las bombas. Procuro escurrir el bulto de este trabajo y busco la bodega de equipajes. Consigo sacar mi mochila por la ventana. Al hacerlo veo, junto a ella, una navaja que me gusta mucho; me la guardo. Con otro conocido que encuentro salto al mar, como el barco se hunde cada vez más, en un lugar escondido, y llego en seguida <!-- S. 88 --> a quedar tendido en el fondo. Como el muelle es demasiado alto, sigo caminando y llego a un barranco profundo, de paredes cortadas a pico, por el que tengo que bajar. Me deslizo hacia abajo —desde que dejé el barco no he vuelto a ver a mi acompañante—, va cada vez más deprisa y temo matarme. Por fin he llegado abajo y caigo justo delante de un conocido. Era un hombre joven, por lo demás desconocido para mí, que durante una huelga había actuado con mucha diligencia en el comité de huelga y me había llamado agradablemente la atención por ello y por su carácter amable. Me recibe con la exclamación reprobadora, como si supiera que yo había dejado en la estacada a los demás en el barco: «¿Qué buscas *tú* aquí?». Intentaba salir del barranco, rodeado por todas partes de paredes escarpadas de las que colgaban cuerdas. No me atrevía a usarlas porque eran muy delgadas. En mis intentos de trepar, resbalaba una y otra vez. Por fin estaba arriba —ya no sé cómo—; me parece que quise no soñar adrede este tramo del sueño, saltármelo como por impaciencia. Arriba, al borde del barranco, pasa una calle protegida del barranco por una barandilla. Por ella pasa gente que me saluda amablemente.

Si nos remontamos en la vida del soñador, oímos en primer lugar que hasta los cinco años había padecido sin interrupción graves enfermedades y que también después había tenido que guardar cama con frecuencia por enfermedad. Protegido con angustia por los padres a causa de su débil salud, en ese tiempo casi no se reunió en absoluto con otros niños. Cuando quería unirse a los adultos, los padres lo apartaban con la advertencia de que los niños no debían ser impertinentes y de que no tenían su sitio entre los adultos. Así se perdió tempranamente lo que forma parte de la convivencia con los semejantes y que solo puede aprenderse en contacto constante con ellos. Otra consecuencia fue que se quedó siempre muy por detrás de sus compañeros de la misma edad y no pudo seguirles el paso. Así, no era de extrañar que entre ellos pasara siempre por el tonto y pronto se convirtiera en blanco constante de sus burlas. Esta circunstancia le impidió también buscar o encontrar amigos.

<!-- S. 89 -->

Por tales sucesos su sentimiento de inferioridad, extraordinariamente fuerte, se exacerbó en grado sumo. Su educación la dirigieron un padre bondadoso pero colérico (militar) y una madre débil, poco comprensiva, pero sumamente dominante. Aunque los padres insistían una y otra vez en su buena voluntad, esta educación ha de calificarse de bastante severa. Un papel especial desempeñaba en ella la humillación. Característico, y conservado también como el más temprano recuerdo de infancia, es un episodio en que la madre, cuando él tenía tres años, lo tuvo media hora de rodillas sobre guisantes. El motivo fue una desobediencia cuya causa —lo que la madre sabía muy bien, porque el niño la había expresado— era que, por miedo a un jinete, se había negado a hacer un recado para la madre. En realidad rara vez le pegaban. Pero si ocurría alguna vez, era siempre con un látigo de perro de varias correas, y nunca sin que después tuviera que pedir perdón y decir a la vez por qué le habían pegado. «El niño ha de saber», decía siempre el padre, «lo que ha hecho». Y una vez ocurrió también que le pegaron injustamente, y como después no supo decir por qué le habían pegado, le pegaron otra vez, y hasta que confesó alguna fechoría.

Así, ya desde temprano existía un estado de ánimo de lucha entre padres e hijo. El sentimiento de inferioridad del niño había adquirido tales dimensiones que no conocía en absoluto el sentimiento de estar arriba. Su vida, en la escuela como en casa, era una cadena casi ininterrumpida de humillaciones mayores o menores. Incluso la victoria más pequeña —en su sentido— le estaba negada. En la escuela, también cuando tenía ya dieciocho años, era siempre aquel de quien todos se reían. Una vez esto ocurrió incluso por parte de un profesor, que leyó un trabajo malo delante de todos los demás y lo ridiculizó con observaciones mordaces.

Tales sucesos lo empujaron cada vez más al aislamiento, y empezó poco a poco a apartarse también él mismo deliberadamente de todos los demás. En la lucha con los padres dio con un medio de lucha eficaz, pero de graves consecuencias para él: renunció al lenguaje. Con ello se privó del <!-- S. 90 --> medio de vinculación más importante para unirse al mundo circundante. Pronto ya no pudo entablar conversación con nadie. Se había quedado completamente solo. Incomprendido por todos, no hablaba con nadie, sobre todo no con los padres, y tampoco nadie le dirigía ya la palabra. Todos los intentos de reunirlo con otros fracasaron. Pero fracasaron también más tarde —cosa que él sintió de manera sumamente dolorosa— todos los intentos de entablar relaciones amorosas.

De esta manera siguió su vida hasta los veintiocho años. El profundo sentimiento de inferioridad de que estaba impregnado su ánimo tuvo como consecuencia que una ambición sin igual, un afán indómito de valía y superioridad no le dejaran descansar y estrangularan de manera inaudita su sentimiento de comunidad. Cuanto menos hablaba, tanto más agitada era su vida anímica, llena día y noche de ensueños y de victorias y triunfos de toda clase.

Y así soñó una noche el sueño reproducido más arriba, en el que se refleja claramente el movimiento, la línea en que se desarrollaba su vida anímica.

Para terminar, todavía un sueño contado por Cicerón, uno de los sueños proféticos más célebres:

El poeta Simónides, que en una ocasión había encontrado el cadáver de un desconocido abandonado al borde del camino y se había ocupado de darle sepultura decente, fue advertido en sueños por el muerto agradecido, cuando más tarde se disponía a emprender un viaje por mar, de que, si viajaba, perecería en un naufragio. No viajó, y todos los que viajaron perecieron. (Véase Enno Nielsen, *Das Unerkannte auf seinem Weg durch die Jahrtausende* [Lo desconocido en su camino a través de los milenios], Ebenhausen, cerca de Múnich, editorial Langewiesche-Brandt). Según se cuenta, este suceso, en relación con el sueño, causó durante siglos una enorme sensación y una profunda impresión en los hombres.

Si tomamos posición ante este suceso, hemos de dejar sentado ante todo que en aquella época se hundían sin duda muy a menudo barcos, y además también, quizá a causa de esta circunstancia, que entonces muchísimas personas habrán soñado que debían renunciar a un viaje, y que entre estos muchos sueños precisamente este dio con una coincidencia tal entre <!-- S. 91 --> sueño y realidad que, a causa de esta particularidad, se conservó para la posteridad. Es comprensible que las personas que tienen inclinación a rastrear conexiones misteriosas sientan una predilección especial por tales relatos, mientras que nosotros entendemos sobriamente el sueño de este modo: nuestro poeta, preocupado por su bienestar corporal, seguramente nunca había mostrado especiales ganas de hacer el viaje, y cuando se acercó la hora de la decisión, echó mano de un *refuerzo*. Se hizo venir, por así decir, al muerto, que ahora debía mostrársele agradecido. Que, en el estado de ánimo que él mismo había creado, no viajara entonces es evidente. Y si ese barco no se hubiera hundido, el mundo probablemente nunca se habría enterado de toda la historia. Pues de este modo solo nos enteramos de cosas que inquietan nuestro cerebro, que han de sugerirnos que entre el cielo y la tierra hay escondida más sabiduría de la que soñamos[^t11]. Lo profético del sueño es a menudo comprensible en otros casos porque ambos, sueño y realidad subsiguiente, encierran la misma toma de posición de una persona.

Nos da todavía que pensar la circunstancia de que no todos los sueños sean tan fáciles de entender. En realidad, los menos. O bien olvidamos el sueño en seguida, o bien, si deja una impresión determinada, no solemos entender lo que hay detrás, a no ser que por casualidad hayamos aprendido la interpretación de los sueños de la psicología individual. También para estos sueños vale lo dicho más arriba: que el sueño reproduce a modo de parábola, simbólicamente, la línea de movimiento de una persona. La importancia principal de una parábola es que nos introduce en una situación en la que *vibramos* intensamente. Cuando uno está ocupado con la solución de un problema y la personalidad se inclina en una dirección determinada, busca, según enseña la experiencia, un *impulso*. Pues bien, el sueño es sumamente apropiado para reforzar el afecto, el estado de ánimo que se necesita para resolver un problema en un sentido determinado. No cambia nada en este hecho que el soñador no entienda esta conexión. Basta con que tenga el material y el impulso. De algún modo el sueño señalará entonces la huella en que se expresa la actividad de pensamiento del soñador; indicará, pues, la línea de movimiento del soñador. Es como el humo que indica que <!-- S. 92 --> en alguna parte arde un fuego. Una persona experimentada podrá incluso sacar del humo conclusiones sobre la leña que arde.

Resumiendo, podemos decir, por tanto, que el sueño de una persona indica que el soñador está ocupado con un problema de la vida, así como de qué manera toma posición ante él. En particular, también en el sueño se harán valer, y se dejarán reconocer al menos en sus huellas, aquellos dos factores que influyen en el soñador también en la realidad en su toma de posición ante el mundo circundante: el sentimiento de comunidad y su afán de poder.

### 6. El talento

De los fenómenos anímicos que nos dan la posibilidad de sacar conclusiones sobre el ser de una persona y de emitir juicios sobre él, hemos dejado hasta ahora de lado uno que cae en el ámbito del pensamiento humano y que se refiere a su facultad de conocimiento. Hemos dado poco valor a lo que una persona piensa o dice de sí misma, en la convicción de que cualquiera puede equivocarse y de que cualquiera se siente movido por múltiples intereses y consideraciones de índole egoísta, moral y semejantes a embellecer ante los demás su imagen anímica. A pesar de ello, nos está permitido y es posible sacar conclusiones, aunque en medida limitada, también de ciertos procesos de pensamiento y de su expresión lingüística. Si queremos formarnos un juicio sobre una persona, no podemos excluir de nuestra consideración el ámbito del pensar y del hablar.

Ahora bien, sobre la capacidad de juicio de una persona —se la suele designar en general con la palabra «*talento*» (*Begabung*)— existe una infinidad de observaciones, discusiones y pruebas, conocidas sobre todo por los intentos de determinar la inteligencia de niños y adultos. Me refiero a las *pruebas de aptitud*[^t12]. Hasta ahora estas pruebas no han tenido éxito. Pues cuando se presenta a ellas un número de alumnos, se obtiene regularmente como resultado lo que el maestro ya había comprobado sin prueba alguna, circunstancia que al principio los psicólogos experimentales acogieron con especial orgullo, aunque con ello se puso de manifiesto propiamente que estas pruebas son hasta cierto punto superfluas. Otra objeción contra la realización de estas pruebas es, además, la circunstancia de <!-- S. 93 --> que la capacidad de pensar y de juzgar de los niños no se desarrolla de manera uniforme, de modo que en algunos niños en los que la prueba de aptitud había dado un mal resultado, al cabo de algunos años el talento mostró de pronto un desarrollo sumamente bueno. Otro momento es que los niños de las grandes ciudades o los niños de ciertos círculos que llevan una vida más holgada, por su rapidez de réplica, que procede solo de cierta práctica, aparentan un talento mayor y dejan así en la sombra a otros niños que no disponen de semejante fondo de preparaciones. Es sabido que los niños burgueses disponen por lo general, a los ocho o diez años, de una mayor rapidez de réplica que los proletarios. Pero esto no habla en favor de un talento mayor de los primeros, sino que la causa reside únicamente en la historia previa.

Así pues, con las pruebas de aptitud no se ha llegado muy lejos, sobre todo si se tienen en cuenta los tristes resultados que se han mostrado en Berlín y Hamburgo, donde aquellos niños que habían respondido bien en la prueba de aptitud fracasaron más tarde en número llamativamente grande. Este fenómeno indica que en la prueba de aptitud no se tiene una garantía segura de un buen desarrollo del niño. En cambio, las investigaciones de la psicología individual han dado mucho mejor resultado, porque no se proponen solo determinar un estadio de desarrollo, sino también captar sus razones, sus causas, y, si es necesario, proporcionar medios para remediarlo, y porque la psicología individual no separa la capacidad de pensar y de juzgar del niño de su vida anímica, sino que la considera en conexión con ella.

## Capítulo VII. La relación entre los sexos

### 1. División del trabajo y dualidad de los sexos

De lo expuesto hasta aquí se desprende que en lo anímico predominan dos líneas directrices que influyen en todo el acontecer psíquico y hacen que el hombre, al establecer y asegurar sus condiciones de vida y al cumplir las tres tareas principales de la vida (amor, profesión y sociedad), pueda tanto ejercer su sentimiento de comunidad <!-- S. 94 --> como imponer su afán de notoriedad, su afán de poder y de superioridad. Tendremos que acostumbrarnos a juzgar cualquier fenómeno anímico, sea de la índole que sea, según la relación de cantidad y de calidad en que se hallen entre sí estos dos factores, y a examinarlo regularmente desde este punto de vista si queremos acercarnos a la comprensión del alma. Pues de la presencia de estos factores depende en qué medida un hombre es capaz de captar la lógica de la convivencia humana y de insertarse en la división del trabajo que esta impone.

La *división del trabajo* es un factor indispensable para la conservación de la sociedad humana. Trae consigo que cada uno tenga que ocupar su puesto en algún lugar. Si alguien no participa en esta exigencia, niega la conservación de la vida en común, del género humano en general; se sale de su papel de semejante y se convierte en un perturbador. En los casos más leves hablamos entonces de malos modales, de travesuras, de excentricidad; en los más graves, de rareza, neurosis, descarrío y crimen. La condena de tales fenómenos procede exclusivamente de su distancia, de su incompatibilidad con las exigencias de la vida en común. Por eso es el modo en que un hombre ocupa el puesto que se le ha asignado en la división del trabajo de la comunidad lo que constituye su *valor*. Por su afirmación de la vida en común adquiere importancia para los demás y se convierte en uno de los eslabones de una cadena de mil eslabones sobre la que descansa la subsistencia de la vida humana, y que no podemos imaginar suprimidos en mayor número sin que la vida social se derrumbe. Son las capacidades del individuo las que le asignan su puesto en el proceso global de producción de la sociedad humana. Cierto es que aquí se ha introducido mucha confusión, porque el afán de poder, los apetitos de dominio y toda clase de otros errores han perturbado o impedido la plena inserción en esta división del trabajo y han establecido falsos fundamentos para juzgar el valor de los hombres, o porque el individuo no es apto, por cualesquiera razones, para el puesto en que se encuentra. O bien las dificultades han nacido de los apetitos de poder, de la falsa ambición de algunos, que impiden esta forma de convivencia <!-- S. 95 --> y de colaboración humana en su propio interés egoísta. Otras complicaciones tienen su causa en la estratificación de la sociedad en clases, porque el poder personal y los intereses económicos influyen en el reparto del campo de trabajo, de modo que los puestos más placenteros, que confieren más poder, van a parar a determinados grupos sociales, mientras que otros quedan excluidos de ellos. El conocimiento del enorme papel que desempeña el afán de poder en estos fenómenos nos permite comprender por qué el proceso de la división del trabajo nunca se ha desarrollado sin tropiezos. Fue la violencia la que intervino sin cesar para convertir el trabajo en una especie de privilegio para unos y en una especie de opresión para otros.

Ahora bien, una división del trabajo de este tipo viene dada también por la *dualidad de los sexos* en el ser humano. Excluye de antemano a una parte, la mujer, de determinadas tareas a causa de su constitución física, mientras que, por otra parte, hay ciertos trabajos que no se asignan a los hombres porque, dada la mejor utilidad que pueden prestar en otros, no son propiamente lo suyo. Esta división del trabajo debería llevarse a cabo con un criterio enteramente libre de prejuicios, y en la medida en que el movimiento feminista no tensa demasiado la cuerda en el calor de la lucha, también ha hecho suya la lógica de este *punto de vista*. Está muy lejos de querer desfeminizar a la mujer o de destruir las relaciones naturales del hombre y de la mujer con las ocasiones de trabajo adecuadas para ellos. En el curso de la evolución humana, la división del trabajo se ha configurado de tal modo que la mujer asume una parte de aquellos trabajos que de otro modo ocuparían también al hombre, con lo que este, a su vez, está en condiciones de aprovechar mejor sus fuerzas. Esta división del trabajo no puede calificarse de irrazonable mientras no se dejen ociosas fuerzas de trabajo ni se haga abuso de las fuerzas espirituales y corporales.

### 2. La preeminencia del hombre en la cultura actual

Por el desarrollo de la cultura en la dirección del afán de poder, y en especial por los esfuerzos de ciertas personas o capas sociales que querían asegurarse privilegios, la división del trabajo se ha encauzado por vías particulares que todavía hoy predominan y hacen que la cultura humana se caracterice por la importancia preponderante del hombre. La división del trabajo <!-- S. 96 --> es de tal índole que al grupo privilegiado, los hombres, se le aseguran prerrogativas, y que estos, en virtud de su posición de supremacía, influyen en su propio sentido y en su provecho sobre la posición de la mujer en la división del trabajo dentro del proceso de producción, trazándole el círculo de su vida y estando en condiciones de imponer las formas de vida que les convienen, de determinar para la mujer formas de vida que obedecen en primer lugar a este punto de vista masculino.

Tal como están las cosas hasta ahora, existe por parte del hombre un continuo afán de superioridad sobre la mujer y, en correspondencia, por parte de la mujer, un constante descontento con los privilegios masculinos. Dada la estrecha pertenencia mutua de ambos sexos, es comprensible que semejante tensión, una constante sacudida de su armonía psíquica, conduzca a amplias perturbaciones, de lo que resulta una psique general que ambas partes del género humano tienen que sentir como extraordinariamente penosa.

Todas nuestras instituciones, nuestras fijaciones tradicionales, leyes, usos y costumbres dan testimonio de la posición privilegiada del hombre, conforme a la cual están orientadas y por la cual se mantienen. Penetran hasta el cuarto de los niños y ejercen una influencia enorme sobre el alma infantil. No podemos estimar en mucho la comprensión que el niño tiene de estas conexiones, pero sí debemos sentir su contenido afectivo como extraordinariamente arraigado. Y cuando salen a la luz fenómenos como, por ejemplo, el caso de un muchacho que respondía con violentos accesos de rabia a la pretensión de que se pusiera vestidos de niña, tenemos motivo suficiente para indagar estas conexiones. Esto nos lleva de nuevo, desde otro lado, a considerar el afán de poder.

Si el afán de notoriedad del muchacho ha alcanzado un determinado grado, tomará preferentemente aquel camino que le parece garantizado por los privilegios de la masculinidad que percibe por todas partes. Ya se mencionó que precisamente la educación familiar actual es demasiado apta para fomentar el afán de poder y, con él, la inclinación a estimar en más los privilegios masculinos y a aspirar también a ellos. Pues casi siempre es el hombre, el padre, quien se presenta al niño como símbolo del <!-- S. 97 --> poder. Con sus misteriosas idas y venidas despierta el interés del niño mucho más que la madre. Muy pronto advierte este el papel preponderante que desempeña el padre, que da el tono, dicta disposiciones, lo dirige todo; ve cómo todos se someten a sus órdenes y cómo la madre se remite siempre a él. En todos los aspectos el hombre se le aparece al niño como el fuerte y el poderoso. Hay niños para quienes el padre es tan decisivo que creen que todo lo que él dice tiene que ser sagrado, y que, para reforzar sus afirmaciones, a menudo se limitan a replicar que lo ha dicho el padre. Incluso donde la influencia paterna no se manifiesta con tanta claridad, los niños recibirán la impresión de la superioridad paterna, porque toda la carga de la familia parece descansar sobre el padre, mientras que en realidad es la división del trabajo la que da al padre la posibilidad de aprovechar mejor sus fuerzas.

En cuanto al origen histórico de la supremacía masculina, hay que señalar que no se presentó como un hecho natural. Así lo indica ya la circunstancia de que fue preciso crear antes una serie de leyes para asegurar el dominio del hombre. Esto indica al mismo tiempo que antes de la fijación legal de la supremacía masculina tuvo que haber otras épocas en que el privilegio masculino no era cosa tan segura. Esa época está, en efecto, demostrada históricamente. Fue la época del *derecho materno*, la época en que era la madre, la mujer, quien desempeñaba en la vida el papel más importante, sobre todo respecto del niño, frente al cual todos los hombres de la tribu se hallaban en una especie de obligación. Todavía hoy aluden a ello ciertos usos y costumbres, como, por ejemplo, la práctica jocosa de designar ante el niño a cualquier hombre como tío o primo. Al paso del derecho materno al paterno precedió una lucha enorme, que demuestra que el hombre no poseyó en absoluto desde el principio las prerrogativas que hoy gusta de presentar como propias de él por naturaleza[^1], sino que tuvo que luchar por ellas. La victoria del hombre equivalió al sometimiento de la mujer, y son sobre todo las <!-- S. 98 --> huellas que dejó en el curso de la legislación las que dan elocuente testimonio de este proceso de sometimiento.

La supremacía masculina no fue, por tanto, algo natural. Hay indicios de que solo se reveló necesaria en el curso de continuas luchas con los pueblos vecinos, en las que al hombre le correspondió un papel importante, que finalmente aprovechó para arrebatar definitivamente la dirección. De la mano de esta evolución fue la evolución de la *propiedad privada* y del derecho de herencia, que se convirtieron en un fundamento de la supremacía masculina en la medida en que, por regla general, el hombre es la parte que gana y que posee.

El niño que crece no necesita leer libros sobre este tema. Aunque no sepa nada de estas cosas, siente el efecto del hecho de que el hombre es la parte que gana y la privilegiada, aun cuando padres y madres sensatos estén muy dispuestos a renunciar, en favor de la igualdad de derechos, a los privilegios heredados de antiguo. Es sumamente difícil hacer comprender al niño que la madre, que realiza las tareas domésticas, es una compañera con los mismos derechos que el hombre. Imagínese lo que significa para un muchacho que desde su primer día se le ponga ante los ojos en todas partes la preeminencia del hombre. Ya al nacer se le recibe con mucha más alegría que a una niña y se le festeja como a un príncipe. Es un fenómeno de todos conocido y demasiado frecuente que los padres prefieran tener varones. El muchacho nota a cada paso que, como vástago masculino, se le prefiere y se le estima en más. Diversas palabras dirigidas a él o captadas por él ocasionalmente le sugieren una y otra vez la mayor importancia del papel masculino. La superioridad del principio masculino se le presenta también en la forma de que a las mujeres de la casa se las emplea en los trabajos menos estimados, y de que, finalmente, tampoco las mujeres del entorno del niño viven siempre convencidas de su igualdad de valor con el hombre. Desempeñan casi siempre un papel que se presenta como subordinado e inferior. La pregunta, tan importante para la mujer, que debería hacer al hombre antes de todo matrimonio —¿qué actitud adoptas ante el <!-- S. 99 --> principio masculino predominante en la cultura, en particular en el marco de la familia?—, por lo general queda sin resolver durante toda la vida. La consecuencia es, en un caso, una expresión más fuerte del afán de igualarse con el hombre; en otros casos, una especie de resignación de diversa intensidad. Del otro lado está el hombre, el padre, que de muchacho creció él mismo en la convicción de que, como hombre, le corresponde desempeñar el papel más importante, y que en esta convicción siente una especie de obligación en virtud de la cual responde siempre en favor del privilegio masculino a las cuestiones de la vida y de la comunidad que se le presentan.

Todas las situaciones que resultan de esta relación las vive el niño. De ellas se forma una infinidad de imágenes y opiniones sobre la naturaleza de la mujer en las que, por lo general, la mujer sale mal parada. El desarrollo anímico del muchacho recibe de este modo un sesgo masculino. Lo que en su afán de poder puede sentir como meta digna de aspirarse a ella son casi sin excepción cualidades y tomas de posición masculinas. De las relaciones de poder descritas nace una especie de virtud masculina que delata plenamente su propio origen. Ciertos rasgos de carácter se consideran «masculinos» y otros «femeninos» sin que ningún hecho fundamental autorice estas valoraciones. Pues si comparamos el estado anímico de muchachos y muchachas y encontramos en ello una aparente confirmación de esta clasificación, no podemos hablar de hechos naturales, sino que estos fenómenos los comprobamos en personas que están ya sujetas a un marco determinado, cuyo plan de vida, cuya línea directriz está ya estrechada por juicios de poder unilaterales. Estas relaciones de poder les han asignado de manera imperiosa el lugar en que han de buscar su desarrollo. La distinción entre rasgos de carácter masculinos y femeninos no está, pues, justificada. Veremos cómo unos y otros rasgos pueden satisfacer las exigencias del afán de poder, y que también con medios «femeninos», por ejemplo con la obediencia y la sumisión, se es capaz de ejercer el poder. Por las ventajas de que goza un niño obediente, este puede, en ciertas circunstancias, pasar a primer plano con mucha más fuerza que uno desobediente, aunque en ambos casos esté actuando el afán de poder. <!-- S. 100 --> Nuestra comprensión de la vida anímica de un hombre se ve a menudo dificultada porque el afán de poder echa mano de los más diversos rasgos de carácter para imponerse.

Cuando el muchacho se hace mayor, la importancia de su masculinidad se le convierte casi en un deber. Su ambición, su afán de poder y de superioridad se une por completo a la obligación de ser masculino, se vuelve sencillamente idéntico a ella. A muchos de los niños que aspiran al poder no les basta con llevar dentro de sí la conciencia de su masculinidad; quieren también mostrar y demostrar siempre que son hombres y que, por tanto, han de tener privilegios, procurando, por una parte, distinguirse siempre, exagerando para ello sus rasgos de carácter masculinos, y, por otra, demostrar su superioridad frente a su entorno femenino a la manera de todos los tiranos, según el grado de las resistencias con que tropiezan, ya mediante la obstinación o la rebeldía salvaje, ya mediante la astucia solapada.

Puesto que a todo hombre se le mide por el patrón ideal de la masculinidad privilegiada, no es de extrañar que al muchacho se le ponga siempre delante este patrón y que él mismo acabe midiéndose por él, preguntándose y observándose siempre si el curso de su vida es siempre masculino, si él mismo es ya lo bastante masculino, y cosas semejantes. Es sabido todo lo que hoy se entiende por «masculino». Ante todo, algo puramente egoísta, algo que satisface el amor propio, es decir, superioridad, el sobresalir por encima de los demás, todo ello con ayuda de rasgos de carácter de apariencia activa, como el valor, la fuerza, el orgullo, el recuerdo de victorias de toda clase, en especial sobre mujeres, la obtención de cargos, dignidades y títulos, la tendencia a endurecerse contra los impulsos «femeninos», contra la entrega, y otras cosas semejantes. Es una continua pugna por la superioridad personal, porque ser superior se considera masculino.

De este modo el muchacho adoptará rasgos cuyos modelos, naturalmente, solo puede tomar de hombres adultos, sobre todo del padre. Por todas partes pueden seguirse las huellas de esta megalomanía cultivada artificialmente. Al muchacho se le induce tempranamente a procurar asegurarse un exceso de poder y de privilegios. Estos significan para él tanto como «masculinidad». En los casos graves degeneran a menudo en los conocidos fenómenos de rudeza y brutalidad.

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Las ventajas que con frecuencia ofrece el modo de ser masculino suponen una gran tentación. No debe extrañarnos encontrar a menudo también en las muchachas que llevan dentro de sí como línea directriz un ideal masculino, ya como un anhelo irrealizable, ya como patrón para juzgar su conducta, ya como una manera de presentarse y de actuar (Kant: «En la cultura toda mujer querrá ser un hombre»). A este grupo pertenecen aquellas muchachas que, con un impulso indomable, prefieren precisamente los juegos y actividades que, por su aptitud física, convendrían más bien a los muchachos. Así, por ejemplo, trepan a todos los árboles, andan con gusto en compañía de muchachos y rechazan todas las labores femeninas como una vergüenza. En general, solo encuentran satisfacción en actividades masculinas. Todos estos fenómenos han de entenderse como procedentes de la preferencia por la masculinidad. Vemos aquí claramente cómo la pugna por una posición destacada, cómo el afán de superioridad se extiende más a la apariencia que a la realidad y a la posición efectiva en la vida.

### 3. El prejuicio de la inferioridad de la mujer

Para justificar su supremacía, el hombre, además del argumento de que su posición le corresponde ya por naturaleza, suele aducir que la mujer es un ser inferior. La opinión de la inferioridad de la mujer está tan extendida que parece como si fuera patrimonio común de todos los hombres. De la mano de ello va una cierta inquietud del hombre, que probablemente procede todavía de la época de la lucha contra el derecho materno, cuando la mujer representaba efectivamente un factor de inquietud para el hombre. En efecto, en la historia y en la literatura tropezamos a cada instante con indicaciones de este tipo. Así dice un escritor romano: «Mulier est hominis confusio».[^t13] En los concilios eclesiásticos se discutió vivamente la cuestión de si la mujer tiene alma, y se escribieron doctos tratados sobre la cuestión de si es siquiera un ser humano. La duración secular de la superstición de las brujas, con sus quemas de brujas, da triste testimonio de los errores, de la enorme inseguridad y confusión de aquella época en esta cuestión. A menudo se presenta a la mujer como causa de todas las desgracias del mundo, así en el relato bíblico del pecado original o en la *Ilíada* <!-- S. 102 --> de Homero, donde se cuenta cómo la conducta de una mujer bastó para precipitar en la desgracia a pueblos enteros. Leyendas y cuentos de todos los tiempos contienen alusiones a la inferioridad moral de la mujer, a su depravación, maldad, falsedad, inconstancia y falta de fiabilidad. La «ligereza femenina» se aduce incluso como argumento en las exposiciones de motivos de las leyes. Del mismo modo se rebaja a la mujer en cuanto a su capacidad y a su rendimiento. Locuciones, anécdotas, refranes y chistes de todos los pueblos están llenos de críticas despectivas contra la mujer, a la que se reprocha afán de pelea, impuntualidad, mezquindad, estupidez («faldas largas, entendimiento corto»).[^t14] Se despliega una enorme agudeza para demostrar la inferioridad de la mujer, y la serie de estos hombres —piénsese en Strindberg, Moebius, Schopenhauer, Weininger— se ve incluso aumentada por un número nada despreciable de mujeres que, en su resignación, llegaron a compartir la concepción de la inferioridad de la mujer y del papel subordinado que le corresponde. También en la remuneración del trabajo femenino, que, sin tener en cuenta si es o no de igual valor que el trabajo masculino, se mantiene muy por debajo de este, se expresa el menosprecio de la mujer.

Al comparar los resultados de las pruebas de aptitud se ha encontrado, en efecto, que para determinadas materias, por ejemplo las matemáticas, los muchachos muestran más aptitud, y para otras, por ejemplo los idiomas, las muchachas. Se ha visto que los muchachos muestran realmente más aptitud que las muchachas para aquellas materias que deben preparar para las profesiones masculinas. Pero esto solo aparentemente habla en favor de su mayor aptitud. Si se considera más de cerca la situación de las muchachas, resulta que la historia de la menor capacidad de la mujer es una fábula, una mentira que parece una verdad.

Una muchacha oye a cada paso, por así decirlo a diario y en todas las variaciones, que las muchachas son incapaces y solo sirven para trabajos más ligeros y subordinados. Es muy natural que una muchacha, en su incapacidad infantil para examinar la exactitud de tales juicios, considere la incapacidad femenina como un destino inalterable de la mujer y acabe creyendo ella misma en su propia incapacidad. Desalentada, <!-- S. 103 --> no aporta ya de antemano a tales materias —si es que alguna vez llega a tener que ver con ellas— el interés necesario, o lo pierde. Así le falta la preparación exterior e interior.

En tales circunstancias, la prueba de la incapacidad de la mujer tiene naturalmente que cuadrar en apariencia. Este error tiene dos causas. Se ve favorecido por el hecho de que —apoyándose a menudo en motivos unilaterales, puramente egoístas— todavía se juzga el valor del hombre por sus rendimientos calculados desde un punto de vista mercantil, punto de vista desde el cual, ciertamente, puede omitirse indagar en qué medida los rendimientos y la capacidad de rendimiento están relacionados con el desarrollo anímico. Si se prestara en general más atención a este, se daría también con la pista de la otra causa principal, a la que el error de la menor capacidad de rendimiento de la mujer debe en gran parte su existencia. A menudo se pasa por alto que, desde su infancia, el mundo entero le machaca los oídos a la muchacha con un prejuicio que solo sirve para quebrantar su fe en su propio valor, su confianza en sí misma, y para minar su esperanza de llegar a hacer alguna vez algo de provecho. Si no recibe más que confirmaciones de ello, si ve cómo a las mujeres solo se les asignan papeles subordinados, es comprensible que pierda el valor, que ya no quiera poner manos a la obra de veras y que, finalmente, retroceda ante las tareas de la vida. *Entonces*, ciertamente, es inepta e inútil. Pero si nos presentamos ante una persona y sabemos infundirle el respeto que corresponde a la voz de la colectividad, y le negamos toda esperanza de que pueda llegar a algo, si de este modo minamos su valor y luego encontramos que no rinde nada, no podemos decir que teníamos razón, sino que hemos de reconocer que *nosotros* tenemos la culpa de toda la desgracia.

No es, pues, fácil en nuestra cultura que una muchacha conserve la confianza en sí misma y el valor. Por lo demás, en las propias pruebas de aptitud se ha puesto de manifiesto el hecho notable de que un determinado grupo de muchachas, las de 14 a 18 años de edad, mostraban una aptitud superior a la de todos los demás grupos, también a la de los muchachos. Las indagaciones dieron como resultado que <!-- S. 104 --> eran todas muchachas de familias en las que también la mujer, la madre, o solo ella, tenía una profesión independiente. Esto significa que estas muchachas se encontraban en casa en una situación en la que no sentían, o solo en menor grado, el prejuicio de la menor capacidad de rendimiento de la mujer, porque, sobre todo, veían por sí mismas cómo la madre salía adelante gracias a su competencia. Podían, por tanto, desarrollarse con mucha más libertad e independencia, casi sin la influencia de todas las inhibiciones que van unidas a este prejuicio.

Otro argumento contra este prejuicio es el número nada pequeño de mujeres que han realizado cosas sobresalientes en los más diversos campos, en especial en la literatura, el arte, la técnica y la medicina, y que han producido en ellos obras que pueden ponerse en pie de plena igualdad junto a las de los hombres. Por lo demás, el número de hombres que no solo no presentan ningún rendimiento, sino un alto grado de incapacidad, es tan grande que con el mismo número de pruebas —naturalmente, con la misma sinrazón— podría sostenerse un prejuicio de la inferioridad de los hombres.

Un fenómeno acompañado de graves consecuencias es la circunstancia, ya mencionada, de que este prejuicio de la inferioridad de todo lo femenino ha conducido a una peculiar división en dos de los conceptos, que se expresa en la costumbre de identificar sin más los conceptos de masculino – valioso – fuerte – victorioso, por una parte, y los conceptos de femenino – obediente – servicial – subordinado, por otra. Esta manera de pensar ha arraigado tan profundamente en el pensamiento humano que en nuestra cultura todo lo excelente tiene un tinte masculino, mientras que todo lo menos valioso y desechable se presenta como femenino. Es sabido que hay hombres a los que no se puede hacer peor ofensa que la de llamarlos afeminados, mientras que en las muchachas el modo de ser masculino no significa nada desfavorable. El acento cae siempre de modo que todo lo que recuerda a la mujer se presenta como inferior.

Los fenómenos que a menudo hablan con tanta claridad en favor de este prejuicio no son, pues, considerados más de cerca, sino efectos de un desarrollo anímico inhibido. No queremos afirmar que podamos hacer de cada niño una persona que, en el sentido de la opinión corriente, pueda considerarse «dotada», de gran <!-- S. 105 --> capacidad de rendimiento, pero siempre nos creeríamos capaces de hacer de él una persona a la que se considerará *falta de aptitudes*. Cierto es que nunca lo hemos hecho, pero sabemos que otros lo han conseguido. Y es fácil imaginar que tal destino alcanza hoy con más frecuencia a las muchachas que a los muchachos. Hemos tenido ocasión de ver a niños de esos «sin aptitudes» que un buen día se presentaron tan dotados como si de niños sin aptitudes se hubieran convertido sin más en niños dotados.

### 4. La huida del papel de mujer

El predominio del hombre ha introducido en el desarrollo anímico de la mujer una grave perturbación, que tiene como consecuencia un descontento casi general de la mujer con su papel. La vida anímica de la mujer se mueve por las mismas vías y bajo los mismos supuestos que la de todos los hombres que, a partir de su posición, extraen un fuerte sentimiento de inferioridad. En el desarrollo anímico de la mujer se añade ahora, como factor agravante, el prejuicio de su supuesta inferioridad natural. Si, a pesar de ello, un gran número de muchachas encuentran a medias una compensación, lo deben a la formación de su carácter, a su inteligencia y, eventualmente, a ciertos privilegios que, sin embargo, solo muestran cómo un error trae enseguida otros en su séquito. Tales privilegios son exenciones, lujo, galanterías, que al menos tienen la apariencia de una preferencia, pues fingen una alta estima de la mujer, y, finalmente, ciertas idealizaciones que, en última instancia, vienen a parar de nuevo en crear un ideal de mujer que en realidad se creó en provecho del hombre. Una mujer observó a este respecto, exagerando, claro está: la virtud de la mujer es una buena invención del hombre.

