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Title: Observaciones neuropsicológicas sobre «El consejero áulico Eysenhardt» del barón Alfred von Berger
Description: Conferencia ante la Asociación para la Libre Investigación Psicoanalítica de Viena: Adler lee la novela de Alfred von Berger sobre un temido juez vienés que acaba suicidándose como un caso de psicología individual: inferioridad orgánica e infancia humillada, ideal de la personalidad divinizado, protesta masculina, miedo a la mujer, alucinaciones y remordimiento como artificios de aseguramiento y de venganza contra el Estado.
Author: Alfred Adler
URL: https://adler.school/archivo/adler/1913%20Neuropsychologische%20Bemerkungen%20zu%20Freiherr%20Alfred%20von%20Bergers%20Hofrat%20Eysenhardt
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<!-- S. 77 -->

# Observaciones neuropsicológicas sobre «El consejero áulico Eysenhardt» del barón Alfred von Berger[^1] [^t1].

Por el Dr. Alfred Adler, Viena.

<!-- La «Introducción», resumen de la novela de Berger, va impresa en cuerpo menor. -->

**Introducción.** El doctor Franz, caballero de *Eysenhardt*, había nacido en Viena algunos años antes del estallido de la revolución de 1848. Su juventud cayó en la sofocante época de la reacción de los años cincuenta, y entró como pasante en el Tribunal Provincial de lo Penal imperial y real, mientras se llevaba a cabo un proceso de transformación de la vieja Austria absolutista en un Estado moderno.

*Eysenhardt* debía su carrera en primer lugar a sus extraordinarias capacidades. Supo fundir en su persona de manera excelente las cualidades de la burocracia anterior a marzo de 1848 con las exigencias que el espíritu de los nuevos tiempos planteaba al servidor del Estado. Como color de fondo de sus convicciones políticas hizo destacar con fuerza, en el momento oportuno, la lealtad incondicional al emperador.

La fama de su genio criminalista y de su brillante oratoria llegó a la popularidad. Fue nombrado fiscal, para espanto del mundo del crimen y de los abogados. Al cabo de una serie de años volvió a la judicatura y presidió vistas ante el jurado. Se admiraban su fuerza intelectual y su enorme memoria. A veces se le reprochaba su parcialidad. Parecía trabajar siempre inconscientemente para la condena del acusado; la dureza de las penas que se imponían cada vez que *Eysenhardt* presidía causaba espanto a todos. Pero en él se la sentía solo como expresión de un sentimiento del derecho igualmente severo consigo mismo y con los demás, que ninguna consideración lograba conmover en lo más mínimo. Todo el mundo consideró justa recompensa a sus méritos que se le confiara uno de los puestos más altos del Tribunal Provincial y se le concediera el título de consejero áulico. Se decía entonces que *Eysenhardt* estaba destinado a hacerse cargo de la cartera de Justicia en el próximo gobierno.

El aspecto exterior y la vida privada de *Eysenhardt* no eran corrientes. No tenía ningún amigo, ni siquiera verdaderos conocidos; pasaban días enteros en que, fuera de lo que exigía el cargo, no decía palabra. Su carácter era cerrado, poco amable, y parecía tímido. Tales cualidades se las debía en no poca medida a *la educación extraordinariamente severa, incluso cruel, que había recibido de niño*. Su padre lo castigaba con una fusta por la más mínima falta y alimentaba así la sed de venganza del muchacho. El trato cruel por parte del padre terminó cuando el pequeño *Eysenhardt* se compró con sus ahorros un revólver y amenazó con él a su padre. Su juventud mostró también diversas anomalías sexuales; nunca trató con muchachas decentes, pero era cliente asiduo de casas de mala fama, y se supo también que una vez su padre le dio una paliza terrible cuando el muchacho se había comprado con sus ahorros *unos finos guantes de cabritilla de señora*. Cuando se sabía solo, *cubría los guantes de besos tiernos.*

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Así vivía *Eysenhardt*, despreciado, temido y admirado a la vez, en aislamiento anímico y espiritual, cumpliendo concienzudamente sus deberes oficiales, cuando de repente se operó en él un gran cambio. Su figura exterior, pasada de moda de pies a cabeza, era bien conocida en Viena. Un día cambió su barba corta y erizada por un corte de barba elegante, se encargó ropa nueva y moderna y cambió así enormemente por fuera. Pero no solo por fuera. Su carácter duro y sombrío parecía haber recibido desde dentro una iluminación que obraba beneficiosamente sobre su estado físico y su carácter. Esta metamorfosis se interpretó en el sentido de que *Eysenhardt* ocuparía pronto un puesto muy alto, si no el más alto, en la administración de justicia. Y en esta suposición no se iba tan descaminado, pues también *Eysenhardt* esperaba su ascenso. En este estado de exaltación pasó *Eysenhardt* tres semanas, hasta que un incidente insignificante puso fin a este único período verdaderamente feliz de su vida. Se le cayó, en efecto, *un diente*. Este signo de envejecimiento le cogió completamente desprevenido y ejerció sobre *Eysenhardt* un efecto terrible. La perturbación de su vida nerviosa y anímica ya no quiso arreglarse, y le angustiaban siempre *dudas* sobre si sus facultades intelectuales no delataban síntomas de declive. Su carácter, por lo demás imperturbable, se llenó ahora de un temor indefinido ante algo que lo amenazaba.

