---
Title: Niños descarriados
Description: Conferencia de abril de 1920, recogida en Praxis und Theorie der Individualpsychologie, sobre el aumento del descarrío juvenil tras la guerra. Adler lo explica por la ambición herida, la cobardía ante la vida y el escaso sentimiento de comunidad, describe casos y bandas infantiles, critica la escuela y la justicia, y pide una cátedra de pedagogía terapéutica, consultorios de distrito y formación de los maestros en psicología individual.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1920-04%20Verwahrloste%20Kinder
---


<!-- S. 237 -->

XXVIII.

# Niños descarriados[^t1]

Conferencia de abril de 1920.

Entre las consecuencias de la guerra con que ha sido obsequiado el pueblo no ocupa el último lugar el extraordinario aumento del descarrío de la juventud. Sin duda a todos les ha llamado la atención y todos se han enterado de él con espanto; pues las cifras publicadas eran considerables y solo pueden ser superadas por la reflexión que nos dice que ni siquiera la parte menor de ello llega a nuestra conciencia, sino que una infinidad de otros casos transcurre en silencio, meses y años, hasta que por fin tenemos ante nosotros a personas a las que ya no hay que contar entre los descarriados, sino entre los delincuentes. Las cifras son grandes; el número de los que nunca aparecen en una estadística es mayor. Pues la mayor parte transcurre al principio en el círculo familiar. Se espera de día en día un cambio, se intenta también algún remedio, y como entre los descarriados hay una serie de faltas que no tienen que ver directamente con el código penal y el tribunal de menores, pero que perjudican gravemente a la familia, se encubren sin que se produzca un cambio en el ser del descarriado. Ciertamente, no es oportuno perder la esperanza frente a los errores y faltas de la juventud, aunque, dado el conocimiento extraordinariamente deficiente y la incomprensión con que por lo general se la afronta, no está justificada demasiada esperanza. Pero hay que destacar que en la línea de desarrollo de todo ser humano, sobre todo en la juventud, no todo transcurre según normas ideales, sino que a menudo se producen desviaciones, y si recordamos nuestra propia juventud y la de nuestros compañeros, tendremos ante los ojos una gran abundancia de faltas, también de niños que más tarde han llegado a ser personas medianamente capaces o incluso eminentes. Hasta qué punto están extendidas las faltas en la juventud puede mostrárselo a ustedes una rápida ojeada. Ocasionalmente he hecho, con tacto, encuestas en clases escolares que no podían herir a nadie en particular. En una hoja de papel, que no debía llevar nombre, se respondía a las preguntas de si el niño había mentido o robado alguna vez, y por lo general el resultado era que todos los niños admitían pequeños hurtos. Interesante fue un caso en que también la maestra participó en las respuestas y recordó asimismo un robo propio. ¡Consideren ustedes ahora la complicación de esta cuestión! Uno tiene un padre indulgente y comprensivo que trata de entenderse con él, y en muchos casos lo consigue. El otro, que <!-- S. 238 --> quizá ha hecho exactamente lo mismo, solo que de manera más llamativa, más torpe, más hiriente, recibe en seguida todo el peso de la disciplina doméstica, y se cultiva en él la convicción de que es un delincuente. Así no puede extrañarnos que la diferente medida del juicio conduzca a desenlaces diferentes. Es el peor de todos los malos principios de la educación predecirle a un niño que no llegará a nada o que tiene naturaleza de delincuente, opiniones que conducen al reino de la superstición, aunque también hay eruditos que hablan de delincuentes natos. Con ello hemos llegado al punto en que la educación corriente no conoce medio alguno para acabar con el descarrío incipiente o avanzado. Esto no debe sorprendernos, porque se trata aquí de procesos de la vida anímica infantil cuya comprensión está de momento limitada a un círculo extraordinariamente pequeño.