En la lucha contra el papel de mujer pueden distinguirse en general dos tipos de mujeres. Al primero ya nos hemos referido de pasada. Son aquellas muchachas que se desarrollan en una dirección activa, «masculina». Se vuelven extraordinariamente enérgicas y ambiciosas y luchan por la palma. Procuran superar a sus hermanos y compañeros varones, se dedican preferentemente a ocupaciones reservadas al sexo masculino, practican toda clase de deportes, etc. A menudo se resisten también a las relaciones del amor y del matrimonio. Si <!-- S. 106 --> entran en una relación de este tipo, la perturban con su afán de ser también aquí siempre la parte dominante, aquella que de algún modo es superior a la otra. Muestran una enorme aversión por todos los asuntos de la casa, ya directamente, expresándola con toda franqueza, ya indirectamente, negándose todo talento para ello y procurando a veces incluso aportar la prueba de que no tienen capacidad para los trabajos domésticos.

Este es el tipo que procura reparar el mal con una especie de masculinidad. La actitud defensiva contra el papel de mujer es un rasgo fundamental de todo su ser. A veces se les aplica la expresión «marimachos». Pero en ella subyace una concepción errónea, según la cual algunos suponen que en tales muchachas existe un factor innato, una sustancia masculina, que las obliga a semejante actitud. Ahora bien, toda la historia de la cultura nos muestra que la opresión de la mujer y las restricciones a que todavía hoy está sometida son insoportables para un ser humano y lo empujan a la rebelión. Si esta toma una dirección que se siente como «masculina», ello se debe a que solo hay dos posibilidades de orientarse en este mundo: o según el modo, concebido idealmente, de una mujer, o según el de un hombre. Toda salida del papel de mujer tiene que parecer, por tanto, masculina, y a la inversa. Pero no porque aquí desempeñen un papel sustancias misteriosas, sino porque espacial y psíquicamente no es posible de otro modo. Hay que tener presentes, pues, las dificultades en medio de las cuales se lleva a cabo el desarrollo anímico de las muchachas, de modo que no podemos esperar en la mujer una reconciliación completa con la vida, con los hechos de nuestra cultura y las formas de nuestra convivencia mientras no se le conceda la igualdad de derechos con el hombre.

Al otro tipo de mujeres pertenecen aquellas que van por la vida con una especie de resignación y muestran un grado increíble de adaptación, obediencia y humildad. Aparentemente se insertan en todas partes y en todo ponen mano, pero muestran en ello tal torpeza y cortedad que no sacan nada adelante y uno tiene que entrar en sospechas. O <!-- S. 107 --> bien producen síntomas nerviosos, exhiben a ojos vistas su debilidad y lo mucho que merecen consideración, con lo que muestran al mismo tiempo cómo un amaestramiento semejante, una violencia de este tipo, se castiga por regla general con un padecimiento nervioso e incapacita para la vida en sociedad. Son las mejores personas del mundo, pero desgraciadamente están enfermas y no pueden satisfacer las exigencias que se les plantean. No pueden ganarse a la larga la satisfacción de su entorno. En el fondo de su sumisión, de su humildad y de su autolimitación está la misma rebelión que en el primer tipo, rebelión que parece decir claramente: esta no es, desde luego, una vida alegre.

Un tercer tipo parecen ser aquellas que no rechazan el papel de mujer, pero llevan dentro de sí la conciencia torturante de estar condenadas, como seres inferiores, a desempeñar un papel subordinado. Están plenamente convencidas de la inferioridad de la mujer, así como de que solo el hombre está llamado a realizaciones de más mérito. Por eso abogan también por su posición privilegiada. Con ello refuerzan el coro de voces que atribuyen solo al hombre toda capacidad de rendimiento y reclaman para él una posición especial. Muestran el sentimiento de su debilidad con tanta claridad como si quisieran buscar sin más un reconocimiento por ello y reclamar un apoyo. Pero también esta actitud es el estallido de la rebelión preparada de antiguo, que se manifiesta a menudo en que la mujer, en el matrimonio, descarga continuamente sobre el hombre tareas que debería realizar ella misma, con la franca confesión de que eso solo puede hacerlo un hombre.

Teniendo en cuenta que una de las tareas más importantes y a la vez más difíciles de la vida, la educación, a pesar del prejuicio predominante de la inferioridad de la mujer, queda sin embargo en su mayor parte con mucho en manos de la mujer, queremos hacernos también una idea de cómo se desenvuelven estos tipos como educadoras. Con ello podemos ahondar aún más en las diferencias. El primer tipo, con su actitud masculina ante la vida, mandará a su antojo de forma tiránica, estará ocupado con grandes gritos en una ininterrumpida aplicación de castigos y ejercerá así una fuerte presión sobre los niños, a la que estos, naturalmente, tratarán de sustraerse. Lo que se consigue con ello en el mejor de los casos <!-- S. 108 --> es, a lo sumo, un amaestramiento que no tiene valor alguno. La impresión de los niños suele ser que, en el fondo, sienten a tales madres como educadoras incapaces. El ruido, el gran alboroto y los aspavientos producen un efecto pésimo, y existe el peligro de que las muchachas se vean incitadas a imitarlos, mientras que los muchachos quedan llenos de un susto duradero para el resto de su vida. Entre los hombres que estuvieron bajo el dominio de una madre así se encuentran llamativamente muchos que evitan a la mujer dando un gran rodeo, como si ya estuvieran vacunados de amargura y no pudieran ya tener ninguna confianza en un ser femenino. Así se llega a una desavenencia duradera entre los sexos (ocasionalmente a la homosexualidad), que sentimos ya claramente como patológica, aunque incluso entonces hay todavía quienes desbarran sobre una «mala distribución de sustancia masculina y femenina».

Los otros dos tipos son igualmente estériles como educadoras. O bien muestran una actitud tan escéptica que los niños descubren pronto su falta de confianza en sí mismas y se le suben a la madre a la cabeza. Esta renueva, sí, una y otra vez sus intentos, amonesta continuamente y a veces amenaza también con decírselo al padre. Pero al volver siempre la mirada hacia el educador masculino delata de nuevo que no cree en un buen resultado de su actividad educativa. Y así, también en la educación tiene a la vista la línea de retirada, como si su tarea fuera justificar su punto de vista, a saber, que solo el hombre es competente y, por tanto, también indispensable en la educación. O bien estas mujeres, con el sentimiento de no poder nada, rechazan en absoluto toda actividad educativa y descargan así la responsabilidad sobre el hombre, sobre institutrices, etc.

Más crudamente aún se manifiesta el descontento con el papel de mujer en las muchachas que, por razones particulares, «más altas», se retiran de la vida, por ejemplo entrando en un convento o abrazando una profesión vinculada al celibato. También ellas pertenecen a las que, en su falta de reconciliación con el papel de mujer, se disponen propiamente a abandonar los preparativos para su verdadera profesión. Puede encontrarse también que el afán de muchas muchachas por entrar cuanto antes en una profesión <!-- S. 109 --> tiene su causa en que la independencia que esta lleva consigo les parece una protección para no verse entregadas tan fácilmente al matrimonio. También en esta toma de posición se revela de nuevo como factor impulsor la aversión al modo tradicional del papel de mujer.

Incluso allí donde se llega al matrimonio, donde, por tanto, cabría pensar que la muchacha ha asumido de buen grado este papel, se ve a menudo que la celebración del matrimonio no puede valer en modo alguno siempre como prueba de la reconciliación con el papel de mujer. Típico es aquí el ejemplo de una mujer que tiene ahora unos 36 años. Acude con quejas de diversas molestias nerviosas. Era la hija mayor de un matrimonio entre un hombre que envejecía y una mujer muy dominante. Ya la circunstancia de que la madre, una muchacha muy hermosa, hubiera tomado por marido a un hombre que envejecía, hace suponer que ya en este matrimonio habían intervenido reparos contra el papel de mujer y habían influido en la elección del cónyuge. El matrimonio de los padres no fue bien. La mujer llevaba la voz cantante en la casa a gritos e imponía su voluntad sin miramientos. El anciano se veía arrinconado a la menor ocasión. La hija cuenta que su madre a menudo ni siquiera toleraba que el padre se tendiera a veces en un banco para descansar. La madre se esforzaba siempre por llevar su casa conforme a un principio que se había forjado y que debía valer para todos como inviolable.

Nuestra paciente creció como una niña muy capaz, a la que el padre mimaba mucho. La madre, en cambio, nunca estaba contenta con ella y era siempre su adversaria. Cuando más tarde vino además un niño, por el que la madre sentía mucha más inclinación, la relación se volvió del todo insoportable. La muchacha, consciente de tener un apoyo en el padre, que, por indolente y condescendiente que fuera en lo demás, podía oponer una resistencia bastante violenta cuando se trataba de su hija, llegó en la obstinada lucha con la madre a tener sin más pensamientos de odio. Un objeto de ataque predilecto de la muchacha era en esto la limpieza de la madre, que llevaba su pedantería a tal extremo que, por ejemplo, no toleraba que la criada tocara un picaporte sin limpiarlo después. A la muchacha le divertía andar siempre bien sucia y desaliñada y ensuciarlo <!-- S. 110 --> todo. En general desplegaba solo cualidades que eran exactamente lo contrario de las que la madre esperaba. Esta circunstancia habla con mucha claridad contra la suposición de las cualidades de carácter innatas. Si la niña desarrolla solo aquellas cualidades que tienen que irritar a la madre hasta la muerte, en el fondo no puede haber sino un plan consciente o inconsciente. La lucha dura todavía hoy, y apenas hay una enemistad más violenta que esta.

Cuando la muchacha tenía 8 años, la situación era aproximadamente la siguiente: el padre siempre del lado de la hija; la madre siempre con un rostro severo y malhumorado, con observaciones punzantes y reproches; la muchacha, respondona, de réplica pronta y con un ingenio inaudito, con el que paralizaba todos los esfuerzos de la madre. Vino a agravar las cosas que el hermano menor, el favorito de la madre y también mimado, enfermó de una lesión de las válvulas del corazón, con lo que hizo que la preocupación de la madre por él se volviera aún más intensa. Obsérvense los esfuerzos de los padres por sus hijos, que se cruzan continuamente. En tales circunstancias creció la muchacha.

Sucedió entonces que pareció enfermar seriamente de un padecimiento nervioso que nadie podía explicarse. El padecimiento consistía en que se veía siempre atormentada por malos pensamientos que se dirigían contra la madre y que tenían por consecuencia que se creyera impedida por ellos para todo. Al final se sumió de pronto —sin éxito— en la religión. Al cabo de algún tiempo estos pensamientos remitieron, lo que se atribuyó a algún medicamento; pero probablemente la madre había quedado, a pesar de todo, un poco a la defensiva. Solo quedó un resto, que se manifestó en un llamativo miedo a las tormentas. La muchacha se imaginaba que la tormenta venía solo a causa de su mala conciencia y que algún día se convertiría para ella en una desgracia, porque tenía tan malos pensamientos. Se ve cómo la niña misma se esfuerza ya por liberarse de su odio a la madre.

Así siguió el desarrollo de la niña, y finalmente pareció sonreírle, a pesar de todo, un hermoso porvenir. Una impresión especial le causó una vez la frase de una maestra que dijo que esta muchacha podía conseguirlo todo con tal de quererlo. En <!-- S. 111 --> sí, tales palabras no tienen importancia, pero para esta muchacha significaban: si quería *imponer* algo, también podía hacerlo. Esta concepción no tuvo otra consecuencia que una mayor avidez en la lucha contra la madre.

Llegó la época de la pubertad; se convirtió en una muchacha hermosa, estuvo en edad de casarse y tuvo muchos pretendientes. Pero con una especial mordacidad de su lengua interrumpía una y otra vez todas las posibilidades de una relación. Solo había en su cercanía un hombre que envejecía, por el que se sentía especialmente atraída, de modo que se temía siempre que pudiera casarse con él. Pero también este hombre se marchó al cabo de algún tiempo, y la muchacha se quedó sin pretendientes hasta los 26 años. Esto resultaba muy llamativo en los círculos a que pertenecía, y no podía explicarse, porque no se conocía la historia de esta muchacha. En la dura lucha que había sostenido desde su infancia contra la madre se había convertido en un ser intratable y pendenciero. La lucha era su posición victoriosa. La conducta de la madre había irritado a la muchacha y la había llevado a ir siempre a la caza de triunfos. Una disputa mordaz era lo que más le gustaba. En ello se mostraba su vanidad. Su actitud «masculina» se manifestaba también en que solo prefería aquellos juegos en que se trataba de vencer a un adversario.

A los 26 años conoció a un hombre muy honorable, que no se dejó arredrar por su carácter pendenciero y la pretendió en serio. Se mostraba muy humilde y sumiso. A la insistencia de sus parientes para que lo tomara por marido, declaró repetidas veces que sentía una gran aversión por él y que una unión con él no podía salir bien. Con su carácter, semejante predicción no era, ciertamente, difícil. Tras dos años de resistencia dio por fin el sí, en la firme convicción de haber ganado en este hombre un esclavo con el que podría hacer lo que quisiera. En secreto había esperado encontrar en él algo así como una segunda edición de su padre, que siempre había cedido ante ella en todo.

Pronto vio con claridad que se había equivocado. Ya pocos días después de la boda se veía al marido sentado en la habitación con su pipa, leyendo tranquilamente el periódico. Por la mañana desaparecía en su oficina, llegaba puntualmente a comer y refunfuñaba si la comida todavía <!-- S. 112 --> no estaba lista. Exigía limpieza, ternura, puntualidad, todas ellas cosas, a juicio de ella, injustas, para las que no estaba preparada. La relación no se configuró ni de lejos como la que había existido entre ella y su padre. Cayó de todos sus sueños. Cuanto más exigía ella, menos atendía el marido a sus deseos, y cuanto más aludía él a su papel de ama de casa, menos veía de él. Además, no dejaba de recordarle continuamente que en realidad no tenía derecho a tales exigencias, pues ella le había dicho expresamente que no lo quería. Pero esto no le hacía la menor impresión. Seguía planteando sus exigencias con tal inflexibilidad que ella se hacía perspectivas muy sombrías para el futuro. El hombre recto, imbuido del sentimiento del deber, la había pretendido en una embriaguez de olvido de sí mismo que pronto se disipó cuando se creyó en segura posesión de ella.

En la desarmonía existente entre ellos nada cambió cuando ella fue madre. Tuvo que asumir nuevos deberes. Al mismo tiempo, su relación con su madre, que tomó enérgicamente partido por el yerno, fue empeorando cada vez más. Como la guerra ininterrumpida en la casa se libraba con tan grueso calibre, no era de extrañar que el marido se comportara a veces de manera fea y desconsiderada, y que con ello la mujer tuviera ocasionalmente razón. La conducta del marido era una consecuencia de la propia inaccesibilidad de ella, de su falta de reconciliación con el papel de mujer. Había pensado en un principio que podría desempeñarlo de tal manera que apareciera siempre como la soberana, que caminaría por la vida como al lado de un esclavo que tuviera que cumplirle todos sus deseos. Entonces quizá le habría sido posible avenirse a su papel, si hubiera podido dominar como la madre.

¿Qué iba a hacer ahora? ¿Debía divorciarse, volver con la madre y declararse allí vencida? Difícilmente podía hacerse independiente; no estaba preparada para ello. Un divorcio habría significado una herida para su orgullo, para su vanidad. La vida era para ella un tormento. El marido, por un lado, lo criticaba todo; por otro estaba la madre con su artillería pesada, predicando siempre limpieza y amor al orden.

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Y de pronto se volvió limpia y amante del orden. Empezó a lavar y a fregar el día entero. Parecía haber comprendido por fin las lecciones con que la madre le había machacado siempre los oídos. Al principio es probable que la madre sonriera amablemente y que también el marido se alegrara en cierta medida del amor al orden que había irrumpido de pronto en la mujer, que no paraba de vaciar y volver a llenar los armarios. Pero también esto puede exagerarse, y eso es lo que ocurrió en este caso. Lavaba y restregaba hasta que en toda la casa no quedaba un hilo sano, y mostraba en ello su celo de tal manera que todos la estorbaban en su tarea de ordenar y ella estorbaba igualmente a todos los demás. Si había lavado algo y alguien lo tocaba, había que volver a limpiarlo, y *solo* ella podía hacerlo.

Esta llamada *enfermedad del lavado* es un fenómeno extraordinariamente frecuente. Todas estas mujeres son luchadoras contra el papel de mujer, que de este modo procuran mirar por encima del hombro, desde una especie de perfección, a los demás, que no se lavan tantas veces al día. Inconscientemente, estos esfuerzos van encaminados a hacer saltar la casa por los aires. Y, sin embargo, rara vez se ha visto en una persona tanta suciedad como precisamente en esta mujer. No le importaba la limpieza, sino la perturbación que causaba.

Podría mostrarse en un sinnúmero de casos cómo una verdadera reconciliación con el papel de mujer existe casi siempre solo en apariencia. Cuadra bien con el carácter de esta mujer saber además que no tiene ninguna amiga, que no se entiende con nadie y que no conoce miramientos. Lo que la cultura tiene que traernos en el próximo futuro son caminos para la educación de las muchachas que logren una mejor reconciliación con la vida. Pues, tal como vemos hoy este caso, esta reconciliación no puede conseguirse a veces ni siquiera en las circunstancias más favorables. En nuestra cultura, la inferioridad de la mujer, aunque no existe realmente y la niegan todas las personas sensatas, sigue estando fijada por la ley y por la tradición. Hay que mantener siempre los ojos abiertos ante ello, reconocer toda la técnica de este comportamiento erróneo de nuestro orden social y combatirlo. Y todo ello no por una veneración de la mujer morbosamente exagerada, sino porque tales situaciones destruyen nuestra vida social.

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Debe mencionarse en este contexto un fenómeno más, porque también se toma a menudo como ocasión para una crítica despectiva de la mujer: la *edad peligrosa*.[^t15] Se manifiesta a veces hacia los 50 años de edad en fenómenos y cambios de la psique en el sentido de una agudización de ciertos rasgos de carácter. Los cambios físicos hacen que empiece a imponerse a la mujer la idea de que ha llegado el momento en que perderá por completo el último resto de su valía, mantenida a duras penas y de por sí escasa. Con un mayor despliegue de fuerzas procura aferrarse a todo lo que le ayudó a conquistar y mantener su posición, en condiciones que en esta época experimentan una agudización. Si en nuestra cultura actual, conforme al principio de rendimiento dominante, las cosas van en general mal para las personas que envejecen, esto vale en grado aún mayor para las mujeres que envejecen. El perjuicio que para las mujeres que envejecen consiste en que se mina por completo su valor alcanza en otra forma también a la colectividad, por cuanto nuestra vida no puede calcularse ni valorarse de un día para otro. Lo que uno ha realizado en la plenitud de sus años debería abonársele en cuenta para la época en que ha perdido fuerza y eficacia. No es admisible excluir sin más a una persona, porque es vieja, de sus relaciones anímicas y materiales, de una manera que en las mujeres viejas degenera sin más en un insulto. Imagínese con qué angustia piensa una muchacha que crece en esa época que también a ella le aguarda un día. Tampoco el ser mujer se extingue a los 50 años; también después de ese momento la dignidad humana subsiste intacta y debe ser respetada.

### 5. La tensión entre los sexos

Lo que subyace a todos estos fenómenos son extravíos de nuestra cultura. Una vez que esta está impregnada de un prejuicio, este se impone por todas partes y vuelve a encontrarse en todas partes. Así, también el prejuicio de la inferioridad de la mujer y la arrogancia del hombre relacionada con él perturban continuamente la armonía de los sexos. La consecuencia es una tensión inaudita, que penetra en especial también en todas las relaciones amorosas y amenaza constantemente, y a menudo destruye, todas las posibilidades de felicidad. Toda <!-- S. 115 --> nuestra vida amorosa queda envenenada por esta tensión, se seca y se vuelve yerma. Aquí está la razón de que tan rara vez se encuentre un matrimonio armonioso y de que los niños crezcan en la opinión de que el matrimonio es algo extraordinariamente difícil y peligroso. Prejuicios como el descrito más arriba y razonamientos de índole semejante impiden a menudo a los niños llegar a una verdadera comprensión de la vida. Piénsese tan solo en aquellas numerosas muchachas que consideran el matrimonio solo como una especie de salida de emergencia, en aquellos hombres y mujeres que no ven en él más que un mal necesario. Las dificultades nacidas de esta tensión entre los sexos han crecido hoy hasta lo gigantesco; son tanto mayores cuanto más fuerte fue en la muchacha desde la infancia la tendencia a rebelarse contra el papel que se le impuso, o cuanto más fuerte es en el hombre el deseo de desempeñar un papel privilegiado, a pesar de toda la falta de lógica que hay en ello.

La característica distintiva de un espíritu de conciliación, de un equilibrio entre los sexos, es la *camaradería*. Precisamente en las relaciones entre los sexos una subordinación es tan poco soportable como en la vida de los pueblos. Las dificultades y cargas que de ello derivan para ambas partes son tan grandes que todo el mundo debería prestar atención a este problema. Pues este campo es tan inmensamente vasto que abarca la vida de cada individuo. Y es tan complicado porque nuestra cultura ha impuesto al niño elegir su toma de posición en la vida de modo que se produzca en una especie de oposición al otro sexo. Una educación serena podría sin duda hacer frente también a estas dificultades. Pero la prisa de nuestros días, la falta de principios educativos realmente acreditados y, sobre todo, la lucha competitiva de toda nuestra vida repercuten hasta en el cuarto de los niños y dan ya aquí las directrices para la vida posterior. El peligro que hace retroceder a tantas personas ante el establecimiento de relaciones amorosas existe porque se ha convertido en tarea del hombre demostrar su masculinidad en todas las circunstancias, también mediante la astucia, mediante «conquistas», lo que destruye la naturalidad y la confianza en el amor. *Don Juan* es sin duda una persona que no cree ella misma ser lo bastante masculina y que, por ello, busca en sus conquistas pruebas siempre nuevas de serlo. <!-- S. 116 --> La desconfianza que reina entre los sexos mina toda intimidad, y así sufre por ello la humanidad entera. El ideal exagerado de masculinidad significa una exigencia, un estímulo continuo, una eterna inquietud, de lo que no resulta otra cosa que exigencias de la vanidad, autoenriquecimiento y una posición privilegiada, lo que contradice las condiciones naturales de la convivencia humana. No tenemos ningún motivo para oponernos a los objetivos que hasta ahora ha perseguido el movimiento feminista, de libertad e igualdad de derechos; al contrario, debemos apoyarlos activamente, porque, en definitiva, la felicidad y la alegría de vivir de la humanidad entera dependen de que se creen condiciones que permitan a la mujer reconciliarse con el papel de mujer, así como de cómo sea capaz el hombre de resolver la cuestión de su relación con la mujer.

### 6. Intentos de mejora

Entre los intentos realizados hasta ahora para encaminar una mejor relación entre los sexos, citemos aquí como el más importante la *coeducación*. Esta institución no es indiscutida; tiene sus adversarios y sus partidarios. Estos últimos aducen como principales ventajas de esta institución que los sexos tienen así ocasión de conocerse a tiempo, y que con ello puede impedirse mejor la aparición de prejuicios perjudiciales con sus consecuencias. Los adversarios alegan principalmente que la oposición entre muchachos y muchachas, que ya en la época en que entran en la escuela es a menudo sumamente fuerte, no haría sino agudizarse aún más con una educación común, porque en ella los muchachos se sienten oprimidos. Ello se debería a que el desarrollo intelectual de las muchachas avanza en esa época con más rapidez, de modo que los muchachos, que tendrían que llevar toda la carga de su privilegio y aportar pruebas de que son más capaces, se encontrarían de pronto ante el descubrimiento de que su privilegio no es más que una pompa de jabón que se deshace ante la realidad. Algunos investigadores pretenden haber comprobado también que en la coeducación los muchachos se vuelven medrosos frente a las muchachas y pierden la confianza en sí mismos.

No cabe duda de que en todas estas comprobaciones y en esta argumentación hay algo de cierto. Pero esta argumentación solo es sólida si se concibe la coeducación en el sentido <!-- S. 117 --> de una competencia de los sexos por la palma de la mayor capacidad. Si maestros y alumnos la entienden de este modo, entonces, naturalmente, es perjudicial. Y si no se encuentran maestros que logren una concepción mejor de la coeducación, a saber, la de un ejercicio, una preparación para la futura colaboración de los sexos en tareas comunes, maestros que pongan esta concepción en la base de su actividad profesional, los intentos de coeducación naufragarán siempre. Los adversarios no verán en los fracasos más que una confirmación de su postura.

Dar aquí un cuadro detallado exigiría la fuerza plástica de los poetas. Tenemos que contentarnos con señalar solo los puntos principales. Siempre hay conexiones con los tipos expuestos más arriba, y más de uno recordará cómo surgen aquí los mismos razonamientos que en las descripciones de aquellos niños que vinieron al mundo con órganos inferiores. También la muchacha que crece se comporta a menudo como si fuera inferior, y vale entonces para ella lo mismo que se dijo sobre la compensación del sentimiento de inferioridad. La única diferencia es que a la muchacha la creencia en su inferioridad le llega también desde fuera. Su vida se ve arrastrada hasta tal punto por esta vía que incluso investigadores perspicaces sucumben a veces a este prejuicio. El efecto general de este prejuicio es que ambos sexos acaban cayendo en el torbellino de la *política de prestigio* y desempeñan un papel para el que ninguna de las dos partes está a la altura, que lleva a complicarles la sencillez de su vida, a robarles la naturalidad de sus relaciones y a saturarlos de prejuicios ante los cuales se desvanece toda perspectiva de felicidad.

## Capítulo VIII. Los hermanos

Ya se ha mencionado varias veces que para juzgar a una persona es importante conocer la situación en que ha crecido. Ahora bien, una situación de índole particular reside en la posición que un niño ocupa en la serie de sus hermanos. <!-- S. 118 --> También según este punto de vista podemos clasificar a los hombres y, si disponemos de experiencia suficiente, somos capaces de reconocer si alguien es un primogénito, el hijo único, el menor, etc.

Los hombres parecen haber sabido en realidad desde hace mucho que el *menor* es casi siempre un tipo particular. Así se desprende de un sinnúmero de cuentos, leyendas e historias bíblicas en que el menor aparece y se describe siempre del mismo modo. En efecto, crece en una situación completamente distinta de la de todos los demás niños. Es para los padres un niño especial; como menor recibe un trato especial. Como menor aparece al mismo tiempo como el más pequeño y, en consecuencia, el más necesitado, en una época en que los demás hermanos están ya más independientes, hechos, crecidos. Por eso crece también casi siempre en una atmósfera más cálida que los demás.

De esta situación le nace una serie de rasgos de carácter que influyen de modo particular en su toma de posición ante la vida y forman de él una personalidad particular. A ello se añade además una circunstancia que parece significar una contradicción. Para ningún niño es una situación agradable que se le considere siempre el más pequeño, al que no se le cree capaz de nada, al que no se le puede confiar nada. Esto irrita tanto al niño que casi siempre se esfuerza por mostrar todo lo que es capaz de hacer. Su afán de poder experimenta una agudización. Así, el menor será casi siempre una persona a la que solo le basta la mejor situación, que desarrolla en sí un afán de saltar por encima de todos los demás.

Este tipo se encuentra muy a menudo en la vida. Hay una clase de menores que superan a todos los demás, que han realizado mucho más que sus hermanos. Un caso peor es otra clase de menores que también han tenido este afán, pero no la plena actividad y la confianza en sí mismos, lo que puede proceder igualmente de sus relaciones con los hermanos mayores. Si a estos no se les podía superar, puede ocurrir que el menor retroceda ante sus tareas, se vuelva cobarde y quejumbroso y busque siempre una excusa para eludir sus tareas. No se vuelve menos ambicioso, pero adquiere aquella clase de ambición que empuja al hombre a escabullirse y a satisfacer su ambición en un campo al margen de las tareas de la <!-- S. 119 --> vida, y a eludir el peligro de tener que dar pruebas de su capacidad.

A más de uno le habrá llamado ya la atención que el menor se comporta por lo general como si hubiera sido perjudicado y llevara dentro de sí un sentimiento de inferioridad mayor. Hemos podido comprobar siempre este sentimiento en nuestras investigaciones y derivar de este sentimiento torturante e inquietante el gran impulso de un desarrollo anímico. En este sentido, el menor se parece por completo a un niño que ha venido al mundo con órganos débiles. No es necesario que este sea realmente el caso; no importa lo que exista objetivamente, si una persona es realmente inferior, sino cómo se siente. Sabemos también que en la vida infantil es extraordinariamente fácil cometer un error. Nos hallamos aquí ante una plétora de preguntas, posibilidades y consecuencias. ¿Cómo debe comportarse el educador? ¿Debe provocar nuevas irritaciones, por ejemplo aguijoneando todavía más la vanidad de un niño así? Poner solo en primer plano que este niño debe ser siempre el primero sería demasiado poco para una vida humana, y la experiencia nos enseña también que en la vida no importa ser el primero. Es mejor exagerar aquí un poco en sentido contrario y decir: no necesitamos primeros. En realidad, ya estamos hartos de ellos. Si pasamos revista a la historia y a nuestras experiencias, tenemos que comprobar que no hay bendición en ello. Un principio así hace al niño unilateral y, sobre todo, no hace de él un buen semejante. Pues la consecuencia inmediata es casi siempre que solo piensa en sí mismo y en si otros podrían adelantársele. Se desarrollan fácilmente egoísmo, sentimientos de envidia y de odio, una inquietud por si será siempre el primero. El menor está ya de antemano inclinado por su posición a convertirse en un corredor veloz, a sobrepasar a todos los demás. El corredor que lleva dentro se delatará en todo su comportamiento, casi siempre solo en pequeñeces que por lo general no llaman la atención si no se conocen todas las conexiones de esta vida anímica. Así, cuando estos niños van siempre a la cabeza de un grupo o no soportan que alguien se ponga delante de ellos. Esta índole de corredor en competición es característica de la inmensa mayoría de los menores.

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Este tipo de menores, que a veces se sale de lo común, se encuentra también en forma completamente pura. A menudo hay entre ellos personas enérgicas que han llegado tan lejos que a veces se han convertido en salvadores de toda la familia. Si volvemos la vista atrás y consideramos, por ejemplo, la historia bíblica, por ejemplo la leyenda de José, encontramos todo esto representado del modo más maravilloso, con una intencionalidad y una claridad como si los creadores de aquella leyenda hubieran estado en plena posesión de estos conocimientos que hoy adquirimos tan trabajosamente. Sin duda, en el curso de los siglos se ha perdido mucho material valioso, que ahora ha de encontrarse una y otra vez de nuevo.

Junto a él hay todavía otro tipo, que se forma secundariamente a partir del primero. Imagínese que este corredor veloz tropieza de pronto con un obstáculo que no se cree capaz de superar y toma entonces un rodeo. Cuando un menor así pierde el valor, se convierte en el peor cobarde que quepa imaginar. Se le encuentra entonces siempre rezagado; todo trabajo le parecerá demasiado; tendrá una excusa para todo, no se atreverá con nada y así malgastará el tiempo. Casi siempre fracasará y encontrará a duras penas un campo en el que en realidad toda competencia esté excluida de antemano. Para sus fracasos aducirá toda clase de excusas: que es demasiado débil, que se le ha abandonado o mimado, que sus hermanos no le han dejado prosperar, etc. Tales destinos pueden agravarse todavía si tiene realmente una tara. Entonces sacará con más razón partido de ella para su escapismo.

Ninguno de los dos tipos suele ser un buen semejante. El primero, ciertamente, sale mejor parado en una época en que la competencia goza todavía de algún valor. Este tipo solo podrá mantener el equilibrio a costa de los demás, mientras que el segundo sufre toda su vida bajo el sentimiento opresivo de su inferioridad y bajo su falta de reconciliación con la vida.

También el *mayor* tiene rasgos característicos. Ante todo, tiene la ventaja de una posición excelente para el desarrollo de su vida anímica. Ya por la historia sabemos que siempre ha tenido una posición particular, más favorable. En algunos pueblos y capas sociales esta <!-- S. 121 --> posición privilegiada se ha mantenido por tradición. No cabe duda de que, por ejemplo, entre los campesinos el primogénito conoce ya desde la infancia su destino de hacerse cargo un día de la granja, y por ello se encuentra en una situación mucho mejor que los demás, que crecen con la sensación de que un día tendrán que abandonar la casa paterna. También en otros ámbitos se cuenta en muchas familias con que el hijo mayor será un día el señor de la casa. Incluso donde esta tradición no tiene peso, como en las familias burguesas sencillas o en las proletarias, el mayor es al menos aquel a quien se le supone tanta fuerza y sensatez que se le convierte en ayudante y en vigilante. Hay que imaginarse lo que significa para un niño estar cargado ininterrumpidamente de este modo con toda la confianza de su entorno. Ello produce en él un estado de ánimo que se expresa aproximadamente en razonamientos como: tú eres el más grande, el más fuerte, el mayor, y por eso tienes que ser más listo que los otros, etc.

Si el desarrollo transcurre sin perturbaciones en esta dirección, encontraremos en el mayor rasgos que lo caracterizan como guardián del orden. Tales personas tienen una estima propia, particularmente alta, del poder, tanto de su propio poder personal como en su valoración del concepto de poder. Para el mayor, el poder es algo evidente, algo que tiene peso y que debe imponerse. No puede desconocerse que tales personas tienen por regla general también un rasgo conservador.

En los *segundogénitos* el afán de poder y de superioridad se encuentra con un matiz propio. Están como bajo presión, aspiran recalentados a la primacía, y también en su conducta se advierte la carrera que da forma a su vida. El segundogénito siente como un fuerte estímulo que haya alguien delante de él que se hace valer. Si está en condiciones de desarrollar sus fuerzas y de entablar competición con el primero, por lo general avanzará con fuerte ímpetu, mientras que el primero, en posesión de su poder, se siente relativamente seguro hasta que el otro amenaza con subírsele a la cabeza.

Este cuadro nos recuerda vivamente la leyenda de Esaú y Jacob. Aquí vemos lo inquieto, un afán que <!-- S. 122 --> se dirige menos a los hechos que, casi siempre, solo a la apariencia, pero indomable, hasta que o bien se alcanza la meta y se adelanta al que va delante, o bien, tras una lucha fallida, comienza la retirada, que a menudo desemboca en la nerviosidad. El estado de ánimo del segundo es comparable a la envidia de las clases desposeídas, con el estado de ánimo predominante de sentirse postergado. Su meta puede estar puesta tan alta que sufra por ella toda su vida y su armonía interior quede destruida, como consecuencia de haber pasado por alto los verdaderos hechos de la vida en favor de una idea, de una ficción, de una apariencia sin valor. Un muchacho mayor que crece junto a una hermana menor lo tiene a menudo difícil. A menudo su sentimiento de superioridad se ve tan fuertemente amenazado que deja decaer el ánimo y se vuelve difícil de educar o neurótico. En la carrera que por regla general se desarrolla entre los dos, la muchacha cuenta más bien con el favor de las condiciones naturales: se desarrolla física e intelectualmente con más rapidez.

También el *hijo único* se encuentra en una situación de índole particular. Está plenamente expuesto a los ataques educativos de su entorno. Los padres no tienen, por así decirlo, elección: se lanzan con todo su ímpetu educativo sobre este único hijo. Este se vuelve dependiente en grado sumo, espera siempre que alguien le muestre el camino, busca constantemente un apoyo. Mimado a menudo, se acostumbra a no esperar dificultades, porque siempre se las han quitado del camino. Como se encuentra siempre en el centro de la atención, adquiere fácilmente el sentimiento de ser considerado algo especial. Su posición es tan difícil que las tomas de posición erróneas son casi inevitables. Cierto es que, si los padres saben la importancia que tienen tales situaciones y los peligros que encierran, existe también la posibilidad de impedir muchas cosas. Pero siempre sigue siendo un asunto difícil. A menudo se trata de padres sumamente precavidos, que sienten la vida misma como especialmente dura y por ello proceden con una precaución excesiva, lo que el niño siente a menudo como una presión reforzada. La constante preocupación por el bienestar del niño le sugerirá la idea, le dará pie, de imaginarse el mundo como hostil. Así crece el niño con un eterno miedo a las dificultades que le aguardan, sin ejercitar, sin <!-- S. 123 --> preparación, porque siempre se le ha dejado probar solo lo agradable de la vida. Tales niños tendrán dificultades con toda actividad independiente y se volverán ineptos para la vida. Pueden naufragar fácilmente. A veces su vida se asemeja a la de los parásitos, que solo disfrutan mientras otros tienen que procurárselo todo.

Son posibles también otras combinaciones en las que compiten entre sí varios hermanos del mismo o de distinto sexo. Tanto más difícil puede resultar, en consecuencia, juzgar cada caso. Especialmente difícil es la situación de un único muchacho entre varias muchachas. En una casa así domina la influencia femenina; el muchacho queda casi siempre muy relegado a segundo plano, sobre todo si es el menor, y se ve pronto frente a una falange cerrada. Su afán de valer tropieza con grandes obstáculos al ejercerse. Atacado por todas partes, nunca llegará a ser bien consciente del privilegio que nuestra cultura atrasada concede a los hombres, y se volverá inseguro. La intimidación puede llegar tan lejos que ocasionalmente sienta la posición masculina como la más débil. Su valor y su confianza en sí mismo vacilan fácilmente, o bien este aguijón actúa con tanta violencia que el muchacho se eleva a grandes realizaciones. Ambos casos nacen de la misma situación. Lo que finalmente llegue a ser de tales muchachos depende, naturalmente, de las circunstancias concretas. Pero un rasgo unitario no se echará nunca del todo en falta en ellos.

