---
Title: Psicología infantil e investigación de las neurosis
Description: Ponencia de Adler en el congreso de la Asociación Internacional de Psicología Médica y Psicoterapia (Viena, septiembre de 1913): compara la dependencia del niño y la del nervioso, expone el método de leer cada fenómeno psíquico como parte de un plan de vida orientado a una meta de superioridad, lo ilustra con casos de adultos y niños (protesta masculina, enuresis, masturbación compulsiva) y cierra con un resumen en tesis; se añade su réplica final en la discusión.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1913-09%20Kinderpsychologie%20und%20Neurosenforschung
---


<!-- S. 35 -->

# Psicología infantil e investigación de las neurosis.

Por
el Dr. Alfred Adler,
Viena.

## I.

Si se quiere designar lo que tienen en común las relaciones del niño y del nervioso con su entorno, resulta ser su falta de autonomía en la vida. Ninguno de los dos ha llegado tan lejos como para estar a la altura de las tareas de la vida sin asegurarse los servicios de otros. Y el nervioso lo exige en medida mucho mayor de lo que reclama la ley de la sociedad. Solo que lo que en el caso del niño presta naturalmente la familia, en el caso del nervioso lo prestan la familia, el médico y el entorno más amplio. Si en el niño son el desvalimiento y la debilidad, en la neurosis se echa mano del recurso de «estar enfermo» para poner a las personas correspondientes ante tareas mayores e imponerles mayores prestaciones o renuncias.

La semejanza en las «*exigencias reforzadas*» puede, pues, sugerirnos ya la comparación. Más importantes son los conocimientos de la «psicología individual comparada», que nos muestran que en la individualidad de un ser humano vemos, como en un foco, su pasado, su presente, su futuro y su meta. Más aún, nos vemos obligados a suponer, aunque solo tras largo estudio obtengamos pruebas de ello, que en las actitudes y los movimientos expresivos, en suma, en el *modus vivendi* de una persona, podemos reconocer también, por sus reacciones, las huellas de las influencias externas.

Con esta concepción decimos, pues: que en la psicología individual no cabe propiamente entender definiciones acabadas como <!-- S. 36 --> voluntad, carácter, afecto, temperamento, y en general cualquier cualidad psíquica, de otro modo que como medios que corresponden a un plan de vida ya formado y lo ejecutan. Así, aparecerá como voluntad de un paciente la de venir a tratarse en cuanto ello le resulte necesario como prueba de enfermedad, *con lo cual* su plan de vida —por ejemplo, la restricción de su campo de batalla a la casa, como en la agorafobia— recibe un impulso muy considerable. El mismo paciente mostrará más tarde, llegado el caso, la voluntad de abandonar el tratamiento, si un fracaso de la cura le parece necesario como medio para proseguir el mismo plan. Pero esto significa: ¡cuando alguien persigue dos fines opuestos, puede sin embargo querer lo mismo! O, si reparten ustedes los dos afanes de la voluntad entre dos personas: cuando dos no hacen lo mismo, a menudo es, sin embargo, lo mismo (Freschl, Schulhof). Puede afirmarse con seguridad que en este caso no se obtiene comprensión alguna mediante el análisis de los fenómenos. Lo que nos interesa en ello, lo individual planificado, el ser personal, está antes del fenómeno como preparación, detrás de él como meta, y en el fenómeno mismo solo queda alcanzado en un punto de intersección. ¡Pero en ambos casos estará presente también toda la suma de los fenómenos necesariamente correspondientes —energía, temperamento, amor, odio, comprensión, incomprensión, dolor y alegría, mejoría y empeoramiento— en la medida y en la proporción necesarias para que el desenlace querido por el paciente parezca asegurado! Que también el carácter consciente o inconsciente del pensar, del sentir y del querer está dictado por esta *necesidad de configurar la personalidad* puede demostrarse fácilmente, y así también la *represión* resulta *un medio* y un patrón del ser individual, y no, por ejemplo, su causa.

Las mismas conexiones valen, como he mostrado[^1], para la determinación del carácter y su posición como medio al servicio de la personalidad. La graduación de las fuerzas dadas constitucionalmente, la estimación que de ellas hace el niño, las experiencias del medio influyen en la fijación de la meta y en las líneas de vida. *Una vez fijadas estas, el carácter, igual que los instintos, se ajusta a ellas con toda exactitud.* Ciertamente, no se debe considerar sin más una oposición <!-- S. 37 --> o diversidad en los medios como diferencias fundamentales de la vida psíquica. Por mucho que un martillo se distinga de unas tenazas, con ambos se logra clavar un clavo. En niños de una misma familia con disposición nerviosa se ve a veces que uno lucha por el dominio en la familia mediante la obstinación y otro mediante la sumisión. Un niño de cinco años padecía el fenómeno, nada raro, de tirar por la ventana todo lo que podía agarrar. Cuando le hubieron pegado bastante, enfermó de *angustia* de volver a tirar algo. Con ambos síntomas consiguió atar a sus padres a su persona y hacerse su amo. — Uno de mis pacientes había sido el niño mimado de la familia hasta la llegada de un hermano menor. Su rivalidad con el menor siguió durante un tiempo las líneas de la obstinación y la indolencia, y para ganarse y volver a afianzar el interés de los padres llegó a la enuresis y al rechazo de la comida. De este modo no logró desbancar al hermano menor. Entonces se convirtió en un muchacho sumamente amable y aplicado, pero, para estar siempre en primer lugar, tuvo que forzar de tal modo su tendencia a la desvalorización que de ello se desarrolló una grave *neurosis obsesiva*. Un *fetichismo* muy pronunciado delataba fácilmente la principal base de operaciones de este paciente: el arreglo de la *desvalorización de la mujer como consecuencia del miedo a ella*. Lo que este paciente intenta conquistar de sus semejantes con una agresión furiosa, la *supremacía*, lo obtenía más fácilmente su hermano menor, antaño preferido, mediante un alto grado de amabilidad; pero un ligero tartamudeo delataba también en este último las líneas de la obstinación, de la ambición y de la inseguridad subyacente[^2].

