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Title: La psicología individual de la prostitución
Description: Capítulo de Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920) en el que Adler analiza la prostitución como formación de compromiso de una sociedad que la produce y la condena a la vez, y estudia el «círculo» de la prostitución (clientes, rufianes y prostitutas) como personas que buscan, ante las tareas de la vida, triunfos fáciles y un ilusorio sentimiento de superioridad, con la mujer reducida a medio.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1920%20Die%20individuelle%20Psychologie%20der%20Prostitution
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<!-- S. 228 -->

XXVII.

# La psicología individual de la prostitución

## I. Presupuestos y puntos de vista del juez crítico

En la vida, igual que en la ciencia investigadora, se puede hacer continuamente la experiencia de que la discusión de las cuestiones más sencillas, y también de las más importantes, se diluye a menudo sin provecho, y no por otra razón que porque la consideración, la selección y la ordenación de las razones y contrarrazones más acentuadas se hacen desde un punto de vista preconcebido, pero por lo general no examinado. Entonces no es tanto la agudeza del adversario como su atención orientada de otro modo la que le permite plantear o refutar objeciones, aportar o valorar material y estadísticas, o hacer valer nuevos puntos de vista. Por mucha imparcialidad que uno quiera atribuirse o mantener, solo la *acentuación* consciente y crítica *del propio punto de vista*, la derivación de toda valoración de un pro y un contra a partir de esta perspectiva, nos da la aptitud científica para la investigación y la discusión, del mismo modo que nos ofrece también la posibilidad de un desarrollo sistemático de nuestros presupuestos. Si se omite esta aclaración, el espíritu investigador gira de tal modo en círculo que al final cree reconocer con seguridad lo que al principio, solo conjeturándolo, había *presupuesto* en su investigación. Cómo pueden emplearse tendenciosamente para esta empresa todos los medios auxiliares se ha señalado a menudo, con acierto, a propósito de la *estadística*.

Para delimitar antes debidamente nuestro campo, queremos subrayar que por *prostituidos entendemos aquellas personas, por lo general de sexo femenino, que admiten el comercio sexual con el fin de ganarse la vida*. Considerada desde el punto de vista de la pertenencia social de los hombres entre sí, la profesión de la prostitución aparece como una institución lucrativa que se basa en que, *en lugar de las múltiples y grandes responsabilidades de una unión sexual, exige un equivalente en dinero, a semejanza de una operación comercial*.

De esta concepción se deriva inequívocamente el presupuesto, que habrá que mantener en adelante, de que la sociedad humana, por tiempos de momento imprevisibles, ha dado al trato entre los sexos formas determinadas y lo ha dotado de aquellas responsabilidades que se han encontrado aptas y necesarias, y se han puesto a prueba, para la subsistencia de esa misma sociedad. Algunas de ellas, la duración de la unión <!-- S. 229 --> y el cortejo en la vida amorosa, parecen formas fijas. Si destacamos además la obligación, libremente asumida, de la camaradería, de la fundación de una vida familiar y la exigencia de la dignidad por ambas partes, comprendemos fácilmente cómo todas estas consecuencias, que aparecen a la vez que el comercio sexual, resultan ser las exigencias evidentes de esa misma sociedad, que trata de asegurar con estos métodos su subsistencia.

Esta consideración está también en plena consonancia con las reflexiones históricas, jurídicas y sociológicas. Más aún: es también la única concepción que nos permite comprender por completo *el problema ético* de la prostitución, la vieja cuestión, hasta ahora no resuelta, de por qué *la sociedad, a un fenómeno que ella misma produce y tolera, lo marca sin embargo permanentemente como infame o incluso lo castiga*. Y, sobre la base de nuestra consideración, comprendemos *que la sociedad humana ha creado en la prostitución una formación espuria, una salida de emergencia, una* ***salida*** *en el apuro de las dificultades que sobrevienen, a la que se ven condenados numerosos miembros del pueblo, pero que esa misma sociedad, por sus fines orientados en otra dirección, tiene que cubrir con el anatema de la moral.*

