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Title: Melancolía y paranoia. Resultados de la psicología individual en la investigación de las psicosis
Description: Comunicación de Adler preparada para el congreso de Berna de 1914, que no llegó a celebrarse, y publicada en Praxis und Theorie der Individualpsychologie (1920): la melancolía y la paranoia como respuestas a decisiones temidas, el «escenario de guerra secundario» al que el enfermo desplaza su actividad, y tres sueños de un melancólico.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1914%20Melancholie%20und%20Paranoia
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<!-- S. 171 -->

XXI.

# Melancolía y paranoia.

(1914.)

Resultados de la psicología individual en la investigación de las psicosis.

*Observación preliminar*: Las fuerzas impulsoras de las neurosis y las psicosis que he descubierto y descrito —*el sentimiento de inferioridad infantil; la tendencia a la seguridad y el afán de compensación; la meta ficticia de superioridad, erigida en la infancia y que actúa después teleológicamente; los métodos, rasgos de carácter, afectos, síntomas y actitudes que de ello resultan y que se han puesto a prueba frente a las exigencias de la trabazón social, todos empleados como medios para la elevación ficticia del sentimiento de la personalidad frente al entorno; la búsqueda de rodeos y de una distancia respecto de las expectativas de la comunidad, para escapar a una valoración real y a la responsabilidad y la obligación personales; la perspectiva neurótica y la desvalorización tendenciosa de la realidad, que llega hasta la locura*— nos han llevado a mí y a muchos otros investigadores a establecer un principio explicativo que ha demostrado ser valioso e indispensable, en la más amplia medida, para la comprensión de las neurosis y las psicosis[^1]. Los mecanismos antes citados se exponen con detalle en la obra del autor *Über den nervösen Charakter* [El carácter nervioso] (Bergmann, Wiesbaden, 2.ª ed., 1919), en *Studie über Minderwertigkeit von Organen* [Estudio sobre la inferioridad de los órganos] (Urban und Schwarzenberg, Viena, 1907) y en el presente volumen.

Mis investigaciones ulteriores sobre el mecanismo de la psicosis han llegado a una conclusión provisional con las siguientes comprobaciones: a los tres significados fundamentales del delirio ya señalados:

> anticipación y representación alucinatoria de un deseo o de un temor con el fin de un aseguramiento,
>
> desvalorización tendenciosa de la realidad y
>
> elevación consiguiente del sentimiento de la personalidad

se añaden otros dos de la mayor importancia:

> lucha contra el entorno más próximo o más lejano y
>
> desplazamiento de la actividad del paciente *desde su problema principal hacia un escenario de guerra secundario*.

Como se ve fácilmente, las cinco condiciones del delirio están en una conexión lógica y psicológica.

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En la siguiente comunicación, que en 1914 estaba preparada casi en la misma forma para el congreso de psicología y psiquiatría (en Berna) que ya no llegó a celebrarse, se intenta exponer la estructura psicológica de la melancolía y de la paranoia de acuerdo con los hallazgos anteriores.

## I. Melancolía.

*Actitud y plan de vida de los predispuestos a la melancolía, estallido de la enfermedad y lucha contra el entorno. Conquista del escenario de guerra secundario por miedo a decisiones rebajadoras.*

1\. La melancolía ataca a individuos cuyo método de vida cuenta predominantemente, ya desde la primera infancia, con las prestaciones y el apoyo de otras personas. En su vida predominan los fenómenos de menor actividad y los de naturaleza no viril. En su trato se muestran casi siempre limitados al círculo familiar o a un pequeño círculo fijo de amigos, buscan siempre apoyarse en otros y no desdeñan forzar el apoyo, la adaptación y la docilidad de los demás mediante indicaciones exageradas de su propia insuficiencia. Que su egoísmo, a menudo ilimitado, les reporte a veces éxitos exteriores en una época de afán ilimitado de lucro no habla en contra. Pero ante la cuestión principal de su propia vida —el progreso, el desarrollo o aunque solo sea el mantenimiento de su propio ámbito de acción— se apartan cuando surgen dificultades, o solo se acercan a ella vacilando. El tipo maníaco-depresivo, en cambio, podría caracterizarse en general por empezar toda acción con entusiasmo para decaer poco después de modo violento. Este ritmo característico, propio también de los movimientos y actitudes de los días sanos, se refuerza y consolida en el momento de la enfermedad invocando la idea delirante y mediante su configuración demostrativa y adecuada al fin. Entre estas dos formas está la melancolía periódica, cuyo estallido se produce regularmente en cuanto la vacilante fe del paciente en su éxito le obliga a rechazar una llamada de la vida (matrimonio, profesión, sociedad).