Así se nos presenta todo el curso de la vida psíquica, y así también el querer, el sentir y el pensar neuróticos y la conexión de la neurosis y la psicosis, como un arreglo preparado de larga mano, como un medio para dominar victoriosamente la vida. Pero los comienzos nos llevan regularmente a la infancia, en la que, con los recursos de la constitución, en el marco psíquico <!-- S. 38 --> de un medio, se emprendieron los primeros intentos a tientas para llegar a una meta de *superioridad* que se imponía.

Para comprender en qué consiste el arreglo del sistema de vida, representémonos cómo se acerca el niño a la vida. Dondequiera que queramos situar el nacimiento de su conciencia, tiene que tratarse de un estadio en el que el niño ya ha *reunido* experiencias. Pero es notable en grado sumo que esta reunión de experiencias solo puede lograrse si el niño tiene ya ante los ojos una *meta*. De otro modo toda la vida sería un tanteo sin criterio, toda valoración sería imposible y no cabría hablar de las agrupaciones necesarias, de la aplicación de puntos de vista superiores, de ordenación en serie y aprovechamiento. Toda valoración se perdería si faltara la medida ficticia, precisamente la meta fijada de antemano. Y así vemos también que *nadie padece sus experiencias sin tendencia, sino que las hace*. Lo cual quiere decir que les saca el punto de vista de si pueden favorecer u obstaculizar sus metas finales, y cómo. Lo que actúa y se muestra eficaz en las experiencias y vivencias es un plan de vida dirigido a una meta, que hace también que oigamos siempre hablar a nuestros recuerdos con una voz que alienta o que disuade. O que solo podamos comprenderlos y valorarlos correctamente cuando hemos descubierto en ellos esa voz.

Dondequiera que, en la vida del niño o en la anamnesis, sometamos a examen una vivencia, un recuerdo, el fenómeno mismo no nos dice absolutamente nada; es en sí y por sí ambiguo, y toda interpretación tiene que ser introducida en él y espera su prueba. Pero esto significa que lo que nos interesa de él *no está en absoluto en el fenómeno mismo*, sino, por así decirlo, delante y detrás del fenómeno, y que solo podemos comprender un fenómeno psíquico cuando ya hemos obtenido intuitivamente la impresión de una línea de vida. Ahora bien, una línea de vida solo queda determinada por al menos dos puntos. Y así hay que proceder también: al principio se unen dos puntos de una vida psíquica. Con ello se obtiene una impresión que se amplía o se restringe al tomar en consideración otras vivencias. Lo que ocurre en ello puede compararse, más que con ninguna otra cosa, <!-- S. 39 --> con la pintura de retratos, y, como esta, solo puede medirse por su resultado y no por reglas. A menudo se tiene la impresión de una actitud plástica, como en el caso de una de mis pacientes histéricas, que padecía ataques histéricos con pérdida de conciencia, parálisis del brazo y amaurosis. Resultó que, *para poder retener con seguridad a su marido*, además de sus ataques, que se presentaban varias veces al día, mostraba rasgos sumamente acusados de desconfianza hacia todo el mundo, en especial hacia los médicos. Para hacerle ver plásticamente esa actitud de rechazo frente a los demás, le mostré que estaba allí como con las manos extendidas en ademán de rechazo, *guardando las distancias*. A esto me comunicó su marido, en cuya presencia se desarrollaba la cura, que *exactamente así* habían sido los primeros ataques: la paciente extendía de pronto las manos como para defenderse de alguien. Los primeros ataques de la paciente se habían producido cuando temió una infidelidad de su marido. Según salió a la luz en la anamnesis, la paciente se comportaba como en su infancia cuando, dejada sola por poco tiempo, estuvo a punto de ser víctima de un atentado sexual. Si unen ustedes estos dos fenómenos tan alejados entre sí, obtienen por primera vez la impresión que no está contenida en ninguno de los dos fenómenos por sí solo: *¡la paciente teme que la dejen sola!* Y contra esta vivencia que ahora asoma se vuelve con todo el peso de sus experiencias más valiosas y útiles. Solo ahora nos enteramos de lo que ya podíamos suponer: que ella había sacado ya de su vivencia infantil esta aplicación práctica: una muchacha tiene que tener siempre a alguien a su lado. Entonces solo se le ofrecía el padre, y tanto más cuanto que este, lejos de toda relación sexual con ella, podía servir de contrapeso a la madre, que daba con mucho la preferencia a la hermana mayor.

De estas concepciones, expuestas ya muchas veces por mí y mis colaboradores, se desprende lo insostenible de la opinión que quiere explicar el proceso morboso a partir de las vivencias, como hace la escuela francesa y como subrayaron más tarde Freud y en particular Jung, como si el paciente padeciera de reminiscencias. También la refundición de esta teoría hecha esta misma semana[^t1], que tiene ya más en cuenta el conflicto actual y se acerca así considerablemente a nuestra <!-- S. 40 --> concepción, adolece todavía de una comprensión deficiente de la *línea de vida* del paciente. Pues tanto la vivencia como el llamado conflicto actual están mantenidos juntos por la línea de vida operante; la meta del paciente, que hipnotiza sin cesar, ha conseguido que *aquí se hiciera una experiencia y allá un suceso fuera elevado a vivencia individual*.