Cuando hablamos de descarrío, solemos pensar en los años de escuela. Pero el investigador experimentado podrá mostrar una serie de casos cuyo descarrío se ha consumado ya antes de la edad escolar. No siempre puede atribuirse a la educación. Ténganlo presente los padres: por diligentes que sean en su obra, aquella parte de la educación de la que nada saben ni advierten, que penetra desde otros círculos, aquella educación que influye en el niño sin que ellos lo sepan, es mucho mayor que la influencia de la educación consciente. Son en realidad todas las circunstancias, todas las condiciones de la vida y del entorno las que envían sus ondas hasta el cuarto de los niños. Al niño le alcanza la dureza de las condiciones de trabajo del padre, nota la hostilidad de la vida aunque no se hable de ella. Se formará una opinión con medios insuficientes, con concepciones infantiles, con experiencias infantiles. Pero esta visión del mundo se convierte para el niño en norma de conducta; en toda situación tomará por base esta visión del mundo y sacará las aplicaciones correspondientes. Estas son en su mayor parte erróneas, porque se trata de un niño inexperto, cuya lógica no está desarrollada, que está expuesto a conclusiones equivocadas. Pero consideren ustedes la poderosa impresión que recibe un niño cuyos padres viven en una vivienda mala y en una situación social oprimida, frente a la de un niño en quien este sentimiento de la hostilidad de la vida no se hace tan patente. Estos dos tipos son tan distintos que a cada niño se le puede ver en el habla, e incluso en la mirada, a cuál de ellos pertenece; y el segundo tipo, que se hace más fácilmente amigo del mundo porque no sabe nada de sus dificultades o las supera con más facilidad: ¡qué distinto se plantará en la vida, con confianza en sí mismo y con valor, y cómo se reflejará esto en la postura del cuerpo! He investigado en niños de los distritos proletarios a qué es a lo que más temen: *casi todos a los golpes.* Es decir, a vivencias que se desarrollan en la familia. Tales niños, que crecen en el miedo al padre fuerte, al padre adoptivo, a la madre, tienen el sentimiento de la ansiedad hasta la edad adulta, y hemos de constatar que, por término medio, el proletario no da la impresión de amistad con el mundo que da el burgués, que es más animoso que aquel. Y no poco de este hecho lamentable se debe a que ha crecido en el miedo a la vida y a las palizas. Es el veneno más dañino predisponer a los niños al *pesimismo*; conservan <!-- S. 239 --> esta perspectiva para toda la vida, no se atreven a nada y se vuelven indecisos. Conseguir entonces una actitud animosa exige mucho tiempo y esfuerzo. — Los niños de los distritos acomodados respondieron a aquella pregunta, a qué temían, casi siempre: a los deberes escolares. Esto muestra cómo no los asustan las personas ni su propio ambiente, sino cómo se ven en medio de la vida, donde hay tareas y trabajos a los que temen, lo cual, por cierto, nos permite también sacar conclusiones sobre una situación escolar insostenible, que despierta miedo en los niños en lugar de educarlos para una vida alegre y animosa.