## II. El público y la prostitución

En correspondencia con esta estructura social —formación de compromiso en el peor sentido de la palabra, puesto que dos tendencias opuestas de carácter social dan forma y figura a la prostitución: la condena y el fomento—, la psicología del *meretricio público como fenómeno de masas* se reflejará en las cabezas de un modo muy peculiar, y la actitud de cada persona ante esta cuestión estará esencialmente condicionada por su toma de posición ante la cuestión previa: hasta qué punto afirma o niega las exigencias inmanentes de nuestra vida social actual. La posición de una persona ante la cuestión de la prostitución nos instruirá mejor sobre su actitud ante las exigencias de la vida en común,[^t1] nos dará una imagen más clara de su inserción social de lo que ella misma podría darla por lo general. Así, el burgués satisfecho y contento habrá incorporado en general a su visión del mundo, como presupuesto «evidente», el ideal social del *matrimonio legítimo atemperado por la prostitución*. Quien profesa ideas conservadoras, quien se preocupa por la conservación de la célula del Estado, la familia, y sobre todo quien aspira al fortalecimiento y al aumento de la población, pondrá lógicamente la mira en los inconvenientes de la prostitución. Por otra parte, la tendencia que aspira a la disolución de la familia puede considerar con más suavidad la naturaleza y la importancia de la prostitución, y posiblemente exigir su cultivo.

Si ya estos tipos apenas pueden separarse nítidamente y captarse de manera dogmática, el nexo social se nos escapa tanto más fácilmente cuanto menos nítidamente destacan ellos mismos de forma consciente su propia posición ante el problema social. Más aún: en tales investigaciones nos veremos obligados casi siempre a calcular la actitud de las personas consideradas ante la vida en común con independencia de sus propias declaraciones. Esta necesidad existe quizá en grado aún mucho mayor respecto de <!-- S. 230 --> la *actitud ante el otro sexo*, de la que se deriva *inmediatamente* la posición ante el problema de la prostitución.

Nuestra investigación sobre los presupuestos falseadores de todos los que juzgan la prostitución nos muestra, pues, en líneas generales, 3 grupos de prejuicios que, al seguir desarrollando sus puntos de vista, conducen a tomas de posición sin valor, estériles o dañinas en cuanto se intenta derivar de ellas consecuencias prácticas.

El *primer grupo* comprende en general a aquellos autores, jueces y profanos que, apartados del mundo y misántropos, han dejado ya de colaborar seriamente en el progreso de la cultura. En correspondencia con su posición ante la vida, que nunca han captado lógicamente, sino que más bien se expresa en su actitud sentimental, no pueden ver en la prostitución más que la prueba de lo reprobable de todo lo existente, y su posición personal destacará cada vez más, en el llamado «mal necesario», el mal, contando por lo general con defectos innatos de la naturaleza humana y subrayando de manera hostil la inutilidad de todo esfuerzo humano. O bien la esterilidad de este punto de vista supersticioso es relevada por una condena vehemente revestida de crítica ética, moral o religiosa. Pero si dirigimos la mirada a la concepción que sostenemos, según la cual la posición de cada uno en la cuestión de la prostitución —*como cuestión integrante*— depende de la solución de la cuestión previa, de su posición ante la sociedad, encontraremos que todo su patetismo solo sirve a su punto de vista prevenido, y que todo moralizar no ha sido capaz hasta ahora de eliminar la prostitución. Tampoco pudieron hacerlo las medidas coercitivas. Pero comprendemos la inutilidad que hasta ahora han tenido todos los esfuerzos en contra si vemos que la sociedad humana necesita y produce de sí misma *precisamente una forma tal de la prostitución* en la que unos ejercen una influencia favorecedora y los otros la frenan o la condenan. A este punto de vista de compromiso responden también las medidas legales correspondientes y la moral social media.

Pero por mucha imparcialidad con que se considere la naturaleza de la prostitución, siempre se encontrará que solo puede surgir de condiciones humanas que no ven contradicción alguna en *considerar a la mujer como medio para el placer sexual, como objeto, como cosa del hombre*. Dicho de otro modo: el hecho de la prostitución solo es posible en una sociedad que se ha fijado como meta, sin más, la satisfacción de las necesidades *del hombre*. Por eso es también comprensible que, por parte de las feministas y de los defensores de los derechos de la mujer, la prostitución se sienta y se combata como una ofensa a la mujer. También a este punto de vista, que no nos resulta antipático, le es propio aquel presupuesto inconsciente del que se habló más arriba: la intención de la revuelta, del derrocamiento del orden social existente con sus privilegios masculinos.