Para la psicología, y en particular para la psicología del niño, resulta en consecuencia la necesidad de no intentar nunca conclusiones e interpretaciones a partir de un detalle aislado, sino siempre únicamente a partir de toda la trama.

Si queremos avanzar en la interpretación individualpsicológica del caso clínico anterior, de nuevo nos sirve de poco la idea obtenida de que la paciente teme quedarse sola. Pues también este estado de ánimo es ambiguo y nos dice por ello demasiado poco. Queremos, por tanto, relacionar este hallazgo con otro. Los primeros recuerdos infantiles de la paciente están empapados de pensamientos y de impulsos de rivalidad con la hermana. En particular salen una y otra vez a la superficie recuerdos de cómo se llevaba a su hermana a todas partes, mientras que a ella *la dejaban sola*. Vemos, pues, que también en el recuerdo infantil que la paciente da como el más temprano se repite una y otra vez aquel mismo rasgo, y con ello estamos más seguros de que nuestra suposición acerca de la línea de vida de la paciente está justificada. ¿Pero comprendemos con ello también otro síntoma de la paciente, un dolor de cabeza que se presenta por accesos y que describe como «desgarrador»? ¿Y por qué este dolor aparece siempre en la época de la menstruación? Los datos anamnésticos de la paciente dicen que este síntoma apareció poco después de una violenta escena con la madre, que obraba injustamente. La madre le había tirado del pelo, y la paciente, que entonces tenía precisamente la menstruación, corrió llena de rabia al río helado que pasaba junto a la finca, con la esperanza de enfermar o morir de ese modo. Tales accesos de rabia, que para herir al otro llegaban hasta el desprecio de la propia vida, los había visto a menudo en sus dos hermanos mayores. Pero mientras actúa como los hermanos, infringe al mismo tiempo, de modo llamativo, un precepto que para ella, como muchacha, tiene validez absoluta: <!-- S. 41 --> ¡durante la menstruación, en invierno, se mete en agua helada! ¡Su rabia se dirige contra su naturaleza femenina! Y aunque no comprende su manera de obrar y se atiene a las secuencias de causas y efectos más inmediatas, de hecho saca un resumen que dice así: mis hermanos se rebelan y son los amos de la casa; mi hermana goza del favor y la ternura de la madre; yo soy una muchacha, y además la hermana menor, a mí me dejan sola, ¡solo la enfermedad o la muerte pueden detener mi humillación! En este estado de ánimo y en sus consecuencias se expresa tan claramente *el anhelo de igualdad de derechos* que sería del todo superfluo que se hiciera consciente. Basta el resultado de la expansión. Ciertamente, hay además otras razones para que este proceso permanezca en lo inconsciente. No existe la necesidad de que el mecanismo se haga consciente; ¡más aún! La plena conciencia del proceso tendría que poner en cuestión el éxito requerido: sería del todo imposible que esta muchacha pudiera permanecer intacta en su personalidad si tuviera ante los ojos lo que nosotros comprendemos de ella, a saber, ¡que el supuesto principal de su vida y de su plan de vida descansa en un sentimiento profundamente arraigado de la *inferioridad de la mujer*! Para armarse contra semejante desenmascaramiento, saca de todas las vivencias la moraleja pertinente: *¡para conservar su valía, no debe quedarse sola!* Y cuando teme perder la valía, la influencia, el poder respecto de su marido, entra en acción el *órgano de ataque y defensa* que entretanto ha crecido, y cuya parte más importante conocemos en la neurosis, y demuestra e impone que conserve, al menos en apariencia, su antiguo poder: *¡no se la puede dejar sola!*

Una vez que hemos penetrado así hasta el punto central de todo su obrar, sentir y pensar, y que el retrato psíquico del paciente está claro ante nosotros, por la plasticidad del mismo se desprenden por sí solos un gran número de rasgos y peculiaridades individuales más. El miedo a quedarse sola tiene que haber echado mano también, sin duda, del arma más inmediata, la angustia. Una indagación al respecto da, naturalmente, la confirmación. Así, por ejemplo, se presenta regularmente un ataque de angustia cuando va sentada sola en el fondo del coche <!-- S. 42 --> mientras su marido lo conduce desde el pescante. Este complejo sintomático es la respuesta a la subordinación, a la exclusión de la propia voluntad y *a la falta de la resonancia exigida*. Nuestra paciente solo se calmaba cuando ella también se sentaba en el pescante. La plasticidad de esta actitud no requiere más explicación, y por lo demás se hace aún más clara por sí misma cuando oímos que aun entonces se presentaban ataques de angustia en cada curva del camino y en cada encuentro con otros vehículos. En todos esos casos agarraba al instante las riendas de su marido, ella, la inexperta, al conductor experto. — También cuando los caballos corrían más deprisa le entraba angustia. En cuanto su marido lo notó, por broma arreó aún más a los caballos. ¡Su arma de la angustia fallaba! Lo que ocurrió entonces es notable e importante para comprender las curaciones aparentes: el ataque de angustia no se produjo, *¡para que su marido no pudiera arrear a los caballos!*

Otra comprensión, sumamente significativa, se obtiene ahora sin esfuerzo al responder a la siguiente pregunta, muy justificada: ¿por qué esta paciente, en su afán de igualarse al hombre, no llegó a tomar ella misma las riendas del vehículo? Todo su pasado nos da una respuesta enormemente precisa: *no se sentía en absoluto capaz de esa igualdad con el hombre*, sino que había dado con la salida de servirse del hombre como medio, como apoyo, como protector, para elevarse así por encima de él.