Ahora, el descarrío antes de la edad escolar. No nos sorprenderá que, bajo los estados de ánimo excitados que pueden suscitarse en los niños por relaciones perturbadoras de cualquier clase, por ejemplo porque cogen miedo a la vida, porque consideran al prójimo como enemigo, etc., el niño haga los más incansables intentos de hacerse valer, de no aparecer como el don nadie en que tan a menudo se trata de convertir a los niños. Es uno de los principios más importantes de la educación tomar al niño *en serio*, considerarlo *de igual valor*, no rebajarlo, no abrumarlo con burlas, no tomarlo a broma, porque el niño recibe todas estas manifestaciones de quien tiene enfrente como algo opresivo y no puede recibirlas de otro modo, igual que el más débil siente siempre de otra manera que aquel que se encuentra en la cómoda posición de quien posee superioridad intelectual o corporal. Ni siquiera podemos decir con exactitud hasta qué punto se ve afectado un niño por no poder realizar logros cuya realización puede admirar a diario en los padres y en los hermanos mayores. Hay que tenerlo en cuenta, y quien se haya acostumbrado a leer en el alma de los niños notará que tienen una extraordinaria *avidez de poder y de valer*, de una conciencia de sí acrecentada, que quieren tener efecto, presentarse como factores importantes, y el *pequeño fanfarrón*[^t2] no es más que un caso especial entre ellos, a los que se ve por doquier luchar por el poder. Las diferencias se explican pronto. En un caso el niño vive en armonía con los padres; en el otro, en cambio, cae en una actitud hostil y se desarrolla en oposición a las exigencias de la vida social, solo para no hundirse con la conciencia de que: «Aquí no soy nada, no valgo nada, se pasa por encima de mí». Si se llega a este último desarrollo, a que los niños, en el sentimiento que irrumpe de su nada, de su importancia que se hunde, se defiendan —*y todos se defienden*—, entonces pueden aparecer también temprano los fenómenos del descarrío. Una vez vi a un monstruo de 5 años que había matado ya a 3 niños, y el crimen se había consumado en esta niña, algo retrasada mentalmente, del modo siguiente: la niña —era en una localidad del campo— buscaba a niñas más pequeñas, se las llevaba a jugar y en el juego las empujaba al río. Solo a la tercera vez se dio con la autora. Por lo llamativo de los hechos se la internó en un manicomio. La niña no mostraba rastro alguno de reconocer la abyección de sus actos. Lloraba, sí, pero pasaba en seguida a otra cosa, y solo con esfuerzo se pudo averiguar algo más preciso sobre los hechos y los motivos. Durante 4 años había sido la menor entre puros hermanos varones y había sido bastante mimada. Luego llegó <!-- S. 240 --> una hermana, y la atención de los padres se volvió hacia la menor; como mayor, ella tuvo que quedar un poco relegada. Pero no lo soportó y concibió un odio contra su propia hermana menor, al que sin embargo no podía ceder porque la pequeña estaba siempre cuidadosamente vigilada, y quizá porque comprendía que habría sido muy fácil descubrirla. — Entonces su odio se desplazó, generalizándose, a todas las niñas más pequeñas, que eran sus supuestas enemigas. En todas veía a la hermana menor por cuya causa ya no se la mimaba como antes. Y desde este estado de ánimo llegó en su odio hasta el punto de matar. Los intentos de llevar a tales niños por buen camino en poco tiempo fracasan a menudo *a causa de su inferioridad mental*, que es más frecuente de lo que se cree. Aquí no queda sino prepararse para un largo tiempo y, con especial tacto educativo, en una especie de adiestramiento, volver a hacer al niño apto para la vida. Pero estos casos, que son extraordinariamente frecuentes, son menos interesantes a causa de la inferioridad mental, y podríamos resignarnos a ellos como a un triste capricho de la naturaleza, porque se trata precisamente de niños que nunca encajan del todo en la sociedad humana. La gran masa de la juventud descarriada está libre de inferioridad mental. Al contrario, se encuentran a menudo entre ellos niños extraordinariamente dotados, que durante un tiempo han avanzado muy bien y han desarrollado capacidades hasta cierto punto, pero que, *una vez que han fracasado, no pueden sobreponerse al fracaso en una línea principal de la vida humana.* Cada caso muestra los rasgos de carácter regulares: *una ambición extraordinariamente desarrollada, que permanece encerrada en el interior; susceptibilidad ante las postergaciones de toda clase; cobardía, que no consiste en la simple huida, sino en escabullirse ante la vida y sus exigencias de validez general.* Con estos pocos trazos se puede dar una imagen de la conexión: solo un niño ambicioso es capaz de retroceder ante una tarea que amenaza superar sus fuerzas y de tomar otro camino, como si quisiera ocultar la debilidad. Este es el curso habitual del descarrío en la escuela. Encontramos siempre *que el descarrío está relacionado con un fracaso* que lo precede o que amenaza. El fenómeno del descarrío consiste al principio en evitar la escuela. Los novillos tienen naturalmente que ocultarse, y al principio se llega a falsificar justificantes y firmas. ¿Pero qué ha de hacer el niño con el tiempo libre? Hay que buscar una ocupación. De ahí resulta por lo general una *unión de varios* que han emprendido la misma línea, a los que oprime el mismo destino. Ahora bien, son siempre niños ambiciosos, que querrían desempeñar un papel, pero que ya no se creen capaces de satisfacer su ambición en la línea principal. Buscan, pues, actividades que los satisfagan. Siempre se encuentra uno u otro que es el más apto para cabecilla, y se instala la competencia de los ambiciosos. Cada uno tiene una ocurrencia sobre lo que se podría hacer. A imitación de las formas de los mayores, tienen un «honor profesional» de descarriados. Se esfuerzan por idear hazañas y llevarlas a cabo con maestría, pero siempre con astucia y perfidia, porque no se atreven a proceder abiertamente —una consecuencia de su cobardía—, para su gloria ante sus compañeros descarriados. Si <!-- S. 241 --> uno entra una vez por este camino, la cosa sigue y sigue. A veces caen en la banda deficientes mentales. Se burlan de ellos y los zahieren, con lo que su orgullo se espolea todavía más, y se deciden a hazañas especiales. *O bien vienen de casa acostumbrados a un adiestramiento determinado*, están adiestrados en la obediencia, se les dicta: *ellos lo ejecutan.* Ocurre a menudo que uno idea la fechoría y el más joven, inexperto, deficiente, la emprende. Paso por alto otras tentaciones, aunque también habría que hablar de ellas, por ejemplo los malos libros o el cine, que solo en esta fase actúan bien como hilo conductor. El cine no podría sostenerse en absoluto si la habilidad y la astucia especial de sus representaciones, sea de los delincuentes, sea de los detectives, no estimularan a los espectadores. En la sobrestimación de la astucia se muestra igualmente la cobardía ante la vida. La formación de bandas es tan frecuente que siempre se piensa en ella cuando se habla de descarriados. Pero también el descarrío individual es frecuente. El destino de una vida así se parece del todo al que acabamos de describir, solo que los motivos inmediatos parecen ser otros. Retengamos que en los descarriados descritos su destino germina *cuando han sufrido una derrota o cuando esta los amenaza.* Exactamente lo mismo ocurre en los descarríos individuales. Los casos más sencillos, casi inocentes, obedecen a la regla exactamente igual que los más graves: siempre es la herida de la ambición personal, el miedo a ponerse en ridículo, un sentimiento de hundimiento en su afán y en su conciencia de poder, lo que da ocasión para *escapar hacia una línea secundaria*; es como si estos niños se hubieran buscado un *escenario de guerra secundario*.[^t3] A menudo se muestran bajo la forma especial de la pereza, que no ha de considerarse como innata ni como mala costumbre, sino *como medio de no tener que someterse a prueba alguna.* Pues el niño perezoso siempre puede invocar la pereza: si suspende un examen, la culpa es de la pereza, y prefiere achacar su derrota a la pereza antes que a una incapacidad. Ahora el niño tiene que *procurarse su coartada*, como un delincuente experimentado; tiene que demostrar en todo momento, por la pereza, por qué ha suspendido, y lo consigue; está cubierto por su pereza, y su situación anímica, en lo que toca al cuidado de su ambición, ha mejorado.