Cuando la esperada crisis de gobierno no le trajo la cartera de Justicia, eso obró sobre *Eysenhardt* como una descarga eléctrica. Ahora tenía que pensar continuamente en las razones por las que lo habían pasado por alto, y con ello tenía que ocuparse intensamente de su yo, lo que era para él completamente nuevo. Tampoco era alguien que comprendiera los impulsos y los actos humanos. Solo poseía un virtuosismo extraordinario para extraer del material de las actas y exponer drásticamente el «proceso criminal» que había llevado al acusado paso a paso hasta el delito. Pero nunca vio en el delincuente una criatura emparentada con él mismo. Pero desde que sufría interiormente empezó a cambiar. Su conciencia empezó a atormentarle, padecía alucinaciones de noche, y una vez, en una de ellas, se le apareció un acusado al que al parecer había condenado severamente por abusos de menores, Markus Freund. En todas estas alucinaciones, en las que veía siempre a los acusados por él, el acusado era él, y los otros los acusadores. Desde que se le apareció Markus Freund, el pensamiento de este no le abandonó tampoco de día, y así decidió revisar de nuevo el expediente Freund para *demostrarse a sí mismo* que Markus Freund era culpable. Pero tampoco se decidía a ello, hasta que oyó por casualidad que Markus Freund había muerto, y precisamente la misma noche en que se le había aparecido. Desde este suceso la ruina de sus nervios fue en aumento, y creía que todo el mundo se ocupaba del asunto Freund tan exclusivamente como él; además, *al tiempo que se derrumbaba* su personalidad de acero, irrumpieron los instintos sensuales elementales de su naturaleza. En casa, la ruina interior de *Eysenhardt* había pasado bastante inadvertida; la aparición de la nueva *idea obsesiva* que lo martirizaba había relegado a un segundo plano la anterior, referida al declive de sus facultades intelectuales, de modo que su cabeza volvió a estar más despejada y capaz. Una vez más logró *Eysenhardt* sobreponerse, cuando se le designó para presidir un proceso de espionaje muy importante. Esta comunicación se endulzó todavía con la confidencia de que, al cubrir la cartera de Justicia, solo lo habían pasado por alto porque querían reservarlo para resolver el dificilísimo asunto de espionaje. *Eysenhardt* pareció haber vuelto a ser el de antes y olvidó también a Markus Freund.

Pero en las horas de la tarde del último día, antes del comienzo de la vista final del proceso de espionaje, ocurrió algo que llevó a *Eysenhardt* al suicidio. La causa de esta catástrofe no se aclaró del todo, pero se la relacionó con el proceso de espionaje, en el que la mujer y la hija del acusado, *una muchacha menor de edad*, desempeñaban un papel, <!-- S. 79 --> y con su última aventura nocturna, en la que un agente de policía lo vio en un local de mala fama en una situación comprometida para él. *Eysenhardt* dejó un escrito que decía así:

«¡En nombre de Su Majestad el Emperador!

He cometido un delito grave y me siento indigno de seguir ejerciendo mi cargo y de seguir viviendo. Yo mismo me he impuesto la pena más dura y la ejecutaré en mí con mi propia mano en el minuto siguiente.

*Eysenhardt*.»

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Hace ya mucho que respondimos con un «sí» a la pregunta de si está permitido examinar las figuras de una obra de arte en busca de las fuerzas impulsoras que contienen. Rigen en ello solo las leyes generales del tacto, sobre cuyos límites no puede lograrse, ciertamente, un acuerdo completo.

En la historia de la vida del consejero áulico E. se añade todavía una razón de peso para dirigir hacia esta novela la atención de los psicólogos: la verdad vital, que no se produce por apoyarse en una personalidad histórica, sino por la fuerza configuradora de un artista psicológico que ya nos ha dado más de una vez semejantes muestras de conocimiento intuitivo del alma humana. No me extrañaría que *cada uno de los psicólogos profesionales que trabajan hoy* reclamara la creación de *Berger* como una confirmación, si no incluso como un eco de sus doctrinas. *Pues cada cual solo ve lo que sabe*, y cada cual trata de llevar este saber a la consideración del alma humana y del arte, como subraya de modo semejante el ingenioso *Steinherr* en el libro de *Berger*.