## II.

La psicología, lo mismo que la pedagogía, tiene que apoyarse más que hasta ahora en las experiencias del neurólogo y del psiquiatra. No necesito extenderme sobre esto en este círculo, el más autorizado. La psicoterapia, a su vez, nos empuja con fuerza a abrir la vida psíquica infantil. Si es cierto, como he intentado mostrar también hoy, que las experiencias de la vida, las enseñanzas del pasado, las expectativas del futuro, se *orientan* una y otra vez en favor del plan de vida ficticio concebido en la infancia, que un poco de contabilidad falsa y un poco de autismo —*¡y esta es sin duda su función!*— bastan para recuperar las viejas líneas y volver a expresar, abierta o encubiertamente, la agresión <!-- S. 43 --> acrecentada, entonces no queda otra cosa, si se quieren eliminar las consecuencias de una vida así vivida en la imaginación, que llevar a cabo una *revisión de este sistema infantil*. Creo haber puesto en su justa luz la consideración de conjunto necesaria para ello: *a los síntomas, a los rasgos de carácter, a los afectos, a la estimación de la propia personalidad del enfermo, así como a su relación sexual*, les corresponde en ello el mismo lugar que a la *neurosis y la psicosis en su conjunto*: son medios, trucos, juegos de manos, que sirven a la tendencia a pasar de abajo arriba. En la vivencia del destino de un paciente, en la conmoción del psicoterapeuta ante el retrato psíquico, nunca falta además la impresión de la *tensión acrecentada*, de una especie de animosidad, que existe entre el paciente y su mundo, y de cómo espera llegar a dominarla. Y en realidad describimos situaciones infantiles y el alma del niño cuando contamos cómo *la angustia se convierte en un arma*, cómo *se impone una coerción propia para impedir una ajena*, cuando hablamos de la *actitud vacilante* en caso de decisión, de la *limitación a un círculo pequeño*, del *no querer participar en el juego*, del *querer ser pequeño* y de las *ideas de grandeza*. Sería incorrecto entender todos estos fenómenos, sin excepción, como infantilismos. Solo vemos que quien se siente débil, como niño, como salvaje o como adulto, se ve empujado a artificios semejantes. Pero su conocimiento y su práctica proceden de la *infancia individual*, donde lo que promete la victoria no es el ataque directo, la acción, sino casi siempre la obediencia, la sumisión o las formas de la obstinación infantil, el negarse a dormir, la desgana de comer, la indolencia, la falta de limpieza y las múltiples clases de debilidad claramente demostrada. En cierto aspecto, nuestra cultura se parece también al cuarto de los niños: concede privilegios especiales al débil. Pero si la vida es la *lucha* perpetua, tal como el niño de disposición nerviosa deja ver que es el supuesto más fuerte de su actitud, no puede dejar de ocurrir que toda derrota y todo miedo ante una decisión amenazante estén en relación con un ataque nervioso, el arma, la rebelión de un ser humano que se siente inferior. Esta <!-- S. 44 --> *posición de combate* del nervioso, que le da la dirección desde la infancia, se refleja en su hipersensibilidad, en su intolerancia ante toda clase de coerción, también la cultural, y se muestra en su constante afán de oponerse solipsísticamente al mundo entero. Es ella también la que lo espolea sin cesar a forzar los límites de su poder, como hace el niño mientras el fuego no lo ha quemado ni la mesa le ha dado un golpe. La posición de combate reforzada, el medirse y compararse reforzados, el hacer planes y soñar despierto, el ejercicio artificioso de habilidades técnicas de los órganos, y además los movimientos expansivos, obstinados, sádicos, la creencia en la magia y la idea de semejanza con Dios, así como los artificiosos *desvíos hacia la perversión* por miedo a la pareja, se encuentran regularmente en niños que han crecido bajo un insoportable sentimiento de opresión, en un reblandecimiento mimado o con un desarrollo físico y mental dificultado. Un desmesurado *coeficiente de seguridad* ha de hacer posible el camino hacia la altura y proteger de las derrotas: *entonces, como por milagro, se interponen toda clase de obstáculos entre el paciente y el cumplimiento de sus tareas*[^3], entre los cuales la *prueba de enfermedad como legitimación* desempeña siempre el papel concluyente. Como en la neurosis obsesiva, se sobrestiman naderías y se les da vueltas sin objeto de un lado a otro hasta que felizmente se ha dejado pasar el momento oportuno.

No puede negarse que este afán exacerbado de éxito seguro crea a veces grandes obras. Lo que los médicos de nervios vemos de él es casi siempre un triste *ut aliquid fieri videatur*[^t2], en el que hay que falsear el sentido natural de los órganos para *poder frenar cualquier movimiento*. En el fanatismo del débil puede pervertirse cualquier función. Para eludir una exigencia de la realidad, y también para obtener la apariencia de un enorme martirio, se estrangula el pensamiento, que deja paso a la cavilación. *Mediante un sistema artificioso se perturba el descanso nocturno para preparar el cansancio diurno* <!-- S. 45 --> *y con ello la incapacidad para el trabajo.* Los órganos de los sentidos, la motilidad, el aparato vegetativo, son llevados a la disfunción mediante representaciones tendenciosas y mediante una dirección tendenciosa de la atención, y la capacidad de identificarse con situaciones dolorosas provoca dolores, y la de identificarse con recuerdos repugnantes, asco y vómitos[^t3]. Por la tendencia, urdida de larga mano, a esquivar con cautela a la pareja sexual, que siempre está protegida también por ideales y exigencias ideales de la misma dirección, la capacidad de amar, ya restringida de por sí por la cultura, aparece a menudo completamente suprimida.