Por último, el vínculo inseparable entre dos cuestiones de la humanidad —prostitución y enfermedad venérea— hace que también por parte de los higienistas, los amigos del pueblo y los nacionalistas haya que esperar fuertes ataques contra la existencia de la prostitución. En particular vemos aparecer tales esfuerzos cuando se trata de naciones pequeñas y amenazadas que aún reúnen fuerza suficiente para asegurar el <!-- S. 231 --> excedente de nacimientos como garantía de su subsistencia. Si se examina también la relación de estos círculos con las condiciones existentes, se encontrará también en ellos, aunque en grado moderado, tendencias determinantes que aspiran a una transformación, a menudo radical, de la vida social.

Si se pregunta por la historia de la sociedad[^t2] que se declara plenamente conforme con la existencia de la prostitución, la encontraremos naturalmente en aquellos círculos que conciben el estado actual de la cultura humana como apto e inmutable. Es aquella capa grande y compacta a la que, en arrebato romántico, se suele llamar los filisteos medios. Como forman la mayor parte de los habitantes de la ciudad y del campo, su modo de ver pasa también a sus autoridades y órganos administrativos, que cuentan entonces a su vez con la prostitución como con una institución inmutable y libran a lo sumo con medio celo la lucha contra las enfermedades venéreas. A ellos se suman además un número bastante grande de médicos y de padres que, con la esperanza de poder evitar emociones más fuertes a sus protegidos, abogan, en una especie de convicción fetichista de lo sexual, por el comercio sexual regular de la juventud, es decir, por la visita a las prostitutas.

Tampoco a estos grupos de adeptos les falta el desprecio de la prostitución. Más aún: llegan incluso a combinar el desprecio inhumano de la persona de una prostituta con la recomendación de mantener comercio sexual con ella. Reflejan así con la mayor fidelidad la psicología de una cultura que no puede prescindir de la prostitución envilecida como complemento de su sistema —reproducción dificultada de la sociedad—.

Con todo, hay un cierto número de tipos cuya estructura anímica siente la prostitución como una necesidad. Podemos prescindir aquí por completo de los médicos antes mencionados y de ciertos padres que creen eliminar conflictos más graves de sus protegidos remitiendo a los jóvenes *a la línea de menor resistencia*. Tan estériles como sus intenciones nos parecen los intentos de los que acaban de salir de la edad infantil de querer demostrar sin esfuerzo, con prostitutas, las prerrogativas de su hombría en fermentación. Pero en su estructura anímica vibran ya aquellas cuerdas cuyos sonidos percibimos con más claridad en *tres grupos de personas* cuya relación con la prostitución es tan íntima que solo comprendemos el problema psicológico de la prostitución cuando hemos captado la psicología individual de estas personas.

## III. El círculo de la prostitución

Estas tres categorías de personas, que vamos a considerar ahora, son:

1. *Los que necesitan la prostitución.*[^t3] Aquí pertenece la enorme masa de un determinado tipo nervioso de la humanidad, cuya descripción exacta se encuentra en la obra del autor «Über den *nervösen Charakter*» [Sobre el carácter nervioso] (Bergmann, Wiesbaden, 1912)[^1] y, sobre todo, también en «The *Homosexual Problem*» (en The Urologic and Cutaneous Review, Technical Supplement, <!-- S. 232 --> Saint Louis, Miss., octubre de 1914).[^2] Aquí puede hacerse una descripción esquemática.