*Queremos dejar intacto el rico patrimonio de nuestros poetas y pensadores*; queremos más bien medir en sus creaciones si estamos en el buen camino y cuánto de ellas comprenderemos con nuestro método de trabajo de la *psicología individual comparada*.

Nuestro campo de trabajo nos lleva, ciertamente, en la misma dirección que nos ha abierto el arte de *Berger*. Nos ocupamos siempre de caracteres llamativos, estamos acostumbrados a seguir el germen de un destino hasta la infancia y más atrás, nuestro interés envuelve las llamativas *transformaciones de la personalidad*, y una y otra vez tratamos de *comprender unitariamente* los más diversos cursos de pensamiento y formas de actividad de una persona.

La detallada *encuesta sobre las fantasías de los niños* acerca de sus futuras profesiones, que debemos a los pedagogos de nuestra Asociación, nos ha enseñado, igual que nuestras experiencias con personas nerviosas, que la elección de profesión, a pesar de todos los límites que la restringen, es a menudo apta para revelar el núcleo más íntimo *de un plan de vida ficticio* <!-- S. 80 -->, que la elección de profesión está bajo el dictado *de una idea divinizada de la personalidad*[^2].

Toda nuestra atención está dedicada a la conexión entre *personalidad y nerviosidad*. Ahora bien, de esta conexión se desprenden, si concebimos correctamente el concepto de neurosis, todas aquellas *líneas directrices abstractas de principio* de la psique humana que constituyen el carácter de la personalidad singular, *ya sea creadora o destructora de valores culturales, ya sea un hombre secular*[^t2] *o un mísero portador de la psiconeurosis y la psicosis.*

*Nuestros juicios y prejuicios científicos sobre la construcción psicológica de un hombre singular* encuentran abundante alimento en la descripción de «*Eysenhardt*».

El poeta ha configurado a su héroe con tanto cuidado y por tantos lados que podemos seguir las huellas de su trabajo con alegre afán recolector, no sin advertir *que el encanto de una obra de arte procede de su síntesis*, mientras que el análisis desdiviniza y profana.

Pues ahora nos corresponde la tarea, conforme al interés general de ustedes por el libro, de emprender el intento de un agrupamiento a partir del cual pueda comprenderse la dinámica de las manifestaciones vitales de nuestro héroe, en parte para obtener apoyos y fórmulas útiles para nuestro conocimiento del hombre, en parte para configurar nuestra actividad práctica *en interés de la educación y de la curación*.

Comencemos por la *peculiaridad corporal de E.* Oímos hablar de hombros enclenques, frente abombada, cejas pobladas, aparición tardía del bigote, de tez biliosa y ojeras azuladas, de molestias de estómago y de vesícula. Para hablar de manera totalmente clínica, ante nosotros surge la figura de un hombre *en el que quedan restos de un raquitismo, que presenta fenómenos de inferioridad por parte del aparato digestivo y un indicio de atrofia de los caracteres sexuales secundarios, como son frecuentes en estos casos.* Hemos señalado bastantes veces que este conjunto de fenómenos corporales, con su cortejo de consecuencias molestas, dolores, insuficiencias, conduce en la infancia a una estimación de sí mismo cuyo resultado es *un sentimiento de inferioridad y de inseguridad*.

La situación del pequeño Eysenhardt como hijo único de un padre extraordinariamente severo habrá contribuido no poco a reforzar su «*sentiment d'incomplétude*»[^t3].

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Para poder hacer las cuentas de la vida, para ganar seguridad, la psique de tales niños tiene que exagerar compensatoriamente su artificio normal y colocar más alto la idea directriz de la personalidad y mantenerla de modo más dogmático. Y siguen entonces en su conducta a la divinidad que ellos mismos han creado y que ahora, aparentemente como Dios, diablo, demonio, guía todos sus pasos. Su querer y su desear se vuelven más expresivos y agresivos, su hacer más secreto; el afán de dominio, la envidia, la crueldad, la avaricia llamean con fuerza, y sus *disposiciones* para la vida se configuran con más cautela, pero con más precisión.

*Pero sigamos mejor la descripción de Berger.* E. es un arribista, sumiso y de patriotismo importuno. Es duro de corazón y valiente. Hace el papel de salvador de la sociedad, dispone de habilidad, gran oratoria, fuerza intelectual y una memoria sobresaliente. Su curiosidad y su afán de saber, y además su perspicacia, le dan aptitud para ser un genio detectivesco. Además es solitario, egoísta, conserva las viejas formas y ama la línea nítidamente trazada en la actitud, el andar, los hábitos de vida y las máximas. A nadie le es indiferente. Encuentra tanto odio como admiración.