En muchos casos la peculiar individualidad del paciente requiere una posición tan extraña o tan restringida ante el problema del amor y del matrimonio, que el tipo y el momento de la enfermedad resultan casi predeterminados. Hasta qué punto la formación de un plan de vida así se remonta a la infancia puede verse en casos semejantes a los siguientes:

I. Una señora de 34 años, que enfermó hace algunos años de agorafobia, padece todavía de miedo al tren. Ya en las cercanías de una estación la asalta un violento temblor que la obliga a dar media vuelta. En estos fenómenos y otros semejantes se obtiene la imagen de un *círculo mágico trazado como obstáculo*. Su primer recuerdo infantil es una escena entre ella y su hermana menor, en la que disputa el sitio a la pequeña. Sobre la ambigüedad de este incidente no cabe duda. Si trazamos una línea hasta el miedo al tren, el último de sus fenómenos, y lo comparamos con el recuerdo, como si quisiera disputarle el sitio también al tren, surge enseguida la impresión de que la paciente esquiva allí donde su afán de dominio no surte efecto. De tales casos se acuerda la paciente, sobre todo, por su conducta frente a sus hermanos mayores, que la obligaban a obedecer. Podemos esperar, pues, que en la vida de esta paciente intente dominar a las mujeres, se sustraiga en cambio a la voluntad del hombre, del cochero, del maquinista, y acabe borrando también de su vida el amor y el matrimonio. Un detalle importante se desprende de otro recuerdo de juventud. Durante mucho tiempo, en sus años de muchacha, andaba siempre por la finca armada con un látigo y pegaba a los criados <!-- S. 46 --> varones. Podemos esperar, por tanto, sucesos de los que se desprendan claramente también intentos de tratar al hombre como subordinado. En casi todos sus sueños los hombres aparecen en figura de animales y son vencidos por ella o huyen de ella. Una sola vez en su vida se acercó fugazmente a un hombre: resultó ser, conforme a lo que esperábamos, un débil, era homosexual y antes del compromiso alegó una impotencia. Su miedo al tren corresponde a su aversión al matrimonio y al amor: no puede confiarse a una voluntad ajena.

II. Naturalmente, este mecanismo de la «protesta masculina» puede estudiarse también en la propia infancia. Se muestra de modo especialmente claro en las niñas; se encuentra esta dirección de la tendencia expansiva en las variaciones más diversas, y pronto se descubre cómo por este camino las tensiones realmente esperadas del niño con su entorno se exacerban a menudo sin medida. Hasta ahora no he echado de menos en ningún caso este *delirio masculino*.

Y del sentimiento de *haber salido perjudicada* se desarrolla regularmente un fanatismo de la debilidad, que nos hace comprensibles todas las formas de la sobreexcitabilidad, del negativismo y de los artificios neuróticos del niño. Una niña de 3 años, sana por lo demás, presentaba por ejemplo los fenómenos siguientes: medirse continuamente con la madre, una sensibilidad tremenda ante toda forma de coerción y de postergación, terquedad y obstinación. Constantemente aparecían el rechazo de la comida, el estreñimiento y otras rebeliones contra el orden de la casa. El grado de su negativismo llegó a ser casi insoportable. Así, un día en que la madre le propuso tímidamente una merienda, pronunció el siguiente monólogo: «¡Si ella dice leche, tomo café, y si dice café, tomo leche!». Su anhelo de igualarse al hombre se expresaba con frecuencia. Un día estaba delante del espejo y preguntó a su madre: «¿Tú también has querido siempre ser un hombre?». — Más tarde, cuando hubo comprendido la inmutabilidad del carácter sexual, propuso a la madre que quería tener otra hermana, de ningún modo un hermano; en cambio, ella, cuando fuera mayor, solo tendría niños. Así delató todavía más tarde su incondicional mayor estima del varón.

III. Por su perfecta claridad quiero citar además los siguientes detalles de la vida de una niña sana de 3 años: <!-- S. 47 --> su ocupación favorita consistía en ponerse la ropa de su hermano mayor, al principio nunca la de su hermana. Un día, durante un paseo, retuvo al padre delante de una tienda de ropa de niño e intentó convencerlo de que le comprara allí ropa de chico. Cuando se le hizo notar que tampoco a un chico le darían ropa de niña, señaló un abriguito que en caso de necesidad podía servir también para una niña y pidió tener al menos ese. En este caso puede observarse una transformación de forma de la línea directriz, nada rara, que sin embargo sigue dependiendo de la meta final masculina: *basta la apariencia*.

En los casos de estas dos niñas pequeñas, que puedo llamar típicos, en los que observamos un modo de desarrollo que encuentro de manera completamente general, es necesario plantear la pregunta: ¿qué medios nos ofrece hasta ahora la pedagogía para reconciliar sin residuo a esta mitad de la humanidad con un estado inmutable que le desagrada? Pues una cosa está clara: si esto no se consigue, tendremos permanentemente ante nosotros aquel estado del que ya he hablado detenidamente; un sentimiento persistente de inferioridad dará siempre el estímulo para la insatisfacción y para los más diversos intentos y artificios de llegar, a pesar de todo, a la prueba de la propia superioridad. Así surgen entonces esas armas, en parte de valor real, en parte de índole imaginaria, que forman el cuadro exterior de la neurosis. Que este estado tenga también ventajas, que haga posible una manera de vivir más intensa y más sutil, no entra en consideración en el momento en que meditamos cómo remediar los inconvenientes, mucho mayores. Este estado de ánimo, en uno de cuyos polos está el sentimiento de inferioridad y en el otro el anhelo de una valía cuasi masculina, se agudiza todavía más en cuanto la niña es relegada a un segundo plano frente a los varones, en cuanto ve restringidas sus posibilidades de desarrollo, en cuanto los *molimina* femeninos[^t4], la menstruación, el parto y el climaterio se acercan con nuevas desventajas. Es sabido que estas fechas son decisivas para la rebelión neurótica y, por tanto, predecibles para nosotros. Si hemos captado así una raíz del mal neurótico, es muy lamentable que ni en el inventario pedagógico ni en el terapéutico hayamos encontrado un medio de prevenir las consecuencias de esta situación dada natural y socialmente. <!-- S. 48 --> Desde nuestro punto de vista resulta por el momento la necesidad, profiláctica y terapéuticamente, de inculcar pronto al niño la inmutabilidad del carácter sexual orgánico, y enseñarle en cambio a entender y combatir todas las desventajas como no insuperables y como dificultades de la vida, igual que otras. Con ello, nos parece, desaparecerán también del trabajo de la mujer aquella inseguridad y aquella resignación, y al mismo tiempo también el exagerado afán de notoriedad, que con tanta frecuencia la hacen parecer inferior[^4].

