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Title: Dostoievski
Description: Conferencia pronunciada por Adler en la gran sala de la Tonhalle de Zúrich en 1918 y publicada en Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920): la vida y la obra de Dostoievski como esfuerzo por unir sus contradicciones; sus héroes cruzan el «límite» que marca el sentimiento de comunidad y son devueltos a él, en una síntesis de heroísmo y amor al prójimo; la ética de la corresponsabilidad («cada uno es partícipe de la culpa del otro») y Dostoievski como maestro de psicólogos.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1918%20Dostojewski
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<!-- S. 195 -->

XXIII.

# Dostoievski.

Conferencia pronunciada en la gran sala de la Tonhalle de Zúrich en 1918.

En lo hondo de la tierra, en las minas de Siberia, Dmitri Karamázov espera cantar su himno a la armonía eterna. El parricida culpable e inocente carga con la cruz y encuentra la salvación en la armonía que todo lo equilibra.

«Durante quince años fui un idiota», dice el príncipe Myshkin con su manera amable y sonriente. El príncipe Myshkin, que sabía interpretar cada rasgo de una letra, que expresaba con desenvoltura sus propias segundas intenciones y adivinaba al instante las de cualquier otro. Un contraste mayor del que no podemos imaginar.

«¿Soy Napoleón o soy un piojo?», cavila Raskólnikov durante un mes en su cama, para cruzar el *límite*[^t1] que le habían puesto su vida anterior, su sentimiento de comunidad y sus experiencias de la vida. También aquí, de nuevo, el gran contraste que vivimos y compartimos asombrados.

No es otra cosa en sus demás héroes y en su propia vida. «Como una tea encendida, el joven Dostoievski se agitaba por la casa de sus padres», y cuando leemos sus cartas a su padre y a sus amigos encontramos muchísima humildad, sumisión y subordinación a su destino, a menudo triste. Hambre, tormento, miseria, los encontró de sobra sembrados en sus caminos. Recorrió su camino como sus peregrinos. La joven tea encendida había cargado con la cruz, como el sabio Zósima, como el peregrino que todo lo sabe en *El adolescente*, paso a paso, reuniendo todas las experiencias y abarcando en un amplio arco todo el círculo de la vida, para llegar a saber, para palpar la vida y buscar la verdad, *la nueva palabra*.

Quien alberga en sí tales contrastes y se ve obligado a salvarlos tiene que cavar hondo para ganar un punto de reposo. No se le ahorra ningún esfuerzo, ninguna pena de la vida; no puede pasar junto al ser más pequeño sin examinarlo según su *fórmula*. Todo en él empuja hacia una concepción *unitaria* de la vida, para que en su eterna vacilación, en esta dualidad de su inquietud, pueda encontrar seguridad y reposo.

La *verdad*: eso era lo que tenía que abrírsele si había de llegar al reposo. Pero el camino está lleno de espinas, trae gran trabajo, gran esfuerzo, un enorme entrenamiento del espíritu y de los sentimientos. No es de extrañar que este incansable buscador de la naturaleza se acercara a la vida verdadera, a la lógica de la vida, de la convivencia, mucho <!-- S. 196 --> más que otros, a quienes tomar posición les había resultado mucho más fácil.

Había salido de una situación modesta, y cuando murió, toda Rusia siguió en espíritu su cortejo fúnebre. Él, el que gozaba creando, el que tenía valor para vivir, el que siempre sabía consolarse a sí mismo y a sus amigos, era el más incapacitado para el trabajo de todos: padecía la terrible enfermedad de la epilepsia, que a menudo le impidió durante días, durante semanas, todo avance. El criminal de Estado que durante cuatro años llevó cadenas en las piernas en Tobolsk[^t2], que sirvió otros cuatro años como penado en un regimiento de línea siberiano, este noble e inocente sufridor sale de su prisión con estas palabras y este sentimiento en el corazón: «Mi castigo fue justo, porque tuve malas intenciones contra el gobierno; pero es una lástima que ahora tenga que sufrir por teorías, por una causa que ya no son las mías.»

