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Title: Sobre la homosexualidad
Description: Conferencia pronunciada por Adler en la Sociedad Jurídico-Médica de Zúrich en 1918 y publicada en Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920): critica las teorías de la herencia y de la fijación de vivencias infantiles, explica la homosexualidad como una forma de vida nerviosa nacida de un ambicioso afán de superioridad unido a la cautela y a una identificación sexual tardía y errónea, y la ilustra con dos casos, un aristócrata y una mujer joven.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1918%20%C3%9Cber%20die%20Homosexualit%C3%A4t
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<!-- S. 127 -->

XIV.

# Sobre la homosexualidad[^1].

Conferencia pronunciada en la «Sociedad Jurídico-Médica de Zúrich» en 1918.

Está en la naturaleza de la convivencia humana crear por sí misma ciertas condiciones, reglas de juego, por así decir (*Furtmüller*), que nos abarcan a todos y que en cualquier circunstancia se nos hacen sentir como algo *dado, real, efectivo*.

El material histórico del «eros griego» es extraordinariamente intrincado y prolijo, y hay que buscar puntos de vista unificadores para exponer en pocas palabras la historia de la investigación psicológica de la homosexualidad. Quizá baste por hoy con que indique, como puntos de vista rectores en las opiniones de los autores, que en el grupo tal vez más numeroso, al que pertenecen doctos e indoctos, se hace valer como lo más significativo en la estructura de la homosexualidad la cuestión de la herencia, como si el homosexual viniera al mundo como tal. Y aquí las opiniones divergen. Unos suponen que en el homosexual masculino el patrimonio hereditario está disminuido en favor de una parte de su portador de algún modo femenina; otros creen en cualesquiera componentes innatos que estarían especialmente reforzados, etc.

Nadie ha afirmado todavía que el patrimonio hereditario femenino, la parte de índole femenina, sea en el homosexual masculino mayor que la femenina en una mujer, y, sin embargo, al examinar a los homosexuales encontramos casi exclusivamente personas con impulsos femeninos o interpretados como femeninos, mientras que los masculinos parecen faltar; por otro lado, las mujeres muestran con extraordinaria frecuencia impulsos masculinos. Esto es extraordinariamente lamentable para una argumentación en el sentido de la herencia, en favor de un hecho innato. Pues podemos preguntarnos con razón: ¿dónde están, entonces, los impulsos masculinos? Debo añadir entre paréntesis: naturalmente, los impulsos masculinos no faltan, o no del todo, pero quedan tan relegados a un segundo plano por la índole femenina, al menos en los casos de estructura nítida, que esta discrepancia, esta contradicción interna, nos llama especialmente la atención.

Una segunda objeción, igualmente justificada, y que hay que considerar con atención, es la enorme frecuencia de la homosexualidad facultativa, es decir, de sucesos homosexuales cualesquiera en la vida de una persona, ya sea en su infancia, ya en largos viajes, como entre los marineros, o entre internados, en la vida de soldado o en la convivencia de los niños en la escuela. Y esta homosexualidad facul<!-- S. 128 -->tativa, que muchos buenos observadores suponen un fenómeno casi regular en la vida de cada uno, tampoco nos inclina a conceder a la herencia un peso preponderante en esta cuestión.

Un segundo grupo de investigadores supone la fijación de ciertas vivencias sexuales (casi siempre en la infancia). También a esto se opone la experiencia, por cuanto tales vivencias homosexuales infantiles, aparentes o reales, son sumamente frecuentes, y además porque las vivencias homosexuales que nos relatan pacientes o acusados conservan a veces tal pobreza que nos es imposible extraer de ellas conclusiones de alcance, salvo, a lo sumo, la de cuán llamativo es que el homosexual considere semejante vivencia como decisiva para todo su desarrollo. Lo mismo tenemos que objetar a aquellos autores que pretenden explicarnos el estado de los homosexuales con la hipótesis de la fijación de tales vivencias.