La actitud exterior de estas personas parece a menudo muy diversa. Se encuentran entre ellas hombres que tienden a arrebatos de cólera y a un afán de dominio tiránico y que se han armado, hasta cierto grado, con gran intolerancia e hipersensibilidad contra la incorporación a la sociedad. Al mismo tiempo les es propia una llamativa cautela: eligen por regla general profesiones seguras, llaman la atención por su desconfianza ilimitada y nunca han sido verdaderos amigos. Sobresalen su ambición enfermiza y su envidia; a veces se sienten impulsados a asumir cargos públicos, pero cumplen sus tareas casi siempre con gran despliegue de perfidia, política de prestigio e intrigas. A veces llegan —como por error— a fundar un matrimonio; entonces tratan a la mujer y a los hijos con severidad despiadada, critican eternamente, están siempre descontentos y a menudo vuelven a encontrar el camino hacia la ramera. O tratan a sus mujeres como a rameras. *Toda dificultad la esquivan con miedo o tratan de rodearla con astucia.* Han puesto toda su vida y su afán en triunfos baratos y se dejan guiar por una infinidad de principios que siempre dejan al otro sin razón. Siempre acusando, siempre juzgando, lindan ya con aquel tipo descrito en primer lugar, que sin embargo, más consecuente, rechaza con la sociedad humana también la prostitución. También *su* descontento se extiende a la mujer, a la que consideran sin falta una especie inferior de ser humano. Y así también para ellos *la mujer se convierte en medio*, como para los antifeministas estrictos, y se sirven de ella allí donde su falta de resistencia parece demostrar por completo la *superstición de la superioridad masculina*. Este tipo de personas es el que crea y mantiene la necesidad de la prostitución. En él se encontrará también la convicción, correspondiente a su línea, de la soberanía exclusiva del instinto sexual en la vida anímica humana, a menudo de forma sumamente extravagante y disfrazada de ciencia, mientras que el verdadero resorte de su visión del mundo, que él desconoce, el presupuesto de su pensar y de su obrar, su paroxismo masculino, no hace más que rodear sigilosamente las grandes dificultades de la vida para cosechar triunfos baratos sobre objetos sin voluntad o privados de voluntad. Como vecinos fronterizos de este tipo reconocemos además a ciertos fanáticos de la castidad que, por *miedo a la mujer*, ponen condiciones graves, a menudo imposibles de cumplir, al comercio sexual, pero con ello eluden igualmente todas las dificultades reales. Como un tipo nítidamente perfilado de adeptos a la prostitución puedo citar además a los hijos de buena familia a los que de manera superficial se suele clasificar como pertenecientes a la «moral insanity»[^t4] y se da por incurables, pero que, según nuestra experiencia, de modo parecido a lo descrito más arriba, esquivan las exigencias de la vida a consecuencia de su inseguridad en sí mismos y prefieren cargar con una condena moral antes que exponerse —con su ambición latente y susceptible— a una presunta derrota en el curso de un esfuerzo honrado. Hasta qué punto son afines en su esencia estas personas a las rameras públicas, hacia las que <!-- S. 233 --> se sienten impulsadas, se verá más adelante con mayor claridad. Del mismo modo podrá observarse la fuerte atracción hacia la ramera en personas que caen fácilmente en el alcohol, porque también ellas, como todo el grupo aquí tratado, son propensas al compromiso barato en la vida, buscan gustosas pretextos para sus impedimentos y son maestras en el arte de rechazar las responsabilidades serias. También los hombres con inclinación al delito muestran a menudo la misma propensión a la prostitución; encontramos también *su inclinación al delito fundada en su preferencia por esquivar, mediante la ruptura de un acuerdo social, los intentos de solución más difíciles frente a resistencias considerables, cuando se da la peculiaridad individual correspondiente*. Especialmente íntima es también la relación de ciertas formas de neurosis y psicosis con la prostitución; a este respecto hay que observar igualmente que también a estas personas, como se ve por su padecimiento, les son inherentes *el sentimiento de inferioridad, la falta de confianza en sí mismas, un instinto de notoriedad enfermizo, la inclinación a la irresponsabilidad y la preferencia por artificios y prácticas anímicas* que, como la conquista pagada de una mujer, halagan su sentimiento de sí. Anímicamente afines a ellas son también aquellas figuras que buscan compañeras de matrimonio de baja cultura o incluso rameras, para acallar así a la vez su miedo a la mujer y satisfacer de forma duradera un apocado deseo de dominio.