IV. El caso de un niño de 10 años, que ha de mostrar cómo, en la trama social, el veneno que ha penetrado en alguna parte —en nuestro caso, la protesta masculina del sexo femenino— se extiende también a la otra parte, a los varones, y produce allí casi los mismos fenómenos. Dada la naturaleza humana que conocemos, está claro de antemano que el muchacho, por la mayor estima de que es objeto, practicada casi siempre abiertamente y en parte resultante de nuestras relaciones sociales, no solo se siente halagado, sino más aún *obligado*. Así crece también en él la tensión con que se sitúa frente al mundo. En la medida en que esto va acompañado de rendimientos reales de fuerza, nuestra cultura se balancea en gran parte, por cierto, sobre esta exacerbación. Pero una presión moderada que cierre el camino de la agresión cultural basta para hacer brotar poderosamente actitudes hostiles, animosidad, ansias de dominio e imaginaciones. El muchacho teme a menudo no poder estar a la altura de sus obligaciones, no poder alcanzar aquella medida de valía que le parece necesaria para la perfección masculina. Y así se ve ya tempranamente, en caso de inferioridad orgánica, en niños oprimidos y en niños mimados, el comienzo del hacer planes, de la prisa y de la avidez, para llegar *a pesar de todo* a la superioridad, lo que en muchos casos tiene como consecuencia un aprovechamiento de su debilidad, una actitud vacilante general, un aferrarse a la duda y la vacilación, un perpetuo ¡atrás!, o bien una rebelión abierta y secreta y un claro no querer participar en el juego. Con ello se ha llegado al terreno de la neurosis, y ya se puede examinar el daño.

<!-- S. 49 -->

El caso del que quiero hablar se refiere a un muchacho muy miope que, a pesar de todos sus esfuerzos, no podía con su hermana, 2 años mayor. Su agresión se manifestaba en continuas peleas. Tampoco la madre se dejaba apenas influir por él. Pero a todos los superaba en valía e influencia el padre, que llevaba un régimen severo y a menudo despotricaba contra el «gobierno de las mujeres». El muchacho se mostraba totalmente orientado hacia el padre, como demostraré luego. Ahora bien, en su situación algo apurada le parecían inseguras la prueba y la confianza de llegar algún día a ser igual que el padre. Con las travesuras de muchacho tenía mala suerte, probablemente también a causa de su miopía. Una vez que quiso apoderarse de la máquina de escribir del padre, este le cortó en seco esa actividad científica. El padre era un cazador apasionado y se llevaba a veces al muchacho de caza. Esta parece haber sido por fin aquella actitud masculina que demostraba al muchacho su igualdad con el padre y su superioridad sobre «las mujeres». Pues cada vez que el padre no se lo llevaba, el muchacho enfermaba de *enuresis*, por lo que el padre se ponía siempre fuera de sí. Más tarde el percance nocturno ocurría también cuando el padre le hacía sentir de algún otro modo su autoridad. En algunas conversaciones salió a la luz esta conexión, y además que el muchacho se hacía posible la enuresis *haciendo aparecer como por arte de magia*, en la alucinación del sueño, los utensilios habituales. Era fácil ver que su padecimiento era una violenta rebelión dirigida contra el padre: antes o después del percance nocturno soñaba casi siempre que el padre (que no se lo había llevado de caza) había muerto. Preguntado por sus planes de futuro, respondió que quería ser ingeniero como el padre y tomar un ama de llaves. Le pregunté si no quería casarse como el padre. Rechazó esa ocurrencia con la observación de que las mujeres no valían nada y solo se interesaban por los adornos.

V. De modo parecido y, sin embargo, muy distinto se muestran los fenómenos de la protesta masculina en un niño de 8 años que padecía *status lymphaticus* y estaba algo retrasado mental y físicamente. Vino a tratarse por masturbación compulsiva. Su <!-- S. 50 --> madre se dedicaba casi solo a los hermanos menores y lo había dejado al cuidado del servicio. Su padre era un hombre colérico que siempre daba órdenes. El sentimiento de inferioridad del muchacho se revelaba en un carácter tímido y huraño y en una actitud llena de gratitud hacia las personas que se ocupaban de él. La compensación de más alcance que había buscado la encontró en un incansable interés por los trucos de magia, a los que había llegado por los cuentos y las sesiones de cine. Mucho más que otros niños, estaba bajo su hechizo y en realidad andaba siempre empeñado en encontrar una varita mágica y llegar al país de Jauja. Se fingía una realización parcial de esta idea haciendo que otros le hicieran siempre todo. La caricatura de lo que veía en el padre, que igualmente ponía a todos a su servicio. Solo podía seguir este camino si él mismo seguía siendo incapaz y torpe. Así que siguió siéndolo.