Incluso nos vemos obligados a plantear una pregunta que nos muestra lo dudoso de esta concepción bajo una luz completamente distinta. Podemos preguntarnos con razón por qué los interesados fijan precisamente tales vivencias y no otras, de las que sin duda también han participado. Es una pregunta que, de otra manera, ocupa también con mucha frecuencia a la pedagogía. ¿Qué retenemos por costumbre? ¿Qué imitamos, en definitiva? ¿No está guiado y restringido el ser humano en su instinto de imitación por leyes casi vinculantes? La observación de individuos jóvenes, de niños, pero también de adultos que de algún modo destacan especialmente por su imitación, enseña que nadie imita lo que no le conviene de un modo u otro.

Pero ¿qué le conviene a un homosexual de la fijación de la vivencia homosexual? Tenemos que remontarnos a una época anterior a la vivencia: al examinar a esas personas se ve que, con particular intensidad y con total independencia de cualesquiera sucesos sexuales, subrayan siempre que ya a los 2-3 años se las tomaba por una niña, que jugaban con especial predilección con muñecas, que estaban casi exclusivamente en compañía de niñas, etc.

Así pues, tampoco la teoría de la fijación de vivencias infantiles nos lleva a comprender en absoluto esta actitud, al parecer tan inquebrantable, de una persona que en realidad ya desde muy pronto trabaja en contra del sostén[^t1] de todo el orden social. Pues con su desarrollo el homosexual niega el principio fundamental de la conservación de la sociedad, y apenas es concebible que él —sea cual sea el modo en que haya llegado a su manera de ver y de sentir— no haya sentido, notado y elaborado las enormes resistencias que se le han interpuesto en su desarrollo homosexual. Puede decirse que es tanto más difícil ser homosexual que normal, que ya en ello obtenemos una medida del enorme despliegue de fuerzas que hace falta para ir por la vida como homosexual. Y este despliegue de fuerzas podemos observarlo de hecho en todo perverso. Podemos observarlo en todo su modo de deducir, en su <!-- S. 129 --> consideración del hombre, de la mujer, de sus vivencias, y vemos paso a paso los preparativos que hace para llegar a una actitud unitaria que no pueda ser quebrantada con facilidad. Precisamente los casos mixtos, que son innumerables y constituyen la mayoría, nos muestran a menudo el desarrollo homosexual por etapas: cómo solo con un despliegue de fuerzas muy especial se ha logrado abandonar la dirección normal y estrechar la vida hasta tal punto que ya solo queda sitio para la homosexualidad.

En los detalles es a menudo conmovedor y cómico a la vez observar cómo el interesado se hipnotiza a sí mismo paso a paso, se impone por la fuerza la idea de no estar hecho para la norma. Sus argumentos tienen tan poco peso que hay que estar acostumbrado al dialecto de los homosexuales para conservar la calma. Conozco a algunos que exteriormente no llaman en absoluto la atención y que, no obstante, subrayan de sí mismos alguna pequeñez: que su laringe no está conformada de modo masculino, que su barba no es tan poblada como la de otros, etc. Se puede confirmar con extraordinaria rapidez la impresión de que los interesados han reunido trabajosamente todo lo posible para dar alguna fuerza persuasiva a sus ideas sobre su condición distinta.

Nos ocupa la pregunta: ¿de dónde procede esta tendencia casi inextirpable a negarse los signos de la masculinidad y a ganar, por así decir, una plena certeza, una confirmación, una justificación de su modo distinto de sentir y de ver? La explicación no puede obtenerse de la consideración de los actos homosexuales ni del modo de ver homosexual. Como en todos los fenómenos de la vida psíquica humana, solo logramos comprender cuando hemos penetrado toda la personalidad del interesado, cuando hemos llegado hasta su sentido, hasta su ser más íntimo, y hemos comprendido de qué clase es la respuesta que esa persona da a las exigencias de la vida social. Y cuando se oye a homosexuales hablar de su actividad homosexual, que quizá los ha llevado a conflicto con la ley penal o que los atormenta y los oprime, se descubre que tampoco en el resto de su vida reina en absoluto la norma que cabría esperar de alguien que por lo demás fuese plenamente apto para la vida y solo quizá no diera la talla en el terreno sexual. Los rasgos más destacados que, modificados de algún modo, se hacen patentes en el carácter del homosexual son: *una ambición desmedida y una cautela extraordinariamente pronunciada, o cobardía ante la vida*.