Tampoco eran pocos los contrastes en su patria. Cuando Dostoievski apareció en público, había una enorme efervescencia, y sobre todo la cuestión de la emancipación de los campesinos agitaba todos los ánimos. A Dostoievski le atraían siempre los «humillados y ofendidos»[^t3], los niños, los que sufren. Y sus amigos cuentan muchas cosas de cómo trababa amistad fácilmente con cualquier mendigo que llegara como paciente a casa de alguno de sus amigos, de cómo se lo llevaba a su cuarto para convidarlo, para conocerlo. En el presidio (*kátorga*) su mayor pena fue que los demás penados lo evitaran por noble, y su anhelo constante era desmenuzar para sí el sentido de la *kátorga*, su ley interna, conocerla y alcanzar los límites dentro de los cuales le fueran posibles la comprensión y la amistad con los demás. Por lo demás, aprovechó su destierro —como es propio de los grandes hombres— para adquirir, también en condiciones pequeñas y opresivas, finura de sentimiento para su entorno, para ejercitar su perspicacia, para atender a la conexión de la vida, para encontrar una base anímica al concepto de hombre, para asir, en un acto sintético, un asidero frente a los contrastes que lo sacudían y amenazaban con confundirlo.

Lo que le urgía en esta inseguridad de sus contradicciones anímicas —él, que era ora rebelde, ora siervo obediente, al que atraían abismos ante los que se estremecía— era encontrar una verdad concluyente. Y entonces hizo audazmente del error su guía. Su principio era, mucho antes de que lo formulara, *acercarse a la verdad por la mentira*, ya que nunca podemos conocer del todo la verdad y siempre tenemos que contar con la más pequeña mentira. Así se convirtió en enemigo del «Occidente», cuyo núcleo más profundo se le reveló *en el afán de la cultura europea de llegar a la mentira por la verdad*. Su verdad solo podía encontrarla uniendo los contrastes que bramaban en él, que se manifestaban una y otra vez también en sus creaciones y amenazaban con hacerlo añicos a él y a sus héroes. Así recibió la consagración como poeta y profeta y fue a poner un límite al *amor propio*. *El límite de la embriaguez de poder lo encontró en el amor al prójimo.* Lo que le había impulsado originalmente a él mismo era un afán genuino de poder, de dominio, y aun en su intento de encerrar la vida en una única fórmula hay todavía mucho de este impulso a la <!-- S. 197 --> superioridad. En todos los actos de sus héroes encontramos este arranque que los empuja a elevarse sobre todos los demás, a realizar obras napoleónicas, a moverse hasta el borde del abismo, e incluso a asomarse colgando sobre él, con riesgo de precipitarse en la profundidad y hacerse pedazos. Él mismo dice de sí: «Soy ambicioso de un modo ilícito.» Pero había logrado poner su ambición al servicio de la colectividad. Y así procedió también con sus héroes: *los hizo cruzar a todos, como locos, el límite que se le había revelado desde la lógica de la convivencia. Los empujó con el aguijón de la ambición, de la vanidad y del amor propio hasta las esferas más extremas, pero luego les echó encima el coro de las Euménides y los hizo retroceder* hasta el límite que le parecía dado por la naturaleza humana, para dejarlos cantar allí su himno en armonía. Apenas hay en Dostoievski una imagen que vuelva tan a menudo como *la imagen del límite*, a veces también la imagen del muro. De sí mismo dice: «Me gusta con locura adentrarme hasta el límite de lo real, donde empieza ya lo fantástico.» Describe sus ataques diciendo que un sentimiento de delicia lo atrae a llegar hasta el límite extremo del sentimiento de la vida, donde se siente cerca de Dios, tan cerca que apenas haría falta un paso más para separarlo de la vida. En cada uno de sus héroes vuelve esta imagen, y siempre con hondo significado. Oímos su nueva palabra mesiánica: la gran *síntesis de heroísmo y amor al prójimo* se ha logrado. En este límite le parecía terminar la suerte de sus héroes, su destino. Allí le atraía, allí presentía el cumplimiento más precioso de la dignidad humana en la solidaridad humana, y trazó este límite con extrema nitidez, con una nitidez como pocos antes que él. Esta meta suya adquirió una importancia muy particular para su fuerza creadora y sus puntos de vista éticos.