Conocemos los males de la escuela. Las clases abarrotadas, la formación inadecuada de algunos maestros, a veces también la falta de interés de los maestros, que sufren tanto bajo sus condiciones de vida que no se puede esperar más de ellos, pero sobre todo *la oscuridad que se extiende sobre estas complicaciones anímicas*: estas circunstancias hacen que hasta ahora existan entre maestro y alumno relaciones tan desoladoras como en ningún otro lugar de la vida. Si el alumno comete una falta, recibe un castigo o una mala nota. Sería como si alguien se rompiera la pierna y el médico llamado constatara: «¡Tiene usted una fractura de pierna! ¡Adiós!». No es así como se entiende la educación. Los niños, en estas malas condiciones, se ayudan ciertamente a menudo a sí mismos, ¡pero con qué lagunas siguen su peregrinaje! Hasta que llegan a un punto en que los pecados son tan grandes que se atascan. Hay que haber visto qué penosamente avanza entonces el mejor niño, cómo, a consecuencia de las dificultades acumuladas, se despierta la penosa conciencia <!-- S. 242 -->: «¡No puedes lo que los demás consiguen!», ¡cómo se hiere y se irrita su ambición! Muchos salen adelante, pero otros abren el escenario de guerra secundario.

El descarrío individual se produce, pues, del mismo modo. También aquí sobresale el sentimiento de inferioridad, de insuficiencia, de menosprecio. Recuerdo a un muchacho, hijo único de sus padres, que dedicaban mucho esfuerzo a la educación. Ya a los 5 años tomó como una grave ofensa que se cerraran los armarios cuando los padres salían, y solo así llegó a procurarse una llave falsa y a saquear los armarios. Su afán de independencia lo había empujado a este camino, y desarrolló su afán de poder frente a los padres en contra de la ley de la comunidad, y hasta hoy —tiene 18 años— comete hurtos domésticos de los que los padres creen que llegan a enterarse todos. Cuando el padre le dice a menudo: «¿Pero de qué te sirve? ¡Cada vez que robas, lo descubro!», el muchacho tiene el orgulloso sentimiento de que el padre no se entera ni de la vigésima parte, y sigue robando con la convicción de que basta con ser lo bastante listo. Aquí ven ustedes la tan frecuente posición de lucha del niño contra el padre y la madre, que lo empuja a acciones de cualquier clase contra la moral de la comunidad. También de adulto se procurará el joven las ayudas y apoyos anímicos que le permitan seguir cometiendo su fechoría sin remordimientos. El padre es un gran comerciante, y aunque el hijo no tiene acceso a los negocios, sabe sin embargo muy bien que el padre practica el *Kettenhandel*,[^t4] y cuando habla con alguien califica de injustos los ataques de su padre, porque este hace lo mismo que él a mayor escala. Aquí vemos de nuevo la educación del entorno, de la que los padres no saben nada.