Vemos cómo, por la *posición* del niño, todo lo que trae consigo a la vida queda formado y teñido. Con esta comprobación aparece desposeída en especial la *doctrina de la herencia*, tan extraordinariamente perjudicial para la actividad educativa. Hay, desde luego, conexiones, casos en que la acción de influencias hereditarias parece establecida sin lugar a dudas, por ejemplo cuando un niño que crece completamente al margen de las relaciones con sus padres muestra, sin embargo, rasgos parecidos o de la misma índole. Pero la extrañeza ante ello cede enseguida a una comprensión mejor si recordamos lo naturales que resultan ciertos errores en el desarrollo de un niño que, por ejemplo, viene al mundo físicamente débil, en el que, por la debilidad de sus órganos en <!-- S. 124 --> relación con las exigencias del entorno, se produce una tensión, exactamente como en el padre, que quizá vino también al mundo con órganos débiles. Desde estos puntos de vista, la doctrina de la heredabilidad de los rasgos de carácter aparece extremadamente mal fundada.

También de la exposición anterior se desprende de nuevo que, entre los errores a que está expuesto el niño en su desarrollo, el de más graves consecuencias es el de querer elevarse por encima de los demás y aspirar a una posición de poder que le reporte ventajas frente a los demás. Si esta idea, tan natural en nuestra cultura, se ha apoderado del alma del hombre, su desarrollo está dado de manera casi forzosa. Si se quiere prevenir, hay que reconocer y comprender las dificultades. Y si hay un punto de vista unitario que nos ayude a superar todas las dificultades, es el del despliegue del sentimiento de comunidad. Si esto se logra, todas las dificultades carecen de importancia. Pero como en nuestra época hay relativamente pocas ocasiones para ello, estas dificultades pesan gravemente. Una vez que hemos reconocido esto, ya no nos extrañará encontrar a tantas personas que luchan toda su vida por subsistir y a las que la vida se les hace tan difícil. Sabemos entonces que son las víctimas de un desarrollo erróneo, a consecuencia del cual también su toma de posición ante la vida es errónea. Por eso hemos de ser muy reservados en nuestro juicio y, sobre todo, no pronunciar *juicios morales*, juicios sobre el valor (moral) de la persona. Antes bien, hemos de procurar aprovechar nuestro conocimiento de estas cosas saliendo ahora al encuentro de esa persona de otro modo, porque ahora somos capaces de formarnos una imagen mucho mejor de su interior. También para la educación resultan importantes puntos de vista, pues el conocimiento de las fuentes de error nos proporciona una abundancia de posibilidades de influencia. Al considerar al hombre en su desarrollo anímico, somos capaces de ver en la imagen que tenemos delante no solo su pasado, sino en parte también su futuro. Solo así el hombre cobra para nosotros verdadera vida. Se convierte para nosotros en algo más que una mera silueta, y nos formamos sobre su valor un juicio distinto del que es habitual en nuestra cultura.

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## La doctrina del carácter

## Capítulo I. Generalidades

### 1. Naturaleza y origen del carácter

Por rasgo de carácter entendemos la manifestación de una determinada forma de expresión del alma en un hombre que procura habérselas con las tareas de la vida. El «carácter» es, por tanto, un *concepto social*. Solo podemos hablar de un rasgo de carácter atendiendo a la relación de un hombre con su entorno. En un Robinson, por ejemplo, carecería de importancia qué carácter tuviera. El carácter es la toma de posición anímica, el modo en que un hombre se sitúa frente a su entorno, una línea directriz sobre la que se impone su afán de valer en unión con su sentimiento de comunidad.

Ya se ha establecido que toda la conducta de un hombre está determinada por una meta que no se presenta sino como una meta de superioridad, de poder, de sometimiento del otro. Esta meta actúa sobre la concepción del mundo, influye en el modo de andar, en el patrón de vida de un hombre, y dirige sus movimientos expresivos. Los rasgos de carácter no son, por consiguiente, más que las formas externas en que se manifiesta la línea de movimiento de un hombre. Como tales, nos proporcionan el conocimiento de su actitud hacia el entorno, hacia los semejantes, hacia la comunidad en general y hacia sus cuestiones de la vida. Se trata de fenómenos que representan *medios* para hacer valer la personalidad, artificios automatizados que se ensamblan en un método de vida.

Los rasgos de carácter no son en absoluto, como muchos creen, innatos, no están dados por naturaleza, sino que son comparables a una línea directriz <!-- S. 126 --> que se adhiere al hombre como un patrón y le permite expresar en cualquier situación, sin mucha reflexión, su personalidad unitaria. No corresponden a fuerzas ni sustratos innatos, sino que se *adquieren*, aunque sea muy pronto, para poder mantener un determinado modo de andar. Así, por ejemplo, la pereza no es innata en un niño, sino que es perezoso porque esta cualidad le parece un medio adecuado para facilitarse la vida y afirmar, sin embargo, su valía. Pues la posición de poder de un hombre existe también —en cierto sentido— cuando se mueve en la línea de la pereza. Siempre puede invocarla como un defecto innato, y su valor interior aparece entonces intacto. El resultado final de semejante autoobservación es siempre aproximadamente este: «Si no tuviera este defecto, mis capacidades podrían desplegarse brillantemente; pero, por desgracia, tengo este defecto». Otro, que en un afán desenfrenado de poder está envuelto en una lucha constante con su entorno, desarrollará los rasgos de carácter que parecen necesarios para semejante lucha, como la ambición, la envidia, la desconfianza y cosas parecidas. Creemos que tales fenómenos están fundidos con una personalidad, que son innatos e inmutables, mientras que, al examinarlos más de cerca, resulta que solo parecen necesarios para la línea de movimiento del hombre y por eso se adquieren. No son el defecto primario, sino el secundario, impuesto por la meta secreta del hombre, y por tanto han de considerarse *teleológicamente*. Recordamos nuestras exposiciones anteriores, según las cuales el modo humano de vivir, de obrar, de encontrar un punto de vista, está necesariamente ligado a la fijación de una meta. No podemos pensar ni emprender nada sin que tengamos ante nosotros una meta determinada. Esta se dibujará ya tempranamente, en oscuros contornos, ante el alma del niño, y orienta todo su desarrollo anímico. Es la fuerza directriz y configuradora que hace que cada individuo constituya una unidad particular, una personalidad particular, distinta de todas las demás, porque todos los movimientos y formas de expresión están dirigidos hacia un punto común, de modo que, desde esta perspectiva, reconocemos siempre a un hombre, dondequiera que se encuentre en su trayectoria.

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En lo que respecta a todos los fenómenos de lo psíquico, y en particular al origen de los rasgos de carácter, tenemos que rechazar por completo la importancia de la *herencia*. No hay ningún indicio que pueda apoyar en este terreno los supuestos de la teoría de la herencia. Si se sigue hacia atrás cualquier fenómeno de la vida humana, se llega naturalmente hasta el primer día, y parece como si todo fuera innato. La razón de que haya rasgos de carácter comunes a toda una familia, a un pueblo o a una raza reside sencillamente en que uno copia del otro, en que desarrolla en sí rasgos que ha espiado y tomado prestados del otro. Hay ciertas realidades, peculiaridades anímicas y formas corporales de expresión, a las que en nuestra cultura corresponde, para los hombres en crecimiento, el significado de una incitación a la imitación. Así, por ejemplo, el afán de saber, que a veces se manifiesta como gusto por mirar, puede conducir, en niños que tienen que luchar con ciertas dificultades del aparato visual, a un rasgo de carácter de curiosidad. Pero no existe necesidad alguna de que se desarrolle este rasgo de carácter; si la línea directriz de ese niño lo exigiera, podría desarrollar en su afán de saber, por ejemplo, un rasgo de carácter que le llevara a querer examinar todos los objetos y a desmontarlos o romperlos. O se convierte en un ratón de biblioteca, o cosas parecidas. Algo semejante ocurre con la desconfianza de las personas que padecen defectos de audición. En nuestra cultura, a tales personas se les sugiere percibir los peligros de un modo extraordinariamente agudizado. Están también expuestas muchas veces a toda clase de asperezas (burlas, menosprecio como lisiados, etc.) que favorecen el desarrollo de un carácter desconfiado. Como están excluidas de muchas alegrías, es comprensible que se agiten en ellas sentimientos hostiles. La suposición de que tienen un carácter desconfiado innato sería infundada. Lo mismo vale también respecto a la suposición de que los rasgos de carácter delictivos son innatos. Al argumento de que en una familia vuelven a encontrarse delincuentes hay que objetar que en ella van de la mano la tradición, la concepción de la vida y el mal ejemplo, que a los niños, por ejemplo, se les presenta el robo directamente como una posibilidad de vida.

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Lo mismo vale también, en especial, del afán de notoriedad. Las dificultades con que se encuentra todo niño hacen que ningún niño crezca sin este afán. Las formas en que este afán se manifiesta son, en definitiva, intercambiables: varían y cambian y tienen un aspecto distinto en cada hombre. A la afirmación de que los niños se parecen tantas veces a sus padres en sus rasgos de carácter tenemos que responder que el niño, en su afán de notoriedad, se siente atraído por el porte de una persona de su entorno que reclama valía y la posee. Cada generación aprende de este modo de sus antepasados y, aun en las épocas más difíciles, aun en los mayores enredos a que conduce el afán de poder, se mantiene aproximadamente en lo aprendido.

La meta de la superioridad es una meta secreta. A causa de la influencia del sentimiento de comunidad, solo puede desplegarse en secreto y se oculta siempre tras una máscara amable. Pero tenemos que hacer constar que no podría proliferar de forma tan tropical si uno comprendiera mejor al otro. Si pudiéramos llegar al punto de que nuestro pueblo tuviera mejores ojos y cada cual pudiera penetrar con más claridad el carácter de sus semejantes, no solo podría protegerse mejor, sino que al mismo tiempo dificultaría tanto el trabajo al otro que ya no le resultaría rentable. Entonces tendría que caer el afán de poder encubierto. Por eso vale la pena mirar más a fondo estas conexiones y tratar de aprovechar en la práctica los conocimientos adquiridos. Pues nuestro conocimiento del hombre no es gran cosa. Vivimos en unas condiciones culturales complicadas que dificultan mucho una verdadera formación para la vida. Los medios más importantes para el desarrollo de la perspicacia le están, en realidad, sustraídos al pueblo, y la escuela no ha hecho hasta ahora más que extender ante los niños una cierta materia de saber y dejarles «devorar» de ella lo que podían y querían, sin despertar especialmente su interés. Y aun esta escuela ha sido para la mayor parte de la población solo un piadoso deseo. A la condición más importante para la adquisición del conocimiento del hombre se le ha dado hasta ahora demasiado poco peso. En estas escuelas hemos sacado también todos nosotros nuestros criterios para juzgar a los hombres. Allí <!-- S. 129 --> hemos aprendido, sí, a dividir las cosas en buenas y malas y a distinguirlas unas de otras, pero nos hemos quedado sin revisión. Así nos hemos llevado la carencia a la vida y ahora la padecemos durante toda nuestra vida. Los prejuicios de los años infantiles los seguimos empleando de adultos como si fueran leyes sagradas. No advertimos cómo hemos sido arrastrados al torbellino de esta complicada cultura y adoptamos puntos de vista sumamente perjudiciales para un verdadero conocimiento de las cosas, porque, en última instancia, todo lo consideramos y ante todo tomamos posición solo desde el punto de vista de la elevación de nuestro sentimiento de la personalidad, con el fin de lograr para nosotros un aumento de poder *y de no hacer tambalear nuestro estilo de vida*. Nuestro modo de ver era demasiado subjetivo.

### 2. La importancia del sentimiento de comunidad para el desarrollo del carácter

En el desarrollo del carácter desempeña un papel destacado, junto al afán de poder, un segundo factor que actúa con él: el sentimiento de comunidad. Este se expresa, como el afán de notoriedad, ya en las primeras emociones anímicas del niño, especialmente en sus impulsos de ternura, en los impulsos de búsqueda de contacto. Las condiciones para el desarrollo del sentimiento de comunidad las hemos conocido en otro lugar; aquí solo queremos repetirlas brevemente. Ante todo, se halla bajo la influencia constante del sentimiento de inferioridad y del afán de poder que nace de él. El hombre es extraordinariamente receptivo a sentimientos de inferioridad de toda clase. *En el momento en que aparece un sentimiento de inferioridad, comienza propiamente el proceso de su vida anímica*, la inquietud que busca una compensación, que exige seguridad y pleno valor para poder disfrutar de una vida en tranquilidad y alegría. De la comprensión del sentimiento de inferioridad surgen las normas de conducta que han de observarse con el niño y que culminan en la exigencia general de no amargarle la vida al niño, de preservarlo de conocer de forma demasiado dura los lados sombríos de la vida y, por tanto, de transmitirle en lo posible también los lados luminosos de la vida. Aquí se enlaza otro grupo de condiciones, que son de naturaleza económica y hacen que los niños crezcan en circunstancias que no <!-- S. 130 --> tendrían por qué darse, porque la incultura, la incomprensión y la miseria son, al fin y al cabo, fenómenos a los que se podría poner remedio. Un papel importante lo desempeñan los defectos corporales, que hacen que el modo normal de vida no sirva para un niño así, que haya que concederle privilegios y tomar medidas especiales para conservar su existencia. Aun cuando todo eso esté a nuestro alcance, *lo que* no podemos impedir es que tales niños sientan la vida como algo difícil y se sientan distintos, con lo que les amenaza el peligro de sufrir un grave menoscabo en su sentimiento de comunidad y de desarrollar un interés mayor por su persona, que creen amenazada.

No podemos juzgar mejor a un hombre que aplicando la idea del sentimiento de comunidad a toda su actitud, a su pensar y obrar, y midiéndolos con ella. Este punto de vista nos parece tan seguro porque la posición de cada individuo dentro de la sociedad humana exige y trae consigo un profundo sentimiento de las conexiones de la vida, en virtud del cual sentimos y sabemos, de modo más o menos oscuro, a veces también con toda claridad, lo que debemos a los demás. El hecho de que estemos en medio del engranaje de la vida y sujetos a la lógica de la convivencia humana hace que tengamos que adquirir seguridad para juzgarnos a nosotros mismos y a los demás, y para ello no podemos reconocer otra medida que precisamente la magnitud del sentimiento de comunidad. Nos es imposible negar nuestra dependencia espiritual del sentimiento de comunidad. No hay hombre que sea capaz de negar seriamente para sí todo sentimiento de comunidad. No hay palabras para desentenderse de los deberes para con los semejantes. El sentimiento de comunidad se hace presente siempre con voz de advertencia, como conciencia moral, como sentimiento de culpa. Con esto no quiere decirse que obremos siempre en el sentido del sentimiento de comunidad, pero sí que hace falta cierto despliegue de fuerza para sofocar este sentimiento, para apartarlo, y además que, dada la validez universal del sentimiento de comunidad, nadie puede realizar una acción sin justificarse de algún modo ante este sentimiento. De ahí procede la tendencia, en la vida humana, a aducir razones, o por lo menos atenuantes, para todo lo que uno piensa y hace, y <!-- S. 131 --> de ahí surge la peculiar técnica de vivir, de pensar y de obrar que consiste en que queremos estar siempre en relación con el sentimiento de comunidad, creemos estarlo o al menos queremos despertar la apariencia de esa relación. En suma, estas consideraciones deben mostrar que existe algo así como una apariencia de sentimiento de comunidad, que como un velo encubre otras tendencias cuyo descubrimiento sería lo único que nos permitiría el juicio correcto sobre un hombre. El hecho de la posibilidad del engaño supone una dificultad para juzgar la magnitud del sentimiento de comunidad. Pero el conocimiento del hombre es, sin remedio, difícil de alcanzar, y aún tiene que ser elevado a ciencia accesible a todos. Para mostrar qué desaciertos se producen aquí, damos a continuación algunos casos de nuestra experiencia.

Un joven cuenta que una vez nadó con varios compañeros mar adentro hasta una isla, en la que permanecieron algún tiempo. A uno de ellos le ocurrió que, al inclinarse sobre el borde de la roca, perdió el equilibrio y cayó al mar. Nuestro joven se inclinó hacia delante y miró con curiosidad cómo se hundía su compañero. Cuando más tarde reflexionó sobre ello, le llamó la atención que en aquel momento no hubiera en él más que curiosidad. Dicho sea de paso, el caso terminó bien. Pero, en lo que respecta al narrador, hay que hacer constar que carece en gran parte de sentimiento de comunidad. Si se oye además que en su vida no ha hecho propiamente daño a nadie, y que incluso sabe a veces estar en muy buenos términos con alguien, eso no nos engañará, sin embargo, respecto a que su sentimiento de comunidad es escaso. Naturalmente, para una afirmación tan arriesgada hay que reunir todavía más material. Aportamos con este fin una fantasía diurna predilecta de este joven. Su contenido era encontrarse en una casita pequeña y bonita en medio del bosque, aislado de todos los hombres. Esta imagen era también un motivo predilecto de sus dibujos. Quien entiende de fantasías reconocerá fácilmente, si conoce los antecedentes, la falta de sentimiento de comunidad. Y si, sin despliegue moralizante, hacemos constar que en él ha tenido que influir algún desarrollo defectuoso que impidió el despliegue del sentimiento de comunidad, apenas seremos injustos con él.

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Con otra historia, de la que queremos esperar que no haya pasado de ser una anécdota, se mostrará todavía con más claridad la diferencia entre el sentimiento de comunidad auténtico y el falso. Una anciana resbaló al subir a un tranvía y cayó en la nieve. No podía levantarse, y una multitud de gente pasaba de largo apresuradamente sin ayudarla, hasta que por fin alguien se acercó y la levantó. En ese instante acudió de un salto otro, que se había mantenido escondido en algún sitio, y saludó al salvador con estas palabras: «¡Por fin una persona decente! Hace cinco minutos que estoy aquí esperando a ver si alguien levanta a esta mujer. Usted es el primero». Aquí se ve claramente cómo, mediante una especie de arrogancia, mediante el fingimiento de un sentimiento de comunidad, se comete un abuso y alguien se erige en juez de los demás y reparte alabanzas y censuras sin haber movido él mismo un dedo.

Hay casos tan complicados que no es fácil tomar una decisión sobre la magnitud del sentimiento de comunidad. Entonces no queda más remedio que volver a sus raíces. No quedaremos en la incertidumbre si, por ejemplo, tenemos que juzgar el caso de un general que, considerando ya medio perdida la guerra, sigue enviando a la muerte a miles de soldados. Él sostendrá, naturalmente, el punto de vista de que ha obrado en interés de la colectividad, y muchos le darán la razón. Pero hoy tendremos poca inclinación a considerarlo un verdadero semejante, sean cuales sean las razones que aduzca.

Lo que necesitamos en tales casos para poder emitir un juicio acertado es un punto de vista al que corresponda validez universal. Para nosotros, ese punto de vista es *la utilidad de la colectividad, el bien del conjunto*. Si nos situamos en este punto de vista, la decisión solo en rarísimos casos nos causará dificultades.

La magnitud del sentimiento de comunidad se mostrará en todas las manifestaciones vitales de un hombre. Se expresará a menudo ya de un modo completamente externo, por ejemplo en cómo uno mira al otro, cómo le tiende la mano, cómo habla con él. Todo su ser nos transmitirá a menudo una impresión ya de un modo puramente afectivo. A veces, de un modo del todo inconsciente, sacamos de la conducta <!-- S. 133 --> de un hombre conclusiones que llegan tan lejos que hacemos depender de ellas nuestra propia actitud. En estas consideraciones no hacemos otra cosa que trasladar este proceso a la esfera de la conciencia, y hacer así posible examinar y estimar sin tener que temer fuentes de error. Entonces ya no nos extravían los prejuicios, que se producen con mucha más facilidad cuando este proceso transcurre en lo inconsciente, donde no podemos controlar ni tenemos posibilidad de revisión.

Señalemos una vez más que, al juzgar el origen de un carácter, solo ha de tenerse siempre en cuenta, como factor esencial, la posición global del hombre; que no basta con entresacar fenómenos aislados, por ejemplo mirar *solo* al sustrato corporal, *solo* al medio o *solo* a la educación. Con esta constatación se le quita al mismo tiempo a la humanidad una pesadilla del pecho. Pues si podemos mantener y ampliar este camino, si somos conscientes de que mediante un conocimiento de sí mismo más profundo es posible comportarse de manera más adecuada, entonces también es posible influir con éxito sobre otros, en especial sobre los niños, e impedir que su desarrollo se convierta en un ciego destino, que tengan que acabar o permanecer en la desgracia porque proceden de una sombría atmósfera familiar. Si conseguimos desenmascarar este error, la cultura de la humanidad habrá dado un paso decisivo hacia delante, y existirá la posibilidad de que crezca una generación consciente de ser dueña de su propio destino.

### 3. Direcciones del desarrollo del carácter

Según la dirección que tome el niño en su desarrollo anímico, así serán también los rasgos de carácter que desarrolle. Sentiremos esta dirección o bien como recta, o bien presentará desviaciones. En el primer caso, el niño tenderá en línea recta a la realización de su meta y desarrollará, por tanto, un carácter agresivo y valeroso. Puede decirse que los comienzos del desarrollo del carácter tienen en todo caso algo de esto agresivo, de esto que agarra, pero que esta línea puede ser fácilmente doblegada por las dificultades de la vida. Estas dificultades residen, como es sabido, en una gran fuerza de resistencia de los adversarios, <!-- S. 134 --> en cuyo caso el niño no puede alcanzar por la línea recta la meta de la superioridad. Intentará de algún modo sortear esas dificultades. En este rodeo adoptará a su vez determinados rasgos de carácter. Del mismo modo actúan también sobre el desarrollo del carácter todas las demás dificultades que ya hemos conocido, como el desarrollo defectuoso de los órganos, las faltas que comete el entorno del niño y cosas parecidas. Importantes son además las influencias del entorno más amplio, que se presenta como una educadora de la índole más irresistible. Pues la vida pública se transforma en exigencias, pensamientos y sentimientos de los propios educadores, que quedan así determinados a organizar la educación de modo que esté acorde con la vida social y con la cultura dominante.

Las dificultades de toda clase significan siempre un peligro para un desarrollo rectilíneo del carácter. Los caminos que toma el niño para llegar a su meta de poder se apartarán entonces más o menos de la dirección recta. Mientras que en el primer caso la actitud del niño se muestra inquebrantable, siempre en una misma línea, la de enfrentarse directamente a una dificultad, en el segundo caso se hace visible un niño completamente distinto, un niño que ya ha aprendido que el fuego quema, que hay adversarios, que hay que ser *precavido*. Intentará apoderarse de la meta de la valía y del poder por rodeos, de manera astuta. Su desarrollo ulterior dependerá del grado de esta desviación: de si se vuelve demasiado precavido o no, de si todavía está en armonía con las necesidades de la vida o si ya deja que desear en ello. Ya no abordará sus tareas en línea recta, se volverá cobarde o tímido, ya no mirará a los ojos, ya no dirá la verdad. Otro tipo de niños, pero, con todo, la misma meta. Si dos no hacen lo mismo, puede, sin embargo, ser lo mismo.

Ambas direcciones del desarrollo son viables hasta cierto grado, sobre todo si el niño no ha adoptado todavía formas demasiado rígidas, si sus principios están todavía sueltos, de modo que no emprende siempre el mismo camino, sino que conserva iniciativa suficiente y sigue siendo flexible para encontrar también otra forma cuando una resulta insuficiente.

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La integración en las exigencias del conjunto tiene como presupuesto una convivencia no perturbada. Esta integración se le puede enseñar fácilmente al niño mientras no adopte todavía una posición de lucha frente a su entorno. Y la lucha dentro de la familia solo puede evitarse si los educadores son capaces de relegar su propio afán de poder hasta el punto de que no se convierta en una carga, en una presión sobre el niño. Si disponen además de una plena comprensión del desarrollo del niño, podrán evitar también que los rasgos de carácter rectilíneos se exacerben, que el valor degenere en insolencia y la independencia en tosco egoísmo. Del mismo modo podrán impedir que, por una autoridad impuesta de algún modo por la fuerza, la integración se convierta en obediencia servil, que el niño se vuelva cerrado y rehúya la verdad porque teme las consecuencias de la franqueza. Pues la presión que se emplea a menudo en la educación es un medio temerario y produce casi siempre solo una falsa integración; la obediencia forzada no es más que aparente. Ya actúen directa o solo indirectamente sobre el niño todas las dificultades imaginables que aquí intervienen, siempre caerá en el alma infantil un reflejo de las circunstancias generales y la configurará en consecuencia, sin que pueda ejercerse una crítica, bien porque el niño no es capaz de ella, bien porque el entorno adulto no sabe nada de estos procesos o no los comprende.

Se puede clasificar también a los hombres de otro modo, a saber, según cómo hacen frente a las dificultades. Los *optimistas* son aquellos hombres en quienes el desarrollo del carácter toma una dirección recta en líneas generales. Hacen frente con valor a todas las dificultades y no se las toman a la tremenda. Han conservado la fe en sí mismos y han encontrado con más facilidad una posición favorable ante la vida. No exigen demasiado, porque tienen una buena estimación de sí mismos y no se sienten menoscabados. Así soportan las dificultades de la vida con más facilidad que otros, que encuentran siempre en ellas un motivo para tenerse por débiles e insuficientes. En las situaciones más difíciles permanecen tranquilos, convencidos de que los errores pueden repararse.

También por su aspecto exterior se puede reconocer a los optimistas. No tienen miedo, hablan abierta y libremente con los <!-- S. 136 --> demás y no se cohíben demasiado. Plásticamente se los podría representar de pie con los brazos abiertos para recibir al otro. Encuentran fácilmente contacto con otras personas, traban amistad con facilidad porque no son desconfiados. Su lenguaje es desembarazado; su porte y su andar, desenvueltos. Un tipo puro de esta clase se encuentra raramente, casi solo en los primeros años de la infancia. Pero hay, desde luego, grados de optimismo y de gusto por el trato con los que podemos darnos por satisfechos.

Otra cosa es el tipo del *pesimista*, que plantea los problemas educativos más graves. Son aquellos que de las vivencias e impresiones de la infancia han sacado un sentimiento de inferioridad más fuerte, a quienes toda clase de dificultades les ha sugerido la impresión de que la vida no es fácil. Una vez dentro del círculo mágico de una concepción pesimista del mundo, alimentada por un trato equivocado, su mirada caerá siempre sobre los lados sombríos de la vida. Son mucho más conscientes de las dificultades de la vida que los optimistas y pierden fácilmente el valor. A menudo llenos de un sentimiento de inseguridad, buscan un apoyo, lo cual se manifiesta habitualmente ya en lo externo en que no son capaces de mantenerse en pie solos; de niños, por ejemplo, buscan arrimarse a la madre o llaman a la madre. Este *grito llamando a la madre* puede encontrarse a veces hasta en la edad avanzada.

La especial precaución de este tipo se ve en su actitud, que será casi siempre tímida, medrosa, lenta, calculadoramente precavida, porque siempre olfatean peligros. También dormirán peor. El sueño es, en general, un excelente indicador del desarrollo de un hombre. Los *trastornos del sueño* son siempre un signo de mayor precaución e inseguridad. Es como si estas personas estuvieran continuamente de guardia para protegerse mejor de las hostilidades de la vida. De ahí puede verse también qué poco arte de vivir, qué poca comprensión de la vida y de sus conexiones hay en este tipo, que ni siquiera puede gozar de un buen sueño. Si de verdad tuviera razón, entonces no *debería* dormir en absoluto. Si la vida fuera realmente tan difícil como supone este tipo, el sueño sería, en efecto, una institución perjudicial. En la inclinación a tomar posición contra tales instituciones naturales se delata la incapacidad para la vida <!-- S. 137 --> de este tipo. A veces no se encuentran precisamente trastornos del sueño, sino otros trastornos, como comprobar si la puerta está bien cerrada, sueños frecuentes con ladrones y cosas parecidas. Incluso en las posturas al dormir puede reconocerse este tipo. Ocurre a menudo que tales personas se enroscan ocupando el menor espacio posible o se tapan la cabeza con la manta.

Según otros puntos de vista, se puede dividir a los hombres en atacantes y atacados. La *actitud de ataque* se muestra sobre todo en movimientos más amplios. Si son valerosos, aumentarán ese valor hasta la temeridad y querrán mostrarse siempre a sí mismos y a los demás, con un énfasis especial, que son capaces de hacer algo. Así delatan el profundo sentimiento de inseguridad que en el fondo los domina. Si son medrosos, procurarán endurecerse contra el miedo. Otros, a su vez, se esforzarán por reprimir los sentimientos de blandura y ternura, porque les parecen una debilidad. Querrán siempre hacer valer al fuerte, a menudo con tal evidencia que llama la atención. Estos atacantes mostrarán a veces también rasgos de rudeza y crueldad. Si se inclinan al pesimismo, a menudo están alteradas todas sus relaciones con el entorno, porque no conviven ni sienten con los demás y se enfrentan con hostilidad a todos. Su autoestimación consciente puede alcanzar en ello un grado muy elevado; pueden estar hinchados de orgullo, arrogancia y presunción. Pueden hacer ostentación de vanidades como si fueran verdaderos vencedores. Pero la evidencia con que hacen todo esto, y lo superfluo que hay en ello, no solo perturba la convivencia, sino que nos delata también que todo en ellos no es más que una construcción artificial que se alza sobre un fundamento inseguro y vacilante. Así se produce su actitud de ataque, que se mantiene algún tiempo.

El desarrollo ulterior de tales personas no es fácil. La sociedad humana no es propicia a semejante modo de ser. Ya por el hecho de llamar la atención se hacen antipáticos. En sus constantes esfuerzos por llevar la ventaja, entran pronto en conflicto con los demás, sobre todo con quienes piensan como ellos, cuya competencia despiertan. Su vida se convierte en una cadena continua de luchas, y cuando, como es casi inevitable, sufren derrotas, a menudo su línea de victoria y de triunfo <!-- S. 138 --> llega a su fin. Retroceden entonces fácilmente asustados, pierden la perseverancia y ya solo con dificultad pueden superar los reveses. Entonces es también difícil volver a sacarlos adelante. El fracaso en las tareas empieza a ejercer sobre ellos una influencia duradera, y terminan su desarrollo aproximadamente allí donde comienza el otro tipo, el de quienes se sienten siempre atacados.

Este segundo tipo, los *«atacados»*, son aquellos que, para superar su sentimiento de debilidad, no han buscado la línea del ataque, sino la de la medrosidad, la precaución y la cobardía. Esta actitud no se produce, ciertamente, nunca sin que antes se haya recorrido, aunque solo sea por poco tiempo, la línea descrita en el primer tipo. Los «atacados» están pronto tan cargados de malas experiencias, sacan de ellas conclusiones tan demoledoras, que caen fácilmente en el camino de la huida.[^2] Algunos logran ocultarse a sí mismos estos movimientos de huida haciendo como si se tratara de una empresa fecunda y activa. Así, cuando se remontan al pasado, se ocupan intensamente de sus recuerdos y desarrollan su fantasía, lo cual en realidad no sirve más que para escapar de la realidad, que les parece amenazadora. Es cierto que a uno u otro, si no se ha perdido aún toda iniciativa, le es posible incluso por este camino realizar algo que no carece de utilidad para la colectividad. Quien se interese por la *psicología del artista* encontrará a menudo entre los artistas este tipo, que se ha apartado de la realidad para erigirse en la fantasía, en el reino de las ideas, donde no hay obstáculos, un segundo mundo. Esas son las excepciones. La mayoría sufren fracasos. Temen a todos y a todo, se vuelven enormemente desconfiados y no esperan de los demás más que hostilidad. Por desgracia, en nuestra cultura se ven confirmados con demasiada frecuencia en su toma de posición, y pierden entonces por completo la vista para las buenas cualidades de los hombres y para los lados luminosos de la vida. Un rasgo de carácter frecuente en estas personas es que pueden volverse extraordinariamente *críticas* y adquieren una perspicacia que percibe en el acto cualquier defecto. Se erigen en jueces sin haber contribuido ellos mismos en nada a la <!-- S. 139 --> utilidad de su entorno. Son siempre meros críticos y malos compañeros de juego, aguafiestas. Su desconfianza los obliga a una actitud expectante y vacilante. Ante una tarea empiezan a dudar y a vacilar, como si quisieran aplazar la decisión. Si se quiere representar también simbólicamente este tipo, se nos aparecería como un hombre que extiende las manos como para defenderse, a veces con la mirada apartada, como para no tener que mirar el peligro a la cara.

También otros rasgos inherentes a tales personas son poco simpáticos. Es un fenómeno general que las personas que no tienen confianza en sí mismas tienden a no tener confianza tampoco en los demás. Con esta actitud es, sin embargo, inevitable que se desarrollen rasgos de envidia y de avaricia. El retraimiento en que a menudo viven significa que no están dispuestas a dar alegrías a los demás ni a participar en las alegrías de otros. La alegría ajena les causa a veces dolor; se sienten francamente heridas por ella. Algunas de estas personas logran con bastante frecuencia el artificio de sentirse por encima de los demás, de tal manera que este sentimiento es difícil de quebrantar en la vida. En su anhelo de mostrarse por encima de los demás pueden despertar sensaciones tan complicadas que a primera vista no se las reconoce en absoluto como hostiles.

### 4. Contraste con otras escuelas psicológicas

Se puede practicar también el conocimiento del hombre sin una línea de orientación claramente consciente. Esto suele ocurrir de modo que se entresaca un punto *aislado* del desarrollo anímico y, a partir de ese punto, se intenta establecer tipos para orientarse. Así, por ejemplo, se podría dividir a los hombres en aquellos que son más reflexivos, más deliberativos o más ocupados en la fantasía y reacios a intervenir en la vida, y a los que por eso es difícil mover a la acción, y en aquellos que son más activos, reflexionan menos y dan menos espacio a la fantasía, que están siempre ocupados, trabajando, interviniendo en la vida. Tales tipos existen, sin duda. Pero entonces estaríamos ya al final de nuestras consideraciones y tendríamos que contentarnos, como el resto de la psicología, con hacer constar que en unos está más desarrollada la actividad de la fantasía, y en los otros la energía para la acción. <!-- S. 140 --> Esto difícilmente bastaría a la larga. Nuestra necesidad apunta más bien a formarnos imágenes claras de *cómo* ha llegado a ser eso, de si tenía que llegar a ser así y de cómo podría evitarse o modificarse. Por eso, tales clasificaciones arbitrarias, hechas desde un punto de vista superficial, no sirven para un conocimiento racional del hombre, aunque tipos de esta clase nos llamen la atención una y otra vez.

La psicología individual ha captado el desarrollo de los movimientos expresivos allí donde hay que buscar sus comienzos: en los primeros días de la infancia. Ha establecido que estos movimientos expresivos son, sin excepción, o bien de los que reciben su sello particular del predominio del sentimiento de comunidad, o bien de aquellos en los que destaca con más fuerza el afán de poder. Con esta constatación se vio de pronto en posesión de una llave con la que es posible captar y clasificar a cada hombre de modo bastante unívoco, siempre, naturalmente, observando aquella precaución que corresponde a un psicólogo, quien opera, en efecto, en un terreno extraordinariamente vasto. Dado por supuesto esto, que es evidente, obtenemos una medida con la que podemos establecer que un fenómeno anímico contiene un grado más alto de sentimiento de comunidad y que solo lleva mezclado un poco de afán de poder y de política de prestigio, o bien que es de naturaleza enteramente ambiciosa y no sirve más que para demostrar a su portador, o también a su entorno, en cuánto supera a los demás. Sobre esta base no es difícil ver con más claridad ciertos rasgos de carácter, contar con ellos y entenderlos, en especial, desde el punto de vista de la unidad de una personalidad, con lo cual se dan al mismo tiempo los asideros para contar con un hombre e influir sobre él.

### 5. Temperamentos y secreción interna

Una distinción muy antigua en la psicología entre las formas de expresión anímica son los *temperamentos*. No es fácil decir qué debe entenderse por temperamento: la rapidez con que uno piensa, habla u obra, la fuerza o el ritmo que pone en ello, o cosas parecidas. Si seguimos hacia atrás las explicaciones de los psicólogos sobre la naturaleza de los temperamentos, tenemos que decir que la ciencia, en la consideración de la vida anímica, no ha ido desde la <!-- S. 141 --> más remota Antigüedad más allá del establecimiento de cuatro temperamentos. Su división en sanguíneo, colérico, melancólico y flemático procede de la antigua Grecia, fue adoptada por Hipócrates, continuada luego por los romanos, y constituye todavía hoy en la psicología un venerable santuario.

Por *sanguíneo* se entiende un hombre que muestra cierta alegría de vivir, que no se toma las cosas demasiado a pecho, que, como suele decirse, no se deja salir canas fácilmente e intenta sacar de todo el lado más bello y agradable; que en las ocasiones tristes está triste, sí, pero no se derrumba, y en los acontecimientos alegres siente, sí, un goce, pero sin llegar a la exaltación. Una descripción detallada de estas personas no da otro resultado sino que son las personas aproximadamente sanas, en las que no se encuentran influencias nocivas de cierta importancia. De los otros tres tipos no podemos afirmar esto último.

