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Title: Progresos de la psicología individual
Description: Ponencia de Adler en el VII Congreso Internacional de Psicología (Oxford, agosto de 1923), publicada en dos partes en su Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie (1923-1924): la vida anímica se entiende por su meta, no por sus causas; neurosis y psicosis son formas de expresión de personas desalentadas, y el desaliento siempre es un error; lo ilustra con un caso de neurosis obsesiva y otro de locura maníaco-depresiva tratado por él, y concluye que solo está a salvo de la neurosis quien ha comprendido la igualdad de valor de todos los seres humanos.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1923-09%20Fortschritte%20der%20Individualpsychologie
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# Progresos de la psicología individual

Conferencia pronunciada en el VII Congreso de Psicología en Oxford, en agosto de 1923

Por el Dr. Alfred Adler

Siguiendo nuestras investigaciones, en el curso de los últimos años hemos llegado a desarrollar cada vez más nuestros puntos de vista, que ahora deben entregarse al público y a su examen. Esto vale en primer lugar para la concepción fundamental de la psicología individual: no son las fuerzas y los fenómenos que pueden encontrarse en la vida anímica, tal como se descubren experimentalmente o se hallan por el análisis, los que dan la comprensión de una persona. El individuo puede utilizarlos de diversas maneras o dejarlos sin utilizar. Lo que teníamos que oponer a las demás corrientes de la psicología y del conocimiento del hombre era la comprobación de que, en el mejor de los casos, nos dicen algo sobre las fuerzas existentes, pero no sobre su uso y su modo de empleo, nada sobre la dirección. Pero la vida anímica no es un ser, sino un deber ser. Por esta coacción hacia un acontecer dirigido a una meta, entra en toda la vida anímica un impulso hacia delante, y en esta corriente del acontecer todas las categorías y fuerzas anímicas existentes reciben su forma, su dirección y su modelado.

La construcción de la vida anímica humana se produce con ayuda de una teleología ficticia, mediante el establecimiento de una meta, bajo la presión de una apercepción teleológica, y así resulta al final que en todos los fenómenos anímicos volvemos a encontrar el carácter de la tendencia a una meta, en el que se ordenan todas las fuerzas, instancias, experiencias, deseos y temores, defectos y capacidades. De ahí se sigue que una comprensión real de un fenómeno anímico o de una persona solo puede obtenerse a partir de una consideración de conjunto fundada teleológicamente.

De ello se desprende que todo individuo actúa y sufre según su teleología individual, que obra como un destino mientras no la ha comprendido. Sus orígenes se remontan a la primera infancia y se muestran casi siempre influidos erróneamente por dificultades corporales y anímicas, por lo favorable o desfavorable de las primeras situaciones de la infancia.

Con esta consideración, la importancia de la causalidad para la comprensión del acontecer anímico queda limitada hasta tal punto que, si bien la presuponemos, la reconocemos insuficiente para esclarecer un enigma anímico, y más aún para predecir una toma de posición anímica.

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La meta de la vida anímica humana se convierte así en el director de orquesta, en la causa finalis, y arrastra todo lo anímicamente móvil a la corriente del acontecer anímico. Aquí está la raíz de la unidad de la personalidad, de la individualidad. Sus fuerzas podrían haber venido de dondequiera: no aquello de lo que han surgido, sino adónde van, a qué desembocan, es lo que constituye su peculiaridad. Un ejemplo lo explicará: un alto funcionario de cuarenta años padece desde su infancia impulsos obsesivos. De vez en cuando tiene que anotar con penosa pedantería, cuidadosamente, en un papel las pequeñas tareas que se propone. Al hacerlo descubre un secreto sentimiento de placer que no sabe explicarse. Pero pronto <!-- S. 2 --> este es sustituido por un violento sentimiento de arrepentimiento por haber podido perder el tiempo en tales cosas. Y entonces se echa la culpa de haber impedido con estas distracciones su progreso en la vida. Al poco tiempo se repite el mismo juego.