Una y otra vez le atraía a él y a sus héroes hasta la periferia de la experiencia, donde luego, tanteando y vacilando, consuma la fusión con la humanidad entera en profunda humildad ante Dios, el zar, Rusia. Este sentimiento que lo cautivaba —podría llamársele el sentimiento del límite, un sentimiento del límite que le manda detenerse, que en él se había transformado ya en un sentimiento de culpa asegurador; sus amigos lo cuentan a menudo—, para el que no conoce causa alguna y que, de modo peculiar, relacionaba con sus ataques epilépticos. La mano de Dios se tendía para rechazarlo cuando el hombre, en su vanidad extravagante, quería cruzar el límite del *sentimiento de comunidad*; voces de advertencia se alzaban y exhortaban al recogimiento.

Raskólnikov, que trabaja con ahínco en pensamiento en su asesinato, que con el impulso de que todo está permitido si se pertenece a las naturalezas escogidas piensa ya en el hacha bien afilada, permanece *meses* en la cama antes de cruzar el límite. Y cuando luego, con el hacha escondida bajo el abrigo, sube el último tramo de escalera para cometer el asesinato, *siente palpitaciones*. En estas palpitaciones habla la lógica de la vida humana, se expresa este fino sentimiento del límite de Dostoievski.

Hay una serie de creaciones de Dostoievski en las que no es el heroísmo aislado el que empuja más allá de la línea del amor al prójimo, sino donde, <!-- S. 198 --> a la inversa, el hombre se eleva desde su pequeñez para terminar en un heroísmo fecundo. Ya he mencionado la predilección del escritor por lo pequeño, lo insignificante. Aquí se convierten en héroes el hombre del subsuelo, el hombre de la gris vida cotidiana, una prostituta, un niño, que de pronto empiezan todos a crecer hasta lo gigantesco, hasta alcanzar ese límite del heroísmo universalmente humano al que Dostoievski quiere conducirlos.

Desde toda su vida infantil se le había hecho presente con claridad el concepto *de lo permitido y lo prohibido*, del límite. No fue de otro modo en su primera edad adulta. Estaba estorbado por su enfermedad, y pronto quedó dañado en su impulso por la marcha al patíbulo y por el destierro. En su infancia, un padre severo y pedante parece haber luchado ya con la travesura, con la entereza de su espíritu ardiente, y haber remitido al hijo con demasiada dureza al límite.

Un breve fragmento, «Sueños de Petersburgo»[^t4], procede de una época temprana y por esta sola razón nos hace esperar una línea clara. Si algo puede captarse consecuentemente del desarrollo de un alma de artista, ha de ser la línea que lleva de los trabajos, esbozos y planes anteriores a las configuraciones posteriores de su fuerza creadora. Pero aquí hay que retener ante todo que la trayectoria de la creación artística se mueve apartada del tumulto del mundo. Y en todo artista podemos suponer un desvío, un ¡alto! o una vuelta atrás en cuanto se le presentan las expectativas socialmente corrientes. Él, que se crea un mundo de la nada, o digamos de su inquieta visión de las cosas, y que en lugar de una respuesta en el sentido de la vida práctica nos da el asombro de una creación artística, se muestra reacio a la vida y a sus exigencias. «¡Pues sí, soy un fantaseador y un místico!», nos instruye Dostoievski.