El *colérico* está representado en un antiguo símil poético de modo que arroja a un lado, ardiendo de rabia, una piedra que le estorba el paso, mientras que el sanguíneo pasa tranquilamente por encima de ella. Traducido al lenguaje de la psicología individual, el colérico es aquel cuyo afán de poder está tan tenso que siempre tiene que hacer grandes movimientos, producir proezas de fuerza y quiere arrollarlo todo con un proceder agresivo y rectilíneo. Antiguamente se relacionaba este temperamento con la bilis y se hablaba de un temperamento bilioso. Todavía hoy se habla de personas a las que «se les desborda la bilis». En realidad, sin embargo, son las personas de los grandes movimientos, como se las encuentra ya en la primera infancia, que no solo tienen un sentimiento de fuerza, sino que quieren también darle rienda suelta y demostrarlo.

El *melancólico* produce ya otra impresión. En el símil mencionado se le representa aproximadamente como un hombre a quien, al ver esta piedra, «se le vienen a la mente todos sus pecados», que se sume en tristes consideraciones y se vuelve atrás. La psicología individual ve en este tipo al hombre marcadamente vacilante, que no se cree capaz de superar las dificultades y avanzar, sino que con la mayor precaución <!-- S. 142 --> emprende sus pasos siguientes, y prefiere quedarse parado o dar media vuelta antes que arriesgar algo. Es, pues, un hombre en quien la duda adquiere preponderancia, que casi siempre se inclina a pensar más en sí mismo que en los demás, de modo que también este tipo carece de puntos de enlace con las grandes posibilidades de la vida. Está tan agobiado por sus propias preocupaciones que su mirada se dirige solo hacia atrás o hacia dentro, mientras al mismo tiempo procura conmover a otros con su destino.

*Flemático*, por último, parece ser en todo caso aquel que es ajeno a la vida, que acumula impresiones sin sacar de ellas consecuencias especiales, en quien ya nada causa impresión, a quien nada interesa particularmente, que tampoco hace esfuerzos especiales, en suma, que tampoco tiene las conexiones con la vida y que quizá es el que se halla más alejado de ella.

Por consiguiente, solo podemos designar al sanguíneo como el tipo de un verdadero semejante. Hay que mencionar además que los temperamentos en esta pureza son muy raros, que casi siempre se encuentran casos mixtos, circunstancia que, en realidad, priva de su valor a estos temperamentos. Ocurre también que distintos temperamentos se relevan unos a otros, de modo que, por ejemplo, un niño se presenta al principio como colérico, más tarde se vuelve melancólico y quizá termina como flemático. Del sanguíneo tenemos que hacer constar todavía que aparece como aquel que en su infancia estuvo menos expuesto al sentimiento de inferioridad, presentaba pocas inferioridades orgánicas sensibles y no estuvo sometido a fuertes irritaciones, de modo que pudo desarrollarse tranquilamente, tomar cariño a la vida y ponerse con ella en un pie de confianza.

Ahora viene la ciencia y declara lo siguiente: los temperamentos del hombre dependen de la *secreción glandular interna*.[^3] El desarrollo reciente de la ciencia médica trabaja, en efecto, con el conocimiento de las llamadas glándulas sanguíneas. A ellas pertenecen sobre todo el tiroides, la hipófisis, la suprarrenal, la paratiroides y la glándula germinal. Son glándulas sin conducto excretor, tejidos secretores que vierten un jugo en la sangre.

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La concepción general es ahora que todos los órganos y tejidos del cuerpo están influidos por estos jugos, que llegan por la sangre a cada una de las células del cuerpo; jugos que tienen efectos estimulantes y, como se dice, desintoxicantes y que son, por tanto, absolutamente necesarios para la economía de la vida. La plena importancia de las «glándulas endocrinas» está todavía envuelta en oscuridad. Toda esta ciencia está todavía en sus comienzos; no pueden darse aún hechos del todo positivos. Pero como pretende fundar también una orientación psicológica, como afirma poder dar información acerca del carácter y del temperamento de los hombres, diremos todavía algo sobre ella.

Ante todo hay que expresar un serio reparo. Si examinamos un verdadero caso patológico en el que, por ejemplo, la secreción tiroidea funciona de modo deficiente, es cierto que encontramos aquí también manifestaciones anímicas que parecen ofrecer lo más extremo del temperamento flemático. Pues, aparte de que estas personas adquieren un aspecto abotargado, presentan un desarrollo de la piel especialmente basto y de que el crecimiento de su cabello empeora, muestran además una extraordinaria lentitud y pesadez de movimientos. Su sensibilidad anímica está fuertemente disminuida, su iniciativa es escasa.

Pero si comparamos este caso con otro que designamos como temperamento flemático *sin* que podamos demostrar una pérdida patológica de sustancia del tiroides, estos casos no se parecen en absoluto, y tenemos ante nosotros cuadros totalmente distintos. Podría decirse, por tanto: presumiblemente hay en los jugos que el tiroides suministra a la sangre algo que contribuye a un funcionamiento anímico sin tacha. Pero no podemos llegar tan lejos como para identificar y decir que el temperamento flemático surge por la pérdida de este aporte tiroideo a la sangre.

El tipo *patológico* del flemático es, pues, completamente distinto de aquel al que en la vida designamos como flemático, cuyo temperamento y cuyo carácter se distinguen netamente, y precisamente por su historia psicológica previa. Pues estos flemáticos que nos interesan a nosotros, los psicólogos, no son en absoluto tipos invariables, y a menudo nos sorprenden <!-- S. 144 --> las reacciones asombrosamente profundas y violentas que se producen en tales personas. Un flemático durante toda la vida no existe en absoluto, y encontraremos siempre que este temperamento no es otra cosa que una envoltura artificial, una salvaguardia que se ha creado una persona muy sensible, que ha interpuesto entre ella y el mundo exterior, y hacia la cual quizá tuvo una inclinación originaria, tentadora, radicada en su constitución. El temperamento flemático es un proceso de aseguramiento, una respuesta llena de sentido a las preguntas de la vida, y en este sentido, naturalmente, algo completamente distinto de la lentitud, la pesadez y la insuficiencia carentes de sentido de un hombre privado total o parcialmente del tiroides.

No podemos pasar por alto este importante reparo, e incluso en el caso de que pudiera demostrarse que solo pueden adquirir un temperamento flemático quienes presentan una secreción tiroidea morbosa, tenemos que hacer valer que eso no es el todo y lo esencial de la cuestión, sino que se trata de todo un haz de causas y metas, de todo un consorcio de actividades orgánicas más influencias externas, que producen primero un sentimiento de inferioridad orgánico, a partir del cual parten luego intentos del individuo, uno de los cuales *puede* ser el de protegerse mediante un temperamento flemático de contrariedades y de heridas del sentimiento de la personalidad. Pero esto significa, con otras palabras, que tenemos aquí de nuevo ante nosotros un tipo del que ya se ha hablado, solo que especificado: aquel en el que pasan precisamente a primer plano la inferioridad orgánica del tiroides y sus consecuencias, al que esta inferioridad orgánica asigna una posición peor en la vida y que procura ahora compensarla mediante artificios anímicos como la flema.

Esta concepción se ve reforzada si tomamos en consideración otras anomalías de la secreción y examinamos los temperamentos «correspondientes». Así, hay también personas que presentan una secreción tiroidea aumentada, como ocurre en la enfermedad de Basedow. Corporalmente, tales enfermos se caracterizan por tener una actividad cardíaca reforzada, en especial una frecuencia del pulso elevada, por sobresalirles mucho los ojos, por hinchárseles el tiroides y por estar todo el cuerpo, <!-- S. 145 --> especialmente las manos, presa de un temblor más leve o más fuerte. También aparece fácilmente el sudor, y los órganos digestivos, quizá bajo la influencia del páncreas, tienen a menudo dificultades. Se presentan también estados de excitación; los pacientes muestran un modo de ser apresurado e irritable y sufren con frecuencia estados de angustia. El aspecto de un enfermo de Basedow ofrece, en el estadio avanzado, la imagen inconfundible de una persona angustiada.

Pero quien dijera que esto es idéntico al cuadro psicológico de la angustia se equivocaría gravemente. Los hechos psicológicos que pueden percibirse en tales casos son, como se ha dicho, los estados de excitación y cierta incapacidad para los trabajos intelectuales o corporales, estados de debilidad condicionados tanto orgánica como anímicamente. Pero una comparación con personas que por *otras* razones sufren de prisa, estados de excitación y angustia nos muestra la enorme diferencia. Mientras que de los hipertiroideos, personas con una secreción tiroidea aumentada, podemos decir que presentan fenómenos de intoxicación crónica, como en un estado de embriaguez, con las personas que sin esa causa han caído en una irritabilidad, que se comportan con precipitación y caen fácilmente en la angustia, estamos en una situación completamente distinta y podemos desarrollar su historia anímica previa. Aquí se trata, pues, solo de *semejanzas*, mientras que falta la *planificación* propia de un carácter y de un temperamento.

Merecen mención todavía algunas otras glándulas de secreción interna. Peculiares son las conexiones de todos estos diversos desarrollos glandulares con las *glándulas germinales*. (Véase también: Adler, *Studie über Minderwertigkeit von Organen* [Estudio sobre la inferioridad de los órganos], editorial J. F. Bergmann, Múnich.) Esta constatación se ha convertido hoy propiamente en un principio de la investigación biológica, de tal modo que nunca se encuentran anomalías de glándulas, cualesquiera que sean, sin tropezar al mismo tiempo también con anomalías de las glándulas germinales. La especial relación de dependencia, o la razón de la aparición simultánea de estas inferioridades, no se ha establecido todavía. Pero tampoco en estas glándulas puede hablarse de otras influencias anímicas, como antes; tampoco en este caso se llega mucho más allá de la misma imagen que conocemos de antes, la del hombre orgánicamente inferior, <!-- S. 146 --> que se orienta con más dificultad en la vida y que, en consecuencia, mostrará un número mayor de artificios y aseguramientos anímicos.

Se ha creído encontrar en especial que el carácter y el temperamento están influidos por las glándulas germinales. Pero si se considera que en los hombres no se encuentran, en general, con frecuencia anomalías extensas de la sustancia de las glándulas germinales, hay que decir que allí donde existen tales formaciones patológicas se trata de casos excepcionales. Si además hay que hacer constar que en realidad no existe ningún cuadro anímico que haya de referirse directamente a las funciones de la glándula germinal y que no surja más bien de la situación peculiar del enfermo de las glándulas germinales, falta también aquí, una vez más, la base sólida para una fundamentación psicológica. Solo puede hacerse constar, de nuevo, que también de las glándulas germinales parten ciertos estímulos necesarios para la vitalidad, que fundamentan la posición del niño en su entorno, pero que pueden ser asumidos también por los demás órganos y que no tienen por qué conducir a una estructura anímica unívoca. (Carlyle.)[^t16]

Ahora bien, como en la valoración de un hombre se trata de una tarea extraordinariamente delicada y difícil, en la que un error puede decidir literalmente sobre la vida y la muerte, hay que advertir aquí y decir: la *tentación* que sufren los niños que vienen al mundo con debilidades corporales innatas hacia artificios especiales y hacia un desarrollo peculiar de su alma es grande, *pero puede ser superada*. No hay ningún órgano, sea cual sea su estado, que obligue a un hombre a una actitud determinada. Solo le *amarga* las cosas, pero eso es algo distinto. Y opiniones como las anteriores solo pueden subsistir porque nadie ha pensado en poner fin de antemano a las dificultades del desarrollo anímico de tales niños de órganos débiles mediante el hallazgo de un método especial, porque se les deja caer en errores fáciles y, en realidad, solo se les observa, pero no se les ayuda ni se les fomenta. En consecuencia, tendremos que exigir que la *psicología de la posición* fundada en la psicología individual conserve su derecho frente a las pretensiones de una nueva *psicología de la disposición*.

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### 6. Recapitulación

Antes de pasar a la consideración de los distintos rasgos de carácter, haremos una breve repetición de los puntos de vista obtenidos hasta ahora.

Una constatación importante fue que no se puede practicar el conocimiento del hombre sobre la base de un fenómeno aislado, desprendido del contexto anímico. Hay que comparar entre sí por lo menos dos fenómenos, lo más alejados posible en el tiempo, y reducirlos, por así decirlo, a un denominador común. Esta indicación práctica ha resultado muy ventajosa. Permite reunir toda una serie de impresiones que, con un aprovechamiento sistemático, pueden condensarse en un juicio seguro. Si se apoyara el juicio en un único fenómeno de esta clase, uno se encontraría en el mismo apuro que otros psicólogos y pedagogos y volvería a recurrir a los medios habituales, de los que siempre hemos encontrado que no dan fruto. Pero si se logra obtener tantos puntos de apoyo como sea posible y enlazarlos entre sí, se tiene ante sí un sistema cuyas líneas de fuerza pueden dejarse actuar sobre uno, de modo que se obtiene una impresión clara y unitaria de un hombre. Se siente terreno firme bajo los pies. Naturalmente, al conocer más de cerca a un hombre puede surgir la necesidad de modificar más o menos el juicio. Y antes de toda intervención pedagógica es indispensable procurarse primero de este modo una imagen completamente clara.

Se discutieron también diversos medios y caminos para llegar a un sistema semejante, y con este fin se recurrió incluso a fenómenos tal como los encontramos, por ejemplo, en nosotros mismos, o los exigimos incluso de la imagen ideal de un hombre. Yendo más allá, hemos exigido que este sistema creado por nosotros no pueda carecer nunca de un factor determinado, a saber, del factor social. No basta con considerar los fenómenos de la vida anímica solo como individuales, sino que tenemos que comprenderlos en su relación con la vida social. Y como principio especial, valioso sobre todo para nuestra convivencia con el hombre, surgió para nosotros el conocimiento siguiente: *el carácter de un hombre no es nunca para nosotros la base de un juicio moral, sino un conocimiento social* <!-- S. 148 --> *de cómo actúa este hombre sobre su entorno y de en qué relación se halla con él.*

Al seguir este hilo de pensamiento tropezamos con dos fenómenos humanos universales. Uno era la existencia, que se encuentra en todas partes, del sentimiento de comunidad, que une a los hombres entre sí y que ha creado las grandes obras de la cultura. Era la única medida que aplicábamos a los fenómenos de la vida anímica y que permite establecer la magnitud del sentimiento de comunidad efectivo. Obtenemos una impresión plástica de un alma humana cuando sabemos cómo está alguien en la asociación de los hombres, cómo expresa su solidaridad humana, cómo la hace fecunda y viva. Por último llegamos —y esa fue para nosotros la segunda medida para juzgar un carácter— a la constatación de que aquellas fuerzas a cuya influencia hostil está más expuesto el sentimiento de comunidad son impulsos del afán de poder y de superioridad.

Apoyándonos en estos dos puntos de referencia, pudimos comprender que las diferencias entre los hombres están condicionadas por la magnitud del sentimiento de comunidad y del afán de poder, factores que se influyen mutuamente. Es un juego de fuerzas cuya forma de manifestación externa es lo que llamamos carácter.

## Capítulo II. Rasgos de carácter de naturaleza agresiva

### 1. Vanidad (ambición)

En cuanto el afán de notoriedad se vuelve excesivo, provoca en la vida anímica una tensión acrecentada, que hace que el hombre fije más claramente la vista en la meta del poder y de la superioridad y procure acercarse a ella con movimientos reforzados. Su vida se vuelve como la espera de un gran triunfo. Un hombre así tiene que perder la objetividad, porque pierde la conexión con la vida, porque está siempre ocupado con la pregunta de qué impresión causa y qué piensan de él los demás. Su libertad de acción queda con ello extraordinariamente coartada, y sale a la luz el rasgo de carácter que con más frecuencia se encuentra: la vanidad.

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Puede decirse que en todo hombre existe la vanidad, aunque solo sea en indicios. Y como no impresiona que alguien haga ostentación abierta de su vanidad, la mayoría de las veces está bien encubierta y adopta las formas más diversas. También se puede ser vanidoso con cierta modestia. Un hombre puede ser tan vanidoso que o bien no le importe nada el juicio de los demás, o bien lo busque ávidamente y procure volverlo en su favor.

Cuando la vanidad sobrepasa cierto grado, se vuelve sumamente peligrosa. Aparte de que obliga al hombre a toda clase de trabajos y dispendios inútiles, que atienden más a la apariencia que al ser, y de que le hace pensar más en sí mismo y, a lo sumo, en el juicio de los demás sobre él, pierde fácilmente por ella el contacto con la realidad. Va por la vida sin comprensión de las conexiones humanas, sin relación con la vida; olvida lo que la vida le exige y lo que él, como hombre, tendría que dar. La vanidad es capaz como ningún otro vicio de impedir al hombre todo desarrollo libre, porque piensa siempre en si al final resultará alguna ventaja para su prestigio.

A veces los hombres se ayudan empleando, en lugar de la palabra vanidad o soberbia, la palabra más bonita *ambición*, y hay una multitud de personas que dicen de sí mismas con orgullo lo ambiciosas que son. A veces se emplea también solo el concepto de «afán de superación» (*Strebsamkeit*). *En la medida en que este resulta útil para una causa que sirve a la colectividad,* se lo puede aceptar. Pero, por regla general, estas expresiones solo encubren una vanidad extraordinaria que se desarrolla en el lado inútil de la vida.

La vanidad hace que tales personas no lleguen a ser desde temprano verdaderos compañeros de juego, sino más bien aguafiestas. Y cuando se ven excluidos de la satisfacción de su vanidad, a menudo procuran al menos conseguir que otros sufran. En niños cuya vanidad va en aumento puede observarse a menudo cómo, en situaciones amenazadoras, hacen valer con fuerza su valía y gustan de hacer sentir su fuerza a los más débiles. También los casos de crueldad con los animales pertenecen a este apartado. Otros, que ya están algo desalentados, procurarán satisfacer su vanidad con pequeñeces incomprensibles <!-- S. 150 --> y tratarán de satisfacer su afán de valer apartados del gran palenque del trabajo, en un segundo escenario de guerra que su capricho se ha creado. Aquí se encontrarán aquellos que se quejan siempre de lo dura que es la vida y que afirman que se les ha quedado debiendo algo. Si la educación no hubiera sido tan mala, o si no hubiera sobrevenido tal o cual desgracia, estarían, según afirman, en primer lugar. Así, o de modo parecido, son sus quejas. Siempre encuentran pretextos para no dejarse llevar al frente de la vida. Incluso de sus sueños siguen sacando satisfacción para su vanidad.

El semejante, en general, lo pasa muy mal con ello. Está expuesto en alto grado a la crítica de estas personas. El vanidoso tratará habitualmente de descargar de su propia persona la culpa de cualquier fracaso. Siempre tiene razón él y los demás no la tienen, mientras que en la vida no se trata en absoluto de tener razón, sino de hacer avanzar la propia causa y de contribuir al progreso de los demás. En lugar de eso, de su boca solo se oyen siempre quejas y disculpas.

Tenemos que ver aquí con artificios del espíritu humano, con intentos de protegerse para que no sea herida la propia vanidad, para que el sentimiento de superioridad permanezca intacto y no se tambalee.

Se oye a menudo la objeción de que las grandes realizaciones de la humanidad no habrían podido llevarse a cabo sin ambición. Pero esto es una falsa apariencia, una perspectiva falsa. Como ningún hombre está libre de vanidad, también todo hombre tiene sin duda algo de este rasgo. Pero este no puede haberle dado ciertamente la dirección ni haberle prestado aquella fuerza que conduce a realizaciones útiles. Estas solo pueden nacer del sentimiento de la comunidad. Una realización genial no es posible sin que con ella se promueva de algún modo la comunidad. Su presupuesto es siempre una vinculación con la colectividad, la voluntad de promoverla. De lo contrario, tampoco llegaríamos a atribuir valor a semejante realización. Lo que hubiera en ello de vanidad no ha sido, seguramente, más que un estorbo, un freno. Su influencia no puede ser grande.

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Pero en nuestra atmósfera social de hoy no puede llevarse a cabo una ruptura completa con la vanidad. El solo hecho de reconocerlo es ya una ventaja. Pues con ello tropezamos a la vez con el punto más llagado de nuestra cultura, con un hecho que trae consigo que tantas personas se malogren, permanezcan desdichadas toda su vida y se encuentren siempre allí donde sale algo funesto. Personas que no se avienen con los demás, que no son capaces de hallar su lugar en la vida porque tienen otras tareas, a saber, parecer más de lo que son. Así entran fácilmente en conflicto con la realidad, porque esta no se preocupa de la alta opinión que alguien tiene de sí mismo. Tales personas no hacen más que ser burladas por su vanidad. En todas las graves complicaciones de la humanidad se encontrará siempre, como factor más esencial, el intento malogrado de satisfacer la vanidad. Si se quiere llegar a comprender una personalidad complicada, es un artificio importante averiguar hasta dónde llega en ella la vanidad, en qué dirección se mueve y de qué medios se sirve para ello. Lo cual siempre conducirá a descubrir cuánto perjudica la vanidad al sentimiento de comunidad. Vanidad y sentimiento de comunidad son incompatibles, porque la vanidad no puede subordinarse al principio de la comunidad.

Pero la vanidad encuentra en sí misma su propio destino. Pues su despliegue está continuamente amenazado por los contraargumentos lógicos que, en la vida en comunidad, se desarrollan por sí mismos como una verdad absoluta a la que nada puede resistir. Así encontramos que la vanidad se ve obligada desde temprano a esconderse, a disfrazarse, que tiene que dar rodeos, del mismo modo que su portador está siempre lleno de angustiosas dudas sobre si logrará abrirse paso victorioso y conquistar tanto brillo y triunfo como parece necesario para satisfacer su vanidad. Y mientras así sueña y cavila, el tiempo se le escurre. Pero cuando *eso* ha ocurrido, tiene en el mejor de los casos la excusa de que ya no le queda ninguna buena ocasión para actuar. Habitualmente, un caso así se desarrolla de la manera siguiente: estas personas buscarán siempre una posición privilegiada, se mantendrán algo apartadas y observarán, desconfiadas e inclinadas a ver en el semejante a un enemigo. <!-- S. 152 --> Adoptarán una posición de defensa, de lucha. A menudo se las encuentra enredadas en dudas, con cavilaciones profundas que parecen del todo lógicas y en las que parecen tener razón. Pero entretanto vuelven a descuidar lo principal de su existencia: la conexión con la vida, con la sociedad, con sus tareas. Si se mira más de cerca, se encuentra un abismo de vanidad, un anhelo de ser superior a todos, que se refleja en todas las formas posibles. Sale a la luz en su porte y en su vestido, en su manera de hablar y de tratar a la gente. En suma, adondequiera que se dirija la mirada, se tiene la imagen de un hombre vanidoso que aspira a sobresalir por encima de todos y que, la mayoría de las veces, no es escrupuloso en sus medios. Como las exterioridades de esta clase no resultan simpáticas, y como las personas vanidosas, si son listas, pronto advierten su falta y su contradicción con la comunidad, se esfuerzan por limar aquí las asperezas. Entonces puede ocurrir que alguien se presente con extraordinaria modestia y casi descuide su aspecto exterior, solo para mostrar que no es vanidoso. De Sócrates se cuenta que una vez gritó a un orador que subió a la tribuna con ropas andrajosas: «¡Oh joven de Atenas, por los agujeros de tu manto asoma la vanidad!».

A menudo las personas están profundamente convencidas de no ser vanidosas. Es que fijan su atención solo en las exterioridades y no comprenden que la vanidad está mucho más honda. Puede consistir, por ejemplo, en que alguien lleve siempre la voz cantante en sociedad, hable continuamente y a veces juzgue una reunión precisamente por si ha podido tomar allí la palabra o no. Otras personas de esta clase no se hacen notar en absoluto, quizá no van siquiera a reuniones y las evitan. También este evitarlas puede adoptar formas diversas. No se acude cuando se está invitado, uno se hace rogar especialmente, o se llega tarde. Otros, a su vez, solo van a reuniones con ciertas condiciones; se muestran en su soberbia sumamente «exclusivos», cosa que a veces afirman de sí mismos con orgullo. Otros, en cambio, ponen su ambición en estar presentes en *todas* las reuniones.

No hay que tomar tales fenómenos por pequeñeces sin importancia. Tienen raíces profundas. En realidad, un hombre así <!-- S. 153 --> no tiene mucho interés por la vida social y está más inclinado a perturbarla que a promoverla. Hace falta ya la fuerza poética de nuestros grandes escritores para representar acabadamente todos estos tipos.

En la vanidad es claramente visible aquella línea que conduce hacia arriba y que indica que un hombre, en el sentimiento de su insuficiencia, se ha propuesto una meta más grande que la vida y quiere ser más que los demás. Podemos suponer que un hombre cuya vanidad salta especialmente a la vista tiene una *escasa estimación de sí mismo*, de la que la mayoría de las veces él mismo no sabe nada. Hay ciertamente personas que son también conscientes de este sentimiento como punto de partida de su vanidad. Pero para ellas este conocimiento es todavía demasiado incompleto para que puedan hacer de él un uso fecundo.

La vanidad se desarrolla ya tempranamente en la vida anímica del hombre. En realidad, lleva siempre en sí algo infantil; casi siempre las personas vanidosas nos parecen infantiles. Las situaciones que pueden conducir a la formación de este rasgo de carácter son de la índole más diversa. En un caso, un niño se cree postergado porque, a consecuencia de una educación deficiente, siente su pequeñez como especialmente opresiva. En otros casos, este rasgo altanero les es sugerido a los niños por una especie de tradición familiar. A menudo puede oírse decir a tales personas que ya sus padres poseían un rasgo «aristocrático» semejante, que había de distinguirlos de los demás y señalarlos. Pero bajo este afán vacío no se esconde otra cosa que el intento de sentirse un hombre especialmente exclusivo, distinto de los demás, procedente de una familia muy particular, «mejor», con exigencias y sentimientos mejores, más elevados, y tan predestinado que en realidad tendría que gozar de un privilegio. La pretensión de un privilegio es también lo que le da la dirección, guía su modo de obrar y determina sus formas de expresión. Pero como la vida es poco apropiada para favorecer el desarrollo de tales tipos, como estas personas son o bien hostilizadas o bien ridiculizadas, muchas de ellas se retiran pronto, tímidamente, y llevan una vida de excéntricos. Mientras permanecen en su propia casa, donde no tienen que rendir cuentas a nadie, pueden persistir en su embriaguez y sentirse quizá reafirmadas en su actitud por la consideración de todo lo que <!-- S. 154 --> habrían podido alcanzar si algo hubiera sido distinto. Entre estos tipos se encuentran a menudo personas de alto nivel y capaces, cuya formación puede llegar hasta las cimas más altas. Si echaran en la balanza lo que saben hacer, tendría ciertamente su peso. Pero abusan de esta circunstancia solo para embriagarse. Las condiciones que ponen para una colaboración activa en la sociedad no son pequeñas. Unas veces se refieren a exigencias irrealizables respecto del tiempo (por ejemplo: si antes hubieran hecho, aprendido o sabido algo, o si otros hubieran hecho o dejado de hacer algo, y cosas semejantes), o bien no son realizables por otro motivo (por ejemplo: si los hombres o las mujeres no fueran así). Son todas exigencias que no pueden cumplirse ni con la mejor voluntad, de modo que hay que reconocer en ello que se trata solo de excusas perezosas, buenas para que uno se prepare con ellas un somnífero y no tenga que pensar en lo que ha dejado de hacer.

Así, hay mucho de hostil en estas personas, y se inclinan de buen grado a tomar a la ligera los dolores ajenos y a pasar por encima de ellos, tal como observa de la mayoría de los hombres el gran conocedor del hombre La Rochefoucauld: que pueden soportar fácilmente los dolores de los demás.[^t17] A menudo su hostilidad se expresa de un modo *agudo, crítico*. No dejan títere con cabeza, están siempre prontos a la burla y a la censura, son discutidores y lo condenan todo. A este respecto debemos decirnos siempre que es demasiado poco limitarse a conocer y condenar lo malo; hay que preguntarse también siempre qué ha hecho uno *mismo* para mejorar las circunstancias. A la naturaleza vanidosa le basta, desde luego, elevarse de un salto por encima del otro y corroerlo con la lejía mordiente de la crítica. Con ello estas personas se ven a menudo favorecidas por tener en ello una práctica increíble. Se encuentran aquí tipos llenos del ingenio más fino, de una prontitud de réplica asombrosa. Como de todo, también del ingenio y de la prontitud de réplica puede abusarse, puede hacerse de ellos un vicio y a la vez un arte, como sucede en los grandes satíricos. La manera despectiva, rebajadora, en que tales personas no se cansan de expresarse es la forma de expresión de un fenómeno sumamente frecuente en este rasgo de carácter, <!-- S. 155 --> que llamamos *tendencia a la desvalorización*. Muestra qué es propiamente lo que ofrece al hombre vanidoso el punto de ataque: es el valor y la importancia del otro. Es un intento de procurarse el sentimiento de superioridad haciendo descender al otro. El reconocimiento de un valor obra sobre ellos como una ofensa personal. También de esto se puede deducir el sentimiento de debilidad profundamente anclado en ellos.

Como ninguno de nosotros está libre de tales fenómenos, podemos emplear muy bien estas consideraciones para aplicarnos una medida a nosotros mismos. Aunque no seamos capaces de extirpar en poco tiempo todo lo que una cultura milenaria ha arrojado en nosotros, será ya un progreso no dejarnos cegar y atar por juicios que ya en el momento siguiente se revelan perjudiciales. No es nuestro anhelo ser hombres de otra índole o encontrarlos, sino que es una ley bajo la cual estamos la de tendernos la mano, mantenernos unidos y trabajar juntos. En una época como la actual, que exige muy especialmente esta colaboración, no hay ya lugar para las aspiraciones de la vanidad personal. Precisamente en tales épocas se muestran con especial crudeza las contradicciones en que enreda semejante actitud, ya que las personas con tales concepciones fracasan con mucha facilidad y al final tienen que ser o combatidas o compadecidas. Parece que precisamente nuestra época es especialmente desfavorable para la vanidad, de modo que al menos tendrán que encontrarse formas mejores, en el sentido de que uno procure satisfacer su vanidad allí donde aporte una utilidad a la colectividad.

De qué manera actúa a menudo la vanidad puede mostrarlo el caso siguiente. Una mujer joven, la menor de varios hermanos, había sido mimada desde su primera infancia. Sobre todo su madre estaba siempre muy a su servicio y cumplía cada uno de sus deseos. Con ello las exigencias de esta pequeña, que además era físicamente muy débil, crecieron hasta lo inconmensurable. Un día descubrió que su poder sobre su entorno crecía especialmente cuando de vez en cuando enfermaba. Y pronto la enfermedad le pareció un bien notable. Perdió la aversión que las personas sanas suelen tener a la enfermedad, y ya no le resultaba nada desagradable sentirse mal de vez en cuando. <!-- S. 156 --> Pronto adquirió en ello tal práctica que conseguía estar enferma en cualquier momento, sobre todo cuando quería imponer algo. Pero como siempre quería imponer algo, en realidad estaba siempre enferma para los demás. Estas formas de *sentimiento de enfermedad* en niños y adultos, que sienten crecer así su poder y por este camino se elevan a la cabeza de la familia para ejercer un dominio ilimitado sobre los demás, son muy frecuentes. Si además se trata de personas delicadas, débiles, esta posibilidad gana enormemente terreno, y naturalmente aprenden a conocer este camino precisamente aquellas personas que ya han saboreado a fondo la preocupación de los demás por su salud. A ello se puede ayudar también un poco; se empieza, por ejemplo, a comer mal, con lo que se pueden conseguir varias cosas: se tiene mal aspecto, y los demás tienen que ejercitarse en el arte culinario. Se desarrolla también el anhelo de tener siempre a alguien a mano. Tales personas no soportan que se las deje solas. Ese estado puede alcanzarse fácilmente declarándose enfermo o amenazado de algún otro modo, y esto, a su vez, no puede hacerse sino trasladándose a una situación peligrosa, por ejemplo mediante la empatía con una enfermedad u otra dificultad. Hasta qué punto es capaz el hombre de esta *empatía* lo muestra el sueño, en el que el hombre tiene impresiones como si una situación determinada existiera realmente.

Tales personas consiguen, pues, evocar este sentimiento de enfermedad, y además de tal manera que no puede hablarse de mentira, fingimiento o imaginación. Sabemos ya que la empatía con una situación puede tener un efecto que corresponde a la existencia real de esa situación. Estas personas pueden, por ejemplo, vomitar realmente, tener realmente angustia, como si existiera un malestar o un peligro. Habitualmente revelan también cómo lo hacen. Así, esta mujer declaraba que a veces tenía tal angustia «como si en el momento siguiente fuera a darle un ataque de apoplejía». Hay personas que pueden representárselo con tanta exactitud que pierden realmente el equilibrio y no puede hablarse de imaginación ni de simulación. Si un hombre consigue de este modo hacer perceptibles a los demás indicios de una enfermedad o al menos síntomas nerviosos, estos tienen que quedarse a su lado, tener cuidado y <!-- S. 157 --> ocuparse de él. Pues así lo exige su sentimiento de comunidad. Y con ello queda fundada la posición de poder de tal enfermo, ya que él procura desprenderse del sentimiento de comunidad.

En tales circunstancias tiene que salir a la luz la contradicción con la ley de la comunidad, que exige una amplia consideración hacia el semejante. En estas personas encontraremos por regla general que no son fácilmente capaces de tener en cuenta el bien y el mal del semejante y de dejarlo indemne, y mucho menos de promoverlo. Quizá puedan lograrlo con el despliegue de todas sus fuerzas, de toda su cultura y educación, o, como sucede casi siempre, al menos dar la apariencia de que están especialmente preocupadas por un semejante. Pero en el fondo de su conducta no habrá otra cosa que amor propio y vanidad. Así ocurría también en nuestro caso. La preocupación de nuestra paciente por sus familiares sobrepasaba en apariencia todos los límites. Bastaba con que su madre le trajera el desayuno media hora más tarde para que se apoderara de ella la mayor inquietud. Entonces no descansaba hasta que su marido se había levantado y había ido a ver si a la madre no le había ocurrido algo. Esta se ha acostumbrado sin duda, con el tiempo, a presentarse siempre muy puntualmente. No le fue mucho mejor al marido, que como comerciante tenía que guardar ciertas consideraciones a clientes y socios, pero que cada vez que llegaba a casa más tarde de lo convenido encontraba a su mujer deshecha, a veces bañada en sudor de angustia; en suma, una figura lastimosa que contaba entonces cómo había padecido ya los tormentos más espantosos. Así pues, tampoco él podía hacer otra cosa en tal situación que ser puntual.

Muchos objetarán quizá que esta mujer no saca nada obrando así, que no son triunfos tan grandes. Pero si se piensa que esto es solo una *pequeña parte del todo*, un «¡tenlo presente!» para todas las relaciones de la vida, que de este modo se inicia y se lleva a cabo un adiestramiento del otro, que además esta mujer está animada por un indomable afán de dominio y encuentra en su satisfacción también la de su vanidad, y si se considera además cuántos sacrificios asume una persona así para imponer su voluntad, entonces se puede comprender ya: para <!-- S. 158 --> *esta* mujer, semejante actitud se ha convertido ya en una necesidad. No podría vivir tranquila si sus palabras no se cumplieran incondicional y puntualmente. Y como la convivencia no consiste solo en que el otro llegue puntual, hay todavía otras mil relaciones que quedan reguladas por esta conducta imperativa de la mujer, que respalda además sus órdenes con sus estados de angustia. Está tan preocupada que hay que hacer incondicionalmente su voluntad. Así pues, vemos: *la preocupación como medio para satisfacer la vanidad.*

Esta actitud puede llegar a menudo tan lejos que a una persona le importe más imponer su propia voluntad que la cosa misma. Lo muestra el caso de una niña de seis años que tenía una *terquedad* tan indomable que siempre estaba atenta a imponer lo que en ese momento se le ocurría, del todo penetrada por el afán de mostrar su fuerza y de doblegar al otro, saliera de ello lo que saliera. La madre, que habría querido estar en buenos términos con ella si hubiera sabido el «cómo», intentó una vez sorprenderla con su plato favorito y se lo llevó con estas palabras: «Como sé que esto te gusta tanto, te lo he traído». Entonces la niña tiró la golosina al suelo, la pisoteó y gritó: «¡Pero si yo no lo quiero porque tú lo traigas, sino que lo quiero porque yo lo quiero!». Otra vez, cuando la madre le preguntó qué quería para la merienda, café o leche, esta niña se quedó parada en la puerta y murmuró de forma muy perceptible: «Si dice leche, tomo café; si dice café, tomo leche».

Era una niña que hablaba claro. Pero no olvidemos que muchos niños son así sin decirlo, que quizá en todo niño se esconde algo de este rasgo, de modo que se esfuerza con extraordinaria energía por imponer su voluntad, aun cuando no saque de ello ningún provecho o incluso solo sufra daño. La mayoría de las veces serán niños a quienes de algún modo se les ha sugerido el privilegio de la propia voluntad. Hoy no faltarán ocasiones para ello. La consecuencia es que entre los adultos encontramos con mucha más frecuencia personas que quieren imponer su voluntad que personas que se esfuerzan por promover a sus semejantes. Algunos llegan tan lejos en su vanidad que no <!-- S. 159 --> son capaces de hacer lo que otro les ha recomendado, aunque fuera la cosa más natural del mundo o significara incluso su propia felicidad; son personas que en cada conversación esperan siempre el momento en que puedan entrar con la oposición. En algunas personas, su propia voluntad está tan aguijoneada por la vanidad que dicen «no» incluso cuando quieren decir «sí».