Ya podemos enlazar con este hallazgo regular y plantearnos la pregunta: ¿cuál puede ser el destino de una persona que lleva en sí dos rasgos de carácter tan contradictorios: una ambición que nunca permite esperar satisfacción y, por otro lado, una cobardía que la paraliza ya al primer paso hacia la satisfacción de esa ambición? De algún modo, todo nervioso lleva en sí, atenuados, estos dos rasgos de carácter. Así se confirma, cuando se sigue más de cerca el carácter del homosexual, que nos ofrece la imagen intachable de una persona nerviosa, cuya nerviosidad solo no se expresa con tanta claridad porque ha estrechado su radio de acción con la homosexualidad tanto como el <!-- S. 130 --> nervioso solo lo hace con su neurosis. En este círculo reducido los síntomas nerviosos a menudo apenas se hacen notar. Por regla general, el homosexual ha logrado, *eliminando las condiciones que la dificultan*, crearse una vida a la que todavía responde plenamente o que, al menos, puede seguir con más facilidad que aquel a quien la heterosexualidad empuja una y otra vez a salir a la vida y pone en contacto con todas las cuestiones, exigencias y dificultades de la vida social. No obstante, en muchos homosexuales cuyo círculo de actividad no es demasiado estrecho se comprueba que no les faltan síntomas graves. Los más frecuentes de estos síntomas son fenómenos obsesivos.

De la historia infantil de los homosexuales llaman también la atención una serie de fenómenos paralelos y concordantes que es fácil poner en relación. Uno de los puntos de vista más importantes de mi concepción ha sido haber logrado demostrar con regularidad en los homosexuales cuán sumamente difícil les resultó su *identificación sexual*[^t2] y cuánto más tarde se produjo que en otros niños. Por regla general se oye hablar de niños que tienen la tez fina, que llevaron faldas largas, que anduvieron con vestidos de niña más tiempo que otros niños, que siempre tuvieron niñas por compañeras de juego, y a los que desde fuera no se les sugirió ninguna experiencia de que fueran de otro sexo que las niñas. Ya están *erróneamente* encaminados en un desarrollo psíquico de niña cuando, para su sorpresa, se les hace reparar en que en realidad pertenecen al otro sexo. Y esta nueva dificultad, en niños cuya *ambición* está especialmente aguijoneada y cuya *cautela* los estorba ante cada nueva acción, es también en este caso extraordinariamente significativa. Ya no basta con que tengan experiencias de otra clase, sino que aprovechan las experiencias de otra clase para afianzarse en su punto de vista de que no son como los varones, de que aquí se da algún prodigio de la naturaleza, alguna condición distinta que por lo general les parece una *distinción*, una concepción que su ambición favorece de buen grado.

¿Por qué desempeña la ambición un papel tan grande en estos niños? No se trata de niños cuyo desarrollo es rectilíneo, sin trabas, sino o bien de niños que extraen de su *posición* un sentimiento de debilidad y de inferioridad, o bien de aquellos a quienes su entorno impone tal presión o tal mimo que al principio se vuelve especialmente intenso el deseo de verse libres en el futuro de cualquier vientecillo áspero[^2] y de estar siempre en primer lugar. Y esto vale para ambas formas extremas de educación: las dos alimentan y acrecientan el anhelo de los niños de ganar un futuro en el que estén absolutamente a salvo de todas las penalidades de la vida. Este afán y el miedo a quedarse cortos en él hacen que su fantasía se oriente de manera peculiar hacia el dominar y el querer dominar, que busquen para su vida futura una situación en la que no tengan que esperar peligro alguno de ningún lado. Si ahora, como en <!-- S. 131 --> la identificación sexual dificultada, se añaden nuevas dificultades para el niño por circunstancias familiares difíciles, por relaciones conyugales desordenadas de los padres, estas le sugieren la idea de buscar la coronación de su ambición por un camino especialmente estrecho. Y la pregunta que surge principalmente es la de su postura frente al otro sexo.