Ciertamente la corriente de los visitantes de la prostitución desborda los límites de este tipo nítidamente perfilado. Pero hay que considerar que posiciones ocasionales o pasajeras pueden llevar también a personas de otra índole a relaciones semejantes, en las que entonces un sentimiento de inferioridad exacerbado persigue una satisfacción rápida y sin esfuerzo. Del mismo modo, también una muchacha no apta puede caer ocasionalmente en el estado de la prostitución. El afán de entablar otras relaciones sociales se manifestará con bastante claridad en estos casos. Pero no estos, sino el número grande e inagotable de los «que necesitan la prostitución» son los pilares del meretricio como institución.

2. *Los rufianes.* Se estará de acuerdo con nosotros si entendemos la disposición anímica fundamental del rufianismo en el sentido de que también en estas personas *un sentimiento de comunidad*[^t5] *deficiente, una inclinación a los éxitos baratos, la concepción de la mujer como medio para un fin y la propensión a satisfacer sin esfuerzo sus deseos de dominio* restablecen una y otra vez el vínculo con la prostitución como fenómeno de masas. El poderoso fomento del meretricio que parte de esta capa no puede estimarse lo bastante. El rufián tiene la función de un marcapasos, y él o el tratante de muchachas encauzan a la ramera incipiente por la vía de la prostitución pública, ayudan a inclinaciones secretas, quitan el último resto de sentimiento de responsabilidad a aquellas muchachas que, dejadas a sí mismas, todavía podrían vacilar y titubear. El parentesco anímico con los «que necesitan la prostitución» es inconfundible. La línea de su personalidad está orientada a la ganancia sin esfuerzo, la distancia con el tipo del delincuente es por lo general mínima, la propensión al alcoholismo y a la brutalidad son paroxismos de un susceptible sentimiento de debilidad, actos compensatorios <!-- S. 234 --> de un instinto de notoriedad insatisfecho. La posición del rufián ante la sociedad humana contiene visiblemente una nota crítica, combativa, rebelde, y su posición, que destaca de forma importuna, de salvador y protector de la ramera da un elocuente indicio de su megalomanía. Las penas de los tribunales las lleva como un duelista las heridas, y además encuentra recompensa y consoladora satisfacción por ellas en el respeto y la admiración acrecentados de sus círculos afines. Así también él se ha erigido o ha encontrado un mundo subjetivo que, lejos de la áspera realidad, da satisfacción de manera ficticia a su enfermizo instinto de notoriedad. No se nos malinterpretará si también aquí subrayamos el parentesco con el «carácter nervioso». Por último, esta investigación arroja también una luz clara sobre la constitución anímica de aquellas personas que, puestas ante dificultades de su vida, buscan una salida de emergencia pagando como precio de su propio medro la entrega de su esposa a otros.

3. *La prostituta.* Las opiniones corrientes sobre los resortes que llevan a la prostitución han sacado a la luz poco material psicológicamente utilizable. Es una opinión insostenible que la necesidad y la miseria hayan de considerarse decisivas. Pues, ante todo, esta suposición no nos da cuenta alguna de la *selección* de aquellas muchachas pobres que *pueden* caer en la prostitución. ¿O se quiere afirmar que esto solo depende de un más o un menos de privaciones? Entonces se subestima —no quiero hablar precisamente de moral y de carácter— pero sí la aversión a aquella degradación social que *comúnmente* va unida al concepto de la ramera. Lo que puede tenerse presente en semejante juicio erróneo son fenómenos sociales tristes muy distintos, el hecho frecuente, por ejemplo, de que muchachas, bajo la presión de grandes preocupaciones o de la miseria, vendan de forma duradera o pasajera el «bien» de su feminidad al primero que llega, sin preguntar por su inclinación o incluso contra toda inclinación. El rasgo distintivo está en el *continuo* «*afán de lucro*», que llega hasta el punto de que incluso las prostitutas que se han hecho ricas siguen ejerciendo su profesión con la diligencia del industrial. ¿Qué retiene a estas personas con tan férrea fuerza en su profesión? ¿No es *la misma satisfacción con que también el comerciante se dedica a sus tareas?* ¿No es la misma *necesidad de notoriedad*, la misma «*tendencia a la expansión*», que volvemos a encontrar en todas las personas, pero con especial fuerza en todas aquellas a las que solemos llamar «caracteres nerviosos»? En la parte anterior de este trabajo hemos descrito aquellos intentos convulsivos por los que ciertas personas llegan a necesitar la prostitución o a ser rufianes, y hemos reconocido esas *exaltaciones engañosas* como salidas, como apariencia prestada de fuerza. En estos fenómenos antisociales se reflejan el miedo ante las exigencias normales de la sociedad, que en consecuencia son rechazadas, a la vez una confianza deficiente en la propia capacidad de rendimiento frente a lo que espera la vida social, y un artificio: obtener de la relación sexual, de manera fácil y sin resistencia, la sensación, la impresión subjetiva de una elevación de la propia personalidad. Que este último enriquecimiento de sí descansa en la *apariencia exaltada de una* <!-- S. 235 --> *masculinidad* consumada ya se ha indicado. ¿Y si los mismos resortes anímicos se encontraran en la estructura psíquica de la prostituta? ¿Si fueran ellos los que hacen a una muchacha apta para la prostitución y le muestran el camino?