Gottlieb Steinherr, *non arrivé*, que por lo demás no le va a la zaga a E. en originalidad, conoce el ideal de la personalidad de E. de su época anterior, en la que su afán se expresaba de modo más rectilíneo y abierto. Sentencia: *E. es un caso de transformación de instintos criminales antisociales en lo judicial. Sus líneas directrices son una sensualidad sexual brutal y una ambición desmesurada; quiere dominar a los hombres, a ser posible esclavizarlos, y poseer a las mujeres.*

Recordemos las constataciones. *Ideal ficticio de la personalidad colocado muy alto, que amenaza con fracasar ante el padre.* Aprende el rodeo y la sumisión aparente al poder, pero un día apunta con el revólver a la cabeza del padre. Su idea de la personalidad ha tomado sin duda muchos rasgos del padre cruel, pero va mucho más allá de este, le enseña a esquivar a los fuertes y a oprimir a los débiles. *En su conducta sexual está la analogía, no el origen. Su actitud agresiva se vuelve vacilante*, solo llega al guante cuando se trata de una dama. La mujer fuerte, la mujer gigante, la furia de Dion le llenan de espanto. Hace de la prostituta una dama, tiene ante sí la conquista de la niña; *podría igualmente encontrar el camino hacia el hombre, al que menosprecia y ha aprendido a vencer, o hacia la mujer desmayada, o hacia el cadáver.*

Su gesto psíquico busca la línea, la máxima. Camina por el borde de la acera, se mueve en el límite finísimo de la <!-- S. 82 --> moral burguesa; su pluma, su lápiz están a su muerte en su lugar exactamente fijado. Ha encontrado la medida para su agresión exagerada, y para demostrarse como hombre le bastan su profesión y la norma de sus trivialidades sexuales. Pero su profesión le ofrece abundantes ocasiones de cosechar la apariencia de su superioridad. Desvaloriza al hombre para llegar él mismo a ser un dios. Cuanto más alto sube, tanto más débil se vuelve su energía. El gasto de sus fuerzas disminuye cuando se mueve por la línea ascendente. Le hace señas una cartera ministerial, y se vuelve humano. Brotan sentimientos sociales y hacen saltar la rígida coraza de su severidad con el prójimo. E. experimenta un cambio cuando se acerca a su semejanza con Dios.

¿Hay tal cambio de una persona, digamos de un neurótico? ¿Puede transformarse su carácter? Si solo atendemos a la neurosis desarrollada, se encuentra a menudo tal constancia del fenómeno que uno cree estar ante construcciones firmemente ensambladas. Una comprensión más profunda permite reconocer que ni siquiera en esta fase se encuentra el mismo curso de la psique. El enfermo está unas veces alegremente excitado, otras deprimido, exaltado y abatido, desconsolado y esperanzado, emprendedor y apocado; en suma, se encuentran todos los rasgos *en una disposición opuesta*, tal como los han descrito *Lombroso* como bipolares, yo como hermafroditas, *Bleuer* como anfígenos[^t4], otros autores como *double vie*, escisiones de la conciencia, etc.[^3] En el estadio anterior a la neurosis desarrollada, que es igualmente neurótico pero que se describe por lo general como estadio de salud o de disposición, se observan asimismo rendimientos tan opuestos. Ya en la forma de la vacilación y de la duda, en la timidez, el apocamiento y el miedo a la decisión, en el temblor ante todo lo nuevo, pueden percibirse rasgos activos y pasivos, *impulsos que se acercan a la realidad y otros que se acercan al ideal de la personalidad*. *La neurosis desarrollada interviene como aseguramiento más fuerte y saca entonces a la luz rasgos más tajantes.*

El consejero áulico E. espera la coronación de su ambición. Sabemos que en los nerviosos esta no puede producirse realmente de manera satisfactoria, porque la meta directriz está puesta demasiado alto, es imaginaria. Con todo, más de un nervioso se halla a veces ante la expectativa de acontecimientos felices, casi siempre apocado y con temblor interior, pero visiblemente exaltado, y tan arrebatado por el impulso de su sentimiento de la personalidad acrecentado que se vuelve «otro hombre». El autor dibuja este estadio con humor y deja que E. se transforme en un hombre moderno, cuya <!-- S. 83 --> corporeidad parece igualmente elevada. Un corte de barba más elegante y moderno sustituye a la barba corta y erizada, no sin que se haga constar en ello un rasgo neurótico: la tristeza por desprenderse de una posesión corporal. Ya sabemos que E. lamenta en ello *la pérdida de un trozo de su masculinidad*. Pero se vuelve benévolo y tratable, pues la elevación de su sentimiento de la personalidad le permite renunciar a subrayar la distancia. No escatima consejos ni elogios alentadores, se muestra más ilustrado y desiste de su rígido afán de poner al otro en el error. Representa su viejo papel, sigue siendo el mismo polígono de *Steinherr*, pero en una posición más favorable. También los acusados salen ganando: ya no son las víctimas necesarias del afán de caza, sádicamente azuzado, de E., cuya fisonomía pierde la expresión de un afán de dominio tenso. El rasgo asegurador de la parsimonia se suaviza, e incluso *la sensación, el elemento originario aparentemente inmutable de nuestra intuición y de nuestro conocimiento*, muestra un cambio hacia el acento contrario, en cuanto el ejercicio placentero de su profesión le parece ahora un enorme sufrimiento del que quiere descansar. «*Omnia ex opinione suspensa sunt*»[^t5]...