Aquí hay diversas respuestas. Mientras que en un desarrollo homosexual encontramos que el sexo distinto aparece completamente eliminado, en otros encontramos compromisos de diversa clase. Pero siempre cae la sombra de la condena sobre el otro sexo. En el momento en que el niño da el giro hacia lo homosexual, alcanza también al otro sexo con la tendencia a rebajarlo. Es en realidad la misma dinámica bajo otra luz. Un fenómeno remite más allá de sí al otro, y sus dos líneas tienen que encontrarse. Por eso no hemos de considerarlas por separado, sino en su conexión. Cuando de una situación difícil de la vida infantil se desarrolla una ambición ardiente, es comprensible que no pueda subsistir sin estar protegida por una cautela especial. La confluencia de estos dos rasgos de carácter hace que ya en el niño, y más tarde en el adulto, se instale una actitud de clase muy determinada, que siempre podemos distinguir en sus movimientos corporales y sobre todo en su actitud ante la vida, con tal de que tengamos en cuenta que estos rasgos no se muestran tan claramente en una situación asegurada. La actitud del homosexual ante la vida será siempre *vacilante*.

El homosexual tiene diversas peculiaridades. De algún modo y en diversos grados estará apartado de la vida social, habrá cambiado de profesión, habrá empezado más tarde y terminado antes. Toda su vida transcurre como bajo un dispositivo de freno. La fuerza que mueve este dispositivo de freno tiene que ponerla una y otra vez el homosexual *mismo*.

Primer caso.

Un hombre de treinta y tantos años, de las más altas capas sociales. Alto, de musculatura atlética, pero que efectivamente no tiene una barba tan marcada como cualquier otro con quien se le pudiera comparar. Cuenta que sus hermanos tampoco se distinguen precisamente por una barba poblada. En su padre sería distinto. Pero su abuelo, que había inmigrado, procedería de una región conocida porque su raza tiene una barba escasa. Y este fenómeno, del que el paciente había hablado durante años, a sí mismo y a cada médico, como prueba de su homosexualidad innata, puede atribuirlo él mismo a una peculiaridad racial, sin que esto haya cambiado lo más mínimo su actitud. Ya en esto vemos con qué habilidad tendenciosa proceden los pacientes en todas sus argumentaciones. No es mala intención, sino la *astucia inconsciente de los nerviosos*, que ya conocemos, a la que llegan por sí mismos, sin notarlo, por su cautela siempre presente en la vida, y que se les adhiere como un mal hábito y no como una intención engañosa y consciente. —Era el menor de 3 hermanos. Los niños estaban estrictamente vigilados. Hasta <!-- S. 132 --> los 10 años nunca estuvo con niñas; de su familia solo tuvo trato estrecho con dos hermanos, de los que él es el menor. Esta circunstancia no carece de importancia. La psicología del hijo menor es extraordinariamente complicada e interesante. Son en especial 2 los rasgos por los que los menores se distinguen regularmente, pero que pueden presentarse en mezclas tan distintas que a menudo encontramos caracteres francamente opuestos. Uno de los rasgos es que están oprimidos por el sentimiento de su pequeñez. Están siempre como bajo presión, se distinguen por querer ser más grandes de lo que son. Siempre les afectan vivamente los sucesos y las palabras que aluden a su pequeñez y que pueden aguijonear su ambición. También el mundo de los cuentos conoce al menor, lo distingue y le atribuye una disposición especial. Siempre está manos a la obra, lleva puestas las botas de siete leguas, etc. Con ello se hace también verosímil que entre los personajes de la historia universal cuyo rápido avance llama la atención, sobre todo en el arte, haya habido con mucha frecuencia hijos menores. Podemos hablar aquí de *psicología de la posición*. La posición excita al menor, de modo que, bajo la presión de su ambición, procura siempre llegar más lejos que su entorno. Pero esto solo en condiciones favorables. Pues, por otro lado, las dificultades y barreras con que se encuentran los hijos menores son con mucha frecuencia la razón de que pierdan la fe en sí mismos, de que se vuelvan especialmente cautelosos y se resignen. Su cautela llegará a expresarse de algún modo incluso en su rostro. En los reconocimientos de reclutas en el ejército durante la guerra he identificado a menudo a los hermanos menores. Una ambición incansable pero temblorosa, o la tendencia a escaparse, se reflejan en su actitud.