Según el estado actual de la experiencia individualpsicológica, tales enigmas pueden resolverse a primera vista. Vemos a este hombre, en lugar de en el camino de la comunidad, en lugar de ocupado en la solución de sus problemas, enredado en dificultades incomprendidas. Pero de paso, como un desertor, esquiva las tareas socialmente necesarias que le han sido impuestas. Sus sentimientos de culpa, lejos de mejorar su situación y la de su entorno, sus errores anteriores, solo contribuyen a empeorarla, porque lo apartan todavía más de su trabajo. Son, pues, otros medios, muy adecuados, para la deserción. Su queja conmovida, en fin, de cómo su padecimiento le estorba para progresar, no carece de un rayo de luz, pues equivale a la comprobación: «¡Todo lo que habría logrado si no hubiera tenido este mal!»

Vemos el arreglo de un escenario de guerra secundario, cuyo fin y meta es eliminar el escenario de guerra principal. Y todos los fenómenos anímicos existentes —la compulsión, los sentimientos de placer, los sentimientos de culpa, la lógica y la conducta—, burlándose de toda interpretación de su origen y de su significado original, obedecen exclusivamente a una sola tarea: esquivar, en la marcha de la vida, la solución de las cuestiones reales, ganar respecto de ellas una distancia aseguradora y conquistar la apariencia de una reserva consoladora: «Todo lo que habría podido lograr si…»

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La neurosis y la psicosis son formas de expresión de personas desalentadas. Aquel a quien se ha desvelado este conocimiento individualpsicológico evitará con razón emprender con personas desalentadas largas excursiones por los campos místicos de la psique. Incluso las conjeturas aproximadamente acertadas sobre el acontecer psíquico primario no serían nunca más que una bienvenida escapatoria para alejarse de las cuestiones vitales. Lo que, con todo, puede producirse de eficaz y provechoso en ello es, como en la terapia sugestiva e hipnótica, el aliento que emana, incomprendido (¿inconsciente?), de la ocupación humanitaria y paciente del médico.

Esta forma de aliento parcial basta en rarísimos casos y no ha de equipararse nunca a nuestro método, que hace independiente y autónomo porque elimina las causas efectivas del desaliento.

¿Así que la psicología individual da importancia, después de todo, también a las causas de un fenómeno anímico? Sí, a las del fenómeno fundamental que hay que eliminar; pero no a las de aquellos que, como medios de expresión del desaliento, solo se emplean por su utilidad, están propiamente en su sitio mientras dura el desánimo, o pueden ser sustituidos por otros.

Así pues, hablando de las causas del desaliento: ¡son siempre erróneas! ¡No existe ninguna razón plenamente suficiente para el desaliento! Solo este error nos autoriza a emprender una terapia radical de las neurosis. En el caso anterior era el padre, soberbio y dominante, el que oprimía al muchacho ya en su infancia y le robaba sistemáticamente la esperanza de prosperar. Se objetará: ¿es que todo niño puede ser desalentado? Pues bien, creo a todo educador capaz de este arte con cualquier niño, sobre todo porque la humanidad entera tiende al desaliento. Desde luego, la fuerza que hay que emplear es distinta en cada caso, y puede verse favorecida por inferioridades corporales y estorbada por circunstancias favorables. Pero la meta de este niño era superar al padre. Como no se creía capaz de ello en una aspiración abierta, se atrevió a salvar la apariencia de superioridad, buscó rodeos y encontró una salida y circunstancias atenuantes en su neurosis obsesiva.

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¿Quién es, pues, el verdadero director de orquesta, que quizá solo donde le conviene pone por delante otras metas que la suya (la conservación de sí, el hambre y el amor, la obtención de placer), y a veces también las intercambia? ¿El que mueve sus hilos en todos los fenómenos, domina todas las formas de expresión, anímicas y corporales, y las pone a su servicio? ¿Es uno solo? ¿Son varios? ¿Es acaso concebible que un individuo, un indivisible, al que sentimos y entendemos como unidad, del que podemos predecir —lo único que vale como criterio de la comprensión— cómo se comportará en una situación determinada, persiga varias metas? Nunca lo hemos encontrado. ¿Pero la double vie, la ambivalencia? ¿No se ven aquí dos metas? ¿La vacilación, la duda?