La imposición continua de la propia voluntad es algo que en realidad solo se logra en el marco de la familia, y a veces ni siquiera allí. A tales tipos pertenecen a menudo personas que en el trato con extraños ofrecen la imagen de la mayor amabilidad y condescendencia. Ciertamente, este trato no es duradero y pronto se interrumpe; tampoco, a decir verdad, se busca mucho. Pero como la vida es de tal modo que reúne a las personas, a veces puede verse a un hombre de esta clase que gana todos los corazones, pero los deja a todos plantados en cuanto los ha ganado. Estas personas tienen casi siempre la *tendencia a limitarse al círculo de la familia*. Así sucedía también con nuestra paciente. Gracias al carácter amable con que se presentaba fuera de su familia, era querida en todas partes. Pero siempre que salía, volvía pronto a casa. La tendencia a regresar una y otra vez a la familia se manifestaba en ella de diversas maneras. Si alguna vez iba a una reunión, le daba allí dolor de cabeza y tenía que volver a casa. Pues en sociedad no tenía el sentimiento de su superioridad absoluta en el mismo grado que en la familia. Si, por tanto, esta mujer solo podía resolver el problema de su vida, el problema de su vanidad, dentro de la familia, tenía que ocurrir siempre algo que la empujara de vuelta a esa familia, algo que la perturbara fuera de ella. Llegó a tal punto que al final, cada vez que se encontraba entre personas extrañas, tenía angustia y estados de agitación. Ya no podía ir al teatro, y pronto ni siquiera salir a la calle. Allí perdía el sentimiento de que los demás estaban sometidos a su voluntad. La situación que buscaba no podía encontrarse *fuera* de la familia, y sobre todo en la calle. De ahí se explica su aversión a salir, salvo en compañía de personas de su «corte». Esa era también, en realidad, la situación ideal <!-- S. 160 --> que amaba: tener a su alrededor gente que se ocupara continuamente de ella. Como mostró la investigación, había traído este patrón de su primera infancia. Era la menor, era endeble y enfermiza, y por eso tenía que ser tratada con mucho más calor que los demás. Se había aferrado con fuerza a esta situación de mimo y la habría conservado toda su vida si en esta marcha no la hubieran perturbado las condiciones de la vida, con las que por este camino había entrado en contradicción. Su inquietud y sus manifestaciones de angustia, tan violentas que los demás no podían contradecirla, revelaban que con la solución de su problema de vanidad había ido a parar a un camino equivocado. La solución era mala porque en ella no estaba la voluntad de someterse a las condiciones de la convivencia humana. Finalmente, las manifestaciones torturantes se hicieron tan graves que acudió al médico.

Hubo que ir desvelando lentamente todo el plan de vida que se había construido en el curso de los años. Había que vencer grandes resistencias, que se debían a que, aunque venía al médico, en lo más íntimo no estaba dispuesta a un cambio. Le habría gustado seguir dominando en la familia y no verse perseguida en la calle por estados de angustia. Pero lo uno no podía tenerse sin lo otro, sin contrapartida. Se le pudo mostrar que era prisionera de su propio plan de vida inconsciente, que quería disfrutar de sus ventajas pero temía sus inconvenientes.

En este ejemplo se muestra con especial crudeza que todo grado elevado de vanidad constituye una carga para la vida entera, frena el progreso del hombre y finalmente acarrea el derrumbe. La mirada para estas conexiones está empañada mientras se dirige solo a las ventajas. Por eso tantas personas están convencidas de que la ambición, o más exactamente, la vanidad, es una cualidad *valiosa*, porque no advierten que este rasgo hace al hombre siempre insatisfecho y le roba la tranquilidad y el sueño.

Recurramos todavía a otro caso. Un hombre de 25 años estaba a punto de hacer sus últimos exámenes. Pero desistió, porque de repente le sobrevino la sensación de haber perdido el interés por todo. Perseguido por estados de ánimo de la clase más penosa, <!-- S. 161 --> ejercía una crítica despectiva sobre sí mismo y tenía continuamente el pensamiento de que se había vuelto incapaz. Al recordar su infancia llegaba a violentos reproches contra sus padres, cuya incomprensión habría estorbado su desarrollo. En este estado de ánimo tenía a veces también pensamientos de que los hombres carecían en realidad de valor e interés para él. Tales pensamientos lo empujaron finalmente a aislarse.

También aquí se reveló como fuerza motriz secreta la vanidad, que le inspiraba pretextos y excusas para no tener que someterse a la prueba. Pues precisamente antes de sus exámenes le sobrevenían estos pensamientos, aparecían ese *miedo escénico*, ese hastío intenso que lo incapacitaban. Pero todo ello tenía para él una importancia decisiva. Pues si ahora no rendía nada, su sentimiento de la personalidad quedaba a salvo. Tenía consigo una red de salvamento y no podía caer bajo la crítica. Podía consolarse pensando que estaba enfermo, que un oscuro destino lo había vuelto incapaz. En esta actitud, que no permite que un hombre se exponga, reconocemos otra forma de la vanidad. Le hace dar media vuelta precisamente en el momento en que está próximo a una decisión sobre su valía. Piensa en el brillo que podría perder con una derrota y empieza a dudar de sus capacidades. Ese es el secreto de todos los que no son capaces de resolverse a una decisión.

A esta clase de personas pertenece también nuestro paciente. De su relato resultó que en realidad siempre había sido así. Cada vez que se acercaba una decisión, se volvía vacilante. Para nosotros, que nos dedicamos al estudio de la línea de movimiento, de la marcha de un hombre, esto no significa otra cosa que frenar, detenerse.

Era el mayor y el único varón entre cuatro hermanos, y el único que había sido destinado a los estudios; por así decirlo, el punto luminoso de la familia, en quien se habían puesto grandes esperanzas. Su padre no había dejado nunca de estimular de modo notable su ambición y de predecirle siempre todo lo que un día llegaría a ser, de manera que pronto no tuvo a la vista más que una meta: ser más que todos los demás. Y ahora se encontraba allí, presa de la inseguridad sobre si podría cumplir todo aquello. Entonces su vanidad lo obligó a la retirada.

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Así se muestra cómo en el desarrollo del principio ambicioso y vanidoso la suerte se echa por sí misma y el camino ulterior se vuelve impracticable. La vanidad cae en una contradicción insoluble con el sentimiento de comunidad, de la que no lleva ninguna salida. A pesar de ello, vemos cómo las naturalezas vanidosas, desde la infancia, rompen una y otra vez el sentimiento de comunidad e intentan seguir su propio camino. Se parecen a un hombre que, según su propia fantasía, se ha trazado el plano de una ciudad y ahora recorre con él esa ciudad y lo busca todo allí donde *él* lo ha dibujado en ese plano caprichoso. Naturalmente, nunca encuentra lo que busca y culpa de ello a la realidad. Más o menos así es la suerte del hombre vanidoso y terco. En todas sus relaciones con el semejante intenta imponer su principio, bien por la fuerza, bien con astucia y alevosía. Siempre acecha la ocasión de dejar a los demás sin razón y de demostrarles faltas. Es feliz cuando alguna vez logra mostrar —al menos mostrarse a sí mismo— que es más listo o mejor que los demás, mientras estos no prestan atención a ello o aceptan la lucha, que dura entonces un rato y termina unas veces con la victoria y otras con la derrota del vanidoso, pero siempre, para él, con la conciencia de su superioridad y de su razón.

Son trucos baratos. Pues de este modo cualquiera puede imaginarse lo que le plazca. Así puede ocurrir, como en nuestro caso, que un hombre, puesto de pronto en la necesidad de estudiar, de someterse a la sabiduría de un libro o incluso a un examen en el que tendría que salir a la luz el verdadero caudal de su valía, cobre conciencia de toda su insuficiencia. Con la perspectiva falsa desde la que ve las cosas, sobrestima ahora la situación y la concibe como si en ella se jugaran toda la felicidad de su vida y toda su importancia. Cae necesariamente en una tensión que ningún hombre es capaz de soportar.

También cualquier otro encuentro se convierte para él en un acontecimiento grande y especial. Cada alocución, cada palabra es retorcida o valorada por él de manera antitética desde el punto de vista de su propia victoria o de su propia derrota. Es una lucha ininterrumpida que, naturalmente, a quien ha hecho de la vanidad, la ambición y la soberbia su patrón de vida predominante lo enreda continuamente en <!-- S. 163 --> nuevas dificultades y le roba las verdaderas alegrías de la vida. Pues estas solo pueden tenerse si se afirman las verdaderas condiciones de esta vida. Pero si alguien las aparta de un empujón y estrangula su interés por los demás, se cierra todos los caminos hacia la alegría y la dicha, y encontrará que le está negado todo lo que para otros significa satisfacción y felicidad en la vida. En el mejor de los casos puede soñarse en sentimientos de elevación, de superioridad sobre los demás, pero no los encontrará realizados en ninguna parte de ningún modo. Aun cuando creyera haber encontrado alguna vez la superioridad, se encontraría gente bastante a la que daría gusto disputarle su valía. Contra esto no hay remedio. Nadie puede ser obligado a reconocer una superioridad. No le queda más que su propio juicio sobre sí mismo, presuntuoso y del todo inseguro, que está siempre amenazado por su dependencia del juicio de los demás. Absorbido de este modo, es difícil obtener éxitos reales o promover a los semejantes. Nadie gana con ello; todos son siempre el punto de ataque y están continuamente expuestos a la humillación. Es como si estas personas se aplicaran a un trabajo voluntario: *parecer* siempre grandes y superiores sin serlo.

Otra cosa es cuando el *valor de un hombre* se justifica por promover a los demás. Entonces el valor le llega volando por sí solo, y aunque se le discuta, eso no tiene fuerza alguna. El hombre mismo puede permanecer del todo tranquilo, precisamente porque no lo ha apostado todo a su vanidad. Lo decisivo es la mirada dirigida a la *propia* persona, la búsqueda continua de la elevación de la propia personalidad. El papel del vanidoso es siempre el de quien espera y toma. Si se le contrapone con nitidez aquel tipo que muestra un sentimiento de comunidad desarrollado, que anda por ahí como con la pregunta muda: ¿qué puedo dar?, se reconocerá en seguida la enorme diferencia de valor. Pues el verdadero valor solo puede proceder de la utilidad para los demás.

Se llega así a un punto de vista que los pueblos ya presintieron hace milenios con inquietante seguridad y que se expresa en la sabia palabra de la Biblia: *Más bienaventurado es dar que recibir.*[^t18] Si hoy reflexionamos sobre el sentido de estas palabras, <!-- S. 164 --> que son expresión de una experiencia humana enormemente antigua, reconocemos que lo que se quiere decir es el *estado de ánimo*, el estado de ánimo del dar, del promover, del ayudar, que trae consigo por sí mismo un equilibrio, una armonía de la vida anímica, como un regalo de los dioses que se presenta por sí solo en quien da, mientras que aquel que está más orientado a tomar la mayoría de las veces está disperso, insatisfecho y continuamente ocupado con el pensamiento de qué tendría todavía que alcanzar y apropiarse para ser del todo feliz. En el primer caso, un sentimiento de plenitud; en el segundo, de vacío. Como la mirada de este último nunca se dirige a las necesidades y exigencias de los demás, y la desgracia ajena le parece dicha propia, en él no tiene cabida el pensamiento de una paz de reconciliación. Exige inexorablemente que el otro se doblegue a las leyes que ha creado su terquedad; exige un cielo distinto del que hay, un pensar y un sentir distintos. En suma, su insatisfacción y su inmodestia son monstruosas y nunca pueden saciarse.

Otras formas de manifestarse la vanidad, puramente exteriores y más primitivas, las encontramos en personas que se visten con cierta importancia o de manera exagerada, que se adornan como monos presumidos y quieren con ello destacar llamativamente sobre los demás, de modo parecido a como en tiempos pasados intentaban brillar los hombres o a como lo intentan todavía hoy los pueblos primitivos, cuando, por ejemplo, para un hombre primitivo es el orgullo de su vida llevar una pluma bien larga en el pelo. Hay un sinnúmero de personas que encuentran la mayor satisfacción en ir siempre bien vestidas y a la última moda. Los retratos y las diversas joyas que llevan las personas de esta clase apuntan igualmente a su vanidad, como a veces los lemas marciales, los emblemas guerreros o las armas que, manejadas en la realidad, sin duda asustarían al enemigo. A veces son figuras de origen erótico, sobre todo en los hombres, y otros dibujos, como tatuajes y cosas semejantes, que hacen alarde de su frivolidad.

Ante semejante espectáculo tenemos siempre la sensación de un arribismo, de un querer impresionar, aunque sea solo con la desvergüenza. Pues a algunas personas les da la sensación de una especie de grandeza y superioridad comportarse desvergonzadamente. <!-- S. 165 --> Otras, a su vez, obtienen esta sensación cuando se muestran duras, insensibles, cuando hacen gala de intransigencia o de reserva. También esto puede ser a veces solo apariencia, mientras que en realidad se trata a menudo de personas que están mucho más cerca de la emoción, de la blandura, de la cobardía que de la rudeza y de la caballería brutal. Sobre todo en los muchachos se encuentra a menudo una especie de insensibilidad, una actitud hostil contra los impulsos del sentimiento de comunidad. Con personas impulsadas por esta clase de vanidad, que gustan de representar un papel en el que otros sufren, apelar a sus sentimientos sería lo peor que podría hacerse. Pues eso casi siempre solo las incitará más a endurecer su actitud. Habitualmente se ve en un caso así cómo alguien, por ejemplo los padres, se acercan suplicantes, descubriendo su dolor, mientras tienen enfrente a una persona que, del descubrimiento del dolor ajeno, obtiene precisamente un sentimiento de su superioridad.

Ya se ha mencionado que a la vanidad le gusta enmascararse. Las personas vanidosas, para poder dominar a otros, se ven las más de las veces obligadas a atraparlos, a fin de atarlos a sí. Por eso no debemos dejarnos cautivar en seguida por la *amabilidad, el carácter afable y la complacencia* de una persona, ni engañarnos sobre el hecho de que, a pesar de todo, puede tratarse aquí de un luchador, de un agresor que quiere ponerse por encima de los demás y aspira a dominarlos. Pues la primera fase de semejante lucha ha de ser sin duda la de adormecer la confianza del adversario y llevarlo hasta el punto de que abandone su cautela. En esta primera fase, la de la complacencia amistosa, se siente uno fácilmente tentado a creer que se trata de una persona con mucho sentimiento de comunidad. Pero el segundo acto, que sigue entonces, nos muestra el error. Son entonces las personas de las que tanto gusta decirse que lo han *decepcionado* a uno, que tienen dos almas. Pero es una sola alma, que tiene un comienzo amable y una continuación combativa. Esta actitud inicial insinuante puede llegar tan lejos que se convierta en una especie de *captación de almas*. Estas personas hacen a menudo gala de rasgos de entrega extrema, que por sí solos son ya para ellas casi un triunfo. Pueden tener en los labios la humanidad más pura y probarla en apariencia con actos. Pero la mayoría de las veces <!-- S. 166 --> lo hacen de manera tan ostentosa que el conocedor se vuelve cauto. Un psicólogo criminalista italiano dijo una vez: «Cuando la actitud ideal de un hombre sobrepasa cierta medida, cuando su bondad y su humanidad adoptan formas que llaman ya la atención, la desconfianza está entonces completamente justificada». Naturalmente, también con esta concepción habrá que proceder con cautela, pero no podrá uno cerrarse a reconocer que este punto de vista está fundado teórica y prácticamente. También *Goethe* se acerca a este pensamiento en uno de sus *Epigramas venecianos*, donde dice:

> A todo exaltado crucificádmelo a los treinta años:
> en cuanto conoce el mundo, el engañado se vuelve pícaro.[^t19]

En general, este tipo se reconoce casi siempre con facilidad. No gusta lo insinuante, resulta repugnante, y pronto uno se guarda de estas personas. Por eso a las personas ambiciosas habría más bien que desaconsejarles este medio. Es mejor no seguir este camino y atenerse a una marcha más sencilla.

Conocemos ya por la parte general las situaciones de las que pueden desarrollarse los fracasos anímicos. Las *dificultades educativas* consisten en que en tales casos se trata con niños que se hallan en una posición de lucha frente a su entorno. Mientras que a lo sumo el educador conoce sus obligaciones, fundadas en la lógica de la vida, no tenemos ninguna posibilidad de hacer que esta lógica sea obligatoria también para el niño. El único camino sería evitar en lo posible la situación de lucha, cosa que se conseguirá seguramente mejor si se considera y trata al niño no como objeto, sino como sujeto, como un semejante con plena igualdad de derechos, como un camarada. Entonces ocurrirá con menos facilidad que los niños, por un sentimiento de opresión y de postergación, caigan en la posición de lucha de la que luego, en nuestra cultura, se desarrolla automáticamente esa falsa ambición que está mezclada en diversos grados y cantidades a todos nuestros pensamientos, actos y rasgos de carácter, que regularmente da pie a que la vida se vuelva más difícil y que a veces conduce a las más graves complicaciones, derrotas y al derrumbe de la personalidad.

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Es muy característico que aquella fuente de la que todos sacamos en realidad nuestro primer conocimiento del hombre, el cuento, disponga de una abundancia de ejemplos que nos muestran la vanidad y su peligrosidad. Mencionaremos aquí en especial un cuento que pone ante los ojos de manera drástica el despliegue desenfrenado de la vanidad y el derrumbe automático que va unido a él. Es el cuento «Der Essigkrug» [El jarro de vinagre], de Andersen.[^t20] Un pescador devuelve la libertad a un pez, que en agradecimiento le permite expresar un deseo. El deseo se cumple. Pero la mujer del pescador, insatisfecha y ambiciosa, que quería ser condesa, luego reina y finalmente Dios mismo, envía una y otra vez al marido de vuelta al pez, que al fin, enojado por el último deseo, abandona al pescador para siempre.

En la escalada de la ambición no hay un límite extremo. Es interesante observar cómo, tanto en el cuento como en la realidad, así como en la vida anímica recalentada del hombre vanidoso, la escalada del afán de poder puede desembocar en una especie de *ideal de divinidad*. A menudo no hace falta investigar mucho para descubrir que un hombre así —como en los casos más graves de esta clase— o bien se comporta directamente como si fuera un dios o estuviera en el lugar de Dios, o bien tiene deseos y metas tales que, de cumplirse, sería precisamente un dios. Este fenómeno, el *afán de semejanza con Dios*, es el punto extremo de la inclinación, presente también por lo demás en él, a ir más allá de los límites de su personalidad. Precisamente en nuestros días esto se hace patente con extraordinaria frecuencia. Todas las aspiraciones e intereses que se agrupan en torno al *espiritismo* y la *telepatía* apuntan a personas que no pueden esperar a rebasar los límites que les han sido dados, que se atribuyen fuerzas que los hombres no poseen, que a veces quieren incluso abolir el tiempo, buscando ponerse en contacto, por encima del tiempo y del espacio, por ejemplo con los espíritus de los difuntos. Si cavamos más hondo, encontramos que gran parte de los hombres tiene la inclinación a asegurarse al menos un lugarcito cerca de Dios. Hay todavía una multitud de escuelas cuyo ideal educativo es llevar a los hombres a la semejanza con Dios. Antes, esto era en general la quintaesencia de toda educación religiosa. <!-- S. 168 --> Solo con espanto podemos comprobar lo que ha resultado de ello, y comprender que tenemos que buscarnos un ideal más sólido. Pero es comprensible que esta inclinación esté tan arraigada en el hombre. Aparte de razones psicológicas, desempeña aquí también un gran papel la circunstancia de que una gran parte de la humanidad saca casi sus primeros conocimientos sobre la naturaleza del hombre de aquellas palabras de la Biblia que declaran que el hombre fue creado a «*imagen de Dios*», lo cual deja en el alma infantil impresiones significativas y a menudo de graves consecuencias. La Biblia es, naturalmente, una obra magnífica que, una vez se ha madurado para comprenderla, se leerá siempre con admiración. Pero si se quiere empezar con ella también con los niños, hay que darles al menos un comentario, para que aprendan a ser modestos, a no atribuirse toda clase de poderes mágicos y a no exigir que todo les esté sometido, supuestamente porque fueron creados a imagen de Dios.

Muy emparentado con esto, y que se encuentra con mucha frecuencia, es el ideal del *país de Jauja*, donde todos los deseos se cumplen. Los niños casi nunca cuentan seguramente con la realidad de tales imágenes de cuento. Pero si se piensa en el enorme interés de los niños por la *magia*, no cabe duda de que al menos se sienten tentados a cavilar en esta dirección y a ahondar en ella. La idea de la magia y de la influencia mágica sobre el otro está muy presente en los hombres y a menudo no los abandona hasta la más avanzada edad. En un punto quizá ningún hombre está todavía libre de pensamientos semejantes. Son las consideraciones y sensaciones sobre una influencia mágica que el sexo femenino ejerce sobre el hombre. Pueden encontrarse todavía bastantes personas que se comportan como si estuvieran expuestas a los poderes mágicos de su compañero sexual. Este pensamiento nos trae el recuerdo de una época en que esta creencia estaba mucho más extendida, en que una mujer, por los motivos más banales, podía correr el peligro de ser considerada maga o bruja, lo cual pesó como una pesadilla sobre toda Europa y determinó en parte su destino. Pues si se piensa que un millón de mujeres cayeron víctimas de esta locura, no puede hablarse simplemente de extravíos <!-- S. 169 --> sin importancia, sino que, a lo sumo, cabe compararlos con los procesos de la Inquisición o con la guerra mundial.

Siguiendo las huellas del afán de semejanza con Dios se encuentra también el fenómeno de que alguien busca de manera abusiva la *satisfacción de necesidades religiosas*, buscando en ella solo el cumplimiento de su vanidad. Piénsese, por ejemplo, qué importancia puede tener, sobre todo para un hombre anímicamente derrumbado, unirse a su Dios por encima de todos los demás y conversar con él; sentirse en condiciones, mediante actos piadosos y oraciones, de encauzar la voluntad de Dios por las vías que él mismo necesita; poder tratarlo de tú a tú y sentirse así colocado muy cerca de Dios. A veces tales fenómenos están tan lejos de lo que podría llamarse religiosidad auténtica que causan ya una impresión enfermiza. Así, por ejemplo, cuando alguien cuenta que no puede dormirse si antes no ha rezado ciertas oraciones, pues si no lo hiciera podría suceder que a alguna persona lejana le ocurriera una desgracia. Solo se comprende todo ello como pura fanfarria cuando se toma tal comunicación en sentido positivo y se entiende así: si pronuncio esta fórmula, no puede pasarle nada. Son caminos por los que uno puede llegar fácilmente a la sensación de poseer un poder mágico. ¡Pues a este hombre parece haberle salido bien, en efecto, impedir hasta la hora indicada una desgracia al otro! También en las fantasías diurnas de tales personas puede encontrarse que divagan muy por encima de toda medida humana. Se nos revelan aquí gestos vacíos, actividades que no pueden cambiar nada de la verdadera naturaleza de las cosas, que solo cuentan en la imaginación e impiden a quien las tiene trabar amistad con la realidad.

Ahora bien, en nuestra cultura desempeña un papel una cosa que, ciertamente, a veces podría sentirse como dotada de un poder mágico. Es el *dinero*. Muchos opinan que con dinero se puede hacer todo, y no es de extrañar entonces que la ambición y la vanidad se ocupen de algún modo también del dinero y de la propiedad. Así ha de entenderse ese afán ilimitado de posesión, del que casi podría pensarse que tiene un fundamento patológico o racial. Pero tampoco este fenómeno es otra cosa que vanidad, que hace que <!-- S. 170 --> uno quiera acaparar cada vez más para tener también en la mano algo de este poder mágico y sentirse elevado por ello. Uno de estos hombres muy ricos, que aunque en realidad debía de tener ya bastante seguía persiguiendo cada vez más el dinero, confesó finalmente, tras un desconcierto inicial: «Sí, ¿sabe usted?, es precisamente el poder lo que le atrae a uno una y otra vez». Este hombre lo sabía, pero muchos no deben de saberlo. La posesión del poder está hoy tan unida al dinero y a la propiedad, el afán de riqueza y de posesión les parece a muchos tan natural, que ya no se advierte en absoluto cuántos de los que persiguen el dinero no son impulsados por otra cosa que por su vanidad.

Para terminar, refiramos todavía un caso que puede mostrarnos una vez más todos los detalles y al mismo tiempo nos acerca a la comprensión de otro fenómeno en el que la vanidad desempeña un gran papel. Es el estado de *descarrío*. Se trata en este caso de una pareja de hermanos, de los cuales el hermano menor pasaba por incapaz, mientras que la hermana mayor tenía fama de suma competencia. Cuando el hermano ya no pudo sostener la competencia con ella, abandonó la carrera. Desde el principio había sido siempre postergado, y aunque ahora se intentaba apartarle las dificultades del camino, pesaba todavía sobre él una gran carga, que significaba para él el conocimiento *aparente* de ser incapaz. Pues le habían inculcado desde la infancia que su hermana superaría siempre con más facilidad las dificultades de la vida, mientras que él solo estaba destinado a las cosas menores del mundo. Así, por la posición más favorable de la hermana, le habían hecho creer en una insuficiencia que de ningún modo era cierta. Con esta gran carga llegó a la escuela e hizo allí el recorrido de un niño de orientación pesimista, que procura evitar a toda costa confesar su incapacidad. Con la edad creció también el anhelo de no tener que hacer ya el papel del chico tonto, sino de ser tratado como un adulto. A los 14 años había llegado ya a participar con frecuencia en reuniones de adultos. El profundo sentimiento de inferioridad era para él un aguijón eterno que lo empujaba continuamente a cavilar cómo podría hacer ya ahora de gran <!-- S. 171 --> señor. Entonces, un día, su camino lo llevó al círculo de la prostitución, donde permaneció desde entonces. Como esto implicaba gastos de dinero, pero su manía de grandeza no toleraba pedir dinero al padre, llegó a espiar la ocasión de sustraérselo. Estos robos no le dolían en absoluto; se sentía con ello, según contaba, como un gran hombre que ha obtenido la disposición de la caja del padre. Así siguió la cosa hasta que una vez se vio amenazado en la escuela por una grave derrota. Suspender habría sido para él una prueba de su incapacidad que de ningún modo podía permitir. Entonces aparecieron en él los fenómenos siguientes. Le sobrevinieron de repente *remordimientos de conciencia*, que acabaron acosándolo tanto que le impedían por completo estudiar. Con ello la situación había mejorado para él. Pues, si ahora suspendía, tenía para sí y ante los demás la excusa de que lo habían torturado de tal manera sus remordimientos que cualquier otro en semejante situación también habría suspendido. Al estudiar le estorbaba además una intensa distracción, que lo obligaba a pensar continuamente en otras cosas. Así se le escurría el día, se hacía de noche y se iba a dormir cansado con la conciencia de que había querido estudiar, pero en realidad no se había ocupado en absoluto de sus tareas. También lo que seguía le ayudaba a llevar a cabo su papel. Tenía que levantarse temprano, de modo que todo el día estaba soñoliento y cansado y al final no podía ya prestar atención alguna. A un hombre así, pensaba, no se le podía exigir que compitiera con la hermana, más capaz. Ya no era su incapacidad la culpable, sino las fatales circunstancias concomitantes, su arrepentimiento, sus remordimientos, que no lo dejaban en paz. Así estaba, en realidad, pertrechado para todo y protegido por todos los flancos; no podía pasarle nada. Si suspendía, tenía circunstancias atenuantes, y nadie podía afirmar que fuera incapaz. Pero si aprobaba, eso no era sino una prueba de la competencia que no se le quería reconocer y que él demostraba a pesar de todas las dificultades.

A tales saltos induce al hombre la vanidad. Se ve en este caso cómo el hombre puede llegar al punto de correr el peligro de caer en el descarrío solo para <!-- S. 172 --> eludir que se descubra una supuesta incapacidad que en absoluto existe. Semejantes complicaciones y extravíos introducen en la vida del hombre una ambición y una vanidad exacerbadas, le roban su desenvoltura y lo privan de los verdaderos goces humanos, de la alegría de vivir y de la dicha. Si se mira más de cerca, no se esconde detrás otra cosa que un error banal.

### 2. Celos

Un rasgo de carácter que cautiva nuestra atención por su extraordinaria frecuencia son los celos. No nos referimos solo a los celos en las relaciones amorosas, sino a aquellos que se encuentran también en todas las demás relaciones humanas, sobre todo en la infancia, cuando un hermano, para ser superior al otro, desarrolla en sí, junto con sus impulsos de ambición, también impulsos de celos, y manifiesta con ello su toma de posición adversaria y combativa. De un sentimiento de postergación ha surgido otra forma de la ambición, los celos, un rasgo que a menudo acompaña al hombre durante toda su vida.

En los niños se encuentran celos casi regularmente, sobre todo cuando llega un hermano menor que atrae ahora más la atención de los padres, de modo que el niño mayor se siente como un rey destronado. Se vuelven celosos con especial facilidad aquellos niños que antes habían estado sentados en un cómodo calor. Hasta dónde puede llegar en esto un niño lo mostrará el caso de una niña que a los ocho años había cometido ya tres asesinatos.

Era una niña algo retrasada a la que, a causa de su delicadeza, se le ahorraba todo trabajo, de modo que se encontraba en una situación relativamente favorable. Esto cambió de repente cuando, a los seis años, tuvo una hermana. Se produjo en ella una transformación completa: perseguía a la hermana con un odio furioso. Los padres, que no sabían qué hacer, intervinieron con severidad e intentaron hacer comprender a la niña su responsabilidad por cada fechoría. Sucedió entonces un día que en el arroyo que pasaba junto al pueblo se encontró muerta a una niña pequeña. Poco después se repitió el caso, y finalmente se sorprendió a esta niña en el momento en que acababa de empujar de nuevo al agua a otra niña pequeña. Confesó <!-- S. 173 --> también sus asesinatos, fue internada en observación en un manicomio y finalmente entregada a un reformatorio.

En este caso los celos de la niña se habían desviado de su propia hermana hacia otras niñas más pequeñas. Había llamado la atención que no sentía ningún tipo de sentimientos hostiles hacia los niños varones. Era como si en las niñas más pequeñas asesinadas hubiera visto la imagen de su hermana y, matándolas, hubiera querido satisfacer su sentimiento de venganza por la postergación que se le había infligido.

Con más facilidad todavía pueden despertarse impulsos de celos cuando hay hermanos de distinto sexo. Como es sabido, en nuestra cultura no es muy agradable para una niña que, como hoy es costumbre en muchos lugares, un varón sea recibido con especial alegría, tratado con más cuidado y amor y disfrute además de toda clase de otras ventajas frente a la niña, de las que esta se ve excluida.

De una relación así no tiene por qué surgir siempre, naturalmente, una hostilidad violenta. Puede ocurrir también que el hermano mayor sienta fuertes sentimientos de inclinación hacia el menor y cuide de él como una madre, lo cual, sin embargo, psicológicamente no tiene por qué ser siempre distinto del primer caso. Cuando una niña mayor ocupa el lugar de la madre respecto del hermano menor, se trata, en efecto, de nuevo de una posición en la que ella es la superior y puede disponer a su antojo. Ha logrado hacer de una situación peligrosa algo valioso.

Otra forma frecuente de esta relación, en la que también pueden presentarse fácilmente impulsos celosos, es una carrera exacerbada entre hermanos. La niña siente en el sentimiento de su postergación un aguijón que la empuja incesantemente hacia adelante, de modo que no pocas veces consigue, con aplicación y energía, adelantar con mucho al hermano, para lo cual a menudo acude en su ayuda el peculiar favor de la naturaleza, que consiste en que las niñas, hasta pasada la pubertad, se desarrollan física y mentalmente mucho más deprisa que los varones, diferencia que luego se va compensando lentamente.

Los celos se manifiestan bajo las formas más diversas. Se los reconoce en rasgos de desconfianza, de acecho, de comparación, y en el temor constante a salir perjudicado. <!-- S. 174 --> Qué forma sobresale más depende de la preparación para la vida social alcanzada hasta entonces. Pueden ser unos celos que consumen a quien los tiene, o unos que desembocan en una conducta temeraria y enérgica. Pueden aparecer en la aguafiestas que intenta rebajar al rival, o en el afán de atar a alguien, de restringir su libertad para hacerse dueño de él. Es un método sumamente apreciado configurar los celos en las relaciones humanas de tal modo que el otro reciba con ello ciertas leyes. Es una línea anímica propia la que sigue un hombre cuando quiere imponer a otro, por ejemplo, una ley del amor, cuando quiere aislar al otro, cuando le prescribe cómo ha de dirigir sus miradas, sus actos y aun todo su pensamiento. Los celos pueden también ponerse al servicio del propósito de rebajar al otro, de hacerle reproches y cosas semejantes. Pero todos son medios para quitar al otro su libertad de voluntad, para hechizarlo y atarlo. Una maravillosa descripción de esta conducta se encuentra en la novela *Netotschka Njeswanowa* [Niétochka Nezvánova] de Dostoievski, en la que un hombre consigue de este modo oprimir a su mujer durante toda una vida y mantener su dominio sobre ella.

Los celos son, por tanto, una forma especial del afán de poder.

### 3. Envidia

En el afán de poder y de superioridad el hombre llega muchas veces a rasgos de carácter de envidia. La distancia a la que un hombre se encuentra de su meta más grande que la vida se le hace sentir, como es sabido, en forma de sentimiento de inferioridad. Pesa sobre él y lo llena hasta tal punto que por su actitud y sus formas de vida se obtiene la impresión de que este hombre tiene todavía muy lejos su meta. En su baja estimación de sí mismo y en su insatisfacción cae también, la mayoría de las veces, en una continua comparación de cómo está otro respecto de él, de lo que otros han alcanzado, y se sentirá siempre perjudicado. Esto puede ocurrir incluso cuando tiene más que otros. Todas estas formas de manifestarse el sentimiento de menoscabo son indicios de una vanidad encubierta, no satisfecha, *de un querer tener siempre más, de un querer tenerlo todo.* <!-- S. 175 --> Tales personas no dicen, ciertamente, que quieren tenerlo todo, porque casi siempre la instancia del sentimiento de comunidad les impide pensar así, pero obran como si quisieran tenerlo todo.

Es comprensible que los sentimientos de envidia que se mueven en esta continua comparación no puedan influir favorablemente en las posibilidades de felicidad. Pero por mucho que, en virtud del sentimiento de comunidad, a todos nos repugnen los impulsos de envidia, por muy mal vista que esté en general la envidia, habrá pocas personas que no sean capaces de algún impulso de envidia. Tenemos que confesar que ninguno de nosotros está libre de envidia. En la corriente uniforme de la vida esto no se manifiesta siempre con claridad. Pero cuando un hombre sufre y se siente acosado, cuando experimenta falta de dinero, de alimento, de ropa, de calor, cuando sus perspectivas para el futuro disminuyen y no ve salida de su apurada situación, entonces nos resulta comprensible que un género humano como el actual, que se encuentra apenas en el comienzo de una cultura, sienta impulsos de envidia, aunque la moral y la religión se lo prohíban. Así comprendemos también la envidia de los desposeídos. Solo nos resultaría incomprensible si alguien aportara la prueba de que otras personas, en semejante situación, no se verían asaltadas también por impulsos de envidia. Con esto solo se quiere dejar sentado que, con la constitución anímica actual del hombre, hay que contar con este factor. No puede evitarse que se inflame en el individuo o en la masa si se llevan demasiado lejos las restricciones. Pero aunque no podamos dar nuestra aprobación a las formas repelentes en que se presenta la envidia, tenemos que decir que en realidad no conocemos ningún medio para eliminar en *tales* casos la envidia y también el odio que a menudo va unido a ella. Una cosa está clara de antemano para todo el que vive en nuestra sociedad: que no hay que poner a prueba tales impulsos, que no hay que provocarlos, que hay que tener el tacto suficiente para no suscitar ni aumentar este fenómeno, que con seguridad cabe esperar. Aunque con ello no se ha mejorado nada todavía, es lo menos que puede exigirse de un hombre: *que no haga ostentación de su superioridad momentánea sobre el otro*, porque con ello podría herir a alguien.

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En este rasgo de carácter vemos la conexión indestructible del individuo con la colectividad. Nadie puede destacarse de la comunidad y extender su poder sobre los demás sin que al mismo tiempo se despierten también en el lado opuesto fuerzas que procuran impedir de nuevo su empresa. La envidia empuja siempre a actos y medidas que apuntan de nuevo a la paridad, a la igualdad de valor de los hombres. Nos acercamos así, tanto con el pensamiento como por nuestra empatía, a un principio de la sociedad humana que no puede violarse en ningún punto sin que en otro lugar se agiten inmediatamente fuerzas contrarias, a saber, la *ley de la igualdad de todo lo que tiene rostro humano.*

La forma de expresión de la envidia se reconoce fácilmente ya en la mímica, sobre todo en la mirada. También fisiológicamente se expresa un impulso de envidia, lo que se manifiesta asimismo en ciertos giros del lenguaje. Se habla de envidia amarilla o pálida,[^t21] con lo que se indica que los sentimientos de envidia influyen en nuestra circulación sanguínea. Orgánicamente, la envidia no se manifiesta de otro modo que por una contracción de los vasos sanguíneos periféricos.

En lo que respecta al conocimiento pedagógico, tenemos que esforzarnos, ya que no podemos hacer desaparecer del mundo los impulsos de envidia, por ponerlos al menos al servicio de la utilidad general y por tratar de abrirles un camino por el que puedan volverse fecundos sin conmociones demasiado grandes de la vida anímica. Esto vale tanto para el individuo como para la masa. En la vida del individuo tenemos que procurar proporcionar a tales niños ocupaciones que eleven la conciencia de su propio valor. En la vida de los pueblos no quedará otra cosa que señalar y hacer posibles caminos para el despliegue de fuerzas ociosas a aquellos que se sienten postergados y quizá contemplan también con envidia estéril cómo se eleva el bienestar de otros pueblos. Un hombre lleno de envidia toda su vida es estéril para la convivencia. Mostrará siempre el deseo de quitarle algo al otro, de perjudicarlo de algún modo, de estorbarlo, y tendrá la inclinación a aducir excusas por lo que no ha alcanzado y a culpar a otros. Ofrecerá la imagen de un luchador, de un aguafiestas, de un hombre que no tiene mucho interés por las buenas relaciones con los demás, <!-- S. 177 --> que no hace preparativos para volverse apto para convivir con ellos. Como apenas se tomará la molestia de ponerse en el lugar del alma de los demás, será también siempre un mal conocedor del hombre y herirá a otros con su juicio. No le afectará que otro sufra por su modo de obrar. La envidia puede llevar al hombre incluso a sentir una especie de satisfacción en el sufrimiento de su prójimo.