2\. Toda la conducta vital del «*typus melancholicus*» deja ver, como presupuesto y punto de partida más importante, una concepción ficticia pero penetrante —una perspectiva melancólica procedente de la vida psíquica infantil— según la cual la vida representa una empresa difícil y enormemente arriesgada, mientras que la inmensa mayoría de los hombres está formada por individuos hostiles y el mundo por obstáculos incómodos. En esta actitud, contraria al sentimiento de comunidad, reconocemos un sentimiento de inferioridad reforzado y uno de aquellos artificios que hemos descrito como base del carácter nervioso; con sus peculiares tendencias agresivas, transformadas en rasgos de carácter, afectos, disposiciones y habilidades (¡el llanto!), se sienten más a la altura de las exigencias de la vida y procuran hacerse valer, en sus «días sanos», en un círculo pequeño. Concretando su sentimiento subjetivo de inferioridad, reclaman abiertamente o de modo tácito, desde su infancia, una «asistencia a lisiados» acrecentada.

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3\. Su autoestimación es, pues, desde la infancia, claramente baja, lo que ha de deducirse de sus incesantes intentos de hacerse valer; con todo, aluden a menudo —y estas indicaciones, casi siempre encubiertas, caracterizan el parentesco psíquico con la paranoia— a la posibilidad desaprovechada de un desarrollo extraordinario, casi siempre a males familiares, o delatan en su idea delirante melancólica un presupuesto inquebrantable de fuerzas sobrehumanas, incluso divinas. Pues esto y no otra cosa está en el fondo de aquellas quejas en que el enfermo, *en una idea de grandeza encubierta*, lamenta el terrible destino que, junto con su fin, caerá sobre su familia, o en que subraya, entre autorreproches, su culpa en el hundimiento del mundo, en el desencadenamiento de la guerra mundial, en la muerte y la perdición de otras personas. No pocas veces hay también en la queja forzada sobre la propia incapacidad una alusión amenazadora a peligros completamente reales, materiales o morales, para el círculo de la familia y de los amigos, y al mismo tiempo un realce de la importancia personal del enfermo que no podría imaginarse más fuerte. Tales son las metas del melancólico, y con tales fines se acusan abiertamente de todas las formas de inferioridad y *asumen demostrativamente la culpa de todos los fracasos y reveses*. El éxito de su conducta es entonces, como mínimo, que pasan a ocupar mucho más que antes el foco de la atención de su círculo restringido, y que espolean a las personas obligadas con ellos a las mayores prestaciones, a los sacrificios más notables y a la complacencia más amplia. En cambio, su voluntad se ha liberado de la más mínima obligación y vinculación social, lo que siempre correspondió mejor a su ideal directriz egocéntrico, porque este les hacía sentir toda inserción y vinculación con el otro y con sus derechos como una coacción insoportable y como una grave pérdida del valor personal.

Junto a los autorreproches y autoinculpaciones nunca faltan, sin embargo, las alusiones secretas a la herencia, a los errores educativos de los padres, a la malintencionada desconsideración de parientes o superiores; solo que esta acusación de otros —de nuevo un fenómeno emparentado con la paranoia— se desprende de la posición inicial del melancólico. Así, por ejemplo, cuando la melancolía estalla en una hija menor después de que la madre ha decidido irse de viaje por una larga temporada con la hija mayor, o cuando la enfermedad surge en un hombre de negocios que, derrotado varias veces en las votaciones por sus socios, se ve empujado a ejecutar decisiones tomadas contra su voluntad.

Las alusiones como las anteriores a la herencia, a anomalías corporales, etc., sirven por otra parte también para establecer que se trata de una enfermedad inmutable e incurable, lo que aumenta considerablemente la cotización del padecimiento.

Así, la melancolía sirve, como toda neurosis y psicosis, al afán de elevar notablemente el valor social de la voluntad propia y de la personalidad, al menos para la propia sensación. Su peculiaridad forzada se configura, bajo la presión de un descontento hondamente sentido y de un sentimiento de inferioridad casi siempre objetivamente injustificado, en personas cuyo tipo infantil se ha descrito al principio. <!-- S. 174 --> Que paguen los costes, increíbles a nuestros ojos, de una actitud que, con todo, es consecuente en las posiciones difíciles de su vida, lo enseña ante todo la evidencia, y tiene su fundamento en la tensión desmesurada en que se hallan respecto de la vida. Su susceptible ambición, que les hace perseguir con secreta vacilación una superioridad ostentosa, los obliga al mismo tiempo a la deserción o al apocamiento ante las tareas sociales mayores. Así, mediante una autolimitación sistemática, llegan a una vía muerta, a un círculo estrictamente acotado de personas y tareas, que cultivan hasta que les amenaza un cambio que parece difícil. Entonces interviene el patrón construido en la infancia, nunca revisado, de nuevo sin examen: empequeñecerse, actuar por medio de la debilidad y la enfermedad.