El afán de notoriedad, en sentido general el querer, nos indica siempre que en todo acontecer anímico está en marcha un movimiento que parte de un sentimiento de inferioridad para llegar a la altura. La doctrina individualpsicológica de la compensación anímica indica que cuanto más fuerte es el sentimiento de inferioridad, tanto más alta es la meta del poder personal.

Pero si el afán de notoriedad, con su meta de superioridad, es esa fuerza directora que guía todos los movimientos de los hombres, no podemos imaginárnosla como un factor sin importancia. Entonces está unida a toda nuestra vida, entonces representa un afán a vida o muerte. Y en efecto: es capaz de perturbar o suprimir nuestro instinto de conservación, nuestro deseo de placer, nuestro sentido de la realidad, nuestros sentimientos morales. Encuentra en el suicidio un camino para imponerse, dirige nuestros sentimientos de amistad y de amor, nos hace soportar el hambre y la sed y convierte el dolor, la pena, los tormentos en etapas de nuestros triunfos. Nada de lo que el hombre goza o siente y hace lo recibe con espontaneidad. «Lo bello es feo, lo feo es bello», cantan las brujas de Macbeth. Y: «la razón es astuta», declara Hegel. Cuando Sócrates vio una vez a un sofista con un manto agujereado, le gritó: «¡Joven ateniense, por los agujeros de tu manto asoma la vanidad!» ¡Modesto y vanidoso a la vez! ¿Hay aquí una ambivalencia honrada? ¿O no es más bien una finura, conducir con dos caballos en vez de uno, brillar también por la modestia? En la double vie ambos papeles se apoyan mutuamente para ayudar a alcanzar la meta de la superioridad. Así como un especulador de bolsa, según convenga, actúa unas veces en la postura del alcista y otras como bajista, ambas cosas para ganar dinero, es decir, poder. Así me respondió una vez un viejo comerciante enriquecido a mi pregunta de por qué quería seguir ganando, si podía comprar todo lo que se puede comprar: «Sabe usted», dijo, «es el poder, el poder sobre los demás.»

Como psicólogo podría seguir también otros caminos. Podría indagar las raíces psicológicas de por qué aquel sofista tenía predilección por los mantos rotos para demostrar su modestia. Pero entonces me metería en una vía muerta deseada por el sofista. Habría perdido de vista su vanidad. Lo que tengo que averiguar, más bien, es de dónde procede su vanidad.

Que al envolverse en harapos proceda en el sentido del ideal paterno o en el del llamado «complejo de Edipo», o quizá en el de ambos, o en ninguna de estas direcciones, es sin duda bastante indiferente. Tampoco los hechos que conocemos, de que uno imita al padre o actúa en contra de él, han ganado nada con una iluminación tan mistificadora.

Aquí se enlaza nuestra comprensión de la estructura psicológica de la duda. Tampoco en la duda existen dos metas distintas, sino una sola: ¡la detención! La misma consideración[^t1] vale para todos los llamados síntomas nerviosos. Como un freno encubierto, intervienen en el movimiento del progreso, lo desvían a una vía muerta y estorban el cumplimiento de exigencias a menudo formuladas por el propio sujeto.

También en estos casos encontramos como director de orquesta a la vanidad, que teme ser herida.

La meta de superioridad, puesta extraordinariamente alta en los nerviosos, forma la individualidad de cada uno, modifica su lógica, su estética y su moral <!-- S. 4 --> y le impone los rasgos de carácter, la inteligencia, la energía y los afectos correspondientes. La idea directriz de su personalidad le proporciona su peculiar modo de andar y su línea de movimiento, que atraviesa toda su vida como una melodía eterna. Solo quien conoce esta línea de movimiento entiende el sentido de cada movimiento. Si se arranca un fenómeno aislado de esta conexión, se lo malentenderá siempre. Las notas sueltas no nos dicen nada si no conocemos la melodía. Pero para quien conoce la línea de movimiento de un hombre, los fenómenos sueltos empiezan a hablar.

De ello se sigue también que los fenómenos anímicos bien entendidos pueden concebirse como preparativos para una meta de superioridad.