Podrá obtenerse aproximadamente una imagen de su ataque en cuanto sepamos *en qué punto de la acción se detiene Dostoievski*. En el esbozo citado habla con bastante claridad. «Cuando llegué al Neva, me detuve un instante y lancé una mirada a lo largo del río, hacia la lejanía brumosa, helada y turbia, donde se apagaba la última púrpura del crepúsculo.» Era cuando volvía a toda prisa a casa para soñar allí, como hombre secular[^t5], con heroínas de Schiller. «Pero a la Amalia real tampoco la vi; vivía muy cerca de mí…» Prefería sufrir ebrio y sentir estos sufrimientos más dulces que todos los placeres del mundo, «porque si me hubiera casado con Amalia, sin duda habría sido desgraciado». ¿No es la cosa más sencilla del mundo? Uno es poeta, sueña a la debida distancia del ajetreo del mundo, se detiene un instante, encuentra insuperable la dulzura del sufrimiento soñado y sabe «cómo la realidad aniquila toda altura ideal. ¡Si yo quiero viajar a la luna!». Pero esto significa: quedarse solo, no apegar el corazón a nada terreno.

Y así la peregrinación terrena del poeta se convierte en una protesta contra la realidad con sus exigencias. De otro modo que en *El idiota*, de otro modo que en aquel enfermo en quien «no había ni protesta ni voz». Antes bien: este solo no sabía que su ejercicio en soportar <!-- S. 199 --> toda miseria había de distinguirlo. Pues bien, cuando a fuerza de tormentos y reproches lo echaron de su camino, descubrió en sí al hombre secular, al subversivo y revolucionario Garibaldi. Con ello quedaba dicho lo que los demás nunca habían entendido: la humildad y la sumisión no significan un final, son siempre la revuelta, porque apuntan a la distancia que hay que superar. — También Tolstói conocía este secreto y lo predicó a menudo a oídos sordos.

Pero puede aparecer en el periódico, y nadie sabe nada, cuando se trata de un verdadero secreto. Nadie sabía de quién quería vengarse el Harpagón Soloviov, que pasaba hambre y murió en la miseria y escondía una fortuna de 170.000 rublos entre sus papeles mugrientos. ¡Cuánto se habrá alegrado por dentro cuando, triste y desvalido, se cerraba a su gata, a su cocinera, a su patrona y quedaba a deber de todo! Los tenía en su mano, los obligaba a todos a mendigar, a todos ellos, que solo conocían y adoraban el dinero como poder. Desde luego, de ello le nació una obligación extraña, una violentación metódica de su vida. Tenía que pasar hambre y privaciones él mismo para llevar a cabo su designio. «Está por encima de todos los deseos.» ¿Cómo? ¿Que para eso habría que estar loco? Pues bien, Soloviov hace también este sacrificio. Pues ahora puede mostrar, con plena irresponsabilidad, su desprecio por la humanidad y por sus imaginarios bienes de fortuna, y puede atormentar a cualquiera que se le acerque. Lo tiene todo en sus manos para allanarse el camino a la mejor sociedad. Entonces se detiene un instante, arroja su varita mágica al cajón de la basura y se siente grande y por encima de todos los hombres.

Esta nos parece la línea más fuerte de la vida de Dostoievski, y todas sus grandiosas creaciones habían de surgirle en este camino: la acción es inútil, perniciosa o criminal; *la salvación está solo en la sumisión, cuando garantiza el goce secreto de la superioridad sobre los demás*.

Todos los biógrafos que se han ocupado con celo de Dostoievski cuentan e interpretan uno de sus más tempranos *recuerdos de infancia*, que él mismo narra en las *Memorias de la casa muerta*. Para comprenderlo mejor ayuda algo del estado de ánimo en que le vino este recuerdo.