Un caso más, de medios proletarios. Un muchacho de 6 años, hijo ilegítimo, es recogido en casa por la madre, que entretanto se ha casado. El verdadero padre está en paradero desconocido; el padrastro, en cambio, es un hombre mayor, gruñón, que, sin interés por los niños, está sin embargo apegado con ternura a su propia hija, la acariciaba y le traía golosinas, mientras el muchacho mayor podía mirar. Un día desapareció sin dejar rastro una suma de dinero bastante grande de la madre. Pero poco después, con nuevas pérdidas, ella se dio cuenta de que el hijo era el ladrón y de que empleaba las sumas en comprar golosinas, que a veces compartía con compañeros, esto último seguramente para destacar. Ven ustedes también aquí el escenario de guerra secundario, dotado de la vieja tarea principal de imponerse victoriosamente, de ganar prestigio. Así ocurrió varias veces; siguieron escenas de palizas, pues el padre no lo trataba con miramientos; vi al niño con verdugones, arañado y magullado por todo el cuerpo. A pesar del castigo de los golpes, los robos, naturalmente, no cesaron. La madre fue ciertamente torpe al facilitarle los robos, pero ¿cuántos padres se muestran hábiles en tales casos? El esclarecimiento de este caso mostró que el muchacho había estado al cuidado de una campesina de cierta edad; en sus recorridos por los pueblos de alrededor ella lo llevaba siempre consigo y le daba de vez en cuando golosinas. Ahora el muchacho llega a la nueva situación: se encuentra extraordinariamente desfavorecido en comparación con antes. A la hermanita se la mima y se la obsequia con golosinas, a él no; a ella se la atiende y se la honra, a él no; en la escuela era muy formal.

<!-- S. 243 -->

Ya lo ven: como bajo una coacción, su falta se muestra *precisamente allí donde estaba su enemigo.* Así ocurre en muchos casos: que el *descarrío actúa como un acto de venganza*, que proporciona al niño un alivio anímico.

Hay que constatar todavía una cosa: no son faltas activas y valerosas las que cometen los descarriados, salvo cuando actúan en número mayor, lo que nos remite de nuevo a su cobardía. El delito principal es el robo, que hay que calificar de delito de cobardía.

Si queremos reconocer con claridad toda la conexión y la posición de estos niños ante la sociedad, vemos dos cosas: 1. su ambición es un signo de su afán de poder y de superioridad, y por eso buscan su valer en un terreno distinto de la línea principal cuando esta se les cierra; 2. su relación con los seres humanos es de algún modo pobre; no son buenos compañeros de juego, no se integran fácilmente en la sociedad, tienen algo de solitarios ensimismados, no tienen contacto con el mundo que los rodea; a veces, del amor a los suyos no queda más que la apariencia o la costumbre, a menudo falta también esta, e incluso llegan a agredir a la familia. Desempeñan el papel de personas cuyo sentimiento de comunidad ha padecido carencia, que no han encontrado la relación con los seres humanos, y ven al prójimo como algo hostil. También los rasgos de desconfianza son en ellos muy frecuentes; están siempre al acecho por si el otro va a aprovecharse de ellos, y a menudo he oído decir a tales niños que hay que ser «espabilado», es decir, superior a los demás. La desconfianza se insinúa en todas las relaciones y hace que las dificultades de la convivencia aumenten sin cesar. La astucia cobarde les nace por sí sola de su falta de confianza en sí mismos.

Cabe preguntarse ahora si el afán de poder y el sentimiento de comunidad deficiente constituyen resortes distintos. Desde luego que no: son solo dos caras de la misma actitud psíquica. *Bajo un afán de poder exacerbado tiene que sufrir, en efecto, el sentimiento de pertenencia común.* Quien está poseído por aquel solo piensa en sí mismo, en su poder y en su valer, y deja a los demás de lado. Si se logra desarrollar el sentimiento de pertenencia común, se tiene la mejor salvaguardia contra el descarrío.