Sobre el origen del afán de notoriedad no tenemos en absoluto dudas. La pobreza y el desvalimiento del niño llevan regularmente a un sentimiento de inferioridad que pugna por ser redimido. Una mala educación, una situación desfavorable, debilidades corporales innatas aumentan este sentimiento de inferioridad y con él también el anhelo del niño de notoriedad y de poder. El niño encuentra en sus primeros años el patrón de su toma de posición ante la vida, conforme a su situación, a su entorno, a su valor ante la vida y a su ingenio. En la obstinación o en la obediencia, siempre aspira a la altura.

Hay en ello, conforme a la inmadurez del espíritu y de la comprensión infantiles, sitio de sobra para los errores. Más aún: como la obra humana es fragmentaria, nunca echaremos de menos, en realidad, el error. Ni en la estimación de la propia situación ni en la elección de la meta. A ello se añade que en quienes aspiran ambiciosamente nunca faltan conflictos, reveses y derrotas, porque se han alejado demasiado de la lógica de la convivencia humana, de la verdad absoluta, es decir, del sentimiento de comunidad. Pero con ello se presenta el desaliento, que siempre es un error y que, en sus diversos grados y en los aseguramientos arreglados, da lugar de nuevo a numerosos errores. Hemos comprobado que todos los nerviosos son ambiciosos desalentados y que el desaliento de los niños y de los adultos está repartido quizá por el 90 % de la humanidad.

La tarea de la educación es impedir el patrón del afán de poder y favorecer el despliegue del sentimiento de comunidad innato. El tratamiento individualpsicológico de los nerviosos, de los ambiciosos desalentados, se hace descubriendo sus errores, desmontando su afán de poder y elevando su sentimiento de comunidad.

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Podría uno inclinarse a buscar en nuestras concepciones la existencia de un patrón y creer que basta conocer este patrón, por ejemplo el sentimiento de inferioridad y sus compensaciones, para poder resolver ya todos los enigmas de la vida anímica. Pero que no se olvide entonces la infinidad de artificios y astucias, cuya variedad no es menor que la vida misma. Un hilo conductor, un guía seguro, no más: eso significan las concepciones fundamentales de la psicología individual. Cada vez hay que recorrer el camino uno mismo, aclarar la oscuridad, hasta que, como por una inspiración, la conexión se vuelve clara para el que busca y para el examinado. No se ve en absoluto a primera vista dónde actúa la meta de superioridad en el caso de la depresión, de la melancolía. Intentaremos demostrarlo en un caso de «locura maníaco-depresiva».

Un hombre de 40 años, de constitución atlética, con la nariz alargada y la cara ovalada, se queja de que actualmente ha caído ya por tercera vez en un estado de melancolía. Todo le repugna, no puede ocuparse de nada; su sueño, desde el comienzo del abatimiento melancólico hace ocho meses, está de nuevo completamente alterado, como en las otras dos fases melancólicas. Pasa el día entero y la noche sumido en la tristeza, no encuentra gusto en nada y es eróticamente del todo insensible. Todo le parece basura. En el año 1918 enfermó de manía. Le vino como una borrachera de champán. <!-- S. 5 --> Pensaba que tenía que salvar a su patria, que estaba elegido para ello, que tenía que ser regente del Imperio; intentó también entablar negociaciones, había elaborado grandes proyectos de construcciones colosales, hasta que su familia lo encerró en un manicomio. Unas semanas después cayó en un estado de depresión que duró nueve meses y transcurrió exactamente como el actual.

Apenas se sintió mejor y volvió a pensar en un trabajo regular, cuando la manía se presentó de nuevo, duró aproximadamente el mismo tiempo que la primera vez, para dejar paso luego a la fase melancólica. Casi inmediatamente después vino el tercer cuadro maníaco, al que sustituyó la melancolía actual.

