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Title: Consideraciones sobre el artículo 144
Description: Intervención de Adler (1925) en el debate sobre el § 144 del Código Penal austriaco, que castigaba el aborto: aunque muchos motivos alegados para interrumpir el embarazo no resisten un examen valiente, sostiene que solo una mujer que quiere al hijo puede ser para él una buena madre, que la maternidad forzosa degrada a la mujer y que hay que decirle «no tienes por qué tener hijos si no quieres»; propone consultorios de orientación matrimonial.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1925-04-16%20Er%C3%B6rterungen%20zum%20Paragraph%20144
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# Consideraciones sobre el artículo 144[^t1]

Por el Dr. Alfred Adler (Viena)[^1]

Como en la mayoría de las cuestiones, también al examinar la maternidad forzosa se pone de manifiesto que solo desde la perspectiva de la psicología individual pueden verse todos los aspectos del problema bajo la luz adecuada y reconocerse en su verdadero significado.

Las objeciones que suelen formular quienes combaten el § 144 no siempre le parecen al psicólogo las más sólidas. No quiero hablar aquí de la necesidad médica, que se presenta con frecuencia, de interrumpir el embarazo. Cabe suponer que todo médico que no esté atado por un prejuicio de principio adoptará, en los casos en que la vida de la madre está amenazada, el punto de vista de que la intervención salvadora debe llevarse a cabo incondicionalmente. Valorar correctamente el límite del peligro ya solo es entonces cuestión de su seguridad diagnóstica.

Otras objeciones que hablan en contra de llevar a término un embarazo son a menudo de las que solo adquieren su carácter aparentemente imperioso por la concepción pesimista de las personas en cuestión. En la mayoría de los casos concretos que examinamos objetivamente, encontraremos que la situación podría verse también de otro modo, con más valor, y que entonces desaparecen los motivos imperiosos para un aborto.

A menudo se nos dice que una familia con dos hijos puede vivir bastante bien con sus ingresos, pero que con el tercero o el cuarto se ve amenazada por un preocupante deterioro del nivel de vida de todos. Ahora bien, por otra parte vemos con bastante frecuencia que precisamente la llegada de nuevos hijos inspiró a los padres nuevos impulsos para una actividad redoblada, nuevas ideas para fuentes de ingresos, y que en lugar del temido empobrecimiento se produjo, por el contrario, un auge de toda la familia. Por supuesto, las especiales dificultades de trabajo y la escasez de vivienda de nuestro tiempo pueden agravar en algunos casos esta situación.

En otros casos, cuando por ejemplo una muchacha joven corre peligro, por una maternidad ilegítima, de perder su posición social o de entrar en un conflicto insoluble con sus padres, a menudo se podrá llegar a una solución distinta de la interrupción del embarazo. Muchas veces hemos comprobado que muchachas que esperaban el parto con desesperación vieron después en el hijo el mayor valor de su vida y supieron resolver de forma excelente la difícil cuestión de su maternidad ilegítima, que solo así se vieron empujadas a un camino profesional fecundo que les aseguró independencia y autonomía frente a un entorno opresivo. Del mismo modo que vemos también a menudo que muchachas que lograron librarse del embarazo no deseado lo lamentaron después amargamente y comprendieron que habría habido caminos practicables para hacer posible una maternidad que les habría traído consuelo y alegría. Una actitud valiente de la madre soltera animará también más fácilmente a su pareja y la moverá a contraer matrimonio. Pero también aquí hay, naturalmente, casos —sobre todo porque no podemos influir en todo el entorno de la muchacha, en sus padres, etc.— en los que tampoco nosotros vemos otra salida para salvar la existencia de la madre que la interrupción del embarazo.

Vemos, pues, que los motivos de más peso que se alegan en favor de un aborto no son objetivamente sólidos. Antes bien, lo que suele ocurrir es que la mujer embarazada no quiere al hijo que va a nacer. No lo quiere porque, en el desaliento general del sexo femenino, <!-- S. 339 --> teme naufragar en su vida. Un hijo significa mucho más que la responsabilidad de una boquita hambrienta. Significa ante todo un gran refuerzo del vínculo con el padre del niño. Significa renunciar al egoísmo ilimitado, a la posición central que más de una mujer está acostumbrada a ocupar en su entorno. Y para muchas mujeres que están en general en lucha con la superioridad del sexo masculino, quedar embarazadas y dar a luz significa además una derrota frente al hombre, la manifestación de la desventaja en que la naturaleza ha puesto a la mujer en el terreno de la sexualidad.