Su vida y su actitud muestran los preparativos neuróticos, tanteantes, para el esperado puesto de ministro, y su memoria arroja aquellas escorias de recuerdos que favorecen estos preparativos. Entre tanto aflora el viejo sentimiento de inseguridad, de angustia ante la decisión, la agorafobia, como dice *Berger* en otro pasaje, como si, en el sentimiento de su masculinidad incompleta, fracasada ante su padre, también esta vez pudiera salir perdiendo.

Un incisivo inferior se le ha aflojado y se le parte al comer. El poder simbólico de este suceso, *de nuevo un acortamiento*, de nuevo la pérdida de una parte del cuerpo, una merma de fuerza masculina, actúa sobre E. con el poder de un impulso supersticioso, o de lo que las cabezas intelectuales albergan en su lugar. ¡El fin que se acerca! Todo es perecedero: esta lección le alcanza justo antes del triunfo ardientemente anhelado, por el que lo ha hecho todo en la vida, sobre el que está construido todo su plan de vida. La vieja inseguridad lo atrapa. ¿Y si también su potencia intelectual, su arma principal, desapareciera? De nuevo recurre al medio que le es dado por costumbre: quiere convicción, seguridad, examen; *pero en el examen interior de sí mismo que emprende tiene en su mano fijar su cotización hacia arriba o hacia abajo.* Lo que más teme no son, de nuevo, hechos, sino la apariencia, *como si* se le quitara el poder que ha poseído ante el mundo. La *construcción* <!-- S. 84 --> *de la angustia* en este estadio de duda hipocondríaca debe espolearle a la cautela. La presión en el corazón, los ligeros sentimientos de angustia son los aseguramientos y *memento* reforzados alucinatoriamente. Pero vemos el papel, poderosamente construido, de la personalidad segura de sí sacudido hasta sus raíces. Cuando llega la decepción, cuando su triunfo de obtener la cartera de Justicia en el nuevo gobierno se desvanece, alcanza a un enfermo ya vuelto inseguro, arrojado fuera de sus viejas construcciones aseguradoras.

¿Qué ocurre en todos estos casos, cuando todo camino al triunfo está cortado y el sentimiento lacerante de una masculinidad menguante busca puntos de apoyo firmes para sobreponerse? De nuevo aparecen intentos y preparativos de encontrar pruebas de que la personalidad anterior no ha disminuido, de que está más firmemente fundada que nunca. Las notorias costumbres de E. le llevan con más frecuencia a la Kärntnerstrasse y a sus callejuelas laterales, y puede suponerse que su sexualidad degenerada, como en todas las neurosis climatéricas, no nace de una ola biológica de la fuerza sexual, sino que es un *corriger la fortune*, un autoengaño, cuya base es la voluntad de poder reforzada, la línea directriz neurótica reforzada que ha entrado en vigor. También el autor se inclina a esta concepción cuando hace que E. se absuelva del reproche de libertinaje y le sugiere que sus trivialidades sexuales son más bien actos de desesperación secreta, es decir, lo que hemos conocido como la *protesta masculina en caso de sentimiento de rebajamiento*, de aparición del sentimiento de inferioridad, de pérdida del sentimiento de la personalidad.

También en otro aspecto se opera en E. una transformación; nos muestra de nuevo cómo la construcción de un carácter en la corriente del mundo depende de la propia «*opinio*», y es por tanto cambiante e intercambiable como un cliché, puesto que el retrato del carácter nunca es un fin en sí mismo, sino que representa la *actitud psíquica* mediante la cual podría alcanzarse por el camino más corto el ideal de la personalidad, o debe conquistarse con rodeos frente a la apariencia de dificultades insuperables. E. se vuelve humano, humanitario, también sabe ser de otro modo. «El cierre hermético de su yo frente a otros yoes se había aflojado.» Su «conciencia» despierta. Podíamos llegar a la sospecha de que este despertar de la conciencia es un artificio de la psique humana para imponer, en una situación insegura, la elevación del sentimiento de la personalidad. El despertar de la conciencia, el reconocimiento de las faltas cometidas, acerca al culpable arrepentido a algún dios. Se apoya regularmente también en un antagonista frente al cual sale a la luz la propia superioridad. *¿Quién es, pues, el antagonista de E.?* ¿A quién quiere E. poner esta vez en el error, él, cuyo plan de vida perseguía siempre <!-- S. 85 --> la culpa del otro? ¿Quién es ahora el acusado de este actor, que tuvo siempre en su poder el gesto, la actitud, hasta que esta se hizo autónoma y obliga ahora al E. prisionero a tomar su línea directriz al pie de la letra, a reforzar la ficción de su semejanza con Dios y a mantenerla hasta el final? *Su antagonista es ahora el Estado*, el régimen dominante, el poder patriarcal, paterno, que recompensa y castiga. La humillación de E. fue un error. El Estado no tenía mejor servidor. Pero este servidor poseía un impulso insaciable de elevarse a señor del poder del Estado. Y cuando se vio despojado de su ficción, de su supuesto derecho, *aplicó entonces aquellos golpes* que le parecían los más peligrosos. El vuelco de sus convicciones hacia la clemencia, la blandura de corazón, fue el ataque más fuerte, la revuelta más vigorosa contra el Estado. «La clemencia es anarquía», había predicado siempre; así pues, E. se volvió clemente.