La forma de expresión del desaliento completo difícilmente podrá pasar inadvertida. La trayectoria vital de este hombre ofrecía bastantes tentaciones para él y confirmaciones de él. Era hijo de una familia rica y había tenido como padrino de bautismo a uno de los más altos dignatarios del Estado. Su madre, una naturaleza artística ambiciosa, lo declaró casi desde la cuna un genio incomparable y aguijoneó su ambición en una medida inaudita. Fue muy preferido a sus otros hermanos. Sus fantasías en la infancia llegaban por eso a lo desmesurado. Lo que más le gustaba era jugar a ser general: reunía a toque de tambor a un grupo de chicos y se levantaba un otero de mando desde el que dirigía las batallas. Ya en la infancia, y más tarde en la escuela media, sentía con profundo dolor que no todo le saliera fácil y brillantemente. Desde entonces empezó a esquivar sus tareas y perdía el tiempo sobre todo en trabajos de arcilla. Veremos cómo estos juegos de la juventud se convirtieron en el punto de partida de su elección de profesión. Más tarde entró en el ejército, pero pronto dejó su puesto para dedicarse a la escultura. Como tampoco allí llegó enseguida a la fama y a los honores, volvió a cambiar de rumbo y se hizo agricultor. Como tal administró las fincas de su padre, se metió en toda clase de especulaciones y un día se encontró ante la ruina financiera completa. Cuando, por sus empresas temerarias, se le tachó de loco, abandonó la carrera y se retiró.

Entonces llegó la gran coyuntura económica de la posguerra, y todas sus empresas, iniciadas temerariamente y dadas ya por perdidas, empezaron a florecer. El dinero afluyó a la casa y lo libró de toda preocupación. También su prestigio parecía salvado. Ahora habría podido dedicarse de nuevo a un trabajo útil. Entonces estalló su acceso maníaco e impidió toda actividad. Los buenos tiempos lo encontraron ya en un estado de desaliento total.

De sus años de juventud recuerda un fuerte sentimiento de predestinación. Incluso se le acercaban pensamientos de semejanza con Dios. Sus habitaciones estaban adornadas de arriba abajo con retratos de Napoleón, que podemos admitir como prueba de su afán de poder. Cuando una vez, para ilustrarle su línea de movimiento, le señalé que llevaba un héroe en el pecho al que desde su desaliento ya no se atrevía a poner a prueba, me contó, impresionado, que sobre la puerta de su despacho había colocado una sentencia de Nietzsche que decía así: «¡Por todo lo que te es sagrado, te ruego y te conjuro: no arrojes de ti al héroe que hay en tu pecho!»[^t2]

En una de las cuestiones principales de la vida humana, la cuestión de la profesión, vemos claramente su desaliento progresivo a consecuencia de su ambición no satisfecha e insatisfacible. Podemos, si no aprobarlo, al menos comprenderlo. ¿Qué pasaba con la segunda cuestión principal, la vinculación social del hombre con el hombre? Era fácil predecir que también aquí tenía que fracasar, que su soberbia tenía que incapacitarlo para el contacto, de modo que, en general, permaneció en una posición aislada, sin hacer bien ni mal a nadie. Ni siquiera sus hermanos y sus camaradas se sentían a gusto cerca de él, como tampoco él cerca de ellos. Solo a veces, al comienzo de una nueva amistad, se mostraba un interés inicial, que pronto volvía a decaer. Conocía a los hombres solo por su lado malo y los mantenía a distancia. Esto y su meta de superioridad se mostraban también en sus agudezas satíricas, de punta afilada.

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En la tercera cuestión principal de la vida había naufragado gravemente. Probablemente no amó nunca y conocía a la mujer solo como objeto. Así sucedió que en sus años jóvenes contrajo una sífilis, a la que siguió inadvertidamente una tabes con síntomas leves. Esto contribuyó no poco a su ulterior desaliento. Ahora se veía excluido de todos los triunfos que antes había conseguido al primer asalto con las mujeres, en los concursos de esgrima, en las competiciones de natación y en las grandes ascensiones de montaña.

Así como él se había enajenado a los hombres, ahora estaba él mismo como un extraño en esta vida, que en ninguna parte le ofrecía contacto. No era capaz de reconocer su error ni de corregirlo. Sin duda se lo impedía también su orgullo, el héroe de su pecho. Así lo encontré, como un hombre que, tras un comienzo brillante, incluso fanático, había aflojado siempre en cuanto su ambición empezaba a tener miedo.