4\. El medio de combate más destacado del *typus melancholicus* para elevar su posición es, desde la primera infancia: la queja, las lágrimas y el abatimiento triste. Muestra de la manera más torturante su debilidad y la necesidad de su deseo de cada momento, para obligar o inducir a otros a prestarle servicios.

5\. Obtienen además, a su manera, la apariencia y la convicción de su irresponsabilidad por sus fracasos en la vida, porque subrayan siempre su debilidad inmutable y la falta de una ayuda exterior. El parentesco psíquico con el tipo de los fóbicos y de los hipocondríacos es innegable; solo que en el caso de la melancolía, con el fin de un ataque más fuerte y por razones de un sentimiento de inferioridad más amplio, desaparece la conciencia de enfermedad y se elimina toda crítica de la idea delirante: mediante una fuerte anticipación de una desgracia ineludible y una decidida identificación con el peligro que amenaza. El imperativo categórico del melancólico dice, por tanto: «obra, piensa y siente como si el terrible destino que pintas en la pared se hubiera abatido ya sobre ti o fuera inevitable». Y, como presupuesto principal del delirio melancólico: *su mirada profética, emparentada con la divinidad*.

Siguiendo este conocimiento, se aclara también, medida por el vínculo común de la perspectiva pesimista, la conexión con la neurosis y la psicosis en general. Por ejemplo, para elegir ejemplos sencillos: *enuresis nocturna*: «¡obra como si estuvieras en el retrete!». *Pavor nocturnus*: «¡compórtate como ante un gran peligro!». Las llamadas sensaciones neurasténicas e histéricas, estados de debilidad, parálisis, vértigos, náuseas, etc.: «imagínate que tienes un aro alrededor de la cabeza, que tienes algo atravesado en la garganta, que estás a punto de desmayarte, que no puedes andar, que todo da vueltas, que has comido algo en mal estado», etc.

Siempre se trata del efecto sobre el entorno. Así también, como he subrayado desde hace tiempo, en la «epilepsia genuina», en la que quizá siempre se representan de modo pantomímico la muerte, la ira impotente, fenómenos de envenenamiento, un defenderse y sucumbir. El material de la representación se deriva de las posibilidades del organismo, que a menudo proceden de fenómenos de inferioridad innatos (véase *Adler*, *Studie über Minderwertigkeit der Organe*, 1917),[^t1] y empiezan a desempeñar un papel en cuanto son capaces de favorecer las metas superiores del nervioso <!-- S. 175 --> y son favorecidas por ellas. Pero en todo caso el síntoma o el ataque del paciente significa que está apartado del presente (por la anticipación) y de la realidad (por la identificación con un papel). El éxito de este apartamiento se manifiesta con mayor fuerza, sin duda, en la epilepsia genuina. Un tipo frecuente de estos enfermos resulta ser el hijo menor (a veces seguido de un nacido tardío) y presenta un desplazamiento asimétrico hacia abajo de la mitad derecha de la cara, un aumento de la eminencia parietal derecha y huellas de zurdera.

La psicosis muestra, de acuerdo con la actitud más cerrada del paciente, que está a punto de abandonar toda aspiración leal, el apartamiento más fuerte, la desvalorización y violentación más amplias de la realidad.

6\. Así pues, también en la psicosis, como en la neurosis, son las situaciones nuevas o que parecen difíciles, las decisiones en la profesión, en el amor, los exámenes de todo tipo, en las que, con el fin de la deserción o de la vacilación, como en un complicado *miedo escénico*, se muestra necesaria la insistencia reforzada en lo inmutable de las debilidades y en un destino triste. Aquí el investigador ha de evitar cuidadosamente introducir en la cuenta su propia impresión de toda la dificultad de la situación. Pues lo que guía al melancólico en sus temores, lo que hace «incorregible» su idea delirante, no es la falta de inteligencia o de lógica, sino la desgana, la aversión conforme a un plan a aplicar esa lógica. El paciente piensa, siente y obra «incluso» de modo ilógico con tal de acercarse por este camino, con el medio del delirio, a su meta, con tal de poder elevar su sentimiento de la personalidad. Quien intenta sacudir su delirio le parece consecuentemente su adversario, y así siente también las medidas médicas y los intentos de persuasión como dirigidos contra su posición.