Se ve la transformación de la forma de su ficción directriz. Al principio quería, por ejemplo, hacerse señor mediante la sumisión, como lo había ejercitado con su padre en sus preparativos para la vida. Cuando este camino se cortó ante la meta, creó aseguramientos y construcciones más fuertes, se desvió de la línea y encontró la revuelta de la compasión judicial.

El borrador que describía los sufrimientos de E. no fue quemado. El autor cuenta que E. olvidó quemarlo. *Berger* es demasiado psicólogo para terminar ahí. En el sentido de nuestra última discusión queremos continuar: E. eligió el arreglo del olvido para seguir tramando su revuelta, para mostrar adónde lleva la lealtad al Estado.

Recordemos la ficción de E. que, desde su carrera, señaló el camino a su protesta masculina: *llegar al dominio mediante la sumisión al poder.* Su huella puede seguirse muy atrás, al menos hasta la época en que fracasó en su ataque rectilíneo contra el padre y se vio obligado a un rodeo. Ninguno de los rasgos de carácter de E. había seguido siendo rectilíneo. Ahora ha fracasado en su línea principal, y además en una época en que la muerte le había enviado un mensajero. Lo que cabía esperar en primer lugar por cálculo —abandonar el desvío, un ataque abierto contra el Estado que tan mal había pagado sus leales servicios, un rechazo de las máximas e imperativos que lo habían domado en interés del Estado y de sí mismo— lo vimos en parte en acción: *la clemencia anarquista subió de cotización en E.*

A nosotros, los neurólogos, nos son familiares los casos en que personas que envejecen traman revueltas, abandonan su profesión, su familia, salen de la fila para llevar a cabo, con los más variados pretextos, una *transformación de la forma de su línea directriz ficticia*.

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E. busca ahora acercarse a la medicina y la psiquiatría, antes proscritas. También estas le habían parecido antes destructivas, anarquistas. Pero consideraba una humillación sincerarse con un médico. Así puso por escrito sus estados hipocondríacos y de angustia, desplazando a la vez fuera de sí al hombre enfermo y contándolo como de otro, para salvaguardar su sentimiento de la personalidad.

Fue en la época en que esperaba su nombramiento como ministro cuando se produjo aquella excitante pérdida del diente. Y a ella se unieron cursos de pensamiento y secuencias de sensaciones como si sus facultades, en particular su memoria, estuvieran en declive.

Esta es la típica *actitud vacilante del nervioso* en cuanto se avista una situación nueva, una tarea nueva. E., con sus golpes de bronce para el entorno habitual que le da triunfos, ha perdido la elasticidad y apenas se atreve a la transformación que necesita para el nuevo cargo. *Berger* nos ayuda también aquí y describe los preparativos tanteantes, la transformación del hombre exterior de E., el aclararse de su fisonomía, etc. De esta conducta de principio y de su realización compulsiva inferimos la inseguridad interior de E. Es la misma inseguridad que lo ha expulsado de la sociedad, del trato con mujeres valiosas. *Solo se atreve a dominar a prostitutas y a delincuentes.*

La psique, y en particular la psique neurótica, dispone de un medio peculiar, de un artificio con el que interviene siempre en las situaciones inseguras. Coloca la propia fuerza especialmente baja, subraya la propia inferioridad; para ganar espacio para desplegarse o para poder eludir la decisión, o también para desplazar el campo de batalla, el nervioso retrocede desde el principio. Esta es la posición que le es familiar; desde ella sabe hacer las cuentas de la vida. Ahora se vuelven más sensibles todos los aguijones de la envidia, del afán de dominio irritado y del gusto por la agresión, y la cautela vigila cada paso para lograr la victoria. *En esta actitud vacilante de la cautela* residen en el nervioso todos los reparos sobre la falta de capacidades. Y vemos ya que no es un mero retroceder cuando E. hace como si su memoria hubiera flaqueado. Es más bien el aseguramiento más fuerte, el mejor golpe, para advertirse, redoblar su atención, movilizar todas sus fuerzas para alcanzar su meta directriz, su ideal de la personalidad, o para proteger su susceptibilidad con el pretexto de la enfermedad en caso de no tener éxito.

