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Title: Esbozo individualpsicológico de una neurosis obsesiva
Description: Caso clínico expuesto en la sección vienesa de la Asociación Internacional de Psicología Individual (1926): una mujer de treinta años, eclipsada por una hermana mayor, que esquiva el matrimonio y se refugia en obsesiones religiosas de culpa y omnipotencia; Adler muestra en ellas el movimiento formal hacia arriba, la semejanza con Dios y la protesta masculina, y explica por qué el obsesivo tiene que sufrir.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1926-09%20Individualpsychologische%20Skizze%20einer%20Zwangsneurose
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<!-- S. 253 -->

# Esbozo individualpsicológico de una neurosis obsesiva[^1]

Por el Dr. Alfred Adler (Viena)

Se trata de una muchacha de 30 años, de un medio pequeñoburgués muy religioso.

La distancia respecto del problema del matrimonio salta a la vista y ha de conducir de algún modo al estilo de vida de la paciente.

Tiene varios hermanos, entre ellos una hermana algo mayor que eclipsaba a todos los demás por su encanto y su ingenio.

Este recuerdo y esta constatación, revelados al comienzo mismo del tratamiento, descubren una causa importante de un sentimiento de inferioridad que evidentemente está en la base de su distancia respecto del matrimonio. Pese a todos sus deseos, parece esquivar el matrimonio porque teme verse relegada otra vez, como de costumbre, frente a otra muchacha (originalmente, la hermana). Un refuerzo de este sentimiento de inferioridad que se observa a diario podemos suponerlo sin más en el hecho de que quizá durante dos años fue la menor y, en consecuencia, quedó entregada a un mimo natural del que más tarde fue arrancada. Este vuelco alcanza a la mayoría de los niños con una dureza más o menos hiriente. En esta nueva situación indeseada, situada en el lugar de nacimiento de la personalidad, se agudiza el sentimiento de inferioridad de un número increíble de niños y empuja con fuerza su *estilo de vida* hacia el lado útil, aunque las más de las veces hacia el inútil, el de la difícil educabilidad o el de la neurosis. Este giro se encuentra muy claramente marcado, como se explica por la naturaleza de las cosas, en los primogénitos. Nuestra paciente estaba más cerca de la niña privilegiada[^t1] que los demás hermanos y por eso salió especialmente malparada de su preponderancia.

Ya muy pronto se manifestó en ella un rasgo que esquivaba las cuestiones de su vida. La timidez, el retraimiento, la tendencia al aislamiento, la desvalorización de los demás, unida a un respeto originario, ponen al descubierto su sentimiento de inferioridad. Como, por miedo a una derrota, no llevaba nada a término, pronto se la tuvo por incapaz y torpe. No tenía amigas íntimas; evitaba la compañía tanto como podía. Ya antes de la pubertad sufría de ideas obsesivas morales y religiosas. Se reprochaba continuamente pecados y faltas, que procuraba expiar y enmendar con juramentos y oraciones. Sus juramentos le parecían impuestos por el temor de que, de lo contrario, alguien de su entorno pudiera ir al infierno.

Si despojamos estas ideas y actos obsesivos de su contenido, como nos lo prescribe el método individualpsicológico, nos queda un *movimiento* puramente *formal* que conduce, con bastante claridad, de abajo arriba, sin ser precisamente de utilidad general y sin cambiar en lo más mínimo la posición del ser humano frente a su semejante. Por el camino de la menor resistencia visible, al margen de toda competencia, sobre todo de la de la hermana <!-- S. 254 --> favorecida, la paciente parece haber logrado asignarse la tarea de una persona completamente sin falta y libre de pecado, aunque solo para el futuro, persiguiendo con severidad las faltas más pequeñas y a menudo más ridículas, con el sentimiento del más justo, que, a diferencia de los demás, trabaja en su purificación. La posición elevada que la paciente se asigna con ello no le es conocida, *pero la ocupa.* No se le pasa por la cabeza que ahora es superior a su hermana, *pero está* en el camino de la compensación de su sentimiento de inferioridad. A partir de la situación insoportable de ser inferior a la hermana, ha desarrollado un afán hacia arriba que, por el momento, puede servirle de sustituto consolador del sentimiento de su falta de valor y le promete la victoria para el futuro. Por este sustituto paga todos los costes, y tanto más a gusto cuanto que gana, para su propia persona y poco a poco también ante los demás, una legitimación por la enfermedad, en virtud de la cual queda más fácilmente dispensada de las realizaciones útiles o puede, al menos, reclamar condiciones atenuadas para ellas. Pero nunca se cansa de afligirse, de quejarse y de sufrir, pues cuanto más sufre, con tanta mayor claridad resalta su pretensión de santidad.