7\. Es la línea propia del tipo melancólico la de llegar, prolongando viejas disposiciones ya elaboradas, a un cuadro clínico que, mediante la insistencia manifiesta y reforzada en la propia debilidad, extiende al entorno la coacción de prestar ayuda y consideración ininterrumpidas pero inútiles. La inutilidad de todo consuelo venido de fuera cuando estalla la melancolía tampoco reside en una falta de consecuencia de este, sino que se desprende de la intención inflexible del enfermo de llevar la conmoción de su entorno hasta el grado más fuerte, de acorralar a todos los implicados y de quitarles toda perspectiva. La curación se produce, en la medida del ánimo de vivir que le quede al paciente, en el momento en que el paciente ha disfrutado plenamente la satisfacción de su superioridad; la indicación llena de tacto de las verdaderas conexiones, lejos de toda pose de superioridad y de todo afán de tener razón, ha resultado favorable en mis casos. La predicción del final de un arreglo melancólico no es sin duda más fácil que la del fin de las lágrimas de un niño. Las posiciones sin salida, una falta especial de ánimo de vivir en la historia previa, las provocaciones y la falta de respeto ostentosa del entorno pueden provocar la intención suicida como acto extremo de venganza de una actividad dirigida constantemente contra la propia persona.

El temor al fracaso, la angustia de no estar, o de ya no estar, a la altura de la competencia social o de las expectativas de la sociedad, de la familia, <!-- S. 176 --> empuja a este tipo, en caso de necesidad sentida subjetivamente, al medio de anticipar la propia perdición. La perspectiva melancólica que surge de esta identificación, y que se ahonda una y otra vez con sus resultados tendenciosos en la vigilia y en el sueño, proporciona con sus efectos sobre el organismo entero el estímulo constante para un empeoramiento del funcionamiento de los órganos. Con cautela pueden, por tanto, aprovecharse para el pronóstico el funcionamiento de los órganos, la actitud corporal, el sueño, la fuerza muscular, la actividad cardiaca, los fenómenos intestinales, etc. Contra la interpretación etiológica de los hallazgos de *Abderhalden* en las psicosis[^t2] habla la conexión psicológica; de acuerdo con nuestras concepciones, tendrían que resultar fenómenos consecutivos o simples síntomas, acentuados en la psicosis, de inferioridades orgánicas innatas. De las inferioridades orgánicas hemos subrayado, como es sabido, entre otras cosas, que en su resultado final pueden formar una base importante del sentimiento de inferioridad infantil, de gran significación etiológica.

8\. Los órganos caen, pues, en la medida en que son accesibles, bajo el poder de la meta melancólica, adaptan su función al papel de conjunto y ayudan así a producir el cuadro de la melancolía clínica (corazón, actitud corporal, apetito, actividad intestinal y urinaria; curso del pensamiento). En la medida en que obedecen a impulsos voluntarios, son puestos en el estado de ánimo melancólico. O bien la función sigue siendo aproximadamente normal, pero el enfermo la siente y la lamenta como defectuosa. A veces el enfermo provoca también, mediante una conducta claramente inadecuada, un trastorno o un estado de irritación (perturbando el sueño, provocando en exceso la actividad intestinal y urinaria).

9\. En este último caso, como también respecto de la ingestión de alimentos, el paciente muestra a menudo una serie de autoinfluencias perturbadoras, que se producen sin suficiente autocrítica, pero de modo sistemático y conforme a un plan. Estos fenómenos, así como las exigencias exageradas del paciente al funcionamiento de su organismo y su errónea estimación de una norma ficticia de la que dice carecer, dejan ver la intención de aportar, visible para todos, una seria legitimación por la enfermedad.

10\. La ingestión de alimentos se restringe despertando pensamientos repugnantes o un recelo angustioso (veneno) y está además, como todas las demás funciones, bajo la presión de la identificación melancólica tendenciosa («como si nada valiera, como si todo tuviera que acabar mal»); el sueño se perturba con cavilaciones forzadas y con pensamientos sobre el sueño que no llega, así como con medios visiblemente contrarios al fin. La función intestinal y urinaria puede alterarse hasta lo morboso mediante una influencia contraria o mediante una solicitación continua, en este último caso produciendo un estado de irritación en el órgano correspondiente. La actividad cardiaca, la respiración y la actitud de la personalidad enferma caen, como a veces también las glándulas lagrimales, bajo la presión de la *ficción* melancólica, que empuja a una identificación sin resto con una situación de desesperación.

11\. La visión más próxima, que solo posibilita una consideración de las conexiones propia de la psicología individual, da como resultado que la actitud melancólica puede aparecer, como *cuadro de estado* y al mismo tiempo como medio de combate, en las personas antes caracterizadas, en <!-- S. 177 --> una situación (*posición*) tal en la que, de otro modo, esperaríamos un arrebato colérico, quizá furioso, vengativo. La *falta de actividad social* adquirida tempranamente condiciona aquella peculiar actitud de ataque que, no muy distinta de un suicidio, avanza, dañando a la propia persona, hacia una amenaza del entorno o hacia la venganza.

En el ocasional *raptus melancholicus* o en el suicidio, que representa siempre un acto de venganza, irrumpe también visiblemente el afecto esperable.

