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Title: El matrimonio como tarea de comunidad
Description: Capítulo de Adler en el Ehe-Buch [Libro del matrimonio] de Hermann Keyserling (1925): el matrimonio no es asunto privado sino una tarea de la comunidad, sujeta a los tres vínculos del hombre (la Tierra, la vida en común y la existencia de dos sexos); Adler examina el incesto, el afán de superioridad entre los cónyuges, la herencia de los modelos paternos, la profesión, el matrimonio como falso remedio y concluye que prepararse para el matrimonio es hacerse un verdadero semejante.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1925%20Die%20Ehe%20als%20Gemeinschafts-Aufgabe
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# El matrimonio como tarea de comunidad

Alfred Adler

Solo se hace justicia a un fenómeno de la vida social y de la personalidad si se lo deja en su contexto y se lo considera allí, y si no se olvida del todo su valor posicional dentro de una evolución progresiva, en el fluir de la eternidad. Es verdad que la inteligencia individual, de vida breve, intenta una y otra vez confinarlo en un círculo de intereses más estrecho y a corto plazo para cosechar ventajas rápidas, lo cual solo se pliega a las normas eternas. En esta consideración no podemos atarnos a palabras ni a conceptos sagrados heredados. Lo que a todos nos domina y nos obliga es, al fin y al cabo, siempre de nuevo el inquebrantable sistema de referencia hombre-Tierra, que nos carga eternamente con una tarea y cuyas leyes de bronce aparecen en toda vivencia humana como advertencias inexorables, unas veces como recompensa, otras como castigo. Un hombre es asesinado en una ofuscación de miras cortas, y el mundo se sale de quicio. Durante miles de años sigue vibrando la conmoción cuando el anhelo de la humanidad de armonía con el universo toma forma en una vivencia y en su efecto. Los demás solo presentimos el milagro, los sentimientos y los estados de ánimo nos abruman, hasta que llega alguien como Shakespeare, estremecido ante el asesinato, que nos muestra que el sentido de la vida profanado se venga y tiene que vengarse.

Quien planta árboles tiene en cuenta el suelo y el clima, y no se deja guiar por la terquedad ni por las vanidades. Por lo demás, poco importa lo que piense, sienta o quiera al realizar su obra. Solo la concordancia de su acción con las necesidades de la evolución puede justificarlo. Crea para la colectividad y para los descendientes, aunque solo tenga en mira su propio bien, e incluso aunque esté dispuesto a actuar contra la comunidad y contra el futuro.

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¿Puede alguien recordar una realización, un hecho, que se haya llamado hermoso, grande, noble por otra razón que por haber sido provechoso para la sociedad, para la evolución futura de la humanidad? ¿No lleva cada uno en sí la medida de tal valoración? ¿Hay algún ser humano en su sano juicio que no sepa distinguir entre el bien y el mal?

Queda dado, por tanto, el punto de vista desde el que considerar todas las relaciones e instituciones humanas. El valor y la «rectitud» están condicionados y dependen en primer término de la aptitud para el conjunto. Aunque en ello haya cosas controvertidas para el pensamiento, una contradicción con la lógica de los hechos siempre se hará sentir. Se hace valer también cuando nadie abarca la conexión. La agilidad con que los hombres levantamos acusaciones nos ahorra casi siempre el esfuerzo de investigar la conexión. También el hecho de que el error y sus consecuencias estén siempre muy alejados dificulta la comprensión y apenas permite experiencias fecundas para el individuo y para los descendientes. Las mil vivencias de los muchos parecen resistirse a una consideración unitaria. Así transcurre la vida de las generaciones sin crear tradiciones duraderas. Y cada cual pone además su orgullo en emplear sus propios y pobres conocimientos, a menudo de manera estrafalaria, en la construcción de relaciones sustentadoras y de importancia vital, sin reparar en que repite mil errores y persigue metas que destruyen la felicidad propia y ajena.

El destino del hombre terrestre está atado por tres lazos. Su cuerpo y su alma están adheridos a la madre Tierra, a condiciones cósmicas y telúricas, se han formado en ellas y buscan con fuerza siempre renovada equilibrio y adaptación, una armonía viva con las leyes de la naturaleza. La cultura y la higiene del cuerpo y del espíritu proceden de esta necesidad. Toda belleza obtiene de ella su fuerza de atracción.