Y como para confirmarlo, la segunda parte de sus ideas obsesivas muestra el mismo rasgo formal hacia arriba: en su mano está que alguien vaya al infierno o no. Un pequeño juramento salido de su boca, y queda redimido. Aquí se puede tocar con las manos la semejanza con Dios que afirma la psicología individual. También la inquietud y la angustia que la asaltaban cuando no hacía uso de su omnipotencia aparecen ahora a plena luz. Son *medios*, lo mismo que el sentimiento de la compulsión a tener que pronunciar el juramento, para permanecer en el poder, para poder mantener de manera unitaria el estilo de vida que la redime del sentimiento de inferioridad. La fuerza creadora de esta muchacha, demasiado cobarde para las soluciones útiles, solo alcanza a este arreglo ficticio, equivalente a una mentira vital.

Cuando tenía 24 años, recibió un nuevo golpe. Un joven igual de pusilánime pidió su mano. Al primer reparo de la hermana de él, renunció a seguir cortejándola antes de que los dos hubieran llegado siquiera a tomarse afecto.

Otra vez se había enriquecido con una derrota, en una línea capital de su vida en la que quizá habría podido llegar a un sentimiento de igualdad respecto de su hermana. El desaliento había avanzado, y en casos semejantes podríamos predecir «con mirada profética» que se produciría entonces un nuevo alejamiento de la gran cuestión de la vida, la cuestión del amor. En efecto, hasta nuestra cura había perdido todo interés por los hombres.

Pero ya el acercamiento al joven mencionado habría podido descubrir la débil base de la muchacha. Ella misma lo calificaba de pelele. Es justamente el destino trágico de tales criaturas desalentadas que con mucha facilidad vuelvan a dar con compañeros desalentados y aumenten así sus propias dificultades, *como, en general, en la esfera del desaliento las dificultades se acumulan.* La fragilidad de tales relaciones se muestra en nuestro caso con toda crudeza.

En este punto oigo de nuevo preguntar a nuestros estimados críticos: pero ¿dónde queda entonces la «protesta masculina»? ¿Dónde el sentimiento de la inferioridad femenina? Todavía hay algunos autores que, solo para acabar pronto con la psicología individual, buscan en la protesta masculina el principio y el fin de nuestras concepciones, sin comprender que esta representa solo *una* importante *concreción* del afán formal de superioridad, no muy distinta de cuando un muchacho intenta realizar ese afán eligiendo la profesión de cochero, de revisor o de general. En fin, puede ser que la comprensión de estas conexiones no sea del todo sencilla. Quizá una simple pregunta nos acerque más a la aclaración. ¿Por qué se ha desarrollado esta muchacha al margen <!-- S. 255 --> de la norma femenina? Porque no era tan hermosa como su hermana. De ello podemos deducir que se le representaba que una muchacha, para poder desempeñar su papel, tiene que ser hermosa. Esta sobrestimación de la belleza de la mujer, un artificio enteramente masculino que conduce a la perjudicial y duradera dependencia de la mujer respecto del juicio del hombre, es un desatino de lo más general, domina tanto al hombre como a la mujer y restringe extraordinariamente las posibilidades de vida de la mujer. Sobre todo en las mujeres desalentadas, y lo son todas las nerviosas, se tropezará siempre con esta concepción profundamente arraigada. El privilegio masculino en nuestra cultura consigue falsear un importante principio de la selección natural, la belleza como prenda de la salud de las generaciones futuras, convirtiéndolo en un factor de poder a favor del hombre. Pues bien, nuestra paciente, que había caído también en esa misma dependencia, se vio empujada automáticamente a esquivar el papel de mujer, a no buscar en él la concreción de su afán, sino en una posición de poder ficticia, *en la que hacía como si hiciera algo*, o a no tomar parte sino *de modo condicionado*, como cuando el compañero masculino era un pelele, es decir, quizá ni siquiera un hombre. Naturalmente, también en su juventud se le ocurría a menudo cuánto mejor sería ser hombre.