12\. Pero nunca falta —como presupuesto de su obrar— la alusión encubierta a la importancia de la propia persona, tal como se manifiesta ya en la exigencia de subordinación del otro, en la pretensión de disponer del otro como de un medio. Como tampoco falta nunca la alusión a la culpa ajena (véase más arriba), la actitud melancólica garantiza la superioridad ficticia y la irresponsabilidad del enfermo. Con el refuerzo de estos últimos rasgos (alusión a la culpa ajena) irrumpen matices paranoicos en la melancolía.

13\. Como para el melancólico el prójimo no es nunca más que un medio para el fin de elevar el propio sentimiento de la personalidad (para lo cual dispone, fuera de la enfermedad, también del gesto de la amistad y de la solicitud), no conoce límites en la extensión de su coacción sobre el otro, le roba toda esperanza y llega hasta el suicidio o los pensamientos suicidas si tiene que dar por perdida su *intención final de quedar exento de las exigencias ajenas*, o si encuentra una resistencia insuperable.

14\. Así, el estallido de la melancolía es en realidad la situación ideal para este tipo en cuanto las dificultades amenazan su posición. La pregunta de por qué, a pesar de ello, no disfruta a gusto de su estado sería ociosa: el medio de combate de la melancolía no deja surgir ningún estado de ánimo contrario, y como el paciente trabaja para el éxito, no hay lugar para sentimientos de júbilo que estorbarían su coercitiva actitud de depresión.

15\. La melancolía remite en cuanto el paciente ha obtenido de algún modo el sentimiento ficticio de su superioridad recuperada y la cobertura frente a eventuales fracasos mediante la legitimación por la enfermedad.

16\. La actitud de las personas que pueden caer en la melancolía es, desde la infancia, desconfiada y críticamente condenatoria frente a la sociedad. También en esta actitud puede reconocerse como presupuesto un sentimiento de inferioridad con su compensación, una búsqueda cautelosa de la superioridad, a pesar de todas sus afirmaciones en otro sentido.

## II. Paranoia.

1\. Ataca a personas cuya actitud en la sociedad humana se caracteriza porque, tras un arranque más o menos enérgico en su movimiento o en su línea de vida, se detienen a cierta distancia de la meta esperada por ellos y por su entorno y, mediante extensas operaciones mentales, casi siempre activas al mismo tiempo, en una lucha aparente contra dificultades <!-- S. 178 --> creadas por ellos mismos, obtienen el pretexto inconsciente para ocultar, justificar o aplazar indefinidamente su posible o supuesta derrota en la vida.

2\. Esta actitud, *in toto* y frente a cuestiones particulares, está preparada y probada desde la primera infancia, y pulida y asegurada en lo posible frente a las peores objeciones de la realidad. Por eso también el sistema paranoico presenta los rasgos de lo planificado más que las otras psicosis, y solo puede quebrantarse en condiciones favorables, por ejemplo al principio. Ni el sentimiento de comunidad ni su función, la lógica «universalmente válida», quedan nunca completamente estrangulados.

3\. Como uno de los presupuestos de esta actitud puede inferirse un descontento profundo, sentido como inmutable, con lo conseguido en la vida, que empuja al paciente a ponerse a cubierto, ante sí mismo y ante los demás, de su fracaso, para no ser herido en su ambición y en su conciencia de sí.

4\. La actividad siempre presente y siempre perceptible —casi siempre de índole fuertemente combativa y guiada por el carácter del anhelo de superioridad— hace que el derrumbe se produzca por lo general solo en años posteriores, lo que presta también a la idea delirante, hacia fuera, los rasgos de una cierta madurez.

5\. Esta actividad, que se orienta hacia el punto de mira de un ideal de superioridad, impone por sí misma en su curso *una actitud hostil, condenatoria del prójimo*, que en última instancia lleva en sí una punta contra el otro, contra influencias y situaciones tras las que se esconde una parte o la totalidad de los hombres. Así se convierte en culpa de los otros lo que al paciente no le salió de sus planes exagerados. También en la paranoia la anticipación del ideal de superioridad (delirio de grandeza) sirve para fundamentar el sentimiento de superioridad y, al mismo tiempo, para esquivar la responsabilidad por el fracaso en la comunidad real mediante la creación de un escenario de guerra secundario.

6\. En la actitud del paranoico se refleja la posición hostil hacia el prójimo adoptada desde la primera infancia; se desprende por sí misma de la aspiración activa a una superioridad total, que se expresa en la forma de la idea de referencia, del delirio de persecución y del delirio de grandeza. En los tres cuadros el paciente se ve como el centro del mundo circundante.