Nuestro paciente cuenta además que sus hermanos mayores siempre lo relegaban, pero que él siempre quería estar en primer plano, que siempre se había medido con los demás; en suma, que le era familiar tener una ambición que excedía la norma y, por otro lado, que no quería arriesgar nada, que meditaba 100 veces cada situación y que una y otra vez caía en dudas y vacilaciones. La vigilancia de la familia fue particularmente cuidadosa, de modo que quedó excluido un conocimiento prematuro de las cuestiones sexuales. A los 10 años el paciente ingresó en un colegio conventual, donde solo había muchachos. Ese colegio me es conocido como severo y fanático. Cuando su instinto sexual había adoptado formas claras, no tenía en absoluto claro el significado del instinto sexual ni de su papel sexual. Las muchachas le parecían algo enigmático e incomprensible. Había aprendido además que toda concesión en lo sexual era un pecado grave. Cuando más tarde llegó a estar más al corriente y adquirió conocimientos por sus compañeros, solo le quedó en realidad el camino de la masturbación, que sin duda también consideraba pecado, pero que sentía como más llevadera, porque con ella no causaba daño a ningún otro. Desde el punto de vista de la comunidad, este punto de vista es del todo erróneo. *Kant* planteó la pregunta de por qué sentimos la masturbación como algo pecaminoso. Me parece que lo que hace <!-- S. 133 --> que rechacemos incondicionalmente esta forma de actividad sexual sin comunidad, aun cuando, como en los casos observados, aparentemente uno se haya conformado con ella, es la irrupción siempre renovada en cada individuo del sentir humano general, del sentimiento de comunidad diferenciado, del amor a la especie.

En nuestro caso hay que subrayar especialmente que, por su posición de aristócrata de muy alto rango, su vida transcurrió también después extraordinariamente aislada. Trataba con pocas personas y estaba destinado de antemano a pasar el resto de su vida como terrateniente. Pero tampoco encontramos en toda su vida, en realidad, nada que pudiéramos calificar de acción activa. Cursó en condiciones benévolas un *Gymnasium*[^t3] en el colegio conventual, se hizo cargo de la finca de sus padres; no es una persona malvada, no ha hecho daño a nadie. Siempre ha estado allí donde lo pusieron o adonde lo puso un destino calculable de antemano. También en la homosexualidad vemos esta distancia mantenida respecto de la vida social y sus exigencias, y en la cuestión de la sexualidad la misma actividad deficiente, que en otros casos, desde luego, resulta más intensa.

De pronto sobreviene una vivencia. El paciente se casa. Se trataba de una huérfana de familia de alto rango, a la que nuestro paciente, tras un breve conocimiento, había confesado su homosexualidad. Como suele suceder tan a menudo con las muchachas, también ella se sintió atraída por una tarea que le correspondía y en la que podía mostrarse salvadora, y así contrajo matrimonio con todas las condiciones y reservas que su marido le había puesto. El matrimonio fracasó por completo. Se reveló una impotencia psíquica total. Detrás de la impotencia psíquica se esconde la falta de capacidad de entrega. Estas personas, incapaces de entregarse a una causa o a una persona, siempre atentas solo a su prestigio, están siempre a distancia de la vida. El paciente se hallaba en un estadio de desarrollo psíquico en el que eludía toda nueva prueba de su valía. Tenía una finca, una esposa. Pero a lo que la vida quisiera exigirle además, le negaba su aprobación. En realidad ya solo tiene la tarea de rechazar cualquier otra exigencia mediante la legitimación de enfermo que le dan su homosexualidad y otras molestias nerviosas. También frente a su mujer era completamente inocente, pues ya se lo había confesado todo de antemano, y ella no podía hacerle reproche alguno. Más aún: en realidad, por toda la situación en que la había puesto, la había obligado a estar a su disposición como amiga, consejera, secretaria. Pues nunca le había hecho promesa alguna. Era, pues, la situación de alguien apartado del mundo, una situación que ya habría podido deducirse de su infancia. Tenemos que suponer, en relación con muchos otros fenómenos de su vida y de la vida de otros, que la intención de no participar en el juego estaba en él tan firmemente asentada que debemos considerarla la solución ideal de su cuestión vital. Apoyado en esta solución ideal, acude al médico con la misma cautela y con el mismo secretismo que, por otra parte, le permite no mezclarse con la gente, porque supuestamente lo reconocerían en seguida como homosexual. Eso le parecería una mancha infamante.