Antes de pasar a la investigación de estas cuestiones y a otras respuestas, queremos mencionar todavía otra opinión, muy extendida, sobre la constitución anímica de la prostituta y descubrir su falta de fundamento. Es ciertamente disculpable que profanos ignorantes consideren a la prostituta, cuyo oficio tienen que condenar si quieren permanecer fieles a su obligación social, como un abismo de sensualidad, como un ser siempre inflamado. Investigadores eruditos solo pueden llegar a semejante opinión por ligereza o cegados. Pero como esta opinión se encuentra con bastante frecuencia en tratados científicos, a veces adornada con la *insostenible afirmación de Lombroso sobre el carácter de ramera innato*, hemos de subrayar que a la ramera, en el ejercicio de su profesión, le falta todo impulso sensual. Otra cosa es, desde luego, cuando entabla una relación amorosa, o con su rufián, o en el trato homosexual, al que se entrega con llamativa frecuencia. Puede decirse que solo en estas últimas relaciones se hace valer su sexualidad, muy a menudo en forma de una perversión, que ya nos indica la aversión de la prostituta al papel femenino. En su profesión solo representa un ser femenino para el compañero crédulo, pero para su propio sentir está *lejos del papel femenino*, es solo vendedora y permanece frígida. Y mientras el que necesita la prostitución cree sentir su superioridad masculina sobre una mujer, ella solo toma conciencia de su fuerza de atracción y de su exigencia, y por tanto de su *posesión de un valor*, y degrada al hombre a medio dependiente de su sustento. Así llegan ambos, por la vía de una ficción, a la sensación engañosa de su primacía personal.

Con esta constatación nos hemos acercado al punto central de las cuestiones planteadas más arriba. El audaz artificio de convertir el comercio sexual en un equivalente en dinero caracteriza la naturaleza de la prostitución tanto como la de los otros dos grupos descritos. Y, como en los hombres que pertenecen a la prostitución, la ficción de un triunfo satisfactorio, de un valer conquistado siempre de nuevo, produce la permanencia y la persistencia de esta institución, del mismo modo que constituye la principal tentación de todos los participantes hacia la prostitución.

Pero la capacidad de convertir en dinero una función inalienable de la mujer, de su cuerpo y de su alma, solo puede adquirirla aquella en cuya vida anímica está firmemente anclado *el presupuesto de la inferioridad de la mujer*. Esto se muestra también en las formas de trato que le corresponden, y se muestra en la trayectoria de toda prostituta. En una corrupción por lo general temprana, estas muchachas se sienten *víctimas del hombre «superior»*, que sigue siendo un agresor respetado mientras la muchacha es condenada. ¿Qué tiene de extraño que entonces la espera femenina del hombre se juzgue como debilidad, como el enemigo, como un engaño fatal, y que, en el mismo sentido, el intento de *igualarse al hombre*, de presentarse como él cortejando, de desprenderse de la actitud y la decencia femeninas, <!-- S. 236 --> resulte tanto más convincente para el entendimiento inexperto cuanto más impracticables se vuelven, tanto por los antecedentes como por el sentimiento de nulidad frente al hombre, la profundización ulterior del papel femenino, el matrimonio y la maternidad, lo que la sociedad espera? Procurarse *en la prostitución una salida* y aquel valer que se le niega en otra parte caracteriza regularmente la carrera de la prostituta, que emprende por lo general tras intentos estériles o aparentemente estériles, arrojada de su puesto de criada, institutriz u obrera. Pero siempre tiene presente el *patrón del hombre «activo»*, no el de la mujer «pasiva».