7\. En la forma pura de la paranoia, que solo cabe considerar como caso límite, se da, por tanto, siempre un arranque agresivo al que se pone freno mediante la construcción del sistema delirante. De modo semejante en la demencia precoz, en la que el *miedo a la vida* con sus exigencias parece mayor, y que por eso aparece ya en años más tempranos. En zonas limítrofes se observan casos de ciclotimia, de abulia histérica y de fenómenos depresivos de índole neurasténica, y de neurosis de conflicto (véase *Über den nervösen Charakter*, l. c.), que pueden presentar, tras una agresión inicial, un reflujo más fuerte de carácter pasajero. Un gran parentesco, en sentido dinámico, muestra la conducta de la epilepsia psicógena, del alcoholismo crónico, del morfinismo y del cocainismo. Las diferencias residen en el reflujo más tenaz o intermitente tras una actividad amplia, o en una menor sujeción de esta.

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8\. Tanto en el movimiento de avance como en el de retroceso de la ola psicótica se encuentra, claramente reconocible, el rasgo hostil, combativo, que a veces desemboca en el suicidio; así, la psicosis en general se nos aparece como el suicidio espiritual de un individuo que se cree incapaz de estar a la altura de las exigencias de la sociedad y de sus propias metas. También en su movimiento de retroceso hay una secreta *actio in distans*, hostilidad contra la realidad, mientras que el movimiento de avance muestra siempre también, por el momento de la exaltación, su debilidad interior.

9\. La autoestimación del paranoico está llevada hasta la semejanza con Dios. Pero se edifica compensatoriamente sobre un profundo sentimiento de inferioridad y delata su debilidad en la rápida renuncia a cumplir las exigencias sociales y los propios planes, en el desplazamiento del campo de batalla al terreno de lo irreal, en la fuerte inclinación a construir pretextos paranoicos *que ocupan por completo* y en la acusación por principio de los demás. Al paciente le falta evidentemente la fe en sí mismo; su desconfianza y su incredulidad frente a los hombres, a su saber y su poder, que lo empujan a construir ideas cosmogónicas, religiosas, de Estado, de invención propia, y la oposición a las concepciones generales que hay en estas fantasías, le son necesarias para poder sentir su equilibrio y su preponderancia.

10\. Las ideas del paranoico son difícilmente corregibles porque las necesita precisamente en su forma para afianzar su punto de vista, en especial para lograr su irresponsabilidad en la vida, como pretexto frente a la falta de éxitos y para forzar la detención de su acción en la vida social. Al mismo tiempo le permiten mantener la ficción de su superioridad *sin ponerla a prueba*. Pues la culpa está siempre en la hostilidad de los demás.

11\. Si la pasividad del melancólico es una *actio in distans* para obligar a otros a la subordinación, la fantasía activa del paranoico tiende a obtener el pretexto irresponsable de su falta de éxito en la vida y una *preocupación que llene el tiempo*.

12\. Su irresponsabilidad se apoya, a diferencia del cuadro de la melancolía, exteriormente más en la culpa del otro o de circunstancias exteriores.

13\. El estallido perceptible de la paranoia se produce igualmente en una situación amenazadora en la que el paciente *cree* definitivamente perdidas sus exigencias exageradas respecto de su posición social. Por regla general, pues, antes de una empresa, en el curso de ella o ante una degradación, casi siempre ante el «peligro» del envejecimiento.

14\. La interrupción de esta empresa se produce mediante la construcción intermedia del sistema delirante preparado, con cuya activación se extingue la responsabilidad del paciente. Al mismo tiempo crece el sentimiento de grandeza del paciente mediante su identificación con la idea de persecución, de referencia y de grandeza. Vemos en este mecanismo un acto compensatorio que se desarrolla a partir de la expectativa de una degradación, y transcurre en la dirección de la «protesta masculina», como lo he expuesto de modo concluyente también en la psicología de las neurosis (véase *Über den nervösen Charakter*, l. c.).

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15\. La construcción de las ideas delirantes puede seguirse hasta la infancia, donde, a partir de ensueños diurnos y fantasías, se vinculaban de manera infantil a situaciones de alguna degradación.

16\. La actitud paranoica pone no solo el alma, sino también el cuerpo, en el papel adecuado a su sistema delirante. Expresiones, actitudes y movimientos estereotipados están en relación con la idea directriz, y por lo demás se encuentran con más abundancia en la zona limítrofe y en el marco de la demencia precoz.

17\. A menudo se mezclan con la paranoia rasgos melancólicos. Así, aparecen con frecuencia sobre todo quejas sobre el mal dormir, sobre una alimentación deficiente, etc., que en el curso posterior se elaboran casi siempre en la dirección de ideas de persecución, de envenenamiento o de grandeza. Este último camino se muestra a veces solo en el énfasis en lo único del padecimiento.