En el concepto de «hombre» está inalterablemente incluido el de «semejante». Todas las condiciones previas de su desarrollo corporal y espiritual residen en la comunidad, y han sido creadas y criadas según sus necesidades. El lenguaje, el entendimiento, la cultura, la ética, la religión, la nacionalidad, el Estado son formaciones sociales y actúan en el individuo como un depósito de la colectividad. <!-- S. 316 --> En todas estas formas de vida hay un reflejo eficaz de la existencia terrestre, fuerte e inquebrantable como en la necesidad de vivir en comunidad. No libre de estos presupuestos puede desplegarse el destino humano. La tercera barrera la forma la existencia de dos sexos. Pero la búsqueda mutua de los sexos, quizá configurada hace eones de modo predominantemente instintivo, aspira a una forma que evite la contradicción con las condiciones antes mencionadas. En la configuración armoniosa del erotismo hay tanto de instintivo como de sentimiento de comunidad. Y en el éxtasis dichoso de los amantes se despliega igualmente una dichosa fuerza creadora, que paga de buen grado su tributo y afirma la vida terrenal. Si se contempla la vida amorosa de los hombres desde este mirador, se la ve llena de leyes que no surgen por casualidad y que tampoco pueden eludirse sin graves reparos. La lógica de los hechos es cruel, mucho más cruel que los hombres. Nosotros estaríamos dispuestos de buena gana a hacer la vista gorda. Y no nos convertimos en abogados de las más duras represalias cuando señalamos lo inexorable de las fuerzas que actúan. Nuestra tarea es solo advertir, mitigar consecuencias graves, mostrar al presente y a las generaciones futuras en su conexión unos acontecimientos que, de otro modo, no se registran como consecuencias, sino como sucesos fatales e inconexos.

Nuestra existencia actual nos muestra el punto de paso hacia una evolución futura del género humano. Este hecho pesa tanto sobre nuestro proceso vital que, sin que tengamos por qué notarlo, nuestras relaciones amorosas se desarrollan *sub specie aeternitatis*. El valor a menudo desmesurado que atribuimos a la belleza vale para el futuro de la salud y de una mayor adaptación. La fidelidad y la sinceridad que exigimos, la compenetración de dos almas a la que aspiramos, proceden del anhelo impulsor de un sentimiento de comunidad más fuerte. Lo mismo el deseo de tener hijos, cuya pertenencia refleja el ideal de una comunidad y que significan a la vez para nosotros una prenda de eternidad. La fidelidad y la veracidad, y sobre todo la fiabilidad, pilares de la comunidad humana, apuntan también, sin duda, al futuro de la civilización humana y a las metas de la educación de los hijos.

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Que en la situación del amor y del matrimonio confluyan todas estas exigencias, se condensen allí y se conviertan en leyes vinculantes, solo puede captarse racionalmente a partir de la conexión indisoluble de la evolución histórica y orgánica. Del mismo modo, que toda desviación arbitraria o errónea repercute en todo el sistema de referencia de la vida y daña las tendencias favorables de la evolución. Los factores hereditarios nocivos surten su efecto, haya aclarado la ciencia la cuestión o no. El incesto cae bajo la proscripción del sentimiento de comunidad porque, como los matrimonios entre consanguíneos, conduce al aislamiento y no a la mezcla de sangre que favorece la comunidad, y porque con más facilidad que en otros casos una doble carga orgánica puede influir desfavorablemente en el patrimonio hereditario. También la mirada valiente y esperanzada hacia el futuro, indispensable para afrontar todas las dificultades de fundar una familia, y la vinculación con la sociedad, condición previa para no gastar estérilmente, aislado y desalentado, las propias fuerzas en el estrecho marco de una familia, parecen faltar siempre en los matrimonios entre parientes. Y los otros rasgos de carácter antes mencionados guían sin duda fácil e imperceptiblemente a la pareja y a los hijos en la misma dirección, mientras que su falta crea un ambiente desconfiado, eternamente inseguro, una atmósfera familiar en la que solo prosperan tendencias combativas y hostiles.

Es solo otra cara de la misma dinámica anímica la que esperamos encontrar cuando medimos con la vara del verdadero semejante. Su ley fundamental, eternamente inquebrantable sobre esta pobre y áspera corteza terrestre, se llama: ¡dar! Toda la sabiduría profana y sagrada conduce a la misma conclusión. Así, con razón, en el amor y en el matrimonio va incluido lo siguiente: ¡pensar más en el otro que en uno mismo, vivir de modo que se le haga al otro la vida más fácil y más hermosa! A cuántos —o a cuán pocos— les toca, no es cosa de examinarlo aquí. Lo seguro es que en nuestra sociedad hay demasiados que toman y que esperan frente a los que dan. La humanidad parece demasiado atrapada en esta fórmula del amor y del matrimonio: ¡Como te quiero, tienes que obedecerme!