En cuanto hube reconocido el ritmo de su vida, tal como se había formado bajo la presión de su afán ambicioso, supe también que todas sus realizaciones anímicas tenían que transcurrir en el sentido de este ritmo. Para comprobarlo, me hice enseñar su letra.

> [Facsímil de la letra del paciente:] *Fest gemauert in der Erde / Steht die Form aus Lehm gebrannt*[^t3]

También aquí se ve, y sin arte grafológico de interpretación, el fuerte arranque y la continua disminución del tamaño de las letras en cada palabra.

Con igual evidencia se expresan los polos opuestos de su línea de movimiento en la elección de los temas que quería modelar. Quería crear un adorador del sol que con los brazos abiertos se tiende hacia lo más alto, y la Tristeza, que, inclinada hasta el suelo, llora una dicha perdida. Pero ni siquiera emprendió los trabajos preliminares. Su ambición seguía viva, pero se había vuelto impotente y se escondía.

Todo lo que esta ambición vuelta impotente podía todavía configurar, sobre todo habiéndose perdido el contacto con el mundo exterior, se veía en la representación de su psicosis. Esta empieza con el arranque maníaco, que quiere demostrar a gritos el valor para la realización, pero que precisamente por su ímpetu y por su contradicción con la lógica nos delata el desaliento. En la embriaguez de su ansia de poder se precipita y obliga al entorno a la corrección, a la custodia y al freno que el enfermo mismo no puede aportar, porque su ambición herida no tolera ninguna acción en el sentido del common sense.

Sigue ahora la disminución del despliegue de fuerza, por la compulsión de su línea de vida. El desaliento en la fase melancólica está a la vista. ¿Dónde está ahora la ambición? Todo es insulso. Nada puede moverlo, alegrarlo, nada actúa sobre él. Ante todo permanece frío y extraño, como, aproximadamente, ya en sus años jóvenes. La nulidad de todo lo terreno, la falta de valor de todos los hombres, de todas las relaciones humanas, es la venganza de su ambición herida, con la que se sustrae a toda acción y fuerza de los demás, negándolas.

Y cuanto más se queja de esta desvalorización, tanto más claramente la establece. En lugar de elevarse a sí mismo, rebaja a los demás. A la meta de su primera infancia, puesta erróneamente demasiado alta, la realidad le opuso dificultades insolubles. Solo en el juego, en la fantasía y en triunfos <!-- S. 7 --> conseguidos fácil y rápidamente bastaban su valor y su perseverancia. Medido con las medidas de la psicología individual, fue siempre un tipo del desalentado. Su locura maníaco-depresiva es la expresión de un desaliento más fuerte con un ritmo invariable de su línea de movimiento.

Sobre el enigma del curso cíclico de esta enfermedad seguirán próximamente algunas aclaraciones. Lo mismo respecto al tratamiento.

## Segunda parte

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Por el Dr. Alfred Adler (Viena)

Nuestra descripción del paciente maníaco-depresivo nos mostró un cuadro completamente unitario. El alto nivel que le había asignado en los primeros años de la infancia la madre que lo mimaba enturbió su mirada para la realidad, le sugirió reclamar y esperar siempre solo el primer puesto como el que le correspondía. En casa y antes de la edad escolar, más tarde también fuera de la escuela, lo logró, gracias también a la posición destacada de su familia y con ayuda de la madre, que lo prefería a los demás hermanos. Pero para la escuela, con su expectativa ambiciosa y su mala preparación para tareas que le ponían otros, y además con su falta de sentimiento de comunidad y de camaradería, estaba mal preparado. Así, pronto dejó la escuela en segundo plano y la encontró demasiado ardua. Una *enuresis* que duró largos años atestiguaba que quería ocupar con su persona a su entorno, sobre todo a su madre, *también de noche*, y revelaba su falta de independencia y su temor ante el futuro.

Cuando entró en la vida estaba mal preparado, inclinado ya a esquivar las dificultades, fácilmente desalentado ante las tareas, pero animado por una ambición enorme de ver cumplidos sin esfuerzo los sueños de dominio de su juventud y de superar sin esfuerzo, como un regalo del cielo, las expectativas que su madre tenía de su grandeza victoriosa.