18\. Las alucinaciones están relacionadas con la fuerte identificación con el papel y representan voces que animan o advierten. Se producen en todo caso cuando una dirección de la voluntad del paciente quiere ser tomada como inapelable y, al mismo tiempo, como irresponsable. Han de entenderse, como el sueño, *a modo de símil*; no necesitan ser comprensibles para el paciente, pero caracterizan la táctica que este quiere seguir frente a un problema determinado. La alucinación, así como algunos sueños, resultan ser un *artificio de objetivación de impulsos subjetivos, a cuya aparente objetividad el paciente se ata incondicionalmente*. (Véase la teoría del sueño del autor en «Traum und Traumdeutung» [Sueño e interpretación de los sueños], en este volumen, y en *Der nervöse Charakter*, l. c.) La coacción a la irresponsabilidad no permite la conducción de la voluntad por determinación propia y pone en su lugar voces y visiones aparentemente ajenas.

19\. A ello se añade, como afianzamiento del sistema, la selección tendenciosa, es decir, favorable al sistema delirante, de los recuerdos y *la valoración de las vivencias guiada por la intención final*. Desde nuestro punto de vista, la tendencia de esta (afianzamiento del sistema) y la coacción decisiva hacia esta tendencia a consecuencia de la fijación de la meta (¡atrás!, arreglo de la irresponsabilidad, culpa del otro, cobertura del derrumbe manifiesto) aparecen, si cabe, con más claridad todavía.

20\. Nuestra concepción da como resultado, pues, que la paranoia se presenta allí donde las personas normales pierden, por ejemplo, el ánimo, donde naturalezas más lábiles se suicidan o acusan querellosamente a todos los demás, donde una persona agresiva, que esquiva cobardemente las exigencias normales de la vida, llega al delito, al alcoholismo, y donde solo los caracteres bien educados en el sentido de comunidad permanecen en equilibrio. Ocasionalmente se encuentran mezclas de cada uno de los giros antes citados.

21\. La lucha *independiente* del predispuesto a la paranoia por el triunfo sobre todos trae consigo que cada cual sea considerado y tratado como enemigo o como pieza de ajedrez. Al paranoico le falta, como a todo enfermo nervioso y psicótico, la verdadera benevolencia hacia el semejante; nunca es un compañero de juego fiable en la sociedad y entra con mala actitud en todas las relaciones humanas (amor, amistad, profesión, sociedad, etc.). Esta <!-- S. 181 --> anomalía de actitud procede de una baja autoestimación y de una sobrestimación de las dificultades de la vida. Es ella también la que lo induce al arreglo de la (neurosis y) psicosis. Su actitud hostil hacia la sociedad no es, por tanto, en modo alguno innata ni inextirpable, sino que resulta ser una tentadora salida de emergencia.

22\. La paranoia rara vez remite, porque aparece en aquel punto de la línea de vida en que el paciente barrunta su derrumbe *irrevocable*. Las exageraciones subjetivas evidentes pueden ser sometidas a corrección al principio. Entonces la enfermedad puede curar.

23\. La actitud de la persona inclinada a la paranoia muestra desde la infancia un rasgo activo que, ante las dificultades, se detiene fácilmente. Por eso se encuentran a menudo en la vida del paciente interrupciones del desarrollo en línea recta, de naturaleza aparentemente enigmática. Todas estas empresas que retrasan el progreso (también el frecuente cambio de ocupación y el vagabundeo) están en realidad impuestas por la idea directriz: *perder tiempo para ganar tiempo*.

El afán de dominio, la insociabilidad, la falta de compañerismo, la ausencia de relaciones amorosas o la elección de personas dóciles son fenómenos regulares en la vida del enfermo. Se distingue por un carácter criticón e injustamente crítico.

## Apéndice.

### *De los sueños de un melancólico.*

Un funcionario de 40 años es trasladado a otra oficina. Trece años antes, a partir de la misma vivencia, había surgido una melancolía. También esta vez se encontró incapaz de desempeñar el servicio que le esperaba. Además salieron a relucir pensamientos en los que, veladamente, echaba la culpa a los demás: no se ocupaban de él, le ponían dificultades en el camino; en suma, como casi siempre en la melancolía, se percibía, en leve indicio, el camino hacia la paranoia. Me pidió veneno para escapar a sus tormentos. Pasara lo que pasara, le sacaba el lado más negro. El insomnio, los trastornos digestivos y, sobre todo, una depresión ininterrumpida y los peores temores para el futuro, que crecían de día en día, permitieron establecer el diagnóstico sin ambigüedad.

He mostrado cómo la melancolía ha de entenderse como el «problema del resto», en el que la individualidad del enfermo, empeñada en la prueba de enfermedad, da en *echarse la culpa a sí misma*, en empequeñecerse, para esquivar la decisión abierta. Nuestro paciente, por ejemplo, conseguirá a su manera o bien frustrar un resultado desfavorable o atenuarlo mediante su legitimación por la enfermedad, o bien hacer aparecer un resultado favorable como un anticipo a cuenta de una capacidad de rendimiento ficticia que supera todo lo conocido hasta ahora. Nunca falta tampoco la solicitación violenta de otras personas, que han de ser conmovidas por la enfermedad y azuzadas a mayores esfuerzos al servicio del paciente.