Los fenómenos masturbatorios habían sido notados por la madre al cabo de mucho tiempo. Entonces volvió a dirigir su interés al muchacho. Así recuperó él influencia sobre la madre. Su cotización había subido considerablemente. Si no quería bajar, tenía que seguir con la masturbación. Así que siguió con ella.

Su meta de ser igual que el padre se delataba además en un impulso compulsivo de apoderarse de los sombreros duros de personas adultas, al modo del pequeño fanfarrón que quiere parecer mayor.

---

En unas breves consideraciones finales quisiera permitirme extender nuestro conocimiento de los artificios neuróticos, urdidos en la infancia, a la infancia de la historia de la humanidad. La creencia en poderes mágicos propios y ajenos era antes más manifiesta, pero también hoy es supuesto casi general de la conducta humana. El miedo del neurótico varón a la mujer y su animosidad hallan su analogía en la manía de las brujas y en la quema de brujas; el miedo de la paciente al hombre y su protesta masculina nos reflejan el miedo al diablo y al infierno y el intento de practicar artes de brujería. Solo indicaremos brevemente cómo, por la humillación de la mujer, sufre la mutua naturalidad en el amor, <!-- S. 51 --> cómo la educación tiende en general a postular un hechizo recíproco en lugar de la estima, a imponer por la fuerza la autoridad masculina, y otras cosas más, todo lo cual favorece menos la higiene psíquica de lo que fecunda el pensamiento delirante.

## Resumen.

I. En el concepto de «vida» está ya preformado el modo orgánico y psíquico que nos sale al encuentro por todas partes como «necesidad de fijarse una meta».

II. El *estímulo ininterrumpido* para tender a una meta está dado en el ser humano por sentimientos de *insuficiencia*. Lo que llamamos instintos es ya el camino y se muestra orientado por la meta; y la capacidad de *querer* se concentra, a pesar de contradicciones aparentes, para abrirse paso hacia *esta meta unitaria*.

III. Exactamente igual que un órgano *insuficiente* crea una situación insoportable de la que nacen numerosos *intentos de compensación*, hasta que el organismo se siente de nuevo a la altura de su medio, así también el alma del niño adquiere en su inseguridad ese fondo de aportes suplementarios de fuerza que se superponen a sus sentimientos de inseguridad.

IV. La investigación de la vida psíquica tiene que contar en primer lugar con estos intentos a tientas y estos esfuerzos de fuerza, que surgen de las *realidades* dadas constitucionalmente y de aprovechamientos del medio, primero a modo de prueba y finalmente probados.

V. Todo fenómeno psíquico solo puede comprenderse, por tanto, como *manifestación parcial de un plan de vida*. Todos los intentos de explicación que prescinden de ello para penetrar en la esencia de la vida psíquica infantil mediante el análisis del fenómeno, y no de su trama, han de declararse por ello equivocados. Pues los «hechos» de la vida infantil nunca deben verse como hechos acabados, sino, con vistas a una meta, como movimientos preparatorios.

VI. Pero según este resumen *nada* sucede sin *tendencia*. Queremos intentar aquí destacar como las más importantes las siguientes líneas directrices.

<!-- S. 52 -->

| | |
| --- | --- |
| Actividad real. | a) Desarrollo de capacidades para llegar a la superioridad. |
| | b) Medirse con el entorno. |
| | c) Reunir conocimientos. |
| | d) Percibir un carácter hostil del mundo. |
| | e) Empleo del amor y la obediencia, del odio y la obstinación. |
| Imaginación. | f) Desarrollo del «como si» (fantasía, éxitos simbólicos). |
| | g) Empleo de la debilidad. |
| | h) Aplazamiento de las decisiones; — cobertura. |

VIII.[^t5] Como supuesto incondicional de estas líneas de dirección se encuentra únicamente una meta *muy alta*, que tiene que permanecer en lo inconsciente para ser eficaz. Esta meta está revestida concretamente de múltiples maneras según la constitución y la experiencia, y en esta forma puede hacerse consciente, regularmente en la psicosis.

IX. El revestimiento más regular, junto al cual se encuentran, en caso necesario, otros a menudo aparentemente contradictorios, está formado según el esquema «hombre — mujer» y apunta a la suma de todo el poder del que el niño quiere participar. La oposición que en él se capta, por regla general lo femenino, es combatida como el elemento hostil y a la vez como lo que hay que someter.

X. Todos estos fenómenos se destacan con nitidez en el nervioso, porque el paciente, por su posición de combate, se ha sustraído hasta cierto punto a toda revisión ulterior de sus juicios erróneos infantiles. En ello le ayuda mucho su punto de vista solipsista, afianzado de ese modo.

XI. Así, no puede extrañarnos saber que todo nervioso se comporta como si tuviera que aportar ininterrumpidamente la prueba de su superioridad, siempre también la de su superioridad sobre la mujer.

*Discusión* conjunta con la de las ponencias de Häberlin, Hattingberg y Schrecker.

<!-- Siguen en el volumen las ponencias de P. Häberlin, H. v. Hattingberg y P. Schrecker y la discusión conjunta (págs. 52-126), con intervenciones de otros congresistas que no se traducen. Se reproduce a continuación solo la réplica final de Adler. -->

## [De la discusión:] Adler: palabras finales.

<!-- S. 126 -->

No puedo expresar mejor mi agradecimiento por el interés y la atención de la asamblea que entrando con objetividad en las objeciones formuladas en la discusión. El señor von Hattingberg critica mi concepción en cuanto registra los fenómenos de la vida psíquica sana y enferma como «fenómenos», y cree luego haber encontrado una objeción cuando, como en broma, presenta también *mi concepción* como «fenómeno» y, como añade sin motivo, por eso mismo como «irrelevante». Por desgracia confunde el campo de trabajo de la neurosis con mi individualidad. Para esta última es «fenómeno». Para la neurosis, un medio de comprensión. No tengo en modo alguno la obligación, como parecen exigir algunos señores, de encontrar la «piedra filosofal». Tampoco lo he afirmado. Sino solo que mi concepción representa un progreso y permite ver más que otros puntos de vista en la investigación de las neurosis. Tampoco me interesa la cuestión de si he encontrado la «piedra filosofal». Si quisiera resolver esa cuestión, eso no haría más que apartarme de mi trabajo, que es lo que me importa.