Los hechos de la vida opusieron resistencia. Entonces abandonó tres veces su puesto como un vencido. Huyendo de la seriedad de un amor, cayó en las banalidades del erotismo y contrajo una sífilis. Su crepúsculo de los dioses llegó. Una tabes, una declaración de inutilidad en la guerra y la amenaza de perder la fortuna familiar por sus proyectos fantásticos paralizaron los últimos restos de su energía. Cuando, en la locura de la coyuntura de la guerra y de la paz, sus empresas cobraron contra toda expectativa nueva vida y florecieron, tenía la voluntad paralizada.

Pero la llamada a nuevas hazañas llegó a sus oídos. Incapaz de realizaciones serias, solo logró un vértigo extático, una embriaguez de la voluntad, el arranque heroico potenciado de su antigua línea directriz, que, como de costumbre, tendía a la interrupción. A la manía siguió una melancolía. Cuando esta fue remitiendo lentamente —es decir, para nosotros, psicólogos individuales: cuando su valor empezó a levantarse de nuevo, como siempre tras las derrotas—, no oyó más que palabras amables de su psiquiatra, que lo atraían al trabajo y le prometían la curación. De nuevo le llegó la llamada al trabajo, y otra vez con una preparación insuficiente, sin que lo animara el valor suficiente. Entonces estalló en él por segunda vez la manía.

Con la debida modestia, pero con decisión, queremos hacer constar que solo un procedimiento individualpsicológico habría podido impedir el segundo acceso. Este hombre no estaba enfermo solo en el tiempo de su locura maníaco-depresiva. Este *cuadro clínico* era solo la expresión forzada de su antigua línea directriz; estaba enfermo también, desalentado, aquejado de un sentimiento de inferioridad profundizado, en sus días aparentemente sanos. ¿Y así había de pasar de la retaguardia al frente de la vida?

Cuando su segunda fase melancólica había durado casi tanto como la primera, oyó hablar de un psiquiatra que destacaba especialmente la «base sifilítica» de la ciclotimia y emprendía su curación. Se sometió también a esta cura antisifilítica. Médico y paciente vieron desaparecer la melancolía. Entonces volvió a presentarse, casi de golpe, el cuadro maníaco.

Tomé a mi cargo al paciente cuando su melancolía duraba ya unos cinco meses. Por analogía con los accesos anteriores, cabía esperar el final en dos meses. <!-- S. 11 --> No me importaba que cesara la melancolía. Veía claramente mi tarea ante mí. Necesitaba más bien tiempo para corregir sus errores, su falso método de vida, la línea directriz que él mismo se había creado. *Tenía que alentar primero al paciente antes de* mandarlo a la vida, si no quería arriesgarme a un cuarto acceso maníaco. Tras una cura de tres meses el paciente se despidió de mí. Su melancolía había desaparecido; ya encontraba gusto en muchas cosas, hacía pequeñas excursiones de montaña y podía ser muy entretenido en sociedad.

Lo había tranquilizado acerca de su sentimiento de inferioridad. No se ha convertido en un partidario convencido de la doctrina individualpsicológica de la igualdad, pero había ganado visiblemente más valor y entendía y tomaba a pecho la diferencia entre el valor y los aspavientos maníacos. Desde hace un año se ha librado de nuevos accesos. Por su entorno he sabido que se encuentra bien, solo algo perezoso y malhumorado. Más allá no llega todavía su valor.