Cuando ya había desesperado de encontrar *vínculo* con sus compañeros del presidio, se echa resignado en su yacija y repasa toda su infancia, todo su desarrollo y todo el contenido de su vida. Entonces su atención se detiene de pronto en el recuerdo siguiente: una vez se alejó algo demasiado de la finca de su padre, iba campo a través, cuando de pronto se detuvo asustado porque había oído un grito: «¡Que viene el lobo!» Volvió corriendo a la cercanía protectora de la casa paterna y vio en el campo de enfrente a un *campesino*, junto al que se refugió. Llorando y asustado, se aferró a su brazo y le contó el susto que había pasado. El campesino hizo con los dedos *la señal de la cruz* sobre el muchacho, lo consoló y le prometió que no dejaría que se lo comiera el lobo. Este recuerdo se interpreta muchas veces como si hubiera de caracterizar la alianza de Dostoievski con el campesinado, con el campesinado y a la vez con la religión del campesinado. *Pero lo que aquí está en juego es más bien el* <!-- S. 200 --> *lobo, el lobo que lo devuelve a los hombres.* Esta vivencia quedó fijada como representación simbólica de toda su aspiración porque en ella estaba la línea de dirección de su actividad. Lo que le hacía temblar ante el heroísmo aislado se parecía al lobo de su vivencia. Este lo devolvía a los pobres y humillados; allí intentaba, bajo el signo de la cruz, encontrar el vínculo; allí quería ayudar. Y expresa este sentir cuando dice: «Todo mi amor pertenece al pueblo; todo mi sentir es el de la humanidad universal.»

Si todavía tenemos que destacar que Dostoievski era ruso y adversario del «occidentalismo», que en él la idea paneslavista había echado firmes raíces y arraigo, esto no está tampoco en absoluto en contradicción con el espíritu que quería viajar a la verdad a través del error.

En una de sus más grandes manifestaciones públicas, el *discurso en memoria de Pushkin*, intentó, aun contado entre los paneslavistas, establecer la síntesis entre los occidentalistas y los rusófilos. El resultado fue brillante aquella misma noche. Partidarios de ambos partidos se precipitaron hacia él, lo abrazaron y se declararon de acuerdo con su punto de vista. Pero esta unidad no duró mucho. Todavía había demasiado sueño en los párpados.

Así como Dostoievski persigue intensamente el anhelo de su corazón, la consumación de la humanidad universal —una tarea que asigna sobre todo al pueblo ruso—, y quiere llevarla a la masa, así se le forma el símbolo palpable del amor al prójimo; entonces el concepto del Salvador, del *Cristo ruso*, universalmente humano y apartado del poder mundano, está muy cerca de él, que quería redimirse a sí mismo y a los demás[^t6]. Su confesión de fe era sencilla: «Para mí, Cristo es la persona más bella, más sublime de toda la historia universal.» Aquí nos revela Dostoievski con una nitidez inquietante su meta directriz. Así describió sus ataques de epilepsia: cómo, con un sentimiento de delicia, llevaba a cabo su ascensión, llegaba a la armonía eterna y se sentía cerca de la divinidad. Su meta era estar en todo momento junto a Cristo, llevar sus llagas y cumplir su tarea. Al heroísmo aislado, que él calificó con más dureza que nadie de presunción morbosa, al amor propio en oposición al sentido de comunidad que le brotaba de la lógica de la convivencia, del amor al prójimo, a este heroísmo se opuso: «¡Humíllate, hombre orgulloso!» Pero al resignado, que, herido igualmente en su amor propio, aspiraba a satisfacerlo, le gritó: «¡Trabaja, hombre ocioso!»[^t7] Y a quien le remitía a la naturaleza humana y a sus leyes aparentemente eternas para hacerle vacilar, le replicaba: «¡La abeja y la hormiga conocen su fórmula, pero el hombre no conoce su fórmula!» Tenemos que completar, a partir de todo el ser de Dostoievski: *el hombre tiene que buscar su fórmula, y la encuentra en la disposición a ayudar a los demás, en la entrega al pueblo.*