Lo que todavía les falta hoy a los hombres de solidaridad humana se manifiesta también en la tensión entre los sexos. El afán de superioridad personal, nacido de un sentimiento de inferioridad hondamente arraigado y casi siempre no reconocido, empuja al hombre y a la mujer <!-- S. 318 --> casi siempre a exagerar de manera ostentosa la apariencia de su poder. Los cónyuges se comportan casi siempre como si temieran que alguien pudiera darse cuenta de que son los más débiles. La obstinación, la terquedad, el negativismo y a menudo también el rechazo erótico, las inclinaciones polígamas y la infidelidad, e incluso las enfermedades nerviosas, acuden en ayuda del amor propio para poder defender la posición de la propia arrogancia de poder. El hombre tiene, por una tradición general que debería haber caducado hace tiempo,[^t1] una pequeña ventaja que trata de conservar egoístamente, pero en su propio perjuicio. Para quien comparte nuestro punto de vista, el señor de la familia es cosa del pasado. Ve el matrimonio como una vida de a dos en la que ambas partes tratan de resolver juntas una tarea común, no siguiendo arbitrariedades de ninguna clase, sino conforme a todas las leyes inherentes a su problema. La evolución orgánica e histórica de la humanidad hacia la disposición al matrimonio monógamo es, sobre todo si se tienen en cuenta las posibilidades únicas de cumplir las más valiosas expectativas eróticas, garantía suficiente de que cualquiera sería capaz de resolver esta tarea. Se trata siempre del matrimonio como creación del sentimiento de comunidad, como forma social de la vida amorosa, como amparo y escuela preparatoria de los hijos en su desarrollo hacia el semejante. Al margen de este camino quedan los matrimonios convencionales, los matrimonios por dinero o por especulación, cuyo curso transcurre siempre en terreno resbaladizo. Pues también para los hijos el matrimonio de los padres tiene que ser ejemplar; de lo contrario, a menudo a pesar de saber más y de sus buenos propósitos, trasladan la mala tradición a su nuevo hogar. El afán de dominio o la dureza del padre pueden asustar tanto a las muchachas que en el futuro acechen y malinterpreten con desconfianza cada rasgo del marido; pueden también llenarlas de un anhelo de calor tan exaltado que aquí abajo tiene que quedar insatisfecho. Pueden incapacitarlas para el matrimonio o para la educación de los hijos, porque han perdido la fe en sí mismas. Los hijos de madres duras huyen de la mujer y son más difícilmente accesibles a una comunidad. Esto se debe a una función de la madre hasta ahora insuficientemente reconocida: hacer que el niño llegue a comprender lo que es una fiabilidad sin límites y ser modelo de noble feminidad. Los niños mimados por su madre, a su vez, no saben dar. En lugar de comunidad buscan calor maternal, que en la vida solo tiene su <!-- S. 319 --> lugar adecuado en la situación infantil. La elección de esposas mayores, maternales, se debe casi siempre a este error.

Las inclinaciones polígamas, las perversiones y la predilección por personas de bajo nivel moral y por prostitutas se explican siempre por su tendencia a excluir y desvalorizar a la pareja más adecuada, es decir, por el miedo a no estar a la altura del otro sexo. Hasta qué punto se yerran con ello el sentido y la tarea del amor y del matrimonio puede verse en la proliferación de las enfermedades venéreas. Sea cual sea su origen, deben su propagación únicamente al abuso y a los extravíos del erotismo. Solo hay un remedio, una sola protección contra estas epidemias: el amor mutuo.

La vinculación del matrimonio con las necesidades sociales más importantes nos hace comprender que no es, como sin duda cree la mayoría, un asunto privado. Todo el pueblo, toda la humanidad participa en él. Y todo el que contrae matrimonio cumple con ello, aunque no lo sepa, un mandato del conjunto. Entre las condiciones previas más importantes de un matrimonio está, por eso, una profesión y unos ingresos en los que puedan participar ambos y que aseguren el sustento de la familia. También la profesión es una exigencia de la sociedad, una participación en la producción. La contribución a la conservación de la humanidad tampoco es un asunto privado y debe ser fomentada por el matrimonio. También el trabajo del ama de casa, hoy injustamente menos valorado, puede crear valores de pleno derecho cuando favorece la capacidad de trabajo del marido con una buena gestión o con una configuración artística del hogar. Alegar dificultades económicas para rechazar el matrimonio es a menudo un pretexto de los pusilánimes.