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Lo nuevo que podemos mostrar en este caso, aunque por ahora no reclamemos todavía el derecho a generalizar, es ante todo que el cuadro clínico de una enfermedad psíquica dista mucho de ser todo lo que interesa al psicólogo y al terapeuta. Hemos podido mostrar, más bien, que la enfermedad clínica está enteramente adaptada a la línea directriz del paciente, que presenta el modo de andar peculiar del paciente de sus días mejores, que tiende a la antigua meta del paciente y que ha de entenderse como un aseguramiento reforzado contra las derrotas. En este arreglo, que se produce en su mayor parte por una eliminación reforzada de las relaciones vitales normales, hasta que finalmente también las relaciones lógicas quedan afectadas y desvalorizadas con más intensidad, el antiguo sentimiento de debilidad y el desaliento del paciente llegan siempre a una expresión más fuerte. Pero así como en el gesto del miedo el individuo representa cada vez ya también los movimientos de protección y defensa, así en los éxtasis de la manía, a la vista de todos, y en las desvalorizaciones de todo lo humano en la melancolía, más ocultamente, sale a la luz la meta de superioridad.

Como segundo hallazgo importante destacamos que la enfermedad visible estalla en una fase del mayor desaliento; que este desaliento es comprensible, aunque no justificado —porque el paciente tiende desde siempre al desaliento, mientras que para el desaliento nunca hay una razón plenamente suficiente—, y que para el estallido de la enfermedad puede encontrarse cada vez también una causa subjetiva.

Como tercer hecho, el más importante para la dinámica y sobre todo para la terapia, hemos podido comprobar que ya no puede bastar con dejar que el acceso transcurra y esperar la recidiva. La tarea ha de resolverse concretamente en el sentido de que el enfermo aprenda a entender como injustificado el altísimo grado de su desánimo. Por el conocimiento de este y otros casos podemos afirmar con cierta seguridad: *¡no recidiva la enfermedad, sino el desaliento!* La preparación del enfermo para su vida futura tiene que tener en cuenta este punto de vista en la mayor medida.

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En cierto sentido, todos los neuróticos son víctimas de errores de la cultura. Estos no han surgido en absoluto por azar, sino que proceden de la construcción defectuosa de la sociedad humana. Si sacamos las últimas consecuencias de las consideraciones anteriores, sine ira et studio, como corresponde a la ciencia, tenemos que decir: *solo está a salvo del desaliento y sus fenómenos concomitantes, y por tanto también de la neurosis y la psicosis, aquel a quien se le ha revelado la igualdad de valor de todos los seres humanos en su sano juicio.* Desiguales en valor solo son las realizaciones, pero estas se componen de preparación <!-- S. 12 --> y decisión. La verdadera fuerza nunca puede sacarse solo de las disposiciones, sino de la lucha valerosa con las dificultades. ¡Quien supera, gana!

[^t1]: «Die gleiche Überlegenheit»: así en la revista; la reimpresión del *British Journal of Medical Psychology* trae «Die gleiche Ueberlegung» («la misma consideración»), que es sin duda la lectura correcta y la que se traduce. (N. del T.)

[^t2]: Nietzsche, *Así habló Zaratustra*, I, «Del árbol de la montaña»: «Aber bei meiner Liebe und Hoffnung beschwöre ich dich: wirf den Helden in deiner Seele nicht weg!». La inscripción del paciente lo parafrasea. (N. del T.)

[^t3]: «Firmemente asentado en la tierra / está el molde de barro cocido»: versos iniciales de «La canción de la campana» de Schiller. El original reproduce la muestra manuscrita en facsímil; se transcribe aquí. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original): Alfred Adler, «Fortschritte der Individualpsychologie», *Internationale Zeitschrift für Individualpsychologie* 2 (1923), n.º 1, septiembre de 1923, págs. 1-7, y «II. Teil», ibídem, n.º 3, enero de 1924, págs. 10-12 (archive.org). La primera parte se reimprimió en alemán, junto a una traducción inglesa de Cecil Baines («Progress in Individual Psychology»), en *The British Journal of Medical Psychology* 4 (1924), parte 1, págs. 13-31, y en las actas del congreso de Oxford (Cambridge, 1924). Se omiten los resúmenes en inglés de la redacción de la revista. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026), a partir del texto de la revista. Se conservan la división en secciones, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. *Geltungsstreben* se traduce «afán de notoriedad»; *Gemeinschaftsgefühl*, «sentimiento de comunidad»; *Leitlinie*, «línea directriz»; *Bewegungslinie*, «línea de movimiento»; *Schablone*, «patrón»; *Gleichwertigkeit*, «igualdad de valor». Las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».