Así Dostoievski se había convertido en un descifrador de enigmas y en un buscador de Dios, y sintió a su Dios con más fuerza que los demás, medio dormidos y soñadores. «No soy psicólogo», dice una vez, «soy realista», y da con ello en el punto que lo distingue con más nitidez de todos los escritores de la época moderna y de todos los psicólogos. <!-- S. 201 --> Estaba en íntima conexión con el fundamento primero de la vida social, con la única realidad que no conocemos del todo, pero que somos capaces de presentir: el sentimiento de comunidad. Y por eso podía llamarse realista.

Vamos ahora a la cuestión de por qué los personajes de Dostoievski ejercen sobre nosotros un efecto tan fuerte. La base esencial de su eficacia sobre nosotros reside *en su unidad cerrada*. Pueden ustedes tomar a un héroe de Dostoievski por cualquier punto y examinarlo: encontrarán siempre reunido todo el equipamiento de su vida y de su aspiración. Si quisiéramos comparar, tendríamos que llegar hasta la música, donde encontramos algo parecido: que en una melodía, en el curso de una armonía, se vuelven a encontrar todas las corrientes, todos los movimientos. Lo mismo en los personajes de Dostoievski. Raskólnikov es el mismo cuando yacía en la cama cavilando sobre su asesinato, cuando subía la escalera con palpitaciones, y es el mismo cuando sacó al borracho de debajo de las ruedas del coche y socorrió con sus últimos kopeks a su familia necesitada. Esta es la razón del efecto unitario, y llevamos inconscientemente en nosotros, con cada nombre de sus héroes, una imagen firmemente trabada, plástica, como si estuviera cincelada en bronce imperecedero, no de otro modo que las figuras bíblicas, que los héroes homéricos y que los héroes de las tragedias griegas, cuyos nombres solo necesitan resonar para traernos ante el alma todo el complejo de sus efectos.

Todavía se esconde una segunda dificultad para nuestra comprensión del efecto de Dostoievski. Pero las condiciones para resolverla están ya dadas. Es *la doble referencia de cada figura a dos puntos extraordinariamente fijos, que sentimos*. Cada héroe de Dostoievski se mueve con seguridad en el espacio que limitan, por un lado, el heroísmo aislado, donde el héroe se convierte en lobo, y, por otro, la línea que Dostoievski trazó con tanta nitidez como amor al prójimo. Esta doble referencia da a cada una de sus figuras un asidero tan seguro y un punto de apoyo tan firme que reposan inquebrantables en nuestra memoria y en nuestro sentimiento.

Una palabra más sobre Dostoievski como moralista. Las circunstancias, los contrastes de su propio ser que tenía que unir, los grandes contrastes de su entorno que se atrevió a salvar, lo empujaron a llegar a fórmulas que abarcaban y favorecían su más hondo anhelo de un ejercicio activo del amor al prójimo. Así llegó también a aquella fórmula que podemos poner muy por encima del imperativo categórico de Kant: «*que cada uno es partícipe de la culpa del otro*». Hoy sentimos más que nunca cuán hondo llega esta fórmula y cuán íntimamente está relacionada con las realidades más seguras de la vida. Podemos negar esta fórmula: volverá a emerger una y otra vez y nos desmentirá. Pero desencadena también una actividad increíblemente más fuerte que, por ejemplo, el concepto del amor al prójimo, que a menudo se malentiende o se configura en la vanidad, o que el imperativo categórico, que conserva su validez también en el aislamiento de la aspiración personal. Si soy partícipe de toda culpa del prójimo y de la culpa de todos, llevo eternamente una obligación que me impulsa, que me hace responsable, que me ordena pagar.

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Así se alza Dostoievski ante nuestros ojos, como artista y como moralista, grande e inalcanzado.