### 4. Avaricia

Estrechamente emparentada con la envidia, y casi siempre unida a ella, está la avaricia. No nos referimos solo a aquella clase de avaricia que se limita a reunir monedas, sino a aquella forma general que se expresa esencialmente en que alguien no es capaz de proporcionar una alegría al otro, que escatima, pues, su entrega a la colectividad o a los individuos y levanta un muro a su alrededor para estar seguro únicamente de sus míseros tesoros. Se reconoce aquí fácilmente la conexión con la ambición y la vanidad, por una parte, y con la envidia, por otra. No es decir demasiado afirmar que todos estos rasgos de carácter existen al mismo tiempo en un hombre, de modo que no por ello se pasa en absoluto por adivino del pensamiento si, una vez comprobada una de estas cualidades, se afirma que existen también las demás.

También el hombre culto de hoy presentará rasgos de avaricia, al menos en indicios. A lo sumo puede recubrirlos o encubrirlos con una generosidad llevada al extremo, que quizá tampoco es otra cosa que un *dispensar gracias*, un intento de elevar el propio sentimiento de la personalidad a costa del otro mediante gestos generosos. En ciertas circunstancias puede parecer como si la avaricia, aplicada a ciertas formas de la vida, fuera incluso una cualidad valiosa. Así, por ejemplo, cuando un hombre es avaro con su tiempo o con su fuerza de trabajo y quizá realiza con ello una gran obra. Hay una corriente científica y moral del presente que pone tan en primer plano precisamente la avaricia con el tiempo que exige que cada hombre proceda «económicamente» con su tiempo y su fuerza de trabajo (y también con la «mano de obra»).[^t22] Esto suena muy bien en teoría. Pero en cuanto se encuentra este principio aplicado prácticamente en alguna parte, puede verse cómo en él solo impera y campa a sus anchas la meta del <!-- S. 178 --> poder y de la superioridad. Con este principio, obtenido teóricamente, casi siempre no se hace más que abusar, y el que es avaro con su tiempo y su fuerza de trabajo intentará descargar de sí sobre otros las cargas que van unidas a ello. Pero un punto de vista semejante solo podemos medirlo y valorarlo según la medida en que sea útil a la colectividad. Hace falta todo el desarrollo de nuestra era técnica para tratar al hombre como una máquina e imponerle principios para su vida como los que en la técnica quizá estén justificados hasta cierto grado, pero que, respecto de la convivencia humana, tienen que conducir a un empobrecimiento, al aislamiento y a un menoscabo del prójimo. Por eso será mejor arreglar las cosas de modo que prefiramos dar a ahorrar, principio que no hay en absoluto por qué deformar, del que no se debe ni se puede abusar si se tiene a la vista la utilidad del semejante.

### 5. Odio

En las personas de disposición combativa se encuentran no raras veces rasgos de odio. Los impulsos de odio, que a menudo aparecen ya en la infancia, alcanzan a veces grados extraordinariamente elevados, que pueden comprobarse en los arrebatos de cólera o cuando se expresan en forma más suave como *rencor*. Con ello la actitud de un hombre queda caracterizada con mucha nitidez, y se gana mucho para juzgarlo sabiendo hasta qué grado es capaz de tales impulsos. Le prestan una tonalidad individual, característica.

El punto de ataque de los impulsos de odio puede ser diverso. El odio puede referirse a las tareas ante las que se ve puesto un hombre, a personas concretas, a un pueblo o una clase, al otro sexo o a una raza. No hay que olvidar tampoco que los impulsos de odio no siempre salen a la luz de manera directa y manifiesta, sino que a veces se encubren muy bien, que pueden adoptar, por ejemplo, la forma más fina de la *actitud crítica*. Pueden también agotarse por completo en que un hombre rechace impulsos de unión de toda clase. A veces se ilumina como con un relámpago de qué impulsos de odio es capaz un hombre. Así en el caso de un paciente que contaba con qué alegría, él, que estaba exento del servicio militar, había leído las noticias <!-- S. 179 --> de las enormes pérdidas y de las crueles mutilaciones.

Mucho de estos fenómenos se encuentra en la esfera del *delito*. Pero en grado atenuado estas cosas pueden desempeñar un gran papel en la sociedad, y presentarse en formas que no tienen por qué herir ni repeler en absoluto. Esto vale en especial también para aquella forma que revela uno de los grados más altos del sentimiento de odio, la *misantropía*. Hay incluso corrientes filosóficas tan agitadas por la hostilidad y el odio a los hombres que pueden ponerse a la par de los actos, mucho más groseros y abiertamente hostiles, de rudeza y crueldad que se encuentran de vez en cuando. En las biografías de hombres importantes se descorre a veces el velo en algún punto, y cuando, por ejemplo, Grillparzer dice en una ocasión que en la poesía se desahoga la crueldad del hombre, hay que pensar menos en una verdad inquebrantable que se diga con ello que en el hecho de que en un artista, que tiene que estar cerca de la humanidad si quiere ser capaz de una obra artística, pueden existir además sentimientos de odio y de crueldad.

Las ramificaciones de los sentimientos de odio son extraordinariamente numerosas. Si no se persiguen aquí más allá, es porque llevaría demasiado lejos mostrar todas las conexiones de rasgos de carácter concretos con el odio a los hombres. Puede demostrarse fácilmente que determinadas profesiones, en particular, no se abrazan sin cierta hostilidad, lo cual no equivale a afirmar que no podrían *ejercerse* sin cierta hostilidad. Al contrario. En el momento en que un ánimo de orientación misantrópica decide abrazar una profesión de esta clase, por ejemplo la profesión militar, todos los impulsos hostiles se ven encauzados, por la organización del conjunto, por la representación de la profesión y por la necesidad de establecer la conexión con los demás miembros de esa profesión, de tal modo que exteriormente encajan, a pesar de todo, en la comunidad.

Una forma de manifestarse bajo la cual los sentimientos de hostilidad quedan especialmente bien encubiertos son los actos y daños a una persona o a bienes materiales que se producen por *negligencia* <!-- S. 180 --> y por el hecho de que el autor descuida todas las consideraciones que le impone el sentimiento de comunidad. En la jurisprudencia hay sobre ello una amplia discusión, que hasta hoy no ha aportado claridad a esta cuestión. Es evidente que una falta, un acto negligente, no ha de valorarse igual que un delito; que no es lo mismo que alguien, por ejemplo, ponga una maceta tan al borde de la ventana que a la menor sacudida caiga en la cabeza de un transeúnte, o que se la tire directamente a la cabeza. Pero no puede desconocerse que en el modo de obrar de las personas negligentes puede haber a menudo la misma hostilidad que en un delito, de modo que también el modo de obrar meramente negligente puede darnos un punto de apoyo para comprender a un hombre. La jurisprudencia reconoce aquí como circunstancia atenuante que al autor le faltó la intención *consciente*. Pero no hay duda de que en el fondo de un modo de obrar inconscientemente hostil puede haber el mismo grado de malevolencia que en un acto consciente y malintencionado. En ambos casos se trata de personas que presentan una falta de sentimiento de comunidad. Si se observan los juegos de los niños, puede verse siempre que algunos de ellos prestan menos atención a los demás, y la conclusión de que no son los mejores amigos de los hombres está sin duda justificada. Es verdad que hay que esperar siempre a recibir también confirmaciones de otra parte para las propias suposiciones. Pero si se encuentra cada vez que, siempre que participa uno de estos niños, ocurre una desgracia, hay que decir que un hombre así no tiene dispuesto el sentimiento para los demás y no está acostumbrado a tener a la vista el bien y el mal del prójimo.

Merece a este respecto una atención especial, en muchos aspectos, nuestra *vida económica*. No está muy inclinada a convencernos de que esta negligencia es una hostilidad. Pues los actos que tienen lugar en la vida económica no muestran casi nunca rastro alguno de esa consideración hacia los semejantes que consideramos tan deseable. Hay toda una serie de medidas y empresas en nuestra vida económica en las que se muestra muy claramente cómo quien realiza estos actos perjudica siempre con ello <!-- S. 181 --> a otro. Por regla general, no hay pena alguna prevista para ellos, aunque en su fondo haya una mala intención consciente. Pero como siempre existe al menos aquella falta de sentimiento de comunidad que se da en la negligencia, toda nuestra vida social queda envenenada, porque también aquellos que quizá tienen buena voluntad se llenan de la convicción de que en tales situaciones no queda otra cosa que la protección personal hasta el extremo. Con lo cual casi siempre se pasa por alto que esta protección personal va unida regularmente, a su vez, a una lesión del otro. Precisamente los últimos años han podido convencernos a menudo de estos hechos y de sus complicaciones. Solo puede ser ventajoso dirigir la atención a estos fenómenos, pues de ello puede verse cuán difícil se le hace al individuo, en tales situaciones, satisfacer exigencias que, en virtud de su sentimiento de comunidad, ha reconocido como evidentes y justas. También aquí será necesario encontrar salidas para facilitar al individuo su colaboración, que solo puede consistir en promover el bien común, en lugar de dificultarla, como hoy sucede casi siempre. A veces esto ocurre de modo completamente automático, pues el alma de las masas está siempre en acción y se defiende como puede. Pero también la psicología tiene que acompañar estos fenómenos, no solo para comprender las conexiones económicas, sino también en atención al aparato anímico que interviene aquí, y para saber qué puede exigirse en general al individuo o a la colectividad y qué cabe esperar de ello.

La negligencia está muy extendida en la familia, en la escuela y en la vida. Puede encontrarse en todas las formas de nuestra vida. Una y otra vez pasa a primer plano en algún lugar un tipo que no guarda ninguna consideración a sus semejantes. Naturalmente, esto no queda impune, y el modo de obrar de un hombre desconsiderado traerá casi siempre como consecuencia un giro que no le agrada. A veces tarda mucho —los molinos de Dios muelen despacio—, tanto que uno ya no puede abarcar entonces la conexión, porque no la conoce, no la acompaña controlándola y por eso la mayoría de las veces no la comprende. Las quejas que se alzan por un destino inmerecido se deben casi siempre a la circunstancia de que otros, que tuvieron que soportar las desconsideraciones <!-- S. 182 --> de tal compañero, al cabo de un tiempo abandonan sus esfuerzos, personalmente bienintencionados, y se apartan de él.

Aunque los actos negligentes encuentran a veces su justificación aparente, si se mira más de cerca puede percibirse en ellos, sin embargo, toda la plenitud de la hostilidad contra los demás. Así, por ejemplo, cuando un chófer que ha ido demasiado deprisa y ha atropellado por ello a alguien se defiende alegando que estaba comprometido por una cita. En tal conducta solo podemos ver que hay personas que ponen sus exigencias personales y mezquinas tan por encima del bien y el mal de los demás que pasan por alto los peligros que de esta conducta se derivan para ellos. En la diferencia entre sus propias exigencias y el bien de la colectividad puede reconocerse claramente el grado de su hostilidad.

## Capítulo III. Rasgos de carácter de naturaleza no agresiva

A este grupo de rasgos de carácter pertenecen todas aquellas formas de manifestación en las que la agresión hostil contra el semejante no se mueve en una línea recta y claramente visible, sino que transmiten al observador externo la impresión de un *aislamiento hostil*. Aquí es *como si* toda la corriente de hostilidad se hubiera desviado y hubiera tomado un rodeo. En tales casos surge casi siempre la imagen de un hombre que, ciertamente, no hace daño a nadie, pero se retira de la vida y de los hombres, evita todo contacto y en su soledad niega a los demás su colaboración. Pero como las tareas de la humanidad, en su mayor parte, solo pueden resolverse en un trabajo común, un hombre que se aísla es sospechoso de la misma hostilidad que aquel que ataca y perjudica a la comunidad abierta y directamente, y que de este modo le sustrae los medios necesarios para su conservación. Aquí se abre un campo de observación inmensamente amplio, en el que queremos someter a un examen más detenido algunos fenómenos llamativos. Como primer rasgo consideramos:

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### 1. Retraimiento

El retraimiento puede manifestarse de diversas maneras. Las personas que se retraen hablan poco o nada, no le miran a uno, no escuchan o no prestan atención cuando se les habla. En todas las relaciones, aun en las más sencillas, se encuentra una frialdad que separa a los hombres unos de otros. Se la percibe en la manera en que le dan a uno la mano, en el tono con que dicen algo, en el modo en que saludan al otro o devuelven su saludo. Siempre llama la atención cómo ponen una *distancia* entre ellos y los demás. En todos estos fenómenos de aislamiento se vuelve a encontrar el conocido rasgo de carácter de la ambición y la vanidad, que aquí ha adoptado la forma particular de querer destacarse de los demás, de querer demostrar la propia singularidad retirándose. Pero con ello estas personas, a lo sumo, han conseguido que su imaginación les finja una altura que no existe. Se ve cómo el rasgo combativo de la hostilidad puede trocarse en la actitud aparentemente inofensiva del aislado. El retraimiento puede afectar también a grupos mayores. Todo el mundo habrá conocido ya a familias enteras que se caracterizan por cerrarse herméticamente frente a los demás. Si se las observa con más detenimiento, nunca se echa de menos la hostilidad y la inclinación a imaginarse seres más elevados, mejores que los demás. La tendencia al aislamiento puede extenderse además a clases, religiones, razas y naciones, y a menudo resulta un cuadro extraordinariamente esclarecedor percibir en una ciudad extranjera, por ejemplo en los paseos, a veces incluso en el estilo de construcción de las casas, cómo se cierran unas capas sociales frente a otras. Es un fenómeno todavía profundamente arraigado por ahora en nuestra cultura que los hombres se dejen inducir fácilmente a aislarse de este modo, a separarse en naciones, confesiones y clases, con lo cual casi nunca se obtiene otra cosa que una lucha recíproca que al cabo de algún tiempo se disuelve en la nada, en una tradición anticuada y sin fuerza. Así sucede, como suele ocurrir casi siempre, que con ello se ofrece a algunos individuos la posibilidad de aprovechar antagonismos latentes y de azuzar a estos grupos unos contra otros sin otro fin que el de poder mandar y dirigir ellos mismos con tanta mayor facilidad <!-- S. 184 --> y satisfacer vanidades personales. Al rasgo de la hostilidad tampoco le falta nunca que una clase o un pueblo semejante se sienta especialmente distinguido, ensalce su espíritu como el escogido y de los demás casi solo sepa lo malo. La posibilidad y el peligro de una intensificación de la hostilidad residen en que por regla general solo se oye a ciertos portavoces que, por su propia disposición hostil y en su propio interés, tratan de atizar e intensificar la hostilidad de los otros. Cuando luego sobrevienen acontecimientos desgraciados, como la guerra mundial y sus consecuencias, nadie quiere haber sido. Es el tipo de hombres que, en su propia inseguridad, aspiran a una superioridad e independencia que tratan de realizar a costa de los demás.

En el retraimiento está el destino y todo el mundo de un individuo semejante. Es evidente que estas personas no son aptas para ir delante y promover los progresos de la cultura.

### 2. Angustia

En la actitud hostil de un hombre hacia su entorno encontramos no pocas veces rasgos de temerosidad que dan al carácter de estas personas una coloración especial. La temerosidad es un fenómeno extraordinariamente extendido, que acompaña al hombre desde los primeros días de la infancia, a menudo hasta su avanzada vejez, le amarga la vida en una medida inaudita y le vuelve además muy poco apto para unirse a los demás y ganar así la base para una vida pacífica y para rendimientos fecundos. Pues el miedo puede extenderse a todas las relaciones de la vida humana. Uno puede temer el mundo exterior o asustarse de su propio mundo interior. Y así como evita la sociedad porque la teme, puede temer también la soledad. En las personas temerosas se encontrará de nuevo aquel conocido tipo que se siente obligado a pensar más en sí mismo y que, en consecuencia, tiene poco que ofrecer al semejante. Una vez que ha adoptado el punto de vista de escabullirse ante las dificultades de la vida, ese punto de vista puede ahondarse y asegurarse extraordinariamente al sumarse la angustia. En efecto, hay personas en las que el primer impulso es siempre la angustia cuando han de emprender algo, ya sea salir de casa, separarse de un <!-- S. 185 --> acompañante, ocupar un puesto o cuando les sonríe el amor. Están tan poco ligadas a la vida y a los semejantes que todo cambio de su situación habitual les causa miedo, como sucede en los niños mimados.

Con ello queda inhibido todo desarrollo de su personalidad y de su capacidad de rendimiento. No siempre ocurre, por cierto, que uno se ponga enseguida a temblar y salga corriendo. Pero sus pasos se hacen más lentos, y encuentra toda clase de pretextos y excusas. A veces no sabrá en absoluto que su actitud temerosa ha surgido bajo la presión de una situación nueva.

Es interesante cuando, como en confirmación de esta concepción, se encuentra a menudo que estas personas gustan de pensar en el pasado o en la muerte, lo cual tiene aproximadamente el mismo efecto de freno. Pensar en el pasado es un medio poco llamativo y, por eso, muy apreciado para «escurrir el bulto». También el miedo a la muerte o a las enfermedades y a la locura se encuentra no pocas veces en personas que buscan una excusa para sustraerse a todo rendimiento. *O bien* subrayan que todo es vanidad, que la vida es muy corta o que no se puede saber lo que sucederá. Del mismo modo puede actuar también el *consuelo que la religión da con un más allá*, que hace que el hombre vea su verdadera meta solo en el más allá y considere la existencia terrena como un afán sumamente superfluo, como una fase sin valor de su desarrollo. Si el primer tipo esquiva todos los rendimientos porque su ambición no le permite someterse a prueba, en el segundo encontramos, como para instruirnos e iluminarnos, que también aquí es de nuevo el mismo dios hacia el que aspiran, la misma meta de superioridad sobre los demás, la misma ambición que los incapacita para la vida.

En su forma primera y más primitiva, la angustia se nos presenta en los niños que dan señales de angustia cada vez que se les deja solos. Pero el anhelo de un niño así no queda en absoluto satisfecho cuando se acude a su lado, sino que aprovecha a su vez la compañía para otros fines. Si la madre, por ejemplo, vuelve a dejarlo solo, la llamará de nuevo con claras manifestaciones de angustia, lo cual no significa otra cosa sino que nada ha cambiado, esté la madre presente o <!-- S. 186 --> no. Que el anhelo del niño tiende más bien a ponerla a su servicio, a dominarla. Tales fenómenos son habitualmente indicios de que no se deja a ese niño buscar su actitud por el camino de la independencia, sino que, con un trato equivocado, se le sugiere que eche mano de otras personas para someterlas a tributo y dejarse mimar.

Las manifestaciones de la angustia infantil son de todos conocidas. Se hacen especialmente claras cuando, al retirarle la luz, por ejemplo de noche, la conexión del niño con el mundo exterior o con la persona deseada se vuelve difícil. Entonces el grito de angustia restablece, por así decir, la unión que la noche ha roto. Si alguien acude, el caso se desarrolla habitualmente del modo antes descrito. El niño expresa deseos que van todavía más lejos: pide que se encienda la luz, que se quede uno a su lado, que juegue con él, y cosas semejantes. Mientras se le obedece, la angustia desaparece como por encanto. Pero en el momento en que esta relación de dominio parece amenazada, reaparece y afianza de nuevo el dominio del niño.

También en la vida de los adultos hay fenómenos semejantes. Son los casos de *agorafobia*, en los que las personas no quieren salir solas. Representan tipos que se pueden ver a menudo en la calle, cuando, encogidas de angustia y mirando a su alrededor, no se mueven del sitio, o atraviesan corriendo la calle como si huyeran de un enemigo malvado. A veces una figura así incluso le pide a uno que la ayude a cruzar. No son personas débiles o enfermas, sino gente que por lo demás puede andar perfectamente, que casi siempre goza de una salud mucho mejor que más de uno, pero que, puesta ante una dificultad insignificante, sufre de inmediato un ataque de angustia. A veces la cosa llega tan lejos que tales personas se ven presas de inseguridad y angustia ya al salir de casa. Las formas de manifestación de esta *agorafobia* son tan interesantes porque pronto descubrimos que en el alma de estas personas nunca enmudece el sentimiento de que son el blanco de alguna persecución hostil. Creen que algo las distingue muy especialmente de los demás. A veces esto se expresa en ideas fantásticas, por ejemplo cuando creen <!-- S. 187 --> que podrían caerse, lo cual para nosotros no significa otra cosa sino que se sienten situadas muy arriba. En los síntomas de enfermedad, en las degeneraciones de la angustia, vibra, pues, de nuevo la misma meta de poder y superioridad, y se ve cómo también aquí la vida queda bajo presión y un triste destino se acerca amenazador. Pues en muchas personas la angustia no significa otra cosa sino que tiene que haber alguien que se ocupe de ellas. Y si alguien llega a no poder salir de su habitación, *todo* tiene que someterse a su angustia. Mediante la ley impuesta a los demás, según la cual todos tienen que acudir a él mientras él no necesita acudir a nadie, se convierte en un rey que domina a los demás.

La angustia ante los hombres solo puede suprimirse mediante el vínculo que une al individuo con la comunidad. Solo podrá ir por la vida sin angustia quien sea consciente de su pertenencia a los demás.

A este propósito, otro ejemplo interesante de los días de la revolución de 1918. Cierto número de pacientes declararon de pronto que se veían impedidos de acudir a la consulta. Preguntados por los motivos, cada uno respondió con palabras que venían a decir aproximadamente lo siguiente: los tiempos son ahora tan agitados que no se puede saber con qué clase de gente se puede uno encontrar; y si encima va uno mejor vestido, fácilmente puede acarrearse disgustos.

El descontento de entonces era naturalmente grande. Pero no deja de llamar la atención por qué precisamente solo *ciertas* personas sacaron estas conclusiones. ¿Por qué precisamente *ellas* pensaron en eso? No es casualidad, y tiene que ver con que estas personas no tenían el contacto y, por tanto, no se sentían tan seguras, mientras que otras, que se consideraban más integradas, no sentían angustia y seguían con sus trabajos como de costumbre.

Una forma más inofensiva, aunque no menos digna de atención, de la angustia es la *timidez*, para la que vale lo mismo que se ha dicho de la angustia. Por sencillas que sean las relaciones en que se encuentran los niños, su timidez siempre les dará la posibilidad de evitar o romper el contacto con los demás, mientras vive en ellos el sentimiento de inferioridad y de ser distintos, que inhibe su gusto por unirse a los demás.

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### 3. Apocamiento

El rasgo de carácter del apocamiento lo presentan aquellos que sienten una tarea inminente como especialmente difícil y no se creen con la fuerza necesaria para superarla. Por regla general, este rasgo de carácter se manifestará en forma de movimientos lentos hacia adelante, en la «*actitud vacilante*», en la que la distancia entre el hombre y la cuestión vital planteada no disminuye con demasiada rapidez, y a veces incluso permanece constante. Aquí pertenecen los casos en que un hombre que debería acercarse a alguna cuestión vital se encuentra de pronto en un lugar completamente distinto. Descubre, por ejemplo, de repente que en realidad no es en absoluto apto para la profesión que debe abrazar. Le encuentra toda clase de lados sombríos, de modo que violenta su lógica hasta tal punto que abrazar esa profesión le parece realmente imposible. Las formas de expresión del apocamiento son, pues, además de los movimientos lentos, medidas de aseguramiento, preparativos y cosas semejantes, que tienen al mismo tiempo la finalidad de descargar la responsabilidad por el fracaso de una tarea.

La psicología individual ha llamado a todo el complejo de cuestiones que atañen a este fenómeno, enormemente extendido, el *problema de la distancia*. Ha creado un punto de vista desde el cual podemos juzgar con firmeza la toma de posición de un hombre y medir la distancia a que se encuentra de la solución de las tres grandes cuestiones de la vida. Se trata de la solución de la cuestión de sus tareas sociales, de la relación del yo con el tú, y de si ha establecido de un modo aproximadamente correcto el contacto entre él y los demás hombres o lo impide. La segunda cuestión vital es la cuestión de la profesión, y la tercera, la cuestión erótica, la cuestión del amor y el matrimonio. Por la magnitud del desacierto, por la *distancia* a que un hombre se encuentra de la solución de estas tres cuestiones, podemos sacar conclusiones sobre su individualidad, sobre su personalidad, sobre su estilo de vida, y estamos así en condiciones de obtener también de estos fenómenos algo para nuestro conocimiento del hombre.

El rasgo fundamental que se manifiesta en tales casos es, en general, que un hombre ha puesto entre sí y su tarea una distancia mayor o menor. Si se considera la situación más de cerca, se descubre que esta <!-- S. 189 --> actitud, junto a este lado sombrío, tiene también un lado luminoso. Hay que suponer que este hombre ha elegido esta toma de posición solo a causa del lado luminoso. Pues si uno aborda una tarea entre obstáculos, tiene circunstancias atenuantes, y el sentimiento de sí mismo y la vanidad personal quedan intactos. La situación es mucho más segura, y uno trabaja como un funámbulo que sabe que debajo de él hay tendida una red. Si cae, cae blando; y si uno aborda su tarea con lastre y no sale airoso, el sentimiento de la personalidad no corre peligro, pues uno puede decirse que por diversas razones no ha podido hacer mucho, que ya era demasiado tarde o que empezó demasiado tarde, y cosas semejantes; de lo contrario, el rendimiento habría sido brillante. La culpa no es entonces de una falta de la propia personalidad, sino de alguna circunstancia pequeña y accesoria de la que el interesado no asume ninguna responsabilidad. Pero si, a pesar de todo, el rendimiento sale bien, entonces vale mucho más. Porque si uno se dedica con aplicación a sus tareas, nadie encuentra nada especial en que salgan bien: era cosa natural. Pero si uno empieza demasiado tarde, trabaja poco o está completamente desprevenido y aun así resuelve la tarea, lo cual es ciertamente posible, entonces queda en muy otra situación: es, por así decir, un héroe doble, pues ha realizado con una mano lo que otros necesitan dos manos para hacer.

Estos son, pues, los lados luminosos de este andar con rodeos. Una actitud semejante delata tanto la ambición como la vanidad de un hombre; muestra el hecho de que se trata de un hombre que quiere lucirse, al menos ante sí mismo. Todo sucede al precio de la *fanfarronería*, para dar la apariencia de que dispone de fuerzas especiales.

Con ello nos acercamos a la comprensión de todos aquellos que quieren esquivar las cuestiones que tienen delante, que se crean ellos mismos dificultades y no se acercan a ellas en absoluto o solo vacilando. En el rodeo que dan en torno a estas tareas se encuentran aquellos defectos que llaman la atención como malas particularidades de la vida, como la pereza, la indolencia, el cambio de profesión («cambiar de montura»), el descarrío, etc. Hay también personas que exhiben esta toma de posición ya en su actitud exterior, que a veces tienen un modo de andar tan flexible que en todas las ocasiones se retuercen como serpientes. Esto no es sin duda casualidad, y <!-- S. 190 --> con cierta reserva se las puede valorar en el sentido de que casi todas son personas que tienen la inclinación a eludir cuestiones importantes que han de resolver.

Un caso tomado de la vida lo mostrará con claridad. Se trata de un hombre que manifestaba un gran desabrimiento, sentía hastío de la vida y tenía pensamientos de suicidio. Nada le alegraba ya, y daba a entender con toda su actitud que en realidad ya había terminado con la vida. De la conversación con él resultó que era el mayor de tres hermanos, hijo de un padre sumamente ambicioso que había avanzado en la vida con ímpetu arrollador y había llegado bastante lejos. El paciente había sido su hijo predilecto, que algún día debía seguir sus pasos. La madre había muerto pronto. Con la madrastra se llevaba bien, quizá también porque gozaba en alto grado de la protección de su padre.

Como primogénito, era un entusiasta adorador del poder y de la fuerza. Todo lo que se veía en él llevaba un rasgo imperialista. En la escuela logró pronto ponerse a la cabeza de la clase. Terminada la escuela, se hizo cargo del negocio de su padre y se comportaba ahora ante su entorno como un dispensador de gracias. Hablaba siempre con palabras amistosas, sus obreros no lo pasaban mal, les pagaba los salarios más altos y en realidad siempre era accesible a los ruegos.

Ahora bien, desde la revolución de 1918 se había producido un cambio en su manera de ser. No paraba de quejarse de lo amargado que le tenía la conducta insubordinada de sus empleados. Lo que antes habían pedido, y también obtenido, ahora lo exigían. Su amargura creció tanto que acariciaba la idea de abandonar el negocio.

Así pues, en lo que respecta a su tarea, se desviaba justo antes de una situación nueva. Por lo demás era un jefe benévolo. Pero en el momento en que se tocaron sus relaciones de poder, ya no pudo seguir, y su concepción del mundo resultó perturbadora no solo para toda la empresa fabril, sino también, especialmente, para él mismo. Si no hubiera sido tan ambicioso como para *querer mostrar* que él era el amo de la casa, habría podido quedar tranquilo por ese lado. Pero no le importaba otra cosa que <!-- S. 191 --> la demostración de su poder personal. El desarrollo lógico de las circunstancias se lo había dificultado, y ahora toda la profesión ya no le alegraba. Su inclinación a retirarse es, por tanto, un ataque, una acusación contra los empleados insubordinados.

Así pues, con su vanidad solo podía llegar hasta cierto punto, acompañar *condicionalmente*. La contradicción de la nueva situación, que salió de pronto a la luz, le alcanzó en primer lugar a él mismo. Sus principios resultaron ya insostenibles. Por su desarrollo rígido y unilateral había perdido la posibilidad de desviarse y de hacer valer otro principio. Se había vuelto incapaz de desarrollo porque se había fijado como única meta el poder y la superioridad, de modo que, en consecuencia, dejó que el rasgo de carácter de la vanidad se hiciera prepotente.

Si echamos una mirada al resto de su vida, nos enteramos de que sus relaciones sociales eran bastante pobres. Está claro también que con esta disposición solo podía reunir a su alrededor a personas que reconocían su superioridad, que se plegaban a su voluntad. Además era un crítico mordaz y, como no le faltaba inteligencia, ocasionalmente podía hacer observaciones muy certeras y despectivas. Eso ahuyentaba a sus conocidos, y durante todo ese tiempo estuvo sin un verdadero amigo. Lo que de este modo le faltaba de contacto con los hombres, lo sustituía con diversiones de toda clase.

Pero donde realmente fracasó fue en la cuestión del amor y del matrimonio. Allí le cupo el destino que se le habría podido predecir desde hacía mucho tiempo. Como el amor representa el vínculo de camaradería más profundo, es lo que menos tolera el afán de dominio del individuo. Pero como él quería ser el que domina, tenía que tenerlo en cuenta también en la elección de cónyuge. El tipo dominante, ávido de superioridad, a menudo dirigirá siempre su elección amorosa hacia una pareja que no sea débil, cuya conquista haya de parecerle a su vez un triunfo. Así se juntan dos personas de la misma índole cuya convivencia es una cadena ininterrumpida de luchas durísimas. También la elección amorosa de este hombre recayó en una mujer que en algunos puntos era aún <!-- S. 192 --> más dominante que él mismo. Ambos tuvieron que recurrir a los medios más diversos para mantener su dominio, fieles a sus principios. Con ello, naturalmente, se alejaban cada vez más el uno del otro, aunque sin poder nunca abandonarse del todo, porque tales personas esperan una y otra vez su victoria y, por tanto, difícilmente pueden separarse de ese campo de batalla.

Contó también un sueño de esa época. Soñó que hablaba con una muchacha que parecía una criada y se parecía llamativamente a su contable. Y decía (en el sueño): «Pero si yo soy de sangre principesca».

No es difícil comprender qué razonamientos se reflejan en esta imagen onírica. En primer lugar, la manera en que mira a los hombres por encima del hombro. Todos le parecen en principio criados, incultos e inferiores, tanto más si se trata de una mujer. Recordemos además que está en lucha con su mujer, de modo que es obvio suponer que detrás de la figura del sueño se esconde su mujer.

Así, nadie le comprende, y él a sí mismo menos que nadie, porque persigue una meta vanidosa con una altivez sin igual. Su alejamiento de los semejantes corre paralelo a su arrogancia, con la que reclama para sí una alteza que nada justifica, mientras niega a los demás todo valor: una concepción de la vida y una actitud en la que no caben ni la amistad ni el amor.

Los argumentos que se aducen para justificar tales desviaciones son a menudo muy característicos. Por lo general son razones que suenan del todo correctas y evidentes, solo que vienen de otra parte y no encajan en la situación presente. Así, uno opina, por ejemplo, que debe cultivar el trato social, y hace ahora el intento de tal manera que entra, por ejemplo, en una tertulia de taberna, pasa allí el tiempo bebiendo, jugando a las cartas y con cosas semejantes, y cree que de este modo tiene que reunir amigos y conocidos. Luego vuelve a casa tarde por la noche, por la mañana no ha dormido lo suficiente y alega entonces que, puesto que hay que cultivar el trato social, no se puede madrugar siempre, etc. Aún pasaría si con ello se acercara a sus tareas. Pero si, en lugar de eso, ocupado en el cultivo de la sociabilidad, se le encuentra de pronto en un lugar muy distinto <!-- S. 193 --> del que deberíamos esperar, entonces naturalmente no tiene razón, aunque aduzca argumentos correctos. Otro, en cambio, descubre de repente una inclinación a la política, como ocurre especialmente con jóvenes que están ante la elección de profesión. La política es ciertamente un asunto importante. Pero no puede ser que uno se engañe a sí mismo y a los demás y, en lugar de elegir su profesión o de prepararse para su futura profesión, no haga otra cosa que politiquear.

En este caso vemos claramente cómo no son las experiencias objetivas las que nos apartan del camino recto, sino nuestra *opinión personal* de las cosas, la manera en que sopesamos y valoramos los hechos. Todo el gran campo del error humano se extiende ahí ante nosotros. En tales casos se trata de toda una cadena de errores y de posibilidades de error. Tenemos que intentar apoderarnos de estos errores, entrando en los argumentos, en todo el plan de vida de una persona así, y superarlos mediante la enseñanza. Con ello queda también caracterizada más de cerca la actividad de esta clase de educación. Educar no significa otra cosa que eliminar errores. Pero para ello es necesario conocer las conexiones que muestran cómo un desarrollo equivocado de un hombre, encauzado por errores, puede convertirse en una tragedia. Tenemos que contemplar con admiración y con un reconocimiento que nunca desfallece la sabiduría de los pueblos antiguos, que todavía conocían, o al menos presentían, estas conexiones, al hablar de una *Némesis*, de un dios vengador. Un desarrollo semejante muestra siempre cómo se producen por sí solos los perjuicios que un hombre se inflige a sí mismo cuando, en lugar de proceder en el sentido y en provecho de la colectividad, busca un camino en la dirección del culto al poder de la propia persona, camino que casi siempre le obliga a perseguir su meta con rodeos, desatendiendo los intereses de los semejantes y temblando constantemente ante la derrota. Por lo general se presentan también *fenómenos nerviosos*, cuya finalidad y significado particular consisten en retener al hombre de alguna acción, porque su desaliento le dice que para él cada paso adelante conduce a la cercanía de un abismo y va unido a peligros extraordinarios.

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La sociedad no tiene sitio para los desertores. En ella se trata de cierta docilidad y adaptación, de la capacidad de participar en el juego y de ser una ayuda para los demás, no de arrebatar el mando para llegar a ser superior a los demás. Hasta qué punto esto es cierto, muchos lo han observado ya en sí mismos o en alguna persona de su entorno. Un hombre así puede pasar inadvertido en una situación favorable, hará sus visitas, se comportará muy amablemente, no molestará. Pero no podrá entrar en calor, porque se lo impide su afán de poder, y tampoco los demás entrarán en calor. A menudo estará sentado en silencio a la mesa y no mostrará el aspecto de un hombre alegre y animado, y hará poco por animar la reunión. Preferirá el diálogo a hablar en una reunión más numerosa. También en otras cosas se mostrará a menudo su peculiaridad, por ejemplo en que siempre quiere tener razón, incluso en cosas que no tienen importancia para nadie. Se encontrará además que en el fondo le es indiferente con qué argumenta, y que lo que le importa más bien es dejar al otro sin razón. O bien muestra, en el punto de desviación, fenómenos enigmáticos: está cansado sin saber de qué, cae en una prisa que no le hace avanzar, no puede dormir, no recobra fuerzas, tiene toda clase de molestias y escrúpulos; en suma, se oye una serie de quejas de las que la mayoría de las veces no sabe dar razón. Aparentemente es un hombre enfermo, es *nervioso*. Pero en realidad estos fenómenos son un autoengaño para desviar la propia atención del verdadero estado de cosas. No es casualidad que se elijan tales medios. Y si se piensa qué obstinación de rebelde hay en el hecho de que un hombre, por ejemplo, se subleve mediante la angustia contra el fenómeno natural de la noche, se comprende que no puede tratarse de un hombre arraigado en la vida terrena. Pues en el fondo de su conducta no hay otra cosa que el propósito de abolir la noche. Eso es lo que exige como condición para integrarse en una vida normal. Pero como pone una condición tan imposible de cumplir, delata al mismo tiempo su mala intención. Es uno que dice no a todo.