En todos estos casos es importante además el siguiente punto de vista: los homosexuales, por regla general, ostentarán con orgullo <!-- S. 134 --> su mal hábito[^3], si no les impide manifestarlo alguna circunstancia. También las ideas obsesivas o los actos obsesivos se desarrollan en un estado de ánimo del paciente como si este quisiera rechazarlos, como si le resultaran incomprensibles. Desde el punto de vista de un sistema preconcebido, ciertamente, estas son diferencias de peso. Psicológicamente considerada, la diferencia no es en absoluto tan grande. Una idea obsesiva sexual exige, bajo la presión del instinto sexual, que se le dé curso, y si ello todavía es posible y lo facilita la actividad que aún le queda al paciente, este tiene que encontrar de algún modo comprensibles sus ideas obsesivas, porque de lo contrario se apartaría él mismo de la meta de la satisfacción. Ahora bien, hay bastantes homosexuales que ven en sus pensamientos y fantasías algo incomprensible y enigmático y procuran combatirlos sin cesar. La analogía con la neurosis obsesiva está, pues, bastante asegurada.

Segundo caso:

En la literatura se tiene en cuenta casi siempre solo la homosexualidad masculina, en parte por razones relacionadas con la jurisprudencia. Pero exactamente las mismas líneas fundamentales pueden demostrarse en la homosexualidad femenina.

Una paciente de 25 años, la mayor de dos hermanos, tenía cuatro años cuando le nació un hermano, al que se dirigió entonces toda la atención de la familia. Ella quedó apartada. De ahí procedió un poderoso desarrollo de su ambición. A ello se sumaba un cuadro familiar extraordinariamente sombrío: el padre, violento; la madre, frívola. La muchacha, despierta, advierte lo que sucede en la familia, el matrimonio le repugna, se aparta del padre, ve en él a un hombre violento, procura obtener esa misma imagen también del hermano, para alcanzar la seguridad de que todos los hombres son brutales. Se aparta de ambos y no habla con ninguno. Lleva una vida temerosa y aislada, no encuentra en ninguna parte estímulo para el juego, es altanera con sus compañeras, pero su ambición le gana las simpatías de la maestra. Se la destina a los estudios. A los 10 años es testigo presencial de un parto que tiene lugar en una habitación contigua, el de una criada. Su aversión, su espanto ante el papel femenino crecieron con ello considerablemente. Al comenzar la pubertad aparece un extraordinario abatimiento, y la muchacha se entrega a la bebida. También aquí volvemos a encontrar el despliegue de fuerza para eludir la vida normal de una muchacha de un medio de padres acomodados.

Su degeneración en la homosexualidad llevó mucho tiempo, y ya tenía amistad personal con una homosexual de su ciudad natal, pero aún hicieron falta dos años hasta que un día, *tras una violenta disputa* con su madre, en un arrebato de afán de venganza, se fue con esa muchacha homosexual y desde entonces vivió con ella. Siempre se había mantenido alejada de los hombres. Pero había un pariente, un joven de aspecto especialmente repulsivo y facciones feas, con el que sí llegó a tener confianza, con el que <!-- S. 135 --> mantenía conversaciones científicas y sociales y con el que a veces también daba paseos. Le parecía absolutamente inofensivo. Pero precisamente su especial cautela fue su desgracia. Un día le confió su secreto homosexual, y entonces el joven intentó un chantaje con el fin de obligarla a casarse con él. Se llegó a la boda, que terminó al cabo de unas cuatro semanas con un divorcio. La mujer resultó, si se me permite decirlo así, impotente. La historia se hizo pública, y su madre, con la que la muchacha había vivido siempre en la mayor enemistad, me pidió que me ocupara de su hija.