Una importancia decisiva adquiere en este proceso de desarrollo el *veneno*, muy extendido, *de una visión del mundo hipermasculina*. Penetra ya el hogar familiar de la futura ramera, concede al padre la soberanía tiránica y hace de la mujer y madre el modelo aterrador de un futuro papel femenino. Eleva a los hermanos a un rango envidiado, hace de la feminidad de la muchacha una mancha y un reproche. La fe en la propia fuerza se hunde, y el seductor, a menudo inmaduro todavía, encuentra una criatura sin resistencia y cobarde, que ha crecido en el miedo al hombre, o que, llena de rabia contenida por su destino femenino, muy a menudo también por las mismas razones, en una revuelta contra las normas de conducta de los padres, no puede encontrar su desarrollo normal, del que la seducción consumada la aparta todavía más. También las consecuencias ulteriores de la seducción merecen atención: las conclusiones no se sacan en el sentido de una corrección, sino que se ahondan el sentimiento de inferioridad, la falta de fe en la propia fuerza y la aversión al papel femenino. Entonces se abre el ancho sendero del meretricio en una embriaguez de actividad, como *revuelta contra las exigencias de la sociedad*, como salida frente a metas más difíciles de alcanzar, sendero que parece estar más cerca de la masculinidad que corteja y que gana dinero, que promete valer y redime del sentimiento de completa nulidad. A los demás nos parece que la cuenta no sale. ¡Pero pregúntese a las rameras y a sus rufianes!

## IV. Prostitución y sociedad

Así se cierra el círculo. Aquí la sociedad humana, que hoy todavía no es capaz de configurar con más rigor sus propias exigencias, de hacer posible su cumplimiento. Junto a ella, las personas que se espantan ante las hostilidades de la vida y buscan salidas baratas. Además, una cultura que pone cada vez más sus ideales en armonía con el círculo de ideas del mercado de mercancías, del comercio. Y sus víctimas, que tratan de hacer de la necesidad virtud, tapando con ello la brecha de la vida social normal, para hundirse en ello toleradas y despreciadas a la vez.

[^1]: 2.ª edición, 1919. Publicado en inglés en 1917.

[^2]: En alemán: *Das Problem der Homosexualität*, Reinhardt, Múnich, 1918. 2.ª edición en preparación.

[^t1]: *Gemeinsamkeit*: literalmente «lo común», la convivencia o vida en común; Adler la usa aquí en el sentido que más tarde expresará con *Gemeinschaft* («comunidad»). (N. del T.)

[^t2]: Así en el original (*Gesellschaftsgeschichte*, «historia de la sociedad»); el contexto pide probablemente *Gesellschaftsschichte*, «capa social». (N. del T.)

[^t3]: *Prostitutionsbedürftige*: literalmente «necesitados de prostitución»; se traduce por «los que necesitan la prostitución». (N. del T.)

[^t4]: En inglés en el original: «locura moral», diagnóstico psiquiátrico de la época para la conducta antisocial sin trastorno intelectual. (N. del T.)

[^t5]: *Gemeinsamkeitsgefühl*, variante del término *Gemeinschaftsgefühl* («sentimiento de comunidad»). (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Die individuelle Psychologie der Prostitution», en *Praxis und Theorie der Individualpsychologie*, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XXVII, págs. 228-236. No se ha identificado una publicación anterior del capítulo. Las notas 1 y 2 son del autor. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las divisiones, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. *Dirne* se traduce por «ramera», *Dirnentum* por «meretricio» y *Zuhälter* por «rufián». Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo; las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».