Todos los fenómenos nerviosos de este tipo han surgido en el punto en que un hombre así, con un sentimiento de inferioridad más grave, se asusta ante su tarea y busca un <!-- S. 195 --> pretexto para abordarla más despacio y con condiciones atenuantes o para huir por completo de su ámbito. Con ello se sustrae automáticamente, al mismo tiempo, también a las tareas necesarias para la conservación de la sociedad humana, perjudica en primer lugar a su entorno más próximo, pero, en un sentido más amplio, también a todos los demás. Estas cosas habrían desaparecido del mundo hace mucho si todos tuviéramos más conocimiento del hombre y fuéramos capaces de tener siempre presente aquella terrible causalidad que existe entre un ataque a las reglas de juego lógicas e inmanentes de la sociedad humana y el destino trágico que a menudo se desarrolla a partir de él mucho tiempo después. Como el lapso entre causa y efecto suele ser grande y casi siempre se añade un sinnúmero de complicaciones, por regla general a menudo no estamos en condiciones de fijar con más precisión estas conexiones para aprender de ellas e instruir a otros sobre ellas. Solo cuando dejamos desenvolverse toda una línea de vida y nos adentramos en la historia de un hombre, somos capaces, con mucho esfuerzo, de abarcar la conexión y decir dónde se cometió el error.

### 4. Instintos indómitos como expresión de una adaptación disminuida

Hay personas en las que destacan muy especialmente determinadas formas de expresión que se caracterizan porque las sentimos como *falta de educación*. A este grupo pertenecen, por ejemplo, las personas que no pueden dejar de morderse las uñas, o las que, empujadas por una fuerza interior, se hurgan continuamente la nariz, y además las personas que se lanzan sobre la comida con tal avidez que su conducta da la impresión de una pasión indómita. Que tales fenómenos han de significar algo se nos hace claro en cuanto observamos a un hombre que se lanza sobre su comida como un lobo hambriento y no conoce obstáculo ni vergüenza alguna para satisfacer su avidez. Todo es sorber, masticar y chasquear. Los bocados más grandes desaparecen casi sin masticar como en un abismo, y no menos asombrosa es la rapidez con que son engullidos. Pero no son solo las formas exteriores las que nos llaman la atención, sino también la cantidad, la frecuencia de las comidas. No es exagerado afirmar que hay personas a las que no se puede uno imaginar sin que estén a la vez tomando alimento.

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Otro tipo de falta de educación se manifiesta en una llamativa *suciedad*. No nos referimos al desaliño que encontramos en las personas que tienen mucho trabajo, ni tampoco al desorden natural que se encuentra a veces en las personas que trabajan duramente. Nuestro tipo no suele trabajar duramente, e incluso a menudo se mantiene alejado del trabajo. Sin embargo, nunca se libra del desorden exterior y de la suciedad. Hay en ello casi algo rebuscado, un desgreñamiento y un desaseo chocante que no se podrían imitar fácilmente y que son algo tan característico de esa persona que no se la podría reconocer si alguna vez se presentara de otro modo.

Son estas formas de expresión las que caracterizan exteriormente al hombre maleducado. Con ellas nos hace una señal comprensible de que no participa de verdad en el juego y quiere destacarse de los demás. De todas las personas que incurren en estos y otros malos hábitos tendremos siempre la impresión de que tienen poco que ofrecer al semejante. No es el fenómeno lo que aquí nos interesa, sino el hecho de que tales malos hábitos tienen casi siempre su origen en la infancia. No hay niños que se desarrollen en línea completamente recta. Nuestra atención queda más bien cautivada por la circunstancia de que hay personas que no consiguen librarse de ciertos defectos.

Si investigamos las razones de tales fenómenos, tropezamos con una actitud más o menos de rechazo de estas personas hacia sus semejantes y hacia sus tareas. Son personas que en realidad quieren mantenerse alejadas de la vida, que rechazan la colaboración. Con ello se comprende también por qué no se las puede mover con razonamientos morales a abandonar sus malos hábitos. Pues, con esta actitud ante la vida, un hombre tiene en realidad toda la razón cuando, por ejemplo, se muerde las uñas. Apenas hay mejor manera de esquivar las cosas; para un hombre que quiere mantenerse alejado de la sociedad no puede haber medio mejor ni más eficaz que presentarse regularmente con el cuello de la camisa sucio o con una chaqueta raída. ¿Qué podría preservarle con más seguridad y mejor de obtener un cargo en el que esté sometido a la atención, a la crítica y a la competencia de los demás, o ayudarle mejor en su huida del amor y del matrimonio, que presentarse de este <!-- S. 197 --> modo? Así queda por sí solo fuera de la competencia y tiene además la buena excusa de apelar a su mal hábito: ¡cuántas cosas podría conseguir si no tuviera este mal hábito!; pero *tengo* este mal hábito.

Un caso mostrará cómo un mal hábito semejante se presta a la autoprotección y cómo se utiliza para establecer una relación de dominio sobre el entorno. Se trata de una muchacha de 22 años que padecía de *enuresis*. Era la penúltima de los hermanos y, como niña débil, había gozado del cuidado especial de la madre, a la que mostraba un apego llamativo. Por otra parte, la ataba a sí día y noche, tanto con su mal hábito como con estados de angustia y gritos nocturnos. Al principio fue sin duda un triunfo para ella, un bálsamo para su vanidad, conseguir más que los otros hermanos poner a la madre de su lado. Esta muchacha se caracterizaba también porque no estaba disponible para otras relaciones, como la escuela, la amistad y la vida social. Se mostraba especialmente angustiada cuando tenía que salir de casa, y también cuando se hizo mayor y se vio más a menudo en la situación de tener que hacer recados por la tarde, un trayecto al anochecer era para ella un tormento. Volvía siempre a casa agotada y llena de angustia y contaba cosas terribles sobre toda clase de peligros en los que se había encontrado.

Ya se comprende cómo todos estos fenómenos indican que esta muchacha se dispone a estar constantemente al lado de su madre. Pero como las circunstancias materiales no lo permitían, hubo que considerar también para ella el plan de buscarse un medio de ganarse la vida. Finalmente se la llevó a aceptar un empleo. Pero a los dos días reapareció su antiguo mal, la enuresis, que hizo que las personas en cuya casa servía se alteraran en extremo y la despidieran. La madre, que no conocía el verdadero sentido de este padecimiento, le hizo violentos reproches. Entonces la muchacha intentó suicidarse y fue a parar al hospital. Ahora la madre, en el colmo de la desesperación, le juró no apartarse ya de su lado.

Los tres fenómenos, la enuresis, la angustia ante la noche y ante la soledad, así como el intento de suicidio, se dirigen, pues, a la <!-- S. 198 --> misma meta. Han adquirido para nosotros un lenguaje y nos dicen, por así decir: «Tengo que quedarme con mi madre», o: «Mi madre tiene que estar pendiente de mí continuamente». Así un mal hábito cobra un sentido profundamente fundado, y reconocemos que por él se puede juzgar a un hombre, y que la eliminación de tales defectos solo es posible si se comprende al hombre *por entero*.

En general se encontrará que los malos hábitos de los niños tienden casi siempre a atraer sobre sí la atención del entorno, a desempeñar un papel especial, a mostrar a los adultos su debilidad e incapacidad, puesto que estos a menudo no saben entonces qué hacer; así los niños, como los más fuertes, quedan en mejor lugar. En el mismo sentido ha de entenderse el mal hábito, que se encuentra con frecuencia, de hacerse notar de manera llamativa, casi siempre desagradable, cuando vienen visitas de fuera. Los niños por lo demás más formales pueden a veces parecer endemoniados en cuanto un huésped extraño entra en la sala. El niño quiere desempeñar un papel y no ceja en sus intentos hasta haber logrado su fin en un grado que le parezca suficiente. A tales personas, cuando se hacen mayores, nunca les faltará un rasgo que tienda a sustraerse con ayuda de tales malos hábitos a las exigencias de la colectividad o a crear dificultades. Son el afán de dominio y la vanidad los que se esconden bajo estos fenómenos, pero aparecen bajo formas tan extrañas que muchas veces pasan inadvertidos.

## Capítulo IV. Otras formas de expresión del carácter

### 1. Jovialidad

Ya se ha subrayado que la medición del sentimiento de comunidad de un hombre se logra fácilmente si nos proponemos examinar cuán grande es su disposición a ayudar, a fomentar y a alegrar. Esta capacidad de traer alegría hace que tales personas, ya por su apariencia exterior, despierten mayor interés. Se nos acercan con facilidad, y las juzgamos, ya de un modo puramente sentimental, mucho más simpáticas que a otras personas. De forma completamente instintiva sentimos <!-- S. 199 --> sus rasgos como señales del sentimiento de comunidad. Son personas de carácter jovial, que no andan siempre abatidas y preocupadas, que tampoco hacen siempre de los demás el objeto o el portador de sus propias preocupaciones, que son capaces de irradiar jovialidad en compañía de otros, de embellecer la vida y hacerla más digna de ser vivida. Se percibe a las personas buenas no solo en sus acciones, en la manera en que se nos acercan, hablan con nosotros, atienden a nuestros intereses y actúan en favor de ellos, sino también en todo su porte exterior, en sus semblantes y gestos, en sus afectos alegres y en su *risa*. Un psicólogo de mirada profunda, Dostoievski, dice que a un hombre se le puede conocer y comprender mucho mejor por su risa que mediante prolijas investigaciones psicológicas. Pues la risa tiene tanto matices que unen como tonos de fondo hostiles y agresivos, por ejemplo en la *alegría por el mal ajeno*. Hay personas que no son en absoluto capaces de reír y que están tan lejos de una relación más profunda de hombre a hombre que les falta casi por completo la inclinación a dar alegría y a crear un ambiente jovial. Por no hablar de aquel grupo, no demasiado pequeño, de personas de las que no puede afirmarse otra cosa sino que no solo son inadecuadas para dar alegría a otros, sino que, por el contrario, tienen la inclinación a amargar la vida a los demás en cualquier situación en que entran, que andan por ahí como si quisieran apagar siempre todas las luces. Estas personas no podrán reír en absoluto, o solo forzadamente, mostrando así únicamente una *apariencia* de alegría de vivir. Ahora se ve claro también por qué un rostro puede despertar *simpatía*: cuando es capaz de despertar la impresión de un semejante, de alguien que trae alegría. Las oscuridades de los sentimientos de simpatía y antipatía quedan así claramente iluminadas y más próximas a nuestra comprensión.

Como contraste con este tipo se nos presentan aquellas personas a las que se podría llamar aguafiestas, que se esfuerzan ininterrumpidamente por presentar el mundo como un valle de lágrimas y por hurgar en los dolores. Esta actitud llega tan lejos que darnos cuenta de ella nos causa el mayor asombro. Hay personas que se esfuerzan sin cesar por ir por la vida como cargadas con un peso enorme. <!-- S. 200 --> Cada pequeña dificultad se exagera, no tienen para el futuro más que perspectivas tristes y en cada ocasión alegre dejan oír sus gritos de Casandra. Son pesimistas de pies a cabeza, no solo para sí, sino también para los demás, se inquietan cuando en algún lugar de su entorno asoma la alegría, y tratan de llevar a toda relación humana los lados sombríos de la vida. No lo hacen solo con palabras, sino que con sus acciones y exigencias perturban también la vida alegre y el desarrollo del semejante. «¡Qué grandes sufrimientos llevo!», se puede leer en sus semblantes, y se comportan como cariátides.

### 2. Manera de pensar y de expresarse

La manera de pensar y de expresarse de algunas personas produce a veces una impresión tan plástica que no podemos pasarla por alto. En algunas personas, el pensar y el hablar están «encorsetados en botas españolas»;[^t23] piensan y hablan continuamente según patrones conocidos, de modo que siempre se sabe de antemano cómo van a expresarse. Se conoce este tono por las crónicas superficiales de los periódicos y por las malas novelas. Es una fraseología comparable a un ramo de flores no muy bonitas. Se oyen expresiones como «ajustar cuentas», «leer la cartilla», o la «puñalada por la espalda»[^t24] que le ha alcanzado a uno, extranjerismos de toda clase y cosas semejantes.

Este modo de expresarse es igualmente apropiado para proporcionarnos una contribución a la comprensión de un hombre. Pues hay formas de pensar y giros que no se deben o no se pueden usar. Toda la banalidad del mal estilo resuena en ellos y a veces asusta incluso al propio orador. Por eso revela poca empatía con el juicio y la crítica del otro el que se le sirvan sin cesar, por ejemplo, refranes, o el que se tenga a mano una cita para todo lo que se piensa y se dice. Hay muchas personas que no consiguen librarse de esta manera de hablar y dan así testimonio de su atraso.

### 3. Actitud de escolar

Con mucha frecuencia se encuentran también personas que dan la impresión de haberse quedado estancadas en un punto de su desarrollo, como si no pudieran, por ejemplo, ir más allá del estadio de escolar. En casa, en la vida, en la sociedad, en la profesión son siempre como escolares: están al acecho y aguzan siempre el oído, como si quisieran dar una señal para que se les permita decir algo. <!-- S. 201 --> Se las encuentra siempre afanosas por tener rápidamente una respuesta a una pregunta que surge en algún lugar de una reunión, como si quisieran adelantarse a alguien y mostrar que también ellas saben algo de eso, y esperaran una buena nota. Es propio del modo de ser de tales personas que solo se sientan seguras en determinadas formas de su vida y ya no se encuentren a gusto cuando caen en una situación a la que no pueden aplicar su patrón de escolar. También este tipo muestra diferencias de nivel. En los casos menos simpáticos resultará seco, prosaico y poco sociable, o puede querer hacer el papel del sabio de fondo, que o lo sabe todo o intenta clasificarlo todo según reglas y fórmulas.

### 4. Hombres de principios y pedantes

Un tipo que, si bien no siempre tiene algo de escolar, lo recuerda, son aquellas personas que tratan de encerrar todos los fenómenos de la vida en algún principio, que en cada situación quieren proceder según un principio que se han forjado de una vez para siempre y del que no hay modo de apartarlas, que creen que no podrían sentirse a gusto en la vida si no todo sigue su curso habitual y correcto. Por lo general son también pedantes. Nos dan la impresión de personas que se sienten tan inseguras que intentan meter a la fuerza la vida, en toda su infinitud, en un par de reglas y fórmulas, sencillamente porque de otro modo no pueden seguir adelante y se asustan. Solo están dispuestas a participar en el juego si conocen de antemano las reglas. Ante una situación para la que no tienen regla, salen corriendo. Se sienten heridas y ofendidas cuando se juega un juego en el que ellas no aciertan también. Es evidente que con este método se puede ejercer también muchísimo poder. Prescriben a los demás las leyes de su actuación. Piénsese también en todos los innumerables casos de *escrupulosidad antisocial*. Siempre podremos encontrar también que estas personas están animadas por un afán de dominio y una vanidad desenfrenados.

Aun cuando sean trabajadores aplicados, la pedantería y la sequedad se les quedan siempre pegadas. A menudo estos fenómenos inhiben en ellos toda iniciativa, hacen de ellos seres acompasados y producen rasgos extravagantes. Uno, por ejemplo, desarrollará la costumbre de andar siempre por el borde de la acera <!-- S. 202 --> o de buscar determinadas piedras en las que pone el pie. Otro, a su vez, apenas podrá ser movido a tomar un camino distinto de aquel al que está acostumbrado. Ninguno de estos tipos tiene mucho que ofrecer a la gran amplitud de la vida. Su modo de ser, en sus efectos, trae consigo a menudo un enorme derroche de tiempo y va acompañado de un mal humor para sí mismos y para su entorno. En el momento en que han de entrar en una situación nueva, a la que no están acostumbrados y para la que no tienen regla, fracasan, porque no están preparados para ella y creen que no pueden superarla sin regla, sin fórmula mágica. Por eso procurarán evitar en lo posible todo cambio. A tales personas, por ejemplo, ya el paso a la primavera les causará dificultades, porque se han instalado desde hace tanto tiempo para el invierno. La salida al aire libre que trae consigo la estación cálida, el aumento de las relaciones con los hombres que ello implica, las asusta, y se sentirán mal. Son aquellas personas que se quejan de sentirse regularmente indispuestas en primavera. Como se adaptan tan mal a una situación cambiada, por lo general solo se las encontrará en puestos que no exigen mucha iniciativa, y solo se las pondrá en tales puestos mientras no hayan cambiado. Pues siempre hay que tener en cuenta que no se trata de cualidades innatas ni de fenómenos inalterables, sino de actitudes erróneas ante la vida que, sin embargo, se han adueñado del alma con tal fuerza que llenan por completo a un hombre, de modo que él mismo apenas puede librarse nunca de ellas.

### 5. Sumisión

Un tipo que tampoco es muy apto para tareas que exigen iniciativa son aquellas personas que están llenas de *servilismo* y solo se sienten a gusto donde hay órdenes que ejecutar. Para el que sirve solo hay leyes y reglas. Pues bien, este tipo busca una posición de servicio con cierta exaltación sentimental. Esto se puede percibir en las más diversas relaciones de la vida, ya en la actitud exterior de una persona así, que habitualmente adoptará una postura algo encorvada y estará siempre dispuesta a inclinarse todavía un poco más, que está siempre atenta a la palabra del otro, no para reflexionar sobre lo que oye, sino <!-- S. 203 --> para asentir y cumplirlo. Son personas que dan importancia a mostrarse siempre sumisas. Esta inclinación se encuentra a veces en los grados más increíbles. Hay personas que se subordinan con verdadero placer. Con ello no quiere decirse que el ideal haya de buscarse en aquellas personas que solo quieren *ponerse por encima* siempre. Pero han de iluminarse los lados sombríos de la vida de quienes *solo* en la subordinación ven la verdadera solución de las tareas de la vida.

Se nos ocurre entonces que hay una enorme cantidad de personas para las que la subordinación parece ser una ley de vida. No nos referimos a las clases que sirven, sino que se trata del sexo femenino. Que la mujer haya de subordinarse es como una ley no escrita, pero grabada en todos, a la que todavía infinidad de personas se aferran como a un dogma. Creen que la mujer solo está ahí para subordinarse. Habitualmente la consecuencia es que ella intenta ponerse por encima. Aunque con tales concepciones se han envenenado y destruido todas las relaciones entre los hombres, sigue siendo como una superstición inextirpable, que tiene incluso entre las mujeres muchos partidarios, que se creen sometidas a una ley eterna. No se conoce todavía ningún caso en que alguien haya sacado provecho de una concepción semejante. Incluso llega una y otra vez el momento en que uno u otro se queja: si la mujer no se hubiera subordinado tanto, todo habría salido mucho mejor.

Aparte de que no hay alma humana que soporte sin más la subordinación, una mujer así casi siempre se marchitará y perderá su independencia, como mostrará un pequeño caso. Era la esposa de un hombre importante, que se había casado por amor, pero se atenía estrictamente al dogma antes mencionado, en el que también creía su marido. Con el tiempo se había convertido en una máquina completa para la que no había otra cosa que deber, servicio y más servicio. Todo impulso independiente había desaparecido de ella. El entorno, que estaba acostumbrado a ello, no se escandalizó mucho, ciertamente, lo cual tampoco es una ventaja. Este caso no degeneró en dificultades mayores solo porque se desarrollaba entre personas de nivel relativamente elevado. Pero si se piensa que gran parte de los hombres ve en la <!-- S. 204 --> subordinación de la mujer un destino natural de esta, se reconoce la enorme cantidad de materia de conflicto que hay en ello. Pues si el hombre considera natural esta subordinación, puede escandalizarse siempre que quiera, ya que una sumisión semejante es de hecho imposible.

A veces se encuentran mujeres que llevan en sí el espíritu de sumisión en tal medida que buscan precisamente a hombres que se muestran dominantes o brutales. Al poco tiempo esta relación antinatural desemboca en un gran conflicto. A veces se tiene entonces la impresión de que estas mujeres quisieran poner en ridículo la subordinación de la mujer y demostrar qué disparate es.

Ya conocemos el camino que conduce fuera de esta dificultad. La convivencia de hombre y mujer tiene que ser una camaradería, una comunidad de trabajo en la que nadie esté subordinado. Y si esto es por ahora todavía un ideal, siempre nos proporcionará al menos una medida de hasta qué punto un hombre muestra un progreso cultural, o de lo lejos que está aún de él, y de dónde se cometen errores.

La cuestión de la sumisión no interviene solo en la relación entre los sexos, no solo carga al hombre con un cúmulo de dificultades a las que no puede estar a la altura, sino que desempeña también un gran papel en la vida de los pueblos. Si se piensa que en otro tiempo toda la Antigüedad estaba construida sobre la *esclavitud*, en su situación económica, en sus relaciones de dominio; si se piensa que quizá la mayoría de los hombres que viven hoy descienden de una familia de esclavos; si uno se imagina que han transcurrido siglos en los que vivieron dos clases en tan crasa contradicción una con otra, y que todavía hoy en ciertos pueblos el espíritu de casta se lleva a cabo de un modo enteramente sistemático, entonces se puede comprender que el principio de la subordinación y la exigencia de ella sigan vivos en los ánimos de los hombres y sean capaces de formar un tipo. Como es sabido, en la Antigüedad imperaba la concepción de que el trabajo, como oficio relativamente deshonroso, debía ser realizado por esclavos, que el señor no debía mancharse con el trabajo, y además que no solo era el que mandaba, sino que reunía en sí todas las buenas cualidades. <!-- S. 205 --> La clase dominante se componía de los «mejores», y la palabra griega *aristos* significa ambas cosas. La aristocracia era el dominio de los mejores. Pero, naturalmente, esto solo se decidía por medios de poder, no por un examen de las virtudes y méritos. Examen y clasificación los había a lo sumo entre los esclavos, es decir, entre los que servían. El mejor era, sin embargo, el que ejercía el poder.

Hasta nuestros días las concepciones están influidas por esta concordancia de dos formas de manifestación del ser humano que, para nuestra época de esfuerzos por acercar a los hombres unos a otros, han perdido todo sentido y toda significación. Recuérdese que incluso el gran pensador *Nietzsche* exigió el dominio de los mejores y la sumisión de los demás. Todavía hoy resulta difícil quitarse de la cabeza la división de los hombres en servidores y dominadores y sentirnos plenamente iguales. Y ya la posesión de este punto de vista significa un progreso capaz de ayudarnos y de preservarnos de graves errores. Pues hay personas que se han vuelto tan serviles que siempre están contentas de poder dar las gracias a alguien por nada y se disculpan sin cesar, por así decir, de estar en el mundo; con lo cual, naturalmente, no hay que suponer que soporten bien esta actitud: se sienten muy desdichadas con ella.

### 6. Arrogancia

Un tipo de personas que representa lo contrario del anterior son aquellas que se engríen, que siempre quieren desempeñar un primer papel, para las que la vida no representa otra cosa que la eterna pregunta: «¿Cómo puedo ser superior a todos?». Este papel va acompañado en la vida humana de toda clase de fracasos. Hasta cierto punto, si no hay en él demasiada agresión y actividad hostil, si de algún modo se hacen útiles, todavía se los puede aceptar más o menos. Habitualmente se encontrará a estas personas allí donde se requiere una dirección, donde se trata de un puesto de mando, de organización. A estos puestos son empujadas hacia arriba casi por sí solas. En tiempos agitados, cuando el pueblo entra en efervescencia, surgen tales naturalezas, y es en realidad natural que sean precisamente ellas las que salgan a <!-- S. 206 --> la superficie. Pues tienen el gesto, la actitud, el anhelo, y casi siempre también la preparación y la reflexión necesarias. Son aquellas personas que ya en casa mandaban siempre, a las que no les gustaba ningún juego en el que no pudieran ser cochero, revisor o general. A menudo hay entre ellas algunas que caen enseguida en la incapacidad de rendir cuando otro dicta, y que sufren estados de excitación cuando alguna vez han de ejecutar una orden. Otras, cuya preparación es quizá mejor, no llegan a ocupar papeles de jefe, en tanto su afán de dominio no esté entrenado. También en tiempos tranquilos se encuentra siempre a tales personas a la cabeza de algún grupo más pequeño, ya sea en la profesión o en la sociedad. Están siempre en primer plano, porque se abren paso a empujones, y llevan la voz cantante. En tanto no perturben demasiado las reglas de juego de la convivencia humana, no hay nada más que objetar, aunque la sobrestimación de que todavía hoy gozan tales naturalezas no está justificada. Pues también ellas son personas que están ante abismos, que ciertamente no guardan del todo la fila y no son los mejores compañeros de juego. Se esforzarán hasta el extremo, no hallarán reposo y querrán siempre demostrar su superioridad en lo grande y en lo pequeño.

### 7. Personas de humor variable

También respecto de aquellas personas cuya actitud ante la vida y sus tareas depende demasiado de un estado de ánimo, la psicología va por mal camino cuando cree que se trata de fenómenos innatos. Todas ellas entran en el círculo de las naturalezas sumamente ambiciosas y, por eso, susceptibles, que en su descontento con la vida buscan diversas salidas. Su *susceptibilidad* es como una antena tendida hacia adelante con la que tratan de tantear de antemano las situaciones de la vida humana antes de tomar posición.

Ahora bien, hay personas que están constantemente animadas por un humor jovial, es decir, que se esfuerzan, con cierta ostentación y cierto énfasis, por sacar a la vida su lado alegre, por crearse en la alegría y la jovialidad la base necesaria de la vida. También aquí encontramos todas las diferencias de nivel posibles. Hay entre ellas algunas que muestran siempre un *comportamiento de una alegría infantil* y que en su manera infantil <!-- S. 207 --> tienen algo francamente reconfortante, que no esquivan sus tareas, sino que las abordan y despachan de un modo en cierto sentido lúdico y artístico. Quizá no haya ningún tipo que supere a estas personas en belleza y en actitud simpática.

Pero hay también otras que van demasiado lejos con su concepción alegre de la vida, porque tratan con jovialidad incluso aquellas situaciones que habría que tomar relativamente en serio, y muestran en ello un carácter pueril tan alejado de la seriedad de la vida que no nos llevamos una buena impresión. Se tiene siempre un sentimiento de inseguridad cuando se ve a estas personas en acción, una impresión de poca fiabilidad, porque estas personas quieren pasar por encima de las dificultades con demasiada ligereza. Por lo general, de acuerdo con este conocimiento, se las mantendrá alejadas de las tareas más difíciles, si es que no las esquivan ya por sí mismas, que es lo que suele ocurrir. Rara vez se las encontrará ante una tarea realmente difícil. Sin embargo, no podemos despedirnos de este tipo sin dedicarle también algunas palabras simpáticas. Pues frente a la enorme cantidad de malhumor que por lo demás reina en el mundo, tenemos que decir que este tipo siempre resulta agradable, que podemos ganárnoslo más fácilmente que a aquel que, al contrario que él, anda siempre triste y malhumorado y de cada cosa que le sale al paso solo sabe sacar el lado sombrío.

### 8. Desafortunados y gafes

Es una evidencia psicológica que aquel que entra en contradicción con la verdad absoluta de la vida social recibe también en algún punto de su vida el contragolpe. Por lo general estas personas no saben aprender de ello, sino que conciben toda la desgracia como un infortunio injusto y personal, como una mala suerte que las persigue. Se pasan la vida entera constatando la mala suerte que tienen siempre, que nada les sale bien, que todo fracasa en cuanto ponen mano en ello. A veces se encuentra incluso una inclinación a jactarse de las derrotas, como si un poder siniestro se la tuviera jurada precisamente a ellas. Si se reflexiona un poco sobre este punto de vista, se llega a la conclusión de que también en esta manera de ver las cosas la vanidad hace de nuevo de las suyas. Son personas que hacen *como si* una divinidad tenebrosa solo se ocupara <!-- S. 208 --> de ellas, que durante una tormenta no tienen otro pensamiento que el de que el rayo ha de buscarlas precisamente a *ellas*, que poco a poco se atormentan con el miedo de que precisamente en su casa pueda colarse un ladrón; en suma, que ante cada dificultad de la vida solo tienen siempre la única impresión de *ser ellas* las que la desgracia va a escoger.

Tales exageraciones solo puede cometerlas un hombre que de algún modo se considera el centro de los acontecimientos. A veces parece muy modesto que alguien se presente siempre como perseguido por la desgracia, mientras que su modo de ser rebosa en realidad de la más grave vanidad, cuando tales personas creen que todos los poderes hostiles solo se interesan siempre por ellas y nunca por otros. Son aquellas personas que ya de niños se amargaban siempre el tiempo y se veían perseguidos por ladrones, asesinos y otros siniestros individuos, y que todavía creen que los fantasmas y espíritus no tienen otra cosa que hacer que ocuparse de ellos.

A menudo su estado de ánimo se expresa en su actitud exterior. Andan abatidos, siempre algo encorvados, como para no dejar lugar a dudas sobre la enorme carga que llevan. Recuerdan involuntariamente a las cariátides, que durante toda su existencia tienen que sostener una pesada carga. Son personas que lo toman todo con excesiva seriedad y lo juzgan todo con mirada pesimista. Con este estado de ánimo se explica que siempre les salga algo mal en cuanto ponen mano en ello, que sean gafes que no solo se amargan la vida a sí mismos, sino también a los demás. Y, sin embargo, tampoco aquí hay detrás otra cosa que su vanidad. Es una especie de darse importancia, como en el primer caso.

### 9. Religiosidad

Tales personas consiguen a veces retirarse a la religión. Allí hacen en realidad lo mismo que antes. Se lamentan y se quejan, importunan continuamente a Dios con sus dolores, no saben ocuparle con otra cosa que con su propia persona. Con ello tienen casi siempre la conciencia de que este ser tan extraordinariamente venerado y adorado está en realidad a su servicio, tiene para ellos toda la responsabilidad y, además, puede ser atraído con medios artificiales, como por ejemplo con una oración hecha con particular fervor o con alguna otra devoción religiosa. En suma, Dios no sabe en absoluto <!-- S. 209 --> qué otra cosa tendría que hacer, sino que primero ha de ser puesto especialmente sobre aviso por ellos. Hay que reconocer que en esta clase de veneración religiosa hay una herejía tan siniestra que es de temer que, si volvieran las antiguas condiciones de la Inquisición, serían precisamente estas personas las primeras en ser quemadas. Con Dios no hacen otra cosa que lo que hacen con los demás hombres, a los que no hacen más que lamentarse y llorarles, sin hacer ellos mismos nada para mejorar las circunstancias. Eso siempre lo exigen solo de los demás.

Hasta dónde puede llegar esto lo muestra el caso de una muchacha de 18 años. Era una muchacha sumamente formal y capaz, aunque muy ambiciosa, que se distinguía también en materia religiosa, cumpliendo concienzudamente todos sus deberes religiosos. Un día empezó a hacerse *reproches* de no haber sido suficientemente piadosa, de haber infringido preceptos religiosos y de haber tenido a menudo pensamientos pecaminosos. Llegó finalmente a tal punto que pasaba el día entero acusándose a sí misma, de modo que su entorno empezó ya a temer seriamente por su razón. Pues no se le hubiera podido reprochar lo más mínimo. Siempre se la encontraba llorando en un rincón y ocupada en hacerse reproches. Entonces a un sacerdote se le ocurrió quitarle toda su carga de pecados, explicándole que aquello no eran pecados y que estaba libre. Al día siguiente esta muchacha le salió al paso en la calle y le gritó en voz alta *a él* que no era digno de entrar en la iglesia, porque había cargado sobre sí una carga de pecados tan grande.

No vamos a seguir el caso. Se ve en él cómo la ambición se abre paso también en estas cuestiones, cómo la vanidad convierte a su portador en juez de la virtud y el vicio, de la pureza y la impureza, del bien y del mal.

## Capítulo V. Los afectos

Los afectos son intensificaciones de aquellos fenómenos que hemos designado como rasgos de carácter. Son formas de movimiento del órgano anímico, limitadas en el tiempo, que bajo la presión <!-- S. 210 --> de una *necesidad* conocida o desconocida para nosotros se manifiestan como una descarga repentina y que, como los rasgos de carácter, poseen una *orientación hacia una meta*. No son fenómenos enigmáticos e inexplicables; aparecen siempre allí donde *tienen* un sentido, donde corresponden al método de vida, a la línea directriz de un hombre. También ellos tienen como meta provocar un cambio, para modificar en su favor la situación de un hombre. Son movimientos *intensificados*, a los que solo puede llegar un hombre que ha renunciado a otra posibilidad de imponerse o, mejor dicho, que no cree, o ya no cree, en otras posibilidades de imponerse.

Uno de los lados del afecto es, pues, también *aquí* un sentimiento de inferioridad, un sentimiento de insuficiencia que obliga a quien lo padece a reunir todas sus fuerzas y a realizar movimientos mayores que los habituales. Mediante un esfuerzo redoblado ha de colocarse la propia persona en primer plano y hacerla triunfar. Así como, por ejemplo, no hay ira sin un enemigo, este afecto no puede tener otra meta que la victoria sobre él. Es un método apreciado, todavía posible en nuestra cultura, el de imponerse mediante tales movimientos agrandados. Habría muchos menos arrebatos de ira si no existiera la posibilidad de procurarse valía por este camino.

En las personas, pues, que no se creen del todo capaces de alcanzar la meta de la superioridad y se sienten inseguras, encontraremos a menudo que no abandonan esa meta, sino que quieren acercarse a ella con énfasis redoblado, sirviéndose de los afectos. Es un método en el que el hombre, aguijoneado por un sentimiento de inferioridad y como arrastrado forzosamente por un impulso, reúne todas sus fuerzas y trata de hacer valer, a la manera de los pueblos rudos e incultos, su derecho real o supuesto, su valía.

También los afectos guardan estrecha relación con la esencia de la personalidad y *no* son en modo alguno característicos de algunos individuos aislados, sino que se encuentran con cierta regularidad en muchos. Todo hombre participa de ellos con tal de que se lo ponga en la situación correspondiente. Llamamos a esto la *disposición afectiva* del órgano anímico. Son procesos <!-- S. 211 --> tan profundamente ligados a todo lo humano que todos somos capaces de representárnoslos. Y si se conoce medianamente a un hombre, uno podrá imaginarse también los afectos propios de su modo de ser sin haberlos percibido nunca.

Dada la íntima fusión entre alma y cuerpo, un proceso tan decisivo en la vida anímica como lo es un afecto tiene que manifestar sus efectos también en el cuerpo. Los fenómenos fisiológicos concomitantes de los afectos son efectos sobre los vasos sanguíneos y los órganos respiratorios (pulso acelerado, rubor y palidez, alteración de la actividad respiratoria) y sobre las glándulas de secreción interna.

### A. Afectos que separan

#### 1. Ira

Un afecto que simboliza de manera palmaria el afán de poder, el afán de dominio de un hombre es la ira. Esta forma de expresión revela claramente el propósito de derribar rápidamente y con violencia toda resistencia que se oponga al iracundo. Basándonos en lo que hasta ahora sabemos, reconocemos en el iracundo a un hombre que aspira a la superioridad con un despliegue redoblado de fuerzas. El afán de notoriedad degenera a veces en tal embriaguez de poder que es fácil de explicar que esas personas respondan con un arrebato de ira al más leve menoscabo de su sentimiento de poder. Llevan dentro la sensación de que de esta manera, quizá ya probada muchas veces, es como más fácilmente pueden dominar a otro e imponer su voluntad. No es, desde luego, un método de nivel elevado, pero en la mayoría de los casos surte efecto, y más de uno recordará cómo, en una situación difícil, logró volver a hacerse valer mediante un arrebato de ira.

Hay además casos en que un arrebato de ira puede contener una buena parte de justificación. No se trata aquí de tales casos. Nos referimos a una afectividad que pasa clara y fuertemente a primer plano, a personas en las que la ira aparece *habitualmente*. Hay personas que hacen de ello un verdadero sistema y que llaman la atención porque no conocen otro camino en absoluto. Son gentes altaneras, sumamente susceptibles, que no toleran a nadie a su lado ni por encima de ellas, que necesitan siempre <!-- S. 212 --> sentir que son superiores y que, por ello, están siempre al acecho de si no se las ha ofendido de algún modo y de si se las estima lo bastante. Por lo general va unido a ello también un rasgo de extrema desconfianza, que hace que no quieran fiarse de nadie. En ellas encontraremos casi siempre también otros rasgos de carácter que hemos designado más arriba como afines. En los casos más graves sucede que un hombre de tan desmedida ambición retrocede ante toda tarea seria y se adapta con dificultad a la sociedad. Pero si se le niega algo, no conoce en realidad más que un método: arma un escándalo de una forma que suele resultar muy dolorosa para las personas allegadas. Rompe, por ejemplo, un espejo o estropea objetos valiosos. Pero no se le puede creer del todo cuando después intenta en serio disculparse diciendo que no sabía lo que hacía. Porque la intención de herir a su entorno es demasiado evidente. En este afecto se atendrá siempre a algo valioso y nunca a objetos insignificantes. Vemos, pues, que en semejante proceder tiene que haber un *plan*. Puede haber además en ello un intento de disminuir la propia responsabilidad mediante un estallido afectivo.

En un círculo pequeño, este método procura sin duda cierta valía, que, sin embargo, se pierde en cuanto se abandona ese círculo. Entonces un hombre así tiene que entrar fácilmente en conflicto con su entorno a causa de su afecto.