Su sentimiento de inferioridad femenina parece, pues, fuera de duda. Pero ¿dónde está la protesta masculina? Pues bien, todo su estilo de vida neurótico es una rebelión contra el papel femenino, es afán de la plenitud de poder masculina, del despliegue de su vida en la dirección de la posición paterna, no de la materna. Pero parece que hacen falta pruebas más claras. Aquí están: un día descubrió inequívocas inclinaciones homoeróticas activas.

Véase mi tratado sobre la «Homosexualidad» en el *Handbuch der normalen und pathologischen Physiologie* [Manual de fisiología normal y patológica], editorial J. Springer, Berlín, 1926.[^t2] La prensa psicoanalítica nos reprocha regularmente que nos hemos olvidado del amor o del erotismo. Lo que ocurre es que no estamos entrenados, ni tampoco obligados, a considerar todos los fenómenos anímicos desde ese punto. Teníamos cosas más importantes que hacer. Teníamos que mostrar que el erotismo de una persona, tanto en la infancia como después, adopta siempre aquella forma que corresponde al estilo de vida del individuo en cuestión dentro de una situación determinada. De modo que habríamos podido adivinar fácilmente cómo esta muchacha, tras una derrota en el camino hacia el amor normal, tenía que desviar su erotismo, que naturalmente existía, conforme a su protesta masculina y a su evasión de la norma, eliminando al hombre. «Puesto en fuga, cree que va de caza».

Uno de sus muchos médicos, prisionero de doctrinas sexualpsicológicas erróneas, creyó poder lograr su curación mediante un acercamiento sexual. La consecuencia fue un estado de confusión que duró semanas y que solo cedió lentamente. Quizá se trataba solo de un error de la muchacha. También esto sería indicación suficiente —si nuestra exposición no hubiera dejado todavía bastante clara la incapacidad de la paciente para las relaciones amorosas, si alguien dudara aún de que primero hay que mitigar el sentimiento de inferioridad antes de que una persona así pueda despertar a la vida— para impedir por todos los medios la llamada «transferencia». Como había caído víctima del error, muy extendido entre hombres y mujeres, de que toda la tarea de la mujer consiste en hechizar al hombre, pero no se creía capaz de esa respetable hazaña, toda presión en la dirección del erotismo solo podía provocar *pánico*. Un gran número de psicosis y algunas neurosis nacen en este estado de pánico, por lo general incomprensible para el neurólogo. En esta perplejidad, todos los valores reales se estiman en extremo bajos.

Por lo que se refiere, además, al contenido de las ideas obsesivas de esta muchacha, representan un grosero abuso de formas religiosas y concretan con extraordinario <!-- S. 256 --> acierto el afán de poder, el movimiento compensatorio formal. Pues presuponen una plenitud de poder tal como solo podría atribuirse a un dios. A ella le corresponde ahora decidir si alguien está condenado al infierno o puede ser redimido, y así decide sobre el destino de los seres humanos. Otra idea obsesiva que la atormentaba consistía en que, sobre todo durante las comidas, podía envenenar a una persona con palabras o miradas. Por lo demás, el alma humana parece accesible en gran medida a la necedad de esta idea. Pues no menor que en esta muchacha se concibe el poder de aquellas personas a quienes se atribuye el mal de ojo, o que se ha atribuido a las brujas. Uno de los restos de esta superstición se ha salvado probablemente también en la superstición de la clarividencia y del mediumnismo. Si se mira más de cerca, se encuentra la raíz de todo este desatino en la superstición, aún hoy universalmente extendida, de que existen capacidades innatas que jamás de los jamases serían accesibles a otras personas.