La paciente solo hablaba de su ambición, de su inclinación a realizar algo en la ciencia, y su alejamiento del papel de mujer era tan claro que no podía pasarse por alto. En sociedad procuraba hacerse imposible. Cualquier trabajo que empezara, siempre encontraba también el modo de interrumpirlo. Esta peculiar manera de andar procedía de un error temprano, infantil, en la apreciación de las exigencias de la vida, que ella exageraba en su pesimismo, y del miedo a no poder estar a la altura de esas exigencias, lo cual reflejaba su baja estima de la mujer. El homosexual ve en su pesimismo los peligros de la vida heterosexual extraordinariamente grandes, de modo que en realidad nos parece natural que retroceda ante todas las empresas que podrían encaminarlo a asumir plenamente su papel sexual, y su actitud es como si quisiera detener el tiempo, frenar el progreso que sería natural. Nosotros conocemos sus motivos. Pero el homosexual no los conoce, y se resiste además a reconocerlos. Toma por auténtico lo que nosotros vemos como un error, y además se apoya en ello en los errores de una literatura aparentemente competente, científica o profana, que le da la razón en su juicio sobre la inmutabilidad. Ahora bien, semejante disposición mental, en la que el homosexual vive, fantasea y actúa, lo hace *irresponsable*. Con ello no queda en absoluto vedada una intervención de la colectividad. Lo que me parece más importante en el tratamiento es, después de todo, la lógica de la vida, que también en él se impone, que lo induce al menos a un gran secretismo y que le provoca también palpitaciones cuando sigue su idea fija, su arrebato. En ello se manifiesta la voz de la comunidad, que en cualquier circunstancia tiene que ser contraria a la homosexualidad.

[^1]: Véase *Adler*, «Das Problem der Homosexualität» [El problema de la homosexualidad], E. Reinhard [sic, por Reinhardt], Múnich, 1917.

[^2]: Véase *Adler*, *Studie über Minderwertigkeit von Organen* [Estudio sobre la inferioridad de los órganos], 1907, Viena y Leipzig, editorial Urban & Schwarzenberg.

[^3]: Cf. *Píndaro, fragmento 123* (ed. *Christ*): «Quien no está prendado de amor por el muchacho Teóxeno tiene el corazón forjado en bronce, y, despreciado por Afrodita, se afana por ganar dinero con violencia o es arrastrado por el gélido camino como siervo de la osadía femenina».[^t4]

[^t1]: El original dice «dem Haft der ganzen Gesellschaftsordnung»; *Haft* («arresto», «prisión») no da sentido y debe de ser errata por *Halt* («sostén», «apoyo»), que es lo que se traduce. (N. del T.)

[^t2]: *Geschlechtsfindung*: literalmente, «el hallazgo del propio sexo», el proceso por el que el niño llega a saberse y sentirse de uno u otro sexo. (N. del T.)

[^t3]: *Gymnasium*: en los países de lengua alemana, escuela media de ocho cursos (de los diez a los dieciocho años), con latín y griego, que terminaba con el examen de madurez (*Matura*) y daba acceso a la universidad. Se deja en alemán, porque ni «gimnasio» ni «instituto» le corresponden en español. (N. del T.)

[^t4]: El fragmento de Píndaro (123 Snell-Maehler) está dedicado a Teóxeno de Ténedos; Adler lo cita en una traducción alemana libre («Theoxenes» en el original), que aquí se traduce tal cual. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar de la University of Michigan digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Über die Homosexualität» (conferencia en la Sociedad Jurídico-Médica de Zúrich, 1918), en *Praxis und Theorie der Individualpsychologie*, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XIV, págs. 127-135. Es una conferencia distinta del folleto *Das Problem der Homosexualität* (1917), que cita en la nota 1. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Forma parte del libro [*Praxis und Theorie der Individualpsychologie*](https://adler.school/archivo/adler/1920%20Praxis%20und%20Theorie%20der%20Individualpsychologie) [Práctica y teoría de la psicología individual] (1920), cap. XIV.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en párrafos, la rotulación de los casos, las notas del autor, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. Las erratas evidentes del original se traducen según el sentido. *Gemeinschaftsgefühl* se traduce «sentimiento de comunidad»; *Ehrgeiz*, «ambición»; *Vorsicht*, «cautela»; *zögernd*, «vacilante»; *Verzärtelung*, «mimo»; *Position*, «posición»; *Krankheitslegitimation*, «legitimación de enfermo». Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