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Si reducimos esta posición a una infantil, damos con la imagen del niño que llora. Pues bien, los primeros recuerdos infantiles de este paciente son los siguientes: se ve en un sofá como un niño pequeño que llora. Un segundo: su tía le pegó una vez, cuando tenía 8 años; entonces corrió a la cocina y gritó entre lágrimas: «¡me has robado mi honor!». Con este artificio individual de conmover (¿de forzar?) a los demás con sus quejas se enfrenta también ahora a la nueva situación. No hay que pasar por alto que este artificio de su vida solo se hace comprensible si se supone que aquí una persona sumamente ambiciosa no cree en sí misma hasta el punto de poder alcanzar por el camino recto su meta de superioridad. En tercer lugar se ve claramente cómo, lo que está relacionado con todo lo anterior, bajo la presión de su secreta idea de semejanza con Dios, querría estar exento en la realidad de la responsabilidad por sus rendimientos, para no tener que poner a prueba a su dios. Así se explican su actitud vacilante y el arreglo inconsciente del «resto», de la distancia respecto de su meta de superioridad, que teme perder ante cada nueva decisión.

En la primera semana del tratamiento soñó el sueño del fin del mundo relatado en el capítulo 19.[^t3] Aquí encontramos todos los mecanismos de la melancolía antes subrayados. Plantea el caso de una completa irresponsabilidad en el sentido que le conviene, se muestra como el más fuerte, y su fantasía juega como un dios con el destino del mundo. ¡Todo está permitido cuando todo se pierde[^2]! ¿No suena la misma melodía en su «me has robado el honor»? Si se empequeñece así, ¿no hemos de pensar como continuación: ahora vengo yo con la peor de las jugadas? ¿No flota en el aire la amenaza de suicidio, no se usa la depresión como presión?

¡Todo ha de doblegarse a su voluntad! A ello apunta la construcción de su melancolía. He aquí el segundo sueño: «Una muchacha que vi en la calle vino a mi habitación y se me entregó». ¿El trasfondo de este sueño? ¡Qué lejos está de toda agresión abierta! Pero en él ha de habitar un encanto que lo hace todo dócil. Además, sin embargo, ayuda como un prestidigitador y presiona a los demás con el fin del mundo, con su depresión.

Un tercer sueño nos muestra el arreglo de sus depresiones. «En otra oficina, que en realidad había rechazado, se adapta fácilmente al trabajo. Todo va bien y a gusto». Es decir: «allí donde yo no estoy, allí está la felicidad». Una suposición planteada por su tendencia para sentir dolorosamente la situación presente. No es posible refutarla, pues se trata de una condición imposible de cumplir cuando se ve en otra parte. Si se le pudiera trasladar allí, encontraría otras escapatorias.

[^1]: *Bleuler* dice —curiosamente— en sentido de reproche «que con esta concepción se puede explicar todo». A mí y a otros nos parecerá valiosa precisamente por eso.

[^2]: Al mismo tiempo se produce la *exención del sentimiento de comunidad*.

[^t1]: La *Studie über Minderwertigkeit von Organen* apareció en 1907; en 1917 se publicó su reimpresión. (N. del T.)

[^t2]: Emil Abderhalden (1877-1950) propuso una reacción serológica («reacción de defensa de Abderhalden») con la que se creyó poder demostrar procesos orgánicos en la demencia precoz y otras psicosis. (N. del T.)

[^t3]: El sueño se relata en el capítulo XX del libro, «Lebenslüge und Verantwortlichkeit in der Neurose und Psychose» (1914); véase la traducción de ese artículo en este archivo. (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de las imágenes del ejemplar digitalizado por Google y publicado en archive.org (praxisundtheori00adlegoog): Alfred Adler, «Melancholie und Paranoia. (1914.) Individualpsychologische Ergebnisse aus den Untersuchungen der Psychosen», en *Praxis und Theorie der Individualpsychologie*, Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XXI, págs. 171-182. Según el texto, la comunicación estaba preparada en 1914 para un congreso en Berna que no llegó a celebrarse; no se conoce publicación anterior a 1920. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original.

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan las divisiones, la numeración de los párrafos, las cursivas (que reproducen el espaciado del original) y la paginación original. *Nebenkriegsschauplatz* se traduce por «escenario de guerra secundario», *Einfühlung* por «identificación» (con un papel o una situación), *Entrückung* por «apartamiento», *Präokkupation* por «preocupación» (en el sentido de lo que ocupa por completo), *Restproblem* por «problema del resto», *Krankheitslegitimation* por «legitimación por la enfermedad» y *Gemeinschaftsgefühl* por «sentimiento de comunidad». Las demás equivalencias siguen el glosario del archivo; las notas del traductor van señaladas como «N. del T.».