Pero ¿qué papel desempeñaba en esta conexión el diente perdido? No se puede valorar lo bastante la estima de E. por cada mínima parte de su cuerpo. El nervioso <!-- S. 87 --> no puede, en su sentimiento de estar disminuido, soportar con calma ninguna pérdida. Tampoco puede dejarse de lado la conocida fuerza simbólica que en todos los tiempos ha rodeado la pérdida de un diente[^4] [^t7], asociada a pensamientos de muerte, vejez, enfermedad, embarazo. En sueños y fantasías puede encontrarse el significado del diente como algo que crece, que vuelve a crecer, como símbolo de la fuerza masculina, y la pérdida del diente como símbolo de la castración. Semejante debe de ser la impresión afectiva en este pasaje de la novela: E. toma la pérdida del diente como signo del declive de su fuerza creadora. ¿Tenía que hacerlo? Cuando *César*, al desembarcar en Egipto, cayó al suelo, exclamó: «¡Te tengo, África!»[^t6] ¿Por qué valoró E. tanto este suceso? La respuesta tiene que ser: *porque esta valoración le servía.* Pues estaba, según nuestra exposición, en la actitud vacilante, que exhorta a la cautela, justo antes de una decisión, poco antes de un cambio de su situación. *Este diente se le murió muy a propósito*, o, dicho de modo menos agresivo, se sirvió de este suceso para tomar los aseguramientos más fuertes.

*Luego vino la humillación: su esperanza de ser ministro* no se cumplió. Como consecuencia de este rebajamiento apareció una serie de alucinaciones que cada noche le ponían ante el alma imágenes sobre todo de hombres, en menor parte de mujeres, reconocibles en todos los detalles como delincuentes castigados. Le perturbaban el sueño y le llenaban de angustia. No quiero entrar en los detalles, magistralmente descritos. Me parecen todos interpretables y situados casi siempre en la dirección de producir la prueba de la enfermedad.

Mis observaciones me han mostrado que la neurosis y la psicosis reúnen la fuerza alucinatoria cuando quieren tomar aseguramientos con *especial claridad* e insistencia.

En efecto, las alucinaciones de E. despiertan una y otra vez el sentimiento de su inferioridad; *otros se muestran superiores, acusan su severidad*, le ponen ante el alma la idea de que él es igualmente un delincuente, como se lo había gritado en la sala del tribunal Markus Freund, un violador de niñas. Esta figura final de la serie de sus alucinaciones nos indica el sentido: señala todavía con más claridad aquel punto herido de la psique de E. que ya se destacó antes. *También E. teme a la mujer, como Markus Freund*, y solo puede divertirse con prostitutas, como Markus Freund con niñas. En efecto, la psicología comparada de las perversiones nos muestra el camino del neurótico que teme a la mujer <!-- S. 88 --> y a lo sumo puede satisfacer su necesidad de amor con la prostituta, con la niña, si no desciende hasta el cadáver anímico o corporal o se vuelve homosexual[^5]. La mujer desvalorizada es el ideal de la mayoría de los nerviosos, y tienen que desvalorizar a la mujer hasta que se ha vuelto sin valor.

En esta línea se ve E. ahora cada vez más claramente, cuando, en el sentimiento de su nueva disminución, ansía un placer sensual reforzado para iniciar su protesta masculina. Entonces se pone alucinaciones admonitorias como espantajos. *Tiene sus alucinaciones como otros tienen moral o religión*, para asegurarse contra su agresión, irritada por la derrota.

Se desprenden fácilmente otras dos condiciones de sus alucinaciones, que cooperan entre sí. *Al enfermar*, de lo que parecen dar prueba las alucinaciones y los estados de angustia que las siguen, así como las dudas sobre sus capacidades, rompe el maravilloso instrumento que había sido hasta entonces para el Estado. *Al acusarse a sí mismo*, inculpa al Estado, a la administración de justicia, a la seguridad pública, y con su arrepentimiento sacude la conciencia jurídica de su tiempo y golpea con la mayor dureza a su actual adversario, el que le ha infligido la derrota: el Estado, las clases dominantes.

Su situación psíquica, de la que las alucinaciones ofrecen una imagen condensada, un símbolo y a la vez un valioso medio auxiliar, es la siguiente: en una situación de gravísima humillación, reprime sus deseos de venganza erigiendo fantasmas aterradores que le muestran lo que podría ocurrir. Pero el sentido y el contenido de sus visiones es agresión, es disposición neurótica al combate contra su señor dormido y desprevenido, al que, como antaño al padre, amenaza con la aniquilación. *Su perspectiva neurótica, atenta al aseguramiento*, buscó y encontró el recuerdo admonitorio de Markus Freund[^6]. Ahora vuelve a ser el superior.