Pero rara vez una mujer quiere confesarse este rechazo de la maternidad, porque sabe que sería confesar egoísmo y cobardía. Así, vemos con bastante frecuencia que mujeres que se encuentran en una situación del todo adecuada para tener hijos, que están casadas y en buena posición, crean un artificioso arreglo mediante el cual saben sustraerse, pese a todo, a esta tarea que se les presenta. Vemos a mujeres vigilar su casa con un cuidado tan minucioso, tan «exagerado», dar tal importancia a la más mínima irregularidad, a cada quiebra del orden acostumbrado, que todo su entorno concibe involuntariamente este pensamiento: «¡Qué suerte que esta mujer no tenga hijos!». Del mismo modo vemos a veces a la madre de un hijo vigilar cada respiración del niño con tal exceso de angustia que de nuevo nos vemos movidos a exclamar: «¡Qué suerte que esta mujer solo tenga un hijo!». Y una y otra vez encontraremos el miedo al hijo como raíz de numerosos trastornos nerviosos.

¿Hay que obligar entonces a una mujer así, que se muestra contraria al hijo con tanta fuerza, a dar a luz contra su voluntad? Para el legislador el problema puede terminar con el nacimiento del niño. Pero nosotros sabemos que en realidad es entonces cuando empieza, que una mujer así no se conforma en modo alguno sin protesta con el hecho no deseado de su maternidad. ¿Qué clase de madre será para su hijo?

¿Cómo puede cumplir una tarea tan pesada, que se le ha impuesto contra su voluntad? Se afirma con gusto que con el nacimiento del niño el amor materno aparece casi con la infalibilidad de una reacción química. Pero el psicólogo sabe que no siempre es así, ni mucho menos; que bastantes mujeres hacen sentir a sus hijos de cien maneras que han venido al mundo sin ser deseados, y que la conciencia de ser un hijo no querido envenena la vida de muchas personas, pone la raíz de graves trastornos anímicos y es a menudo el mal fundamental del que nacen los niños descarriados y todos esos «psicópatas» que no se libran en toda su vida de la maldición de una juventud sin amor. Ya solo en interés de estos niños —pues juzgamos esta cuestión ante todo con la vista puesta en los niños— soy partidario de decir claramente a toda mujer: «¡No tienes por qué tener hijos si no quieres!».

Y he visto muchas veces que la misma mujer que se resistía a la maternidad con cien pretextos, apenas se vio en posesión de la libertad de decidir sobre el desenlace de su embarazo, de repente quiso ella misma al hijo que poco antes rechazaba con vehemencia. No debemos olvidar nunca lo hondo que está en toda mujer la protesta contra toda desigualdad con el hombre. Y la coacción de una ley hecha al fin y al cabo por hombres, por la que se la priva de la libre decisión sobre su destino, tiene que sentirla toda mujer como una degradación. Dentro de esta ley, la mujer desempeña menos el papel de una persona que el de una función al servicio de la descendencia.

Frente a este argumento —*que solo una mujer que quiere al hijo puede ser para él una buena madre*—, todos los demás pasan a segundo plano.

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Desde algunos sectores se afirma con gusto que la abolición de la maternidad forzosa empeoraría todavía más una moral que ya de por sí anda bastante mal. Pero la decadencia de la moral tiene tantas otras razones más profundas —sobre todo toda nuestra educación, tan poco orientada hacia el sentimiento de comunidad y tanto hacia la ambición personal— que es un despropósito querer aplicar la palanca moral precisamente en este punto, donde una parte de la humanidad resulta tan duramente afectada, más que todas las demás. Tendremos que repartirnos todos la gran responsabilidad por la convivencia moral de los seres humanos, en lugar de descargar el peso más grave sobre los hombros más débiles.

Sería una verdadera bendición para la humanidad *crear consultorios de orientación matrimonial*, en los que trabajaran psicólogos individuales y dieran información sobre todas las cuestiones pertinentes.

[^1]: Según una conferencia pronunciada en la «Asociación Internacional de Psicología Individual», resumida por la señora Gina *Kaus* en su revista quincenal *Die Mutter* [La madre].

[^t1]: El § 144 del Código Penal austriaco (*Strafgesetz* de 1852) castigaba con prisión a la mujer que provocaba o dejaba que se le provocara un aborto; los parágrafos siguientes castigaban a quienes lo practicaban. Su derogación o reforma era una reivindicación central de la socialdemocracia y del movimiento de mujeres en la Viena de los años veinte. «Maternidad forzosa» traduce *Mutterschaftszwang*. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la reimpresión en la *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie*, año 3, n.º 6 (Viena, noviembre-diciembre de 1925), págs. 338-340, digitalizada en Internet Archive, cotejada con la primera publicación en *Die Mutter* (Viena), 16 de abril de 1925, págs. 2-3 (ANNO, ÖNB), con el título «Erörterungen zum Paragraph 144. Nach einem Vortrag von Dr. Alfred Adler im „Internationalen Verein für Individualpsychologie“» [según una conferencia del Dr. Alfred Adler en la Asociación Internacional de Psicología Individual]. Los dos textos son idénticos salvo la ortografía y el último párrafo, que solo figura en la IZI. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa de la IZI.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación de la IZI. Las equivalencias fijas de los términos de la psicología individual se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.