En cuanto a la actitud externa de este afecto, la imagen de un hombre así se nos presenta en seguida ante los ojos con solo oír el nombre de este afecto. Es la postura hostil contra el otro, que pasa a primer plano con toda su fuerza y nitidez. Este afecto muestra la abolición casi completa del sentimiento de comunidad. En él está depositado el afán de poder de un hombre, que puede llegar hasta la aniquilación del adversario. En la medida en que en los afectos de un hombre sale claramente a la luz su carácter, estos fenómenos nos ofrecen un problema fácil de dominar, en el que podemos ejercitar nuestro conocimiento del hombre. Y así tenemos que designar a los iracundos, sin excepción, como personas que se enfrentan a la vida de modo hostil y en parte trastornado. Pero, para no perder de vista tampoco aquí nuestra <!-- S. 213 --> exigencia de un sistema, recordemos una vez más que todo afán de poder se edifica sobre un sentimiento de debilidad, de inferioridad. A movimientos tan desmesurados, a tales medidas de violencia no puede llegar un hombre que esté tranquilo respecto a la medida de sus fuerzas. Este hecho no debe pasarse nunca por alto. Precisamente en un arrebato de ira se nos presenta con especial claridad todo el ascenso desde el sentimiento de debilidad en dirección a la meta de la superioridad. Es un artificio barato el de elevar el propio sentimiento de la personalidad a costa del otro y en perjuicio suyo.

Entre los factores que facilitan extraordinariamente los arrebatos de ira hay que nombrar en especial el *alcohol*. En algunas personas bastan a menudo cantidades muy pequeñas. Como es sabido, el efecto del alcohol consiste en que debilita o suprime en primer lugar las inhibiciones de la cultura. Un hombre intoxicado por el alcohol se comporta como si nunca hubiera participado de la cultura. Pierde el dominio de sí, la consideración hacia los demás, y lo que en los momentos en que está libre del alcohol todavía puede refrenar y ocultar a duras penas, su hostilidad contra los semejantes, se expresa sin freno en la embriaguez. No es casualidad que sean precisamente las personas que no están en armonía con la vida las que recurren al alcohol, en el que buscan una especie de consuelo y de olvido, pero siempre también una excusa para aquello que les habría gustado alcanzar y no creen poder alcanzar.

En los niños se encuentran los arrebatos de ira con mucha más frecuencia que en los adultos. A menudo basta un motivo insignificante para poner a un niño furioso. Esto se debe a que en los niños, a consecuencia de su sentimiento de debilidad acrecentado, la línea de su afán de notoriedad aparece con más claridad. Un niño iracundo muestra siempre que lucha por su valía y que las resistencias con que tropieza, si no le parecen insuperables, sí le parecen especialmente grandes.

A veces las agresiones de hecho, que, además de los insultos, constituyen el contenido habitual de los arrebatos de ira, llegan tan lejos que perjudican al propio iracundo. Aquí está también la línea que conduce a la comprensión del *suicidio*. Hay en él el afán <!-- S. 214 --> de causar un dolor a los allegados o al resto del entorno, para vengarse de este modo de la postergación sufrida.

#### 2. Tristeza

El afecto de la tristeza aparece cuando a un hombre le sobreviene una privación, una pérdida, de la que no puede consolarse fácilmente. También la tristeza lleva en sí los gérmenes para eliminar un sentimiento de desagrado, es decir, de debilidad, y establecer una situación mejor. En este sentido vale tanto como un arrebato de ira, solo que aparece con otros motivos, tiene otra actitud y otros métodos. Pero también aquí vemos la misma línea hacia la superioridad. Mientras que en la ira el movimiento va dirigido *contra* el otro y ha de procurar rápidamente al iracundo un sentimiento de elevación y al adversario una derrota, en la tristeza se trata al principio de una restricción del patrimonio anímico, que necesariamente y en poco tiempo conduce de nuevo a una expansión, en cuanto el triste tiende hacia un sentimiento de elevación y de satisfacción. Pero esto no puede consistir originariamente en otra cosa que en una descarga, en un movimiento que, aunque de otra manera, va dirigido de nuevo contra el entorno. Pues el que está triste es en realidad un *acusador*, y con ello se coloca en oposición a su entorno. Por natural que sea la tristeza y por fundada que esté en la esencia del hombre, en su exageración contiene, sin embargo, algo hostil, perjudicial para el entorno.

La elevación le es dada al afligido por la actitud del entorno. Es sabido cómo las personas afligidas encuentran a menudo alivio en que alguien se ponga a su servicio, las compadezca, las sostenga, les dé algo, les hable para consolarlas, etc. Si la descarga se produce entre lágrimas y lamentos, con ello no solo parece iniciado el ataque contra el entorno, sino también la elevación del afligido por encima de su destino a la manera de un acusador, de un juez y de un crítico. El rasgo de la exigencia, de la reclamación, es claramente reconocible. El entorno es siempre requerido en mayor medida. La tristeza es como un argumento que ha de ser vinculante e irresistible para el otro, y ante el cual este tiene que doblegarse.

También este afecto presenta, por tanto, la línea que conduce de abajo arriba y que tiene por fin no perder el apoyo <!-- S. 215 --> y compensar el sentimiento de impotencia y de debilidad mostrándolo.

#### 3. Usos abusivos

El fenómeno de los afectos fue *incomprensible* hasta que se puso de manifiesto que ofrecen una posibilidad y muestran un camino que conduce sin rodeos a superar un sentimiento de inferioridad para hacer valer la propia personalidad. La disposición afectiva y su actitud encuentran, por ello, un empleo sumamente amplio en la vida anímica humana. Si un niño se enfurece o se entristece y llora porque se cree postergado, y tiene ocasión de comprobar que este método es fructífero, fácilmente puede emprender el camino de recurrir a esta actitud ya con motivos insignificantes, de emplear sus afectos para sacar provecho de ellos. El manejo de estos afectos puede convertirse automáticamente en costumbre y adquirir una configuración que ya no se siente como normal. Más adelante se ven entonces con regularidad, en la vida de los adultos, usos abusivos de estos afectos, y se produce ese fenómeno sin valor y perjudicial en el que, en una especie de actividad lúdica, se ponen en escena la ira, la tristeza u otros afectos solo para llegar a la meta, para imponer algo. Entonces tales estados *aparecen* con verdadera regularidad: así, cuando se niega algo o cuando amenaza un menoscabo al dominio de un hombre. A menudo, por ejemplo, la tristeza se manifiesta de manera tan ruidosa e insistente como si significara un título de gloria, de modo que resulta repelente. Es interesante observar cómo a veces se desarrolla una verdadera competición en la tristeza.

También con los fenómenos físicos concomitantes puede practicarse el mismo abuso. Es sabido que hay personas en las que el efecto de la ira sobre el aparato digestivo llega tan lejos que vomitan cuando están furiosas. Con ello la representación de la hostilidad se vuelve todavía más drástica. El vómito significa una condena y una humillación del otro, o de una situación. El afecto de la tristeza transcurre también a menudo con abstención de alimento, de modo que el afligido parece literalmente encogerse y ofrece una verdadera «imagen de la miseria».

Estas formas no nos son indiferentes sobre todo porque mediante ellas se toca el sentimiento de comunidad de los demás. <!-- S. 216 --> Su manifestación, en efecto, suele ser capaz de mitigar un afecto. Pero hay personas que tienen una necesidad tan grande de atraer hacia sí el sentimiento de comunidad de los demás que, por ejemplo, no quieren salir en absoluto del estadio de la tristeza, porque su personalidad experimenta una elevación extraordinaria gracias a las muchas pruebas de amistad y de simpatía.

La ira y la tristeza, aunque solicitan nuestras simpatías en grado distinto, son afectos que separan. No unen, sino que provocan una oposición al herir el sentimiento de comunidad. Es cierto que la tristeza produce en su curso ulterior una vinculación, pero esta no se produce de aquella manera normal en la que ambas partes participan del sentimiento de comunidad, sino que conduce a un desplazamiento en el que el entorno es exclusivamente la parte que da.

#### 4. Asco

Lo que separa se encuentra también, aunque pobremente configurado, en el afecto del asco. Físicamente, el asco se produce cuando las paredes del estómago son irritadas de determinada manera. Pero el asco se asocia también con impulsos de expulsar algo del ámbito del patrimonio anímico. En este punto se hace visible el factor separador de este afecto. Los fenómenos que siguen lo confirman. Es un gesto de apartamiento. Las muecas significan una condena del entorno, un despacho de la situación en el sentido de un rechazo. De manera abusiva puede emplearse este afecto para que un hombre se sustraiga, llegado el caso, a una situación desagradable provocando una sensación de asco. El asco, quizá a diferencia de todos los demás afectos, puede provocarse voluntariamente con especial facilidad. Mediante un entrenamiento particular, mediante la selección de determinadas representaciones, un hombre puede llegar tan lejos que ya no le resulte difícil lograr de este modo el desprendimiento del entorno o un ataque contra él.

#### 5. Angustia (susto)

Una importancia sobresaliente en la vida de los hombres la tiene la angustia. Este afecto es complicado porque no es solo un afecto que separa, sino que en su consecuencia, de modo parecido a lo que ocurre con la tristeza, conduce a una peculiar vinculación con los demás. Un niño, por ejemplo, en su angustia se arranca de una <!-- S. 217 --> situación, pero corre a otra. Ahora bien, el mecanismo de la angustia no conduce directamente a la representación de una superioridad sobre el entorno, sino, aparentemente, primero a la representación de una derrota. La actitud es aquí la de un empequeñecimiento. A partir de aquí empieza el lado vinculante de este afecto, que al mismo tiempo encierra en sí el anhelo de superioridad: el angustiado huye a la protección de otra situación y trata de fortalecerse así para estar de nuevo a la altura del peligro y triunfar sobre él.

En este afecto nos las habemos con un proceso de raíces orgánicas profundas. Es la *angustia primordial* de todos los seres vivos la que se refleja en él. En el hombre, en particular, tiene su fundamento en su inseguridad y debilidad generales frente a la naturaleza. El conocimiento de cómo superar las dificultades de la vida es tan deficiente que el niño, por ejemplo, no se las arregla solo, de modo que otros tienen que suplir lo que le falta. El niño se percata afectivamente de estas dificultades en cuanto entra en la vida y en el momento en que intervienen las condiciones del mundo exterior. Existe siempre el peligro de que fracase en su afán de salir de su inseguridad y adquiera una concepción de la vida pesimista y egoísta, desarrollando rasgos de carácter que cuentan más con la ayuda y la consideración del entorno. La cautela que así se desarrolla es tan grande como el alejamiento de las tareas de la vida. Pero si tales niños se ven obligados alguna vez a avanzar, llevan ya en sí el plan de retirada, están siempre medio vueltos hacia la huida, y uno de sus afectos más frecuentes y llamativos es la angustia.

Ya en los movimientos expresivos de este afecto, sobre todo en la mímica, encontramos el comienzo de una contraacción, que, sin embargo, no es rectilínea, agresiva. A veces tales fenómenos degeneran de manera enfermiza y nos permiten en muchos casos una visión especialmente fácil del mecanismo anímico. Tenemos entonces la clara sensación de que la mano del angustiado se tiende hacia otro para atraerlo hacia sí y retenerlo.

El estudio ulterior de este fenómeno conduce a aquellos conocimientos que ya adquirimos al tratar del *rasgo de carácter* <!-- S. 218 --> de la angustia. Se trata siempre de personas que buscan a alguien que las sostenga en su vida; siempre ha de haber alguien a su disposición. La forma originaria de este estilo de vida la encontramos en la imagen del niño mimado. En realidad no es otra cosa que un intento de establecer una relación de dominio, como *si* el otro solo existiera para servir de apoyo al angustiado. Si se penetra todavía más, se encuentra que estas personas van por la vida con la pretensión de que hay que ocuparse de ellas de un modo muy especial. Su independencia, por falta de un contacto adecuado con la vida, se ha perdido hasta tal punto que reclaman este privilegio con extraordinario anhelo y vehemencia. Por mucho que busquen la compañía de los demás, tienen, sin embargo, poco sentimiento de comunidad. Así, la representación de la angustia puede llevar a procurarse una posición privilegiada, a eludir las exigencias de la vida y a poner a otros al propio servicio. Finalmente, la angustia anida en todas las relaciones de la vida cotidiana. Se ha convertido en un medio eficaz para dominar el entorno o para eludirlo.

### B. Afectos que unen

#### 1. Alegría

En el afecto de la alegría vemos claramente la vinculación. No soporta el aislamiento. En sus manifestaciones —buscar a los demás, abrazar, etc.— se muestra la inclinación a jugar con otros, a comunicar y a disfrutar con otros. También la actitud es vinculante: es, por así decirlo, un tender la mano, un calor que irradia sobre el otro y ha de elevarlo también a él. Todos los elementos de la unión están presentes en este afecto.

Tampoco aquí falta la línea ascendente; también aquí tenemos a un hombre que, desde un sentimiento de insatisfacción, llega a un sentimiento de superioridad. La alegría es en realidad la expresión adecuada de la superación de las dificultades. De la mano con ella va la risa con su efecto liberador, que constituye, por así decirlo, la piedra angular de este afecto. Apunta más allá de la propia personalidad y solicita la simpatía del otro.

<!-- S. 219 -->

También aquí hay fenómenos de abuso que pueden estar condicionados por el modo de ser de un hombre. En un paciente que, al recibir la noticia del terremoto de Mesina, mostró claros signos de alegría y se echó a reír a carcajadas, resultó tras un examen más detenido que en realidad reía porque no quería dejar surgir en sí el sentimiento de pequeñez propio de la tristeza y quería evitar la tristeza intentando acercarse al otro afecto.[^t25] Un abuso especialmente frecuente es la *alegría por el mal ajeno* (*Schadenfreude*), una alegría que aparece en el lugar indebido, que pasa por encima del sentimiento de comunidad y lo hiere. Es ya un afecto que separa, mediante el cual alguien busca su superioridad sobre el otro.

#### 2. Compasión

La compasión es la expresión más pura del sentimiento de comunidad. Si la encontramos en un hombre, podemos en general estar tranquilos respecto a su sentimiento de comunidad. Pues en este afecto se muestra hasta qué punto un hombre es capaz de *ponerse en el lugar* de su semejante.

Quizá esté aún más extendido que este afecto mismo su uso abusivo. Consiste este, o bien en presentarse como un hombre que posee un sentimiento de comunidad especialmente fuerte, es decir, en exagerar. Son personas que en una desgracia siempre se adelantan, pero sin hacer nada, que solo quieren ser nombradas para obtener de este modo fama barata ante el público. O bien son personas que husmean con verdadera voluptuosidad en la desgracia ajena y a las que apenas se puede apartar de ella. Estas gentes atareadamente benéficas quieren procurarse, ante todo, mediante su actividad, el sentimiento liberador de la superioridad sobre los pobres y los miserables. Refiriéndose a este tipo de personas dice en una ocasión el gran conocedor del hombre La Rochefoucauld: «En la desgracia de nuestros amigos hay algo que no nos resulta del todo desagradable».[^t26]

Se ha intentado, erróneamente, reducir a este fenómeno nuestro placer ante los espectáculos trágicos. Se ha presentado como si las personas tuvieran la sensación de hallarse en mejor pellejo. Para la mayoría de las personas esto no debería ser cierto. Pues nuestro interés por los sucesos de la tragedia procede casi siempre de nuestro anhelo de conocernos y de instruirnos a nosotros mismos. La idea de que se trata solo de un juego <!-- S. 220 --> no nos abandona, y esperamos de él un provecho para nuestra preparación para la vida.

#### 3. Vergüenza

Un afecto que es a la vez vinculante y separador es la vergüenza. También ella es una creación del sentimiento de comunidad, y como tal no puede desterrarse de la vida anímica humana. La sociedad humana sería imposible sin este afecto. Aparece en aquellas situaciones en que, a consecuencia de una intromisión en la esfera anímica de un hombre, el valor de la propia personalidad amenaza con descender, en que amenaza con perderse algo, en particular, de la dignidad de la que todo hombre es consciente. Este afecto repercute con extraordinaria fuerza sobre lo corporal. El proceso consiste físicamente en una dilatación de los vasos sanguíneos periféricos, que produce una congestión, reconocible casi siempre en el rostro. Hay personas que se ponen rojas también en el pecho.

La actitud externa es la del desprendimiento del entorno. Es un gesto de retraimiento, unido a un malhumor, que es más bien un ademán de huida. El apartarse, los ojos bajos, son movimientos de huida que nos muestran claramente lo que separa en este afecto.

También aquí aparece en seguida el abuso. Hay personas que se ruborizan con llamativa facilidad. En ellas se podrá comprobar que también en lo demás, en sus relaciones con los semejantes, destacan más lo que separa que lo que une. Su rubor es un medio de sustraerse a la sociedad.

<!-- S. 221 -->

## Apéndice

### Observaciones generales sobre la educación

Quisiéramos añadir aquí algunas cosas sobre un tema que hasta ahora solo ha podido rozarse ocasionalmente. Se refiere al efecto de la educación en la casa, en la escuela y en la vida sobre el desarrollo del órgano anímico.

No cabe duda de que la educación actual en la familia favorece extraordinariamente el afán de poder, el desarrollo hacia la vanidad. Cada cual podrá consultar a este respecto sus propias experiencias. Es cierto que la familia tiene ventajas innegables, y apenas puede imaginarse una institución en la que los niños, *bajo una dirección acertada*, estuvieran mejor atendidos que en la familia. Precisamente en las enfermedades, la familia se muestra como la creación más adecuada para la conservación del género humano. Y si pudiera imaginarse que los padres fueran siempre también buenos educadores, que dispusieran de la perspicacia necesaria para reconocer ya en germen los fracasos anímicos de sus hijos y combatirlos mediante un tratamiento adecuado, reconoceríamos de buen grado que ninguna institución sería tan apropiada como la familia para la crianza de una raza humana apta.

Pero, por desgracia, no podemos negar que los padres no son ni buenos psicólogos ni buenos pedagogos. Lo que hoy desempeña el papel principal en la educación familiar es un *egoísmo familiar* que degenera en grados diversos. Este exige, aparentemente con razón, que los propios hijos sean especialmente mimados y considerados como algo especial, aunque sea a costa de otros. Así sucede que precisamente la educación familiar comete los errores más graves al inculcar, por así decirlo, a los niños la opinión de que tienen que ensalzarse siempre por encima de los demás <!-- S. 222 --> y considerarse algo mejor. A esto se añade todavía la organización de la familia misma, que no quiere separarse de la idea de la jefatura del padre, de una *autoridad paterna*. Con ello la desgracia sigue su curso. Esta autoridad, que solo en grado mínimo descansa sobre el sentimiento de comunidad, induce demasiado pronto a una resistencia abierta o secreta. Un reconocimiento sin reservas no lo encuentra seguramente nunca. Su inconveniente más grave reside en que proporciona un modelo al afán de poder del niño, al mostrarle el goce que va unido a la posesión del poder, y vuelve a los niños ávidos de poder, ambiciosos y vanidosos. Ahora todos quieren llegar tan lejos, todos quieren ser respetados y exigen de los demás la misma obediencia y sumisión que estaban acostumbrados a ver en la persona más fuerte de su entorno, y llegan así a una actitud hostil frente a los padres y al resto del entorno.

De este modo es casi inevitable en nuestra educación familiar que el niño tenga siempre ante sí una meta de superioridad. Se ve ya en los más pequeños cómo juegan a hacerse los mayores, y lo encontramos de nuevo, hasta la edad más avanzada de los adultos, en que tratan en su pensamiento, a veces en el recuerdo inconsciente de su situación familiar, a la humanidad entera como si siguiera siendo su familia, o bien, cuando han naufragado con su actitud, muestran la tendencia a retirarse de este mundo, que se les ha vuelto ahora odioso, y a llevar una existencia aislada.

Es cierto que la familia es también apropiada para desarrollar el sentimiento de comunidad, pero, si recordamos lo dicho sobre el afán de poder y sobre la autoridad, solo hasta cierto punto. Los primeros impulsos de ternura se producen en la *relación con la madre*. Esta es para el niño la vivencia más importante del semejante; en ella aprende a reconocer y a sentir al *semejante en quien puede confiar*, el «tú». *Nietzsche* dice que cada cual se forma la imagen ideal de su amada a partir de sus relaciones con la madre.[^t27] Ya *Pestalozzi* mostró cómo la madre es para el niño la estrella que lo guía en sus relaciones con los demás hombres, y cómo las relaciones con la madre forman en general el marco de todas sus manifestaciones. En esta función de la madre está dada la posibilidad de desarrollar en el niño el sentimiento de comunidad. <!-- S. 223 --> De esta relación con la madre surgen esas personalidades singulares, ya entre los niños, que nos llaman la atención porque encontramos en ellas ciertas deficiencias sociales. Son sobre todo dos los errores que pueden producirse. El primero consiste en que la madre no cumple frente al niño esta tarea funcional y, por ello, no desarrolla su sentimiento de comunidad. Esta carencia es muy importante y trae consigo un sinnúmero de inconvenientes. El niño crece como si se encontrara en territorio enemigo. Si alguien quiere corregir a un niño así, no hay otro modo que asumir él la función que antaño se descuidó con el niño. Ese es, por así decirlo, el camino para hacer de él un semejante. — El otro error principal, que se comete con la mayor frecuencia, consiste en que la madre asume, sí, su función, pero con tanta fuerza, de manera tan exagerada, que no es posible una *transmisión* ulterior del sentimiento de comunidad. La madre hace que el sentimiento de comunidad que se ha desarrollado en el niño desemboque en ella. Es decir, el niño solo tiene interés por la madre, y el resto del mundo queda excluido. También a estos niños les falta, por tanto, la base del hombre social. Ambos tipos tienen un sentimiento de inferioridad agudizado, un sentimiento de comunidad disminuido y una falta de valor.

Además de la relación con la madre hay en la educación otros muchos momentos importantes que deben tenerse en cuenta. Así, en especial, un *cuarto de los niños acogedor* permite al niño encontrar su lugar en este mundo de buen grado y con facilidad. Si se piensa con qué dificultades tienen que luchar la mayoría de los niños, qué poco fácil les resulta casi siempre, en sus primeros años de vida, hacerse a la idea de que el mundo es un lugar de estancia agradable, se comprende que las *primeras impresiones de la infancia* sean extraordinariamente importantes, porque dan al niño una dirección en la que sigue indagando y avanzando, y en la que automatiza su estilo de vida. Si a ello se añade cuántos niños vienen al mundo enfermizos y solo conocen aquí miseria y sufrimiento, que para la mayoría de los niños no existe en absoluto un cuarto de los niños, o existe en una forma que no puede precisamente despertar la alegría de vivir, queda claro que la mayoría de los niños no crecen como amigos de la vida y de la sociedad, <!-- S. 224 --> que no están llenos de aquel sentimiento de comunidad que podría florecer y desplegarse en una verdadera comunidad humana. Hay que tener en cuenta, además, que los errores de educación en la primera infancia pueden pesar de manera gravísima. Que tanto una educación severa y dura es capaz de sofocar la alegría de vivir y la disposición de los niños a participar en el juego común, como también una educación que aparta del camino del niño la menor pequeñez y lo rodea de un calor tropical, que puede hacer que más tarde no se muestre a la altura del áspero clima de la vida que reina fuera de la familia.

La educación familiar es, pues, hoy en día, en nuestra sociedad, inadecuada para lograr lo que esperamos de un compañero de juego cabal y solidario de la sociedad humana. Lo llena demasiado de aspiraciones de vanidad.

Si nos preguntamos ahora qué otra instancia entraría en consideración, capaz de compensar los fracasos en el desarrollo de los niños y de procurar una mejora, nuestra atención se dirige en primer lugar a la *escuela*. Pero un examen detenido muestra que tampoco la escuela, en su forma actual, es apropiada para esta tarea. Apenas habrá un maestro que, en la situación actual de la escuela, pueda jactarse de reconocer en su esencia los defectos de un niño y de extirparlos.[^4] No está preparado en modo alguno para ello, ni tampoco en condiciones de hacerlo, porque tiene en las manos un plan de estudios que debe transmitir a los niños sin que se le permita preocuparse del material humano con el que tiene que trabajar. También el número excesivo de niños en una clase le impide cumplir esta tarea.

Tenemos, por tanto, que buscar todavía más allá si no existe, pese a todo, una instancia que fuera capaz de remediar esta carencia de la educación familiar, que impide que nos fundamos en un pueblo unido. Algunos pensarán quizá: la *vida*. Pero con ella ocurre algo particular. Ya de lo dicho hasta aquí se desprende sobradamente que la vida no es apropiada para cambiar a un hombre, aunque a veces lo parezca. Ya la vanidad del hombre, <!-- S. 225 --> su ambición, no lo permite. Pues por mucho que se haya extraviado, siempre tendrá la sensación de que, o bien los demás tienen la culpa, o bien no puede ser de otro modo. Es muy raro encontrar a alguien que, tras haberse dado un golpe, reflexione sobre los errores que ha cometido. (Recordamos también nuestras consideraciones sobre el aprovechamiento de las vivencias.)

Tampoco la vida puede, pues, producir un cambio esencial, y psicológicamente esto es comprensible, porque la vida recibe a hombres ya hechos, hombres que tienen todos ya fija su mirada y aspiran a una meta individual de superioridad. La vida es, al contrario, incluso una mala maestra, pues no tiene indulgencia, no nos amonesta, ni siquiera nos instruye, sino que nos rechaza fríamente y nos deja suspender.

Hasta donde abarcamos ahora esta cuestión, no nos queda otro remedio que hacer constar: una única instancia sería capaz de poner remedio: la escuela. Sería capaz de ello si no se abusara siempre de ella. Pues hasta ahora ha sucedido siempre que aquel a cuyas manos llegaba la escuela hacía de ella un instrumento para sus propios planes, casi siempre vanidosos y ambiciosos. A la larga esto no puede conducir a ningún fin provechoso. Y si en los últimos tiempos se oyen de nuevo voces que piden que se restablezca en la escuela la antigua autoridad, hay que preguntarse simplemente qué ha logrado de tan bueno esa autoridad en el pasado. ¿Cómo va a ser útil una autoridad de la que hemos reconocido cuán dañina ha sido siempre, de la que hemos visto cómo, ya en la familia, donde la situación es más favorable, solo consigue que todos se rebelen contra ella? Y además: una autoridad cuyo reconocimiento ni siquiera quiere producirse por sí solo y que, por ello, tiene que ser impuesta. Ya en la escuela es raro que una autoridad, si es que existe, sea reconocida sin reservas. Y a la escuela llega el niño de todos modos con la clara conciencia de que el maestro es un funcionario del Estado. Es imposible imponer al niño una autoridad sin consecuencias perjudiciales para su desarrollo anímico. El sentimiento de la autoridad no debe fundarse en una influencia violenta, sino que tiene que descansar sobre el sentimiento de comunidad.

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La escuela es una situación en la que entra todo niño en el camino que toma su desarrollo anímico. Por eso tiene que satisfacer las exigencias de un desarrollo anímico favorable. Solo podrá hablarse, por tanto, de una buena escuela cuando esté en armonía con las condiciones de desarrollo del órgano anímico. Solo a una escuela así podremos llamarla una *escuela social*.

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## Conclusión

Hemos intentado exponer en este trabajo que el órgano anímico procede de una sustancia innata que funciona anímica y corporalmente, y que su despliegue está sometido por completo a condiciones sociales, lo que significa que deben satisfacerse, por un lado, las exigencias del organismo y, por otro, las de la sociedad humana. Ese es el marco en el que se desarrolla el órgano anímico y en el que se le señala su camino.

Hemos seguido este desarrollo, hemos tratado de la capacidad de percepción, de representación, de recuerdo, del sentir y del pensar, y hemos pasado finalmente al examen de los rasgos de carácter y de los afectos. Hemos comprobado que todos estos fenómenos guardan entre sí una relación inseparable, que, por un lado, están sometidos a una ley de la comunidad y, por otro, son conducidos y configurados en una vía determinada y peculiar por el afán de poder y de superioridad de cada individuo. Hemos visto que las metas de superioridad del hombre, en unión con su sentimiento de comunidad, conducen, según la gradación del desarrollo en el caso concreto, a determinados rasgos de carácter, que, por tanto, tampoco son innatos, sino que se desarrollan de tal modo que están dispuestos, como en una línea directriz, desde el origen del desarrollo anímico hasta la meta que, más o menos consciente, todo hombre tiene ante sí.

Hemos examinado con detalle una serie de esos rasgos de carácter y afectos, que son para nosotros valiosos indicadores para la comprensión del hombre; otros los hemos rozado. La última perspectiva ofrecida fue que, en correspondencia con el afán de poder de cada uno, en todo hombre se acumulan ambición y vanidad, en cuyas formas de manifestación puede reconocerse claramente ese afán <!-- S. 228 --> y su modo de actuar. Hemos mostrado cómo precisamente el desarrollo desmesurado de la ambición y de la vanidad impide el progreso ordenado del individuo, estrangula el desarrollo del sentimiento de comunidad, y aun lo hace imposible; cómo interviene regularmente de un modo que perturba la comunidad humana, pero al mismo tiempo hace fracasar también al individuo y su afán.

Esta ley del desarrollo anímico nos parece irrefutable y la indicación más importante para todo aquel que no quiera entregarse a impulsos oscuros, sino que aspire a construir conscientemente su destino. Con estas investigaciones cultivamos el conocimiento del hombre, una ciencia que apenas se cultiva de otro modo, pero que nos parece la ocupación más importante e indispensable para todas las capas de la población.

[^t1]: *Volksheim* («Casa del Pueblo»): la universidad popular de Viena-Ottakring, donde Adler dio cursos públicos desde comienzos de los años veinte. (N. del T.)

[^t2]: *Des Menschen Gemüt ist sein Geschick*: sentencia que en griego se atribuye a Heráclito (fragmento B 119: *êthos anthrópoi daímon*); Adler la da como de Heródoto. (N. del T.)

[^t3]: En alemán, *Erfahrungen machen*, literalmente «hacer experiencias», es la expresión corriente para «tener o adquirir experiencias». (N. del T.)

[^t4]: Carl Furtmüller (1880-1951), pedagogo vienés, uno de los colaboradores más próximos de Adler y coeditor de *Heilen und Bilden* (1914). (N. del T.)

[^t5]: Adler escribe *der Ausgleich, die Kompensation*: la palabra alemana y la latina para la misma noción, que en castellano se traducen igual. (N. del T.)

[^t6]: *Torsperre*: el cierre nocturno del portal de las casas de vecinos en Viena (a las diez de la noche); quien llegaba después tenía que llamar al portero y pagarle una pequeña tasa. (N. del T.)

[^t7]: Karl Groos (1861-1946), autor de *Die Spiele der Tiere* (1896) y *Die Spiele der Menschen* (1899), en los que interpreta el juego como ejercicio preparatorio de las funciones de la vida adulta. Adler escribe «Groß»; Groos era profesor de filosofía (en Basilea, Giessen y Tubinga). (N. del T.)

[^t8]: Adler emplea aquí *Gemeinsinn* («sentido de comunidad») junto a *Gemeinschaftsgefühl* («sentimiento de comunidad») como términos prácticamente equivalentes. (N. del T.)

[^t9]: En alemán, *die Flinte ins Korn werfen*, literalmente «arrojar la escopeta al trigo»: darse por vencido. (N. del T.)

[^t10]: La balada *Hochzeitlied* (1802) de Goethe; Adler la cita como «Hochzeitslied». En el poema el conde regresa de la guerra (no «del campo»: *vom Land* parece un descuido) y encuentra su castillo desierto. (N. del T.)

[^t11]: Eco de *Hamlet* (I, 5): «There are more things in heaven and earth, Horatio, / Than are dreamt of in your philosophy», que en la versión alemana corriente de Schlegel dice «Es gibt mehr Ding' im Himmel und auf Erden, / Als Eure Schulweisheit sich träumt». (N. del T.)

[^t12]: *Begabtenprüfung*: las pruebas para seleccionar a los alumnos más dotados que se hicieron en Alemania desde 1917 (en Berlín y Hamburgo, para las llamadas «clases de talentos»), a las que Adler alude después. (N. del T.)

[^1]: Una buena y detallada descripción de esta evolución se encuentra en *August Bebel*, *Die Frau und der Sozialismus* [La mujer y el socialismo].

[^t13]: «La mujer es la ruina del hombre». La frase procede del diálogo medieval entre el emperador Adriano y el filósofo Segundo (*Altercatio Hadriani Augusti et Secundi philosophi*), y circuló como sentencia; Adler la atribuye a «un escritor romano». (N. del T.)

[^t14]: En el original, el refrán alemán *Lange Röcke, kurzer Sinn*. (N. del T.)

[^t15]: *Das gefährliche Alter*, expresión corriente en la época para el climaterio femenino, difundida por la novela homónima de la danesa Karin Michaëlis (*Den farlige Alder*, 1910). (N. del T.)

[^2]: Ya *Griesinger* habló de la «huida a la enfermedad».

[^3]: Véase *Kretschmer*, *Körperbau und Charakter* [Constitución física y carácter, 1921].

[^t16]: El paréntesis «(Carlyle.)» no se explica en el original. Probablemente alude a Thomas Carlyle (1795-1881), de cuya supuesta impotencia se habló mucho tras las publicaciones biográficas de J. A. Froude: sería el ejemplo de una gran vitalidad creadora no ligada a las glándulas germinales. (N. del T.)

[^t17]: Alude a la máxima 19 de La Rochefoucauld: «Nous avons tous assez de force pour supporter les maux d’autrui» («Todos tenemos fuerza bastante para soportar los males ajenos»). (N. del T.)

[^t18]: Hechos de los Apóstoles 20, 35: «Más bienaventurado es dar que recibir»; en la Biblia de Lutero, «Geben ist seliger denn Nehmen». (N. del T.)

[^t19]: Goethe, *Venezianische Epigramme*, n.º 52; en el texto de Goethe el primer verso empieza «Jeden Schwärmer…» y el segundo termina «wird der Betrogne der Schelm». (N. del T.)

[^t20]: El cuento del pescador y su mujer que Adler atribuye a Andersen es *Von dem Fischer un syner Fru* («El pescador y su mujer»), de los hermanos Grimm, en el que el matrimonio vive al principio en un «Pißpott» (orinal), que algunas versiones edulcoradas alemanas convierten en «Essigkrug» («jarro de vinagre»); la mujer pide sucesivamente una casita y un castillo, y luego ser rey, emperador, papa y finalmente como Dios. (N. del T.)

[^t21]: En alemán son corrientes las expresiones *gelber Neid* y *blasser Neid* («envidia amarilla», «envidia pálida»), que corresponden más o menos a nuestra «envidia verde» o «estar amarillo de envidia». (N. del T.)

[^t22]: Juego de palabras con *Arbeitskraft* («fuerza de trabajo», «capacidad de trabajo») y su plural *Arbeitskräfte*, que designa a los trabajadores, la «mano de obra». (N. del T.)

[^t23]: «In spanische Stiefel eingeschnürt»: cita del *Fausto* de Goethe (primera parte, escena del estudiante), donde Mefistófeles recomienda el *Collegium logicum*: «Da wird der Geist Euch wohl dressiert, / In spanische Stiefeln eingeschnürt» («Allí os amaestrarán bien el espíritu, / encorsetado en botas españolas»). La «bota española» era un instrumento de tortura que apretaba la pierna. (N. del T.)

[^t24]: *Dolchstoß*: alusión a la leyenda de la «puñalada por la espalda» (*Dolchstoßlegende*), con la que la derecha alemana atribuía la derrota de 1918 a la traición de la retaguardia, y que en los años veinte se había convertido en frase hecha. (N. del T.)

[^t25]: El terremoto de Mesina (Sicilia) y Reggio de Calabria, del 28 de diciembre de 1908, que causó decenas de miles de muertos. (N. del T.)

[^t26]: Máxima de La Rochefoucauld suprimida tras la primera edición de las *Réflexions ou sentences et maximes morales* (1665): «Dans l'adversité de nos meilleurs amis, nous trouvons toujours quelque chose qui ne nous déplaît pas». Adler la cita libremente en alemán. (N. del T.)

[^t27]: Probable alusión a *Menschliches, Allzumenschliches* (*Humano, demasiado humano*), I, § 380 («Das Muttererbe»): «Jeder Mann trägt ein Bild des Weibes von der Mutter her in sich» («Todo hombre lleva en sí una imagen de la mujer que procede de la madre»). (N. del T.)

[^4]: Desde la creación de nuestros consultorios de orientación escolar, esta frase ya no puede mantenerse.

*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha sobre el ejemplar de la 3.ª edición, corregida, digitalizado por Google (Northwestern University) en Internet Archive (`Menschenkenntnis`): Alfred Adler, *Menschenkenntnis*, Leipzig, S. Hirzel, 3.ª ed., 1929, VII + 228 págs. El texto es, por tanto, el de la **3.ª edición (1929)**; la primera es de 1927 (VIII + 226 págs.) y la segunda de 1928, no accesibles. No se traducen el índice ni el índice alfabético (*Sachregister*). Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026), con las divisiones, cursivas (que reproducen el espaciado del original), notas del autor y paginación del original. *Menschenkenntnis* se traduce «conocimiento del hombre»; *Gemeinschaftsgefühl*, siempre «sentimiento de comunidad»; *Seelenleben*, «vida anímica»; *seelisch*, «anímico»; *Mitmensch*, «semejante»; *Geltungsstreben*, «afán de notoriedad»; *Machtstreben*, «afán de poder»; *Minderwertigkeitsgefühl*, «sentimiento de inferioridad»; *Leitlinie*, «línea directriz»; *Lebensstil* y *Lebensplan*, «estilo de vida» y «plan de vida»; *verzärtelt* y *verwöhnt*, «mimado»; *Sicherung*, «aseguramiento»; *Angst*, «angustia»; *Zaghaftigkeit*, «apocamiento»; lo demás, según el glosario del archivo. Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