Cuando asumió un nuevo proceso, de cuyo desenlace dependía el bien y el mal de la monarquía, volvió como triunfador e hizo sus preparativos como en los viejos tiempos. «En el señor Markus Freund ya no pensaba», porque ya no lo necesitaba. Su tensión sexual de protesta había cedido.

Contra la dama, la mujer del acusado, pudo defenderse: sus viejas construcciones del temor a las damas resistieron. Fue víctima de la niña. ¿Le había vencido de nuevo el demonio mujer, como lo había presentido en la infancia? No: como lo había construido de antemano. Solo le quedaba una defensa si quería escapar a la coacción <!-- S. 89 --> de la mujer triunfante: la muerte. Este camino lo siguió con paso firme y cumplió así, después de que la primera condición de sus alucinaciones —asustarse ante el abuso de una niña— se hubiera vuelto insostenible, las otras dos: privó al Estado de un servidor leal y dejó en el pueblo una conciencia jurídica conmocionada. Una vez más, para vencer, había apuntado a la cabeza del padre... y tuvo que dar en la suya.

[^1]: Conferencia pronunciada en la «Verein für freie psychoanalytische Forschung in Wien» [Asociación para la Libre Investigación Psicoanalítica, de Viena].

[^2]: *Krämer*, en «Arzt und Erzieher» [Médico y educador], E. Reinhardt, Múnich 1913.

[^3]: Que nunca han de entenderse como causa, sino, como he mostrado, como medio de la neurosis.

[^4]: En el «Oberón» se encarga a Huon que, para humillar al califa, le arranque un diente y pelos de la barba y que bese a su hija.

[^5]: *Adler*, Ueber den nervösen Charakter [Sobre el carácter nervioso], Bergmann, Wiesbaden 1912.

[^6]: *Adler*, Traum und Traumdeutung [Sueño e interpretación de los sueños], Oesterr. Aerztezeitung, abril de 1918 [sic, por 1913].

[^t1]: *Hofrat Eysenhardt* (1911), novela breve de Alfred von Berger (1853-1912), director del Burgtheater de Viena. *Hofrat*, «consejero áulico», título honorífico de la alta administración austriaca. (N. del T.)

[^t2]: El original trae «Säkurlarmensch», errata por *Säkularmensch*: hombre secular, hombre del siglo (de los que aparecen una vez en un siglo). (N. del T.)

[^t3]: «Sentimiento de incompletud», expresión de Pierre Janet. (N. del T.)

[^t4]: El original dice «Bleuer», por Eugen Bleuler. (N. del T.)

[^t5]: «Todo depende de la opinión» (Séneca, *Epístolas a Lucilio*, 78, 13). (N. del T.)

[^t6]: La anécdota (Suetonio, *César*, 59) se refiere al desembarco en África, no en Egipto. (N. del T.)

[^t7]: El poema épico *Oberon* (1780) de Christoph Martin Wieland; Adler escribe «Hyon». (N. del T.)

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*Fuente:* traducción de la transcripción del archivo (véase la versión original), hecha a partir de la *Zeitschrift für Psychotherapie und medizinische Psychologie* 5 (1913), cuad. 2, págs. 77-89 (Internet Archive). La «Introducción», resumen de la novela, va impresa en el original en cuerpo menor. Los comentarios `S. n` del código marcan el comienzo de cada página impresa del original. Adler lo reimprimió con el título «Individualpsychologische Bemerkungen zu Alfred Bergers „Hofrat Eysenhardt“» en *Praxis und Theorie der Individualpsychologie* [Práctica y teoría de la psicología individual], Múnich/Wiesbaden, J. F. Bergmann, 1920, cap. XXII, págs. 183-194; allí lleva la indicación (Vortrag 1912.) (reimpresión no cotejada); véase la página del [libro](https://adler.school/archivo/adler/1920%20Praxis%20und%20Theorie%20der%20Individualpsychologie).

*Traducción:* traducción íntegra al español, hecha para la *Escuela Libre de Psicología Adleriana* (2026). Las abundantes palabras espaciadas del original se dan en cursiva. Se conservan las notas del autor y la paginación original. Las equivalencias de los términos de la psicología individual siguen el glosario del archivo (*Persönlichkeitsideal*, ideal de la personalidad; *Leitlinie*, línea directriz; *leitende Fiktion*, ficción directriz; *Sicherung*, aseguramiento; *zögernde Attitude*, actitud vacilante; *männlicher Protest*, protesta masculina; *Arrangement*, arreglo). Las notas del traductor van marcadas «(N. del T.)».