Es una superstición muy extendida la de que el matrimonio puede curar también males, descarrío, enfermedades. El amor y el matrimonio no son medicamentos. Casi siempre solo se crea un daño nuevo sin remediar el antiguo. El mismo despropósito reina en la idea del efecto curativo del embarazo. La solución de la cuestión del matrimonio, como la de todas las demás cuestiones de la vida, debe hacerse desde la fuerza, no desde la debilidad.

También amenaza la desgracia al matrimonio cuando se casan personas que se sienten víctimas al hacerlo. No puede dejar de ocurrir que se lo <!-- S. 320 --> hagan sentir al otro y lo priven constantemente de su sentimiento de felicidad. Las deficiencias en las relaciones conyugales, los descuidos, la frigidez, la infidelidad son sus consecuencias frecuentes. La meta del matrimonio, participar en la felicidad del otro, queda así destruida a menudo desde el principio. Pues el matrimonio no es una tierra ya edificada a la que uno se acerca, ni un hado al que uno va al encuentro, sino una tarea del presente y del futuro, una obra creadora en un tiempo que se escurre rápido, la tarea de construir valores sociales en la nada del futuro. En él solo se encontrará siempre lo que uno haya creado en él.

Hemos nombrado hasta aquí condiciones principales esenciales que deben estar en la base de un matrimonio firme y duradero. Tememos que en el ajetreo de la vida diaria algunas de estas necesidades se borren con demasiada facilidad de la memoria. Nos parece deseable buscar una fórmula más breve que, pese a su brevedad, encierre todas las tareas del matrimonio. ¿No sería esta fórmula: ser un verdadero semejante?

La decisión de casarse debería brotar por entero del afán de solidaridad humana. Pero esta decisión y el matrimonio no coinciden todavía con ese afán. Solo cuando se producen en ese sentido son capaces de resolver sus tareas en la dirección de la utilidad general. El semejante como sentido de la vida tiene que ir, pues, por delante, y el matrimonio significa entonces un paso más hacia la perfección.

Como quiera que uno se represente al semejante, siempre se topará con consignas, máximas e imperativos que dicen por lo menos: hacerse útil, pensar más en el otro que en uno mismo, hacer a los demás la vida más fácil y más hermosa. Son también los imperativos del matrimonio. Así, nuestra pregunta por el «matrimonio como tarea» se reduce a esta otra: ¿cómo se llega a ser un semejante?

Podemos pasar por alto la aptitud corporal como algo evidente. Lo mismo vale para la madurez intelectual. Faltan tan raras veces que pueden quedar fuera de la cuenta. Otra cosa es la madurez anímica. Pese a todos los esfuerzos, anda mal en la sociedad humana. La investigación de la psicología individual ha expuesto ampliamente las razones de ello. La mayoría de las personas empiezan con una mala salida.

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Un sentimiento de inferioridad demasiado grande las empuja a formas de expresión egoístas y ostentosas, en las que creen hallar su voluntad de dominio. O se entregan a un pesimismo inactivo, bajo cuya presión se mueven como frenadas. La soberbia por sentimiento de debilidad o el desaliento por ambición caracterizan su camino. Están, en el mejor de los casos, preparadas para una vida en solitario, pero nunca debidamente para una vida de a dos o en sociedad. Quien se les acerca es elegido como objeto. Tienen que fracasar en el matrimonio, porque les faltan los órganos anímicos para la vida en común.

Pero el matrimonio como tarea apunta a la integración en las exigencias de la comunidad, de la profesión y del erotismo.

[^t1]: *Durch eine längst fällige allgemeine Tradition*: literalmente, «por una tradición general vencida desde hace mucho»; se entiende que es una tradición caduca. La frase siguiente dice literalmente: «para quien comparte nuestro punto de vista, el señor de la familia ha sido». (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la tercera edición («Volksausgabe», 1926) de *Das Ehe-Buch. Eine neue Sinngebung im Zusammenklang der Stimmen führender Zeitgenossen* [El libro del matrimonio. Un nuevo sentido en el concierto de las voces de destacados contemporáneos], editado por el conde Hermann Keyserling, Celle, Niels Kampmann, págs. 314-321, digitalizada en Internet Archive. La primera edición (1925), págs. 187-195, no se ha visto. Es un texto distinto del artículo «Die Ehe als Aufgabe» (1926). Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa de la tercera edición.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos y la paginación de la edición utilizada. *Mitmensch* se traduce por «semejante» y *Mitmenschlichkeit* por «solidaridad humana»; *Zweigeschlechtlichkeit*, por «existencia de dos sexos». Las equivalencias fijas de los términos de la psicología individual se recogen en el glosario del archivo; las adiciones del traductor van entre corchetes.