Lo que logró como psicólogo está hoy todavía por agotar. Nos atrevemos a afirmar que su mirada psicológica escrutadora penetró más hondo porque estaba más familiarizado con la naturaleza que una psicología que se configura a partir de lo conceptual. Y quien ha hecho consideraciones, como las hizo Dostoievski, sobre el *significado de la risa*, sobre la posibilidad de conocer mejor a un hombre por su risa que por toda su conducta; quien ha llegado tan lejos como para encontrar el concepto de la *familia accidental*, donde cada miembro vive aislado para sí e inculca a los hijos la tendencia a un aislamiento mayor, al amor propio, ese ha visto más de lo que hoy todavía puede exigirse y esperarse de un psicólogo. Quien ha visto cómo Dostoievski describe en su «Alumno»[^t8] que el muchacho, envuelto bajo su manta, deja fluir todas sus fantasías en un único concepto: *¡poder!*; quien ha descrito con tanta finura y acierto el *nacimiento de enfermedades del ánimo* en la vida con el fin de la revuelta; quien ha reconocido en el alma humana la *inclinación al despotismo* como Dostoievski, ese puede valer todavía hoy como maestro nuestro, como lo celebró también *Nietzsche*. Su comprensión y sus consideraciones *sobre el sueño* no están superadas todavía, y su concepto de que nadie actúa ni piensa sin tener ante los ojos una *meta*, un final, coincide con los logros más modernos de los investigadores del alma.

Así, son los ámbitos más diversos en los que Dostoievski se ha convertido para nosotros en un maestro querido y grande. La realidad de la vida hace que actúe sobre nosotros como un rayo que alcanza el ojo del durmiente. El que duerme se frota los ojos, se da la vuelta y no sabe nada de todo el suceso. Dostoievski durmió poco y despertó a muchos. Sus personajes, su ética y su arte nos llevan hondo en la comprensión de la convivencia humana.

[^t1]: *Grenze*: «límite», también «frontera»; es la palabra clave de la conferencia (*Grenzgefühl*, «sentimiento del límite»). (N. del T.)

[^t2]: En realidad Dostoievski cumplió sus cuatro años de presidio en Omsk; Tobolsk fue una etapa del camino. Se respeta el dato de Adler. (N. del T.)

[^t3]: *Humillados y ofendidos* (1861), novela de Dostoievski; Adler la cita como «Arme und Erniedrigte», título de una traducción alemana. (N. del T.)

[^t4]: «Sueños de Petersburgo en verso y prosa» (1861), folletín de Dostoievski. Las citas que siguen son de este texto, en la traducción alemana que manejaba Adler. (N. del T.)

[^t5]: *Säkularmensch*: «hombre del siglo», hombre excepcional, que marca época; en el folletín de Dostoievski, el soñador se imagina un grande de su siglo. (N. del T.)

[^t6]: La frase del original es anacolútica («Wie Dostojewski … verfolgt …, so formt sich ihm …, dann liegt ihm … ganz nahe»); se ha conservado su orden en lo posible. (N. del T.)

[^t7]: Del discurso sobre Pushkin (1880): «¡Humíllate, hombre orgulloso […]; trabaja, hombre ocioso!». (N. del T.)

[^t8]: Probablemente se refiere a *El adolescente* (en alemán también *Ein Werdender* o *Der Jüngling*), cuyo protagonista sueña con el poder bajo la manta; Adler escribe «Schüler». (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Dostojewski» (conferencia en la Tonhalle de Zúrich, 1918), en *Praxis und Theorie der Individualpsychologie*, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XXIII, págs. 195-202. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Los nombres rusos se dan en su forma española usual (Dostoievski, Raskólnikov, Myshkin); las citas de Dostoievski se traducen desde el alemán de Adler. *Gemeinschaftsgefühl* se traduce «sentimiento de comunidad»; *Gemeinsinn*, «sentido de comunidad»; *Mitmenschlichkeit*, «solidaridad humana»; *Nächstenliebe*, «amor al prójimo». Las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».