Muchos neurólogos y psicólogos objetan aquí lo que también al paciente le parece extraño e increíble: ¿por qué, entonces, si con tales síntomas se alcanza semejante plenitud de poder, el paciente se ve tan dolorosamente afectado y sufre? Supongamos por un momento que el paciente disfrutara del sentimiento de su poder, como hemos podido observarlo en las envenenadoras, sin que se hubiera producido una ampliación *real* de su poder. Entonces tendríamos quizá ante nosotros el caso de una melancolía o de una esquizofrenia. Es decir: el paciente se habría desligado de los lazos del sentimiento de comunidad hasta el punto de perder también la lógica, la razón, que nos vincula a todos. Pero en la neurosis obsesiva no ocurre así; el paciente mismo considera necias sus ideas. Ahora bien, por necias que sean, consideradas desde el punto de vista, desde la meta de un semejante, como medio para desligarse de aquellas tareas cuyo cumplimiento teme, son perfectamente adecuadas. Y además se encuentra plenamente justificado en su actitud en el lado inútil de la vida. Esa justificación se perdería si encima se alegrara de su conducta neurótica. Por eso sufre.

Otra necesidad de un sufrimiento extraordinariamente grande se desprende del hecho de que el paciente, con su sufrimiento, no solo conmueve el aire, sino también a las personas que tiene a su alcance, y las vuelve dóciles. ¿Podría hacerlo si estuviera alegre?

Pero, en tercer lugar, su sufrimiento con estas ideas obsesivas está íntimamente unido a la alusión a su poder mágico, a su nobleza, a su santidad. Cuanto más sufre, con tanta mayor claridad ve su plenitud de poder. Más aún: nunca puede sufrir bastante, pues su sufrimiento es la única pieza de todo el sistema obsesivo que procura integrarse en la realidad, que posee valor de realidad. De su sufrimiento le nace la certeza de su grandeza. Solo que mira el sufrimiento, como hasta ahora todos los demás observadores de la neurosis obsesiva, y no deja que se le haga consciente su poder. Tenemos que enseñarle a fijarse en el aumento ficticio de poder por el cual, en su pusilanimidad frente a las tareas útiles, ha urdido la neurosis.

La sustitución del sistema de referencia neurótico por uno de solidaridad humana —y esa es la tarea de la psicología individual— equivale al aliento del paciente. Así se consiguió también en este caso restablecer la capacidad social, profesional y amorosa de la muchacha. El tiempo transcurrido inútilmente puede ser motivo de lamento. Pero la neurosis, gracias al estado actual de nuestra ciencia, ha llevado a la paciente a un punto desde el que abarca mejor la vida y siente mejor la necesidad de obrar en el sentido de la utilidad general. Para ella, que ha pasado por el purgatorio de la psicología individual, vale la palabra bíblica de que en el cielo hay más alegría por un pecador arrepentido que por 99 justos.[^t3]

[^1]: Según una conferencia pronunciada en la Asociación Internacional de Psicología Individual, sección de Viena.

[^t1]: *Sonnenkind*, literalmente «niña del sol»: la hija predilecta, a la que todo le sale bien; se refiere a la hermana mayor. (N. del T.)

[^t2]: El párrafo, que en el original va en el cuerpo del texto, remite al artículo de Adler «Homosexualität» del *Handbuch der normalen und pathologischen Physiologie*, ed. por A. Bethe y otros, t. 14, 1.ª mitad (Berlín, Springer, 1926), págs. 881-886, recogido en este archivo entre las «Beiträge zum Handbuch der normalen und pathologischen Physiologie». (N. del T.)

[^t3]: Lucas 15, 7. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir del ejemplar digitalizado en archive.org: Alfred Adler, «Individualpsychologische Skizze einer Zwangsneurose», *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie* 4 (1926), fascículo 5, págs. 253-256. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original), la nota del autor y la paginación original. *Gemeinschaftsgefühl* se traduce «sentimiento de comunidad»; *Lebenslüge*, «mentira vital»; *Arrangement*, «arreglo»; *männlicher Protest*, «protesta masculina»; *mitmenschlich*, «de solidaridad humana», según el glosario del archivo. *Zwangsneurose* se traduce «neurosis obsesiva» y *Zwangsgedanken* «ideas obsesivas». Las adiciones del traductor van entre corchetes.