La pregunta del señor v. Hattingberg de si supongo también un plan de vida en el alma animal va ya más a fondo. Se podrá negar aquí en teoría cuanto se quiera: en cuanto se trata de actuar, cada cual adoptará una actitud en la que se ve que cuenta con este plan <!-- S. 127 --> de vida. Más que en el ser humano, el plan de vida del animal parece residir en las formas corporales y en su significado. Si dentro de decenas de miles de años un investigador encontrara el resto de una pata de gato, podría deducir de ella cómo intentaba este animal orientarse en su medio.

A las importantes preguntas del señor profesor Bleuler solo puedo volver brevemente. El plan de vida del niño le nace del choque de sus medios con las dificultades de su entorno y se desarrolla a partir de un tanteo y una previsión a modo de prueba. Como hay que superar dificultades, resulta una meta de la tendencia expansiva, de la superioridad. Ahora bien, puede ocurrir —y no es raro— que esta meta pueda perseguirse por caminos diversos, a menudo aparentemente opuestos; o bien la diversidad de los medios —en nuestro caso, de los síntomas nerviosos— está muy especialmente fundada en el plan de vida. Del mismo modo encontramos la cualidad de conciencia allí donde es necesaria, y procesos inconscientes allí donde la conciencia sería un estorbo. Con ello, ciertamente, el papel de lo inconsciente y de la represión queda reducido, desde la sobrestimación de que era objeto en la psicología de las neurosis anterior, a una medida más justa.

Al señor Dr. Feri quiero decirle que difícilmente podría superarnos en el rechazo de toda mística. La disputa entre la concepción mecanicista y la teleológica puede, en caso necesario, proseguirse todavía en la teoría. Pero como él admite además la tendencia a una meta, ya está vencido. Pues entonces el esquivar las dificultades y los obstáculos resulta por sí mismo, y tenemos ante nosotros lo que algunos quisieran aún negar: el *plan de vida neurótico*.

[^1]: Adler, *Über den nervösen Charakter* [El carácter nervioso], Bergmann, Wiesbaden, 1912.

[^2]: Véase Appelt, «Fortschritte der Stottererbehandlung» [Progresos en el tratamiento del tartamudeo], en *Heilen und Bilden* [Curar y educar], Reinhardt, Múnich, 1913.

[^3]: Véase Adler, «Das Distanzproblem, eine Grundtatsache der Neurose u. Psychose» [El problema de la distancia, un hecho fundamental de la neurosis y la psicosis], *Zeitschrift für Individualpsychologie*, cuaderno 1, Reinhardt, Múnich.

[^4]: Véase Schulhof, *Individualpsychologie und Frauenbewegung* [Psicología individual y movimiento feminista], Reinhardt, Múnich, 1914.

[^t1]: «Dieswöchentliche Umarbeitung», literalmente «la refundición de esta semana»: alusión no aclarada a una reformulación reciente de la teoría, probablemente expuesta en el propio congreso, que había dedicado una sesión a la discusión sobre «represión y conversión». (N. del T.)

[^t2]: «Para que parezca que se hace algo»: fórmula latina corriente en la jerga médica para el tratamiento meramente aparente. (N. del T.)

[^t3]: El original, algo elíptico, dice literalmente: «la capacidad de identificarse con situaciones dolorosas provoca dolores, la [de identificarse] con recuerdos repugnantes, asco y vómitos». (N. del T.)

[^t4]: *Molimina*: término médico latino para las molestias que acompañan a la menstruación y a otros procesos fisiológicos femeninos. (N. del T.)

[^t5]: Así en el original: la numeración salta del VI al VIII; la tabla de líneas directrices ocupa el lugar del punto VII. (N. del T.)

---

*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de *Zeitschrift für Pathopsychologie*, ed. por Wilhelm Specht, volumen complementario 1: *Offizieller Bericht der Verhandlungen des Internationalen Vereins für medizinische Psychologie und Psychotherapie in Wien vom 19.-20. September 1913* (Leipzig y Berlín, 1914), págs. 35-52 y 126-127 (ejemplar de la University of Wisconsin digitalizado por Google, Internet Archive). Cotejada con la versión de la *Wiener klinische Wochenschrift* 27 (1914), n.º 17, págs. 511-516, cuyas variantes principales se indican en la versión original. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Adler lo reimprimió en *Praxis und Theorie der Individualpsychologie* [Práctica y teoría de la psicología individual], Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. VI, págs. 41-53; allí lleva la indicación «Vortrag, gehalten am Internationalen Kongress für medizinische Psychologie und Psychotherapie 1913» (reimpresión no cotejada); véase la página del [libro](https://adler.school/archivo/adler/1920%20Praxis%20und%20Theorie%20der%20Individualpsychologie).

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Se conservan la división en partes, la numeración de los casos y de las tesis (con sus irregularidades), las cursivas (que reproducen el espaciado del original), las notas del autor y la paginación de la *Zeitschrift für Pathopsychologie*. Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (*Lebensplan*, plan de vida; *Leitlinie*, línea directriz; *männlicher Protest*, protesta masculina; *zögernde Attitude*, actitud vacilante; *Sicherung*, aseguramiento; *Geltung*, valía). Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