Nos atormenta la preocupación de qué habría que hacer hoy, en esta época de descarrío acrecentado. Naturalmente, sería justo y razonable intervenir lo antes posible. Ya en los tiempos más pacíficos la sociedad burguesa no logró dominar el descarrío y el delito. Solo podía castigar, vengarse, a lo sumo intimidar, pero no resolver el problema. Podía mantener alejados a los descarriados; y consideren ustedes ahora el duro destino de las personas cuyo aislamiento basta por sí solo para llevarlas al delito, que son delincuentes precisamente *porque han perdido la relación con los demás*. ¡Así salen de ellos delincuentes habituales! Es también un gran mal que durante el tiempo de la instrucción se junte a los niños descarriados con otros de su misma clase o incluso con delincuentes.

Hay que contar con que aproximadamente el 40 % de los delitos queda sin descubrir. Pero entre los descarriados es todavía peor. Hace poco fue condenado un joven asesino del que solo su de<!-- S. 244 -->fensor sabía que se estaba juzgando ya su segundo asesinato. Cuando estas personas se reúnen, conversan sobre cuántas veces no fueron descubiertas. Esto dificulta naturalmente la lucha contra el delito y da más bien a los delincuentes un valor siempre renovado.

Pero se ve también el mal en el modo de tomar posición de la sociedad. Tribunales y policía trabajan sin éxito, porque para ellos entran siempre en consideración otras cuestiones que las que actúan de raíz. Para remediarlo hace falta, en primer lugar, que el aparato oficial se vuelva otro, más humano. Hay que crear establecimientos que devuelvan a la vida a estos niños descarriados, que no los aíslen de la sociedad, sino que los hagan inclinarse hacia ella. Esto solo se logra si se tiene plena comprensión de su peculiaridad. No es admisible que cualquiera (por ejemplo, un antiguo oficial o suboficial) obtenga un puesto directivo en un establecimiento para descarriados porque tiene influencias. Solo pueden entrar en consideración personas cuyo sentimiento de comunidad esté muy desarrollado y que tengan comprensión para los que se les confían. Hay que tener muy presente el núcleo de mi exposición: que en una sociedad en la que cada uno es enemigo del otro —toda nuestra vida económica induce a ello— el descarrío es inextirpable. Pues el descarrío y el delito son *productos de la lucha por la existencia* tal como se libra en nuestra vida económica. Su sombra cae temprano en el alma del niño, quebranta su equilibrio, fomenta su megalomanía y lo vuelve cobarde e incapaz de colaborar.

Para contener y eliminar el descarrío[^t5] sería necesaria una cátedra de pedagogía terapéutica, y no se entiende que falte todavía hoy. La verdadera comprensión de los descarriados es muy pobre en todas partes. Todo el que esté encargado de alguna función en esta cuestión debería estar obligado a formarse en esta escuela. Debería ser un organismo central al que pudiera acudirse en todos los asuntos relativos a la prevención y la lucha contra el descarrío.

Además, habría que crear por distritos consultorios para los casos leves. Para los casos graves, deberían mostrar a los familiares el camino que estos nunca encuentran por sí solos.

Por último, también habría que familiarizar a los maestros con la psicología individual y la pedagogía terapéutica, para que sean capaces de reconocer ya al principio los signos del descarrío, de intervenir para ayudar o de salir al paso del mal que se avecina, en germen, con tacto y con amor. Una escuela modelo debería servir además para la formación práctica del personal auxiliar.

[^t1]: *Verwahrloste Kinder*: niños en estado de *Verwahrlosung*, es decir, de abandono o desamparo moral que los lleva a la conducta asocial y a la delincuencia juvenil. Se traduce *verwahrlost* por «descarriado» y *Verwahrlosung* por «descarrío». (N. del T.)

[^t2]: *Gernegross*: el niño que quiere parecer mayor e importante, el «pequeño fanfarrón». (N. del T.)

[^t3]: *Nebenkriegsschauplatz*: la metáfora militar es del original. (N. del T.)

[^t4]: *Kettenhandel*: «comercio en cadena», la reventa especulativa de mercancías escasas a través de sucesivos intermediarios, perseguida como delito en Austria y Alemania durante la guerra y la posguerra. (N. del T.)

[^t5]: El original dice literalmente «de los descarriados» (*der Verwahrlosten*). (N. del T.)

---

*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Verwahrloste Kinder» (conferencia de abril de 1920), en *Praxis und Theorie der Individualpsychologie*, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XXVIII, págs. 237-244. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo; las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».
